—Señor de la guerra…
La expresión flotó en el silencio al abandonar los labios de Horus. Más allá de las altas ventanas de cristalflex, la luz de estrellas lejanas flotaba en pliegues macilentos de gas y polvo. Vestido con su armadura y entronizado, el primarca de la XVI Legión contemplaba las sombras como si esperara una respuesta.
—El título es un pesado collar alrededor de mi cuello. Horus. Lupercal. Padre, hijo, amigo, enemigo; todos desaparecen bajo el peso de ese único nombre.
Volvió la cabeza, contemplando los brazos de hierro negro del trono. Los ojos recorrieron el bronce de una maza tan alta como un hombre mortal. Su nombre era Rompemundos, y la había aceptado de la mano de su padre junto con el título de Señor de la Guerra y el mando de la Gran Cruzada. Su mirada fue a posarse en el pomo en forma de cabeza de águila. Un amago de sonrisa asomó a en sus labios.
—Nuestro padre nunca habló de lo que ello significaba, únicamente de los límites de la autoridad que lo acompañaba. Una palabra peligrosa para dejarla sin cualificación. A lo mejor su intención era que yo descubriera su significado. A lo mejor no le importaba cuál era, siempre y cuando lo liberara de nosotros, sus hijos. A lo mejor no sabía lo que significaría para su Imperio.
Horus alzó la mano, y una columna de luz hololítica ocupó el aire ante el trono. Figuras de hombres y mujeres tomaron forma en la granulosa proyección; se retorcían, gritaban, morían, sus súplicas y alaridos formaban un bucle mientras el retumbar de fuego bólter recorría el silencio.
—Ahora lo sabe.
Asintió para sí, y la luz reflejada del hololito titilaba sobre el negro límpido de sus ojos.
—El fuego está encendido, y nos hemos desprendido de todo lo que había. Estamos comprometidos; él, yo, mis hermanos y nuestras legiones. Los futuros de toda la humanidad enlazados en este círculo de sangre. Todos somos la tormenta ahora. El Imperio caerá y se alzara por mi mano. O caerá, y caerá, y caerá.
Se levantó despacio, haciendo susurrar y tintinear la armadura. Volvió a hacer un ademán, y otros conos de luz fría lo rodearon, dando vueltas con imágenes de rostros ciegos; algunos chillaban, con palabras, con sangre y humo saliendo a borbotones de las bocas, en tanto que otros peroraban sin parar con sus voces monótonas y sin vida. Horus inclinó la cabeza y escuchó.
—Todo es sangre y los chillidos del cambio. La anarquía es el rey de esta era. Nos hacemos pedazos y esta guerra se nos escapa de los dedos para caer en barrena en el olvido —dijo, la voz clara incluso por encima de la algarabía.
Horus se volvió, contemplando cómo las grabaciones holográficas florecían en torno a él, y la habitación del trono danzó con la luz espectral de un millar de mensajes.
—Se suponía que Isstvan ardería en silencio de modo que nuestra guerra pudiera ganarse antes de que llegara a empezar siquiera. Las alas del Ángel tenían que haber sido quebradas a mis pies. Y, con todo, los fracasos llegan rodando unos sobre otros. Y siguen, y siguen.
Hizo una pausa, manteniendo los ojos fijos en la imagen de un astrópata encogido.
—Calth ardió, mas nuestro hermano vive. Roboute. El prudente Roboute. Con sus plumas de oca y sus garabatos, sus planes y su esperanza. Demasiado comprensivo, demasiado fuerte. Demasiado condenadamente perfecto. —Soltó una larga bocanada de aire, y volvió a encararse hacia su trono vacío—. Ojalá estuviera con nosotros.
Con un veloz movimiento de los dedos terminados en cuchillas, la multitud de imágenes desapareció y el silencio volvió a fluir junto con el regreso de las sombras. Horus sacudió la cabeza, con la vista todavía fija en el trono.
—Tú dirías que escuché demasiado a Alpharius y a Lorgar; que una guerra librada con engaños está condenada al fracaso. A lo mejor tenías razón. La Hidra no lo ve todo, y ahora su ceguera coloca un cuchillo en su propia espalda. Corax no habría cometido un error así.
Lanzó una carcajada abatida.
—No es de extrañar que tantos a los que desearía tener a mi lado estén en mi contra, mientras que a mi espalda solo están los que tienen defectos y taras. Soy un señor de monstruos decrépitos.
Lentamente, empezó a dar vueltas alrededor del borde de la enorme mesa hololítica, el sonido de sus pasos se perdía en el resonante silencio.
—No puedo controlarlos a ellos ni a sus hijos, y ellos lo saben. Mortarion y Perturabo y el resto, todos pueden percibirlo. Todos saben que esta guerra ya no es algo que se pueda guiar, solo sobrellevar. Pero ellos nunca me comprendieron, no de verdad, y comprenden menos con cada segundo que pasa. Dudan. Piensan que ando perdido. Puedo verlo en sus corazones; la mezquindad, el orgullo, las semillas de la perdición los impelen al frente, alimentan la tempestad. ¡Con criaturas así tengo que rehacer yo el futuro!
Volvió a parar a los pies del trono y alargó el brazo. Cerró la mano sobre el mango de Rompemundos. Con despreocupada facilidad, la alzó de modo que la débil luz de la estancia se reflejó en cada abolladura y marca sobre el bruñido metal.
—Mil batallas. Diez mil. Diez veces diez veces diez mil, para dar origen a una era nueva. Todas las certezas del pasado, demolidas, todas las creencias que las crearon, convertidas en cenizas. Guerra en todos los frentes, dilatada en el tiempo hasta que nadie pueda saber cuándo llegará el golpe final. No hay un desastre, pues todos los desastres me sirven solo a mí. La tormenta aparece únicamente para que el rayo pueda caer.
Volvió a bajar la mirada hacia el trono, meneando la cabeza con tristeza. Relajó el brazo y Rompemundos descansó a su costado. Desplazó la mirada, como si observara algo que estaba más allá de lo que tenía delante.
—Ningún otro habría osado hacer esto. Ni siquiera tú. A lo mejor es por eso que nuestro padre me eligió a mí. A lo mejor ese fue su único momento de honestidad. —Luego la mirada se centró y se endureció; ojos negros como estanques reflectantes en el rostro de un rey implacable.
Sobre el brazo del trono, la calavera de Ferrus Manus devolvió la mirada a Horus desde órbitas vacías que en una ocasión habían sido ojos. Una fina telaraña de fisuras discurría por la perfecta bóveda de la coronilla del primarca asesinado, descendiendo en espiral hasta un hoyo astillado en la sien. Incluso reducida a hueso pulido, la calavera todavía parecía irradiar energía y rebeldía.
—No importa cómo arda la galaxia, tan solo importa que arda. Señor de la guerra… Eso es lo que significa, hermano mío. La fortaleza para hacer lo que hay que hacer.

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