Texto aleatorio

Su adversario vestía el uniforme escamoso de color azul verdoso de los traidores. Era enorme, un monstruo de pisadas retumbantes cubierto con el blindaje de un dreadnought táctico, con dobles espadas sierra colgadas bajo puños con combibólters. Tres lobos de Fenris yacían ya a sus pies, sangrando y hechos pedazos.

Bjorn se acuclilló todo lo posible, apretándose contra la pared del corredor. El combate en naves era algo sofocante y claustrofóbico; una cuestión de sombras espesas y espacios cerrados. Solo cuatro quedaban de la jauría que había traído con él a la fragata Iota Malaphelos de la Alpha Legion. No había ningún sitio al que retirarse, ningún escondite que utilizar. Otros tres legionarios traidores avanzaban a la sombra del campeón exterminador, aplastando los cuerpos de los caídos a su paso.

Bjorn entró en tensión, preparándose para el contraataque. Sintió cómo los espíritus cazadores de sus hermanos supervivientes se preparaban para lo mismo.

Y justo entonces, justo mientras los músculos se inundaban de hiperadrenalina y los corazones palpitaban pesadamente con el ansia de matar, recordó cómo había sido antes. Recordó haber acudido a Slejek en busca de las herramientas de combate que necesitaba, y la respuesta que había recibido.

¿Qué diría el Forjador de Espadas, se preguntó Bjorn, ahora que la marea de muerte había vuelto a alzarse? ¿Qué maldiciones escupiría desde aquellos colmillos quemados y mellados, cuando se diera cuenta de lo que había sucedido?

Abajo, en las profundidades del nivel de la forja de la Hrafnkel, los fuegos jamás se apagaban. Calderas de hierro fundido vertían su contenido sin pausa, llameando cuando el líquido metal siseaba al verterse en los moldes. Los martillos ascendían y descendían sobre yunques de adamantium, y el gemido de las cintas transportadoras era interrumpido tan solo por la acerada bendición de tecnosacerdotes con túnicas carmesíes.

Bjorn se abrió paso por entre las ajetreadas masas, dirigiéndose con singular determinación hacia su objetivo. El maestro de forja de la nave capitana, con mirada colérica y un atuendo negruzco de blindaje de combate antiguo y arañado, le esperaba ante las abiertas fauces de un horno incandescente.

—Me preguntaba cuánto tiempo pasaría —⁠dijo el sacerdote del hierro, con el rostro oculto tras una máscara mortuoria con una rejilla inclinada.

—Busco al que llaman «el Forjador de Espadas» —⁠dijo Bjorn.

—A todos nos llaman así, aquí abajo. Pero has encontrado al que buscabas, y él ya sabe lo que quieres.

Bjorn alzó la mirada hacia el imponente servobrazo de Slejek el Forjador de Espadas, que estaba cubierto de aceites lubricantes y mostraba las desportilladuras de trabajo reciente.

—Necesito un guantelete —dijo Bjorn.

Slejek lanzó una carcajada, seca como las ascuas de un brasero.

—Al Rey Lobo le caes bien. Te envió aquí abajo él mismo, me dijeron. —⁠Se acercó más, y Bjorn pudo oler su acre hedor a humo⁠—. No te servirá de nada. Podrías ser lord Gunn en persona y, aun así, tendrías que hacer cola.

Bjorn alzó el brazo izquierdo. Finalizaba en una maraña de barras de metal chamuscadas y rotas. Desde que hubo perdido la mano en Prospero, no había habido ocasión de forjar un repuesto augmético, y en su último combate contra la Alpha Legion le habían mutilado lo que quedaba.

—No puedo pelear así —dijo Bjorn, haciendo girar el muñón a la luz de los fuegos⁠—. Otra vez no.

—Oí que lo has estado haciendo estupendamente.

—Necesito volver a sujetar una espada.

Por segunda vez, el maestro de forja lanzó una carcajada.

—¿Más de una?

—Este era el brazo con el que empuñaba la espada.

—Será mejor que aprendas a usar el otro, entonces.

Bjorn se cuadró ante Slejek.

—No bromees conmigo, martilleador.

—¿Piensas que estoy de broma? Mira a tu alrededor. Tengo cuatrocientos guerreros a los que ataviar y armar. A cada hora que pasa me traen otro lote ensangrentado de blindaje cuarteado y espadas rotas. He matado a trabajar a mis siervos para satisfacer la sed de hierro, y esta no cesará mientras los Snakes nos tengan cogidos por el cuello. Tienes tu visión y tu fuerza, y puedes empuñar un bólter. Eso te convierte en afortunado.

—No es suficiente —gruñó Bjorn—. Necesito un guantelete.

Slejek se encorvó al frente, bajando el ennegrecido casco hasta colocarlo a un palmo del de Bjorn.

—Ponte… a la… cola —dijo.

Por un momento, Bjorn no se movió. Flexionó los dedos de la mano derecha, considerando la posibilidad de insistir. Era una posibilidad. Slejek era enorme, pero Bjorn se había enfrentado a adversarios más grandes.

Pero luego, de mala gana, cedió. Armar camorra con los suyos no haría más que acelerar la probable destrucción de su gente en medio de las estrellas de rojo óxido de Alaxxes.

—Te aseguro que regresaré —⁠prometió, alejándose de Slejek con sonoras pisadas⁠—. No volverás a decirme que no.

Slejek se limitó a encogerse de hombros y regresó a su tarea. Sus servobrazos empezaron a trabajar a toda velocidad, y los fuegos llamearon de nuevo.

Bjorn pasó a grandes zancadas por delante de hileras de siervos que trabajaban incansables, sin apenas reparar en el parpadeo de las soldadoras contra sus gruesas máscaras. Cada nervio le ardía con furia. Tendría que volver a entrar en combate como un mestizo, un lastre, un tullido. No le temía a su propia muerte, pero la idea de fallarle a sus hermanos de jauría le agriaba la sangre.

Entonces, en los últimos confines de la cámara de forja, la vio. Colgaba de cadenas de adamantium, medio perdida en la oscuridad, brillando con nitidez en la luz que reflejaban los hornos. Estaba terminada, impecable y era salvajemente hermosa.

—Tú —dijo Bjorn, escogiendo a un siervo mortal⁠—. ¿Para quién se hizo esto?

El siervo efectuó una torpe reverencia vestido con su gruesa armadura de forja.

—No lo sé, señor. ¿Quieres que pida información a mis amos?

Bjorn volvió a mirarla. La aleación era perfecta. Era un objeto singular, la obra de un genio artesano. Quien lo llevara mataría y mataría hasta que las estrellas se consumieran y la oscuridad aullara en un espacio vacío.

—¿Puedes colocarla? —preguntó, extendiendo el brazo atrofiado.

—Sí, pero… —empezó a decir el otro, vacilante.

—Hazlo —dijo Bjorn, y alargó la mano hacia las cadenas que colgaban. El pulso se le estaba acelerando⁠—. Ahora.

Rugiendo maldiciones de muerte procedentes del Viejo Hielo, Bjorn saltó sobre el enemigo. Sus cuatro garras de adamantium se activaron con un gruñido de energía letal, brillando con un azul intenso en contraste con la penumbra que lo rodeaba.

El campeón exterminador fue hacia él como una furia, con las espadas sierra dando sacudidas con un chirrido sanguinario. Los dos guerreros chocaron uno contra otro, y Bjorn sintió el agudo dolor desgarrador de los dientes de adamantium atravesando su hombrera. Recibió el impacto de un proyectil bólter cerca del pecho, que casi lo arrojó de espaldas al suelo. Cambió de dirección, efectuó un viraje brusco y atacó, retorciendo el cuerpo para mantener al adversario cerca.

Lanzó la garra de lobo hacia arriba y alcanzó al legionario por debajo del casco. Unas zarpas de menor envergadura se habrían agrietado y separado, quebrándose en la gorguera reforzada y dejando a Bjorn indefenso ante el golpe mortal.

Pero esas zarpas se clavaron a fondo. La cubierta del disruptor llameó con una profusión de haces azules y blancos que penetraron en la gruesa ceramita. Las zarpas penetraron más profundamente, hendiendo carne y trinchando tendón, músculo y hueso. Un surtidor de sangre caliente corrió a lo largo de las uñas de adamantium, silbando a medida que se evaporaba sobre los bordes.

El campeón dio un traspié, inmovilizado por el cuello. Bjorn retorció las cuchillas y el enemigo cayó con la garganta desgarrada, golpeando pesadamente la cubierta con el potente y definitivo retumbo de un blindaje sin vida.

Bjorn lanzó un aullido triunfal, al mismo tiempo que movía las zarpas de un lado a otro y rociaba de motas de sangre el corredor. Tras él llegaron sus hermanos, disparando sin pausa para frenar a los legionarios supervivientes de la Alpha y obligarlos a retroceder.

Godsmote, el segundo de Bjorn, rio entre dientes mientras pasaba a la carrera.

—Se acabó lo de llamarte «el Manco» —⁠comentó, exultante ante la hazaña⁠—. Tendremos que encontrarte un nombre mejor.

Bjorn no le prestó atención. Volvía a estar en condiciones, listo para desgarrar, romper y perforar, había dejado de ser un lisiado por culpa del destino y los caprichos de la guerra.

El Forjador de Espadas podía maldecir todo lo que quisiera; no iba a recuperar aquella garra.

—¡Matadlos! —rugió Bjorn—. ¡Matadlos a todos!

Y, con un chirrido de la armadura y el chisporroteo de energías disruptoras, se perdió con paso decidido en las sombras, completo una vez más.


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