Texto aleatorio

Cielos atómicos ardían con violentas llamaradas electromagnéticas, que ascendían en arco desde destrozadas chimeneas de energía de bobinas de Tesla, mientras las máquinas agonizantes de Cavor Sarta chillaban aterradas. El aire estaba cargado del zumbido estático de mecanismos de una complejidad inimaginable siendo torturados, un chirrido de disolución noosférica a lo largo de todo un planeta.

Extensos campos de minerales eran ríos de material fundido y refinerías descomunales se desplomaban a medida que los corazones volcánicos que habían permitido que funcionaran las destruían ahora. Zonas de ensamblaje e industrias del tamaño de continentes quedaban reducidas a chatarra en un abrir y cerrar de ojos por detonaciones nucleares, y hangares de construcción que en una ocasión habían retumbado con el martilleo incesante de un empeño digno resonaban ahora al ritmo de un tambor mucho más siniestro.

Forjas leales que en una ocasión habían ayudado a construir el Imperio del Hombre ahora eran esclavas de amos inhumanos y monstruosos que querían acabar con él. Vías de conocimientos duramente obtenidos, arrancados a la Vieja Noche, resonaban ahora con los aullidos de soldados vociferantes, estampidos aleatorios de disparos y las pisadas retumbantes de criaturas híbridas forjadas a partir de carne de gusano y hierro.

El Capítulo de los Venomous Thorns de los Word Bearers había traído la guerra a Cavor Sarta, una guerra que el mundo feudal del Mechanicum había perdido antes de efectuarse los primeros disparos. Un adversario invisible e innominado que atacaba sin advertencia previa y no dejaba más que mortandad tras él había aislado Cavor Sarta de las fortalezas imperiales de Heroldar y Thramas. Atacando desde las sombras del gran cinturón de asteroides que rodeaba Tsagualsa, el enemigo sin nombre había inutilizado Cavor Sarta incluso antes de que los Word Bearers y sus ejércitos de miles de millones de soldados mortales hubieran descendido a través de las tormentas de fuego nucleares que ardían en el cielo.

Ningún miedo es mayor que el miedo a lo desconocido, y el pánico que mantenía a Cavor Sarta bien atrapado en sus garras había hecho ya más que cualquier bombardeo orbital para debilitar la determinación de pelear de los defensores. El mundo forja cayó en seis días, sus recursos ilimitados fueron pervertidos para servir a una alquimia extraña y a propósitos horripilantes. Criptas prohibidas fueron reabiertas y ciencias enterradas de la era del Hierro y el Oro fueron exhumadas de tumbas polvorientas para producir a toda prisa espantosas máquinas de guerra usando hechicería de la disformidad.

Cavor Sarta chilló mientras renacía bajo una forma nueva y horrenda.

Seguiría chillando hasta que sus altísimas chimeneas se apagaran y el núcleo ardiente de su corazón quedara frío y sin vida.

El mundo imperial agonizaba, pero su muerte no pasó desapercibida.

La criatura avanzaba con unos andares ondulantes y mecanizados que resultaban a la vez gráciles y artificiales. Tenía un número impar de patas, lo que hería la sensibilidad de Nykona Sharrowkyn. Oculto en las sombras de una torre de fundición derrumbada, permanecía totalmente inmóvil, manteniendo las emisiones de la armadura y los conductos de ventilación de su mochila de salto compacta por debajo del umbral de detección gracias a unos sistemas de ocultación diseñados a medida.

Era tan invisible como le era posible a uno de los hijos de Corax.

Sharrowkyn escrutó las ruinas de la forja destrozada en busca de más criaturas, aun cuando sabía que estaba sola. La forja era poco más que chatarra humeante, un enladrillado hecho pedazos y vigas maestras retorcidas sobre sí mismas como lana de acero. Turbonadas magnéticas giraban sobre sí mismas igual que tolvaneras en miniatura, y la atmósfera estaba repleta de resonantes alaridos de maquinaria y detonaciones aleatorias de munición descartada. Una luz violeta descendía a través de la escueta estructura de acero del techo, y virutas radiactivas arrastradas por el viento le empañaban el visor.

La criatura paró junto a los restos de una máquina de prensado; tenía marcas de quemaduras por toda la cara, la cual giraba sobre un cuello de tendones metálicos y cartílago blando. Esferas oculares implantadas en un diseño triangular pulsaban brevemente, al mismo tiempo que una especie de rebuzno surgía de los cavernosos pulmones altavoz enterrados en la carne del pecho. Con un aspecto vagamente simiesco, la parte superior del cuerpo tenía una musculatura maciza formada con pedazos cultivados de carne y pistones, potenciadores magnéticos en bobinas y palpitantes descargadores de sustancias químicas. La cabeza era un horror de tumores de acero y carne abotargada de forma piramidal. La amplia espalda estaba erizada de varias vainas de misiles, aunque Sharrowkyn no había visto nunca nada comparable a las ojivas nucleares que sobresalían de los tubos de lanzamiento. En cada antebrazo llevaba un arma de gran calibre, una era un sibilante lanzallamas, la otra una especie de cañón lanzaarpones.

Se movía mediante tres extremidades superarticuladas que se contorsionaban como tentáculos, y Wayland había bautizado a estos monstruos como «ferróvoros», debido a su costumbre de devorar bocados de chatarra que excretaban como placas de exoarmadura. Eran veloces, más que cualquier otra cosa con la que se hubieran topado en los tres días transcurridos desde su inserción furtiva en la superficie del planeta.

Adentrarse en las ruinas de Cavor Sarta había sido un juego de niños. Incluso un Raven Guard principiante podría haber pasado inadvertido. Los ejércitos que habían tomado el planeta eran toscos y poco profesionales, ocupados en danzar alrededor de hogueras festivas de enormes lagos de promethium. Hongos nucleares de explosiones de artillería sacudían el suelo cada hora, y el mayor temor de Sharrowkyn no era que lo capturaran, sino que lo atrapara la onda expansiva de una detonación accidental.

Tanto Sharrowkyn como Wayland tenían motivos para odiar al enemigo que había conquistado Cavor Sarta, pero había demasiadas vidas en juego para poner en peligro la misión por una cuestión de odio. Desde su juventud como combatiente por la libertad en los túneles de Deliverance, Sharrowkyn había aprendido a usar el odio, a mantener cada soplo reprimido y listo para ser liberado; pero la legión de Wayland no era como la Raven Guard. Sabik Wayland era un guerrero de corazón, y esa idea casi hacía que Sharrowkyn sonriera ante la ironía.

Se moría de ganas por apuntar a la criatura con su carabina de agujas, pero Wayland había elegido ser él quien disparara.

Una cascada de metal chamuscado y una nube de polvo irradiado se arremolinaron alrededor de las extremidades tentaculosas del ferróvoro, y este emitió un grito agudo de satisfacción mientras inhalaba enormes bocanadas de escombros metálicos. La criatura siguió adelante, cruzando con fuertes pisadas el templo forja con un grotesco movimiento peristáltico. La criatura estaba casi en el extremo de la factoría, y Wayland todavía no había disparado.

—¿Pasa algo? —preguntó a través del codificado comunicador⁠—. ¿Disparo yo?

—¿Puedes compensar los vientos cruzados radiactivos o las variables de flujo inherentes a las capas de magnetocline? —⁠inquirió Wayland⁠—. ¿Está tu arma conectada a tu sistema nervioso para compensar mejor la discrepancia biológica?

—Dispara de una maldita vez.

—Cuando esté listo —respondió Wayland, y Sharrowkyn oyó un siseo de la exhalación de una máquina augmética.

Una eflorescencia de ardiente fuego violeta salió disparada hacia el cielo por detrás de una pared lejana de la factoría, y una tumultuosa avalancha de viento caliente recorrió las ruinas. Sharrowkyn notó un sabor a estroncio y cloruro de potasio en la precipitación radiactiva: la destrucción de un silo de sustancias químicas o la chimenea enterrada de un reactor alcanzando masa crítica.

La armadura de Sharrowkyn registró niveles letales de radiactividad, pero nada que pudiera inquietarle. Aunque su armadura era una creación hecha a base de retazos —⁠que o bien horrorizaría a los Señores de las Sombras de la Torre del Cuervo o bien le merecería una distinción⁠—, esta era inmune a tal toxicidad.

El eco del proyectil de impulsos de Wayland se perdió en el crepitante torrente de aire succionado al interior del vórtice de gases en combustión y fusión radiactiva, pero Sharrowkyn lo oyó con la misma claridad que si fuera un taladro de hielo sobre una superficie helada de promethium. El ferróvoro se desplomó cuando sus sinuosas patas se le plegaron. La luz candente de sus ojos palideció y la criatura dejó escapar un prolongado resuello de aliento químico.

Sharrowkyn se puso en movimiento justo al mismo tiempo que oía el tintineo de un perno de trinquete.

Abandonó sigilosamente su refugio y saltó sobre una masa caída de metal retorcido. Su ojo experto supo con exactitud dónde colocar el peso del cuerpo, y saltó de terreno firme a terreno firme, para finalmente brincar a una viga del techo que estaba inclinada. Aterrizó con suavidad y subió a la carrera por el borde aplanado del travesaño caído.

—Cuatro segundos —dijo Wayland.

Sharrowkyn no contestó y activó los motores a reacción de la mochila de salto, saliendo disparado por encima de la amplia rampa del conducto de ventilación de una fresadora pulverizada en un llameante arco.

—Dos segundos —dijo Wayland.

Sharrowkyn desprendió del cinto un artefacto del tamaño de un puño que parecía una carga de fusión antes de caer con fuerza sobre las anchas espaldas del ferróvoro. El resplandor rojo de los ojos de la criatura recuperó intensidad, pero antes de que esta pudiera hacer más que retorcer las extremidades él le sujetó el aparato a la base del cuello. Unas agujas inyectoras penetraron en el cuello de la criatura, y el artefacto emitió un penetrante gemido binario.

—Uno.

El ferróvoro se alzó violentamente y arrojó a Sharrowkyn fuera de su espalda, pero el Raven Guard convirtió la caída en un descenso controlado, retorciendo el cuerpo a la vez que hacía girar la carabina en torno a él. Aterrizó con suavidad, con la culata hecha a mano apretada contra el hombro. Aplicó presión sobre el gatillo con el dedo, pero sus reflejos bien adiestrados le impidieron apretar demasiado.

Los ojos rojos del ferróvoro se clavaron ardientes en él, pero sus vainas de misiles permanecieron enfundadas, y los brazos convertidos en armas colgaron inertes a los costados.

Sharrowkyn soltó un suspiro.

Wayland emergió de su posición, oculto en el amplio conducto de ventilación que atravesaba la única pared que quedaba en pie de la forja. Llevaba el sumamente mejorado bólter apoyado tranquilamente sobre un hombro, como si acabara de abatir a un herbívoro que pastaba y no a un servidor de combate enemigo.

—Has estado magnífico —dijo Wayland.

—Si no hubieras esperado tanto para disparar, no habría tenido que desplazarme tan lejos.

Wayland encogió los hombros. Su blindaje era negro como el de Sharrowkyn, pero donde el del Raven Guard era austero y compacto, el de Wayland era voluminoso y estaba mejorado con múltiples potenciadores. Donde el hombro de Sharrowkyn lucía el cuervo blanco de su legión —⁠si bien oculto por partículas ionizadas de polvo⁠—, el de Wayland llevaba el guantelete plateado de los Iron Hands. Uno de los brazos de Wayland había sido sustituido por uno biónico, y gran parte de su biología interna había sido reemplazada tras lesiones padecidas a manos del Fenicio en persona.

—Preví esa detonación de elementos químicos y radiactivos, y me dije que podría utilizar la estela termal y electromagnética para ocultar el disparo —⁠explicó Wayland⁠—. Calculé que tú todavía podrías llegar hasta el ferróvoro a tiempo.

—Desearía que dejaras de llamarlos de ese modo —⁠replicó Sharrowkyn⁠—. Poner nombres a cosas como esa apesta a permanencia.

—Qué poco sabes —contestó el otro, colgándose el rifle del hombro para luego encaramarse a la figura inmóvil del ferróvoro⁠—. Otorgar un nombre a una máquina me permite conocerla. Si la conozco, puedo comprenderla. Si puedo comprenderla, puedo dominarla. Bien, date prisa y sube antes de que la arquitectura cognitiva de la criatura consiga abrirse paso a través del inhibidor del bloque espinal.

Sharrowkyn se tragó su desagrado y trepó a la espalda del ferróvoro junto a Wayland, usando las protuberancias de blindaje excretado para subirse al interior de la rezumante cavidad situada entre las vainas de misiles y la espalda de carne putrefacta. El guantelete de Wayland extrudió una púa larga de metal plateado, y Sharrowkyn hizo una mueca instintivamente ante los reflejos que emitía.

Wayland hincó la púa en la base de la columna vertebral de la criatura, y aunque Sharrowkyn no pudo ver nada distinto en apariencia, percibió los temblores que sacudían el cuerpo de la criatura cibernética mientras esta pugnaba por retener el dominio sobre sus funciones de control.

Wayland asintió y dijo:

—Es nuestro.

Emparejar a Sharrowkyn con Wayland había sido un plan fruto de la desesperación, pero hasta el momento el Iron Hand se había desenvuelto bien. Su habilidad para el sigilo era sumamente deficiente, pero lo compensaba de sobras con sus aptitudes más especializadas. Sharrowkyn y Wayland eran tan distintos en pericia y en puntos de vista como era posible imaginar, pero compartían una misma experiencia que los unía con un vínculo que solo serían capaces de apreciar un puñado de Legiones Astartes.

Eran supervivientes de Isstvan V.

Separado de su primarca y sus hermanos de batalla, Sharrowkyn había escapado de la masacre de la zona de desembarco en una Stormbird de los Iron Hands, una de tan solo un puñado que habían conseguido abrirse paso a través de una tormenta de cohetes. Sharrowkyn había estado a las puertas de la muerte, desgarrado por proyectiles bólter traidores que habían atravesado su blindaje con escalofriante facilidad. Sabik Wayland había arrastrado el cuerpo herido del guerrero al interior de la Stormbird y había gritado al piloto que despegara. Incluso a un tris de morir, Sharrowkyn había percibido el martilleo de los impactos sobre el revestimiento blindado de la nave mientras esta luchaba por escapar del desastre.

A aquello le siguieron meses de curación, aunque Sharrowkyn recordaba poco, salvo recuerdos borrosos de una figura de voz bronca alzándose ante él en el apothecarion.

—No morirás, Raven Guard —había dicho la voz⁠—. No permitas que la debilidad de la carne te traicione, no cuando has sobrevivido a tanto. Yo recibí un golpe del Fenicio, sin embargo vivo. Tú también vivirás.

Recordaba la autoridad de la voz, y Sharrowkyn no había osado desobedecer. Había notado su amargura, pero no la había comprendido hasta que supo que Ferrus Manus estaba muerto, asesinado por la misma mano que había herido a Sabik Wayland.

Tras el desastroso contraataque contra el señor de la guerra, los Iron Hands buscaron un modo de tomar represalias, y, a pesar de la pérdida devastadora de su primarca, los hijos de Medusa estaban listos ya para combatir un día después de encontrarse con fuerzas correligionarias que habían conseguido eludir la trampa del señor de la guerra.

Durante los seis meses siguientes, el fragmentado destacamento de Iron Hands hostigó flotas enemigas de un modo que habría enorgullecido a Corax. Atacaban, retrocedían y volvían a atacar, golpeando siempre que se presentaba una oportunidad. Como un púgil atontado que simplemente no quiere permanecer en el suelo, los Iron Hands seguían regresando a la lucha.

Y en estos momentos tenían un objetivo digno de su cólera.

Para cuando las fuerzas imperiales se reagruparon para hacer frente a la amenaza en el sector de Thramas, ya era demasiado tarde para Cavor Sarta. Sus enormes recursos estaban ya en manos enemigas, y los traidores coordinaban en aquellos momentos sus considerables activos para arrancar el resto de mundos forja de las garras del sacerdocio marciano. Los comandantes imperiales estaban horrorizados ante la experta coordinación exhibida, y trataban de descodificar transmisiones astropáticas interceptadas que circulaban entre los mundos capturados y las flotas traidoras.

Tales métodos eran un modo totalmente comprobado de desbaratar los planes enemigos, pero algo no funcionaba en absoluto. Las transmisiones estaban codificadas, por supuesto, pero el Mechanicum de Thramas contaba con los mejores descifradores de códigos, y enseguida desentrañaron los códigos de operador. No obstante, en lugar de transmisiones que revelaran movimientos de la flota, disposiciones y efectivos, el texto resultante fue un embrollado revoltijo de lenguaje binario corrupto entrelazado con una variedad de comunicación lingüística no identificada que no concordaba con ninguna familia lingüística conocida que pudiera traducirse.

Tan solo tras la captura de una nave capitana traidora salió a la luz más información. Los motores de disformidad del navío habían fallado cuando huía de una emboscada abortada, y guerreros de la I Legión lo habían abordado y habían matado a todos los que había a bordo. Uno de los cuerpos descubiertos fue el de una criatura híbrida sumamente modificada que mostraba las características de una manipulación genética y una cirugía augmética de una clase nunca vista con anterioridad. Aunque el cerebro de la criatura había sido licuado y sus órganos de comunicación arrancados, una autopsia detallada había llevado a los adeptos de Marte a una conclusión inevitable.

La criatura era una forma de vida hibridizada creada artificialmente con un lenguaje propio y un método de articulación que solamente podía ser interpretado por uno de su propia clase. Era el operador de códigos perfecto, uno cuyos mensajes cifrados jamás podría esperar descifrar el Mechanicum, a menos que, de algún modo, pudieran hacerse con un espécimen vivo.

Los adeptos del Mechanicum los codificaron como «Unidades de Cifrado Alinguales».

Wayland los llamó «kryptos».

Estaban acuclillados en las ruinas de una refinería de mineral, un cenagal burbujeante de sibilantes productos petroquímicos y vapores tóxicos. Situada en medio de una altísima colección de torres repetidoras que chisporroteaban con sibilantes estallidos de electricidad, la refinería era lo más cerca que el ferróvoro podían llevarlos. Los había transportado a través de las defensas estratificadas que rodeaban el templo forja, pasando ante torres de viviendas repletas de cadáveres y factorías reducidas a cenizas que resonaban con una jerga mecánica que borbotaba, convertida en estática a medida que era corrompida. Vieron talleres mecánicos en los que repicaban los martillos de máquinas de construcción a las que habían asignado nuevos cometidos, y un paisaje que pasaba de la plata y el oro al hierro quemado y a los altares de bronce ensangrentado.

Decenas de ferróvoros se habían acercado, pero ninguno había mirado siquiera en su dirección gracias a que Wayland manipulaba la potencia de salida de su criatura. Patrullas mortales y vehículos los evitaban, pues los ferróvoros eran criaturas caprichosas y tanto podían volver su hambre sobre amigo como sobre enemigo. El nuestro conocía las rutas seguras a través de las minas de cuchillas, los puntos ciegos de los detectores de movimiento, y poseía la destreza locomotora necesaria para sortear los campos de trampas láser.

Más allá de las torres repetidoras estaba el corazón amurallado de un templo forja, una maciza disposición de cubos, pirámides y esferas. Símbolos extraños y ecuaciones arcanas estaban pintarrajeados sobre los tejados abovedados con ungüentos de sangre y aceite; la arquitectura sagrada del Omnissiah estaba corrompida por geometrías no euclidianas y distorsionante álgebra escherite.

El ferróvoro estaba agachado detrás de ellos; su brutal gruñido mecánico quedaba engullido por el penetrante y grave zumbido de las torres en las que se ocultaban. Al menos cincuenta criaturas similares merodeaban por el maltrecho páramo de industria saboteada que rodeaba el templo, moviéndose en circuitos superpuestos de patrulla y potenciadas por varios cientos de soldados armados que llevaban equipos de auspex skitarii modificados.

—Torres de defensa, escáneres pictográficos, sensores de movimiento, diferenciales de presión, campos de fuego entrelazados. Y una única entrada —⁠indicó Sharrowkyn, mencionando una medida defensiva tras otra. Estaba tumbado sobre el vientre en las sombras, atisbando a través de magnoculares acorazados⁠—. Por la seguridad que rodea este sitio, yo diría que nuestras fuentes tenían razón. El kryptos está aquí dentro.

—Y ¿conoces un modo de que podamos vencer ese nivel de seguridad? —⁠preguntó Wayland, arrodillándose detrás de un gigantesco disco aislante de ceramita que había caído de una torre destruida.

El legionario tenía el bólter fijado donde correspondía en el hombro, aunque el cañón y las miras estaban replegados.

—¿Crees que puedes eliminar a cincuenta ferróvoros? —⁠preguntó Sharrowkyn.

—No, pero si tuviéramos una compañía de Iron Hands podríamos abrirnos paso hasta el interior.

—No sacaremos lo que queremos de ahí con arietes y armas. Si cruzamos a la carga esas puertas, encontraremos al kryptos yaciendo en el suelo con el cerebro derritiéndose fuera de su cráneo.

—Entonces, ¿cómo sugieres que accedamos al interior?

—No lo haremos —respondió el otro⁠—. No hay forma de entrar ahí sin que nos detecten.

—¿De modo que esta misión ha sido una pérdida de tiempo? —⁠siseó Wayland⁠—. Pensaba que los de la Raven Guard erais expertos en este tipo de cosas; intrusiones encubiertas y actuaciones alrededor de defensas enemigas.

—Lo somos, pero hay algunas inserciones que simplemente no pueden realizarse. Algunas defensas son tan herméticas que ninguna aproximación táctica conseguirá franquearlas.

—¿Lo que significa…?

—Significa que si no podemos entrar, haremos que el enemigo saque al kryptos.

Dada la devastación causada alrededor del templo forja, no costó demasiado localizar una línea troncal de datos desprotegida que conectara el templo con la red planetaria. Gran parte del cableado estaba dañado o fundido sin posibilidad de arreglo, pero unos cuantos haces de cable aceitoso todavía funcionaban, y fue sobre estos que Wayland dirigió sus esfuerzos. Numerosos sujetacables y artilugios para teclear surgieron de su guantelete, e incluso las chispas diminutas de fuego de San Telmo que formaban un arco entre sus herramientas empezaban a poner nervioso a Sharrowkyn.

—No detectarán esto, ¿verdad?

—Solamente si sigues distrayéndome —⁠respondió Wayland, pasando un cable desde la maraña de cableado a un artilugio en forma de caja sujeto a su cinturón.

La máquina de cifrado del Mechanicum zumbó mientras penetraba a través de codificaciones de alto nivel con la suficiente delicadeza como para evitar ser detectada.

—Estoy dentro —anunció Wayland, a la vez que un estallido de lenguaje binario codificado siseaba desde la máquina de cifrado⁠—. Intercomunicaciones noosféricas de calidad superior. Solo lo mejor para el kryptos…

—Que no se note demasiado —⁠indicó Sharrowkyn⁠—. Si los traidores creen siquiera que estamos aquí fuera, esta misión habrá acabado.

—Que sea un Iron Hand no significa que no pueda ser sutil cuando la ocasión lo requiere, Nykona —⁠dijo Wayland, usando deliberadamente su nombre de pila⁠—. Me adiestré en Marte, y la innovación del adepto Zeth en redes noosféricas no me es desconocida.

—¿Así que ya te has interconectado a esta clase de sistema antes?

—Lo he estudiado intensivamente —⁠respondió Wayland.

—¿Lo has estudiado? —dijo Sharrowkyn, detectando la evasiva⁠—. ¿Estás diciendo que jamás has usado de verdad algo como esto?

—No como tal, pero tengo plena confianza en que seré capaz de interconectarme satisfactoriamente —⁠repuso su compañero, alzando un enchufe de conexión para a continuación introducirlo en el lugar correspondiente en la base de su gorguera modificada.

—Te lo recordaré si tenemos que salir pitando para ponernos a salvo —⁠dijo Sharrowkyn.

Wayland no respondió, tensando el cuerpo cuando un torrente de información fluyó desde los cables dorados al interior de sus implantes corticales.

El Iron Hand movió los guanteletes en el aire, manipulando sistemas operativos, potencia y flujos de datos que únicamente él podía ver. Yemas de dedos habilitadas hápticamente filtraron montones de datos noosféricos con cada parpadeo de una lente mientras la descarga de información lo inundaba.

Sharrowkyn dejó a Wayland con su infiltración en los sistemas de datos del templo forja y devolvió la atención a las defensas del lugar, en busca de cualquier indicio de que hubieran detectado la intrusión.

—Me ayuda… —musitó Wayland, y Sharrowkyn inclinó la cabeza para escuchar.

—¿Qué?

—La forja —respondió el Iron Hand, y su voz sonaba lejana y crispada⁠—. Odia en lo que se ha convertido y desea que ponga fin a su padecimiento. Sus sistemas están borrando mis huellas informáticas.

Sharrowkyn se removió incómodo ante la idea de que el templo forja mostrara cualquier cosa que pudiera ser interpretada como conciencia. Aunque los Mechanicum eran una parte inestimable del Imperio, su creencia en una fuerza divina tras las máquinas que construían y de cuyo mantenimiento se ocupaban no concordaba con la Verdad Imperial.

Sin embargo, como con muchas cosas útiles, la conveniencia y la utilidad tenían más peso que la convicción.

—Lo tengo —anunció Wayland, contorsionando una mano y tecleando lo que parecía un código de acceso sobre un panel invisible⁠—. Espero ver algo de actividad pronto.

Sharrowkyn devolvió la atención al templo cuando varias sirenas de alarma atronaron por todo el complejo. Luces de emergencia centellearon y avisos retumbantes en una jerga gorjeante surgían de bocinas instaladas en torres de defensa. Oleadas de hombres armados surgieron de las estructuras de hierro, una mezcla de salvajes cohortes skitarii y unidades del ejército presas del pánico.

—No sé qué has hecho —dijo Sharrowkyn⁠—, pero les ha hecho salir corriendo aterrados.

—Con el consentimiento del templo, he retirado las varillas de control del núcleo atómico del reactor y he alterado la composición de los elementos catalizadores para llevar a los isótopos a situación de masa crítica a una velocidad exponencial. Cuando eso suceda, todo en un radio de cien kilómetros quedará volatilizado.

—¿Incluidos nosotros?

—No —dijo Wayland, dando unos golpecitos a otro artefacto del Mechanicum sujeto a su cinturón⁠—. Nosotros no.

Las tropas enemigas convergieron en un punto justo fuera de las puertas principales del templo, adoptando una formación defensiva mientras aguardaban. Una sensación palpable de temor atenazaba al enemigo, y cuando un adversario estaba desconcertado era el momento perfecto para atacar.

—Ahí —dijo Wayland—. Tiene que ser eso.

Sharrowkyn miró al lugar que su compañero indicaba. Un guerrero con una bruñida armadura roja, inundada de pergaminos sellados con cera, escoltaba a un adepto de aspecto anodino cubierto con una túnica negra amplia y ondulante. Desprovisto de los brazos mecánicos reticulados y los potenciadores comunes a la mayoría de tecnosacerdotes, no había nada que marcara externamente a ese adepto como especial.

—Word Bearer —dijo Sharrowkyn con la voz tirante y un odio controlado.

—La descarga magnética bloqueará el tráfico de comunicaciones —⁠indicó Wayland⁠—. Pero tenemos menos de cinco minutos para hacernos con el kryptos.

—Entonces, pongámonos en marcha —⁠repuso Sharrowkyn, haciendo un gesto con el pulgar por encima del hombro⁠—. ¿Está listo?

Wayland activó el mecanismo de control del ferróvoro capturado.

—Ah, está más que listo —dijo.

Géiseres retumbantes de vapor radiactivo supercalentado hicieron saltar por los aires cúpulas y paredes del templo forja, y tracerías llameantes de rayos invertidos describieron arcos por la volátil atmósfera. A medida que el núcleo atómico del templo entraba en ebullición para autodestruirse, sistemas de ventilación y protocolos de dispersión fueron desactivados deliberadamente o sencillamente no funcionaron. Los pocos adeptos que permanecieron en sus puestos descubrieron que sus esfuerzos para evitar la inminente destrucción del templo eran frustrados constantemente.

El caos de la destrucción del templo no quedaba reducido a sus elementos estructurales mientras Sabik Wayland y el agonizante corazón máquina de la forja se vengaban. Ráfagas automatizadas bombardeaban desde torretas de defensa para destrozar posiciones traidoras con obuses capaces de perforar blindaje. Disparadores trampa diseñados para detonar minas enterradas al cumplirse ciertos parámetros estallaron en una serie escalonada de explosiones atronadoras que sacudieron la tierra y derribaron construcciones próximas en medio de rugientes bolas de fuego. Los ferróvoros empezaron a sufrir convulsiones a medida que sus implantes corticales recibían órdenes contradictorias, abriendo fuego y recogiendo montones de skitarii para devorar sus cuerpos recubiertos de metal.

Sharrowkyn y Wayland corrieron a través del estroboscópico infierno de explosiones y disparos con la fría precisión de unos cazadores.

Wayland se movía con el rifle implantado escupiendo ensordecedoras balas subsónicas. Cada proyectil detonaba con una explosión en el interior del caparazón blindado de un caudillo skitarii o jefe de disciplina; cada objetivo era elegido con sumo cuidado para impedir que la estructura de mando del enemigo recuperara el control. Se movía con una mecánica precisión junto con el rugiente ferróvoro, mientras las armas de este soltaban arcos de fuego abrasador y arpones electrificados para abrir un sendero a través de aquellos pocos traidores que los reconocían como enemigos.

Los lanzacohetes que la criatura llevaba a la espalda enviaban andanadas de cohetes explosivos contra los traidores allí congregados, cuyos múltiples obuses estallaban y rociaban el suelo con cientos de minibombas de plasma. Ráfagas abrasadoras de fuego azul chisporroteaban entre las unidades traidoras, fundiendo metal, carne y hueso con un grotesco siseo.

La carabina de Sharrowkyn era más ligera que la de Wayland, pero no menos letal en manos de un tirador experto. Cada presión sobre el gatillo hacía trizas el cráneo de un enemigo o desgarraba una garganta desprotegida; disparos letales que acababan con la vida del objetivo antes de que supieran siquiera que existía un peligro.

—Está huyendo —dijo Sharrowkyn, cuando el Word Bearer se echó al adepto de la túnica sobre el hombro y salió disparado en dirección a una construcción de techo bajo, en la esquina del complejo del templo.

—¿Puedes alcanzarlo? —preguntó Wayland, descerrajándole un proyectil bólter en el pecho a un vociferante guerrero skitarii con un pellejo ensangrentado de animal echado sobre sus hombreras con colmillos.

—Por favor —replicó Sharrowkyn.

—Reúnete conmigo en sesenta segundos o no conseguirás salir de este mundo.

Sharrowkyn asintió y accionó sus propulsores de salto, elevándose lejos de Wayland y el ferróvoro enloquecido. El Word Bearer estaba demasiado lejos para alcanzarlo de un solo salto, y Sharrowkyn aterrizó violentamente a la carrera, disparando con el rifle en automático mientras cogía velocidad para el siguiente salto. Los propulsores llamearon y mientras describía un arco en el aire el Raven Guard vio que el Word Bearer había alcanzado la construcción, cuyo tejado se abrió para mostrar una nave pequeña de cuerpo plateado con enormes carenados de motores.

—No es el enemigo que ves el que te atrapa —⁠siseó Sharrowkyn⁠—. Es el que no ves.

Su carabina llameó y el Word Bearer dio un traspié cuando unas agujas de alta velocidad perforaron el costado de su casco y el hombro. Metal y ceramita despedazados salieron volando por los impactos, y Sharrowkyn se colgó el arma al hombro mientras aterrizaba con un chasquido de piedra en medio de un remolino de humo caliente.

El Raven Guard sacó dos gladios de hoja negra de fundas situadas en los hombros y se abalanzó sobre el Word Bearer. El traidor arrojó a un lado el casco destrozado, y Sharrowkyn vio que tenía un rostro gris y ceniciento, cubierto por una masa serpenteante de tatuajes que reptaban por debajo de la piel como gusanos de tinta dotada de consciencia.

El Word Bearer dejó caer al kryptos y sacó el bólter para apuntarlo con él. Sharrowkyn asestó un machetazo al cañón con el primer gladio y enterró el segundo en el centro del plastrón del Word Bearer. El guerrero profirió un gruñido de dolor y cayó hacia atrás al explotar el proyectil de la recámara de su arma. Intentó asestar un puñetazo, pero Sharrowkyn ya se había movido. Giró en redondo alrededor del Word Bearer y hundió la punta monomolecular del gladio a través del cuello de su adversario.

La hoja de Sharrowkyn hendió la columna vertebral del Word Bearer. El Raven Guard tiró hacia arriba con fuerza de la espada, y la cabeza del enemigo cayó inerte a un lado al salir el arma. Antes de que el cuerpo cayera, Sharrowkyn se dio la vuelta y levantó al adepto de la túnica negra del suelo. La capucha había caído hacia atrás, y se estremeció al contemplar el rostro espantoso de la criatura. Tenía la carne tan pálida como la suya propia, y la mitad inferior del rostro tenía una disposición horripilante de partes móviles, potenciadores, rejillas de comunicación y elementos productores de sonido que no guardaban la menor relación con nada que Sharrowkyn hubiera visto nunca. Lo que quedaba del cráneo era como la interfaz perforada de un cogitador, una disposición de latón y carne de anatomía alienígena engranada con compartimentos de cristal que dejaban visibles porciones de un cerebro potenciado.

El kryptos emitió un ruido bronco que rechinó igual que clavos de hierro sobre pizarra, y un chorro de un confuso sonido mecánico chirrió desde una boca que se movía con un chasqueo mecanizado abominable y un pastoso gorgoteo animal.

—Justo lo que yo pensaba —dijo Sharrowkyn, colocándose al kryptos sobre el hombro a la vez que accedía al icono que mostraba la ubicación de Wayland.

El Iron Hand estaba en lo más reñido de la pelea, manteniéndose en la sombra del ferróvoro mientras este hacía pedazos a sus anteriores aliados. Sharrowkyn saltó a través del aire dejando un rastro de fuego, para aterrizar a continuación en el cráter de la detonación de una mina sónica. Un segundo salto lo transportó por encima de un grupo de mortales encogidos de miedo y el tercero le hizo aterrizar junto a Wayland.

—Llegando con el tiempo justo como de costumbre —⁠dijo Wayland⁠—. El núcleo está en masa crítica.

—¿Cuánto queda? —preguntó Sharrowkyn, quitándose al kryptos del hombro.

Wayland soltó el segundo artefacto que los adeptos del Mechanicum le habían dado y lo depositó sobre el suelo entre ellos. Levantó el mecanismo de disparo, el pulgar inmóvil en el aire sobre el perno de activación.

—¿Preparado? —dijo.

—Hazlo —respondió el Raven Guard, al mismo tiempo que el cielo llameaba con un brillo imposible y un resplandor furioso borraba el templo forja de la faz del planeta con un rugido de fuego nuclear.

El tiempo dejó de tener sentido.

Una eternidad o instante pasaron para Sharrowkyn, un espacio de tiempo imposible de calcular. Luz y sombra ondularon y se desvanecieron, el mundo situado más allá de la reluciente burbuja de irrealidad que los protegía de la aniquilación atómica se movía como una bobina de pictógrafo a toda marcha. No podía moverse, no podía pensar y, a efectos prácticos, no existía.

Y entonces el mundo recuperó la nitidez de golpe cuando el temporizador del generador de campo de estasis llegó a cero. Vientos ardientes se alzaron a su alrededor, irradiados y cargados de venenos tóxicos que convertirían la región de Cavor Sarta en inhabitable durante milenios. No quedaba nada del templo forja, únicamente una llanura cristalizada y un boquete profundo en la tierra donde el núcleo fundido se había hundido profundamente en la roca del planeta. Un hongo nuclear de kilómetros de altura ardía furioso, y los martillazos de las oleadas de presión de su energía retumbaban por la atmósfera. Tornados cáusticos de metales pesados giraban a toda velocidad en las ruinas de pesadilla de la explosión atómica, y tormentas eléctricas bullían y rugían en refriegas electromagnéticas.

Wayland seguía arrodillado junto al generador del campo de estasis, pero se levantó y se sacudió los efectos secundarios que todavía persistían. Sharrowkyn paseó la mirada por la devastación, asombrado de que hubieran sobrevivido en el hipocentro de un holocausto nuclear.

—Creo que ha salido a pedir de boca —⁠comentó Wayland.

—Estamos vivos y tenemos al kryptos —⁠convino Sharrowkyn, observando cómo la encogida criatura se enroscaba en una bola fetal, balbuciendo su anormal lenguaje codificado mientras la radiación actuaba sobre su cuerpo frágil.

—Y los traidores no sabrán nada sobre nuestra participación. A los ojos de cualquiera, esto ha sido una simple fusión accidental del núcleo de un reactor.

—¿Crees que el enemigo se lo creerá?

—Teniendo en cuenta la falta de cohesión y pericia mecánica entre las fuerzas de ocupación, acontecimientos así no son nada raros —⁠respondió Wayland⁠—. Creo que nuestra participación pasará inadvertida.

Sharrowkyn asintió y activó la baliza de teletransporte incorporada a su armadura para enviar una señal a la nave de los Iron Hands oculta en los escombros orbitales que rodeaban Cavor Sarta. Las tormentas electromagnéticas ocultarían cualquier rastro del haz de teletransporte, y se habrían ido antes de que fuerzas enemigas llegaran para registrar el destruido emplazamiento.

—Buen trabajo, Sabik Wayland —⁠dijo Sharrowkyn.

—Buen trabajo, desde luego, Nykona Sharrowkyn —⁠respondió Sabik Wayland.

En conjunto, pensó Sharrowkyn, fue un mal día para ser un traidor.


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