Texto aleatorio

Ahora que el bailarín Antonio Gades ha muerto y he visto en los periódicos la foto de su viuda en La Habana, entregando a un soldado cubano la urna con sus cenizas, he recordado algo que tenía olvidado desde hacía tiempo: también mis restos mortales habrán de volar a esa isla cuando terminen mis días. Al menos eso le hice prometer a Sonia, mi camaradita, en un día de lluvia del 76 al tiempo que yo le juraba lo mismo. Daría igual quién se interpusiera, padres, autoridades, la Biblia en verso, aquello quedó sellado con un beso muy largo mientras escuchábamos aquel primer LP de Silvio Rodríguez, Te doy una canción, y la ciudad, bajo las ventanas, moría a nuestros pies de mediocridad y cansancio. Éramos comunistas, como casi todos, con ese comunismo en sentido amplio que incluía desde Bob Dylan hasta Joan Miró, pasando por La Marsellesa y bailar descalzos sobre la hierba del parque. En ese mismo sentido de la palabra comunista cuando la utilizaba para insultarte la «gente de bien», los profesores, la policía, los tenderos, las señoras saliendo de las pastelerías.

El Este, así a secas, era una inmensa extensión lejana y nevada, con torretas de control en medio de los bosques y ríos flanqueados por kilómetros de alambradas, trenes detenidos en estaciones mal iluminadas y tabernas silenciosas donde se leía el Pravda y se ahogaban en vodka penas de otro mundo, un país inabarcable de estepas y cúpulas verdes donde la justicia partía de cero y se almacenaba el trigo en depósitos comunes para la interminable travesía de inviernos infinitos; pan y ópera, los coros del ejército y esa sopa triste que se toma con el abrigo puesto, las colas derivadas del derecho de todos, la mísera dignidad, un cigarrillo que pasa de manopla en manopla. Cuba, en cambio, nos gustaba mucho más. La veíamos como una alegre confusión de música en la calle y sábanas tendidas al sol caribeño desde balaustradas coloniales venidas a menos, coches destartalados de los años cincuenta, guayaberas de todos los colores, murales del Che y cierta joie de vivre a la que no era ajena el sexo ni el ron de míticas bodeguillas ni esa sensación de guerra contra todos, de barco de la esperanza anclado frente a las costas del mundo. Así era todo en un principio visto desde un instituto madrileño a mediados de los setenta, con los ojos recién abiertos al mundo y un dictador que no terminaba de morirse nunca, la policía cercando las universidades y la esperanza disfrazada de un mar de banderas rojas que avanzaba a veces por las avenidas como lo hacía la Historia, implacable y lenta, hacia el paraíso.

En aquellas aulas de entonces todos éramos comunistas, a todos se nos había puesto la piel de gallina con el Novecento de Bertolucci, los poemas de Brecht o aquellas canciones prohibidas que llegaban del norte, directamente de un mayo que convulsionó París y el mundo mientras nosotros hacíamos la primera comunión, vestidos de marineros o princesas en filas de a dos. Ahora cambiábamos el mundo en cafés destartalados, mirábamos a los obreros no concienciados con una mezcla de compasión y displicencia, lo mirábamos todo desde muy lejos, desde lo alto de torres en ruinas, sin sospechar que no tardarían en derrumbarse a nuestros pies. La gente podía optar entre el revisionismo blando del PCE, la disciplina guerrera de los maoístas con las tablas de gimnasia de su Joven Guardia Roja, el trotskismo y su leyenda de pureza asesinada o el comunismo libertario —⁠a caballo entre la columna de Durruti y los álbumes fotográficos que nos llegaban de la cultura underground norteamericana⁠—. Sonia y yo escogimos en un principio esta última variante, seguramente porque permitía conjugar mejor cierta idea de la justicia social con las melenas al viento y los discos por el suelo de la habitación y las botellas de litro de cerveza Mahou que bebíamos sentados en el bordillo de la acera. Pero en resumidas cuentas fuera de aquel breve catálogo de adjetivos, de distintos apellidos para una sola palabra mágica, nada era válido: la libertad sólo podía ser eso, todo lo demás no llegaba a ser más que sucias patrañas, trampas para continuar con un régimen de ultraderecha que nos había condenado a una infancia mediocre y en blanco y negro, tan aburrida como culpable, donde no paraban de sonar los himnos sacrosantos mezclados con la música del NODO y los latidos de un miedo que se hizo familiar como la sopa templada, las oraciones de antes de dormir o los consultorios radiofónicos para señoritas. Quizás esa opción política, asumida en masa por prácticamente una generación entera, no era otra cosa que la forma que tomaba el resentimiento contra tantas tardes de cine malo, de muchachas vistas tan sólo desde lejos o tras la celosía de una moral enemiga y enferma. Más acá del levantamiento fascista de 1936, de los barcos repletos hacia el exilio, de las siniestras cárceles de Franco o de las cunetas donde se amontonaban desde la posguerra los cadáveres de los vencidos fusilados; más acá de todo eso, lo que a Sonia y a mí, como a tantos otros nacidos en torno al año sesenta, nos tocaba de cerca eran aquellos desfiles con flores a María y el confesonario en la madrugada y el deseo condenado y aquel silencio asfixiante y espeso que lo envolvía todo, el amor culpable, los libros de Formación del Espíritu Nacional, las revistas francesas escondidas bajo el colchón. Veníamos de todo aquello y no podíamos casi ni creer la felicidad de tener ahora una bandera roja que escupirles a la cara, una hoz y un martillo para hacerles temblar.

Entre nuestros amigos de entonces había muchachos huidos de Chile y de Argentina y de Uruguay y cebábamos con ellos el mate de la nostalgia, de manera que no nos costaba trabajo meternos a vivir en las páginas de Rayuela, inventar en cualquier piso de las afueras un triste club de jazz, una biblioteca prohibida, un templo de la esperanza. Dormíamos en colchones tirados por el suelo y en un rebullo quedaban nuestras camisas caqui compradas en El Rastro, un libro de Mao, mi vieja boina como la del Che, que desde el póster velaba nuestros sueños como el más bello Dios. Hoy sé que nuestro amor era poco más que eso, la velocidad de una sangre que se moría por arrollarlo todo, el cuerpo que me ofrecía cada noche, quizá sin ganas, como venganza a las monjas que quisieron educarla para todo lo contrario, su pelo enmarañado sobre la almohada y un mundo que poner patas arriba.

La inercia de esa militancia borrosa hizo que todo fuera rodando a su modo hasta mucho más tarde, en el verano de 1989, cuando en España los socialistas ya estaban cansados de tanto jugar al golf y apenas meses antes de que los muros empezaran a desmoronarse y se repartieran en pedazos como pisapapeles por las oficinas del mundo. Conocimos a un par de cubanos en Bratislava que se encontraban trabajando allí como obreros especializados en alguno de aquellos estrafalarios programas de cooperación checocaribeña, y se acercaron a nuestro grupo al oír que hablábamos en castellano. Se consideraban verdaderos revolucionarios y echaban pestes de los trabajadores eslovacos, que a su juicio no se entregaban lo suficiente en el trabajo ni tenían auténtica conciencia de clase ni esperanza ni nada, sólo ganas de beber cerveza hasta quedarse dormidos por mostradores y parques. Estaban decepcionados de veras con una clase trabajadora que para ellos no era más que un hatajo de descreídos, alcohólicos individualistas y desagradecidos al Estado. Sonia les escuchaba cómplice como si pensara «elegimos bien en su día el destino de nuestras cenizas», pero yo noté allí mismo algo parecido al horror. Me sentí de repente como un obrero siderúrgico de Bratislava, borracho ya a esas horas de la tarde, habitante de un piso de cincuenta metros cuadrados en alguna de aquellas colmenas como cajas de zapatos grises vueltas del revés, rodeadas de farolas rotas y parterres de maleza. Entre risas y tabaco compartido, aquellos simpáticos cubanos me estaban abriendo los ojos, sin ellos pretenderlo, a un mundo de consignas y persecuciones.

Aquel viaje no acerté a comentar con Sonia ninguna de mis dudas. Estaba claro que comenzábamos a separarnos. No sabría decir quién de los dos se quedaba atrás. Por un lado me sentía un traidor ante la fe de ella, pero por otro no podía dejar de ver sus ojos vendados a la evidencia desnuda de un horror que encarcelaba poetas a cambio de repartir panecillos. Por alguna razón, me negaba a creer que el precio del trigo tuviera forzosamente que ser tan alto. Luego vendrían las fotos de los escolares uniformados en La Habana, ridículos como los boy scouts a los que por obligación había pertenecido en mi infancia. La imagen de cientos de voces cantando a coro la misma canción iba indisolublemente asociada en mi cabeza a la de una montaña de libros ardiendo en la plaza pública. Eso o algo peor, porque toda unánime camaradería en la superficie suele tener el contrapunto de la soledad en las mazmorras subterráneas de todos aquellos que desentonan al cantar o en algún momento soñaron con una música propia, aunque fuese silbada a su manera, tarareada apenas en paseos solitarios. Y vino también Fresa y chocolate y el realismo sucio de Pedro Juan Gutiérrez, algunas conversaciones con exiliados a los que meses antes no me hubiera dignado dirigirles la palabra. Y no tuve más remedio que reconocer algo terrible: que yo en esa sociedad no hubiese soportado ni siquiera unos meses de mi vida, que hubiera querido morirme entre tanto lema y tanta ortodoxia combativa y, a fin de cuentas, tanto «régimen». Dicho de otro modo, lo que de repente vi claro es que me gustaba que Cuba existiera, que Cuba resistiera allí, o China, o la Unión Soviética, pero que fueran otros quienes sufriesen su infernal día a día, los perros policías, los poemas quemados, el mismo silencio que tiempo atrás había apretado mi garganta.

Entonces fue cuando Sonia me dijo que tenía alma de «gusano». Yo, que en mi lista negra de seres despreciables había escrito los nombres de los disidentes del Este, y de los supervivientes de los campos de trabajo rusos, y de los intelectuales franceses que ya en los años cincuenta se desentendieron del llamado socialismo real, empezaba a formar parte de aquella pandilla de burgueses o renegados, deslumbrados de repente por los neones de Occidente y la traidora tentación de salvarse a solas. En su nota de despedida me incluía unos versos de Ojalá, aquella vieja canción de Silvio que escuchábamos a la luz de las velas años atrás, cuando el universo entero era un inmenso campo de batalla que recorrer unidos contra el viento, codo con codo, mi camaradita y yo, toda una vida de su piel a las trincheras, agarrando fuerte una mano que —⁠no me cabe duda⁠— hubiera preferido mil veces un fusil.

Me estaba diciendo adiós sin sospechar lo solo que me dejaba, la magnitud del vacío que se abría ante mí. Crecí en una habitación en la que un póster gigante del Che Guevara sobre fondo rojo presidía la cama, rodeado de libros prohibidos sobre el materialismo histórico o de poetas fusilados en la cuneta. Crecí agarrado a la cintura de aquella muchacha que ahora me abandonaba, más volcada que nunca en su sindicato y en la redacción del periódico revolucionario de siempre que ya nadie quería leer, como si mi debilidad fuese algo parecido a su fuerza.

Olvidamos deshacer aquel pacto secreto de llevar a La Habana las cenizas de quien muriese primero. Y, por lo que a mí respecta, no me importaría que siguiese en pie, porque desde mi vacío, desde este cuaderno, ya sin renglones ni pautas, para escribir mis días, pienso a menudo en ella y en todos aquellos años que son en realidad mi vida. Pienso en aquel viejo póster y en Sonia durmiendo bajo su cobijo. Pienso en ambos cuando la nostalgia me vence y entono para mis adentros: ¡Hasta siempre, Comandantes!


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