Texto aleatorio

El afeitado le llevó mucho más tiempo de lo esperado. Se había rasurado alguna vez las axilas pero, desde hacía más o menos dos semanas, es decir, desde entonces, se había afeitado varias veces también la barba; sin embargo, ahora era otra cosa: ahora no podía permitirse un corte. Por eso, sujetando la Gilette de mango blanco-amarillento como el marfil con una torpeza pedante, se pasaba la cuchilla por el rostro abundantemente enjabonado y dejaba unas tímidas bandas de piel levemente enrojecida, en la que unas pocas hebras de vello cortado de raíz irradiaban, puntos minúsculos, un color verdoso. Aquellas bandas se llenaban inmediatamente del agua que chorreaba de su pelo mojado. Se contemplaba en el espejo del baño, devorado por la humedad, en el que se reflejaba también una pared mohosa, pintada, quién sabe por qué gusto caprichoso, en azul ultramarino. Se veía también el retrete, roto en una esquina y burdamente pegado con yeso. Como crema de afeitar había utilizado una pasta perfumada, azulada, de un spray húngaro, uno de los dos o tres tubos polícromos de la estantería de cristal sucio de debajo del espejo, sobre la que había también algunas cuchillas de afeitar usadas, abandonadas en un charquito y que, al oxidarse, se habían pegado unas a otras. El agua de la barbilla, mezclada con la crema de afeitar, había empezado a chorrearle por el cuello y por el pecho, fría como el hielo. Se miró divertido el pecho reflejado en el espejo. Si ahora viniera alguien a casa, podría salir a recibirlo a él o a ella tal y como estaba, en vaqueros y con el pecho desnudo, no había de qué avergonzarse. Mientras que antes… Se entretuvo un rato pensando qué habría sucedido en otra época, sin dejar de pasar lentamente la maquinilla, con ojos atentos, por cada porción de piel que se extendía sobre los largos huesos de las mandíbulas. Dobló después por debajo de la barbilla y empezó a retirar, franja a franja, la crema hasta la nuez. No podía quedar ni la más mínima huella de vello en la cara. La bombilla eléctrica le fatigaba los ojos, así que a veces veía los bordes del espejo atravesados por rayas moradas o lilas brillantes. Se secó con una toalla el agua del pecho y de la barriga. Se le había erizado la piel. En la puerta, hinchado y ennegrecido por la humedad, había un póster que representaba el perfil rosado de una mujer de melenas hiperbólicamente ahuecadas y divididas en mechones de colores: un rojo sangriento seguido de rojos más diluidos que daban la impresión de ser pinturas acrílicas. Justo bajo el busto cimbreado de la mujer ponía en letras finas CRISHAN SHAMPOON. La barba ya estaba lista. Quedaba todavía el bigote, una cuestión más complicada porque los pelos eran largos, de un par de centímetros por lo menos, y bastante tupidos. El desgraciado había llevado bigote, pensó con rabia, y le soltó un «qué cabrón» entre dientes. ¡Era lo que le faltaba! Apretó de nuevo el tapón del spray, se impregnó los dedos de la mano izquierda con la espuma espesa y perfumada, y se embadurnó bien el labio superior. Sentía que los pelos se ablandaban como las patas de las arañas cuando caen al agua. No era, de hecho, tan difícil. Solo tenía que aclarar la maquinilla más a menudo, sacudiéndola bajo el chorro de agua vertical que brotaba del tubo curvado del lavabo. El agua caía tan silenciosa y decidida que tenías la sensación de que no manaba, de que era tan solo una columna de cristal paralizada entre el orificio del tubo y el agujero del lavabo, cubierto de espuma y de hebras de pelo. Se contempló en el espejo tras afeitarse la mitad del bigote. Se echó a reír. Luego, de repente, se echó a llorar violentamente, con sollozos histéricos, con la frente apoyada en el borde frío del lavabo. Con los ojos húmedos aún por las lágrimas, se afeitó la otra mitad del bigote, después se lavó detenidamente toda la cara. Por desgracia, no había agua caliente. Se secó, frotándose bien la cara con la toalla áspera, anaranjada, y volvió a mirarse en el espejo. Señor, ¿cómo iba a conseguirlo? Sin vello, aquel rostro alargado parecía aún más masculino, más difícil de domesticar. Antes de enjugar la maquinilla, se la pasó «en seco» a lo largo del esternón, sacrificando la tímida araña de pelo que había anidado allí. La cuchilla crujió terriblemente esa vez, como si quisiera protestar. Se estremeció. Se extendió por la cara la espuma ligera del after shave y, haciendo girar el pequeño tornillo de metal del extremo de la maquinilla, las alitas de esta se abrieron como un puente levadizo y dejaron ver la cuchilla reluciente. Lavó bien la cuchilla y la maquinilla, respetando el consejo de Do not wipe blade. Miró la cuchilla. ¡Qué poco familiar le había resultado hasta hacía poco ese objeto! Una ligera curva entre los dedos. En ella ponía «London Bridge» y parecía vivir una vida propia y muy intensa. Por un impulso incomprensible, besó la cuchilla, luego se la acercó al rostro y de nuevo se le llenaron los ojos de lágrimas. La colocó de nuevo en la maquinilla y salió del baño.

No había nadie en el apartamento. Las puertas, abiertas de par en par, desplegaban hacia las habitaciones y los vestíbulos unas perspectivas siniestras. Las camas de los dormitorios estaban sin hacer y había algo indecente en el revoltijo de sábanas amarillentas y mantas bajo el que se veían franjas de la tapicería florida de los canapés. A través de la gigantesca ventana que cubría de pared a pared la habitación, se veía el cielo de verano, entretejido por los harapos de fuego de las nubes, que adquirían las formas —en un patrón desordenado— de las pinturas renacentistas. Si hubieras abierto una de las tres grandes hojas transparentes y hubieras sacado la cabeza por la ventana, habrías distinguido, veinte metros más abajo, sumergida en una luz roja-anaranjada, la avenida Ştefan cel Mare que parecía, en su realismo detallado y, sin embargo, transfigurado, traicionado en cierto modo por filtros de color, la ilustración de una revista americana. Hacia la izquierda, la avenida, que se prolongaba por Mihai Bravu, giraba hacia Vitan, y hacia la derecha se afilaba como la punta de una flecha para clavarse directamente en el inmenso sol que se ponía a dos o tres centímetros del horizonte. La propia habitación, como un parásito cúbico y alucinado, absorbía en bandas anchas, sobre las paredes, la sangre del exterior.

Entró en la habitación. ¿Cómo demonios había conseguido empaparse de ese modo los vaqueros? Se le pegaban, sencillamente, a los tobillos. Se los quitó y, en calzoncillos, se sentó en una silla ante el espejo del baño. Sonrió, pues sabía perfectamente qué contenían los cajones del baño y sabía que había sido una suerte inesperada que él tuviera una hermana. Abrió el primer cajón y por la habitación se extendió un olor a polvos y ungüentos. Sacó por el momento el neceser chino de maquillaje que incluía, en una caja plana, bajo una capa de esponja ahora manchada de azul y púrpura, una columna de barras de labios de distintos tonos, barras mezcladas entre sí, unos cuantos óvalos de maquillaje dispuestos simétricamente, algunos casi consumidos y otros intactos, un palito de plástico que tenía en el extremo un trocito de esponja manchado de verde, un óvalo grande de maquillaje rosa, un cepillito negro y grasiento de rímel, un lápiz de ojos barato, que no formaba parte del neceser y por culpa del cual la caja no se cerraba como era debido y, quién sabe por qué, unas cuantas piezas pequeñas de goma. Sacó también dos frasquitos cónicos de laca de uñas, uno con un líquido viscoso de color rojizo y el otro con un líquido nacarado, de un blanco brillante. Los colocó en los tapetes del baño. Encontró una pinza de depilar. En el segundo cajón había otro frasco de laca de uñas con pequeñas bolitas doradas en el líquido blanco (qué ordinariez, pensó) y otras tres barras de labios, una de ellas buena, de marca Dior. Le echó un vistazo rápido y pensó, instintivamente, que era justo el tono que utilizaba. Pero inmediatamente se dio cuenta de lo absurdo de esa idea. También encontró en el fondo del cajón una polvera coqueta, francesa, una caja de plástico en realidad, en la que estaban grabadas unas rosas con una línea sinuosa, dorada. La abrió al recordar que se vendían en nuestras tiendas. Se miró en el espejo haciendo muecas. ¡No acababa de acostumbrarse! La caja solo tenía dos cuadraditos, uno verde y el otro rosado, lo cual empezaba a ser interesante. Qué poco, mierda. Con todas aquellas celdillas tenía que improvisar, sí o sí, un make-up decente. Abrió una de las portezuelas laterales del baño. Estaba mareado por el olor a perfume barato, dulzón, nuestro (al menos no es búlgaro…), que emanaba de los siete u ocho frasquitos de diferentes formas y tamaños, apretujados en el armario de chapado. Uno de ellos, el colmo del kitsch, estaba cubierto por una especie de armadura de metal dorado. Otro tenía un tapón más grande que el propio frasco, como un carrito fanariota. Pero entre ellos, como una reina en el exilio, se encontraba también, quién sabe por qué milagro (¿quién se lo habría regalado?), un soberbio frasquito de Emotion. Lo cogió con ternura, liberándolo de aquella compañía insufrible, soltó el tapón y presionó suavemente el pulverizador sobre el dorso de la mano izquierda. Se olisqueó con voluptuosidad la piel así ennoblecida. Esto sí, pensó, e incluso dijo en voz alta: «OK». Lo colocó sobre el retrete y cerró la portezuela del baño, dejando encerrados a los otros perfumes. Tras la portezuela de la derecha había amontonadas unas cuantas cintas AGFA y un micrófono con el cable enredado. Eso era todo. No tenía por qué desesperar, aunque no había tampoco ningún motivo de satisfacción. Con la ropa va a ser más complicado.

Empezó por arrancarse las cejas con voluptuosidad. Cada doloroso pellizco le producía una alegría nostálgica. Picoteó en ellas unas media hora y no lo dejó hasta no conseguir (de cola de perro las llaman ahora) dos arcos perfectos, finos, que daban a su rostro masculino la tristeza insoportable de los arlequines. Se maquilló los párpados con aquel rosa claro, apenas un toque, y se puso, para contrastar, abundante rímel en las pestañas, excepcionalmente largas, por fortuna, en un hombre. Se miró al espejo. No estaba mal el resultado. Se pintó los labios, también bastante gruesos, manejando con destreza la barrita de Dior, y luego se frotó los labios entre sí hasta que el carmín, aquella pasta perfumada con un cierto sabor a alcohol, se extendió de manera uniforme. Intentó corregir en esta ocasión el rictus amargo de su boca. Pero la amargura seguía allí, flotando en algún lugar por encima de sus rasgos, sin mucho que ver con ellos. Su rostro se mostraba ahora cadavérico, los ojos alargados por aquel negro brillante parecían haberse extendido por toda la cara, y la boca, por debajo, mostraba un desprecio en cierto modo indecente, un hastío cínico-sensual. Corrigió esta expresión con algo más de maquillaje y se retocó bien las cóncavas mejillas. Lamentaba profundamente no tener una base de maquillaje. Hizo unas cuantas muecas delante del espejo contemplando ese rostro inédito. Puesto que en la habitación el aire se había vuelto ocre, encendió la luz y pudo contemplar entonces, en todo su esplendor, los colores con que se había acicalado. El rostro había ganado en belleza, una belleza que ningún rostro de hombre o de mujer habría esperado alcanzar jamás. Se miró de perfil, contemplándose en el espejo grande gracias al espejito de la polvera. Aunque había pensando ya en el «arma secreta» y se había dicho que la utilizaría después de vestirse, no podía esperar un segundo más. Abrió la puerta de la cómoda de la habitación y sacó, de un viejo bolso, un par de pendientes de dos colores, romboides, muy a la moda, de esos que se prendían a la oreja con un clip. Se los puso, pero no era esta el arma secreta, sino aquel objeto que había descubierto unos días atrás también en la cómoda y del que había partido la gran decisión que le había llevado adonde estaba hoy. Extrajo ahora, con un suspiro de agradecimiento, el soberbio objeto de su cajón. Era una peluca rubia, excepcionalmente poblada, con bucles que caían majestuosos e increíblemente naturales y que se le derramaban hasta los omóplatos. Por dentro tenía un forro blando y muy elástico, así que, al cabo de un cuarto de hora, no te cabía duda de que llevabas en la cabeza tu propio cabello natural. Se puso la peluca y la peinó largo rato ante el espejo. Cada vez que pasaba el peine rojo por el cabello, los bucles se deshacían, el pelo se estiraba y los mechones volvían a rizarse un segundo después, con un movimiento lento, gracioso. Como el peine chisporroteaba a cada contacto con el pelo, se le ocurrió apagar la luz. En aquella oscuridad casi total, unos chispazos verde-azulados, increíblemente delgados, cubrían el cabello formando una red efímera que brotaba por la habitación incluso a un metro de distancia. Bajo esta luz titilante, casi estroboscópica, lo que se veía en el espejo era una increíble mujer de hombros masculinos, de pecho plano y clavículas prominentes.

Encendió de nuevo la luz, pero aquella fascinación persistía. Se sintió mal. Se presionó fuertemente con las manos, las orejas, la peluca y las mejillas, y luego contempló largo rato las huellas romboides, pálidas, que habían dejado los pendientes en las palmas de las manos. Sentía que toda la sustancia viva que llenaba su pecho —la médula del esternón, los pulmones, el corazón— se le había enrarecido de repente y había sido sustituida por una red de emociones gelatinosas, por un sistema de tubos y filamentos cobrizos, púrpuras y violentamente rojizos, indeciblemente dolorosos. Se levantó de la silla y se puso a rebuscar en la gran cómoda colocada en la pared que había junto a la puerta. Sacó todo lo que identificó como ropa de señora. Una vez más se maravilló por la suerte de tener una hermana y, más aún, de que su hermana tuviera la misma altura que él. Así pues, su ropa le quedaría más o menos bien. Encontró en primer lugar un juego de bragas bastante graciosas, no completamente minis —eso las haría inservibles—, y bastante monas. Eran siete piezas de color blanco, cada una tenía impresos en la parte delantera unos pajaritos posados en una rama, bajo los cuales, con bonitas letras verdes escritas a mano, ponía Lundi o Mardi o Mercredi o Jeudi o Vendredi o Samedi o Dimanche. Se quitó los calzoncillos y se puso las bragas de Dimanche. Se probó después un par de medias negras de malla bastante fina, que atenuaron un poco la vergüenza instintiva por no haber encontrado nada con que depilarse, y dudó un buen rato si ponerse o no un sujetador. Pero, en parte porque no lo había utilizado tampoco antes, en parte porque le parecía grotesco, como en las películas malas de travestís vulgares, rellenar las copas con calcetines o con algodón, renunció. Hay bastantes chicas de pecho plano que resultan, sin embargo, increíblemente atractivas…

Ahora llegaba el momento de la verdad. Cómo vestirse. No tenía demasiadas alternativas. Debía eliminar de salida los vaqueros y los pantalones acampanados, que no pegaban con su idea de la máxima feminidad y con sus caderas estrechas y huesudas. Necesitaba algo romanticón, vaporoso, tenía que parecerse a la chica de los sueños de todos, al tipo de rubias soñadoras de los anuncios de L’Oreal. Se probó en primer lugar una blusita de cachemir rojizo, de mangas abullonadas, que se cerraba en la espalda con dos bonitos botones de nácar. Pero eso iba bien con vaqueros, era una ropa de discoteca en la que no quería meterse. Encontró un vestido más pretencioso, de cuello cuadrado de blonda, en una tela de un amarillento descolorido, con un cordón de lamé dorado y flores grandes, pálidas, colocadas en el vuelo, algo de la galería de arte, probablemente. Se giró y volvió a girar con él delante del espejo, luego se tiró en la cama, adoptó una postura rígida y se miró otra vez, levantando la cabeza. No le iba. Necesitaba algo más dulce, sensual pero a la vez inocente. Se incorporó y contempló de nuevo aquella figura maquillada, con bucles, de una belleza ambigua. Con una sonrisa extraña, dejó caer ligeramente la cabeza hacia adelante, elevó un hombro y —por qué— señaló directamente con el dedo al rostro del espejo. Con un gesto apresurado, se quitó el vestido y lo arrojó sobre la alfombra. Encontró entre el montón de ropa un vestido de verano, muy florido, de tonos lilas apagados, de corte simple, con pechera y dos tirantes en los hombros. Se lo probó y, aunque le quedaba bien, no iba con aquella cabeza de señorona que se había fabricado. Le daba miedo ceder a la tentación de seguir probándose todos aquellos trapos hasta el infinito y alejarse de su objetivo. Se quitó ese vestido y buscó algo más sofisticado. Encontró en una percha otro vestido, de noche, negro, con hilos plateados, muy escotado, que acababa —bajo un talle alto, romántico— en una espuma de volantes. La tela era barata pero la modista había estado a la altura de las circunstancias. Así sí, aunque el pecho… En fin, ya vería. Se quedó con ese vestido, que iba también con las medias pero que exigía unos zapatos negros en condiciones. ¡Cuánto le habían gustado siempre los zapatos! No había día, incluso cuando iba aún a la escuela, que no pasara por las zapaterías del bulevar. Botines fabricados con una sola pieza de piel, de tacón muy muy alto, de tal manera que el pie quedaba casi vertical y se pisaba solo con la punta de los dedos… se moría por ellos. Por muchos que tuviera en casa, siempre quería más. Ahora, sin embargo, tenía que conformarse con los zapatos como barcas —elegantes, es cierto— de su hermana. Ya no era lo mismo. Se quedó helado con la idea de que ella se hubiera llevado los zapatos negros al pueblo. Pero era, por supuesto, algo absurdo. Solo los sacaba de la cómoda los días de fiesta. Se abalanzó sobre la tercera puerta del armario: allí estaban, sobre una ondulada piel de conejo. Su pie era igual de largo, pero un poquito más ancho. Sin embargo, teniendo en cuenta que no tenía que caminar con ellos, estaba bien. En cualquier caso, sus pies cabían. El tacón tenía unos siete centímetros, nada comparado con lo que había acostumbrado a llevar. Había llevado hasta trece-catorce centímetros, tacones de todo tipo según las modas se habían ido sucediendo.

Sí, dijo en voz alta mientras daba unos cuantos pasos delante del espejo. Se colocó después al cuello, como un último toque de pincel, una cadenita de oro con chapitas y con una gran perla barroca, rugosa, y se perfumó, por fin, pulverizándose con el frasco fino, de tapón dorado, de Emotion, unas ráfagas frescas, sensuales. ¡Ah, Dios mío, recordó de repente, no se había pintado las uñas! Y tenía que empolvarse un poco los hombros, donde los tendones de los músculos —aunque sabía que estaba lejos del tipo atlético— trazaban sin embargo, fastidiosas sombras viriles. Se retocó el cuello y los hombros con la esponjita elástica y perfumada, y luego empezó con las uñas que, afortunadamente, había cuidado bastante bien durante los días que tuvo que permanecer en la casa de él. Pero, por mucho que se hubiera quitado las cutículas (él solía mordisquearse hasta hacerse sangrar esos pellejitos junto a las uñas) y aunque sus manos eran pequeñas y largas, no podía hacer de ellas unas manos de mujer. Las uñas eran mucho más anchas que largas. Había elegido el nácar. Desenroscó el largo tapón de rayas y sacó el pincelito embebido en aquel líquido espeso, con su familiar olor a éter. Se pintó cuidadosamente cada uña, primero las de la mano izquierda, luego las de la derecha, agitando y sacudiendo los dedos en el aire con gestos teatrales. Cuando acabó, sintió un leve cansancio en la espalda. Se levantó y se estiró. Qué hacer con el pecho, he ahí una cuestión fastidiosa. Probó al azar con algodón (había encontrado un paquete entero y otro a medias en una balda del armario, detrás de unas camisas apiladas); hizo dos bolas como manzanas y se las colocó en el busto. Como el escote del vestido tenía la cenefa superior muy ajustada a la piel, quedaba inesperadamente bien. Algo tienen de bueno las películas vulgares de travestis, se dijo riendo. La chica del espejo tenía ahora unas tetitas pequeñas y delicadas, de lo más monas.

Se sentó en la cama, quería llorar pero, debido al maquillaje, no se atrevió. No pensó en nada más. Comenzó a ordenar la habitación. Todo tenía que estar perfectamente limpio, en su sitio. Hizo la cama, colocó la ropa en el armario, los polvos de maquillaje y todo lo demás en los cajones del baño, ordenó los libros y el jarrón de la mesa, echó la cortina poniendo buen cuidado en ajustar el vuelo y recolocó los cortinones. Trajo del comedor unos cofres de madera tallada, dos palmatorias de cobre y unos cuantos cojines de fantasía con los que improvisó el decorado de un tocador bastante coqueto. Trajo también unas cuantas porcelanas de mal gusto, chinas, seguramente copias, y las alineó en las estanterías de la librería que ocupaba la mitad de una pared.

Se dirigió al baño. Las paredes azul-ultramarino parecían ahora, avanzada la noche, todavía más alucinantes. La bombilla amarilla lanzaba al espejo rayas ilusorias y más moradas si cabe que antes. Abrió el botiquín, colgado en la pared opuesta a la bañera. Cogió el tubo de Meprobamat, le quitó el tapón y lo vació en la palma de la mano. Había unas veinte pastillas, exactamente las que necesitaba. Para no fallar, sabía que eran necesarios al menos diez gramos. Aquí había unos quince, tal vez más. Las pastillas eran pequeñas, no le daba miedo tomarlas. Sabía que tenía problemas a la hora de tragar las medicinas, pero esta vez iba a salir bien. Enjuagó el vaso que había encontrado boca abajo sobre la repisa de cristal y lo llenó de agua. Sobre el vaso transparente estaba impreso en tinta verde, en proporciones robustas, el signo de Géminis, dos niños agarrados de la mano. Por debajo ponía en grandes letras de imprenta: GÉMINIS y la fecha, 22 de mayo-21 de junio. Repartió las pastillas en tres montoncitos y las tragó por turnos. Volvió al dormitorio y se acostó sobre el lecho bellamente adornado con cojines de seda. Cerró los ojos. Al día siguiente, más o menos al mediodía, cuando volvieran del pueblo, se encontrarían en el dormitorio que daba a la calle con una bellísima señora pálida, exánime y con el corazón frío y parado.

«Tras una noche de sueño agitado, un insecto terrible se despertó transformado en el autor de estas líneas». Más o menos así empezaría yo, dando la vuelta a la frase con la que empieza La Metamorfosis de Kafka, la historia que he pensado escribir aquí si es que quisiera publicarla usted. Sería un comienzo efectista, lo cual no eliminaría su veracidad si tenemos en cuenta que yo soy precisamente ese insecto. Más, mucho más que Gregorio Samsa, digamos que más o menos en la medida en que el insecto era Hoffmann o Nerval o Novalis. Como todos estos románticos, voy a escribir no para construir una historia, sino para exorcizar una obsesión, para proteger mi pobre espíritu del monstruo, de un monstruo horrible no por su fealdad, como en Kafka, sino por su belleza. Pienso también ahora en el ángel insoportablemente bello de Rilke, y querría leer algo de su primera elegía pero, desde que estoy aquí, parece haberse ofuscado —o al menos empañado un poco— el resorte de la memoria.

(Tengo miedo. Hace unos instantes estaba en el sofá contemplando al azar todos esos iconos de cristal, en los que predominan el rojo intenso y el azur, las teclas amarillentas, brillantes, del piano, el secretaire de puertas agrietadas en las que está pintado un personaje triste, de rostro cobrizo, bizantino, envuelto en una amplia toga azul que cae en decenas de pliegues mientras sostiene en la mano una rama reverdecida; a sus espaldas, el horizonte violeta se oscurece y unas nubes rojas se alargan melancólicas entre cipreses. Por debajo pone en letras doradas: AMOR OMNIA VINCIT. Contemplaba todo aquel espacio infinitamente alto, medido por los ricos cortinones que cubrían la ventana, y me preguntaba si su sangre, al irrigar los lóbulos de mi cerebro a través de miles de tubitos, no mutaría poco a poco su ser en el mío, si el pasado de ella, que emana de esta habitación de muebles tallados y cobre cincelado, no partiría en falanges cadavéricas en contra de mis recuerdos, como en El Apocalipsis de Brueghel. Me puse en pie de un salto ante esta idea, exactamente como hace una semana, cuando decidí no volver a mirarme jamás en un espejo. Y, así como entonces cosí esa funda de tela de estambre, burda, con la que cubrí las aguas del espejo, he decidido ahora escribir, hacer con estas páginas otra funda, otro tejido que me proteja esta vez no del cuerpo de ella, sino de su psique, de sus tristezas, de su locura, de su felicidad, de su estupidez y de su idealismo y de su bajeza y de su soberbia rapacidad). Querría leer pero, ¿dónde están los libros? Pequeña inculta, todo lo bueno que tiene en las tres o cuatro estanterías que ella llama librería son los libros que yo le regalé: un hermoso Huizinga, un Baltrusaitis sobre el arte gótico y poco más. El resto son diccionarios, libros de folklore, novelas malas, imposibles de leer. Sin embargo —y no es sino una de sus contradicciones—, leía, incluso ella misma escribía versos. Llevaba también un diario en el que apuntaba sus sueños, coloridos y extraños, en absoluto psicoanalizables, más bien una especie de cuentos de hadas, una especie de jardines paradisíacos. Creo que la riqueza de luz y colores de sus sueños provenía del hecho de que dormía con los ojos abiertos de par en par, como no he visto dormir a nadie más. Contemplarla mientras dormía era espeluznante, era como velar a una muerta. No pretendo explicar aquí por qué la amé, un asunto inexplicable como todo lo natural. Tampoco quiero siquiera relatar aquí qué nos sucedió hace diez (¿tal vez once o doce?) días. Pienso tan solo en convocar a mi pasado, o tal vez en remodelar el pasado, o en inventarlo, o en hacer todo a la vez, pues me interesa tan solo tener un pasado, una serie de imágenes que sean o que sustituyan el caos en que me muevo ahora.

Ahora, desde que ellos, los pobres viejecillos abrumados por la preocupación, notaron algo raro en mí (toda esa historia de cubrir el espejo y mucho más), desde que ejercité mis nuevas cuerdas vocales gritándoles en un ataque de histeria, me dejan en paz, me dejan estar aquí tumbado, en esta habitación alta como una torre. Y hay algunas tardes doradas, nostálgicas, en las que fuera no se oye nada más que el crujido de algunas hojas al sol y la cantinela de alguna niña que juega sola, en el empedrado desierto de la calle Venera. Como antes, permanezco en la cama, confundido por la soledad y la emoción, y a mi mente vienen, dolorosos, desgarradores, fragmentos de recuerdos muy antiguos, desde la más lejana infancia. He pensado en anotar algunos de esos relámpagos violetas, de esas luminarias puntiformes que siento mientras, con la cabeza hundida en la almohada, contemplo las rayas gruesas, doradas, de la pared opuesta a mi cama. Pero no al modo proustiano, demasiado esteta para lo que yo pretendo. Por lo demás, el método proustiano me resulta, lo quiera o no, familiar antes incluso de saber quién era Proust. Es extraño que haya experimentado, de adolescente, todas las sensaciones aparentemente tan particulares, tan irrepetibles, de algunos escritores famosos: conozco el efecto de la magdalena de Proust —determinados caramelos en forma de disco, rosas y esponjosos, muy perfumados, o el brillo de una insignia en el pecho de un transeúnte me han hecho sentir varias veces la poderosa emoción del recuerdo de algunos lugares, de la reconstrucción de una atmósfera—; conozco la sensación de desmayo que experimentaba Blecher en los eriales; he sentido todo el complejo de manifestaciones kafkianas: los falsos reconocimientos, el jamais vu y todo lo demás. Tengo también sensaciones verdaderamente particulares, que no he encontrado por ningún sitio en la literatura, pero no quiero liarme con eso ahora. Quiero recordar, aunque sé que todo lo que voy a recordar se encuentra en el camino que me conduce directo a la catástrofe. Siento que no voy a ser capaz de escribir ni una palabra sobre algo circunstancial, algo que no esté implicado ya en la obsesión, en la quimera.

Desde que he empezado a escribir, la viejita ha asomado dos o tres veces la cabeza por la puerta, y me ha mirado con cara de preocupación. Le he hecho un gesto furioso con la mano, cada vez, para que me deje en paz. Me da miedo que llamen al médico y que me vea obligado a actuar en esa comedia llamada normalidad. Me miro ahora la mano que sostiene la pluma. La laca de uñas se ha levantado casi por completo. Mi escritura es en cierto modo distinta a la de antes; sin embargo, la domino.

Se despiertan en primer lugar unos recuerdos fulgurantes, creo que de cuando tenía dos o tres años. Veo, en una esquina de un callejón de barrio, a tres hombres en camisa blanca, perfilados sobre un cielo rojo como una llamarada, fumando y hablando tranquilamente. A lo lejos, los muros inmensos de ladrillo rojo, con ventanas ennegrecidas por el hollín, de unos talleres abandonados ya por aquel entonces. Era la zona de Obor, puesto que vivíamos por allí, y veo unos raíles de tren que reflejan el cielo rojo como una llamarada. No puedo asociar a esta película enigmática ni un sonido ni un olor. Me acerco a los tres hombres y los miro echando la cabeza hacia atrás. Me parecen inmensos, les llego hasta poco más arriba de las rodillas. Se inclinan hacia mí. Tienen unas caras monstruosas, solo carne y sangre. Ríen sin ruido, uno de ellos me coge de los sobacos y me lanza hacia arriba para volver a cogerme al instante. Empiezo a gritar pero también sin emitir sonido, y ellos me depositan en el suelo. Me doy la vuelta y echo a correr hasta nuestro portal, donde está mi madre, alta como una torre, con una blusa azul. En un momento le empapo el pecho y el cuello de la blusa con mis lágrimas y mi saliva.

Otro día volvíamos los tres del cine. Habíamos estado en un cine de verano en el que habían proyectado la película Venecia, la luna y tú. Recuerdo perfectamente ese título; en mi memoria evoca tintes mágicos. He olvidado cientos de títulos de películas, pero este no lo olvidaré jamás. Por supuesto, no recuerdo la película en sí, al igual que no sé de qué trataba el librillo Tardes azules, que leí en los primeros años de escuela y que no he vuelto a encontrar en ninguna parte, pero cuyo título despierta en mí una penetrante nostalgia. Caminábamos por callejuelas oscuras, yo en el centro, agarrando de la mano a mi madre y a mi padre. Recuerdo una calle con casas pequeñas, de comerciantes, con balcones minúsculos, cuyo empedrado resonaba fuertemente bajo nuestros pasos. Ante nosotros, más grande de lo que la he visto nunca, iba la luna, llena, amarilla y anaranjada-ocre en ciertas zonas, pero resplandeciente. Digo iba porque parecía verdaderamente avanzar al ritmo de mis pasos, oscilando unas veces hacia arriba y otras hacia abajo, a medida que yo pisaba con mis botitas los adoquines violetas. Mis padres, terriblemente largos, susurraban por encima de mi cabeza, y yo miraba fascinado la luna, asombrado por no poder alcanzarla, porque iba siempre por delante de nosotros. En un determinado momento me vi arrastrado por un callejón custodiado por unas espantosas apariciones de cemento. Atravesamos el callejón hasta llegar a una estancia grande, fuertemente iluminada. Estábamos en casa de unos desconocidos que recibieron a mis padres con grandes muestras de alegría. A mí me besa una gordita de labios muy pintados, de ojos verdes y unas cuentas verdes al cuello del tamaño de pelotas de ping-pong. En las paredes había espantosas máscaras de tela, un instrumento musical, una espada… Una lámpara de brazos de cristal sucio, con bombillas zumbadoras, iluminaba toda la estancia desde el techo. La mesa estaba llena de comida y de pasteles, pero tras mordisquear un trozo de plăcintă fui empujado a otra habitación, más pequeña en la que una niña que tendría unos seis años y un niño de unos ocho empezaron a enseñarme todo tipo de juguetes. Había carruseles que giraban solos, coloridos aviones de hojalata que colgaban de unos alambres, una especie de vagones de tren que corrían a lo largo de una zanja sobre una bandeja metálica, un motociclista amarillo y un par de pájaros, todo hecho exclusivamente de hojalata, que daban vueltas y zapateaban por el suelo, sobre el parqué encerado. Había también, lo recuerdo, un cochecito que se daba la vuelta él solo cuando llegaba al borde de la mesa. Jugamos juntos durante un rato hasta que, mientras seguían sacando y enseñándome juguetes que yo ni siquiera habría soñado tener, llegaron a uno que me cortó la respiración. Ante mí pusieron un muñeco chino: un mandarín con las manos cruzadas sobre el vientre. El juguete era de plástico y consistía en una esfera grande, el vientre, y sobre ella una más pequeña en la que estaban pintados los rasgos orientales, fieros y tiernos al mismo tiempo, del muñeco. El objeto era muy pesado y, al tener una base de plomo, se balanceaba hasta el infinito de un lado a otro. Lo sorprendente para mí era, sin embargo, que mientras se balanceaba, el mandarín cantaba, emitía una melodía fina, delicada, como si la produjeran decenas y decenas de minúsculos gongs de cobre, una música de reloj, provocada por el giro mecánico del eje interior. El balanceo y la música de minarete tenían algo de hipnótico, así que no recuerdo muy bien cuándo me sacaron de allí. Mis padres, aunque se lo pregunté docenas de veces, no supieron decirme nunca a quién habíamos visitado aquella tarde y tampoco recordaban haber visto Venecia, la luna y tú, a pesar de que la película había sido proyectada en la ciudad. ¿Quién era la gorda, quiénes eran los dos niños, el chico de rostro tumefacto y gestos lentos, con una miraba horriblemente fija, y la niña dulce, ligeramente pelirroja y llena de gracia? ¿Quién era el hombre espectral que nos acompañó a la puerta y que me llenó los bolsillitos de caramelos y, aunque era verano, de doradas monedas de chocolate? Sin embargo, veinte años después, vi en su casa el mismo muñeco. Mira, ahora, mientras escribo, está junto a mí: lo balanceo y, deslizándose somnoliento por el buró (ella decía siempre «biuró») el mandarín tararea su melodía metálica, irisada…

Hace un par de años rebuscaba yo un documento en el aparador. Mis padres guardaban las facturas, los resguardos y los carnés de todo tipo en un viejo bolso, rojizo y rugoso, que mi madre había utilizado de soltera cuando trabajaba en las tejedurías Donca Simo. En un compartimiento, junto a unos fusibles y unos muelles que servían para no sé qué, di con un paquete envuelto en papel de periódico, cuya blandura me llamó la atención. Lo solté y encontré dos trenzas rubias de unos quince centímetros de largo, unidas con una goma por el extremo en el que habían sido cortadas y con un lazo azul de satén, en el otro, allí donde el cabello raleaba. A su lado había una fotografía un tanto amarillenta, con una esquina doblada, pero muy nítida. Representaba, desnudo, de pie en medio de un jardín, a un crío de unos dos años, como mucho tres, con un bucle sobre la frente y el pelo recogido, a ambos lados, en dos trenzas de un gris amarillento que le llegaban por debajo de los hombros. Tenía un puñito sobre los ojos y en su rostro se traslucía un sentimiento de miedo. Parecía hacer pucheros, como si estuviera a punto de echarse a llorar; de repente relampagueó en mí un recuerdo muy vivido, unas cuantas imágenes coloreadas como del comienzo del mundo: cuadros de tulipanes gigantes, soles estallando apocalípticos entre las hojas de un guindo, la tierra negra llena de unos grumos inusualmente grandes, como vistos a través de una lupa, una red con una araña verde y grande como un puño en el centro, tablones podridos y una mujer, con la falda inflamada por el sol, acercándose. Luego, un hombre desconocido, tenebroso, que dirigía hacia mí una maquinaria reluciente. Por supuesto, recuerdo al fotógrafo, al que había confundido con el médico que me ponía las inyecciones. Así que eran mis trenzas. Mi madre me había contado muchas veces que me vestía de niña, siempre con pichis blancos, así que las vecinas del barrio me llamaban Andriusa, o Andreea, y me besaban y me achuchaban hasta casi asfixiarme. Me puedo consolar, por tanto, por haber sido un niño guapo. Al cabo de tres años empecé a adelgazar y, en lugar de un retrato a color, me convertí en un rostro al carboncillo. Y, por llevar la ironía hasta el final, tengo que escribir que solo desde hace dos semanas he recuperado mi belleza de entonces —de hecho, la he superado con mucho—. Semejante desbordamiento de belleza sobre alguien no puede significar sino desastre y muerte. Los espejos y la paternidad no son abominables; lo es la belleza.

Una noche soñé con Marcela. Pero de ese sueño me acordé mucho más adelante, durante una de aquellas sobremesas mías pobladas de ensoñaciones. Soñé con ella tal y como era cuando se convirtió en mi compañera de juegos en el bloque de cuatro pisos al que nos mudamos cuando yo tenía tres años y pico; de hecho cumplía cuatro años aquel verano. Marcela, tal y como la vi en el sueño, y tal como imagino que es, era una niña tipo chicazo, un poco mayor que yo, de dientes horriblemente rotos; vestía con desaliño, la mayoría de las veces tan solo con unas bragas amarillas y una camiseta de flores manchada de jugo de albaricoques. Reía todo el tiempo como si estuviera endemoniada, pero probablemente resultaba simpática con su continuo regodeo, con el pelo rapado como en la cárcel y sus pendientitos de oro con una piedrita roja, de un brillo demasiado vulgar para ser rubíes. Con Marcela me gustaba vagabundear todo el día. Por la mañana llamaba a nuestra puerta con el morro ya sucio y, cuando mi madre abría, pronunciaba la pregunta estereotipada: «Tiíta, ¿qué hace su bebecito?». (Eso porque mi hermanito tenía unos pocos meses. Poco más adelante moriría de neumonía doble). Salía con ella y nos dirigíamos a veces al solar, un sitio con arena. Allí, hurgando en la arena cada vez más húmeda, encontramos una vez unas enormes ranas sarnosas, tan rebozadas en arena que parecían pasteles móviles, pero con grandes ojos claros, humanos. Jugábamos también a la rueda, nos agarrábamos el uno al otro por los pies y rodábamos, primero sobre su espalda y luego sobre la mía, y así sucesivamente, hasta que solo había surcos en aquel montón de arena que se nos metía en la boca, en la nariz, en las orejas. Por la tarde nos íbamos de expedición. Junto a nuestro bloque de Floreasca había una especie de depósito, un torreón melancólico. En su fachada colgaban, como harapos, los restos oxidados de una escalera de incendios. Grandes escarpias lanzaban sombras afiladas sobre los ladrillos, más rojos aún en el ocaso. Ella entraba la primera a través de la abertura de una puerta lateral en la que faltaba un tablón. Nos escurríamos fácilmente por aquella grieta por la que solo los gatos podían entrar. Marcela, con sus miembros finos como varas, entraba con un solo movimiento. Dentro reinaba una oscuridad cálida, marrón-rojiza, en la que los rayos de luz rosada, brillante, que penetraban a través de las grietas o de los agujeros de los clavos, estallaban con fuerza hacia el interior. Nos paseábamos entre maquinaria sin nombre, pesadas carcasas de metal con cadenas embadurnadas de aceite negro, ruedas dentadas más grandes que nosotros, apoyadas en mesas de trabajo forradas de hojalata. Marcela quería tocarlo y manosearlo todo, no paraba hasta que no estaba completamente pringada de brea y aceite quemado, hasta que no se colgaba del cuello collares de metal oxidado, hasta que no trepaba hasta lo más alto de los complicados engranajes de hierro. Por el suelo estaban desperdigados clavos tan grandes como mi antebrazo, rodamientos cubiertos de gruesas capas de óxido, cajas de madera llenas de láminas de serruchos, destornilladores, pilas, leznas, alambres de todos los tamaños. Cuando oscurecía del todo, empezaba a entrarnos el miedo. Una tarde, Marcela se quitó la camiseta y con ella frotó el cristal de una ventana hasta que, a través del cristal limpio, vimos el cielo azul oscuro, salpicado de estrellas. Después de estas expediciones, nos llevábamos siempre una paliza. Al menos Marcela venía al día siguiente llena de moratones, pero igualmente alegre y dispuesta a empezar desde el principio con nuestras andanzas.

Ella fue quien me enseñó a jugar a médicos. Nuestro bloque tenía un semisótano al que se llegaba bajando unos cuantos escalones. Antes de doblar hacia la puerta del apartamento, en el semisótano, había un nicho con un banco. Nos metíamos allí y jugábamos. Nadie debía enterarse de nuestro juego. Gracias a él descubrimos, sobresaltados, que Marcela y yo no éramos iguales, que, más allá de la ropa, hay extrañas diferencias entre las niñas y los niños. Recuerdo cuánto me costó aceptar la evidencia. Docenas de veces nos escondíamos en la penumbra, en aquel banco, y nos contemplábamos con tristeza. En mí se insinuaba un comienzo de desprecio, y en ella un comienzo de humildad y veneración.

En otoño nos mudamos a otro bloque, en Ştefan cel Mare, y al cabo de unos años empecé la escuela. No me acuerdo de nada relacionado con los cuatro primeros años de escuela, aparte de lo sucedido en un campamento, al que fui de vacaciones entre tercero y cuarto. Estábamos alojados en unos pabellones largos, con dormitorios para treinta niños, y todo el complejo estaba situado en medio de un bosque. Aquel bosque, con su magia, con la ataraxia de la infinita vegetación, con las miles de formas de los troncos, de las raíces, de la podredumbre, con las cúpulas enrarecidas, con las rayas de luz que caían entre las hojas transparentes, es uno de los lugares más mágicos donde he estado nunca. Caminábamos todo el día por el bosque, tallábamos barquitos con cortezas de alerce, peleábamos y jugábamos al fútbol. Estábamos divididos en grupos, según la edad, por una parte los chicos y por otra las chicas. Ellas recogían campanillas y otras flores silvestres, se hacían coronitas de margaritas, recolectaban fresas entre la hierba soleada. Por la noche, nosotros, los chicos, nos reuníamos en el alféizar interior —inusualmente ancho— de las ventanas y allí, sobre la losa de mármol, detrás de los cortinones, nos daba por contarnos historias de miedo. Hablábamos sobre sonámbulos que andan toda la noche por la casa con los ojos cerrados; si los despiertas se mueren al instante y tú puedes volverte loco. Entre nosotros había un chico con un aspecto llamativamente más maduro que el nuestro, cuyo vocabulario parecía también de adulto, y que, a aquella edad tan inusual, se sabía de memoria El cuervo de Poe. El chico se llamaba Traian. Quién era, en qué se habrá convertido hoy, qué enfermedad sufría por entonces, no lo sé ni siquiera hoy en día. Lo que sé es que nos relataba cada noche, como si estuviera leyendo de un libro, un capítulo de Los chicos de la calle Pàl también tenía un gigantesco grillo topo, de unos diez centímetros de largo, suave como si estuviera recubierto de piel y con unos ojos redondos, límpidos como el rubí, que guardaba en un bote de cristal. Cuando volvíamos de la cena, entrábamos en tropel en la habitación y revolvíamos en nuestros armarios en busca de los pijamas; algunos de nosotros echábamos a un lado los grandes cortinones para cambiarnos por detrás, y dejábamos así que en la larga y blanca habitación penetrara el globo fundido del sol. Traian solía colocar el bote en el alféizar y, entre chicos desnudos o a medio vestir con sus pijamas de lunares, él permanecía vestido y soñador, mirando al gigantesco insecto como si quisiera hipnotizarlo. El grillo topo se levantaba entonces, apoyaba las patas delanteras sobre el vidrio rojo y permanecía inmóvil, mirando muy fijo a su amo. Ese diálogo sin palabras duraba largos minutos y parecía un poco más largo cada tarde. Traian nos decía que intentaba concentrarse tanto en el insecto como para poder entrar en su cabeza y así poder mirarnos a nosotros desde el bote. Si sucediera eso, nosotros tendríamos que salir corriendo para evitar que nos mordiera en el cuello. Esas cosas nos llenaban de espanto. Una noche, tras habernos peleado con las almohadas hasta caer rendidos, dos o tres chicos decidimos matar al grillo topo. Traian lo tenía encerrado en su taquilla y llevaba la llave al cuello, colgada de un cordón. Pero nosotros teníamos otra llave que también encajaba y así, a la luz de una linterna, dimos con el bote, que vibraba por la agitación interior. Nos lo llevamos a los lavabos y contemplamos durante mucho rato, a la luz, el insecto monstruoso que escondía dentro. Nos daba miedo quitar la tapa de plástico en la que Traian había hecho unos agujeros con un clavo. Al final lo arrojamos, a través de la ventana superior de los lavabos, hacia los arbustos de la parte trasera de nuestro pabellón. Nos fuimos a acostar, pero apenas acababa de quedarme dormido cuando sentí que alguien me sacudía. En el dormitorio se había montado un gran revuelo. A la luz de tres o cuatro linternas enfocadas temblorosamente en todas direcciones, vi que todos los chicos se habían despertado y que se dirigían en tropel, silenciosos, hacia la puerta del dormitorio. «¡No lo despertéis, no lo despertéis!», susurraban con los ojos dilatados de espanto. Mi vecino de cama, un crío de rasgos tártaros, me dijo que Traian era sonámbulo. Para nosotros era lo mismo que ser un «espectro», o algo peor. Así que también yo salí al pasillo y, a unos veinte metros de nosotros, vi al chico rubio y fuerte dirigirse lentamente hacia la puerta de entrada. Sus pies descalzos alteraban el orden de nuestro calzado alineado a lo largo de la pared, zapatos o sandalias, todos con sus calcetines multicolores embutidos en ellos. Traian abrió la puerta y salió a la noche. También nosotros nos precipitamos afuera, algunos le tomamos incluso la delantera, así que pudimos ver su rostro inmóvil y sus ojos abiertos, llenos de los reflejos brillantes de las estrellas de arriba. Pues el azul intenso del cielo sobre nuestras cabezas se diluía hacia el amanecer, de tal manera que el horizonte se transformaba en una línea blanquecina. Arriba brillaban estrellas amarillas, afiladas, con grandes espacios vacíos entre sí pero, en la lejanía, las estrellas estaban cada vez más concentradas y se confundían con la neblina blanca del horizonte. Bajo esta alfombra de estrellas avanzaba Traian, que enfiló la parte trasera del pabellón, luego avanzó por la maleza junto al bajante y finalmente se hundió hasta el pecho entre los arbustos que invadían todo el patio, hasta la valla de alambre, tan lejana en la noche que ni siquiera podíamos verla. Nuestras linternas iluminaban el aire azul, humeante. El chico, al avanzar tozudamente en línea recta, se había enredado por completo entre los espinos… Titubeó un instante y luego se dio la vuelta sujetando en la mano, brillante como la plata, el bote del grillo topo. Volvió a entrar al vestíbulo, atravesó el pasillo sin prestarnos la más mínima atención, colocó el bote en su sitió y echó la llave. Luego se recostó a medias en la cama y permaneció un rato así, con la mirada en el vacío. Hasta que no se acostó y no estuvimos seguros de que dormía, no nos atrevimos a acostarnos también nosotros. Todos teníamos colocada una manta sobre el cabecero metálico de la cama para protegernos de la luna. Por supuesto, no pudimos dormir más aquella noche. Y las noches siguientes hicimos guardia por turnos para ver qué pasaba con Traian, pero no volvió a suceder nada.

Traian afirmaba también que podía mover papelitos o cerillas solo con la mirada y, cuando no mimaba al grillo topo, al que alimentaba a diario con ninfas y lombrices, clavaba la mirada en alguno de los globos de cristal blanco, mate, que colgaban del techo con unas barras de metal. También nosotros mirábamos esas barras hasta que nos escocían los ojos y algunas veces teníamos incluso la impresión de que los globos empezaban a balancearse un poco, gracias a nuestro influjo. Pero solo Traian conseguía hacerlos oscilar de verdad, como cinco o seis centímetros a uno y otro lado. A menudo se quejaba de dolores de cabeza. Una vez, al «adormirlo», como era la costumbre, es decir, al sujetarlo por los brazos, hundirle la cabeza en el pecho y apretarle la yugular, estuvimos a punto de no poder despertarlo: su desmayo duró una media hora, hasta que dimos aviso y se lo llevaron a la enfermería. Volví a verlo a los dieciséis años, en el vestíbulo de la farmacia de la Policlínica 10 de la calle de las Rosas. Estaba a la cola para comprar no sé qué medicamento cuando lo vi entrar. Pocas veces he sentido una fascinación tan fuerte como en aquel momento. Traian había crecido muchísimo, medía tal vez un metro ochenta. Vestía una sudadera roja como una llamarada, camiseta y pantalones. Calzaba unas zapatillas de deporte, pero todo su aspecto físico contrastaba con esa indumentaria deportiva. Las manos y la cara estaban arrugadas, su caminar vacilante parecía el de un anciano. Solo por sus ojos brillantes podías reconocerlo. Estaba hecho, efectivamente, una ruina. No solamente yo, sino todos los que esperaban en los sofás, mirando ausentes los prospectos de la profilaxis de la gripe o de las enfermedades venéreas y la inefable jarra de agua sobre la mesita, dirigieron sus miradas piadosas y horrorizadas hacia Traian. No tuve valor de hablar con él, en cualquier caso habían pasado unos siete años desde aquellas vacaciones. Cogí mis medicamentos y salí rápidamente a la calle.

Pero Traian me interesa ahora desde otro punto de vista en estas páginas, en las que yo también intento «apuntar lo inexpresable», rehacer un camino que ya no existe en ningún mapa ni en ningún recuerdo. Pues Traian tenía asimismo una faceta diurna al menos igualmente extraña para nosotros, los de entonces. A Traian le interesaban las chicas, solo pensaba en ellas; él nos explicó por primera vez qué significaba amar. Nosotros nos reíamos al escuchar esas cosas y pensábamos tan solo en nuestras tonterías. Pero él insistía, se defendía diciendo que el amor no significa solo tonterías, sino que significa tener una amada y pensar única y exclusivamente en ella, prestarle atención, fabricarle cadenas de margaritas, perderte por el bosque con ella de la mano. «¿Y allí…?» completábamos nosotros, riendo más fuerte, porque durante noches enteras solo hablábamos de cómo son las chicas y de qué se podía hacer con ellas. No, no, respondía Traian, amar a una chica puede ser muy hermoso, le puedes escribir versos, puedes sentarte frente a ella en la cantina… Nuestra osadía flaqueaba un poco ante sus apasionadas palabras, pero luego nos encarnizábamos y nos burlábamos de sus ideas con más saña si cabe. Las chicas y los chicos nos parecían dos especies diferentes y los dibujábamos simbólicamente en el polvo, con ayuda de un palo, como un circulito atravesado diametralmente por una rayita y dos circulitos y una rayita, respectivamente. Por supuesto, Traian enseguida encontró una novia. Se llamaba Livia Ante y era mayor que nosotros, estaba en quinto. Livia tenía el pelo cortado en redondo, «a lo tazón», de modo que se anticipaba unos cuantos años a la moda Mireille Mathieu. Tras el baño, su cabello castaño mostraba reflejos rojizos. Era esbelta, muy graciosa y bien educada. Con su vestido favorito, uno turquesa pálido, parecía una pequeña señorita. Traian la rondaba todo el día. Por afán de imitación, unos cuantos chicos guapos encontraron también una novia del mismo campamento que Livia. En el tiempo libre, todo aquel grupo se aislaba en el bosque, se alejaba por senderos bloqueados por árboles caídos, bajo las bóvedas de los árboles, en el silencio dorado, atravesado por los trinos agudos y el zumbido de las miles de mosquitas que brillaban en un rayo de luz. Los chicos se ataviaban con coronas de abeto y se armaban de palos macizos. Se hacían cinturones de corteza y corrían lanzando gritos agudos por el bosque ralo. Algunas veces arrancaban la corteza de un árbol caído, tan esponjoso que podías levantarlo con la mano, y miraban los agujeros, cada uno de los insectos que se retorcían al fondo de un largo y estrecho canal. Aplastaban con el pie manojos de setas y metían las manos en los huecos de los árboles en busca de huevos de pájaros. El grupito atravesaba el arroyo y se internaba en la zona más bonita y recóndita del bosque, hasta llegar a un calvero lleno de campanillas y acederas. Allí se sentaban en círculo. Me habría gustado saber qué hacían, qué se decían, lo deseaba (inconfesadamente) con toda mi alma, pero yo solito me había excluido de esos misterios. Me había convertido incluso en el promotor de otro grupo, hostil y despectivo, y consideraba aquella amistad entre chicos y chicas en el grupo de Traian, con un odio inexplicable, un verdadero crimen. Nos habíamos organizado en una especie de patrullas que los seguían, los vigilaban detrás de los árboles y que, de improviso, agitando palos torcidos y gritando, irrumpían en medio de ellos atacando a los chicos y ahuyentando a las chicas. Deshacíamos a patadas todas las cadenas de margaritas —algunas de varios metros de longitud— que encontrábamos, destruíamos los grandes y abigarrados ramos de flores silvestres que quedaban como trofeo. Nuestro odio era tan grande que no comíamos, sino que pisoteábamos con los talones los montoncitos de fresas que los niños habían preparado con antelación para su encuentro secreto. Ceñidos con cinturones de corteza y coronados de flores, nos sentábamos en su sitio y nos preguntábamos qué más podíamos hacer para borrar del campamento todas las relaciones entre chicos y chicas. Cualquier chico que fuera visto jugando vóley con las chicas, o simplemente hablando con ellas, se convertía automáticamente en un enemigo nuestro. También pegábamos a los que cogían flores o buscaban huevos de pájaros, ocupaciones exclusivamente femeninas, según nuestro parecer. Una vez pillamos a un crío que apretaba en la mano un huevito con lunares, tan pequeño como una avellana. Se lo quitamos y lo tiramos al suelo. La cáscara voló hecha añicos y un charquito de sangre se extendió sobre la hierba. El pollo estaba casi formado, encogido y baboso, ahora empapado de sangre. Me pareció que movía un poco las alitas desnudas. Me sentí mareado toda la tarde.

Los del grupo de Traian, sin embargo, no se daban por vencidos y afrontaban el acoso con coraje. Traian urdía todo tipo de románticos mecanismos de defensa: había organizado, tanto entre los chicos como entre las chicas, una red en la que circulaban permanentemente notitas y signos secretos. A veces cogíamos uno de esos billetitos en los que decía, por ejemplo: «Ardillita, dile al caballo que vaya al castillo», y entonces nos torturábamos durante horas enteras para descifrar quién era el caballo, quién la ardilla y dónde estaba el castillo. Luego empezamos a encontrar en nuestros bolsillos y debajo de nuestras almohadas unas notas en las que decía, en letras grandes, VENGANZA. Las veo incluso ahora, aquellas letras extrañas, romboides, debajo de las cuales estaba dibujada una flecha roja. Los «otros» también atrapaban de vez en cuando a alguno de los nuestros y le pegaban, en la frente, un papel húmedo con un dibujo de colores pintado a rotulador, que representaba normalmente un burro, o bien directamente la palabra BURRO. Cuando se retiraba el papel, quedaba en la frente el «tatuaje», imposible de borrar en dos o tres días.

Nosotros, por nuestra parte, procurábamos burlarnos de Traian de todas las formas posibles. Y naturalmente, por instinto, dimos con la manera más segura de hacerle daño: ocuparnos de su novia, Livia Ante. Habíamos encontrado en la cantina unas seis cajas de caramelos «fondante» y habíamos recortado las tapas para que quedara solo ANTE. Por debajo escribimos con rotulador negro, verde y morado, Y TRAIAN. Por la noche, después de cenar, nos dirigimos a la parte trasera de la cantina, hasta la linde del bosque, y clavamos en seis árboles los cartones de los caramelos. El resultado fue terrible, los monitores del campamento se escandalizaron, hicieron un careo, sacaron al centro a unos cuantos chicos pero sin acertar con ninguno de mi grupo sino, por casualidad, con los cabecillas de las travesuras que tenían lugar en el campamento. Livia estuvo a punto de ser enviada a casa, y Traian se puso fuera de sí, dispuesto a pelearse con cualquiera que se le pusiera por delante.

El campamento llegaba a su fin sin que mi odio involuntario por cualquier tipo de relación amorosa se hubiera agotado. En los últimos dos o tres días, sin embargo, recibí una dolorosa sorpresa. Estábamos a comienzos de agosto y el resplandor del cielo azul salpicado de nubecillas blancas, amontonadas en formas densas y precisas, la melancolía del bosque soleado, el gusto amargo de las acederas y el hedor de los erizos muertos por los senderos se mezclaban en un sentimiento extraño que comenzaba a apesadumbrarme. Me había sorprendido unas cuantas veces mirando a Livia a hurtadillas. Su cabello pelirrojo, tan distinto al de las otras chicas, la mancha turquesa —que adivinaba por el rabillo del ojo antes de mirarla— de su vestido, su forma de andar, todo ello, comprendí horrorizado, me atraía, me hacía desear verla más y más tiempo. En la hoguera del campamento, entre las chispas incandescentes de los abetos, veía de vez en cuando su perfil amarillo como el azafrán o rojo púrpura, según el color de las lenguas de fuego que se reflejaban en su rostro. El bochorno de la hoguera, el brillo de las lentejuelas y de las alitas de mariposa de las bailarinas del programa artístico, el rasgueo de la guitarra, todo ello se depositaba, capa a capa, en mis retinas, en mi mente, en mi piel, pero para mí lo único importante era verla a ella. Me daba mucha vergüenza, pero era una vergüenza dulce e inocente. Cuando, tras unas cuantas horas de viaje en tren, llegamos a casa, Bucarest me pareció desierto y nuestra casa, triste y estrecha. En la comida, delante de mis padres, me eché a llorar desconsoladamente.

Los años siguientes, en el segundo ciclo de la enseñanza primaria, me convertí en un niño espantosamente tímido. No era capaz de intercambiar dos palabras seguidas con una chica. Miraba con desesperación a los chicos y las chicas que jugaban juntos en las alamedas del parque junto al Circo. A cualquier intento de una chica por bromear conmigo, respondía invariablemente: «¡Déjame en paz!». O, simplemente, me iba, le daba la espalda y salía corriendo. Para mí, lo más vergonzoso del mundo era que alguien pudiera pensar que me había enamorado. Era una idea absolutamente insoportable. Aun así, seguía siendo un niño bastante guapo. Las chicas de mi clase habían elaborado, durante una hora libre, una lista de los chicos según su belleza y luego la rompieron en pedacitos. Pero unos cuantos chicos rescataron del cubo de la basura los trocitos de papel y reconstruyeron, con mucho esfuerzo, toda la lista. Recuerdo que yo ocupaba el cuarto puesto de diecisiete chicos. Me sorprendió, pero había que tener en cuenta también el hecho de que era buen estudiante, algo que todavía contaba en la balanza de los juicios estéticos. No podía mirar a ninguna chica a los ojos, y al final tampoco podía mirar a los ojos a los chicos. Me parecía probable, inconscientemente, que eso podría traicionar unos sentimientos ocultos, o que podría hacer al otro sospecharlos en mí.

De esa época recuerdo unos inviernos especialmente duros, con nieve que llegaba hasta las ventanas de la escuela, con ocasos que descendían en oleadas rojas-cenicientas sobre los castaños del patio y sobre el almacén nostálgico, de ladrillo, junto a la escuela. El aire se tornaba ocre y, en el aguanieve de la salida de clase, los chicos que esperaban con bolas en la mano y los guantes empapados a que pasaran por allí las chicas, tenían los ojos púrpuras, brillantes como los de los pájaros. Aparecían en el aire duro las primeras estrellas mientras nosotros, a sexta hora, con la luz encendida, contemplábamos aturdidos en el encerado la hilera grotesca de fórmulas químicas, las extrañas razones del número de Avogadro o las figuras de cristal torcido de la geometría espacial. Otras veces nevaba copiosamente y nosotros, mirando por las ventanas durante la clase de rumano, teníamos la sensación de que el aula volaba oblicua hacia arriba, a toda velocidad, como una nave espacial. Generalmente, la luz encendida del aula, que contrastaba con la inmensa oscuridad de fuera, nos ofrecía ese sentimiento atávico de intimidad, de refugio, que debieron de tener, en la cueva, en torno al fuego, los hombres de otras épocas. El mundo se hacía pequeño y era fácil vivir. De una de esas tardes conservo mi única experiencia alucinatoria en esa época, de la que no podría decir gran cosa ni encontrar ninguna explicación. Estábamos en un recreo y charlábamos de fútbol, o de algo parecido. Las chicas, más estudiosas, se habían arremolinado en el encerado y buscaban distintas ciudades en un mapa de Europa. Muchas de ellas eran más altas que los chicos, y sus bellos pechos redondeados se les marcaban bajo el vestido. A su alrededor, incordiándolas, daban vueltas los chicos con sus extraños nombres totémicos, Rata, Mamut, Cerdo, Pato. En el ruido difuso de la clase, en el aire ocre, rasgado por siluetas y rostros familiares, sucedió algo inexplicable. Miré de repente hacia arriba, como si alguien me hubiera llamado y, más o menos a un metro sobre mí, pero un poco más adelante, vi una esfera azul. Tendría unos sesenta centímetros de diámetro y era de un azul intenso, incluso fosforescente, hipnótico. Permanecía inmóvil en el aire, parecía una gigantesca pompa de jabón de una consistencia gelatinosa. Todo lo que pensé en aquel momento fue subliminal, del mismo modo que «piensas» cuando corres, por ejemplo, un serio peligro o cuando debes tomar una decisión repentina. Al principio creí que la esfera era de hecho una mancha en mi retina, es decir, una especie de fosfeno, pero al mirar hacia otro sitio ya no la vi, así que volví a fijar la mirada en ella y tuve que aceptar que o bien era un cuerpo real e inexplicable, o bien un producto no de los ojos, sino de mi mente. El gran globo azul flotó sobre mi cabeza más o menos medio minuto y yo lo contemplé incapaz de sustraerme a su fascinación. Es evidente que nadie más lo vio, pero igualmente extraño es que ninguno observara mi estado de ausencia y postración durante aquel medio minuto. El globo desapareció bruscamente: aparté la mirada un momento y, cuando la levanté de nuevo, no volví a ver aquello. Ni siquiera tuve miedo en aquellos momentos, a pesar de que volví en mí mucho más tarde…

Más o menos fue por entonces cuando me enamoré de Lili. Eso era para mí el equivalente a un desastre. Eso que había estado a punto de suceder en el campamento, estaba sucediendo ahora y comprendí que no tenía ninguna posibilidad de escapar. Veía todos los días a aquella chica que todavía hoy me parece guapa (tengo una foto de grupo en la que aparece también ella), con el pelo recogido en la nuca, acentuando así una frente abombada, unas mejillas con hoyuelos, unos labios llenos e insinuantemente sonrientes y unos ojos negros, tal vez un poco saltones, dueños de una mirada muy cálida y, sin embargo, un tanto irónica. Por lo demás, nunca la miraba de frente y la evitaba siempre que podía. Pero veía su rostro reflejado a veces en las ventanas o en las vitrinas del laboratorio de física y química. Lili emanaba a su alrededor algo turbio. A veces, a las chicas que eran sus amigas les contaba algunas cosas que las inquietaban. También ella había traído a clase varios libros en los que, si rebuscabas bien, podías encontrar vagos paisajes eróticos; las chicas más atrevidas se juntaban entonces y leían juntas, ruborizadas, con una sonrisa extraña, contenida, sin el jolgorio con que habrían leído, en todo caso, los chicos. Además, las lecciones más penosas de todo el curso eran las de biología, cuando se abordaba la reproducción. Algunos profesores se las saltaban, pues no podías entenderte con treinta alumnos a los que les daba por reírse para sus adentros, a punto siempre de estallar en carcajadas. Pero nuestra profa era una viejilla muy seria que no se intimidaba fácilmente. Ya había tenido problemas con el conejo en la ineludible lección sobre la «multiplicación». Pero ahora era aún peor, pues habíamos llegado al hombre y esto presionaba con más fuerza, casi de manera insoportable, las paredes de los pantanos espirituales que nuestra familia se había esforzado durante años en construir. Habíamos aprendido en casa que tocar esos temas era extremadamente vergonzoso, pero ahora una mujer seria nos hablaba, desde el estrado, precisamente sobre «esos temas», algo que nos reconcomía por dentro, que hacía que nuestra vergüenza creciera hasta una tensión insoportable de la que brotaba una risa que no podíamos controlar. Durante la exposición de esta lección concreta sacaron a la pizarra a tres alumnos, entre los cuales estaba Lili, que no se mataba por estudiar pero que tampoco desatendía sus deberes escolares. Los otros dos, simplemente, se abstuvieron de decir una palabra y prefirieron sacar mala nota pero no pasar vergüenza. Lili, sin embargo, empezó la lección desde el principio y, con una calma meticulosa, con la misma frialdad que si estuviera hablando del sistema nervioso central o del aparato digestivo, llegó hasta el final sin omitir nada y sin provocar ni pizca de hilaridad entre sus compañeros. ¿Por qué nuestra psique herida no reaccionó entonces? Bien al contrario, todos la mirábamos con admiración, como si de una heroína se tratase.

Aunque tuviera algunas relaciones más serias fuera de la escuela, Lili no podía privarse de un novio que estuviera en nuestra clase. Este era Colorado, un chico muy alto con un rostro rubicundo que lo había hecho merecedor del mote. Él la acompañaba a casa todas las tardes, le enviaba notitas durante las clases y, en general, la aislaba cuidadosamente de otros posibles rivales. Cuando, a última hora, jugábamos a las prendas (de hecho yo no jugaba nunca, solo asistía con una risa falsa, con una indiferencia llevada casi hasta las lágrimas) y les tocaba ser pareja, se subían a un pupitre en medio de la clase, tal y como exigía el «castigo» y, perfilados en marrón sobre el pesado ocaso de fuera, se abrazaban y se besaban. La delicadeza y la languidez con que ella se arrimaba entonces a él y que recordaban al gesto somnoliento de una niña que se abraza a su madre, me parecían actitudes en realidad inexistentes, mundos dorados, pesados, cargados de éxtasis y emoción y sufrimiento, mundos en los que no habría sido capaz de respirar ni un solo segundo. Y, sin embargo, sufría como un perro en aquellos momentos, me sentía en extremo excluido, al margen, privado de una experiencia terrorífica y, no obstante, cegadoramente bella. Creo que por entonces no era difícil observar que no podía resistirme a sus miradas, y que me perdía si ella me dirigía por casualidad unas palabras. La primera, naturalmente, en darse cuenta de este aspecto fue precisamente ella. Así que, divertida, empezó a acercarse a mí. Por aquel entonces habían aparecido también en nuestra clase los «oráculos» de diferentes tipos, es decir, listas de preguntas relacionadas con el amor, a las que tenías responder «sí», «no» o «tal vez». Eran unas cien preguntas sobre la «persona amada» que iban desde el color de los ojos, el pelo, la altura, si estaba o no en esa clase, hasta qué actores o cantantes le gustaban o si «os habéis besado alguna vez». Las respuestas se puntuaban de una determinada manera y el oráculo era capaz, sobre la base de esa puntuación, de decirte qué sentimientos tenía el otro sujeto respecto a ti. Por ejemplo, podía tocarte «te quiere» o «le gustas, pero no te quiere» o «te admira» o «no te puede ver ni en pintura». Cuando se le hacía el oráculo a alguien, nos arremolinábamos en torno al pupitre del medio de la clase, opinando sobre quién podría ser y haciendo chistes. Con cada detalle oías comentarios irónicos del tipo: «¡Ahí va! Le gusta Tedi…», «¡Que no, que es aska, que él tiene ojos azules!», «¡Qué va! ¿Es que aska es bajito?». Por supuesto, las chicas no siempre pensaban, mientras respondían al oráculo, en el chico que les gustaba, algunas veces se divertían eligiendo un «cliente» entre los repetidores o entre los más desastrados, para que pudieran regodearse también los asistentes. En cualquier caso, el juego tenía algo de insinuante, de meándrico, que te emocionaba tanto como las prendas. Uno de aquellos largos días, a finales del octavo curso, el oráculo lo estaba haciendo Petruta, una chica morenita y muy vivaracha, una especie de criada que, sin tener novio, era especialista en concertarle las citas a las demás. Después de que hubieran respondido unos cuantos —entre ellos también yo (justamente había pensado en Petruta, y me había salido «le gustas pero no te quiere»)—, el oráculo había llegado a Lili. Sonreía con esa maravillosa boca suya, de labios gruesos, rojos-brillantes. Sus ojos eran enormes, negros con reflejos morados imposibles de soportar. La amaba desde hacía dos años, por lo menos. Conocía cada detalle de su silueta, el pelo estirado en las sienes, los pechos muy redondos y las piernas de tobillos fuertes. Lili respondía a las preguntas riendo. Me estremecí ya con la primera sospecha cuando le preguntaron por la estatura del tipo en el que estaba pensando. Entonces ella clavó la mirada en mí y respondió: «Mediana». Escuché el resto de las preguntas como a través de un sueño. Sabía, mi instinto exacerbado no me podía engañar, que estaba pensando en mí, que se trataba de mí. Me parecía que todo el mundo lo sabía, que me habían descubierto y que todos iban a empezar a burlarse de mí, de mi ridículo sufrimiento. Quise marcharme pero me di cuenta de que eso me traicionaría aún más. Así que aguanté hasta el final. Entre los chicos estaba también Colorado, que se divertía de lo lindo. Cuando se terminaron las preguntas, se le consultó al oráculo, el cual dio una respuesta, en mi opinión, sorprendente: «Te ama pero lo oculta». En aquel momento, riendo a carcajadas, Lili me señaló de repente con el dedo, apuntándome con él durante varios segundos. Todos se reían, me tomaban el pelo y yo mismo procuraba reírme con ellos. El juego pasó al siguiente y yo, al cabo de unos minutos, me retiré a hurtadillas y me fui al baño. Quería lavarme la cara, que me ardía de vergüenza, pero allí me encontré con unos cuantos que estaban fumando a escondidas, así que desistí…

A partir de aquel día mi amor por Lili fue en aumento. Ella no dejaba pasar ninguna oportunidad para intentar hablar conmigo, pero yo le respondía secamente y me alejaba a trompicones. Por las noches sufría crisis de asfixia pensando en Lili, luego iba hasta la ventana y pegaba la frente al cristal frío. Sabía que ella vivía en Barbu Văcărescu, por eso me volvía en esa dirección y hablaba con ella, le decía cosas. En una ocasión oí con claridad cómo me respondía. Pronunciaba mi nombre, su voz resonaba allí, junto a mi oreja derecha, y no era ninguna alucinación. Aún hoy estoy absolutamente convencido de que, durante varias noches seguidas, nos comunicamos a distancia. Lo importante era que hubiera luna y que yo mirara hacia su casa. Entonces oía con claridad: «Andrei, ¿eres tú?», y luego hablábamos de tonterías durante una media hora. La escuela languidecía, el curso finalizaba; los alumnos y los profesores estaban, más que agotados, aburridos. Sindili, el griego, se traía el magnetófono y, al fondo de la clase, nos juntábamos a contar historias. Al día siguiente de la fiesta de fin de curso —con la sempiterna formación en grupos, con el reparto de premios y con toda aquella absurda ceremonia—, tenía lugar la fiesta de verdad para la que nuestra escuela alquilaba todo el Circo Estatal. Aquella sala grande, de gradas abruptas, con una arena circular, sobre la que se balanceaban toda clase de trapecios niquelados, de cables y redes, se llenaba de padres y de niños. Los pequeños, los de primaria, iban de aquí para allá, toqueteaban los reflectores macizos, metálicos, de discos verdes, amarillos, rojos y azules que se podían girar ante el foco principal, mientras los mayores se agrupaban por clases y hablaban sin parar. Nosotros, los que habíamos terminado la escuela, nos habíamos permitido venir «de calle», cada uno con las mejores camisas y pantalones de pata ancha que tuviera por casa. Las chicas se habían engalanado con lo más extravagante que tenían, faldas de vuelo, blusas transparentes a través de las cuales se adivinaba algún sujetador blanco de blonda, las medias de sus madres. Se habían recogido el cabello con una fantasía enternecedora y, vestidas incluso como espantajos, estaban en cierto modo guapas gracias a la frescura de sus rostros. Algunas se habían pintado las uñas y un par de ellas —a las que, por otra parte, la directora envió a casa— se habían maquillado como auténticos loros. Estaban sobreexcitadas, se sentían como verdaderas señoritas. Pensar que solo tenían catorce años las humillaba, se sentían ya capaces de volver loco a un hombre. Con cuánto desprecio debían de mirarnos a nosotros, unos críos preocupados aún por marcas de coches y películas de acción…

Lili, a la que yo esperaba con el corazón en un puño, apareció tarde, mucho después de que hubiera comenzado el programa. Era una especie de musical ad-hoc, creado a partir de Dumbrava minunata1 y a nosotros, a los chicos, se nos iban los ojos tras Lizuca, una chica altita y muy bien hecha, de octavo, vestida tan solo con unas mallas de ballet. Junto a ella daba volteretas Patrocle, un crío disfrazado de perro. El escenario estaba lleno de niños-mariposa, niños-flor y cosas por el estilo. Los viejos altavoces difundían en un repiqueteo continuo lo que en su origen debieron de ser unas dulces canciones infantiles. Creo que fui el primero en ver a Lili. Estaba vestida con sencillez, con una blusa blanca muy escotada, sin mangas, y una falda negra muy por encima de las rodillas. Si hubiera llegado al comienzo de la fiesta la habrían expulsado por culpa de la falda, que dejaba ver sus pantorrillas. En la mano llevaba una rosa de color rosa pálido. Caminaba con una gracia inconfundible y se escurría entre los asientos almohadillados. Se sentó lejos de nosotros y allí permaneció durante un rato, oliendo de vez en cuando la rosa. Luego se lo pensó mejor y vino hacia nosotros, hasta que encontró un hueco unas dos filas más arriba de donde yo estaba. Llevaba todo el rato, a hurtadillas, con los ojos clavados en ella. Cuando me di la vuelta para mirarla, fingiendo querer decirle algo a un colega, no me lo podía creer: Lili estaba con las piernas cruzadas, en una actitud que me pareció del todo indecente si no hubiera sido encantadora. Se le veían las piernas hasta arriba del todo, con su piel blanca y mate, y ella —me di cuenta al instante— me estaba mirando fijamente. No sé cuándo decidió venir a mi lado. Iba muy perfumada, sonreía y me miraba por el rabillo del ojo. Yo tenía los ojos fijos en la pantomima del escenario. De repente cogió mi mano. Volví la cabeza hacia ella asombrado y retiré mi mano de la suya: «Andrei, ¿por qué me evitas?», me dijo mientras volvía a coger mi mano. «Déjame en paz —le dije— nos están viendo los demás», pero no tuve la fuerza suficiente para volver a retirar la mano. Yo miraba hacia adelante, había empezado a temblar. En algunas zonas de la sala, junto a la orquesta y sitios así, no había nadie por culpa del ruido, demasiado fuerte, o por culpa de la altura, desde la que no podías ver nada. Hacia uno de esos rincones acabó arrastrándome Lili. Estábamos allí, uno junto al otro, ella jugueteaba con la rosa, yo sudaba y me sentía perdido. De hecho, no me prestaba atención, sabía que su presencia, que su perfume eran suficientes para perturbarme. Todos nuestros compañeros se volvían hacia nosotros y se reían por lo bajinis. Cuando ya no pude soportarlo más, simplemente me levanté y escapé de la sala por la primera salida. Oí aún su voz irónica que me gritaba suavemente y luego, hasta llegar a casa, corrí castañeteando los dientes, con los hombros encogidos por los temblores. Me tiré en la cama y no fui capaz de moverme durante un buen rato. Tenía fiebre, y de hecho mi madre se asustó cuando vio el termómetro. Me trajo medicinas y llamó al médico. Durante unos cuantos días, los primeros de las vacaciones, estuve enfermo, no podía dormir, solo tenía sueños llenos de alucinaciones. Una y otra vez, dando vueltas entre las sábanas húmedas, abría los ojos y miraba a través del aire azul de mi habitación, decolorado por la luna, hacia el sillón junto a la cama. Allí veía nítidamente a Lili vestida con el uniforme del colegio, con el pelo recogido, los labios brillantes y una sonrisa rara, irónica. Me levantaba entonces de la cama y tocaba su pelo, sus hombros, hasta que me convencía de que todo era real. Sentía entonces cómo un fluido blanco recorría mi cuerpo desde el tórax hasta la punta de los dedos, y mis manos, como si supieran ellas solas qué hacer, intentaban desnudarla. Pero ella era toda una, una sola pieza, su ropa era una con su cuerpo. Ella no era sino una estatua con la consistencia del cristal, pero viva, móvil. Ella no podía ser desvestida.

Por un momento he levantado los ojos de estas páginas que se multiplican sin cesar ante mis ojos y, por instinto, he mirado al espejo. He sufrido un shock cuando mis miradas han topado con otro texto, de tela, el de la funda del espejo. Es un texto escondido, cifrado, a través de él no pasa nada. Sé que solo tengo que arrancarlo para que los rayos de la verdad me abrumen, para que me destruyan. Se haría la luz pero, ¿a quién le serviría acaso esa luz? Sería una llama que me consumiría. Y, sin embargo, ¡cuánto me gustaría ahora echar al menos un vistazo al espejo! Pero no lo voy a hacer hasta que no termine esta historia que me apremia. Varias veces, mientras escribía y escribía, los viejos entraron de puntillas en la habitación, con la excusa de dar de comer a los peces beta del acuario, de coger un cofrecito con piedras y broches de todo tipo o de limpiar el polvo a los muebles antiguos y a los iconos con tallos de vid cargados de uvas que brotan de las costillas de Cristo. Pero al final acababan por acercarse a mí, por acariciar mis largos cabellos con un mimo mal disimulado. La viejecita lloriqueaba de verdad cuando yo, en un tono más dulce que al principio, les explicaba que no me pasaba nada, que tan solo quería escribir una historia y que podían llamar a cien médicos cuando la acabase. Les prometí que en una semana estaría lista. Ellos aceptaban resignados, pero tarde enteras se juntaban en el salón con otros viejos y cuchicheaban horas y horas. Sin duda, algo se había transformado en su niño y eso les llenaba de espanto. Me había negado a comer en el comedor, porque también allí había un gran espejo veneciano y no podía pedirles que cubrieran también ese. Así que ellos me traían la comida aquí, a mi despacho, y me vigilaban mientras comía deprisa, apremiado por retomar el hilo de mi historia.

Me estaba convirtiendo en un adolescente difícil, con ideas y manías absurdas. Estoy convencido de que sin su aparición «en mi vida», en el cuarto año de liceo, habría perdido definitivamente el contacto con el mundo real. Leía todo el día y gran parte de la noche, y descubría —unos me llevaban a otros— familias enteras de poetas (porque leía más que otra cosa poesía) que exploraba luego de forma individual, tomando prestados los libros de una biblioteca a la que estaba abonado. Memorizaba con facilidad todo lo que me gustaba y, en los recreos, mientras mis compañeros jugaban al ping-pong sobre el estrado, yo llenaba la pizarra de versos de Verlaine o Eluard. En francés y en latín componía frases con ejemplos extraños. Si tenía que conjugar un verbo en una oración, escribía, por ejemplo, «La flor negra vio a la zorra transparente» o «Yo amo el verde con una vaca de albaricoques», poniendo buen cuidado en que, formalmente, el ejercicio fuera correcto. Naturalmente, los pobres profesores se quedaban de piedra. Pero estudiaba mucho y gané varios «concursos de creación», así que todos me dejaban en paz. Me consideraba un maldito y despreciaba profundamente a mis compañeros. Por supuesto, yo también emborronaba cuadernos enteros de versos, y había empezado asimismo un diario que releí tantas veces que casi me lo sé de memoria. Cada nueva lectura era para mí como una nueva vida. Fui, sucesivamente, Camus, Kafka, Sartre, Céline, Bacovia, Voronca, Rimbaud y Valéry. Apenas observaba lo que sucedía a mi alrededor. Mis compañeros venían siempre a clase con discos, generalmente en mal estado, con las carátulas pegadas con cinta adhesiva a lo ancho y a lo largo. En el brillo de las carátulas destacaban los rostros duros, grotescos, de unos barbudos vestidos de manera excéntrica, o paisajes con fábricas melancólicas, con chimeneas gigantes, sobre las que volaba un cerdito alado. Vocablos misteriosos se cruzaban en el curso de las conversaciones a las que asistía ausente: «Inagada Davida», «Led Zeppelin», «Samba pa Ti», «Imagine». Murmuraban estribillos hipnóticos y recitaban versos ásperos: «No creo en Hitler / No creo en Zimmermann / No creo en los Beatles / Creo solo en mí / En Yoko y en mí / Esta es la realidad / El sueño ha terminado». Traían magnetófonos a clase y los conectaban a los altavoces, que emitían unas modulaciones de guitarra tan chirriantes que no podía escucharlas ni cinco minutos seguidos sin enloquecer. Ignoraba todo lo que les gustaba a los jóvenes de mi edad. En aquellos dos años que duró esa crisis me acerqué tanto a la locura que incluso ahora siento cómo su hálito helado envuelve mi cráneo. Así como se desprende, poco a poco, la serpiente de la piel escamosa cuando muda, se desprendía mi mundo del mundo real, se transformaba en una película paralela con la consistencia del sueño. Puesto que no podía leer todo el tiempo y puesto que, si no tomaba aire, sufría por las noches ahogos y pesadillas, salía a diario a pasear antes de la caída de la tarde. Caminaba por Galaţi y Domniţa Ruxandra, llegaba hasta la plaza Galaţi y me adentraba después por las callejuelas silenciosas y doradas de más allá de la calle Otoño, hasta Moşilor. Contemplaba las casas antiguas, con balcones en forma de alvéolo peligrosamente suspendidos sobre las calles, con estucos, acanaladuras y mascarones, con atlas de yeso podrido bajo los arcos. A medida que el sol descendía por el horizonte, el dorado de los muros viraba al ámbar y luego al púrpura, las mejillas y las narices de las gorgonas de los frontispicios lanzaban sombras afiladas sobre una pared entera, las ventanas se llenaban de sangre, y una niña con un vestido azul, detenida en el umbral de la puerta de hierro forjado, con lanzas, de su casa, te removía viejos recuerdos, tan viejos que te parecían anteriores a tu llegada a este mundo. Llegué muchas veces, por aquel entonces, a la calle Venera, sin imaginar que allí, en una de aquellas casas grandes, vivía la chica llamada a ser la cosa más monstruosamente bella de mi existencia. Me fascinaba en esta calle el aspecto leproso de unos cuantos talleres y pequeñas fábricas alineados a lo largo de ella. Los habían pintado por fuera con pintura acrílica que en unos pocos años se habían descascarillado y dejaban ver por debajo, en grandes desconchones, el encalado amarillo de antaño. Largas tiras de pintura de un azul chillón colgaban aún como mondas. Más allá venían las cabañas de los caballos en el patio o las casitas de pueblo, coquetas, con emparrados de vid, en cuyo porche había jubilados que pintaban paisajes marinos o naturalezas muertas con lilas sobre un trozo de cartón. Cuando caía el ocaso sobre la calle Venera, las carcasas de los frigoríficos abandonados en el camino, junto a la escuela Silvestru, oxidadas por las lluvias y el rocío, se volvían de un rosa mate, inverosímil, y todo el paisaje parecía artificial. Regresaba a casa henchido de tristeza.

Mi erotismo había entrado en una fase de inhibición agresiva. Todo era paradójico, irresoluble. Buscaba en los libros y en los álbumes de arte pasajes eróticos y desnudos pero, por otra parte, algo en mí se oponía a estos impulsos primitivos. Llegué a creer que yo era completamente distinto a los demás, que el amor y todo lo que de él dependía no era para mí, que yo iba por un camino que me llevaría mucho más lejos de la banal condición humana. Más aún, a través de esa tendencia a absolutizarlo todo que sentía entonces con tanta intensidad, empecé a pensar que era precisamente el erotismo lo que impedía que los hombres se realizaran, que el amor —y por tanto la mujer— eran las causas de tal banalización, de tal fracaso. Durante un par de años, en aquel estado de extrañamiento que he intentado sugerir aquí, me fabriqué un monstruoso sistema de ideas a este respecto. Había decidido que yo no tenía derecho a conocer a una chica; estaba destinado a una misión más elevada. Estaba en cierto modo convencido de que la inmortalidad dependía de la castidad y que en el momento en que amas y haces el amor, te has manchado para siempre. No se trataba, de hecho, de razonamientos lúcidos, sino de impulsos a los que no podía sustraerme. Por supuesto, me atormentaba yo solo, pero no podía evitarlo.

La mujer como entidad me parecía un monstruo. Veía en ella, de hecho, a un hombre modificado, lisiado. Los pechos, la grasa depositada en otras partes del cuerpo, las caderas anchas, el cabello diferente al de los hombres me parecían signos de una enfermedad vergonzante. Consideraba el comportamiento femenino, la gracia de algunos movimientos, la psicología diferente como puras afectaciones. Miraba con odio a cualquier chica que vistiera con elegancia, que se arreglara un poco o que coqueteara con los chicos. Para mí eso significaba simplemente que ella exhibía sus deseos eróticos, sin más. Había leído que hay arañas hembras que devoran al macho durante el acoplamiento y había empezado a escribir una historia fantasiosa en la que me imaginaba qué sucedería si, en el mundo de los hombres, las mujeres mataran a los hombres tras el coito. Imaginaba el dilema en el que se encontrarían los hombres, atrapados entre dos instintos fundamentales: saber con toda seguridad que la mujer te va a destruir y, sin embargo, no poder escapar a su fascinación… O pensaba en la curiosa mantis religiosa, que durante la cópula roe, simplemente, al amante, hasta comérselo. O la hembra del escorpión, que encuentra en unos segundos el único punto vulnerable del macho, la única fisura de la coraza de quitina, y clava en ella el aguijón venenoso de su cola…

Si en el bulevar Magheru o en la plaza Romana hubiera visto unas gigantescas y pegajosas telarañas prendidas de las esquinas de los edificios y si, en medio de ellas, acechara inmóvil una mujer desnuda, con los pechos tan parecidos a los quelíceros, la escena me habría parecido más natural que la realidad, en la que las mujeres parecen seres humanos como los demás, «nuestras madres, esposas, amantes o hijas», que tienden únicamente la red de sus gestos, de sus sonrisas, de sus debilidades. Cuanto más crecía mi delirio, más preguntas me hacia al respecto, hundiéndome en especulaciones de todo tipo. Me preguntaba entonces a través de qué rasgos distinguimos la feminidad de alguien. En los recién nacidos el sexo es tan solo una diferencia anatómica. Hasta los dos o tres años, se viste a los niños de colores distintos: los niños de azul y las niñas de rojo o de rosa. Pero luego, al mismo tiempo que aprenden a distinguir entre sus amigos a los niños de las niñas, aparecen en sus rostros unos rasgos casi imposibles de definir pero que el ojo percibe con una precisión cada vez mayor. Más allá de las diferencias creadas artificialmente (el cabello largo en las niñas, una ropa determinada: vestidos, falditas, adornos exclusivos como, por ejemplo, los pendientes) y de los caracteres secundarios que aparecen en la adolescencia, existen también enigmáticas referencias psíquicas y creo que, de hecho, estas son las más fuertes porque ellas determinan las pasiones. No amamos a una mujer por que tenga un cuerpo perfecto, sino por la forma única de los ojos o de la boca, en la que vemos (¿cuándo se ha formado? ¿por qué ha aparecido?) su personalidad profunda y sutilmente erotizada. Soportamos mejor la idea de que nuestra amada nos haya engañado que el que haya sonreído a alguien levantando una sola ceja o que en su rostro aparezcan, alrededor de la boca, esas arrugas de una ternura irónica que tú creías fruto de tu influencia e imposibles de repetir para otro… Si el ojo femenino no está maquillado, es muy difícil distinguirlo del de un hombre. Tal vez las chicas tengan las pestañas más largas y más espesas, el ojo algo más alargado pero ¿quién podría explicar por qué los ojos de una mujer parecen inmensos, con una llama negra-morada, cuando la amamos y no vemos sino dos ojos corrientes cuando dejamos de amarla? Parece más fácil distinguir su boca de la de un hombre pero, ¿a través de qué? Sabes con seguridad que una boca, que unos labios son femeninos, pero no creo que esos rasgos distintivos se puedan expresar en un lenguaje racional. Como no podemos salir de nuestro sexo, vemos inevitablemente con ojos de hombre o de mujer esos rasgos infinitesimales.

Me transformaba a ojos vista. Mi rostro adquiría unos rasgos ascéticos, en mis ojos brillaba una luz sufriente, un poco extraña. La boca seguía siendo sensual pero también ella estaba torturada por el sufrimiento interior. El bigote había empezado a perfilarse bajo los largos y finos orificios de la nariz, todas las líneas de la cara se habían alargado. Me regodeaba en la soledad, me enfrentaba con todas mis fuerzas a lo que tenía que suceder. Una tarde, al pasar por la calle Venera, oí una cancioncilla suave, mecánica. Recordé de golpe aquella escena de mi infancia, aquella casa extraña, los niños cargados de cientos de juguetes. Era la canción tintineante, con una gama oriental, del mandarín de celuloide. El sonido procedía de una ventana abierta, situada en la esquina de una casa, sobre una marquesina de cristales multicolores. En la veranda, a la luz incierta del ocaso, vi acurrucado un gato dorado-anaranjado, que miraba asustado hacia el interior de la habitación. Desde allí, cuando cesó la melodía del muñeco, se oyó la voz de una chica, con un timbre roto, que gritaba: «¡Pss, sinvergüenza, fuera de ahí!». El gato se escurrió a lo largo de la pared y saltó a una gran acacia que había junto a la casa. En la ventana, enmarcada por los cortinones de tela roja, apareció una joven que me pareció inusualmente pequeña y delgada. Tenía el pelo largo, rizado, castaño claro, del color de la madera de roble, y una cara redondeada, con las mandíbulas bien formadas y dos ojos dorados. Retuve vagamente, como de pasada, esa carita aristocrática y proseguí con mi paseo hasta que oscureció. Después de aquello, cada vez que pasaba por allí, miraba hacia la ventana sobre la veranda, pero en medio año no vi, unas cuantas veces, sino a una mujer mayor. A través de otra ventana, mucho más grande, podía ver desde la calle un globo terráqueo, muebles muy pretenciosos y probablemente preciosos y una lámpara de brazos con carámbanos de cristal y brillo de cobre. Ni siquiera en mi diario, que contenía versos, notas de mis lecturas, sueños extraños y unos pocos sucesos exteriores, escribí nada acerca de este «encuentro». Todo lo que apunté ese día en el diario fue que había comenzado Aurélie, de Nerval.

Pasaba al duodécimo curso y dentro de poco cumpliría dieciocho años. Empezaba a sentir cada vez con más fuerza el corazón encogido respecto a mi futuro. Tan solo un año antes había decidido renunciar definitivamente, y sin arrepentirme, a todo lo que en la vida tuviera que ver con «la alegría de vivir». Sentía asco por la gente que parecía satisfecha con su vida cotidiana. Yo me sentía universal, dispuesto a convertirme yo mismo en el cosmos entero. Pero ahora empezaba a no poder soportar físicamente esa forma de vida. Poco a poco dejé de sentirme un genio; era un lamentable fracasado. Ese cambio se producía bajo la presión de la soledad. En otra época estaba contento cuando me dejaban en paz, cuando podía encerrarme en casa durante semanas, leyendo hasta que ya no veía de lo oscuro que estaba. Juraba para mis adentros cuando tenía que responder al teléfono. En los dos primeros cursos de liceo, mis compañeros me invitaban a alguna fiesta, a los cumpleaños o a la discoteca en el vestíbulo del instituto pero, como nunca iba, se habían dado por vencidos y ya ni me llamaban. Sentían por mí un horror mezclado con la reticente admiración que se tiene por una crisálida de la que podría salir una mariposa o también quién sabe qué bicho espantoso. Incluso aquellos que me defendían, pues se hablaba mucho sobre mí, no podían imaginar que fueran posibles entre nosotros unas relaciones personales. Cuando cumplí diecisiete años, me prepararon un regalo, bellamente envuelto en papel y anudado con un lazo; sin embargo, nadie había tenido el valor de entregármelo; así que lo habían dejado en mi pupitre para que yo lo encontrase al llegar a clase. Estaban cohibidos y un poco asustados por su gesto, ahora lo veo, como si se lo hubieran hecho a un extraterrestre. Ni siquiera hoy en día sé qué contenía aquella caja, pues la dejé en el pupitre sin tocarla siquiera. Había perdido todo atisbo de humanidad, era consciente de ello, pero creía que así progresaría por el camino de la suprahumanidad. En las vacaciones entre el undécimo y el duodécimo curso viví en una soledad tal que llegué incluso a preocuparme por mi integridad psíquica. Durante tres meses sentí mi corazón cargado de un amor abstracto, un amor por nadie. No podía estar en casa un solo instante, salía y vagabundeaba por el Bucarest dorado-transparente bajo el sol, esperando siempre encontrarme con algún conocido. Miraba con envidia a las parejas que caminaban abrazadas, a las mujeres vestidas a la última moda, a los jóvenes de mi edad con sus sempiternos discos bajo el brazo, intercambiándoselos delante de la tienda «Muzica»: Sticky Fingers más cincuenta céntimos por Deep Purple in Rock; Caravanserai más el single My Generation de The Who por Ummagumma. Regresaba a casa muerto de cansancio, pero por la tarde empezaba de cero.

Esperaba con ansiedad que empezaran las clases, algo que no me había sucedido jamás. Y eso era porque me sentía demasiado solo, como un ángel caído o a punto de caer. Pero sabía que seguir siendo un ángel significaba seguir negando lo que luchaba en mi interior, quizá algo maligno, pero que ejercía un poder cada vez más fuerte sobre mí. Me despertaba muchas veces llorando de soledad. Finalmente empecé de nuevo las clases y, por vez primera, ver unas cuantas caras conocidas me resultó en cierto modo agradable. En el laboratorio de biología, donde tuvimos la primera clase, vi de lejos a Bumbac, consumado ciclista, con su cara ancha de buen hombre y sus ojos verdes siempre entornados, que había empezado a apuntar en un cuaderno cuántas veces decía «niñitos» la profesora. La cosecha era considerable (había trazado en el cuaderno más de doscientas rayitas), pero ella lo había pillado y lo había sacado a recitar la lección. Bumbac, con una desarmante expresión de inocencia, recitó razonablemente bien la lección sobre los paramecios, pero sacó un tres porque había llamado todo el tiempo a este pequeño animal Paris Match, en vez de «paramecio», a pesar de que la profesora le corregía cada vez. Luego estaba Dalu, de un metro noventa y tres, al que llamábamos, evidentemente, Calu2, o incluso Hipohipus, según el nombre de un antepasado del caballo que habíamos estudiado también en la clase de biología. Y, por terminar con todo lo relacionado con esta asignatura, veía en un pupitre a Mera, con sus dientecillos torcidos y la mirada un tanto bobalicona del rubito que ha oído hablar de Mallarmé. A él lo había enviado un día la profesora para que trajera del laboratorio el esqueleto humano, en tamaño natural, que guardábamos allí, hasta nuestra clase situada en la planta baja. Mera se había tropezado en las anchas escaleras y había caído con esqueleto y todo hasta que los huesos, desprendidos de los alambres, se desperdigaron por todo el vestíbulo de la sala de profesores ante los ojos de «Tío Zambilă», el director. En otro pupitre estaba el Muerto, un chico de octavo, de cara increíblemente pálida, que solo había destacado una vez gracias a un poema épico que empezó a recitar —ni siquiera él sabía muy bien por qué— en una clase de matemáticas (mientras la profesora, la famosa Drânga, de la que se decía que podía escribir epopeyas semejantes, nos hablaba sobre su pekinés preferido), un poema que se componía finalmente de dos versos que se hicieron célebres: «En la penumbra de una lámpara / hay dos hombres altos con barba». Más insignificantes eran Grigoriţa y Negruţa, hermanos gemelos, o una pareja más, Mihalache, que practicaba la lucha greco-romana, medía un metro cuarenta y ocho y llevaba tacones de siete centímetros, y Neagu, un coloso con la cabeza deformada por los fórceps, interesado por una sola cosa en este mundo: las locomotoras eléctricas de juguete. Y acabo con Lulu, una especie de bufón vulgar que, en el baile de disfraces de un campamento en el que estuvimos juntos, le dio por maquillarse y vestirse como una mujer; hecho que me causó trastorno tal que en cuanto lo vi me quedé pegado a la pared. Respecto a las chicas de la clase, ellas formaban para mí una masa casi indiferenciada. Sin embargo, había una tal Farcaş, que tenía cara de chacha, y a la que se veía siempre muy preocupada por las revistas de moda; estaba la alta que, no se sabe por qué, quería que la llamaran Vasile, y había otra, muy extraña, una especie de belleza de arrabal con algo naíf perverso, una especie de cisne negro, llamada Dialisa, que se quedó embarazada en undécimo y abandonó el liceo y luego nunca más se supo. Por supuesto, había también chicas muy buenas y aplicadas, y otras bastante guapas y educadas de las que no se podía chismorrear nada. Pero ninguna de ellas me interesaba demasiado, y hoy no me acuerdo de ellas sino con mucho esfuerzo. Había también dos compañeras nuevas, una rubia, con cola de caballo a la espalda, que respondía al gracioso nombre de Pleşcoiu, y la otra, bajita y delgada, «una diva en miniatura», como la llamó alguien en el recreo, que venía del «Iulia Hadeu». Su rostro, con ojos dorados y aire de «señora», su voz de pato, algo rota, me resultaban vagamente conocidos. En todos los recreos, durante un mes del primer trimestre, la vi sin verla de verdad, en el vestíbulo, con su grupo de amigas, parloteando todo el tiempo. Era muy elegante, llevaba anillos con piedras preciosas, cambiaba a menudo sus pendientes de clip, pues no tenía, probablemente, agujeros en las orejas. Por supuesto, en las clases se quitaba los anillos pero se los dejaba si los profesores eran hombres tolerantes, como Tom, el de inglés, que cambiaba también de trajes y de corbatas con sorprendente frecuencia. La chica se llamaba Georgiana Vergulescu, pero sus compañeras le decían Gina o Ginuţa, como la llamarían probablemente en su casa. Esos nombres no eran en ningún caso cariñosos, porque no era difícil observar que las chicas no apreciaban en absoluto a su nueva compañera; intentaban, por el contrario, minimizarla, que pareciera que no la consideraban sino una niña esnob y consentida. Ella las aventajaba en todo lo relacionado con la ropa, los maquillajes, los perfumes y los jabones que tenía y que utilizaba cuando no iba a clase. Cada dos o tres palabras pronunciaba vocablos tan vacíos de contenido para mí como los que escuchaba en boca de los chicos locos por la música rock. No había oído, por ejemplo, hablar jamás de Burda, Chanel, Miss Dior, Hélène Rubinstein, Ella, Obao, Lancôme, Lux, Rexona, no conocía las diferencias entre perfumes amargos y dulces, creía que todos los desodorantes y champús eran iguales, que no merecía la pena caminar medio día por un par de zapatos, que los vaqueros y los pantalones acampanados, por no mencionar las joyas, no estaban hechos para los simples mortales. La mayoría de mis compañeras no se diferenciaban demasiado de mí a este respecto, hablaban con ella con una cierta reserva, por miedo a no cometer errores, tal y como hablaban conmigo de literatura. Pero a ella la odiaban instintivamente por el mundo fantasioso en que vivía, por los accesorios exclusivos que poseía. Cuando tocaba el timbre para entrar, la nueva compañera se dirigía la primera hacia la puerta de la clase, con movimientos muy rápidos, «afectados», movimientos de chica vivaracha, acostumbrada a llevar tacones altos y aleccionada sobre cómo llevar la ropa. Sus zapatitos, del número más pequeño para señora, hacían siempre ruido, un taconeo característico por el que la reconocería más adelante, antes de verla, desde el fondo del pasillo de mosaico blanco y rojo. Me pregunto cuándo hablamos por primera vez. Creo que intercambiamos muchas veces palabras banales. Ella se sentía en cierto modo atraída hacia mí porque le interesaba la literatura y, sobre todo, porque algunos me consideraban ciertamente «muy bueno», un auténtico valor, algo que siempre ejerció sobre ella un efecto hipnótico. Un día había comprado yo Luceăfarul y por el camino se me había mojado bajo las gruesas gotas de un chaparrón de otoño. En la luz cenicienta de la clase había desplegado las páginas como si fuesen sábanas y leía con atención una traducción de Sandburg. Ella se acercó entonces a mí (mi compañero de pupitre estaba fuera, jugando al fútbol) y, seria como un gato, empezó a leer a su vez aquellos poemas. «No me gusta —me dijo—. Esto no es poesía. Esto lo puede hacer cualquiera». Yo adopté un aire de profesor y le dije que Sandburg era un gran poeta, pero Gina siguió negándolo, indignada. Otro día la acompañé a casa, por Taras Shevcenko abajo. De los castaños, prácticamente desnudos, caían de vez en cuando los frutos brillantes y las casas cenicientas tenían las paredes mojadas. Olía penetrante, nostálgicamente, al humo de los jardines rodeados por cercas de hierro forjado. Ella llevaba un impermeable de una tela brillante, amarillo-limón, y se distraía desperdigando con la punta del zapato los montoncitos de hojas secas. Entonces me habló, con una expresión medio infantil, medio afectada, de «su amigo de la facultad de matemáticas», aquel Silviu que sería mi pesadilla durante varios meses. Pero aquella tarde yo sonreía divertido, distraído. Veía con tanta claridad sus defectos: mente de gorrión mimado, pretensiones culturales, gestos ligeramente amanerados. Su risa me hacía reír a mí también porque entonces mostraba unos dientecillos torcidos, graciosos, como de murciélago malicioso, entre unos labios bonitos, eso es verdad, de una forma absolutamente particular: el labio superior tenía un «piquito» vertical donde se juntaban las dos mitades, así que trazaba un arco en relieve, lleno de personalidad. Su boca no mostraba nunca una expresión pasiva, femenina al modo «típico», es decir, de ternura o de bondad: al contrario, era solo nervio, solo afectación, ironía, infantilismo, pero también un refinamiento de mujer madura, no asimilado aún por completo. Su naricilla tenía la punta un poco chata, lo que le confería un aire más voluntarioso. Solo sus ojos, dorados y luminosos, tenían algo de belleza convencional. Gina no me gustaba todavía, pero me pareció, ya desde el principio, distinta a todas las chicas que había conocido. Refugiada bajo mi paraguas, me contaba todo tipo de aventuras sobre cuyos protagonistas no sabía yo nada, y que ella se contentaba simplemente con mencionar. ¿Quiénes eran Maricu y Tanicu, quién era Penelopa? Solo de su madre decía siempre «mi mamá», con ternura. Me hablaba de Frau Else, del Kindergarten, y del grupo de niños que se había formado en su calle, de las relaciones amorosas entre Fofo y Micheline, entre Ilieş y Simina. Solo cuando llegamos a su casa, aquella casa maciza, con veranda y una acacia en el jardín, en la calle Venera, relacioné a Gina con aquella niña que había visto una vez, por la tarde, en la ventana de cortinones encima de la veranda. Se lo comenté y ella respondió airada que aquellos malditos gatos venían a hacer pipí justamente sobre los vitrales de la veranda. Estaba harta de batallar con ellos. Luego me invitó a tomar un café, «para calentarnos un poco», algo que me sorprendió. Entré, sin embargo por una puerta maciza, con un picaporte enorme de hierro forjado con hojitas y tallos. Después de un pequeño portal, oscuro, al que me unen aún tantos recuerdos que me dan ganas de dejarlo todo aquí, llegamos, subiendo unos escalones, a la puerta del apartamento. La casa me pareció laberíntica. Más vivida que la imagen del apartamento propiamente, tengo la página de mi diario en la que escribí sobre esta visita inesperada. Veo el diario con sus tapas de plástico rojo y veo cada línea escrita en esa fecha: «9 de octubre de 197…». Cada vez más lejos de la vida. El rostro más demacrado, leñoso, fatigado, los ojos como hundidos en espirales de juncos, la nariz negra con capiteles sobrios y frontispicios, algo renacentista y una juventud hendida y polvorienta.

He estado en una casa grande, antigua, de habitaciones altas y ahumadas (había una estufa Siena en cada una), con paredes cubiertas de iconos de cristal, multicolores y milagrosos, otros metálicos, crucifijos y muebles antiguos con realces de bronce. En esa casa se movían unas figuritas de cera: unas cuantas viejas idénticas entre sí, un viejo con el cabello completamente blanco. Todo pintado, contorsionado, poco natural. Una casa antigua sumergida en silencio (e incluso el silencio rezumaba música. Wajda habría paseado la cámara por las paredes agrietadas, con el estucado caído, por los rostros de los santos a caballo y de los Cristos escuálidos, de madera y yeso, por las teclas del piano con incrustaciones preciosas, por los macramés y los cuerpos inmóviles de las viejas en sedas verdes y rosas, con la piel brillante alrededor de la nariz y los ojos acuosos. Apenas perceptible, como un encaje, habría llenado la estancia una fuga concentrada y lenta de Bach). Yo callaba y contemplaba los iconos enmarcados con marcos negros y pútridos y pensaba en el monstruo que debía de ser (y el aspecto avejentado que había descubierto mucho antes en su voz ronca, en su cuerpo pequeño y huesudo, sus dientes de murciélago… Y, sin embargo, era una niña encantada de decir obscenidades e idioteces; no había nada naif-sentimental-femenino en ella. Decía que había llorado cuando su «amigo» la había llamado corriente y banal, o algo así, pero yo no me la imagino llorando, era demasiado seca) la chica de diecisiete años que se movía en aquel espacio seccionado y embalsamado en un color marchito y en sombra. Las alfombras habían sido retiradas, así que el brillo de cristal, sucio también, de las lámparas de brazos, una en el techo de cada habitación, no tenía dónde difuminarse. Terrible vida muerta.

Un fragmento que hay que anotar. De Alteza Real de Thomas Mann: «Tengo que confesar que no he tenido otra opción. Siempre me he sentido inútil para cualquier otra actividad humana. Me parece que esta incapacidad indudable e incondicional para cualquier otra cosa es la única prueba y piedra de toque de la profesión de la poesía, tal vez, de hecho, no haya que ver en la poesía una profesión, sino precisamente la expresión y el refugio de esa incapacidad.

He ahí, finalmente, algo capaz de darte esperanzas».

Ahora, naturalmente, me causa risa esa forma estetizante que utilizaba entonces para escribir cualquier nadería. Los rasgos de Gina y de su entorno aparecen en esta página de diario doblemente deformados: por culpa de ese manierismo libresco y por los conocidos motivos psicológicos, es decir, por culpa de mi aversión hacia cualquier chica, por mi necesidad de protegerme contra las agresiones eróticas. Gina era ciertamente una chica educada en un entorno de ancianos y tenía, en consecuencia, bastantes tics y rarezas inducidas por ellos. Pero de eso a decir que estaba «avejentada» hay un mundo ridículamente grande. Es cierto que un año engordó de repente y se convirtió en una mujer de verdad pero, de nuevo, me resulta extraño que al principio la encontrara tan delgada. Ahora, mientras escribo, si procuro concentrarme en su rostro (qué fácilmente me gustaría tenerla de verdad ante mis ojos, aunque fuera por unos instantes), veo tan solo cómo aparece en una diapositiva a color que se había hecho el verano anterior en la playa. Está increíblemente guapa. Lleva una camisa fina, masculina, a cuadros, y tiene el pelo largo, liso, ligeramente ondulado, de color roble, peinado con la raya a un lado. Al fondo se ve el mar, verdoso, con olas de espuma, y el rostro de Gina, vuelto hacia el espectador, muestra un aspecto lánguido, dolorido. Los ojos están abiertos y la boca sonríe con amargura formando unas arrugas que derrochan sentimiento. Vi más fotografías suyas de cuando era adolescente. Todas me parecieron insoportables, como cuando quieres agarrar con la mano un hierro candente. Ni siquiera sabía de su existencia cuando se las hizo y el hecho de haber perdido unos momentos tan preciosos de su vida, de que ella haya malgastado tanta emoción por alguien más aparte de ti, aunque sea por nadie, no se puede comprender, no se puede vivir.

Entonces, cuando la acompañé a casa por primera vez, me hizo esperarla un rato en su habitación, es decir, precisamente en esta misma en la que estoy escribiendo ahora. Contemplaba con avidez las cosas de alrededor, sobre todo los famosos iconos. Vino con dos cafés y un disco que escuchamos en uno de los tocadiscos peores, de aquellos pequeños, forrados en plástico gris, que se vendían en los años cincuenta. Delante de mí, Gina amagó unos pasos de tango, luego se sentó a mi lado y comenzamos a hablar de literatura, porque conmigo, evidentemente, no se podía hablar de nada más. Al cabo de una media hora me fui. Esa tarde sentí que no me apetecía estudiar para el día siguiente. Sentado encima de mi mesa de estudio, con las piernas sobre el radiador helado, miré a través de la ventana unas cuantas horas. Tenia un sentimiento de predestinación, sabía, ya desde entonces, que estaba atrapado, que esa niña-mujer desarticularía sin duda todo mi edificio interior. Los días siguientes la acompañé a casa de nuevo y, poco a poco, nos fuimos acostumbrando los dos a hacer juntos ese camino. Me esforzaba por no tomármela en serio, la trataba con dureza, le respondía siempre con ironía. A pesar de todo, observé rápidamente cuánto empezaban a dolerme sus alusiones a otros amigos, con los que me decía que se veía los domingos «para jugar a la canasta» o el sábado por la tarde, «para tomar el té». Tenía que soportar incluso, con una sonrisa condescendiente e irónica, todo tipo de confesiones más personales. Estaba al corriente del gran amor entre ella y Silviu. Gina, a este respecto, era de una crueldad increíble. Durante las clases escribía SILVIU, con grandes letras de imprenta, en el margen de todos los cuadernos. Una vez se puso a dibujar el interior de una habitación. Luego tachó con unos cuantos rayones la fotografía enmarcada que había esbozado encima de la cama. Venía algunas veces llorando a clase y un día se marchó, incluso, después de las dos primeras horas. Gina sufría, su amor no funcionaba, y el primero que tenía que soportar su infelicidad era yo. Una tarde (creo que era a mediados de noviembre, pues ya amenazaba nieve y fuera estaba oscuro) me cogió de la mano. Nos detuvimos en medio de la calle. Parecía transfigurada por el sufrimiento. Convirtió toda su desesperación, sin embargo, como haría más adelante en unas cuantas ocasiones, en un discurso exaltado y entrecortado en el que casi me gritaba todo lo que me quería. Me rogaba que la ayudara, que estuviera siempre a su lado. Me abrazó con pasión y entonces también yo la agarré por los hombros y llegamos, caminando de ese modo, hasta su casa. Nos detuvimos en aquel portal lleno de un aire ocre y nos besamos penosamente, más en las mejillas y en los ojos que en la boca. Su cara estaba mojada por las lágrimas y yo, repitiendo su nombre, abrazándola, acariciando su cuello y sus pechos a través del abrigo, intentaba con todas mis fuerzas evitar, aplazar las palabras de amor que se formaban solas en mi mente. Durante una semana se mostró igualmente cariñosa, pero la tristeza oscura de su rostro, su silencio obstinado me torturaban más que la felicidad que me procuraban los fugaces ratos en el portal. Ya no era capaz de escribir versos siquiera, esperaba que cesara el jaleo en casa para meterme bajo el edredón y dormir hasta la mañana siguiente de un tirón. Pero en sueños me invadía un desgarrador sentimiento de soledad. Así, soñé unas cuantas veces que caminaba por un parque, cuyas interminables alamedas se entrecruzaban sin cesar. Era un atardecer rosa-violeta, y todo lo ocupaba una niebla ligeramente luminiscente. En ese espacio crepuscular las cosas no pesaban, sino que tenían una gran densidad emocional. Todo aquel aire nacarado, aquella calima, se concentraba dolorosamente en mí. Sabía que el espacio es infinito, que no hay lugar para la esperanza. De repente, lanzando los tejados y las estatuas melladas a una altura vertiginosa, haciendo girar hacia el cielo la cúpula de color cobre viejo, apareció ante mí, en una plaza de una anchura inabarcable, un monumento colosal, una construcción medio en ruinas, con arcos y frontones cubiertos de liquen, con quimeras góticas, profundamente acanaladas, que reían en las paredes. Nada en este edificio tenía proporciones humanas. Por una infinita escalera de caracol subí hasta la cúpula. No hay en este mundo, ni siquiera en sueños, palabras capaces de definir lo que sentí bajo esa cúpula gigante. Arriba, a más de cien metros de las baldosas romboides que formaban el mosaico, en el centro de la cúpula, se abría una ventana redonda a través de la cual se veía a las nubes flotar en las llamas del ocaso. Diversos grados de oscuridad cobriza-blanquecina llenaban un espacio en el que te sentías un insecto insignificante. Y de repente empecé a crecer, a dilatarme, a llenar el espacio geométrico, surcado de nervios y de rayos. A medida que crecía podía contemplar los pálidos frescos de las paredes curvadas, el aire cada vez más oscuro del exterior que atravesaba los agujeros de los lucernarios en cuyo óvalo, perfilada en púrpura, se apostaba alguna que otra paloma. Al poco tuve que encogerme, que arrastrarme por el suelo, llevarme las rodillas hasta la boca y cruzarme de pies y manos, pues había llenado por completo la gigantesca cúpula. De este sueño me despertaba siempre desconcertado por la soledad, con el sentimiento de que mi vida había llegado a su fin.

Ya había empezado a nevar y estaba oscuro cuando salía con Gina del liceo. Íbamos de la mano y a veces ella metía su mano en el bolsillo de mi abrigo, y allí la mantenía sin soltarme. Era terriblemente voluble, algunas veces estaba alegre, otras ausente y otras tan triste que apenas podía soportarla. Caminábamos despacio sobre la fina capa de nieve iluminada por la luz de los escaparates, y yo me sentía, al mismo tiempo, feliz y vacío de esperanzas. Veía, a medida que nuestra relación avanzaba, que pertenecíamos a mundos diferentes entre los que solo podía existir el puente irracional de un sentimiento unilateral, un puente que nadie podía atravesar. Me desesperaba cuando ella empezaba a hablarme del viaje a Leningrado que había hecho el año anterior, de sus paseos por las orillas y los puentes del Neva en amaneceres blancos como la leche. Me la imaginaba sola y soñadora paseando, con el cabello enredado por la corriente del agua, bajo las farolas de hierro forjado, junto a los leones de piedra, o sentada en el banco de un parque destruido por el otoño y el ocaso. Luego me contaba cómo, en la playa, había nadado sobre el rayo del sol reflejado en el agua. O retomaba las escenas de su infancia de niñita de buena familia, o me mostraba, en una calle cercana a la suya, un patio bastante grande, con una cerca de barrotes, donde unos niños con abrigos azules y chaquetitas de fieltro verde jugaban con la nieve; me decía que allí había jugado también ella en incontables ocasiones cuando iba al Kindergarten. Se quedaba un buen rato mirando a través de los barrotes de la valla, con una expresión que me hacía retirar los ojos de su cara. Ya no hablábamos sobre Silviu, pero en todo lo que ella decía, en el tono de sus palabras, en su disposición, incluso en sus besos —pues se detenía de repente en la soledad de las calles nevadas, se apoyaba en un poste y decía «bésame»—, en todos sus caprichos, lo sentía presente. Sabía que Gina me estaba utilizando para protegerse, para dejar respirar a su infelicidad, para no estar ya sola, para que alguien apretara su mano cuando se veía obligada a mirar de frente la agonía de su amor. ¿Quién era yo para poder ser su novio? Un crío feo y raro que había llegado al umbral de la esquizofrenia, que no sabía nada que tuviera lugar fuera de la bruma de la literatura, que no tenía ninguna experiencia de la vida. Me vestía de cualquier manera, nunca había montado a caballo, carecía de amigos. No podía ofrecerle sino mi miedo ciego a perderla. Para mí, Gina era mucho más que una novia, era un ser imposible de soportar, una droga demasiado fuerte que, sin que yo supiese controlarlo, se estaba convirtiendo en adictiva. Sabía que más pronto que tarde fracasaría, que Gina me abandonaría. Pero en el portal de su casa, en una oscuridad tal que apenas podíamos adivinar el perfil de las caras, nuestros gestos de amor eran cada vez más desinhibidos, cada vez más atrevidos. El cuerpo pequeño y fino de Gina había aprendido a no crisparse con mis caricias más osadas. Yo aprendía poco a poco a tener a una mujer en brazos, aprendía el placer de acariciar, de marearme con su boca suave, con el sabor soso de sus labios y sus dientes y su lengua, con el olor a champú de su cabello, el aroma de sus pestañas. Aprendía, por debajo de su blusa, la forma de sus pechos. Cuando nos despedíamos, me alejaba caminando entre los copos helados y dejaba atrás a propósito unas cuantas paradas de tranvía. El aire del invierno me sentaba bien. Mis manos conservaban el olor de su piel hasta la noche, cuando me quedaba dormido.

Nos sucedieron muchas cosas extrañas mientras caminábamos en dirección a su casa. Una noche despejada como un cristal, al pasar por la plaza Galaţi, íbamos contemplando ambos la luna, que se alzaba sobre la parada del autobús número 40 y doraba en tonos fríos los raíles del tranvía. Hablábamos de la luna; ella me decía que en una excursión al monte con un grupo de amigos, se había sentido tan sola que habría querido comerse literalmente la luna. «¿Pero sabes cómo? ¡Literalmente!». Por supuesto, sentí un escalofrío de celos e intenté evitarlo, pero me quedé con la boca abierta porque, al mirar la luna, vi con claridad que la esfera no era perfecta, que una de las partes se había achatado y que una sombra, que no podía ser otra cosa que la sombra de la tierra, cubría cada vez más, lenta pero visiblemente, su superficie. Nos detuvimos, dejamos las carteras en el suelo y, abrazados y sorprendidos, contemplamos aquel espectáculo sobre los tejados. Al poco rato, el globo de ámbar estaba iluminado solo a medias, luego la sombra se extendió y solo dejó libre un cuerno cada vez más delgado. Mientras tanto, por la plaza Galaţi circulaban autobuses y taxis, pasaban transeúntes pero nadie se acercó a nosotros para mirar la luna, que empezó a crecer de nuevo poco a poco hasta que, en un cuarto de hora, volvió a ser el globo perfecto de antes. Más tarde, todo esto nos pareció un sueño a los dos, poco menos que inexplicable.

Los domingos Gina no quería que nos viéramos. La llamaba por teléfono pero no la encontraba en casa. Me respondía habitualmente su abuela y me decía que Gina había salido a dar una vuelta. ¿Qué hacía los domingos por la tarde? ¿Qué hacía esas tardes en que no me dejaba acompañarla? Me imaginaba unas escenas de lo más inverosímiles. Pero hacía tiempo que ella había empezado a mostrar un cierto tono arrogante, aquel matiz de ironía un tanto vulgar que utilizaba siempre que se sentía superior a alguien o dueña de la situación. Entonces ponía una carita cínica, falsamente inocente y misteriosa a la vez, que me sacaba de mis casillas. Su lenguaje empezaba a cargarse de alusiones eróticas que profería compulsivamente fuera cual fuera el tema de discusión. Yo sentía que quería alardear de algo o que quería transmitirme algo y que su deseo era más fuerte que su cuidado por no herirme. «¡Qué sitio tan estupendo para hacer el amor!», me dijo una vez cuando pasábamos junto a una casa con torreón. Luego, puede que incluso aquella misma tarde, me dio a entender que ella sabía cómo es un hombre desnudo. Por supuesto, yo me burlaba de ella y derivaba la conversación hacia el absurdo, pero me sentía herido hasta lo más hondo. Esto me ayudó en cierto modo (aunque fueran ilusiones mías) en aquellas situaciones desesperadas, porque, sometido a semejante tensión, adquiría una elocuencia insólita. La tranquilizaba y la cautivaba por el momento con terribles alardes de imaginación. Pero no, ella quería que yo sintiera su alegría y su triunfo y, finalmente, al cabo de unos días, me dijo que había vuelto con Silviu, que había ido a su casa, que se había dejado desnudar por él pero que, «naturalmente», no había pasado nada. Me contaba todo esto en la penumbra del portal, sobre los escalones de mármol, coloreándolo con una especie de magia típicamente femenina: él la había llevado en primer lugar hasta el «Berlín», donde habían bebido Cinzano, luego le había comprado una rosa amarilla y habían ido a casa en taxi. Él tenía una motocicleta con la que el domingo iban a… Le grité entonces que se callara y me precipité a la calle. Descubrí que estaba llorando a moco tendido, menos mal que estaba oscuro.

Pasaba sollozando junto a los escaparates con ropa de esquiar, junto a los talleres de reparación de televisores, por delante de la luz verde de los muestrarios de las zapaterías. Sabía que la había perdido irremisiblemente y, sin embargo, no podía entenderlo. Era como si alguien me dijera que yo había matado a Gina o que ella había muerto. No podía imaginar cómo iba a superar verla todos los días en clase sabiendo que, sin embargo, ya no sería la misma. Cómo sería no volver a regresar a casa juntos, no soportar más sus caprichos y sus mimos y sus cinismos… Mientras caminaba, dejaba unos largos surcos sobre la nieve de la carretera, estaba acabado.

Aquella noche decidí que no volvería a tener nada que ver con ella. Escribí en mi diario: «Gina no quiere, NO QUIERE que estemos juntos. No puedo entender cómo es posible tamaña monstruosidad, tamaña estupidez en una niña tan perversa. Asisto a la propia disolución, columna a columna, escalón a escalón, pared a pared, de nuestro edificio. Nuestra relación se diluye como un azucarillo en el agua. En cualquier caso, no hay nada que hacer, no puedo luchar contra su irracionalidad animal. Debo recordar quién soy, retomar mi vida de antaño, no importa lo triste que fuera. Yo soy alguien que escribe, no me puedo echar a perder por culpa de un ser infrahumano, obnubilado, por culpa de una desgraciada». Y seguía así unas tres páginas más, en un delirio en el que veía a Gina como la personificación misma de la miseria y de la vileza humanas. Tal vez más que la permanente obsesión por su cara, por su voz, me torturaban los aspectos puramente fisiológicos de mi pasión: los latidos del corazón acelerados hasta la palpitación, el dolor duro y cálido del pecho y de los huesos, el insomnio en el que tenía que combinar hasta el infinito amargos monólogos. Al día siguiente, en el instituto, su silueta se perfiló ante mis ojos: como de costumbre, parloteaba en medio de sus compañeras sin importarle que alguien le escuchara o no, y sin escuchar nunca las respuestas que le daban. ¡Qué afectadas eran sus florituras retóricas, las expresiones francesas y alemanas que dejaba caer a su alrededor con fingida indiferencia! Era el suyo un lenguaje de vieja coqueta, de preciosa ridícula; un lenguaje, no obstante, que a mí me resultaba de lo más atractivo, a pesar de mi teórico desprecio por el histrionismo y la afectación. A veces pensaba divertido en lo apropiada que era la palabra «perla» para definir cada palabra de Gina, pues expresaba la mezcla de magia y superficialidad que la caracterizaba. Aquel día me esforcé por no mirarla. Me mezclé con los chicos y conté chistes en el recreo; hablamos de fútbol, de las diferencias entre Mick Jagger y Robert Plant y de un millón de cosas más. Pero era como si todo el rato tuviera un radar interior que me dijera en todo momento cómo localizar a Gina, dondequiera que esta se hallara. La «veía» incluso cuando estaba de espaldas a ella, incluso cuando salíamos al patio nevado y nos perdíamos entre la gente. La oía hablar desde cualquier distancia, sabía lo que estaba diciendo, sabía que no se podía dominar para no pregonar por todas partes sus amoríos a toque de trompeta. Sus compañeras ya sabían que «su novio de la facultad de matemáticas» iba a llevarla de paseo en moto el domingo. Lo que más me dolía era que no me evitaba, que vino unas cuantas veces a mi pupitre, mientras leía algo en un recreo, y que me dibujó rápidamente en un cuaderno una florecilla junto a la que escribió GINA. La rapidez de sus movimientos era increíble; el ritmo de sus pasos, los movimientos de sus manos, la rapidez con que escribía me causaban estupor. El hecho de que me considerara un simple amigo, que no se hubiera operado ningún cambio en su actitud respecto a mí me humillaba, me hacía albergar oleadas de odio. Intentó entablar conversación conmigo en varias ocasiones pero la rechacé con brutalidad. Entonces sonreía, con aquella nota de burla, con un aire de indiferencia que aún hoy logra que me enfurezca. Había construido en torno a sí una verdadera erotopatía, una mezcla extraña de amor, odio, desprecio, admiración, idolatría y asco. Cada tarde regresaba solo a casa a través de la suave nevisca de la luz de los faros de los coches, a través de aquel extraño bullicio, solitario, de los ocasos de las tardes de invierno, cuando parece, cada vez, que anochece para siempre.

Pero ella crecía a medida que yo me empequeñecía. De una niña rara y afectada, de ser una simple criatura educada entre viejos, se trocaba lentamente en un ser inmenso, hierático. Gina se convertía en el Todo. El domingo no pude quedarme en casa. Me puse la bufanda y el tabardo y me fui caminando hasta el centro. La mañana era cegadora. El fulgor de la nieve en las aceras de los bulevares, en los pasamanos de goma de las escaleras mecánicas del paso subterráneo, en los torreones de la universidad y en el tejado del Instituto de Arquitectura me provocaba un estado de exaltación. El aire helado y brillante entumecía, límpido como el cristal, mis sensores internos, borraba la imagen que, tenaz, intentaba adherirse a las paredes de mi cráneo: él y ella en motocicleta, con sendos cascos anaranjados y, por debajo del de Gina, un mechón de cabello castaño que escapaba hasta el hombro. Entré en la cafetería Danubio y me zampé despacio, con gran parsimonia, un pastel. Miraba afuera a través del escaparate amarillento. Había hermosas mujeres con pellizas blancas o abrigos estampados, había extranjeros, negros o árabes, arrebujados en sus zamarras con un gran cuello de piel. Intentaba inútilmente verme con objetividad, salir de mí, luchar contra la enfermedad psíquica de mi amor. Las imágenes interiores lograban intimidar a las exteriores.

El lunes Gina faltó a clase. Al día siguiente apareció a primera hora, aunque después de que hubiera entrado la profesora. Estuvo callada y aislada hasta el final de la jornada. No podía distinguir si en su rostro, que yo espiaba todo el tiempo por el rabillo del ojo, había un rastro de cansancio o de tristeza. Tras el último recreo, cuando volví a mi pupitre, vi en la esquina de un cuaderno que se había quedado sobre la mesa, la flor de cuatro pétalos que tan bien conocía yo y, a su lado, en letras de imprenta, su nombre: GINA. Dirigí la mirada hacia ella, pero no me prestaba atención: copiaba del encerado una lista de verbos irregulares ingleses. Es curioso cómo el más insignificante gesto suyo podía cambiar mi disposición de ánimo. De repente, y del mismo modo que desaparece un dolor de muelas gracias a una poderosa dosis de analgésico, aquella florecilla dibujada rápidamente en rojo instauró en mi cuerpo una calma que ya no esperaba alcanzar jamás. El relajamiento fue tan fuerte que por un instante me sentí inmaterial. Por la noche me llamó por teléfono. Me dijo que no había nadie en casa y que estaba a oscuras. Me la imaginaba, pequeña y nacarada, en aquella casa de muebles pesados y sólidos que, en la oscuridad, debía de tener un aspecto terrorífico. Me suplicó que la perdonara, me decía que entre ella y «él» todo había acabado (pero el mismo hecho de que evitara pronunciar su nombre y utilizara ese él tan significativo demostraba más bien lo contrario; del mismo modo, para mí existía una sola ella, y no necesitaba nombrarla para quererla). Luego retomó una de sus costumbres más queridas, los exasperantes discursos emocionales, en los que expresaba el sufrimiento y la nostalgia de un modo impersonal y que podías tomar perfectamente por declaraciones de amor ligeramente veladas, aunque no fueran sino estallidos censurados de su infelicidad. Me decía que se sentía más sola que nunca, que me echaba de menos; proyectaba sobre mí, como en una borrachera, los fantasmas pasionales que, de lo contrario, la habrían asfixiado. Entre lágrimas, atropelladamente, me decía que me quería y que no podía concebir que nos separásemos. Después de colgar, me quedé pensativo por un instante. Me cegaba el hecho de que pudiera existir una mínima posibilidad de que todo fuera cierto, quería creer que Gina podía ser mía de verdad, olvidar bruscamente todas aquellas diferencias entre nosotros que yo había rumiado cientos de veces hasta entonces y que a esas alturas me parecían ya insalvables. No tenía elección. Tenía que creer, con todo mi ser, cada una de sus palabras. Pero, en algún rincón de las aguas freáticas de la mente, quedaba la certidumbre del desastre, la convicción de que Gina no iba a quererme jamás. Aquel sentimiento alternaba con una esperanza irracional y daba al traste con mi equilibrio interior. Mi psique caminaba hacia la ruina por esa permanente oscilación entre el amor y el odio, la esperanza y la desesperación, la admiración y el desprecio. Por el momento, sin embargo, era feliz; estaba dispuesto a creer en el final de la historia entre Gina y Silviu y me sentía liberado como si ese hubiera sido el único obstáculo que se alzaba entre ella y yo. Al día siguiente volví a acompañarla a casa, bajo una ventisca que hizo historia. Se acercaban las vacaciones de invierno y pensaba con pavor en el cotillón de Nochevieja. ¿Lo celebraría acaso con ella? Me parecía inverosímil. Caminábamos agachados por la nevisca que nos lanzaba agujas de hielo sobre los rostros y por el cuello. Las calles serpenteantes, iluminadas tenuemente de naranja, eran barridas de modo inmisericorde por el viento; en algunas partes aparecían los adoquines negros del empedrado y en otras partes, en lugares más protegidos, la nieve formaba ondas tachonadas de sombras azules. Ella se había quitado el guante y tenía la mano en mi bolsillo forrado con piel. Yo apretaba sus dedos pequeños e inertes, que solo respondían de vez en cuando con estremecimientos apenas perceptibles. Nos detuvimos varias veces para besarnos y a punto estuvimos de ser derribados por el viento. Aplastábamos un gorro contra el otro, intentábamos abrazarnos por encima de las gruesas pellizas, nos mirábamos a los ojos bajo aquella oscuridad helada que prendía estrellitas de hielo en nuestras pestañas. Gina estaba nevada, reluciente a la luz de los escaparates de los autoservicios decorados con espumillón, niños con trineos de cartón, bombillas y bolas de colores. Su pelo y su cara, bajo las espigas delicadas de su gorro de piel de zorro, enrojecían de repente por el estaño púrpura de algún Moş Crăciun3 que reinaba, con su barba de algodón, entre bebidas y botes de conserva. En el portal de su casa, cuando la tomé en brazos, me preguntó si no quería que subiéramos un rato a su habitación. Entramos juntos en la casa donde, delante del televisor del comedor, un TEMP 6 de los primeros que habían aparecido por entonces, estaban los abuelos y la tía de Gina, tres viejecillos envueltos en mantas iluminados por la palpitante y mágica luz de la pantalla. Les dimos las buenas noches y, conducido por Gina, entramos en su habitación. ¡La recordaba tan claramente! La había soñado unas cuantas veces, aquella habitación tan alta, con su piano, su cómoda pintada de un modo vagamente renacentista, sus iconos de cristal repartidos por todas las paredes, su estufa de cerámica con hermosos dibujos azules, sus cortinas de satén, de un rojizo descolorido por el tiempo. Nos sentamos, desembarazados de nuestros abrigos, en el estrecho canapé, cubierto con un tapiz y unos cojines de colores. Ella desapareció unos minutos y regresó vestida con unos vaqueros y una camiseta amarilla fina, que ponía en evidencia sus hermosos pechos, aunque no demasiado grandes, pero redondeados y con los pezones visibles bajo la tela de algodón. Me traía un poco de confitura de nueces verdes y, en un vaso de cristal de una forma rara, un poco de licor de higos. La luz, frenada por los carámbanos de la lámpara del techo, caía sobre nosotros atenuada, ligeramente rojiza. Hablamos de todo tipo de tonterías hasta que se acabó el licor, luego nos quedamos en silencio, tragando en seco y mirándonos el uno al otro. Crecía entre nosotros una tensión que poco a poco resultaba insoportable. Ella cedió la primera, se dejó caer sobre los cojines de terciopelo. La abracé embriagado, le levanté la camiseta hasta los sobacos y arrimé mis mejillas a sus pechos desnudos, con sus moneditas cobrizas en el centro. Nos acariciamos mucho rato, hasta que desabroché los botones metálicos de sus vaqueros y bajé la cremallera. Aquel ruido nos despertó. Habíamos ido demasiado lejos: sus abuelos estaban a unos pocos metros y la puerta era de cristal mate. Gina se subió la cremallera y su cara se ensombreció de repente. Los ojos se le habían llenado de lágrimas y al poco estalló en sollozos. La escondí entre mis brazos, la abracé para sofocar sus suspiros. Sabía por qué lloraba. Gina se había enjugado las lágrimas y había tomado mi cara entre sus manos. Me miró a los ojos con una expresión atormentada y me dijo alzando la voz: «Ya no quiero a Silviu. ¿Lo entiendes? Ya no le quiero, me da asco. ¿Quieres que nos burlemos de él?». Y, de repente, se despojó de la camiseta y volvió a desabrocharse los pantalones hasta que, encima de las braguitas, aparecieron unos cuantos rizos brillantes. Nos abrazamos de nuevo, pero esta vez ella se movía con una voluntad de profanación que la hacía olvidarse de todo lo demás. Me incorporé a pesar de sus abrazos y me puse la chaqueta. Me arreglé ante el espejo la ropa revuelta. Mi pelo estaba húmedo y despeinado. Me lo peiné con unos movimientos rápidos. También Gina se había levantado, se había puesto la camiseta y, con su cabello rizado, suelto, se apoyó en mi hombro. Nos mirábamos ambos en el espejo reluciente. Mis ojos viraban al violeta sobre unas mejillas afiladas, mientras que los de ella, ambarinos, parecían más claros en aquel aire marrón-rojizo. Recuerdo aún nuestros rostros contraídos, inexpresivos, como máscaras extáticas, que brotaban una junto a la otra en el cristal del espejo. Durante un rato nos miramos silenciosos e inmóviles, luego ella sonrió con aquella sonrisa amarga, fantástica, típica de ella, y apuntó al espejo con su dedo índice. Pero la imagen del cuadro del espejo no reprodujo ese gesto. La mano de Gina en el espejo estaba apoyada en mi hombro, mientras que la de la Gina real llevó su uña pintada con laca transparente, brillante, hasta tocar directamente sobre el cristal mi frente fría, bajó a lo largo de la nariz, se detuvo en los labios y siguió luego, morosamente, la línea del cuello hasta detenerse en el pecho. Una leve línea de vaho seccionó mi cuerpo, las gotitas de color rojizo temblaban. Aquella mano fantasma y, sin embargo, real se dirigió después hacia la frente de Gina en el espejo, se detuvo con el dedo clavado entre las cejas, luego descendió hacia los labios, que seguían mostrando una sonrisa extraña, omnisciente. El dedo se posó entre los pechos de Gina, luego se alejó del cristal, en el que había aún una línea empañada. A continuación, la mano se elevó y se colocó, con la palma abierta, entre nuestras cabezas del espejo. También allí quedó el sello diluido de una mano de vaho rojizo. A continuación, la mano de Gina bajó por mi cuello, identificándose con la imagen reflejada. Ya no había diferencia alguna entre nosotros, los seres reales, y los seres que vivían más allá del espejo. Con pasos titubeantes, ella volvió al sofá, colocó la cabeza sobre un cojín de seda a rayas y, al cabo de unos minutos, se quedó dormida. Hay que decir que Gina es la única persona que conozco que duerme con los ojos abiertos. La mirada fija, que contrasta con los movimientos del pecho durante la respiración, le confiere en esos momentos el aspecto de alguien en coma, de un alma que ve, que oye y que siente acercarse su muerte. Me incliné sobre Gina y me vi en sus ojos. Tenía las pupilas terriblemente dilatadas, encuadradas tan solo por un finísimo anillo color miel. Pero, en lugar de ver mi rostro en sus pupilas oscuras, ¡vi el suyo!

No he podido traer mi pluma y, en consecuencia, he tenido que pedir aquí un bolígrafo. Y encima me han dado uno de un estúpido color rojo que mancha más de lo que escribe. Mis manos se agitan en un estado indescriptible. En cualquier caso, es un privilegio seguir escribiendo; ellos probablemente esperan extraer alguna conclusión al leer estas páginas que he querido traer conmigo a toda costa. Por supuesto, han escrito por alguna parte «grafomanía» y están ansiosos por sacar provecho de ella. Por lo demás, no tengo nada en contra de entregarles mi manuscrito, al fin y al cabo alguien tendrá que leerlo y ellos tal vez entiendan mejor que otros lo que pueda ser entendido. Me pregunto cuánto tiempo habrá pasado desde que he interrumpido la escritura. Ya no sé si es martes o miércoles, agosto o septiembre. Por lo que veo a través de las ventanas del salón parece, sin embargo, que el otoño arranca tímidamente. Me paseo a diario por el jardín y más de una vez he recogido alguna hoja muerta del suelo. Entre los edificios blancos flotan oleadas de arañas que los enfermos se sacuden furiosos del pelo. Pero yo las dejo en mis bucles hasta la noche y solo por la tarde, en la luz rojiza que se extiende por las paredes brillantes del salón, las retiro del pelo con el peine. Así que calculo que podríamos estar a mediados de septiembre. El cielo es de un azul profundo y, a pesar de la luz dorada que lo baña todo, hace frío.

Escribo sobre la mesilla blanca metálica. En la cama de al lado está Elisabeta, rubia y un tanto desaseada. Y ahora extiende sobre la sábana las cartas, que la vuelven loca. A mí también me ha echado las cartas, no se libra nadie. Tiene unas cartas antiguas, austriacas —dice ella—, en las cuales los ojos de todas las figuras están atravesados por agujas para que las predicciones sean infalibles. En aquella ocasión las había repartido primero en unos cuantos abanicos, luego en filas y cuadrados y, justo cuando iba a señalar una carta con el dedo diciendo «Este eres tú», se quedó paralizada. Yo no había prestado demasiada atención a sus juegos de manos. Miré la carta que Elisabeta seguía mostrándome con los ojos como platos. Era una sota, pero la parte inferior de la carta no era la imagen de la sota al revés, sino una soberbia dama de bastos con una flor de jazmín entre los dedos. Mezclé con rapidez las cartas, pero Elisabeta empezó a sufrir convulsiones. Cuando se le pasó el ataque, volvimos a repasar juntas todas las cartas de la baraja pero no volvimos a dar con aquella imagen ambigua. Elisabeta es muy cariñosa conmigo, pegajosa diría yo, incluso, dispuesta a cumplir cualquiera de mis caprichos si yo tuviera caprichos. Pero está muy sucia y sus ojos inyectados en sangre, como de epiléptica, me espantan. Me propuso hace unas cuantas noches que uniéramos nuestras camas. Le dije que se tranquilizara. No quiero que lleguemos a ser como Mira y Altamira, que duermen juntas y se acarician toda la noche hasta el amanecer. Algo de lo más romántico, si te paras a pensar que Mira tiene los dedos de los pies y de las manos deformados, tan torcidos en todas las direcciones que apenas puede sujetar un vaso, y Altamira (de hecho fue Paula la que la bautizó así, porque ella en realidad se llama Ştefania) es, ciertamente, una chica guapa y perfectamente normal, si exceptuamos el hecho de que una noche se acostó y durmió dieciséis días seguidos, tras lo cual se despertó ella solita como si no hubiera pasado nada. El médico nos visita todas las mañanas, pasa por delante de cada una de las diez camas y habla con cada una de nosotras. Se sienta en el borde de mi cama y me mira a los ojos. A veces se me olvida cubrirme el pecho y a él no se le escapa ese detalle. Luego contempla el taco de hojas de la mesilla. Ha prometido no cogerlas hasta que no haya terminado. Por lo demás, no tengo nada de qué hablar ni con él ni con nadie. Y no soy la única persona del pabellón que escribe. Junto a la ventana está la cama de Lavinia (Laviţa, como se llama a sí misma), que garabatea febrilmente, ocho horas al día, unas cartas de amor dirigidas a un tal Doru. Sus textos están muy espaciados en unas páginas rosas, anaranjadas, azules o violetas, así que queda bastante hueco para los dibujos. Laviţa, que se muerde la lengua como un niño pequeño, dibuja con tizas de colores flores, princesas de ojos grandes y nariz formada por dos puntitos, palomitas y corazoncitos. Incluso los sobres en los que introduce sus cartas parecen automóviles pintados por artistas pop. Laviţa transforma asimismo las sábanas, en cuanto mudan las camas, en grandes cartas dirigidas a Doru. En sus lienzos de lino escribe con lápiz marrón, traza unas letras de diez centímetros y llena los espacios blancos con sus pueriles dibujos de colores. Su cama es pistacho y muy pintoresca, pues duerme envuelta en las páginas de una carta gigantesca. Justo a su lado se encuentra Paula, una chica obediente y sensata durante el día a la que todas odiamos porque nos molesta cada noche. Paula habla una noche tras otra, en sueños, con su madre. Grita, se agita, recuerda cómo la trataba cuando era pequeña. Vivían las dos solas en un semisótano, una mujer sin marido y una niña que tenía que soportar los ataques de histeria de su madre, a la que retuvo, en el último momento, para que no se cortara las venas con una cuchilla. Esta noche Paula también ha delirado, la cama de Mira y de Altamira también ha crujido, y las enfermeras de guardia también han abierto la puerta para que me diera en los ojos la luz del pasillo. La noche de insomnio me provoca ahora una especie de frenesí y me apetece escribir. Así que retomo mi manuscrito aprovechando la siesta de mis compañeras, que leen o se liman las uñas.

Hace unos días, mientras narraba cómo Gina se había quedado dormida con los ojos abiertos en los que podía yo ver reflejado su propio rostro, reviví aquel momento de pánico helado. Sentí la necesidad de volver a ver, de saber de nuevo y de nuevo no entender. Me levanté de mi escritorio y arranqué con desesperación la funda del espejo. Miré. Luego empecé a gritar. Cogí el mandarín del escritorio y lo arrojé al suelo. Cuando entraron los viejos en la habitación (Maricu y Tanicu y luego Penelopa, lívidos, con la saliva escurriéndosele por la barbilla por culpa del miedo), me encontraron rodando por el suelo, envolviéndome en las cortinas púrpuras que había arrancado de las ventanas. Por el suelo estaban también desperdigados los libros arrojados de la librería y las figuritas del piano. No podía calmarme. Cuanto más me acariciaban para tranquilizarme, más fuerte me agitaba yo. Las lágrimas inundaban mi rostro y goteaban sobre el parqué. Mi consciencia estaba nublada y solo como a través del sueño pude sentir que dos hombres de blanco me llevaban hasta la ambulancia que había estacionada en la calle. El viaje de diez minutos hasta el hospital me pareció, no sé por qué, extremadamente largo. Aquí, los viejos me han visitado cada día, con unas sonrisas falsamente alegres, para traerme tarros de arroz con leche y canela, naranjas y zumo de limón. También se ha pasado su madre con su marido. Su madre se le parecía hasta en los más mínimos detalles solo que con una dosis superior de frivolidad parlante: una cabeza de chorlito dispuesta a contar en cualquier momento cosas graciosas. El hecho de que desde el primer momento me llevaran a un pabellón de mujeres me perturbó un poco al principio, pero me acostumbré bastante rápido. Me asusta un poco la pasividad con que he empezado a aceptar la situación pero incluso este temor es, de hecho, más bien lo que debería sentir que lo que verdaderamente siento (lo que de verdad siento es un deseo de reír hasta las lágrimas, todo me parece un carnaval, una farsa cómica). Me colocaron aquí, entre Elisabeta y una viejita asilvestrada que sufre una parálisis facial. La tía Laura tiene un lado que le cuelga hasta la barbilla y parpadea con un solo ojo. El otro se lo cierra con el dedo cuando quiere dormir. Del lado caído rezuma siempre un hilillo de saliva. Por lo demás, es una vieja coqueta, maquillada de forma estridente, que no habla con nadie, que está siempre incorporada a medias, con los ojos clavados en un espejito de bolsillo y que sonríe con la mitad de su boca. Su cabello violeta se desparrama, como una arañita diáfana, por la almohada. Me hicieron falta unos cuantos días para acostumbrarme a aquel ambiente, que me inhibió por completo al principio. Al poco me di cuenta de que me habían llevado a neurología. Las chicas tienen todo tipo de neurosis, parálisis e histerias. Aquí nos encontrábamos, me dije, en una especie de limbo iluminado hasta la transparencia por el dorado otoñal de fuera…

Abandoné la habitación de Gina mareado, incapaz de pensar en nada. El hall del apartamento estaba a oscuras, los viejos habían ido a acostarse hacía rato y el televisor del rincón estaba devorado por la penumbra. El único brillo metálico, grasiento, rembrandtiano provenía del borde de una gran bandeja de cobre sobre la mesita. Salí a la calle y, a pesar de que era casi medianoche, fui caminando a casa en medio de una nieve apocalíptica, retirada con dificultad por los insectos metálicos de las máquinas quitanieves. A la luz de sus faros cegadores, azules, la nieve caía y caía, parecía querer cubrir el mundo para siempre. Los guantes se me habían mojado y unas costras blandas, heladas, se me habían colado también en las botas. Mientras pasaba por delante de los escaparates iluminados —con sus maniquíes paralizados en sus esquíes, vestidos con pulóveres y cazadoras a la moda— con luces rojas y verdes, fluorescentes, vi a lo lejos a una pareja abrazada que avanzaba hacia mí. Eran alumnos de instituto, pues llevaban carteras en la mano. Cuando se encontraban casi a mi altura, me asombró el parecido de la chica con Gina: el mismo caminar a saltitos sobre unos tacones interminables, la misma chaqueta de piel. El gorro de piel de zorro de un rojo brillante que lucía la chica era también clavado al de Gina. Sentí que me volvía loco cuando me di cuenta de que Gina se acercaba a mí con un chico, que había introducido la mano en su bolsillo y se estaba riendo a carcajadas. Lo miré también a él cuando nos encontrábamos prácticamente cara a cara. Tenía un rostro alargado y pálido, con unos ojos hundidos en las órbitas y un bigote apenas esbozado, como una sombra marrón bajo unas largas fosas nasales. Nos miramos un instante a los ojos antes de que siguieran su camino hacia la calle de Gina: aquel joven era yo.

Desde ese día estuve muchas veces en casa de Gina quien, durante un tiempo, pareció haber olvidado definitivamente a Silviu. El invierno se nos pasó en la locura de su habitación, donde todo era distinto cada vez, donde un matiz emocional diferente a todo lo que había vivido hasta entonces se me revelaba cada vez que la acariciaba, cada vez que íbamos un poco más lejos. Una noche, ella trajo de otra habitación unos veinte vestidos antiguos de su abuela o de su bisabuela, amarillos como el azafrán, con chales adornados con tiras de seda y cinturas bordadas con hilo de oro. Se había puesto unos pendientes de diamantes y luego se probó delante de mí, mientras bebíamos una especie de cóctel de naranja y Havana Club, todos aquellos vestidos, girando como una peonza. Con aquellos pesados vestidos, con un pañolón ruso en la cabeza, parecía una de esas muñecas que encajan unas en otras, o —como pensé entonces— la mismísima Grushenka, la de los Karamazov. Con otro vestido, de talle muy alto que nacía prácticamente del pecho, con un escote bien trazado y un sombrero de ala ancha, anudado debajo de la barbilla con un lazo ancho de un azul descolorido, Gina me recordaba a Adela. Pero estaba mejor de rusa gracias a su risa astuta y a sus ojos dulces sin ser empalagosos, dulces de forma casi cerebral. Estábamos ya bastante embriagados cuando ella se escondió tras la puerta del armario para ponerse una combinación traída «de París» por su madre. Cuando me dio permiso para mirarla, no me lo podía creer. La combinación era negra y brillante, con un bordado negro. Le quedaba bastante corta, así que se le veían las braguitas caché-sexe, también de seda negra. Esa indumentaria sexy contrastaba con su cara inocente, buena, infantil. La tomé en brazos y la deposité en el suelo. Nos acariciábamos llevados por una especie de frenesí desesperado. Jadeante, abrazándome con todas sus fuerzas, susurró a mi oído: «Andrei, ahora no puede ser, pero te juro, Andrei, te juro que seré tuya…». Yo había perdido la cabeza por completo pero tal vez tenía más miedo que ella. El acto sexual me parecía un rito lejano al que no creía que fuera a llegar jamás. Me daba miedo pensar que con los instintos no fuera suficiente, que no supiera qué hacer, cómo hacerlo… Resentía amplificado mi complejo de inexperto, sabía que yo debería saber eso que ya se sabe. Ese asunto me parecía un obstáculo que me iba a separar aún más de Gina. Más adelante pensé que, si hubiera tenido entonces la más mínima experiencia amorosa, Gina habría sido mía ya entonces y tal vez (¡tal vez!) habría sido mía para siempre. De esa manera malgastábamos, en exasperaciones temerosas, nuestras citas en la habitación de los iconos de cristal.

En clase también éramos buenos amigos, siempre estábamos juntos. Nos las habíamos apañado para coincidir en el mismo pupitre y nuestra relación era conocida por todos. Probablemente cotilleaban sobre nosotros porque, instintivamente, todas las chicas odiaban a Gina y, aunque a mí me respetaban, me consideraban un pobre monstruito caído en unas manos maléficas que no iban sino a estropearme más si cabe. Sí, a mí me miraban con pena y horror como si me dijeran: «¡Despierta de una vez, infeliz!». Por el pasillo del liceo Gina, agarrada de mi brazo, enternecedoramente pequeña dentro de su uniforme, me relataba sus sueños laberínticos, poblados de mariposas multicolores que aleteaban por templos de mármol, o me pedía, con carantoñas, que fuera a comprarle un bollo. Muchas veces, en medio de la penumbra, adivinaba en sus ojos traslúcidos tanta tristeza que también yo me acongojaba al sentir que mi vida a su lado estaba asentada sobre arena, que todo lo que nos unía era ilusorio. Entonces no volvía a abrir la boca en todo el día, y ella, lanzando grititos y tirando de mí («Venga, Andrei… venga, no seas así…») intentaba hacerme reír. O me dibujaba rápidamente una flor en el cuaderno y escribía en una décima de segundo: GINA. Y nuestra historia seguía a pesar de mi presentimiento, que ya había hecho aparición por aquel entonces, de que no podría conservarla y de que deberíamos separarnos ya, porque más adelante sería mucho peor. Siempre que la veía aburrida, disgustada, siempre que me despedía en cuanto llegábamos, por la noche, al portal de su casa, tenía la sensación de que todo había terminado, que ella había encontrado otro amigo, que quería librarse de mí. Pero ella volvía siempre, a pesar de mi comportamiento muchas veces violento (no hablaba con ella un día entero, sin motivo alguno, hasta que se acercaba a mí y los ojos se le llenaban de lágrimas, más aún, en ocasiones, por el impulso suicida de acabar cuanto antes, le gritaba directamente a la cara que me dejara en paz). Aún hoy estoy convencido de que, en aquellos luminosos días de finales del trimestre, ella me quería de verdad.

Pero una vez llegaron las vacaciones, pasaron los días y no acabábamos de vernos. El invierno se había dulcificado y los carámbanos se derretían bajo un cielo luminoso, de un azul brillante. También la nieve había desaparecido tan súbitamente como había venido, y bajo la capa de porquería turbia empezó a adivinarse el empedrado de la calle Ştefan cel Mare. Pasaba tardes enteras asomado a la ventana, junto al radiador, contemplando Bucarest y pensando en ella. Por teléfono me había dicho que estaba enferma, que tenía gripe; luego, los días siguientes, respondió solo su abuela, que se negaba a avisarle de que yo la había llamado. Decía que no podía levantarse de la cama, o que justo en ese momento estaba bañándose. Que me llamaría en una hora. Pero la tarde pasaba y Gina no me llamaba. Es curioso que no se me pasara siquiera por la mente dudar de ella. Me había acostumbrado a que fuera sincera conmigo. Lo que me causaba un dolor cada vez más profundo era el hecho de ver cómo disminuían las posibilidades de que pasáramos la Nochevieja juntos. Unos amigos nos habían invitado, y todo indicaba que los íbamos a dejar plantados. La había visto tantas veces, en mi imaginación, brindando conmigo con una copa de champán, a la luz temblorosa de las velas y luego besándonos a medianoche… Me había hecho, en secreto, mi primer traje a medida, con chaleco, y estaba orgulloso de lo bien que me quedaba. No sabía bailar pero mi hermana me había enseñado unos cuantos pasos y, en mis momentos de mayor entusiasmo, pensaba que podría estar a la altura de las circunstancias. Me preparaba para ser otro, para mostrarle a mis semejantes que había cambiado, que podía ser un chico «de mundo» y no solo un ratón de biblioteca.

Como en aquella época, por influencia de Gina, había empezado a abrir los ojos, a mirar con más atención el mundo a mi alrededor, me daba cuenta de la vida gris y anacrónica que llevaba. Hojeaba durante largas horas, cuando estaba en su casa, macizas revistas de moda, Neckermanes y Burdas de gruesas y brillantes páginas, repletas de fotos de mujeres elegantes. Me preguntaba si había hombres a los que les gustaran aquellos labios, aquellos cuerpos, si había en alguna parte interiores de nogal y terciopelo en los que una pareja así bebiera J&B y se amara. Habría querido tener una motocicleta, como el Silviu aquel, tener un aparato de música AKAI con altavoces redondos, metálicos, como el que había visto en casa de un compañero, habría querido llevar una vida hermosa y cómoda, como intuía que era la vida para la que Gina se preparaba. Había empezado a sufrir por mi aspecto, que me parecía penoso, por el hecho de no tener dinero, por no poder invitar a Gina a algún bar del centro, por no poder ir a la montaña con ella. Pero, en primer lugar, odiaba mi mentalidad de soñador negligente que —lo sabía— me impediría sin duda llevar la vida que me habría gustado. Se me encogía el corazón cada vez que Gina mencionaba sus inviernos esquiando o sus eternas partidas de canasta (en la última época estaba aprendiendo a jugar al bridge y había empezado a pasar las tardes en los clubes, o al menos eso era lo que me decía su abuela por teléfono), porque sabía que ese espejismo de las distracciones esnobs la alejaba irremediablemente de mí, de mi mundo. Por aquella época no podía leer un libro sin que sus personajes no me parecieran meros reflejos nuestros. Así leí, por ejemplo, Ultima noche de amor… y Los juegos de Dana. Ambos me decían, más aún, me demostraban matemáticamente, que hiciera lo que hiciera, al final no me quedaría con ella, que Gina se dejaría, poco a poco, atrapar por la vida para la que estaba hecha y en la que yo tendría el simple hueco, como mucho, de un recuerdo gracioso de juventud (me parecía oírla, imaginando una cita nuestra muchos años después: «Qué patético eras…»). Quería intentar, sin embargo, si no vivir, al menos imitar ese way of life, porque el miedo a perderla era más poderoso que mis propias costumbres, que la propia necesidad de conservar mi personalidad. Deseaba con toda mi alma adaptarme a ella, dejarme moldear por ella, dejar que «me echara el guante» y que hiciera de mí «un chico de mundo». Por esa razón había llegado a considerar la Nochevieja como una especie de punto de partida para una forma de ser en la que tenía que demostrarme a mí mismo y demostrarle a ella que yo podía ser como ella quería.

El 29 de diciembre, cuando volví a telefonear a Gina como hacía cada tarde, su abuelo me dijo que se había marchado de Bucarest a casa de unos parientes que la habían invitado a pasar la Nochevieja con ellos. El viejo parecía un poco azorado y estaba claro que no le gustaba mentir. Yo sabía que no tenía familia en provincias, así que, o bien se había quedado en la ciudad, o bien se había marchado a las montañas, en cualquier caso, con alguien. Gina brindaría con champaña y se besaría con otro a la luz temblorosa de las velas. Ni siquiera tras aquella llamada pude creérmelo del todo, no podía imaginar que fuera posible que ella se hubiese ido y me hubiese dejado así. Esa Nochevieja me quedé en casa. Mis padres no habían preparado nada especial: un litro de vino y ya está. A partir de las nueve encendieron el televisor y se quedaron aturdidos mirándolo. A mi hermana la habían invitado unas amigas así que la casa, mezquina como siempre, parecía más fría que nunca. A medianoche apagamos las luces y, con los rostros azulados por la pantalla de la televisión, nos besamos y bebimos el vino peleón de la tienda. Luego me vestí y salí a tomar un poco el aire. No había podido evitar pensar en Gina justo tras el último segundo del año que había terminado, y seguí pensando en ella mientras caminaba arriba y abajo por la avenida Ştefan cel Mare, oscura, helada, iluminada tenuemente por las farolas anaranjadas. Aquello parecía un auténtico pasillo al infierno. En la esquina de mi bloque giré hacia la alameda del Circo. Nevaba tímidamente, pero de un modo tan constante que la nieve me llegaba ya hasta las rodillas; tenías que nadar, simplemente, en ella. Los bosquetes de tuyas y los abetos de la esquina, con las ramas dobladas por la nieve, resistían con dificultad el peso de la blanca materia. Podría haber sido perfectamente Siberia si en los márgenes no hubieran brillado cientos y cientos de cuadraditos coloreados que titilaban bajo la niebla: eran las ventanas de los bloques de cuatro pisos que se sucedían hasta el edificio, todavía escondido en la bruma, del Circo. Miraba a través de las ventanas cálidamente iluminadas, como un niño pobre en un cuento samanatorista4, los imponentes abetos cargados de temblorosas bombillas de colores, con sus juguetes y sus caramelos de salón, con sus bolas sofisticadas y su espumillón. Percibía los latidos verdes y rojos de las luces de algún órgano conectado a un aparato en el que la música vibraba. Atisbaba alguna colilla, roja-fosforescente, que caía desde algún balcón a oscuras. Con los ojos llenos de lágrimas, hablaba con ella todo el tiempo con la esperanza de que me oyera, tal y como había hablado en otra época con Lili. Hablaba incluso en voz alta, lanzando mi aliento al aire que olía a hielo. Me adentré entre los abetos nevados y, tras un recodo del camino, alcancé la cuesta que descendía hasta el lago. Aquí, en la bajada, la niebla era aún más densa. De vez en cuando, una luz de neón rompía su densa consistencia. Había humedad y hacía frío, pero a mí me daba igual. Al poco distinguí los sauces que rodeaban el óvalo del lago helado. Allí estaba la orilla. Caminé sobre el hielo cubierto de nieve blanda. Apenas veía mi mano extendida a través de la neblina. Caminé largo rato, con pasos menudos, sobre el lago helado, y luego, invadido bruscamente por una oleada de dolor, me agaché y aparté con las manos enguantadas la capa de nieve. Por debajo el hielo era liso y estaba oscuro como el demonio. No se veía nada más allá de dos metros. Estaba solo en medio del mundo helado. Hechizado por aquel mundo nuevo y extraño, me había olvidado de Gina y de todo lo demás. Mirando en las profundidades del hielo, pude ver claramente, enredado entre las algas filamentosas, a un niño ahogado. Era rubio y tenía el rostro verde esmeralda. No pude contemplarlo mucho tiempo porque de repente escuché junto a mí un ruido entrecortado. Sentí un sudor repentino y cómo mi corazón se me licuaba, directamente, en el tórax. Me quedé paralizado y fijé la mirada en la dirección de la que procedía el ruido. Era un sonido de pasos, un taconeo de zapatos de señora sobre el hielo cristalino. Sabía que por la zona del Circo habían retirado la nieve para poder patinar, así que aquella persona tenía que aparecer necesariamente por allí. Al cabo de un rato el taconeo cesó y fue sustituido por un rumor sordo, apenas perceptible, que se acercaba. En un determinado punto, la niebla comenzó a colorearse con una gota marrón, pálida al principio y más intensa después. De hecho, al poco se podía distinguir el movimiento, a unos cuantos metros, de un cuerpo de silueta indefinida. Cuando estuvo tan cerca como para poder adivinar mi presencia, aquel ser también se detuvo, dudó un momento pero luego retomó su camino y se dirigió hacia mí, abandonando la niebla. Cuando se encontraba a un paso de mí, el vapor y la calina dorados giraban aún entorno a su cuerpo. Era una mujer morena, de unos treinta años, con los ojos fuertemente maquillados, alargados con un rabillo de rímel negro grasiento. Llevaba una chaqueta de piel con capucha y unas botas grises. Nos miramos el uno al otro como dos seres que pertenecieran a reinos distintos. Nunca hasta entonces me había parecido más extraña la división de la humanidad en hombres y mujeres. Era una mujer y me parecía monstruosa, como una portadora de la muerte. No estaba hecha de la misma materia que yo. Entre nosotros no había comunicación posible, era como si fuéramos de una pasta diferente y como si respiráramos una mezcla diferente de gases. Me miraba con una expresión absolutamente impenetrable, como si expresara un sentimiento nuevo, desconocido para mí. Sé que ella quería decirme algo, pero las palabras, en medio de aquel silencio, habrían sido más que impúdicas. De repente, la mujer se echó a llorar como un bebé, berreando, sollozando y suspirando. Se abrazó a mi hombro, sacudida por el llanto. Avergonzado, volví su rostro hacia mí: estaba desfigurado y, como se había frotado los ojos, el rímel se le había corrido por las mejillas hasta los labios. Lo enjugué con mi pañuelo mientras ella se aferraba a mi brazo con todas sus fuerzas, suspirando y gimiendo. La arrastraba hacia la orilla del lago cuando ella se detuvo bruscamente y me obligó a mirarla a la cara. Nos miramos a los ojos. Veía que se concentraba en mi persona, como si quisiera penetrar en mi cerebro y depositar allí su terrible mensaje. Pero nada se abría camino hasta mí. Supuse que podía tratarse, tal vez, de una mujer abandonada que había salido, como yo, a vagar por las calles invernales. La dejé en la alameda del Circo y, congelado como un témpano, volví a casa.

Durante aquellas vacaciones de tres semanas, Gina no dio señales de vida. Tampoco yo la llamé por teléfono. Mi orgullo me impedía dar el primer paso. Por las noches sufría como un perro pero por la mañana descubría que aquello no era tan grave: salía a dar una vuelta por la ciudad, iba con algún amigo al Estudiantil, a jugar al ping-pong, o al centro, a ver alguna exposición. Leía mucho, siete u ocho horas al día, y llenaba mi diario con delirantes fragmentos de versos y con apuntes de mis lecturas, entre los que intercalaba fragmentos de sueños y frases breves sobre Gina. Soñaba con ella casi todas las noches.

Había algo insensato en mi (paradójica) calma respecto a ella. No podía creer que no volviera conmigo. Hacia el diez de enero, más o menos, escribí esto:

«Vida orientada hacia el exterior. Encuentro con dificultad el camino que conduce hacia el centro, hacia mí. Una prosa volátil redoblada por la sensación de incapacidad, de indolencia, crisis emotivas que brotan sobre un fondo indiferente, atención difusa.

»Leo Thanatos de Biberi y El sueño de Popoviciu. He terminado Orlando de Virginia Woolf.

»De vez en cuando me acuerdo también de Gina. Se ha ido, desconozco si volverá a haber algo entre nosotros. Quizá mañana mismo, quizá nunca. Mis sentimientos respecto a ella han dejado de ser amorosos, se han transformado en una especie de tierna simpatía con estrías de resentimiento. He llegado a una conclusión, antigua y sana: ni aunque quisiera podría estar a su altura y, si retomáramos esta historia por algún absurdo motivo, acabaría del mismo modo. Prefiero estar a su lado en poemas, en sueños, en recuerdos, allí donde su imagen es estética e inofensiva. Si supiera que existe alguna posibilidad de que ella me quiera, me arriesgaría, pero es absurdo. Sin embargo, es verdad que sin ella no soy nada.

»He soñado con ella esta noche. Estaba en su casa, en el gran recibidor al que dan todas las habitaciones. No creo que hubiera nadie más; en la casa flotaba un aire rojo oscuro, un atardecer de una tristeza disolvente. En la pared, una puerta gigantesca, de al menos cinco metros de altura, rojiza e hinchada por la vejez. Yo estaba en el alféizar de una ventana y miraba calle arriba en busca de Gina, que se retrasaba. Fuera todo era igualmente triste: el mismo aire rojo a través del cual pasaban los tranvías, como a través de una niebla. La puerta rojiza me obsesionaba. Cuando comprendí que Gina no vendría, me fui a casa. Llegué, abrí la puerta y me quedé perplejo: seguía en el mismo vestíbulo y en la pared se dibujaba la misma puerta inmensa, rojiza, de madera astillada».

Analizaba mis sentimientos con atención: me alegraba y al mismo tiempo sufría si observaba que mi pasión por Gina decaía. Por las mañanas querría seguir amándola, olvidaba su comportamiento, solo tenía en mente su rostro en nuestros mejores momentos. Pero por las tardes, bajo la presión del sufrimiento físico, enloquecido por las palpitaciones del corazón, por el dolor intenso que atenazaba mi conciencia, pensaba que habría preferido no conocerla jamás. Le deseaba la muerte, y a la vez ansiaba su desaparición definitiva de mi cerebro. Sin embargo, incluso esta idea me hacía sufrir, porque no imaginaba cómo podría sobrevivir sin al menos pensar en ella. Esperaba el comienzo de las clases y el inevitable encuentro; me preguntaba en qué se habría convertido en el transcurso de aquellas semanas. Como por las noches no podía dormir, iba a la ventana, tras los visillos y, contemplando la luna sobre el cielo límpido, me imaginaba una y otra vez nuestro reencuentro.

El primer día del segundo trimestre fue dramático para mí. Gina no vino a la primera clase y creí que tal vez no volvería a aparecer. Aunque estaba nervioso, me uní también al grupo de los chicos que contaban chistes y continuaban con su monótono chismorreo sobre discos. Por billete y medio podías comprar cualquier disco indio. Mera, feo y repeinado, con dientes de cocodrilo, tenía a la venta dos Rolling y un Santana; Bumbac había traído, en una bolsa en la que ponía King Size y una caja con tres discos de Harrison. En la caja estaba probablemente la fotografía del propio Harrison, con una barba hasta el pecho y rodeado por unos enanos monstruosos. Vendía ese «triple», como lo llamaba él, por cuatro billetes. Nunca olvidaba mencionar, cuando se lo ofrecía a alguien, que en el primer disco estaba también My sweet lord, las palabras mágicas que encendían los ojos de todos. Pero el que causó sensación de verdad fue Radu G., un compañero nuestro con cara de armenio, de cejas gruesas como pintadas por Baba, que se ocupaba intensamente de las «músicas», como él las llamaba: había venido con un álbum rojo, brillante, en el que había una fotografía que representaba cientos de personajes colocados en grupo como si fuera un pólipo gregario; delante de ellos había cuatro jóvenes vestidos con una especie de uniforme antiguo con medallas. «¡Pero buenooooo —decían todos—, Sgt. Pepper’s!». Y luego, como locos, empezaban a imitar a un grupo musical. Algunos se abrían de piernas todo lo que podían, doblaban las rodillas, se dejaban caer hacia atrás y, moviendo la mano izquierda por el mástil, aporreando con los dedos de la mano derecha unas cuerdas imaginarias, emitían unos sonidos extraños que querían recordar los fuzz de una guitarra. Otros golpeaban un pupitre siguiendo un ritmo ensordecedor. Todos practicaban en aquellos momentos una mímica exaltada, todos sabían qué cantaban porque se sabían los discos enteros de memoria, nota a nota, así que si uno lanzaba las primeras notas de una canción, los demás las completaban inmediatamente con un placer extraordinario. Cuando, tiempo después, vi Blow-up, el partido de tenis de la última escena me pareció menos conseguido que aquella imitación colectiva, vivida de forma extraordinaria, de un grupo de rock. Además Radu G. y Mera tenían sendas guitarras eléctricas y estaban pensando en formar un grupo. Y ahora, en el recreo, hablaban sobre un pedal «oa-oa» que querían adaptar a la guitarra solista de Radu. La profesora de química interrumpió la conversación, a la que yo asistía con evidente envidia y con un sentimiento, renovado, de que no valía para nada, de que no sabía nada de la vida. Casi al mismo tiempo que la profesora, se coló por la puerta, como un ratoncillo, también Gina. Lucía una sonrisa de oreja a oreja. Estaba tan encantada que uno de sus dientecillos, especialmente irregular, sobresalía por entre sus labios, dándole un aire malicioso, de bruja simpática. Con su uniforme azul marino y con una cadenita fina de oro que se veía a través del cuello de la blusa blanca, parecía aún más pequeña, casi un gorrión. Se dejó caer en mi pupitre, me lanzó un «bonjour» y comenzó a sacar los libros de su cartera. Yo no respondí nada pero tampoco fui capaz, durante toda la hora, de seguir las explicaciones que se sucedían en la pizarra. La espiaba por el rabillo del ojo. Estaba muy tiesa, como afectada, con toda su feminidad puesta en evidencia, y se reía todo el rato, como un niño mimado que sabe que ha hecho una travesura pero que da lo mismo. Me sacaba de mis casillas que se portara con «normalidad», como si hubiéramos sido tan solo compañeros de clase, como si entre nosotros nunca hubiera habido nada. En los descansos me preguntaba qué teníamos en la hora siguiente, luego se unía a las chicas reunidas junto al radiador y todas cotilleaban contentas. Al poco se oía solo su voz rota, fantaseando sobre volantes y sobre moda, tan fuerte como si se dirigiera a unos vejetes sordos.

Después de la clase, Mera nos invitó a su casa, a mí y a unos cuantos amigos más, porque sus padres no estaban. Aparte de mí iba también Manea, un tipo un tanto maleducado, hijo de un camarero y bautizado Little Tiger, por el profesor de inglés, debido a su cabello rojo-anaranjado y a sus rasgos felinos, Radu G., una compañera amiga de Mera, llamada Mălina y a la que, en cuanto aparecía, todos empezaban a cantar esa canción de la Creedence: Molina, where are you going to?, el Muerto y su amiga Sanda, también conocida como Calceola Sandalina, por el nombre del foraminífero. Pero resulta que Sanda (Sanda era su apellido) era amiga de Gina, así que, aunque de hecho Gina no estaba invitada, al final se vino también con nosotros. En cualquier caso, la pandilla estaba encantada de la vida, porque se habían dado cuenta de que las cosas entre Gina y yo no iban bien del todo, y esperaban asistir a alguna escena fuerte. Yo me mantenía lo más alejado posible de ella y me esforzaba por cambiar apasionadas opiniones con los chicos, sobre todo porque estábamos hablando de cine y ahí me sentía seguro. Había visto Eclipse de Antonioni en la «Cinemateca» y me había entusiasmado la escena en que Monica Vitti y Alain Delon se besaban a través de una ventana de cristal. Todo nuestro grupo, que acababa de llegar al bulevar, había entrado primero en un autoservicio para comprar un par de botellas de vodca. Las chicas consiguieron provocar la indignación de la cajera con sus risitas y sus gritos sin motivo. Todas eran graciosas, traviesas, y les gustaba mostrar los dientes y las encías, hacer el tonto, sacar la lengua. Entramos por una callejuela lateral, con coches aparcados a ambos lados, y llegamos finalmente a casa de Mera. Vivía en un apartamento moderno, con muebles de madera y aluminio, con lámparas de cristal mate, amarillento. La librería ocupaba una pared entera y, en un rincón especial, tenía un soberbio tocadiscos japonés, con plaquitas de metal en el borde del eje y con un montón de potenciómetros niquelados y de lucecitas. Nos sentamos por donde pudimos, procurando no tirar de las mesitas y aparadores los delicados jarrones y otros objetos curiosos: un daguerrotipo, unos quevedos que se plegaban lente sobre lente, unas muñecas rusas… Los chicos se lanzaron a la sección de discos de la librería, donde había por lo menos doscientos, tanto de música clásica, en grandes cajas elegantes, como de rock, destrozados y pegados por todas partes con cinta adhesiva amarillenta. Mera trajo unas galletitas, subió la música a un volumen insoportablemente violento y empezamos a beber vodca. Teníamos casi que gritar para poder entendernos. A pesar de todo, pillaba de vez en cuando algo de lo que contaba Gina en la otra esquina de la habitación. Se habían retirado a un rincón, ella y Sandalina, y entre risas, emocionada aunque fingía un aire de vampiresa, Gina hablaba de su «nochevieja»: aquella noche habían estado en dos casas; se habían besado todo el tiempo por el camino; habían bailado como locos hasta caer rendidos… Hacía esfuerzos por oír aunque todo lo que oía me hacía daño, sentía que no podía quedarme allí, que no podía soportarlo más. En un determinado momento no pude dominarme más y, mientras algunos se habían puesto en pie para bailar, yo empecé a mirar fijamente a Gina, que fingía ignorarme. Creo que la miraba como un loco pues, antes de perder la lucidez por completo, observé el rostro asustado de Sanda. A partir de este momento, guardo más sensaciones que recuerdos. Me contaron después que comencé a quejarme a los chicos sobre cómo se portaba Gina conmigo, la llamé de todo, y luego, tambaleándome y derramando el vodca del vaso, me acerqué a ella, tomé sus manos y deliré durante un cuarto de hora más o menos sobre todo lo que la amaba. «Repetías todo el tiempo como un chiflado: ¡Eres todo para mí… eres todo para mí! Estabas más pálido que el Muerto. No podíamos entender qué te pasaba. Asaltaste a la pobre Gina, bueno, pobre de mierda, a esa víbora, que intentó decirte algo con delicadeza, pero tú no escuchabas nada, parecía que lo único que te importaba era humillarte todo lo posible ante ella, llegaste a frotarte la cara contra sus rodillas…» «Querido, fue terrible, no sabía qué hacer contigo, si hubieras estado sobrio habría intentado explicártelo pero en ese estado no tenía sentido». «Después de que se marchara Gina (tú ni siquiera te diste cuenta de cuándo se fue, la mirabas desconcertado, estabas simpático de cojones) y después de que se fueran los demás, me encontré contigo en la cocina; me traías en una bandeja, con los ojos entornados, una tacita de café. Era asombroso que no se te cayera. Te ayudé a ponerte la ropa. Me pareció que estabas un poco más espabilado, de lo contrario no te habría dejado marchar». Recuerdo cómo salí al aire helado de enero, y cómo me desplomé en la nieve al intentar sujetarme a la barra del tranvía. En casa, afortunadamente, no había nadie. Me tiré en la cama con uniforme y todo y me quedé dormido. Me desperté en medio de la oscuridad y al principio me pegué un buen susto. Luego me acordé de Gina. En un duermevela que duró una hora más o menos, mientras escuchaba distraído el ruido de los tranvías por Ştefan cel Mare, imaginé pormenorizadamente toda la Nochevieja de Gina hasta que sentí que me ahogaba. Me lavé la cara y luego, mirando a través de la ventana, me prometí que aquello no volvería a suceder bajo ningún concepto. No podía destruirme así por… ¿por quién? Cogí mi diario y escribí con letras torcidas y muchos tachones: «Decepcionado por Gina, por la imposibilidad de estar juntos. Ella no lo desea, congela cualquier atisbo de afectividad y la sustituye por simple afectación. Es un ser inferior, no le puedes pedir que supere su condición de frívola irresponsable, egoísta y sosa. Supongo que el desprecio y el odio son recíprocos. Esto es una jungla». Esperaba que me llamara por teléfono porque aquella tarde me había dejado en un estado deplorable, pero nadie me telefoneó aquella noche. Al día siguiente por la mañana me preguntaba cómo podría ir al instituto, cómo iba a enfrentarme a las caras de Mera, a las ironías de Little Tiger, a las miradas alusivas de Sanda. En ella no quería ni pensar siquiera. Pero esta vez mis compañeros se portaron estupendamente bien conmigo, si exceptuamos el hecho de que difundieron por todas partes los penosos incidentes de la casa de Mera. Sin embargo, no se burlaron de mí, al contrario, comenzaron a mirarme con más atención, con un plus de consideración. La compasión de las chicas para conmigo aumentó hasta alcanzar niveles desconocidos; no en vano, todas tenían lo suyo contra Gina. Una amiga mía, tal vez la chica más inteligente de la clase, Loreta Bedighian, habló conmigo en el pasillo del liceo, cuando coincidimos ambos como responsables de la entrada. Me dijo que todo lo que hacía Gina era tan solo espectáculo, que le gustaba que la miraran, ser el centro de atención estuviera donde estuviera. Es curioso que todos vieran únicamente ese aspecto frívolo en ella. Incluso entonces, cuando estaba tan enfadado con ella, sentía —en definitiva— que no podía estar de acuerdo con estas difamaciones sobre lo que Gina significaba. Yo sabía lo encantadora, lo buena e incluso lo inteligente que podía ser algunas veces, sabía que, entre decenas de tonterías, era capaz de soltarte una réplica sorprendente, sabía lo obsesionada que estaba por la muerte, por la vejez… Naturalmente, yo sufría y la odiaba porque pertenecía a otro (me preguntaba si se trataba de Silviu o de alguien más), pero precisamente por ello me parecía también un ser más complejo de lo que parecía. Cuanto más me alejaba de ella, más deseable me parecía. Aunque me había cambiado de pupitre, aunque estaba decidido a no volver a tener nada que ver con ella, nuestra relación no se rompió ni siquiera con aquellas. Al cabo de unos días, Gina volvió a llamarme por teléfono. No me lo podía creer cuando oí su voz, en la que sospechaba una risa culpable. Colgué el teléfono, pero al día siguiente se acercó a mí en cada uno de los cambios de clase. Sonreía, picara, con su naricilla chata y su hociquillo de murciélago, endiabladamente guapa, con su cabello ligeramente ondulado del color de la madera de roble. Permanecía a mi lado sin decir nada, solo me miraba, luego me cogía un dedo o un mechón de pelo con fingido temor y timidez. Yo me cambiaba inmediatamente de sitio pero no podía evitar sonreír al verla acercarse. «¡Qué víbora estoy hecha!», me susurraba algunas veces. Al cabo de una semana más o menos nos volvíamos a hablar de nuevo, pero en adelante ambos evitábamos las intimidades. La acompañaba nuevamente a casa, nos pasábamos incluso las horas muertas en su habitación, a veces nos besábamos, pero lo hacíamos de forma distraída, sin un ápice de complicidad. Ella me enseñaba álbumes con fotos de su infancia —una niña excepcionalmente dulce, un tanto retro, tal vez debido al amarillamiento de las fotografías—, o proyectaba en una pared algunas diapositivas, que también representaban fotos suyas, en color. ¿Por qué salía tan triste en todas las fotos? Incluso cuando reía a carcajadas, incluso cuando era verdaderamente feliz y se divertía, irradiaba una enorme tristeza. No, Gina no era una simple «mundana», como había escrito yo en mi diario. No habría sido capaz de amar a una frívola. La habían maleducado, cierto, había tenido todo lo que había deseado, pero seguía siendo un ser inquieto, predispuesto, más allá de las apariencias, al sufrimiento y la insatisfacción. Una de las diapositivas que, en la oscuridad de su habitación, proyectaba en la pared (yo estaba en penumbra, con mi rostro pegado al de ella) la mostraba en el patio del Museo del Pueblo, adonde iba a menudo, pues su abuelo se dedicaba al estudio del folklore. Sorprendida en un plano americano, vestida con un traje verde claro, con pendientes verde esmeralda en las orejas, Gina nos miraba con franqueza. Tal vez el tamaño natural en que se proyectaba su imagen sobre la pared, bajo la primera línea violeta de iconos de cristal, inspiró mi gesto inesperado: me levanté del sofá y me coloqué contra la pared. La imagen de Gina se proyectaba ahora sobre mi cara, nuestros rostros se mezclaban. Con los ojos centelleando en la oscuridad, junto a la bombilla deslumbrante del proyector, Gina me dijo divertida que ese era el aspecto que podría tener nuestro hijo. Luego retiró la diapositiva y me dejó deslumbrado en el centro de un cuadro de luz vacío.

Le dije muchas veces que la quería, pero ella parecía entonces contrariada, así que al final ya no me atrevía. Había perdido toda iniciativa, si es que la había tenido alguna vez. Tenía que hacer todo lo que deseaba Gina, sin excepción. Era ella quien compraba entradas para el teatro, era ella quien proponía ir al cine y, si íbamos a alguna cafetería o, llegada la primavera, a algún restaurante, no me dejaba nunca que pagara yo por los dos. Rechazaba invariablemente cualquier cosa que propusiera yo, incluso las más prosaicas. Ahora nos veíamos a veces los domingos, pero solo cuando le apetecía. Si yo proponía algo para el domingo siguiente, por ejemplo, ella se mostraba en principio de acuerdo, pero podía estar seguro de que el sábado por la noche recibiría una llamada telefónica en la que se retractaría de todos sus compromisos. Por supuesto, de vez en cuando notaba que no soportaba más esa dependencia que ella me imponía, y reaccionaba con violencia, la abandonaba incluso en medio de la calle, profería palabras ofensivas para acabar de una vez con toda aquella miseria que se iba acumulando entre nosotros. En aquellos momentos, sin embargo, ella, hasta entonces fría y despectiva, rompía a llorar, y me decía que no quería que nos separáramos, que me quería más que a nadie. No era capaz de resistirme a aquella presión emocional y cedía siempre con una especie de sentimiento de culpa. Pero, una vez llegados a este punto, el ciclo volvía a empezar de cero, y su desprecio, su indiferencia y el aburrimiento que mostraba respecto a mí se convertían de nuevo en el ingrediente básico de nuestra relación. Todo era más desolador aún si cabe, pues yo esperaba la primavera como un renacimiento tras el infierno invernal. Habíamos abandonado los abrigos y, bajo un sol húmedo y deslumbrante, envueltos en aquel aroma a verdor, nos parecía que incluso la lepra de los talleres de la calle Venera y el amarillo de váter de la escuela Silvestru poseían el encanto de un mundo nuevo y limpio. Desde el patio nos llegaba el trote de los cascos de los caballos, y el granito brillante del empedrado empezaba a reflejar, irregular, el azul del cielo. En lugar de la oscuridad, a través de la cual había acompañado a Gina a casa durante todo el invierno, avanzábamos ahora los dos por un crepúsculo denso, rodeados de un olor a hierba y a yeso antiguo, con ventanas púrpuras y cornisas azules. Y era precisamente entonces, cuando Gina resultaba tan femenina con sus blusitas color pastel y sus falditas escocesas prendidas con un alfiler grande que tenía una piedra estriada, cuando paseábamos por nuestros recorridos de Pitar Moş, del Bulevar, de la Plaza de los Cosmonautas, y cuando yo me sentía capaz de olvidar y de comenzar de nuevo, cuando ella se mostraba más fría, casi irreconocible. Parecía que todo lo que hacía era solo parte de una rutina, de una rutina cada vez más relajada. Solo cuando bebía comenzaba a mostrarse más afectuosa, lo cual me ofendía sobremanera. He aquí uno de mis escritos del mes de abril: «Encuentro cada vez menos cosas que merezcan ser reseñadas aquí. Ayer, en medio de la lluvia, con una Gina irritada conmigo que mostraba esa máscara de vampiresa desenvuelta que tan bien conozco, recorrimos bares llenos (¿por qué los conoce todos: vamos al Unión, vamos al Capşa, vamos a acercarnos hasta el Salón Español…?), esperamos media hora en el Continental para que nos dijeran que no servían bebida sin comida (Gina volcó el salero y yo le afeé su comportamiento), luego, en el Muntenia, cerveza negra, dulzona, música, yo parloteando sobre cualquier cosa, cada vez más excitado, ella poniendo caras, paseando la mirada por aquellos individuos encorvados sobre las mesas llenas de vasos, botellas, mecheros, manos con cigarrillos, y luego otra vez a la lluvia, ella más dócil bajo el paraguas, agarrada a mi brazo con ambas manos, haciendo mimos, luego al portal (Never change your love) y a continuación, sentados uno junto al otro en los escalones, hablamos con exquisita seriedad sobre el amor; de repente un golpe inesperado en el plexo: “¿Sabes? Estoy enamorada…”, y yo al principio creí —creyéndolo con incredulidad y esperando sin poder esperar más— que se refería a mí, pero al cabo de un momento: “Hoy hemos bebido por nuestro divorcio, ¿vale? Ya sé quién va a ser el próximo…”. Aunque sabía que estaba hablando en serio, intenté tomármelo a broma. Agarré su rostro entre mis manos. Tenía ese aire de malicia somnolienta: je m’en fiche. La miré a los ojos, concentrado como no había estado jamás. La obligué a permanecer así unos cuantos minutos…».

Antes de que sobreviniera la catástrofe lo único que recuerdo es la escena de cuando volvimos a vernos una vez más, coincidiendo con las vacaciones de primavera. Era por la mañana, y habíamos quedado en el Jardín del Icono. El aire era frío y el cielo, muy azul entre los árboles aún desnudos. Gina llegó vestida con un poncho de lana de vivos colores, y con unos vaqueros que le cubrían hasta la punta de los zapatos. Nos sentamos en un banco junto al borde de piedra que separaba el parque de la calle Pintor Verona. En el parque no había nadie, solo una mujer mayor, a lo lejos, que tiraba de un perro marrón con abriguito. Yo abrazaba a Gina por los hombros y ella, tierna y delicada, sabía, como yo, que aquellos eran los últimos momentos de una relación a fin de cuentas hermosa, y saboreaba aquella melancolía del saber llegado el final. Le hablé con calma, le dije que no podía renunciar a ella, que la amaba profundamente. Ella respondió que podíamos seguir siendo amigos si yo quería, y que la amistad es un sentimiento más bello que el amor y todas esas zarandajas. Que ella misma tampoco era feliz, que se sentía en grave peligro. «Creo que él solo quiere pasárselo bien conmigo. Es bastante mujeriego». Y yo sentía el pánico que manifestaba cuando lo que decía era verdad. Estuvimos un rato mirando ausentes los carteles del teatro Bulandra, y al perrillo, que correteaba de acá para allá entre los árboles negros… Entonces ella me pidió que la besara. Sus labios, quizás debido al carmín, sabían a perfume. Cuando le dije, acariciándola, que no volviera a mencionar a Silviu, ella se bloqueó y luego se echó a reír a carcajadas: «¿Silviu? No estás a lo que estás. Mi novio se llama Şerban… Míralo». Y, desembarazándose de mí, tan contenta que se le olvidó incluso que en tales circunstancias tenía que tratarme con delicadeza, se sacó de debajo de la camisa una cadenita de oro con un medallón, lo abrió con la uña y me enseñó una foto pequeña que representaba el rostro en blanco y negro de un joven flacucho con el pelo rubio muy corto. Era la primera vez que yo estaba ante la prueba fehaciente de que ella tenía un novio aparte de mí. Hasta entonces, aunque lo había sabido todo el tiempo de manera racional, había confiado sin embargo que fuera una exageración, que quisiera tan solo darme celos. Pero ahora me veía ya al margen de su vida, insignificante, y no pude evitar mostrarle bien a las claras mi enfado, mi humillación y mi dolor. Intenté herirla con todas mis fuerzas, de todas las formas posibles, hasta que nos pusimos en pie sin decir una palabra y partimos en direcciones opuestas. Me eché a llorar en la parada del trolebús de la iglesia, sin importarme que me miraran. En el trolebús, lloré silenciosamente, las lágrimas goteaban directamente de los ojos al tabardo, y en casa, delante de mi madre, me sumí en una verdadera crisis de histeria. Me tiré al suelo del recibidor y, arrugando la alfombra a mi alrededor, empecé a llorar como un crío, con gestos de furia desesperada. Mamá intentó calmarme maldiciendo a esa «sinvergüenza de Gina, que le había hecho algo así a su hijo…». Solo al cabo de una media hora fui capaz de sentarme en una silla, pero no podía comer nada. Tenía que destruirme, no podía seguir viviendo. Apenas podía respirar. Una hora más tarde sonó el teléfono. Era Gina, que me pedía perdón. Aquello hizo que me sintiera mejor de repente. Pero esta vez no esperaba nada más de ella; al contrario, tenía la certeza de que era absolutamente necesario que la olvidara, que o la olvidaba o no lograría sobrevivir. Creo que aquella noche soñé de nuevo con el parque infinito, con sus alamedas brumosas, crepusculares, que se cruzaban hasta el horizonte, con el gigantesco monumento, más grande que cualquier otra cosa de este mundo, construido en ladrillos ancestrales. Subí una vez más a la cúpula por la escalera de caracol, de escalones rotos, y avancé después por las losas de mármol, minúsculo bajo una cúpula llena de ecos y sombras. Me sentía infinitamente solo mientras el cuerpo me crecía monstruosamente, como si fuera una masa informe, y veía cada vez más cerca la ventana circular —como un ratoncillo púrpura— que se alzaba en el vértice de la cúpula. Crecí, encogido, hasta que sentí con las costillas, con las caderas, con la coronilla, la presencia de las paredes blandas y elásticas de la bóveda. Bruscamente, con una tensión y un alarido desgarrador, atravesé con la cabeza el lucero de la bóveda y me encontré de repente en el exterior. Avanzaba por encima de una extensión de hielo en la que se reflejaban las estrellas, por la superficie de un espejo infinito, por el borde acristalado del mundo. El frío me silbaba en los oídos y se alejaba girando hacia las estrellas, hasta que estas estuvieron cubiertas por una fina película de hielo. Pero la soledad era más penetrante si cabe que el frío. De sus brumas se desprendió una figura que avanzaba hacia mí caminando sobre el brillo del espejo con los pies descalzos. Era una mujer, pero la imagen reflejada en el espejo inferior era la de un hombre. Se acercó a mí y tomó mi cara entre sus manos. Me miró largamente a los ojos, como si su vida dependiera de aquello que me tenía que decir. Yo también intentaba ayudar a aquella mujer, comprenderla, vaciaba mi cerebro para que pudiera entrar ella y cobijarse. Sabía que no se podía esperar nada, que ella era una mujer y que, por ese motivo, no podría entenderla jamás.

El tiempo ha empeorado. Esta noche no he podido dormir por culpa de los relámpagos y los truenos. Y eso es porque ni siquiera tenemos cortinas en las ventanas. Cuando la habitación se llenaba de ese azul eléctrico, centelleante, y seguía luego un trueno que parecía dislocarte los huesos, todas las chicas empezaban a chillar de un modo tan histérico que al final ha venido la enfermera de guardia y se ha quedado con nosotras, nos ha contado historias y nos ha cantado canciones, como si estuviéramos en Sonrisas y lágrimas. Mira y Altamira estaban abrazadas y miraban asustadas a su alrededor, cara contra cara, como monitos; Laviţa, en su cama multicolor, con la cabeza debajo de las sábanas, aullaba como una hiena. En la sábana había dibujado un sello como de un metro de largo, con sus correspondientes bordes dentados, que representaba una iglesia de madera del Museo del Pueblo. Es normal que Elisabeta, cuyo estado ha empeorado bastante últimamente, haya considerado oportuno arrojarse al suelo y echar espumarajos por la boca entre convulsiones de loca; la enfermera ha encendido la luz, le ha colocado una almohada bajo la cabeza, le ha tapado la boca y la nariz con la mano y ha apretado unos treinta segundos hasta que las convulsiones han cedido. Hoy por la mañana, cuando ha entrado la enfermera con el carrito de los medicamentos, Elisabeta, con la mirada perdida, se ha tragado sumisa los tranquilizantes y se ha hundido de nuevo entre las almohadas. No le han servido el desayuno, lo cual ha despertado nuestras sospechas, y cuando ha aparecido el médico acompañado de dos enfermeras, una de ellas con una bandeja metálica, hemos comprendido que se disponían a practicarle a Elisabeta esa operación espantosa, que yo solo conocía de oídas, llamada punción lumbar. Nada asustaba más a las chicas que esas dos palabras. Paula y Maia, una mujer de cincuenta años, con enuresis y automatismo ambulatorio nocturno, hablaban, por ser las más veteranas del pabellón, de una enferma a la que le habían punzado la médula espinal ante sus propios ojos y cuyo cuerpo había quedado paralizado de cintura para abajo a resultas de aquella operación. Si te inyectaban aire en el cerebro para un encefalograma, se te quedaban unos dolores de cabeza —contaban ellas— que te volvían loca hasta que se reabsorbía todo el aire y entonces podías descansar. Por eso mirábamos fascinadas el martirio de Elisabeta que, drogada, no parecía entender lo que le estaba pasando. Una enfermera le ha quitado el pijama y la ha colocado, con los pechos al descubierto, apoyada sobre los codos, en una de las camas de metal blanco; luego le ha hecho bajar la cabeza hacia el pecho y le ha arqueado bien la espalda sujetándola de los hombros y la nuca. Las vértebras, como nudos de piel brillante, y las costillas sobresalían bajo la piel amarillenta; nos ha parecido que recordaban más bien a una espalda masculina, por lo demás bastante poco agraciada. El médico ha buscado un sitio en la parte inferior de la columna, lo ha palpado con un movimiento rápido y la enfermera lo ha embadurnado con un trozo de algodón embebido, supongo, en yodo. Luego, de la bandeja esterilizada, de debajo de un trozo de gasa, ha sacado una jeringa larga y estrecha, con el émbolo introducido hasta el fondo, a la que ha fijado una aguja larga y gruesa como una de ganchillo, con la punta oblicua. Me ha parecido extraño no advertir ni rastro de sadismo en sus rostros; se estaban preparando para torturar a alguien y lo afrontaban con una frialdad inhumana. En todos los cuadros de mártires y santos con cuerpos atravesados por flechas lanzadas de cerca, con pechos amputados y depositados sobre bandejas de oro, con cabezas colocadas bajo el brazo del cuerpo decapitado, con intestinos sacados del vientre y envueltos en un rollo gigante, con vírgenes cortadas en canal, de la cabeza a los pies, por una sierra, los verdugos aparecen en poses aterradoras, están demacrados, se ríen y se divierten ante la visión del sufrimiento. Tienen bubas, lepra, astigmatismo, les faltan las uñas: se ve perfectamente de qué parte está cada uno. Pero ahora, aquí está Elisabeta, la pobre Elisabeta, fea, epiléptica, sucia, a expensas de esos seres con batas blancas, que sin embargo manejan unos instrumentos propios más bien del diablo, puesto que provocan el dolor y el pánico de sus víctimas. Jamás he creído que los dentistas, los cirujanos y otros seres de esa especie te torturen por tu bien: todo lo que provoca dolor físico o moral es malo, es malo y humillante. La enfermera más corpulenta, que lucía unas sombras verdosas bajo la bata que te permiten imaginar la combinación, agarra la jeringa y acerca la aguja hacia el hueco entre las vértebras, reluciente de yodo como si lo hubieran escupido encima, y la clava empujando a través de la piel. Se detiene un instante y luego empuja de nuevo hasta que se oye un pequeño crujido. Elisabeta lanza un gemido extraño, casi sensual y luego empieza a sollozar. La enfermera suelta rápidamente la jeringa de la aguja justo en el momento en que, del extremo más ancho de esta, comenzaban a brotar las gotas doradas del líquido cefalorraquídeo, que han recogido en una probeta relucientemente limpia. La chica jadea y gime cada vez más fuerte hasta que, al sacar la aguja, también con esfuerzo, lanza un grito ronco. La mantienen arqueada unos cuantos minutos más, con un tampón de algodón húmedo apretado sobre la zona de la punción; luego la tumban lentamente de espaldas y vuelven a ponerle el pijama. Durante las siguientes veinticuatro horas por lo menos no puede apenas mover la cabeza. La mayoría de las enfermas ni siquiera ha podido mirar, y Laviţa se ha tirado todo el día llorando desconsoladamente debajo de las sábanas; Paula se ha puesto de cara a la pared y allí se ha quedado, tan tranquila. Únicamente yo y la señora esa de la parálisis facial hemos presenciado todo, yo jugando nerviosa con uno de mis rizos, ella, con una expresión de arlequín, sonriendo con la mitad del rostro y llorando con la otra mitad, parpadeando con un solo ojo. Así me he entretenido toda la noche y toda la mañana…

El médico ha pasado hace un rato por mi cama y me ha preguntado si ya he terminado de escribir. Ay, Dios mío, todavía no. ¿Qué contienen estas páginas que he colocado en la mesilla y encima de las sábanas? ¿Son obra mía o de ella? ¿Puedo distinguir acaso qué es suyo y qué es mío? Vuelvo a tener miedo. Me pierdo en el paisaje de su cerebro, piso tierras movedizas, zonas rosas y marfileñas, me hundo en los valles de sus circunvoluciones, en las cisuras laterales. Avanzo por senderos estrechos en el bosque oscuro de su paleoencéfalo, me reflejo en las aguas de la epífisis (¿pero viendo a quién?), paso sobre las fosas de recuerdos que aúllan en la brea fundida, me retuerzo bajo lluvias de copos de fuego, subo purificado al mesencéfalo lleno de reptiles y de pájaros dentados, perdido allí, entre helechos arborescentes. Y arriba, exploro las seis capas extasiadas del neocórtex, sobre el que se impresiona pintado el rostro de Gina, deforme como el de un feto, sobre los hemisferios: la frente plana, la boca de labios gruesos y lengua enorme, el cuerpo minúsculo, pero las manos dotadas de unos dedos tan grandes como el cuerpo, abiertas de forma grotesca. Y, por todas partes, el cónclave de los gusanos, de los insectos, de los reptiles, de los mamíferos, reuniones de gala de los ramapitecos, de los australopitecos, de los pitecántropos, luego los hombres de Cromañón, de los romanos, de los celtas, de los dacios, de los eslavos, de los tártaros, de mis antepasados, de mis abuelos (Maricu y Tanicu), de mis padres, de mis parientes, de mis amigos, de mí mismo encontrándome allí conmigo mismo, en su cerebro, y sin ningún Virgilio, ninguna Beatriz y ninguna salvación y ninguna ascensión a las estrellas. Vago por el laberinto de su mente, piso los pedales que mueven sus rodillas. Miro mis dedos pequeños y blandos, con el esmalte de uñas levantado. Con ellos he sujetado el bolígrafo. Así que ¿quién ha sido quien ha escrito esto?

No me falta mucho. En unos pocos días termino. Y luego dejaré este taco de hojas sobre la mesa, pues no tengo mucho más pudor que Laviţa. Tal vez lo lea cualquiera, tal vez ese cualquiera se imagine cualquier cosa. Tal vez encuentre ese cualquiera cualquier interpretación para esta funda del espejo, para este texto, para esta textura, para esta tela. Para este trapo, perfecto solo si a través de él no se ve nada. No quiero tejer hasta el infinito ni deshacer por la noche lo que tejo durante el día, al contrario, voy a seguir adelante con todo ello, voy a entrar en la cueva del dragón, o en el interior del insecto de Kafka, o en el del terrible ángel de Rilke (estoy seguro de que él, de una forma u otra, acabará poseyéndome).

Escribir, por fin, que tras la separación de Gina, tras esa escena horrible del Jardín del Icono, no volvimos a hablar en tres semanas, puede que incluso en un mes entero. Fue para mí una época negra de la que ni siquiera sé hoy cómo salí. No podía leer ni estudiar, precisamente entonces, cuando se acercaba la reválida de bachillerato y, más aún, el examen de ingreso en la facultad. Había perdido el norte, no sabía qué hacer para sobrevivir. Ya no soportaba pasear solo por las calles de la ciudad, como solía hacer antiguamente para remediar mi soledad; tampoco me gustaba ya jugar al ping-pong o sentarme a ver películas. Unos cuantos compañeros más cercanos (pues aquí ya no hablamos de amistad) percibieron mi llamada de ayuda y se esforzaron por sacarme de aquella erotopatía. Ella se iba volviendo más y más opaca ante mis ojos, como si, indescifrable, se revistiera de una coraza de nácar. Ya no me hacía el menor caso en clase. Tras las primeras semanas del tercer trimestre, me cambié de pupitre y ella no mostró ninguna reacción en absoluto. Estaba muy cambiada, como si hubiera madurado de repente unos cuantos años. Su actitud había adquirido una especie de orgullo desafiante. Mostraba, ahora que ya no titubeaba, que, por fin, sabía lo que quería, que era madura y fuerte. Ya no se hacía la melindrosa cuando hablaba con sus compañeras sino que, en todo lo que decía, mostraba una cierta suficiencia enunciativa —una señal de la experiencia, según su propia opinión—. Era una mujer, no tenía tiempo de hacerse preguntas, de meditar, ella ya sabía. Debido a ese «estilo elevado» que se había arrogado, es probable que no se fijara ya en mí, ella había dado el salto y se situaba entre los fuertes, mientras que yo seguía boqueando perplejo en el agua estancada de la adolescencia. Si hubiera tenido más fuerza para soportarlo, es probable que, al finalizar el liceo y dejar de verla hubiera conseguido olvidarla, aunque no podía imaginar —y ni siquiera ahora lo imagino— cómo sería mi mundo sin Gina. Desgraciadamente, no fui capaz de quedarme quietecito y una noche me senté y empecé a escribirle una carta. Le escribí dieciséis páginas y fui yo mismo a echar el sobre en el buzón del portal de su casa. No había vuelto a entrar en aquel portal de escalones de piedra blanca desde hacía un tiempo indecible. Nuestra ruta —la calle Venera, donde estaban derribando los talleres leprosos, Moşilor, que también estaba en obras, luego Eminescu, Otoño, Futuro, por donde la acompañaba a casa en invierno y por donde regresaba después con las manos en los bolsillos— me parecía una zona viva, psíquica, diferente al resto de calles anónimas de la telaraña bucarestina. Porque allí había estado al acecho la propia araña y los hilos conservaban aún la vibración de sus miembros peludos y el calor de su pálido y esférico vientre. Sé que hice una estupidez al escribirle, pero fue un gesto que nació de una lógica subliminal, afectiva y, por tanto, muy poderosa. Hice lo que se imponía en aquella situación. No era una carta lacrimógena; cierto que el tono era triste pero también era seco, contenido, cínico en ciertos pasajes. Ya no recuerdo una sola línea de aquella carta, pero lo que sí que sé es que, a grandes rasgos, le señalaba lo mal que me sentía por no haber podido seguir juntos y cuánto me habría gustado penetrar en su cerebro, en sus nervios, en sus venas, en todas las células de su cuerpo, para comprender por fin quién era ella, para poder comunicarme con ella, de un modo completo, de una vez por todas. Dos noches después, ya sería casi de madrugada, me llamó por teléfono. Se la oía muy emocionada. Me dijo que había leído mi «cartita de amor». «Si hubieras sabido cómo tratarme, si hubieras sabido jugar un poco conmigo… Yo te he querido mucho, pero no había nada que hacer, tú no entendías nada… Pero ahora haría cualquier cosa por ti, pídeme CUALQUIER COSA…» Le dije que no quería pedirle nada y que aquella carta no tenía nada que ver con ella, que tenía que ver solo conmigo, ni siquiera me interesaba que la leyera. Comprobé, con cierta alarma, que estaba temblando mientras hablaba con ella, pero conseguí mostrarme frío porque ahora ya la conocía. La conocía bien.

Sin embargo, al día siguiente (no quiero acordarme de la fecha, tampoco tendría mucho sentido hacerlo, pues desde entonces me resulta absurdo hablar del tiempo) fue cuando sucedió todo. Al pensarlo ahora, en profundidad, me doy cuenta de que ya por la mañana, desde que me despertó un sol verdaderamente insoportable, algo no iba bien. Mi madre había lavado los visillos y los cortinones de la triple ventana panorámica de mi habitación, que ahora era atravesada, en todas direcciones, por los rayos acuosos del levante, luminosos como una apoteosis. Había tanta luz que al principio no pude abrir los ojos siquiera, me demoré un poco más en los valles de turba, en los efluvios de la charca y en el rocío celeste de los sueños intrincados del amanecer. Me deslicé un rato por un tobogán húmedo, por una mucosidad rojiza salpicada de grandes excrecencias azul-transparentes, nadé con movimientos de delfín a través de un líquido espeso como la gelatina, que se densificaba aquí y allá con unos dibujos dorados de dedos, omóplatos, vértebras, labios, cráneos, las venas y arterias del antebrazo, el sistema linfático, la estructura del riñón, todo brillaba cegadoramente y se disolvía en cuanto cuajaba. Un pabellón auricular, un músculo orbicular, una muela con cuatro raíces afiladas, una chica haciendo muecas que gritaba como en el día del juicio final.

Flotaba en aquel líquido fantasmal a través de un pasillo resbaladizo, hasta que salí al ancho mar y, en aquella sala llena de gelatina, en el centro, divisé el gran sol crepuscular que giraba lentamente, como la yema sangrante de un huevo. Me lancé de cabeza y atravesé la membrana, me hundí en un inmenso, indecible esplendor…

En clase, por la tarde, ella se me acercó de nuevo. Hacía tanto tiempo que no «conversábamos», como decía ella, que casi no podía establecer un vínculo entre ella, tal y como era en realidad, una chica de dieciocho años, y la forma como aparecía en mi mitología, una mujer inmensa, sin contornos precisos, sin una realidad objetiva, más bien un campo de fuerzas que dotaba de orden a mi mundo interior. En cierto modo había olvidado, diciendo siempre —sin pensarlo ni pronunciarlo— ella, a la Gina graciosa, de sonrisa falsa, a la chiquilla entre las demás chiquillas del duodécimo curso. En los recreos hablamos de un par de tonterías y, después de la segunda clase, nos sentamos de nuevo en el mismo pupitre.

Durante la clase de historia nos pusimos a escribir versos, «un verso yo y otro tú», como solíamos hacer antes; nos reímos tanto que a punto estuvieron de expulsarnos a los dos. Era un mero armisticio, yo no me hacía ilusiones, procuraba tan solo verificar, como Kierkegaard, si la repetición existe. Pero mi Regina Olsen parecía dejarme creer que sí que existía, aunque solo fuera por su amor al juego. Por la tarde (pero ahora había luz como si fuera pleno día y en el cielo azul, suspendido, no se desprendía aún ni un atisbo rosa del nácar de las nubes) la acompañé de nuevo a casa, con el corazón cada vez más encogido, por las calles tranquilas, sonoras, de nuestro recorrido ya tantas veces ensayado. De vez en cuando se abría una plazoleta vacía en cuyo centro había una rotonda de flores o una iglesia. Alguna que otra niña con un vestido blanco lanzaba contra una pared una pelota a rayas, multicolor, luego se detenía y nos miraba cuando pasábamos junto a las cercas de barrotes de hierro forjado. No esperaba volver a entrar de nuevo en su habitación, circundada por las dos filas de iconos de cristal, con su piano empañado, con la cómoda pintada y los cortinones rojizos, brillantes, de la ventana estrecha que llegaba hasta el techo. En la proximidad del verano, me parecía que seguía haciendo un calor agobiante junto a la estufa de terracota fría, que ese espacio era elástico y que se estrechaba en torno a mí y en torno a ella. A veces nos sentíamos como dos gemelos apretujados el uno contra el otro en un útero coloreado en tonos alucinantes, carente de abertura, unos gemelos a los cuales se les hubiera negado el derecho a nacer. Por lo demás, tanto Gina como yo hemos nacido bajo el signo de Géminis, en junio, con unos pocos días de diferencia. Había consultado innumerables horóscopos, unos absolutamente vulgares y otros con pretensiones científicas, y todos coincidían en lo mismo: ninguna relación amorosa puede durar entre dos géminis, pues son bastante suyos y necesitan a su lado un signo del zodíaco más fuerte que ellos, un Tauro o un Escorpión, que pueda arrancarlos de ese narcisismo. Aquel día, sin embargo, no pensaba ni de lejos en las implicaciones astrológicas de mi relación con Gina. Ella estaba de nuevo a mi lado en el sofá, comiendo con una minúscula cucharita de plata la misma confitura de nueces verdes y animándome, como en otro tiempo, a beber de la copa de cristal el licor ligero que desprendía un aroma a canela. La repetición era posible: Gina era de nuevo la chiquilla mimada que yo conocía, de ojos dorados y piel brillante, de labios en los que solo se podía leer una alegría casta. Estuvimos charlando hasta que oscureció; yo jugueteaba con los rizos de su cabello, ella cotorreaba y reía, jugueteando con los dedos de mi mano izquierda. Era como si todas mis visitas a aquella habitación, desde el otoño hasta aquel momento, se hubieran apilado unas sobre otras como capas sucesivas de un barniz denso y policromo, de tal manera que nuestro mundo devenía, al menos para mí, cada vez más real, hasta la realidad que está más allá de lo real de la alucinación. Cada momento con ella era todos los momentos con ella, cada objeto que miraba se superponía a todos mis recuerdos sobre aquel objeto hasta que no podía distinguir ya los objetos reales entre las docenas de superposiciones en mi mente. Su voz se superponía a su voz de la última vez, y esta a la anterior, y esta a la anterior. Ya no sabía si era otoño o primavera, si era la segunda o la enésima vez que visitaba su habitación. Ya no sabía cuántas veces la había tendido de espaldas en los cojines del sofá, cuántas veces había acariciado sus pechos y había pasado mi mano por sus omóplatos, que apenas sobresalían bajo su piel cálida y seca y resbaladiza, bajo la que se notaba una capa elástica de grasa, cuántas veces le había quitado el jersey y había enrollado hasta la cintura, recogiéndola en pliegues superpuestos, su falda escocesa. Cuando introduje los dedos de mi mano derecha bajo la goma inferior de sus bragas y los hundí entre su vello áspero y rizado… Ella se incorporó, tomó mi rostro entre sus manos y me dijo con esa expresión tensa, imperiosa, que quería hacer todo por mí: «Esta vez sí que quiero, ¿me entiendes? Pero no aquí. Ven, voy a enseñarte algo». Nos pusimos en pie abrazados y Gina me mostró una puerta rojiza, con un picaporte de hierro forjado, situada entre el armario ropero y el piano, una puerta en la que no recordaba haber reparado hasta entonces. Gina la abrió y entramos los dos en un pasillo estrecho, con paredes de piedra húmeda, irregulares como las de una cueva. Cuando cerró la puerta, no reinaba una oscuridad total aunque no hubiera por ningún lado ninguna fuente de luz. Distinguía perfectamente los contornos y los colores, y veía la silueta de Gina, que caminaba a dos pasos por delante de mí, como a plena luz del día. Cada hebra de sus cabellos desprendía un brillo dorado. Ella había tendido su mano hacia atrás para que pudiera agarrarla del dedo índice y así avanzábamos por aquel espacio estrecho, a trompicones. No me pregunté ni un solo instante adonde conducía aquel pasillo; una extraña fascinación guiaba mis pasos. De vez en cuando descendíamos unos escalones bastamente tallados en la roca húmeda. El frío de la cueva empezaba a dejarse sentir como una corriente que nos despeinaba y nos erizaba el vello de los brazos. En el suelo, la tierra comenzaba a ser pegajosa y, entre los charcos, se veían desechos de todo tipo: tarrinas de helado de plástico, cajas de cerillas rotas, papeles encerados con restos de embutido, trozos de algodón sucios. En un recodo del pasillo distinguí dos bolitas rojas unidas con una goma, de esas con las que las niñas se sujetan el pelo. A medida que el pasillo se hacía más sinuoso, con unas paredes por las cuales el agua caía en torrentes cada vez más caudalosos, regando las flores pálidas de los líquenes y el musgo ralo por el que, a nuestro paso, se escabullían una especie de garrapatas, los desechos se multiplicaban: hilos de lana de colores, fotografías rotas en pedazos, billetes de tranvía, brazos de muñecas de trapo, metros y metros, empapados, de papel higiénico. Un cubo en uno de cuyos lados se veía una cola de pavo y, en el otro, una ubre de vaca. Cuerdas de guitarra oxidadas y deshilachadas. Gina se volvía de vez en cuando hacia mí, con una sonrisa sensual y falsa. El aire se espesaba y en los charcos, que nos llegaban ahora más arriba del tobillo, nadaban unos proteos ciegos de piel transparente y manitas humanas. Por encima de nosotros se escuchaba claramente el ruido de la circulación, el traqueteo de los tranvías que luego se alejaban, los motores de los coches acelerando. Los cimientos de Bucarest extendían aquí y allá, hasta nuestro pasillo, unos cofres de hormigón de los que sobresalían unos cables retorcidos. A veces el pasillo se bifurcaba e incluso Gina se detenía confundida, volviendo hacia mí unos ojos indecisos. Luego sonreía triunfante y me señalaba, unos pocos metros más lejos, en uno de los corredores serpenteantes, una bolita de chicle rosa o medio hojaldre de queso cubierto por una capa de moho. Nos dirigíamos hacia allí, adentrándonos cada vez más en la ciudad que flotaba sobre nuestras cabezas como una nube. Después de caminar durante un rato con el agua hasta las rodillas, llena de larvas que se enganchaban a nuestras piernas, subimos unos cuantos escalones y el camino se tornó más recto y más seco. Aferrado al dedo de Gina tal y como, en la infancia, agarraba la falda de Marcela cuando jugábamos a trenes, recorrimos el último tramo del pasillo que ascendía por una rampa lisa. Al final distinguimos una puerta rojiza más grande que la de la habitación de Gina. Antes de abrirla, Gina se detuvo y apoyó la espalda en la madera húmeda. La abracé y entramos así, a trompicones, en la sala, sumida en la oscuridad, a la que daba la puerta.

En la oscuridad brillaban apagadas, verdosas, grandes superficies de cristal detrás de las cuales el verde parecía coagularse en formas indistintas. Gina había cerrado la puerta y tanteaba la pared de la derecha, donde había un cuadro de luces. Levantó una pequeña manilla en forma de horca y empezó a hacerse la luz, aunque no se distinguía el origen de la misma. Simplemente, poco a poco, todo lo que podíamos ver adquiría por sí mismo forma y colores, cada vez más vivos y más precisos, como si cada punto del espacio fuera su propia fuente de luz. Al poco rato, toda la sucesión de salas, a lo largo de las cuales se alineaban vitrinas repletas, se hizo visible como si estuviera bajo unas potentes luces de neón. ¡Conocía tan bien aquel sitio! Cuando era niño —e incluso más adelante— había ido allí docenas de veces, aquel me parecía el lugar más fascinante de cuantos había visitado, el centro enigmático del mundo. Es cierto que no me entretenía demasiado en las salas del sótano, las atravesaba apresuradamente para llegar arriba, adonde los animales y los pájaros, adonde los esqueletos gigantes y la cueva llena de murciélagos. Los pálidos cadáveres de los frascos, los seres disecados con ojos de cristal y unos costurones evidentes, toda esa necrópolis del Museo Antipa me parecía un ovillo de ensueño en el centro banal del cosmos. Resultaba normal, en aquellos momentos, que la habitación de Gina comunicara directamente con el Museo Antipa. De hecho, estaba tan encantado con el descubrimiento que, aunque seguía aferrado al dedo de Gina y le sonreía, casi me había olvidado de ella. Estábamos solos en el museo, ¡podía verlo como nadie lo había visto jamás! Ella me arrastraba con una cierta impaciencia pero, durante todo el rato que deambulamos por sus salas, no pude evitar detenerme a contemplar con avidez las colecciones que allí se albergaban. Pues en la primera sala, brillando con todos los matices posibles, en las baldas de las vitrinas negras o sobre las mesas cubiertas con una tapa de cristal, había trozos de materia sólida, bolas y placas de minerales. Vi silvanito, cinabrio rojo, blenda con galena y blenda con mica en bolas cóncavas, bismuto, azufre amarillo como terrones de azúcar sobre los que hubiera orinado alguien, gneis estriado, gres. Había zonas especiales reservadas a las piedras semipreciosas de un brillo mate o claras como el agua: aventurino de un verde traslúcido, como estaban representados en el mapa de Piri Reis los mares de la China, ágata de miles de colores, del marrón brillante al rojo brillante y del azul brillante al naranja brillante, calcedonia azulada, cuarzo ojo-de-tigre —quien lo mira se muere ese mismo año—, piedra Moka, de un color desconocido, sin nombre, sardonita, el heliotropo, también llamado matostato, malaquita de color veneno, serpentino y prasópalo, colocados sombríos uno junto a otro, irradiando soledad. Mil veces más grandes, creados (¿por quién?) en enormes burbujas subterráneas, yacían sobre el grueso cristal las geodas de cuarzo y los erizos color violeta de las geodas de amatista. Las piedras preciosas, pulidas, formales, falseadas, parecían individuos anodinos, civilizados, junto a estas divinidades de un mundus subterraneus revelado por la ciencia de Athanasus Kircher. El ópalo, el zafiro, la turquesa, el berilio y la turmalina intentaban rivalizar con las grandes imitaciones de diamante de vidrio barato: el gran Mogul, el Koh-i-noor grande y el pequeño, la fascinante «piedra de la luna», llamada también diamante Stewart, el inmenso Cullinan, mayor que una pelota de tenis, la Piedra del Sur. Veía el rostro de Gina reflejado en todas y cada una de las vitrinas. También ella se había picado e intentábamos encontrar cosas cada vez más raras. La había abrazado por la cintura y a veces pellizcaba suavemente, con los labios, el lóbulo de su oreja, pero ella seguía arrastrándome por un paraíso taxonómico. Atravesamos rápidamente los pasillos oscuros en los que se abrían las ventanas de los pequeños dioramas que representaban, a través de reproducciones toscamente pintadas, la vida en el cámbrico, en el siluriano, en el devoniano (tan solo unas formas subacuáticas, difíciles de identificar, una especie de moluscos de caparazón cónico, liso, con tentáculos en el hocico, luego una especie de mazorcas de maíz de un amarillo sobrenatural, sujetos al fondo del mar con un pedúnculo delgado), el carbonífero, el permiano, el triásico, el jurásico, el cretácico con sus ridículos reptiles (Gina se moría de la risa al ver al «gran» Tiranosaurus rex, de unos quince centímetros de altura), en el mioceno, el plioceno, el cuaternario (mamuts cubiertos de nieve en paisajes apocalípticos, frente a los cuales el Antártico es un patio de colegio). En el pasillo de los fósiles Gina se mostró desobediente: desatornilló la tuerca que sujetaba la articulación del ciervo gigante, cuyo esqueleto estaba coronado por unos cuernos amarillos, mohosos, se encaramó a la cúpula petrificada del mamífero con caparazón e intentó abrir la vitrina tras la que, como una especie de avestruz esquelético, se encontraba el dinornis. Junto a sus garras, en la arena, descansaban dos huevos fosilizados. La ventana de la vitrina se deslizó a un lado y Gina levantó en brazos, sujetándolo a duras penas, un huevo del tamaño de un balón de rugby. Me apresuré a cogerlo para depositarlo de nuevo en su sitio, pero como ella se había dado la vuelta y reía como un ratón, tiré de su mano y el huevo cayó sobre las baldosas de cemento con un sonido ahogado, como de pedrusco. El huevo se resquebrajó y, mientras lo hacía rodar por la arena hasta su sitio, vimos cómo a través de la grieta se escurría un fino hilo de sangre oscura. Cerramos la vitrina y salimos de allí corriendo. Nos recuperamos al contemplar con ojos como platos, entre carcajadas, los dioramas de los hombres primitivos, negros, encogidos y desnudos alrededor de una hoguera de astillas. Aunque estaban desnudos, los atributos viriles de los hombres de Neandertal o de Cromañón brillaban por su ausencia, las mujeres, en cambio, podían presumir de unos saquitos mamarios esplendorosos en un pecho enjuto. No resultaba difícil comprender el matriarcado. El sótano terminaba en una cueva artificial, minuciosamente reconstruida con cera, con murciélagos momificados colgados de las paredes. En el recodo nos detuvimos y nos besamos. En el lago cristalino, lleno de reverberaciones, el agua goteaba de una estalactita con un tubo de metal interior. Subimos las escaleras hacia la planta baja. Todo el vestíbulo estaba iluminado. A través de las estrechas ventanas de la entrada se adivinaba, en medio de la noche, el chispazo azul de algún trolebús. Se me pasó por la cabeza que la luz del museo tenía que verse desde fuera a través de todas las ventanas, pero Gina volvió a tirar de mí, como si tuviera un recorrido y un horario por cumplir.

Entrábamos en la gran locura de los invertebrados. Salones enteros repletos de vitrinas con monstruos. Diablos y ángeles de carne pálida, conservados en frascos de alcohol. «¿Es asco o muerte lo que viene?»5 Gina se estremeció. De hecho, en las primeras vitrinas se conservaban ejemplares más bien graciosos: espongiarios como encajes blancos, tubulares, o como las hojas agitadas de un alga, o como una copa, más bien un cáliz, un Grial de esponja con un pie de medio metro. En las celentéreas se exponían medusas en recipientes planos, seres alucinantes, oleadas verdes sobre oleadas rosas sobre oleadas azules, y también corales: corales en arbolitos retorcidos, brillantes como el plástico, la gorgonia como una rama torpona llena de sangre y de algo azulado, madréporas blancas y esféricas como terrones de sal. Cuando pasamos junto a los gusanos, Gina fingió vomitar aunque algunos resultaban hermosos: púrpuras y ambarinos, con incontables pliegues y ondulaciones. Los moluscos tenían como estrella principal al pulpo, pálido y asqueroso dentro de un recipiente tan ancho como una tubería; a su lado se encontraba el nautilo con su concha anaranjada de estrías negras, con su manojo de tentáculos que nacían de los mismos ojos. Y luego incontables insectarios, ante los cuales pasamos lanzando todo tipo de exclamaciones, como si estuviéramos inspeccionando una extraña fauna propia de otro planeta. ¿Cómo era posible que la materia existiera bajo formas tan espantosas? En primer lugar las termitas, pululando en su nido esférico como de un metro de ancho; luego las avispas, algunas negras y tan largas como un dedo, la Vespa crabo dorada; cicadas como moscones feos y mantis que devoran al macho. Gina se detuvo encantada ante las mariposas exóticas, las mismas que aparecían con frecuencia en sus sueños (también yo empecé a soñar, a partir de entonces, con mariposas gigantes, multicolores), y me señaló unos ejemplares con las alas más grandes que la palma de la mano, de un azul eléctrico o un amarillo pálido, sedoso, que terminaban en una cola de golondrina o una cabeza de cobra: gusanos de alas somnolientas. Algunos eran peludos como la felpa, otros traslúcidos como el cristal. Gina abrió un insectario y sacó, con alfiler y todo, la mariposa más grande —recuerdo que se llamaba Polyphemus— y se la prendió en el pecho. Luego se volvió hacia mí para que pudiera admirarla. Sobre su pecho izquierdo, que cubría casi por completo, la mariposa empezó a batir suavemente las alas y a empujar su camiseta con las patitas para librarse de la aguja. Los escarabajos gigantes en forma de semilla —pesarían un cuarto de kilo cada uno y estaban adornados con toda clase de cuernos y mandíbulas— no nos interesaron demasiado. Nos costó separarnos, en cambio, de la gran vitrina en la que, en toda su monstruosidad, yacían, con las patas extendidas, las arañas. Es curioso que estos rostros del horror no aparezcan nunca en los cuadros medievales sobre las tentaciones de san Antonio, sobre las bocas del infierno o como encarnación del diablo en medio del Hades. A su lado, el dragón de cuernos y pezuñas resulta una criatura ridícula. ¡Y qué nombres tenían, alineadas en sus frascos: todas sugerían, en sentido latino, el estremecimiento, el horror! Algunas eran gruesas, de cuerpos robustos y patas cortas, con garras visibles; otras tendían unos quelíceros rojos como embadurnados en sangre. Algunas eran delgadas y secas, como las tarántulas, con vientres negros o pálidos, con cruces siniestras o manchas púrpuras, como jeringas; otras, esféricas y con los alambres de las patas diez veces más grandes que el cuerpo. Entre ellas, la araña pajarera, del tamaño de una rana, negra y peluda como un sexo grotesco, era la imagen misma del espanto. Gina no conseguía apartar la mirada de aquel cuerpo de quelíceros también peludos, extendidos hacia delante. Desplegó los dedos de la mano izquierda y los pegó al frío cristal de la vitrina, sobre las garras mismas de la araña. En el cristal quedó impresionada la huella empañada de su mano. Los escorpiones eran más fáciles de soportar. Eran todos idénticos, desde los imperiales hasta los que cabrían en una caja de cerillas: ambarinos, traslúcidos, una sola raya negra verdosa se transparentaba a través del caparazón de ópalo, era el trayecto del veneno, que atravesaba los segmentos de la cola y llegaba hasta el aguijón del extremo. Las pinzas grandes no provocaban terror, eran las pinzas del inofensivo cangrejo. Pasamos rápidamente —como si nuestro alto en las arañas hubiera sido excesivo y ahora estuviéramos retrasados— junto a los crustáceos (una langosta del tamaño de una liebre, un cangrejo rojo en un frasco), los miriópodos y las escolopendras, nos detuvimos un rato ante las estrellas de mar, los ofiúridos de brazos largos y enredados y las estrellas de cinco puntas, como de coral, bañadas ahora por la palidez de la muerte. Yo me fijaba en Gina, reflejada en las vitrinas verdosas. Estaba cada vez más rara, más transfigurada. Su sonrisa se volvía estereotipada, como una especie de promesa, de insinuaciones que yo no conseguía descifrar. Me remolcaba más allá tirando de un dedo y, algunas veces, cuando me demoraba demasiado, se colocaba a la altura de mi hombro, me empujaba y me arrastraba hasta que conseguía moverme del sitio. ¡Con cuánto placer deambulaba yo entre peces de piel reventada, artificialmente pintados, a través de la sala dedicada a ellos! Puesto que no cabían en las vitrinas, los tiburones, el narval con el cuerno de dos metros que había dado lugar a la leyenda del unicornio y el diablo marino, rómbico, de cuatro metros de ancho en diagonal, como una cometa de piel negra, estaban colocados sobre ellas. Y, en su interior, en docenas de tubos de cristal, se pudrían en un líquido azulado unos peces pálidos, de ojos saltones: el pez-globo, el pez-erizo, el pez-luna, el bejel con alas como las de los pájaros, rojizas, con estrías anaranjadas. Las salamandras y las ranas, desde el renacuajo hasta la tinosa de ojos humanos y la gran rana negra del lago Titicaca, que pesa un kilo, había innumerables reptiles: tuátaras, varanos y camaleones (pero de colores desvaídos) parecían salidos de oscuros tratados de demonología, del Malleus Maleficarum. El veneno chorreaba de estos seres de pesadilla. Gina huyó rápidamente hacia las salas acristaladas en las que, enroscadas al tronco de un árbol, esperaban la pitón y la anaconda. Entró en la sala y, con un gesto que me sorprendió sobremanera, acercó el rostro al cuerpo grueso y escamoso de las gigantescas serpientes. Cogió entre sus manos la cabeza triangular de la anaconda y la miró concentrada. Aunque fueran de vidrio, los ojos rojos, claros, del reptil eran fascinantes. Esta vez fui yo el que tuvo que arrastrar a Gina entre serpientes venenosas y cocodrilos aplastados, de barrigas blandas, tumbados en grandes pedestales de madera. El gavial tenía un hocico largo y fino, como de pato, con dientes de sierra. Roja como el coral, con anillos anchos, negros, la serpiente surucucú estaba enroscada en la vitrina junto a una cobra un tanto famélica y víboras con y sin cuernitos. Las tortugas de la salida de la sala de los reptiles eran, por supuesto, los seres más «presentables» de aquel infierno. La tortuga de sopa, la tortuga gigante y el carey de mar, con su tristeza gerontófila, nos animaron un poco, pero Gina se enfurruñó porque, al estar colocadas de lado, no se podía cabalgar sobre ellas.

En la planta baja había unos pocos mamíferos en las salas pequeñas más allá del pasillo de los reptiles, se trataba sobre todo de mamíferos primitivos: perros voladores de Java con garras y con unas alas de piel negra y brillante, que parecían untadas con betún, sujetas a los hombros por unos huesillos neumáticos; por supuesto, los marsupiales: canguros troncocónicos, más pequeños de lo esperado, un lobo de Tasmania y unos cuantos australes excéntricos más. El castor sonriente, dispuesto a dibujarte el triángulo masónico en la palma si le estrechabas la mano, el oso hormiguero —sin Dalí— y el puerco espín, mucho más espinoso que el cerdo, hacían muecas en la vitrina de la izquierda, mostrando los zurcidos y los remiendos artificiales. A la derecha estaba la familia cilíndrica de los topos, de las ratas, de los ciegos y los erizos, devoradores de gusanos y de crisálidas lechosas. Y así, a través de estas horcas caudinas de unos antepasados un tanto dudosos, podías acceder a la sala de los verdaderos mamíferos, aprisionados en jaulas de cristal, agrupados por parejas como en el Arca de Noé y gravitando en torno a enormes esqueletos: el amarillo-rosado, de colmillos torcidos, como de morsa, del Dinoterio, o el otro, más pequeño, morado, del Mastodonte. Tras dejar atrás una reata de lobos, nutrias, zorros, leopardos, leopardos de las nieves, antílopes, jabalíes, jirafas, hipopótamos, tejones, osos blancos, focas, leones, visones, facóceros, gatos salvajes, todos con pelo ondulado, del color de la tierra o de la nieve, o calvos, con una piel de tres centímetros de grosor, todos corriendo paralizados sobre sus patas cortas o gráciles, todos con caras familiares o quijadas misántropas o expresión de miedo y perplejidad, pequeños como un ovillo o altos hasta el techo, con manchas de camuflaje, a rayas o monocolores, todos con ojos de cristal, Gina se apresuró a colocarse debajo del Dinoterio. Justo a dos metros sobre nuestras cabezas comenzaban a formarse sus costillas amarillentas, los huesos redondos de la columna que sujetaban la cabeza, tan grande como nuestros dos cuerpos juntos. Entre las patas del monstruo, gruesas como postes, veíamos los tornillos y las varillas disimuladas que lo sostenían en pie. El gigante de pies de barro. Ella no me dijo nada, fue algo telepático lo que nos llevó a ponernos febrilmente manos a la obra. Incluso ahora me pregunto, entre muchas otras cosas, qué nos había hecho aquel pobre fantoche de cinco metros de altura. Creo que nos afanamos una media hora aflojando las tuercas, quitando los tornillos y las barras, hasta que el viejo esqueleto se derrumbó sobre sus rodillas. No ambicionábamos nada más. Triunfantes como cornacas indios, trepamos por la columna vertebral hasta el cráneo y nos sentamos allí, sobre el hueso duro y limpio, contemplando con desprecio los cadáveres disecados de alrededor. Por un instante me pareció que de ellos provenía un bufido de enfado, como si todas las pieles de los cientos de especies se hubieran erizado a la vez. Aquí ya no había nada más que hacer. Al pasar junto al diorama de la pared, con el elefante marino y la foca en un paisaje ártico, subimos al primer piso por la escalera vigilada por todo tipo de cornamentas y cráneos. Allí, en la galería cuadrada en torno a la sala del Dinoterio, el aire estaba lleno de pájaros. Todos volvían los ojos redondos hacia la gran mariposa aterciopelada del pecho de Gina, que todavía aleteaba suavemente. Por lo demás, permanecían inmóviles, cada uno en su trocito de madera. El verso «Son manes tucanes y lares hilarantes»6 me venía a la cabeza al contemplar todos aquellos cuervos teñidos, cuya paja escapaba por los desgarrones, con los picos torcidos, gruesos como los de los tucanes y los pájaros-rinoceronte, o en forma de aguja, como el de los colibríes, algunos tan pequeños como abejorros. Los plumajes también estaban estropeados, descoloridos: lo que en otra época había sido azul de Prusia y verde esmeralda en las colas de los pavos reales, rojizo en los faisanes, lo que había sido irisado en el plumaje de los papagayos y de las aves del paraíso, se había transformado ahora en el mismo marrón ceniciento y se notaba que lo habían retocado de forma tan estridente que era como contemplar esas fotos de boda coloreadas a lápiz o esas mejillas engañosamente encendidas de los tísicos a los que se maquilla para que no lo parezcan. Decidido: no nos gustaban, así que entramos en la sucesión gloriosa de la antropogénesis, recogida en unas cuantas salas estrechas con vitrinas y dioramas que representaban monos, desde los pequeños macacos y cercopitecos, que andaban con las colas enrolladas en busca de naranjas, unos rostros humanos en cuerpos de gato, hasta los babuinos, los mandriles, los aulladores, los monos de culo rojo (claramente recreado con masilla y pintado después), los pavianos, ancestros de los pigmeos, de narices alargadas como apéndices caudales. Gina, por supuesto, estaba disfrutando de lo lindo. En un determinado momento arrancó de los brazos de su madre a una cría de chimpancé de aspecto cómicamente amenazador y comenzó a acunarlo junto a su pecho, mientras le acariciaba el flequillo. Siguió avanzando y dio unos golpecitos en el hombro, con camaradería, a un gran gorila, un macho feo como el demonio, con una cara brutal de criminal reincidente. Luego se colocó delante de él y le dio un puñetazo en el pecho: «Tarzán». Luego se golpeó también ella: «Jane». Luego otra vez: «Tarzán». «Jane». «Tarzán». «Jane». Yo me reía como hago por costumbre, sin ruido, por lo bajinis, atragantándome. El orangután rojo, de patas tan largas como Popeye el marino, tenía, sin embargo, un rostro melancólico de payaso blanco, enamorado sans espoir de una Colombina que había correspondido a otro. Pero enseguida se nos quitaron las ganas de reír.

Habíamos entrado en una sala circular que pretendía mostrar el proceso de la ontogénesis —al principio en paralelo— en los peces, los reptiles, los pájaros y los mamíferos. Y al final en el hombre. En las láminas sumergidas en alcohol se presentaba la evolución de un embrión en diversas fases, todas difíciles de distinguir a simple vista: mórula, blástula, gástrula, hasta la diferenciación definitiva de los órganos. En su evolución, los embriones pasaban por fases arcaicas, les brotaban branquias, caracteres reptilianos, formaciones atávicas que luego se reabsorbían, una verdadera metempsicosis, un karma, una rueda infinita de la existencia. En una pared había un molde seccionado que presentaba la posición del feto en el útero de una mujer embarazada. Recordé las atrocidades que nos contaban acerca de las guerras con los tártaros: los bebés arrancados del vientre de sus madres. Más allá, a lo largo de toda la pared, estaban alineados sobre un estante decenas de frascos en los que flotaban fetos con malformaciones: macrocéfalos, acéfalos, bebés con un solo ojo en el centro, con una sola fosa nasal sobre los labios, con tres piernas, una de ellas sin pie, con unas palmas minúsculas que brotaban directamente de los hombros, sin brazos, como alitas. ¡Qué extraños eran, arrugados y de un amarillo pálido, de un amarillo de molusco, con los pellejos demasiado largos colgando sobre ellos! ¡Qué miradas perezosas tenían aquellos ojos de párpados desollados! Parecían sabios y, en cierto modo, satisfechos por no haber llegado a vivir. A medio camino entre las ranas y los genios, resultaba imposible contemplarlos en su carnalidad cínica. También ellos parecían mirarnos, nos perforaban con la mirada mientras agitaban sus cordones umbilicales en el líquido asqueroso. Gina los contemplaba no con horror, como yo, sino con una especie de serenidad y resignación, como contemplas los feos muebles de una casa en la que has vivido toda la vida y que nunca se te ha ocurrido cambiar. Atravesamos aquella sala contemplando atentamente cada uno de los abortos. Tal y como había hecho con las serpientes, Gina tomó uno de los frascos de paredes curvas y miró fijamente a los ojos, con una concentración dolorosa, a uno de aquellos gnomos pálidos. Entramos a continuación, a través de una puerta estrecha en la que no había reparado, en una habitación como abuhardillada, una especie de «armario» como aquel en el que vivía Rashkolnikov, con carteles ajados por las paredes, con un sofá viejo que ocupaba más de la mitad del espacio, con una pequeña estantería de libros repleto de tomos viejos, entre los que recuerdo El libro tibetano de los muertos, Las hijas del fuego de Nerval, Netochka Nezvanova de Dostoievski y un álbum de William Blake, con las láminas del Libro de Urizén. Una de aquellas láminas había sido arrancada del álbum y colocada con chinchetas en la puerta de madera: representaba a una mujer arrodillada, de espaldas, que miraba el interior de un pozo. Sobre ella, gigantesco, brillaba un sol negro. Nos sentamos en el sofá y Gina sacó de debajo del sofá una caja de zapatos llena de cosas: bolas del árbol de Navidad, muñecas de cabeza aplastada, fotos antiguas, billetes y postales, una jeringa oxidada, un estetoscopio. «Cuando era muy muy pequeña, descubrí el camino que conducía hasta aquí. Aquí traía yo todo lo que me divertía, todo lo que me gustaba: mis muñecas, los regalos de la familia, aquí venía con los pasteles para comérmelos tranquila. Creo que no hubo una sola noche en que no me paseara por el museo, sola entre mis animales. Así imaginaba yo que se pasearía la hija del viejo en las historias de Penélope entre aquellos dragones ridículos. Los conozco a todos, es un encantamiento que los incluye a todos y también a mí. Pero lo que más me gusta es esta habitacioncita, aquí, en lo más profundo, profundo, profundo de todo. Aquí me siento yo misma». Mientras hablaba, Gina, transfigurada hacía rato, se había transformado simplemente en otra, en una hechicera extraña, en una monja en éxtasis con las manos entrecruzadas. La tomé en mis brazos y la tendí en el sofá. Hicimos el amor por primera vez en nuestra vida. No es por pudor —algo que no tiene espacio en estas páginas— que apenas hablaré de aquellos gestos, de aquellas sensaciones, sino porque, de hecho, no tuve en ningún momento conciencia de lo que me estaba sucediendo. Ella, aunque estaba completamente desnuda, aunque estaba más viva que nunca, parecía tener un contorno infinito, irreal. Era, sucesivamente, una boca con la piel de los labios sosa, un pecho pequeño, oleadas de cabello extendidas en el cojín, una respiración agitada. Cuando entré en ella, todas estas impresiones en mosaico se fundieron como si hubieran empezado a destilarse, blandas como la plastilina e igualmente coloridas, con el mismo olor como de semillas de lino. Tuve de repente el sentimiento del todo. Era una luz pálida, una tensión sin límite, una intuición sin comunicación. Permanecimos un instante así suspendidos y luego, como las lagartijas por la mañana, nos desentumecimos poco a poco, volviendo a nuestra vida limitada.

Me desperté transformado, transferido a Gina. Me resulta imposible demorar la descripción, la vivencia de ese momento indescriptible e invivible. Yacía de espaldas y me veía en las pupilas de un ser borroso inclinado sobre mí: veía allí el rostro de Gina, levemente deformado por la esfericidad del ojo. Cuando el cono de mi conciencia aumentó, me di cuenta de que aquel ser tenía mis rasgos y de que me miraba con un terror infinito. Miré mi cuerpo, que era el cuerpo de la mujer que amaba: tenía sus mismos brazos, sus pechos, su cabello, sus caderas, sus piernas. Tenía su misma piel y sus huesos, y en los labios el sabor a éter de su carmín. En una oreja tenía también un pendiente verde esmeralda, era suyo, el otro brillaba en la cama, entre nosotros, entre la ropa amontonada. Y ella era yo, un cuerpo largo y enjuto de hombre, el pecho huesudo, las caderas estrechas, el sexo como un gusano entre los muslos peludos y, sobre todo, tenía mi cara, mis ojos, mi mandíbula larga, mi bigote sobre unos labios sensuales y sufrientes. Era yo inclinado sobre mí mismo como no me había visto nunca antes, ni siquiera en sueños, como si hubiera salido de mi cuerpo después de muerto y me contemplara desde todos los ángulos a la vez. Su transformación en rinoceronte o en insecto no habría sido más espeluznante. Nos contemplamos largamente sin hablar y sin acercarnos. Estábamos demasiado cansados y aturdidos como para poder pensar. Nos vestimos maquinalmente, confundiéndonos de ropa e intercambiándonosla unas cuantas veces. Nuestros gestos vacilaban, los movimientos titubeaban, la mano no conseguía agarrar. Nos mirábamos como unos seres de mundos diferentes, basados en químicas, biologías y psicologías completamente distintas. De repente, el que estaba frente a mí se dejó caer sobre la cama y, con el rostro hundido en la almohada, se echó a llorar violentamente, hipando y suspirando. Golpeaba la almohada con el puño y se retorcía como si estuviera poseído. Pero entre aquellos accesos de llanto, comenzó a distinguirse otro sonido. Venía del otro lado de la puerta y parecía un susurro, una mezcla de rumores débiles: silbidos, crujidos, un chasquido como de escobillas o maracas. Al oírlo, el que estaba a mi lado (le llamo así porque no podía creer que «aquel» fuera Gina) se calló, luego, con una expresión perpleja, me agarró de la mano y me arrastró con una fuerza inusitada fuera de la habitación. Al pisar el suelo, aplasté con el zapato la mariposa gigante, que batía aún sus alas andrajosas.

Aquel murmullo selvático, sofocado, iba acrecentándose paulatinamente. Al irrumpir en la sala de los fetos, vimos que las criaturas tenían los ojos abiertos de par en par y hacían gestos extraños dentro de sus frascos verdosos. Uno de ellos había conseguido incluso encaramarse al borde del recipiente y desde allí se disponía a saltar al suelo, arrastrando a su paso un cordón umbilical de medio metro. Me habría quedado paralizado de espanto si Andrei no me hubiera empujado afuera. Siguió una carrera agotadora. Las salas se despertaban. En las vitrinas comenzaba el movimiento, los hocicos se abrían y los ojos daban vueltas en sus órbitas. Las aves habían empezado a cacarear y a chillar, batiendo las alas para escapar de la barra a la que estaban sujetas; eso levantaba un polvo sofocante que apestaba a pintura y a algas. Bajamos las escaleras a la carrera, seguidos por el grito desgarrador de los pavos reales, y atravesamos corriendo la sala de la planta baja. El esqueleto del Dinoterio, de huesos como troncos, hacía terribles esfuerzos por ponerse en pie de nuevo, lo cual provocaba que toda la sala temblara. Alrededor, en todas las jaulas de cristal, los animales, herbívoros y carnívoros, habían empezado a desperezarse como después de un largo sueño. Los leopardos ondeaban la cola y ronroneaban, el ñu daba golpes con la pezuña, la jirafa había estirado su largo cuello de manchas. En el diorama de «La vida en el Ártico» el gigantesco elefante marino, con unos colmillos tres veces más grandes que los de la morsa, estaba ya bramando, y la grasa temblaba bajo la piel brillante. Huíamos desesperados y oíamos cómo, a nuestras espaldas, estallaban las vitrinas. Nos lanzamos al sótano, que parecía un terrorífico hervidero de criaturas. El aire estaba atestado de mariposas de colores, langostas, cicadas, escarabajos, murciélagos, perros voladores. Un pez volador había escapado de su frasco y cruzaba la sala por los aires golpeándose contra las paredes. Las cucarachas gigantes, los grillos-topo, las arañas y los escorpiones hormigueaban por el suelo, configurando una terrorífica alfombra viva. A cada paso los aplastábamos por docenas. Los gusanos se arrastraban junto a las cobras, la pitón había empezado a soltar sus anillos del tronco del árbol y el crótalo chasqueaba amenazador su cola. Todos estos seres parecían aún aturdidos, pero se espabilaban a ojos vista. Como corazones perezosos, las medusas palpitaban en el alcohol y los peces más pesados, tal vez de unos diez kilos, se habían sacudido hasta volcar los recipientes y ahora golpeaban con la cola húmeda las baldosas del suelo, abriendo sus fauces dentadas. Jadeantes, llegamos finalmente a la sala de los minerales, que lanzaban sombras de colores sobre las paredes. Encontramos la manilla con la que habíamos encendido la luz ¡pero ni rastro de la puerta! La puerta rojiza que daba al corredor subterráneo tenía que estar allí, pero no la encontrábamos. Tanteamos todas las paredes, casi llorando de desesperación, pero sin resultado. Comprendimos que no nos quedaría más remedio que salir por la puerta principal del museo. Si estaba cerrada, aquella sería nuestra perdición. Deshicimos el camino enfrentándonos a las oleadas de insectos que ahora estaban vivos y agresivos. Era evidente que ya no se movían al azar, sino que se dirigían en masa contra nosotros: los escorpiones clavaban los aguijones de la cola en nuestros zapatos, las mariposas nos golpeaban la cara para aturdimos, las hormigas rojas habían empezado a treparnos por las piernas. En la planta baja, todos los animales, que ahora rugían, mugían, gruñían, chillaban y ladraban, venían hacia nosotros como un muro de colmillos y de cuernos afilados. Estábamos casi acorralados. A duras penas dimos con la puerta del museo. Nos pareció una eternidad hasta que la abrimos y nos escabullimos en el aire fresco de la noche. Cuando cerramos la puerta a nuestras espaldas, oímos como un terremoto la oleada de animales, pájaros, reptiles e insectos chocando contra la pesada puerta atrancada. Descendimos los escalones de la entrada. La plaza Victoria, débilmente iluminada por unas cuantas farolas anaranjadas, estaba desierta. A lo lejos se distinguía a un soldado que caminaba despacio, aburrido. Era una noche preciosa, como solo pueden serlo las noches de verano. Nos cogimos de la mano y nos miramos a los ojos por última vez. No teníamos nada que decirnos. Sabíamos que todo estaba perdido, que de ahora en adelante cada uno tendría que arreglárselas como pudiera. Nos fuimos hacia las casas a las que nos conducían las nuevas piernas, los nuevos cuerpos. Nunca sabríamos qué había que hacer sino haciéndolo.

Esto es todo. Desde aquel día, no volví a saber nada de Gina. Quién es, cómo puede sobrevivir. No lo sé y no quiero saberlo. Ya no reconozco en aquel cuerpo extraño a la chica que constituyó mi obsesión y mi locura durante un año entero, tal vez el último año de mi vida. Intentar seguir viviendo en estas condiciones me parece algo absurdo ahora. He protegido mi conciencia de la visión de su cuerpo cubriendo los espejos con la textura engañosa de la tela. Pero no me puedo proteger de su interior, que me agrede a través de unos vericuetos psíquicos mucho más pérfidos. El monstruo me posee, se ha encaramado sobre mí con sus patas y me tiene preso. Me voy mezclando con él a cada momento que pasa, como los condenados en la fosa infernal de los ladrones. Incluso estos mismos pensamientos, me pregunto, ¿son míos o suyos? ¿De dónde procede la edulcoración de muchas de las páginas de mi confesión? ¿De dónde ese estilo un tanto patético que no va conmigo? ¿No son acaso los venenos de la fiera, el jugo que chorrea de sus encías? Me equivoqué al comenzar a escribir, al retirar este toldo, al representar este psicodrama con el patio y los palcos vacíos. ¿Para quién he escrito esta comedia? ¿Estás tú, ahora, a mi lado? ¿Puedes tú, ahora, ayudarme? ¿Puedes?

Por desgracia, junto a mí, ahora, mirando lánguidamente por encima de mi hombro, está tan solo Laviţa, que espera a que le cambien las sábanas. Hasta que llegue el momento sigue escribiendo cartas de amor con rotuladores de distintos colores, incluso sobre su cuerpo, que ha cubierto, hasta donde ha podido alcanzar, de letras y dibujos ingenuos. Ahora está escribiendo sobre su pecho, con tinta verde: Te suplico que me escribas también tú, y junto a ello pintarrajea la cabeza de una niña de cabellos castaños, ojos azules y boca roja. Esta es mi situación. En cualquier caso, tendré que salir de aquí, donde no hago otra cosa que aplazar hasta el infinito la lucha con la bestia. Mi obsesión no se deja exorcizar, escribiendo no vuelvo a ser yo y no quiero, Dios mío, no quiero quedarme así. Por ello aplazo toda decisión hasta regresar, en cierto modo, al «mundo». Allí veré qué hacer y sobre todo cómo hacerlo. Estas hojas, amontonadas en un taco sobre la mesita de noche, son un fracaso mayor que lo que estoy narrando. Estoy resuelto a quemarlas esta misma noche, he decidido no dejárselas al médico ni a nadie más, porque si ellos las leyeran no podría escaparme nunca de aquí, o tal vez llegara incluso a limbos peores. Simularé, con asco, la normalidad, seré una Ginuţa obediente, dispuesta a hacer felices a sus abuelitos, de vuelta a sus cabales tras una crisis de histeria.

¿Por qué sigo escribiendo estas líneas si sé que voy a destruirlo todo? ¿Por qué sigo trazando una letra y otra letra y otra letra? ¿No es acaso para tomar una bocanada de aire y otra más?

No, tengo que acabar de una vez. Ya está. He terminado.

Desencajó la puerta del espejo del armario y la dejó caer. Un crujido ahogado le hizo saber que el espejo se había resquebrajado al estamparse boca abajo sobre el suelo, del que había retirado previamente la alfombra. Esta se encontraba enrollada a lo ancho en el sofá, sobre los cojines estampados de terciopelo y seda anaranjada. Arrastró el piano, que tenía ruedas, hasta el centro de la habitación y apoyó en él la alfombra persa. Con un esfuerzo terrible, puso el sofá en pie y lo apoyó también sobre el piano reluciente. Se ajustó a la perfección entre los candelabros de bronce soldados a la tapa del piano. Se detuvo para recobrar el aliento y se pasó las manos llenas de polvo por la camiseta amarilla que cubría sus pechos. Se dirigió a la ventana. La calle Venera brillaba apagada, los adoquines del empedrado lanzaban destellos púrpuras, bajo un pesado ocaso de otoño. El sauce, con una rama muy larga que llegaba hasta la veranda, temblaba mecido por las suaves ráfagas de viento. En la unión de dos de las ramas dormitaba un gato atigrado de rayas naranjas y otras de un rojo oscuro. Dejó la ventana abierta, pero corrió los cortinones de damasco púrpura. En la habitación se hizo una penumbra rojiza. Un rayo de luz que se colaba entre las cortinas, se estrellaba contra la esquina brillante de la librería, justo donde estaba el pequeño crucifijo metálico, que lanzó bruscamente un destello blanco. Empezó a sacar los libros de la librería y a colocarlos, tras pensárselo un poco, alrededor del piano y del sofá. Extrajo el gran Baltrusaitis de su caja de cartón y leyó la dedicatoria: «A Gina, con amor, para que recuerde que, bajo el rococó obsceno de nuestro mundo y de nuestra carne, nuestros huesos son góticos y nuestro espíritu es gótico. Andrei, febrero 197…». Hojeó por encima las páginas llenas de quimeras. Colocó el libro en el suelo, junto a los otros. Imitó de repente a un guitarrista desaforado, echado hacia atrás, sujetando espasmódicamente el mástil de la guitarra. «Into the fireeee!», gritó en sordina, y se echó a reír. La tal librería no constaba más que de un solo módulo barnizado en negro, así que, sin libros, era fácil moverla hacia el centro de la estancia. Pero se fatigaba enseguida y tenía que tomarse un largo respiro después de desplazar cada mueble. Menos mal que no había demasiados en aquella habitación, que había empezado a parecer aún más alta; la lámpara del techo parecía elevar cada vez más arriba sus centelleantes carámbanos de cristal. Después de empujar y arrastrar la librería, agarró el sillón, preciosamente tapizado en satén de flores verdes pálidas sobre un fondo rosa-palo, lo puso patas arriba y lo dejó caer sobre el sofá, apoyándolo en el extremo ligeramente doblado de la alfombra. Luego abrió de par en par las puertas del secretaire, en las que estaba pintada una escena renacentista sobre la que decía en bellos caracteres latinos «AMOR OMNIA VINCIT». Las sacó de las bisagras y las dejó caer al suelo con descuido. Dentro, en los estantes que olían a sándalo, había incontables botellitas policromadas, transparentes o mates, talladas en cristal reluciente o modeladas en cristal maleable. Los líquidos amarillentos o verdosos como el veneno ondeaban suavemente las velas en su interior. Tomó uno de ellos. Leyó la caligrafía sofisticada, dorada, del medallón: Soir de Paris. Se puso en pie y, agarrándolo como si fuera una granada, lo arrojó bruscamente contra el suelo. El gracioso perfume estalló en cientos de añicos y dejó una mancha húmeda con gotas que se escurrían por todas partes. Un sensual aroma inundó la habitación. Uno tras otro, todos los frascos fueron corriendo la misma suerte. Leía sus nombres, Sensation, Fidji, Magie noire y luego los lanzaba furibundamente contra el suelo, cubriéndose los ojos con el brazo izquierdo para evitar los fragmentos. Conservó los últimos dos o tres frasquitos de colonia y el medio litro de alcohol azul, medicinal, que había encontrado en uno de los compartimientos, y no los rompió, sino que vació en cambio su contenido sobre los muebles amontonados en medio de la casa, murmurando: «Vierte en la alfombra perfumes raros, / Trae rosas, para cubrirte con ellas» y volvió a reírse con ganas. Se dirigió a la ventana y la cerró, dejando las cortinas echadas. En la habitación el olor se había vuelto más real que los objetos, lanzaba al aire un humo denso, casi visible. Se dedicó a pisar los charquitos de perfume francés, a aplastar con la suela de los zuecos los tarros de crema y los tubos de maquillaje. Un aturdimiento voluptuoso impregnaba su cuerpo ya fatigado. Habría querido acostarse como un des Esseintes en su paraíso artificial. Pero sabía que tendría tiempo suficiente para dormir. Tras subirse a un taburete, comenzó a descolgar de la pared, uno a uno, los maravillosos iconos de cristal, con sus mundos rojos como la sangre y dorados y azules como el azur. San Jorge, en su caballo alado de rostro humano, atravesaba con una lanza ridícula el reptil verde, temible solo porque lanzaba por el hocico dos o tres delgadas lenguas de fuego. Un Jesús esquelético mostraba la llaga del costado, de la que brotaba el tallo retorcido de una vid, llena de racimos morados y zarcillos como tirabuzones. La Virgen María se adormecía sobre un tapiz púrpura, custodiada por ángeles de alas y nimbos dorados. Lázaro, envuelto en vendas como una momia, se incorporaba en el ataúd verdoso de su tumba, mientras Jesús le mostraba un pergamino enrollado en el que probablemente decía: «Levántate y anda». El arcángel san Gabriel, protegido por una coraza, con la lanza apoyada en el hombro, portaba también una especie de pergamino. Cada uno de los iconos, una vez retirado de la pared, dejaba tras él un cuadrado pálido, sobre el que se agitaban unas finas telarañas. La madera de los marcos, podrida, estaba surcada por miles de agujeros de carcoma. Quitó primero la fila superior de iconos, luego la segunda, en total por lo menos quince o dieciséis figuras en total. Bajó del taburete y a punto estuvo de caerse. El aire se iba haciendo difícil de respirar. Reía a lo tonto, con unos lagrimones que brotaban de sus ojos irritados por el éter. Tras permanecer un rato con la espalda apoyada en la pared, empezó a colocar los iconos entre los libros, alrededor de los muebles. Todo comenzaba a adquirir el aspecto deseado.

Quedaba todavía el armario. Tambaleándose, hundió los brazos, hasta los hombros, entre las baldas y comenzó a sacar grandes brazadas de ropa interior, de blusitas, camisetas, pantalones escoceses, faldas de las telas más variadas, combinaciones brillantes y crujientes, chalequitos de discoteca, cajas enteras con maquillaje y calcetines amarillos, a rayas, rojizos, unos cuantos pares de vaqueros auténticos, algunos nuevecitos, otros ya desgastados, vaporosos vestidos de gasa, pañuelos negros con moneditas brillantes. Lo colocó todo, aplastándolo con las manos, sobre la tapa del piano hasta que este, entre los otros muebles más altos, cobró el aspecto de un nido atractivo, polícromo, de una molicie deliciosa. A continuación, del otro compartimiento del armario sacó perchas enteras con vestidos de noche, algunos antiguos, con bordados minuciosos, gruesos como brocados, otros de seda ligera, luego unas cuantas prendas más y gorros de piel. Eran la pelliza blanca con adornos negros y rojos, las gabardinas, una amarillo-limón y la otra crema, otra chaqueta de piel de zorro que Gina no llevaba al instituto y tres tabardos largos y acolchados, con capucha. En la parte inferior había incontables pares de zapatos, naturalmente los más caros: minúsculos, de piel brillante, algunos con pequeños adornos de metal. Renunció a arrastrar también la cómoda, no habría sido capaz con aquella infinita somnolencia en los huesos.

Todo estaba listo. La habitación parecía recogida para ser pintada. Rompió a reír a carcajadas histéricas, arrastrándose por las paredes desnudas y asombrándose del eco de su risa en la habitación devastada. Apenas se tenía en pie. Cogió el vestido amarillo, el más pesado y más arrugado y se lo puso. Se abrochó con desidia los cordones del cuello y de los puños. La falda le llegaba hasta los tobillos. Se pasó las manos por los pechos, por las caderas, se acarició, con la mirada perdida en el vacío, el cabello que le caía en rizos hasta los hombros. Se dirigió a la gran estufa de terracota y sacó el bidón que había escondido detrás de antemano. Regó a conciencia aquel montón de muebles y trapos y después, volviendo la cabeza para no inhalar los vapores del líquido amarillo-marrón, se lo volcó sobre el vestido. «Esto es todo», gritó. «¡Todo, todo!». Le entraron ganas de devolver y de hecho vomitó en una esquina de la habitación. Pero consiguió conservar la lucidez durante un rato más. Hizo una bola de papel con un periódico del suelo y se encaramó, colándose bajo la alfombra enrollada, a la tapa del piano para acurrucarse sobre la gruesa capa de ropa perfumada. Encendió con un mechero la bola de papel y la arrojó al suelo, entre el piano y el sofá. Cuando oyó el chasquido de las llamas, se colocó boca abajo, hundiendo el rostro entre las olas de telas embriagadoras.

Se durmió al instante.

  1. Obra del autor rumano Mihail Sădoveanu. ↩︎
  2. Caballo. ↩︎
  3. Es el personaje que trae los regalos a los niños en Navidad en Rumania. ↩︎
  4. El samanatorism fue un movimiento que reivindicaba la vuelta a la sociedad rural patriarcal frente a la decadencia de la vida urbana. ↩︎
  5. Verso de Michaux. ↩︎
  6. Poema de Dimov. ↩︎

Deja un comentario

Diseña un sitio como este con WordPress.com
Comenzar