Texto aleatorio

De todas las verdades que Ahzek Ahriman había aprendido como estudioso del Corvidae, esa era la más mortificante: comprender que el auténtico conocimiento provenía de conocer la vastedad de su propia ignorancia. Había creído que comprendía los misterios del Gran Océano y sus innumerables complejidades, pero lo acontecido en Prospero le había mostrado que cada una de sus certezas se le escurría entre los dedos como polvo arrastrado por el viento.

La torre de Ahriman, un cuerno en espiral de piedra blanca erigido en el borde de una meseta geománticamente volátil, era una belleza. Las centelleantes ruinas de Tizca habían sido trasplantadas a ese mundo de roca cargada de disformidad, pero Ahriman no se sentía capaz de volver a ocupar sus antiguos aposentos. Aquella época de su vida había finalizado, y había elegido hacer uso del poder que ese mundo ofrecía para crear una nueva heredad para sí.

Un pacto con el diablo tal vez, pero que podría elevar a los Thousand Sons a su anterior gloria y vindicar sus acciones a los ojos de los estúpidos que los condenaban.

El Libro de Magnus, el último regalo que le había hecho su primarca, descansaba abierto sobre un atril de cristal y plata, y sus gruesas páginas crujían con vida propia.

Apenas quedaba nada más del conocimiento acumulado dentro de las bibliotecas incendiadas de Prospero, pero lo que había salvado estaba amontonado en una repisa interminable que ascendía en espiral desde la base de la torre hasta su aguja más alta.

Era ahí, en la cima, donde Ahriman trabajaba.

Inmovilizada por titilantes cadenas de luz, una figura estaba tendida en posición cruciforme. El cuerpo había sido el de un legionario, una representación perfecta de todo lo que la humanidad podía lograr, un paladín de la iluminación; pero ahora era poco más que un monstruo.

Su nombre había sido Astennu, y había sido un hermano de la fraternidad de los Pyrae hasta que el cambio de la carne se había apoderado de él.

Colgaba a un metro del suelo reflectante, y reptaba fuego por su piel. Tracerías que brillaban como el fósforo delineaban sus venas donde energías etéreas rezumaban a través de la piel traslúcida. Ascuas demoníacas le ardían en las hundidas cuencas de los ojos, y tenía los labios tensados en el rictus burlón de un vehemente ángel exterminador.

La boca de Astennu se movía, pero no emergían sonidos de la garganta, tan solo ráfagas abrasadoras de aire sobrecalentado.

Círculos concéntricos encerraban al legionario transformado, protecciones que habían usado los practicus de los Thousand Sons durante siglos, cuando liberaban sus cuerpos tenues al éter. Por tales medios se mantenía a raya a los moradores del Gran Océano, y por tales medios se podía contener una criatura del abismo.

Había nueve círculos de nitrato de plata trazados alrededor de Astennu, seis de los cuales ya se habían consumido; el resplandor argénteo de cada anillo se desvanecía poco a poco hasta quedar negro e inerte. El lustre del séptimo anillo se apagaba ya.

Ahriman había aprendido muchas cosas de los cuerpos de los afectados por el cambio de la carne que había capturado, uniendo sus propios talentos visionarios con la empatía biotransformadora de Hathor Maat. Juntos habían examinado la arquitectura híbrida de cuarenta y cinco de sus antiguos hermanos, aprendiendo cada vez algo más sobre las mutaciones que atormentaban a los guerreros de la legión.

Ahriman dio vueltas alrededor de la hirviente criatura de fuego que era ahora Astennu, dejando que sus sentidos penetraran hasta el hirviente caldero de energía del interior.

La voz de Astennu resonó en su cabeza.

—«¿Otra vez, Ahzek? ¿Por qué persistes en esta estupidez?».

Ahriman no trató de justificar lo que hacía; aquel guerrero estaba ya perdido. Aquellos que se beneficiasen de sus esfuerzos escucharían cualquier justificación, y para entonces no importaría cómo había llevado a cabo su salvación.

Si Ahriman sentía alguna arrogancia ante tal presunción, no lo demostró.

—«Estás condenado a fracasar, Ahzek. Lo sabes, por supuesto. ¿Te digo por qué?».

—Vas a decírmelo de todos modos, así que ¿para qué lo preguntas?

La abrasadora sonrisa burlona de Astennu se amplió aún más.

—«Fracasarás porque piensas que el cambio de la carne es algo que temer. Piensas que es una maldición, no puedes verlo como el favor que es».

Ahriman dejó que su visión de corvidae traspasara las capas exteriores de la ardiente carne del guerrero.

—¿Un favor? ¿Es un favor verse despojado de todo lo que fuiste en una ocasión? ¿Estar de pie en el borde del precipicio de la iluminación solo para ser arrojado a la ignorancia mutante? ¿Son favores estas cosas? No, en una ocasión fuiste glorioso, pero ahora eres un monstruo.

—«¿Un monstruo?». Astennu lanzó una risita. «El cambio de la carne me ha mostrado que hay pocos monstruos que merezcan el miedo que les tenemos. Tienes pavor a aquello en lo que yo y otros como yo nos estamos transformando, pero todo el mundo lleva consigo sus propios monstruos. Especialmente tú, Ahzek».

Ahriman sabía que cada palabra de Astennu estaba calculada para colarse por las fisuras de su psique, y las mejores pullas eran aquellas que venían cargadas con la verdad. Expulsó las palabras del guerrero de su mente y rastreó los innumerables senderos hacia el futuro que seguía la degeneración de la carne de Astennu.

Mientras la ardiente criatura le reconvenía y provocaba, él observó un millar de iteraciones de la hiperevolución del guerrero. En algunas, el fuego acababa por consumirlo, en otras, sufría altibajos, pero en ninguna de ellas se invertía el proceso. Sin una intervención, la degeneración del cuerpo de Astennu no haría otra cosa que aumentar aún más.

Ahriman retrajo su poder de vuelta a él, sintiendo el frío del nitrato de plata en los huesos mientras se replegaba al interior de la propia mente. La armadura le pesaba sobre el cuerpo; cada placa de ceramita bordeada de marfil relucía bajo el reflejo de la luz de las llamas.

Debería haber matado a Astennu hacía mucho tiempo, pero las cosas que estaba aprendiendo le permitían comprender la evolución del cambio de la carne.

Y lo que podía comprenderse podía dominarse.

El cambio de Astennu había sido tan repentino y tan violento que Ahriman lo había descubierto con relativa facilidad. La consciencia del bibliotecario jefe de los Thousand Sons cubría ese planeta como una telaraña, y la degeneración de un guerrero tiraba de sus hilos como ninguna otra cosa.

—«No puedes pararlo, Ahzek. Nos llegará a todos. Con el tiempo, te llegará a ti. El don nónuplo está ya en ti, lo veo».

Ahriman sintió ira y se aproximó más al borde del círculo mientras la refulgente luz a sus pies disminuía.

—El cambio de la carne no me atrapará, Astennu. No se lo permitiré.

Astennu permaneció callado un buen rato.

—«¿Quién ha dicho que depende de ti?».

Ahriman advirtió demasiado tarde que la última de las salvaguardas que rodeaban a Astennu se había consumido por completo. La criatura de fuego arremetió contra él, y las venas refulgentes del cuerpo llamearon con una intensidad capaz de abrasar la retina.

Unas garras de fuego hicieron surcos en su plastrón.

Ahriman apartó a Astennu de un manotazo con un rápido golpe cinético, pero su antiguo hermano se incorporó de un salto igual que un gato, con el cuerpo envuelto en una ondulante corona de llamas blancas.

El aire se tornó borroso debido a la calima, y un balbuceo mudo e incoherente goteó de los labios de Astennu en forma de maldiciones.

Los sentidos de Ahriman pasaron veloces al futuro inmediato, e inclinó el cuerpo a un lado cuando Astennu saltó a través de la estancia. Brotaron llamas a su paso, cada postimagen de su presencia imprimiendo su aullante eco en el mundo.

Ahriman alargó el brazo y llamó a su báculo heqa hasta su mano. Lo blandió igual que un sable: alcanzó a Astennu en el estómago con el curvo gancho e hizo que se doblara al frente. Llamas espectrales ondularon por todo el báculo, pero Ahriman las extinguió con un pensamiento. Astennu volvió a arremeter, y una ráfaga de aliento llameante fue por delante de él.

Antes de que chocara contra Ahriman, una centelleante esfera de aire helado rodeó a Astennu; este aulló al ser extinguidos sus fuegos y atenuada la luz que ardía en sus venas, hasta convertirse en un resplandor apenas visible.

Inmovilizado por un orbe del frío más puro, el guerrero rugió enfurecido en su bárbara lengua demoníaca. Ahriman sintió una ambición impaciente en su biología, que hablaba de poderosa biomancia.

Una voz sonó detrás de él.

—¿Una criatura de fuego y a ti no se te ocurre usar las artes del Pavoni contra ella? ¿Estás olvidando cómo usar tus poderes, hermano?

Ahriman se dio la vuelta y vio a Hathor Maat con las manos extendidas ante él, con un resplandor blanco como la escarcha llameando en las yemas de los dedos. Sobek y Amon estaban de pie detrás de él, sus auras estaban iluminadas con energía canalizada. Aunque su sutil cuerpo había estado en el interior del círculo protector, no había detectado su aproximación.

El venerable Amon fue hasta la figura sibilante y desafiante de Astennu y estudió la fisiología desfigurada del guerrero con una expresión de horror.

—Astennu… —murmuró, entristecido⁠—. ¿Astennu, qué te ha pasado?

—Lo que nos pasará a todos, si fracasamos —⁠respondió Ahriman.

Amon asintió, aceptando sus palabras, pero reacio a decirlo.

—No quisiera sonar petulante —⁠dijo Hathor Maat con voz tensa⁠—, pero solo puedo mantener esta crioesfera un determinado espacio de tiempo. Así que daos prisa y matadlo.

Ahriman volvió a retirar su poder, introduciéndose en la meditación de las Enumeraciones para centrar los pensamientos. Hizo una seña con la cabeza a Hathor Maat, quien dejó caer las manos. Astennu se arrojó sobre ellos pero quedó detenido en mitad del salto cuando Sobek lo atrapó en una telaraña cinética.

La voluntad de Ahriman era algo físico, una extensión de su fuerza y energía, multiplicada muchas veces por sí mismas. Agarró a Astennu y lo partió en dos.

Un chasquido horrendo de hueso partiéndose inundó la estancia y la luz del fuego en el cuerpo de Astennu se desvaneció igual que un lumen al ser apagado.

El aura etérea del legionario se diseminó como humo arrastrado por el viento y una esquirla del corazón de Ahriman devino piedra ante la pérdida de otro miembro de los Thousand Sons.

Hathor Maat vio su angustia.

—No malgastes tu pena en degenerados como él.

Ahriman se revolvió contra el pavoni, enfurecido.

—Un hombre instruido debe ser capaz no tan solo de amar a sus enemigos, sino también de odiar a sus amigos.

Amon hizo girar la cabeza del muerto de un lado a otro, como si quisiera hallar algo que explicara su degeneración. Sobek se arrodilló y pasó un dedo por las granuladas líneas de nitrato de plata.

—Corres demasiados riesgos hurgando en la carne de los Cambiados —⁠dijo.

—Arriesgo mucho más si no hurgo —⁠replicó Ahriman⁠—. Todos lo hacemos.

—Y ¿has averiguado algo útil de él? —⁠preguntó Amon.

Ahriman vaciló.

—Ahora veo cómo se extiende la corrupción.

—Pero no cómo invertirla, ¿cierto?

—No, no aún.

Amon se encogió de hombros.

—Deberíamos llevarle esto al Rey Carmesí.

—Sabes que no podemos —le espetó Ahriman.

—¿Por qué? Dime. Ya lo paró en una ocasión anterior. Puede hacerlo otra vez.

—No hizo nada salvo posponer nuestra degeneración. En su arrogancia, pensó que había dominado lo que los poderes del Gran Océano empezaron.

Amon rio con sorna.

—Y ¿crees que nosotros podemos pararlo? ¿Quién está siendo arrogante ahora?

—Has estado lejos de la Legión demasiado tiempo, Amon —⁠refunfuñó Ahriman⁠—. Tus vagabundeos te llevan a los rincones más alejados del mundo, pero ¿qué has averiguado? Nada.

Amon se le acercó.

—En ese caso he averiguado tanto como tú, Ahzek.

Sobek fue a colocarse a toda prisa entre Amon y Ahriman.

—El primarca podría ayudar.

Ahriman negó con la cabeza y empezó a volver páginas del Libro de Magnus hasta una que recogía fórmulas a medio completar y cálculos esotéricos.

—Hemos recorrido este camino antes, hermanos. Cuando la Rúbrica esté lista, se la llevaremos a nuestro padre. Si tuviera conocimiento de la Gran Obra mientras estuviera incompleta y sin que la hubieran puesto a prueba, la detendría.

Hathor Maat tocó las páginas amarillentas del Libro de Magnus como si fuera una reliquia sagrada.

—Tú das por sentado que él se preocupa lo suficiente como para detenerla. ¿Cuándo fue la última vez que cualquiera de nosotros vio a Magnus, o percibió su presencia circulando por el mundo?

El silencio de los allí reunidos incitó a Maat a la locuacidad —⁠siempre una tarea fácil⁠—, y sus facciones cambiaron sutilmente para adquirir una expresión más augusta.

—Magnus cavila en soledad en la Torre de Obsidiana. ¿Quién sabe qué pensamientos ocupan su mente? Indudablemente, no el destino de los pocos hijos que le quedan.

—Das por sentado demasiadas cosas, Hathor Maat —⁠dijo Amon.

Otrora el palafrenero mayor del primarca, Amon era siempre el primero en intervenir en defensa de su señor cuando las discusiones subían de tono.

—¿De veras? ¿Entonces qué sugieres tú que hagamos? ¿Aguardar dócilmente lo que las corrientes de la disformidad decreten para nosotros? Al diablo con eso, y al diablo con vosotros. —⁠Hathor Maat avanzó con paso majestuoso hasta el lugar donde yacía el cuerpo retorcido de Astennu; la nobleza y formidable majestuosidad que había poseído en el pasado estaban ahora destruidas y corrompidas⁠—. Yo no convertiré en esto. Y si tengo que ir en contra de los deseos del primarca, que así sea.

Las mejillas de Amon enrojecieron, y su aura pasó a las Enumeraciones más elevadas del combate. Pero Sobek amplificó sus poderes de corvidae para proyectar futuros de huesos rotos, carne quemada y la propia destrucción al interior de la mente de cada guerrero.

—Ya basta.

Amon y Hathor Maat se estremecieron ante las imágenes de sus propias muertes. Ambos adeptos conectaron a tierra su poder y las energías disipadas llamearon desde la aguja psicoconductora de la torre, en un estallido de fuego etéreo.

Ahriman fue hasta el centro de la estancia.

—Nos hemos embarcado en esto y nuestro propósito está fijado. Olvidar el propio propósito es la forma de estupidez más común.

—Y repetir la misma cosa una y otra vez y esperar resultados distintos es la auténtica definición de la insensatez —⁠dijo Amon.

—Entonces, ¿qué sugieres?

—Tú ya sabes qué sugiero.

Ahriman suspiró.

—Muy bien. Hablaré con el Rey Carmesí.

La Torre de Obsidiana tenía un nombre muy apropiado, pues era una aguja sinuosa de roca negra que ascendía imponente por encima de todo lo demás. Su construcción imposible se había logrado en un tiempo muy breve; un capricho pasajero del Rey Carmesí la había convertido en una realidad. Su sustancia era angular y vítrea, como roca volcánica moldeada, y estaba estriada con luces que se movían a toda velocidad. Ninguna ventana ni abertura estropeaba la superficie, salvo aquellas que el primarca hacía aparecer a su antojo.

En la cúspide flotaba un resplandor diáfano, que en parte iluminaba, en parte devoraba luz. Era imposible mirar y no sentir la mirada del Rey Carmesí, una presencia que todo lo veía y todo lo sabía que no dejaba sombras en las que ocultar secretos.

Ahriman mantuvo la mirada desviada.

En un mundo saturado de energía de disformidad resultaba de una facilidad extrema viajar de un lugar a otro en un abrir y cerrar de ojos, mas Ahriman eligió de todos modos viajar con una Thunderhawk. Como todo en ese mundo, la aeronave no había escapado a las energías transformadoras de aquel nuevo hogar, y la estructura había pasado a poseer un esquema más aviar en general, un contorno más parecido a una rapaz. El poder de su nombre había propiciado una transformación propia.

Ahriman hizo que la nave efectuara un giro lento, dando vueltas a la torre en busca de un lugar donde posarla. Unas vívidas tormentas eléctricas rugían igual que postimagénes de batallas titánicas en los cielos, y los irregulares picos en cada línea del horizonte estaban delineados con fuego eléctrico que escupía tracerías de rayos al cielo.

Céfiros dotados de percepción dieron caza a la Thunderhawk, eran retazos de consciencia que acudían en manada hacia hombres con poder, igual que acólitos hacia un sumo sacerdote. Millones de ellos escoltaban la torre de Magnus, como los discos de acrecimiento de planetas, o los tiburones oliendo a la presa en el agua.

Ahriman hizo girar en ángulo la cañonera cuando se formó una abertura en el tramo superior de la aguja y emergió una repisa de roca vítrea desde su sustancia. Estabilizó los motores y alzó el morro ganchudo de la nave al mismo tiempo que la hacía descender con una suave presión del pensamiento. Concedió a los motores un momento para que se enfriaran antes de ir a la rampa de asalto y descender a la torre.

Como siempre, percibió la carga en el aire, la sensación de potencialidad que existía en cada momento. Ahí el aire poseía poder, y del suyo se apropiaron los céfiros invisibles que acudieron en manada hasta él.

Ahriman hizo caso omiso de ellos y penetró en la torre con paso decidido a través de una arcada elíptica con bordes que se curvaban como una llama danzarina. El espacio en el interior era enorme, demasiado vasto para existir dentro de la circunferencia de la torre, y estaba iluminado con el suave resplandor de un librarium.

Estanterías y baldas que ascendían en espiral gemían bajo el peso de multitud de formas de conocimiento: pergaminos, rollos de pergamino, cristales de datos, tomos encuadernados en piel, canciones psicológicas y memes hápticos, cada uno portando un fragmento de conocimientos inestimables traídos del saqueo de Prospero.

Para un forastero, una colección así parecería extensa, un depósito de conocimiento que no conocía rival más allá de las grandes criptas de Terra. Pero para los Thousand Sons eran simples retazos, una fracción de la sabiduría acumulada recogida de todos los rincones de la galaxia a lo largo de los últimos dos siglos.

Ahriman lamentaba saber que tal sabiduría irremplazable se había perdido por culpa del rencor y la envidia.

—¿Valió la pena lo de Russ? —⁠masculló.

Una voz llegó desde lo alto, resonando con el pesar de las eras. Era una voz que no conocía ni sorpresa ni alegría, lo cual resultaba más triste por el hecho de haber disfrutado en el pasado de tales maravillas.

—«No pronuncies su nombre».

—Padre.

—«¿Por qué me vienes a molestar?».

Ahriman no veía señal alguna de su progenitor genético. La voz emanaba de todas partes y de ninguna, era un espíritu incorpóreo que podría haber estado susurrando en su oído o gritando desde las profundidades del librarium.

—Deseo preguntaros algo.

—«No hacía falta que viajaras hasta al Torre de Obsidiana para eso».

—No, pero algunas cosas es mejor decirlas cara a cara. Padre a hijo.

Hubo una pausa, luego un repentino aumento de presencia; un cambio fundamental en la física secreta del mundo. El librarium desapareció, y Ahriman se encontró en la cima misma de la torre de Magnus, elevado por encima de ella como un dios sobre sus dominios. El mundo se curvó, perdiéndose de vista, como si él fuera un gigante colocado sobre un globo, y vio los feudos de los hechiceros guerreros que habían escapado a la carnicería final en la pirámide de Photep.

De una legión de miles, esos míseros pocos eran lo que quedaba.

—Desearíamos vivir como vivimos una vez —⁠dijo Ahriman⁠—. Pero la historia no lo permitirá.

Sonó el chasquido de un rayo y hubo una repentina oleada de poder, y de pronto el primarca estaba allí mismo, sin más. Bajó la mirada hacia Ahriman.

—Pero un pequeño cuerpo de guerreros resueltos y motivados por una fe insaciable en su misión puede alterar el curso de la historia.

«El Rey Carmesí», lo llamaban. El Cíclope Rojo. Magnus Un Ojo. Todos estos epítetos y más habían recaído sobre él; algunos como elogio, la mayoría producto del miedo.

El Magnus que se alzaba imponente por encima de Ahriman iba ataviado tal y como él recordaba haberlo visto la última vez, yendo a combatir al Rey Lobo bajo una aullante tempestad de lluvia radiactiva. Un peto de color rojo sangre, revestido con dos cuernos de hueso y envuelto con un manto de malla de ámbar. Una falda de cuero secado al sol, ribeteada en oro con un una representación en marfil del símbolo serpentino de la legión.

Sus cabellos carmesíes estaban alborotados, era la melena de un visionario o de un demente. Las facciones del primarca estaban bronceadas y rubicundas, mas bajo todo ello había una luz ígnea; el sol en la parte central de su ser llenaba el cuerpo ficticio con su resplandor, al mismo tiempo que lo reflejaba. Esa luz brillaba con la máxima fuerza a través de su ojo, un singular orbe de oro, moteado de colores nunca soñados y endurecido por el pesar de alguien que lamentaba el día en que vio más allá de lo que debía.

Ese era Magnus tal y como deseaba aparecer: un semidiós forjado según la imagen de un pasado perdido, por los recuerdos y emociones de su hijo favorito. Magnus era un ser en el umbral de una gran transformación, pero adónde le llevaría eso era un misterio al que ni siquiera él podía dar respuesta.

Ahriman refrenó el impulso de caer de rodillas. Desde la llegada al Planeta de los Hechiceros, Magnus había exigido que ninguno de sus hijos hincara la rodilla ante él, pero algunas costumbres nunca mueren.

Contrariamente a lo que parecía desde fuera, la parte superior de la torre de Magnus estaba expuesta a los elementos, y las tormentas caleidoscópicas que rugían en las alturas estaban lo bastante cerca como para poder tocarlas. Energías abrasadoras de poder inimaginable danzaban en lo alto, y su potencia era un elixir en la sangre de Ahriman.

—No está nada mal, ¿verdad? —⁠preguntó el primarca, hablando con el placer de un secreto compartido.

—Es increíble.

Magnus efectuó un lento circuito por la torre, y caprichosos arcos de relámpagos culebrearon a su alrededor como si fuera una magnetita.

—Los iguales se atraen. El poder que hay en mí es el del Gran Océano. Destilado a través de mi carne renacida en algo más puro pero, con todo…, caótico.

En presencia de Magnus, era imposible no sentirse como un estudiante desvalido a los pies de un maestro omnipotente. Había tanto que Ahriman deseaba preguntar, pero obligó a sus pensamientos tumultuosos a penetrar en las plácidas Enumeraciones para centrarse.

—He estado trabajando en algo que creo que deberíais ver.

—Sí, lo sé. Últimamente, has estado trabajando sin descanso en los que han cambiado la carne.

Ahriman pugnó por ocultar su sobresalto.

—¿Lo… sabéis?

Magnus se dio la vuelta y le dedicó una mirada de soslayo.

—¿De verdad pensabas que no lo sabría?

Ahriman comprendió que había sido un ingenuo al creer que el Rey Carmesí desconocería su Gran Obra, pero de todos modos le sorprendía ver lo transparente que debía de haber sido.

—¿Es por esto que importunas mis quehaceres? —⁠preguntó Magnus.

—Sí, mi señor. He leído todo lo que aparece en el grimorio que confiasteis a mi cuidado, y hay un hechizo que creo que podrá…

—¿Por qué has venido realmente, Ahzek?

Ahriman fue hasta el borde de la torre, mientras la capa ondeaba a su alrededor con los vientos procedentes de las llanuras volcánicas situadas debajo. Rocas escarpadas se erguían desde la base de la torre igual que colmillos negros en la boca de un depredador.

—Porque necesito vuestra ayuda —⁠dijo⁠—. No podemos hacer esto sin vos. Hemos aprendido mucho, pero somos personas ciegas buscando la revelación en todos los lugares equivocados.

—¿De modo que deseáis mi bendición y mi ayuda? Bien, pues no os la concedo. Recorréis un camino peligroso, hijo mío. Confía en mí, conozco la nobleza que te empuja, yo mismo la sentí. Pero pensarás que has roto la maldición del cambio de la carne, para luego ser engañado por el mismo poder que creías que te había proporcionado el éxito.

—Pero, sin duda, juntos podríamos finalmente hallar una respuesta.

Magnus negó con la cabeza.

—No, no puedo ayudarte. Es más, no te ayudaré. Y vas a cesar en todos tus esfuerzos respecto a esta cuestión. ¿Entendido?

Ahriman sintió que se le escapaba el control de las Enumeraciones a medida que adoptaba una postura combativa más intensa.

—No, no lo entiendo.

Sin dar la impresión de que se moviera, Magnus aumentó de tamaño hasta convertirse en un gigante enorme, una bestia salvaje de pelaje apelmazado por la sangre y de piel endurecida. Su único ojo se convirtió en un sol fundido que inmovilizó a Ahriman donde estaba, cual res lista para el asador.

—Vuestra pequeña cábala ya no existe —⁠tronó⁠—. Y pobre de aquel que desoiga mi advertencia o me sea desleal. Será mi enemigo y haré caer tal destrucción sobre él y sus seguidores que, desde ahora hasta el fin de todas las cosas, lamentará el día en que le dio la espalda a mi luz.

Ahriman reconoció las palabras y la amargura que goteaba de cada sílaba. Tan solo quedaba una pregunta por hacer.

—¿Por qué?

La horrible amenaza y el terrible peligro desaparecieron del ojo de Magnus a medida que su físico regresaba a su estatura anterior.

—Porque asuntos de mayor trascendencia ocupan mis pensamientos.

—¿Asuntos más importantes que el exterminio de vuestra Legión? —⁠inquirió Ahriman.

Magnus no respondió y dirigió la mirada a las furiosas tormentas de luz sobre él, como si la respuesta estuviera entre ellas. Su rostro se suavizó y adquirió un aire pensativo.

—Mucho más importantes —dijo por fin.

—Contádmelo. Contádmelo, para que así pueda comprender por qué nos abandonáis.

Magnus asintió y alargó el brazo para posar una mano de piel broncínea sobre su hombro.

El Planeta de los Hechiceros desapareció como una baratija reluciente arrojada pozo abajo.

—Haré algo mejor —repuso el primarca⁠—. Te lo mostraré.

Ahriman experimentó un desplazamiento terrible, como el tirón violento de un teletransporte, pero cien veces peor. Su cuerpo mejorado genéticamente, preparado mediante bioingeniería para resistir las situaciones más extremas de cualquier ambiente, pasó a ser de improviso el de un frágil mortal al que le arrancan el cuerpo impalpable de su carne.

Aquel cuerpo de luz planeó a través del Gran Océano, transportado sobre el lomo de un llameante cometa dorado, una presencia de tal poder que él no osaba mirarla directamente. Sabía que era Magnus, pero en la jungla inexplorada del Gran Océano ya no estaba constreñido por ninguna continuidad de forma.

Estrellas y galaxias giraron en espiral en torno a él, un desfile interminable de acontecimientos fortuitos que no eran fortuitos en absoluto. Todo avanzaba según el diseño del arquitecto del destino, una configuración tan grandiosa que únicamente podía vislumbrarse desde más allá de los extremos más alejados de la existencia, aunque incluso entonces estaba más allá de la capacidad de Ahriman para concebirla, pues sus complejidades eran demasiado sutiles y sus intrigas estaban tejidas de un modo excesivamente compacto para ser entendidas.

Una sensación de náusea creció en el vientre de Ahriman, un vértigo intenso y una mareante sensación de caída. Hizo un gran esfuerzo por no chillar. Él no era nada para el universo, era un grano de arena insignificante en medio de un desierto de polvo desperdigado por el viento surgido de las incoherencias de la galaxia.

Él no era especial. No era nada.

—¡No! —chilló, presa de la desesperación⁠—. ¡Soy Ahzek Ahriman!

Y con aquel pensamiento volvió a estar completo, un guerrero estudioso de los Thousand Sons. Obligó a la mente a sumirse en la segunda Enumeración, donde las preocupaciones a nivel corporal se dejaban de lado en favor de la búsqueda de la iluminación.

Su cuerpo ya no estaba, y en su lugar había un resplandor de luz; una acumulación de ruedas girando dentro de ruedas, ojos a millones y una forma tan inmaculada como desconocida. Esa era la expresión más pura de su ser, una criatura de luz y pensamiento.

La voz de Magnus le llegó a través de sentidos desconocidos, cada palabra fletada con terrible presciencia.

—Vamos, hijo mío; seremos ladrones de revelaciones. Ve lo que yo veo, y dime si estoy equivocado al pensar más allá de tus inquietudes.

De repente, Ahriman no quiso mirar. Una vez que mirara, nada volvería a ser lo mismo. Pero no podía negarse a la petición de su primarca, y el consuelo de la ignorancia era algo que debía rechazar. Su cuerpo reluciente voló pegado a la figura radiante de Magnus.

—Mostrádmelo todo —dijo.

—¿Todo? No, eso no. Eso jamás. Pero te mostraré suficiente.

—¿Suficiente para qué?

—Suficiente para saber que todavía tenemos una elección ante nosotros, una que afectará a cómo nos recordará la historia.

Las estrellas dieron vueltas a su alrededor, pasando raudas ante ellos como una mancha borrosa.

Viajaron a la velocidad del pensamiento, y adonde el pensamiento deseó que lo hicieran, y llegaron en un instante. La sensación era fascinante. Igual que dioses, cruzaron de una zancada la galaxia, recorriendo su longitud y amplitud en cada momento.

Ahriman justo había comenzado a apreciar lo maravilloso que era el poder de su primarca, cuando reparó en que habían dejado de moverse, que el mundo adquiría en torno a él las familiares pautas de estrellas y de las órbitas elípticas de planetas.

—¿Dónde estamos? —preguntó.

—Esto es Tsagualsa, el mundo carroña del Acechante Nocturno. Un lugar de asesinato y tormento, donde los gritos de los moribundos son interminables. Un lugar desde el cual mi hermano libra una campaña de genocidio. Es desde aquí que fue enviado a combatir a la I Legión del León.

Dieron vueltas por el sistema, pasando ante mundos muertos y mundos asolados por conflictos, el caos y los daños colaterales de dos legiones en guerra. Ahriman sintió que su mirada era atraída hacia el borde del sistema, donde tenía lugar una batalla encarnizada en el vacío, dos flotas destrozándose mutuamente a quemarropa. Naves de guerra entremezcladas lanzando violentas andanadas que llenaban el espacio entre ellas de obuses de gran potencia y fuego láser entrecruzado. Las naves destruidas ardían de proa a popa y se partían por la mitad a medida que las intensas presiones gravométricas quebraban las quillas.

Ahriman vio miles de luces de almas extinguiéndose con un parpadeo, vidas perdidas a cientos a cada segundo.

—Esto es el estertor final de la cruzada de Thramas —⁠indicó Magnus, con tono sombrío.

Ahriman giró alrededor de la batalla, como un espectro de luz que era testimonio de la fría y sofocante carnicería. Las naves negras que lucían la espada alada tenían el predominio, anotándose un espantoso número de blancos entre las naves oscuras de los Night Lords, pero parecía que la VIII Legión no buscaba un enfrentamiento decisivo. Magnus siguió explicando:

—Llevan dos años combatiendo furiosamente entre sí, pero con esta batalla, la guerra finaliza y mis hermanos se retiran para lamerse las heridas.

—¿Quién es el vencedor?

—Eso está por ver, aunque los Dark Angels todavía llevan con ellos las semillas de su propia destrucción. En tiempos así, ¿puede decirse que alguien es el vencedor?

Los cielos volvieron a desdibujarse, y esta vez Ahriman notó que hallaban resistencia a su avance.

Una a una, las estrellas se apagaron, extinguidas como velas en un dormitorio de novicios hasta que todo fue oscuridad. Más allá del negro telón, Ahriman vio un mundo en llamas, resquebrajado y devastado por el fuego. Sus placas continentales se habían partido, y un símbolo óctuple estaba grabado a fuego en su corteza.

Más allá de este había un planeta envuelto en una centelleante corona de guerra, un mundo rojo bañado en sangre y locura. Ahriman hizo intención de volar al frente, para ver qué nueva insensatez tenía lugar, pero una suave presión psíquica por parte de Magnus lo detuvo.

—No, hijo mío. Acercarse más haría que quedaras contaminado por la locura que podría arrastrar a Sanguinius y a sus Angels a su destrucción.

—¿Los Blood Angels, destruidos?

—El tiempo lo dirá, pues Sanguinius está en una encrucijada. Sabe que ambos senderos acaban en sangre, pero él es más fuerte de lo que nadie comprende. Bueno…, digamos que casi nadie. Guilliman lo sabe, pero ni siquiera él conoce realmente el corazón herido de su hermano.

La imagen del planeta de color rojo sangre desapareció, reemplazada por los enormes abismos de espacio inexplorado entre mundos; un vacío que la mente humana era incapaz de asimilar.

—¿Por qué me mostráis esto? —⁠preguntó.

—Porque no volverán a reírse de mí —⁠escupió Magnus⁠—. Prospero arde porque pensé que yo sabía más que nadie. Si hemos de elegir un rumbo para nuestra Legión, quisiera que fuera el correcto. Y, a este fin, recorro las estrellas y el tiempo mismo para encontrar a mis hermanos, para saber del lado de quién están.

Ahriman sintió que el vacío que lo rodeaba resultaba cada vez más claustrofóbico, como las paredes de una cámara de meditación aproximándose entre sí inexorablemente. Lo que había dado la impresión de ser inconcebiblemente enorme y espacioso hacía un momento, ahora parecía angosto y restrictivo.

—Eso es el peso de nuestra decisión que nos presiona, Ahzek —⁠dijo el primarca⁠—. La guerra ha llegado a la galaxia; una guerra sin precedentes, y pronto tendré que elegir un bando.

—¿Por qué debemos elegir un bando? El Emperador nos traicionó, y Horus Lupercal no tiene nada que ofrecernos.

—¿Eso piensas? Entonces deja que te muestre Ultramar.

La figura resplandeciente de Magnus llameó con fuerza, arrastrando a Ahriman tras ella mientras volvían a descender en picado por el espacio. Esta vez viajaron a un mundo azul que se marchitaba en la tormenta infernal de su estrella condenada. Las ciudades eran azotadas por vientos radiactivos, y aquellos seres que no estaban debajo, en las arcologías subterráneas, ya estaban muertos.

—Conozco este mundo —dijo Ahriman, horrorizado ante lo que veía⁠—. Vine tras visitar la Biblioteca de Cristal de Prandium. Esto es Calth.

Naves de combate se desperdigaban por el espacio desde el planeta condenado, con el oro y azul celeste de la XIII Legión y el rojo amoratado de la XVII. Las naves de los Ultramarines se reagrupaban, en tanto que los Word Bearers utilizaban el caos del final de la batalla para dispersarse al interior de la oscuridad entre los Quinientos Mundos.

Mientras Ahriman observaba, una tormenta estalló desde la superficie del planeta, como la erupción más terrible en la superficie de una estrella. Invisible a simple vista, era una emanación colosal de energías incipientes para aquellos con un vínculo con el éter. Envolvió a Calth, y enseguida se propagó más allá de los límites de su sistema, una tormenta ruinosa de proporciones épicas que ardía como un voraz incendio forestal.

Sin control, en bruto y actuando como punta de lanza, la tormenta avanzó con rapidez por el reino inmaterial, sin rumbo, formando una barrera furiosa de odio y rencor que era infranqueable para todos salvo los individuos más poderosos. Las energías empleadas en su creación eran difíciles de creer, y a Ahriman le costó comprender que algo tan devastador pudiera acaecer de un modo natural. Pero ¿quién salvo los Thousand Sons poseía el poder para invocar algo como ello?

—Quemaron Calth… —murmuró, incrédulo⁠—. ¿Por Monarchia?

—¿Monarchia? No, Calth no fue más que un prólogo. La visión de Lorgar es más grandiosa y amplia que la muerte de un único mundo, y la fría lógica del «ejecutable» de Guilliman aún tiene que desarrollarse en toda su majestuosidad y tragedia. Las piezas están ya en movimiento, y percibo que esto será la clave de todo.

Ahriman apenas podía creerlo.

—¿Lorgar osa atacar los Quinientos Mundos? ¿Es que se ha vuelto loco? Los ejércitos de Guilliman son legión. Lorgar jamás podría derrotar a las huestes de Ultramar.

Un regocijo centelleante recorrió la figura luminosa de Magnus.

—Transmitiré tus sentimientos a mi hermano la próxima vez que lo vea. Al fin y al cabo, la historia nos enseña que no existe tal cosa como un ejército invencible…

Hizo una pausa, dando la impresión de contemplar esa verdad por un momento.

—Pero, a veces, la historia necesita un empujoncito.


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