Antes de la ascensión del primarca, antes de su captura, la nave había llevado un nombre diferente. En aquellos tiempos más inocentes, navegaba como la «Determinación Inflexible», nave capitana de la Legión de los War Hounds.
Pero el tiempo lo cambia todo. Ahora, la XII Legión era la de los Devoradores de Mundos, y su nave capitana llevaba el nombre de «Conquistador».
Apenas si se parecía a la nave que había sido una vez. Surcada de brutales placas blindadas y rematada por incontables baterías de armas, el Conquistador había pasado a ser un tosco bastión que no se parecía en nada a cualquier otra nave de guerra del espacio imperial.
A la vanguardia de una inmensa flota de combate, flotaba en el espacio con los motores apagados, con una hilera tras otra de baterías de armas apuntando a una nave de guerra de color dorado que encabezaba una flotilla contraria.
La nave enemiga jamás había cambiado su nombre. Más allá de la profanación de las águilas imperiales que en el pasado cubrían sus almenas espinales, permanecía inalterada salvo por las cicatrices de combate recibidas en el nombre de la rebelión. Era la nave capitana de la XVII Legión, y a lo largo de la proa, escrito en gótico culto, se leía el nombre «Fidelitas Lex»: la ley de la fe.
Los Portadores de la Palabra y los Devoradores de Mundos estaban al borde de la guerra. Cientos de navíos suspendidos en el frío espacio, cada bando aguardando la orden de disparar primero.
En el puente del Conquistador, trescientas almas estaban totalmente absortas en sus deberes. Los únicos sonidos eran el murmullo de fondo de servidores que llevaban a cabo sus tareas, y el runruneo omnipresente del reactor de la nave.
La mayoría de aquellos individuos, humanos y posthumanos por igual, sentían una aleación de emociones. En algunos, el temor se mezclaba con un entusiasmo culpable, mientras que en otros, la expectativa se transformaba en un torrente de sensaciones que no estaban muy alejadas de la ira. Cada conjunto de ojos permanecía fijo en la pantalla de visión del óculo que daba testimonio de la presencia de la flota situada más allá.
Una figura se erguía imponente por encima de todas las demás. Con una armadura de capas de ceramita en oro y bronce, observaba con atención el óculo con ojos entornados. Donde otros lucían una sonrisa, él llevaba una hendidura de tejido cicatrizal y dientes rotos. Como sus hermanos, se parecía a su padre del mismo modo que una estatua muestra un parecido con el hombre en cuyo honor fue erigida. Sin embargo, esta estatua estaba estropeada por grietas e imperfecciones: una contracción en los músculos que rodeaban el ojo, una quebrada irregular discurriendo por el cráneo rapado.
Alargó una mano enguantada para rascarse la nuca, donde una vieja herida no desaparecería nunca por completo. Por fin, tomó aire para hablar, con la voz de un hombre trastornado por el dolor.
—Podríamos abrir fuego. Podríamos dejar a la mitad de sus naves convertidas en cascarones sin vida, y Horus ni se enteraría.
Detrás de él, sentada en un trono elevado, la capitana Lotara Sarrin carraspeó.
El enorme guerrero no se volvió de cara a ella.
—Ah. ¿Tienes algo que decir, capitana?
Lotara tragó saliva antes de hablar.
—Mi señor…
—No soy el señor de nadie. ¿Cuántas veces tengo que repetir esas palabras? —Se secó el inicio de una hemorragia nasal con el dorso de la mano—. Di lo que desees decir.
—Angron —dijo ella, escogiendo las palabras con cuidado—. No podemos seguir adelante con esto. Tenemos que retirarnos.
El primarca se dio la vuelta entonces. Un temblor le estremeció los dedos de la mano izquierda. Tal vez la necesidad reprimida de echar mano de un arma, tal vez nada más que sinapsis fallidas en el núcleo de un cerebro maltratado.
—Dime por qué, capitana.
Los ojos de la capitana oscilaron levemente a la izquierda. Varios de los guerreros de Angron estaban junto al trono, con los cascos vueltos hacia la pantalla: eran la encarnación misma de la indiferencia. Miró a uno en particular, implorándole que hablara.
—¿Khârn?
—No mires a Khârn para que argumente en tu nombre, muchacha. Te he pedido a ti que hablaras. —Las manos del primarca se crispaban, los dedos le temblaban como serpientes con convulsiones.
—No podemos seguir adelante con esto. Si atacamos su flota, incluso si ganamos, sufriremos daños tras las líneas enemigas que nos quitarán una parte de la potencia que necesitamos para llevar a cabo las órdenes del señor de la guerra.
—Yo no forcé este enfrentamiento, capitana.
—Con el mayor de los respetos, señor… Sí, lo hicisteis. Habéis estado presionando la paciencia de lord Aureliano una y otra vez. Cuatro mundos han caído en nuestro poder, y cada uno fue un ataque declarado en contra de nuestras órdenes principales. Sabía que él acabaría por reaccionar. —Lotara hizo una seña en dirección al óculo, donde la flota enemiga…, decenas de naves de guerra que habían sido aliadas solo unas horas antes…, se aproximaba cada vez más—. Vos forzasteis este combate, y tanto la tripulación como la Legión os han obedecido. Ahora estamos al borde del precipicio, y esto no puede ir más allá. No podemos cruzar esa línea.
Angron volvió a encararse hacia el óculo, crispando los labios desfigurados en algo parecido a una sonrisa. No es que no viera la verdad que había en las palabras de la mujer, pero ahí radicaba el problema. No había esperado que su hermano reaccionara. Nunca había imaginado que Lorgar fuera a mostrar tanto coraje de repente.
—Khârn —murmuró Lotara, volviendo la cabeza de nuevo hacia los capitanes allí reunidos—, haz algo.
El primarca oyó cómo su ayuda de campo se le acercaba por detrás. La voz de Khârn era más suave que la de la mayoría de los suyos; en absoluto amable, desde luego, pero suave, queda y comedida.
—Ella tiene razón, ¿sabéis?
Tal informalidad sería un anatema dentro de las otras legiones. Los World Eaters, sin embargo, no obedecían otras tradiciones que las propias.
—Puede que ella tenga razón —concedió el primarca—. Pero percibo la oportunidad en el aire. Lorgar siempre fue el más débil de nosotros, y sus Word Bearers no son mejores. Podríamos borrar esta legión miserable y a su iluso señor de la faz de la galaxia ahora mismo. Y si me dices que eso no te atrae, Khârn, te llamaré mentiroso.
Khârn se quitó el casco con un leve siseo de despresurización. Dada la vida que había llevado hasta el momento, que su rostro no tuviera cicatrices era poco menos que un milagro.
—Lorgar ha cambiado, como lo ha hecho su legión. Han trocado ingenuidad por fanatismo, e incluso superados en número, nos causarían daño.
—Nacimos para derramar nuestra sangre, Khârn.
—Tal vez sí, pero podemos elegir nuestras batallas. Hemos tentado a la suerte con los Word Bearers, y estoy de acuerdo con Lotara. Deberíamos reintegrarnos a la flota, dejar de atacar mundos a nuestro antojo, y seguir navegando al interior del Segmentum Ultima.
Angron soltó aire despacio.
—Pero podríamos matarlo.
—Desde luego que podríamos. Pero ¿ganaríais una batalla y le costaríais a Horus la guerra? Eso no suena a algo propio de vos.
El primarca sonrió. Fue algo lento y siniestro; la raja que ocupaba el lugar en el que habían estado los labios se curvó.
—Mis detractores dirían que suena exactamente a algo que yo haría.
Mientras hablaba, se posó las yemas de los dedos sobre las palpitantes sienes. Sus dolores de cabeza jamás cesaban, pero siempre eran mucho más violentos cuando le ardía la sangre. Hoy, la sangre del primarca ardía.
Lotara no prestó ninguna atención a los guerreros mientras conversaban. Tenía otras cuestiones de las que ocuparse, como los trescientos miembros de la tripulación del puente atrapados entre mirar sorprendidos a Angron, aguardar sus órdenes y contemplar la flota enemiga que iba creciendo en la pantalla de visualización.
—El Fidelitas Lex se está midiendo con nosotros. Ha acelerado a velocidad de ataque y ha pasado a alcance máximo de tiro. Mantiene los escudos arriba, y tiene el armamento listo para disparar. Su escuadrón de apoyo llegará a alcance máximo de tiro en veintitrés segundos.
Angron resopló sangre sobre la cubierta.
—No retrocederemos.
—Mantened avante toda —gritó Lotara, y luego, en voz más baja—: Señor, tenéis que reconsiderarlo.
—Cuidado con lo que dices, humana. Preparad los arpones ursus.
—Como deseéis. —Transmitió la orden, y el grito fue recogido por todo el puente, de oficial a oficial, de servidor a servidor—. Los arpones ursus estarán listos en cuatro minutos.
—Bien. Los necesitaremos.
—Recibiendo transmisión hololítica del Lex —informó Lotara—. Es lord Aureliano.
El primarca volvió a emitir su risita cavernosa.
—Pues veamos qué tiene que decir la serpiente.
La imagen hololítica apareció en el aire ante Angron, proyectando ante el señor de los World Eaters una imagen contrapuesta parpadeante. Allí donde Angron estaba desfigurado, Lorgar no tenía ni una imperfección; donde un hermano gruñía con una sonrisita de suficiencia, el otro ofrecía una sonrisa fría y feroz. Cuando Lorgar habló tras varios largos momentos, solo tenía una pregunta que hacer.
—¿Por qué?
Angron contempló con fijeza la imagen distorsionada y chisporroteante de su hermano.
—Soy un guerrero, Lorgar. Los guerreros guerrean.
La imagen osciló al aparecer interferencias.
—La era de los guerreros ha finalizado, hermano. Ahora necesitamos cruzados. Fe, devoción, disciplina…
Angron soltó una carcajada áspera.
—Nunca he sido incapaz de ganar una guerra a mi modo. Obtengo mis victorias con el filo de mi hacha, y estoy contento con el modo en que la historia me juzgará.
La imagen de Lorgar sacudió su cabeza tatuada.
—El señor de la guerra nos envió aquí por un motivo.
—Te tomaría más en serio si no te escondieses detrás de Horus.
—Muy bien. —El chirrido de interferencias en el comunicador escamoteó la voz de Lorgar un instante—. Fui yo quien nos trajo aquí, y mi plan está al borde del fracaso porque tú no puedes controlar tu cólera. Perderemos esta guerra, hermano. ¿Cómo es que no lo ves? Unidos, tomaremos el Mundo del Trono. Horus gobernará como el nuevo Emperador. Pero divididos, fracasaremos. Puede que te sientas satisfecho ahora, pero ¿estarás satisfecho si perdemos? ¿Si la historia nos señala como herejes y fanáticos? Ese destino es el que nos aguarda si machacamos nuestras legiones entre sí aquí en el vacío.
Lorgar vaciló, estudiando al otro primarca como si pudiera deducir alguna respuesta oculta.
—Angron. Por favor, no fuerces esta batalla, como has forzado tantas otras.
Las manos de Angron volvieron a temblar sin control, y este hizo crujir los nudillos para mantener los dedos ocupados. El dolor en la parte posterior de la cabeza había pasado a ser un maremoto punzante; un escozor en el interior del cerebro que no podía mitigar.
—Los arpones ursus están listos —dijo la capitana Sarrin en voz baja—. Listos para…
Sus palabras se apagaron cuando empezaron a sonar las sirenas de la cubierta.
Irrumpieron en el espacio como una tormenta silenciosa. No se veía por ninguna parte la violencia de una llegada imperial: no había vórtices de violentos chorros de luz, ni naves de guerra de oscuro hierro cubiertas de almenas surgiendo de heridas abiertas en la realidad. Los navíos se materializaron con un resplandor, como si se desprendieran del telón de fondo de estrellas lejanas. Avanzaron, abriéndose paso ya a velocidades imposibles, cada uno representando un pulcro parangón de afilada majestuosidad.
El Lex y el Conquistador fueron los primeros en cambiar de dirección, cada nave reaccionando a la nueva amenaza a su modo. El Fidelitas Lex disminuyó su propulsión, aminorando lo suficiente para que su escuadrón de apoyo permaneciera a su altura. Mientras los destructores y escoltas pasaban a formación de ataque, el Lex los condujo directos hacia el enemigo.
El Conquistador siguió adelante a toda velocidad, haciendo caso omiso de los peligros de hacerlo solo. Las troneras de las armas se abrieron con un traqueteo, y el casco de la nave tamborileó con el ascenso en masa de sus baterías preparándose para abrir fuego.
Los navíos alienígenas descendieron en picado y pasaron junto a la nave de guerra imperial, sin molestarse siquiera en disparar. Las naves más veloces, negras al recortarse sobre el negro infinito, agitaron el vacío alrededor del Conquistador sin enviar ni una sola andanada. La nave capitana de los World Eaters daba ya rienda suelta a su cólera, escupiendo cargas explosivas inútilmente, consignando la munición al espacio. Las cubiertas de artillería temblaban cada vez que disparaban, sin darle a nada.
Las naves atacantes se esfumaron a los lados al mismo tiempo que el fuego láser hendía el espacio entre estrellas. Más y más naves en forma de cuchillo se unieron a la danzante formación, hendiendo el espacio en torno al Conquistador, que se hallaba rodeado.
Y, entonces, con una precisión que jamás habría podido ser engendrada por la tecnología imperial, abrieron fuego exactamente en el mismo instante, en el espacio de tiempo que necesita un corazón humano para latir una vez.
Cazando a solas, la nave de los World Eaters iluminó la oscuridad cuando sus escudos se incendiaron. Rayos púlsar azotaron las barreras de energía, dando vida a colores intensos por toda la superficie abombada a la vez que reflejaban las llamas sobre los cascos oscurecidos de los atacantes.
Las sirenas seguían gimiendo en el strategium. La cubierta se estremecía, como a merced de vientos huracanados.
Sarrin examinó las pantallas tácticas de la nave.
—Los escudos aguantan —informó.
Angron se secó los labios, gruñendo ante los dolorosos tics que le contraían los músculos en el lado izquierdo del rostro. Cuando habló, su voz fue un gruñido quedo y amenazador.
—Que alguien me explique por qué estamos vomitando toda nuestra munición al vacío y no le damos a una sola nave enemiga.
—Disparamos a ciegas. —La capitana sonaba trastornada, tecleando violentamente órdenes a los servidores en los controles de su trono—. Los escudos del enemigo les permiten escabullirse de la fijación de blanco.
—¿A esta distancia? ¡Esos eldars cabrones están encima de nosotros!
—El resto de nuestra flota está casi lista para entrar en combate desde distancia máxima de tiro. El Lex está más cerca…, estará con nosotros dentro de otro minuto. —La capitana Sarrin lanzó un juramento cuando su cabeza golpeó contra el respaldo del trono—. Los escudos aguantan —repitió—. Aunque no durante mucho más tiempo —añadió en un susurro.
El primarca rugió a la vez que apuntaba con su hacha a la pantalla del óculo. Uno de los asaltantes pasó como una exhalación por delante de la pantalla, mientras el Conquistador, más lento, pugnaba por girar y mantenerlo a la vista.
—¡Se acabó! ¡Estoy harto de disparar a fantasmas! ¡Disparad los arpones ursus!
La nave volvió a dar una sacudida, aunque no debido a los ataques que recibía sobre sus escudos. Una oleada de lo que parecían lanzas salió disparada al vacío de sus almenas acanaladas y de las troneras blindadas a lo largo del casco. Cada una de las lanzas tenía el tamaño de una de las naves escoltas de menor tamaño, y de la docena que se dispararon, siete perforaron con éxito los cascos de las naves alienígenas. Una vez ensartadas, las inmensas lanzas se activaron, aferrándose al interior destrozado de la presa con fusión magnética.
Pero si bien eran efectivas contra adversarios convencionales, las naves alienígenas estaban forjadas con materiales sintéticos que nada tenían que ver con el simple metal. Dos de ellas consiguieron liberarse, arrastrando los armazones destrozados lejos de la nave de guerra imperial, con los núcleos totalmente atravesados y abiertos al espacio.
Fueron las afortunadas. Los cinco cruceros eldars que seguían empalados dieron bandazos mientras eran arrastrados fuera de rumbo y quedaban inmovilizados en el vacío. Sus motores ardían con silenciosa energía, pero todos permanecieron anclados donde estaban. Las lanzas que atravesaban sus cuerpos eran más que proyectiles, más que lanzas arrojadas para inutilizar; los arpones servían para obtener presas.
Con una lentitud maliciosa, el Conquistador hizo regresar sus lanzas.
Los mecanismos de trinquete empezaron a tirar de ellas de vuelta a la nave que las había disparado, arrastrándolas mediante cadenas colosales. Únicamente los World Eaters harían uso de algo tan bárbaro y primitivo a tal escala, y únicamente los World Eaters podrían convertir un armamento tan tosco en algo tan eficiente.
Eslabón a eslabón, el Conquistador arrastró las cinco naves que tenía más cerca de ella, los enormes motores luchaban contra la propulsión paralizada de las presas. El resto de atacantes eldars escapó, hallando cada vez más difícil disparar a la nave imperial que ahora utilizaba a cinco de sus propias naves como barreras para protegerse.
Una nave trató de liberar a sus congéneres, concentrando las armas sobre las grandes cadenas que se extendían entre el Conquistador y su presa. Descender lo bastante cerca como para disparar la colocó al alcance de las baterías láser de la nave de guerra, y los relucientes escudos del atacante eldar se vinieron abajo con un suspiro anémico. Al cabo de un momento, quedó hecha añicos bajo la furia del Conquistador.
Angron contempló cómo sucedía todo ello con una sonrisa en la hendidura que eran sus labios.
—Soltad a los perros.
Cápsulas de abordaje brotaron del casco, cruzando la corta distancia en un abrir y cerrar de ojos, para a continuación vomitar World Eaters a las entrañas de los navíos eldars empalados.
—Retraed los arpones ursus que no han hecho blanco. ¿Khârn?
—Señor.
—Acompáñame. Saludemos a estos eldars.
Mientras estrangulaba al guerrero eldar, Angron reflexionó sobre una desagradable verdad: quizá Lorgar había tenido razón.
El guerrero pataleó bajó la sujeción del primarca, debatiéndose contra la única mano con la que Angron le rodeaba la garganta. El puño se cerró con más fuerza y puso fin a la lucha con un pastoso chasquido de vertebras trituradas. Arrojó el cadáver a un lado, abriéndole el cráneo contra la inclinada pared.
La nave eldar le asqueaba. La visión y el olor de esta era un ataque a sus sentidos. En cuanto hubo salido de la cápsula de abordaje, con el hacha sierra acelerando en la mano, la absoluta hediondez alienígena del lugar le produjo un profundo dolor mental. El aroma picante y singularmente estéril le martirizaba la nariz. Ángulos curiosos de paredes, ascensos y descensos serpenteantes en la cubierta, extraños no colores que parecían formados a partir de cientos de tonalidades de negro. Por debajo de todo ello estaba el empalagoso aroma del miedo, y el olor penetrante a cobre de fluido venoso rezumando de piel rasgada. Incluso los navíos alienígenas podían oler a sangre, cuando les desgarraban el vientre para dejar al descubierto lo que había en el interior. Existía pureza en ese olor; pureza y propósito. Él había sido engendrado para tales cosas.
Esquirlas de metal alienígena repiquetearon contra su armadura, abriendo cicatrices nuevas a lo largo de la poca carne que permanecía al descubierto. Pero ¿qué era una cicatriz en realidad? Ni un testimonio de derrota, ni una medalla de triunfo. Una cicatriz no era más que una marca que mostraba que un guerrero se enfrentaba a sus enemigos en todo momento, sin darles la espalda jamás.
Angron empujó a un lado a sus propios hombres mientras daba caza al eldar que se batía en retirada. Aquella armadura que podía partirse y aquellas extremidades delgadas como un palillo poseían una gracia perversa cuando las criaturas se movían, pero era algo que a él le resultaba nauseabundo y ajeno. Uno podía admirar la cualidad letal de una serpiente, pero jamás podía hallarla hermosa, y mucho menos digna de admiración.
Su hacha descendió sin prestarle atención, con descuido, los golpes más simples mataban allí donde caían. Ah, los Clavos del Carnicero clavados en la nuca le zumbaban en ese momento. Los músculos le ardían, y el cerebro bullía con ellos. Todo lo que importaba era mantener la sensación en marcha. La deliciosa justificación de un cólera sincera enrojecía cada sensación. Eso era lo que significaba estar vivo. La humanidad era una especie colérica, y la ira justificaba todos los pecados.
Nada era tan honesto como la cólera; a lo largo de la historia de la raza humana, ¿qué emoción liberada había sido más digna y auténtica que la ira insondable? Un padre enfrentándose al asesino de su hijo. Un granjero defendiendo a su familia de los asaltantes. El guerrero que venga las muertes de sus hermanos. En la cólera, cualquier cosa estaba justificada. Era el estado de conciencia más elevado. Con la cólera venía la reivindicación, y con la reivindicación venía la paz.
Angron arremetió a través de otro bombardeo de disparos. La sangre le bañó el cuello a la vez que notaba los punzantes impactos en la cabeza. Una repentina frialdad neurálgica le hizo preguntarse, durante apenas un instante, si tendría la cara reventada hasta el hueso. No importaba. Había sucedido antes y volvería a suceder.
Prosiguió su carga, chillando sin darse cuenta, sin oír nada ni sentir nada más allá del asquerosamente agradable gemido de los Clavos del Carnicero de su cerebro.
La ira trajo claridad. Por fin, con las púas enterradas en la carne de su mente escupiendo finalmente sus emanaciones más punzantes, a Angron se le permitió vagar, soñar, recordar.
Serenidad. Nunca paz, no; eso nunca.
Pero sí serenidad en la cólera, como la calma en el corazón de la tormenta.
Tres meses antes, cuando habían iniciado esta Cruzada de la Sombra, Lorgar le había preguntado por qué mutilaba a su propia legión. Los Clavos del Carnicero, por supuesto. Se refería a los Clavos del Carnicero.
—¿Sabes lo que te hacen estas cosas? ¿Sabes lo que le hacen en realidad a tus hombres? —había preguntado Lorgar.
Angron había asentido. Él lo sabía mejor que nadie.
—Me permiten soñar —admitió; fue uno de los pocos momentos de su vida en que se había arriesgado a admitir tal cosa, y seguía sin estar seguro de por qué lo había dicho—. Hacen que sea difícil sentir otra cosa que no sea la rectitud más furibunda.
Un dolor de cabeza le había estado golpeando sordamente tras los ojos, descendiendo serpenteante por la columna vertebral. No había estado de humor para tener una conversación como aquella, pero Horus los había enviado al Segmentum Ultima a trabajar juntos. En aquella fase, tan al inicio del viaje, las grietas producidas por la tensión todavía no habían aparecido.
Lorgar había sonreído con tristeza y sacudido la cabeza.
—Tus Clavos del Carnicero no se crearon para la mente de un primarca, hermano. Te roban las reparadoras horas de sueño, al no permitir que el cerebro procese los acontecimientos del día. También cauterizan tus emociones, haciendo que todo ello realimente tus impulsos más innobles. Matar. Pelear. Asesinar. Eso es todo lo que te proporciona placer, ¿verdad? Estos implantes, tan rudimentarios, han reorganizado la cartografía de tu mente.
—No lo comprendes. —A lo mejor sí hacían todas aquellas cosas, pero también traían una paz enloquecedora que tenía que perseguir, y la pureza de la furia absoluta—. No son simplemente una maldición, aunque puedan parecértelo a ti.
—En ese caso, explícamelo. Ayúdame a comprender.
—Tú quieres extirparlos. Sé que quieres hacerlo.
Él moriría antes que permitir eso. A pesar de todo el dolor, de todas las convulsiones, tics, espasmos y dolores que le llegaban hasta los malditos huesos, los Clavos del Carnicero proporcionaban claridad y propósito. Jamás sacrificaría eso. No era lo bastante débil como para sentir siquiera esa tentación.
—Hermano. —Esta vez, la voz de Lorgar había sonado desanimada, los ojos se habían mostrado atemperados por la preocupación—. No se pueden quitar, no sin matarte. No tengo intención de intentarlo. Si es posible que nosotros muramos, tú lo harás con esas condenadas cosas todavía dentro del cráneo.
—Sabes que podemos morir. Ferrus está muerto.
Lorgar había desviado la mirada, como si mirara a través de la pared de metal de la habitación.
—No hago más que olvidarlo. Los acontecimientos van tan de prisa, ¿no es cierto?
—Ajá. Si tú lo dices.
—Así pues, ¿por qué tendrías que infligir esto a tu legión? Contéstame a eso, al menos. ¿Por qué tendrías que ordenar a tus techmarines que inserten estos Clavos del Carnicero en las cabezas de todo guerrero a tu servicio?
Angron no había respondido de inmediato. No le debía ninguna respuesta a Lorgar. Pero una idea había florecido poco a poco en su mente; la idea de que si alguno de sus congéneres podía comprenderlo, ese sería Lorgar. Al fin y al cabo, el señor de la XVII Legión había infligido castigos propios a sus hijos favoritos. Incluso en ese momento, los Word Bearers del Gal Vorbak eran seres amputados que existían con demonios atrapados en sus corazones.
—Es todo lo que conozco —había admitido por fin—. Y nunca me ha fallado. Así es cómo gano mis guerras, Lorgar. Tú has hecho cosas parecidas para ganar las tuyas.
—Eso es muy cierto.
A partir de allí, el recuerdo se tornó vago y confuso. El deterioro continuó a lo largo de las semanas, a medida que las dos legiones padecían el aumento de la tensión de sus señores. Cuarenta mil guerreros ataviados con el carmesí de los Word Bearers, y setenta mil con el blanco de los World Eaters, llenando las cubiertas y bodegas de una extensa flotilla.
En un principio, los conflictos entre las ideologías de las legiones se habían manifestado en modos manejables. Los Word Bearers habían recibido el honor de ser invitados a las luchas en los fosos de gladiadores de la XII Legión, y a los World Eaters les habían ofrecido acceso a las estancias de adiestramiento de la XVII Legión. No fue hasta que el descontento de los primarcas se filtró a sus guerreros que surgieron las divisiones.
La primera grieta en la alianza había acaecido en el mundo de Turem, un planeta leal a la lejana Terra. La flota unificada había descendido desde la disformidad simplemente para reabastecerse, repostar combustible y adentrarse más en territorio enemigo. Las legiones se habían deshecho de la pésima muestra de defensas planetarias sin el menor esfuerzo, y habían saqueado las refinerías de aquel mundo para conseguir todo lo que precisaban.
Al cabo de una semana, los Word Bearers ya estaban listos para seguir adelante. Las ciudades principales fueron purificadas mediante el fuego, y todos los iconos que veneraban al Imperio destruidos bajo botas de ceramita.
Pero los World Eaters no habían terminado. Lo que siguió fueron los largos días y aún más largas noches de derramamiento de sangre y carnicería, mientras la XII Legión, liderada por su primarca, perseguía los restos andrajosos de la población por todo el globo.
La disconformidad inicial de Lorgar había dado paso a la repugnancia, y de ahí pasó a ser la fría cólera por la que empezaba a ser conocido. No había modo de hacer comparecer a Angron, ni siquiera era posible contactar con él, mientras acababa con la poca vida que quedaba sobre el planeta.
Cuando los últimos World Eaters hubieron regresado a sus navíos, la flotilla llevaba un retraso de diez días, muy por detrás de las estimaciones previstas.
Luego llegó Garalon Prime. El primer mundo del Sistema Garalon giraba alrededor de su sol a la distancia ideal para sustentar no tan solo vida humana, sino para permitirle prosperar. Una rara joya, un edén mitológico, Garalon Prime destacaba como un faro del sometimiento al Imperio, proporcionando una cantidad ingente de hombres y mujeres a los muy gloriosos regimientos del Ejército Imperial.
Tras la aniquilación de las modestas defensas orbitales, Lorgar había ordenado esclavizar a una parte de la población, y que quemaran el mundo. Había jurado dejar Garalon Prime convertido en una simple cáscara ennegrecida, con la tripulación bajo contrato solemne de la flota y los contingentes de servidores engrosados con carne fresca.
Pero una vez más, los deseos de los primarcas divergieron. Angron había conducido a los World Eaters a la superficie y había saqueado las ciudades, destruyendo así toda esperanza de un ataque unido. Como siempre, sus gustos seguían estilos más sanguinarios. No tenía el menor deseo de dejar un planeta carbonizado como ejemplo para el Imperio. Dejarían un mundo tumba, un planeta de ciudades silenciosas y mil millones de huesos blanqueándose al sol.
Y así continuó. Mundo tras mundo, separando a los hermanos a través del deseo y la ideología, colocando a dos de las Legiones Traidoras cerca de una guerra civil. Cuando Angron ordenó a su flota que abandonara la disformidad para atacar un quinto mundo, los primarcas llegaron por fin al filo de la violencia.
—Si intentas detenerme, Lorgar, tú y tu ilusa legión moriréis primero.
—Que así sea, hermano. No efectuaremos el primer disparo, pero no te permitiremos adelantarnos y malgastar vidas y recursos en una carnicería inútil.
—No es inútil. Son el enemigo.
—Pero no son el auténtico enemigo.
—Todos los enemigos son auténticos, Lorgar.
Era extraño el modo en que Angron podía recordar aquellas palabras con una claridad tan punzante, pero no la expresión del rostro de su hermano. Había sucedido solo unas pocas horas antes; sin embargo, parecía tan intangible como un sueño de la infancia.
—Señor.
La voz le llegó desde una gran distancia, débil a través de la cúprica euforia de la cólera absoluta. Una ira tan profunda como aquella dejaba un sabor en la lengua; algo no muy diferente del miedo o el éxtasis, pero más dulce que ambos.
—Señor —repitió la voz.
Se volvió pero, por un momento, no pudo ver, hasta que se secó la sangre de los ojos.
Tenía a uno de sus guerreros delante de él, sosteniendo un hacha sierra de hierro negro con las correas dentadas obstruidas con pedazos de carne.
—Señor —dijo el guerrero—. Ya está.
El suspiro de Angron liberó lo que quedaba de la furia aferrada a él. En su lugar, el dolor regresó como un torrente al interior del cráneo, llenando una vez más el vacío. Los músculos de la mano derecha se contrajeron espasmódicamente, y estuvo a punto de dejar caer su propia hacha.
—Sabes que desprecio ese título, incluso en broma. Ah. De vuelta al Conquistador. —Vaciló un momento, mirando a su alrededor, a las oscuras paredes manchadas de salpicaduras de sangre—. La nave está inmóvil. No hay movimiento. No hay temblores. No hay retumbos.
Khârn tenía una bota puesta sobre el peto de un alienígena abatido. La armadura del guerrero muerto estaba esculpida imitando la musculatura fina y casi transparente que tenía debajo.
—La batalla ha finalizado.
Sabía muy bien que no debía preguntar si Angron no había oído el comunicador transmitiendo el desenlace de la batalla en el espacio. El primarca nunca veía con buenos ojos que le recordaran su mente errabunda.
—La flotilla enemiga se ha retirado. Nuestras flotas combinadas han sido más que suficientes para dispersarlos.
Angron contempló la sangre que goteaba de sus hachas sierra.
—La batalla carecía de sentido ya desde el inicio. ¿Qué esperaban conseguir?
—La capitana Sarrin cree que la hechicería xenos les permitió prever el momento en que el Conquistador sería vulnerable, mientras cargaba por delante de la flota. Quizá buscaban atacarnos, eliminar la estructura de mando de la Legión, y volver a huir al interior de la noche.
—¿Cuántos han escapado?
—La mayoría. Una vez que fracasó la emboscada, desaparecieron de nuevo en el vacío antes de que nuestra flota pudiera atacar.
Angron reflexionó sobre ello, mientras contemplaba las gotitas rojas que caían del filo de sus hachas. Cada una originaba diminutas ondulaciones en el charco de sangre junto a sus botas.
—Les daremos caza.
Khârn vaciló.
—Lord Aureliano ya ha ordenado que la flota forme y se adentre más en el segmentum como estaba planeado.
—¿Da la impresión de que me importe lo que él desea, Khârn? Nadie huye del Conquistador.
Se encaró con la imagen hololítica, haciendo todo lo posible por reprimir el dolor y mantener bajo control su irascibilidad. Los Clavos del Carnicero escocían y palpitaban sordamente con su propia cadencia, y concentrarse en medio de su enloquecedor latido era una prueba en sí misma. Nunca paraban, ya que era imposible apaciguarlos. Incluso con un derramamiento de sangre tan reciente, querían más.
Para ser sinceros, también lo deseaba él. La maldición de los Clavos le hacía ansiar aquella serenidad en plena ira.
La imagen de Lorgar osciló y se distorsionó, chisporroteando en la interferencia que creaba su nave capitana al preparar los motores de disformidad.
—¿Hace falta que te recuerde que nuestras legiones estaban al borde de la batalla antes de esa patética distracción alienígena? Angron, hermano, esta es nuestra oportunidad para reconciliarnos y dejar que pensamientos más tranquilos nos lleven hacia delante.
—Perseguiré a los eldars. Tú consentimiento es irrelevante para mí. Una vez que les hayamos dado caza, nos reincorporaremos a tu flota.
—Divididos caemos —suspiró Lorgar—. Se supone que, de los dos, tú eres el guerrero; sin embargo, haces caso omiso de los principios básicos para permanecer con vida en combate. Si me dejas con un tercio de mi Legión en los límites de Ultramar, ¿crees que quedará algo a lo que puedas reincorporarte una vez que hayas concluido tu necia danza en el vacío? ¿Crees que lo que queda de tus World Eaters será capaz de resistir un ataque masivo si te atrapa la XIII Legión? ¿O Russ? ¿O el Khan?
—Si temes que te superen en número, quizá no deberías haber enviado a incontables miles a la picadora de carne de Calth. —Angron volvió a sorber otro goteo de sangre de la nariz—. Estarían aquí contigo ahora, en lugar de navegar hacia la muerte en el bastión de los Ultramarines. ¿Por qué no les llamas de vuelta antes de que ataquen? A lo mejor te oirán gritando desde tu autoridad moral.
Ambos hermanos contemplaron cada uno la imagen hololítica del otro durante un buen rato. Angron fue quien rompió el elocuente silencio, pero no con otro insulto.
Esta vez, lanzó una carcajada. Rio durante un buen rato, hasta que corrieron lágrimas por su rostro imponente y destrozado.
—No consigo ver qué es tan divertido —dijo Lorgar a través del chisporroteo del comunicador, más irritado que perplejo.
—¿Has considerado en algún momento que el modo más fácil de solucionar esto, mi sacerdotal hermano, podría ser sencillamente… venir con nosotros?
Lorgar no dijo nada.
—No es una broma estúpida. —Angron volvió a reír—. Ven con nosotros. Aplastaremos a estos cabrones alienígenas bajo nuestras botas, y quemaremos sus frágiles naves por completo. Dime, ¿acaso no desean tus cruzados castigar a los asquerosos alienígenas que osaron atacarnos?
—Tenemos un deber que llevar a cabo, Angron. Un deber sagrado.
—Y lo llevaremos a cabo. Nuestro deber es desangrar por completo el segmentum, hender el corazón mismo de los confines del Imperio. Lo haremos juntos. Tú, yo y las legiones que nos siguen, pero, en el nombre de los dioses que afirmas que son reales, no dejemos absolutamente a nadie con vida. Empecemos con estos asquerosos eldars. Venganza, Lorgar. Saborea la palabra. Venganza.
Y, por fin, Lorgar sonrió.
—Muy bien. Jugaremos a este juego según tus normas, por ahora.
La capitana Sarrin nunca antes había intentado rastrear una flota eldar, y estaba descubriendo que no era comparable a ninguna otra cosa que hubiera hecho en su vida.
—¿Señales de disformidad? —preguntó.
—Negativo —respondió la voz inexpresiva del servidor.
—¿Ni siquiera de un barrido concentrado del auspex con las coordenadas que te he dado?
—Negativo.
—Bien… Inténtalo otra vez.
—Orden acatada.
La mujer intentó reprimir un suspiro. Lord Angron —su señor y comandante, tanto si le gustaba que se dirigieran a él como «lord» o no— había exigido que ella condujera a la flota combinada de legiones a la caza del enemigo. El problema de aquello era muy sencillo: ella no tenía ni idea de cómo hacerlo. Los eldars no habían huido; se habían desvanecido.
El penetrante ruido sordo de una armadura activa atrajo su atención hacia un lado del trono. Era Khârn que se acercaba, con las facciones ocultas por el casco con cimera como de costumbre.
—La paciencia de Angron se está agotando. —El guerrero sonó tranquilo, despreocupado, casi resignado.
—La mía también. —Lotara entornó los ojos—. Y no me hacen ninguna gracia las amenazas, Khârn.
—Esa es una de las muchas razones por las que te dieron el mando del Conquistador. Y no era una amenaza. Simplemente te ofrecía información.
—Me está pidiendo que dé caza a fantasmas. Las naves eldars no dejan señales de disformidad, ¿cómo voy a seguirlas? Mi señora de los astrópatas no percibe nada. Mi navegante no consigue encontrar ninguna estela de disformidad que seguir. El auspex no ve nada. —Miró a Khârn, mientras su irascibilidad crecía—. Con el mayor de los respetos, ¿qué quiere que haga? ¿Hacer volar la nave en amplios círculos y esperar que el enemigo regrese?
Khârn no dijo nada, limitándose a contemplarla con semblante impasible.
—Tengo una idea —confesó Lotara, y alargó las manos atrás para sujetarse los cabellos en una floja coleta y mantenerlos fuera de los ojos—. Todavía podemos castigar a los eldars. Angron desea ver al enemigo muerto ante él. Creo que puedo arreglar eso.
—Y ¿cómo planeas hacerlo? —preguntó por fin Khârn—. Si no puedes perseguirlos…
—Atacaron cuando el Conquistador avanzaba en solitario, dejando atrás al resto de la flota. Su objetivo éramos nosotros. Más concretamente, su objetivo era nuestro primarca. Cuando atacaron, habían estado aguardando la oportunidad de cogernos mientras éramos vulnerables, y estaban dispuestos a arriesgar un gran número de vidas para ver a Angron muerto. Apuesto a que volverán a correr ese riesgo.
—Me parece que veo adónde conduce esto.
—A veces parece que a Angron no le importa de dónde fluye la sangre. Pero quiere venganza, y se la daré. Ordena a tus guerreros que ocupen los puestos de combate y prepara tus compañías de élite para cuando carguemos los arpones ursus.
—Los Devoradores estarán listos sin la menor duda, capitana.
Sonó divertido, complacido con su plan. Se conocían bien el uno al otro, pues Lotara había servido en la nave capitana como timonel durante años antes de su ascenso. A la capitana Sarrin le gustaban los riesgos tanto como a cualquier guerrero de la legión a la que servía.
—¿Qué es lo que hace aparecer esa sonrisa en tus labios, Lotara?
—Estamos a punto de demostrar la gran verdad de la XII Legión, Khârn. Nadie huye del Conquistador.
Navegaron solos, adentrándose en el vacío, más allá de la distante Terra y lejos de su propia flota. Lotara no sabía cuándo volverían a atacar los alienígenas, solo que lo harían. Transcurridas once horas de su reposada deriva al aislamiento, ella seguía en el strategium, recostada en el trono de mando y con la mirada fija en los confines del espacio. Rehusaba con todas sus energías dar descanso a sus ojos agotados y llorosos. No mientras hubiera una tarea que llevar a cabo.
—Vamos —susurró, sin apenas advertir que las palabras habían pasado a ser un mantra murmurado—. Vamos.
—¿Capitana Sarrin?
Lotara volvió la cabeza hacia su primer oficial. Ivar Tobin llevaba el mismo impecable uniforme blanco que su capitana, y tenía un aspecto considerablemente menos cansado. La única diferencia en la vestimenta de ambos era la palma roja estampada en el centro del pecho del de la mujer; una rara marca de honor concedida a los siervos más notables de la legión. Ella había obtenido ese galardón del capitán de la VIII en persona al ser ascendida al trono de mando del Conquistador.
—¿Algo que informar, Tobin?
—Los rastreos del auspex no muestran otra cosa que espacio muerto. —Volvió a hablar tras una breve pausa, incapaz de mantener la preocupación alejada de su voz—: Deberías dormir, señora.
Ella sonrió burlona.
—Y tú deberías tener cuidado con lo que dices. Esta nave es tan mía como del primarca, y no me lanzaré a las garras del enemigo con los ojos cerrados. Me conoces mejor que eso.
—¿Cuándo fue la última vez que dormiste, capitana?
Antes que admitir la verdad, Lotara eligió ocultarla tras una mentira. Tal vez así Tobin la dejara en paz.
—No estoy segura.
—Entonces te lo diré yo. La última vez que dormiste fue hace cuarenta y una horas, señora. ¿No sería mejor que estuvieras bien descansada cuando entablemos combate con los xenos?
—Tomo nota de tu preocupación, oficial Tobin. Regresa a tus deberes, por favor.
El otro le dedicó un seco saludo.
—Como ordenes.
Lotara soltó una bocanada de aire, queda y lenta. Clavó los ojos en las estrellas que circulaban por delante del óculo, y dejó que prosiguiera la cacería.
Dieciséis horas más tarde, una vez que el Conquistador estuvo realmente fuera del alcance de su flota de apoyo, las sirenas del puente empezaron a sonar otra vez.
Lotara se incorporó hacia delante en su trono, sonriendo a pesar del terrible cansancio.
—Volvamos a intentar esto, ¿de acuerdo? ¿Jefe de comunicaciones Kejic?
—A la orden, capitana.
—Abre una transmisión de impulsos concentrados con el navío eldar de mayor tamaño, por favor.
—Abriendo, señora. Cargando. Transmisión preparada.
Lotara se levantó del trono y se aferró a la barandilla situada en el borde de su elevada tarima.
—Aquí la capitana Lotara Sarrin de la nave de guerra Conquistador de la XII Legión a la miserable flota alienígena materializándose ante nuestra proa.
Sonrió y sintió cómo se aceleraban las pulsaciones. Era esto para lo que vivía, y el motivo de que le hubieran dado el mando de un navío tan poderoso. Que los legionarios combatieran con hachas y espadas. Su terreno era el espacio, y las naves que danzaban en su interior.
—Quisiera daros la enhorabuena por el último error que cometeréis jamás.
Para su sorpresa, una voz retumbó en respuesta por el comunicador. Afectadas por la incompatibilidad de los sistemas de comunicación, las palabras apenas emergieron de una oleada de ruidos incesantes.
—Inmundicia mon-keigh. Derramaréis sangre por los miles de pecados que vuestra raza mestiza ha cometido en su patético tiempo de vida.
—Si deseas matarnos, alienígena, eres totalmente libre de intentarlo.
—Perros mon-keigh. Es un milagro que llegaseis a dominar incluso esta tosca forma de hablar. Vuestro príncipe mutilado con la máquina de dolor incrustada en su cráneo debe morir esta noche. Jamás le será concedida la oportunidad de convertirse en el hijo del Dios de la Sangre.
—Basta, se acabó vuestra locura religiosa.
Sonreía, sin molestarse en ocultar su maliciosa diversión ante la arrogancia de aquellas criaturas.
—La historia estará mucho más limpia cuando os borremos de sus páginas.
—Un discurso muy valiente procediendo de una raza al borde de la extinción —respondió ella—. ¿Por qué no os acercáis más? Pon a esas bonitas naves al alcance de mis garras.
Con un chirrido, el ruido herido que podría o no tener un origen orgánico, el eldar cortó la conexión.
—Una especie encantadora. —Lotara asió con fuerza la barandilla.
—Flota enemiga entrando —gritó Tobin desde el otro lado del strategium.
—Oficial de cubierta Tobin, carga todo lo que tengamos; todas las troneras abiertas, todas las armas activadas, todos los motores al máximo. Los hololitos tácticos tienen que actualizarse en pulsos de dos segundos para compensar la velocidad del enemigo. Artillería, fijad objetivos principales según nivel de amenaza y asignad objetivos secundarios por alcance. Ampliad escudos de vacío a cobertura total. Timonel, acelera a velocidad de ataque, y estate preparado para apagar la propulsión con reóstatos de inercia cuando disparemos los arpones ursus. Todos los puestos, informe de situación. Oficial de cubierta.
—¿Sí, señora?
—Datos tácticos.
—Hololitos operativos, capitana.
—Cargad artillería, puestos secundario y terciario.
—A la orden.
—A la orden.
—Listo, señora.
—Escudos.
—Orden acatada.
—Timonel.
—A la orden, capitana.
Lotara se recostó en el recargado trono, sintiendo cómo todos los indicios de cansancio desaparecían de golpe con el acelerado palpitar de su corazón. Tecleó el código de ocho runas para activar los altavoces de toda la nave.
—Aquí la capitana Sarrin. Toda la tripulación a los puestos de combate. Vamos a enfrentarnos al enemigo.
El Conquistador se abrió paso a través de la flotilla alienígena, lanzando andanadas desde los costados y con los ardientes trallazos del fuego enemigo danzando con colores demenciales sobre los maltratados escudos. Esta vez, la nave fijó la cacería en un único objetivo, al que persiguió con la desmañada indefectibilidad de la embestida de un mamut.
La nave capitana enemiga era un vehículo contorneado de alas arqueadas y cuchillas curvas, todo ello surgiendo de un prolongado casco acanalado; una máquina de tortura a la que habían concedido tamaño y potencia suficientes para navegar por las estrellas. Osciló con una gracia insidiosa, apartándose con elegancia del picado del Conquistador. Tras su estela, sus naves de apoyo con alas como cuchillos desataron su crepitante fuego sobre los escudos de la nave de los World Eaters. Estos centellearon con un fuego antinatural, brillando con la misma fuerza que el propio sol de Terra, y estallaron con una falta de ceremonia brutal.
El Conquistador siguió con el picado, sin hacer caso, con despreocupación. Apartó a un lado a una nave alienígena, embistiéndola en su parte central y enviando el armazón destrozado al vacío girando sobre sí mismo. La nave de asalto expulsó aire en un prolongado y último aliento, y derramó a su tripulación al espacio como si fueran gotas de sangre saliendo de una herida.
El Conquistador continuó el descenso. El blindaje obtuvo cicatrices nuevas, quemaduras nuevas, heridas nuevas abiertas a lo largo de las compactas placas por el beso lacerante de láser alienígena.
La nave capitana huía ya. Reconocía las intenciones del adversario: no querían combatir a la flota entera, hacían caso omiso de las naves menores para concentrarse en inutilizar a la única que de verdad importaba. Con una agilidad imposible, el crucero eldar se ladeó y volvió a apartarse con un balanceo, efectuando un potente acelerón para eludir a su enorme perseguidor.
Los motores del Conquistador rugieron al rojo vivo, cual enormes bocas que chillaban al silencio del espacio. Mientras la inmensa sombra de la nave eclipsaba al atacante que huía, la capitana Lotara Sarrin aferró con fuerza los reposabrazos del trono que temblaba, y a través del humo que surcaba el strategium, gritó una única orden.
—¡Disparad los arpones ursus!
Esta vez no habría una amplia dispersión de disparos. Ni intentarían perforar varios navíos enemigos y separar las fuerzas de abordaje. El Conquistador disparó las ocho lanzas de su proa, y cada una alcanzó su objetivo, perforando el cuerpo de la ágil nave capitana. Durante un único segundo, esta tiró al frente del Conquistador, antes de que los propulsores de la nave imperial hicieran valer su mayor potencia y testarudez.
Como un oso que sujeta a un lobo, el Conquistador empezó a tirar, a aplastar. Empezaron a recoger las inmensas cadenas, traqueteando eslabón a eslabón, para acercar cada vez más la nave eldar.
Cápsulas de abordaje salían ya al espacio entre las dos naves para agujerear el casco enemigo.
Lotara oyó el crepitar de dos voces en el comunicador. Dos hermanos peleando juntos por primera vez.
—Estamos dentro —transmitió Lorgar—. El olor de estos condenados inhumanos es tóxico para mis sentidos.
Angron respondió con un gruñido.
—Sígueme, hermano.
Pocos eran los archivos que podían reivindicar una crónica legítima de dos primarcas combatiendo el uno junto al otro. Incluso en una era de guerras y maravillas, era el más raro de los acontecimientos.
Angron percibía todas sus acciones a través de la neblina de cólera que provocaba el zumbido de los Clavos del Carnicero, y en aquellos largos momentos de claridad enloquecida, vio pelear a su hermano por primera vez.
No podían ser menos parecidos en el modo en que se movían y en el que mataban. Lorgar avanzaba con pasos lentos y enérgicos, con la maza crozius recubierta de púas sujeta con ambas manos y descendiendo en amplios arcos aplastantes. Cada golpe emitía un tañido prolongado y sonoro, como si una campana enorme de un templo anunciara cada impacto mortal. Cuando la maza chocaba contra manadas de los delgados y aullantes eldars, enviaba sus cuerpos rotos volando por los aires. Los desdichados impactaban contra las paredes curvas de la nave, y resbalaban por ellas a continuación, como una horda de marionetas destrozadas con los hilos cortados.
En contraste con la furia lúcida y meticulosa de Lorgar, Angron estaba sumido en sus emociones y en los zarcillos mecánicos que vibraban dentro de su cerebro. Sus hachas gemelas, Desmembradora y Destripadora, caían en frenéticos hachazos demoledores que hacían pedazos a sus adversarios, decapitándolos y partiéndolos en dos en la misma medida. La sangre creaba una neblina a su alrededor en forma de una lluvia de gotas que salpicó la armadura de bronce hasta dejarla de un carmesí similar al que lucía Lorgar.
Mientras los hermanos avanzaban por una amplia estancia abovedada, Lorgar fue a colocarse junto al Devorador de Mundos.
—Deberías pintarla de rojo, hermano.
El foco de atención de Angron estaba puesto en la sangre que corría, la carne que se desgarraba y los huesos que se partían, y necesitó varios segundos para volver a sintonizar y comprender las palabras de otros.
—¿Qué?
—Tu armadura.
Lorgar hizo una pausa, girando para descargar el crozius sobre un eldar que empuñaba una lanza. El golpe dejó casi aplanado al guerrero, y el primarca aplastó los restos bajo su bota.
—Tu armadura, píntala de rojo.
Angron notó que una sonrisa burlona tensaba sus labios y dejaba al descubierto los dientes de hierro que sustituían a los auténticos. Su hermano no era ni de lejos la primera persona que se lo había mencionado, pero el que Lorgar lo hubiera dicho realmente en serio le ganó un coro de carcajadas fraternales.
El World Eater pateó a un lado a otro eldar y partió en dos a un tercero con un mandoble del revés de su hacha sierra. Vio a Lorgar a su lado, eliminando a tres alienígenas de un solo golpe.
—Matas bien ahora —dijo Angron; le colgaba saliva entre los dientes, en tanto que unos lentos hilillos de sangre caliente le caían de ambas fosas nasales y el ojo derecho le lloraba lágrimas de sangre, ensuciándole la mejilla—. Has cambiado, Lorgar.
El Word Bearer aceptó el cumplido con silenciosa gracia, matando al lado de su hermano, pero no pudo morderse la lengua durante mucho tiempo.
—Esos implantes te están matando.
Angron rugió en ese mismo instante y arremetió al frente, avanzando a hachazos por el pasillo angular cuyas paredes pintó de rojo con el hedor químico de la sangre alienígena.
—Sé que me oyes, hermano —dijo Lorgar en voz baja a través del comunicador—. Esos implantes te están matando.
Angron ni siquiera miró atrás. Era una masa borrosa de armadura de bronce cubierta de vísceras, con las dos hachas ascendiendo y descendiendo en un eficiente y arrítmico asesinato.
En lugar de defender la nave a la desesperada, el capitán eldar aguardó a sus indeseados huéspedes en la comodidad del puente. Angron fue el primero en cruzar la puerta, tras serrar el mamparo de metal xenos con los bordes rugientes de Desmembradora y Destripadora.
Una lluvia devastadora de astillas tintineó y chocó contra su armadura de ceramita, desportillando y arrancando pedazos al blindaje. Púas ponzoñosas penetraron en la poca carne que quedaba al descubierto, pero Angron hizo caso omiso del veneno que bombeaba por sus venas, confiando en que su fisiología genéticamente mejorada purificaría la sangre.
Ah, cómo zumbaban los Clavos del Carnicero. Martilleaban en el centro de su cráneo, como si se abrieran paso más al interior de la carne del cerebro para evitar la caricia del veneno eldar.
Soportó la salvaje lluvia de disparos y, en mitad de la segunda andanada, apuntó con el hacha a la figura sentada en el trono de hueso alienígena esculpido.
Lorgar entró detrás de él, con una indiferencia tibia escrita con claridad en las doradas facciones. Alzó apenas la mano enguantada y formó una barrera cinética alrededor de ambos, protegiéndolos físicamente de la tormenta de proyectiles eldar.
—¿Has estado alguna vez en la Anochecer? —preguntó Lorgar, empapándose con la tranquila mirada de la nauseabunda escena. Fosos de cadáveres circundaban el trono central, con las formas de hombres y alienígenas empaladas en púas impuras. Cadenas con ganchos oscilaban del techo, muchas de ellas rebosantes de fruta apestosa, bajo la forma de cuerpos inhumanos colgando sin extremidades o piel.
Angron apenas pudo responder. Unas sacudidas incontrolables le tensaban las facciones y obligaban a los dedos a apretar a fondo los gatillos de sus hachas sierra mediante espasmos musculares.
—No. No he estado nunca en la nave capitana de la VIII Legión.
Lorgar torció el gesto.
—Esto… se parece al dormitorio de Curze.
El World Eater hizo entrechocar las hachas.
—Acabemos con esto, hermano.
—Como desees.
Los primarcas alzaron sus armas y cargaron como uno solo. Primero, las criaturas con máscaras blancas que empuñaban espadas klaive. Angron se abrió paso entre ellos con la ayuda de las sierras, mientras que Lorgar los apartaba a golpes de maza o los enviaba dando tumbos hacia atrás con estallidos de fuego psíquico. Por primera vez en cualquiera de sus vidas, los dos hermanos pelearon en concordia con otro ser. Angron se volvió y destripó a un espadachín con armadura negra que intentaba atacar a Lorgar por detrás. Por su parte, el Portador de la Palabra protegió a su ensangrentado pariente al desviar la estocada de un eldar con la cabeza de su maza, para a continuación matar al guerrero con el impulso del retroceso.
Significaba todo un esfuerzo controlar y mantener aquella unión, ya que no era algo natural en ninguno de ellos. Pero la mantuvieron hasta que solo quedó un único ser vivo aparte de ellos en el puente.
—¿Unas últimas palabras? —preguntó Lorgar.
La nave tembló a su alrededor con mayor fuerza. Los arpones ursus se habían clavado demasiado profundamente. El Conquistador hacía pedazos la presa simplemente mediante la fuerza de su agarre.
Angron fue hasta su hermano haciendo eses, babeante y mareado; una estatua con imperfecciones del guerrero perfecto, estropeada por el maltrato. Era tanta la sangre que los cubría a ambos, que casi podrían haber pasado por gemelos.
El príncipe alienígena iba vestido con una barroca armadura ceremonial; una criatura de facciones angelicalmente tísicas y un hedor repugnante a sangre impura bajo la piel engrasada. Las últimas palabras del lord eldar sisearon en el aire, escupidas por unos labios pálidos.
—Dos príncipes dioses mon-keigh. Se suponía que solo había uno, el que se convertirá en el hijo del Dios de la Sangre. Las máquinas del dolor doblegan el alma hacia el Sendero Óctuple. Ese camino conduce al Trono de la Calavera.
—El hijo del Dios de la Sangre… —La atención de Lorgar se desvió hacia Angron, mientras las posibilidades evolucionaban tras sus ojos plácidos—. No puede ser.
Angron levantó sus hachas. El atacante no movió un músculo.
—Aguarda. —Lorgar alargó la mano hacia el hombro de Angron—. Ha dicho que…
Pero las hachas cayeron, y la cabeza del capitán alienígena salió rodando.
Tres días más tarde, el Conquistador regresó renqueante a su flota. Aunque el casco había sufrido daños considerables, la mayoría eran superficiales. Los auténticos daños habían sido en términos de tripulación; por lo menos la mitad de los siervos esclavos y los adeptos mortales adiestrados estaban muertos. En una nave de un tamaño tan enorme, los varios miles que seguían vivos se consideraban casi una tripulación mínima.
De los tres mil guerreros que Angron llevaba con él a bordo de la nave capitana, apenas un tercio había regresado. Los eldars se habían cobrado muy cara su derrota, y los ritos funerarios de la XII Legión duraron día y noche, mientras la nave regresaba junto a los suyos. Las cámaras estancas estaban en constante actividad, igual que enormes fauces silenciosas dirigidas al vacío, que exhalaban los cuerpos amortajados de los World Eaters y los tripulantes muertos.
Lorgar efectuó los preparativos para abandonar el Conquistador y se despidió de su hermano en la cubierta de embarque.
—Ha estado bien desterrar algunos de nuestros resentimientos —dijo Angron, y hay que decir en su favor que impidió que sus rebeldes músculos temblaran espasmódicamente, sin importar lo mucho que los Clavos del Carnicero le acuchillaran el sistema nervioso.
—Por ahora —convino Lorgar—. No finjamos que va a durar para siempre.
Angron se limpió la sangre de la nariz con el dorso de la mano.
—Dijiste algo en la nave enemiga, sobre los Clavos.
Lorgar reflexionó un momento.
—No lo recuerdo.
—Yo sí. Dijiste que los implantes me estaban matando.
Lorgar negó con la cabeza y le brindó su sonrisa más amable y sincera. En su mente, volvió a oír las palabras del saqueador eldar. «El que se convertirá en el hijo del Dios de la Sangre. Las máquinas del dolor doblegan el alma hacia el Sendero Óctuple. Ese camino conduce al Trono de la Calavera».
—Me equivocaba, mi preocupación era una estupidez. Has sobrevivido hasta ahora. Seguirás vivo durante muchísimo tiempo.
—Me estás mintiendo, Lorgar.
—Por una vez, Angron, no lo hago. Tus Clavos del Carnicero jamás te matarán, estoy seguro de eso. Si pudiera mitigar algo del dolor que debes de padecer, lo haría, pero no es posible extirparlos, y manipularlos indebidamente probablemente te mataría con la misma rapidez que si te los extirparan. Son tan parte de ti ahora como las armas que empuñas y las cicatrices que luces.
—Si no estás mintiendo, al menos estás ocultando algo.
—Yo oculto muchas cosas —lo dijo con una sonrisa, sin falsedad en su pesar—. Hablaremos sobre ellas cuando sea oportuno. No son secretos, simplemente verdades que no pueden florecer hasta que el momento sea el adecuado, y las piezas de este gran rompecabezas empiecen a encajar. Hay mucho que ni yo mismo comprendo aún.
El primarca de los World Eaters mostró los dientes en una sonrisa metálica, carente de toda calidez.
—De vuelta a tu nave entonces, cruzado. Ha sido un placer derramar sangre contigo, mientras ha durado.
Lorgar asintió, sin mirar atrás por encima del hombro mientras ascendía la rampa para entrar en su cañonera.
—Adiós, hermano.
Angron contempló la cañonera abandonar el muelle de acoplamiento y salir a toda velocidad en dirección al Fidelitas Lex.
—Khârn —llamó en voz baja.
El palafrenero se adelantó, abandonando la guardia de honor de su señor, que permanecía en silencio dentro de sus enormes armaduras de exterminador.
—¿Sí?
—Lorgar ha cambiado. Sin embargo, todavía guarda sus secretos bajo una lengua bífida. ¿Cómo se llama el Word Bearer con el que combates?
—Argel Tal. El capitán de la 7.ª Compañía.
—Hace mucho que lo conoces, ¿no?
—Décadas. Peleamos juntos en tres sometimientos. ¿Por qué lo preguntáis?
El primarca no respondió al momento. Alzó la mano para rascarse la nuca. Notó la carne como despellejada, inflamada. El dolor de cabeza era peor que de costumbre y alcanzaba ya su punto más álgido. Podía sentir un hilillo de sangre dejando un rastro cálido a lo largo del cuello, discurriendo desde la oreja.
—Tenemos por delante muchos meses de difícil unidad con los Word Bearers. Permanece alerta, Khârn. Eso es todo lo que pido.
Los dos guerreros combatieron justo la noche siguiente: los hijos del cruzado y del gladiador enfrentándose el uno al otro en el foso, hacha sierra contra espada de energía. La armadura de combate carmesí de Argel Tal carecía de adornos, le faltaban los rollos de pergamino de fe y devoción que lucía en combate. La ceramita blanca de Khârn carecía igualmente de adornos, aparte de las cadenas que sujetaban las armas a sus brazos.
Ambos guerreros hacían caso omiso de los vítores y gritos de sus camaradas situados en el borde del foso. Desprovistos de casco, libraban su duelo en la arena, acero contra acero.
Cuando las armas volvieron a trabarse, los guerreros quedaron igualados, con las botas rechinando hacia atrás sobre la arena mientras trataban de obtener ventaja. Sus caras estaban a milímetros de distancia, respirando un aliento que apestaba a ácido mientras pugnaban por romper el impasse. La voz de Argel Tal delataba una curiosa dualidad cuando sus dos almas hablaban por una sola boca.
—Eres lento esta noche, Khârn. ¿Qué acapara tu atención?
El World Eater redobló sus esfuerzos, tensando los músculos para empujar atrás al adversario. Argel Tal respondió del mismo modo, y el icor formó estalactitas a lo largo de los dientes superiores.
—No soy lento. —Khârn hizo salir las palabras a través de una mueca despectiva—. Es difícil… pelear contra… dos de vosotros.
Argel Tal le dedicó una sonrisa, todo dientes. Cuando inhaló para hablar, eso fue todo lo que Khârn necesitó. El World Eater inclinó el cuerpo para efectuar un giro, dejando que su adversario perdiera el equilibrio. El hacha sierra aulló en el aire a toda velocidad, para acabar estrellándose contra la espada dorada del Word Bearer una vez más.
—No eres lento —rio por lo bajo el otro, jadeante, mostrando su agotamiento con la misma claridad con que Khârn mostraba el suyo—. Pero tampoco lo bastante rápido.
Los malditos implantes enviaron una saeta de abrupto dolor a lo largo de la columna vertebral del World Eater. Khârn notó que un ojo le parpadeaba, y el brazo izquierdo sufría una convulsión a modo de desgarbada respuesta. Los Clavos del Carnicero amenazaban con tomar el control. Se soltó, retrocediendo con el hacha alzada, y dedicó un instante de pausa a escupir la saliva ácida que se le iba acumulando bajo la lengua. Las cadenas tintinearon contra la armadura al ponerse en guardia.
Las cadenas eran una tradición personal, extendida incluso entre las otras legiones después de que su popularidad hubiera ido más allá de los fosos de combate de los World Eaters. Sigismund, primer capitán de los Imperial Fists, acogió la costumbre con su celo acostumbrado, atando sus armas de caballero a las muñecas con tupidas cadenas negras. Había obtenido un renombre notable en las entrañas del Conquistador, batiéndose en duelo con los mejores guerreros de la XII Legión a finales de la Gran Cruzada. El Caballero Negro, lo llamaban, en honor a su destreza, nobleza y heráldica personal.
El Desgarrador de Carne también obtuvo una enorme gloria en las arenas de los World Eaters: Amit, un capitán de los Blood Angels que había peleado con la misma ferocidad y brutalidad que sus anfitriones. Antes de Isstvan, Khârn los había contado a ambos entre sus hermanos de juramento. Cuando llegara el momento de sitiar Terra y hacer caer los muros del palacio, lamentaría tener que dar muerte a aquellos dos guerreros por encima de todos los demás.
—Concéntrate —gruñó Argel Tal—. Tu mente divaga y tu destreza desaparece junto con tu atención.
Khârn se soltó con un violento giro de la hoja del hacha, y atacó con una serie de tajos despiadados y aullantes. Argel Tal retrocedió con un zigzagueo, esquivando en lugar de arriesgarse a no poder bloquear un ataque.
El Word Bearer detuvo el último golpe con el filo de la espada y volvió a inmovilizar a Khârn. Ambos guerreros permanecieron inmóviles mientras se empujaban mutuamente con igual fuerza.
—La guerra que está por venir —dijo Khârn—. ¿No te parece innoble? ¿Deshonrosa?
—¿Honor? —La doble voz de Argel Tal mostró un divertido tono gutural—. No me importa el honor, primo. Me importa la verdad, así como la victoria.
Khârn tomó aire para responder, justo al mismo tiempo que el altavoz de la estancia se activaba con un crepitar.
—¿Capitán Khârn? ¿Capitán Argel Tal?
Los dos guerreros pararon en seco. La inmovilidad de Argel Tal era fruto de un control inhumano sobre su cuerpo. Khârn permaneció inmóvil, pero no quieto del todo; temblaba con los tics que le producían los Clavos del Carnicero enfriándose en la nuca.
—¿Qué sucede, Lotara? —preguntó.
—Estamos recibiendo noticias de la flota. Lord Aureliano está enviando una pulsación masiva desde todas las naves de los Word Bearers, con su epicentro en el Lex. La armada de Kor Phaeron acaba de lanzar su ataque sobre Calth. —Hizo una pausa para tomar aire—. La guerra en Ultramar ha empezado.
Khârn desactivó el hacha y permaneció callado.
Argel Tal lanzó una risita, un amenazador ronroneo de león que nacía de su demoníaco coro doble.
—Es la hora, primo.
Khârn sonrió, aunque la expresión no mostraba la menor diversión. Los Clavos del Carnicero todavía zumbaban en la carne de su mente, emitiendo pulsaciones de dolor y de cólera irracional.
—Ahora empieza la Cruzada de la Sombra, mientras Calth arde.

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