Emil Popescu era arquitecto. Se había especializado en el diseño de fábricas de aceite y se puede decir, sin exagerar, que allí donde, en los últimos cinco o seis años, se hubiera construido en este país una fábrica de aceite se apreciaba, en la resolución de los problemas técnicos, la mano competente y el ingenio del arquitecto Popescu. Su pasión por proyectar fábricas de aceite venía de lejos. Lo había deseado fervientemente desde que era un crío cuya infancia transcurría a la sombra gigantesca de la fábrica de aceite en las inmediaciones de las cocheras de la ITB1 y del cine Melodía en Ştefan cel Mare. Era un edificio alto y recto, de ladrillo rojizo, sostenido por pernos de hierro, sin ventanas, rematado, a una altura de vértigo, por un frontón sombrío que parecía rasgar las nubes. La extraña construcción, plantada en medio de un solar vacío, era gemela del molino Dămbovita, que se encontraba calle abajo; ambas habían formado parte, un siglo atrás, del famoso molino Asan. Cuando, al cabo de años y años y gracias al creciente ambiente universitario, Emil Popescu comenzó a interesarse por la cultura, vio claramente la fábrica de aceite de su infancia en todos los edificios que se elevaban, infinitos y melancólicos, en las páginas brillantes de un álbum en cuya portada decía Giorgio de Chirico. Pero habían transcurrido años desde entonces y, hoy en día, el arquitecto Popescu, nacido en 1950, casado con la señora Elena Popescu, de nombre de soltera Deleanu, sin hijos, era reconocido como todo un especialista en su ámbito. Había proyectado también las fábricas de aceite de Kabul y de El Aghar, esta última la más importante de Egipto. De ahí que fuera respetado por sus colegas y ciertamente querido por sus subordinados. Sentimientos, naturalmente, teñidos de un cierto toque de envidia, inherente a cualquier trabajo, que daba lugar a algunos chismes no siempre justificados y, en todo caso, inmorales.
En cuanto a su vida familiar, el arquitecto era feliz. Se había casado por amor con una simpática moldava, una arquitecta especializada en proyectos de fábricas de leche, con la que se entendía de maravilla. Vivían en el barrio de Berceni, justo pasado Mărtior, en un apartamento de tres habitaciones amueblado con cierto gusto. El hecho de no tener hijos —aunque se casaron mientras estudiaban en la facultad— les había permitido ahorrar un poco; a ello había que sumar también los objetos de valor que Emil había traído de sus viajes profesionales a Turquía, Irán y Egipto, y Elena de la Unión Soviética y de Hungría. Así, los dos arquitectos habían reunido en su cuenta corriente, a lo largo de cinco años, una suma suficiente como para comprarse un Dacia, el sueño que siempre había albergado Elena. El día en que pudieron cumplir ese deseo fue, como decía Elena, casi tan maravilloso como el día de su boda. Al igual que entonces, se besaron largamente y brindaron con sus suegros y otros allegados con una copa de vino. El coche, de color crema, estaba aparcado en batería entre el Lada de Georghian, el del sexto, y el Wartburg morado del fotógrafo del otro portal, el propietario del bulldog Dolly. El Dacia tenía unas líneas encantadoras y los dos arquitectos lo contemplaban de la mañana a la noche desde su balcón. Era el más reluciente bajo el áspero sol de primavera, más aún que el Citroën del coronel del segundo, el coronel Boteanu, y eso que hacía que un soldado se lo lavara con una manguera todas las mañanas.
Emil Popescu se había inscrito en la autoescuela. Hasta obtener el permiso de conducir, salía casi a diario a dar vueltas alrededor de su coche, a pasarle un cepillito, a limpiar las huellas de barro que dejaban los críos que jugaban en la parte trasera del bloque y, sobre todo, a abrir la puerta y repantigarse en el asiento delantero, en cuyo salpicadero destacaba el fascinante volante, a inundarse el pecho de aquel olor íntimo, sensual, que desprendían las ruedas y la tapicería del coche. Cuando cerraba la puerta de golpe, el ruido del mundo cesaba y el arquitecto se sentía feliz en aquel espacio tierno y confortable en el que todo estaba a su servicio. Ni siquiera en el lecho conyugal se sentía mejor. También Elena le acompañaba algunas veces y allí permanecían ambos hechizados, una hora entera, como dos gemelos en el vientre de su madre. Casi no les interesaba poner el vehículo en marcha. Lo habrían mantenido así, aparcado en la parte trasera del bloque, para poder saborear de vez en cuando esos momentos de real y plena intimidad.
Los vecinos del bloque se habían acostumbrado también a la silueta delgada del arquitecto dando vueltas alrededor de su Dacia. Llevaba siempre los mismos pantalones cortos —unos vaqueros recortados—, siempre la misma camisa estampada que representaba, si la mirabas con atención, el Ateneo rumano con la estatua de Eminescu en la fachada. Era un joven de aspecto bastante insignificante: un rostro típico de rumano carpático, como quien dice. Moreno, con unas mejillas que siempre parecían sin afeitar, de mandíbulas prominentes, como si estuviera jurando entre dientes, con unos ojos faltos de expresión, de los que no podías decir sino que eran negros. Por aquella época se llevaba el corte con flequillo. Era lo suficientemente atractivo como para gustar a las checas y a las polacas que venían a la playa, y, de hecho, esta había sido más o menos su especialidad durante su época estudiantil. Acarreaba en una mano un cubo de plástico azul lleno hasta la mitad de agua y Perlán, en el que flotaba una esponja anaranjada. Daba vueltas en torno al Dacia, frotando y limpiando, en el tónico aire primaveral que provocaba la apertura de los capullos de todas las plantas del patio: las acacias y los setos.
Así era el arquitecto Emil Popescu. Todo lo que se podría añadir acerca de él resulta inútil e incluso ridículo. ¿Acaso importa que fumara «Cişmigiu»? ¿Que fuera hincha, no se sabe por qué, del equipo de fútbol S. C. Bacău? ¿Que tuviera la costumbre de leer todo lo que aparecía acerca de los archivos secretos de la historia y, sobre todo, acerca de la Gestapo y las SS? ¿Que estuviera abonado a la revista Lumeă? ¿Que comprara religiosamente las revistas Flacăra, Săptămăna y Magazin? ¿Que se tragara la programación completa de la televisión, de cabo a rabo? ¿Que no tuviera magnetófono en casa y que el tocadiscos perteneciera a la dote de su esposa, recibido junto con unos cuantos discos: Tangos famosos, Remo Germani, Los Paraguayos, Una carta perdida, Ion Cristoreanu, Tudor Arghezi, Rigoletto y Dentes? ¿Que se hubiera sentido atraído por una compañera divorciada pero que, después de la segunda cita, se lo hubiera pensado mejor y no hubiera vuelto a su casa? ¿Que no llevara nunca corbata? ¿Que, naturalmente, no soñara por las noches sino con los detalles de las prensas hidráulicas y los conductos utilizados en las fábricas de aceite? ¿Que tuviera unos compañeros con los que los viernes jugaba al bridge, bastante mal, por cierto? Todo eso eran pamplinas.
Una mañana de aquella primavera, antes de ir a trabajar, Emil Popescu se dirigió a la parte trasera del bloque para contemplar su coche una vez más. La víspera había bebido, en el cumpleaños de un amigo, un Cabernet albanés que le había sentado mal. Había notado los taninos en el hígado durante toda la noche y ahora, al alba, le dolía la nuca y una sensación de náusea le destilaba por el seno nasal. Pero el aire fresco lo espabiló a pesar del olor característico que llegaba desde los contenedores de basura. El coche crema brillaba apagado, geométrico, con los cristales relucientes, junto a la barra de sacudir alfombras, entre el Lada y el Wartburg. El arquitecto sacó la llave plateada y abrió. Depositó el maletín junto a la rueda y entró un momento en el coche. Encendió los faros y jugó un rato con las cortas y las largas. Puso en marcha el limpiaparabrisas y luego la radio. Una voz masculina hablaba sobre el tiempo. El arquitecto sonrió. Todo estaba en orden. Presionó entonces, brevemente, el disco del centro del volante, bajo cuyo plástico sobresalía en relieve el emblema de la UAP2. Brotó el sonido de tenor del claxon, que no cesó cuando Emil Popescu levantó el dedo índice del disco. El ruido persistía monótono, estridente, cortando el aire oscuro de las seis y media de la mañana. El arquitecto apretó desesperado el disco de plástico varias veces, pero sin resultado. Creyó enloquecer. Salió rápidamente del coche, cuyos faros olvidó apagar e, impotente, empezó a dar vueltas en torno a él. Al cabo de un minuto de estruendo insoportable, en las ventanas y los balcones empezaron a aparecer ciudadanos en pijama que le gritaban algo, pero el arquitecto no podía entender nada por culpa del claxon. El joven quería que se lo tragara la tierra. Abrió el capó del Dacia y empezó a toquetear al tuntún los cables amarillos, negros y rojos, aislados con plástico grueso, que se enroscaban aquí y allá. El olor a gasolina y el ruido amenazaban con hacer que le estallara la cabeza. No sabía cuáles eran las conexiones del claxon, así que cada vez se iba poniendo más nervioso y más nervioso. Se sentía fatal. También Elena había bajado, en bata, y se agitaban ambos, aturdidos, junto al monstruo aquel que mugía sin cesar. Una patatita golpeó el capó del Dacia y rebotó a un lado. Se la había lanzado alguien desde un balcón porque todo el bloque se había despertado ya y hombres sin afeitar, mujeres sin maquillar y niños sin lavar increpaban a los infelices propietarios del Dacia. Finalmente, el coronel Boteanu, en camiseta de tirantes y pantalones de pijama, bajó a la parte trasera del bloque, apartó a Emil Popescu sin decir una palabra y con un solo gesto, como de mago, que realizó en la oscuridad del motor, cortó el sonido y, a continuación, se marchó con aire despectivo. Con el silbido aún en los oídos, los dos pudieron oír por fin lo que les gritaban los de los balcones. No eran cosas agradables precisamente.
Aquel día, Emil Popescu no rindió en el trabajo como solía. Delante del tablero, contemplando el vaso de plástico lleno de lápices de todas las durezas, jugueteando con los compases Richter y con el estuche de los rotring, siguiendo ausente, sobre el papel vegetal, las miles de líneas del proyecto en el que estaba trabajando, el arquitecto se descubrió agotado. Su mente seguía anclada en la escena matutina.
Le obsesionaba el sonido estridente y uniforme del claxon. Comenzó a pensar en todo tipo de bocinas, desde los timbres de las bicicletas, que emitían un sonido como de despertador, a los de la bola de goma con que estaban dotados los cacharros de los «Famosos Cómicos de la Historia». Cuando llegó a casa le pidió a su mujer, a la que no se atrevía a mirar a los ojos, la documentación del coche. Hojeó las brillantes páginas de los folletos, llenos de fotografías a color mal montadas que representaban el Dacia 1300 desde todas las perspectivas; leyó distraído el texto repleto de faltas de ortografía pero encontró muy pocos detalles respecto al claxon. Al parecer era de tipo corriente, electromagnético, fabricado por la empresa Electrobobinas de Bucarest. Disgustado sin saber muy bien por qué, el arquitecto buscó toda la noche motivos de discusión y se acostó en el sofá del comedor. Se quedó dormido tarde, con el cuadernillo abierto sobre el pecho.
Al día siguiente, después del trabajo, pasó por Electrobobinas. Conocía bien la empresa, de niño había robado imanes y cables de cobre allí, tras saltar la tapia de hormigón, y había realizado allí las prácticas del liceo. En la actualidad era una cooperativa en la que decenas de trabajadores se dedicaban a enrollar unas bobinas gigantescas. Olía constantemente a cobre y a cartón impregnado de aceite. El arquitecto habló con un encargado ya mayor que le dio todos los detalles pertinentes sobre los distintos tipos de cláxones. Cuando descubrió que había también cláxones musicales que contenían diversas cornetas eléctricas y que podían tocar una frase melódica, Emil Popescu se sintió, ni siquiera él podía explicarse por qué, entusiasmado. Le suplicó al encargado que le dijera dónde podía conseguir un claxon así. El encargado lo envió adonde un chico del Servicio-Auto de Colentina, en la calle Nicolae Apóstol, que se ocupaba de ese tipo de tejemanejes. Emil Popescu pudo esperar a duras penas a que llegara el día siguiente. Se pasó la noche dando vueltas y más vueltas, anhelando fervientemente el claxon milagroso. Por la mañana llegó al trabajo dos horas tarde —por primera vez en su vida— y se dirigió disparado al Servicio-Auto. El chico podía conseguirle lo que buscaba, sí, se trataba de un modelo Gordini con seis trompetas niqueladas que entonaban las primeras notas de la Marcha triunfal de Aida. En realidad, el chico podía conseguírselo, pues conocía a un italiano que necesitaba dinero. En una semana más o menos le comunicaría al arquitecto el resultado de sus pesquisas. Naturalmente, puesto que se trataba de un objeto extranjero, tal vez resultara algo caro. Emil Popescu le dijo que pagaría lo que fuera y le metió un billete de cien lei en el bolsillo de la bata porque necesitaba ir sobre seguro. Se fue a casa feliz y a la vez infeliz, pensando espantado en cómo iba a pasar la semana, y tarareó toda la noche, obsesivo, «Gloria all’Egitto, ad Iside che il sacro suol protegge!».
Al cabo de tan solo cuatro días, el arquitecto recibió la esperada llamada. Se apresuró a acudir a la calle Nicolae Apóstol donde, en uno de los sucios talleres llenos de coches colocados sobre barricas y plataformas telescópicas, le esperaba el chico del buzo grasiento. Le mostró una curiosa maquinaria, una especie de placa de ébano de la que sobresalían, por uno de los lados, seis pequeñas trompetas de cobre y, por el otro, un montón de cables eléctricos. Conectada a la corriente eléctrica, la maquinaria emitía a una velocidad burlona las marchas verdianas. A su alrededor se habían arremolinado varios mecánicos, otros clientes e, incluso, algunos alumnos de la escuela colindante al Servicio-Auto. Todos admiraban el pequeño objeto sonoro. El arquitecto regresó a casa acompañado por el joven mecánico y este le montó bajo el capó del Dacia el nuevo claxon. Al presionar el disco central del volante, aquello desencadenó una verdadera oleada de sentimientos contradictorios entre los vecinos, unos sentimientos que iban desde la admiración hasta la envidia pasando por la furia sagrada. También Elena se presentó en el callejón del bloque. Ya había notado que a su esposo le pasaba algo pero no sabía de qué se trataba y, en consecuencia, tampoco había sabido cómo reaccionar. Sin embargo, cuando descubrió cuánto había costado el capricho aquel de su marido, adoptó la actitud correspondiente, heredada de su madre, que se plasmaba en una mímica, unos gestos y, sobre todo, en unas palabras que cualquiera habría juzgado sin dudarlo exageradas. Un salario entero se había esfumado con el chisme ese del italiano. Pero Emil Popescu no se planteaba siquiera devolverlo —tal y como le había sugerido Elena en tono amenazante—, sino que, arrellanado en un dolce farniente en el asiento del coche, se dedicó a tocar el claxon sin parar, escuchando con la voluptuosidad de un melómano la pequeña frase de la célebre marcha.
Naturalmente, un buen día el arquitecto se aburrió de Verdi y empezó a buscar otras cosas. Elena sufrió horrorizada, sucesivamente, el esbozo alegre y primitivo de La Marsellesa, Yankee Doodle y God Save The Queen, que brotaban de otras tantas cornetas musicales. El gasto no era ya tan elevado porque ahora las intercambiaba con otros conductores a los que localizaba Dios sabe dónde. Es más, en una ocasión, Elena vio desde el tranvía 21 a su marido que, en lugar de estar en el instituto, daba vueltas alrededor del reloj eléctrico de la plaza Bucur Obor para escuchar cómo sonaba cada cuarto de hora una conocida canción. Las cosas se iban tornando trágicamente complicadas para la valiente esposa, que se resistía a reconocer aún, en su fuero interno, la triste verdad. Toda la historia de los cláxones duraba ya más de seis meses, periodo en el que el arquitecto, cada vez más nervioso y más insatisfecho, había cambiado ocho aparatos semejantes. La felicidad del principio se transformó en odio y veneno. Acosado por los vecinos, que lo amenazaban con denunciarlo en el juzgado, por sus jefes, que no estaban contentos con su rendimiento ante el tablero, por su mujer, que le había dado un ultimátum doméstico y se negaba a cocinar, a fregar y a cumplir otros deberes matrimoniales, el arquitecto no obtenía siquiera consuelo de su pasión. Había alcanzado en poco tiempo una cima que ya no podía sobrepasar. Había probado en su Dacia los cláxones más modernos y complicados que se fabricaban en el mundo, incluso el famoso producto de la casa Toyota, ese que entonaba el estribillo de la melodía Satisfaction de los Rolling Stones. Y no era tanto la banalidad y el carácter limitado de la oferta lo que irritaba al arquitecto Emil Popescu cuanto la actitud pasiva que el propietario del claxon se veía obligado a mantener en la puesta en práctica de sus derechos. Este era el gran defecto de todos los cláxones existentes en el mercado. ¿Cómo no se le había ocurrido a nadie que tal vez el hombre al volante podría estar harto de ser tan solo un dedo que aprieta un botón, que tal vez querría colaborar con el coche, transformarse en un auténtico creador?
Quizá preferiría componer él solo la melodía de su claxon, una nueva cada vez según su estado de ánimo, su talento personal, sus gustos. Dándole vueltas y más vueltas y mordiéndose los puños en las largas noches en las que apenas conseguía cabecear un par de horas hacia el amanecer, el arquitecto imaginó un claxon construido a partir de unos principios absolutamente novedosos. Tenía que estar provisto de unas teclas como de piano, y cada tecla estaría conectada a una de las pequeñas trompetas eléctricas.
Al día siguiente, por la mañana, hizo una visita a su primo Virgil Ciotoianu, que vivía en el bloque ALMO 3, encima de los almacenes de Bucur Obor, y que se ocupaba de reparar televisores. Antes de entrar en materia, el arquitecto admiró la fotografía de la pared del comedor: representaba un lago rojo como la sangre en medio del ocaso y un pino gigante, negro como la pez. Hablaron sobre los nuevos televisores a color. Finalmente, Popescu le comunicó lo que había estado planeando, pero el técnico, tras pensárselo un momento, desagradablemente sorprendido por la original idea de su primo, le preguntó por qué no se compraba un piano para interpretar en su casa todo lo que quisiera. En cuanto al claxon, más le valía sacarse el carné cuanto antes porque el coche se le estaba oxidando para nada. Pero Emil Popescu no se dio por vencido sino que, paciente, volvió a explicarle las carencias de los cláxones de hoy en día; él no quería tocar el piano sino, de hecho, mejorar la técnica de tocar la bocina y ofrecer ese servicio a millones de automovilistas. Por fin, acordaron que el arquitecto se compraría un órgano eléctrico y que el técnico se lo instalaría en el salpicadero del coche. Naturalmente, le explicó este, el coche quedaría prácticamente inservible, habría incluso que desechar el volante porque, de lo contrario, el keyboard del órgano no cabría. El arquitecto, de acuerdo con todo ello, insistió en que su primo fuera cuanto antes a montarle el órgano y derramó sobre la mesa, con un gesto exaltado, el vaso de ginebra búlgara que le había ofrecido Virgil Ciotoianu.
Cuando el arquitecto se fue, el técnico mantuvo una larga conversación telefónica, en tono apagado, con la señora Popescu. Sus voces rezumaban preocupación.
Como consecuencia de todo aquello, Elena amenazó al arquitecto con que, si tenía la intención de destruir el coche, ella se divorciaría de él sin pensárselo dos veces. Él intentó explicarle que se trataba de un experimento, pero ella no quiso siquiera escuchar sus explicaciones. Es cierto que tampoco se divorció cuando su pariente vino un domingo con el maletín profesional en el que había un soldador, hilo de coser, un destornillador con bombilla, transistores, diodos, cobre, aceite especial, disolvente, cinta aislante, tenazas, alicates, un juego de destornilladores y un cuadernillo de facturas con un lápiz y un papel de calco. El órgano Reghin, comprado directamente en la tienda Muzica por Emil Popescu, esperaba en el hall del apartamento, apoyado en vertical sobre la pared de la cocina. Parecía una placa de madera con láminas de un marrón muy brillante que hacía bonitas aguas y de la que sobresalían, conmovedoramente puras en su blancura y su color ébano, las teclas, dispuestas en dos filas. Eran más o menos las dos del mediodía cuando los dos hombres, uno loco de emoción y el otro con cara de funeral, acarrearon el órgano hasta la calle y lo apoyaron en la carrocería crema del Dacia 1300. La instalación duró más de tres horas pero finalmente, hacia las cinco y pico, los vecinos que se burlaban desde las ventanas y los balcones pudieron oír las primeras notas cacofónicas emitidas por el órgano bajo la presión de los torpes dedos del arquitecto. Afortunadamente, amplificado por un altavoz que le había costado también una fortuna, el volumen podía ser regulado a voluntad, así que los vecinos no se enfadaron al ver que el arquitecto, extravagante como era, no se había dignado a salir de su cabina con teclado ni siquiera con la caída de la noche y que seguía emitiendo en sordina sonidos y más sonidos, fascinado por su nueva ocupación. Durante todo este tiempo, más o menos a doce metros sobre el suelo, en el apartamento de los dos arquitectos, la señora Elena Popescu, de soltera Deleanu, derramó gruesas lágrimas que empaparon la almohada bordada del dormitorio. Ya no podía soportar los insensatos gastos de su marido. Se había hartado de andar corriendo de acá para allá, de trabajar, se había hartado de la vida y pensaba, desesperada, que su marido —no cabía duda— estaba enloqueciendo a ojos vista.
Serían las tres de la madrugada cuando, muerto de hambre y de cansancio, franqueó el arquitecto Popescu la puerta del apartamento. Devoró en la cocina, de pie, lo que encontró en la nevera, sin elegir, pues tenía la mente llena de sonidos. Había tocado horas y horas las teclas negras y blancas, de una en una o varias a la vez, sintiéndose como un adolescente que se despierta inesperadamente en el lecho de su primera conquista. Habría querido quedarse allí toda una eternidad, probar todas las combinaciones posibles tocando las teclas de una en una, luego de dos en dos, luego de tres en tres… Algunas sucesiones de sonidos le alegraban como si las conociera de antes y las hubiera esperado largo tiempo, pero otras, la mayoría, le herían y ofendían no solo el oído sino todo su ser. Se tumbó en el sofá del comedor y se quedó dormido rápidamente, por primera vez en varios meses.
Todos los días, después de trabajar, Emil Popescu se sentaba en el cómodo asiento del Dacia y retomaba, en sordina, lo que ya había bautizado como el «claxonado». Cuando, al cabo de varias décadas, se le dedicaron al arquitecto ingentes cantidades de estudios, monografías, comentarios, artículos, tesinas y tesis doctorales, diez y cien veces más que a Dante, Shakespeare y Dostoievsky juntos, esos meses de tanteo sotto voce de las teclas del órgano Reghin recibirían el nombre de «periodo subterráneo» o underground en la actividad del arquitecto. Un vecino, un viejo conocido, venía a veces a hacerle compañía, tomaba asiento a su izquierda y se asombraba siempre de lo raro que era aquel coche que, en lugar de salpicadero y volante, lucía en primer término un teclado de órgano. Sin interrumpir ni un solo instante la zarabanda de ruidos, el arquitecto le explicaba con paciencia que la función fundamental del coche no era, como se considera habitualmente, la de recorrer distancias cortas, la de desplazar a un hombre de un lugar a otro del espacio. Esta es únicamente su función secundaria y, si lo piensas dos veces, es en último término inútil. La nobleza del coche radica precisamente en que se puede tocar el claxon, es decir, comunicar y comunicarse. El sonido del claxon, tal y como lo concebía Emil Popescu, era la voz, hasta ese momento reprimida y ahogada por el hombre, reducida a un simple sonido animalesco, gutural, pero a partir de ese instante libre, digna y soberana, del coche. Nos quejamos constantemente de la invasión de la tecnología, de la falta de diálogo con nuestros coches, pero no nos hemos planteado ofrecerles a estos la posibilidad de expresarse. No es absolutamente necesario que el coche funcione, pero es un derecho elemental que pueda expresarse. Cuando su demostración llegaba a este punto, al arquitecto le brillaban los ojos de una forma tan extraña que el vecino se despedía a toda prisa y volvía a su apartamento donde, sin saber muy bien si reírse o bien compadecerse del pobre infeliz, se sentía perturbado el resto del día.
El período underground se prolongó hasta la primavera del año siguiente. En cuanto brotaron las hojas del seto y de las acacias en la trasera del bloque, Emil Popescu subió el volumen de los altavoces de tal manera que lo que tocaba podía oírse en un radio de varios metros alrededor del Dacia. Ello, sin embargo, no molestaba a los vecinos del bloque. Muchos de ellos habían adoptado la costumbre de pasar cada tarde junto al coche del arquitecto, asombrados de repente por la penetrante armonía que empezaba a ir tomando forma, de un modo más puro, más prístino, cada día que pasaba. Los primeros días de la primavera el arquitecto retomó con obstinación, monótono pero seductor, la misma serie de notas que parecían crecer unas de otras y que transmitían un curioso estado de ataraxia. «Parece mismamente Pink Floyd» se sorprendían los chavales, pero rápidamente se daban cuenta entre risitas de que se trataba de un Pink Floyd «de tercera». Indiferente a los comentarios, nuestro héroe retomaba un día tras otro, con evidente entusiasmo, la serie de notas, que relucían apagadas y profundas. Telente, el gitano violinista del portal 6, que tenía tres hijas cargadas de zorros plateados, presumibles tributos de las increíbles filas de hombres que hacían cola en la puerta de su casa día y noche, había escuchado con atención la música del arquitecto maldiciéndolo a veces, por pura admiración profesional, bajo su bigote a lo Sile Dinicu. Era una simple gama, eso ya lo sabía él, pero una gama que no había escuchado jamás. En el restaurante Hora, donde actuaba, Telente esbozó en un descanso la serie de diez notas que había aprendido tras escuchar a Emil Popescu. Durante unos segundos, los cuchillos y los tenedores de la abigarrada clientela de este restaurante se quedaron inmóviles, como si el tiempo se hubiera disuelto de repente, pero el músico, asustado a su vez, se apresuró a retomar la pieza Tango de hace tiempo, que siempre tenía éxito entre el público. Cuando acabó la actuación, Telente se tomó una cerveza con su grupo; poco tiempo antes habían contratado a un saxofonista nuevo, un chico bastante formalito que, tras finalizar el conservatorio, había renunciado a ocupar su plaza de profesor de música en el pueblo de Argăeni, en la provincia de Bacău. Pero sus compañeros de la banda, aun así, seguían llamándole «Profesor», y presumían de contar entre sus filas con alguien que sabía leer música, sin tonterías. Aquella noche, el Profesor le preguntó a Telente, como de pasada, qué gama había tocado después de Something, su versión de los Beatles. Telente se moría de ganas de contarles el espectáculo de su bloque con el arquitecto del tercer portal. El Profesor le escuchaba distraído, pensando en lo irónica que era la historia y recordando un pasaje de Gerontion de Eliot. Sí, solo artimañas, trampas y caminos sinuosos… La gama que le aseguró una vez la gloria a Pitágoras, la famosa escala musical de diez sonidos correspondientes a un planeta cada uno (el último sería el misterioso Antichton y el primero el propio Sol) y un segmento a la derecha que se encontraba en relaciones armoniosas con los demás, según la regla de la Razón Aurea, había sido reinventada ahora por un maníaco que la interpretaba hasta el infinito, como un disco rayado. En cuanto llegó a casa, si es que podía calificarse como casa a su cuartucho de dos metros por metro y pico, con las paredes atestadas de libros desencuadernados y un póster que representaba a San Agustín contemplando los pechos desnudos de una mujer de quién sabe qué revista obscena colgado en la puerta sucia, el Profesor apuntó en su diario unas líneas sobre lo que habían comentado en el restaurante. Pero se detuvo en la mitad de una frase porque a las once llamó a la puerta su amiga Iolanda, recientemente divorciada y deseosa de mucho, mucho amor.
Durante todo este tiempo, Elena, la buena esposa del arquitecto, había consultado a un montón de psiquiatras a los que había conseguido atraer con diferentes excusas para que trataran al arquitecto. Había división de opiniones entre ellos. No se trataba, ciertamente, de un caso lo que se dice habitual. La mayoría se inclinaba por hablar de una monomanía del tipo que afecta a los coleccionistas de cactus o de sellos pero, ¿quién podría precisar la frontera entre un simple hobby y la manifestación de una auténtica patología? Se conocen muchos ejemplos de pasiones absurdas que pueden conducir, sobre un fondo de normalidad, a manifestaciones de locura. ¿Cuántos no han arrojado su televisor por la ventana durante un partido de fútbol? Hay también casos de pensionistas que se han suicidado tras perder una partida de tablas reales. Así que Elena haría bien en ser comprensiva mientras su marido siguiera haciendo frente a sus problemas en el trabajo y respondiera en las convenciones sociales de la vida familiar. En definitiva, no podía olvidar que había aceptado a Emil Popescu como esposo para lo bueno y para lo malo, y tenía que dar por seguro, además, que si lo declaraban enfermo mental, el cuidado del arquitecto recaería también en su familia, pues su delirio no representaba un peligro para la sociedad. No tenía que darse prisa por divorciarse, mejor que esperara, al fin y al cabo habían emprendido muchas cosas juntos y no se puede abandonar a un hombre como si fuera un perro por una fruslería así. Hay hombres peores, que engañan a sus mujeres, que beben, que practican perversiones sexuales; cuántas mujeres no preferirían que los tunantes de sus maridos se pasaran toda la tarde tocando el… en fin, cualquier cosa. Ante estos consejos profesionales, que encontraban eco también en los de la familia, la pobre mujer se resignó a seguir esperando una temporada más. Pero ya era muy difícil. El arquitecto ya no era el mismo, no le interesaba nada relacionado con ella o con los asuntos domésticos. Durante un tiempo intentó volver a dormir con él, mostrarse incluso tierna, pero él no solo no parecía albergar ningún tipo de deseo amoroso por ella, sino que no parecía siquiera consciente de que algo así existiera. Con el paso del tiempo fue perdiendo las más elementales nociones de humanidad. Cada mañana, por ejemplo, había que recordarle que se afeitara.
Telente pasaba ahora todos los días junto al Dacia crema y, antes de dirigirse a la parada del trolebús 95, que lo dejaba en el centro, escuchaba unos cuantos minutos las frases musicales del arquitecto intentando desentrañarlas. Se había dado cuenta enseguida de que este no repetía infinitamente la misma gama sino que componía, dando muestra de una evidente evolución técnica, pequeñas piezas curiosas a partir de las primeras improvisaciones. Sus dedos, torpes y agarrotados al principio, se habían vuelto ágiles y finos, y se le habían puesto las yemas duras como el marfil. Aun así, las melodías parecían no tener ritmo, fluían, en notas aisladas o incluso dobles, formando arrastradas letanías. El músico, partidario de las piezas endemoniadas, de los glissandos y los trémolos gitanos del cabaré, no podía con aquello que producía Emil Popescu. Retuvo, sin embargo, un fragmento que parecía más conseguido y más melodioso que el resto, y se lo interpretó, como una rareza, al Profesor, después de que cerraran el local aquella noche. Esta vez el saxofonista aguzó el oído porque la melodía le resultaba conocida. No, no podía tratarse de una coincidencia. Una vez cada mil años podía alguien, tocando las teclas al azar, reproducir una escala de diez sonidos; pero aquello era totalmente diferente. Se marchó preocupado y, en su semisótano, repasó los apuntes del conservatorio sobre música arcaica. Repitió unas cuantas veces con el saxofón (su gran drama era la falta de un piano, pero de cualquier manera no habría tenido dónde colocarlo) unas cuantas frases de la melodía que, en ese instrumento bárbaro y sin embargo refinado, sonaban inéditas, penetrantes. Excitado, apuntó en su diario que «el mismo maníaco» había conseguido la curiosa hazaña de reinventar, nota a nota, a través de quién sabe qué intuición parapsicológica, la partitura del único himno órfico que nos había llegado de la Antigua Grecia. Debe de tratarse verdaderamente —siguió escribiendo el Profesor— de algo parecido al «don de lenguas», o a esas visiones detalladas que tienen algunas personas de ciudades que no han visitado jamás. Al día siguiente le pidió a Telente que le pusiera en contacto con el curioso organista automovilístico.
El encuentro del Profesor con Emil Popescu pasaría a los anales de la historia. No se puede precisar el papel que el joven saxofonista desempeñó en la popularización de la gigantesca obra y la personalidad del arquitecto. Ya con las primeras notas que brotaron del órgano, y que escuchó sentado en el asiento delantero del coche, adonde había sido amablemente invitado, el Profesor intuyó lo que de hecho sucedía, pues tras tocar un par de veces el himno órfico, el organista pasó inesperadamente a otra cosa. Era una gama nueva en su repertorio pero que en realidad tenía miles de años de antigüedad, una gama que podía escucharse, convertida en canción, en tierras de Asia Menor desde los tiempos arcaicos. Tras interpretar varias veces la gama menor, Emil Popescu pasó a improvisar a partir de ella. El Profesor le hizo unas cuantas preguntas pero por las respuestas del arquitecto comprendió que este no sabía en realidad que estaba componiendo música. Transportado, no callaba con sus teorías sobre los diferentes aspectos de la relación hombre-coche a través del claxon. Lo que él hacía no era sino tocar el claxon moduladamente, según le dictaba su intimidad con el automóvil. No se podía sacar mucho más de él. Hacía caso omiso a los intentos del Profesor por hablar de gamas y melodías, pero al mismo tiempo sus dedos trazaban en el aire veraniego una peana dedicada a Apolo en la que el saxofonista reconoció una composición de Onesícrates. Solo por la tarde se obligó a marcharse pero, a partir de entonces, el Profesor vendría cada día a escuchar las fantásticas creaciones del organista. Por las noches, cuando no era asaltado por la bella y sensual Iolanda, el joven leía y releía sus manuales de historia de la música, hacía una marca en el estadio al que había llegado el arquitecto e intentaba incluso prever los pasos que daría a continuación. Porque, tras agotar las fases sucesivas de la música antigua, una tarde Emil Popescu cogió por sorpresa al saxofonista con los primeros sones de un cantus planus gregoriano, en un torrente de inconfundible grandeza. Más o menos por esta época empezaron los vecinos del bloque a interesarse de nuevo por el excéntrico inquilino, sobre todo las viejas, a las que la música «de iglesia», aunque distinta a la que ellas conocían, comenzaba a gustarles bastante. Así que todas las tardes, durante más o menos dos semanas, junto al Dacia del arquitecto uno podía ver a un grupo de abuelitas dormitando en sus sillas de cocina.
Para el Profesor ya no había duda. Abandonó su trabajo, desbarató su vida y dejó incluso a Iolanda para estar siempre cerca del arquitecto. Su diario, en el que hasta entonces había anotado tan solo los libros que leía o las impresiones de los conciertos, además de algunos asuntos amorosos —y esto una vez por semana—, crecía ahora hasta alcanzar las proporciones de una novela-río. Todo estaba allí, en un revoltijo de texto y pentagramas torcidos que marcaban las inverosímiles explosiones del espíritu por las que Emil Popescu pasaba de una etapa a otra, de una mentalidad a otra, de unas convenciones a otras, repitiendo, redescubriendo paso a paso la historia misma de la música. En una confusión aparentemente inextricable, gamas, ejercicios de armonía y contrapunto se enlazaban una tarde tras otra, hasta bien entrada la noche, en el aire oscuro de la trasera del bloque; resplandecían unos diez minutos en una melodía límpida como el diamante para volver a confundirse luego en búsquedas e inquietudes piadosas de las que el arquitecto no tenía ni idea. Las estaciones daban vueltas mezclando sus colores, enrollando las nubes en un cielo siempre distinto, pero cada atardecer y cada salida de las estrellas encontraba a esos dos tras el parabrisas del Dacia 1300, que últimamente había adoptado un aspecto descuidado, con la carrocería cubierta de polvo. Menos mal que el Profesor se ocupaba de recargar la batería de vez en cuando y de pasar una esponja por el metal pintado de beis para que no se oxidara del todo. Los críos que jugaban detrás del bloque se habían ocupado, tiempo atrás, de rajar las cuatro ruedas del coche, que había devenido inservible para circular.
También Elena venía algunas veces y se subía al asiento trasero. De un tiempo a esta parte aparecía cada vez más, no tanto por escuchar las sofisticadas melodías de su esposo —que estaba precisamente atravesando la furia contrapuntística de Dunstable, Palestrina, Dufay, Ockeghem, Josquin Des Prez y, sobre todo, Orlando di Lasso, superponiendo unos acordes casi alquímicos—, como porque empezaba a sentirse atraída, por qué no decirlo, por el romántico rostro del joven saxofonista. Hacía tiempo que ella se había dado cuenta de que, mientras interpretaba, Emil Popescu abandonaba prácticamente el mundo concreto, permanecía ciego y sordo a cualquier estímulo exterior. Le dijeran lo que le dijeran, él mascullaba el mismo texto con el claxon, cada vez más oscuro, más delirante. Así que no dudó demasiado en quejarse de su marido al Profesor, que la escuchaba al principio con una oreja, luego con las dos, sin comprender demasiado. Pero cuando abrió los ojos del todo o, mejor dicho, cuando los levantó del periódico, se mostró bruscamente interesado porque Elena tenía unos pechos hermosísimos. Se parecían a los de la chica de la fotografía que estaba obligado a contemplar el pobre Agustín en la celda subterránea del joven. Pero estos pechos no habían sido tocados en un montón de tiempo. Cuando el saxofonista, tras unas cuantas tardes de tanteo y de intimidad espiritual cada vez más turbia, rozó su rostro con el dedo (al final también él se había sentado en el asiento trasero), fue Elena la primera que hizo el gesto de buscar su boca con los labios entreabiertos. Hicieron el amor allí mismo, con los primeros acordes del Adagio del Concierto para piano y orquesta en Mi mayor de Bach.
A partir de entonces el trío se hizo inseparable. Cuando volvía de trabajar, Elena solía encontrarse ya a los dos en el coche. Desde que le había dado por interpretar a Bach —y lo interpretaba desde hacía más de un año—, los vecinos se habían vuelto todos unos melómanos; incluso habían llegado a pedirle que subiera durante unas horas, hasta la caída de la noche, el volumen de los altavoces, para poder deleitarse con su música.
El profesor escribía sin cesar. Había publicado ya en Magazin, en la sección de cartas al director, una notita referente al fenómeno musical de la parte trasera del bloque de Berceni. Envió después un artículo a Flacára, que lo publicó la semana siguiente, atrayendo la atención de los foros profesionales sobre este caso. Como era cada vez más difícil comunicarse con el arquitecto, y como el saxofonista había recibido trescientos ochenta lei por el artículo, asumió la tarea de representante artístico de su extraño amigo. Puesto que se trataba de la inofensiva y siempre útil música clásica, el arquitecto entró finalmente en el circuito de las emisiones para la radiotelevisión, así que poder disfrutar de un concierto interpretado al órgano eléctrico los sábados por la tarde o los jueves por la mañana, en el tercer canal, por el artista aficionado Emil Popescu, se había convertido en algo bastante habitual. La radio mataba varios pájaros de un tiro con estas transmisiones. Desarrollaba una labor de educación musical y demostraba al mismo tiempo que entre el pueblo siempre aparecen nuevos talentos. Asomaba también la evidente calidad de los instrumentos musicales que producía nuestra fábrica de Reghin.
Al año siguiente la televisión popularizó por primera vez el rostro del arquitecto en millones de hogares del país. Las camionetas de los reporteros, seguidas por decenas de vecinos en pijama, se detuvieron delante del bloque y tendieron unos largos cables, azules y naranjas hasta la parte de atrás, donde dos camarógrafos hacían parpadear la luz verde del objetivo. El reportero, tras hablar con evidente pasión durante un rato, de cara a la cámara, intentó entrar en la cabina del Dacia para charlar con el arquitecto. Pero el Profesor y Elena le explicaron que el maestro, cuyos dedos increíblemente largos estaban pulsando en aquellos momentos las teclas nacaradas, no podía ser molestado en su trance. Finalmente, la televisión se conformó con un reportaje de un cuarto de hora en el que se hablaba de Mozart sobre el fondo musical del arquitecto.
También por aquel entonces se dio cuenta Elena de que estaba embarazada. Al principio se asustó, pero el saxofonista, que ahora ya no actuaba nunca, sino que por las mañanas correteaba entre la radio, la televisión y diversas redacciones, y por las tardes llenaba meticulosamente su séptimo u octavo cuaderno con notas y pentagramas, el Profesor, pues, que dormía desde hacía unos meses ya directamente en casa del arquitecto, la tranquilizó y decidieron juntos lo que se imponía desde hacía tiempo: Elena le pediría el divorcio a su marido. El proceso de divorcio no fue excesivamente largo, duró unos ocho meses, pues los hechos eran evidentes y el embarazo de Elena avanzaba a buen ritmo. El reparto satisfizo a ambas partes: a Elena le quedaba la casa con todos sus muebles y a Emil Popescu, el coche, además de una compensación económica que ella se veía obligada a asegurarle en forma de pensión completa, que incluía tres comidas al día y alojamiento por la noche. Así que, de hecho, y a efectos prácticos, lo único que había cambiado era el estado social de los tres implicados, que pronto serían cuatro. Este divorcio insólito provocó bastante escándalo, por supuesto, y todo habría desprendido un cierto tufillo a promiscuidad si la opinión pública no se hubiera familiarizado entretanto con la insólita persona del arquitecto.
Este había cambiado mucho en los seis años transcurridos desde el primer claxonado fatal de su Dacia. Había engordado muchísimo, aunque apenas se alimentaba; la piel de la cara se tensaba sobre las mejillas, los ojos, cada vez más juntos, habían adquirido una mirada fija, ajena a este mundo. La telilla de araña de una barba rala, con pelos increíblemente largos, se le enredaba por las mejillas. Pero lo que empezaba a sobrepasar incluso lo patológico para llegar a lo teratológico eran sus manos. Los dedos se le habían estirado hasta alcanzar los treinta centímetros de largo. Extendidos cubrían el teclado entero sin mucho problema. Unas cuerdas gruesas, entrelazadas de músculos movían sus falanges, contrayéndolas y relajándolas a una velocidad increíble. Apenas se podían distinguir ya las puntas de los dedos correteando por las frías teclas como las patas nerviosas de un mosquito. Con aquellas manos monstruosas, Emil Popescu ejecutaba conciertos enteros de Beethoven y Tchaikovsky sin haberlos escuchado antes, reinventándolos en un estado de continua alucinación. Cuando interrumpía su interpretación, los dedos, que le llegaban ya hasta las rodillas, parecían dolerle de forma insoportable, así que al cabo de un par de años el arquitecto había abandonado su trabajo y se había desligado de todo vínculo con la vida social corriente. Ahora tocaba sin parar, día y noche. En la sección de curiosidades de todos los principales periódicos y revistas aparecieron breves notas sobre el organista rumano. Reporteros del New York Herald Tribune, de Life, de Strange Astonishing Stories Magazine, de Paris Match y de Penthouse empezaron a merodear por la trasera del bloque de Berceni, lanzando flashes cegadores con sus sofisticadas máquinas de fotos, grabando películas de video y cintas enteras de magnetófono con la maravillosa música del arquitecto y con sus incoherentes balbuceos. El Profesor daba vueltas a su alrededor, les «traducía» las palabras del organista y, hacia el comienzo de la primavera, publicó simultáneamente en París y en Londres los apuntes de sus cuadernos bajo el título de Un génie aux portes de l’Orient y A Man of Genius at The Gates of Orient, respectivamente. El éxito impensable que, tanto entre los músicos como entre los profanos, obtuvieron estas ediciones, seguidas inmediatamente por otras en la más diversas lenguas, hizo que Emil Popescu se convirtiera en el hombre del momento en todo el orbe.
En los años que siguieron, el saxofonista, casado entretanto con Elena, que criaba tranquila a su hijo, viajó por todo el mundo impartiendo, incansable, una conferencia tras otra. Emil Popescu se convirtió así en el artista rumano más conocido en el extranjero, y una firma japonesa le regaló un maravilloso sintetizador Mishiba para que pudiera aumentar sus posibilidades expresivas. Tras un viaje en avión y en varios camiones, el gigantesco instrumento, de once metros de largo y dos de alto, llegó a la parte trasera del bloque. Algunos vecinos tuvieron que renunciar a sus plazas de aparcamiento para poder meter allí semejante armatoste. La barra de sacudir alfombras tuvo que ser, asimismo, retirada y montada unos metros más allá. Una construcción especial de plexiglás transparente protegía el aparato de las inclemencias del tiempo. Los dos especialistas japoneses que lo habían escoltado montaron completamente la instalación e intentaron convencer al arquitecto para que se trasladara también él al cobertizo de plexiglás. Fue imposible, sin embargo, sacarlo de su coche. La carrocería crema del Dacia le parecía a Emil Popescu tan importante como la propia música. Ingeniosos como de costumbre, los japoneses recurrieron entonces a la única solución posible. Trasladaron al arquitecto al asiento trasero, retiraron el asiento delantero y el viejo teclado del órgano Reghin y, en unos pocos días, montaron en el espacio restante el inmenso aparato que habían traído del lejano oriente, una mezcla de pantallas, potenciómetros y cuadrantes electrónicos, además de ocho filas de teclas diseñadas especialmente para él. Podías pensar que estabas subido a una nave espacial. Los dos hombrecillos, tras poner el sintetizador en funcionamiento, intentaron establecer un diálogo con el famoso músico. Su sorpresa y alivio fueron grandes cuando vieron que el arquitecto manejaba el aparato electrónico, apretaba botones y ajustaba frecuencias como si no hubiera hecho otra cosa en toda su vida. Al tocar las primeras teclas brotaron en el vacío, con una pureza y una riqueza sorprendentes tras el sonido primitivo del órgano Reghin, las oleadas sucesivas, impetuosas al principio y contenidas después como un terrible sufrimiento, del Vals de Ravel.
El gran órgano Mishiba podía recrear cualquier sonido, fuera este natural o emitido por otro instrumento musical. Durante unos cuantos años, Emil Popescu no hizo nada más que explorar incansable las fantásticas posibilidades del sintetizados De vez en cuando, entre los ruidos naturales más fielmente reproducidos —el crujido de las hojas secas, el silbido del mirlo, el cadencioso fluir del río, las dulces inflexiones de la voz femenina, tan dulces que te mataban, el ruido del avión al despegar, el balbuceo de los delfines—, el saxofonista, apostado junto al Dacia en la parte trasera del bloque, tenía la oportunidad de apuntar febrilmente fragmentos musicales orquestados de manera perturbadora. Se podían oír simplemente, con una claridad de timbre imposible de obtener de forma natural, flautas y violas, trompas y fagots, triángulos y tímpanos, que ensortijaban las líneas melódicas en filigranas o en deslumbrantes disonancias. Las patas del arquitecto, que había desarrollado decenas de articulaciones en los dedos, corrían raudas sobre los centenares de teclas, regulaban a sus oyentes miles de frecuencias concurrentes, programaban simultáneamente orquestas enteras. El humilde altavoz del Reghin había sido sustituido por un globo de un cable especial, de más de tres metros de diámetro, que podía emitir un sonido cuadrafónico con un eco múltiple dirigido. Junto con el pequeño trastorno que supuso la demolición del bloque —por culpa de la profunda crisis de estrés en que habían caído todos los inquilinos—, sobrevino la enorme ventaja de que una buena parte de Bucarest se encontrara permanentemente bajo el paraguas de los sonidos emitidos por el arquitecto. El terreno que había ocupado el bloque, bien nivelado, fue rodeado por una cerca de hormigón y tablones, en cuyo interior se plantaron abetos. La música serial de Schónberg y Webern les sentaba bien, así que las largas ramas de los abetos crecieron enseguida, se combaron sobre el Dacia oxidado y rodearon con sus agujas marrones el bloque de plexiglás en el que dormía la enorme barriga del sintetizador, junto a los dos especialistas japoneses, que a aquellas alturas habían empezado a perder pelo. Día y noche, la música mugía y retumbaba, vibraba y silbaba de forma acaparadora.
El saxofonista y Elena ocupaban la casa de metal y cristal que se alzaba ahora entre los cimientos del antiguo bloque. Rodeados por el fuerte olor a ozono, llevaban una existencia tranquila. Solo comenzaron a darse cuenta de que estaban envejeciendo cuando su hijo les dijo que se casaba. El Profesor gozaba de universal reconocimiento como un empresario genial, pero nadie parecía necesitarlo. Lo invitaban a algún que otro congreso como presidente de honor, pero lo que le pedían, una y otra vez, era que relatara las circunstancias en que había conocido a Emil Popescu. La popularidad de este no parecía estar sujeta a las modas, sino que seguía creciendo incluso de manera exponencial. Los auditorios de todas la generaciones pedían la misma música, algo inaudito y, sociológicamente hablando, inexplicable. También la televisión por cable y la venta de cintas de video incluían, en tres cuartas partes, los conciertos de Emil Popescu.
El momento crucial en la instauración de la melocracia del arquitecto pasó inadvertido ante la opinión pública. Tuvo lugar la noche en que el saxofonista, al volver a casa tras una conferencia en el nuevo Ateneo, encontró a Elena, ahora algo más corpulenta y más gris, escuchando en trance la música de su primer marido. Gracias a un antiguo pacto, no hablaban nunca de ello y no le daban más importancia que la exigida por las obligaciones profesionales. Desde que dejó de prepararle la comida a su marido, Elena parecía haberse olvidado definitivamente de él. Pero ahí estaba ahora, en la veranda, escuchando extasiada los gritos desesperados de unas guitarras que surgían del imitador electrónico del arquitecto. El Profesor montó en cólera. También a él se le enredaba la música entre las piernas, pero esta vez no prestó atención a su fascinante encanto. Se vio, en un momento de lucidez, como un vejete que se había ganado la vida como un director de circo, exhibiendo un monstruo de pesadilla a la curiosidad pública. Sintió de repente un odio intenso hacia aquel que, a unos pocos pasos en la oscuridad, más allá del césped, estaba raptando a su esposa, la estaba recuperando a ojos vista a través de la fuerza de la música. Dejó a Elena y se dirigió a la cocina. Empuñó el reluciente machete de cortar carne y se precipitó hacia el contorno del Dacia, ya pasadísimo de moda, que brillaba pálido en la noche. El Profesor contempló el metal de la carrocería, literalmente devorado por el óxido, las llantas torcidas de las antiguas ruedas, las ventanillas carentes de parabrisas. Pero, en el interior, brillaban fantásticas miles de luces verdes, rojas y azules allí donde en otra época estuviera el salpicadero. Se encendían y se apagaban rítmicamente, ejerciendo sobre el saxofonista un efecto hipnótico. Entonces se acercó y miró en el interior.
Allí estaba el arquitecto. Su cuerpo, que debía de pesar por lo menos cuatrocientos kilos, había llegado a llenar literalmente, como llena el caracol su concha, deforme, desnudo y blancuzco, pues hacía tiempo que la ropa se le había rasgado, toda la parte trasera del coche, hasta desbordarse incluso un poco por las ventanillas. La cabeza se le había soldado al tórax, sus rasgos se distinguían tan solo como unas líneas finas dibujadas sobre un rostro carnoso, y los ojos se le habían juntado en un único ojo panorámico que controlaba simultáneamente toda la complicada maquinaria del mostrador de mandos del sintetizador. Los codos y los antebrazos se habían reabsorbido en las costillas, así que del tórax salían ahora los dos ramilletes de dedos, cada uno de ellos con varias decenas de filamentos como varas, con complicadas articulaciones que tocaban incansables las teclas de nácar. El Profesor sintió ganas de vomitar por el escalofrío de horror sagrado ante aquel ser tan poco humano. Para no echarse atrás, apagó los faros y se abalanzó contra la puerta delantera. En cuanto tiró de ella, se desprendió de las bisagras podridas y cayó en la hierba como el fragmento torcido de una concha. Agarró con firmeza el manojo de dedos que se alargaban hacia él y empezó a despedazarlos furiosamente. Sangre y trozos de dedos chorreaban por el cuerpo, ahora grasiento, de Emil Popescu, pero él no parecía reaccionar en absoluto. Los dedos que quedaban en los manojos seguían crepitando imperturbables sobre las teclas. Un olor pesado, como el de una habitación en la que ha dado a luz una mujer, se extendió bajo las ramas de los abetos. Cuando hasta el último dedo hubo caído, agitándose, sobre la rueda estriada a los pies del arquitecto, el saxofonista, con su machete refulgente bajo las pequeñas estrellas, como de harina, pasó por delante de los restos de la carrocería en la que, aquí y allá, se adivinaba el motor oscuro, y agarró con el puño el tronco del que salía el otro manojo de dedos. Pero, esta vez, cuando quiso golpear con todas sus fuerzas, sucedió algo sorprendente. Los dedos se ondularon bruscamente con gracia, como el respingo de las antenas de una filoxera, sobre los teclados superpuestos, y de la gran esfera de red metálica se difundieron en el aire unos acordes verdaderamente arrebatadores. Ya no era Alban Berg, ni Orff, ni Duke Ellington, ni Pink Floyd. No era nada de lo que hubiera oído hasta entonces ni de lo que la mente humana pudiera esperar oír. El saxofonista escuchaba paralizado. Era una música que no se escuchaba solo con los oídos, sino con toda la piel al mismo tiempo, que te llenaba los canales de las venas de unos ecos con los que entraba en resonancia la estructura ósea. Cuando llegaba al cerebro, a las puertas del alma, como una dosis de mezcalina o como una dulce araña que inyecta en el cuerpo de su víctima unas encimas disolventes, esta música sustituía al espíritu y, como un homúnculo pérfido, tomaba con manos firmes las riendas del cuerpo del oyente. Luego la música, como ondas peristálticas de azur, descendía por las yugulares, invadía los canales linfáticos, se irisaba en los paquetes fusiformes de los músculos, cubría, a lo largo de los nervios de la columna, los órganos internos, la células hexagonales del hígado, el corazón con sus embriones eléctricos, las glándulas suprarrenales y el gran recinto de la vejiga urinaria, descendía por las caderas como un ocaso lluvioso y corría a lo largo del fémur, de la tibia y del peroné hasta la punta de los dedos del pie, sustituyendo cada célula, cada mitocondria, cada partícula de ácido nucleico por un galimatías musical. Abrumado, atenazado por esa sensación de disolución del mundo que solo los que han sufrido un infarto parecen conocer, el saxofonista se derrumbó sobre la hierba, junto a la puerta. Le pareció que la gran hoja transparente del cielo, en la que estaban incrustadas las estrellas, se distorsionaba, se acercaba a él, se moldeaba a su cuerpo y lo atenazaba con fuerza, como una abigarrada mortaja. Perdió el conocimiento.
Cuando despertó era ya de día, pero la sombra temblorosa del Dacia sobre la hierba le protegía del disco derretido del sol. Estaba lleno de sangre. Se puso en pie y miró al monstruo del coche. El manojo del que había cortado aquellos dedos gigantes ya había cicatrizado y, como si fueran uñitas, los brotes de otros deditos habían empezado a multiplicarse en su lugar. El Profesor se echó a llorar desconsoladamente, suspirando y ahogándose. No se sentía capaz de hacer nada. El mundo le parecía un infierno de ceniza, imposible de soportar. Anhelaba con todas sus fuerzas aquellos acordes que había escuchado la noche anterior. Durante ocho horas había sufrido terriblemente. Se sentía mal, física y moralmente al mismo tiempo. Un delirio paranoide crecía bajo su cráneo y, finalmente, el Profesor volvió a empuñar el machete y se abalanzó sobre el arquitecto, decidido a matarlo de verdad esta vez. Pero la misma música extática lo tiró al suelo.
Comprendió que el arquitecto emitía aquellos sonidos dolorosamente melodiosos como una secreción venenosa contra cualquier agresión. Cuanto más fuerte era la agresión, más arrebatadora era la música. Durante varios años, prácticamente hasta el final de su vida, el saxofonista se aprovechó, viciosamente, de este descubrimiento. Para incrementar el efecto de la música intentó, sucesivamente, asfixiar, abrasar, escaldar, dinamitar, electrocutar e irradiar al arquitecto. La línea melódica cambiaba cada vez, las volutas sonoras y más que sonoras se trenzaban de otra forma, en composiciones más poderosas y más penetrantes que todo lo que había realizado alguna vez el genio de cualquier compositor. Pues, en esos momentos, el arquitecto no imitaba ya los estilos ni las modalidades musicales existentes, sino que se transformaba él mismo en un supra artista y un supra intérprete.
A lo largo de esas décadas, la mentalidad humana se había transformado por completo bajo la abrumadora influencia del arquitecto. Ya no había conflictos, pues el único interés de cada ser humano era poder escuchar, día y noche, el incesante concierto. Todo lo que se escribía eran periódicos enteros sobre el arquitecto, libros sobre el arquitecto, se pintaban únicamente retratos oficiales del arquitecto y cada poema era un himno dedicado a su gloria. Se trabajaba solo para asegurar los mínimos medios de subsistencia y para mantener la vasta red de satélites que retransmitían permanentemente la música del arquitecto. La gente se amaba con la música del arquitecto y, cuando eran enterrados, disfrutaban de la misma música funeraria.
Los dos japoneses que se encargaban del gran Mishiba habían entrado a formar parte de la leyenda y tras su muerte les siguieron otros dos, que adoptaron los mismos nombres que los primeros. Así, a lo largo de los siglos, se sucedió en el pequeño oasis de ramas de abeto toda una dinastía de técnicos japoneses. Peregrinos acudían desde los confines del mundo a escuchar en directo, del altavoz original, la sagrada música. Se organizaron miles de atentados contra el arquitecto para obtener, de su reacción defensiva, aquella música cien veces más profunda de la que les había brindado hasta entonces. El hambre de música era terrible, había llegado a obsesionar de tal manera a los hombres que, en un momento de locura colectiva, decidieron, por un deseo irreprimible de disolverse en armonía, acabar con él gracias a la ayuda de unos cohetes termonucleares. En el momento en que el dedo del hombre uniformado se acercó al botón para disparar el misil dotado de miles de impactos nucleares, la música brotó a través de todos los receptores como si estos fueran lanzallamas, con unos insoportables encadenamientos de tonalidades y frecuencias. La mayoría de los hombres existentes resultaron carbonizados, y los supervivientes se convirtieron en simples accesorios del arquitecto. Su vida era conservada tan solo por la música que este tocaba. La circulación de la sangre, el movimiento de las ideas y la digestión de la comida eran mantenidos artificialmente por el gigantesco tejido melódico que salía de los dedos del arquitecto. Con estos pocos millones de personas, que actuaban sincronizadas como termitas, el arquitecto se construyó un nuevo sintetizador, de una complejidad increíble, que ocupaba la mitad del planeta. El propio monstruo había crecido. La carrocería del Dacia se había incrustado en su espalda blancuzca como una concha minúscula. El cuerpo cubría una superficie gigante y sus dedos, ramificados hasta el infinito, se extendían ahora a su alrededor, a partir de los dos brazos, como una telaraña. Cuando interpretó los primeros acordes con los millones de teclas terminales, los últimos hombres se convirtieron en polvo. Eso ya no era música, o era la música de la que hablaban los pitagóricos. Ningún oído humano podía oírla porque no se basaba ya en sonidos, ni siquiera en materia, sino que penetraba en las pulsaciones cósmicas, trenzándose con ellas y obligándolas a transformarse. A lo largo de millones de años, el arquitecto moduló las melodías que aceleraban el proceso de fusión del corazón de las estrellas y que producían la materia que las rodeaba; las melodías que provocaban la explosión de las estrellas se habían convertido en masa crítica, formando maravillosas supernovas que comprimían a las estrellas pequeñas hasta transformarlas en enanas blancas, pulsares o desesperados agujeros negros a través de los cuales la materia se perdía en otro universo. Era sobrenatural ser capaz de contemplar los millones de estrellas amarillas, blancas deslumbrantes o azules, aglomeradas en la telaraña plana, giratoria, de la galaxia; la mayoría eran sistemas dobles o múltiples, como las Pléyades o las Híades, algunas eran varias veces más grandes que el Sol, como Régulo, Sirio, Rigel, Arturo y otras, con magnitudes positivas que llegaban hasta + 14 y más allá, brillaba y titilaban, se concentraban y explotaban, recibiendo al instante las oleadas rítmicas transmitidas por el nuevo sintetizador. Tras cuatro mil millones de años el Sol empezó a dilatarse. En primer lugar cubrió la órbita de Mercurio y luego la de Venus, desbordándose como argamasa hasta acercarse a la Tierra. Sin embargo, hacía mucho tiempo ya que la Tierra no era visible, pues estaba íntegramente englobada en la masa orgánica del arquitecto, de forma esférica, con las dimensiones del Sol y con dos brazos pletóricos, atestados de filamentos como los brazos de una medusa. El gran sintetizador era ahora, también él, un elemento interno de su inmenso cuerpo. En el momento en que el Sol explotó, arrojando al espacio, bajo la forma de una llamarada púrpura y violeta que brillaba en millones de franjas, materia volátil como el éter, el arquitecto comenzó su lenta migración hacia el centro de la galaxia.
El universo envejecía, se había arrugado como un higo. Su materia se desmigaba como el moho. Incluso el espacio interestelar, en otra época flexible, vaporoso, compuesto de nubes de metano y de hilos de polvo dorado, se había vuelto áspero y rígido. A través de él avanzaba ahora el arquitecto, como una nebulosa cada vez más extensa, engullendo constelaciones enteras, aleteando en la batalla de los campos electromagnéticos, pero emitiendo de manera permanente, como una gran voluntad, sus propios ritmos, imperiosos y nuevos. Cuando alcanzó el centro, sus brazos retorcidos en espiral ocuparon todo el espacio de la antigua galaxia. La materia de sus brazos y de su cuerpo, que durante la migración había llegado a un enrarecimiento extremo, se condensó a lo largo de un periodo de tiempo inconmensurable, perdió su continuidad y se concentró en las partículas estelares que se habían encendido de repente en el universo vacío y oscuro. Una joven galaxia giraba ahora, latiendo y palpitando, en el lugar de la antigua.
MIRCEA CĂRTĂRESCU (Bucarest, 1 de junio de 1956). Poeta, narrador y crítico literario rumano. Está considerado por la crítica literaria el más importante narrador rumano de la actualidad.
Es doctor en Literatura Rumana por la Facultad de Letras de la Universidad de Bucarest, y autor de varias obras de enorme prestigio. Destaca Levantul, una epopeya heroico-cómica que es también una aventura a través de la historia de la literatura rumana, que sigue la técnica utilizada por el escritor irlandés James Joyce en el capítulo del Ulises «Los bueyes del sol». De hecho, se considera que Cărtărescu es uno de los más importantes teóricos del posmodernismo rumano, y se trata de un autor que goza de gran predicamento tanto dentro como fuera de las fronteras de Rumanía. La cumbre de su carrera narrativa lo constituye el volumen de cuentos Nostalgia (1993), en el que destaca, de manera indiscutible, «El Ruletista», considerada su mejor pieza de ficción hasta la fecha, admirada tanto en el ámbito anglosajón como en el francófono. Su último proyecto editorial, Orbitor (1996-2007), una críptica trilogía de tema onírico, de complicada lectura, adopta la forma de una mariposa, y se considera prácticamente intraducible. Sus obras han sido vertidas al inglés, al italiano, al francés, al español, al polaco, al sueco, al búlgaro y al húngaro. Es el autor rumano más apreciado en el extranjero, y algunos consideran que podría ser el primer escritor rumano en obtener el Premio Nobel de Literatura.

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