Texto aleatorio

I

Siempre albergué la fantasía de tener una casa con decenas de habitaciones diferentes para dormir. Nunca pude hacerlo, por supuesto, pero las tengo todas en mi cabeza, no de una forma vaga, sino construidas al detalle a lo largo de los años, amuebladas con una precisión que puede que tenga algo de enfermiza. Según el estado de ánimo en que me encuentre por la noche me zambullo en una o en otra, en ese tiempo hermoso de la duermevela con sabor a tregua o a escondite.

Una es la celda de un convento, con paredes blancas y frías, levemente ventrudas y con unas grietas tan mínimas que parecen desde lejos la tela de una araña, un suelo de losas de terrazo irregulares que en su día debieron de ser color caldero, crucifijo sobre los almohadones rellenos de paja y un austero escritorio de madera oscura con dos o tres libros encuadernados en pergamino; poco más, el reclinatorio y la ventana que da directamente al canto de los pájaros entre una confusión de capiteles y ramajes.

Otro es un apartamento triste en una barriada de Moscú alejada del centro, con su cama turca, libros hasta el techo, una mesa camilla de faldas lanudas, nieve desde la ventana casi siempre. Una luz cálida se ha quedado encendida sobre unos viejos cuadernos donde hasta hace un momento he estado escribiendo a lápiz algunas anotaciones desganadas, no sé si números o poesía. En esta habitación imaginaria, en la que el papel pintado empieza a despegarse de las paredes, soy un sabio cansado y entrado en años, con un jersey sin mangas y camisa de cuadros, disidente pero cobarde y un poco enfermo. Cuando me vence el sueño, me quito las gafas y los zapatos y me recuesto en la cama turca que siempre está extendida y sosteniendo un desorden de mantas enredadas. Aquí no hay pájaros que valgan, sólo suena la radio y mi propia tos mientras afuera la nieve se amontona despacio en los bancos del parque y sobre los tejados de las fábricas lejanas.

Luego está la celda de una cárcel. En las paredes hay trazadas con arañazos promesas de amor y de venganza, de ese amor sucio que suele sentirse entre el frío y las basuras, casi como una urgencia turbia de la sangre, y de represalias contra chivatos o jueces que en el fondo se sabe que no van a cumplirse nunca, pero que ayudan a vivir más que ninguna otra fe o sueño dorado. Adosado a uno de los muros, se tambalea un pequeño lavabo en el que la humedad dejó su rastro amarillento. Allí hay un olor terrible a soledad y a semen solitario y a todo el dolor de la libertad ajena; desde esa jaula de cal se recibe como el insulto más cruel cada pájaro que vuela al otro lado de las rejas, cada coche que se enfila como si nada hacia la carretera con los faros encendidos, pero hay una calidez entre las sábanas como de orín infantil, de isla resguardada en el centro de un invierno de pesadilla, mantas marrones y sueño atrasado de tantos años.

Y aún hay más. Queda el camarote de un galeón, forrado de madera rancia y con todos esos cachivaches que me detenía a mirar en los escaparates de Casa Gürich-Cosas de Barcos, al final de la madrileña calle de Marqués de Viana: astrolabios, lámparas, bitácoras que en su día fueron doradas y otros trastos que no se sabe ni para qué sirven pero que están allí medio oxidados sobre el pequeño escritorio, entre mapas desgastados y cartas de navegación que sirvieron en viajes olvidados. A través del ojo de buey el mundo oscila levemente. La nave está anclada en mitad del mar, sola bajo las estrellas en una noche sin grillos ni esperanza, puro silencio negro como aguardando el alba, o vientos favorables o lo que sea, acaso un bote clandestino que deposite a bordo el pavor y la belleza de una princesa extranjera recién raptada, con su seda hecha jirones y el pelo alborotado por la sal.

A veces, medio en sueños, he querido invitar a dormir conmigo, en cualquiera de esas habitaciones, a Yolanda, aquel amor primero y tan amargo como suele ser la inocencia en cuanto transcurre el tiempo. No ha funcionado. Su imagen se me evapora siempre y su cuerpo de aire se desliza de entre las sábanas y abandona de puntillas la habitación. Me deja solo en Moscú o en alta mar, donde sea. Siempre me deja solo.

He pasado las últimas noches de mi vida de un lugar a otro dentro de esa galería de aposentos. Siempre la misma cama y cada vez distinta, despertando en el extrañamiento de la habitación real con sus fotos de Victoria Vera grapadas a la pared, el triste vaso de agua, el polvo sobre los libros de la mesilla. He mascado con mansedumbre las horas del hastío, toda esa sed de intensidad que provoca los más descabellados delirios de huida, amores fugitivos, trenes desbocados, remotas palmeras flanqueando las sendas de un mundo imposible de muchachas y ron. Y hay un miedo que acecha por cada costado: el temor de que año tras año la vida continúe siendo apenas esto, los días lentos y repetidos, el pasillo lleno de puertas de mi hotel imaginario, la pastilla para conciliar un sueño en cuyos umbrales acierto a ser otro, y sólo entonces, sólo así; y por otra parte, pavor de doble garra, el pánico a todo lo contrario, a la más puta calle, fundamentalmente a mí mismo y a esa vena de homeless con querencia hacia todos los tugurios y arrabales que recuerden el frío atroz de los márgenes del mundo. Entretanto, cruz de duda. Culpa por no vivir y por la posibilidad de vivir, meses sin nada que pasan veloces como los cielos de Gus Van Sant.

II

Después de casi mes y medio recorriendo las carreteras de España recalamos allí, en aquel apartamento de playa en pleno invierno con vistas al mar gris y a los toldos azotados por el viento. Era el destartalado escondrijo de verano de una prima de mi madre a la que no reconocería aunque me la tropezase de bruces por la calle, pero que sin hacer demasiadas preguntas, accedió a facturarme las llaves a la lista de correos de la delegación más cercana junto con una nota en la que había escrito su inevitable lista de instrucciones domésticas: a qué hora y cómo se saca la basura, el teléfono de los repartidores de butano, el truco para encender el horno a la primera y dónde conseguir en esa época del año los mejores pollos a l’ast. No es que este antro en una urbanización medio fantasma fuera exactamente nuestra idea del paraíso, pero de un tiempo a esta parte venir a refugiarnos aquí se estaba convirtiendo ya en algo más que necesario: demasiado dinero gastado por esos hoteles de Dios, y en restaurantes y en gasolineras perdidas. Hasta en las fugas de amor, en las que acaso no se busca otra cosa que abandonar la realidad a cualquier precio, conviene ir mirando de vez en cuando, aunque sólo sea con el rabillo del ojo, los saldos bancarios; aun cuando no se llegue nunca a hablar de ello abiertamente por temor a estropearlo todo al ensuciar de mundo los sueños más volátiles. Hay que intentar al menos ir controlando un poco la velocidad a la que van descendiendo las cifras camino de ese abismo de tinta roja que nos ensucia de algo parecido a la sangre. Por muy lejana que parezca, y por mucho que pretenda borrarla de la mente, siempre se me acaba imponiendo una desconsolada visión de mí mismo sentado en el bordillo de la acera, con los bolsillos vacíos vueltos del revés, quemadas las naves, rotos todos los hilos que me separaban del vacío y la desolación más honda. En ese momento, tal como se me aparece en la imaginación, siempre hay una ligera llovizna y coches que se alejan desplazando el agua de la calzada, gente que entra y sale de los bares o regresa a casa con el periódico debajo del brazo o una barra de pan para la cena al tiempo que se encienden las primeras farolas de la tarde; si vuelvo la vista hacia mí, creo que estoy extrañamente tranquilo en la pesadumbre de ese trance, hay algo de amable en toda esa amargura que llega como flotando desde muy lejos, solamente siento un soportable dolor de estómago y ese nudo en la garganta que me devuelve a la infancia, a las ganas de llorar de cuando era niño y de repente me creía perdido. Es la locura: hacia dónde empezar a caminar, llorar o no, como aporrear la puerta del desván donde te han encerrado tus primos mayores, sentir ratones junto a los tobillos, la respiración de un viejo armario cubierto con una sábana blanca. No poder salir de la intemperie, volver hacia ti mismo, reconquistar el ser que fuiste hasta hace nada y que ahora ves como puro vapor entre el agua de lluvia, apenas una sombra difuminándose hacia el cielo con sus mil brazos de humo.

Lo primero que tuvimos que hacer fue salir a comprar un par de buenas placas eléctricas, una para el salón y otra para el dormitorio. Salvo un matrimonio de alemanes jubilados no habitaba nadie el edificio en esta época del año y el frío se quedaba agarrado a las paredes, difícil de arrancar como la roña. De pequeño yo había pasado parte de algunos veranos en ese apartamento, sólo que entonces aquello era un bullicio de flotadores por el suelo y colchones escondidos detrás de las puertas, de colas para la ducha y dormir de tres en tres por los rincones, y ahora, en la misma mesa baja de mármol donde se amontonaron pilas de tebeos, mis juguetes de playa, las fichas de un parchís descolorido, tenía una botella de whisky a punto de convertirse en cadáver y un plato sopero lleno de cubitos de hielo que iba deshaciéndose despacio en una especie de sopa polar. Y en lugar de aquel jolgorio inocente lo que hay es una mujer desnuda en la habitación de al lado, desnuda y borracha, una mujer de pocas bromas, para hombres de verdad, de muslos salvajes e insulto a flor de lengua, sobre todo si no la despiertas como a ella le gusta.

Mara dormía la mayor parte del tiempo. Por entonces todavía me gustaba mirarla e imaginar en qué estaría soñando. Toda ella parecía un hermoso y brutal pecado tirado sobre la cama. Hacía falta estar verdaderamente derrotado para conciliar el sueño entre esas sábanas arrugadas, llenas de arena y migas de pan. A veces, con cuidado de no despertarla, le subía el camisón hasta la cintura y, sentado en una silla junto a la cama, mis ojos la recorrían despacio, arriba y abajo, las piernas, el pelo, la respiración, como si le estuviera extendiendo una crema con la mirada. Siempre la recuerdo así, tumbada boca abajo con una combinación negra, como de abuela o de puta parisina y maltrecha, como aquellas que fotografiaba Brassaï entre dos guerras en los burdeles destartalados del corazón de Europa, el pelo enmarañado, los muslos al aire, pagando los estragos de la noche anterior, todos los gin-tonics sorbidos sin descanso en una esquina de la barra del bar, acomodada en un taburete con las piernas cruzadas, mirando cómo los demás bailaban y reían en el interior de una nube borrosa al tiempo que la música se iba enredando en una humareda teñida por los focos de color robot y de color futuro y de color sexo rock girando hasta el mareo. A veces se despierta y me llama como si temiese haberse quedado sola sobre la tierra, le acerco un vaso del licor que tenga más a mano y, al beber, abre un poco los ojos y me mira; entonces puedo sentir, sin demasiado esfuerzo, sus ganas de llorar en mi garganta. Luego se da media vuelta y yo bajo las persianas para que no le alcance nada de ese cielo podrido de gaviotas ni la luz helada que llega hasta el cristal empujada por el viento, llena de gotas de agua y ruidos de la calle. En esa penumbra la miro dormir, le murmuro al oído palabras y cosas sin terminar de entender por qué en vez de decirle te quiero me sale siempre decir perdóname. Como si mi amor sólo pudiera traerle heridas y derrotas, o esta deriva sin razón ni final, una cama que flota sobre el abismo, el desamparo de las cunetas, la flor de los venenos.

Ahora ya da miedo usar el coche. Aparte de nuestro estado casi permanente de embriaguez, el pobre ya no está para muchos trotes. Nos explicaron en un taller de Albacete que en cualquier curva la rueda delantera derecha podía salir disparada y continuar viaje por su cuenta campo a través. No quise ni preguntar por cuánto saldría el arreglo, en su lugar hay una caja de Jack Daniel’s en el maletero, probablemente la última. Nos escapamos con lo puesto. Es increíble que hayan pasado sólo seis semanas. Se diría que hemos atravesado continentes y siglos con el asiento de atrás lleno de trastos, cartones de pizzas, latas de cerveza y la música sonando como viento en la cara. Hemos gritado de amor en los moteles más sucios, hemos reñido, nos hemos mordido, nos han echado de bares juntos y por separado, hemos dormido bajo lunas de ensueño y de lobos. Y ahora, en este apartamento junto al Mediterráneo, aguardando el invierno que se acerca como un túnel de agua, los dos sentimos que se acerca el final. He querido hablar con ella del tema, hacerle entrar en razón, le he preguntado si quería volver con su marido, o simplemente llamarlo, le he ofrecido acercarla a cualquier parte, a un hospital, a su casa, a cualquier casa. Pero se niega en redondo, me acusa de pretender deshacerme de ella y acabamos follando una vez más. Me gusta cómo se le desencaja el rostro por el placer, apoyar los labios en su boca entreabierta, sorber toda su sed. En un área de servicio compré un libro de un tal Pavan K. Varma titulado Cómo amar a una mujer. Ha estado mucho tiempo en la mesilla de noche con el separador señalando el capítulo 8: «El uso de las uñas».

Mara se queda muchas veces en blanco, mirando por la ventana o un punto cualquiera de la pared de enfrente. «Un duro por lo que estás pensando», le digo. Pero no está pensando nada, qué tontería, qué va a pensar, no hay nada ya que pensar, eso dice, y regresa a su vida mínima, se sirve una copa, prepara las cosas para depilarse las piernas o pone algo de música, ya siempre las mismas canciones, baila sola, descalza y con los ojos cerrados, se contonea llamándome a su lado con el dedo índice, pero yo prefiero encender un cigarro y observarla desde el sofá, como si fuera un cliente que ha pagado unos cuantos billetes por verla danzar, pienso que está bellísima con esa minifalda vaquera, mi sucio amor, faro al revés, foco de oscuridad para el insoportable sol y la desértica luz de los días. Pienso en qué habría sido de mi vida sin ese chorro de sombra que todo lo refresca de caos y extravío.

Cómo abandonarla, cómo decirle adiós ahora, cómo dejarla en invierno y junto al mar, sin dinero, sin coche, sin llaves de la casa… Cómo pude. Nunca sabré cómo pude hacer eso.

III

Todavía en muchos sueños nos seguíamos tirando trastos a la cabeza, Mara y yo. Una vez rompió los cristales de mi casa de Moscú, el viento era un puñal entre mis pobres papeles manchados de vodka. Salió despavorida en medio de la noche, gritando y dando portazos, y se me murió de frío agarrada a un pretil sobre la nieve. Desde la ventana de mi apartamento parecía una escultura allá lejos con su vestido negro, diosa del remordimiento.

Algunas noches, cuando ya me estoy durmiendo, me viene a la cabeza el recuerdo de Yolanda. No he vuelto a saber de ella desde que destinaron a su padre en el consulado de Montevideo, cómo habrá sido su vida americana, si habrá habido en ella algún instante mío, un simple recuerdo, una pajita somnolienta. Y pienso que cualquier día me dedicaré con tiempo a recordarla despacio en cuerpo y alma, con todo el detenimiento y solemnidad que ella se merece, y me digo que reviviré en mi mente todos esos días del pasado marcados por el temblor que me producía entonces la cercanía de su latido, aquel paraguas rosa y tantos paseos errantes a la salida de los teatros, cada portal donde no la besé, cada despedida, y tal vez, en algún trepidante minuto de la noche, volveré a rozar su falda con el dorso de mi mano. Y luego pasan días y días, y cuando vuelvo a acordarme de ella resulta que me muero otra vez de sueño y de cansancio. Todavía no tiene una habitación propia dentro de mi cabeza. He de írsela montando poco a poco, elegir el ajuar, los retratos de las estanterías, el paisaje que se divisa desde la ventana. No es tan fácil.

Cuando me despedí de ella le prometí dos cosas: le prometí que no la olvidaría nunca y que jamás conocería a otra persona. Me olvidarás, decía. No te olvidaré. Conocerás a otras personas… No, no conoceré a nadie. Hoy, tantos años después, estoy contento por haber sido capaz de cumplir al menos una de esas dos promesas que le hice: es verdad que muchas veces la olvidé, eso es cierto, pero también es verdad que no he conocido a nadie. Nunca. Recuerdo de soslayo a Mara desmayada de cualquier manera sobre aquella cama junto a la playa —⁠sus zapatos desperdigados por el suelo, su perfume, sus medias con costura⁠— y, a pesar de que sé que la quise como las zorras aman la noche, vuelvo a pensar, todavía más fuerte: a nadie.


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