Texto aleatorio

Cortázar, un Márquez descosido (Eréndira, en formato grande), El manuscrito hallado en Zaragoza encuadernado en pasta dura y rojiza, un metro más o menos de Novela del siglo XX y series más largas aún, en tonos pastel, de libros de la colección BPT1 y Universo, volúmenes brillantes, en blanco y negro, de la Biblioteca de Arte (distingo de un vistazo La inteligencia de las formas, de Sendrail, Arte fantástico, de Brion y todo tipo de palabrería sobre el gótico, el manierismo, el barroco, el rococó y el arte moderno, nacida toda ella del gótico, del manierismo, del barroco o del rococó). Pesados, con la consistencia y casi las dimensiones de plantillas de dibujo, los álbumes de arte comban una balda entera, en la que yacen oblicuos, acharolados y apestando a productos químicos. Pero uno está ligeramente vuelto hacia este lado. Puedes ver en la portada una especie de roulotte de madera, con las puertas abiertas de par en par, en un paisaje de edificios rosados, con bóvedas y almenas que se pierden en perspectivas infinitas. Creo que es el ocaso, pero no demasiado tarde. La sombra de una niña que juega con un aro se alarga sobre el macadán. Del resto de los álbumes ves solo el lomo, con los nombres blancos, claramente resaltados, de los pintores: Tintoretto, Guardi, Da Vinci, Degàs, Harunobu, Pontormo, Mantegna. En otras estanterías, solo libros de poesía: la colección de rayas abigarradas de Las más bellas poesías (¡qué bien le va el color café a Eliot, el verde chillón a la poesía americana, el color ladrillo a Iannis Ritsos! Ni siquiera puedes imaginártelos de otra manera), la colección Orfeo con sus portadas de papel secante de un tono azul ceniciento (aquí tenemos que recordar al bueno de Dylan Thomas, «Cuando era joven y libre bajo las ramas del manzano»), y al final la colección cuadrada pero estética Poiesis, con el negro sombrío de Wallace Stevens y el verde intenso de Rimbaud. Una pared de libros, hasta el techo, sobre unas baldas casi invisibles. Una confusión armoniosa, un auténtico cosmos. ¿Eres filósofo? Pasa con tu toga beis, con un rectángulo azul en el lomo, al sitio donde está apuntado tu nombre y lo que has escrito. ¿Eres ensayista? Tu sitio está ahí, entre Petros Haris y Camus, y tienes que vestir trajes oscuros. ¿Eres politólogo, atomista, un biólogo con ideas originales, sociólogo o antropólogo? Pues derechito a «Ideas contemporáneas». Tienes derecho a elegir el color, del amarillo limón al violeta pensamiento. ¿Eres algo indefinido, un novelista desconocido o quizás demasiado conocido, un pedagogo? Volumen separado, con todas sus ventajas y sus desventajas. ¿Eres ingeniero, profesor de resistencia de los materiales, calderero, matemático? Lo sentimos. La señora que vive en este apartamento no te comprará jamás.

Un piso minúsculo en las afueras de la capital. Llegas hasta aquí haciendo varios trasbordos de autobús y atravesando callejuelas cenicientas. La escalera del bloque está pintada de verde pálido y huele a basura. Alguna esparraguera lacia en un tiesto sobre un soporte de hierro forjado, alguna fotografía abarquillada con la imagen del monasterio de Voronet, algún oleandro2 en una caja de madera de la que salen cucarachas enanas de cocina… eso es lo que ves por los rellanos, al fondo de las filas de puertas numeradas, que imaginas increíblemente delgadas. Un bloque de apartamentos de tercera. Sin embargo, su habitación está arreglada y es bonita. Bajo las interminables estanterías (ahora veo unos tratados grandes, pesados, de oncología, un libro sobre adenopatías, otro con un título púrpura, agresivo: Leucemia) se extiende un sofá doble, cubierto con una manta de lana roja, que parece extremadamente cálida. Tendría sentido. El calor apenas debe de llegar hasta aquí, a la periferia. En el suelo, sorpresa: ¡gres! Y sobre él, dos alfombrillas grises de piel de conejo. Apenas se puede pasar junto al sofá. Pero en ese espacio angosto cabe aún una mesita sobre la que hay un cesto de manzanas y un cenicero. Bajo la mesita hay periódicos y revistas, sobre todo Luceafarul, Orizontul y, por debajo de ellos, un ejemplar amarillento de România Literară. Junto a la ventana, a la izquierda, un hueco con una fregadera y una rudimentaria mesa de cocina. Junto a la puerta de entrada, el baño con WC y ducha. En las paredes de la habitación, bellamente pintadas, hay unos cuantos tapices en tonos suaves: una puesta de sol, una niña con una oca y una mujer leyendo una carta junto a una ventana (copia, probablemente, de un Vermeer). Naturalmente, los hizo ella misma cuando era pequeña.

La habitación está, por el momento, vacía, pero siento que ella se acerca. El hilo que me une a su vehículo, con una matrícula que no puedo retener (¿trescientos sesenta y cuántos? ¿Ciento veinticuántos?), a sus calles bordeadas de escuelas y talleres, vibra. Estiro mis patas transparentes en la habitación. Tiemblo de deseo, de esperanza. Acecho en la ventana y luego, ágilmente, salto hacia la puerta. Me deslizo entre libros, dejo fuera tan solo mis mandíbulas, de las que se destila veneno. Trajino por el baño y hurgo entre las cazuelas de la cocinita. Es un hambre antigua, un antiguo acecho que no termina jamás. Sobre un sillón, en la parte de la cama que queda junto a la puerta, un dossier atado con un cordón. A su lado, un mini televisor, con una pantalla del tamaño de una postal y una antena larga, niquelada. Yace recostado. Abro el dossier para que el tiempo pase más rápido. Es un zodíaco fotocopiado en gruesas hojas de papel. Los signos están representados en viñetas difuminadas, sofisticadas. Empiezo a leer al azar sobre la gente nacida bajo el signo de Géminis, pero me aburro enseguida y ato de nuevo los cordones del dossier. Echo otro vistazo alrededor y mi mirada recae en una pila de discos colocada sobre una estantería pequeña. Saco uno que tiene en la portada una fotografía grande, a color, de un joven que sujeta por los cuernos a un carnero inmenso y lanudo. En ese preciso momento oigo unos pasos en el rellano, una llave gira en la cerradura y entra ella.

Trae en la piel de zorro el olor de la nieve de fuera. Tiene aún agujas de hielo en las pestañas y su gorro de lana, rematado también con piel de zorro, es blanco como la nieve. En la entrada se sacude los botines, en los que ha embutido sus pantalones de punto, ajustados a la pierna. Se quita los guantes, la chaqueta de piel, que le llega a las caderas, y se queda con un jersey del mismo color que los pantalones: un castaño oscuro. Se arranca el pañuelo colorido del cuello, con dibujos orientales, muy finos, y se quita los botines de cremallera. La miro con atención para poder describírosla. Parece tener unos treinta y cinco años. No tiene un rostro bello, es más bien extraño. Ahora está sonrojada por el frío de la calle, pero en otros momentos está pálida como la muerte. Y a veces tiene unas mejillas rojas como las figuras de yeso de los escaparates, porque utiliza una base de maquillaje poco habitual, de un rojo caramelo, que contrasta con los rasgos más bien severos de su cara. Y ahora lleva los ojos perfilados con un lápiz demasiado negro y alargados en un rabillo grasiento. Su boca sería bonita sin esa sombra de bigote, bastante visible. Con unos pómulos prominentes, con el pelo corto y ondulado a la altura de las orejas, con el cuello erguido, de una cierta majestuosidad inútil, recuerda en cierto modo a la figura bizantina de un mosaico dogmático y minucioso. No se está quieta ni un solo instante, de lo contrario la descripción me saldría mejor. Creo que ya he dicho lo esencial. Ahora se saca el jersey por la cabeza, así que puedo distinguir mejor su cuerpo, increíblemente hermoso, casi adolescente. Solo la doble papada y una pequeña curva de grasa en torno a las caderas atenta contra la gracia de este cuerpo. Para quien no busque los tres pies al gato, es un cuerpo estupendo. Al cuello lleva una cadena con una crucecita que ahora le cae sobre la espalda, entre los omóplatos, y en los dedos, ciertamente secos y pellejudos, un montón de anillos con turquesas, su color zodiacal. Ahora se ha sentado sobre la manta de lana, se saca los pantalones y se queda con sus medias de color café con leche. Se quita también el suéter negro, bajo el que aparece una camisa de algodón. Se levanta y revuelve en un armario minúsculo que curioseo ahora también yo. Es la ocasión para poder admirar de nuevo su grácil silueta, que nada tiene que envidiar a la de cualquier jovencita. Coge una toalla y entra en el baño, en cuya puerta hay una placa de plástico blanco-amarillento que representa a un niño sentado en un orinal. Se oye, al cabo de un rato, el ruido de la ducha, que no durará demasiado puesto que sospecho, por cómo refunfuña y se queja Svetlana, que no hay agua caliente. Porque se llama Svetlana, un nombre que, en primer lugar, no le va en absoluto y que, además, suena como raro, no demasiado cómodo para mí. Sin embargo, le llaman Nana y, como los que le llaman así o bien no han leído a Zola o bien les trae sin cuidado, todo resulta normal.

Doy vueltas por la estancia cada vez más agitado. Mis patas, mis garras, mi vientre transparente ocupan toda la habitación, que resplandece cada vez más en el ocaso invernal. Hace rato que no se oye la ducha en el baño, pero ella no sale. Se siente de vez en cuando el chasquido de algún frasquito al ser depositado en la balda, después otras vibraciones más ahogadas, difíciles de descifrar, el agua del grifo y los ruidos del lavado de dientes. Se ha agotado mi paciencia. Me cuelo por debajo de la puerta y aquí estoy, a unos pocos centímetros de ella. Está desnuda hasta la cintura y, con el pelo revuelto, teñido de ese negro artificial como el del aduanero Rousseau, muestra, por fin, su edad. El rostro sin maquillaje, que empieza a maquillar ahora de nuevo, tiene algo de masculino, de barbilampiño, de asiático. Sus pechos, maravillosos, son la parte más joven de su cuerpo. La crucecita se ha enganchado de la punta de uno de ellos y brilla allí, en la almohadilla cálida del músculo. Tanto se ha agitado, tanto se ha secado el pelo con el secador, tanto se lo ha peinado ante ese espejo —manchado en una esquina y al que se le ha caído un tornillo— que, ya ves, se han hecho las seis y él tiene que aparecer de un momento a otro. Distingo en su rostro, precisamente bajo el maquillaje, una palidez que no tiene que ver con el matiz de su cara, una palidez de los rasgos, una palidez psíquica diría yo. Se siente mal, es evidente, está confundida. Debería estar nerviosa e incluso contenta, pero hay algo en sus vísceras o en su cerebro que la ha perturbado. Sus labios están rígidos y tristes. «Una sonrisa hipócrita en sus labios de coral.»3 Labios de oriental triste, de criolla triste, de ídolo triste.

Sale del baño y empieza a vestirse. Me resulta poco interesante y además tengo prisa, así que abandono el apartamento, salgo por la puerta del bloque y me arrastro, horrendo, con mis patas peludas que ocupan toda la acera, por las callejuelas encharcadas, oscuras y nevadas en torno a su casa. Unos cuantos transeúntes se pasean de aquí para allá en el ocaso, pero él no está. Sigo caminando, llego a la carretera y avanzo en paralelo acechando cada autobús que, rojo y pesado como un escarabajo, avanza entre montones de nieve, sucio hasta las ventanillas por las salpicaduras de nieve embarrada. Lo distingo, por fin, dentro de uno de los vehículos y me subo también yo, en marcha, en medio de las viejas, de los estudiantes, de los trabajadores estrujados entre los que, casi sobre una pierna y sujetándose con una mano enguantada a la barra cubierta de plástico ceniciento de la ventanilla del chófer, se encuentra él. A este joven se le pueden echar unos veinticuatro años. Es bastante alto, rubio, con unos mechones especialmente largos que escapan de su gorra de piel. Los pelillos dorados de su barba y su bigote apenas consiguen endurecer su rostro infantil. La crueldad que muestran la línea de la boca y la de la barbilla no es, sin embargo, maliciosa, sino más bien sombría, melancólica. Algo te dice que, si tuviera que salvar de una casa en llamas a un niño de teta o un cuadro de Giorgione, sacaría el cuadro sin titubear. Tal vez, en realidad, se trate tan solo de un jovenzuelo desvaído y desorientado, que desde hace unos días vive con una mujer once años mayor que él. Me apresuro, en cualquier caso, a hacerme un hueco bajo su piel, a deslizarme por sus capilares, a nadar en su sangre a través de sus arterias cada vez más gruesas, entre las islas de los hematíes y los erizos blancos de los leucocitos, con sus miles de dedos, hasta llegar, junto con todas las margas y aluviones del mundo, al inmenso delta de su cerebro, donde me acomodo confortablemente, recogiendo las garras a lo largo del cuerpo.

Con cada metro que el autobús avanza en dirección a la habitación donde espera Nana, mi hambre aumenta, mi deseo insaciable se acerca al apogeo. Lo que me faltaba, esta majadera no tenía nada mejor que hacer que subir al autobús con un cesto y apoyarlo sobre mis piernas. Menos mal que me apeo en la segunda parada. Queda demasiado lejos, tengo que ir con el frío que hace, en estas condiciones miserables, hasta el fin del mundo. Y no me apetece caer enfermo solo por mostrarme irresistible ante ella. Nana está colgada de mí —o eso parece— y yo no necesito complicaciones. Sin embargo, tiene algo interesante, creo que en primer lugar es la edad, que me hace sentirme ligeramente cohibido en mis relaciones con ella, culpable, me hace ruborizarme, y eso me gusta. Estar con una mujer madura debe de ser el sueño de cualquier chaval. Pero en mi caso es otra cosa. Ella me interesa menos como iniciadora en el erotismo que como simple concepto o idea de lo que es una mujer hecha y derecha, de una mujer verdadera. Las alumnas de instituto y las universitarias no son, la mayoría de las veces, otra cosa que gatitas presuntuosas, envueltas, eso sí, en la luz ambarina de la mirada y en una especie de inconformismo bobalicón. Sin pasado, o sin ser aún conscientes de él, son anexos de discoteca cuyo erotismo, cuando existe, es uno puramente social y estético, ellas provocan dentera en la imaginación como la fruta aún verde. La mayoría no madura jamás: desaparece su encanto y se suman a la multitud de esposas decentes, con una sincera vocación de normalidad. Ingenieros, marinos, contables… ellos eligen a sus queridas tigresas que ondean bajo la llama de los estroboscopios, bajo las embriagadoras manchas luminosas del globo con espejitos.

El tierno jovenzuelo que piensa en estos términos, cerrando unas veces un ojo y otras el otro, se apea del autobús en la oscuridad del barrio Dămăroaia y se dirige despacio hacia los cuadraditos (débilmente) iluminados de las casas.

Creerás que, cuando pienso en las chicas, hablo sobre unas uvas demasiado agrias para mí, y tienes razón. De hecho, para ser sincero, no he tenido mucha relación con esas mujeres esculturales y bien emperifolladas a las que me refería antes. Tuve a mi primera mujer a los veintidós años y era también una «vieja» de unos veintinueve. Luego ha caído alguna que otra de vez en cuando. Pero les tengo manía a esas adolescentes ñoñas que te dejan, que te dejan pero no te dejan. Perdí el tiempo inútilmente, durante varios meses, junto a una de esas, así que estoy saturado. No he vuelto a intentar convivir durante mucho tiempo, en serio, con una mujer. Nana es para mí una oportunidad inesperada: puedo dormir en su casa, algo que no he hecho, nunca, con nadie. Creo que esta es la cuarta o quinta vez que vengo aquí desde que la conocí en casa de Şerban, en aquella fiesta tan sosa. Nana es su prima y estaba ocupada en la cocina. Fue sencillo. Una vez tuve una chica o, mejor dicho, fue ella la que me tuvo a mí. Me enseñó su habitación: ¿a que es bonita? Es madera de Noruega… Pero, como decía, lo peor es que está lejos, que no puedes salir con ella por ahí. En el cine o en el teatro la gente puede creer que estás con tu madre pero, ¿y los amigos? Todos se burlarán. Seguro, soy malo, pero así está la cosa. Me aprovecho, esto es lo que hay. Espero que lo único que hagamos sea aprovecharnos el uno del otro durante una temporada, sin problemas, sin complicaciones. A veces me la imagino como Ingrid Bergman, asomándose a la gigantesca balaustrada de la escalera de caracol y gritándome a mí, Anthony Perkins, que ya he desaparecido: «¡Pero soy vieja! ¡Soy vieja! ¡Soy vieja!». Esta es la perspectiva que más me preocupa, mira tú, en cuanto imagino su figura de animalito, apaleado sin ser culpable de nada, me siento desbordado por la compasión. Creo que no podría dejar nunca a alguien si supiera que sufre por mí, no importa quién sea o qué aspecto tenga. Espero, sin embargo, que todo salga bien.

Ajá, en el portal ya se nota más calor y al menos no se te meten esos copos en los ojos. Subo la sórdida escalera. ¿Por qué demonios huele siempre a crematorio? Aquí está su puerta de tono azul violáceo, con mirilla. Llamo y me abres tú y, como siempre, me dejas boquiabierto porque ansío, con un cierto embarazo, ver tu figura, y tú apareces guapísima: tienes una sonrisa que realza aún más tus pómulos, y la línea de tus cejas es menos circunfleja y autoritaria de lo que me esperaba. Tu cabeza es altiva y orgullosa; su aspecto, ligeramente viril, te confiere esa ambigüedad que me fascina. Me ayudas a desembarazarme de mi ropa de abrigo, con rastros de nieve en las costuras, y me quedo con mi jersey rojo, de cuello vuelto. Me siento en la cama, sobre la manta roja, así que el camuflaje es perfecto. Estoy un poco nervioso, porque ninguna chica se ha arreglado así para mí jamás, Nana. Hay en ti una mezcla de ternura, cariño y timidez que me anima. Pero, si me fijo mejor, hay algo más. Te acaricio el pelo y te pregunto si estás triste. No es exactamente tristeza eso que observo, es otra cosa, pero así se pregunta. Titubeas ligeramente y luego me lo cuentas. Tienes una voz desagradable, de profesora pedante, con un respeto desmedido por la expresión correcta. Hablas como un libro abierto. Pero ahora ya te conozco. Dentro de un par de horas, te dejarás de distinciones artificiales e incluso te burlarás de todo. Solo así resultas simpática. Pero aún nos queda un rato antes de la cama. Aguantaremos algo envarados y conversaremos sobre asuntos literarios. Así que me cuentas que volvías del trabajo (ni siquiera ahora sé muy bien a qué te dedicas, algo con números, números y más números, un instituto con muchas siglas) y que estabas justamente esperando al autobús en una parada llena de nieve. De esto hace una hora y media, como mucho dos horas. Casi no podías mirar en la dirección por la que tenía que aparecer el autobús porque precisamente de ese lado venían también las ráfagas de nieve que te cegaban. Por la calle, en medio de la tarde que empezaba a caer, delante de todos los que esperaban como tú, se paseaba, con la cola entre las patas, un perrucho. Su pelo amarillento estaba salpicado de nieve y los mechones traseros se habían enredado unos con otros formando carámbanos. Tenía el hocico negro y miraba fijamente a los ojos de algún que otro transeúnte. Daba vueltas sin parar por el centro de la calle. Parecía aterido de frío. Y, de repente, del aire oscuro ha surgido un coche y lo ha embestido de pleno, haciendo un ruido como el de un tambor golpeado con algo pesado: ¡bang! Era increíble lo fuerte que puede gritar un perro. No eran ni gemidos, ni ladridos, ni aullidos, era puro dolor arrancado de un trozo de carne. Un alarido, podrías decir, «incánido», como se dice a veces «un grito inhumano». El coche ha desaparecido pero el perro se ha quedado en medio de la calle, dando vueltas rápidamente alrededor de la cola, gritando y arrastrándose solo con las patas delanteras. Las traseras estaban paralizadas, inertes. Aullaba sin cesar hasta que se ha acercado otro coche, en la misma dirección. Lo ha golpeado de nuevo, pero esta vez lo ha enganchado y lo ha lanzado volando panza arriba. El aullido del animal mientras (un segundo o dos) se encontraba bajo el coche, ha superado el límite de lo soportable. Algunas mujeres se han tapado el rostro con las manos, una ha apoyado la cabeza en un árbol mientras los hombres gritaban en dirección al coche. El perro se ha arrastrado hasta la acera y se ha tumbado junto a una valla. Ya no emitía sonido alguno, se limitaba a boquear de vez en cuando con su hocico negro. Después ha llegado tu autobús y, en la aglomeración, has estado a punto de marearte. Yo te creo, tú te has limitado a contármelo y a mí también me han dado escalofríos. Tomo tu mano y contemplo el anillo con la turquesa. Me gusta mimarte, con otras soy un tipo imposible. Te levantas y sacas del bolso un paquete dorado de café en el que tintinean los granos. Café austriaco, unos dicen que es el mejor, otros que es el peor. Lo pones en el molinillo, ajustas la tapa de plástico transparente y mientras el motorcito vibra, la sujetas con la mano. Yo coloco mi mano sobre la tuya. Te agarro por la cintura y ya no quiero portarme bien. Sé que tenemos toda la noche por delante y que hay que respetar un cierto orden porque, de lo contrario, puede ser feo, humillante, desagradable, pero me temo que no tengo la experiencia suficiente como para poder esperar. Cuando estoy contigo, que me atraes tanto, me dan ganas de dejarme de conversaciones (en cualquier caso no tengo nada en la cabeza) y cogerte en brazos. Lo intento, tú también te has dejado llevar, pero habría que soltar la tapa y todo el café se desparramaría por la habitación. Me contengo y, mientras tú pones agua a hervir, hablamos tranquilamente sobre nuestras últimas lecturas. Tú lees un libro insignificante, lo has elegido sobre todo por el título y lo has paseado en el bolso por el trabajo. El libro se titula Profundidades y te has imaginado que no puede ser otra cosa que profundo. Seguro que se trata de las profundidades insondables de una mujer. Te digo con sarcasmo que, habitualmente, los autores que escriben sobre esas profundidades no tienen con qué sondearlas. Yo he terminado, de hecho he devorado, los dos libros que me prestaste la semana pasada. Nueve cuentos de Salinger (todos son excelentes, pero me ha gustado especialmente El hombre que ríe, porque yo también tuve, cuando era pequeño, un amigo que me contaba maravillas de todo tipo. Se llamaba Mugurel y le daba por explicarme que habían existido varios Hitler. En cada episodio, uno de nuestros soldados mataba a uno) y Nuncle, de John Wain, nada especial, pero a ratos, como tú dices, «profundo». Rifirrafe, rifirrafe… Café. Lo sorbemos en tus tacitas con una raya azul. He empezado a temblar, se me ha acabado la paciencia. Pero, ¡ay!, tengo que seguir esperando. Porque otra vez me torturas con tu zodíaco, solo con verlo se me ponen los pelos de punta. Te empeñas en comentar que si esto que si lo otro. Cómo soy yo en los negocios, en el amor, qué tipo de inteligencia tengo, qué enfermedades debo prevenir. Dios mío, una mujer es capaz de volverte loco toda la noche. Por supuesto, durante este rato no pierdo el tiempo, te acaricio con las dos manos. Pero el resultado es que unas veces lees con voz más ronca y otras veces te detienes y cierras los ojos. Pierdes el hilo pero no te das por vencida en absoluto. Al final no llegas a ninguna conclusión. Me reconoces en algunos párrafos del zodíaco pero otros no me van para nada. Lo dejas y empezamos a hacer la cama. Luego nos desnudamos (tú, como siempre, te cambias en el baño y apareces, púdica, con el albornoz de flores rojizas bajo el que, para mi siempre renovada decepción, no llevas nada). Para cuando tú te metes en la cama, yo llevo ya un rato bajo el inmenso edredón y te pegas inmediatamente a mí.

Aquí, querido lector, me temo que, sin querer, te voy a dejar a dos velas. Es decir, no voy a contarte nada de lo que veo que sucede en la cama rectangular; ahora que he salido del cerebro ardiente de Vali —he olvidado decirte que así se llama el joven rubio de barba dorada—, la veo en todo su esplendor, con sus formas en relieve, sus cráteres y sus seísmos. Estoy encaramado en la balda superior de la librería, frotando mi barriga con El museo negro de Mandiargues. Agito torpemente mis patas, que llegan hasta la lámpara del techo. Veo a mi víctima atravesada, paralizada, incapaz ya de resistirse. Sin embargo está viva, con su memoria entera, gelatinosa, perfecta para ser ingerida. Al final de la noche, de esta mujer que ahora tiene el rostro contraído de placer (¿o de sufrimiento?) quedará tan solo un caparazón seco que se columpiará en mi red reluciente. Pero no me gusta ocuparme del aspecto técnico de la captura y el apuñalamiento. Supongo que conoces muy bien estos aspectos gracias a tu propia experiencia. Te puedo sugerir que, ahora que has llegado hasta estas líneas, cierres los ojos durante cinco minutos y que recrees en tu mente todos los detalles de la más hermosa (o de la última) noche de amor que hayas vivido…

Abre ahora los ojos. Todo está en orden. Si no describo esas dos bellas desnudeces —y no lo voy a hacer porque se acerca ya la hora de las historias—, nada ofenderá, lector hipócrita, tus preceptos morales. Ella se encuentra ahora en la postura convencional, inevitable: con la cabeza apoyada en el pecho de él, que la abraza por el hombro. Me apresuro a instalarme de nuevo en su lóbulo parietal izquierdo, ahí donde la más mínima lesión provoca afasia, agrafía y alexia.

Cuando, inmediatamente después de apagar el televisor, pasas la palma de la mano por la pantalla de cristal, sientes en los dedos miles de cosquilleos y oyes unos chasquidos inesperadamente violentos. Pero si vuelves a pasar la mano por segunda vez por esa superficie lisa, ya no percibes tensión alguna: la pantalla está inerte. Así también te acaricio yo ahora, Nana. Tus pechos, los músculos de tus hombros… ya no me dicen nada, como si fueran unos objetos parecidos a la silla o a la superficie áspera de la sábana. Al mismo tiempo, tu mente, tu naturaleza, tu ser más profundo aflora a la superficie como si del agua intensamente azul del océano se elevara una isla boscosa, con animales, pájaros, flores y libélulas. Al dejar de ser mujer, te haces mujer. Empezamos a charlar. Eso es lo que haremos hasta las ocho de la mañana. Nunca, desde que estoy contigo, he podido pegar ojo en toda la noche. Te he contado películas, te he contado chistes y luego he pasado a las confesiones amorosas. Me vuelve loco que tú sepas escuchar, que estés siempre atenta aunque no siempre te perciba indulgente. Había empezado la noche anterior (hace ahora cinco noches) con mi estúpida historia de Maria, «Bloody Mary», como te empeñas tú en llamarla cuando te enfadas. Ahora quieres saber a toda costa si al final estuve en su cumpleaños. Este asunto me resulta humillante. Si no te hubiera encontrado, no sé qué habría sido de mí. A Mary Bloody la conocí hace algo más de un año y se enamoró de mí casi de inmediato. Me conocía de la facultad, había leído algunos de los relatos que yo había publicado en revistas y me consideraba, como me decía siempre, un gran no sé qué.

No me la tomé en serio ni un solo instante. Era una chica-bulldog, hinchada, con ojeras y con un maravilloso cabello negro. Estaba loca de remate. Cuando se sentía feliz, era todo un espectáculo: cantaba y gritaba por la calle, me abrazaba con tanta fuerza que casi me rompía los huesos y me mordía en la mejilla hasta hacerme sangrar. Después de mis citas con ella, volvía a casa lleno de moretones. Había reunido todo tipo de baratijas que le recordaban nuestros primeros días juntos: las etiquetas de las botellas de cerveza que habíamos bebido, los muguetes que yo le había regalado, un palillo de plástico —con una figurita en un extremo— de la comida que ella me había ofrecido ceremoniosamente, una vela de fantasía a medio consumir, que le recordaba la velada transcurrida bajo su luz, la muestra triangular de la tela escocesa con la que se había hecho el traje que llevaba cuando fuimos por primera vez al Athénée Palace… y muchas cosas más. Lo había pegado todo con cinta adhesiva en un cartón con forma de M que me regaló por mi cumpleaños. Era emocionante y grotesca con sus rosas y sus verdes, te impresionaba su aspiración atormentada a un mundo diferente al suyo. Me asustó lo loca que estaba por mí. Nos pasábamos noches enteras paseando por la ciudad. Pero su carencia total de gusto, el kitsch exuberante de sus preferencias (que se inclinaban por la música popular de mala calidad y los melodramas de segunda), una falta de tacto que la llevaba a entrar en una sala de hospital gritando hello everybody! convencida de que así animaba a los enfermos, me sacaban de mis casillas por aquel entonces, así que después de tres o cuatro meses le dije con un cierto cinismo que no la quería y que teníamos que separarnos.

Aquella noche dejé que se fuera sola a su casa (vivía en el quinto pino, en Berceni) y, a las tres de la madrugada, me llamó su madre porque no había llegado aún. Me asusté y me imaginé toda clase de disparates. Estaba tan agitado que hacia el amanecer rezaba como un idiota: «Señor, no me importa que nunca llegue a ser escritor, pero que ella esté bien. Que no le haya sucedido nada malo…». No tenía mucho más que ofrecer. A las cinco de la mañana apareció por mi casa. Se había tirado la noche deambulando por las calles. (Aquí tú pones una cara de pena tan hipócrita, que comprendo cuánto te fastidia esta historia. Tienes celos de Maria. Me dices: «Eres increíblemente ingenuo, Vali. ¿De verdad crees que estuvo paseando toda la noche?». Te explico una vez más que ella era así pero tú insinúas que, de hecho, Maria había estado en casa de alguien. ¿Y por qué me había mentido entonces diciéndome que era virgen? No, Maria no solo era virgen, sino que era verdaderamente inocente, virginal y pura a su manera, sin reservas, como un niño. A este respecto no tengo ninguna duda. Desde entonces me ha mentido muchas veces, pero respecto a ese asunto no puedo dudar de ella. Así que ahórrate el sarcasmo, tú no la conoces). Luego no volvimos a vernos durante mucho tiempo. Nos encontramos en la calle, por casualidad, en otoño, por octubre. Charlamos un rato y cada uno se fue por su lado. Aquella noche llegué, para mi sorpresa, muy alterado a mi casa. Sentí por primera vez que la quería, que la echaba de menos. Al día siguiente fui a la facultad. Esperé a que saliera al pasillo y le pedí que se casara conmigo. Me sentía feliz, daba el asunto por zanjado porque sabía que ella me había querido siempre y estaba convencido de que nada había cambiado, que todo había dependido siempre de mí. Pero ella se opuso sin saber muy bien qué terreno pisaba. Yo me imaginaba una feliz vida de familia junto a Bloody Mary. Un par de días después nos vimos en el parque junto a su casa. Yo le había llevado una pera gigante, jugosa. La mordía y se hacía la remilgosa, la tía. Ya veremos, ya hablaremos… Tal vez dentro de dos años… Por supuesto, durante todo este intervalo, la pequeña bulldog tenía que permanecer intacta como la mismísima Inmaculada Concepción, porque ella quería merecer su coronita y todo lo demás. Y yo que había creído hacerla inmensamente feliz con mi propuesta… Lo di todo por perdido y nos separamos enfadados. Le dije además que tendría que buscarse un retrasado mental que aceptara esas condiciones.

Durante unos cuantos meses la telefoneé de vez en cuando porque tenía remordimientos. Imaginaba que la pobre chica quería que estuviéramos juntos, pero que tenía miedo, que mi comportamiento la había asustado. Me invitó a su casa en un par de ocasiones y se portó como una cerda. Me recibió en pleno invierno con las ventanas abiertas de par en par, mientras hacía las labores de la casa con un pañuelo en la cabeza. Me trató con ironía y me despachó al cabo de media hora, aunque solamente llegar a su casa me llevaba una hora. Me ofreció un bizcocho que estaba un poco amargo, creo que había puesto zumo de limón en la masa. Estaba claro que se estaba vengando, que se burlaba de mí y yo me marchaba cada una de las veces terriblemente furioso, decidido a cortar con ella para siempre. Pero en cuanto llegaba a casa las dudas me asaltaban de nuevo, no era capaz de aceptar la evidencia: ella había conocido a otro y no quería nada conmigo. Ya sabía, gracias a sus alusiones, de quién se trataba: un marinero estúpido que le había traído unos tejanos talla 58 para su imperial trasero, que le había endosado un magnetófono niquelado para que pudiera escuchar a Frank Sinatra y a Cleopatra Melidoneanu, que se dejaba caer por su casa de vez en cuando para burlarse juntos del pobre escritorzuelo que la había pedido en matrimonio.

En verano, a Mary se le habían bajado los humos, incluso había venido a visitarme y yo la había desnudado. Colocarte encima de ella era una hazaña de rodeo: se retorcía como un mustang. Al día siguiente, sin embargo, ya no me conocía: había regresado su marinero de América del Sur y estaba muy orgullosa. Al cabo de un mes partía de nuevo el remero, ella volvía a pasar por mi casa o me llevaba a la suya y otra vez lloraba desconsolada sobre mi hombro: que nunca sabré todo lo que ella me había querido, etc. Cuando lloraba, enrojecía como una remolacha, parecía la esposa de un transilvano, olía a cebolla, lloraba a lágrima viva, resultaba ridícula. Y yo seguía confiando que la historia con aquel tipo del paquebote fuera solo eso, una invención suya para atraerme más, anhelaba que me quisiera y así me volvía también yo un lánguido y un bobo sentimental. Pero en cuanto asomaba el barco Mărăseşti o Mărăşti desde las Antillas, en cuanto llegaba Popeye con su collar de cuentas baratas, empezaban de nuevo los sarcasmos. Aguanté con esta tontería un año y unos meses, algo increíble. El amor propio, motor de la paranoia, es capaz de negar la realidad por completo, de inventar un teatro de marionetas en el que él es el príncipe que viene con el zapatito de plata y en el que Cenicienta le espera siempre, considerando la posibilidad de vivir con el jornalero del corral, más sucio, es verdad, pero más seguro. Hasta aquí había llegado con the continuing story. Ahora quieres saber (y con cuánta atención tu rostro extraño, mogol, tu cabello húmedo, se pega a mi clavícula) si estuve en su cumpleaños, al que me invitó inesperadamente tras un mes de distanciamiento. Estuve. Estuve, qué demonios… Me piré, es cierto, al cabo de una hora, en un estado de perplejidad absoluta. Ya no sabía si reír o llorar. Marine Boy estaba por las Filipinas, en cambio se habían juntado en casa de la bulldog algunos bribones de la peor calaña, amigos de él, que tenían unos motes deliciosos: Mielu, Şobo, Hahamu4… A Hahamu, por simpatía, me presenté yo mismo como Bardamu5. Era, sin embargo, un tipo duro y la broma no funcionó con él. Ni siquiera me miró cuando le di la mano. No sé por qué me había invitado. Lo que sí sé es que me dejó completamente perplejo el aspecto de la casa. Mary había colgado, en todas las paredes, algunas citas en griego, copiadas quién sabe de dónde, relacionadas todas ellas con el mar, con el agua: Thalassa! Thalassa!, Pantarhei y otras maravillas. Como lámpara de mesa tenía un barquito con velas blanquecinas y una bombilla por detrás. En la puerta, un cartel inmenso que decía «La sabiduría de la tierra»6 y que probablemente se refería a ella misma. Sobre el baúl del estudio7, en un óvalo de celofán, un campesino y una campesina chipriotas; él con faldita y fez, ella con un ilic8 y no sé qué en la cabeza, de un kitsch miserable, de esos que hay también por nuestras tiendas de artesanía. Se escuchaba en un silencio religioso a Nat King Cole.

Y mira a mi Cenicienta, a la mujer de mis sueños, con que la yo quería casarme, mírala cotorreando sobre cartones de Kent, mírala hablando sobre buques de carga, mírala obsesionada por si el Mărăseşti regresa el diez o el quince. Mírala en éxtasis ante una porquería de postal en relieve, recibida desde Valparaíso, que representa, como las cajas de caramelos, a una niña de bucles dulces y faldita azul, corta y fruncida, que espera a un joven apuesto que se acerca en una barca, remando con ímpetu. Al mover la foto, el joven remaba y su dulce amada saludaba con la mano. Aquello me daba vergüenza, créeme, Nana, y me la sigue dando aún. Además me siento desgraciado, estoy triste por haber llegado hasta ese punto; habría preferido creer que había amado a una chica digna en cierto modo de mí. Pero esto es humillante.

Dios mío, pienso ahora qué habría significado una boda con ella. ¡Qué jaleo, qué miseria! Bloody Mary con el velo y el azahar y el ramo de novia en ristre, gritando y gesticulando de felicidad. La charanga aporreando los tambores, los grupos de bailarines apareciendo a la vuelta de la esquina: ¡arriba, arriba! Gritos y buenos deseos, ella en la cabecera de la mesa, bañada en lágrimas, y su madre con un moño triple poniendo delante de cada uno el sobre para el dinero. Y luego, hacia el amanecer, ¡llevar a la bulldog a la cama y esforzarme por desvirgarla! Te has dejado caer un poco, tienes ahora la mejilla pegada a mi cintura y me rodeas el talle con los brazos. Después de esta historia, permanecemos los dos bastante rato en silencio. Estoy enojado, aunque mucho más tranquilo que unos días atrás… Tú… tú callas. No sé qué estás pensando. La bombilla del techo ilumina violentamente esta habitación alucinante: las pilas de libros, la mesita con el cestito, los tapices. Sobre el sillón, nuestras ropas amontonadas en desorden. «Qué delgado eres, pareces una niña», dices finalmente. Y luego, sin venir a cuento: «¿Has observado qué llevo al cuello?». Te incorporas hasta que tu rostro queda a la altura del mío. Miro tu cuello levemente arrugado. El cuello de una mujer es el que mejor señala su edad, creo haberlo oído en algún sitio. Tu cuello es el de una mujer de treinta y cinco años. En la almohadita de carne de debajo de las mandíbulas, en uno de los lados, tienes una cicatriz pequeña, no un corte, es más bien un pliegue, un arreglo plástico. «Aquí tenía un lunar», me dices. Dios mío, qué castaño maravilloso el de tus ojos. Pero ahora es lo único bello de tu rostro. Un hombre con ojos de mujer. Tal vez incluso con boca de mujer. Siento de nuevo una oleada de deseo, te muerdo el labio inferior. Tú, en cambio, te has cerrado tras la aspereza de tu rostro. Ese lunar, me explicas, tuvo que ser cauterizado. Y luego sueltas unas palabras angustiadas, entrecortadas, como si suspiraras. Tuviste miedo, mucho miedo.

Hace un par de años, en otoño, despertaste de un sueño horrible gritando. Encendiste la luz y viste sobre la almohada unas gotas de sangre. Te llevaste los dedos al cuello y los miraste: sangre. El lunar sangraba. En cuanto amaneció, fuiste corriendo a la sección de oncología. Ya conocías al médico porque habías estado allí tiempo atrás, cuando creíste tenerlo en el pecho. Desde entonces leías todo lo que caía en tus manos sobre este tema, que se había transformado en una fobia persistente, angustiosa. Sabías que si los lunares sangran o cambian bruscamente de color, si se vuelven violetas o rojos o si empalidecen, puede ser una señal. Sobre todo si tienes, con anterioridad, unos sueños determinados. Existen estudios sobre los sueños premonitorios de los tuberculosos, de los enfermos de corazón o de cáncer. «¿Y qué soñaste entonces?», le pregunto. Te quedas con la mirada perdida. «Luego te lo cuento». El doctor era un tipo más bien excéntrico; su esposa había muerto y, por supuesto, se rumoreaba que precisamente había sido de cáncer. Antes de que llegara el resultado de la biopsia, el tipo te pidió que te casaras con él. Me echo a reír. Por otro lado, no me gusta que parlotees sobre un asunto como ese. No es por nada, pero después resulta difícil, un poco embarazoso, volver a hacer el amor. Te quedas como una isla de zafiro surgida del mar. Cuéntame otra cosa. La última vez me dijiste que tú no vives, sino que existes; sé que, cuando avanzas de espaldas por el pasillo de tu memoria, te tropiezas, te arañas, te golpeas, pero no puedes evitar encontrar algunos sitios transparentes en los que tú eres verdaderamente tú y no una pobre mujer madura, una funcionaria solitaria sin futuro alguno que vive bajo la tierra, a millones de kilómetros de profundidad bajo los cimientos de la ciudad, en este cubo luminoso de tu apartamento. Háblame de tu marido.

¡Bravo, chaval! Empiezas a gustarme. La has rodeado con unos hilos más fuertes que el cobre. La has embaucado con la gota de Bloody Mary que tiembla aún en su estómago. Has perforado exactamente su ganglio nervioso. Ya puedes sorberla, ya la tienes atrapada con mis ocho patas. He clavado los colmillos en su carótida y siento en la boca el sabor a uva de su sueño. ¡Qué tiernos sois el uno junto al otro! Antes de que diga algo más, empiezas a acariciarla. Su rostro, que no tiene nada en común con el nombre de Svetlana, se vuelve hacia arriba, no finge el éxtasis, el labio superior se contrae y deja ver sus dientes en una sonrisa forzada, te abraza con todas sus fuerzas, ama a su exterminador. Esto se alarga tanto que, querido lector, me siento obligado a llenar tu espera con algo. No creo que te venga mal que te cuente algo más sobre Vali. Su biografía es estándar: guardería, escuela primaria, liceo, facultad. Está en el cuarto curso de Filología y no se le pasa por la cabeza pensar qué hará después. Si alguien le dijera que va a ser profesor en una escuela minúscula de la periferia de la Capital, lo miraría con lástima. Lo mismo haría si le auguraran un brillante futuro en el mundo de las letras rumanas. Por el momento vive con sus padres, lee, lee y vuelve a leer. Su trabajo es entusiasmarse. Escribe poco. Él escribirá, por ejemplo, dentro de dos años (desvelo esto solo para que os hagáis una idea de sus posibilidades como novelista principiante) la primera historia de este volumen, El Ruletista. Si, siguiendo una buena costumbre de lector, habéis empezado el libro al revés, leed ahora mismo El Ruletista. Es lo mejor que podéis hacer en este paréntesis en el que ellos se aman. Y, en términos objetivos, se tarda más o menos lo mismo. De publicar, no ha publicado más que dos o tres rúbricas en Amfiteatru y unas cuantas poesías, bastante malas, en Echinox. No me gustan las sustancias de las que se nutre la poesía: demasiado olor a éter, a laca de uñas. Tienes que comer de ti mismo, como Nastratin Hogea. El verdadero narrador se alimenta de los otros.

Dios mío, no me saturo de ti. Nos hemos despegado otra vez. Tú le levantas y vas al baño. Llevas solo una camisa de hombre que te llega hasta las pantorrillas. El ruido del agua del baño enturbia cualquier atisbo de pensamiento. Tú eres dócil, eres dulce en nuestros momentos de pasión, no quieres imponer tu personalidad, no tienes ningún gesto de iniciativa, pero respondes con ternura y firmeza a todos mis gestos. Cojo una manzana del cestillo y empiezo a mordisquearla. Vuelves a mi lado, con tu vestido como la vela de un barco. Apagas la luz y te metes en la cama. Tienes las manos húmedas, heladas. Yo sigo comiendo la manzana a oscuras y, de repente, te oigo hablar. Tu voz sustituye a los objetos de la habitación, tan presentes hasta ahora junto a nosotros, y de los que no ha quedado más que ceniza.

No insistas, tampoco me importa demasiado lo de tu marido. Dices que era alcohólico y que lo abandonaste tras siete años de matrimonio. Siete años de infelicidad. Arrojaba por la ventana tus novelas y tus libros de poemas. Al final te divorciaste de él, hace cinco años. Recuerdas que el divorcio se firmó más o menos por estas fechas, por diciembre. Te costó asimilar el impacto. En Nochevieja te sentías tan sola, tan absurda en tu apartamento de la calle Ştefan cel Mare, el primero al que te mudaste, que saliste a medianoche a pasear por la alameda del Circo. Bajaste hasta el lago y allí, en un mundo extraño, envuelto en la niebla, encontraste a un adolescente que, de rodillas, contemplaba el fondo del lago a través de la gruesa capa de hielo. Te echaste a llorar. Incluso ahora te entran escalofríos cuando recuerdas aquella escena. Él, muy serio, te acompañó hasta la carretera y te dejó allí. Desapareció después, lentamente, engullido por la niebla. No has vuelto a verlo nunca más y tampoco a tu marido.

Te pregunto cuándo hiciste el amor por primera vez y noto cómo sonríes en la densa oscuridad. Rozo tu cara con los dedos y estás sonriendo de verdad. Nos echamos a reír los dos. Me dices que no tiene ninguna importancia cuándo y con quién lo hiciste la primera vez. Pero, si tengo un poco de paciencia, me podrías contar algo mucho más interesante, a saber, cuándo te besaste con alguien la primera vez. «¿Es que puedes besarte de otra manera que con alguien?», te pregunto mientras mi mano continúa recorriendo sin prisa, con la voluptuosidad de un ciego, el contorno de tu cara. «Por supuesto», me dices, y noto cómo se mueven tus labios. Atrapas con los dientes, suavecito, uno de mis dedos. Después: «Cuando era pequeña me besaba en el espejo». Luego me haces una pregunta rara, con una voz neutra, contenida: «¿Has oído alguna vez hablar de REM?». «No, no creo —farfullo sin demasiada atención o curiosidad—. Pero, venga, cuéntame cómo te besaste por primera vez. “Háblame de Enigel y de Crytpo, el rey de los hongos”»9 Y tú, querida Sherezade, empiezas con tu maravillosa historia. La isla esmeralda se eleva ahora varios miles de metros por encima de las aguas, en las que se reflejan los acantilados. Solo un sendero conduce hasta arriba. Allí se extiende un campo cubierto con dientes de dragón amarillos, chiribitas y bocas de dragón silvestres. Mariposas y libélulas de ojos nítidos, inmensos, giran en tomo a las flores. Un poco más allá hay un soto de árboles jóvenes en flor. Incluso desde aquí huele a corteza de árbol.

Voy a contarte algo que sucedió por el año 1960 o 61, cuando era aún una niña, no tendría más de doce años. Vivía con mi familia por la zona de Moilor, en una de aquellas casas raras en las que el segundo piso sobresalía sobre el resto, con dos columnas finas que vigilaban la entrada y con todo tipo de máscaras grotescas, de yeso, colgando por todas partes. Arriba, justamente sobre la entrada, flotaba el balcón, en cuya base había un canalón que desaguaba, como los sifones antiguos, por el pico abierto de un buitre de metal. El balcón era minúsculo y, sin embargo, en verano se transformaba en mi lugar de juegos, en mi residencia casi permanente. Allí botaba una pelota grande con rayas anaranjadas, azules y rojas púrpura, o contemplaba, horas muertas, entre las rejas cubiertas de hiedra, la cabeza del buitre, cuyos ojos y cuyo pico de narices abultadas —así como cada una de las plumitas que cubrían su cabeza— estaban minuciosamente cincelados en el metal oxidado. Cuando, después de acunar a mis muñecas y de cantar yo sola horas y horas, a pleno sol, entraba en casa, conservando aún en los ojos los reflejos brillantes de la hiedra, las habitaciones me parecían oscuras como cuevas. Después de cenar salía otra vez para contemplar las estrellas. No sé por qué, pero creo que entonces había muchas más estrellas en el cielo de las que se pueden ver ahora. Además, había también muchos más eclipses, casi cada semana había un eclipse de sol que yo seguía a través de unos cristales previamente ahumados. ¿No te acuerdas? Tú eras muy pequeño por aquella época… Entonces había unas nevadas terribles y aquel año, en verano, apareció de repente en el cielo un cometa con siete colas extendidas que se perdían en el éter. Yo contemplaba desde el balcón cómo permanecía inmóvil una mancha blancuzca entre las estrellas amarillas brillantes, con miles y miles de puntas afiladas. Desde la calle, en aquella época empedrada y bordeada de otras casas como la nuestra, pintadas en toda la gama de rosas y anaranjados, decoradas con figuras de yeso, con el revoque descascarillado, con las ventanas cubiertas con persianas polvorientas, se oían lo ecos empalagosos de las canciones de entonces, que todavía hoy provocan en mí una nostalgia idiota: «Entra la luna por el balcón / Entra en nuestra habitación…». Si subía al desván y miraba a través del lucero (de hecho, una especie de ventanuco vigilado por otras dos representantes de aquel pueblo de gorgonas de Moşilor10, a una de las cuales le faltaba un brazo y blandía hacia el cielo tan solo la vara de hierro que había sujetado el estuco) veía, sobre los tejados de alrededor, los anuncios luminosos de Bucarest, rojos y verdes, intensos, encendiéndose y apagándose en intervalos regulares. Había sobre todo uno de color zafiro sobre un bloque del centro que hoy ya no existe. Cuando se apagaba, yo cerraba los ojos y contaba hasta once. Cuando los abría tenía que ver, en ese preciso instante, que el letrero se encendía de nuevo. Este arrojaba sobre la cara brillante de mi muñeca de cartón una luz azulada que se apagaba para dejar sitio a una sombra rojiza y a unas rayas y manchas verdes. Me quedaba en el desván, contemplando los contornos negros de la ciudad hasta que oía a mi padre repiquetear en las escaleras. Subía como un monstruo, era una estatua enorme de carne roja que ocupaba la puerta del desván. Le tenía mucho miedo aunque no me pegaba: muy al contrario, me cogía en brazos y se acercaba también él al ventanuco. Una cabeza enorme, una cabeza más pequeña y otra aún más pequeña (la cabeza de cartón, con coletas de lana marrón, de Zizi, mi muñeca, porque me gustaba escuchar en la radio a Zizi Şerban), tres cabezas, seis ojos redondos se apretujaban por ver las estrellas. Luego descendíamos a nuestros cuévanos.

Raramente, muy raramente, salíamos de casa. No teníamos amigos y mis padres eran muy solitarios. Mamá, la pobre, salía solo a las compras, y papá iba solo a su misterioso trabajo, de donde nos llegaba el dinero. Cuando decidían llevarme de paseo yo era feliz. No olvidaré jamás el día en que fui con mi padre al parque de atracciones, en la Plaza de las Naciones, tenía cuatro o cinco años entonces. El parque me pareció inmenso. En el centro había un abeto que llegaba hasta el cielo, lleno de bombillas coloridas, de guirnaldas de todos los colores, grandes paquetes de cartón envueltos en papel de estaño dorado, púrpura, azul, globos del tamaño de una cabeza, hilos dorados del grosor de una mano. En la cresta del abeto había una estrella de cinco puntas que conseguía enrojecer con su luz la nieve de todo Bucarest. Por los paseos había espejos deformes y hombres de tres metros de alto, hechos de nieve artificial, en cuyo pecho se abrían escaparates con complicados mecanismos. Se vendían por todas partes pirulís, limonada en botellas mates, bellamente torneadas. Había unas cajas grandes que tenían bajo el celofán extrañas formas de azúcar de colores: eran figuras de Moş-Crăciun de bollo dulce, había otras de verdad, en torno a las cuales se reunían los niños para que les contaran historias. Al entrar en el laberinto no podías perderte porque en cada pared encontrabas una flecha que indicaba la salida. Una casona alargada y pintada en colores chillones albergaba a la ballena Goliat, que también nosotros vimos estrujados en medio de la multitud: un cilindro infinito, morado, como de yeso teñido, con inmensas aletas de pez y, en la boca, unas tupidas barbas. Ballenas también se llamaban las láminas flexibles de plástico que papá llevaba en el cuello de las camisas. Las vendían los gitanos por las esquinas. Pero lo más bonito del parque de atracciones, aparte del abeto, me pareció el cohete Vostok, en tamaño natural, al que te podías subir como si fuera una torre. Arriba, en la cabina, veías a las perritas Strelka y Belka, fabricadas en tela y lana rizada. Luego tenías que bajar deprisa por el otro lado porque subían otros niños que también querían ver a las perritas, sujetas con sus complicados arneses de miles de hebillas. Papá me decía que con anterioridad a ellas había estado otra perrita en el cosmos, Laika, y que se había quedado en la luna. A veces miraba las manchas del cristal ahumado de la luna, cuando estaba despejado, pero allí no veía nada por mucho que me esforzara. Un poco más allá había un telescopio pintado sobre un trípode, pintado de todos los colores. Papá pagó algo y pudimos mirar a través de él. Creía que podría ver las estrellas con sus bosques y flores y las niñas que vivían en ellas, pero a través de la lente redonda no vi nada más que miles de trocitos simétricos de cristales de colores que formaban diferentes imágenes si girabas levemente el tubo. Parecían enormes copos de nieve, relucientes. Me fui llorando de aquel derroche de luz y colores que no había visto nunca antes.

Pasábamos junto a un edificio que tenía arriba un panel con miles y miles de bombillas por las que desfilaban las noticias, letras que huían hacia la derecha, formadas por el encendido y el apagado de las bombillas amarillas. La gente, cargada de regalos, seguía durante minutos enteros aquella sucesión de palabras. Volvimos a casa a través de la ciudad dominada por la luna llena, enorme. No teníamos teléfono, ni siquiera sabíamos que existiera algo así. Nuestras visitas a la familia eran, por ello, muy raras, porque teníamos que presentarnos sin avisar y a mi madre le daba vergüenza. Además, solo teníamos unos pocos familiares: el hermano y la hermana de mi madre, a los que se sumaba mi madrina. Al tío Lăzar lo veía muy poco, quizá una vez al año porque, divorciado, cambiaba bastante de pareja, lo cual suponía un motivo de enfado para mi madre, que había sido amiga de su mujer. Incluso hoy en día, cuando tiene más de setenta años, el tío Lăzar conserva sus costumbres, que parecen mantenerlo en forma. Tampoco frecuentábamos demasiado a mi madrina, porque era una mujer desaliñada. En su casa, rebosante de niños pequeños —un corderito al año—, olía siempre a sucio, a rancio. A pesar de eso, yo siempre insistía en ir (vivía en Ferentari, en una callejuela de gitanos, serpenteante y ruidosa, con una iglesia amarilla, horrible, y un aseo público que apestaba a un kilómetro) porque, casualmente, mi madrina tenía un televisor, un TEMP 6 con una pantalla minúscula, pero en la que podía ver los primeros episodios de Robin Hood y películas para niños como El eslabón mágico y El soldadito de plomo, que me gustaron mucho. Por eso aguantaba a los mocosos en pañales zurcidos con retales estampados y los morretes sucios; les encantaba tirarme de las coletas y torturarme de todas las maneras posibles. A casa de la tía Aura íbamos más a menudo. El camino hasta allí y todo lo que sucedía cuando íbamos adonde mi tía era para mí una aventura rara, la exploración de otro mundo. Las cosas más importantes de mi vida tuvieron lugar en aquel barrio de la periferia de Bucarest. Allí, por lo demás, ocurrió lo único por lo que creo que vine a este mundo, la razón por la que fui elegida: mi entrada en REM. Y también allí, que de esto estábamos hablando, me besé por primera vez con alguien… Más adelante, más de diez años después, también hice el amor por primera vez con no sé quién, después de no sé qué fiesta, pero no fue entonces cuando me hice mujer, porque lo era ya mucho antes, psicológicamente hablando.

A veces sucedía que mi madre irrumpía en mi habitación y me decía que íbamos adonde la tía Aura. Yo saltaba de alegría, elegía rápidamente un vestido elegante, me ponía medias blancas y vestía a Zizi con un vestido de terciopelo color verde claro, que hacía aguas y que le quedaba muy bien. Por debajo le ponía unas braguitas de tul rojo y una combinación de batista blanca, estaba impecable. Salía al balcón, al frescor dorado de la mañana, y contemplaba los tranvías y los coches que traqueteaban en la calle. A veces, entre ellos, pasaba también algún camión arrastrado por caballos, con las cartolas bellamente teñidas de azul o verde, y decoradas con dibujos de flores, sirenas o ciervos. A su paso, los caballos dejaban de vez en cuando unos globos amarillentos de estiércol humeante. Olía a humo y a caballo, no resultaba nada desagradable. Para cuando mi madre se preparaba y comíamos algo, se hacían las once. Salíamos al bullicio callejero y caminábamos lentamente hasta Obor. Volvía la cabeza al pasar delante de cada quiosco de refrescos, con sus máquinas de arrope y sifones, con sus bollos rellenos de crema y roscos «con sal y semillitas / no te duele la tripita». Cuando era pequeña, me tiraba al suelo si mi madre no me compraba lo que quería y berreaba como una loca. A veces se acercaba una vieja y, haciendo muecas espantosas, me decía: «¿Quién es esta niña tan descarada? ¡La voy a meter en el saco!», y yo gritaba todavía más. En la radio, había siempre anuncios cantados en varias voces como «Gominolas y pastillas / Confites y peladillas» o «Limo-limo-limonada». A partir de los siete u ocho años, desde que empecé a ir a la escuela, me hice más moderada. Pero siempre he sido muy golosa. Me asombra no haberme convertido en una ballena.

Obor era un lugar mágico. Aún hoy lo recuerdo con nitidez, simplemente lo veo ante mis ojos. Un cruce de calles sin más, no demasiado ancho, pero con un aire balcánico, mercantil, que ya no encuentras en ningún sitio. Si te acercabas desde Ştefan cel Mare, te asaltaba una multitud de letreros de todas las formas, dimensiones y colores, escritos en vidrio o madera, a mano, con una bella caligrafía, o bien con los más variados caracteres de imprenta. Fabricantes de estufas, de edredones, sastres, «Cristales y espejos», relojeros, «Pompas fúnebres» (aquí había siempre un féretro apoyado en la puerta, forrado por dentro con oleadas de satén), una gigantesca llave de madera colgada en perpendicular a la pared y sobre la que ponía YALE, un reloj de cristal, tan grande como el de la estación, pero con las agujas pintadas y el nombre del propietario escrito en su interior. A la izquierda había una tasca de la que salía siempre un humo azulado con olor a rollitos de carne a la brasa. A su alrededor pululaban borrachos, gitanos húngaros seguidos por sus mujeres vestidas con faldas fruncidas, campesinos con ristras de ajos y sacos a medio llenar que olían a cáñamo. Al otro lado de la calle estaba la juguetería «Caperucita Roja», con la que soñaba yo por las noches. Era para mí un lugar mágico. En cuanto llegábamos a Obor, arrastraba a mi madre a su interior. Entrábamos en una estancia alargada, de techos bajos, que olía espantosamente a aguarrás. Los tablones del suelo eran de un marrón rojizo y la luz que se colaba desde los escaparates era insuficiente. Solo cuando te adentrabas bastante en aquel espacio vacío encontrabas el mostrador y las baldas de juguetes. Miraba perdida a las muñecas de todos los tamaños, vestidas con bastos retales de tela. Casi todas eran de trapo, solo la cabeza era de una especie de yeso que se desportillaba enseguida, y tenían el pelo de lana negra, amarilla o marrón. Había también muñecas de goma, que representaban a una negras con cabellos rizados. Había caballitos blancos, con silla de tela barnizada, roja como una llama, osos amarillos y marrones, pájaros mecánicos de hojalata. Siempre había sobre el mostrador cinco o seis juguetes que andaban, saltaban, tocaban un tambor, cochecitos que corrían por fricción, cohetes que echaban chispas por la cola. Mamá me compraba generalmente juguetes baratos, de esos para reproducir escenas de Blancanieves, La Cenicienta o La Reina de las Nieves combinando trocitos de cartón de formas raras. Me aburría enseguida de ellos porque había aprendido cómo construir aquellas láminas incluso al revés, sin mirar los dibujos, siguiendo tan solo la forma de las piezas de cartón. También me compraba plantillas para coser, con colores y agujeritos. Solamente había que pasar por los agujeros la aguja enhebrada con hilo marrón, azul, verde, amarillo o rojo. Delineaba así el pastorcillo con su oveja, el tractor, un niño y una niña de la mano, bellamente dibujados, maripositas. Siempre salía llorando de «Caperucita Roja». Un poco más arriba, en Mihai Bravu, había un «Ferometal» enorme donde se podía comprar hojalata, clavos, cadenas, y también jarrones y vasos sobre los que estaban impresas pegatinas con pájaros de colores. Más allá, después de una estancia minúscula en cuyo escaparate, fuertemente iluminado, una mujer gorda vestida de verde zurcía medias de nylon, había una cava siniestra donde se vendían telas de lino y esparto y alfombras de yute. Allí, sobre los mostradores y las baldas, yacían inmensos rollos de tela que olían fuertemente a naftalina, a fibra vegetal, a yute. Olían sobre todo a yute. En una columna colgaba un espejo en el que me veía reflejada: desde la densa penumbra me miraba una niña asustada, con el rostro deformado por las aguas del espejo. Enfrente, en el interior de la plaza, se encontraba (sigue igual hoy en día) el mercado. Pero entonces me parecía monstruosamente grande. Dentro siempre hacía frío. Mientras mi madre compraba algo a los campesinos alineados a lo largo de los mostradores de azulejo, yo estiraba el cuello para mirar hacia arriba y ver el mosaico medio borrado de una de las paredes y el ajetreo del primer piso, donde sabía que se vendía la miel. Separados del recinto del mercado estaban, a un lado, los infinitos pasillos de las carnicerías. Me fascinaban los cerdos partidos por la mitad, los cuartos de vaca que colgaban de casi todos los ganchos, los carniceros —con sus batas llenas de sangre— que, sin cesar, partían a machetazos las cabezas de los corderos —de las que extraían unos sesos lechosos— o cortaban gruesos filetes. Desolladas, con los ojos fuera de las órbitas y los globos oculares llenos de venitas, las ovejas, despanzurradas, yacían directamente sobre el mostrador. Para salir teníamos que pasar junto a unos bidones inmensos que apestaban a suero y de los que unos hombres sin afeitar, de rostros sombríos, sacaban grandes trozos de queso. Estaban empapados hasta los codos de aquel líquido lechoso. En el cruce de Obor todo el mundo atravesaba como quería. No había semáforo y los policías que rondaban por allí estaban ocupados en charlar con el lisiado que ofrecía una balanza de precisión o con el vendedor de boletos de la suerte. Era un enjambre que olía a piel, a tabaco, a trapos, a boñiga fresca, a carne a la brasa. Mi madre y yo, vestidas de domingo, tomábamos el tranvía, que avanzaba a duras penas entre carros y pobedas, haciendo sonar la campana con desesperación. Los tranvías eran de madera, con muchos marcos exteriores, con ventanillas pequeñas y un único faro frontal, sobre la reja metálica. Junto con las puertas que se desplegaban chirriando —estaban toscamente embadurnadas con una sustancia negra con la que me manchaba siempre—, descendía un escalón sobre el que te apoyabas para subir. Pero era tan alto que mamá tenía que cogerme en brazos para que yo pudiera sujetarme a la barra de latón reluciente. Normalmente subíamos por delante, porque había menos gente, así que a menudo nos colocábamos detrás del conductor, que en aquellos tranvías no se encontraba en una cabina de metal y cristal, como ahora, sino que estaba simplemente sobre un asiento del que escapaba el relleno, en la parte delantera del tranvía, en medio de la aglomeración de viajeros. Me gustaba mirar cómo hacía girar y rotar la manivela de níquel, coronada con una gran bola metálica, que manejaba a lo largo de la placa dorada. En la placa decía algo en alemán. Los asientos de los vagones eran unos tablones de madera amarilla, reluciente, y del techo colgaban unos asideros ovalados a los que se sujetaban los que llegaban hasta ellos. Cuando el tranvía cogía velocidad y corría derrapando sobre los raíles, los asideros golpeaban rítmicamente contra el techo: trosc-trosc, trosc-trosc, algo que, al anochecer, te provocaba una sensación de somnolencia. Si te subías en el vagón trasero, podías ver un freno de mano, una especie de manivela con un tornillo, niquelada.

Mi madre se sujetaba a un asidero, yo me balanceaba a su lado y así desfilaba ante nosotros una ciudad tan bella, tan misteriosa, que apenas cabía en nuestras pupilas. Por las mañanas, la ciudad estaba envuelta en una aurora como de agua fría. Estaban de moda los dondiegos, que abrían sus corolas azules, con venas violetas, casi detrás de cada valla. Al mediodía el tranvía iba lleno. Campesinos alegres, con boinas, gorras y pantalones cómodos, y mujeres con faldas floridas y pañuelos a la cabeza llenaban el vagón riendo, armando jaleo, discutiendo con la cobradora. Algún graciosillo decía en tono grueso: «¡Billetes, por favor!», y te quedabas helado aunque tuvieras billete. Por las tardes, el tranvía estaba casi vacío, la cobradora dormitaba entre las paradas con la cabeza apoyada en su mostradorcito, mamá también cabeceaba en su asiento, conmigo en brazos, mientras yo contemplaba las nubes púrpuras que ardían sobre las casas de tejados negros, en zigzag, irregulares. Así, bamboleándonos, evitando a los borrachos, apartándonos de su peste a chabola o a ajo, llegábamos hasta la Bariera Vergului con el cine Munca y, sobre todo, con la estatua cardenilla del centro del estanque. Representaba a una mujer medio desnuda de cuyo cántaro brotaba un hilillo de agua. Una estatua negra, triste, con rayas verdes como la hierba. «Más verdes que las serpientes hermanas / de las fuentes municipales»11. Seguíamos unas cuantas paradas más, pasábamos junto a fábricas con gigantescas chimeneas de ladrillo, con grandes maquinarias grasientas en el patio, junto a vías muertas con vagones melancólicos, rojizos, que se oxidaban bajo la nieve, junto a tiendas de buñuelos donde aún se vendía bragă12. A lo largo de las calles se sucedían secas, huecas, unas moreras viejas, cuajadas a finales de verano de moras blancas, agusanadas, o negras índigo; unos algarrobos en cuyas vainas marrones, que olían a crudo, a dulce y a amarillo, zumbaban las semillas, algunos tilos y acacias. Finalmente, al cabo de unas cuantas paradas, nos apeábamos en la Rotonda. Ya no queda en Bucarest un sitio como la Rotonda. Era una plaza redonda, no demasiado grande, siempre como brumosa debido al yeso de colores pálidos, mezclados, que se desprendía de los enlucidos de las casas de alrededor. Rosa-verdoso, violáceo, el polvillo revoloteaba por la plaza y se te posaba en capas finas sobre los hombros, sobre las mejillas. Las casas tenían las fachadas cóncavas y eran tan deformes, tan ridículas, que te provocaban una predisposición macabra. Leones de yeso, con la pata sobre una bola, vigilaban la entrada a un estanco. Buitres con las alas extendidas y grifones con la columna vertebral nudosa asediaban a las farolas. Los tejados tenían unos bulbos ovalados de estaño, como las iglesias rusas. Columnas antiguas, algunas destruidas, complicadas acanaladuras, monogramas enrevesados, encuadraban negocios con escaparates miserables. En todas las cercas había porquerías escritas con tizas de colores. En el centro de la plaza, aplastándola, se alzaba la estatua de un guerrero, sobre un pedestal, que era el más grande que yo había visto hasta entonces. Tenía que echar la cabeza hacia atrás para abarcar la imagen total del colosal soldado con el arma a sus pies. Las casas más altas eran más bajas que el pedestal de la estatua. Unas nubes color ladrillo rodeaban sus hombros. Era todo de piedra. Mientras yo lo contemplaba boquiabierta desde la acera, mamá entraba en diferentes cuchitriles a buscar algo para su hermana y para mi primo Marcel. Solía comprar un agua de lavanda muy barata que se vendía en unas botellas en forma de cochecito, unas cajas de cartón con chocolate Piticot o monedas doradas de chocolate. Algunas veces compraba caramelos de praliné, con forma de muñeco, rosas, rellenos de café. Otros caramelos, los anaranjados, estaban rellenos de miel. Cuando había (pero se encontraba cada vez menos), mamá me compraba azúcar caramelizado en trozos rugosos. También allí me compraba un sirope: agua muy fría con sabor a frambuesa. Desde la Rotonda tomábamos otro tranvía y bajábamos en la tercera parada. Ya estábamos en el barrio de Dudeşti-Cioplea. Recuerdo cómo me esforzaba por seguir el paso de mamá, que caminaba muy rápido. De su vestido se desprendía un aroma de almidón, pero el carmín estridente que utilizaba en ocasiones como esta (por lo demás no se maquillaba nunca), una barra de labios de las más baratas, olía a lavanda de mala calidad. Sin embargo, a mí me gustaba porque me recordaba al aroma perfumado de ciertos caramelos en forma de disco, rosas, harinosos, llamados «pendientitos». Llevaba a Zizi en su bolso de piel de cocodrilo de imitación. Después de dar muchas vueltas por callejuelas desconocidas, después de pasar junto a escuelas ocres y achaparradas, con bastidores verdes en las ventanas y tejados marrones, junto a centros de distribución de bombonas de butano, en los que siempre había cola, y sifonerías dominadas por una gigantesca rueda azul, en movimiento, nos adentrábamos por fin en la calle donde vivía la tía Aura.

Era una calle larga y recta, con cercas de madera y fachadas bajitas a uno y otro lado. Si la recorría en verano, la reconocía siempre por las cometas de papel enredadas en los hilos del telégrafo, entre los postes de madera grasienta. Muchas de las cometas estaban hechas con papel azul de envolver. Otras, en cambio, estaban pintadas con acuarelas o tiza, así que se recortaban, como unas manchas pistacho, de arlequín, sobre el cielo blanquecino. Teníamos que atravesar toda la calle para llegar a la casa de ladrillo sin enlucir que tan bien conocía yo, la penúltima de la acera y, en aquella dirección, la penúltima de la ciudad. Detrás de una casa agazapada al fondo de un huerto, se extendía el campo lleno de malas hierbas desde el pueblo de Dudeti. ¡Qué raro me parecía que una calle acabara en el vacío en lugar de dar en otras calles!

En cuanto llegábamos a la puerta, entre cuyos listones se veía el interior del huerto, con el camión abandonado entre cuadros de cebollino, con el guindo y los geranios, los crisantemos y los rosales de los bordes y, más atrás, la casa roja, cuadrada, con tejado de zinc, Chombe, renqueando, venía a recibirnos a toda velocidad. A mí me daba un poco de miedo porque, cuando tenía unos tres años, me había mordido en la cara. Era, a pesar de todo, un perro inofensivo, viejo, de ojos legañosos, con unas patas demasiado cortas para su cuerpo gordo y un pelo áspero, rizado. Apestaba de forma más penetrante que cualquier perro que he conocido nunca. Chombe ladraba tan fuerte que, mientras nosotros avanzábamos por el sendero empedrado, entre cuyas baldosas brotaban florecillas de color pastel, la puerta se abría antes de que llegáramos al umbral y la tía Aura, con las mangas de la bata arremangadas y sonriendo de oreja a oreja con una alegría exagerada, nos invitaba a entrar.

Un pasillo largo, siempre sombrío y fresco, nos conducía hasta el comedor. Mientras mamá y la tía charlaban, yo miraba los peces de cristal de la vitrina, los cuadros de tul y seda amarilla de las paredes que representaban a unos cisnes flotando en un lago azul, pero lo que más me gustaba era la máquina de coser. Sacaba de sus cajones retales de todos los colores, trapos floreados, trozos de felpa morada con los que envolvía a mi muñeca. Se me unía inmediatamente Marcel, mi primo, que empezaba a vendarle los ojos a Zizi o a atarle las manos a la espalda. Se protegía de mis manotazos entre risotadas y, cuando menos me lo esperaba, me tiraba de las coletas. Era un crío revoltoso pero muy simpático, rellenito, de ojos castaños. Algunas veces, cuando decidía quererme, iba corriendo a su habitación y volvía con una cajita de Cavit 9. Me ofrecía una tableta amarilla y aromática, de una textura como de cera. Podíamos pasarnos así, jugando en nuestro rincón bajo la máquina de coser, un día entero. Él colocaba sus cochecitos estropeados en fila y paseaba a Zizi por todas partes en su remolque. Fingía volcarla hasta que me hacía llorar. Fisgaba debajo de su falda. Entre tanto, sobre nuestras cabezas se deslizaban la conversación de las dos mujeres, los ladridos de Chombe, las melodías dulzonas de Angela Moldovan: «El sendero es largo, la hierba es verde / lo que hemos amado ya no se tiene»13.

Mi recuerdo más antiguo no se remonta a la casa en la que nací, sino a esta, a la casa de mi tía. Tenía dos años cuando celebramos la Nochevieja con ella. Lo recuerdo extraordinariamente bien. En el comedor había unas mesas largas y las bombillas estaban envueltas en papel rojo. Todo, todo era púrpura en aquella habitación. Los rostros de la gente eran de un púrpura brillante. Los platos y los cubiertos de la mesa eran púrpuras. Marcel nacería cuatro años después pero a mi lado había otra primita, de tres años, Niñeta, que más adelante sufrió un ataque de poliomielitis y se quedó con una pierna más delgada que la otra. Sin embargo, la recuerdo entonces riendo feliz y alargando las manos hacia los regalos que habían colocado ante nosotras, sobre la mesa: unos caramelos y un cervatillo de goma, envueltos en celofán. También, creo, una chocolatina rectangular. Las mujeres, enjoyadas con collares de cuentas que imitaban perlas, y los hombres en camisa me parecían gigantescos. Elevaba los ojos hacia sus rostros, perdidos en la luz roja. Eran crueles, terroríficos. Pero en verano no me quedaba en la casa, me escapaba inmediatamente al patio, seguida por Marcel. Chombe, cojeando, con su olor a perro mojado, daba vueltas a nuestro alrededor con la lengua roja asomando entre los colmillos. Avanzábamos con cuidado entre las filas de verduras y llegábamos hasta el camión. Cuando conocí la casa y el patio de la tía Aura, el camión aquel pintado de azul, sin ruedas, ya estaba allí, en medio del huerto, maltrecho y con la carrocería hundida. Sobre la cabina dormía de costumbre, enroscada, Gigi, la última representante de toda una dinastía de gatos bautizados con ese nombre. No sé cómo soportaba el calor del metal, porque nosotros no podíamos tocarlo con la mano. Abríamos la portezuela y nos subíamos a la cabina, donde el bochorno desprendía un tufo a goma caliente o a hule chamuscado. Marcel se sentaba al volante y yo a su lado. Cuando cerrábamos la portezuela, el mundo se hacía más pequeño, íntimo, desearías quedarte allí para siempre. El asiento con la piel rota a través de la cual escapaba el relleno, las ventanillas sucias sobre las cuales se habían fosilizado los limpiaparabrisas con las escobillas destrozadas, el volante que Marcel hacía girar a tope y que, al soltar, volvía a su sitio pero, sobre todo, el olor aquel, que percibo incluso ahora, nos transportaban a un mundo sin relación alguna con la realidad. Por supuesto, Marcel se imaginaba en un camión militar, cazando alemanes a diestro y siniestro. De vez en cuando pisaba los pedales que, según él, ponían en funcionamiento la ametralladora. Pero yo, moviendo hacia adelante y hacia atrás la barra coronada por una bola de ebonita, estaba lejos de esas fantasías. Creía que podría vivir toda la vida en esa cabina, cuidando de Zizi y contándole todo tipo de historias y poemas. El salpicadero del camión estaba roto, suelto. Uno de los indicadores colgaba de dos cables aislados con bandas de plástico amarillo, otro tenía el cristal roto y podíamos mover la agujita con el dedo. Solo el cuentakilómetros estaba en su sitio, aunque se movía en todas direcciones porque le faltaban los tornillos. Por lo demás, era la única pieza del camión que aún funcionaba.

Después de permanecer en la cabina más o menos una hora, es decir, hasta que nos aburríamos, el kilometraje se modificaba y mostraba una cifra nueva, siempre mayor, como si hubiéramos recorrido efectivamente cientos y cientos de kilómetros. A Marcel no le impresionaba este detalle, pero yo llevaba conmigo un cuaderno de matemáticas en el que anotaba la cifra del principio y la que marcaba al bajar. Aunque nunca me daba cuenta de cuándo se modificaban los números, estos no eran los mismos. En vano vigilaba la esfera minúscula hasta que se me saltaban las lágrimas. El cuentakilómetros encontraba siempre el momento de cambiar. Cuando salía de la cabina, aquel cielo azul, tumultuoso, campestre, me parecía gigantesco. El sol bañaba todo en un agua amarillenta. Las sombras eran negras y precisas. Subíamos al remolque y cogíamos a Gigi por la cintura. La gata era blanda como un trapo pero si la depositabas en el suelo, sobre las patas, se estiraba bruscamente, con los ojos aún cerrados, somnolientos, doblaba el espinazo como si fuera un arco y bostezaba abriendo una boca rosa tan grande que nos moríamos de la risa. Empezaba a lavarse y se tumbaba de nuevo sobre el capó ardiente. Solo por la noche se iba a cazar pichones. Después de incordiar un poco a Chombe, tras abrir la tapa del motor para ver el nido de avispas que estaba pegado allí, entre los tubos y la hélice grasienta del interior, trepábamos al guindo que se alzaba tieso en medio de las hileras de rosales. Desde arriba podíamos divisar toda aquella zona de la ciudad. Por la parte de atrás, callejuelas sinuosas con casas como de pueblo, alguna que otra antena sobre los tejados, y la torre enana, de hojalata, carente de dignidad, de alguna iglesia. En el horizonte, surgiendo entre las casas como un nadador entre las olas, distinguía la estatua del guerrero de la Rotonda, terrorífico. Había visto en el cine la película Godzilla, sobre un monstruo inmenso que destruía toda una ciudad. Así era la estatua del soldado, ligeramente azulada ahora debido a la distancia. En la dirección contraria, veíamos el campo, cultivado hasta un lindero de árboles más allá de los cuales se alzaba la torre de otra iglesia, brillando al sol.

A pesar de todo, hasta el pueblo de Dudeti el campo no carecía completamente de interés. Al contrario, había allí, en el mismo centro, algo que me había fascinado siempre desde que lo viera por primera vez encaramada en la copa del guindo. A unos ciento cincuenta metros de donde acababa la calle y comenzaba el campo, se alzaba, en medio de los sembrados, completamente aislado e inaccesible a simple vista, una especie de torre melancólica y extraña, una casa excéntrica, rojiza, construida antes de la guerra para quién sabe qué propietario insomne. Parecía una casona14 de Oltenia, así de sólida, con poderosos contrafuertes y muros macizos; se estrechaba a partir del segundo piso y terminaba en una torrecilla cilíndrica, almenada. La luz amarillo-verdosa del verano caía tan incisiva sobre ese edificio inesperado que, cuando aclaraba hasta el rosado el color de una de las paredes, oscurecía la otra hasta el matiz de la guinda podrida. Solo hacia la mitad de la torre brillaba un ventanuco. No se veían más pero era posible que estuvieran en el otro lado. En torno a aquella torre no se vislumbraba ningún árbol frutal, ninguna otra sombra a excepción de un cobertizo de madera, ceniciento, que se encontraba a unos metros de distancia. ¿Quién iba a decirme a mí que aquel barracón iba a convertirse en el centro de mi vida, en lo único por lo que merecía la pena vivir? Cuando regresan de uno de sus «viajes», los heroinómanos tienen la sensación de que en el mundo han desaparecido los colores, de que viven en una película en blanco y negro en la que nunca sucede nada, que el tiempo no pasa y que la vida real es tan solo un limbo de la muerte. Esta sensación tengo también yo desde que estuve en REM.

Puesto que iba adonde mi tía Aura cada dos o tres meses, me había hecho amiga de otras niñas de mi edad que vivían en aquella calle. Cuando se enteraban de que estaba allí (ya se ocupaba Marcelino de dar una vuelta por sus patios para decírselo), se presentaban en la puerta, en grupos de dos o de tres, y yo iba corriendo a abrirles. Traían también sus muñecas con cunitas y todo, con colchas de satén, botiquines de juguete, estetoscopio y jeringa de plástico, chupetes y sonajeros de bebé. Subíamos al remolque del camión e improvisábamos allí una guardería. Aleccionábamos a las muñecas, les enseñábamos a portarse bien, las desvestíamos y las vestíamos. Cuando nos aburríamos, las abandonábamos y nos íbamos a la parte trasera de la casa, adonde daba la puerta de la cocina. Allí había una plataforma de cemento, bien pulida, como de tres metros cuadrados o quizá algo más, en la que, en verano —la sombra del tejado caía de pleno— la tía Aura colocaba una mesa con patas en forma de equis y jugábamos al remy o comíamos. Pero nosotras dibujábamos en ella, con tizas de colores, unas rayuelas complicadas, laberínticas, algunas con la clásica forma humana y los brazos extendidos a ambos lados; otras con la forma espiral del caracol. Pintábamos cada una de las casillas en colores diferentes, colores puros, colores mezclados, filiformes: rosa palo, azulado-anaranjado, amarillo limón… Los números y los nombres de las casillas los hacíamos en blanco o púrpura, según fueran buenos o malos. Recuerdo con tanta claridad cómo se reflejaban en el brillo de la plataforma las nubes blanquecinas que se deslizaban por el cielo…

Pasábamos allí agachadas casi toda la tarde. Mientras una de nosotras jugaba y lanzaba el trozo de vidrio en la casilla numerada, las demás dibujaban por las esquinas casitas con cortinas en las ventanas, con cercados amarillos que casi no se veían y con árboles, unos rectángulos marrones de los que brotaban ramas cargadas de manzanas rojas. También dibujábamos princesas de ojos azules, con trenzas y largas faldas de colores fantásticos. Utilizábamos el color pistacho para las hojas de la rosa que sujetaban entre sus dedos anaranjados. Las gemelas Ada y Carmina las dibujaban deformes, les ponían unas piernas cortas y toscas y unos brazos que les llegaban hasta más allá de las rodillas. Lo gracioso era, sin embargo, ver cómo dibujaban: empezaban las dos el mismo dibujo al mismo tiempo y terminaban ambas a la vez, haciendo rigurosamente los mismos gestos y eligiendo los mismos colores. Solo que sus dibujos eran especulares. Si la primera dibujaba un árbol a la izquierda de una caseta, la otra lo dibujaba a la izquierda. No se podía encontrar ninguna otra diferencia entre los dos cobertizos. Eran pequeñas, unos tres años menores que yo, y llevaban siempre la misma ropa: unos pichis con erizos en la pechera, tan cortos que se les veían las bragas al menor movimiento. A mí me caía mejor Ada porque era limpia y tranquila, a la otra le moqueaba siempre la nariz y, si le decías que se sonara con el pañuelo, se enfadaba, cogía su muñeca y se marchaba a casa. Ada la veía partir. Tenía unos rizos marrones, brillantes, y unos ojos tristes, de párpados hinchados. Se quedaba un rato más con nosotras pero se iba enseguida tras su hermana porque no soportaban estar separadas. La gitanilla, Garoafa, las maldecía entre dientes porque algunas veces las gemelas venían bien temprano a su puerta y empezaban a gritar «¡Garoafa, scroafă!15 hasta que hacían salir a todo el clan echando pestes. Por lo demás, sin embargo, cuando venían a casa de la tía Aura o cuando jugábamos en la campa y mirábamos cómo los chicos sacaban a los tábanos de sus agujeros, con una bola de pan enganchada en la punta de un alambre, las chicas se llevaban bien. Pero todas le tenían envidia a Puia, hija de un camarero, a la que nunca vi dos días seguidos con el mismo vestido. Al mirarla, parecías estar en otro mundo y no en aquel arrabal miserable de Dudeti-Cioplea. Su madre, una mujer bastante chiflada que andaba desnuda por casa (incluso a nosotras, cuando nos atrevíamos a ir a buscar a Puia para jugar, nos recibía con esa indumentaria edénica y nos asombraba y nos asustaba con su piel perfumada, con sus curvas como trazadas con un compás), le había hecho toda la ropa y la vestía y desvestía con imaginación como si fuera una muñeca, con plisados y volantitos, con vestidos de tul rosa, de cachemires floridos de seda que hacía aguas azuladas. Sus manitas, increíblemente blancas, tenían las uñas pintadas de rojo sangre y su cabello, de un rubio claro, estaba siempre peinado de forma diferente: dos trenzas enroscadas sobre las orejas como los cuernos de un carnero; decenas de trencitas, como las de las negras, o bien sujeto en una coleta rizada, ondeante. Pendientes sofisticados, desproporcionadamente grandes, anillos con una piedra roja como el vino y collares de perlas falsas adornaban su silueta funambulesca. En cambio, no tenía juguetes y sentía incluso una vaga repulsión ante nuestros ositos pringosos o ante las muñecas que perdían el relleno de paja. Por mucho que se lo pidiéramos, no nos dejaba adornarnos con sus joyas. Sus movimientos eran glaciales y fantasiosos, sus gestos y poses estaban codificados como en el ballet clásico. La única de nuestro grupo con la que jugaba era una niña mucho más gorda de lo normal y tonta como un haba, de movimientos lentos y piel fría, como de lagartija. Tenía un nombre bonito, lo único bonito en ella: se llamaba Crina. Pero nosotras la despojábamos de este último vestigio de gracia y la llamábamos, por supuesto, Ballena.

Ballena y Puia estaban siempre juntas. No es difícil adivinar qué relación había entre ellas. Participaban en un delirio a dos bandas, fascinante y odioso, en el que Puia era la instigadora que dominaba por completo la vida de la otra. Ballena era el público de Puia. Escuchaba boquiabierta las fábulas mágicas de la niña coqueta, sus historias sobre princesas con zapatos de plata que descansan junto a estanques de cristal, llenos de peces rojos y dorados. Princesas que pasean por jardines con miles de flores perfumadas, con árboles raros, higueras y naranjos por cuyas cortezas trepa un lagarto. Princesas con miriñaques finos como telarañas, harapientos y preciosos, buscando entre la hierba la gema que protege del amor. Princesas con hilos dorados, con cabellos de calcedonia y pirita, vagando por un bosque amargo, iluminado por nubes rosas. Princesas contemplando sus labios tristes en un estanque verde esmeralda en el que un unicornio derrama una lágrima. Princesas que matan a su osito con pasteles envenenados y se hacen un anillo con un mechón marrón de su piel, cortado con una tijera negra. Princesas con mejorana mustia entre sus dedos pálidos, con ojos azules, un poco separados, con senos esféricos y temblorosos, con manos sin líneas en las palmas, con la suerte perdida, con la vida terminada. Ballena lo veía y lo sentía todo, las historias eran su droga cotidiana. Contemplaba cómo su amiga se pintaba los labios, cómo se maquillaba los ojos, cómo se teñía las mejillas, en la esquina de un espejo, con unos polvos rosas. Puia era todo lo que ella querría haber sido. La amaba con entrega y devoción, como a una madre, incluso más. Pero nosotras resolvíamos de forma más sencilla el problema de Puia y la calificábamos simplemente de melindrosa. Sin embargo, no podíamos evitar imitarla sin querer y también nosotras birlábamos en casa un trocito de barra de labios o el resto de un lápiz de ojos y nos pintarrajeábamos de cualquier manera. Sobre todo cuando salíamos al campo para bailar nuestras canciones preferidas, que cantábamos y bailábamos todas juntas, olvidando nuestras rencillas.

Zapateábamos en el sembrado hasta el atardecer, cantando «Eres una flor, eres una azucena / eres el perfume de mi pena». Después de cantar en serio durante un rato, empezábamos a hacer tonterías y a maullar versos ridículos: «Te enviaré desde lejos / un ataúd y un poco de incienso». Lo mismo hacíamos con Veo tres príncipes a caballo. Cuando se preguntaba a la joven prometida «¿Y qué le puedes ofrecer?», nosotros, los príncipes, respondíamos: «Un hombre con la cabeza rota / que sobre el mar flota / la-la-la…»

Pero mi mejor amiga, a la que no olvidaré jamás, fue Ester. Volví a encontrarme con ella hará un par de años. Caminaba por Magheru, a la altura del restaurante Gradiniţa, cuando me detiene una mujer como un caballo, enterrada bajo un montón de zorros, con un sombrero con un velo verde y un ramo de lilas en una mano enguantada. Al principio no la reconocí, pero al contemplarla mejor distinguí sus rasgos inconfundibles, los labios finos y prominentes, la nariz aguileña, las miradas triunfantes, leoninas, que irradiaban unos ojos separados, la frente abombada. Una lástima que se hubiera teñido de negro el cabello que en otra época se rizaba en anillos como de cobre, rojos como el fuego, sobre su espalda pecosa. Ahora se parecía un poco a Barbra Streisand.

Fuimos a un café situado frente a la iglesia italiana. Curiosamente, parecía no recordar absolutamente nada de aquella semana sobre la que quiero hablarte: había olvidado a Egor, había olvidado a las chicas (solo se acordaba vagamente de Puia), había olvidado el gran esqueleto. Cuando mencioné a REM y a las Reinas, cambió de tema y empezó a hablarme de su inmediata partida a la tierra de su familia, a esa lengua de tierra junto al Mediterráneo. Os dispersaré entre todos los pueblos de la tierra. Nos besamos al despedirnos, le di mi dirección y me quedé toda la tarde con una sensación de desmayo. No me ha escrito nunca. Pero aquella noche, después de vagar horas enteras por calles rojas y brumosas, tuve el sueño del que ya te he hablado y luego me sangró el lunar. Yo velaba a Ester, que había muerto y yacía sobre una mesa negra, dentro de un ataúd sin tapa. Zarcillos de cabello rojo colgaban del borde del ataúd de madera basta. Su rostro estaba pálido y tranquilo. Incluso sus pecas habían palidecido. Sus ojos verdes miraban fijamente al techo. Yo sollozaba, me había embargado una tristeza desgarradora, como si todo lo que era bueno para mí se hubiera acabado y me hubiera quedado sola en la ceniza. La contemplaba con los ojos llenos de lágrimas cuando observé que mi amiga estaba embarazada. Bajo su vestido de encaje blanco, su vientre abombado parecía sufrir contracciones. El niño está aún vivo ahí dentro, me dije, quizá llegue incluso a nacer. Y en aquel momento la tripa de Ester se vació de golpe y una forma indefinida empezó a nadar bajo los pliegues del vestido, dispuesta a salir a la luz. Una esquina del vestido se hizo a un lado y desveló hasta la pantorrilla las piernas blancas y puras, como de hielo, de la muchacha, y sacó a la luz las garras largas, articuladas, con las que aquel ser ensangrentado tanteaba a su alrededor. Estaba paralizada por el espanto hasta que una mano grande y pálida se aferró de repente al borde de la chaqueta del traje color azafrán que yo llevaba. Entonces me aparté del féretro aullando y dejé en la mano de aquel terrible ser mi chaqueta desgarrada. Me desperté con las sábanas mojadas y encendí la luz.

Pero Ester, en la época en que íbamos a casa de la tía Aura, era una chiquilla alegre y muy espabilada que leía todo el tiempo unos libros gruesos mientras se tostaba al sol en el remolque del viejo camión. Cuanto más se bronceaba, más se llenaba de pecas. Tenía pecas por todo el cuerpo, por toda su piel pelirroja, pero sobre todo en los hombros, en la espalda, debajo de los ojos y alrededor de la nariz. A veces hablaba en un tono un poco nasal y tenía tendencia a hundir la cabeza entre los hombros, pero estos defectos se veían compensados por la belleza de su cabello dorado-púrpura que le llegaba hasta la cintura, por la mirada verde de sus ojos inteligentes y juguetones. Ella dibujaba complicadas rayuelas en forma de caracol, con cuadrados espléndidos y casillas peligrosas que, arrojando el trozo de cristal y balbuceando rápidamente unas extrañas palabras —«ánkara-nánkara-astarot-tsefirah-sabaot-sabaot-sabaot»—, teníamos que recorrer saltando sobre una pierna. ¡Ay de aquella de nosotras que cayera en un cuadrado nefasto: sentía entonces que la devoraba una densa llamarada o que quedaba atrapada por una capa de hielo! La pobre Garoafa berreó toda una tarde retenida en una casilla de esas, golpeando con los puños unas paredes invisibles. Pero las que se detenían en la casilla buena encontraban en ella una flor desconocida o una fotografía en color que representaba las aguas de un golfo lleno de yates, o una muñeca de plástico, pequeña y delicada, con pelo de verdad.

Comprenderás que, frente a la monotonía de mi casa, donde no tenía ninguna amiga, donde vagaba sola como por el interior de una cripta, los viajes hasta la casa de mi tía y los días que pasaba allí, me parecían unos sucesos milagrosos. El jardín, el camión, Gigi y Chombe, Marcel y las chicas, el campo infinito y el arco del cielo sobre él, azul y con un rebaño de nubecitas, hacían que esos días destacaran sobre el fondo de mi vida como unas perlas aisladas. Una vez al mes, una vez cada dos meses, durante varios años, mi madre me anunciaba por la mañana que íbamos a casa de la tía Aura. Antes de empezar con la historia propiamente dicha, antes de hablarte de los alargados y de nuestro juego y nuestros sueños, quiero contarte algo más sobre otro rincón del jardín.

A veces, cuando iba adonde la tía Aura, podía ocurrir que las chicas aparecieran más tarde, que Marcel estuviera jugando al fútbol, en la calle, y que el jardín estuviera soleado y silencioso. Permanecía un rato sola en la cabina del camión, con Zizi y Gigi (una vaga de tomo y lomo que bostezaba con una boca como un granero) y, cuando me aburría, algo me atraía hacia el centro de horror del patio. Iba a la cocina y cogía un cuchillo grande de filo dentado, de esos para cortar el pan. Así pertrechada, me dirigía al retrete. De lo contrario, no habría entrado allí por nada de este mundo. Ni siquiera satisfacía ninguna necesidad, prefería aguantarme hasta volver a casa. Pero aquella cabina minúscula, de tablones encalados y recubierta con cartón embreado como la garita de un guardián, me fascinaba tanto como me horrorizaba. Estaba precisamente en el centro del patio, a unos cincuenta metros de la casa, al fondo de un camino empedrado. Su perfil al anochecer, negro sobre un cielo púrpura, era siniestro. Solo al mediodía me atrevía a entrar en él. Abría la puerta deslizando un cerrojo primitivo de madera y me estremecía de espanto: las arañas vigilaban en todas las paredes. Inmóviles, gordas, de cuerpo esférico y patas filiformes, tan largas como mis dedos, arañas de todas clases, de todos los colores de la putrefacción, del verdoso al marrón y al rojo… Sabía que me miraban fijamente con sus ojos invisibles y que estaban listas para saltar todas a la vez sobre mí. En telarañas apretadas, densas, de un blanco lechoso, vigilaban otras, con patas cortas y musculosas, mucho más grandes que las que corrían. En un clavo torcido y oxidado estaban colgadas las páginas rotas de un libro con figuras geométricas. En el agujero negro que bostezaba en el asiento pulido bullía también una vida larvaria. Como gesto de máxima valentía, cerraba la puerta y corría el cerrojo. Permanecía en pie, alerta. Rayos de luz amarilla penetraban entre los tablones de la puerta y delataban en la penumbra los cientos de moscas que zumbaban rápidamente en aquel espacio infernal. Si entraba una avispa, el zumbido se volvía verdaderamente insoportable, la sensación de peligro era máxima. En cuanto notaba el más mínimo movimiento entre mis enemigos, me volvía loca y empezaba a despedazarlos. Golpeaba las paredes con el cuchillo y arrancaba aquellas patas filiformes, que seguían agitándose incluso en el suelo. Las arañas huían cojeando, con movimientos ondulantes, las de las telarañas se retiraban a una velocidad insospechada hacia el interior de sus nidos en los rincones, y yo, temblando, las remataba a diestra y siniestra hasta que ya no se veía ninguna por las paredes. Solo entonces abría el cerrojo y me precipitaba al exterior, dominada por la idea obsesiva de que había hecho algo malo y de que ellas se iban a vengar. La misma imagen me venía una y otra vez a la cabeza, sobre todo por la noche, al acostarme: cuando apague la luz, se abalanzarán todas sobre mí, se enredarán en mi pelo, correrán por mis brazos, intentarán colarse por la nariz y por la boca con sus patas peludas, con sus garras curvas, con sus vientres blandos. Me envolverán por completo con sus hilos blancuzcos y, por debajo, miles y miles, empezarán el banquete. Para espantar esta imagen, cerraba los ojos con todas mis fuerzas y hacía gestos con las manos para que se alejaran. Pero seguía sintiendo sobre mi barriga, sobre mi pecho, sobre la cara, su horrible carrera. Cuando permanecía con los ojos abiertos en la oscuridad, atenta a cualquier ruido, tenía la sensación de que una araña grande y pesada estaba en el techo, justo encima de mi cara, y que descendería bruscamente por un hilo brillante, con sus patas extendidas. Entonces me incorporaba y llamaba a gritos a mi madre, que venía corriendo desde la otra habitación y encendía la luz.

Normalmente estábamos en casa de mi tía hasta las siete o las ocho, hasta que oscurecía. Algunas veces, cuando nos acompañaba también mi padre y se encontraba en casa el tío Ştefan (que estaba casi siempre «de viaje» porque era chofer de largo recorrido), nos marchábamos más tarde, hacia las once de la noche. Nos acompañaban todos a la puerta con una alegría exagerada, animada también por el vino, y bruscamente nos veíamos solos bajo las estrellas amarillas, relucientes, volcadas sobre la calle negra. A aquella hora las estrellas eran lo único real, concreto, en el mundo entero. Mis propios padres, entre los que caminaba cansada, con la cabeza reclinada hacia atrás, eran tan solo unas sombras en medio de la oscuridad absoluta, cálida, aterciopelada. Sus ojos recibían pequeños reflejos brillantes de las estrellas. No se oía nada más que el ladrido de los perros en la lejanía. Esperábamos un rato largo en la parada del tranvía hasta que, después de muchos vagones para el personal o tranvías con otro número que el esperado, nuestro trasto se acordaba de pasar. Papá, que subía el primero, me cogía a mí, luego subía mi madre y nos sentábamos en los incómodos asientos. Nos balanceábamos así un tiempo infinito hasta llegar a casa, con el martilleo rítmico de los asideros de madera pulida que se golpeaban a izquierda y derecha con el techo, bajo la luz mortecina de una bombilla amarillenta. Normalmente me quedaba dormida en mi asiento y solo me despertaba cuando bajábamos en la parada de Obor. íbamos andando por Moilor y ya estábamos en casa, en el vestíbulo pequeño y familiar. Allí teníamos que sacudirnos el polvo estelar del pelo y de los hombros. Luego teníamos que acostarnos.

… Y tú, Ivonne de Galais… Te has callado y has alargado el brazo hacia la mesilla para coger una manzana. Mientras hablabas, tenías la mirada perdida en el vacío. Mis ojos se han acostumbrado a la oscuridad y puedo ver tu rostro, tu hombro y el brazo derecho como si fueran destellos blanco-azulados. Comes la manzana, te abrazo por los hombros y tú te acurrucas más aún. Siento tus costillas y tu cadera junto a mis costillas y mi cadera. No digo nada, como cuando sales del cine y te parece de mal gusto empezar a comentar la película con el amigo que te ha acompañado. Simplemente dejas que sedimente, imagen a imagen, el azul tísico de Los bosques de abedules, el gris perla de Los duelistas, el rojo sucio de Las velas, el verde y el sepia y el marrón de Cinco noches. Sí. Me gusta escucharte, poeta mía. Recuerdo que en aquella fiesta en la que nos conocimos te dije para hacerme el importante: «No creo que haya en este mundo nada más ridículo que ser poeta». Y tú me respondiste de inmediato, como si hubieras pensado largamente sobre ello: «Sí que hay: ser poetisa». Y la primera vez que estuve en tu casa me enseñaste los recortes de revistas, sobre todo de Luceafărul. Qué pena que tan solo me los enseñaras y que no me dejaras leerlos. También me enseñaste tu librillo de versos, publicado por Albatros hace siete años. No tengo ni idea de qué tipo de poemas escribes, pero te juro que me interesaría leerlos. Eres implacable respecto a este asunto. Si no llevo a cabo la investigación por mí mismo, nunca conoceré nada acerca de tus versos. Me preguntas si me has aburrido. No sé si en tu voz hay coquetería o verdadera preocupación. Lo tomo como un coqueteo y te respondo con brutalidad: «Me has matado de aburrimiento».

Luego me echo a reír mientras creo que tú tan solo sonríes, con un trozo de manzana que abulta el moflete que yo veo. Sigue hablando, mierda. Poco a poco ese desasosiego contrariado, ofendido (y… ya está: todavía amoroso, ¿por qué demonios no reconocerlo?) que me ha dejado mi propia historia con la bulldog —creo que voy a decidirme por este nombre, me gusta mucho más que Bloody Mary y le va que ni pintado, es como si la viera: una bulldog— empieza a desaparecer y mañana espero pensar mucho más en REM, sea lo que sea, que en ese Popeye de tres al cuarto. Ellos pronuncian Papai, tapándose, creo, la nariz. En cualquier caso, en la última época yo había perdido el norte respecto a este asunto. Cuando decían algo en la televisión sobre la flota rumana —esos chicos estupendos que llevan el pabellón nacional hasta los meridianos más lejanos—, tras la imagen bamboleante de un velero que cortaba las olas y de un ancla que se dejaba caer, yo esperaba que la secuencia se interrumpiera bruscamente y que apareciera en primer plano, entrevistado sobre las toneladas de mineral y con el recuerdo de sus seres queridos en mente, el marinero en cuestión. En su lugar aparecían, sin embargo, viejos capitanes de barco con pinta de contables que contribuían a calmar los latidos de mi corazón. Qué pena, qué pena, pero yo no puedo, seas quien seas, por muchos REM que hayas visto, por muy inteligente y sensible que seas, no puedo, Nana, quedarme contigo. Algunos centímetros, unos cuantos años, unos cuantos miles de lei de diferencia, cosas así separan a la gente. Intento acercarte a mí todo lo posible. Pero nuestra piel, que brilla ligeramente rugosa en la oscuridad (sí, mon amour, Hiroshima), rechaza la cercanía. Tú ya no tienes nada femenino en ti. Tú eres un mapa. El mapa de una isla esmeralda surgida del océano. He recorrido con el dedo la pendiente abrupta del acantilado, el camino que atraviesa la hierba llena de flores y he llegado hasta el bosque reverdecido. Por el suelo, mires donde mires a través del bosquete, no ves otra cosa que flores de azahar mustias. Cada una de las ramas de ese bosquete impenetrable tiene cientos de espinas venenosas. Entre ellas, las frutas del bosque, unos granos rojos y morados con una piel extremadamente fina, se arraciman en las ramas, picoteados por pájaros menudos y verdosos. Menos mal que yo soy tan solo un espíritu, solo psique, porque la carne no puede pasar por aquí. Incluso la mente sale, si es que puede, cubierta del rocío negro de la nostalgia. Cuando partes del laberinto perfumado, ves unas rocas abruptas, un camino estéril que te lleva hacia un peñasco. A sus pies, la boca de una gruta. Has roído la manzana hasta el corazón. Te levantas y depositas los restos, delicadamente, en el cenicero. El aire de la habitación es frío como el hielo, así que inmediatamente, temblando, metes los brazos desnudos debajo del edredón…

Aquel verano, como te decía, apareció el cometa en el cielo. No me despegaba de la ventana, lo contemplaba hasta que ya no era capaz de verlo, seguía sus seis colas desplegadas hacia el levante. A finales del mes de junio, mi madre se puso gravemente enferma, su úlcera de duodeno se perforó y una ambulancia se la llevó de noche. Recuerdo cómo gritaba y cómo se retorcía en la camilla. Me resultaba extraño e indecente que una mujer hecha y derecha aullara de dolor como una niña. Y toda la cama llena de sangre… Durante dos o tres días deambulé por casa en un estado de aturdimiento y de ensoñación hambrienta, ya que mi padre, que estaba en el hospital, no podía ocuparse de mí. Una mañana muy fría nos fuimos los dos (y con Zizi, los tres) a casa de mi tía Aura. Esta vez mi tía nos estaba esperando, había ido al hospital y mi madre, debatiéndose aún entre la vida y la muerte después de la operación, le había pedido que me llevara con ella una temporada. Así que mi padre acarreaba en una bolsa mis mudas, dobladas de cualquier manera. Cambiamos de tranvía en la plazoleta y entretanto compramos una caja de caramelos mentolados y otra de caramelos Vinga para mi primo. Hacia las diez llegamos adonde mi tía Aura. No sé qué había sucedido, pero hacía mucho que no íbamos por allí. De hecho, la última vez había sido en otoño, antes del comienzo de las clases. Yo tenía casi doce años y, cuando salí al patio de la mano de mi primo Marcelino, que me torturaba contándome por enésima vez la película Los mongoles, me pareció que todo estaba cambiado. Otra luz, otra sustancia parecía bañarlo.

Con Gigi colgada del cuello como un zorro vivo, bajamos de nuevo el picaporte del camión como si fuera el de una puerta normal y corriente. En la cabina flotaba el mismo olor íntimo, lleno de voluptuosidad, pero el volante estaba partido, le faltaba un trozo de unos diez centímetros, y al asiento, desgarrado en varios sitios, le habían arrancado la esponja. Una ventanilla lateral estaba rota y aquel mundo minúsculo no se cerraba ya sobre sí mismo. Volví a entrar en casa y me puse a coser unos retales de colores. Desnuda, deforme, Zizi yacía boca arriba junto a mí.

La llegada de las chicas, a las que Marcel había ido a buscar entretanto, me provocó otra sensación: rara, dolorosa, incomprensible. Era como si hubiera hibernado durante un tiempo y me hubiera despertado ahora en un mundo diferente a ese en que me había quedado dormida. Y lo que más me perturbaba era que las diferencias no eran radicales sino de matiz, y eran precisamente esos matices, eso que no podía desenredar, lo que se confundía y giraba en mi cabeza. No habría podido decir, por ejemplo, en qué se diferenciaba, digamos, la tonta de Garoafa de la Garoafa de antes, aparte del hecho de que había empezado a fumar. ¿Sería el asqueroso tufo a tabaco lo que me había enajenado de esa forma? Las gemelas habían crecido bastante y resultaba graciosa su sonrisa simultánea, medio bobalicona, medio irónica, bellamente iluminada sin embargo por sus dientes blancos y sus ojos grandes, castaños. Puia, seguida siempre por su sombra hipotiroidea, me dejaba ahora indiferente a pesar de los reflejos irisados que brillaban en todo lo que llevaba, en los broches con trocitos de cristal violeta, en los pendientes de oro con esmeraldas, en la crucecita colgada del cuello. Pero cuando, más tarde, apareció Ester en una bicicleta pequeña de señora, de un rojo brillante, de esas que acababan de aparecer, sentí una punzada en el pecho y, en vez de correr a abrazarla como solía hacer antes, me porté con frialdad, con una cierta indiferencia. No podía hacer otra cosa, algo en mi interior me impedía mostrarme natural y me sentía triste. También ella parecía evitarme, tal vez se sentía tan cohibida como yo; sin embargo, nuestros ojos se buscaban y, cuando se encontraban, se volvían rápidamente hacia otra parte. Las gemelas y yo éramos las únicas que habíamos traído nuestras muñecas. Sus muñecas también se llamaban Ada y Carmina, pero la Ada de trapo era de Carmina y la Carmina emperifollada era la de Ada. Eran unas muñecas grandes, casi tan altas como sus dueñas. A Garoafa se le había puesto una mirada lánguida, a medio camino entre un mono y Marilyn Monroe, y escupía con gesto hastiado. El año anterior había traído a la fea de Florina, su muñeca de ojos saltones, pero ahora nos miraba con desprecio. Puia no había jugado nunca con muñecas, y Ballena, que había tenido una negra, la había olvidado probablemente por ahí. Zizi se aburría con nosotras. Apretujadas en el remolque del camión, hablábamos sobre películas y vestidos, y nos pavoneábamos cada una como podíamos. Nos hacía gracia que a la Gorda le hubieran crecido unas tetas como de mujer. Sabíamos que también a nosotras tendrían que crecernos pero en alguien de nuestra edad, sobre todo en Ballena, resultaba sorprendente y un poco ridículo. Como las chicas empezaron a decir bobadas entre risitas, bajando la voz, le tapé las orejas a Zizi. También nosotras habíamos empezado a preocuparnos por el eterno problema del parto. En líneas generales, sabíamos más o menos qué pasaba, algunas ya habían visto a sus madres embarazadas, pero los detalles se nos escapaban por completo. Sabíamos que, por ser niñas, algún día tendríamos que traer bebés al mundo pero no podíamos imaginar cómo íbamos a conseguirlo. Coincidíamos todas en que al final tendrían que rajarnos la barriga y empezábamos a lamentarnos de nuestra suerte. Pero cambiábamos de tema y pasábamos a conversaciones más infantiles, incluso intencionadamente infantiles, porque nada nos gustaba más que hacer melindres como gatitas.

Por la tarde, después de que las niñas se hubieron marchado hacia sus casas atravesando el aire purpúreo, lleno de cometas, miré en dirección al campo, que empezaba a colorearse con el ocaso, y vi cómo se acercaban. Eran dos siluetas increíblemente largas y delgadas. Parecían, desde lejos, unos hombres con zancos o unos fantasmas frágiles y lúgubres. Era como si nacieran de la bruma del campo que se espesaba cada vez más en torno a ellos confiriéndoles, a medida que se avanzaban, un aura de realidad. Cuando llegaron al fondo de la calle pude verlos bien: era una mujer bastante mayor que caminaba del brazo de un joven apoyado a su vez en un bastón. Su altura era indiscutiblemente monstruosa. No podían medir menos de dos metros veinte cada uno. Pero eran increíblemente frágiles, parecían a punto de derrumbarse a cada movimiento, como castillos de naipes. Sus huesos eran probablemente tan finos como cerillas, y en los huesos no tenían más que piel, sobre la que flotaban lentamente unas ropas demasiado cortas. Cada ráfaga de viento difuminaba sus rasgos. Sus rostros, como perdidos entre nubes, eran idénticos, enfermizos, pálidos. La mujer tenía el pelo teñido de un violeta antiguo, y el del joven, seguramente su hijo, era de un rubio blancuzco. Era aún más delgado que la madre y cojeaba de una pierna. Sus pies y sus caderas debían de ser largas, fuertes y delgadas como las patas de las langostas e igualmente lentas. Era cada vez más evidente que se dirigían hacia la puerta de nuestra casa, hacia al poste al que me había arrimado yo, asustada. Eran más altos que todos los cercados. Cuando se situaron a mi lado, me di cuenta de que les llegaba exactamente a la cintura. Corrí adentro espantada porque aquellos dos se habían detenido delante de la valla y miraban por encima. Chombe ladraba ahogándose y gruñendo. Entré en la casa y me arrojé en brazos de la tía Aura, que fue a abrir. Yo me escabullí en la habitación en la que dormiría toda la semana y que estaba separada del comedor por una puerta acristalada. En la penumbra de la habitación, pegué la oreja al cristal frío y estrecho de la puerta que, con relieves de flores y arabescos, parecía helado. La tía Aura invitó a entrar a los alargados (como iba a descubrir que les llamaban los vecinos y como les llamaría también yo) y conversaba con ellos gritando e interrumpiéndoles con alegría, como era su costumbre. Para ella, la educación consistía probablemente en una exteriorización extrema de los sentimientos que el otro puede asumir como dedicados a él. Mi tía era de esas que te atiborraba en la mesa hasta que no podías más, insinuando que «no te gusta su comida» si no querías un plato más y amenazando con que «se va a enfadar». De esas que no te dejan marchar de su casa sino después de unos penosos regateos y de hacerte volver del hall unas cuantas veces. Mientras tanto, te escrutaba con sus ojos de ardilla, vivos y curiosos y no se daba por vencida hasta sonsacarte incluso lo que no habrías soñado contarle jamás. Aquella mujer interminable rezongaba también algo de vez en cuando, en un tono apagado. Entendí que había venido a casa de la tía Aura para la última prueba de un vestido que mi tía, modista a domicilio, le había confeccionado a la mujer del cabello violeta. Cuando notaba que una oreja estaba demasiado fría, me daba la vuelta y pegaba la otra al cristal. Sabía que por el otro lado, en el comedor, la ventanita tenía una cortina de tela mate, rugosa, así que no podían verme. Al cabo de un rato, la conversación se extinguió y empezó a oírse, intermitentemente, el traqueteo de la máquina de coser. Entonces me tumbé en la cama y me puse a leer El comandante de la ciudad de nieve. El aire de la habitación se había tornado púrpura cuando, al levantar los ojos de mi libro de lomo rosa, lancé un alarido: el joven alargado había abierto suavemente la puerta y ahora avanzaba despacito, como un sonámbulo, hacia mí. Su coronilla rozaba el techo y en su rostro levemente asimétrico, desvaído, arrugado, se ensanchaba una especie de sonrisa como el tajo de una operación. Los ojos eran grandes e incoloros, rodeados por una sombra negra como si tuvieran rimel. Cuando vio que, acurrucada en la esquina de la cama, yo gritaba, se detuvo e hizo amago de salir. Pero tropezó con la tía Aura, que había venido corriendo y que, a su lado, parecía una niña de siete años. Ella, una vez calmados, hizo las presentaciones. Curiosamente, tras unos diez minutos de conversación, el joven ya no me resultaba tan monstruoso o, mejor dicho, su monstruosidad había comenzado a resultarme benévola y digna de atención, como la de una camello del zoológico. Se había visto obligado a venir a mi habitación porque su madre estaba probándose el vestido en la otra estancia. No era tan joven, tenía veinte años y se llamaba Egor. Vista de cerca, en el aire púrpura de la habitación, su cara brillaba por la multitud de pelillos rubios de una barba de varios días. Tenía unas mandíbulas trágicamente prominentes, una nariz grande y recta, de cartílagos visibles, verdosos, bajo una piel seca, sus ojos eran claros. En cuanto nos quedamos a solas en la habitación, se mostró muy cordial conmigo. Era evidente que estaba acostumbrado a asustar en un primer momento, pero que sabía luego hacerse al menos soportable. Estaba sentado en una silla, delante de mí, como un insecto grande y ligero, balanceándose lentamente. Me contaba en voz baja que vivía con su madre en la torre en medio del campo, esa que había visto desde la copa del guindo.

Cuando abrí por primera vez la boca y le dije que conocía el edificio, se animó como si le hubiera hecho un regalo. Y, sin preámbulo alguno, empezó a contarme una historia muy extraña: «Mis padres son de origen georgiano —me dijo—. Mi tatarabuelo vino a Valaquia en tiempos de Hangerliu, un señor feudal chiflado. Comerciaba con satén en Giurgiu. Cuando el Danubio se helaba y se volvía como una hoja de pistacho a través de la cual se veían en el fondo los siluros y la carpas, pasaba al otro lado con todos sus bártulos e instalaba el tenderete en un viejo caique dorado, abandonado durante mucho tiempo en la orilla. Con los brillos de sus telas, pesadas y preciosas, impresionaba a los turcos, a los serbios, a los albaneses, a los búlgaros y a algún que otro transilvano despistado. Le compraban incluso los venecianos y los embajadores de Italia que, alabado sea Dios, tenían también sus propias sedas bordadas con maestría. En mi familia se cuenta que a este antepasado lo mató con su puñal el mismísimo pachá de Giurgiu, después de la terrible matanza de Hangerliu, que había conseguido hacer llegar una carta, a través del comerciante de telas, a su tío de Tesalónica; en ella le pedía doscientas cincuenta bolsas con dinero para pagar los diezmos al turco que había venido con el mensaje y salvar así el pescuezo. Mi bisabuelo, en primer lugar, puso a su familia a salvo, en Silistra, donde vivían algunos familiares, y después, acompañado por un solo capataz, un hombre de confianza, partió una noche por el Danubio helado, con las pezuñas de los caballos envueltas en fundas de cáñamo. De entre la niebla surgieron de repente unos turcos, cimitarras en ristre, que los capturaron junto a la orilla. Durante cincuenta años sus descendientes vagaron por Bulgaria y por el banato serbio, llegaron hasta Alemania comerciando, por lo que yo sé, con cristal. Mi madre, mi hermana y yo somos descendientes de un nieto del comerciante que, cuando llegó al Adriático, embarcó en un velero veneciano que se dirigía hacia Marruecos para llevar objetos de cristal y regresar cargado de canela. Allí, en la costa bereber —y más abajo, hasta Ghana, de donde venía el marfil amarillento—, pululaba una mosca transparente como el cristal, de alas azules, y que picaba como un demonio. A consecuencia de las picaduras de esta mosca, a los marineros empezaban a crecerles los huesos, a aumentarles las palmas y las plantas de los pies, a alargárseles la nariz y las orejas. Desde entonces, toda nuestra familia es así, de huesos finos que se rompen en cuanto sopla el viento. Pero también de esta mosca hemos heredado nosotros un don, un don de valor incalculable, del que quizá te hable más adelante. El marinero, el nieto del comerciante de satén, atacado por la enfermedad de los huesos, se hizo monje a los cincuenta y ocho años y murió hacia 1850 en un monasterio de la isla de Samos, gobernada entonces por el bey Ion Ghica. Los cuatro hijos del marinero fueron palicari16 bastante famosos. El mayor fue Macri Iani, que se entregó voluntariamente al príncipe Ghica y que llegó a ser uno de los piratas más conocidos entre los más de seiscientos que saqueaban el Archipiélago, desde Leros hasta Esmirna. Macri Iani murió de tuberculosis en prisión. Dicen que, en rigor mortis, medía dos metros ochenta centímetros. Los gemelos medianos, asimilados a los griegos con los nombres de Spiru y Zotalis, abrieron una cantina en Chipre. Se enriquecieron gracias a unos turbios negocios, empezaron las disputas entre ellos y, en 1880, Zotalis apuñaló a Spiru, se quedó con su esposa y su hacienda, lo cambió todo por oro y joyas y huyó a América. Algunos individuos extremadamente altos y frágiles deben de deambular aún por occidente medio, de donde se recibieron las últimas noticias a finales de siglo. Hemos roto prácticamente toda relación con esta rama. Nosotros descendemos directamente del hijo menor del marinero, que regresó a Giurgiu, donde su bisabuelo había comido pescado más por necesidad que por voluntad. El año 1877 lo sorprendió en Bosnia, donde regentaba una abacería en un pueblo de ciribiros. Le requisaron la tienda y Marcos se vio como cocinero de campaña en el reducto de Grivita, bajo el fuego de rusos y rumanos. Un obús impactó en las calderas, fue hecho prisionero por los rumanos y acabó con una pierna amputada en el Lăzareto de Giurgiu. Se repuso tras seis meses de agonía y cuatro esquirlas en el pulmón derecho, pero Marcos no atravesó el Danubio sino que se instaló en el Reino de Rumania y puso en marcha una tasca en Chirnogi, junto a Oltenita. El sitio era bueno así que sus ganancias crecieron y el nombre “Donde el cojo” siguió siendo tan famoso que, hasta 1937, existió una cervecería en Oltenita de idéntico nombre, sin que tuviera ya relación alguna con Marcos, que llevaba mucho tiempo criando malvas. Cuando se enriqueció lo suficiente, Marcos dejó la taberna al cuidado de un sobrino por parte de su mujer (una rumana rubia cuyo daguerrotipo aún conservamos) y, a pesar de su pierna de madera, se convirtió en un arrendador tunante pero muy trabajador. Arrendó once haciendas de una sola vez y se las cedió a otros en subarriendo. Murió en 1906 y sus hijos, que se enrolaron en el ejército de caballería, llegaron a ser oficiales y combatieron en la Primera Guerra Mundial. En realidad solo uno, Dumitru, llegó a luchar, pues Mihai murió de fiebres tifoideas antes de alcanzar la línea del frente.

Dumitru es nuestro abuelo. A los diecinueve años, edad a la que dejó de crecer, medía dos metros y cuarenta y ocho centímetros, y era el hombre más alto de aquí. Una vez acabada la guerra, se estableció en Bucarest y se entregó al juego de cartas, a las fiestas con champán y a las francesitas que colgaban sus tarifas en las puertas de los hoteles de lujo donde se instalaban. Al cabo de unos meses había fundido toda la herencia de Marcos. Siguió merodeando por las tascas durante una temporada, cada vez más deteriorado y embrutecido, hasta que desapareció de la ciudad y del recuerdo de todo el mundo. Regresó en 1923 con el circo Vittorio, uno de los tres circos más importantes que recorrían el país por aquel entonces. Sidoli, el más grande, se distinguía por su gigantesca carpa de bandas de seda azul y blanca, culminada por banderolas del color verde del limonero. Luego estaba Le Magnifique, de los hermanos Borzoff, con famosos funambulistas y con la contorsionista Tudoriţa, capaz de coger con los dientes, doblándose simplemente hacia atrás, una rosa colocada entre sus talones. Estos dos circos tenían también animales salvajes o insólitos, pero el único circo del hemisferio boreal que podía presumir de una soberbia pareja de dragones era el circo Vittorio, cuya cúpula de ámbar reluciente se levantaba también de vez en cuando en la periferia de Bucarest. Mi abuelo actuó desde el primer espectáculo del circo cuando este regresó de una gira por Polonia y Lituania. Era presentado como el hombre más alto del mundo y aparecía en escena, serio y silencioso, con un amplio manto de cachemir azulado. Lo rodeaban unos enanos monstruosos, de piernas torcidas y cabezas como botijos, que hacían malabares con naranjas y acrobacias sobre la arena llena de boñiga. Dumitru (bautizado ahora Signor Firelli) causaba sensación al despojarse de la capa con un gesto majestuoso. Se quedaba con una especie de delantal minúsculo. Flaco como un faquir e increíblemente largo, estaba tatuado de pies a cabeza con las más extrañas imágenes que puedas soñar. La tinta y los polvos de colores incrustados bajo su piel, pinchazo a pinchazo, lo habían transformado en una crónica viva del mundo con todo lo que este ha sido, es y será. Sus tatuajes parecían circular bajo la piel, sus contornos se confundían: en una de sus actuaciones, si lo contemplabas con unos prismáticos, podías ver, en el hombro derecho, una lluvia de estrellas dibujada con tinta sangrienta; en el espectáculo siguiente la encontrabas en el vientre, pero esta vez con tinta verde. Al loro con un diamante en la frente que, con las alas extendidas, adornaba hoy sus omóplatos, lo veías mañana subiendo hacia el cuello y la barbilla y, pasado mañana, flotando fantasmagóricamente sobre la cabeza del Signor Firelli para desaparecer a continuación como un leve vapor. Mi abuela fue una joven finlandesa que trabajaba en el circo como cocinera. Al poco de dormir con Dumitru una noche tras otra, entre la paja de los caballos, ella descubrió su don de adivinar el futuro según los cambios de los imbricados dibujos de su piel.

Una noche de agosto, cuando bajo la carpa del circo Vittorio se habían reunido más espectadores que nunca, sobre la piel del abuelo aparecieron, en medio de una jungla de tatuajes frenéticos, tres letras como grabadas con zafiros: REM. Por todo el pecho, como una premonición. Soile, mi abuela, que ya había tenido a mi madre en 1921 y la había dejado en Chimogi, al cuidado de la viuda de Marcos, siguió con el dedo el contorno mágico de las tres letras, empezó a reír y a llorar, a gritar y a revolcarse por el polvo del escenario, hasta que, doblando el espinazo hacia atrás, arqueó la espalda de forma tan terrible que incluso Tudoriţa, la del Le Magnifique, habría sentido envidia. Aquel fue también el año de la quiebra de don Vittorio Carrá, el propietario del circo. Soile murió en el monasterio de Dudu con un diagnóstico de demencia histérica; también Dumitru acabó su carrera de saltimbanqui cuando, unos meses después, mientras actuaba en invierno en Bráila, en un gran espectáculo, entre lanzadores de fuego, tragasables y forzudos con pieles de leopardo, rodeados de cadenas, fue destrozado en plena representación por los dos dragones, que se abalanzaron sobre él. Al parecer, aquellos fabulosos animales con hocico y cola de dragón, garras de león y alas de murciélago, habían visto, en los tatuajes siempre cambiantes de la piel amarillenta de mi abuelo, algo que provocó su ferocidad. Tengo por casa una carpeta llena de recortes de periódico que presentan al “Signor Firelli, el hombre más alto del mundo”. Una fotografía lo muestra estrechando la mano de Gogea Mitu, que a su lado parece casi un pigmeo. Creo que organizaron un combate de boxeo entre ambos pero no llegó a celebrarse. De este hombre extraño mi madre heredó dos cosas inesperadas: una crónica de familia (que acabo de relatarte brevemente ahora) y una colección de sellos. La crónica de Dumitru se remonta de hecho, en el pasado, mucho más lejos que mi historia. Comienza con unos sucesos poco claros que tuvieron lugar en un monasterio tibetano allá por el siglo XIII. De allí habría partido un novicio cuyos descendientes recorrieron Cachemira, hicieron negocios en Tashkent y Bujara, descendieron a Irán por la ruta de las alfombras, llegaron a Georgia, donde permanecieron casi noventa años y de donde partió el comerciante de la época de Hangerliu… Ya ves, es como si mi familia fuera una especie de dedo que avanza lentamente por un plano en busca de algo cuya existencia conoce, sin que este conocimiento se transmita de otra manera que, tal vez, la de la sangre. Hasta que mi madre descubrió el REM, ellos no fueron siquiera conscientes de estar buscándolo. Y se limitaron a vivir sus vidas, que instintivamente los encaminaban hacia occidente. Mi madre se casó muy pronto, en 1936, cuando tenía quince años y medía solo un metro noventa y cinco. Mi padre era una cabeza más bajo que ella y probablemente se casó por su colección de sellos, que debe de ser muy valiosa. Ni siquiera lo recuerdo demasiado bien, se llamaba Augustin Bach, era un sajón de la zona de Braşov y también él coleccionaba sellos febrilmente. Así son mis recuerdos de infancia: dos locos hojeando y hojeando las páginas negras de un álbum en las que se alineaban cuadraditos de papel de colores. Mi hermana nació en 1937 y yo en 1940.

Por culpa de los bombardeos permanecimos en el campo hasta 1945, año en que murió mi padre, de difteria, en el hospital en el que trabajaba como enfermero. Cuando volvíamos del campo los tres —mi madre, de luto, mi hermana y yo—, muertos de cansancio, del pueblo de Dudeşti, donde habíamos vivido en casa de una conocida de mi madre, acurrucados en el fondo de un carro, pasamos junto a un almacén que quizá hayas visto, ese que está junto a nuestra torre, construida después, naturalmente. Era un simple almacén emplazado, Dios sabrá por qué, en medio del campo. Al verlo, mi madre se sintió mal. Detuvimos el carro y ella bajó, dio varias vueltas alrededor del almacén, lo tocó tímidamente con la punta de los dedos, tanteó con infinita delicadeza el tosco candado de la puerta y, finalmente, se dejó caer de rodillas en los surcos enfangados, como si estuviera delante de un templo. A duras penas consiguió sacarla de allí el campesino que conducía el carro. Nosotros, los niños, estábamos asustados y llorábamos desconsoladamente. Al día siguiente mi madre se decidió: vendió un solo sello de su colección y con ese dinero construimos la torre. La construcción culminó en el 47, año en que nos trasladamos aquí. Mi hermana estuvo con nosotros hasta hace cuatro años, cuando se casó con un carpintero. Tiene un crío de unos tres años y medio, muy precoz. Desde entonces, mi madre y yo vivimos solos y vendemos un sello de vez en cuando para poder cubrir nuestros gastos.

Egor calló y siguieron unos segundos de silencio silbante, entonces me di cuenta de que lo había estado escuchando con la boca abierta y de que no había observado que la habitación estaba tan oscura que solo se veían las superficies brillantes: el borde dorado de un vaso que estaba sobre la mesa, los ojos púrpuras del alargado, las esquinas redondeadas de la estufa. La franja de cristal mate de la puerta se iluminó bruscamente con un amarillo sucio: mi tía Aura había encendido la luz en el otro lado. Ahora nos llamaba con su voz penetrante, gruesa: teníamos que admirar a la «señora Bach» con su fantástico vestido azul, estampado con ramas de cerezos en flor. Yo era una enana al lado de aquellos espantapájaros de gestos lentos que abarrotaban el comedor. Cuando se fueron, los acompañé hasta la puerta bajo el cielo estrellado, a través del canto de los grillos; la señora Bach se adelantó un poco y Egor se inclinó hacia mí y me invitó entre susurros a visitarlo en la torre al día siguiente. «Tú sabes escuchar —me dijo—. Pero depende de que sepas soñar». Y depositó en mi mano un pequeño objeto frío y bien pulido. «Colócalo debajo de la almohada y cuéntame mañana qué has soñado esta noche». Se alejó después hacia el fondo de la calle, donde el cielo azulaba y el cometa, una araña extática, deshilachaba su cola entre las estrellas. Entré en casa y miré el objeto que me había entregado Egor. Era una concha con forma de abanico japonés, de un nácar rosado que hacía aguas. La parte exterior tenía estrías y era de un color oscuro, el interior, liso y resbaladizo, era blanco como la tripa de un pez. Allí, en el interior cóncavo, alguien había grabado un dibujo con un objeto punzante: un círculo abierto que contenía cientos de caminos intrincados como si fueran intestinos. Hasta que me fui a la cama, estuve con la tía Aura, que recogía los hilos esparcidos por toda la casa. Marcel había vuelto de jugar más sucio que un gorrino y no se llevó una paliza porque estaba yo. Después de cenar, tomamos una pastilla de menta, un disco de chocolate con un relleno blanco y blando, de sabor a hierbabuena, luego mi tía preparó mi cama. Puse la concha debajo de la almohada y me quedé dormida. Solo por la mañana me acordé de la pobre Zizi, de la que me había olvidado por primera vez en mi vida y que había dormido en el suelo, debajo de la mesa.

Aquella noche soñé con un bosque. Un bosque verde-dorado en el que el aire de después de la lluvia brillaba como el sol. Un bosque matinal, cargado de rocío, lleno de mosquitas doradas, con miles de hojas transparentes y temblonas. Caminaba por aquel bosque que olía a leña rojiza, a taninos, a hongos, entre troncos jóvenes y largos, delgados, combados hacia el sol, tallos esmeraldas y dorados, ¡sin embargo, tan vivo! A través de las amplias cúpulas de las ramas se abrían ojos de cielo azul. De allí parecían brotar los silbidos de los pájaros que abolían el silencio… Por los cientos de senderos que atravesaban el bosque infinito se escurrían los erizos y correteaban las comadrejas. En los calveros, las ortigas y las campanillas violetas y el aro daban sombra al bullicio caótico de los zapateros. El bosque me parecía a mí, una niña perdida por sus senderos, la única realidad posible. Ya no recordaba nada más. Y tampoco lamentaba estar perdida. Encantada con el color de las mariposas, con el sabor de las frambuesas que me habían embadurnado la cara, avanzaba feliz, saltando, tumbándome para beber el agua ligera de alguna fuente cristalina. Aquel era mi mundo y deseaba no tener que abandonarlo jamás. Bajo una hoja manchada de barro encontré un caracol con el caparazón roto. Entre dos árboles, una araña extendía su tela llena de gotas de rocío. Una rama seca me arañó el brazo desnudo. No buscaba la salida, los caminos no eran caminos hacia algo, hacia otro sitio, sino la pura alegría de caminar a través de un Milagro.

A las ocho de la mañana, Garoafa me llamó desde la puerta con su voz gutural. Bebí la leche y salí al patio. Me remordía la conciencia por culpa de Zizi, a la que ahora había vestido, para compensarla, con sus mejores galas. Pero, mientras hablaba con las chicas —para las nueve se habían presentado todas—, volví a olvidarme de ella. Les hablé de Egor y de sus historias, y ellas, sorprendentemente, se mostraron ofendidas y farfullaron: «Déjate de tonterías con ese larguirucho» o algo parecido. Pero, como yo estaba tan entusiasmada, se decidieron por fin a contarme que a todas y cada una de ellas les había relatado, en su primer encuentro, todo ese embrollo de sus antepasados y de ese viejo almacén en el que sucedían quién sabe qué disparates. El «pequeño John», como le llamaban ellas, les había entregado sucesivamente, a todas, la concha tallada y todas habían dormido con ella debajo de la almohada. Pero no habían soñado lo que debían y el alargado las había mirado con desprecio. «Unos chiflados, su madre y él». Al escucharlas, empecé también yo a temerme su desprecio: ¿habría soñado el sueño adecuado? ¿Decepcionaría a aquel joven gigantesco y frágil que, cuando nos despedimos en la puerta, me había mirado con una esperanza tan dolorosa? De cualquier modo, nunca había tenido un sueño tan vivido, tan real. Nos pusimos a hacer dibujos con tizas de colores. Las chicas dibujaban caricaturas de Egor: golpeándose contra el cuerno de una luna sonriente o bien cogiendo, con una mano infinita, verde como la bilis o rojiza, una estrella de varias puntas. Sin embargo, yo dibujé con tiza rosa la concha que me había entregado Egor. Nos aburrimos enseguida y de repente decidimos (ya no recuerdo quién lo propuso) jugar a las Reinas. El juego no era difícil: cada una de nosotras tenía que ser reina por un día. Como éramos siete, el juego duraría siete días. Cada día, la reina correspondiente tenía que recibir un color, un objeto, una flor y un sitio para jugar. Con todo ello, tenía que improvisar un espectáculo, un juego divertido en el que todas las demás estaban obligadas a participar. La más entusiasta era Ester, que se había puesto tan colorada de alegría que casi se le habían esfumado las pecas. Estaba claro que así no íbamos a aburrirnos ni un instante en toda la semana. Ester propuso echarlo a suertes. Nos pusimos manos a la obra inmediatamente para borrar los dibujos con un trapo húmedo y trazar los círculos de los siete días. El más grande lo hicimos con tiza morada, en su interior dibujamos otro con tiza índigo, el siguiente era azul, el siguiente verde, luego amarillo y naranja, y en el centro quedó un círculo del diámetro de una pelota que sombreamos con tiza roja. Después de rematarlo, las chicas corrieron a sus casas en busca de las flores y del resto de los objetos. Yo permanecí acurrucada ante los círculos, con las manos sucias de tiza y Chombe respirando directamente en mi nariz. Me sentía muy triste desde que había llegado aquí, no sabía qué me pasaba: la casa de ladrillo, el huerto bien cuidado, con sus hileras de cebolletas, las espalderas de tomates, el camión azul que se freía al sol con la sempiterna Gigi bostezando en el capó… todo me parecía iluminado por un sol negro, visceral, doloroso como algo que sabes que no volverás a tener jamás. Miraba el guindo, que se elevaba sobre el resto de los frutales del huerto llenos de barro y me asaltó el recuerdo de la torre y de la tarde anterior, cuando Egor se balanceaba ante mí como una cobra hipnótica. Salía a la puerta y contemplaba las calles: las colas de las cometas, enganchadas a los hilos del telégrafo, volaban solitarias en el aire dorado y alguna que otra tórtola, detenida en el poste, las miraba de reojo. Esperaba a Ester, me preguntaba qué papel le daría cuando fuera reina pero pensaba, sobre todo, en lo bien que quedaría ella en el trono con las flores que le tocaran en suerte. Quería que esa flor fuera una rosa roja y decidí entonces proponer una rosa: quizá le tocara precisamente a ella. Entré en casa y comencé a fabricar una coronita de papel dorado. La tía Aura, cuando supo en qué consistía nuestro juego, me trajo tiras multicolores de terciopelo, trozos de satén y de crespón, además de unas cuantas hojas de papel de charol en el que mi primo recortaba manzanas, peras, zanahorias y pepinillos para sus trabajos manuales de la guardería. También entraron las chicas y al cabo de un rato la habitación se llenó de gente atareada. Todas recortábamos cadenetas de papel de colores, hacíamos collares, bordados y pulseras con cualquier cosa; con una de las sillas de la cocina improvisamos, gracias a unos cojines y una sábana, un verdadero trono con baldaquín y todo, digno de una reina. Manejando la tijera con una gracia insólita, Puia recortó un unicornio y un león en una hoja dorada, los pegamos, frente a frente, en el respaldo del trono. Después de recoger del suelo los trapos y papeles que nos habían sobrado, traje un viejo sombrero del tío Ştefan y comenzó el sorteo. Escribimos los colores del arco iris en trocitos de papel (como una pequeña fantasía, escribimos cada color con el color opuesto en el espectro; escribimos, por ejemplo, «Rojo» en violeta, «Naranja» en índigo y así hasta el final, de tal manera que únicamente el «Verde» estaba también en verde) y pusimos los papelitos en el sombrero. Estábamos muy nerviosas porque el día en que íbamos a ser reinas dependía del color que nos tocara y todas queríamos alcanzar el rango supremo lo antes posible. Finalmente, el sorteo quedó así: el violeta le tocó a la afortunada de Ballena, que durante un rato no se dio cuenta de su estrella, es decir, que iba a ser reina ese mismo día. Pero, por otra parte, nos consolamos con la idea de que así, el primer día, casi no tenías tiempo de asimilarlo bien y, ¡se acabó!, ya no eras reina. Mejor que te tocara un poco más adelante para aprender de los errores de las demás y pensar bien lo que ibas a hacer en tu día. Ada sacó el índigo y Carmina el azul. Era imposible que no le tocara a una detrás de la otra con colores tan semejantes. El verde, el color del medio, le cayó a Puia, que realmente se lo merecía por la luz verde, un tanto perversa, de sus ojos. El amarillo le correspondió, inesperadamente, a Ester, que hizo una mueca de disgusto en cuanto lo leyó: a ella le habría ido solamente el rojo, por supuesto, habría sido una Reina Roja de los pies a la cabeza, pero qué se le iba a hacer. El amarillo era el único color que no soportaba. Todo parecía estar en contra de mi pobre amiga. Y eso fue solo el comienzo. Garoafa sacó el naranja, un color gitano —que esto quede entre nosotros— y todas nos echamos a reír. Pero la pequeña salvaje estaba encantada: le parecía el color más vivo y más deslumbrante. Con una voz como si se hubiera aclarado la garganta con petróleo (algo verosímil ya que la podías ver siempre en la cola de la gasolinera, arrastrando tras ella un carrito de hierro con un bidón grande y abollado de color óxido), ella nos confesó que ya sabía cómo iba a disfrazarse, porque un primo suyo trabajaba en el servicio de limpieza y tenía un chaleco anaranjado con cordones, «muy flojote», que pensaba birlarle para esa ocasión. Yo ni siquiera abrí mi papelito. Iba a ser la última reina y me correspondía el color rojo. Me sentía una usurpadora y, si hubiera podido, se lo habría cambiado a Ester. El rojo no tenía nada que ver conmigo, incluso mi nombre, Svetlana, me sugería una especie de azul verdoso muy pálido.

Cuando cedieron los nervios de la elección de los colores, una vez que aclaramos en qué orden seríamos reinas, volvimos a utilizar el sombrero para depositar en su interior, en secreto, el objeto que cada una había traído de casa. Yo solo sabía cuál era el mío: había robado, del cajón de la máquina de coser, un termómetro estropeado que marcaba siempre 36 grados. El sombrero fue pasando de una a otra y, cuando sacamos los objetos para colocarlos sobre la mesa, encontramos: un anillo, un reloj de juguete, una muñeca del tamaño de un dedo, con una faldita de gasa bermellón, una espoleta de gallina increíblemente grande, un bolígrafo transparente, de los primeros que aparecieron entre nosotros, una perla agujereada y mi termómetro. Escribí sus nombres en los papelitos y los sacamos del sombrero. Yo cogí el anillo, Ester el termómetro, Ballena la espoleta de gallina, Puia el bolígrafo, Ada el reloj, Carmina la perla y Garoafa la muñeca. Mirábamos estos objetos como si fueran unas apariciones. No se nos ocurría qué podríamos hacer con ellos. Pero, a excepción de Ballena, reina el primer día (a la que también le había tocado aquel hueso inexplicable, una horquilla con la que no sabrías qué hacer aunque te lo pensaras mil años porque, evidentemente, no podía romperlo en dos, como se suele hacer), las demás teníamos tiempo suficiente para pensárnoslo. No habíamos traído flores de verdad porque se habrían estropeado, pero cada una pensó en una flor y escribimos los nombres de las siete flores en los papelitos. Ballena sacó el dondiego, Ada, la zinnia, Carmina, el clavel (aquí, por supuesto, nos reímos mucho) Puia, la verdolaga, Ester, la dalia, Garoafa, la boca de dragón, y a mí, la más afortunada con mucho hasta entonces, me cayó en brazos la reina de las flores, la rosa. Iba a ser una reina inmerecida.

Para poder empezar el juego, solo nos quedaba elegir los lugares. Tras un tira y afloja, parcelamos nuestro dominio en siete zonas: mi habitación, el patio, la calle, el campo, la torre de Egor, el camión y unas ruinas que había detrás de nuestro patio (allí había habido una escuela, por eso la llamábamos escuela vieja). Para no saberlo todo de antemano, decidimos no echar todavía a suertes los sitios de juego. Cada mañana, la reina correspondiente a ese día sacaría su billetito y luego nos encaminaríamos al sitio indicado en el papel. Por el momento, solo Ballena, riendo, con los mofletes como dos soles, introdujo su mano de manchas rosas en el sombrero y sacó el campo. Todas farfullamos disgustadas: teníamos que trasladarnos al sembrado el primer día. No nos hacía gracia porque por allí se dejaban caer también los chicos que se metían con nosotras y nos amenazaban con arrojarnos los tábanos que sacaban de los agujeros. Por otro lado, sin embargo, nos convenía, porque así no tendríamos que ser nosotras las reinas en el campo. Nos quedaban zonas más nobles. La más deseada era el patio, donde tenías sitio para desenvolverte a gusto y era un espacio cerrado, protegido, para que no nos mirara todo el mundo con la boca abierta.

Ya habíamos puesto el juego a punto y ahora nos mirábamos sonrientes. ¿Cómo íbamos a saber entonces que, de hecho, ese juego no era nuestro, del mismo modo que el ajedrez no es el juego de los peones sino el de los caballos y las reinas? No, entonces no podíamos ver a los ajedrecistas inclinados con gesto grave sobre nuestro mundo. Carmina corrió a cortar un dondiego del seto de la casa de las gemelas y nosotras empezamos a acicalar a la primera reina. La vestimos con un albornoz violeta de mi tía Aura en el que a duras penas cabía. Colgamos de su pelo cadenas de papel violeta y le pusimos la coronita dorada en la cabeza. Al cuello le colocamos un collar de cuentas como puños. Sacamos afuera la silla engalanada y la instalamos en medio de los círculos de tiza. Ballena, con sus imponentes proporciones, reinaba como una Venus del magdaleniense, pero sus miradas asustadas buscaban a Puia e imploraban su ayuda. Después de hacerle una reverencia, le entregamos el dondiego y la espoleta. Ballena los evitó al principio, con gesto azorado, pero finalmente los aceptó. Todas nos sentíamos obligadas a mirarla con desprecio a pesar incluso de su extraña condición de reina. Se colocó el dondiego en el pecho con el tallo prendido en el corpiño de la blusa, y dio vueltas al hueso entre sus dedos gordezuelos hasta que se decidió a agarrarlo por la parte más ancha, con una mano en cada uno de los extremos. Parecía sujetar los mandos de un avión. En ese instante, el extremo libre que sobresalía de la bifurcación, empezó a moverse lentamente de arriba a abajo. Nos arremolinamos alrededor del trono para contemplar el movimiento aparentemente inteligente, imprevisible, del hueso. Ballena se miraba las manos con la boca abierta. El hueso de dos ramas, flexible, se retorcía dispuesto a escapar de sus manos. Cuando se acercó Puia, la espoleta se le escurrió y cayó a los pies de la niña, que la miró fríamente —a Puia nunca le asombraba nada—, la recogió y se la entregó de nuevo a la reina. «Me arrastra», dijo esta, y veíamos cómo, en efecto, los huesos largos se le escapaban milímetro a milímetro de las manos. «Síguela», dijo Ester. Ballena se levantó del trono y, con las manos extendidas hacia delante como si quisiera tantear algo, se abandonó a merced de la espoleta. Esta tiraba de ella como un perro atado a una correa. Nosotras permanecíamos detrás de la gorda vestida de morado, emperifollada como un fantoche. Era casi la una y el mundo estaba sumido en un silencio resplandeciente, bajo un cielo sereno que sería benévolo con nosotras durante toda la semana, la espoleta tiraba en dirección a la puerta, así que salimos a la calle desierta. Giramos a la izquierda, hacia el campo. A duras penas seguíamos el paso de Ballena, que avanzaba a grandes zancadas ridículas, zarandeando sus jamones al pisar el empedrado irregular. En torno a las piedras crecían briznas de hierba. Dejamos atrás la última casa y ante nosotras se abrió el campo, que se extendía hasta el horizonte. A lo lejos, en el centro, veíamos la casona melancólica con el ventanuco que brillaba en la torre y a su lado, como una rana tiñosa, la barraca en la que sabíamos que se encontraba el REM. La espoleta nos obligó a dirigirnos directamente al sembrado o, mejor dicho, hacia el terreno baldío en el que no crecían más que cardos, malas hierbas y, aquí y allá, algunas centauras tímidas. Había agujeros de tábanos por todas partes. Las arañas de tierra, verdes y fuertes, que se habían aventurado más allá de sus cavidades, apoyadas en sus fuertes patas de corredor, se retiraban de nuevo en sus escondrijos según pasábamos. Nos habría gustado seguirlas con la mirada y agacharnos para acercar el ojo a aquellos boquetes misteriosos, pero un espectro nos lo impedía y nos hacía temblar: una araña que se abalanzaba como un rayo y nos desgarraba el párpado. En el cielo, arriba, rodaban unas nubes blanquecinas, como dibujadas. Benéficas. Yo caminaba ahora hombro a hombro con la gordinflona, que miraba de reojo la punta de la espoleta. Habíamos avanzado unos cincuenta pasos a través del campo, Carmina y Ada se habían trenzado unas coronas de centauras y de asteres, y resultaban tontamente tiernas con sus vestiditos iguales, con sus sonrisas iguales, cuando Ballena se detuvo. Nada la arrastraba. La espoleta permaneció inmóvil por un instante y después, como un minutero, se inclinó hacia el suelo. Ballena gritó y la soltó como si le quemara, la espoleta se pegó al suelo como atraída por un imán. Nos mirábamos unas a otras. Sabíamos que allí, bajo tierra, había algo. Dos de nosotras se pusieron de cuclillas y empezaron a escarbar con los dedos aquella tierra harinosa, pero aquello no tenía demasiado sentido. Puesto que se acercaba la hora del almuerzo y teníamos que volver a casa, decidimos regresar a las cuatro con una pala o una laya. Ya nos veíamos ante una caja fuerte o un cofre antiguo o algo parecido a la gallina de los huevos de oro, un dibujo del libro de historia del cuarto curso. O un diamante tan grande como un huevo de pava, esa «piedra maravillosa que no existe en ninguna parte» de nuestros juegos. Veneramos a la reina como un cuarto de hora más pero la muy tonta no nos ordenaba nada, ningún mandato, sonreía mostrando los dientes por encima de su papada, con la corona caída sobre una oreja, casi inspiraba pena. Parecía una cocinera disfrazada de reina. Finalmente nos dispersamos y nos fuimos a casa, no sin antes señalar el lugar con una rama en la que anudamos una tira de satén morado. Entré en el patio y me senté en el trono vacío, abandonado en medio de los círculos de colores. No pensaba en nada. De hecho, habría preferido que Ester me dirigiera al menos una palabra antes que encontrar allí una piedra preciosa. Incluso ni siquiera eso. La verdad es que no sabía lo que quería, tal vez fuera tan solo no sufrir tanto, que las cosas no fueran tan infinitamente dolorosas.

En casa de la tía Aura había una clienta, al cabo de un rato llegó Marcelino y almorcé con él. Empezó a sonsacarme desde el principio, a preguntarme a qué jugábamos, qué pasaba con aquel trono. Quiso borrar los círculos, decía que quería dibujar un Chaika17, menos mal que yo sabía cómo manejarlo. En cuanto terminamos de comer, cogió su juego de fútbol de botones y se fue con sus amigos. Mi pobre tía no tenía tiempo de ocuparse de nosotros, se pasaba el día cosiendo. Y mi padre vendría a verme al cabo de dos días, el día de visita en el hospital. Me llevaría a mí también a ver a mi madre. Pero yo no sentía demasiado cariño por ninguno de los dos. Sobre las tres y media se presentaron las chicas con unas cuantas palas. Hacía calor y el trapo violeta aleteaba al viento como un espantapájaros. Lo sacamos y nos pusimos a cavar después de asegurarnos de que nadie nos veía. Muchos de los chicos de los vecinos estaban en el pueblo, otros salían a jugar al fútbol, pero más tarde, así que estábamos solas en el campo. Cavábamos con torpeza, sacando la lengua y, después de excavar un hoyo estrecho, de unos sesenta centímetros de profundidad, encontramos un tablón atravesado por raíces. Una crisálida roja, hinchada, estaba pegada a la madera. Garoafa la cortó con el filo de la azada y de ella brotó una leche asquerosa. Seguimos ensanchando el hoyo hasta que pudimos sacar la traviesa; encontramos un túnel con escalones que se adentraban en la tierra. El aire fresco que exhalaba aquel orificio nos despeinaba. Abajo, muy al fondo, se veía una línea de luz azulada. Todas estuvimos de acuerdo con que la reina tenía que ser la primera en bajar. Estábamos muertas de miedo. Sin embargo, Ballena era tan lenta de reflejos que sospecho que solo empezó a sentir miedo más tarde, por la noche. Ahora miraba fijamente a Puia, que le hizo un simple gesto con la cabeza señalando el hueco. Entonces ella se dejó caer, apoyó los pies en el primer escalón y, rompiendo las brillantes cadenas de papel del cuello, entró por completo en el subterráneo. Se veía solo su coronilla que avanzaba titubeante por una oscuridad cada vez más densa. El túnel era ligeramente oblicuo, como la escalera de un sótano, pero unos diez metros más abajo parecía volverse horizontal porque los mechones azules de Ballena dejaron de verse al cabo de un minuto. Esperamos un poco y empezamos a bajar también nosotras, una tras otra. Si nos hubiera visto alguien, habría pensado que se trataba de un milagro en el campo: unas jóvenes hechiceras, vestidas con extravagancia, desaparecían en el interior de la tierra para quién sabe qué encuentro escatológico, entre vaharadas de azufre, con el Gran Carnero. La escalera tenía unos sólidos escalones de piedra y desembocaba en un pasillo que descendía imperceptiblemente, bajando cada vez más. Era curioso que, a medida que avanzábamos por el estrecho pasillo, la luz, en lugar de disminuir, aumentara, azulada, irreal, y que no proviniera de ninguna parte. Después de unos cuantos recodos, llegamos a una sala gigantesca.

En aquella aura ultramarina que se derramaba por todas partes a lo largo de la sala, descansaba ante nosotras, tumbado de espaldas, mostrándonos los talones, con los huesos de las manos junto a las costillas y la pelvis, un enorme esqueleto humano. Lo contemplábamos boquiabiertas sin poder dar crédito a lo que veíamos. Avanzamos, unas por su derecha y otras por su izquierda, midiéndolo con los pasos y contemplando las rótulas redondeadas, el fémur interminable, la columna vertebral como la de un reptil antediluviano, las costillas como las de un velero, unidas a través del hueso triangular y calado del esternón. Más allá de las clavículas y los omóplatos, después de las siete vértebras del cuello, su cráneo reía con el aire del que ríe el último. Cada una de sus muelas era tan grande como nuestros puños. Su bóveda craneal tenía un diámetro de un metro y medio más o menos, quizá más, y se distinguían perfectamente, sobre su superficie marfileña, las suturas zigzagueantes. El esqueleto medía, desde los pies a la cabeza, unos cuarenta pasos míos, es decir, unos veinte metros. Recordé aquella sensación de irrealidad, de algo artificial, como de escayola pintada, que me había producido la ballena Goliat cuando estuve con mi padre en el parque de atracciones. Comparado con aquella penosa gansada, el esqueleto que habíamos descubierto en la gruta ovalada era absolutamente verosímil, nosotras ya habíamos visto huesos de vaca o de pollo y sabíamos qué pinta debía tener un esqueleto. Era verosímil si exceptuábamos su descomunal tamaño. La gruta era ovalada, como hecha a su medida. Al principio nos quedamos mudas pero luego nos cansamos de contemplarlo con respeto, empezamos a trepar por sus huesos, a moverle los dedos de las manos y, finalmente, nos metimos en su caja torácica. Allí estuvimos descansando un cuarto de hora y luego empezamos a hablar de cualquier cosa. El esqueleto nos parecía un niño dentro del vientre de su madre. Solo que el pequeño no podía estar así, tieso, porque no habría cabido. Tenía que estar encogido. Luego empezamos a preguntarnos cómo y con qué se formaban los huesos del niño allí, en la barriga. Las gemelas no podían creer que hubieran estado durante tanto tiempo juntas, pegadas una a la otra, dentro de su madre. «¡Nueve meses!» «¡Nueve meses!», gritaba Garoafa desafiante, aunque no la contradecía nadie. Pero ¿y si —soltó Puia de pasada, ella, con sus ojos de hielo verde, que no parecía haber seguido la discusión—, y si estuviéramos de hecho en la boca de una gran araña de tierra que devoró a su vez al hombre cuyo esqueleto vemos y que, tal vez, fue un dios? Entonces fue como si la hubiéramos visto, ágil y peluda, corriendo hacia nosotras con sus ocho patas de varios metros de largo, atrapándonos a cada una e inyectándonos el suero venenoso. Nos abalanzamos a empellones hasta la escalera y desde allí miramos espantadas hacia atrás: Puia no había huido, estaba junto al esqueleto y ahora le anudaba una larga banda de felpa a las falanges del dedo meñique de la mano izquierda. Nos tranquilizamos. No había ninguna araña y el esqueleto era nuestro, lo habíamos conquistado. Nuestra bandera, la de nuestra reina de ese día, se alzaba sobre su edificio.

El juego había comenzado bien y las chicas volvieron a sus casas satisfechas. Nos volveríamos a ver al día siguiente y nos someteríamos a Ada, la Reina índigo. Quedamos en el esqueleto a las diez. Antes de bajar, cada una tenía que asegurarse de que no la veía nadie. Porque Rolando, como habíamos bautizado al esqueleto en honor a un chico rubio que les gustaba a mis amigas, tenía que ser solo para nosotras. Yo pasé rápidamente por casa, me lavé y me puse un vestido bonito (en la radio cantaba Sarita Montiel) y me reuní con Marcel, que había prometido acompañarme hasta la torre de los alargados. Mi tía nos dio permiso con la condición de que regresáramos con luz, es decir, a las ocho como muy tarde. Marcelino estaba encantado, imaginaba que Egor le iba a enseñar unos juguetes increíbles y que le iba a contar historias de piratas, como le había contado cuando vino con su madre a casa de la tía Aura. Mi primo no había estado en la torre pero conocía el camino hasta allí, así que fuimos de la mano, charlando y riendo por el sendero apenas visible, en cuyos márgenes crecía algún que otro diente de león solitario. Giramos a la izquierda, después de la última casa con su pared trasera grisácea, rugosa y ciega, y luego atravesamos el campo. La tarde estival traía una brisa suave y cálida desde la linde del bosque, que apenas se adivinaba en el horizonte. Había aún tanta luz como al mediodía, las nubes eran rojizas; langostas, saltamontes y mosquillas de todo tipo revoloteaban caprichosamente. Quería mucho a mi primo, que caminaba por delante con las manos a la espalda, con su cabello de un rubio satén, gordito, con su blusa azul de elefantes y sus pantalones cortos.

Nos acercábamos al edificio de la torre, absolutamente irreal en el paisaje de alrededor. Cuando hace unos años vi Cenizas y diamantes de Wajda, me emocioné inesperadamente con esa escena, la de la silla Renacimiento colocada en medio de un campo polvoriento, ocre. El torreón del alargado era igualmente imposible. Solo cuando estuvimos cerca pudimos darnos cuenta de lo alto que era. Si mirabas desde abajo los muros viejos, mohosos, tenías la impresión de que era una línea que se extendía hacia el infinito. En realidad, la torre no mediría más de quince metros de altura, aunque no tenía, a juzgar por las ventanas de la otra parte, más que dos pisos. Sobre ellos, sin embargo, se elevaba la torre, no redonda, como parecía desde lejos, sino octogonal. Rodeamos el edificio, no tenía a su alrededor ni cercado ni árboles frutales ni siquiera la caseta de un perro: tan solo tierra endurecida, llena de flores silvestres. A unos diez metros se hallaba el almacén, cubierto con cartón embreado, que parecía completamente podrido. En la puerta se veía un cerrojo oxidado. Llamamos a la puerta y en una de las ventanas superiores apareció, pálida, como pintada al óleo, la figura deforme de Egor. Pero nos abrió la señora Bach, que nos invitó a entrar.

Las habitaciones eran estrechas y altas como armarios. Lámparas de cobre con unos cristales descoloridos colgaban del techo. Atravesamos tres estancias, todas iguales: apenas cabían en ellas una mesita redonda y unas cuantas sillas, pero el techo era tan alto que incluso la señora Bach parecía una niña. Cuando, tras descender titubeante por una escalera, apareció también Egor, la última estancia se volvió literalmente insuficiente. Como su madre estaba planchando con una plancha de hierro —aunque ya habían empezado a aparecer las eléctricas— y puesto que, en cualquier caso, éramos los invitados de Egor, que llevaba ahora una bata encarnada a través de cuya abertura se podía ver su pecho lampiño, huesudo, subimos a la torre a través de la escalera de madera que giraba una sola vez en torno a un poste frío como el hielo. Aquello era precioso. Incluso hoy en día querría vivir en una habitación así, redonda, con cuatro ventanas ojivales. El suelo era de madera y olía a cera fresca. Una alfombra persa minúscula —tan desgastada que parecía casi transparente, pero repleta de maravillosos arabescos— cubría apenas un trocito del suelo. «Una auténtica alfombra de Bujara de trescientos años de antigüedad», nos dijo Egor. Había colocado su inmensa palma sobre la cabeza de Marcel como si se dispusiera a coger una manzana de la cesta. Un escritorio, igualmente antiguo y con incrustaciones de marfil amarillento, así como un sofá, eran los únicos muebles. Nos sentamos en el sofá y nosotros, los niños, nos quedamos solos un rato. Egor volvió con una silla. Lo seguía la señora Bach con un plato de pastelillos de chocolate. Egor se sentó en la silla y comenzó a sacar de sus bolsillos un montón de soldaditos de plomo, esmaltados en rojo y azul, un cañón de bronce adornado con hojas de acanto y un pequeño puñal con mango de piel, que entregó a Marcel. Mientras yo hablaba con Egor, mi primo jugó todo el rato a las batallas sobre la preciosa alfombra.

Al principio, la conversación no cuajaba. Egor preguntaba concentrado, con una mirada difícil de definir, yo respondía brevemente, con timidez. Sí, me gustaba estar allí, en casa de la tía Aura. Tenía que quedarme al menos una semana, porque mi madre… Pero cuando los dos nos quedamos en silencio, saqué del bolsillo la concha-abanico y se la tendí. Temerosa de que fuera demasiado poco, le conté lo que había soñado, pero el gigante se puso en pie de repente, casi llegaba a los nervios curvados del techo, alzó sus brazos esqueléticos y exclamó con su voz desagradable: «¡Alabado sea Dios!». Yo me eché a reír. Me sentía orgullosa por haber pasado aquel examen que, presentía yo, sería tan importante en mi vida. Esperaba entonces que él revelara algo fundamental, que me introdujera en el enigma que le corroía los huesos, las articulaciones, la carne y las horas de su vida. Pero él se contentó con devolverme la concha y decirme que hiciera lo mismo la noche siguiente. «Los sueños se ligarán si eres tú, y te llevarán hasta REM. No hay otro camino». «Pero, ¿qué hay allí?», le pregunté impaciente y un tanto irritada por su insistencia en hacerme llegar a REM. «Allí —me respondió él mirando a través del ventanuco hacia el horizonte, que se cubría con una bruma rosada—, allí está todo». Callamos de nuevo. El aire de la habitación había cobrado el tono dorado del té. Marcelino peleaba con los soldados rígidos, se arrastraba de rodillas, puñal en mano, bajo el escritorio de patas curvadas e imitaba al cañón, a los soldados moribundos y a los soldados victoriosos. «¡Cómo me gustaría ser una mujer! —dijo Egor de repente—. Tú tienes suerte: serás una mujer. Nosotros, los hombres, no valemos para nada. Siempre buscamos cosas que, además, no conoceremos jamás. Destruimos nuestras vidas lejos de los demás por culpa de nuestra locura sin límites. El verdadero ser humano es la mujer. Nosotros somos unos simples seres modificados, tarados. Puesto que no podemos sacar al mundo de nuestro vientre, lo sacamos de nuestra cabeza. La mujer vive, el hombre escribe». Después, con una sonrisa inesperada, Egor siguió: «Escribirían mi nombre en mi tumba y yo no tendría que vivir»18. Ahora sé que era una cita pero en aquel momento me sorprendió la distancia entre el contenido y el tono casi jocoso que él había utilizado. No sabía qué responder, aunque sentía en mis nervios una emoción fluida, delicada. Como ya había oscurecido, comí un pastel y me puse en pie dispuesta a partir. Marcel no quería, habría seguido jugando toda la noche, pero finalmente tuvo que separarse de sus soldaditos. Nos despedimos de nuestros anfitriones y le prometí a Egor que volvería al día siguiente, «solo cinco minutos», para contarle qué había soñado. Sus siluetas, largas y temblorosas como humo violeta, nos miraban desde el umbral de la puerta de la torre, él apoyado en el bastón mientras sujetaba a su madre por la cintura con un gesto extraño, sus rostros inmóviles, perdidos en las alturas, me hacían recordar algo con tanta intensidad que volví la cabeza. Sentía en mi mano la manita de Marcel. Sin saber por qué, me la llevé a los labios y la besé mientras nos alejábamos por el sendero estrecho, minúsculos bajo un cielo como una llamarada, menos mal que el chiquillo estaba demasiado preocupado aún por sus juegos en el torreón como para darse cuenta. El viento frío, que soplaba en ráfagas rojas, teñía de púrpura las flores del campo.

Aquella noche volví a soñar que estaba en el bosque. Era también de mañana, una mañana eterna, cegadora. Entre los cientos de caminos entrelazados, había elegido uno dispuesta a seguirlo sin desviarme en ningún momento. Los gigantescos árboles tenían en los troncos medias lunas de yesca. Por el suelo había trozos de corteza debajo de los cuales, pálidos como colas de reptiles, brotaban tallos que tenían en la punta unas hojas arrugadas. Algún que otro gusanillo blancuzco colgaba en la punta de un hilo casi invisible. Se retorcía y se agitaba allí, en el aire verde debajo del follaje. Saltaba y bailoteaba por mi sendero cuando, de repente, me di de bruces con el tronco de un árbol caído. Cuando llegué a su altura, se esfumó toda mi alegría. Permanecí desconcertada por un instante: el tronco tenía un diámetro de mi altura y parecía completamente podrido. Un hervidero de hormigas carnívoras, rojas, de pinzas bien visibles, se colaba por una grieta de su corteza. Me resultaba inconcebible rodearlo, porque tendría que salirme del camino. El corazón no me dejaba darme la vuelta. Me senté en un tocón y empecé a llorar. Pero el llanto de los sueños es mucho más desgarrador que el de la realidad. Un ciempiés espantoso, de un palmo de largo, se deslizaba entre mis pies mientras yo me secaba las lágrimas con mi vestido. Me puse en pie y, sin saber muy bien qué hacía, agarré el borde de la corteza desprendida y tiré de ella. Estaba podrida y era ligera como el corcho. Bajo la corteza encontré el cadáver de un mirlo devorado por las hormigas. Una masa viva, roja y agresiva pululaba por el cadáver del pájaro. Lo cogí de la punta de un ala y lo arrojé con hormigas y todo a unos cuantos metros de distancia. Al poco rato el tronco se vació de insectos, a excepción de las carcomas, que excavaban en la madera blanda, esponjosa, unos canales paralelos. Todos los insectos voraces siguieron la pista del cadáver del pájaro. Entonces pude encaramarme al tronco. Cabalgué un momento sobre él, sintiendo debajo de mí la áspera corteza. Se me habían secado las lágrimas y era casi feliz. Descendí con cuidado y seguí mi camino, con el sol bañando mi rostro.

Me desperté temprano y, después de lavarme, me dirigí a la cocina, donde la tía Aura había extendido sobre el hule de la mesa, espolvoreado de harina, una capa de masa pegajosa. Cogí una silla y me senté a observar cómo preparaba mi tía unos buñuelos. Los cortaba con un vaso y los colocaba en una sartén caliente en la que chisporroteaban hasta que se volvían dorados, rugosos. A mí me gustaba poner en la sartén los trozos raros, triángulos y tiritas, aislados entre los círculos perfectos. De ellos salían formas tiernas que parecían perros, ciervos, dragones y yo los espolvoreaba con azúcar. Luego, a mordisquitos, les comía la cabeza o una patita. Entre tanto, la tía Aura me contaba cómo me llevaba mi madre a su casa cuando yo era muy pequeña, «un gusanito» de año y medio o dos años. Colocaban una manta en la artesa de madera y allí me acunaban hasta que me dormía. Cuando lloraba, me amenazaban: «Si no te portas bien, te comerá el Coco. Escucha, ya se está acercando…» Pero yo, lejos de asustarme, me callaba, abría los ojos de par en par y me llevaba un dedo a los labios: «¡Chist! ¡Qué viene el Coco!» y mi madre y su hermana se morían de la risa. Me hinché de buñuelos y no comí nada más. Agarré a Zizi y salí al patio. Eran ya las diez y tenía que ir adonde Rolando, al campo. Chombe mordisqueaba junto al gallinero unas pieles de pimientos rellenos. Era un perro omnívoro. Donde el vecino, en un poste alto, colgaban los nidos sucios de las palomas torcaces que volvían loca a Gigi. Aunque era muy vaga, conseguía atrapar alguna que otra. Entonces, ante las quejas de los vecinos, la tía trincaba a la gata y la azotaba. Gigi aguantaba con estoicismo, cerraba los ojos y echaba las orejas hacia atrás; cuando conseguía escapar se detenía a unos cuantos metros del sitio del martirio y empezaba a lavarse frotándose bien la cabeza y relamiéndose el hocico mientras nos contemplaba con los ojos entrecerrados. Me gustaba Gigi aunque, exceptuando su costumbre de lavarse, no era precisamente un dechado de virtudes. Salí a la calle y me dirigí hacia el campo. Encontré rápidamente el agujero que habíamos camuflado el día anterior como mejor pudimos y descendí las escaleras hacia la gran estancia azul. El gigantesco esqueleto la ocupaba por completo. Su hueso iliaco era demasiado ancho para un hombre. Pero también los hombros, junto a unas clavículas tan gruesas como mi pierna y unos omóplatos triangulares, eran anchos y bien formados. Aún no había venido nadie. Estaba sola, como un animal en su jaula, sobre las vértebras, entre las costillas de marfil. Por eso el corazón se me sobresaltó cuando oí una voz gruesa salir desde el cráneo: «¿Quiéeeeen eres, desconooocida, quéeee haces aquí?». Pero me tranquilicé y sonreí sorprendida cuando vi la cabeza cetrina de Garoafa aparecer, con una sonrisa de par en par, en una de las órbitas del cráneo. Siguiendo la tradición de los suyos, escupía pipas de girasol por todas partes. A través de aquella órbita, que tenía el fondo roto, te podías colar, con bastante dificultad, hasta el cráneo de Rolando. Su interior estaba tan limpio y reluciente como el de una muñeca de plástico. Apretujadas, Garoafa y yo cabíamos perfectamente en él, si era necesario, podría incluso entrar una chica más. Rebotando contra las paredes brillantes, con surcos, del cráneo, las palabras sonaban más ásperas, más concretas, casi materiales. Recuerdo que, en un determinado momento, la gitanilla se preguntó: «Por qué carajo no tenemos unas savarinas19, cómo me las comería…», y la palabra «savarinas», polarizada por los ecos de las paredes de hueso, se infló tanto ante nuestras caras que cobró la forma de ese pastel de nata, borracho y aromático, con mermelada roja en la tapa. Pero, desgraciadamente, su consistencia era gelatinosa y, cuando las cogimos, se nos escurrieron entre los dedos y se esfumaron.

Todavía estábamos tragando en seco cuando aparecieron las gemelas, también a ellas las asustamos y estuvieron a punto de salir corriendo escaleras arriba. Al cabo de un cuarto de hora ya estábamos todas y mirábamos a Ada, a la que tocaba ser reina, con otros ojos. Se había puesto una falda índigo y una blusa de un morado más oscuro. A continuación teníamos que vestirla con todos los atributos de la realeza. Sin embargo, lo primero que hizo fue extraer del puño de Carmina el papelito del sitio donde tenía que reinar. Le tocó el sitio más codiciado: el patio de nuestra casa. Cuando leyó el papelito se puso a bailotear con tanto ímpetu entre las costillas de Rolando que el esqueleto empezó a escorarse como un barco. Salimos de la cueva y nos trasladamos al patio. Sentamos a Ada en el trono y la adornamos con todos los abalorios que pudimos encontrar. En la mano izquierda sujetaba, a modo de cetro, una estatuilla de hierro que representaba a un guerrero indio. La zinnia amarillo-anaranjada, su flor, colgaba de su pecho. Le traje de casa el reloj de muñeca que tenía que utilizar en el juego. Era un reloj de señora, pequeñito, de correa rosa brillante y fondo dorado, con unas agujas negras como lenguas. No tenía mecanismo, era un juguete para aprender las horas. Las agujas se podían mover con un botón. Se lo pusimos en el brazo y, una vez finalizado el ritual de la investidura, nos postramos ante la reina. Esperábamos sus órdenes con curiosidad y cada una pensaba en qué haría en el lugar de Ada. Después de mirar cien veces su reloj, de mandarnos a todas a hacer mil recados o de pedirnos que hiciéramos miles de muecas, Ada, por fin, se decidió. Creo que el juego se le ocurrió allí mismo porque no lo habíamos jugado hasta entonces. Primero nos hizo trazar, como de dos en dos metros, una línea a lo ancho del sendero de ladrillo que llevaba hacia el fondo de la huerta. Eran siete rayas blancas. Estas tenían que representar —nos explicó la reina— las edades de la gente de diez en diez años. Por ese motivo escribimos el número diez junto a la primera raya, el veinte junto a la segunda y así hasta el setenta. Cada una de nosotras, siguiendo el orden de los colores, tenía que recorrer el sendero y atravesar las líneas imitando, en cada intervalo, la edad correspondiente. No nos pareció una idea brillante pero era un comienzo. La vejez era fácil de imitar, creíamos nosotras, pero ¿cómo se podía imitar la edad de treinta o cuarenta años? En cualquier caso, un mandato era un mandato, así que la Gorda, que seguía llevando prendido en el pecho el dondiego del día anterior, ahora mustio, pisó la raya de los diez años, porque ya tenía once, y arrancó con pasitos cortos a lo largo del sendero. Para «cronometrarla», como había oído que se hace en las carreras, Ada, desde su trono, miró la esfera del reloj. Lanzó un gritito de sorpresa porque las agujas habían desaparecido. ¿Se habrían caído? No era posible. Solo cuando levantó el cristal de la esfera entendió Ada lo que estaba pasando: metió el dedo dentro pero lo sacó inmediatamente mientras se miraba la punta ensangrentada. Las agujas estaban allí pero giraban tan rápido que no podías verlas. La gota de sangre cayó, púrpura y brillante, en su vestido y se extendió por la tela formando una mancha rojiza. Habríamos comentado largo rato lo del reloj con vida propia si no nos hubiera llamado poderosamente la atención lo que le sucedía a la pobre Ballena mientras avanzaba como una sonámbula por el camino enladrillado. Había alcanzado casi la tercera línea y, al principio, pensamos que estaba representando la edad madura de manera perturbadoramente verídica. Pero no podía ser una simple imitación: Ballena había crecido, sus caderas y sus pechos habían aumentado, el pelo se había vuelto más oscuro. Ahora era verdaderamente digna de su apodo: una mujer totémica, redonda como Júpiter, igualmente maciza. Su indumentaria se transformaba a medida que caminaba, el dobladillo de la falda subía o bajaba, los zapatos tenían unas veces tacón de aguja y otras, tacones planos. Hacia la mitad del tercer espacio, en su dedo empezó a crecer una alianza gruesa de oro y, al sobrepasar la cuarta línea, sus cabellos comenzaron a blanquear. Era mucho más ancha que alta. Tenía una triple papada y los pechos le llegaban hasta el ombligo. Caminábamos a su lado, en el borde del sendero, pero ella miraba fijamente hacia adelante, con expresión ausente. Le habían crecido un bigote ralo y unos pelos duros en la barbilla. Poco antes de superar la quinta línea, Ballena se derrumbó. Nos echamos a un lado muertas de pánico. En unos pocos segundos, de aquella mujer enorme solo quedaban unos fragmentos de huesos envueltos en carne putrefacta: un maxilar terroso, un fémur, unas cuantas costillas… También esto se pulverizó hasta convertirse en una materia intangible de la que finalmente no quedó nada.

Habríamos empezado a aullar si Ballena no hubiera aparecido de repente junto a nosotras, fuera del maldito sendero. Pero al ver cómo nos miraba, sorprendida, comprendimos que no sabía nada y que no tendría que saberlo jamás. Le había llegado el turno a Ada, que se despojó del reloj de muñeca y lo depositó en el trono. En lugar de tener miedo a continuar con el juego, habíamos empezado, por el contrario, a sentir curiosidad: queríamos saber qué aspecto tendrían las otras chicas y cuándo iban a morir. Puesto que la idea de la muerte propiamente dicha no nos impresionaba demasiado, lo contemplábamos todo como en el cine, lo tomábamos por una extraña alucinación y no se nos pasaba por la cabeza creérnosla.

Cuando Ada se dirigió hacia la primera línea del sendero, Carmina corrió tras ella y le dio la mano. No podían imaginar siquiera comenzar el recorrido separadas. Contravenía las reglas establecidas pero, puesto que estaba implicada la reina y puesto que, además, no queríamos separar a las gemelas, las dejamos partir de la mano, hombro con hombro, con sus vestidos blancos de lunarcitos rojos, con el mismo cabello castaño brillante revoloteando tras ellas, con la misma risa estúpida-encantadora en sus caras idénticas. En cuanto dieron el primer paso, sus ropas se transformaron y, aunque habitualmente resultaban muy distintas para quien las conocía bien, ahora era imposible distinguirlas. Eran un organismo doble, con el mismo metabolismo, eran dos siamesas unidas por las manos, Carminada o Adacarmina avanzando con los mismos movimientos, con el pelo revuelto por la brisa dorada que revoloteaba igual y al mismo tiempo. Al acercarse a la segunda línea, se convirtieron en dos jóvenes de verde y blanco, con unas pulseritas en forma de serpiente esmeralda, sonriendo con unos labios carnosos y crueles. Debajo de la ropa, podías imaginarlas envueltas hasta el cuello en unas medias de nylon con raya negra, todo su cuerpo como un solo muslo cálido y sensual. A los cuarenta años eran mujeres corpulentas, de pechos magníficos, caderas altas, verdaderas yeguas con delicados zapatitos de piel negra y vestidos rojos con hilos de lamé y cuello vuelto. En el pecho brillaban broches idénticos: arañas con cuerpos de ópalo y patas de platino. Tampoco ellas sobrepasaron la quinta línea. De repente, una de ellas se desvaneció en el viento con tanta rapidez que durante unos instantes permaneció en pie su esqueleto, con zapatos de tacón, del que colgaban unos jirones de seda. En su cráneo, el pelo brilló un instante antes de volverse ceniza. Las uñas de las manos se le cayeron girando en el aire como pétalos de rosas rojas. La otra gemela la contemplaba espantada. No había tenido tiempo de reaccionar siquiera cuando el esqueleto de su hermana se derrumbó, se convirtió en polvo y desapareció. La gemela cayó de rodillas y luego se tumbó en el suelo de medio lado, con una cadera hacia afuera. Se quedó paralizada, se puso pálida, se petrificó. Parecía una estatua, un molde de Pompeya. Se le desgajó la nariz, se le rompieron los brazos, el tronco se desmembró en pedazos, de la estatua no quedaron más que esquirlas y añicos que se pulverizaron hasta transformarse en un polvillo de tiza que el viento arrastró hacia el fondo del patio. Pero Ada y Carmina estaban de nuevo junto a nosotras, con sus vestidos de siempre. Ada había vuelto a ponerse la corona dorada en la cabeza y el reloj alrededor de la muñeca.

Entonces salió Puia, fría como una botella de agua helada, fascinante como el ojo transparente de una víbora y superior a todo lo demás, indiferente, abstraída. Haciendo tintinear levemente sus colgantes y sus pendientes, ella recorrió los siete intervalos con el mismo paso sin transformarse, siempre idéntica a sí misma. Al atravesar la línea de los setenta años, seguía siendo la misma niña guapa y, en sentido literal, sin igual. Su imagen atravesó la cerca de la parte trasera del patio y se perdió en el horizonte, tras unas nubes engañosas. Ester y Garoafa, al envejecer, acentuaron los rasgos propios de su raza. Ester se hizo grande y roja, sepultada bajo un montón de pieles, con sombreros sofisticados, y después de los cincuenta engordó muchísimo. Los dientes caballunos se separaron entre sus labios asiáticos, le apareció un lunar junto a la nariz. Tras la séptima línea se convirtió en un cadáver desagradable. Garoafa, por el contrario, se consumió, se volvió más morena con su pañuelo verde de dibujos rojos, con una chaqueta de hombre y su falda fruncida, roja, con flores azules y anaranjadas, caminaba con unos pies descalzos como de alquitrán. A los cincuenta, era una especie de bruja con una chaqueta guateada muy desgastada, de bolsillos rotos. Llevaba una mano escayolada sujeta al cuello con una banda de gasa apestosa; caminaba con las piernas arqueadas, doblada, como un cuervo. La palmó antes de alcanzar los sesenta. Sin embargo, todas volvieron a presentarse de nuevo entre nosotras, asustadas y temblorosas como si poseyeran algo incomunicable que, aún así, se revelaba a través del lenguaje del sudor y los temblores. Pero ninguna era consciente de lo que le había sucedido en aquel sendero de ladrillos.

También yo me preparé para el gran viaje. Me preguntaba si perdería la consciencia, si sería como un sueño pesado o como la muerte. Muchas veces, a solas en mi habitación de la calle Moşilor, en sobremesas rojizas en las que tenía que dormir, me esforzaba con toda mi alma por recordar algo, por insignificante que fuera, que me hubiera sucedido antes de venir a este mundo. El mundo existía desde hacía millones de años. ¿Qué había hecho yo durante todo ese tiempo? Era imposible pensar que no hubiera sentido ni vivido nada. Cuando atravesé la primera línea de tiza, sentí de repente cómo salía de mí. Antes me había desparramado en el cuerpo estrecho de una niña, apresada entre intestinos, arterias y pulmones, retorcida en torno a la médula espinal, había descendido hacia los dedos y los muslos. Ahora, a través de un túnel áspero, elástico y gelatinoso, fluía hacia el exterior. Las paredes del túnel escapaban a una velocidad infinita. Me sentía extensa y pura. Al salir del túnel, de cabeza, ectoplasmática y radiante de felicidad, avanzaba a través de la noche a lo largo de un camino tan ancho como la distancia entre las estrellas. Cuando llegué a una barrera —que era más bien interna que externa—, desde los lugares inimaginables del más allá vi cómo se acercaba hacia mí una fantástica aurora en la que cada chispazo era un mundo, en el que cada punto de luz era un dios. Parecía la explosión extática de un cosmos, un apocalipsis y un génesis mezclados. Todo me arrastraba hacia la luz que estaba más allá de la luz. Sin embargo, no pude sobrepasar la barrera («Todavía no», dijo algo en mi interior) y regresé. Volvía a encontrarme entre mis amigas, en el patio de mi tía, bajo los opulentos cielos de verano. No me recuperé hasta el atardecer. Comparadas con la simplicidad y el poder de ese mundo al que casi había llegado, las formas del mundo de aquí (las hojas oscuro-transparentes del guindo, sus frutos granates de carne blanda y húmeda, el camión con la pintura azul de su capó desportillada, las cometas que levitaban sobre el campo y que las tórtolas esquivaban al volar, cada ladrillo con telarañas de la fachada de la casa, cada cana del pelo enredado de Chombe, su hocico y su nariz de goma húmeda, el rostro de Ester, con la que no había hablado aún) me parecían superfluas, lejanas como los corales de las zonas tropicales y sus aguas cálidas con peces de colores, con estrellas de mar, esponjas y madréporas. Así que antes ya del REM, el mundo se me había vuelto extraño. Naturalmente, me tentaba la idea de saber qué había sucedido en realidad, qué habían visto las chicas, qué aspecto había tenido en cada edad (entre la tercera y la cuarta línea estoy segura de que tenía el mismo aspecto que ahora) y, sobre todo, habría querido saber cuándo tendría lugar el final. Pero sabía que nadie me lo iba a decir. Esto formaba parte de las reglas del juego.

Nos despedimos más o menos a las dos; en la sobremesa dormí, luego jugué un rato con Marcel y al atardecer nos dirigimos de nuevo hacia la torre. Solo nos quedamos el rato necesario para contarle a Egor, en el umbral de la puerta, el sueño de la noche anterior. Él parecía cansado, me dijo que había «trabajado» todo el día. Se apoyaba en el bastón y, sin embargo, me escuchaba con atención. ¡Qué frágil era! La más ligera ráfaga de viento lo hacía tambalear. Cuando terminé, me dijo que, verdaderamente, creía que era yo. Hasta aquí estuvo bien. «Mira, para llegar allí, o bien has tenido que partir del Tibet hace setecientos años, o bien tienes que soñar los siete sueños de mi concha. Es como una especie de clave de una caja fuerte. Tú has dado con las dos primeras cifras. Quizá estés hecha para adivinar también las otras. Duerme tranquila, no te precipites. Confía en ti». Regresamos rápidamente a través del campo desierto. Hacia la mitad, nos encontramos con un acordeonista. Con su sombrero marrón calado hasta los ojos, tenía pinta de bandido de Burattino20. Cargaba el acordeón a la espalda con unas cinchas rojizas, y en brazos llevaba un gigantesco ramo de flores silvestres, manzanilla, retama y boca de dragón, recogidas tal vez por el campo unos minutos antes. Cuando nos cruzamos me volví, pero seguí caminando deprisa porque también él había vuelto la cabeza con una mirada tan intrigada como la mía. El sendero solo conducía a la torre. ¿Qué demonios buscaba este hombre allí? No creía que a los dos alargados les gustara la música popular. Tenían, en cualquier caso, un aparato de radio antiguo pero bueno.

La tercera noche soñé que seguía caminando por el bosque. Había dejado el tronco mucho más atrás y el sendero serpenteaba amistoso ante mí. Los rayos del sol caían, entre las ramas, sobre los cuerpos brillantes de las escolopendras. Las ardillas saltaban de rama en rama. Al poco rato, mientras corría llenándome los pulmones de aire verde, llegué hasta un arroyo que susurraba su agua meándrica, de cristal gris-azulado, entre las orillas de hierba. Mi camino se interrumpía en una orilla y seguía en la siguiente. Me detuve en la hierba mojada por las salpicaduras del arroyo. En las profundidades del agua se deslizaban arriba y abajo unas truchas blancuzcas. Cuando miré hacia la derecha vi, a unos cincuenta metros, un puente de madera cubierto de musgo. Pero tuve una idea que me atraía mucho más. Me quité el vestido y me adentré voluptuosamente en el agua helada. Me sumergí hasta el cuello, tanteando con los pies los cantos redondos, rozando con los dedos el lodo, fino como agua más densa, a través del cual se movían los hilillos de las hierbas acuáticas. Invadida por un goce doloroso, con los ojos abiertos de par en par, me sumergí por completo bajo la turbia superficie. El agua me acariciaba los músculos de los brazos, apretaba mi vientre. Me rodeaba la columna con trozos de hielo. Estaba acurrucada allí, bajo el telón de lodo y tal vez allí me habría quedado para siempre, como un insecto en una gota de resina, si no hubiera recordado mi sendero. Salí con los cabellos chorreantes, con la piel mojada, a la otra orilla, adonde había lanzado mi ropa. Me sequé con los brazos abiertos al sol verde-azul-amarillo-transparente-sonoro de la mañana. Los trinos de los pájaros dibujaban, con líneas finas, cúpulas inmensas, ojivales, en el silencio del bosque. Seguí caminando, pequeña y pura pero un poco avergonzada, por el sendero entre árboles.

Aquel día vino mi padre. Oí su voz antes de despertarme por completo. Cogí a Zizi del suelo y la abracé. No sé por qué le tuve siempre miedo. Es cierto que, algunas veces, su rostro se encendía y empezaba a gritar con esa voz de ira masculina que hace que se te encojan las vísceras como ante el aullido de los lobos o el rugido profundo de un tigre. Aunque no me pegó jamás, para mí mi padre era la Fiera, capaz de hacerme pedazos cualquier día. Sobre todo me daba miedo cuando me besaba. Me besaba por toda la cara con entusiasmo, arañándome con su barba casi siempre sin afeitar. No se le pasó nunca por la cabeza que yo no lo quería. Aparte de Zizi, yo no había querido a nadie y era capaz de castigar también a Zizi, con crueldad, si no hacía sus deberes como debía cuando yo le tomaba la lección en casa, en el balcón de la hiedra, ante una pizarra improvisada con la puerta de una vieja alacena. Así que, aquella mañana, me vestí especialmente bien con mi vestido de domingo planchado por mi tía Aura y unas medias hasta la rodilla, y salí de la mano de mi padre camino del hospital. Creo que me habría muerto de pena si no hubiera sabido que iba a volver. Aún así, me puse a lloriquear en el tranvía que traqueteaba por Mihai Bravu. Bajamos en el hospital Colentina, donde todo era tan concreto y tan indiferente al mismo tiempo que parecía estar soñando.

En el jardín, entre pabellones con porches soleados semejantes a galeones sin mástiles, se alzaban castaños y álamos viejos. En los bancos a la sombra se agitaban, aquel día de visita, enfermos con batas granates y azules. Algunos estaban verdaderamente deteriorados, pálidos, pero otros, sobre todo algunas chicas de cabellos brillantes y ondulados, presentaban tan buen aspecto que te preguntabas qué enfermedad sufrían. Charlando con los enfermos, se paseaba de aquí para allá gente con ropa de calle, tal vez algo más arreglados que de costumbre, como mi padre y yo. Mi madre no estaba en el jardín, no podía abandonar el lecho. Las enfermeras y algún que otro médico moreno, con bata de manga corta, pasaban apresurados de un pabellón a otro. Subimos por unas escaleras de cemento, en espiral, sombrías y frías, junto a unas paredes pintadas de color verde. Abrimos una puerta grande, de cristal, y entramos en un corredor interminable, igualmente verde. Seguimos abriendo innumerables puertas que desembocaban en otros pasillos silenciosos. Esperaba dar por fin con la habitación de mi madre pero seguíamos girando, subiendo, bajando por pasillos tortuosos. De vez en cuando, se abría una puerta numerada y podía ver en su interior un lavabo y un aseo de porcelana o un cuarto con escobas sucias, fregonas apestosas y cajas de soda cáustica. También veía habitaciones con montones de pijamas marcados. Finalmente, cuando estábamos ya tan aturdidos que no habríamos sabido encontrar la salida y pensábamos que nos dejaríamos los huesos en alguno de aquellos pasillos, abrimos la última puerta. Entramos en una sala muy grande, más o menos como la habitación subterránea de Rolando. En las camas metálicas alineadas a lo largo de las ventanas yacían unas treinta enfermas, jóvenes y viejas, algunas permanecían simplemente tumbadas, otras dormitaban, otras hablaban por encima de las mesillas en las que había vasos con flores. En el borde de algunas camas se habían sentado las visitas. Adonde una mujer amarilla como un limón, había venido su marido, en uniforme de ferroviario, con un chiquillo de mi edad que tenía un hombro más alto que el otro. Nos dirigimos a la cama de mi madre. Yo estaba un poco emocionada. Mi madre, al vernos, empezó a llorar de alegría. Estaba incorporada a medias, apoyada en la almohada. La besé, su piel estaba húmeda. Su pelo era fino y ralo, así que se le había pegado a la piel de la cabeza. Tenía muy mal aspecto, estaba muy delgada. Estuvimos un cuarto de hora con mi madre, le dije que estaba muy a gusto en casa de la tía Aura. «Pero, ¿no echas de menos nuestra casa?», «Claro que sí», dije, mirando a la vecina de la cama de al lado, una anciana que estaba regando, con una jarra de cristal, un tiesto de fucsias. Cuando aparté la mirada de aquella flor tan graciosa, de pétalos rojizos y centro de color ciclamen, la cara de mi madre me pareció más amarillenta aún, como de plástico, como de cera. Había perdido sangre pero, sobre todo, le había dolido tanto que no se recuperó nunca. Durante muchos años, todos los años de mi adolescencia, nos atormentó con la costumbre adquirida tras esta desgraciada úlcera: sentía la necesidad de ver su sangre. Tenía que pincharse cada día, hacerse un corte y, cuando intentamos quitarle los objetos afilados, se mordía la mano hasta hacer aflorar la pequeña perla de sangre que contemplaba después, aliviada, largos minutos. Algunas veces esa necesidad imperiosa la asaltaba en la calle, en las tiendas, cuando íbamos de visita. Entonces sacaba un alfiler que llevaba siempre a mano y se pinchaba con destreza. Más adelante tenía que ver un chorro de su propia sangre y comenzó a cortarse profundamente, peligrosamente, con el cuchillo. Al final hubo que internarla aunque, por lo demás, estaba perfectamente sana. Los días en que no conseguía, a través de infinitos subterfugios, procurarse su única satisfacción, se mostraba malhumorada y entre sus cejas aparecía la gran Omega de los melancólicos. Pero entonces, con mi padre, al lado de su cama, no podía imaginar lo que nos esperaba. Nos fuimos en silencio, después de besarla una vez más, y salimos al sol tierno y ardiente del mediodía.

En la calle de la tía Aura se encontraban reunidas todas mis amigas, un poco cansadas de tanto ajetreo. No habían podido jugar a las Reinas sin mí. Habían decidido aplazar la coronación de Carmina para la sobremesa, y hasta entonces habían jugado a los Países con una pelota de rayas. Luego pasaron a Tres príncipes a caballo. También habían jugado a Un-dos-tres-al-escondite-inglés y habían hecho pasos de hormiga, de león, de elefante y de diosa. Después de contarles cómo había ido la visita a mi madre, nos separamos y yo almorcé con la tía Aura, con mi padre y con Marcel. Las sobras se las repartían debajo de la mesa (porque comimos fuera) Gigi y Chombe. En la radio sonaba una melodía que se me quedó grabada días y días: «Ada-Kaleh, Ada-Kaleh…». Jugué un rato con mi primo y luego salí al patio.

Carmina se había vestido toda de azul: llevaba una blusa de manga corta, una faldita plisada que le había prestado Ester y que por eso le quedaba un poco grande y unas medias, también azules pero con un tono grisáceo. En el dedo lucía un anillo con una turquesa, seguramente de imitación, y en el pelo se había trenzado unos acianos. Sentada en el trono engalanado, parecía una verdadera hada. Llevaba en la oreja un clavel de nuestro jardín, se había recogido todo el pelo a un lado, y la orejita derecha y todo el cuello, hasta los rizos de la nuca, aparecían desnudos y puros como en un cuadro. Le tendí su objeto, la perla agujereada, y la sujetó con delicadeza entre el pulgar y el dedo corazón. Luego extrajo, del sombrero de mi tío, el papelito con el lugar en el que iba a reinar. Le tocó la calle, tal vez el más soso de todos. Ciertamente, daba la sensación de que allí no se podía hacer nada. La calle era larga, silenciosa y triste. Al contemplarla, sentías lo insignificante que era el rincón del mundo al que pertenecía. Podía ser una calle de una ciudad de provincias dejada de la mano de Dios, o una callejuela apartada de una ciudad sudamericana, o un camino polvoriento, solitario, de Kansas. Las cometas, aleteando multicolores con sus colas de papel arrugado, enredadas en los cables del telégrafo, acrecentaban aún más la sensación de soledad desesperada de la calle. Entre los adoquines del empedrado crecían hierbajos e incluso algunas florecillas rojas, minúsculas. A lo lejos, donde la calle se estrechaba camino de la ciudad, brillaba un sol ya marchito. Una sombra azulada se desprendía de una grúa aparcada a unos cien metros de nosotras. Allí, en medio de la calle desierta, esperábamos ahora las órdenes de la reina. Carmina, con la corona dorada en la cabeza, miraba concentrada la bolita de color marfil. ¿Qué podía hacer la perla que Carmina tenía en la mano? Después de un cuarto de hora en el que nos esforzamos por inventar algo, parecía que nada. Pero finalmente, la Reina Azul adivinó su secreto: tenías que mirar a través del agujero de la perla. Había que distinguir en la pequeña ventana luminosa una ciudad extraña. Mientras miraba, Carmina nos la iba describiendo, así que al poco rato nos encontramos recorriendo una ciudad insólita.

Era un mundo ceniciento como el de un grabado, lleno de edificios sorprendentes. No había nadie en toda la ciudad. Dispuestos de manera irregular, formando calles estrechas y plazas triangulares, los edificios eran de piedra rugosa, poligonales, cuajados de ventanas transparentes que lanzaban destellos. Unas puertas giratorias se movían aún lentamente, como si acabara de salir alguien de aquellos palacios enigmáticos. Arriba, en las cornisas, había unas estatuas alegóricas que representaban a la Envidia y a la Esclavitud. Detrás de las ventanas sin cortinas (pues aquí todo era únicamente de piedra y cristal) había unos búhos disecados del tamaño de un hombre. Algún que otro loro gigante disecado se inclinaba hacia nosotras desde lo alto de una pared, sorprendiéndonos con el púrpura y el verde de sus alas, con el azul de las largas plumas de su cola. Los ojos de cristal de las aves disecadas reflejaban aquella arquitectura demente. Al doblar las esquinas, había siempre otras plazas, se abrían otras perspectivas, otras construcciones ciclópeas de sólidas aristas se elevaban bruscamente —o bien escalonadas o coronadas por una cúpula de ceniza—, salpicadas de tragaluces abiertos, hacia la niebla triste, sombría, que sustituía al cielo. En las plazoletas, las estatuas encogidas por el frío nos provocaban preguntas sin respuesta. Una de ellas representaba a un niño de rodillas. Finalmente, franqueamos una de las puertas. En sus dos columnas vigilaban dos Fieras. No eran tigres ni leones ni hienas ni osos ni reptiles ni espectros, eran Fieras. Atravesamos a pie una plaza casi infinita, brumosa. En el centro se elevaba un edificio de bordes metálicos, con una cúpula de cristal violeta. En la cúpula latía algo, como late el feto del pez en las huevas. Ascendimos por una escalera monumental, áspera como si fuera de granito y penetramos a través de una puerta giratoria. El inmenso edificio estaba vacío por dentro. Los finos nervios de las cúpulas parecían las costillas de un tórax gigante. La luz caía en líneas violetas a través de la cúpula en la que se debatía perezosamente aquel algo espantoso, traslúcido. El mármol del suelo se curvaba siguiendo la curvatura de la Tierra. Nos detuvimos casi en el centro de la sala y a todas nos asaltó la misma idea: dar a luz a una persona. La primera en adelantarse (estábamos acurrucadas unas junto otras, minúsculas como hormigas en aquella estancia) fue Ballena, que pronunció su deseo tocando con los labios la piel de marfil de la perla. Y entonces, rozando casi con el cráneo las cúpulas frías, transparente primero, como de cristal, lechoso después, como si hubieran vertido una emulsión blanca en unas ampollas finas, y amarillento finalmente como el marfil, se alzaba ante nosotras un esqueleto calcado al de nuestra gruta del campo, calcado a Rolando. Puesto en pie, crujía por su propio peso y era, sin embargo, mucho más grande. Su mueca bajo la cúpula parecía un desafío hacia las estrellas invisibles. La segunda en dar un paso al frente fue Ada, que se pegó la perla al rostro y pronunció su deseo. En los huesos, en las suturas, en las apófisis de la columna vertebral empezaron a fijarse, como unas sanguijuelas rojas, estriadas, los manojos de músculos, trenzados y entretejidos, sujetos con sólidos tendones blancuzcos, que formaban anillos en torno a la boca y los ojos, bandas triangulares entre las costillas, poderosos discos en el pecho, vigorosos cilindros en los brazos y los muslos. Ante nosotras se elevó ahora un hombre despellejado, más triste que la muerte. Carmina pidió la sangre y en aquel cuerpo musculoso se entretejieron las cuerdas y los hilos rojos y morados de las venas, de las arterias, de los capilares y la sala empezó a vibrar por el poderoso latido del corazón. Puia pidió los nervios y los sentidos, el hombre abrió los ojos, unos ojos azules. Por su carne aún visible serpenteaban los nervios amarillentos en sus envoltorios de mielina. Ester besó la perla y el hombre se cubrió de una piel bronceada y se volvió bello como un dios. En su cráneo creció un cabello rizado, rubio. ¿Estaba completo? Garoafa pidió el sexo y todas nos vimos obligadas a bajar la mirada, como cegadas por la luz. Había algo entre los muslos, allí donde nosotras no teníamos casi nada. Palpitaba también una bruma de vello dorado en su pecho. Ondeaban reflejos dorado-rojizos en su rostro. Finalmente, avancé también yo hacia sus talones (mi coronilla le llegaba al tobillo) y pedí que tuviera alma. Entonces en su pecho crecieron dos senos redondos y blancos, con unas puntas rosadas, y su pelo rizado descendió en mechones de oro hasta las caderas. Una rosa floreció entre sus dedos.

Lo dejamos allí, bajo la cúpula, para que a partir de ahora pudiera vivir él solo su vida fantástica, y salimos de nuevo a la ciudad desierta. Pájaros de colores, más grandes que nosotras, nos vigilaban detrás de las ventanas. Por lo demás, la ciudad era cenicienta tal y como lo son todas las ciudades que viven dentro de una perla. Cuando nos cansamos de tanto vagabundear entre construcciones de piedra, Carmina miró a través del agujero de la perla y vio nuestra calle. Empezó a describírnosla con tanta precisión que en seguida nos volvimos a encontrar en los adoquines del empedrado, rodeadas por las casas verdes y rosas achaparradas, por los postes del telégrafo ennegrecidos con brea. El sol se estaba poniendo, el cielo había adquirido por allí un color índigo, pero por la otra parte, azul-brumosa, se entreveía ya la luna. Nuestras sombras se alargaban espantosamente hacia el campo como unos insectos filiformes. Había acabado también el día de Carmina.

A la luz del cercano crepúsculo, los ladrillos de nuestra casa brillaban como rubíes. La casa parecía absorber toda la luz de alrededor, dejando el aire de la tarde marchito, ocre. Una ventana orientada hacia el ocaso ardía amarilla como arde la sal. Cuando nos despedíamos, hice el gesto brusco (me parecía verdaderamente suicida) que querría haber hecho desde el principio: me acerqué a Ester y le pedí que se quedara un rato más conmigo. Contemplamos ambas desde la puerta cómo se alejaban las demás y cómo cada una se detenía en su casa. Sobre el fondo oscuro del campo, el rostro de la niña pelirroja tenía el color del marfil. El blanco de los ojos reflejaba el sol anaranjado en chispazos de luz. En la esquina de uno de los ojos vi una venilla como un hilo de lana azul. Nos miramos durante mucho tiempo sin decirnos nada: ella, melancólica y seria, yo, sofocada, abstraída. Cuando tomó mi mano, su palma estaba húmeda por los nervios. Entrelazamos los dedos. Sentía, por fin lo digo, que la amaba; habría querido abrazarla y quedarnos así, no volver nunca a casa. Fuimos de la mano hasta su casa. Solo dijimos un «adiós» al despedirnos. Regresé sola, confundida. Veía y vi toda la noche ante mis ojos (o tras ellos) el cuerpo rojo-anaranjado de Ester, sus mejillas llenitas, su última sonrisa, que le confería la expresión amarga, exótica, de las africanas. Cuando no quedaban más de veinte pasos hasta la puerta, una mujer muy maquillada, contoneando ridículamente las caderas bajo una falda imposible, pasó a mi lado. Llevaba los brazos cargados de tulipanes amarillos. Aunque me sentía nostálgica y feliz-infeliz, miré sorprendida sus caderas de yegua, que arrojaban una sombra tan negra como una cucaracha, mientras se alejaba a través del campo, por el sendero de la torre. Mucho más lejos se distinguían en el mismo sendero otras dos figuras azuladas. Entré en casa y me dirigí directamente a mi habitación. Me tumbé en la cama. Permanecí así más o menos una hora, sin pensar en nada, sin estar presente. Estaba boca abajo, sin importarme arrugar mi mejor vestido, con el que había ido a visitar a mi madre y que no quería quitarme. Había escondido una mano debajo de la almohada y escuchaba el traqueteo obsesivo de la máquina de coser en la habitación de al lado. Cuando me incorporé (la tía Aura me llamaba a la mesa), la habitación estaba a oscuras.

Después de cenar me acosté y soñé con un vaso. Solo se veía una parte del borde que brillaba dentro de una mata de acedera. Me hallaba, así pues, en mi sendero, en el bosque infinito. Levanté el vaso y lo miré con atención. Tenía una sensación vaga, lo contemplaba como a un obstáculo que hubiera aparecido en mi camino. Lamentaba que hubiera interrumpido mi deambular sin rumbo y, sin embargo, lo miraba encantada. No era exactamente un vaso, sino más bien una copa del cristal más transparente, con un pie delicado y el óvalo alargado en una curva pura. Una fisura desde el borde hasta la base del pie daba prueba de su fragilidad. Era una copa condenada. Poco después sería solo añicos. En ella aún quedaba (¿con qué milagro?) un poco de vino rubí, denso como una miel roja. Miré durante mucho rato, fascinada, la sombra púrpura, temblorosa, que la copa de vino arrojaba al suelo, entre las ramitas. Dudé si beber el vino o no. Finalmente, con un sentimiento de culpa, tomé un trago. El resto lo vertí, con un hilillo fino, al suelo. Cuando volví a mirar la copa, me estremecí: en el fondo se había ahogado una araña enorme y gorda. Lancé la copa contra un tronco, me dejé caer y empecé a llorar. Me sentía allí, en el sueño, en una soledad sin salida, sin esperanza…

Me desperté en medio de la noche y me di cuenta de que estaba enamorada. ¿Por qué tenía que amar a Ester? Durante años había sido para mí igual que Carmina o Garoafa. Pero ahora no podía soportar el paso del tiempo sin volver a verla. Me confundía, me desconcertaba el hecho de que el mundo no creyera posible un amor como el que yo sentía. La gente hablaba del amor entre un chico y una chica o entre un hombre y una mujer, pero no había oído que nadie hablara de dos enamoradas. Estaba más que segura —pensaba yo— de que no podría casarme con Ester cuando fuera mayor. Esto me contrariaba porque sentía que mi amor se prolongaría largamente en el tiempo. ¿Cómo íbamos a separarnos? ¿Cómo podría no volver a verla jamás? Con mi pijama de conejitos salí lentamente de la habitación, atravesé de puntillas el vestíbulo, oscuro como el alquitrán, y abrí la puerta de la entrada. Me golpearon de repente en la cara los cientos de miles de estrellas desparramadas por el cielo, que chispeaban y brillaban con todos los colores. Entre ellas, curvado sobre la bóveda, el gran cometa blanquecino ondeaba sus melenas que anunciaban cataclismos, inundaciones, incendios, desastres. Bajo las estrellas, muy al fondo, en mi calle, que parecía el fondo de un río, se movían otras luces ondulándose de forma extraña. Caminando descalza sobre los ladrillos del sendero, entre crisantemos y rosas, salí a la puerta. Provistas de linternas, lámparas o velas, se dirigían hacia el campo cientos de personas, en grupos pequeños o de una en una, recortadas sobre el claroscuro que los rodeaba: mujeres silenciosas, sombrías, enigmáticas, viejos cojos, inclinados hacia adelante y con las rodillas dobladas, niños de labio leporino y ojos de libélula, hombres con visera, sin afeitar, que acarreaban paquetes envueltos en periódicos y amarrados con cuerdas. Todos llevaban un ramo de flores en la mano. Yo me había abrazado al poste de la entrada y contemplaba hechizada cómo se perdían por el sendero que conducía hasta la torre, iluminada ahora, a su vez, como una estrella. Los párpados se me cerraban de sueño. Habría querido ir también yo hacia allí, en aquella noche cálida, pero los pies me arrastraban de vuelta a mi cama, así que entré de nuevo en casa y me acurruqué entre las sábanas. Mi mano, colocada debajo de la almohada, acariciaba la pequeña concha rosa de la que brotaban los sueños.

Al día siguiente mi tía me despertó sobre las diez. Me moría de sueño y le pedí que me dejara un poco más. Luego recordé con alegría que nuestro juego de Reinas (el más bonito al que había jugado nunca) llegaba al cuarto día y que la bella Reina Verde iba a ser Puia, la reina de la verdolaga. Y me puse más contenta aún al recordar que por la tarde iría de nuevo a visitar a Egor. En esta ocasión le contaría los dos sueños a la vez, estaba segura de encontrarme en el buen camino. ¿Qué habría sucedido esa noche en casa de los alargados? ¿Quiénes serían esos que llevaban flores? Quizá lo descubriera esa misma tarde. Desayuné y salí al patio con un vestido tirolés. Habría podido hacer una apuesta: en nuestra puerta se columpiaba Garoafa, siempre la primera en llegar, con la falda roja heredada de su madre —que también habían usado algunas de sus hermanas— y sus zapatillas con pompón. Tenía esa sonrisita de los indios, como si algo le diera asco. Y, sin embargo, resultaba voluptuosa, viciosa, hipócrita. Nos dispusimos a preparar el trono para la nueva ocupante, a cubrirlo de hojas y ramas verdes. Retocamos con tiza los colores de los siete círculos. Llegaron también las gemelas, libres de preocupaciones y felices porque sus días habían terminado bien. Se habían vestido otra vez igual, con pichis blancos con un patito en la pechera. Ester, con la cabeza un poco inclinada, franqueó también la puerta y, discretamente, me sonrió con sus ojos dulces. Yo también le sonreí. Todo estaba preparado pero Ballena y Puia tardaron más de una hora en llegar. Cuando las vimos aparecer, entendimos por qué.

Puia estaba fabulosa. Si una niña de once años puede parecerse al mismo tiempo a la reina de Saba, a Semíramis y a Cleopatra, ella era idéntica a las tres. Se había recogido el pelo, casi blanco, en la coronilla y lo había trenzado en un cono espiral en torno al cual se retorcía, como una víbora, una lacito de terciopelo verde oscuro. Las sienes ovaladas, las orejitas rosas cargadas de pendientes en los que se mezclaban el latón y el zafiro, las cejas completamente depiladas y unas pestañas de casi tres centímetros, rizadas, sus mejillas ovaladas y los pómulos altos, los labios estaban demasiado perfilados como para ser bonitos pero no podías apartar la mirada de ellos, la piel blanca del cuello, bajo la que se distinguían unos músculos armoniosos, el hueco de la nuca, unos cuantos rizos colgando sobre su espalda completamente desnuda, todo parecía irreal, pintado por un gran renacentista. Sus ojos no estaban hechos para ver sino para decorar el rostro con sus aguas de ágata. Lucía, en su escote desnudo, un collar de perlas de cuatro vueltas (artificiales, naturalmente, como todo lo que llevaba, pero ¿qué importancia tenía eso para nosotras?). En cada grano nacarado se reflejaban, en minúsculos destellos de luz, nuestro huerto, la casa y los macizos de flores. El vestido, que le llegaba a los tobillos, era de una extravagancia insólita. De un verde brutal que hacía aguas amarillas unas veces y azules otras, se abría por delante, en ángulo agudo, hasta la cintura. Las dos bandas que cubrían sus minúsculos senos se anudaban en la nuca con un lazo grueso. En el brazo tintineaban pulseras de lentejuelas y esmaltes, y en sus dedos de uñas marfileñas ardían anillos con granos de un verde lagarto, transparentes como el agua del mar, como el agua del mar de la China. Resollando a sus espaldas, con turbante y abanico, Ballena acarreaba sus roscas de grasa con la dignidad de una abuela.

Yo misma le corté a Puia una soberbia verdolaga de color carmín de las que crecían en el borde del sendero de nuestro patio. Quise colocársela en el pecho pero Ballena no me dejó siquiera tocarla. Estaba celosa de nuestras miradas pero, al mismo tiempo, también feliz: Puia nos dominaba como una diosa del amor y de la muerte. Ballena cogió la flor y, tras titubear un momento, se arrodilló y la cosió abajo, entre los volantes de la falda, como a un palmo del tobillo. Puia llevaba unos zapatitos de tacón de piel de serpiente. Se sentó en el trono y extrajo del famoso sombrero un papelito en el que decía «camión». A continuación recibió también su objeto: aquel bolígrafo extraño que a nosotras, acostumbradas a las plumas de la escuela, nos parecía una maravilla. A través de su cuerpo de plástico transparente, de corte hexagonal, se veía la pasta del interior, intacta. Su extremo era de metal cobrizo y en la punta tenía una bolita amarillenta. El bolígrafo tenía además un tapón azul marino. Nos dirigimos al lugar que le había tocado en suerte a Puia.

Entretanto nos habíamos fabricado unas uñas multicolores con pétalos de flores pegados con saliva. Agitábamos nuestras nuevas garritas con un aire tan fiero que a Gigi, que dormitaba sobre el capó del camión bajo el sol tropical, se le erizó el pelo y empezó a temblar. Nos subimos al remolque e izamos, a duras penas, a Ballena. Nos sentamos en los bordes desconchados de las cartolas laterales. Mirábamos el cielo, en el que se reflejaba el verdor del jardín, y esperábamos las órdenes de la reina. La Reina Verde guardaba silencio con el bolígrafo entre los dedos. Tenía la mirada clavada en el horizonte y no prestaba atención a nuestros cuchicheos porque nosotras habíamos empezado a jugar al teléfono estropeado. Puia le había quitado el tapón al bolígrafo y se afanaba ahora por extraer su tubo de tinta. Consiguió finalmente quedarse tan solo con el tubo transparente. Con él, nos dijo después, tendríamos que hacer pompas de jabón. Era maravilloso. Entramos corriendo en casa y trajimos unos cuencos de cristal rugoso, con unas florecillas en relieve, para hacer la mezcla lechosa de agua y jabón. Buscamos pajas y tallos en forma de tubo y, de vuelta al camión, nos pusimos manos a la obra. Al poco rato, el camión casi había desaparecido, con nosotras y todo, bajo las decenas de globos irisados, arrastrados y empujados por el viento hasta las matas de verduras. Sobre la fina piel de los balones se extendían suaves paisajes convexos y reflejos. Predominaba en la abigarrada mezcla de colores una especie de morado que tendía hacia el ladrillo y el anaranjado. El mismo color que puedes ver por la mañana en la gota de rocío que arde al sol. Ballena, que había sumergido el tubo del bolígrafo en el cuenco, hinchó los carrillos como una trompetista e infló por el otro extremo un balón grande, ovalado, que despegó pesadamente pero que, en lugar de elevarse arrastrado por el viento al igual que los demás, se dejó caer despacio en el suelo del camión, donde permaneció inmóvil. Era como una pelota de cristal tembloroso. Cuando cesó el temblor, Ballena la tocó con el dedo y nos dijo sorprendida: «¡Está duro!». A continuación lo cogió con ambas manos e intentó levantarlo, pero no lo consiguió. El balón era tan pesado como el plomo. Luego contemplamos silenciosas cómo se cubría de vaho como si alguien respirara en su interior, cómo se volvía opaco hasta parecer encalado por dentro. Al cabo de unos minutos teníamos ante nosotras el huevo de un animal prehistórico y Ballena, para poder distinguirlo, lo marcó con una estrellita violeta. Ada tomó el bolígrafo y consiguió un huevo idéntico al primero, al cabo de una transformación idéntica. Dibujó con un lápiz una estrellita índigo sobre la cáscara rugosa. Antes de una hora, el suelo de tablas del camión se combaba bajo el peso de siete huevos tan grandes como nuestras cabezas y marcados con los siete colores. Los acariciábamos y comenzamos incluso a incubarlos acurrucadas sobre ellos. Hicimos subir también a Chombe al camión y lo tumbamos sobre los huevos, pero el perro sintió de repente un ruido imperceptible que lo aterrorizó de tal manera que saltó del camión aullando y no se detuvo hasta llegar a su caseta, en la parte trasera de la casa. Nosotras apenas habíamos percibido el crujido, sin embargo vimos claramente cómo la cáscara del huevo marcado de verde se abría en zigzag. También nosotras saltamos del camión y nos escondimos tras un macizo de rosas. Desde allí oímos claramente cómo el huevo estallaba en pedazos. En el camión se alzó entonces la figura dorada de un unicornio de ojos grandes y hermosos, femeninos, y adornado con un cuerno espiral. Saltó graciosamente del camión y correteó hasta el fondo del patio. Cruzó por encima de la valla podrida y se perdió en el campo. Sin su imagen, el espacio había quedado dolorosamente vacío. Al poco rato habríamos preferido que se quedara, ya que del segundo huevo, el de Garoafa, salió una oruga gigante. Al reptar, dejaba a su paso un señuelo baboso, una especie de gelatina verde. Grandes granos de ese moho se habían adherido a los largos pelillos de su cuerpo. Era azul con manchas amarillas y su cabeza, negra como el betún, sin ojos, tenía unas mandíbulas poderosas, también negras, afiladas. La parte delantera del cuerpo se arrastraba sobre dos manitas de niño, y la cola tenía unos pliegues como si fuera un pez con velo. Desapareció rápidamente dentro de la tierra. Solo su cola rosada ondeó todavía un rato, como un alga marina, entre las espalderas de tomates. Dos huevos estallaron a la vez, los de las gemelas, por supuesto. Surgieron de ellos unos seres tristes y largos, del color del marfil antiguo. A través de sus cuerpos transparentes se distinguían los huesos como un vaho blanquecino. Se veía la sangre como un vino rosado que el corazón bombeara a través de las arterias. Se les veían los riñones relucientes como dos bolas de diamante. Cada uno de ellos tenía un solo brazo, un solo ojo y una única ala de plumas blancas, como de paloma, que llegaban hasta el talón. Cuando se vieron, se abrazaron con pasión y, mezclados, echaron a volar agitando vigorosamente las enormes alas. Desaparecieron enseguida, fundiéndose en el azul del cielo. El huevo de Ballena engendró un cangrejo rojo como la sangre, con dos ojos de largas pestañas en el extremo de los cuernitos laterales. Debajo de los ojos, las mandíbulas y las quijadas, los quelíceros y las pinzas minúsculas se agitaban por culpa del hambre. Las grandes pinzas articuladas tijereteaban en el aire. Se dejó caer pesadamente por el zarzo lateral y echó a correr, de lado, sobre sus patas delgadas, para desaparecer tras el armuelle del fondo del huerto. Del huevo de Ester salió la aparición más espantosa. Era el esqueleto de un caballo cabalgado por el esqueleto de un jinete. Trozos de carne putrefacta, tiras de piel y tendones secos colgaban de sus huesos amarillos. Mostrando los dientes, con los ojos escurriéndose por el rostro, con las costillas asomando bajo los harapos que ondeaban sobre ellas, la estatua ecuestre de la desesperación dominaba sobre el camión… Una lanza oxidada, con la punta ensangrentada y el estandarte cosido con hilo de oro, se balanceaba en la mano del caballero. Ligeros como el rayo, saltaron del camión, se dirigieron al trote hacia la cerca de la calle y la saltaron con tanta lentitud que su vuelo por el aire parecía interminable. Durante mucho tiempo escuchamos, cada vez más apagado, el golpeteo de los cascos contra el suelo y un relincho como de otro mundo… Cuando también esta aparición se esfumó, esperamos en vano a que se rompiera el último huevo, el mío. Pero este no se ha roto jamás. Desde entonces, lo he llevado siempre conmigo a todas partes. Es, de hecho, una prueba (allí donde no hacen falta pruebas) de que todo lo que viví fue real, de que todo aquel mundo de Dudea-Ciopleti no fue tan solo un fantasma de la infancia. Por lo demás, has observado, creo yo, que mientras los hombres siguen siendo más o menos niños, las mujeres buscan esconder su infancia como si les hubiera sucedido algo vergonzoso, algo maléfico… Voy a enseñártelo.

Te levantas de mi lado y enciendes la luz. Siento un dolor vivo, un escozor en las pupilas y, tras sacar la cabeza de debajo de las sábanas, te veo como en el interior de un mar de llamas que hubiera invadido toda la habitación. De repente, todo me parece alucinantemente real. Otro mundo. Las estanterías atestadas de libros, nuestra ropa tirada por todas partes, el cesto de la mesita en el que ya no hay más que dos manzanas, el cenicero en el que se ennegrecen unos tres corazones, el molinillo de café, tú buscando algo bajo el sillón en el que permanece volcado el mini-televisor, tu cuerpo desnudo, de color amarillo pálido-rosa-dorado, que se incorpora y me sorprende por lo anchas que parecen las caderas de las mujeres si las miras desde atrás. Todo habla y calla en superficies de luz. Superficies de luz, me digo aturdido, he aquí nuestro mundo. Tu cabello corto está revuelto. Tu rostro es viejo, tu cuello es blando como la piel de una corza y tiene arrugas. No me interesas pero te sonrío mecánicamente y tú me sonríes con muy poca esperanza. Una vieja. De pechos aún hermosos pero ¿qué sentido tiene? Estoy vacío de amor y tu historia me agota físicamente. Apunta el alba, Nana. Date prisa. Vuelves a la cama con una caja de zapatos. La abres y, de debajo de una capa de algodón, sacas un huevo grande, como de avestruz, de cáscara rugosa, amarillenta.

En un lado, el huevo tiene una mancha roja, difusa. Probablemente el sitio en el que estuvo la estrellita. Lo tomo en mis manos y lo sopeso con cuidado. Es pesado, macizo, y la cáscara está templada, como si alguien durmiera en su interior. Lo colocas encima de la mesa y lo dejas ahí, sobre la servilleta a rayas en la que se ven migas de pan, cada una de ellas arroja una sombra coloreada. Apagas de nuevo la luz. En la ventana el cielo ya no es tan negro. Todos los objetos de la habitación se han vuelto oscuros-azulados, y las paredes son bastante claras. En mis oídos resuena tu voz, que desde hace ya un rato no percibo como sonido sino como pura sucesión de imágenes. Me siento extenuado tras esta noche en vela, me siento como si todos mis órganos fueran una combinación de goma y ácido clorhídrico. Casi ni me doy cuenta de que retomas el hilo de la historia. Tu historia tiene la temperatura de mi cuerpo, me hundo en ella aislando mis sentidos, dejándolos en manos de la ilusión. Me dirijo hacia la entrada de la cueva de la isla esmeralda. En torno a esa boca estrecha crece una zarza huesuda, fuerte como el alambre, con los destellos morados de las flores escondidas tras las espinas. Entro en el pasillo de piedra que conduce a las profundidades. Larvas traslúcidas corretean por las paredes. Miles de ocelos miran desde el techo bajo. En el riachuelo vive el proteo ciego con sus manitas de hombre. Y allí, en el centro, envuelta en la noche como en un capullo de seda, estás Tú como no te conoce nadie, tú con las mandíbulas llenas de colmillos torcidos y curvados, tú con las fosas nasales dilatadas que arrojan chorros de fuego, tú con tus escamas de jade destructivo, con alas de diablo, con cola de anaconda. Tú, envuelta en tu olor a azufre, tú entre huesos y cráneos… Tú, en tu silencio de mujer, en tu incomunicación, en la violencia y en el miedo.

Por la tarde volví a coger a Marcelino de la mano y, muy contentos, nos dirigimos hacia la torre. El día anterior no había pasado por allí pero me sentía tan culpable como si hubiera desperdiciado todo un día, qué estoy diciendo, tal vez un año entero, era como si no hubiera estado en una eternidad. Echaba de menos a Egor y a su madre. Cuando entramos, no nos lo podíamos creer: la casa estaba llena de flores. Todas las botellas, los vasos, las tazas de agua, por no mencionar los jarrones, de los de cristal o porcelana china a los de vidrio barato, estaban fuera de los armarios, llenos de flores. En los aparadores, en las mesitas, en las repisas de las chimeneas, en los postes de la balaustrada de roble de la escalera interior, en los taburetes e incluso en el suelo se alineaban jarrones con flores. Había tantas, que no se podía estar en ninguna parte. Arriba, en la habitación de Egor, te ahogabas: había azucenas blancas y rojas, completamente abiertas, cuyos estambres rebosaban de polen, había rosas amarillas, había verdaderos montones de boca de dragón, flores de saúco, manzanilla de tallos retorcidos, correhuelas. Había también cactus en flor y unas flores sinuosas, de color azul y rojo, de lenguas pegajosas, probablemente orquídeas, cuyo nombre no conocíamos por aquel entonces y que veíamos por primera vez. En una maceta de tierra fangosa flotaba una drosera de una belleza sobrenatural: tenía una corola de agujas finas, cada una de ellas acababa en una bola de líquido transparente que brillaba en la penumbra de la habitación. «Es una planta carnívora», nos dijo el alargado, que había tomado asiento en su lugar favorito. Tocó con su dedo, casi tan largo como mi antebrazo, el disco del centro de las espinas: estas se elevaron y después, una tras otra, se encorvaron hacia el dedo y fijaron sus bolas viscosas a la uña de Egor. «Si dejara el dedo aquí, al cabo de un rato me lo habrían roído hasta el hueso». Era una planta-araña, una araña fascinante. Le conté el sueño del agua y el de la copa, Egor hacía gestos aprobatorios con la cabeza, sin mostrar el entusiasmo del principio. Ahora lo sabía. Yo era, sin duda alguna, la elegida, yo iba a penetrar en REM. «Mira, todas estas flores son para ti. Ha venido gente de todas partes para traértelas y para desearte suerte a través de mí. Ellos te esperan desde hace mucho, vienen todos los años, nos consideran a mi madre y a mí una especie de sacerdotes de REM. Pero saben que ninguno de ellos podrá entrar nunca allí. Porque REM, el único de todo nuestro mundo, está hecho tan solo para quien sueña los sueños, es decir, para ti». Egor me confesó que de la existencia de esa Salida —como también denominaba él a REM— estaban al tanto personas de todo el mundo, unidas entre sí a través de la revelación del secreto y de la promesa de conservarlo. «REM es, en cierto sentido, como esta drosera, una especie de trampa extendida por todas partes y dotada de una paciencia infinita, un lugar de paso que espera largos años antes de ser descubierto y luego otros años más para que llegue hasta él el único ser que pueda recorrerla. Hay libros secretos, escritos a mano, acerca de REM, hay también algunas sectas que reconocen a REM pero que tienen unas ideas completamente diferentes respecto a su significado. Algunos sostienen que REM sería un aparato infinito, un cerebro colosal que ordena y coordina, siguiendo un determinado plan y un determinado fin, todos los sueños de los seres vivos, desde los sueños inconcebibles de la ameba y del cólquico, hasta los sueños de los hombres. El sueño sería, según ellos, la verdadera realidad, en la que se revela la voluntad de la Divinidad escondida en REM. Otros ven en REM una especie de calidoscopio en el que puedes leer simultáneamente el universo entero, con todos los detalles de cada momento de su desarrollo, desde el génesis hasta el Apocalipsis. He leído recientemente una historia en español en la que REM, así percibido, recibía el nombre de El Aleph. Unos están convencidos de que existe un solo REM, otros creen que existe uno para cada individuo y han elaborado, incluso, un curioso texto en el que reúnen las señales según las cuales cada uno de nosotros puede llegar a encontrar su REM, si sabe interpretar esas señales. Pero solo tú vas a descubrir la verdad acerca de si REM es una Salvación o una Condena». Egor me hablaba con una voz más apagada de lo habitual, su feo rostro acromegálico parecía una máscara demacrada. «Estoy agotado. Esta noche no he dormido absolutamente nada y hoy he escrito demasiado. Pero no me quedaba otro remedio. Iba muy retrasado». Le pregunté qué escribía y me respondió, naturalmente, con un gesto de hastío: «Literatura. Soy escritor, ojalá no lo fuera». Le dije que me parecía una profesión muy hermosa y, para mostrarle que estaba informada, le hice algunas preguntas utilizando palabras que había oído por ahí: ¿quería llegar a ser un gran escritor? Esperaba que sonriera, como hacen los adultos cuando un niño se mete en cosas serias, pero Egor, más pálido de lo habitual, con los cartílagos de la nariz verdoso-transparentes, con los ojos apagados, me respondió inmediatamente, como si la pregunta se la hubiera formulado él mismo. Hablaba, en cualquier caso, en sentido propio y figurado, muy por encima de la comprensión de una niña de doce años. «Un gran escritor no es más que un escritor. La diferencia es de matiz, no de raíz. Todos los saltadores de altura saltan, digamos, dos metros. Si uno salta dos metros y cinco centímetros, ya es un gran deportista. No, no merece la pena fatigarse siquiera con la idea de llegar a ser un pobre gran escritor, un desdichado escritor genial. Coge los mejores libros escritos jamás. Apenas son algo mejores que los libros mediocres. Todos son fundamentalmente libros, nada más. Te proporcionarán, cuando los leas, un placer estético algo más intenso. Como un café un poco más dulce. Los soltarás al cabo de treinta páginas para prepararte un bocadillo o para ir al baño. Los leerás a la vez que quién sabe qué novela policíaca. Dentro de unos miles de años también ellos serán tierra y polvo. En estas condiciones, que tú, un ser al que se le ha concedido la oportunidad disparatada de existir y de reflexionar sobre el mundo, te propongas llegar a ser tan solo un genio es humillante, es ínfimo. Es como si abandonaras todo y te internaras de nuevo en el bosque. En cada individuo hay posibilidades ante las cuales la ambición de ser el escritor más importante de todos los tiempos es simplemente denigrante por su simplicidad. Porque ¿qué milagro es importante comparado con el milagro de existir y de saber que existes? De aquí hasta ser el hombre más rico, el más poderoso, el más ingenioso del mundo es como pasar de un billón a un billón uno, incluso menos. No, no quiero llegar a ser un gran escritor, quiero llegar a ser Todo. Sueño sin cesar con un creador que, a través de su arte, llegue a influir de verdad en la vida de las personas, de todas las personas, y después en la vida del universo, hasta las estrellas más lejanas, hasta el final del espacio y del tiempo. Y que a continuación sustituya al universo, que se convierta él mismo en el Mundo. Solo así creo que podría un hombre, un artista, cumplir su misión. El resto es literatura, una colección de trucos mejor o peor dominados, trozos de papel emborronados con brea por los que nadie da un real, por muy geniales que sean esas líneas de signos que, dentro de poco ni siquiera serán comprendidas».

Había pronunciado estas palabras con pasión, con una expresión amarga. Luego permaneció largo rato en silencio aquella tarde dorada. A cuatro patas, Marcel construía en el suelo un castillo con cubos. Justo en el vértice había colocado una pirámide azul. Yo me arreglaba el vuelo del vestido. De hecho estaba pensando en Ester: mientras permanecimos escondidas en el macizo de rosas, asustadas por los fantasmas que salían de los huevos, nos cogimos de la mano, nos acariciamos la palma con los dedos, luego nos arrimamos más la una a la otra y yo sentí su pelo rojo rozando mi cara, enredándose en mis pestañas. Cuando nos miramos a los ojos, solo un instante, me sentí de repente bañada en sudor. Egor estaba hablando de nuevo: «Pero la mayoría de los hombres —o, digamos, de los escritores— no llegarán a ser Todo. Ni siquiera serán genios. No llegarán a nada. Yo… yo soy uno de ellos. Pero yo al menos sé todo esto y a través de lo que escribo intento expresar mi impotencia. Sé que no se puede decir nada, que nadie espera que digas nada, pero que también tienes que hacerlo. Sé que tienes que oponerte en cierto modo a la injusticia de ser hombre y de no poder ser Todo. Y yo lo hago con todas mis fuerzas. Mira…».

Se levantó de la silla de contrachapado amarillo, pasó por encima del castillo de cubos y abrió de par en par las dos puertas maravillosamente decoradas de la cómoda. Era más espaciosa de lo que parecía. Una madera roja, de olor agradable, la forraba por dentro. Todo el interior estaba ocupado por varios montones de folios, miles de páginas apiladas unas encima de otras. Cuando, tras hundir los dedos en ellas y volcarlas sobre la alfombra, Egor las desperdigó por toda la estancia, pude ver que estaban atiborradas de una escritura uniforme, extrañamente inexpresiva. Pero solo cuando intenté leer algunas líneas de la obra del alargado, comprendí el inmenso horror que esta contenía: a lo largo de miles y miles de páginas, con la paciencia y la tenacidad de una hormiga, Egor había escrito una sola palabra que se repetía decenas de veces en cada página. Era la palabra no. «Escribo desde los dieciséis años y apenas he pasado de las quince mil páginas. Algunas veces escribo ocho horas al día pero otros días no puedo escribir siquiera una línea. Tal vez te haga gracia, pero de vez en cuando me atasco y, aunque te parezca fácil escribir algo así, he conocido crisis que casi me han obligado a abandonar la escritura. Conozco también el miedo a la esterilidad y el miedo a no poder seguir tu propio paso. Porque yo no escribo de forma mecánica. Quiero que todos y cada uno de estos no sea pensado y sentido hasta la médula. Que sea vivido con todos mis nervios, con toda mi carne. Y no creas que es fácil. A veces me ocurre que pienso una semana entera antes de añadir otra palabra, porque quiero que mi obra sea perfecta, que me represente a la perfección». No entendía nada. Observaba alternativamente a Egor y las hojas que el ocaso iba tornando de un rosa nacarado. Intenté recoger las hojas del suelo pero el alargado, más alto que nunca (se había puesto en pie y miraba por la ventana), no me dejó. Bajamos, saludamos a la señora Bach que, con su bata pistacho, asediada por las flores, escuchaba en la radio una romanza ridícula, nasalizada: «¿Qué quieres que te escriba ahora, cuando nos separamos?», y nos vimos de nuevo en medio del campo mientras dejábamos atrás la silueta vaporosa de Egor. Cuando caminaba sin prisa de la mano de mi primo, me invadió bruscamente una oleada de tristeza.

Aquella noche soñé con una llave que alguien había perdido en el bosque. Acababa de descender hacia un vallecito donde las hayas escaseaban y eran más delgadas; sobre la tierra negra, entre sus troncos silenciosos, se sucedían unas manchas abigarradas de luz blanca y amarilla, relucientes. El cielo se asomaba, cegador, entre las ramas mecidas por una brisa verde. La corteza de los árboles se desollaba y olía a taninos amargos. Una neblina —no de vapor, sino de añoranza y nostalgia— se acumulaba fresca en una mañana eterna. Había distinguido desde lejos el brillo de la llave y me había alejado unos pasos de mi camino para acercarme hasta allí. Me agaché y la cogí. El vino que había bebido en el sueño anterior, mezclado con el veneno de araña, me había aturdido, me había provocado un estado de exaltación que a duras penas controlaba. Cogí la llave. Era una llave de oro, dos veces mayor que la palma de mi mano. En el surco que había dejado en la tierra se retorcía perezosa, carnosamente, una lombriz que, tras contraerse unas cuantas veces, se hundió en la tierra. Froté bien la llave con mi vestido. El extremo tenía forma de garrote, decorado hasta la saturación con volutas y tallos de oro. El tallo de la llave, grueso y brillante, reflejaba mi rostro deformado y los árboles de alrededor. El extremo inferior tenía una plaquita con tres dientes iguales que acaricié soñadora con los dedos. Besé la llave y me la guardé contenta en el bolsillo. Volví corriendo a mi sendero, que se internaba cada vez más en el fondo del valle, donde hacía cada vez más frío. Solo quería abrir con ella. No me importaba que tras la puerta me esperara el Placer o el Terror.

Por la mañana nos vimos en la gruta de Rolando. Ahora cabalgábamos sobre él con descaro, lo zarandeábamos al columpiarnos de tres en tres asidas al esternón, entrábamos en el cráneo a través de la órbita redonda y nos pegábamos, aterradas, a la columna de huesos limpios y fríos. Lo habíamos decorado con lacitos, como un árbol de Navidad, y le habíamos puesto coronitas de flores, como anillos, en todos los dedos. Ester, que iba a ser la reina ese día, se había negado en redondo a vestirse de amarillo. Le habría quedado ridículo, es cierto. En cambio, había traído —quién sabe de dónde la habría sacado— una sombrillita de encaje amarillo como ninguna de nosotras había visto jamás, y un abanico plegable con el que ocultaba la mitad inferior de su rostro mientras entornaba los ojos como las japonesas, con la cabeza inclinada sobre un hombro levantado. ¡Amaba horrores a aquella pelirroja! En la pechera de la blusa blanca, almidonada, llevaba una dalia anaranjada. Esperamos de nuevo a Puia durante más de una hora pero no apareció. Nadie, ni siquiera Ballena, sabía nada de ella. Finalmente salimos del subterráneo y entramos en el patio de la tía Aura. Ester se sentó en el trono y le colocamos la coronita dorada sobre su melena de hilos de cobre. En el sombrero no quedaban más que tres papelitos con los lugares de juego: la antigua escuela, el torreón y mi habitación. Ester, desafortunada como de costumbre, extrajo el sitio más cerrado, el más modesto: la habitación. ¿Qué puedes hacer en una habitación abarrotada, con una estufa de cerámica, una cama y prácticamente nada más? No conocía por entonces una verdad que el acceso a REM me revelaría con la fuerza de la evidencia y que no olvidaré jamás: cuanto más estrecho sea el espacio de la acción o del juego o del pensamiento, más ancho es el resto del mundo, es decir, el Mundo. Y merece siempre la pena encogerse, incluso hasta la inexistencia, para acrecentar así la maravilla del mundo. A Ester le correspondió, como objeto de juego, el termómetro que yo había traído. Puia no llegaba y empezábamos a estar preocupadas. Sin la pandilla al completo, nuestro juego no tenía ningún sentido. Al final decidimos ir todas a buscarla. Salimos a la calle y, por primera vez desde que jugábamos a las Reinas, nos cruzamos con transeúntes o con gente asomada a la puerta de las casas porque eran casi las once. Nos miraban con ojos como platos y las más arrabaleras, incluso, empezaron a insultarnos porque parecíamos unos espantajos. Los chicos de nuestra edad y algunos mocosos más pequeños, llenos de mugre, nos tiraban piedras y nos hacían gestos incomprensibles. Este calvario, sin embargo, duró solo cinco minutos, hasta que llegamos a la valla verde decorada con flores plateadas de estaño, el colmo de la elegancia en aquella época, detrás de la cual se encontraba una casa extraña, con un porche acristalado. Llamamos cohibidas, pues conocíamos muy bien las costumbres de su madre. Pero esta vez aquella mujer, toda ella curvas, estaba vestida de forma más o menos decente, llevaba una bata brillante, azulada, adornada con crisantemos retorcidos. Se trataba de hecho de un kimono, pero por entonces no conocíamos esa palabra. Nos hizo pasar a todas, sin decir una palabra, al amplio vestíbulo con baldosas de cerámica en el suelo y, en las paredes, una especie de cuadros de estaño y alambre que representaban pavos reales y molinos de viento. Nos hizo un gesto para que entráramos en la habitación de Puia después de decirnos, en tono melindroso, que su hija no se encontraba demasiado bien. Entramos todas en tropel en la habitación de Puia y nos quedamos sobrecogidas. Aquella niña maravillosa yacía en su cama de cara a la pared. La sábana estaba a un lado y su cuerpo fino y rosado, rodeado de ásperos bucles, estaba desnudo y tenía unas líneas armoniosas impensables en una mujer madura. Sin embargo, lo que nos sorprendió fue el hecho de que entre sus caderas redondeadas, Puia era lisa como una muñeca. No había rastro de sexo, lo que le confería un plus de belleza sobrenatural. Puia era tan solo una gran muñeca animada con la que jugaba una niña, su madre. Cuando volvió la cara hacia nosotras y nos vio, se cubrió inmediatamente con la almohada y se incorporó. Nos explicó con aire distraído que estaba enferma. Se alegró, sin embargo, de que hubiéramos ido porque no habría querido estropear nuestro juego. Así que, si queríamos jugar allí mismo, en su habitación, ella no tenía nada que objetar. Tras pensárnoslo un poco, nos dijimos que, al fin y al cabo, la habitación de Puia también era una habitación. Y, puesto que ya estábamos allí, era mejor empezar el juego que dejarlo sin más. Sobre todo porque la enfermedad de Puia le ofrecía a Ester la oportunidad de utilizar el termómetro… Así que nos sentamos —unas en la cama de Puia, otras en la alfombra— y esperamos a que Ester se decidiera.

Ester miró el termómetro, cuya línea de mercurio marcaba 36 grados. Con una seriedad cómica, lo introdujo en la axila de Puia. Estábamos todas alrededor de la niña como unos doctores en torno a una princesa moribunda. De repente empezamos a percibir la transformación. A través de la cortinilla de la ventana de la habitación habíamos visto, al llegar, la copa de un ciruelo silvestre con los frutos aún verdes, y el alero de la casa vecina, con canalón y bajante. Cuando apartamos los ojos del termómetro, todo esto había desaparecido. Solo un cielo azul turquesa, con nubes blanquecinas, se extendía en el rectángulo de la ventana. Sentía al mismo tiempo un extraño movimiento de ascensión, lo sentía en los órganos, en todo el cuerpo. Más adelante, cuando subí en ascensor por primera vez, recordé esa sensación opresiva. Nos abalanzamos hacia la ventana gritando. Abajo, a decenas de metros bajo nuestros pies, veíamos Bucarest, extenso e intrincado como un laberinto ahogado en remolinos de polvo. Una pálida neblina nacarada y rosada cubría los edificios más altos. El Palacio de Telefónica, con todas sus fieras cenicientas instaladas en el tejado, el Torreón de Fuego, con sus ventanas en forma de prismas, los almacenes Victoria, los antiguos bloques de la calle Magheru, el bloque Torre y, en el horizonte lejano, azulada y fuerte, la Casa Scânteia, en medio de los prados verdosos. Bucarest, una telaraña por cuyos hilos trepaban tranvías con campana y camiones con remolque. El Bucarest lleno de andamios y grúas, con hospitales y oficinas de correos y, minúsculos, los quioscos de prensa. Con lagos grises en forma de estómago que desaguaban unos en otros. Con parques y estatuas de bronce ennegrecido, un pueblo de hombres morenos, cada vez más pequeños a medida que subíamos. Con barrios obreros como pasteles a los que nadie daría un mordisco. El Bucarest con sectores de las líneas de ferrocarril llenos de troncos, pilas de carbón y montones de tubos, bombas oxidadas, virutas e imanes. Con estaciones de relojes redondos y locomotoras de vapor, estaciones que huelen siempre a coque, a ajo y a petróleo, estaciones en las que se deslizan raíles superpuestos que desaparecen bajo los viaductos y las pasarelas e, inevitablemente, «bajo el puente Grant». El Bucarest de depósitos de madera y fábricas de bobinas y mataderos y la apestosa fábrica de jabón Stela, de las tejedurías Donca Simo, de las calles Julius Fucik, Olga Bancic, Ilie Pintilie, de las fábricas Vasile Roaită. El Bucarest de hombres con camisas blancas y el pelo peinado hacia atrás. De estadios asaltados por jóvenes trabajadores con gorras y rostros demacrados que gritan y se ponen en pie cuando un futbolista, también con el pelo peinado hacia atrás y pantalones hasta la rodilla, estilo Dinamo de Moscú, lanza hacia la red agujereada el balón de piel. El Bucarest en el que retumban los cánticos políticos: «Marianito el gracioso / Marianito el…» o los famosos «Las grúas / Ríen al sol de plata / Las grúas / al alba», y también el nostálgico «Y luego de la mano / tú y yo / desde el Ateneo / hacia Mioriţa por el paseo», el Bucarest del trío Do-Re-Mi, del Cordero Rabioso, del Amor a cero grados, de Ciubotărau y Giugaru y de Silvia Popovici. El Bucarest del bachillerato en el instituto nocturno…

Nos elevábamos a gran velocidad y la ciudad era cada vez más pequeña y más brumosa. Al poco rato, nuestras miradas abarcaban espacios mucho más vastos. Extensiones azules y verdes, rectángulos amarillos atravesados por los hilillos de los ríos, nubes de algodón cubrían ciudades del tamaño de una mano. Para no marearnos, volvimos a la cama de Puia. Ester le retiró, distraída, el termómetro de la axila y lo miró después de darle la vuelta. Ahora marcaba 37 grados. Al mismo tiempo, la habitación estalló en pedazos tras una explosión seca. Habían desaparecido incluso las paredes y el techo, nos encontrábamos rodeadas por el océano del aire gélido, de la montaña, del color del zafiro. Nos encontrábamos sobre el lomo de un inmenso elefante de piedra, tallado sobre la cima de una montaña gigantesca, blanca como la leche. La montaña era, de hecho, un pico rocoso afilado como una cuchilla, salpicado de macizos de enebros encaramados en algunas pequeñas mesetas a nuestros pies. Alucinante, inaccesible, el monte con el elefante en la cima se alzaba sobre un mundo plano, adivinándose a través del aire transparente como una botella azulada. Los colmillos de marfil y la trompa enhiesta conferían al elefante un aspecto belicoso y real. Arremolinadas en torno a la cama en que Puia seguía acostada, con las manos entrelazadas, no nos cansábamos de contemplar el mundo. Porque desde el risco veíamos con una claridad absoluta, a pesar de la distancia, todo lo que deseábamos ver en la tierra. Contemplábamos un pueblo entre olivos y veíamos su iglesia antigua con el campanario de hojalata y sobre la hojalata veíamos un gato que dormía hecho un ovillo; distinguíamos también las pulgas que salían un instante de las pestañas del gato y se agitaban junto a su oreja, donde el gato tenía un pelo escaso y ceniciento, para desaparecer después en la cabeza. En otro lado veíamos una bolera a pleno sol y apreciábamos incluso los hilillos de tabaco quemado que escapaban de la pipa que un rubicundo tabernero —con mandil, pues había venido solo a fisgar— golpeaba contra una pared cenicienta. Veíamos a un crío haciendo pis en un bosquete de avellanos, en medio de unas flores silvestres más altas que él. Veíamos un arco iris que se combaba sobre una fábrica de tractores y a una trabajadora, con un pañuelo en la cabeza, que observaba a la luz, en un ventanuco de cristales cuadrados, algo parecido a una bujía. Veíamos una fila de segadores con las camisas arrugadas, sudadas, que avanzaban a zancadas hacia las eras con las guadañas al sol. Uno estaba desnudo hasta la cintura y vimos sobre su hombro enrojecido, con mechones de pelo retorcido, una verruga monstruosa. Veíamos barcos inmóviles en mares esmeraldas que dejaban atrás, también inmóvil, la línea azulada de la estela. En la cubierta de uno de ellos, dos marineros zurcían sus calcetines de algodón. Veíamos las liebres polares depositando sus aceitunitas en la nieve porosa y un canguro, de nariz negra y húmeda, rumiando la corteza de un eucalipto. La frente de Puia había empezado a arder, emanaba un calor rojizo. Ester miró de nuevo el termómetro, que ahora marcaba 38 grados. Y, desde el espinazo rugoso del elefante, vimos una mano de uñas negras que lanzaba una tuerca al sombrero de un ciego y a un contable con manguitos que borraba con una cuchilla una cifra en un libro de cuentas. Vimos a un cura que acariciaba la cadera de una feligresa, una urraca contemplando a un bebé desde el borde del carricoche, a una mujer pintándose los labios. Vimos a un juez que miraba sardónicamente al acusado y a un cirujano que le extirpaba un diente a un caballo con ayuda de unas tenazas. Vimos un alambique que se extendía a lo largo de kilómetros enteros, un bosque de tubos del que destilaba una gota de aguardiente. Vimos una esclusa que se resquebrajaba en zigzag e impetuosos torrentes con renacuajos que inundaban los arrozales. Vimos a un viejo decapitar una langosta. Y cuando el termómetro de Puia marcaba 39 grados, vimos a tres soldados abofeteando a una anciana y una casa envuelta en periódicos y una funeraria que dejaba una huella de sangre y a un guitarrista al que había mordido un lagarto. Vimos una mosca que luchaba con una araña y a un enfermo que sonreía a una mariposa. Vimos a un hombre perdido en una fábrica y a un sabio atado a una carretilla y a un lobo suspirando con tristeza. Y a una joven que se entregaba en una panadería de pueblo y una película proyectada al revés y un disco rayado por el cual se paseaba una mariquita. Y cuando el termómetro marcó 40 grados y Puia se volvió traslúcida como una uña expuesta a la luz, vimos a unos ahorcados colgados de un sauce y mil ovejas sacrificadas a la orilla de una laguna, y a un campesino que comía riñones de perro con queso. Y un ciclotrón invadido por las chinches y un sombrero con la pluma pelada y los dos ojos azules, crédulos, de un leproso. Y un montón de termonucleares y una curtiduría de pieles de araña y a un adolescente enfrentándose a sus padres. Y un incendio que devoraba un depósito y un mar de hombres con la lengua cortada y una capilla en el paladar, entre las muelas. Y los tiburones fundando una hermandad. Y cuando el termómetro marcó 41 grados, vimos a un pueblo humillando a otros pueblos, un ejército luchando con un bisonte, la punta de una lanza dibujando una petunia. A un hombre desollado agonizando en una fosa de hielo, una oleada de sangre que barría municipios, un cuadrado mágico en la frente del actor. Vimos a un tirano tirando de la cadena en su trono, a un mequetrefe vomitando diamantes, un cadáver poniéndose en pie, a un doctor sacándose los ojos. Y tumbas abiertas y muertos en traje de camuflaje tintineando sobre los tanques, haciendo girar las palancas de los cañones desde los acorazados. Ejércitos huesudos disparando las bazucas, arrojando sobre las ciudades minas explosivas, botellas incendiarias, sábanas. Mariscales de campo de la carnicería cabalgando sobre ríos. Bidones de gasolina ardiendo en las tiendas de ultramarinos. Archivos de películas en llamas. Vendedores engangrenados, lecheras con herpes zoster. Pueblos con muletas, masas con los tímpanos reventados. Las trompetas al poder. Virus debajo de las banderas. Catedrales en ruinas, cardenales azules, esqueletos por todas partes. Enfermedades de corazón llamadas a filas. El cáncer como única fuente de energía. Ríos evaporados y la Muerte, la estrella implacable, pasando por el cuchillo incluso a los recién nacidos. Y una cruz de madera de cerezo en el Everest y, clavado sobre ella, Celsius, con una corona de espinas en la coronilla. Y bajo las plantas de sus pies llenas de sangre, una piel con quemaduras de séptimo grado, la Tierra. Y cuando el termómetro marcó 42 grados vimos a la deidad del Terremoto bailando sobre Eurasia, a la deidad del Hielo devorando los Polos, a la deidad del Diluvio aplastando Japón con sus talones. Y el sombrío dios de las profundidades, Nife el vengativo, hizo oír de repente su voz de lava, levantó la corteza por los aires y evaporó el océano. Y las Marianas y las once mil vírgenes y todos los huracanes con nombre de mujer huían gritando, con las faldas en llamas, con el pelo quemado, con los pechos al aire, tropezando con las metrópolis. Y ríos de wólfram y ríos de iridio y fiordos de cromo y estuarios de indio y lagunas de estroncio y cascadas de platino y arroyos de cadmio y mares de cobre y golfos de cinc y océanos de hierro hervían a la vez, con su flora y fauna cegadoras. Y las estaciones del año, bajo lluvias de estrellas, bajo el granizo de los meteoritos. Y vimos al Sol fundiéndose con la Tierra y eclipses humeantes. Y el termómetro reventó y su mercurio cayó como una lágrima en el abismo que se abría a nuestros pies. Y entonces vimos cómo se encogían las estrellas, cómo se contraía el espacio, cómo envejecía la luz, cómo las fuerzas interactivas, las fuertes y las débiles, la fuerza gravitatoria y la electromagnética jugaban las cuatro al poker y jugaban a los dados con hipercubos. Cómo el tiempo practicaba una vergonzosa mismidad. Como el mundo se transformaba en una manzana, en una cereza, en un electrón, antes de desaparecer en el no-ser. Y cuando a nuestro alrededor ya no quedaba ni siquiera la oscuridad, ni siquiera la nada, vimos de repente, avanzando hacia nosotras, un punto luminoso. Cuando se acercó, lo reconocimos con un grito de alegría: era nuestro niño, nuestro querido gigante, el hombre inmenso con pechos de mujer, con el cabello que caía, en mechones rubios, hasta las caderas, con sus ojos azules. Se acercaba cada vez más a nosotras. Era mucho más alto que la montaña en la que nos encontrábamos. Cuanto más se acercaba, mejor se distinguían sus rasgos; al poco rato no podíamos ver otra cosa que su rostro luminoso y luego solo su ojo, que se convirtió de improviso en el cielo tranquilizador, azul, salpicado de nubecillas, que veíamos a través de la ventana de la habitación de Puia. Nuestra amiga enferma se había incorporado y sonreía. Ester, la extraña Reina Amarilla, sostenía aún el termómetro en la mano y a través de la ventana volvíamos a ver el albaricoque y la cornisa de la casa vecina. El termómetro seguía marcando 36 grados, como al principio. Permanecimos un rato más junto a Puia, que nos aseguró que se quedaría en la cama también al día siguiente para recuperarse del todo, y luego nos fuimos a comer, cada una por su lado. Yo acompañé a Ester. Estábamos contentas porque el día había salido bien, porque el juego había sido un éxito una vez más. Ella se había quitado la coronita, se había sacudido sus cabellos de alambre rojo y ahora caminábamos juntas, de la mano, a través del sol tropical. Estábamos lánguidas como gatitas. Bostezábamos las dos, nos sacábamos las lengüitas y reíamos. Nos sonreímos una vez delante de su puerta y, cuando me di la vuelta, sentí una punzada en el corazón. Tuve por primera vez el presentimiento de que todo, todo iba a terminar poco después, de que los buenos tiempos se habían acabado para siempre.

La tristeza no me abandonaba. Cuando me quedé sola, por la tarde, se acentuó, se hacía aguda y dulce, insoportable. Entonces daba vueltas por el huerto vacío, arrancaba algún que otro tomate y lo mordisqueaba, o me abrazaba al tronco del guindo pensando en Ester. Deambulaba por el sendero estrecho entre los cuadros de verduras, llegaba al camión y me subía a la cabina ardiente. Hacía girar el volante, apretaba el freno y de pronto se me saltaban las lágrimas. Bajaba y me colocaba a Gigi en el cuello, caminaba así hasta el fondo del patio, junto a la valla podrida, ahogada entre las malas hierbas. Entraba de nuevo en la casa, al fresco, y pasaba un rato en el vestíbulo vacío, largo y estrecho, débilmente iluminado por unos ventanucos mates. Permanecía allí, de pie, apoyada en el marco, contando una y otra vez los pétalos de una flor cuyo nombre no conocía. Reinaba el silencio en medio de la luz cenicienta, podía concentrarme. Y otra vez a mi habitación, otra vez a la cama, bajo las sábanas, de cara a la pared… Aquel día lloré hasta la noche, no podía controlarme. Cuando entraba la tía Aura, yo fingía estar dormida. Lloré sobre todo al ver a la pobre Zizi, olvidada durante días enteros debajo de la mesa, con su bonito vestido lleno de polvo, con su pelo de lana enredado como si fuera un espectro. Cuando pensaba en el cariño con que le había hecho sus mudas, las braguitas, las sayas y todo lo que tenía puesto… pero ahora la había abandonado como una madrastra que castiga a su hijo. La estreché contra mi pecho y empecé a llorar de nuevo.

Hacia el atardecer, sin embargo, me lavé bien la cara, recogí a Marcel, que estaba en la calle saltando a la rana, y nos fuimos juntos hacia el torreón. Nos abrió la señora Bach y, al entrar en el vestíbulo, nos asustaron los gritos que se oían arriba. «Egor está con un amigo», nos dijo la alargada mientras nos hacía una señal para que subiéramos. Yo estaba sorprendida, había considerado a Egor un individuo en una soledad absoluta, no podía imaginar qué aspecto tendría un amigo suyo. Cuando abrimos la puerta, los gritos aumentaron bruscamente. El que vociferaba era, naturalmente, el invitado, un joven más o menos de la edad de Egor pero que le llegaba solo hasta la cintura. Era muy moreno y peinaba —algo raro por aquella época— raya a un lado. No entendí cómo se llamaba pero debía de ser un estudiante. Probablemente solo podía hablar en aquel tono. Se interrumpió un instante, cuando Egor nos presentó, y volvió a vociferar con más ganas. No entendía nada de lo que decían, pero ahora creo que debía de tratarse de política. Este, Oeste, rusos, americanos, Congo… la bomba atómica… la guerra fría… Jruschov… Dej… Argelia… Vietnam… El estudiante volvía siempre a la misma idea fija: «¡Vamos directos a la catástrofe, hombre! ¡Están armándose, hombre! ¡Crece el odio, hombre! ¡La desconfianza, la sospecha! ¡Se acerca el Apocalipsis, amigo! ¡Todos quieren tener bombas, todos hacen propaganda, todos mienten, hombre! ¡La opinión pública, el FBI, el KGB! ¡Va a ser una hecatombe! Va a ser una pesadilla, ¿entiendes?». Y así todo el rato, una media hora, mientras Egor escuchaba con seriedad. Cuando el estudiante calló por fin, agotado, Egor se puso en pie y sacó de uno de los cajones de la cómoda un álbum de fotografías, encuadernado en seda rojiza con grabados de rosas. Lo abrió y comenzó a pasar hojas. Páginas gruesas, llenas de fotos amarillentas, alternaban con hojas casi transparentes, con filigranas de ingeniosos arabescos. En las fotografías se podían ver mujeres alegres con peinados extraños, abrazadas de dos en dos por el hombro, vestidas ostentativamente con sus trajes tradicionales, niños con uniforme de «marinero», grupos con trajes del siglo pasado, señores con bigotes infinitos y cilindros en la cabeza, señoras de largo, con grandes lazos alrededor de la cintura y los sombreros anudados a la barbilla con una cinta, militares ceñidos con espada o apoyados en sus bayonetas, señoritas de internado con hoyuelos en las mejillas, con bucles junto a las orejas, jóvenes tísicos tocando el violín. «¿Te refieres a la bomba atómica? ¿A la destrucción en masa? Esta es mi respuesta. Mira este álbum de fotografías del siglo pasado. Contiene mi respuesta a todos los problemas del mundo y de la historia. Mira a esta gente, a estas niñas, a los críos de las fotos. Todos están muertos, todos, hasta el último. No queda un solo superviviente de todas estas personas nacidas hace ciento cincuenta años. ¿Qué es un arma atómica en comparación con esto, con el ángel exterminador, el tiempo que no deja heridos? ¿Qué son los conflictos, qué es la lucha por el poder en comparación con la victoria meticulosa, tranquila, casi dulce, del tiempo sobre todo lo demás? Las bombas, las guerras, los terremotos, las enfermedades, los diluvios son superfluos, no hacen más que acelerar irreflexivamente la obra del tiempo, son miradas arrojadas a un futuro inmediato, son miradas indiscretas tras levantar una esquina del telón». El estudiante respondió vociferando de nuevo, cada vez más agitado y más incoherente, jurando y maldiciendo sin tener en cuenta nuestra presencia, la de dos niños, en la habitación. Le acusaba a Egor de estar ya muerto, de que, según sus principios, no le quedaba otra que cubrirse la cabeza con un sudario y abandonar el terreno. Finalmente, se marchó sin despedirse dando un portazo. Egor se rio por lo bajinis y se volvió hacia nosotros. «Que el mundo se ocupe de sus asuntos y nosotros de los del mundo», dijo, y me preguntó qué tal iban mis sueños. Se los conté y él me dijo de nuevo que todo iba a salir bien. «Incluso aunque te desvíes un poco, a través de todo lo que te suceda, del modelo geométrico, simétrico, que yo conozco, todo saldrá bien. Que no coincidan nunca tus proyectos con su realización. Una acción (o, por volver a mi profesión, una obra) simétrica solo puede estar muerta, como una ciudad nacida en un tablero. Así como la araña, bajo el efecto de una droga, no teje ya su tela perfecta, sino una con agujeros y bucles ordenados caóticamente, el creador de nuestro mundo (y, tras él, el escritor) deforma la materia, la altera bajo la influencia del viento loco de la inspiración. Las leyes, los esquemas, los hilos siguen siendo los mismos, pero alargados, deformados. El bordado cobra vida». Después: «No me has contado nada de tu juego de Reinas, eres muy mala. Pero yo lo conozco mejor que vosotras y te puedo decir que en él todo tiene un significado y que tus sueños y tu juego, trenzados entre sí, configuran la telaraña que has tejido, no para capturar algo con ella, sino para ser atrapada. Porque nosotros somos unas simples moscas que secretan la red y la araña es la misma para todos. Nos visita una sola vez, cuando la telaraña está lista para poder aguantar su peso. Y solo tú, entre todas las criaturas de este mundo, podrás escapar por un instante de tu propia red, solo a ti se te ha concedido esta oportunidad. Y yo… mi red tiene un solo hilo, largo y recto. Por él tienes que caminar tú, pues yo soy el Guía y el Guardián aquí, en el borde del mundo».

Lo escuchaba fascinada, como siempre. Me esforzaba por recordar cada una de sus palabras. El crepúsculo exterior se había transformado en un enorme insecto rojo. Contemplaba la alfombra de los rezos, tan desgastada que por algunos sitios se veía la urdimbre. Hilos de lana de colores se entretejían en ella de forma inextricable, formando complicados arabescos. Recordé que, el primer día, cuando me contó lo de sus antepasados, me habló de un don milagroso que su familia había obtenido junto con la picadura de la mosca de alas azules, allá por las costas de África. Me había prometido hablarme algún día sobre ello. Pero en la estancia prismática de Egor, en la torre de la casona, todo parecía tan solemne, tan triste y distante, que no me atreví a perturbar el silencio. Sin embargo, unas palabras se escaparon de mis labios, no las que yo habría querido. «¡Egor, estoy enamorada de Ester!» —susurré con énfasis. Pero él parecía no haber oído nada. Permaneció en silencio un rato más, contemplando cómo jugaba Marcel, y luego repitió: «Sí, Guía y Guardián».

Di muchas vueltas en la cama antes de quedarme dormida. Con la mano debajo de la almohada, tocaba la cavidad de la concha, suave como la seda. Sentía en la punta del dedo los surcos laberínticos. Al final conseguí incluso verlos en la oscuridad, con la piel de los dedos, como si estuviera leyéndolos con mis propios ojos. Este poder no me ha abandonado jamás. Muchas veces, cuando llego a casa muerta de cansancio, me tiro en la cama, sin encender la luz, y «leo» el periódico con los ojos cerrados. Las letras que toco con los dedos aparecen en mi mente como iluminadas por una pequeña linterna de bolsillo.

Aquella noche soñé que caminaba por el sendero, en el centro del bosque, cada vez más irritada y más desfallecida. Miraba al suelo y aquella mezcla de brotes, orugas, hojas muertas, setas mojadas… temblaba ante mis ojos. El bosque no tenía límites, no tenía sentido, era el único mundo que uno podía imaginar. El aullido de un zorro por la colina. Un chispazo de rocío en una telaraña. El trino de un mirlo. Brisas frescas. Muy lejos, en el fondo del valle, en una mezcla de oro y sombras, vislumbré una casa. A medida que me iba acercando, los contornos eran más nítidos: una casa de madera desvencijada, de dos pisos, rectangular como un arcón, sin tejado en punta, sin ventanas. Vista de cerca era siniestra: un cajón grande de tablones embadurnados con brea. En el centro había una puerta abierta, en cuyo umbral acababa mi sendero. Mi sombra se proyectaba hacia allí como una aguja negra y vibrante. Avancé indecisa hasta la puerta. Era una gran puerta rojiza. En el interior, una oscuridad espesa, perfilada. Me sentía mal y apoyé la frente en la puerta durante un rato. No tenía escapatoria. No había ningún lugar en el mundo en el que esconderme, puesto que el camino se detenía allí. Atravesé el umbral y mis oídos empezaron a silbar de soledad.

Había pasillos largos y retorcidos, llenos de polvo y basura, donde se amontonaban muebles viejos, pianos derrumbados, libros con gruesas encuadernaciones de piel. Había fotografías amarillentas en marcos ovalados. Había camas de hierro, torcidas, y orinales devorados por el óxido. Había ropa desvaída en armarios de espejos rotos: de los cuellos y los pliegues se elevaba un enjambre de polillas grises y marrones que esparcían por todas partes el polvo de sus alas. Había una gran lámpara de brazos desplomada del techo y un icono partido en dos. Algún que otro moscardón salía zumbando de su escondrijo y daba vueltas sin parar por todos los rincones. Avanzando a pasitos entre todos aquellos trastos, di con los primeros escalones de una escalera que conducía al piso de arriba. Subí despacio, pisando con fuerza. Por las esquinas, las arañas paralizadas, inmensas, vigilaban desde sus densas telarañas. Arriba, al fondo de otro pasillo, encontré una puerta cerrada con un picaporte romo de latón oxidado bajo el que se veía, indecente, el orificio de la llave. Mi tensión, aquel miedo, la curiosidad, aquel deseo, aquel mal habían llegado a su punto culminante. Contemplé la llave de oro. Estaba segura de que encajaba. Y justamente entonces me desperté sintiéndome mal, en un estado de inquietud y frustración.

El sexto día fue un verdadero día de vacaciones. Garoafa, que tenía que ser la reina, no había aparecido aún a las once así que fuimos nosotras a su casa. Allí había unas quince almas bajo un tejadillo que no se levantaba más de metro y medio del suelo. Por la puerta salieron corriendo tres o cuatro mocosos, los más pequeños con el culo al aire, los otros con una camiseta de tirantes, marrón de tanta porquería. A lo largo de todo el cercado se veían huellas de manos mojadas en yeso y en el patio había montones de chatarra: cadenas, cocinas, tubos, codos de estufa. Una piltrafa de perra, con unas tetas como las de la loba de Dorobanti21, roía algo entre periódicos arrugados. Tres gitanas y un gitanillo de unos quince años, en uniforme escolar, estaban sentados en el porche escupiendo cáscaras de pipas. El chico tenía un flequillo afilado como el borde de un hacha, fijado, probablemente, con azúcar en lugar de laca. Nos dijeron que Garoafa «ha ido con su madre en el carro a buscar botellas vacías» y que volvería por la tarde. Tras pensárnoslo un momento, decidimos posponer el juego hasta la tarde o hasta el día siguiente y jugar hasta entonces a los juegos de siempre. No paramos quietas en todo el día: dibujamos, jugamos a la rayuela, nos subimos al guindo, nos entretuvimos con el Puente de piedra y Patria, patria, queremos prisioneros. Después de comer salí a solas con Ester y nos dirigimos hacia el campo, entre flores silvestres, agarradas de la mano primero y abrazadas por la cintura después. Vosotros, los chicos, no podréis entenderlo jamás… Cantamos todas las canciones que conocíamos y, a medida que caía la tarde, eran cada vez más melancólicas. El cabello de Ester, que yo acariciaba con tanto cariño, se tornaba de un rojo oscuro, como las guindas. Éramos muy felices. Nos preguntábamos qué habríamos hecho si no nos hubiéramos encontrado. También hablamos de libros y películas y me asombraba lo inteligente que era. Acababa de leer precisamente un libro tan grueso como un ladrillo, Los démonios (así lo acentuaba ella) y me hablaba de una pobre protagonista coja. Se llamaba Liza y vivía en un cuento. «Pero Svetlana es más bonito aún que Liza». Entramos juntas en casa, le entregamos las flores a la tía Aura y estuvimos un rato de cháchara las tres. Mi tía nos adoraba. También ella habría deseado una niña pero le había tocado «este descarado» (decía eso porque Marcel estaba debajo de la mesa y la oía). Hacia las siete de la tarde volvimos a reunirnos todas y al cabo de un cuarto de hora apareció también Garoafa que, para nuestra alegría, había cumplido su palabra: había tomado prestado el chaleco anaranjado de su primo (este era uno de esos individuos que llevan rodilleras de goma y levantan las tapas de hierro de las calles, huelen el interior, las vuelven a colocar en su sitio y les dan un martillazo) y estaba encantada de cómo le quedaba. Ella fue la que propuso que jugáramos de noche para que el juego fuera todavía más interesante. A las diez en punto teníamos que encontrarnos frente a la casa de las gemelas, que estaba justo en la esquina de la calle que se dirigía hacia la escuela vieja. Puesto que este era el sitio que Garoafa había extraído del sombrero, ahora ya era seguro que al día siguiente yo sería la reina del torreón. Después de cenar fui a mi habitación. La tía Aura solía acostarse temprano porque se pasaba el día cosiendo a máquina. Así que ni siquiera me desnudé, me senté en la cama con El comandante de la Ciudadela de nieve en las rodillas y empecé a pasar las hojas, bellamente ilustradas. No tenía paciencia para leer, pensaba en mil cosas a la vez, los seis días que había estado hasta entonces en casa de la tía Aura se mezclaban en mi memoria (e incluso más allá, allí donde nacen los sentimientos) con todo lo demás, provocando una imagen mirífica y dolorosa. Estaba completamente ofuscada y tenía incluso una constante y sorda sensación de mareo. Me había acompañado en los sueños pero ahora aparecía también en la realidad. Cuando mi mirada aterrizó en Zizi, tuve una especie de presentimiento. La cogí del suelo, le sacudí el polvo, hablé tiernamente con ella durante un buen rato y decidí no volver a descuidarla nunca más. Sobre todo porque el objeto de Garoafa era una muñeca. Por eso se me pasó por la cabeza llevar a Zizi conmigo para que viera nuestro juego. ¿Cómo iba a saber yo que mi muñeca iba a participar en el juego y que lo haría además de una forma tan salvaje? Todavía lloro algunas veces al recordar aquella noche horrible. Pero, al parecer, aquel era su destino…

Con Zizi en brazos, salí despacito por la puerta de la casa a las diez menos cuarto. Ni siquiera me había dado cuenta de que había luna llena. El cielo resplandecía con la luz de las estrellas. En la parte inferior de la bóveda, el cometa blanco, con las seis colas que se distinguían a simple vista, parecía un cabrito recién nacido, paciendo en un campo de flores amarillas. ¿Cuándo había crecido tanto la luna? Cubría un cuarto del cielo con su disco radiante. Eché a andar por la calle silenciosa, yo sola bajo la lluvia de estrellas. En la esquina de la calle estaban ya las gemelas, luego apareció también Puia con sus pendientes tintineantes. Ballena llegó con Ester (se habían encontrado por el camino) y por fin se presentó Garoafa. Se había puesto su chaleco naranja. En la frente se había colocado una banda en la que había prendido una gran boca de dragón, tiesa como la pluma de un voivoda. Llevaba un vestido ajustado, muy florido, de moda por entonces, pero de un corte vulgar que no tenía nada que ver con su talla, en los pies llevaba las zapatillas tradicionales: rojas, de charol y con un pompón de rabito de conejo. Había recogido su melena brillante en dos gruesas trenzas. En la penumbra, su rostro, por lo demás hermoso, era primitivo como un ídolo de madera. Nos dirigimos todas juntas, lentamente, atenazadas por el miedo, hacia un edificio oscuro, más alto que los demás, que sobresalía sobre el cielo estrellado al fondo de la calle perpendicular a la nuestra. Era un edificio viejo, en ruinas, con algunas de las paredes completamente hundidas, con los techos inclinados y la madera apolillada a la vista. No tenía bastidores, así que las ventanas parecían unos agujeros informes en los muros desconchados. La pendiente del tejado ya no tenía tejas y en él se abrían brechas anchas, negras. Yo ya había estado otra vez, de día, en aquel lugar. Me había paseado con Puia por las aulas vacías de pupitres destruidos y alguna que otra pizarra, de tres patas, olvidada por algún rincón. En algunos encerados había aún, escritas con tiza años atrás, fracciones y sumas. Por las paredes, allí donde habían estado colgadas las láminas «Animales domésticos» y «Conozcamos nuestra patria», quedaban ahora unos rectángulos amarillentos. Un montón de botellas hechas añicos, mezcladas con tubos y discos de metal, señalaba el lugar en el que había estado el laboratorio de química. En el aula de ciencias naturales habían dejado olvidado un animal indefinido, relleno de paja. Yacía en el suelo, descosido por varias partes y con un ojo de cristal caído junto a él. También había un molde roto que representaba la sección de un oído. Encontrábamos por las clases las hojas arrancadas de un abecedario y del libro de música, controles corregidos con tinta roja. Los niños que habían estudiado allí eran ahora adultos, habían pasado a otra especie, a otro mundo, a otra cosa. Nunca más volverían aquí. En la oscuridad nos costó encontrar la entrada, por la que nos colamos todas como gatitos. Garoafa encendió la linterna y la paseaba por las paredes. El pasillo de la planta baja era infinitamente largo. La luz de la linterna no llegaba hasta el fondo. El mosaico sucio del suelo reverberaba. Entramos en una clase en la que habían quedado tres pupitres y un estrado cojo, hundido en un socavón. La esquina de una pared se había derrumbado y del exterior llegaba una oleada de aire fresco. En la cima de aquellas ruinas, entre ladrillos, había crecido una especie de hierba. Garoafa se sentó en un pupitre, nosotras le colocamos la coronita dorada y la adornamos con lazos y otras baratijas que habíamos traído de casa. Se iluminaba la cara con la linterna de abajo arriba y tenía un aspecto terrorífico. Le entregamos también la muñeca que tenía que utilizar en el juego. Garoafa la apresó y, gruñendo, fingió devorarla. Luego la lanzó hacia la gigantesca luna que brillaba a través de la grieta. No era una buena señal. Había empezado a hacer frío, estábamos temblando porque todas llevábamos vestidos o blusas finas. Nos habían espantado unos aullidos agudos y cuando distinguimos unas sombras voladoras perfiladas en el aire azulado de las ventanas sin cristales, nos dimos cuenta de que eran murciélagos. Unos cuantos habían entrado, revoloteando en silencio, en el aula en la que estábamos; giraban a nuestro alrededor lanzando unos chillidos en el límite del sonido. También nosotras empezamos a gritar, con las manos en la cabeza, porque sabíamos que los murciélagos se enganchan al pelo y no los puedes soltar. Pasaban rozando nuestras orejas con sus largas alas de piel. Al poco rato el aire de la casa bullía repleto de ellos. Nosotras corríamos enloquecidas de un rincón a otro. Recortados contra la luna, venían en bandadas, podíamos distinguir bien sus siluetas diabólicas, de alas dentadas y orejas de ratón. De repente, Garoafa tuvo una idea que nos salvó: hacer fuego. Gritando y protegiéndonos, recogimos rápidamente del suelo cuadernos sucios, trozos de punteros, astillas de la antigua silla del profesor, hasta que acumulamos en el centro de la sala un montón de basura al que la gitanilla prendió fuego con las cerillas que siempre llevaba encima. Las llamas cegadoras, de un púrpura-azafrán, se elevaron rugiendo, derramando de repente a su alrededor una luz temblorosa, enrojeciendo las paredes y tiñendo nuestras caras de los colores más vivos. Nuestros gritos eran ahora de alegría, de triunfo. Los murciélagos, desorientados, no conseguían salir, chocaban entre sí, atravesaban el humo negro que se elevaba hacia el techo, se quemaban con las llamaradas vivaces. Unos cuantos habían caído al suelo y se arrastraban sobre las alas, gritando desgarradoramente y haciendo girar sus minúsculas cabezas a una extraña velocidad. Desaparecían por la densa oscuridad de los rincones. El fuego nos calentaba y nos embriagaba, lo contemplábamos hipnotizadas. Nos quemaba los párpados y las mejillas. Nos mareaba con su olor a madera y humo. Nuestro mundo era ahora pequeño y secreto: una esfera de luz trémula y de calor. Arrojábamos al fuego todo lo que encontrábamos alrededor por el solo placer de ver más y más llamaradas alzarse hacia el techo, romperse, trenzarse, lanzar chispas. «¡Fuego! ¡Fuego!», gritábamos como locas. No sé quién fue la primera en ponerse en pie y en hacer todo tipo de muecas. Comenzamos entonces a bailar todas a la vez, saltando en una pierna y en otra, cantando y dando palmas. Agitábamos las manos en el aire, girábamos en círculo alrededor del fuego y zapateábamos hasta marearnos, saltábamos sin movernos del sitio, con los ojos cerrados y los brazos abiertos. Teníamos una sensación de libertad absoluta, una sed de… ¿de qué? No éramos conscientes, pero en nosotras había una añoranza, un anhelo. Hacíamos muecas y nos enseñábamos los colmillos, rugíamos guturalmente esforzándonos por imitar a Garoafa que, encaramada a la mesa del profesor, estaba paralizada como un ídolo y aullaba hacia la luna como un perro. Se le había torcido la corona y la flor de boca de dragón colgaba rota. Intentamos saltar sobre el fuego y estuvimos a punto de achicharrarnos unas cuantas veces. Los dobladillos de nuestros vestidos olían a quemado.

Cuando nos cansamos de tanto jugar alrededor de la hoguera, constituimos el Gran Tribunal. Estaba encabezado, naturalmente, por Garoafa, la Reina Anaranjada, y nosotras, las demás, éramos sus ayudantes, sus jueces y verdugos. Tenía que comparecer ante nosotras la Muñeca. Pero como no encontró a la pequeña, yo le ofrecí como acusada a Zizi, a la que había dejado en un pupitre. El juego me tenía tan embelesada y tan entusiasmada —y estaba además tan aturdida y tan sometida a una maldad interior— que solo al día siguiente me di cuenta de la vileza cometida. Pero entonces era tarde para llorar. Con las manos a la espalda, atadas con un hilo, Zizi estaba ante nosotras, tiesa, apoyada en la pared. Todas le hacíamos burla y le enseñábamos las garras dispuestas a arañarla. Malhumorada, Garoafa nos ordenó que formuláramos las acusaciones. Con cada acusación, el fuego rugía violentamente y Zizi parecía encoger, con el pelo en punta. La primera en dar un paso al frente fue Ballena que, señalando a Zizi con el dedo, le gritó: «¡Eres pequeña, eres un espantajo, no mereces vivir!». Ada le habló con palabras maliciosas y pérfidas: «No sabes escribir ni leer. Tampoco sabes sumar. Apenas sabes cómo te llamas. ¡A la muerte!». Carmina le dijo con maldad: «Estás rellena de cáscaras y lana. ¡Debería darte vergüenza! ¡Acabemos de una vez con ella!». Puia, desde su sitio, perdida en aquella ensoñación fría de la que no despertaba nunca, susurró: «Eres fea. Eres una zarrapastrosa. ¿Quién podría querer casarse contigo? No, muñeca, es mejor así…». Garoafa, cruel, le gritó por encima del hombro: «Eres tonta, chavala, se acabó. Ya puedes ir haciendo el testamento, que te la has cargado». Yo le murmuré: «Eso es lo que ellas quieren, Zizi, yo aquí no cuento. No nos estropees el juego, Zizi. Para nosotras es solo un juego y tú, en cualquier caso, eres demasiado pequeña y demasiado tontita como para darte cuenta». Ester, con aquella voz que parecía siempre preguntar algo, maravillosamente nasal, echó también leña al fuego: «Tú no tienes vida y por ese motivo debes morir. Tú no existes, y por eso tienes que desaparecer». El destino de Zizi estaba decidido, no tenía escapatoria posible. Garoafa pronunció la sentencia: el Tribunal Negro la condenó a la horca y a arder en la hoguera. Nos apresuramos a cumplir la sentencia antes de que Zizi, aturdida, se diera cuenta de su situación y empezara a lamentarse, ya que nos temíamos que pudiera darnos lástima. Encontramos dos tablones unidos en ángulo recto y los clavamos en una grieta del parqué arrancado de la clase. La soga la hicimos con la cuerda de una lámina que representaba «La colza». En medio de un silencio en el que solo se oía el rugido de las llamas, desvestimos a Zizi de todos sus trapos —que yo misma había cortado y cosido con tanto esfuerzo— y los arrojamos uno a uno al fuego. El vestido se elevó inmediatamente hacia el techo, como una mariposa de llama y ceniza. Desnuda, Zizi inspiraba lástima: un cuerpo de trapo, informe, al que habían cosido burdamente una cabeza de yeso. Estaba sucia, cenicienta. Sus manos y sus piernas, cilíndricas, parecían de plastilina. La colgamos de la cuerda y contemplamos cómo se columpiaba lanzando una sombra negra, afilada, sobre el suelo. Empezamos de nuevo a bailar a su alrededor, pero esta vez era un baile sombrío, a trompicones, fatigoso, sin alegría. Nos desperdigamos por los rincones del aula y volvimos al fuego con más papeles, palos y trozos de lapiceros, así que bajo la muñeca ahorcada se levantó una pequeña hoguera piramidal. Garoafa la encendió con un leño que cogió de la hoguera grande y, con los ojos de par en par, vi cómo las primeras oleadas amarillentas se acercaban al cuerpo de la muñeca, cómo sus manos y sus pies empezaban a arder como antorchas, cómo de su cuerpo salía un humo denso. Al cabo de unos segundos Zizi desapareció en un envoltorio de llamas. También la cuerda empezó a arder y se rompió, la muñeca cayó sobre la hoguera, donde ardió mucho rato hasta convertirse en un remolino de ceniza. Su cabeza solo se había ennegrecido y permanecía como una bola sucia en medio de las llamas. Su pelo de lana se había carbonizado mucho antes. De repente, como si una puerta se hubiera cerrado de golpe, los dos fuegos estallaron en chispas y se extinguieron. Ni siquiera las brasas seguían ardiendo. Todo era ceniza y humo. El aula en ruinas se había llenado de un humo penetrante, irrespirable. A través del rincón derruido de la pared se veía un cuarto de luna que azulaba el cielo de alrededor. Todo se había disuelto y nos encontrábamos ahora, a medianoche, en un edificio en ruinas: éramos unas niñas asustadas. Desde sus rincones, los murciélagos se habían despertado de nuevo y habían empezado a revolotear otra vez por la estancia. Otros les habían respondido desde fuera y se habían apresurado a entrar. Echamos a correr gritando por los pasillos, perseguidas por las bandadas de ratones alados que ahora sí que nos golpeaban la cara e intentaban desgarrarnos la ropa. Los pasillos se multiplicaban y no encontrábamos la salida. La linterna de Garoafa alargaba la luz por las paredes cubiertas de liquen. Cuando abrimos una de las innumerables puertas, nos encontramos bruscamente fuera, bajo la luz mágica de la luna y las estrellas. Corríamos por la calle oscura, seguidas aún por los murciélagos, que dieron vueltas a nuestro alrededor hasta la esquina de nuestra calle. Cada una se detuvo en su casa. Chombe vino corriendo hacia mí cojeando y gruñendo, pero me reconoció y se tranquilizó de inmediato. Me escurrí en mi habitación completamente mareada, incapaz de pensar en nada, con un agotamiento terrible en los huesos. Podía suceder cualquier cosa, incluso no entrar jamás en REM, pero sentía que era incapaz de soñar aquella noche. Todo me dolía, todo me abrumaba. Saqué la concha de debajo de la almohada y la coloqué sobre la mesa.

Caí en un sueño pesado, negro, hasta el día siguiente más o menos a las diez, cuando vino a despertarme mi tía. Tenía invitadas, habían venido las gemelas y Ballena a consolarme por la triste historia de Zizi y a rendirme pleitesía, pues iba a ser la última reina. Entonces recordé todo lo que había sucedido la noche anterior y sufrí, efectivamente, una crisis de histeria. Lloré y me tiré al suelo, abofeteándome la cara y clavándome las uñas en los brazos. Ahuyenté a las chicas a gritos. También grité a la tía Aura, que había entrado asustada. Solo al cabo de una hora me calmé y empecé a reír entre lágrimas con los chistes que mi tía me contaba para tranquilizarme. Le dije que había perdido a Zizi, con la que dormía desde que tenía cinco años, y que eso había sucedido el día anterior al mediodía. Después de lavarme la cara, que me ardía, desayuné y empecé a pensar qué ponerme. No tenía muchas alternativas: había traído de casa una sola blusita roja (mejor dicho rojiza) y unas medias de tres cuartos con una rayita roja. A falta de otra cosa, me puse una falda blanca y en la cabeza un largo pañuelo de seda, estampado con flores color guinda. Me contoneé un poco ante el espejo, que estaba un poco inclinado, y luego salí a buscar una rosa. Corté con el cuchillo el tallo de una de ellas, lleno de espinas. La rosa era pequeña, apenas un capullo, pero se habían abierto unos cuantos pétalos que permanecían separados y dejaban ver los demás, apretados, húmedos de rocío. Decidí llevarla en la mano. Me la habría prendido en el pecho, pero mi blusa era también roja. Salí al sol y encontré a todas las chicas reunidas en la pequeña plataforma de cemento en la que aún se distinguían los siete círculos alrededor del trono. Me senté en la silla engalanada y Puia me colocó en la cabeza la coronita dorada. Me envolvieron en largas guirnaldas de papel brillante, rojo como el fuego, trenzaron claveles en mis cabellos y pusieron en mis dedos anillos con piedras rojizas. Luego recibí el objeto, un arito que parecía de oro. No me sentía a gusto. Tenía la sensación de que no iba a estar a la altura de las circunstancias, de que mi día iba a ser un fracaso. Sabía que no soy guapa y que no me queda bien el rojo. Me puse el anillo en el dedo y decidí que nos dirigiéramos al lugar de nuestro juego, es decir, al torreón. Pensaba que después del juego podría pasar por donde Egor. Tenía que decirle que no había soñado, que no era digna de ir Allá. Avanzamos por el campo y descendimos algunos minutos a la gruta de Rolando. La misma luz azulada se reflejaba en las paredes pero, cuando vimos a «nuestro amigo», como habíamos empezado a llamarle, nos quedamos mudas: era como si hubieran transcurrido miles de años. Del gigantesco esqueleto no quedaban más que montoncitos de tierra. Los huesos de la pelvis sobresalían, sin embargo, rotos, entre el polvo sucio, junto a astillas del cráneo, restos del maxilar y trozos de vértebras. El tiempo había silbado a través de él con una velocidad y una furia increíbles. Salimos abatidas de aquel osario y continuamos nuestro camino, a través del campo, hacia el torreón que se alzaba bajo el cielo deslumbrante. Cardos de flores azules arañaban nuestros pies calzados con sandalias de tela. Abejas barrigudas detenían su vuelo en el borde de una boca de dragón, la abrían y se metían dentro. Hurgaban en su interior y salían con el espinazo amarillo de polen. Seguían volando como saquitos colgantes de alas invisibles.

Egor estaba en casa, arriba, en su habitación. Nos contemplaba a través de la ventana y nos hizo un gesto con la mano. Nosotras también lo saludamos, casi todas le sonreímos con dulzura, irónicamente, por supuesto. Las gemelas le hicieron una reverencia y luego se echaron a reír. Desde el torreón hasta el almacén había suficiente terreno trillado como para poder jugar a nuestras anchas. Ahora era el momento. En pocos minutos tenía que idear un juego interesante. Toda la responsabilidad de ese día recaía sobre mí. Daba vueltas y más vueltas a mi anillo. ¿Qué podía hacer con él? No se me ocurría nada. Probé a mirar a través del agujero, como había hecho Carmina con su perla, pero no sucedió nada. En la inmensidad del cielo, el sol brillaba como rugiendo. Contemplé su círculo de metal fundido hasta que, al desviar la mirada, no vi más que manchas violetas y moradas. Miré después hacia la ventana de Egor pero las cortinillas transparentes estaban cerradas. Me decidí: teníamos que jugar a la boda. El anillo iba a convertirse en una alianza. Yo sería el novio y echaríamos a la novia a suertes. Es cierto que ya habíamos jugado otras veces a eso, pero las chicas se mostraron encantadas desde el principio. Era un juego al que podías jugar y jugar sin aburrirte jamás. Empezamos a agitarnos como si se tratara de una boda de verdad. Habíamos llevado con nosotras, como de costumbre, papel, lápices y tijeras. Para empezar, preparamos los billetitos en los que yo tenía que escribir los nombres de mis amigas para saber cuál sería mi novia. Aquí hice trampa, no podía hacer otra cosa. Escribí «Ester» en todos los papelitos. Luego los doblé y Garoafa sacó un solo billete de mi puño. Rompí los demás rápidamente y los tiré. Si me los hubieran pedido, me habría muerto de vergüenza. Me había arriesgado mucho pero el truco me había salido redondo. Así pues, Ester iba a ser mi novia. No podía ruborizarse más de lo que ya estaba, pero le quedaba bien. Todas se arremolinaron en torno a ella para «prepararla» y yo, que había permanecido a un lado, no encontré nada mejor que hacer que ponerme el sombrero de mi tío —lo había traído de casa junto con otras cosas—. Me recogí todo el pelo dentro de él. Me até alrededor del cuello un lacito de tela verde a modo de pajarita, y le pedí a Ada que me dibujara un bigotillo con un trozo de carbón que encontré por el suelo. Al final, Ada rompió el carbón en dos, le dio la mitad a su hermana y las dos trazaron, simétrica y simultáneamente, las dos mitades curvadas de un mostacho espléndido. No podía hacer mucho más. A Ester le habían colocado un velo de gasa blanca que le llegaba hasta la barbilla. Habrían querido colocarle todas las «joyas» que ellas lucían, pero Ester no quiso llevarlas. En las manos no lucía ningún anillo. Casualmente, aquel día se había puesto un vestido también blanco (con dobladillo azulado), así que, en su simplicidad, parecía una verdadera novia en miniatura, una novia rubicunda, de cabello rizado, con una graciosa y noble nariz aguileña. Como ramo de novia, las chicas reunieron una brazada de flores silvestres: diente de león, manzanilla, centaureas… Y se repartieron el resto de los roles. Ada y Ballena serían los padres del chico, Carmina y Puia, los de la chica, y Garoafa, el cura que tenía que casarnos. Para ello se había fabricado una barba hasta el suelo con un trozo de tela negra. No podías mirarla sin que te diera un ataque de risa loca. Decidimos que el «altar» estuviera justo enfrente de la puerta rojiza, polvorienta, del almacén. El novio y la novia tenían que venir por el sendero que llevaba desde el torreón hasta el almacén, y allí, ante la puerta, los esperaría el cura con los anillos. Al anillo de cobre, el mío, se sumaba ahora una anillito, de plata probablemente, sin piedra, que sería la segunda alianza. Todo estaba listo. Formamos el cortejo junto al torreón. Ester me miró un instante a los ojos y me cogió después del brazo con un gesto tímido, medio fingido, mientras se llevaba al pecho, con la otra mano, el ramo de flores. Apenas se distinguían los rasgos de la niña a través del velo cuidadosamente colocado sobre su cabeza. Yo la miraba por el rabillo del ojo mientras avanzábamos con pasitos cortos hacia el «altar». Las otras chicas, solemnes, nos seguían de dos en dos. A medida que caminábamos, me sentía abrumada por unos sentimientos demasiado intensos para mí, un sufrimiento y una tristeza que no entendía, mezcladas con una alegría negra, amarga, insoportable. Lo sabía: dentro de poco acabaría todo. Dentro de poco, todo lo que constituía el encanto de aquellos días (de ese mundo) desaparecería como si no hubiera existido nunca. El brazo de Ester, que yo apretaba ahora con el mío, iba a desaparecer. Los Grandes Juegos tocaban a su fin. Cuando llegamos hasta Garoafa, nos detuvimos mirando al frente. La puerta del almacén se había podrido casi por completo. El candado grande, oxidado, colgaba de la puerta como un precinto. Recordé de repente que, según lo que Egor había dicho, allí tenía que encontrarse el REM. La idea me pareció más absurda que nunca. Garoafa masculló algo rápidamente, en su lengua tal vez, abriendo las manos como si sostuviera un libro, haciendo muecas y estirando la barba. Llegó también el momento solemne en que nos preguntó a cada una si queríamos casarnos con la otra, a lo que ambas respondimos suavemente: «sí». Nos colocaron los anillos en los dedos y fuimos declaradas «marido y mujer», entre las risitas de las chicas. Ahora tenía que besar a la novia. Pero no podía. Las chicas gritaban que tenía que hacerlo, que así se hace, y nos empujaban a la una contra la otra. Al final, completamente fuera de mí, agarré a Ester por los hombros, levanté el velo que cubría su rostro y la besé suavemente en los labios. No tengo ni idea, como ya te he dicho, de cuándo hice el amor por primera vez, pero no olvidaré jamás cómo besé a Ester…

Jugamos durante un rato más, recibimos las felicitaciones de todas, pero no éramos capaces, ni yo, ni mi «novia», de hacer frente a la situación. Así que, un cuarto de hora más tarde, nos habíamos quitado los tocados matrimoniales, me había borrado el bigote y estábamos listas para volver a casa, a almorzar. Sin embargo, yo me quedé para hablar con Egor. Subí a su habitación. Le dije que no había soñado nada la noche anterior y se mostró contrariado. «Todavía no es un desastre. Me parece que estás un poco demacrada. Intenta dormir la siesta con mi concha bajo la almohada. Estás a un paso, qué demonios, estás más cerca que nunca. Un solo sueño, piensa en mí, en nosotros, en todos los que conocen la Entrada. Mira las flores que te trajeron hace unos días». Pero sus flores estaban mustias. «Un solo sueño, Svetlana, y llegarás allí donde no ha llegado nadie nunca, sabrás lo que nadie ha sabido nunca, sabrás por fin, POR FIN, la Verdad». A medida que hablaba, Egor se mostraba más y más agitado. Tenía muchísimo miedo. Si yo fracasaba, él habría vivido en vano. Habría envejecido como un eunuco, un guardián a la puerta de un harén que no era el suyo y que no tenía nada que ver con él. Toda su fantástica genealogía habría sido inútil. Tendrían que volver a pasar quién sabe cuántos cientos de años hasta que un descendiente de Egor, igualmente largo y filiforme, encontrara a otra niña que soñara conscientemente. Lo tranquilicé, le dije que dormiría, pero Egor me parecía, en aquel momento, lejano, irreal. Mi REM había sido el beso que le había dado a Ester. En ese instante lo tuve Todo. «Egor, dime una cosa, ¿cuál es ese don maravilloso que la mosca transmitió a tu familia en África?». Esta vez se lo preguntaba sin curiosidad, contemplando el campo soleado a través de la ventana. Egor me miró asombrado y al cabo de un instante me respondió: «Ah, sí, pon la mano aquí». Se desabrochó un botón de la camisa para que pudiera tocarle, levantando el dedo, la parte superior del pecho. Allí había algo blando, una especie de capa de grasa. «Es el timo —me dijo—. La glándula de la infancia. Normalmente desaparece en la adolescencia pero a mí me va a durar toda la vida. Seré un niño toda la vida, ese es el don. Este sitio blando de mi pecho me ha permitido conocerte, entender vuestro juego, vigilar tus sueños. Sí, la picadura de aquel insecto extraño preserva el timo. A través de él penetras en el sueño y te conviertes, por así decir, en ciudadano del sueño». Me costó despedirme de Egor aquel día, como si supiera que no iba a volver a verlo jamás. Vi cómo permanecía en el umbral de la puerta, hasta donde me había acompañado: un monstruo melancólico, de otro mundo, espantosamente frágil, una gran araña disecada y triste, saludándome, lentamente, con la mano. Volví la cabeza hacia él unas cuantas veces, mientras me alejaba por el sendero. Seguía allí, en la puerta, inmóvil. Cuando doblé la esquina, ya no veía nada más que la casona con la ventana brillante de la torre.

Al llegar a casa, almorcé deprisa, aguantando con estoicismo las pullas de Marcel y guardando silencio, más por distracción que por testarudez, ante las preguntas y las carantoñas de mi tía. Por lo demás ella, la pobrecilla, cosía, incluso sentada a la mesa, el dobladillo de una falda o algo así. Rompía el hilo con los dientes y daba un mordisco al pan. Me acosté, acurrucada bajo la manta, con la concha —tan dulce al tacto— bajo la almohada. Estaba ardiendo, la cabeza me daba vueltas, los sentidos se habían vuelto hacia mi interior. Di vueltas y más vueltas, envolviéndome en las sábanas, hasta que caí en un estado de delirio sombrío, de sueño con fragmentos de ensoñaciones más habladas que vistas. Era hablada por alguien exterior a mí, yo existía solo durante el tiempo en el que aquel alguien pronunciaba palabras indescifrables, balbuceos hieráticos. Y aquellas palabras no eran en absoluto abstracciones, aquel lenguaje no era solo lenguaje: algunas palabras eran gelatinosas, otras, húmedas y heladas, otras quemaban como el ácido. En conjunto, aquella arenga era un mundo extraño que yo percibía con algo más que con los sentidos, que vivía con algo más que con el cuerpo y la mente. Era torturada, martirizada por aquel lenguaje que me soñaba.

Abrí los ojos al cabo de un rato (no podría decir cuánto tiempo había pasado) y me incorporé. Estaba todavía mareada pero distinguía los colores dorados de la tarde. Me asaltó la idea de que tenía que llegar a REM. Tenía incluso una aguda sensación de llegar tarde, como si me hubieran dado —¿cuándo?— una indicación precisa respecto al segundo en que tenía que estar allí. Me levanté de la cama y abandoné la habitación corriendo. El pasillo ceniciento que llevaba a la puerta principal de la casa me pareció infinitamente largo. Cuando abrí la puerta, me golpeó bruscamente en la cara, prorrumpiendo con ímpetu en un millón de colores, el esplendor del jardín: flores azules y rojas de cálices gigantescos, que ardían como una llama, verduras de hojas verdes como la hiel, todo ello iluminado por un sol cegador, tan grande como la mitad del cielo. El camión era, simplemente, devorado por el sol, las cascarillas de la pintura habían empezado a arder y humeaban a la luz monstruosa de los tomates. Salí por la puerta y poco después corría por el campo, por el sendero que llevaba al torreón. Recorrí aquel camino de una sola zancada y bruscamente me volví a encontrar frente al almacén ruinoso en el que se hallaba el REM. Sin dudarlo un solo instante, saqué la llave de oro y la introduje en el candado oxidado. Tal y como me esperaba, encajaba a la perfección, giraba voluptuosamente, como si lo hiciera en mantequilla. Arrojé el candado por ahí y apoyé la frente en la puerta rojiza. La entreabrí y me adentré.

Me encontraba en una estancia de tamaño mediano, con las paredes pintadas en un amarillo-crema tranquilizador. Sobre el parqué se extendía una alfombra verde con dibujos de rombos negros y blancos. La habitación estaba modestamente amueblada: un dormitorio barato compuesto por unas cuantas piezas de contrachapado amarillento. En la pared de la puerta en cuyo umbral permanecía yo, había un armario. En el armario, dos maletas de piel de imitación, una anaranjada y la otra negra. Sobre la anaranjada reposaba, con el mástil hacia el interior de la habitación, una guitarra. En una de las puertas del armario estaba pegada una postal que representaba —ahora caigo en la cuenta— una catedral iluminada en la noche. En la pared de mi derecha descansaba un mueble-cama ancho, en cuyo arcón se amontonaban todo tipo de libros, algunos muy gruesos, como diccionarios. La cama estaba sin hacer, un revoltijo de sábanas arrugadas. Una esquina levantada mostraba el material azul con que estaba tapizado el mueble-cama. Toda la pared de enfrente estaba ocupada por una ventana panorámica, triple, a través de la cual se divisaba, más allá de una calle ancha, una fila de bloques. La ventana tenía una cortina blanca, colgada de un riel amarillo, con dos cintas marrones a los lados, y cortinones a rayas verdes y claveles amarillos sobre un fondo pálido. Un sillón escuálido, de tapicería esponjosa roja, con arabescos, estaba apoyado en la pared de la ventana. En él había dos cojines pequeños, un pulóver marrón tirado con descuido y una toalla gruesa, amarilla. Sin embargo, lo más interesante era la pared de mi izquierda. Adosado a ella se encontraba, junto a la puerta, un tocador con espejo. En una esquina del tocador había un tubo metálico con un tapón de plástico blanco (mucho después supe que se trataba de un spray). Junto al tocador, en medio de la pared, había una mesa debajo de una acuarela de inspiración japonesa: dos pájaros se contemplaban desde dos ramitas de bambú, rodeados por los ideogramas típicos. En aquella mesa, cargada de libros, de hojas en blanco, de cuadernos gruesos, dosieres, otro tubo metálico, unas tijeras, una cinta de color miel (ahora sé que era un rollo de cinta adhesiva), algunas cartas, un vaso con lápices de colores y algunos exámenes corregidos con tinta roja, sentado a aquella mesa había un joven que escribía a máquina. Yo ya había visto máquinas de escribir un par de veces, cuando había ido con mi madre al notario, pero aquellas eran negras, metálicas, y hacían un ruido ensordecedor. La que veía ahora era mucho más pequeña, de plástico azulado, brillante, y en una plaquita de metal colocada a la izquierda decía «Erika», en letras negras. El joven había retirado la tapa interior de la máquina así que se podían ver bien los dos carretes negros, el abanico metálico del centro, del que se lanzaban las letras para golpear el papel del rodillo, y la cinta bicolor, roja y negra, que saltaba rápidamente a cada golpe de los dedos sobre las teclas de letras blancas. Hace unos años se podían encontrar en las tiendas máquinas de escribir como esa. El joven no era, de hecho, tan joven. Debía de tener cerca de treinta años. Pero su silueta fina, el rostro estrecho, triangular y el pelo largo, moreno, que caía sobre sus orejas en mechones revueltos, le conferían el aspecto de alguien de veinticinco años como mucho. En cualquier caso, para mí, en aquella época, no había gran diferencia entre veinte y treinta y cinco años. El joven era para mí «mayor». Cerré la puerta y, con timidez, di unos pasos hacia el interior hasta colocarme junto a su hombro. Estaba concentrado, sus manos buscaban las letras del teclado y parecían fascinarlo, pero no tecleaba en absoluto tan rápido como las mecanógrafas de la notaría. Sus ojos de color castaño oscuro tenían unas pestañas largas y espesas. Las cejas se arqueaban serenas sobre ellos. Su nariz era recta, de fosas largas, y sus mejillas, pálidas, chupadas. Un bigote ralo estaba enmarcado, como entre paréntesis, por unas arrugas que habrían señalado su costumbre de reír a menudo si no hubieran sido, al mismo tiempo, escépticas y amargas. Su boca era carnosa, sensual y austera a la vez, podría haber sido la boca de un santo enjuto, en eterna lucha con las tentaciones y sobre todo con la tentación, diabólica, de no dejarse tentar. Una boca levemente asimétrica sobre una barbilla firme aunque estrecha. Su rostro no tenía mucho que mostrar al exterior. A la izquierda de la máquina de escribir, justo bajo el carro que se desplazaba tembloroso, vi otro montón de hojas mecanografiadas. La primera tenía el título de REM. Eran muchas, por lo menos cien, pero en aquel momento solo me interesaba el joven. No me había prestado la más mínima atención, aunque era imposible que no me hubiera visto entrar, ni siquiera por el rabillo del ojo. De vez en cuando dejaba de escribir, releía, sobre el rodillo, una o dos frases, miraba a través de la ventana… Era concreto, estaba allí, con un pulóver rojizo, con pantalones de pana de color verde oscuro, con calcetines de color crema. Lo recuerdo hasta en los más mínimos detalles. Por ejemplo, no se había afeitado y no llevaba alianza. Sus uñas estaban bien cortadas. Hice acopio de todo el valor del que fui capaz y le toqué el hombro. Entonces él se detuvo, volvió su rostro hacia mí (nuestros rostros, puesto que estaba sentado en una silla, quedaban a la misma altura) y me sonrió como si me hubiera estado esperando. Cuando sonreía resultaba infantil, casi gracioso. Levantó la mano izquierda y me acarició el pelo. Luego cogió el montón de hojas escritas a máquina, las colocó sobre la cama y me hizo un gesto para indicarme que las leyera. Estaba demasiado mareada y alterada como para leer todo el manuscrito, por lo demás, me habría llevado unos cuantos días. Al principio no entendí nada, era una especie de historia enrevesada. Salté unas veinte páginas y me quedé perpleja. Era mi historia, hablaba de mí. De cuando iba con mi madre a visitar a la tía Aura y con mi padre al parque de atracciones, de cómo viajaba balanceándome en el tranvía, de cómo una vez Chombe me había mordido en la cara, de cómo le cosía falditas a Zizi. Luego hablaba de mis amigas, de Garoafa y Puia y Ballena y Ada y Carmina y Ester, caracterizadas todas tal y como eran. Hablaba de Egor y de la señora Bach, sobre sus antepasados, sobre la concha de la que brotaban sueños. Hablaba sobre nuestro juego de Reinas y sobre todo lo que nos había sucedido en él durante la semana que pasé en casa de la tía Aura. Decía que había entrado finalmente en REM y que había encontrado al joven que escribía a máquina y que él me había acariciado el pelo y que me había entregado aquella historia para que la leyera. Me aterroricé. Dejé las hojas y volví de nuevo mi mirada hacia el joven. Este me miraba también, sonriéndome. Después me señaló un calendario colgado en la pared, uno de esos populares, con anécdotas, caricaturas y consejos para las amas de casa en el reverso de las fechas. No entendía nada así que él se puso en pie, rompió la hoja, la dobló y me la entregó. Luego volvió a inclinarse sobre la máquina de escribir. Me dirigí, angustiada, hacia la puerta. En la parte interior, la puerta era de color amarillo y tenía una cortinilla blanca sobre la banda de cristal opaco del centro. En la cortinilla estaba prendido con alfileres un cartel bastante grande, de márgenes blancos, que representaba un grabado en tonos oscuros. Toda la parte de la derecha, más de la mitad del grabado, estaba hundida en la oscuridad cálida, sofocante, de un lecho con baldaquín. En un revoltijo de almohadas y colchas bordadas estaba arrellanado el cuerpo, blanco como la barriga de un pez, desagradable en su obscenidad, como si estuviera en cierto modo tullido, de una mujer con una camisa arremangada más arriba de la cintura. El desnudo era pesado, arqueado de manera imposible, y el rostro de la mujer era de una sensualidad primitiva. La mano derecha se aferraba a la chaqueta de un joven delgado que se encontraba en el centro de la parte derecha del grabado, en plena luz. Estaba inclinado hacia la parte opuesta del lecho, sus manos parecían querer defenderse de un fantasma, su rostro expresaba una mezcla de sufrimiento, vergüenza y humillación, una lucha más con él mismo que con la mujer que intentaba retenerlo, llamarlo, atraerlo hacia ella, pero que iba a conseguir tan solo quedarse con su chaqueta. Una banda larga de la parte inferior del grabado estaba rota, así que, de una inscripción probablemente más larga, se podían leer aún, en una bella caligrafía, solo las tres primeras letras: REM. Abrí la puerta y salí.

¿Cuándo había anochecido? No distinguía nada, no veía el torreón ni el campo de alrededor. En cambio, podía sentir bajo mis pies el crujido de un suelo de madera. Tras dar unos pasos me tropecé con algo y caí. Cuando los ojos se acostumbraron a la oscuridad, vi que me encontraba en un pasillo intrincado en cuyas paredes había apoyados muebles antiguos, cabeceros metálicos, gigantescos floreros de porcelana, rotos y desportillados, pianos con el teclado desdentado. Por todas partes, a medida que avanzaba cada vez más segura y más deprisa, se elevaban a mi alrededor mariposas cenicientas, de color beige, temblorosas en algún rayo de luz. Descendí una escalera con telarañas y me sumergí en otros pasillos interminables. Olía a váter, a cloro, y el aire era de un verde-negro, insano. De repente, al girar en un recodo, vi la puerta entreabierta y salí corriendo a la rotunda luz matinal. Me encontraba en el bosque eterno, sin principio ni fin, empapado en oro y salpicado por las sombras, incendiado por el trino de los pájaros invisibles. El sol me quemaba los ojos. Miraba hacia el cielo, veía cómo el viento hacía temblar las hojas transparentes, cómo agitaba las ramas jóvenes. Entonces supe que estaba soñando, pero ese pensamiento no me impidió sentirme feliz, respirar el aire que olía a cortezas rotas, a savia, a tierra llena de raicillas pútridas. Habría querido regresar corriendo por mi sendero, detenerme justamente allí donde había encontrado la llave, donde había roto la copa, donde había cruzado el agua, donde había saltado el tronco, para volver al sitio en el que había aparecido, en el que había empezado el viaje. Sin embargo, sabía que el regreso no era ya posible. Se había acabado. Dios mío, tenía que despertar. Me dejé caer al suelo y empecé a abofetearme la cara. Y de repente me desperté de verdad.

Volvía a estar en mi habitación, en mi cama teñida por el ocaso. Había dormido unas cuatro horas pero todavía me sentía bastante mal. Durante un rato permanecí tumbada boca arriba, contemplando las rayas rojas del techo que resbalaban por la cortina de la ventana. Tenía calambres, sentía en la parte inferior del vientre un dolor leñoso, seco. No podía pensar en nada, pero cuando cerraba los ojos, bajo los párpados veía con mucha claridad las imágenes del día interminable que ya había pasado: el torreón, las chicas vestidas para la boda a pleno sol del mediodía, el rostro de Ester… Transcurrieron unos cuantos minutos hasta que me di cuenta de que mi puño derecho estaba apretando algo. Por un momento creí que era la concha, pero esta se encontraba en su sitio, bajo la almohada. No tenía el valor necesario para abrir la mano; cuando me decidí vi que era una hoja de papel, doblada. De repente me acordé de la hoja de calendario que me había dado el joven de REM. La desplegué. Era la fecha del 3 de mayo de 198… En el reverso, un artículo sobre la historia de la filatelia, copiado en letras menudas. He conservado esa hoja hasta el día de hoy. Dentro de poco, por lo demás, habrá decenas de miles de hojas idénticas, probablemente se han impreso ya los calendarios de ese año. Así que mi prueba perderá rápidamente cualquier validez.

Únicamente entonces, al contemplar la fecha de la hoja, acurrucada aún en la cama húmeda, comprendí una parte de la infinita presencia de REM. Así que no había sido tan solo un sueño, aunque tampoco había sido real. Había recibido la hoja de un calendario que iba a aparecer veinte años después. Solo sabía eso y ya era suficiente para espantarme. No podía pensar más allá, no era ya capaz de discernir si estaba aún soñando o si estaba despierta. Me incorporé y permanecí así un buen rato. Cuando me espabilé, oí, al otro lado de la puerta, unas voces conocidas. Me levanté de la cama y pegué la oreja al cristal mate, rugoso. Hablaba la tía Aura: «Creo que estaría mejor, Costel. Ya ves, yo estoy todo el día trabajando, no tengo tiempo de ocuparme de ella. Ha vagabundeado toda la semana. No sé qué le pasa. Creo que echa de menos su casa, la veo siempre llorando… Pero no pienses que… Puede quedarse conmigo lo que haga falta, hasta que Viorica salga del hospital, pero…». Y mi padre respondió: «No, déjalo, Aurelia, es mejor que me la lleve a casa, ahora que estoy de vacaciones… De todas formas, no me he ocupado demasiado de ella. Creo que la llevaré al cine, al museo, al parque, se ha vuelto una salvaje, siempre sola en casa…». Me estremecí como si hubieran entrado por la puerta y me hubieran sacado por la fuerza.

Unos minutos después los oí dirigirse hacia mi habitación. Me abalancé sobre la cama y fingí dormir. Se sentaron en el borde de la cama y la tía Aura, acariciándome el pelo, me susurró para que me despertara. Abrí los ojos, me incorporé, besé a mi padre y de repente, de forma sorprendente incluso para mí, grité: «¡Papá, no quiero irme de aquí, quiero quedarme! ¡Por favor!». No me contradijo, me trató con mucha ternura. Mientras me cambiaba, miraba a mi padre a través de las pestañas. Me dio pena: su cabello estaba casi completamente blanco y su rostro, en otra época sonrosado, saludable, tenía unas arrugas desoladoras. No se había afeitado, parecía un hombre que cuidaba de sí mismo. Cené con ellos y con Marcel fuera, a la luz de una bombilla. Era de noche. Hacia el fondo del patio, la noche era más azulada, iluminada por la luna. Gigi daba vueltas entre nuestros pies, con la cola tiesa, y algunas veces se levantaba sobre las patas traseras y miraba nuestros platos. Le acariciaba distraída la cabeza. Le ponía algún bocadito en el borde de la silla por ver cómo lo tiraba con la pata. Chombe, un poco más lejos, comía algo en su cuenco. En torno a la bombilla cegadora revoloteaban miles de mosquillas, mariposas, filoxeras. Mi padre dejaba de comer de vez en cuando para contarme qué películas estaban en cartelera. Mañana era el último día en que podría ver El aprendiz de brujo, de la que tanto me había hablado Ester. También estaba El Palacio de cristal y había aparecido la primera serie de Los fantasmas de Spessart. Y en casa, si es que quería ir con mi padre esa misma noche, me esperaba una sorpresa. Yo no decía nada, comía y miraba las mosquitas, sus rápidas volutas alrededor de la bombilla antes de desaparecer en la oscuridad y de volver a aparecer rápidamente en la luz. Al final decidí volver a casa solo por un día y regresar pasado mañana. Mi padre estuvo de acuerdo, así que, tras charlar un rato al aire fresco, me vestí y preparé mi «equipaje». Estaba tan triste que no me di cuenta de que la tía Aura había puesto en una bolsa grande todas mis ropas. Cogí también las cosas a las que me sentía más apegada: envolví el huevo en un trozo de tela y lo puse en una caja de zapatos junto con la concha y la hoja del calendario. Mi tía nos acompañó hasta la puerta con su eterna sonrisa de oreja a oreja, con sus gestos de exagerada amabilidad. Partí calle abajo, de la mano de mi padre, bajo las estrellas rutilantes. Solo las miraba a ellas, por eso me tropezaba de vez en cuando. Las estrellas estaban muy arriba, muy lejos. No les interesaba nada de esta tierra. Durante largo rato, busqué con la mirada el cometa de seis colas y me costó encontrarlo. Apenas se distinguía, como una nubecilla pálida, en una esquina del cielo. La noche siguiente, desde la claraboya de nuestra casa de la calle Moilor lo buscaría en vano. Nos adentramos en un laberinto de calles débilmente iluminadas por una bombilla mortecina, hasta que salimos a la carretera, por donde pasaba traqueteando algún que otro camión, algún que otro tranvía. Esperamos mucho rato en la parada y luego atravesamos la ciudad fantasmagórica, bamboleándonos junto a una interventora somnolienta. Debido a la luz anaranjada del vagón, a través de la ventanilla no veía nada más que nuestras caras terrosas y los asientos de madera amarilla, reluciente. Cuando llegamos a casa, nos acostamos. Di vueltas toda la noche en una vigilia amodorrada, con fragmentos de sueños sin sentido, transpiré hasta empapar la sábana, gemí en sueños. Aquella noche tuve mi primera regla.

Naturalmente, en cuanto llegué a casa la magia se esfumó. Mi madre salió del hospital unas tres semanas después y más o menos entonces empezó la escuela. Hacia octubre, mi tía vino a casa con el tío Ştefan y con Marcel, pero nuestras familias discutieron, no sé por qué. Así que no volvimos a visitarlos. Hacia 1970, demolieron su casa y construyeron, en el lugar que ocupaba su calle y más allá, hasta la mitad de la distancia entre el fondo de la calle y el torreón, en el campo, un barrio de bloques. Estuve por allí un día de julio, hace unos cuantos años. Me costó orientarme entre los edificios idénticos, de cuatro pisos, colocados a una distancia de un palmo uno del otro, con balcones atestados de coladas multicolores y con las escaleras de hormigón de la entrada llenas de niños en camiseta, pero finalmente conseguí encontrar el lugar en el que había estado la casa de mi tía. El nombre de la calle era el mismo, el nombre de un cabo distinguido en quién sabe qué guerra. Caminé hasta el final de la calle, que también daba al campo a pesar de su aspecto, mucho más «urbano» que en otra época. Pero ya no estaba el torreón. Era como si no hubiera estado jamás. Más allá de los bloques, solo sembrados hasta donde se perdía la vista, en la linde del pueblo de Dudeşti. ¡Pero en medio del campo, aún en pie, se encontraba REM! El viejo almacén había resistido el paso de los años, el corazón se me encogió al verlo. Aunque llevaba unos zapatos nuevos, caminé por el terreno pedregoso hasta llegar a la puerta que tan bien conocía. El candado estaba en su sitio pero no estaba cerrado y colgaba, oxidado y podrido, de los anillos. Abrí la puerta y eché un vistazo dentro. Bajo las telarañas pesadas, repletas de insectos zumbadores, se distinguían en la penumbra herramientas viejas: picos, azadas, extraños trozos de metal, un yunque, hierros retorcidos, grapas, todo ello cubierto por una corteza anaranjada de óxido. Un cubo aplastado estaba medio lleno de yeso solidificado. Me marché invadida por un súbito agotamiento, por un sentimiento de inutilidad. Recordé lo que Egor había dicho en una ocasión: «El tiempo exterminador, el tiempo que no deja heridos».

Y con esto ya te he contado más o menos «mi bellísima historia». He necesitado muchos años, he tenido que madurar y convertirme, ya ves, casi en una vieja, para creer que empiezo a entender verdaderamente qué es REM, que no está allí, dentro del almacén, sino en su exterior, que de hecho nosotros somos REM, tú y yo, y mi historia, con todos sus personajes, y Bloody Mary, y el perro atropellado por el coche, que nuestro mundo es una ficción, que somos héroes de papel y nacimos en su cerebro y en su mente, y que yo pude verlo. Que incluso él se ha incluido a sí mismo en REM. Que tal vez incluso él, en su mundo —en el que yo penetré, quizá mi única razón para vivir—, sea tan solo el producto de una mente mucho más vasta, de otro mundo, e igualmente ficticia. Y él, sí, ahora estoy segura, busca con desesperación una Entrada hacia ese mundo superior, porque nuestro sueño, el de todos, es encontrar al Creador, mirar a los ojos al ser que nos dio la vida. Pero, ¡ay!, quizá REM no sea eso que yo pienso de él. Tal vez sea tan solo un sentimiento, un estremecimiento del corazón ante la ruina de todas las cosas, ante lo que ha sido y no va a volver a ser jamás. Un recuerdo de los recuerdos. REM es, tal vez, la nostalgia. U otra cosa. O todo a la vez. No lo sé, no lo sé.

En tu apartamento brilla la luz del día. La gota cenicienta del borde de los objetos se ha difuminado lentamente y los millones de colores del mundo blanco se han extendido por los lomos de los libros (Cortázar, un Márquez descosido…), por nuestras ropas tiradas de cualquier manera, por el gres del suelo, cubierto con una alfombra de piel, por la mesa en la que hay un cesto con los corazones de las manzanas y un huevo prehistórico, por los tapices ingenuos de las paredes. Te has callado y de repente las cosas se han aprovechado de tu debilidad para abalanzarse sobre nosotros y meternos el dedo en el ojo. Me estiro, me siento lleno de posos. ¿Qué diantre he buscado aquí, me pregunto, en tu Dămăroaia22, donde el diablo destetó a sus hijos? ¿Adónde voy a ir a parar en esta relación contigo? No tengo tiempo ahora de pensar en tu historia, una parte de mí la ha devorado deprisa, la ha engullido sin masticar y espera tiempos mejores para poder rumiarla. Ahora no quiero otra cosa que irme a casa y acostarme, no volver a verte nunca más. Estás desmadejada, agotada, las ojeras cubren tu rostro, tienes el pelo enredado, tu piel tiene infinitos poros que por las noches consigues camuflar, pero que ahora… Y hace un frío de mil demonios en esta habitación. Venga, mujer, se acabó la fiesta.

¿Te has olvidado de mí, amado lector? Soy yo, el narrador. Es cierto que no he asomado mi graciosa cabecita, pero eso es porque he estado ocupado con un asunto completamente distinto. Yo soy el que se repantiga ahora sobre el huevo que está en la mesa como si quisiera incubarlo, yo soy el que agita sus invisibles patitas (¡pero muchas, muchas!) por la habitación, orondo y satisfecho. Todo lo que esta noche ha tenido lugar entre estos dos amigos nuestros, que no han sido demasiado formales, ha sucedido en mi barriguita esférica. Mira cómo se ponen sus ropas, temblorosos. Evitan mirarse, ya no tienen nada que decirse y, aunque tuvieran, no creen que merezca la pena el esfuerzo. Él sonríe fríamente, ella no ve ni sabe nada. No ha contado nunca a nadie lo que el insustancial de Vali ha tenido la suerte de oír. Por eso llego a la conclusión de que ella lo ama. ¡Qué mala suerte! Porque Vali, en cuanto han salido por la puerta del bloque en medio de la nieve, con ella colgada de su brazo, con las mejillas heladas y los ojos entornados de tanta blancura en los árboles y en las alamedas entre los bloques verdosos, considera acertado decirle de nuevo lo mismo que le ha dicho cada una de las mañanas en que han salido juntos de la casa de ella: que todo ha terminado, que no tiene ningún sentido, que esa ha sido la última vez. Ella retira suavemente la mano de debajo de su brazo, calla durante largo rato mirando hacia otro lado y luego replica, con una expresión inescrutable: «Haz lo que quieras». Camina a su lado hasta la parada del autobús y permanecen silenciosos, contemplando los copos que caen lentamente sobre el empedrado blanco. Cuando llega el vehículo rojo, Vali masculla un breve «hasta la vista» y al cabo de unos segundos Nana lo ve tomar asiento: una sombra parda que atraviesa la ventanilla helada del autobús. Vali, a partir de ahora, deja de resultar interesante. Además, estoy tan harto que no soportaría ir en autobús. Por ello regreso con Nana, que se dirige a pasos menudos hacia su casa. Sabe que esa misma noche Vali telefoneará a la bulldog. Pero también sabe que, hacia finales de semana, él la esperará a la salida del instituto y que esta noche se repetirá, como se repiten todas las cosas, a partir de una edad, en la vida de una mujer sola. Entra en el bloque apestoso, abre su puerta morada, la cierra de inmediato, se quita el abrigo de piel y las botas y se sienta en la cama deshecha. Enciende un cigarrillo y se queda con la mirada clavada en el vacío. Me acerco mucho a ella y veo con precisión, como en un documental científico, cómo se forma la lágrima en su ojo, cómo crece sobre el borde brillante del párpado inferior, cómo se desliza a lo largo de su rostro, junto a la nariz y gotea luego, reluciente, sobre la sábana. Antes de acabar el cigarrillo, se pone en pie y abre un armarito de la librería. Saca un taco de hojas, de un palmo de grosor, saturadas por una letra menuda. Lo arroja sobre la cama, coge un lapicero y comienza a escribir con ímpetu hacia la mitad de una página. Llevaba un cuarto de hora escribiendo cuando, con un crujido apocalíptico, se resquebraja la cáscara del huevo que está sobre la mesa y de él se eleva la Quimera, que llena la habitación con su rugido de dragón, con sus garras de león, con sus inmensas alas de murciélago. Se extiende triunfante sobre ti, mientras tú, febril y bruscamente encogida, sigues escribiendo con rabia: «no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no no».

  1. Biblioteca Para Todos. ↩︎
  2. Adelfa. (nota del ed. dig). ↩︎
  3. Fragmento del poema Kamadeva de Mihai Eminescu. Avînd zîmbetul făţarnic / Pe-a ei buze de coral. ↩︎
  4. Motes de evidente tono humorístico: Mielu significa cordero. Şobo es la abreviatura de Şobolan, «rata» y Hahamu es el «carnicero ritual del rito mosaico». ↩︎
  5. Se trata de un juego de palabras a partir de bard es decir «bardo». ↩︎
  6. Escultura de Brăncuşi. ↩︎
  7. Studiou en rumano es un mueble-cama dotado de un baúl o cajón y unas estanterías opcionales. ↩︎
  8. Peto tradicional, ricamente adornado. ↩︎
  9. Balada «Riga Crypto sy Lapona Enigel» del poeta Ion Barbu. ↩︎
  10. Barrio de Bucarest. ↩︎
  11. Fragmento del poema Domnisoara Hus de Ion Barbu. Mai cocliţi ca şerpii fraţi / Din fîntîni municipale ↩︎
  12. Bebida refrescante, muy popular en otra época, elaborada a partir de agua y cereal fermentado. ↩︎
  13. Lunca-i lungă, iarba-i verde / Ce-am iubit nu se mai vede. (nota del ed. dig). ↩︎
  14. Se refiere a la culi, una construcción tradicional de la región de Oltenia, de estructura similar a las casas torre del norte de España. ↩︎
  15. En rumano hay una rima que la traducción no puede respetar: Garoafa-scroafă. Scroafă significa «cerda». Por otro lado, garoafa significa «clavel». ↩︎
  16. Nombre que recibían los soldados que luchaban por la independencia de Grecia. ↩︎
  17. Automóvil de lujo de la antigua Unión Soviética. Su nombre significa «gaviota». ↩︎
  18. Fragmento de una carta del poeta Mihai Eminescu a su amada Veronica Micle. ↩︎
  19. Se refiere a la savarine, un pastel de origen francés, muy popular en Rumania. ↩︎
  20. Personaje de una obra de Tolstói. Se trata de un muñeco de madera de nariz extraordinariamente larga, inspirado en Pinocchio, el personaje de Collodi. ↩︎
  21. Se trata de una réplica de la loba del Capitolio, amamantando a Rómulo y Remo. ↩︎
  22. Barrio de Bucarest de mala reputación. ↩︎

Deja un comentario

Diseña un sitio como este con WordPress.com
Comenzar