Texto aleatorio

El Emperador la eligió a ella.

Como resultado de aquella elección, el honor y el orgullo —⁠esas monedas de cambio tan insustanciales⁠— fueron prodigados a su linaje. Muchos de sus primos —⁠cientos de ellos, en una enmarañada telaraña de legitimidad y bastardía⁠— le ofrecieron sus mejores deseos, trajeron advertencias, o simplemente echaron humo con silenciosa envidia.

Otros mostraron una reacción más manifiesta. Recibió una pequeña fortuna en regalos, sobornos y favores, leyó de cabo a rabo casi un centenar de peticiones formales de su mano en matrimonio, y sobrevivió a tres intentos de asesinato.

Nada de eso importaba. El Emperador la eligió a ella.

No había venido en persona, desde luego. Su decisión llegó en forma de un rollo de pergamino sellado con el sigilo de Malcador. El senescal del Imperio había consignado el mandato del Emperador por escrito y lo había despachado con paciente premura a los territorios de la Casa Andrasta. Ella no necesitó leer el pergamino para conocer la elección del Emperador. Ninguna otra cosa llevaría a toda una falange de dorados custodios a los palacios de agujas del Distrito de los Navegantes.

Antes de que su padre tuviera tiempo de abrir el rollo de pergamino ante sus cortesanos allí congregados, la noticia había corrido como un reguero de pólvora por todas las agujas de la ciudad. Dijo dos palabras al capitán general de la Legio Custodes. Las únicas dos palabras que se esperaban de él; las dos palabras más importantes que había pronunciado jamás en las muchas largas décadas de su vida.

—Ella acepta.

Un acorazado clase Gloriana, uno de los únicos veinte que se construyeron jamás. Ella aceptó porque no existía posibilidad, ni precedentes, de una negativa. Era para eso para lo que había nacido y había sido educada.

Un torbellino de preparativos se apoderó de los días siguientes, que transcurrieron en medio de una nebulosa de personas que hacían cosas. Al cabo de menos de una semana, mimada y atormentada por un pequeño ejército de esclavos y criados, zarpó en dirección a Marte. Aguardando en los cielos del Planeta Rojo había una nave que eclipsaba a todas las que tenía cerca, proyectando su sombra sobre todas ellas mientras soportaba los últimos días de fondeo en el vacío.

Percibió su impaciencia incluso antes de pisar la cubierta de su hangar. La noble ansia de la nave era evidente en cada metro de oscuro hierro fortificado.

—La Determinación Inflexible —⁠dijo en voz alta.

Era la nave capitana de los War Hounds. Su primera nave, y su nuevo hogar.

Eso había sido hacía una eternidad. Ahora ellos eran los World Eaters, y su nave era el Conquistador.

La rebelión la confundió. Ella era marinera, no un soldado. Su mirada descansaba en otro lugar, por encima y más allá de las preocupaciones mortales de guerra y territorio. Una guerra librada en nombre del Emperador no era diferente de una guerra librada para el señor de la guerra.

Sus esclavos y alimentadores empezaron a traerle noticias procedentes de la tripulación del Conquistador, contando relatos contradictorios de lealtad y traición. Algunos decían que la ambición de Horus los había empujado a declarar la guerra a Terra. Otras informaban de la trágica muerte del Emperador, alabando a Horus por haberse abierto paso a través del Imperio que se desmoronaba, de vuelta al Mundo del Trono donde pondría fin a la guerra civil y gobernaría en el puesto de su padre.

No supo a quién creer. No al principio. Con el paso de las semanas y los meses, los rumores se convirtieron en informes y los informes en hechos. Todavía no estaba segura de cómo actuar, o de si se requería alguna acción.

Sin embargo regresaba a una verdad retumbante, una y otra vez. El Emperador la había elegido.

No el señor de la guerra. Ni lord Angron. Tampoco lord Aureliano, con quien navegaban en la actualidad. Ellos la utilizaban y la respetaban cuando en algún momento reparaban en su existencia, pero no la habían elegido. Ellos se habían rebelado contra aquel que había forjado el Imperio; habían declarado la guerra al que había elevado a los que eran como ella a vidas de esplendor, permitiendo que las familias del clan de la Navis navegaran por el negro abismo entre las estrellas.

Ahora ellos navegaban hacia Terra para matarlo… A Él, a quien la había elegido.

El immaterium era un océano de luz hirviente y aulladora. De la demencial migraña gorgoteaban rostros, rostros de su pasado que lloraban, reían, se encolerizaban y chillaban mientras se derretían. Al mirar a través del casco se veía la sombra de la Trisagion, que navegaba a poca distancia, gris y descomunal e hinchada de vida, abriéndose paso violentamente entre balanceos por las turbulentas mareas. Olas de éter chocaban contra el colosal acorazado de Lorgar, haciendo que gimiera y oscilara tal y como gemía y oscilaba también el Conquistador. Igual que con cualquier nave atrapada en una tempestad, el modo más seguro de sobrevivir era navegar a través de las encrespadas olas, combatiéndolas con esperanza, habilidad y confianza en el hierro santificado. Sin embargo, el Conquistador avanzaba penosamente allí donde la Trisagion no lo hacía. La primera se bamboleaba y recibía impactos del oleaje en su vientre, mientras que la otra hendía el océano etéreo como una cuchilla enorme y desafiante.

La oscuridad presionaba contra ella desde el exterior de la nave —⁠una oscuridad que ningún ojo podía perforar⁠—, no era tan solo la ausencia de luz sino la muerte de esta. Un navegante sabía intuitivamente lo que ningún otro humano podía experimentar: las mareas más profundas de la disformidad devoraban la luz. Era ahí donde la iluminación moría.

Su faro era la luz del Emperador, más atenuada en ese momento, como opacada por el dolor, pero, con todo, la única luz mediante la que se podía navegar. Se bañaba en ella, igual que había hecho siempre. Seguía el Astronomicón a medida que este iluminaba los bordes más oscuros de la irrealidad tras la realidad.

La capitana Sarrin había venido a sus aposentos no hacía mucho, para hablar sobre las mareas cada vez más encrespadas de la disformidad. Le caía bien la capitana Sarrin, quien la llamaba «mi navegante» como era lo correcto, no «señora Nisha Andrasta» como hacían sus aduladores esclavos.

La conversación no había durado mucho, pues Nisha no tenía respuestas que dar a la capitana. La disformidad estaba más turbulenta, la luz del Emperador más débil, y ella no conocía ningún motivo para que tanto la una como la otra estuvieran así, solo que lo estaban.

Lord Lorgar Aureliano fue a verla algún tiempo después. El Conquistador era lento, le había dicho. Estaban frenando el avance de la flota. Ella le había pedido disculpas, y él había sonreído con la sonrisa radiante de su imperial padre.

No había nada por lo que disculparse, le había asegurado él. Algunas lecciones tardaban en aprenderse, eso era todo. A continuación le habló de otras sendas a través de la disformidad. Otras iluminaciones, otras luces mediante las que navegar. A la Trisagion no la guiaba el Astronomicón, había dicho, sino los cantos de dioses lejanos. Y ¿podía ella oírlos? ¿Podía, si realmente lo intentaba?

Sus palabras tenían el tono indulgente de un profesor, pero ella vio su muerte aguardando tras aquellos ojos benévolos.

—¿Oyes el canto de los dioses, navegante Andrasta?

—Sí —había contestado al Portador de la Palabra.

Lord Aureliano la dejó en paz, pero el Conquistador todavía avanzaba penosamente a través de las mareas. Su engaño no duraría mucho.

En sus estancias palaciegas en el interior del corazón del Conquistador, acunó la ornamentada pistola láser en unas manos cubiertas con guantes de encaje, manteniéndola oculta. Sus uñas estaban impolutas, cepilladas cada mañana y cada noche por sus asistentes. Sus esclavos siempre la mantenían meticulosamente limpia; para prevenir infecciones o para cumplir con sus normas profundamente arraigadas, nunca lo supo con seguridad.

Las regias vestiduras se le pegaban a la piel con el sudor honrado de un marino del vacío. Su trono interpretaba sus silenciosos impulsos y la crispación más leve de los músculos, forzando a la nave a seguirlos.

Mediante su vínculo con el cambiante y mutante espíritu máquina, percibía la cólera de la cosa encadenada en la oscuridad más profunda de la nave. La cosa que en una ocasión había sido el primarca, y cuya existencia remodelaba ahora el metal sagrado de la nave en una imagen de la furia de Angron. ¿De qué servía un campo Geller cuando la disformidad vivía ya en el interior de los huesos del Conquistador?

A través del tercer ojo, observó cómo la Trisagion volvía a adelantarse veloz, a una distancia ya enorme. El Conquistador gimió y avanzó con gran esfuerzo, y disminuyó la velocidad tras la estela de la otra nave de mayor tamaño.

Cuando había sido elegida por el Emperador —⁠y no por esos monstruos y hombres que ahora navegaban para ir a matarlo⁠—, ella había creído que sería capaz de pagar cualquier precio por ver estrellas y mundos nunca antes contemplados por la humanidad. El tiempo había refutado aquella creencia. No estaba dispuesta a traicionar al hombre que la había elegido.

Apretó el cañón de la pistola robada contra la sien. Sus asistentes corrían, lanzaban alaridos, lloraban.

—Por el Emperador —les dijo.

La navegante Nisha Andrasta apretó el gatillo y arrancó al Conquistador de la disformidad en una cascada de metal chirriante y torturado.


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