Texto aleatorio

«La palabra del Emperador debe ser leída y escuchada con diligencia, de modo que puedas llegar al conocimiento que te es requerido».

—Del Lectio Divinitatus

El cielo sobre la ciudad centelleaba y crepitaba con relámpagos en forma de arcos, que perfilaban con crudeza al ejército que se retiraba del extrarradio destrozado. Miles de hombres y mujeres abandonaban Milvian, ensangrentados y abatidos. Tras ellos dejaban los armazones quemados de tanques y transportes, a medida que los soldados de la Cohorte Therion respondían prestos y agradecidos a la orden de retirada.

Fuego de artillería y ráfagas láser los seguían, mermando aún más su número, hasta que descargas de cobertura procedentes de cientos de cañones emplazados cayeron sobre Milvian y paralizaron cualquier persecución. En la creciente oscuridad del crepúsculo, los Therion corrieron en tropel para reunirse con los camaradas que los esperaban.

La imagen de la pantalla desapareció convertida en estática cuando los oficiales de observación que acompañaban al asalto cortaron la conexión de reconocimiento. Marcus experimentó un gran alivio al no tener que contemplar la fatigosa marcha de las alicaídas columnas de vuelta a las líneas imperiales; la vista fue reemplazada por un diagrama estratégico de líneas y símbolos y designaciones de objetivos que proyectaba un barniz aséptico sobre todo el deprimente asunto.

No era el primer revés al que había tenido que hacer frente Marcus Valerius a lo largo de su carrera militar, pero se preguntaba si sería el último. El vicecésar de la Therion apartó la atención de la pantalla principal de la cubierta de mando y devolvió la mirada al pequeño monitor de comunicaciones del panel que tenía al lado.

—Las baterías de Milvian deben ser acalladas antes del mediodía como muy tarde. No puede haber más retrasos. Nuestro éxito depende de ello.

Contemplando el rostro adusto del comandante Branne en el monitor, Marcus supo que el capitán Raven Guard no estaba utilizando una hipérbole. Si Branne decía que la campaña dependía de que su ejército tomara Milvian durante las siguientes dieciocho horas, entonces podía estar seguro de que era cierto.

Aunque Branne mantuvo un tono ecuánime, libre de acusación, Marcus era muy consciente de que merecía un trato mucho más severo. El ataque inicial sobre Milvian había llegado a un punto muerto en una etapa temprana, y la Cohorte Therion se había visto obligada a retroceder con cierta desorganización.

Pero era un revés que el vicecésar estaba decidido a compensar.

—Estamos preparándolo todo para un nuevo ataque al amanecer —⁠aseguró Marcus al comandante Raven Guard.

Había precipitado el ataque inicial, puede que debido a un exceso de confianza, o simplemente al entusiasmo, y más de mil setecientos Therion habían pagado por ese error con sus vidas.

—He determinado un nuevo enfoque para el ataque que debería conseguir que nos abriéramos paso hasta las baterías en esta ocasión. Atacaremos con toda contundencia. Vuestras naves tendrán el camino libre para un ataque orbital bajo.

—Estamos en posición para asestar un golpe mortal —⁠prosiguió Branne, insistiendo en un punto que ya había dejado claro varias veces con anterioridad⁠— . Tu avance sobre la segunda capital, Milvian, ha hecho que muchos miembros del mando superior de los traidores huyan a un complejo de búnkeres treinta kilómetros al sur de la ciudad. No permanecerán allí mucho tiempo. Los Raven Guards caerán sobre los comandantes renegados con cañoneras y cápsulas de desembarco dentro de dieciocho horas; siempre y cuando los Therion y sus tropas auxiliares puedan tomar Milvian y acallar los láseres defensivos y otras armas antiorbitales que protegen los alrededores de la ciudad.

Branne no necesitaba reiterar lo que estaba en juego. Con la toma de Milvian y la eliminación del mando traidor, el mundo de Euesa sería devuelto al redil imperial y, con él, el control del Sector Vandreggan.

No había nada que Marcus pudiera decir que no fuera a sonar a excusa o réplica al oficial de la Legiones Astartes.

—Sí, comandante. Las baterías de Milvian caerán.

—Confirmado. ¿Hay alguna otra cosa?

La había, pero Marcus guardó para sí lo que pensaba. Estaba el sueño.

Pero el ajetreado centro de mando no era lugar para tratar un asunto privado entre Valerius y Branne.

—Nada, comandante.

—Eso es tranquilizador, vicecésar. Luchad bien.

La imagen titiló y luego desapareció. Marcus dictó unas cuantas órdenes para que algunas fuerzas avanzaran y cubrieran la retirada. Con la seguridad de que estaba haciéndose todo lo que era posible, el fatigado vicecésar abandonó la cubierta de mando y regresó a sus aposentos.

Una tosecilla atrajo su atención y se detuvo para mirar a Pelon, que aguardaba expectante junto a las cortinas corridas ante la ventana. El chico se estaba convirtiendo en un joven delgado pero de buenos músculos, y ostentaba su rango de subtribuno con orgullo. Costaba reconciliar la figura decidida que acompañaba a Marcus con el muchacho asustadizo que le habían asignado como ayuda de cámara hacía diez años.

—¿Sí, Pelon? —preguntó.

—¿Dejo entrar un poco de luz, vicecésar?

Valerius agitó una mano en una respuesta ambivalente, desechando la distracción mientras empezaba a caminar de un lado a otro, agotado físicamente pero con la mente dando vueltas y más vueltas a las implicaciones de la derrota. Pelon tomó aquello como un permiso y tiró del cordón que descorría las gruesas colgaduras. Los últimos rayos de azulada luz solar entraron a raudales a través de tres ventanas en forma de arco, mostrando colinas arboladas y nubes gris pizarra.

Marcus paró, atónito ante la vista. Había estado tan ocupado con el ataque que no había echado un vistazo al paisaje de Euesa durante varios días. Fue hasta la ventana y contempló una colina coronada de árboles pasando ante sus ojos.

Desde luego, la colina no se movía; el relativo movimiento provenía del enorme transporte Capitol Imperialis que servía de cuartel general a Marcus. Con ochenta metros de largo y cincuenta de alto, el Desdeñoso avanzaba lenta e inexorablemente a no más que un paso ligero, sostenido por largas orugas; sus laterales estaban salpicados de ventanas de visualización y plataformas para armamento. A cinco kilómetros de distancia había otro pesado Imperialis: el General de Hierro, al mando del prefecto Antonius, hermano menor de Marcus.

Cada una de las superpesadas máquinas de guerra transportaba dos compañías de la Cohorte Therion —⁠cien hombres y los tanques correspondientes⁠—, mientras que un sinnúmero de tecnosacerdotes, adeptos y servidores se ocupaban del colosal cañón y de los centenares de armas secundarias.

Alrededor de la pareja de vehículos avanzaba el resto de los Therion, a pie y en transportes de tropas, setecientos mil hombres en total. Entre ellos caminaban con paso majestuoso titanes exploradores y de batalla de la Legio Vindictus, respaldados por varios miles de skitarii, sagitarii, pretorianos y heraklii mejorados mecánicamente, junto con docenas de máquinas de guerra más extrañas y vehículos de mantenimiento.

El ejército disponía de otros vehículos superpesados —⁠Baneblade y Shadow Sword, Stormhammer y Leviathan del 13.º Regimiento de Supresión Capricornio⁠—, junto con cientos de tanques de Leman Russ, transportes Chimera, cañones antiaéreos Hydra y muchos otros tanques y máquinas de guerra. A estos los acompañaban Gryphon y bombarderos de asedio, cañones Basilisk y plataformas móviles de misiles.

En los dos años y medio transcurridos desde la puesta a punto de la nueva Cohorte Therion en la Fortaleza Perfecta de los Emperor’s Children, el ejército de Marcus se había vuelto fuerte.

La ruta del avance estaba siendo allanada —⁠en algunos lugares, de un modo literal⁠— por el cuerpo de zapadores de Lothor. Quince mil hombres y el mismo número de vehículos de ingeniería abrían una franja de terreno despejado a través de los bosques, aplanando colinas y tallando rampas en precipicios y escarpaduras para facilitar el paso de la hueste que los seguía. Los ríos se embalsaban o se tendían puentes sobre ellos mediante máquinas ingeniosamente diseñadas. Las ciénagas se drenaban y se construían calzadas a lo largo de cientos de kilómetros sin interrupción a través de llanuras y estribaciones bajas.

La única parte del ejército que no estaba representada eran los mismos Raven Guards. La legión de lord Corax estaba diseminada por Euesa y en la órbita, pero había sido la Raven Guard quien había anunciado la llegada de las fuerzas del Emperador, y quien se había apoderado del aeropuerto espacial en Carlingia para que los Therion y sus aliados pudieran desembarcar sus descomunales máquinas de guerra.

—El consejo del mando es dentro de dos horas —⁠dijo Valerius, dando la espalda al espectáculo militar.

Se dirigió al catre preparado en un rincón de la estancia, pues el retumbo constante de los motores del enorme vehículo ya no le proporcionaba ninguna molestia.

—Despiértame en una hora.

Se despojó del pesado chaquetón y lo depositó en las manos extendidas de Pelon. Sentado en el borde de la cama y con Pelon arrodillado para quitarle las botas, el vicecésar reparó en que su asistente estaba inusitadamente pensativo.

—Algo te ronda por la cabeza. Dilo.

El asistente vaciló, concentrándose en su tarea. Al hablar, no cruzó la mirada con la de su señor.

—No le has mencionado tus sueños al comandante Branne esta vez, asumo.

—No lo he hecho —respondió Valerius y, retiradas las botas, colocó las piernas sobre la cama y se tumbó, entrelazando las manos sobre el pecho⁠—. Dejó muy claro tras la debacle con los Raptor que no debía volver a mencionarlos.

—El último sueño de esa clase salvó a los Raven Guards de la aniquilación, vicecésar. ¿No crees que esta experiencia más reciente podría ser pertinente para la campaña?

—Tengo la suerte de que lord Corax ha dado la impresión de haber dejado de lado cualquier curiosidad respecto a nuestra oportuna llegada a Isstvan, y Branne preferiría que siguiera así. Tengo claro que el primarca no me envió las visiones y no tengo intención de plantear cuestiones que podrían conducir a preguntas incómodas. Ya hemos visto algunas cosas extrañas en esta guerra. No tolerarían un comandante del Ejército Imperial que tiene visiones en forma de sueños.

—Pero ¿y si los sueños fueron enviados por un poder superior al del primarca? —⁠Había una leve reprobación en el tono de Pelon.

—Tonterías —replicó Valerius, incorporándose en la cama para mirar a su asistente⁠—. No hay poderes superiores.

—A mí se me ocurre uno —sugirió Pelon en voz baja.

El valet rebuscó en un bolsillo de su guerrera y extrajo un fajo de papeles arrugados y rasgados y plasimpresiones. Se mostró más animado.

—Estas cosas me las dio uno de los lothorianos, con respecto a un asunto totalmente distinto. Hay verdad en estos escritos, más profunda que cualquier otra cosa que haya leído con anterioridad. El Emperador no nos ha abandonado, sino que continua vigilando y guiando a sus seguidores. Está todo aquí.

Ofreció el fajo de hojas a Valerius, pero el vicecésar lo rechazó con un gesto y un bufido desdeñoso.

—Esperaba algo mejor de ti, Pelon. Pensaba que te habían criado como un Therion y te habían enseñado la sabiduría de la lógica y la razón. ¿Ahora buscas diseminar estas supersticiones como una verdad más profunda? ¿No crees que ya he oído antes estos parloteos sobre lo divino? Es una afrenta a la Verdad Imperial, y a todo aquello por lo que hemos luchado.

—Mis disculpas, vicecésar, no era mi intención ofenderte —⁠dijo Pelon, volviendo a meter a toda prisa los textos en el bolsillo.

—Despiértame en una hora, y no diremos nada más sobre dioses emperadores y sobre una guía divina.

El sueño no había acudido con facilidad a Valerius durante varios días, y hoy no era diferente. En cuanto empezó a dormitar, sus pensamientos se vieron asaltados por un retablo aterrador. El vicecésar estaba de pie en una llanura cubierta de pastos, con nubes de tormenta congregándose en lo alto. A su alrededor la hierba se separó y susurró al deslizarse algo por ella, a poca distancia.

Surgieron serpientes, de resbaladizas escamas verdes y relucientes; las bestias mostraban unos colmillos tan largos como dagas. Valerius estaba rodeado, incapaz de huir mientras los ofidios lo cercaban y le hundían los dientes en piernas y brazos, enterrando los largos colmillos en su pecho y su vientre.

Mientras se retorcía preso de un dolor insoportable, Marcus vio que un cuerpo de mayor tamaño ascendía ante sus ojos y comprendió que las criaturas que lo atacaban no eran más que las innumerables cabezas de un único monstruo. La hidra de la antigua mitología terrana lo sometió con su veneno, y luego enroscó el cuerpo a su alrededor al mismo tiempo que retiraba los colmillos, apretando para exprimirle la vida…

Marcus despertó con sudor humedeciéndole la frente.

Por las ventanas vio que el cielo estaba más oscuro. Advirtió que Pelon, sentado en un taburete junto al tocador, volvía a guardar algo en el bolsillo a toda prisa mientras se volvía al oír a su señor despertarse. Había preocupación en los ojos del asistente, y algo que Valerius no había advertido antes.

Asombro.

Fueran cuales fueran las estupideces escritas en aquellos fragmentos de texto, quedaba claro que habían ejercido un profundo impacto en el joven, pero Valerius ya no tenía fuerzas para reprenderle. El vicecésar se puso en pie con esfuerzo, y la camisa y los calzones húmedos por la transpiración.

Pelon fue hasta el ropero cubierto por una cortina y sacó un uniforme recién planchado. Valerius le dio las gracias en silencio con un movimiento de cabeza.

Colocada tras el puente del Capitol Imperialis, la sala de mando era una habitación amplia de veinte metros por treinta, dominada por la refulgente pantalla hololítica situada en el centro. Una hilera de paneles de comunicaciones operados por servidores y ayudantes iluminaba una pared, mientras que el mamparo opuesto lo ocupaba una pantalla que recibía imágenes en directo de los escáneres del transporte y de la red estratégica.

El hololito estaba centrado en Milvian, una ciudad con un crecimiento descontrolado, que había desbordado la muralla que la circundaba hacía décadas para crear un barrio periférico formado por un batiburrillo de factorías y bloques de viviendas de alquiler que rodeaban las torres de defensa del perímetro y los acuartelamientos principales. Palacios enormes de la élite planetaria dominaban la colina que se alzaba dentro de las murallas en el extremo occidental, protegida por cuatro torreones con vistas al puente basculante tendido sobre el río que dividía la ciudad. Vuelos de reconocimiento e inspecciones orbitales habían confirmado que todos los otros pasos habían sido destruidos por los defensores.

Fuego de contraartillería de macrocañones y plataformas situadas en las murallas caía a pocos kilómetros de distancia, de modo que el consejo de los mandos se celebraba con un telón de fondo de un bombardeo continuado sobre los terraplenes y las líneas de trincheras levantados rápidamente por los zapadores y sus máquinas.

Mientras Valerius hablaba, subtribunos manipulaban la pantalla del hololito, asignando formaciones y maniobras con flechas e iconos parpadeantes.

—El plan no ha cambiado —dijo el vicecésar al consejo⁠—. La toma de la ciudad la componen cuatro fases. La primera ya ha sido completada: el establecimiento de una línea de asedio a dos kilómetros del extrarradio de los suburbios. Los cañones y cohetes del 13.º Capricornio del coronel Golade han bombardeado con dureza la línea defensiva interior. La cortina de fuego descargada ha mantenido a la fuerza principal de los traidores dentro de la ciudad central, dejando el extrarradio vulnerable. Conducidos por sus prefectos, los hombres de la Cohorte Therion tomarán la ciudad exterior, listos para efectuar un asalto a las murallas, y despejarán las calles para los tanques y titanes que formarán una punta de lanza para el ataque principal.

Hizo una pausa al aparecer una parpadeante cúpula azul en el hololito.

—Pensábamos que todo iba bien, pero el ataque anterior topó con algo con lo que no nos habíamos encontrado antes. Una pantalla de energía protege los accesos a la muralla de la ciudad, es capaz de desviar obuses y láseres, y desgarra la carne con enormes rociadas de energía. Los hombres lo llaman «el campo de rayos» y los paró en seco.

»El campo de rayos es el mayor obstáculo, pero cuando caiga —⁠Marcus confiaba en que caería, una vez que localizaran los generadores y los inutilizaran⁠—, los barrios del centro a cada lado del río conformarán los dos objetivos finales. Las armas de defensa orbital que hay en el interior del torreón de la colina serán acalladas, y los Raven Guards podrán efectuar su descenso y atacar las fortificaciones situadas más allá de la ciudad.

—¿Apoyo orbital?

La pregunta la hizo el general Kayhil de los zapadores, un hombre bajo y enjuto, entrado en años y ataviado con un mono de faena de camuflaje.

—No hasta que neutralicemos las defensas —⁠respondió Marcus⁠—. No podemos poner en peligro a ninguna nave colocándola en una órbita baja, y cualquier otra clase de ataque sería demasiado impreciso. Necesitamos impactos de precisión para eliminar el campo de rayos. Una vez que hayamos quitado la pantalla de energía tendremos apoyo aéreo, pero el objetivo es tomar la ciudad, no arrasarla.

El vicecésar aguardó para ver si había más preguntas por parte de los oficiales allí reunidos. En el fondo de su mente todavía podía sentir el aliento caliente de la hidra sobre la piel y el aguijonazo de los colmillos perforándole la carne. Intentó hacer caso omiso de la sensación, pero aquel último sueño había sido más vívido que los anteriores y le había dejado en un estado de profundo desasosiego.

Revisó el diagrama hololítico una vez más, buscando cualquier zona vulnerable.

La mirada se posó en la pequeña ciudad de Lavlin, cuatro kilómetros al oeste a lo largo del eje principal del avance. Había padecido un intenso ataque por parte del 13.º Capricornio y un ataque orbital los días previos, y un barrido de los zapadores había confirmado que estaba limpia de enemigos.

Y, sin embargo, atrajo de nuevo la mirada de Marcus.

—¿Tenemos la seguridad de que el flanco en Lavlin es seguro? —⁠preguntó a Kayhil.

—No había tropas enemigas allí hace doce horas —⁠respondió el general con un encogimiento de hombros⁠—. Podríamos efectuar otro barrido de reconocimiento al interior de las ruinas, pero eso llevaría tiempo. No puedo apartar hombres del ataque principal.

Valerius consideró sus opciones, acariciándose el recién afeitado mentón. A pesar de que el plan parecía seguro —⁠tan seguro como podía ser cualquier plan⁠—, no conseguía librarse de las dudas causadas por su pesadilla y la retirada acaecida horas antes.

Una y otra vez sus ojos volvían a desviarse hacia Lavlin.

—Destacaré diez compañías para que actúen como reserva, por si un flanco resulta amenazado. —⁠Devolvió la atención a una de las pantallas, que mostraba el rostro del princeps senioris Niadansal de la Legio Vindictus, que se había unido al consejo desde el puente de su titán Warlord⁠—. Por favor, asigna dos máquinas a la reserva, princeps.

—Parece un desperdicio de recursos —⁠respondió el comandante en tono brusco, frunciendo el entrecejo⁠—. Diez compañías y dos titanes podrían hacer mucha falta durante el ataque principal.

—Podemos abrir una brecha en el campo de rayos sin ellos —⁠replicó Valerius⁠—. Pueden avanzar y dar apoyo al ataque principal una vez que el flanco sea seguro.

—¿Posees alguna información de la que no tengamos conocimiento, vicecésar? —⁠preguntó el coronel Golade del Capricornio⁠—. ¿Por qué esa repentina duda respecto a Lavlin?

—No hay ninguna información —⁠dijo Marcus con rapidez, y dedicó un instante a recuperar la calma⁠—. Es imperativo que avancemos sobre la ciudad sin problemas…, eso es todo. Es mejor estar seguros ahora que lamentarlo más tarde.

—A lo mejor estás siendo excesivamente cauto —⁠sugirió Golade⁠—. Las bajas son una consecuencia inevitable de la guerra.

Valerius reprimió la primera respuesta que acudió a sus labios, al recordar que los Capricornios no estaban en la fuerza de asalto, sino a salvo tras las líneas de asedio ubicadas a kilómetros de la ciudad. En su lugar, emitió un gruñido y se encogió de hombros.

—Sí, estoy siendo cauto, coronel, pero no en exceso —⁠respondió con voz pausada, conteniendo su irascibilidad.

Golade no sabía lo que Marcus sentía muy en su interior y no se lo podía culpar por sus dudas.

—¿Quién va a estar al mando de la reserva? —⁠preguntó Antonius.

El prefecto vestido con el vistoso uniforme de los Therion, incluida la banda roja del cargo cruzada sobre el peto, le recordó a Marcus a sí mismo unos pocos años antes, cuando había estado sometiendo planetas; más de dos años de guerra contra los traidores no habían echado a perder el optimismo de Antonius. Marcus envidiaba aquella confianza de su hermano, pero tras ver lo que había sucedido en Isstvan y experimentar la traición del señor de la guerra Horus de primera mano, Marcus había abandonado cualquier pensamiento de victoria final y sencillamente aceptaba cada batalla tal y como llegaba.

—Tú estarás al mando —contestó Marcus; no había nadie en quien confiara más, y la presencia del General de Hierro no era esencial para el ataque principal⁠—. Enviaré detalles sobre el destacamento… Seis compañías de infantería, cuatro acorazadas… Antes de que tomes el transbordador de vuelta.

Antonius aceptó la responsabilidad con un asentimiento, y una expresión curiosa en los ojos. En un principio Marcus pensó que veía recelo en las expresiones de los demás, pero comprendió que era su paranoia. Los otros oficiales sentían reservas respecto al repentino cambio de plan, pero nada más.

—¿Otras consideraciones que no hayamos contemplado? —⁠preguntó, cambiando de tema.

Los allí reunidos no efectuaron más comentarios o preguntas durante la breve pausa.

—Bien. El bombardeo de Golade empieza en treinta minutos. Atacamos en cuarenta y cinco.

El puente del Desdeñoso era un hervidero de transmisiones de la red de comunicaciones y conversaciones por radio que los subordinados de Valerius monitorizaban. Cada minuto más o menos, el cañón principal disparaba, zarandeando el Capitol Imperialis; el ensordecedor estruendo apenas quedaba ahogado por los amortiguadores de audio.

Marcus se concentró en la pantalla principal, que había sido dividida en siete subpantallas que mostraban la telemetría de la batalla a través de los cinco kilómetros de longitud que tenía el frente. Una pantalla estaba conectada a una trasmisión en directo de una nave de reconocimiento en la atmósfera superior por encima de la ciudad, y mostraba las pulverizadas defensas. El fuego de los Capricornios seguía cayendo, obuses y misiles concentrados en los fortines y las baterías de artillería.

Cinco pantallas eran diagramas del avance de los zapadores y los Therion al interior del extrarradio de Milvian. Brigadas de infantería se movían con rapidez de edificio en edificio, con la cobertura de los titanes Warhound de la Vindictus. La marcha era rápida y parecía que hubieran obligado al grueso del enemigo a retirarse a la muralla como Marcus había esperado. Aun así, el ataque era metódico y concienzudo, sin dejar nada a la suerte.

Un kilómetro por detrás de la infantería iban los tanques y los cañones de asalto de Therion y Capricornios. Avanzaban muy despacio en largas columnas a lo largo de las ramblas y avenidas principales, acompañados por más infantería para asegurar que no sufrían ninguna emboscada.

La pantalla restante era una transmisión pictográfica serializada alrededor del transporte del cuartel general, la vista de calles cubiertas de humo ligeramente desdibujada por las seis hileras de escudos de vacío que protegían al colosal vehículo de mando. Parpadeos de fuego láser, florescencias de explosiones y columnas de humo pintaban la escena. La masa borrosa de proyectiles de artillería pasaba a toda velocidad por el cielo nuboso y penachos de polvo de edificios derrumbándose recorrían las calles. Por el comunicador llegaba un constante aluvión de fondo de innumerables informes y conversaciones y el tableteo de armas de fuego más pequeñas puntuado por detonaciones más potentes. Hombres y mujeres intercambiaban informes lacónicos, maldecían y soltaban imprecaciones, recitaban cuadrículas de objetivos y vociferaban órdenes a sus subordinados.

Todo parecía muy distante, casi como si Marcus no estuviera allí, mientras este escuchaba y observaba. Captaba un fragmento de un sargento amonestando a su escuadra por retroceder y luego el sonoro cántico de un servidor del Mechanicum produciendo vectores de escaneo, interrumpido por el chasquido de la estática y el siseo de codificadores. Había gritos, alaridos de dolor, y en las pantallas símbolos diminutos centelleaban o desaparecían mientras la batalla fluía y refluía. Indicadores minúsculos reptaban por callejones traseros y veían su avance obstaculizado en cruces controlados por el enemigo. Flechas de avances proyectados, triángulos de objetivos terciarios tomados y círculos que indicaban zonas de disparo de cañones cubrían las pantallas de un modo aparentemente aleatorio.

Marcus no intentaba comprenderlo todo; menos de una décima parte de lo que sucedía se filtraba a sus pensamientos conscientes. De vez en cuando pedía alguna aclaración a uno de sus tribunos, pero no era su papel gestionar cada detalle de la contienda. Tenía la mirada puesta en el panorama más amplio, y en ese aspecto todo progresaba como había esperado.

De vez en cuando su atención se veía atraída hacia la última subpantalla, por la que discurría el listado de bajas de las dieciocho falanges de la Cohorte Therion. Dos mil treinta hombres habían caído en el primer ataque —⁠no todos ellos habían muertos⁠—, pero el porcentaje de muertes se había ralentizado a medida que el ejército avanzaba más allá de la línea exterior de defensores.

Cuatro kilómetros por detrás y tres kilómetros al oeste, en el flanco derecho del avance, el General de Hierro y las compañías que iban con él aguardaban la orden de atacar. El asalto había empezado hacía una hora y no había ninguna señal de amenaza desde Lavlin, pero Marcus todavía no estaba listo para desechar sus recelos y enviar al frente a la reserva.

El Desdeñoso actuaba como apoyo en el ataque principal, rodando pesadamente por la vía principal de Milvian en dirección a los límites exteriores del campo de rayos. No habían puesto a prueba la pantalla defensiva contra los escudos de un titán o un Capitol Imperialis, y Valerius había decidido que la superpesada fortaleza móvil era el mejor medio de destruir uno de los generadores. Una vez abierta una brecha en la zona cubierta por el campo de energía, otras fuerzas pondrían en su punto de mira el resto.

Había más que simple pragmatismo en el hecho de que Valerius liderara el ataque. Tras el rechazo de su anterior asalto quería demostrar a sus hombres —⁠y, lo que era más importante, a lord Corax⁠— que todavía se podía confiar en él y en sus Therion. Cuando los fundaron, sirvieron al Emperador en persona, y el primarca de los Raven Guards no merecía menos.

El Desdeñoso siguió su marcha arrolladora, pulverizando vehículos terrestres y tanques abandonados que encontraba en el camino hacia la fortaleza. Las baterías de ambos flancos descargaban su fuego sobre los bloques de viviendas circundantes, y el cañón principal arrasaba construcciones situadas incluso a unos cientos de metros de distancia. Los proyectiles de los defensores detonaban alrededor del gigante, y de vez en cuando un impacto directo centelleaba sobre los escudos, sepultando al vehículo en una aureola llameante de colores púrpura y dorado.

Tras la estela de la descomunal máquina, tanques e infantería Therion aguardaban para avanzar en tropel y aprovechar cualquier punto de penetración.

Valerius sabía que la batalla estaba en su punto más delicado, con el éxito o el fracaso de toda la invasión en la cuerda floja durante la siguiente hora. Aunque el avance por la ciudad exterior había sido rápido, los traidores habían tenido la prudencia de conducir sus recursos al interior del campo de rayos, y el ataque casi había quedado en un punto muerto. Llegaban numerosas peticiones por parte de los subordinados de Valerius para que hiciera entrar en combate a la reserva; todo el frente solicitaba la adición de la potencia de fuego de los titanes y las compañías.

—Emplazamiento del generador a tiro, vicecésar —⁠informó uno de los tribunos.

—Apuntad a los sistemas principales de armamento. Disparad con toda la potencia de tiro.

Al mismo tiempo que la orden abandonaba los labios de Marcus, otro tribuno soltó una advertencia desde su puesto en los paneles del sensor.

—¡Titán Warlord enemigo, a ochocientos metros, sector cuatro, apuntándonos!

Una subpantalla se desdibujó y a continuación mostró una imagen de la máquina traidora, de su contorno nebuloso al otro lado de sus escudos.

—¿Redirigimos el fuego?

—Negativo —replicó Marcus con brusquedad⁠—. Concentrad todas las armas en el generador del campo. Nuestros escudos pueden resistir el ataque enemigo. Nuestros titanes responderán.

El Desdeñoso tembló al descargar toda una andanada desde sus cañones y armas pesadas. Medio kilómetro más adelante, el complejo del generador estalló en una microtormenta al detonar el campo de rayos, enviando rococemento y pedacitos de metal fundido a cientos de metros por los aires en medio de haces curvos de energía.

Un grito de triunfo que resonó por toda la cubierta de mando fue acallado por una advertencia del tribuno del sensorium.

—¡Misil de disformidad, vicecésar!

La subpantalla efectuó un zoom sobre uno de los puntos fuertes del caparazón armado del titán traidor. Un misil de diez metros de longitud salió disparado en medio de un penacho de fuego azul. Recorrió los primeros cien metros en segundos, antes de que el motor de disformidad en miniatura se activara. El misil desapareció un instante, sin dejar otra cosa que una estela de condensación de oscilante energía de disformidad blanca y verde. Un segundo después reapareció, a menos de doscientos metros del Desdeñoso.

—¡Preparaos para el impacto! —⁠rugió Valerius mientras el proyectil volvía a saltar al interior de la disformidad.

El vicecésar se agarró con fuerza a la consola de mando al mismo tiempo que el misil reaparecía dentro de los escudos de la Capitol Imperialis y estallaba. Valerius fue arrojado a la cubierta cuando el Desdeñoso osciló sobre sus orugas, tambaleándose un buen rato antes de volver a caer de pie, con un gran estruendo, sobre la carretera.

Sonaron sirenas de alarma, que ensordecieron a Valerius mientras este se incorporaba con dificultad. Le corría sangre por el rostro por un corte en la frente, y la limpió con la manga de la camisa.

—Control de daños. Devolved el fuego.

—Vicecésar, tenemos confirmación… El campo de rayos ha caído —⁠informó uno de los tribunos⁠—. ¿Llamamos a las reservas?

Marcus estaba a punto de dar la orden, sabiendo que cualquier demora significativa implicaba el riesgo de permitir que el enemigo se recuperara del fallo del campo de rayos y retrasara el ataque sobre los cañones antiorbitales. Sus hombres y sus aliados morían a cientos para mantener el avance, pero sus muertes no servirían de nada si no se hacían con las baterías situadas en el otro extremo.

Se disponía a contactar con Antonius cuando sonó su conexión personal. Para sorpresa de Marcus, era su hermano.

—Vicecésar, detectamos movimiento a través de las ruinas de Lavlin. Compañías de infantería. Transmiten identificadores de autorización de la Raven Guard y solicitan paso franco a través de la línea.

Valerius apenas podía concentrarse en medio del retumbar de sirenas, de los informes que gritaban sus tribunos y del dolor punzante de la herida del rostro.

—¿Estás seguro? No he recibido ningún informe del primarca ni de sus comandantes que indique que la Legión está operando en esta zona.

—La comprobación de las comunicaciones y los barridos del sensor confirman que hay un cuerpo de infantería de un tamaño considerable y vehículos moviéndose por nuestra posición. ¿Tal vez ha habido un cambio de planes?

La noticia desconcertó a Marcus. Si bien era posible que un contingente de Raven Guards hubiera enviado fuerzas adicionales para unirse a la batalla —⁠varias de las compañías de la legión estaban desperdigadas por todo el planeta combatiendo de forma independiente, una estrategia habitual de Corax⁠—, pensar que no le habrían informado de su presencia en su frente de batalla denotaba demasiada credulidad.

—¿Estás seguro de que transmiten los indicativos y códigos de identificación apropiados?

—Son indicativos de la Raven Guard, vicecésar. De hace unos cuantos días, pero tienen el visto bueno de nuestros servidores de protocolos.

La visión de la serpiente de múltiples cabezas aleteó por los pensamientos de Marcus y se le revolvieron las tripas.

Indicativos antiguos. Era más que una coincidencia. Tenía que serlo.

—Los indicativos son falsos, Antonius. Abre fuego.

—Hermano. ¿Quieres que dispare sobre fuerzas enviadas por los Raven Guards para ayudarnos? ¿Te has vuelto loco?

Marcus consideró la acusación un momento y no sacó conclusiones ni en un sentido ni en otro. Quizá estaba loco, pero a lo mejor no. Si los efectivos que llegaban eran enemigos tendrían vía libre para atacar la retaguardia de los Therion. Habría que hacer retroceder a todo el ejército para combatirles. Aunque Marcus no estaba seguro de su cordura, sus instintos le chillaban que fuera consciente del engaño. El primarca mismo había dado órdenes estrictas respecto a la seguridad de las comunicaciones desde la crisis en Ravendelve. Marcus estaba totalmente legitimado.

—Dispara sobre las fuerzas que se acercan. Los traidores han accedido a nuestros protocolos. ¡Esto es un ataque enemigo!

—Marcus…

—¡Abre fuego, o te retiraré del mando!

El comunicador quedó en silencio. Marcus aguardó con nerviosismo, jugueteando con la banda roja que le cruzaba el pecho, aun cuando no albergaba la menor duda de que había hecho lo correcto. Contempló cómo los escudos del titán enemigo llameaban y caían bajo el pesado bombardeo del cañón principal y el fuego que convergía sobre él desde Warlord amigos que acudían desde todas direcciones.

Transcurrieron casi tres lentos minutos durante los cuales Marcus esperó recibir un comunicado airado de Branne, o puede que incluso del mismísimo lord Corax. Se secó el sudor del rostro con el puño de la chaqueta y clavó la mirada en las pantallas, obligándose a contemplar la batalla en curso.

—Vicecésar, informes de combates en el flanco occidental. —⁠Uno de los tribunos transmitió el mensaje jadeante, con el rostro enrojecido por la conmoción⁠—. El prefecto Antonius se está enfrentando a una fuerza enemiga de renegados del Ejército Imperial en las afueras de Lavlin. La falange de reserva y los titanes avanzan para entablar combate.

Marcus se obligó a mantener la calma. Exhaló profundamente y habló en un tono comedido.

—Comprendo. Comunicadlo a todos los comandantes. Que se concentren en el ataque. La amenaza está siendo contrarrestada. ¿Alguna confirmación sobre la identidad del enemigo?

—Nada confirmado, vicecésar, pero informes visuales iniciales indican guerreros del Ejército Imperial con insignias borradas. Son rebeldes.

Marcus asintió, la noticia no era ninguna sorpresa. No cabía duda de que habría bolsas de resistencia enemiga por todas partes.

—Comunicadlo al mando de la Legión. Informadles de que los protocolos de seguridad se han visto comprometidos. Recomendad una evaluación inmediata de todos los efectivos y planes.

El comunicador volvió a pitar en su oído.

—¡Por el Emperador, hermano, hemos tenido suerte! —⁠exclamó Antonius⁠— . Casi les permito colocarse a distancia de tiro y atacarnos.

—La suerte no ha tenido nada que ver, hermano —⁠respondió Marcus sin poderse contener.

—¿Lo sabías? ¿Por qué no nos dijiste que sospechabas que podría haber un ataque de los traidores?

¿Qué podía decir Marcus? Nadie salvo Pelon estaba al tanto del sueño, y Marcus no tenía intención de difundir tales confidencias a todo el ejército.

—Ha sido mera prudencia, hermano, nada más. ¿Necesitas efectivos adicionales?

—No, vicecésar. Los titanes y los tanques los están rechazando ya. Alabada sea la prudencia, ¿eh?

—Algo así.

Cansado pero victorioso, Marcus se dejó caer sobre la cama. Era pasada la medianoche y todavía había soldados combatiendo en la ciudad pero podía dejar la operación de limpieza en manos de otros. Branne le había comunicado que el desembarco para atacar el complejo de búnkeres del enemigo había sido un éxito absoluto. Habían eliminado a cuatro mil enemigos y habían capturado a varios comandantes traidores. Entre los líderes enemigos habían descubierto a un solitario miembro de la Alpha Legion que sin duda había estado coordinando la defensa, pero el traidor se había quitado la vida para evitar convertirse en prisionero. Branne había elogiado sin reparos a Marcus y los esfuerzos efectuados por su ejército. Afortunadamente, el comandante no había hecho mención de la oportuna interceptación por parte del vicecésar del ataque orquestado por la Alpha Legion.

—¿Quieres desvestirte, vicecésar?

Marcus no había reparado en Pelon, que había estado aguardando pacientemente el regreso de su señor. El asistente estaba de pie junto a la cama, y Marcus se incorporó en ella y se quitó el chaquetón.

—Un momento, Pelon —dijo mientras el ayuda de cámara se volvía hacia el ropero.

—¿Señor?

—Aquellos garabatos que tenías. ¿Qué has hecho con ellos?

—Todavía los tengo, vicecésar. —⁠Pelon parecía alicaído⁠—. Lo siento. ¿Deseabas que me deshiciera de ellos?

—No, aún no —respondió Marcus con suavidad.

Pensó en los acontecimientos del día y supo que tenía que hallar esperanza en alguna parte. No podía seguir limitándose a librar cada batalla según aparecía. El vacío de su interior lo consumiría incluso aunque el enemigo no lo matara. El campo de rayos, el misil de disformidad y —⁠sobre todo⁠— el contraataque enemigo acosaban sus pensamientos.

—Déjame verlos.

Pelon hurgó en su bolsillo y extrajo el fajo de textos, que pasó a su señor tras un instante de vacilación. Con los dedos tirando del lóbulo de una oreja, el vicecésar empezó a leer entre dientes.

«Ama al Emperador, pues él es la salvación de la Humanidad.

Obedece sus palabras porque él te conducirá a la luz del futuro.

Haz caso de su sabiduría, pues él te protegerá del mal.

Susurra sus plegarias con devoción, pues ellas salvarán tu alma.

Honra a sus siervos, pues ellos hablan con su voz.

Tiembla ante su majestad, pues todos caminamos bajo su sombra inmortal…».


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