Texto aleatorio

Sueño muchísimo, en colores dementes, tengo en los sueños sensaciones que no busco nunca en la realidad. He anotado cientos de sueños a lo largo de los últimos diez años; algunos se repiten de forma compulsiva y me empujan a las mismas horcas caudinas de la vergüenza, la rabia y la soledad. Por supuesto, dicen que el escritor pierde por cada sueño un lector, que los sueños resultan aburridos en una historia, que no son sino un método anticuado de mise-en-abyme. Pocas veces, es cierto, resulta un sueño interesante para los otros. Además, los escritores abusan en ocasiones de esas falsificaciones, construyen sueños del calibre deseado para reflejar y ordenar la realidad difusa de la historia, al igual que, si colocas el capuchón de una pluma estilográfica en medio de un garabato anamorfo, ves reflejada en él la imagen de una mujer desnuda. Puesto que quiero comenzar esta historia con un sueño, intento defenderme en cierto modo de la acusación de pereza e ingenuidad que surgirá de inmediato.

Soy, como ya sabéis, un escritor ocasional. Solo escribo para vosotros, queridos amigos, y para mí. Mi verdadera profesión es aburrida, pero a mí me gusta y conozco muy bien sus trucos. Sin embargo, los trucos de la escritura me dejan frío. Desde hace algo más de un año, desde que asisto a vuestros encuentros dominicales, habría podido aprender muchísimo sobre la técnica a través de la cual se liga una historia. En cualquier caso, sin embargo, me temía que no tendría demasiado que decir. De hecho, hasta la noche en que soñé lo que quiero contaros, estaba convencido de que no había nada en mi vida que mereciera salir a la luz. Así que no pretendo llevar a cabo una mise-en-abyme, solo quiero comenzar porque estoy convencido de que, tanto en la vida como en la ficción, el comienzo da el tono. Incluso en la locura. Recuerdo cómo empezó a perder el norte un amigo mío. Llegó un día muy agitado a mi apartamento y me relató con una extraña coherencia lo que le había sucedido una hora antes: «He cogido el tranvía para ir a visitar a un conocido. Por culpa del frío, las ventanillas estaban empañadas. En el asiento de delante había una mujer como de pueblo, con una zamarra marrón sucia y un pañolón verde. No me había fijado en ella hasta que ha levantado una mano burdamente enguantada y ha limpiado una parte de la ventanilla empañada. Estaba precisamente mirando a través de la mancha transparente cuando el tranvía ha entrado en el túnel y la mancha se ha vuelto negra como la brea sobre el fondo blanco del resto de la ventana. Pues bien, la mancha reproducía perfectamente el famoso perfil de Goethe. Todo estaba ahí: la nariz recta que nace directamente de su frente oblicua, la peluca que acaba en una cola de caballo, los labios firmes, la barbilla redonda…».

En fin, no voy a alargarme más y voy a comenzar la historia del sueño que he mencionado. Hace unos dos meses soñé que estaba simplemente encerrado en un frasco, pero en uno que parecía tallado en cristal de roca. Daba vueltas de aquí para allá por aquel frasco en el que, de vez en cuando, centelleaban arcoíris, y contemplaba encantado a través de sus paredes el mundo fluido, tembloroso, del exterior. Un pájaro venía aleteando desde las lejanas montañas y, a medida que se acercaba, se ensanchaba al combarse sobre las paredes curvas. Cuando estuvo bien cerca, vi su ojo almendrado, enorme, que crecía como dentro de una lupa y que de repente me abarcó por todas partes. Me tapé la cara con un sentimiento terrible de vergüenza y de placer. Cuando volví a mirar, observé que en las paredes del frasco —que lanzaban destellos demenciales— habían aparecido los contornos delicados de una puerta. Me lancé hacia ella espantado ante la idea de que pudiera estar abierta. Pero respiré aliviado: un candado enorme, blando, como de carne, colgaba en la puerta. Por el senderito que descendía desde las lejanas montañas y terminaba ante mi puerta, venía una niña. Parecía obediente y bien educada mientras avanzaba, con unos grandes lazos en las trenzas y la boquita húmeda, hacia la puerta. Las paredes del frasco se habían vuelto rectas y claras como si fueran de cristal y de repente sentí un miedo irracional, un terror que no he vuelto a experimentar jamás. La niña había llegado a la puerta y había empezado a golpear con sus puñitos nacarados el grueso cristal. Debido al pánico, me había tirado al suelo y me retorcía, pero no le quitaba ojo. Cuando agarró el candado, sentí que se me abrían las carnes, que me estallaba el corazón. Entonces rompió el candado y, con las manos embadurnadas de sangre, empujó la pesada puerta de cuarzo. Se quedó paralizada ante mí, en el umbral, en una actitud que me resulta imposible describir porque no existen palabras para ello. Y de repente vi la escena desde un punto situado a espaldas de la niña, mientras me alejaba por el sendero que conducía a las montañas lejanas. Empecé a abarcar con la mirada una superficie cada vez más vasta de las paredes macizas de vidrio o de hielo o de cristal del frasco, que no era en ningún caso un frasco, sino un gigantesco castillo, una construcción obtusa, con cornisas y estucados y volutas y gorgonas y claraboyas y balcones y almenas y torreones y canalones de una materia fría y transparente. Y en el centro de los miles de salones de paredes transparentes me encontraba yo, tirado en el suelo, y la niña en el dintel de la puerta abierta de par en par; a sus espaldas, desde la entrada en el castillo hasta la cámara central, había cientos de puertas abiertas con candados ensangrentados.

Me desperté con una sensación estúpida que me llenó de desazón durante toda la mañana, pero no recordé el sueño hasta después de comer; al principio fueron como unos destellos de pura emoción en el plexo, luego, en la escuela, mientras me escuchaban mis alumnos, como unas dolorosas secuencias ininteligibles. Necesité también el día siguiente para poder reconstruir todo lo que he contado aquí. Más aún, no sé por qué, pero tengo la impresión de que había recordado mucho más de lo que ahora sé y que, entre tanto, lo he olvidado. Sí, ahora, mientras escribo, me relampaguea la idea de que supe qué gestos hizo y qué palabras pronunció la niña del sueño, pero siento que me resulta absolutamente imposible concentrarme sobre ellos. Espero recordarlos a lo largo de este relato…

Intenté, como de costumbre, después de anotar el sueño, realizar su anamnesia. Comencé al azar, esforzándome por recordar algún detalle que pudiera ligar a alguna secuencia del sueño. Tras una ensoñación de un par de horas ante la taza de café —durante las cuales miré fijamente el dibujo de la taza, una mariposa púrpura con dos manchas como dos ojos inmensos, azules, con un borde dorado en ambas alas y el cuerpo en forma de gusano claro, desagradable— apunté en mi cuaderno el siguiente texto, que se me ocurrió de forma espontánea: «Cuando sueño, una niña salta de su cama, se dirige a la ventana y, con el rostro pegado al cristal, contempla cómo se pone el sol sobre las casas rosas y ocres. Vuelve la cara hacia el dormitorio rojo como la sangre y se acurruca de nuevo bajo la sábana húmeda. Cuando sueño, algo se acerca a mi cuerpo paralizado, toma mi cabeza entre sus manos y la muerde como si fuera un fruto translúcido. Abro los ojos pero no me atrevo a moverme. Salto bruscamente de la cama y me dirijo a la ventana. Miro hacia afuera: el cielo es todo estrellas». E inmediatamente, como si hubiera pronunciado una fórmula sagrada, comencé a recordar algo. Algunas cosas las he olvidado, pero sé que de repente comprendí que la historia del tarro procedía de una conversación telefónica que había mantenido con mi antigua novia, la cual, entre otras cosas, me contó que se había comprado una pareja de hámsteres y que los tenía en un frasco con aserrín. Luego me vino a la cabeza mi recuerdo más antiguo: tenía como mucho dos años y vivía con mis padres en Silistra. El casero, que se llamaba Catana, me había regalado una campanilla. Recuerdo incluso hoy en día, con absoluta nitidez, cómo salí del jardín de la casa y me adentré, con mis botitas, en un charco turbio que se extendía por la calle. Dejé caer la campanilla al agua y, aunque tanteé con mis manitas el fondo del charco, de unos pocos centímetros de profundidad, no conseguí encontrarla. Recuerdo lo sorprendido que estaba. A partir de este recuerdo, comprendí que tenía que situar el desarrollo del sueño mucho más alejado en el tiempo. Me concentré en la niña, en sus trenzas anudadas con unos enormes lazos de tela blanca, almidonada. Pensé que se parecía a las campesinas retratadas por los maestros holandeses, mujeres con la cabeza cubierta por bordados grandes y envolventes. Pensé en las sábanas de holanda sobre las que descansaban los desnudos soberbiamente cimbrados de Ingres y, de repente, arrinconé el recuerdo: la niña se llamaba Iolanda. Entonces vi ante mis ojos la puerta de cristal del portal número 1, que tanto costaba abrir, el molino Dîmboviţa, las tacitas de juguete, de colores violentos y dolorosos, y la imagen de Bucarest desde la terraza, iluminada en la noche por anuncios rojos y verdes que se encendían y se apagaban. En un estado de exaltación difícil de describir, al cabo de unos minutos desenterré de mi memoria algunas cosas de las que estaba seguro no recordar ya nada. Es más, me di cuenta de que aquel periodo de mi vida es el que concentró todo lo original y tal vez insólito que hay en mí. Cómo había podido resistir hasta entonces ese globo perfecto, nacarado, encerrado entre las valvas cenicientas de mi vida de profesor soltero y hastiado, que vive sólo porque ha nacido, es algo que no puedo comprender. Pero me sentí muy feliz porque, a decir verdad, quizá podría tener algunas cosas interesantes que contar a partir de mi propia experiencia. No estoy pensando en escribir un cuento, sino una especie de relato, una pequeña y sincera crónica del más (de hecho, del único) extraño periodo de mi vida. Y creo que el protagonista de esta crónica, si bien en la época en que «transcurre la acción» no tendría más de siete años, merece ser descrito, porque estoy convencido de que marcó para siempre, aunque fuera subterráneamente, como es mi caso, el destino de todos los niños que jugaban por aquel entonces detrás de mi bloque de Ştefan cel Mare.

El bloque tiene ocho pisos y en la parte trasera hay ahora un aparcamiento en el que los coches tiritan, uno junto a otro, en el aire gélido de este invierno. Hace ahora veintiún años, cuando nos mudamos aquí, mi madre acababa de salir de la maternidad, donde había dado a luz a mi hermana. Recuerdo cómo, en medio de una habitación completamente vacía y blanca, en la que la luz penetraba por una ventana sin cortinas, mamá estaba sentada en una silla e, iluminada cegadoramente por el sol primaveral, daba de mamar al bebé. Yo llegaba con la cabeza justo a la altura del fregadero de la cocina; con el tiempo, el esmalte del fondo se desportilló y se formó una mancha que reproducía con precisión el perfil de África, con sus desiertos y ríos principales.

El bloque estaba aún por rematar. Uno de los lados estaba adosado a una construcción que siempre me perturbó debido a sus almenas y torreones, a las perspectivas infinitas que luego volví a encontrar en Chirico; por toda la parte trasera, a partir del molino (otro edificio medieval, de un rojizo siniestro) se alzaban todavía unos andamios oxidados. Detrás del bloque, la tierra estaba excavada por las zanjas del alcantarillado, que alcanzaban en ciertas zonas una profundidad de más de dos metros. Este era nuestro campo de juegos, separado del patio del molino por una cerca de hormigón. Era un mundo nuevo y lleno de escondrijos, sucio y extraño, que nosotros, unos siete u ocho chavales de entre cinco y doce años, conquistábamos y recorríamos cada mañana, armados con pistolas de agua de dos lei, que comprábamos, azules y rosas, en «Caperucita Roja», la tienda de juguetes que estaba entonces en Obor, en el antiguo Obor, el verdadero, el que siempre olía a aguarrás.

La pandilla tenía una jerarquía estricta, basada en el principio de la fuerza física: se trataba básicamente de quién podía pegar a quién. Recuerdo a algunos de sus miembros: Vova y Paul Smirnoff (¡qué contrariedad cuando descubrí más adelante el vodka que se llama igual!), Mimi y Lumpă (no se cuál era su verdadero nombre), Luţă, Dan, el del portal 3, Marconi y su hermano Chinezu, Luci, Marian-Martianu-Martaganu-Taganu-Tacu, ese que se casó hace un par de años con una dependienta de la pastelería, Jean el del séptimo, Sandu, mi vecino, Nicusor el del otro portal. Cada uno de ellos me parece ahora era interesante a su manera. Paul comía alquitrán y sorbía la barriga de las mariposas porque decía que tenían miel. Su hermano, Vova, era obediente y vergonzoso, pero tenía la manía de hablar con todo el mundo del Titanic, que —decía él— era más alto que tres bloques de pisos colocados uno encima del otro y tenía mil hélices. Mimi criaba un erizo y coleccionaba paquetes de cigarrillos extranjeros, algunos de plástico fino. Era el mayor y nos podía pegar a todos. Por eso era el jefe, aunque era un poco gitano. Todo lo que Mimi tenía de grande, lo tenía su hermano Lumpă de debilucho: un morenito mocoso y llorón, que berreaba de tal manera que por algo le llamaban Sinfonía en Do Mayor. Debía de tener unos cuatro años y era un poco retrasado, apenas balbuceaba tres palabras. Luci, al que de hecho llamaban Luciosu, así como a mí me llamaban Mirciosu, era mi mejor amigo. Andaba con él de aquí para allá mientras escuchaba sus historias sobre caballos, solo sobre caballos que galopaban sobre arenas cubiertas de seda y llevaban los cascos calzados con zapatos de cachemir florido. Luţă era un tanto macabro; de hecho, su hermano mayor, después de acabar el instituto, se subió a la terraza y desde allí se arrojó al asfalto. Estaba en mi habitación haciendo barquitos de papel cuando vi su cuerpo grande caer ondeando inesperadamente junto a mi ventana. Oí el ruido y salí a la ventana: yacía sobre el asfalto, junto a un Pobeda, con su uniforme de antiguo alumno de liceo. Su noble perfil se dibujaba sobre el fondo de una mancha alegre, de un púrpura claro, que se extendía lentamente.

Por supuesto, en la pandilla había otros miembros, menos interesantes o de los que no me acuerdo. Había, lo sé, en el portal 6, un chaval que había sufrido poliomielitis y que arrastraba una pierna aprisionada por un complicado mecanismo de metal, uno igual al que debió de tener también Harieta, la hermana de Eminescu. Su abuela lo sacaba a la parte trasera del bloque, y desde allí nos miraba cómo jugábamos a la Brujitoca1. Pero era como si no estuviera. Y luego también estaba —casi se me olvida— Dan el Loco, al que Mimi había puesto un mote extraño; ni siquiera ahora podría decir de dónde venía y cómo se le había ocurrido a la mente torpe de Mimi: lo llamó el Mendébil. Dan solía encaramarse a la balaustrada que rodeaba la terraza y nos llamaba a gritos, desde una altura de ocho pisos, haciendo gestos y fingiendo que se tiraba. Nosotros, los demás, no podíamos siquiera acercarnos a la balaustrada, ¡como para subirnos a ella!

Las chicas de nuestra edad no entraban en la pandilla, por supuesto. Ellas se pasaban el rato dibujando en el asfalto infinitos paisajes de tiza azul, amarilla, roja o anaranjada, o jugando a sus juegos de pañuelitos, príncipes a caballo, besos, odi-odi-oda y «una piedra preciosa no hay en el mundo entero». Aun así mencionaré a unas pocas: estaba Viorica, la hija de los mudos, la única de la familia que hablaba, aunque con sus padres se comunicaba solo por gestos; Mona, la hermana de Dan, tan psicópata como él, de ojos amarillos que brillaban de odio y la única a la que dejábamos jugar a la Brujitoca; Fiordalis, hija de unos griegos que se apellidaban Zorzon; Marínela, a la que Jan cantaba, con la melodía de Marina, Marina, Marina, «Rubia, rubia, rubia, alta como una sonda» y, por fin, Iolanda, la que se me apareció en el sueño.

No quiero abundar demasiado en ellos. Todas estas nubecillas coloreadas y perfumadas son solo pintorescas y yo no puedo permitirme aburriros con una historia pintoresca. Background —eso es lo que fuimos todos para aquel que llegó y que dejó en nosotros una huella inexplicable, aquel que no podía pegar ni siquiera a Lumpă y que, sin embargo, fue respetado y secundado durante una temporada incluso por Mimi. Todo lo que he contado hasta aquí es tan solo la presentación de esta, digamos, historia, pero merece la pena realizar el esfuerzo, aunque solo sea tal vez por mi costumbre de profesor de rumano que repite, cada vez que tiene la ocasión, «toda redacción debe tener una introducción (en la que se plantea el tiempo, el lugar y los personajes de la acción), un desarrollo y una conclusión». Mi introducción se ha alargado bastante pero, aun así, no puedo pasar todavía al contenido. Debo mostraros previamente cómo nos divertíamos antes de que a nuestro bloque llegara el «personaje principal».

La mayoría de nosotros no salía prácticamente nunca del perímetro de la zona trasera del bloque. Pegado a la panificadora El Pionero, como si brotara directamente de ella, había un castaño viejo y retorcido que tenía un agujero relleno con cemento y un trabal clavado de forma oblicua en su corteza llena de hormigas. En él apoyábamos el pie Şandu, Luci y yo cuando trepábamos al árbol; ahí nos sentíamos a nuestras anchas, como los viejillos de Capote en El arpa de hierba. Había allí arriba, donde se bifurcaban las ramas, otro agujero en el que podíamos estar de pie. Justamente a principios del verano habíamos encontrado este hueco lleno de sacapuntas de plástico chinos. Tenían una variedad de colores que nos dejó sin aliento. Había más de cincuenta y representaban todo tipo de tiernos animalitos, ardillas de colas gruesas y ensortijadas, conejitos blancos, caballos en un balancín, bambis de Disney, ranitas de ojos azules. Había también cohetes rojos y verdes, toneles rosas-transparentes, tortugas y jirafas de cuello largo y cola móvil. La noche anterior allí no había nada y nosotros habíamos venido por la mañana temprano. Tampoco los días posteriores merodeó nadie por el castaño aparte de nosotros. Simplemente —concluimos— los sacapuntas habían crecido allí solos, se habían abierto como una mirífica florescencia del árbol, tal y como los cactus o el bambú florecen una vez cada cien años. Nos los llevamos a casa. Incluso bajo los más tiernos conejos o cervatillos se escondía el filo firme, implacable, de la cuchilla de acero. En el castaño, como unos viejos indios, deliberábamos. Cuando Luci se había saturado ya de hablar de caballos, tras haberlos vestido con tantos hilos de oro, rubíes y pesadas sedas que ya no sabía qué más inventar (él afirmaba tener caballos semejantes en el pueblo), después de que Şandu, que jamás se convertiría en matemático, nos aburriera con la absurda afirmación de que había encontrado un libro de «artimética» en el que, en vez de con números, se realizaban sumas, restas, multiplicaciones y divisiones con letras, después de que yo, finalmente, jurara haber visto un fantasma, pasábamos a cosas más serias. ¿Sería verdad que esa palabrita que encontrábamos escrita sobre la valla de hormigón o arañada sobre la brea de algún tubo quería decir que todos los mayores…? Y, entonces, todas aquellas canciones que cantábamos con tanto entusiasmo: «Selene-ene-a, corre en pijama la vieja / Selene-ene-a, y el viejo no la deja», etcétera, ¿se referían a la misma guarrada? Pues claro, decía Luci, y añadía con cinismo: incluso tu madre y tu papi lo hacen. Luego empezaba a soñar: «Cuando tenían que hacerlo, se dirigían a una especie de hospital. Allí les daban una habitación sin ventanas, con el orificio de la llave taponado con algodón. En el centro de la habitación hay una especie de mesa de operaciones sobre la que la mujer se coloca boca arriba. Encima de la mujer hay una hamaca a la que el hombre se encarama con una escalera y se instala boca abajo. A continuación, un mecanismo acerca la hamaca a la mesa de operaciones de tal manera que los padres se despiertan uno sobre el otro, justo como en los chistes de Mimi. Todo esto duraba mucho, horas y horas, y mientras tanto la mujer leía un libro. Luego regresaban a casa». ¿Por qué lo sabes?, le preguntábamos y luego nos enredábamos en controversias escolásticas. Entendíamos más o menos aquella palabra breve pero respecto a otras palabrotas, que aseguraban al interlocutor que existían incluso variantes, no nos poníamos de acuerdo en absoluto. E incluso con aquella palabra me asaltaban las dudas: mis padres parecían demasiado serios como para hacer algo así, aunque fuera en el hospital.

Pensaba en esas cosas durante aquellas largas y atormentadas sobremesas en las que me obligaban a echar la siesta. La luz dorada-rojiza llenaba lentamente el dormitorio, se reflejaba en la puerta del escritorio y caía sobre mi rostro. Permanecía en la cama con los ojos abiertos y contemplaba a través de la ventana las maravillosas nubes que se deslizaban brillantes, caprichosas, por el cielo de verano. A veces me levantaba a hurtadillas de las sábanas almidonadas, rígidas como cristal blanco pero ligeras como papel, y me dirigía a la ventana. Veía hasta el horizonte el panorama de Bucarest, paralizada bajo las nubes, el montón de casas antiguas con sus tejas y claraboyas, con ventanas y puertas de roble macizo y, un poco más allá, unos edificios grandes y cenicientos, con muchas ventanas, el bloque del centro con el letrero de Gallus como un globo azul, los almacenes Victoria, hacia la izquierda el Torreón de Fuego, los bloques redondeados de Ştefan cel Mare y, muy lejos, las centrales térmicas con sus gigantescas chimeneas de las que salía el vapor en hilos de estopa. Todo ello filtrado a través del follaje tembloroso de los álamos y los carpes, cuyas copas verde-claro o verde-esmeralda o verde-oscuro sobresalían aquí y allá entre los edificios. Nunca tenía sueño. Corría rápido a la cama en cuanto oía el más leve crujido, porque sabía que era mi padre que venía, con una media de nylon en la cabeza, a controlar si dormía.

Nuestros juegos eran, en ocasiones, crueles y bárbaros. Veo todavía hoy a Luţă incrustar un clavo, de un solo golpe, en el pecho de un gato dormido. El clavo penetró a través de las costillas y alcanzó probablemente el corazón, pues el gato dio un respingo, agitó unas cuantas veces las patitas traseras, retorciéndolas espasmódicamente, y se quedó tieso. Y eso que dicen que estos animales tienen siete vidas. Luego humedecimos en la sangre la punta de nuestras flechas y las lanzamos hacia arriba. La flecha de Mimi llegó tan alto como el bloque. Otro día encontramos Şandu y yo una cría de gorrión bastante grande, con el plumón formado casi por completo. Lo perseguimos por las zanjas hasta echarle el guante. Luego jugamos a médicos con él. Nuestro juego duró varias horas y le metimos por el pescuezo todo tipo de porquerías, alcohol, esencia de almendras, orina, etc. Cuando ya no era capaz de resistir más, empezamos a jugar con él al tenis, con nuestras ordinarias raquetas de plástico. Finalmente lo enterramos, aún vivo, dentro de una caja de vino dulce, la cubrimos con tierra y la pisoteamos.

Hacíamos lo mismo entre nosotros. Nos perseguíamos todo el día por las laberínticas zanjas del alcantarillado. Bajábamos por ciertos sitios, avanzando entre tubos embreados y grifos gigantes, y luego se nos colaba en la nariz y en la sangre aquel miasma de tierra, de lombrices y larvas, de brea y masilla fresca. Aquello parecía volvernos locos. Armados de pistolas de agua, enmascarados con cartones del depósito de muebles que pintarrajeábamos en casa para que resultaran de lo más terrorífico —enseñando los colmillos, con los ojos desorbitados y las narices hinchadas— nos perseguíamos por los canales tortuosos mientras arriba veíamos tan solo una franja de cielo que se oscurecía a medida que el tiempo pasaba. Cuando, al girar en un recodo, nos dábamos de bruces con un enemigo, aullábamos y nos abalanzábamos el uno sobre el otro, arañándonos y rompiéndonos las camisetas de tirantes o las camisas estampadas. No sé quién inventó aquel juego que llamábamos Brujitoca, y que jugamos años y años sin llegar a aburrirnos, es más, creo que en octavo todavía jugábamos a aquello. Era una combinación de juegos menos agresivos: policías y ladrones, el escondite… Al principio había una sola Brujitoca elegida al azar. Era la única que llevaba careta y además blandía un palo en la mano. Contaba de cara a la pared y luego se lanzaba a la zanja en busca de sus víctimas. Podías salir de la trinchera pero no podías refugiarte en los portales ni saltar la valla del molino. La Brujitoca nos perseguía por aquellos agujeros apestosos y, cuando conseguía pegar a alguno con su palo, lanzaba un aullido terrible. La víctima tenía que quedarse como paralizada. La Brujitoca lo arrastraba del brazo hasta su guarida; allí le daba en la cabeza un número determinado de coscorrones y, bautizado de esta manera, la presa se transformaba a su vez en Brujitoca. Se ponía una careta y se reanudaba la persecución. Al anochecer, cuando sobre las torres gigantescas del molino, en un cielo todavía azul, brillaban las primeras estrellas, quedaba normalmente un solo superviviente acosado por una horda de Brujitocas que proferían unos alaridos siniestros. Los vecinos esperaban horrorizados este momento y nos arrojaban, desde los balcones, patatas o zanahorias; las señoras de la limpieza salían amenazadoras escoba en ristre, pero todo era en vano. Las Brujitocas no se calmaban hasta que no capturaban a la última víctima, a algún crío que, al ver el cariz de la broma, se asustaba de verdad. Si por la noche era terrorífico darte de bruces con una Brujitoca enmascarada, qué decir de toda una banda. La última presa era conducida hasta el portal más cercano y todos los demás hacían muecas amenazadoras y fingían querer devorarlo, hasta que venían nuestras madres indignadas y nos llevaban a casa.

Cuando no nos apetecía jugar a la Brujitoca ni borrar con la suela desgastada de nuestras zapatillas de deporte —solo por oírles gritar antes de salir corriendo para sus casas— las casitas azules, los árboles amarillos y las madres verdes que las chicas dibujaban sobre el asfalto, nos juntábamos y, sentados en bloques de acera aún sin asentar, empezábamos a contar todo tipo de historias o a jugar a adivinar películas. Recuerdo cómo relató Ţaganu una escapada que había hecho al patio del molino: «Salté la valla por la caseta de la calavera. Llegué a la altura del molino. Me vio uno de los molineros. Vinieron más. Eché a correr. Me lanzaron piedras. Las esquivé. Cuando se les acabaron las piedras, sacaron las pistolas. No me dieron. Dispararon con metralletas. Disparaban a mi cabeza y yo me agachaba. Disparaban a las piernas y yo saltaba. Trajeron cañones. Pero yo seguía corriendo. Empezaron a perseguirme con los tanques, pero yo me escapaba. Enviaron aviones y arrojaron bombas, pero yo llegué hasta la valla y salté por aquí, por la puerta». Lo contaba con tanta seriedad que a punto estábamos de creérnoslo. De vez en cuando se oía apenas un tímido «¡qué fantasma!». Cuando jugábamos a las películas, sabíamos de antemano las películas de cada letra. Tras A fost cândva hoţ2 seguía A fost prietenul meu, y el tercero tenía que decir a la fuerza Agatha, lasă te de crime. En la B, la primera película era siempre Babette pleacă la război. Cuando alguno de nosotros no sabía qué decir, los otros le chivaban: ¡di Corabia de fier! Y cuando él decía Corabia de fier, le espetaban con desprecio: ¡esa película no existe!

Un día, al primer piso del portal 3 se mudó una madre con un chiquillo. Yo acababa de cumplir siete años, en otoño empezaba a ir a la escuela (aunque Vova Smirnoff estaba ya en tercero, y Mimi estaba en cuarto y hasta había repetido un año). El chiquillo era más o menos de mi edad y al principio no me llamó la atención. Su madre, sin embargo, era extraordinaria, completamente distinta a nuestras madres, que lo único que hacían era lavar y fregar a todas horas. Era una señora tan alta que apenas podía uno distinguir los rasgos de su rostro, perdidos como estaban en un horizonte azulado. Larga, delgada y lunática, se deslizaba entre los muebles depositados en el portal mientras daba órdenes a los mozos que tiraban de las cuerdas de cáñamo. Siempre la vi vestida de púrpura. Incluso estando en casa vestía una bata de satén rojo. Tenía un cabello muy negro y su rostro parecía siempre atravesado por una sombra azulada con unas finas huellas de nácar rosado. El crío estaba sentado apático en una butaca vieja que, por su tamaño florido, lo hacía parecer aún más flacucho. Era verdaderamente menudo y delicado, de ojos firmes, atentos y tristes. Abandonamos por un momento nuestras zanjas y nos acercamos a él. Le preguntamos si se mudaba a nuestro bloque y si aquella señora infinita era su madre. ¿Y su padre dónde estaba? «Mi padre es carpintero», nos dijo, como si así respondiera a nuestra pregunta. Al final lo dejamos en paz, porque no hacía otra cosa que mirarnos y responder secamente a nuestras preguntas. También nos dijo cómo se llamaba, pero lo olvidamos casi al instante. Ion, Vasile, algo muy banal. Nos internamos de nuevo, como unos diablillos, en nuestros agujeros y empezamos a jugar a la Brujitoca desde el principio.

El chaval se presentó unos días después. Iba muy limpio. Llevaba «pantalones con peto», como decía mi madre, amarillos, flojos, de tirantes largos. No decía ni pío. Le llamamos para que jugara con nosotros por las zanjas, pero no quiso bajar. Se limitó a mirarnos desde arriba. Se nos quitaron las ganas de jugar al ver que teníamos espectadores. A las chicas las miraba también con el mismo interés, lo que provocó nuestro desprecio. Llegó incluso a pedirle a Mona (¡precisamente a ella!) a ver si podía prestarle una tiza morada. Mona, que era una descarada, le mostró el trasero enfundado en un pantalón beige y se dio un azote. «¿Y no quieres que te dé esto?». El chico la miró indiferente y se alejó. Durante más o menos una semana lo vimos hablando cada día con el chaval que había sufrido poliomielitis. Al parecer, le explicaba todo tipo de cosas por medio de unos dibujos que trazaba en el asfalto con una tiza traída de casa y con unos gestos que, ahora, yo calificaría de rituales. Algunas veces parecía sacudirse de encima una telaraña transparente. Otras señalaba el cielo con el dedo, sonriendo enigmáticamente. En aquellas tardes, envueltas en una neblina púrpura que se tornaba imperceptiblemente marrón, el brillo metálico del aparato ortopédico del primer chaval y los gestos sibilinos del segundo adquirían ante nosotros, que acechábamos desde las zanjas protegidos por las máscaras de cartón, un aire extraño, enigmático, difícil de descifrar. Cuando ambos volvían a sus casas, invariablemente antes que nosotros, sobre el asfalto azulado permanecían algunos círculos torcidos y otras figuras que borrábamos con rabia.

El chaval «se las daba de listo», se hacía el importante; esta fue la conclusión de nuestra pandilla. Así que decidimos, ya no recuerdo si de forma convenida o espontánea, obligarle a que adoptara una actitud respecto a nosotros. Si se hacía nuestro amigo, bien. Y si no, mejor aún, pues sentíamos la necesidad de tener un enemigo de verdad. Poco antes habíamos intentado llevar a cabo un hecho heroico, pero habíamos fracasado penosamente. Nos habíamos reunido todos y, en la parte trasera del bloque, a la luz cruel y amarilla como el azafrán de una hoguera hecha con cartones de envolver televisores, nos habíamos provisto de largos listones del almacén de muebles. En medio de un silencio absoluto, habíamos salido en manada para atacar a los chicos del bloque de la derecha de la alameda del Circo, donde estaba la floristería. Enmascarados, irrumpimos por detrás aullando y nos abalanzamos sobre los que estaban por allí jugando al tenis con los pies o lanzando contra la pared sus pelotas a rayas. Las chicas empezaron a gritar como locas y se precipitaron al portal. Logramos capturar a un solo prisionero; no era más que un chiquillo, como Lumpă; Dan el Loco y Paul estaban intentando obligarle precisamente a tragarse una lombriz, cuando salieron del portal tres padres en camiseta y, ante la terrible visión de aquellos machos de brazos y pechos velludos, lo dejamos todo y nos desperdigamos por las alamedas. Entonces pensamos que como el recién llegado no tenía padre (o al menos no había hecho acto de presencia hasta entonces), nos resultaría un enemigo más apropiado. Así que, una mañana, lo rodeamos delicadamente, como los senadores a César, lo agarramos y empezamos a arrastrarlo hacia la red de saneamiento. Nuestra intención era hacerlo Brujitoca. El chaval clavó los talones y se resistió con toda su alma. Contemplado de cerca, su rostro era completamente distinto al de cualquier otro crío que hubiéramos visto hasta entonces. Su cabello era castaño, ligeramente rizado. En la curva de cada rizo brillaban en todas direcciones unos reflejos dorados. Las hebras del cabello de la parte superior estaban ligeramente enredadas y formaban una pequeña telaraña rojiza. Bajo los rizos de la frente, unas cejas finas se arqueaban sobre los dos enormes óvalos de los ojos entreabiertos. Entre unos párpados sin pestañas, bordeados por una pielecita negra, se adivinaban las dos mitades de los discos violetas del iris. Las órbitas parecían más oscuras que el delicado bronce de sus mejillas. La nariz la tenía larga y fina, pero era armoniosa, y el hueco de las fosas nasales, simétricamente marcadas, era inusualmente profundo. Tenía los labios firmemente cerrados, no enseñaba los dientes casi nunca, pero a veces sonreía con una boca húmeda que expresaba algo a medio camino entre la astucia, la ironía y la simple bondad. Ahora, sin embargo, mientras lo arrastrábamos hacia el foso, mostraba una expresión de máxima concentración. Te cansabas con solo mirarlo. Yo lo estaba sujetando del brazo izquierdo cuando, al llegar al borde de la zanja, sentí de repente que sus sacudidas adquirían una fuerza insólita. Había empezado a lanzar el pecho hacia delante como si quisiera sacarlo de la camisa y los hombros se le contrajeron con una violencia tal que nos pilló por sorpresa. Entonces lo soltamos y abrimos, asustados, un cerco en torno a él. El muchacho permaneció de pie un instante, agitándose y doblando el espinazo como si quisiera rompérselo, y luego se dejó caer al suelo lentamente, gimiendo. Gemía y lloraba y unos lagrimones enormes empezaron a correrle por las mejillas. Echamos todos a correr en dirección al portal número 3 y nos subimos a la terraza. Estremecidos, vimos cómo del callejón del bloque salía corriendo, toda fruncidos y volantes rojos, la madre del chaval. Lo cogió en brazos y, también a la carrera, desapareció por el callejón.

Me fui a casa y, después de almorzar, fui sometido de nuevo, como siempre, a la tortura de la siesta, que era de todo menos siesta. Lo verdaderamente angustioso era que no tenía reloj, así que no podía saber cuándo acababan aquellas dos horas odiosas en que tenía que permanecer acostado en la cama, en el calor seco del verano. Por la ventana, nubes blancuzcas, brillantes, se devanaban hasta el infinito barridas por las copas de los álamos. Cuando volví a bajar a la parte trasera del bloque después de comer, me encontré a toda la pandilla reunida. Boquiabiertos, los chicos miraban hacia arriba, hacia algo probablemente sensacional que yo no podía ver aún por culpa de la esquina del edificio. «Ven para acá, Mirciosu», me gritaban. «¡Ven a ver al Mendébil dos! ¡Este está más loco que el Mendébil!». Incluso Mimi y Vova, que eran más mayores y no solían sorprenderse con facilidad, parecían hipnotizados por lo que estaban viendo. Se les había unido también Luţă, con su cara cetrina sin cejas. Nicusor, gordito y vestido como un señor, con gafas estilo John Lennon, estiraba también el pescuezo con la expresión perpleja e irritada de los miopes. Cuando me acerqué, me quedé helado.

Junto al molino Dimbovita de paredes rojizas, al otro lado de la valla de hormigón, se encontraba la panificadora El Pionero. Es una fábrica vieja, de tejado en zigzag y ventanas redondas hacia las que se dirigen una especie de extraños bajantes blanqueados por la harina. Lumpă se pasaba el día encaramado a la valla, porque los trabajadores solían mandarle a buscar el periódico o a comprar cigarros, a cambio de algún panecillo o un bollo caliente, que el gitanillo ensalivaba con su boca desdentada, alargándolo incluso una hora entera. El edificio de la panificadora está dominado por una chimenea de ladrillo más alta incluso que nuestro bloque, que se eleva, gruesa y roja, hacia las nubes entre las moneditas ovaladas de las hojas de la acacia. No la había visto nunca de cerca pero, como dibujada a plumilla, pude distinguir entonces, creciendo hacia la cúspide, una escalera de incendios protegida por unos anillos parecidos a una tráquea. Como a tres cuartos de altura, más o menos frente al sexto piso de nuestro bloque, atisbé, aquella tarde, una mancha amarilla. Era el pantalón de tirantes del chico nuevo que, lentamente, con extrema cautela, trepaba hacia el vértice de la chimenea. El cuerpo, con una camiseta de manga corta de vivos colores, no cubría siquiera una cuarta parte de la anchura de la torre anaranjada. Todos los vecinos, alarmados, habían salido a sus balcones repletos de encurtidos y le gritaban que bajara. Sin embargo, estribo a estribo, el Mendébil (porque al final así era como lo llamábamos todos, Dan se había quedado con el mote de «el Loco») ascendía hacia la cúspide de la chimenea. Al llegar arriba del todo, trepó a pulso hasta el borde y permaneció allí unos instantes, en cuclillas. Los gritos asustados de las mujeres de los balcones se habían redoblado en intensidad y un par de trabajadores en batas y mandiles blancos habían echado a correr por el patio en dirección a la chimenea. Como retando a los espectadores, el Mendébil, titubeante, se puso en pie. Se quedó erguido, fino como un clavo, a aquella altura abrumadora. Miraba hacia arriba pero saludaba hacia abajo, probablemente a nosotros. Luego comenzó a descender los estribos de metal atravesando todos los anillos de la escalera de incendios, hasta desaparecer en el follaje de la acacia. Al cabo de un rato, oteando a través de los rombos de la cerca de hormigón hacia la que nos habíamos abalanzado, lo vimos venir corriendo. Escaló la cerca con dificultad y aterrizó justo entre nosotros. Tenía las mejillas encendidas, pero el resto de su cara estaba pálida. Miró tan solo a Mimi y le dijo: «No me gusta jugar a la Brujitoca».

Es probable que algunos de vosotros, amigos escritores para quienes me esfuerzo desde hace unos cuantos días en escribir esta historia, no prestéis ya atención a lo que digo. Os parecerá, tal vez, que he penetrado en el transitado y manido filón del niño-héroe que se sacrifica por una idea o por una causa noble. El Mendébil, tal y como lo conocí yo, tenía en verdad algo de ese arquetipo. Pero básicamente, como espero demostrar, él no era ni de lejos un Ciresar3 ni un Nemecek de la calle Păl. Sus hechos y sus palabras, que recuerdo aún hoy con una claridad sospechosa, tras permanecer sumergidos durante más de veinte años en las brumas coloreadas de mi subconsciente, no tenían nada de infantil, parecían más bien unas fantasías extremadamente atractivas que nos atrapaban poco a poco en sus redes. Debo apuntar también aquí que esta noche he soñado con él, he distinguido los rasgos de su rostro y por ese motivo he podido esbozar, unas páginas más arriba, ese pequeño retrato suyo bastante exacto. Me pregunto si el Mendébil tenía verdaderamente el aspecto que he visto en mi sueño. Me obsesionan, en cualquier caso, sus ojos perfilados por ese pellejito negro, como si tuvieran rimel, su figura ambigua, firme y dulce al mismo tiempo.

A partir del día siguiente nos dejamos subyugar por el encanto del Mendébil. Por las mañanas, aunque el miasma a tierra nos provocaba nostalgia, no bajábamos a las zanjas sino que rodeábamos al chico y escuchábamos sus historias. Nos contaba, ahora lo sé, las leyendas de la Mesa Redonda, de Carlomagno y Arturo, de paganos terribles y de una espada que tenía nombre propio. Luego nos contó «El valiente de la piel de tigre»4, pero en medio de la historia se detuvo y dijo que aquel sitio no era adecuado para contar historias. Las zanjas sucias, los montones de tierra, los tubos con masilla, decía él, no le permitían concentrarse. «Conozco un sitio mejor», dijo sonriendo y nos llevó hasta el portal 1.

Para llegar allí había que atravesar un callejón extremadamente estrecho y oscuro, situado entre nuestro bloque y el edificio de un instituto, casi pegados entre sí. No habíamos sentido hasta entonces, en los casi dos meses transcurridos desde que nos habíamos trasladado, ninguna curiosidad por explorar aquel pasillo lúgubre. Siguiendo al Mendébil recorrimos en fila india, arañándonos y manchándonos con el cemento de las paredes, unos veinte metros de pasadizo, y salimos a una especie de patio interior; tres de sus lados estaban rodeados por el bloque y el instituto, y el cuarto lo estaba por la cerca de hormigón del molino. A través de sus agujeros escapaban ramitas y hojas de acacia. Era un patio pequeño, asfaltado, muy limpio en comparación con el de la parte trasera del bloque. A uno de los lados se abrían las puertas de cristal del portal 1. En el otro había unos escalones bastante empinados que culminaban en una pequeña plataforma con una balaustrada de piedra que daba a una de las puertas tapiadas del instituto. Solíamos referirnos a esta escalera de piedra como el Puente. Pegado a la valla había un cubo de hormigón que acababa en una especie de pilón metálico, con la superficie superior levemente ahuecada. Nunca llegué a saber para qué servía. Nosotros a este lugar lo llamábamos el Trono. Finalmente, la tercera «irregularidad» del portal 1 era un gran transformador de tubos doblados y fachada de hormigón, que recuerdo cubierto por la letra grande, coloreada, del Mendébil. Supongo que aquel transformador estaría estropeado porque permaneció allí abandonado un montón de tiempo.

Durante más o menos un mes aquel fue nuestro patio de juegos. No pensábamos en otra cosa que en seguir escuchando las historias del Mendébil, que nos dejaba en ascuas de un día para otro. Cuando no tenía ganas de seguir, jugábamos al tenis con el pie, contábamos chistes, hablábamos de fútbol. Él no participaba en esas conversaciones y a nosotros nos parecía natural su actitud. Al poco tiempo nos habíamos dado cuenta de que aquel crío, más pequeño que casi todos nosotros, nos sobrepasaba con mucho respecto a ciertas cuestiones en las que ni siquiera habíamos pensado hasta entonces. En casa volvía locos a mis padres con el Mendébil ha hecho, el Mendébil ha dicho… Con el tiempo, sin embargo, desde su trono de metal y hormigón, el chico empezó a hablar, entre historias y como si estuviera soñando, sobre algo más que caballeros y espadas. Interrumpía simplemente una historia y, con una voz diferente, firme y severa, imposible de contradecir, pronunciaba frases que a duras penas conseguíamos entender.

Aquí quería llegar. Me pregunto aterrado cómo ha sido posible que recuerde algunas palabras que no podía comprender entonces, y que creía olvidar en cuanto eran pronunciadas. Algunas de sus extrañas «teorías» contradecían de lleno todo lo que nos habían dicho nuestros padres o lo que habíamos escuchado en las emisiones de «divulgación científica», La rosa de los vientos en la radio y la Teleenciclopedia en la televisión. Pero el Mendébil las llenaba de sentido y de magia, no sé de qué manera exactamente, gracias a su simple presencia, gracias a su voz y a sus gestos, sin perder de vista que sus palabras tenían, en sí mismas, algo perteneciente a otro mundo. Creo que apenas un fragmento de todo lo que he leído contiene el espíritu de lo que entonces nos decía aquel chico: la descripción de la tierra feliz del Fedón. Solo para que os hagáis una idea, anoto aquí, numeradas, las por otra parte escasas teorías que aún recuerdo, pronunciadas por el Mendébil en aquellas tardes rojas como el fuego, o en otras mañanas azules, arropado por las paredes amarillo-brillantes del portal 1:

1. En mi cabeza, bajo la bóveda craneal, vive un hombrecillo idéntico a mi: tiene mis mismos rasgos, se viste igual que yo. Lo que hace él, lo hago también yo. Cuando él come, yo como. Cuando él duerme y sueña, yo duermo y sueño exactamente los mismos sueños que él. Cuando él mueve la mano derecha, la muevo también yo. Porque él es mi marionetista.

Pero la bóveda celeste no es sino el cráneo de un niño gigante, que también es idéntico a mí: tiene los mismos rasgos, se viste igual. Lo que hago yo, lo hace él. Cuando yo como, él come. Si yo duermo y sueño, él duerme y sueña el mismo sueño que yo. Para que él mueva la mano derecha, basta con que yo mueva mi mano derecha. Porque yo soy su marionetista.

El mundo de alrededor es el mismo para mí y para él. Y a mi marionetista y a mi marioneta lo rodean un Luţă y un Lumpă y un Mimi y vosotros, todos los demás, y los que son igual que vosotros. El tapón de cerveza del suelo existe también en el mundo muy, muy pequeño de mi marionetista, y en el mundo muy, muy grande de mi marioneta. Porque todo es igual.

Pero en mi marionetista existe otra marioneta, que está en el interior de su cráneo y que es idéntica a mí, y en su interior otra más pequeña y así hasta el infinito. Y mi marioneta maneja otra marioneta, mucho más grande, en cuyo cráneo vive, y que maneja a su vez otra marioneta, y así hasta el infinito. Su mundo es igual al nuestro.

Ni siquiera yo mismo sé qué lugar de esta serie ocupo yo. En el momento en que os cuento todo esto, un rosario infinito de marionetas y marionetistas hablan en sus mundos a un infinito rosario de niños, utilizando las mismas palabras que yo utilizo.

2. La tierra es un animal dotado de pensamiento y voluntad. Pero tiene una voluntad mucho mayor que la nuestra, la de los que estamos pegados a ella. Los pájaros y las mariposas tienen, sin embargo, una voluntad poderosa, y por eso son capaces de volar. Nosotros mismos, si tensamos la voluntad, nos volvemos ligeros como el aire. (El Mendébil nos hizo incluso una demostración práctica de esta teoría. Se sentó en cuclillas en medio del portal, se enlazó las rodillas con los brazos y echó la cabeza hacia atrás. Luego cerró los párpados y empezó a tensarse tanto que nos asustamos. Su rostro carecía en aquellos momentos de rasgo humano alguno. Temblaba con los labios apretados y las mejillas literalmente inyectadas en sangre, que parecían sacos surcados por venas azules. Al cabo de un minuto, Martigan y Vova, sentados a ambos lados, lo alzaron hasta el techo con un solo dedo. Durante aproximadamente un cuarto de hora jugamos a soplar de una esquina a otra aquel ovillo vivo que, en posición fetal, se había vuelto tan ligero como un globo).

3. Las mujeres nunca se unen a los hombres. Ellas portan una célula en el vientre. Cuando alcanzan la edad adecuada, nace en ellas un deseo de dar a luz. Entonces ponen en marcha las fases del nacimiento. Son las siguientes: de la célula sale una pulga. De la pulga, una cucaracha. De la cucaracha, una ranita. De la ranita, un ratón. Del ratón, un erizo. Del erizo, un conejo. Del conejo, un gato. Del gato, un perro. Del perro, un mono. Del mono, un hombre. Las mujeres pueden detenerse en cualquier fase. Algunas dan a luz ranitas, otras, gatos. Pero la mayoría desea niños. Ellas podrían alumbrar a seres mucho más perfectos que un niño, porque las etapas del nacimiento no se acaban con el hombre. (Y el Mendébil concluye: «Yo he visto un ser así»).

4. Los hombres no son todos del mismo tipo. Los hay de cuatro tipos: los que no han nacido, los que viven, los que no han muerto y los que ni han nacido, ni viven, ni han muerto. Estos son las estrellas. (Estas palabras las pronunció el Mendébil al final, justo antes de su decadencia. Veo efectivamente la escena ante mí. Creo que eran como las nueve de la tarde y esperábamos que de un momento a otro nos llamaran nuestros padres desde los balcones. Apenas distinguíamos el brillo de nuestros ojos en la sombra de la tarde. Sobre el molino el cielo era de color índigo. A lo lejos brillaba una estrellita roja. Era la del tejado de la Casa Scânteii. El Mendébil parecía presentir algo, porque nunca había habido en su voz tanto sufrimiento y tanta añoranza y tanta nostalgia como cuando levantó bruscamente la mano y mostró con el dedo índice el trozo de cielo salpicado de estrellas sobre las chimeneas del molino).

5. (Estas palabras las pronunció el Mendébil después de escuchar una discusión entre Paul y Nicuşor, que acababan de venir con unas cuantas banderitas de papel rojas y tricolores del desfile. «Mi padre me ha traído diez banderitas de la manifestación», decía Paul. «Mi padre me ha traído cincuenta», decía Nicuşor. «Pues a mí mi padre me ha traído quinientas banderitas», decía Paul. «Y a mí me ha traído un millón», decía Nicuşor. «A mí me ha traído mi padre un billón de banderitas del desfile», decía Paul. «Pues a mí me ha traído un requetebillón de banderitas», decía Nicuşor. «A mí me ha traído cinco millones de cientos de requetebillones de banderitas», decía Paul. «Pues a mí me ha traído infinitas banderitas», decía Nicuşor. «Y a mí mi padre me ha traído un millón de infinitos», decía Paul. «Eso es imposible, mi padre me ha dicho que el número mayor es el infinito. No hay un número mayor»). No, no existe un solo infinito. Existe un infinito de infinitos. En esta línea de diez centímetros hay un infinito de puntos, así que en esta, de un metro, tiene que haber muchos más. A un determinado infinito yo lo llamo Toro, porque en esta bolsita que llevo al cuello hay bordado un toro y yo imagino que en la bolsita tengo un infinito, un universo entero en el que hay muchos mundos como el nuestro. Pero, ¿qué es esta bolsita comparada conmigo mismo, que estoy formado de un infinito de puntos? No es sino un infinito más pequeñito. Y este bloque es un infinito mayor que yo. En todo el mundo no hay sino infinitos grandes o pequeños: la silla es un infinito, el clavel es un infinito, esta tiza es un infinito. Infinitos que se amontonan unos sobre otros, que se devoran unos a otros. Pero existe un infinito que comprende todos los demás infinitos. Me lo imagino como una manada interminable de toros.

6. Cuando mueres, caminas por un sendero muy largo que sube sin parar. Caminas y caminas y poco a poco tus rasgos se van transformando. La nariz y las orejas se retraen en la carne del rostro como las patitas de un molusco. Los dedos se retraen en la carne de la palma y los brazos se reabsorben en los hombros. Del mismo modo, las piernas se retraen en las caderas y ya no puedes andar, sino que flotas a lo largo de una pared de ladrillo rojo, sobre la que lanzas tu sombra como un disco alargado. Eres tan redondo que te vuelves traslúcido y empiezas a ver por todas las partes a la vez. Cuando estamos vivos, vemos tan solo como a través de la ranura de un buzón, pero cuando morimos vemos con todo nuestro contorno, con la piel entera. Flotando y contemplando los muros de ladrillo cada vez más cercanos, a través de un ladrillo rojo, carnoso, llegamos a un lugar redondeado. Allí, en el centro, hay una célula porque nos encontramos en el vientre de una madre. Entramos en la célula y, a medida que se desarrollan las fases del nacimiento, miramos a través de los ojos de todos los seres, de la pulga, de la cucaracha, de la ranita, del ratón, del erizo, del conejo, del gato, del perro, del mono, del hombre y, con un poco de suerte, llegamos a mirar a través de los ojos de las maravillosas criaturas que siguen al hombre. Un muerto os mira a través de mis ojos.

7. (De hecho, este séptimo punto no es una «teoría», sino apenas unas pocas líneas escritas por el Mendébil en mayúsculas, con tiza de diferentes colores, sobre la superficie lisa, ligeramente inclinada hacia atrás, de cemento, del transformador del patio interior. Debió de levantarse temprano una mañana para escribirlas porque nos dimos de bruces con ellas en medio del verano, como tres semanas después de que el Mendébil se trasladara a nuestro bloque. Él no comentó nada sobre esa hazaña. Cuando se convenció de que todos habíamos leído las líneas en cuestión, se subió a su silla metálica y reanudó su relato allí donde lo había dejado la tarde anterior, porque había llegado a «Historias de los pueblos de Asia»).

NO REÍRNOS DE LUMPĂ

NO TORTURAR A LOS ANIMALES

NO MOLESTAR A LAS CHICAS

NO JUGAR A LA BRUJITOCA

NO ENSUCIARNOS

NO DECIR TACOS

NO MENTIR

NO CHIVARNOS

NO DISCUTIR

NO PEGARNOS

(En cuanto las vimos, sentimos que teníamos que respetar aquellas palabras, había incluso algo en nosotros que nos obligaba a no burlarnos de ellas. Durante dos o tres semanas, a ninguno se le pasó por la cabeza siquiera hacer algo de lo que estaba prohibido).

Ya no recuerdo otras «teorías» semejantes —las llamo así porque no sé cómo podría denominarlas de otra manera—, pero todas contenían más o menos el mismo espíritu que las de más arriba. A nosotros nos fascinaban porque eran la sustancia de la sustancia del niño. Tendrías que haber oído sus palabras y, sobre todo, haberle visto gesticular, tendrías que haber sentido la magia y el miedo de aquellas tardes. Era como si estuviéramos viendo una película extraña, en colores apagados, que fluctuara del marrón al gris y al granate del molino y al verde-oscuro de las hojas de la acacia. Por no insistir en que, al interrumpir cualquiera de sus historias, pobladas de árabes y carabelas, nos dejaba preparados para la revelación, envueltos en el perfume áspero de la ficción…

Así fue como pasamos, reunidos en torno al Mendébil, un mes entero del verano. No nos atrevíamos a hacer nada sin consultarle y nuestros padres, aunque estaban sorprendidos por lo limpias que estaban las camisetas de tirantes y las camisas estampadas, no veían con buenos ojos esa dependencia que, día a día, se tornaba lealtad. «¿Qué os hace este crío que os tiene a todos atontados?». Nosotros, sin embargo, no sabíamos nada más aparte de El valiente de la piel de tigre, Ruslan y Ludmila, Tristán y de otros protagonistas de las historias del Mendébil. Incluso las chicas dejaban de jugar al «puente de piedra»5 y aquellos dibujos intrincados que representaban mujeres verdes con piernas azules y casas anaranjadas, para congregarse alrededor del trono de hormigón y hierro. Empezaban a sollozar cuando las historias terminaban mal. Ni siquiera Mona le daba la espalda al Mendébil, bien al contrario, lo miraba con menos odio que a cualquiera de los demás, con sus ojos como dos grietas verdes. Iolanda era la más cercana a él y se les veía bastante a menudo intercambiando algunas palabras. Ella tenía unos lazos gigantes en las coletas y se dirigía a todo el mundo, incluso a las muñecas o a los gatos, con un «querido». En una ocasión, se entretenía lanzando grosellas contra una araña enorme, inmóvil en medio de su tela, que colgaba entre dos árboles. Intentaba darle con los frutos rojos y, cuando aquel ovillo negro de garfios y patas echó a correr hacia el borde de la telaraña, ella le gritó: «Espera, cariño, ¿adónde vas?». Pero el Mendébil mantenía siempre una cierta reserva en sus esporádicas relaciones con las niñas, algo que ya era bastante, puesto que nosotros no hablábamos con ellas en absoluto. Naturalmente, también jugábamos al fútbol, llevábamos el ajedrez o jugábamos al fútbol con botones. Pero estos no constituían ya de ningún modo puntos de interés. En aquellas ocasiones, el Mendébil iba en busca del chico enfermo y juntos mantenían conversaciones interminables.

Hace cinco o seis meses, sería por febrero, y puesto que era día de metodología, di una vuelta por el centro. Acababa de salir de la librería Sădoveanu y pasaba junto al Ciclop, cuando relampagueó bruscamente en mi estómago una llamarada violenta, una emoción nostálgica, insoportable. En mi paseo, a la derecha de la entrada del Ciclop, que olía a alquitrán, había visto de reojo un escaparate repleto de mecheros de todo tipo y de galones militares de plástico. Fue la visión de uno de aquellos mecheros corrientes, de esos que se tiran a la basura cuando se consume el gas, la que me produjo esta emoción abrumadora. Este mechero en concreto tenía un color que trajo a mi memoria a la fuerza, como una suerte de magdalena proustiana, un recuerdo muy vivido de la época de la que os estoy hablando. El mechero era de un rojo extraño, casi morado, que hacía aguas blandas y carnosas y medias lunas amarillentas debido al plástico ligeramente rugoso. Exactamente el mismo color tenía el relojito de cincuenta céntimos que me compré el verano de ese año, el primer año de los veintiuno que viví en aquel bloque de Ştefan cel Mare.

¡Con cuánta precisión recuerdo aquella tarde en que, a través del callejón que unía el portal número 1 con el resto del bloque, se escurrió un individuo en camisa roja a cuadros! Se colaba como una lombriz entre los dos edificios y casi se atascó en el contador del gas. Hasta que finalmente llegó a puerto, resollando como tras una dura ascensión y sacudiéndose el cemento de los codos. Nos llamó y empezó a sacar algo de los bolsillos. Por mucho que me esforzara, no podría decir ahora qué aspecto tenía su cara. Veo simplemente un balón blanco. Pero en sus manos abiertas distingo, hasta los más pequeños detalles, las pastillas amarillas y crema de chicle envueltas en celofán, en las cajas había un dibujo en relieve, los relojitos de hojalata dorada con correas multicolores de plástico, veletas también en tonos pastel, dotadas de una hélice de dos aspas que se deslizaba por dos alambres retorcidos hasta que, girando y girando, volaba hacia el cielo. Nos arremolinamos en torno a él, preguntándole cuánto costaba cada objeto. Luego nos desperdigamos —cada uno a su portal— en busca de dinero. Por cincuenta céntimos me compré ese relojito del que os he hablado, con esa extraña correa rosa-violeta. El Mendébil, por su parte, se compró una hélice coloreada. Cuando el hombre se marchó, lo siguió con la mirada mientras se escurría por el hueco del callejón, y luego dejó caer los párpados, soñador, hacia la hélice que estaba en la base de los dos alambres dorados, enroscados entre sí. Contemplaba sin aparente interés las dos aspas de cartón, que de repente empezaron a girar solas en sus alambres, cada vez más deprisa, y que se elevaron a una altura de un metro, donde permanecieron, girando sin descanso, unos cuantos minutos. El muchacho contemplaba la hélice como si estuviera pensando en otra cosa.

Antes de partir, sin embargo, aquel individuo en camisa roja a cuadros nos había mostrado algo más. Lo sujetaba en la mano con cuidado y lo acariciaba de vez en cuando. Nos apretujamos en tomo a él y vimos que se trataba de una pluma estilográfica negra. En uno de los lados había una ventanita cuadrada en cuyo interior se adivinaba una mujer vestida con una especie de bañador negro, de una sola pieza. Si le dabas la vuelta a la pluma, eso que parecía un bañador negro resultaba ser un líquido que descendía poco a poco y descubría en primer lugar los pechos de la mujer y luego el cuerpo entero, hasta que esta quedaba completamente desnuda, tal y como ni había visto ni había imaginado jamás a una mujer. «Esto cuesta veinticinco lei; pero no es para vosotros», concluyó el hombre riendo.

Hacia las nueve de la noche, cuando casi todos se habían marchado a casa, me fui con Luci a la parte trasera del bloque y trepamos al viejo castaño en cuya cavidad habíamos encontrado los sacapuntas.

Durante un cuarto de hora más o menos, estuvimos comentando la llegada del vendedor de baratijas, y mientras tanto no dejábamos de mirar, a la pálida luz del neón del patio del molino, nuestros relojitos de metal dorado. Luci acababa de comenzar con una de sus historias de caballos vestidos de oro, cuando vimos al Mendébil. Salía despacio, tímidamente, de su portal y se dirigía a pequeños pasitos hacia las zanjas del alcantarillado. No podíamos dar crédito a nuestros ojos: el Mendébil descendiendo con cautela a uno de los socavones. Estuvimos a punto de caernos del árbol de tanta tensión. El Mendébil se paseaba de aquí para allá por el sucio laberinto, haciendo gestos extraños, como si estuviera jugando a la Brujitoca. En un determinado momento, sacó algo del bolsillo del pantalón de tirantes. Cuando se acercó, comprobamos que se había puesto una especie de máscara terrorífica; debía de habérsela pintado con acuarelas y era más primitiva, más amenazadora que todo lo que conocíamos hasta entonces en materia de máscaras para la Brujitoca. Eran casi las diez cuando salió de la zanja y entró en el portal.

(Interrumpo aquí, por un momento, la narración. De vez en cuando yo también he sentido cierta necesidad de salir a la superficie para tomar una bocanada de aire. Pero nunca como ahora. Quizá haya intentado resistir demasiado tiempo con la cabeza sumergida y el cabello ondeando bajo las aguas, espesas como gelatina, de aquel verano, pero ahora me escuecen los ojos de tanto oro y tantos destellos. Creo, sin embargo, que jadeo también por otro motivo, mucho más profundo. Creo, quiero decir, que no estoy tan seguro de querer leer este texto en el cenáculo. Es demasiado poco literario y mucho más otra cosa. Hace más de dos semanas que escribo y comienzo a sentir la necesidad de anotar también cosas que no tienen nada que ver con la «crónica» de la que hablaba antes. Veo, simplemente, cómo el hecho de escribir empieza a modificarme como persona. Cuando no escribo, en clase o en mi tiempo libre, me siento y me comporto como un alucinado. Esta semana no he podido terminar de corregir los exámenes porque, de repente, irrumpían en las capas exteriores de mi cerebro unas imágenes pálidas, unas imágenes que me atormentan incluso cuando estoy escuchando a mis alumnos. Por no mencionar el hecho de que durante todo este tiempo he tenido unos sueños horribles, imposibles de narrar. Y todo ha culminado —porque espero que haya culminado— esta noche, cuando me ha despertado un ruido fuerte y entrecortado. En el escritorio que está a los pies de mi cama, en la oscuridad, mi máquina de escribir tecleaba sola. Me he incorporado mecánicamente, he encendido la luz y me he inclinado sobre las hojas por donde el carro de la máquina paseaba de un lado a otro con el ruido de las teclas y de la campanilla. Las he leído. Unos dedos invisibles habían retomado mi historia desde el principio. Habían llegado al sueño del frasco de cristal y justamente estaban escribiendo la frase: «Cuando volví a mirar, observé que en las paredes del frasco —que lanzaban destellos demenciales—, habían aparecido los contornos delicados de una puerta». Al leerlo, he sentido el terror sagrado del cumplimiento de una profecía. El espanto ha crecido bruscamente, extendiéndose hacia el infinito, con un silbido amarillo-dorado, insoportable, en mis sienes. Sentía que mi cráneo se disolvía en las llamas del espanto. Solo entonces me he despertado de verdad, pero durante mucho rato, en la noche ligeramente azulada que precede al amanecer, no estaba seguro de no haber pasado a otro sueño. Así pues, si continúo escribiendo aquí, lo voy a hacer por un impulso interior y tan solo para mí).

Tras la visita de aquel vendedor de baratijas, la armonía de nuestra pandilla se fue yendo poco a poco al traste. Mimi, Lumpă, Luţă y Maţagan escuchaban a medias las historias del Mendébil, el cual, a su vez, como pude observar poco después, había empezado a desatender a su auditorio. Seguía sentándose en su trono de hormigón, sí, pero ya no contaba historias nuevas, sino que había vuelto a empezar de cero con los caballeros de la Mesa Redonda. Se detenía con frecuencia, incapaz durante largos minutos de recordar alguna palabra. Entonces clavaba su mirada vacía sobre el muro ciego del bloque y en aquel silencio penoso se oía tan solo el rugido de los vehículos que descargaban trigo en el patio del molino contiguo. Creo, sin embargo, que únicamente Luci y yo notábamos que estaba sucediendo algo. Y después, en cada sobremesa, en mi lecho de tortura, contemplaba las nubes inmóviles y relucientes y pensaba solo en lo que había visto aquella noche: el Mendébil vagando y haciendo magia, con su rostro puro cubierto por una máscara de cartón, entre la miseria de los tortuosos y fétidos canales…

El verano llegaba a su fin, puede que estuviéramos incluso en los primeros días de septiembre (pues mis padres se habían apresurado ya a comprarme la cartera y todo lo necesario para mi primer año escolar). Después de disertar de nuevo, durante una tarde entera, sobre Ruslan y Ludmila, el Mendébil pronunció aquellas palabras que a mí tanto me gustan: «Hay cuatro tipos de hombres: los que no han nacido, los que viven, los que han muerto y los que ni han nacido, ni viven, ni han muerto. Estos son las estrellas». Afirmación que acompañó con ese gesto que yo tan bien conocía, señalando las estrellas sobre las chimeneas del molino. De camino a casa, en el pasadizo estrecho, le pregunté por qué había pronunciado aquellas palabras. Calló hasta que llegamos a la parte trasera del bloque y allí, mirando las zanjas, me dijo que tampoco él lo sabía. Me pidió que fuera a visitarlo a su casa al día siguiente, porque su madre no tenía ni idea de qué comprarle para la escuela y quería preguntarme qué me habían comprado a mí.

A las nueve de la mañana estaba en la puerta de su casa. Su madre llevaba una bata púrpura y era abrumadoramente alta. Pero hablaba igual que mi madre y que todas las demás. Nos trajo un plato con pastel de manzana y nos dejó «jugar», como decía ella, en la habitación de Ionel, o Vasilică, o tal vez George, no sé cómo le llamaba ella al Mendébil… En su habitación había una sorprendente cantidad de juguetes, la mayoría desmontados. Encontrar un cochecito entero era una tarea imposible. De una ambulancia no quedaba más que la carrocería, mientras que el motor de rueditas dentadas y el volante yacían en el rincón opuesto de la habitación. Había una rana de hojalata abierta por la mitad y, como un intestino brillante, el muelle se había salido de su sitio. Una escopeta sin gatillo estaba tirada debajo de la silla de respaldo rojo, barnizado. En las estanterías también había libros, pero no tantos como yo habría creído, la mayoría eran delgaditos y de letras grandes, como para párvulos. Ya no sé de qué hablamos, pero ahora quiero ir al grano. Aprovechando que el Mendébil había salido de la habitación unos minutos, saqué algunos libros de su pequeña librería y entonces vi que algo caía de la balda de contrachapado. Creo que ni siquiera la escena del Mendébil paseando por las zanjas del alcantarillado me dejó tan estupefacto: detrás de los libros estaba escondida la pluma negra con la mujer vestida-desnuda. La dejé de nuevo en su sitio y, en cuanto el muchacho entró en la habitación, me apresuré a decirle que tenía que marcharme. Mientras me ataba en el vestíbulo las correas de las sandalias, pues al entrar su madre me había pedido que me descalzara, volví a mirarlos, a la madre y al hijo, parados en el umbral de la puerta, él abrazándola tiernamente por la cintura, y ella inmensa, brumosa, con su bata de satén rojo, apoyando una mano sobre su hombro. Sonreían ambos con la misma sonrisa, que podía significar tantas cosas… maldad, ironía o, simplemente, ternura. Ambos tenían unos párpados sin pestañas, delicadamente bordeados de negro. Me marché muy alterado. Fuera me topé con Luci y le conté lo que había visto. ¿Cuándo había comprado el Mendébil la pluma pornográfica? En los tres o cuatro días que habían transcurrido desde que lo vimos por primera vez, el vendedor no había vuelto a aparecer por nuestro bloque. No, ni siquiera ahora, sé cómo se hizo el Mendébil con aquella pluma.

¡Dios mío, si fuera ahora capaz de escribir, de describir la imagen! Esa imagen que permanece, viva y dolorosa, en mi memoria. Quizá podría así librarme de ella pero, por mucho que me esforzase, ¿pretendo acaso librarme? ¿O quiero tan solo verla cada vez mejor, verla una y otra vez en cada segundo de mi vida? Apenas ahora llego, no sé si preparado o no, a la gran escena de la «crónica» que sigue. No me importa que pueda parecer inverosímil. Escribo solo para mí y yo la vi de verdad. Esta escena me espanta tanto incluso hoy en día, que tal vez se trate del huevo traslúcido que he incubado, sin saberlo, durante veintiún años. ¡Qué clase de pollo monstruoso podría salir de él! Pero no quiero pensarlo siquiera. Lo único que quiero ahora es reunir las fuerzas suficientes para describir esa escena de manera «realista», aunque me parece casi imposible.

Era como si el Mendébil se hubiera vuelto loco. Al menos esa era la opinión de casi todos los de nuestra pandilla, que no podían explicarse los episodios cada vez más prolongados de confusión, de desorientado vagabundeo que protagonizaba aquel chico de pantalones amarillos de tirantes por el portal. Comenzaba con algún cuento asiático, La taza de madera y la taza de barro o con El espíritu de la botella, pero invariablemente los dejaba a medias. Contemplaba durante toda una hora, perdido, los extraños dibujos que habían hecho las chicas, e incluso llegaba a entablar conversación con ellas. El papel de «consejero íntimo» y de confesor (tal y como imaginábamos nosotros) que había desempeñado junto al Mendébil el chico enfermo, el del botín ortopédico niquelado, lo había retomado ahora Iolanda, la de los lazos gigantes. El Mendébil hablaba con ella a menudo y le podíamos ver describiendo curiosas curvas en el aire con sus expresivas manos. La tarde anterior al día que supondría su hundimiento definitivo, el Mendébil, con Iolanda a sus pies y rodeado de todos nosotros, nos contó la más bella historia que habíamos escuchado jamás. Fue como una auténtica sesión de hipnosis colectiva. Estuvimos allí hasta las diez de la noche, hasta que no nos veíamos ya las caras, hasta que todo lo que quedaba del mundo era el cuadrado de cielo azul oscuro sobre nosotros, atravesado por el polvo estelar de la Vía Láctea. Era la historia de los Once cisnes. La voz del chiquillo subía, bajaba, giraba y nos hacía enloquecer de tristeza. La niña muda, que trenzaba trajes de ortigas para sus hermanos, transformados en pájaros reales, el vuelo de estos sobre el mar verde, hirviente, el niño con un ala de cisne… todo aquello estaba en nosotros desde mucho tiempo atrás, y el Mendébil tan solo nos lo recordaba. Cuando acabó su historia, en el silencio de la noche solo se oía el rugido de los tranvías que circulaban por Ştefan cel Mare.

El día siguiente fue el último día. Por la mañana, cuando salí, hacía fresco. Me encontré con Luci y con Şandu, mis amigos, y nos subimos al castaño. Los frutos del árbol eran grandes y espinosos, y nos pasamos la mañana pelando las relucientes castañas. Şandu descubrió entonces —aún recuerdo su grito de sorpresa—, bajo la verde cáscara de espinas, un cristal grande y pesado, brillante. Era como un huevo de cristal a través del cual la luz se refractaba en extrañas formas. Cuando un castaño da semejantes frutos —pensé yo entonces—, es que algo no va bien.

Hacia las doce, como el Mendébil no había llegado al portal 1 y todo parecía languidecer, pensamos en jugar a un antiguo juego, anterior a la Brujitoca, llamado los Exploradores. En medio del bloque había una puerta de metal remachada, pintada de gris. Abrimos la puerta con cuidado, para que no crujiera, y empezamos a descender los escalones metálicos de la escalerilla de caracol, poniendo buen cuidado en no tocar las paredes embadurnadas de petróleo y repletas de cuadros eléctricos. A medida que bajábamos la escalerilla, la oscuridad se hacía más y más penetrante. Llegamos a una sala estrecha y larga, que olía a masilla y a cáñamo empapado en orín, en la que se distinguía una maraña de intestinos formada por tubos de diferentes tamaños, que salían de las paredes y giraban en los rincones, llenos de grifos y manómetros. En el suelo, el cemento húmedo temblaba apagado bajo la luz que se colaba por un ventanuco enrejado situado muy arriba, cerca del techo. Contemplábamos los tubos fascinados. Algunos eran más anchos incluso que nuestros cuerpos; otros, tan delgados como dedos e infinitamente largos. Atravesamos en silencio la sala de los tubos y abrimos otra puerta de metal, que desembocaba en la sala de las calderas. Decenas de tubos atravesaban la pared y se hundían ahora en enormes vientres de metal rojizo, rematados por remaches tan grandes como puños. Parecían cerdos de metal tumbados sobre pedestales de cemento. Aquí y allá, parpadeaban amenazadores unos manómetros con números negros impresos, tapados con cristales de color verdoso. Nos sentíamos como en un templo de deidades poderosas e incomprensibles. Tras pasar entre los monstruos barrigudos, nos acercamos de puntillas a la última estancia, la más profundamente escondida en las tripas del bloque: la sala del fogonero. La puerta entre la sala de las calderas y esta habitacioncita era también de metal, pero tenía un ventanuco a través del cual, estirándonos sobre la punta de los pies, pudimos mirar lo que había dentro. Nos quedamos helados.

La habitación estaba atravesada en diagonal por un ancho rayo de luz que venía desde muy arriba, de otro ventanuco enrejado. El rayo difundía también a su alrededor un halo luminoso, así que pudimos ver lo que no querríamos haber visto jamás. En la habitación vacía, como mucho de tres por tres, había dos niños cara a cara, completamente desnudos. El rayo se filtraba a través del cabello del muchacho y dibujaba finamente sobre el cemento los tobillos y las plantas de la niña. Los niños eran de una belleza sin par. Parecían rubísimos en la luz dorada. En el cabello del niño ardían rizos dorados y rojizos, y la niña parecía iluminada por los ojos bordeados de un pellejito negro. El surco de debajo de la nariz se le marcaba más profundamente que nunca. Los labios estaban apretados y animados por una sonrisa extraña, inexplicable. Todo su cuerpo enjuto, de músculos apenas insinuados por una línea amarilla, de costillas finas, levemente visibles, de piernas delgadas y firmes, parecía un esbozo delicado y perturbador. Más baja, con las coletas prendidas con lazos de satín blanco, con los mechones de su flequillo ensortijándose sobre la frente, sonriendo un tanto azorada —como he visto después sonreír a todas las mujeres desnudas—, Iolanda le miraba a los ojos. Puedo ver con claridad el cuerpo de ella incluso ahora, mientras escribo. Era delgado y blanco, con las moneditas cobrizas de unos senos pequeños, con el sexo como una simple línea esbozada entre las caderas. Apenas se podían observar otras diferencias en los cuerpos de los dos niños. En el suelo, sobre el cemento, estaban sus ropas, dispuestas en un orden extraño. Vimos cómo ambos se miraban, pero no había ningún sentimiento que pudiera ser definido, pues sus rostros mostraban una expresión que podía ser cualquier cosa menos humana. Era la suya una expresión como de estatuas… y ni de estatuas siquiera. Cuando la niña levantó la mano y rozó el hombro del muchacho con la punta de los dedos, Şandu se apartó de la ventana y escapó corriendo a través de la sala de calderas. También nosotros, Luci y yo, echamos a correr espantados. Incluso ahora tiemblo, incluso ahora suspiro, al recordar la escena aquella en la sala del fogonero. Todavía hoy escucho, taladrando mis oídos, el grito de pánico de Iolanda cuando oyó nuestras pisadas, un grito que nos persiguió, reverberando entre calderas y tubos, hasta la calle.

No nos detuvimos hasta que llegamos al portal 1, desierto a aquella hora. No podíamos mirarnos, no podíamos hacer nada. Luci temblaba como un poseso. Llegó incluso a tener fiebre los días siguientes.

Al mediodía nos fuimos para casa, pero durante el rato de la siesta, con la cabeza debajo de las sábanas, empecé a delirar. El ataque me duró hasta la noche. No veía más que los dos cuerpos frágiles frente a frente en la sala del fogonero. No comprendía nada. ¿Por qué había cambiado el Mendébil tan bruscamente tras la llegada del vendedor de baratijas? Pero no conseguía siquiera hacerme preguntas. Şandu, sin embargo, había reaccionado de otra forma. Estaba indignado, presa de la furia. Aquella misma noche, en el portal 1, cuando se congregó la antigua pandilla, les contó todo e incluso añadió algo de su cosecha; de su historia se desprendía que el Mendébil nos había embobado a todos con sus estupideces pero que ahora por fin se había quitado la máscara. Vova y su hermano se dirigieron al transformador y borraron con las manos las frases de colores que el Mendébil había escrito con tiza y que alguno de nosotros había retocado más de una vez desde entonces. Mimi se mostraba triunfante: se había encaramado al trono del Mendébil y dirigía desde allí, grande, barrigudo y moreno, la disputa sobre cómo debía ser castigado el Mendébil. Por supuesto, era incapaz de concebir algo más que «hay que zurrarle». Martagan propuso que le organizáramos una buena Brujitoca, porque hacía mucho que no jugábamos. Así que nos fuimos corriendo a la parte trasera del bloque y bajamos de nuevo a las sucias zanjas, a respirar una vez más nuestro amado olor a tierra y lombrices y larvas lechosas pero, sobre todo, el penetrante olor a miedo. Nos colocamos de nuevo las máscaras de cartón y nos transformamos en diablos y en monstruos, y en gigantes, y en unicornios, y en salvajes, y empezamos a perseguirnos por los canales sinuosos.

Hacia las ocho de la tarde apareció el Mendébil. No podíamos dar crédito a nuestros ojos cuando lo vimos acercarse al borde de las zanjas. Habíamos creído que se quedaría en casa, sin salir, por lo menos durante una semana, pero el hecho de que se atreviera a mirarnos a la cara nos parecía de un descaro increíble. Dejamos de jugar y, desde allí, desde abajo, lo observamos sonriendo maliciosamente. Él quiso decirnos algo, pero Paul cogió un terrón de tierra, se lo lanzó y le arreó un buen golpe en la pierna. Jean hizo lo mismo, y entonces el Mendébil echó a correr hacia el portal número 1 bajo una lluvia de terrones. Nos abalanzamos tras él, con las máscaras puestas, aullando. Nos habíamos llenado los bolsillos de terrones. Al salir del pasadizo estrecho, nos detuvimos en medio del patio interior. Una vez allí, no tenía escapatoria. Al principio no lo vimos, pero luego lo localizamos escondido detrás de la balaustrada del Puente, es decir, sobre la pequeña plataforma que conducía a la puerta tapiada. Estaba acurrucado en la oscuridad. Aullando, empezamos a lanzarle terrones con furia, pero el Mendébil gritaba casi más fuerte que nosotros y se defendía como un diablo. Llevaba puesta —entonces lo vimos, a la luz del neón del patio del molino— su horrible máscara, pintada con acuarela, y nos devolvía como podía los terrones que le llovían por todas partes. Estaba más arriba y lo protegían las dos balaustradas, mientras que nosotros estábamos en campo abierto, así que se pudo defender mucho rato, casi una hora entera, hasta que un terrón le dio de lleno en la cabeza. Entonces, en la penumbra, lo vimos dejarse caer lentamente al suelo, arqueándose hacia atrás y sacudiéndose con una fuerza espantosa. Nos acercamos a él, pero no parecía vernos. De sus ojos brotaban lágrimas a chorros. Gemía y gruñía brevemente, de vez en cuando, entre espasmos que contorsionaban su cuerpo en unas posturas imposibles. Nos asustamos tanto que Luţă fue al portal 3 y llamó a la puerta del Mendébil. Escondidos en el portal 1, vimos a una mujer de rojo que vino corriendo y tomó en brazos al niño martirizado por los espasmos. A duras penas consiguió atravesar con él el pasadizo que conducía al otro portal.

Así terminó todo. Al Mendébil lo envió su madre a casa de los abuelos o a un internado, o puede que a otro sitio, pues no volvimos a verlo jamás. Al día siguiente empezó a caer una lluvia menuda y fría, hasta que toda la trasera del bloque se transformó en un auténtico cenagal donde no había manera de jugar a nada. Al cabo de una semana comenzaron las clases y para el final del verano la pandilla se había disuelto ya. Siguieron más de veinte años anónimos. Acabé el instituto, hice el servicio militar, fui a la universidad y aquí estoy, hecho todo un profesor. Desde hace tres meses, sin embargo, desde el sueño del frasco y los hámsteres, soy una persona completamente distinta. No puedo más. Una noche tras otra, me asedian unas pesadillas que no me atrevo siquiera a consignar en mis cuadernos de sueños. Siento que se acerca algo, siento un olor a hielo envenenado que me eriza la piel. En ocasiones, lloro por las tardes, en un llanto sin lágrimas, nervioso, y me invade un sentimiento de inminente disolución. Una crisis así, de llanto desesperado, sufrí ayer tras describir la escena de la sala del fogonero. ¿Qué va a suceder ahora, cuando ya he terminado esta historia que brotó de mi memoria de forma tan milagrosa? ¿Se supone que tengo que empezar a recorrer las calles, entrar en restaurantes y tiendas, perturbar el silencio de los cines hablando a gritos sobre el Mendébil? Porque siento que no he dicho todo, porque no puedo controlarme para no gritar esta verdad que es mía y solo mía, porque no puedo más, no puedo controlar este dolor terrible, no puedo… Sí, no voy a leer estas páginas en el cenáculo, porque no son literatura, son más bien una profecía terrible; las leeré en medio de la ventisca, por las calles, a la luz de los escaparates y en los tranvías, y encontraré a gente que me entienda y que me siga y rastrearemos toda la ciudad y encontraremos finalmente al Mendébil y sabremos que él es y lo comprenderemos y lloraremos y cantaremos, y él, cubierto por una piel de rayos, lanzando destellos azules, alzará los brazos y se elevará, iluminando la ciudad como si fuera de día, hasta las estrellas y hasta más allá de las estrellas, y nosotros seremos como de ceniza blanca, más puros, más puros… ay, no puedo más…

* * *

Esta mañana, mientras buscaba cinta adhesiva para pegar la portada de un libro, he encontrado estas páginas mecanografiadas que, por su aspecto, parecen haber sido escritas hace un par de años. Estaban en mi cómoda, debajo de unas fotografías colocadas en sus marcos. Las he leído y no puedo evitar comentar la sorpresa que me han producido. No hay duda, fueron escritas con mi «Erika», y se refieren a un periodo de mi infancia. Por supuesto, reconozco algunos datos de esta «crónica». Sí, viví en un bloque de la calle Ştefan cel Mare. El molino, el portal número 1, todos los decorados son reales y existen incluso hoy, excepto la sala de calderas subterránea, pues nuestro bloque no tuvo nunca calderas de calefacción en el sótano. Los niños son reales, recuerdo incluso sus nombres, a algunos los sigo viendo hoy en día; pero toda esa historia del Mendébil me parece absurda. Jamás hubo un niño tan sabio en nuestro bloque. Vova Smirnoff es ahora ingeniero, Lumpă es piccolo en el Athénée Palace, lo sigo viendo por allí de vez en cuando; Martagan también anda por ahí, Şandu se ha convertido en ingeniero, y Nicuşor no es otro que mi amigo, Nicolae Iliescu. Pero ¿dónde está ese tal Mendébil? ¿De dónde demonios ha salido esa historia? Querría releer el texto, pero reconozco que me da miedo. Hay en él algo nefasto. No sé qué hacer con este texto. No quiero tirarlo, pero tampoco quiero volver a encontrármelo. Lo pondré a buen recaudo, en algún sitio donde pueda permanecer oculto un siglo sin peligro de ser arrojado entre periódicos u otros papeles, porque mi mujer es toda una especialista en ese tipo de cosas y…

  1. Adaptación libre al español del nombre del juego inventado por los niños, vrăjitoacă en rumano ↩︎
  2. No corresponden al título en orden alfabético en español: «Fue una vez ladrón», «Fue mi amigo», «Ágata, déjate de crímenes», «Babette se va a la guerra» y «El velero de hierro», sucesivamente. ↩︎
  3. Niño que participaba en actividades de carácter benéfico. ↩︎
  4. Cuento tradicional georgiano. ↩︎
  5. Juego infantil. ↩︎

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