Texto aleatorio

Caminaba descalza por la orilla del río y al final se decidía a meter los pies en el agua manteniéndose arriba la falda con las dos manos. A veces alguna de las piedras del fondo la hacía resbalar por un instante, pero nunca llegaba a caerse del todo. Tenía unas piernas de esas que se pueden mirar durante horas, y nunca sabes si es mejor verlas quietas o pedaleando, bajo la luz del mediodía o bañadas en luna como cuando, por ejemplo, se sentaba a tomar la fresca en el banco de piedra junto a su puerta, con la mirada perdida y fumando sin parar rubio americano. Al principio nos parecía que era extranjera hasta que en la tienda del pueblo la vimos hacer su compra en perfecto castellano: un kilo de manzanas, un sombrero de paja, un montón de cervezas y cremas para antes y después del sol. Había alquilado una de las casas de la plaza que ahora se ofrecían al turismo rural, después de haber sido disfrazada su ruina de rústico tipismo: cada mazorca de maíz colgada del techo, cada ristra de ajos, cada calabaza seca ocultaban en realidad una grieta amenazante que reventaba de insectos y humedad. A nosotros siempre nos habían parecido auténticos imbéciles los que pagaban por meterse ahí dentro, pero esta mujer estaba haciendo cambiar esa manera de ver las cosas. Con sus gafas de sol, con su misterio a un tiempo desafiante y dulce.

Yo siempre pasaba en ese pueblo las primeras semanas de cada verano, en casa de la abuela. Me gustaba llegar allí, con una bolsa de ropa y otra con los libros comprados a finales de junio, y disfrutar de la contemplación de tantos días por delante de tiempo detenido. Para mí, esa vieja casona familiar, con sus largas siestas de penumbra y su desván atestado de trastos y juguetes rotos, era sencillamente lo que venía después de los exámenes de junio. Terminaban las clases y empezaba ese tiempo remolón y atravesado de moscardones en el que el sol deshacía las frutas y decoloraba los toldos en los terrados. Entonces los veranos eran eternos, el principio del curso siguiente era más un ente de razón que otra cosa, una estación remota más allá del último confín; se sabía que llegaría más tarde o más temprano, pero no podía llegar a concebirse del todo. Antes de abrir la primera de las novelas pasaba un par de días mirando ese tiempo varado, paseaba inquieto por las calles del pueblo aspirando los mismos aromas del año pasado, sobre todo ese olor tan característico como a leña que arde en la lejanía; elegía las higueras en cuya sombra me tendería a leer por las mañanas el montón de novelas que había traído, por lo general historias de amores remotos y viajeros extraviados por los océanos del mundo, y en esa anticipación de lo que estaba por venir obtenía más placer que cuando las cosas llegaban de verdad. La felicidad se divide a partes iguales entre las vísperas y el recuerdo: las cosas mismas, las horas presentes vienen siempre desnudas de esa película de sueño y de esa bruma que las recubría en el deseo y que volverá a envolverlas, con el tiempo, una vez se almacenen en la memoria. También me juntaba con los chavales de mi edad, aunque hacía ya unos cuantos veranos que no levantábamos casetas de adobe en el carrascal, ni nos tirábamos piedras ni nos perseguíamos gritando por las callejas. Ahora se nos iban las tardes hablando de todo y de nada, del sexo de los ángeles y sobre todo del sexo nuestro, esa jauría que a veces nos ladraba en la sangre y que era a la vez sublime y sucia, algo así como la palabra «puta», que significaba a un tiempo el hedor y el perfume, la gloria y la perdición atrapadas bajo una misma falda. Y además estaba Angelines, la hija del carretero, que me espiaba siempre y con la que unas cuantas veces, casi sin hablar, me había encerrado con llave en un granero, entre telarañas, montones de alfalfa y sacos de arpillera. Sé que no era el único que gozaba de esos favores, tan febriles y torpes, pero durante las vacaciones me daba a mí toda la preferencia y sus dedos sucios me condujeron más de una vez a un paraíso animal donde el amor era algo parecido a un grito de rabia y desahogo. Algún mes de octubre, ya en la ciudad, había recibido cartas de amor de ella en las que, con un montón de faltas de ortografía, me enviaba las palabras que a la hora de la verdad no había sabido decirme.

En las agencias de viajes de Madrid debían de vender esta zona como Prepirineo, toda esa moda estúpida de la aventura, cuando en realidad no pasaba de ser un paisaje vulgar de matorrales y monte bajo, aunque eso sí, en los días claros la línea del horizonte era quebrada y azul y se adivinaba en la lejanía un verdadero destino turístico. Pero ella, nuestra solitaria veraneante, no era como los demás visitantes de temporada: no hacía fotos a corrales con gallinas ni a pajares destartalados, ni preguntaba en el bar si había peligro de lobos o crecidas, ni bajaba hasta el barranco de buena mañana disfrazada de exploradora. Todo lo más cogía su bicicleta blanca y buscaba por los caminos una buena sombra donde sentarse a leer. Lo que sí estaba claro es que, por el motivo que fuera, había decidido regresar a su ciudad con las piernas bien bronceadas. De madrugada, por las ventanas abiertas de su casa se escapaban como humo arias de ópera o canciones napolitanas, imposible saber qué hacía ella mientras tanto, despierta y sola a esas horas tan intempestivas, si se quedaba quieta en algún rincón o danzaba descalza por los pasillos, ni hacia qué país distante, o héroe o huida, se le volaban los sueños.

La noche del segundo sábado del verano yo había estado de copas en la cabecera de comarca y el coche de unos amigos me dejó de vuelta en la plaza bastante entrada la madrugada. Ella tomaba una cerveza sentada en el banco de piedra junto a su puerta, y me llamó:

—Estoy a punto de quedarme sin tabaco, vecino.

Tenía la nuca apoyada contra la cal de la fachada y se notaba por su voz que aquella lata de cerveza que sostenía en su falda no había sido la primera de la noche. Quizá en otras circunstancias hubiera sentido esas ganas locas de salir corriendo que en el pasado habían estropeado, al menos en mi imaginación, maravillosas batallas de amor, pero resultó que yo venía también con el cuerpo aún cargado de música y ginebra y todavía revoloteaban en el fondo de mi cabeza muchachas girando bajo los focos de colores. Le ofrecí mi paquete y me atreví a pedirle un sorbo de lo que bebía.

—¿Qué tal las vacaciones? —⁠pregunté por decir algo⁠—, ¿qué te parece el pueblo?

—No es un mal lugar para estar muerta durante un mes.

Dijo eso y se puso a mirar al suelo. Debí haberle acariciado el pelo en ese mismo instante y preguntar por las razones de una tristeza que en ningún momento, desde su llegada, había conseguido ocultar del todo. Pero en ese momento no fui capaz, la mano se me quedó congelada en el aire, a un palmo escaso de su suavidad. Algo que dije la hizo reír y estuvimos hablando de cosas intranscendentes, bebidas que nos gustan, lo que haríamos cada uno con el gordo de la lotería, los objetos que llevaríamos a una isla desierta, sueños absurdos y cosas así.

La noche era cada vez más fresca. Ella jugaba con el cuello de cisne de su jersey, se lo desplegaba hacia arriba tapándose la boca y entonces me miraba desde Las mil y una noches. Empezó a abrazarse a sí misma y a masajear por encima de la ropa esa carne de gallina que temblaba en medio de la brisa como un suave animal. «Ni se muere ni cenamos», solía decir el abuelo: dos pobres tartamudos helándose en un banco bajo las estrellas sin saber quererse ni despedirse. Finalmente propuso que entrásemos en la casa para ver si nos quitábamos el destemple con un ron añejo del que no se consigue así como así, una de esas botellas que aguardan un momento como éste para ser abiertas, dos desconocidos y una noche mareada, por ejemplo, ninguna razón para seguir juntos y todo el miedo sin embargo a dejar de estarlo; el deseo escondido todavía, tomando posiciones antes de que se le vea definitivamente llegar, acechando ya sigiloso entre miradas incompletas y palabras medio de trapo, como islas que asoman de un pantano de ron.

Le dije que la había estado observando estos días atrás y que me hubiera gustado más que en lugar de madrileña fuese italiana porque me recordaba a aquellas actrices en blanco y negro de los años sesenta, esas que se subían al último peldaño de una escalerilla para quitar el polvo de las lámparas o rebuscar en los altillos de un armario matando de deseo al impúber que la mira desde abajo y de paso a todo el patio de butacas.

—¿Tanto te gusto?

—Se nota que no te has visto montar en bicicleta —⁠yo me lanzaba ya a tumba abierta.

—Tú no has podido ver esas películas, mi niño. ¿Cuántos años tienes?, ¿dieciocho?, ¿veinte? Y mucho menos en una sala de cine. Además, en los sesenta casi todas eran en color. Creo que tienes ahí un pequeño lío.

—Pero tú eres en blanco y negro. Eres en blanco y negro porque se te ve misteriosa y lejana. Para mí eres así. En algún momento has tenido que escaparte de una de esas fotos que se guardan en latas de carne de membrillo. Eres una mujer antigua.

Creo que ahí fue el primer beso, más o menos cuando empezaba a clarear el cielo. En la penumbra de una alcoba el vestido resbaló hasta sus pies y estuve bebiendo largamente de esa boca que, con su sabor a tabaco y a licor tropical, me traía ecos de lejanísimos océanos prohibidos donde la libertad y el peligro viajan a caballo de todos los vientos.

—Me parece que voy a cambiarte la película, jovencita. Quizá juguemos a Lolita al revés. Te me voy a llevar por ahí, por esos moteles de Dios. Diré en las recepciones que eres mi hijo.

—No colaría.

—¿Ah, no? ¿Sabes que tengo un hijo sólo cinco o seis años menor que tú?

Y ahí sí que no pude impedir que empezase a hablar de él. Tienen estas cosas, a veces, las mujeres, un amor les lleva a otro, aunque sus naturalezas sean totalmente distintas, y resbalan sin control por los sentimientos. Sin mirarme, fumando boca arriba con la cabeza apoyada en mi pecho desnudo, me contó que tenía un hijo adolescente que no quería saber nada de ella. Su padre, del que se había separado hacía un par de años, le envenenaba las ideas diciéndole que ella era una puta o algo así, la destructora de la felicidad familiar, de aquellos domingos felices de televisión y meriendas.

—¿Sabes lo que le dijo una vez a su padre?

—No.

—Le dijo: «Tú podrás rehacer tu vida, seguramente, pero yo siempre seré un hijo de puta». Eso le dijo, ¿te lo puedes creer? No sé lo que estarás pensando, porque ahora estoy aquí contigo, nos hemos acostado, pero esto no cuenta, ahora estoy muerta, estoy como muerta; esta música, tú, todos estos días están dentro de un paréntesis. Antes no era así…

Lloraba muy despacio con mis labios apretados contra su pelo. El chico debía llegar al día siguiente al pueblo para pasar con ella parte de sus vacaciones tal como sus abogados tenían pactado, de hecho ésa era la razón por la que había alquilado la casa en un lugar tan apartado del mundo, pero mucho se temía que volvería a hacer lo mismo de siempre: empezar a decir que se aburría, que no soportaba más tiempo ni a ella ni esa mierda de lugar, y querer marcharse al día siguiente otra vez con su padre, llamar sin parar por teléfono hasta conseguir que lo viniesen a buscar. Sólo con que pudiera retenerlo unos días en la casa tendría al menos la oportunidad de hacer algo juntos, poder hablar, ganar aunque sea una pequeña parte de tanto terreno perdido. Pero su hijo era un tipo insociable y difícil, según ella, de esos que no encajan en ninguna parte y se hacen aborrecer tan pronto como entran en escena.

Podría haberme tomado como un empeño personal el que su hijo se sintiera a gusto en el pueblo, por ella y sobre todo por mí, para que no se fuera. Pero se me daban fatal los adolescentes, más allá de prestarle mis montones de tebeos o poner a punto para él mi vieja bicicleta no se me ocurría qué podría yo hacer con un muchacho silencioso y resentido para calmar sus ganas de llorar y romper, y apedrearlo todo y salir corriendo. Cuando la miraba dormida, con todos esos restos de lágrimas y rímel secándosele en la cara, se me ocurrió aquella idea tan perra y sencilla. A la mañana siguiente hablé con mi primo y le pedí que reuniese a toda su pandilla para un plan importante y secreto. Puse voz de espía para hacerles saber, con toda la gravedad que me fue posible, que un tipo de su edad llegaría a casa de la turista rural al día siguiente. Les dije que no podía revelarles el motivo pero que seguramente querría marcharse nada más llegar. Y de eso nada, debía permanecer en el pueblo el máximo tiempo posible. Su papel iba a consistir en tratarlo con la consideración de un líder, halagarlo en todo lo que hiciera, incluso dejarle vencer en alguna pelea simulada si fuese necesario. Y acordamos la cantidad de monedas que ellos ganarían por cada día completo que se quedase en el pueblo.

El dinero para el viaje de la segunda parte de mis vacaciones se esfumó todo en esa operación. Cada noche pasaba a su casa, subía a tientas las escaleras con los zapatos en la mano y me metía directamente en su alcoba, donde solía esperarme haciéndose la dormida, pero con dos vasitos en la mesilla y el cenicero preparado para hablar de amor hasta las tantas, o del dolor del mundo, o de los viajes que haríamos si fuésemos libres y no fuera todo una porquería. Gasté todo mi dinero por poder estar entre esas sábanas tibias con olor a jabón de glicerina, por el sexo de una actriz italiana que abría para mí las piernas más doradas del mundo. Por sus palabras de ron, por sus gemidos tristes, por imaginarios paseos agarrado a su cintura por las aceras de Roma, se rompió la hucha con los inocentes ahorros del invierno, monedas arrancadas del cine de los sábados, y ése fue el momento de mi vida en que murió para siempre la hormiga que junta para mañana mientras las cigarras cantan. Ella no lo sabía, pero lo cierto es que yo pagaba al contado por cada noche que pasábamos juntos. Los billetes arrugados no acabaron en su mesilla de noche, junto a la lámpara y el cenicero repleto, pero para mí era algo muy parecido, cierto derecho a poseerla, amor por amor, el vértigo de la palabra puta y sus lágrimas a veces de viuda desamparada, de italiana de otro tiempo vestida de negro.

Durante casi un par de semanas, los chavales del pueblo nadaron en la abundancia de chicles, regalices y aquellos cromos de futbolistas que salían en las tabletas de chocolate. Cuando no comían aceitunas rellenas sorbían helados de cucurucho o untaban regaliz en los sobres del sidral. Pero cuando el dinero se acabó y mi deuda comenzó a crecer no tuvieron consideración alguna, ni piedad ni paciencia, y fueron dejando de lado al forastero, que se aburría deambulando por la plaza con las manos en los bolsillos sin llegar a entender por qué ya nadie venía a buscarle y todos los juegos se organizaban a sus espaldas.

Angelines era mi último cartucho. Yo no sé ni qué futuro le prometí, qué huida juntos, qué paraíso de amor cuando yo terminara mis estudios. Le hice creer que la mujer y el chico eran familiares lejanos, y que el problema era tremendo e imposible de explicar, igual que la magnitud del desastre si ella no se ocupaba del muchacho, tú ya me entiendes, Angelines, tan linda, tan irresistible, los ojos de animal que se asoma desde una madriguera, el vestido que tú sabes, el granero.

Gracias a ella pude seguir colándome cada noche en la habitación de mi turista rural. Encendíamos velas, nos bañábamos en una montaña de espuma, se nos hacía de día en aquel desorden de sábanas enmarañadas y el cenicero repleto, sus medias en el suelo y la música bajita, lo justo para disimular un poco los chirridos del somier y a veces las risas, porque ahora comenzaba poco a poco a reír, parecía que las cosas marchaban bien con su hijo y que estaba empezando a ser dulce esa muerte suya de un mes, el paréntesis en el que me había dejado entrar lleno de arias de ópera y estrellas desde el balcón y no pensar en casi nada. No pensar sobre todo en lo que sucedería después, cuando reventase la burbuja, llenándose todo del aire sucio de la vida real, y tuviéramos que marcharnos en direcciones opuestas. No es que no pensara para nada en Angelines, esa culpa estaba todo el tiempo ronroneando allí, las esperanzas absurdas que le había dado, todas las mentiras. Pero no había tenido otra opción. Y qué si los ojos de Angelines miraban a veces desde el desconsuelo, si era de mi edad, si era más de verdad, si tenía para ofrecerme su carne siempre allí en lugar del martirio de un recuerdo tras haber jugado como un loco a Verano del 42. Pero yo creo que a las mujeres se las ama por los aromas que se traen de mundos diferentes, a frutas desconocidas, al zumo de noches sólo soñadas. Porque lo conocido es siempre escaso y como cercado por la mugre, aunque sea una mugre doméstica que casi ya ni vemos, y sólo la lejanía está limpia de veras. La resplandeciente y azul es el agua de alta mar y no la que se estrella contra nuestros pies en la playa, llena de algas muertas y plásticos y aceite. Por eso el amor, para mí, era un sentimiento que tenía que ver sobre todo con la huida, y Angelines estaba aquí, demasiado aquí, con sus rodillas de mercromina y sus briznas en el pelo de comida para el ganado.

Una noche en que pasaba de tapadillo de mi casa a la de la turista, me encontré a Angelines cruzada de brazos en mitad del trayecto. Desde el principio sospechó que había algo raro en toda esta historia y me había estado espiando. Ahora sabía que los huéspedes de la casa rural no eran de mi familia. Estaba llorando y se apoyaba teatralmente en la pared como para no caer desmayada. Sólo me dijo: «Te vas a acordar».

Al día siguiente vi que la casa estaba cerrada a cal y canto y nuevamente con el cartel de Se alquila. Vino una familia a ocuparla la última semana de agosto y en los años sucesivos conoció todo tipo de huéspedes. Lo que sí es seguro es que desde el balcón del dormitorio volverían a divisarse otra vez los caminos polvorientos que rodean el pueblo y el monte pardo salteado de encinas, pero ya nunca más la Fontana de Trevi.

Y Angelines tenía razón: me he acordado. Vaya si me he acordado.


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