Texto aleatorio

… pero que pesan dentro, en esos sueños pavorosos, doctor, como le digo.

JOSÉ AGUSTÍN GOYTISOLO, Algo sucede, «Aporto nuevos síntomas»

Recuerdo su vestido manchado de ginebra, siempre pienso en ella como aquella vez. Habíamos venido de recién casados a esta misma posada del acantilado y estuvimos bebiendo hasta el amanecer. Y yo la recuerdo así, de pie, riendo, intentando en vano limpiarse con unas servilletas de papel. No se me va esa imagen de la cabeza. No sé por qué unos años después, con Julia, tuve la oscura necesidad de volver al mismo sitio, a este antro entre peñascos, cerca del faro, sumergido en una niebla que sube desde el mar. De algún modo sabía que al estar allí de nuevo, junto al fuego de la taberna que ocupa casi todo el piso de abajo, bajo esos remos colgados de las paredes, esa confusión de redes polvorientas colgando del techo, volvería a pensar en ella tal como era antes del accidente que la dejó condenada a una parálisis de días repetidos y novelas de amor; tal como era, digo, preciosa y alborozada, moviendo siempre las manos al hablar, y recordaría seguramente aquellos tiempos de felicidad errática, nuestra fascinación por el mundo de Melville, su risa contra el viento de la noche y, quién sabe, quizás intuía también, con cierto temor como de ala que te roza el rostro, que entre las mesas atestadas de jarras con cerveza negra, volvería a ver, apenas un instante, su inconfundible manera de andar, llegando y alejándose, el cruel fantasma de sus pasos perdidos.

Julia se empeñó en acostarse temprano, como suele hacer siempre después de cualquier viaje, y se encerró en nuestra habitación del piso de arriba, ponzoñosa y acogedora a partes iguales, con vistas a la más negra oscuridad. Yo, en cambio, preferí quedarme un rato en la taberna, lejos de la culpa de su carne, y mirar en silencio cómo jugaban a las cartas los viejos balleneros. El lugar no conservaba el jolgorio de la vez anterior, ni la confusión de bandejas rebosantes de vasos de aquí para allá, entre el humo de las pipas y las historias salpicadas de risas, juramentos y viejos himnos de guerras olvidadas. Tampoco Julia era como su hermana, no le atraían las noches como ésa, con su sabor a whisky ya bebido, ni descubría lobos de mar entre los ancianos de mirada perdida. Era otro tipo de mujer, para ser su amante lo primero que tuve que aprender fue a no despeinarla. Desde las ventanas apenas podía distinguirse nada, pero no era difícil imaginar murciélagos revoloteando entre la bruma y, un poco más lejos, la tempestad de espuma golpeando con fuerza contra los precipicios. Ese tugurio forrado de madera vieja estaba como sacado de uno de aquellos libros ilustrados del desván, cada uno contaba su batalla a quien quisiera escucharla, el origen de sus cicatrices, su canción solitaria; bajo una nube de humo aquellos extraños parroquianos revivían cada noche las tormentas y los naufragios, los marineros muertos, las heridas del agua, todo lo que de vida se les quedó al final enredado entre las algas.

Yo recordaba de la otra vez que el sitio estaba regentado por cinco hermanos, todos varones, que vivían allí mismo de cualquier manera, en un par de cuartuchos privados. Caí en la cuenta de algo que en el viaje anterior no era así: tanto los que atendían la barra como los que se dedicaban a acercar bebidas a las mesas lo hacían con la espalda ligeramente inclinada, como doloridos bufones de un palacio de pesadilla; algún secreto cansancio les obligaba a buscar asiento casi a cada paso, doblegados en apariencia por un peso invisible. Además faltaba uno de ellos, el que yo recordaba como el más afable y locuaz de todos. Quise saber. Tras varias intentonas fallidas, un viejo marino cojo, demasiado borracho como para mantener la reserva y cautela que sin duda existía sobre el tema, me confesó que el asunto era cosa de diablos o algo peor. Arrimando bien la oreja a su boca de desdentado ron, pude ir atando a duras penas los siguientes cabos: el que faltaba se llamaba David y ahora estaba muerto, se colgó una madrugada en ese mismo lugar, los otros cuatro hermanos eran culpables de algún modo. El ausente se había traído una mujer a vivir con él, en exclusiva, una extranjera redonda y dulce, antigua puta, que fregaba de día los suelos y por la noche se acostaba con él en un cuarto junto a la cocina. Los otros hermanos le hacían a ella la vida imposible, quizá por no poder soportar desde la estancia contigua la respiración de la carne, los ruidos que el deseo hacía contra el somier. Cada vez que pasaban a su lado le susurraban insultos al oído, le pellizcaban las nalgas, según los rumores más aventurados llegaron a violarla un día encima de una mesa. Tuvo que hacer las maletas y salir por pies. Todo eso supe, y también que aquella partida repentina David no pudo soportarla: demasiada niebla, demasiadas olas grises, mal paisaje para el mal de amores. Los hermanos transportaron a hombros su ataúd hasta el cementerio, y parece ser que cuando lo dejaron junto a la fosa recién cavada, en vez de sentir el alivio propio de desembarazarse de una carga, siguieron sintiendo el peso de aquella caja de madera exactamente igual que si no la hubieran depositado en el suelo. Aquel peso seguía ahí, doliéndoles en la espalda y así hasta ahora, cada vez que se ponen de pie, estén donde estén, vuelven a sentir el pavoroso lastre de un muerto de aire, de un bulto invisible en uno de sus hombros.

A la mañana siguiente nos marchamos antes de lo previsto. Julia tuvo que conducir el coche debido a mi tremenda resaca. La miré como por primera vez, en lugar de estar cuidando de su hermana, lavándole la cabeza o bajando al quiosco a por revistas nuevas, estaba allí al volante junto a mí, intentando pensar en algún lugar pintoresco con hotel de cuatro estrellas donde completar nuestro fin de semana de adúlteros de opereta. A medida que nos alejábamos del lugar me iba convenciendo a mí mismo de lo irreal de lo vivido la noche anterior, la locura de un borracho tullido, una historia tejida a base de copas, miedos y rumores. Quién sabe si a estas horas no habría alguien todavía riéndose de mí.

La visión de la autopista bajo un sol reluciente me tranquilizó. Aunque yo no sé ahora, no sé si cargo ya con la maldición de la posada y cuando vaya mañana a ver a mi mujer a la casa de reposo, al agacharme con mi ramito de flores para besar su frente, me quedaré enganchado en ese gesto de tierna traición. O algo peor, porque resulta que recuerdo su vestido manchado de ginebra, la recuerdo riendo entre los balleneros, todo su amor de película antigua, y no sé. Yo ahora no sé, pero creo que temo que al besarla se me quede enquistado para siempre el sabor perpetuo de sus labios en los míos, la amarga saliva de los tiempos que se fueron.


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