Texto aleatorio

Lucius caminaba bajo un cielo desgarrado por las tormentas. Había muerto bajo un cielo como ese, en un templo hecho pedazos lejos de lo que la XV Legión llamaba —⁠con ridícula literalidad⁠— «el Planeta de los Hechiceros».

Los Emperor’s Children se habían escindido tras la apoteosis de Fulgrim en Iydris. Algunos habían seguido al primarca para responder a un llamamiento del señor de la guerra, mientras que otros cogieron naves de la legión para actuar por su cuenta.

Pero un estado de ánimo sombrío había consumido casi por completo a Lucius desde Iydris.

Había muerto, pero no era ese el motivo de sus amargas cavilaciones. Lo habían vencido.

Un Raven llamado Nykona Sharrowkyn había conseguido matarlo, y aquella hazaña sumamente improbable no le había proporcionado ninguna satisfacción.

Lo había humillado. Le había dolido de verdad.

Lucius no sabía qué intervención lo había traído de vuelta —⁠si se había tratado de algún poder superior o de la lunática ciencia de Fabius⁠— y tampoco le importaba demasiado.

Él era Lucius, el espadachín. Nadie era más hábil con una espada.

Hathor Maat, un legionario que a Lucius le había recordado a él de joven —⁠tanto, que había querido matarlo allí mismo⁠—, fue quién le habló de Sanakht. Maat le contó que Sanakht era un estudioso de las antiguas escuelas del arte de la espada, un guerrero de una destreza sin par, cuya derrota aún desconocían los escrutadores del futuro con más talento del Corvidae.

Lucius no sabía quiénes eran el Corvidae, pero estaba dispuesto a apostar a que no lo habían tomado en cuenta a él en sus visiones. Y por ese motivo había abandonado al resto de su legión —⁠en la medida en que la chusma que Fulgrim dejó atrás podía recibir ese nombre⁠— y había ido en busca del tal Sanakht.

La única constante que Lucius acabó valorando del hogar de adopción del Rey Carmesí fue que nada era constante. Llevaba caminando lo que parecía una eternidad, pero su punto de destino nunca llegaba a estar más cerca. En ocasiones, la torre de Sanakht no parecía mayor que una cañonera, flotando inmóvil sobre llanuras de pastos que reflejaban un cielo que no concordaba con el que había situado arriba. Otras veces se alzaba en montañas lejanas, una estalagmita de proporciones tan colosales que era una montaña en sí misma.

Estaba siempre justo delante de él, mofándose de él.

Provocándolo.

Justo en ese momento, parecía un minarete esbelto de marfil estriado y madreperla con una cúpula que ardía con fuego plateado. Se alzaba en medio de un bosque espeso de árboles que se retorcían con su propio resplandor nauseabundo. Llamas vivas saltaban de rama en rama, riendo tontamente con infantil jubilo mientras el bosque crecía y retrocedía, negándole el acceso.

—Me tienes miedo, ¿verdad? —⁠gritó Lucius, y la llama azul en lo alto de la torre brilló con más intensidad, en respuesta.

Desenvainó la espada, la hoja era de un plateado radiante. Había sido un regalo de su primarca; un arma demasiado noble para asestar tajos, pero resultaba inevitable cuando no había más remedio.

Asestó machetazos a los árboles de cristal, convirtiendo ramas refulgentes en diminutos fragmentos con cada mandoble. Se adentró más en el resplandeciente bosque, mientras las ramas podadas volvían a tomar forma tras él con el sonido de ventanas rompiéndose a la inversa.

Las llamas saltarinas chillaron con irritación, pero Lucius no les prestó la menor atención. Se abalanzaron sobre él e intentaron quemarlo, pero él soltó el látigo de púas que le había birlado a Kalimos y las hizo retroceder a latigazos.

Profirieron gritos agudos y huyeron de su atroz contacto.

Entonces el bosque se abrió, y la torre de Sanakht apareció ante él. Más cerca ahora, vio la llama brillante como mercurio que veteaba su estructura como si fuera algo vivo.

Un guerrero con armadura carmesí estaba de pie en un círculo de tierra aplanada a modo de campo de duelo frente a la torre. Dos espadas colgaban de su cintura; una coronada con un pomo en forma de una oscura cabeza de chacal, la otra con un halcón blanco. Ambas eran espadas khopesh, con extrañas curvas relucientes que proporcionaron a Lucius una emocionante expectativa.

Enfrentarse a un arma nueva siempre resultaba interesante.

—He oído que has estado buscando enfrentarte a mí, Lucius —⁠dijo el guerrero, con el rostro oculto tras un casco con una cimera de plata y una visera.

—¿Eres Sanakht?

—Soy Sanakht de los athanaeans, sí.

—Entonces he venido a pelear contigo.

—¿Deseas morir?

Lucius lanzó una carcajada.

—Creo que ya hice eso una vez, de modo que no tengo intención de intentarlo de nuevo.

Sanakht se quitó el casco y dejó al descubierto un rostro juvenil y unos cabellos rubios cortados casi al cero; resultaba inocentemente atractivo, de un modo que urgía a Lucius destruirá destruirlo.

—Tus sentimientos dicen lo contrario —⁠repuso Sanakht⁠—. Quieres saber por qué regresaste. Es por eso que has venido en mi busca; para encontrar a un espadachín tan diestro como el Raven. Uno que disfrute matando.

—Me han dicho que eres bueno —⁠dijo Lucius.

—Soy el mejor de mi Legión.

—Eso no es gran cosa.

Lucius enganchó el látigo al cinto y entró en el círculo. Sanakht desenvainó las espadas: una con un filo cristalino que centelleaba con fuego mágico, la otra una simple arma de energía.

Lucius desentumeció los hombros e hizo oscilar su espada para aflojar la muñeca. Había entrenado con su propia legión, pero siempre había parado antes de matar a nadie desde Iydris. Tal restricción no era necesaria ahora.

Dio vueltas alrededor de Sanakht, estudiando sus movimientos, ensayando su alcance y juego de pies. Vio fuerza y velocidad. La seguridad en sí mismo había pasado a ser arrogancia. Sanakht se le parecía tanto, que resultaba casi divertido.

—Te aseguro que derrotaré… —⁠empezó a decir Sanakht, pero Lucius atacó antes de que el guerrero de los Thousand Sons pudiera terminar de hablar.

Todos sus golpes fueron rechazados con despreocupada facilidad. Se separaron y volvieron a describir círculos, estudiándose mutuamente mientras usaban estocadas y fintas obvias para poner a prueba el temple del otro.

—Tienes una habilidad natural —⁠dijo Sanakht⁠—, pero yo he estudiado todas las escuelas de esgrima desde que se tallaron a golpes las primeras espadas a partir de los lechos de sílex de Dobruja, en la Antigua Tierra.

Volvieron a juntarse en un entrechocar de hojas. Sanakht era sumamente veloz, las dos armas se movían en perfecto acuerdo. Lucius podía pelear con dos espadas pero prefería la concentración de una única arma. Las espadas de Sanakht hendían el aire arriba y abajo, y lo obligaban a trabajar el doble de duro para mantenerlas a raya.

—Tus pensamientos te traicionan —⁠dijo Sanakht, y Lucius oyó el primer indicio de diversión en su voz⁠—. Peleas con pasión, pero puedo percibir cada ataque antes de que lo efectúes.

—¿Me estás dando consejos sobre técnica?

Sanakht se inclinó a un lado para esquivar una estocada que le habría desgarrado la garganta.

—Soy un estudioso del conocimiento marcial. Es mi deber transmitir lo que he aprendido a otros, mediante el ejemplo.

—Gracias, pero no necesito tu ayuda.

—Estás manifiestamente equivocado —⁠replicó Sanakht.

Lucius sintió el aguijonazo de la ira, pero en lugar de controlarla, dejó que lo consumiera. Un espadachín enfadado comete errores, pero en estos momentos necesitaba esa cólera. Se abalanzó sobre el adversario, descartando cualquier idea de poner a prueba sus defensas, entrando directamente a matar. Quería despedazar a aquel bellaco arrogante, destriparlo sin misericordia y sin refinamiento.

Darle una muerte desagradable.

Sanakht desvió los ataques con paradas veloces como el rayo y contragolpes, pero Lucius mantuvo una presión constante. Lo obligó a retroceder hasta el borde del círculo, saboreando la confusión que veía en los ojos del adversario.

Puesto que ya no era capaz de distinguir las emociones de Lucius de aquella ciénaga de furia, Sanakht recurría a técnicas aprendidas de memoria, y de antiguos profesores.

Y eso simplemente no bastaba.

Lucius pasó la espada por debajo del arma envuelta en energía y se la arrancó a Sanakht de la mano. Al mismo tiempo que el brazo del guerrero se abría a un lado, Lucius pateó a este en el bajo vientre y le estrelló la empuñadura de su espada en el rostro.

Sanakht cayó hacia atrás, rodando a la vez que apuntaba con la segunda espada. Lucius la apartó con un violento golpe, y luego hizo descender su arma a toda velocidad para desgarrar la garganta del adversario.

Pero la hoja de plata paró a un milímetro del cuello de Sanakht, como si golpeara piedra. La resistencia ascendió vibrante por el brazo de Lucius, y este estrelló el otro puño en la mandíbula de Sanakht en su lugar.

—¿Hechicería? —escupió—. ¿Has salvado tu miserable pellejo con hechicería?

—Él no lo haría —dijo una voz detrás de Lucius⁠—. Pero yo sí.

Lucius giró en redondo, apartando la espada del cuello de Sanakht. Otro guerrero con una armadura roja estaba de pie en el borde del círculo de combate, con una capa de plumas de oscura iridiscencia ondulando sobre los hombros.

—Y ¿quién eres tú para perdonarle la vida? —⁠exigió Lucius.

—Soy Ahzek Ahriman —respondió el guerrero⁠—. Y pronto necesitaré a Sanakht.


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