Texto aleatorio

Estoy de pie esperando, con un hacha para batirse en duelo sujeta flojamente en la mano. No es Destripadora; ese monstruo rugiente sirve puramente para matar. El combate no es sanguis extremis.

El arma está atada a mi muñeca con una cadena, en honor a los gladiadores de Desh’ean. He visto sus huesos. He caminado por el lugar de su muerte. Ayudé a llevar a cabo la venganza de Angron sobre sus asesinos.

Jamás los conocí, mas sus muertes han dado a conocer en quiénes nos estamos convirtiendo. Somos esclavos de su recuerdo.

—¿La tercera vez que corra sangre, Khârn?

Borok está desnudo hasta la cintura, igual que yo. Su fornido torso es un entramado de viejas heridas. Cicatrices sobre cicatrices. Todas ellas están delante; jamás le ha dado la espalda a un enemigo. No es ningún cobarde.

—La primera vez que corra sangre —⁠respondo.

Veo en sus ojos que está decepcionado, pero asiente de todos modos. La Legión ya ha derramado suficiente sangre. Ha habido demasiadas muertes en los fosos desde el cambio de Angron, desde su… ascensión. Esa fue la palabra que utilizó su hermano Lorgar para describirlo, al menos.

Y, como siempre, Angron ha cambiado, pero también lo han hecho sus hijos.

Los espectadores que dan vueltas a nuestro alrededor son ruidosos. Braman como animales. Ansían ver sangre. Los Clavos del Carnicero nos lo exigen a todos.

Presionan la carne blanda de mi mente, oprimiendo y tirando con violencia de mis receptores de dolor. Están empeorando. Incluso en su fase más aletargada se dan a conocer, retorciéndose en el interior del cerebro. Los tornillos giran y los clavos martillean.

La camaradería de mis compañeros World Eaters es incapaz de arrancarme una sonrisa. La comida sabe a cenizas. No es posible obtener otra dicha que la que se halla en el acto de matar. Abrir arterias, hender carne, coger cráneos; esto es lo que los Clavos quieren de mí.

He rehuido a mis hermanos estas últimas semanas. Pensamientos siniestros me acosan. Me he aficionado a recorrer a solas las cubiertas del Conquistador; rondando por los pasillos compulsivamente, como si la simple acción de caminar kilómetros y más kilómetros fuera a concederme algún discernimiento repentino. Alguna indicación. Alguna… ¿esperanza?

No había tenido la intención de venir aquí esta noche. Tal vez hayan sido los Clavos los que me han conducido a los fosos, pero en cuanto he oído el canto de sirena del entrechocar de espadas y de armas cortando carne, he sido incapaz de dar media vuelta. La promesa de aunque solo sea un momento de alivio al incesante machacar sobre mi córtex era una oferta que, esta noche, resultaba irresistible.

Los Clavos quieren que vuelva a pelear. No he estado aquí desde que humillé a Erebus. La cobardía de aquel desdichado me denegó la presa, y los Clavos me castigaron por ello.

Pero estoy aquí ahora, y la presión ha aflojado ya.

Borok ocupa su lugar enfrente de mí en el círculo. Peleará con su armamento habitual: un par de largas espadas curvas.

Espadas contra hacha. Un combate así nunca dura mucho.

Ataco. Es el único modo que conozco. Mi velocidad lo coge por sorpresa, casi poniendo fin a la lucha nada más empezar. Se recupera bien, no obstante. Ambos danzamos al son de los Clavos, y la música ha adquirido un cambio desagradable. Pocos en la Legión pelean ya con gracia.

Bloqueo una espada que centellea en busca de mi garganta y me obliga a inclinarme a un lado para esquivar a su gemela, que viene baja a asestar una estocada destripadora. Aparto a Borok de una patada, estrellando el pie en pleno plexo solar. Retrocede tambaleante. Le espero, girando la muñeca, haciendo que el hacha dé vueltas como una peonza mientras ajusto la sujeción.

Mi oponente ruge al abalanzarse sobre mí y lo recibo de frente.

Borok es uno de los Devoradores, uno de los «guardaespaldas» de Angron. El primarca jamás necesitó un guardaespaldas, por supuesto; antes no. ¿Y ahora? Encadenado y atado bajo cubierta, la idea de que necesita protección es ridícula. Los Devoradores no son más que sus carceleros. Una tarea innoble para lo que debería de haber sido la élite de la Legión.

Bloqueo. Mandoble. Regate, ataque.

Esto no es real. Estas peleas no son más que distracciones para mitigar el dolor hasta que volvamos a trabar combate de verdad, y entonces se podrá dar rienda suelta a la Legión.

La idea de soltar a Angron de su prisión no es nada reconfortante.

Y ¿qué hay de nosotros, sus hijos…, estamos condenados a un destino similar? ¿Nos extraerán también los últimos restos de nuestra humanidad, para dejarnos convertidos en tan solo unos lunáticos encadenados?

Los Clavos me castigan al percibir que mi agresividad titubea. Me acuchillan el cerebro, cegándome con un estallido blanco de dolor insoportable. Borok casi me hiere entonces. A causa de mi distracción, solo consigo evitar los filos de sus espadas por los pelos.

Puedo ver su frustración. Quería ponerse a prueba contra el guerrero que venció al apóstol oscuro, pero eso fue distinto. Aquello fue de verdad. Esto no es más que una charada.

Una de sus espadas araña el mango del hacha, rasguñando casi mis nudillos; eso habría sido primera sangre, aunque un resultado como ese habría hecho reír a Argel Tal.

Quizá sea el recuerdo de mi viejo amigo lo que añade un cierto incentivo a lo que viene a continuación.

Un golpe del revés me derriba y me hace trastabillar sobre la cubierta. Algo gotea sobre el dorso de mi mano.

Es sangre. ¿Me ha hecho un rasguño, sin que me diera cuenta? No.

Los dos miramos al techo, olvidando la pelea.

Es el techo el que está sangrando.

Otra gota me alcanza, luego otra. Desciende lentamente por las paredes.

Entonces oigo rugir a Angron.

Lleva semanas rugiendo, pero esto es diferente. Acalla a la multitud.

El sonido asciende a través del suelo de rejilla de la cubierta y vibra a través del acero; hace que las paredes se estremezcan y giman; crepita a través de los altavoces desactivados; es suficiente para combar la realidad misma.

El corazón me empieza a latir con fuerza al compás del martilleo que siento en la cabeza. Se confunde con el alboroto que monta Angron, aumentando en intensidad, formando un crescendo. Mis dedos se cierran con más fuerza sobre el mango del hacha. Un gruñido escapa de mis labios. El martilleo lo arrasa todo.

Sé lo que se avecina pero no puedo hacer nada para impedirlo. Llega mucho más de prisa que nunca. Apenas si tengo tiempo para tomar aire.

Me golpea como un maremoto, y al cabo de un instante me estoy ahogando. Sujeto el hacha con ambas manos y me pongo en pie de golpe. Todo se vuelve rojo.

El hedor a sangre y carne cruda es lo primero que advierto. Lo segundo es el rugido.

No es Angron. El primarca demonio ha callado, pero el rugido de la multitud es igual de ensordecedor.

Mi visión regresa poco a poco, la neblina roja va desvaneciéndose para mostrar los resultados de la carnicería. La sangre me recubre manos y brazos hasta el codo, gotea de mi hacha. También tengo sangre en la boca, me embadurna labios y barbilla, pero no es mía.

Contemplo la carnicería que he provocado. Borok ya no existe. Lo que queda es una ruina; la obra de un psicópata. La multitud ruge su aprobación. Es nauseabundo.

Quiero irme de aquí, lejos de los gritos y del hedor a osario.

Una figura avanza. Mi mirada sigue extraviada; sin embargo, el instinto de enterrar el hacha en su rostro borroso hace que mis dedos se crispen.

—Borok pertenecía a los Devoradores, Khârn —⁠me dice⁠—. Por derecho, su puesto es tuyo ahora.

Lo cierto es que eso me hace reír. La risa surge como una tos sanguinolenta, que lo salpica todo de baba y gotas de sangre coagulada.

Suelto el hacha, y esta cae con un ruido metálico sordo. Paso las manos por los brazos. La sangre se desprende y cae de los dedos.

Miro en derredor, como un durmiente que despierta de un profundo sueño. La furia de la multitud, su ira y ansia de sangre, me aporrean. Son mis hermanos de batalla. Esta es mi legión.

Ya no recorreremos la Senda Carmesí, ahora lo veo con claridad. Recorremos una senda totalmente distinta; una mucho más condenatoria.

Había creído que eran tonterías supersticiosas, nada más que los desvaríos religiosos de la XVII Legión. No es así. Lamentablemente, no es así.

Recorremos la Senda Óctuple, y no puede haber marcha atrás.


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