Texto aleatorio

Vhetok Raan apunta al blanco con la mira del arma, orientando la retícula sobre su espalda. Sopla un fuerte viento lateral que apesta a descomposición debido a la radiación, y ajusta el alcance para compensarlo cuando su observador susurra, leyendo desde un calibrador de latón.

—Dieciocho milímetros a la izquierda, eleva tres milímetros.

Raan efectúa los ajustes sin decir nada. No asiente, ni siquiera parpadea. Estropearía el disparo y sabe que solo podrá hacer uno. Si falla, tendrán que correr, y duda que pudieran escapar. Scarbek y él estarían muertos…, o peor, los darían por muertos para que los Sin Conciencia se dieran un festín con ellos.

El blanco es uno de ellos. Una máquina de matar genéticamente mejorada, entregada a la venganza. Desde que el planeta ardió bajo la luz de su propio sol, ellos han andado por ahí en busca de sangre. Una zumbadora mochila de energía unida a la armadura del blanco crea una calima en el aire por encima de este. Se la percibe próxima incluso a través del traje antirradiación de Raan. Prácticamente puede paladearla.

Un chirimiri de polvo radiactivo obstruye su visión unos pocos segundos, el dedo húmedo dentro del guante apenas acaricia el gatillo del rifle de francotirador. El reinhalador sujeto al rostro y el cuello empieza a apretarle.

Raan contiene la respiración. El blanco está en cuclillas, sin apenas moverse, como si estuviera cavando pacientemente para sacar algo de la tierra. La línea visual del francotirador es un túnel, miope y enfocado, y se estrecha justo una fracción al llegar el momento…

Hay un destello azul cobalto en la luz previa al amanecer, y la figura agachada se mueve un poquitín.

—Ahora —sisea Scarbek a través del comunicador.

Raan aprieta el gatillo.

Igual que un rayo en el sol, un proyectil de gran calibre araña el abrasador aire radiactivo al mismo tiempo que una tosecilla queda escapa del rifle. Parece suceder a cámara lenta, y le parece que puede ver la bala girando, las partículas del aire desplazándose cuando las atraviesa, una chispa tenue y longeva golpeando el metal y atravesándolo…

Pero no hay sangre.

Debería haberla, incluso a través de aquella armadura, una señal de que el disparo ha sido mortal.

Empieza a darse la vuelta, abriendo la boca en un medio grito, mientras el mundo aminora aún más su marcha, como en una especie de animación suspendida.

«No hay sangre», intenta gritar. «No…».

Una fría bola de dolor estalla en la espalda de Raan. Luego es la garganta de Scarbek la que se abre exageradamente como una cañería principal de agua reventada, chorreando líquido rojo por encima del traje antirradiación, empapando la túnica que lleva debajo.

Vuelve a haber un centelleo azul cobalto; solo que esta vez está detrás de ellos, clavándose en ellos.

En su línea visual —que ya no está confinada a la mira del rifle, pero sigue siendo miope y contrayéndose cada vez más hasta un fundido en negro⁠—, Raan ve al objetivo todavía agachado, tan inánime como lo ha estado desde que lo divisaron.

Ahora sí hay sangre, en grandes cantidades, pero es toda de ellos.

La oscuridad aparece, incongruente en un día cubierto de radiación, y Vhetok Raan comprende —⁠demasiado tarde⁠— que los han engañado.

Aeonid Thiel agarra un tobillo de cada cadáver con cada mano y empieza a tirar de ellos. Ya se ha colgado las armas a través del cuerpo, ensanchando las correas para ajustarlas a su cuerpo más fornido y cubierto por una armadura más gruesa. No disfruta con este trabajo tan pesado, pero es lo que hay que hacer. Ocultar los cuerpos, enterrarlos en el desierto blanqueado por el sol.

Tras hallar un buen lugar, empieza a cavar. Las manos enfundadas en guanteletes son unas palas sorprendentemente buenas. Entierra a los muertos lo bastante hondo, y ni siquiera los Sin Conciencia podrán olfatearlos. Thiel sospecha que la radiación está contaminando los sentidos de esas criaturas, tal y como hace con los suyos. El auspex, el escáner…, ni siquiera el visor retinal del cerrado casco son fiables en la atmósfera abrasada de Calth.

Una vez cavadas las tumbas y vueltas a cubrir, un aviso del crono centellea en su lente izquierda. Es breve y lo enturbia la estática visual, pero es poco más o menos la única cosa en funcionamiento que le proporciona información útil. Los niveles de radiación están subiendo vertiginosamente. Una nueva actividad solar llamea en el horizonte. El estallido tendrá lugar en ocho minutos, dieciocho segundos y contando.

—Te agradezco tu ayuda, hermano Akanis —⁠dice al distante cadáver vestido con una armadura azul⁠—, pero debo seguir mi camino.

No hay necesidad de enterrarlo; los Sin Conciencia vaciaron a Akanis hace días. Solo quedan armadura y huesos. Hubo un tiempo en que a Thiel lo habrían reprendido por tal falta de respeto, usar a un hermano de batalla muerto como señuelo, pero la censura no es algo desconocido para Thiel. Todavía luce con orgullo el color rojo sobre su casco de combate, si bien ya no significa lo que significó en una ocasión. De no haber desafiado a sus superiores, Marius Gage e incluso lord Guilliman podrían estar muertos. Sin embargo viven, pero han abandonado Calth.

Thiel pensaba que también él lo había dejado atrás, pero ahora ha vuelto. Otro acto de insubordinación por su parte.

No es que Aeonid Thiel carezca de respeto, simplemente reconoció mucho más de prisa que sus hermanos que las reglas de combate habían cambiado. Las viejas tácticas establecidas en el Codex de su primarca, como lo llaman en la actualidad, no resultaban siempre ejecutables. Thiel luce lo ejecutable en su armadura, un tratado sobre ceramita, devastada por los combates de todas las tretas que ha utilizado en esta guerra subterránea nada convencional.

Queda un tramo más de cable rígido que comprobar en este recorrido. Lo marca sobre la armadura con un punzón corto, incluyendo coordenadas, profundidad y tiempo. Thiel echa a correr, manteniéndose agachado, alejándose del difunto Akanis.

Al llegar a la zona de excavación, extrae una estaca sísmica del cinturón de herramientas, la planta profundamente y activa la pulsación de mapeo subterráneo. Tarda unos segundos en activarse. Al comprobar la cuenta atrás en la lente retinal izquierda, advierte que le queda muy poco tiempo.

—Vamos, vamos…

Los niveles de radiación aumentan más de prisa, un amanecer rojo y funesto arde ya en el horizonte en forma de una reluciente línea de fuego. Thiel nota el aumento de la temperatura, al mismo tiempo que apaga el repique de advertencia del casco para acallar las quejumbrosas exhortaciones de la armadura.

—Aún no.

Si encuentra la rotura en la línea de cableado, tendrá que regresar. Ni soñar en cavar ahora; la emboscada ocupó demasiado tiempo. Esa estratagema en concreto está escrita en el protector del hombro izquierdo. No es la primera vez que la ha usado, ni tampoco será la última.

El bastón sísmico da negativo.

—Maldita sea.

Modifica ligeramente la intensidad de ganancia e incrementa la señal del impulso, sabiendo que la radiación y varias toneladas métricas de tierra, piedra y acero estarán enmudeciendo cualquier respuesta débil.

Transcurren otros pocos segundos, y el crono pasa de ámbar a rojo. El tiempo se agota.

El bastón vuelve a pitar.

—Negativo… ¡Maldita sea!

Una verdadera oleada de fuego recorre hirviente la superficie de Calth, que en el pasado fue una reluciente frontera del Imperio de Ultramar y ahora se había convertido en un desierto infinito. Ciudad Numinus es un cascarón, habitado por cadáveres y sombras depredadoras. Las tierras bajas de Dera Caren han desaparecido, sus bosques reducidos a cenizas. En lo alto, Veridia resplandece, no tan hermosa en la actualidad. Es un heraldo, una perla transformada en una llameante brasa de punición infernal.

A Aeonid Thiel lo señalaron para ser censurado, y ahora Veridia quiere volver a señalarlo: lo ha marcado para morir, con una pintura que es una llamarada solar, que consumirá el rojo y el azul y dejará la armadura negra.

Abandonando el bastón y gran parte de su equipo, Thiel corre.

Ojos entornados e inyectados en sangre contemplan la huida del Ultramarine. Incluso con amortiguadores de llamarada sintonizados al máximo, el guerrero sigue siendo una silueta envuelta en un halo a través de los prismáticos, con el infernal sol ardiendo con fuerza detrás de él. Aunque, no con tanta fuerza como para que los ojos no lo vean acuclillarse y activar un panel oculto en la tierra. Al cabo de unos segundos se abre una grieta en el desierto, que da lugar a una catarata de arena que rueda y cae al interior de una sima negra cada vez más grande.

Sin saber que lo están observando, el Ultramarine penetra a toda velocidad en la oscuridad del refugio secreto, con volutas de humo gris elevándose del blindaje.

Kurtha Sedd apaga la transmisión visual y retira el visor periscópico de vuelta al interior de la caverna, donde sus cohortes y él aguardan. La servoarmadura gruñe al girar, y el legionario contempla a los siete guerreros del culto que tiene ante él. Incluso a la luz débil de lámparas de fósforo, los sigilos grabados en sus brazos desnudos relucen y culebrean.

No son Sin Conciencia, aún no. Pero pronto lo serán. Les han dado su palabra, lo han prometido.

—¿Bien? —pregunta un miembro del culto, hablando con voz ronca a través de la maltrecha rejilla del comunicador.

Lorgar abandonó a estos hombres para que murieran en Calth, siervos leales de la Palabra que escogieron seguir al demagogo equivocado.

Sedd chirría, y la sonrisa en la voz es fácil de detectar:

—Por la sangre de Erebus que lo tenemos.

El chisporroteo de ceramita enfriándose en el aire del subsuelo interrumpe el silencio del mundo subterráneo que existe en la actualidad bajo la superficie de Calth. Por los pelos. Las lecturas de la armadura de Thiel han descendido por debajo de la línea roja, y sus niveles de radiación están peligrosamente cerca de los máximos aceptables.

Pasada la entrada, sigue corriendo, penetrando en las entrañas de la tierra, donde un mundo nuevo y sin duda más desagradable le aguarda. Esto es Calth ahora, arcologías enormes y tenebrosas; no son mejores que tumbas.

Al llegar al fondo del túnel, Thiel reduce la velocidad hasta ir al paso y luego se detiene. Se desploma sobre una rodilla para recuperar el aliento. Maltrecho ya por la pelea a bordo de la Honor de Macragge hace casi dos años, le aterra pensar en el daño adicional que la llamarada solar haya podido infligir a su blindaje, imaginando las innumerables fisuras diminutas que reducirán su eficacia en combate.

—Cada vez que abandonas el complejo, pones en peligro nuestra clandestinidad y seguridad —⁠resuena una voz severa desde la oscuridad, interrumpiendo los pensamientos de Thiel.

Con poca energía, Thiel alarga las manos hacia los sellos que fijan el casco a la gorguera, los suelta y se lo quita para respirar aire fresco.

Es joven pero tiene un rostro de contornos duros, producto de la guerra. El sudor le baña la frente y las sienes, haciendo resplandecer el corto cabello rubio. Sus ojos azules, como brillantes zafiros, localizan en un instante a quien ha hablado en la oscuridad.

—Y cada segundo que permanecemos aislados y solos, corremos el riesgo de ser aniquilados. ¿Hasta tal punto vigilas ahora mis movimientos, capitán Vultius?

Un Ultramarine emerge de las sombras para colocarse bajo la luz de una única lámpara de fósforo que cuelga del techo. Lleva armadura dorada, un casco adornado con laureles en el pliegue del brazo derecho y un gladio envainado sobre la cadera izquierda. Tres botones de platino por servicios prestados brillan, incrustados en una frente que es como un farallón de granito. Vultius lleva casi al rape el pelo oscuro, y viste armadura de combate al completo. Su equipo está inmaculado pero delata las batallas que ha librado, a pesar de los grandes esfuerzos del encargado de sus reparaciones. Una esclavina corta de color carmesí se extiende desde su generador de energía y finaliza justo en la articulación de la parte posterior de las rodillas.

Los ojos del capitán Vultius son verde esmeralda, fríos e implacables como el mar.

—¿Es necesario que lo haga, sargento?

—Es una cuestión práctica: cuanto más tiempo pasemos sin más refuerzos, mayor es la posibilidad de que nos aplasten. La línea de comunicaciones es nuestro único medio de comunicar con la flota. Si está cortada, el centro de mando queda a la deriva. No puedo evitar preguntarme qué es lo que la rompió, señor.

—Eso no es asunto tuyo.

—Es lo único que me interesa, señor. Y a ti también debería.

—¿Eras así de alborotador delante de lord Guilliman? —⁠le suelta con sorna, pero Thiel comprende que es una pregunta retórica⁠—. Puedo ver que todavía luces la vieja marca. Siempre fue un símbolo de honor para ti, ¿verdad? Ser desafiante, insubordinado.

—No soy ni una cosa ni la otra, señor. Esta es una guerra poco convencional, que requiere de tácticas no convencionales para librarla.

—Seguro que quieres decir que para «ganarla».

—¿Puedo hablar con libertad, señor? —⁠Thiel suspira.

Vultius ladea la cabeza, incrédulo.

—¿No lo haces ya, sargento?

Thiel responde entonces a la pregunta anterior.

—No, señor. No quiero decir «ganarla». No hay modo de ganar Calth. Carece de significado estratégico, más allá de la propaganda. Calth ya está perdido.

Vultius frunce el ceño, su paciencia ha llegado a su fin.

—A lo mejor tendrías que haber permanecido en Macragge.

—Tal vez, señor. Pensé que sería de más utilidad aquí.

—Estabas equivocado, sargento. —⁠Vultius le empieza a dar la espalda, alejándose del resplandor de la lámpara de fósforo para volver a desaparecer en las sombras.

Thiel asiente.

—Eso parece.

—Ve a que te quiten la radiactividad, y vendré a recibir tu informe en una hora.

—Intentaré no retrasarme, señor.

Vultius hace una pausa, quizá a punto de ofrecer una nueva reprimenda, pero cambia de opinión.

—Encárgate de que así sea. —⁠Aguarda unos pocos segundos más, medio engullido por la oscuridad⁠—. Pensaba que lord Guilliman te envió aquí como castigo por desafiar su voluntad, pero ya veo que me equivocaba.

—¿Cómo es eso, señor?

—Porque da toda la impresión de que soy yo el castigado.

Vultius sigue caminando, las pisadas se pierden en la lejanía mientras deja a Thiel en la oscuridad.

Sentado en un banco en una celda de pospurificación, Thiel observa a dos servidores a través de un sucio cristal blindado mientras estos restriegan su armadura. Eliminar la radiación es doloroso, largo, pero necesario. Desde que el enemigo atacó el sol de Calth, cualquier excursión a la superficie trae con ella el peligro de envenenamiento por radiación. Ni siquiera las Legiones Astartes son inmunes, pero pueden soportar una exposición mayor y más prolongada que sus corrientes homólogos humanos.

La última excursión de Thiel habría matado a un hombre normal varias veces. Pero en el caso del legionario, este vivirá y superará los efectos de la radiación de Calth.

Vestido solo con una malla interior parcial y una camiseta blanca de entrenamiento, todavía eclipsa al solitario soldado de asalto de pie a su lado. La chaqueta del uniforme del soldado lo identifica como «Rowd», y los colores son los del antiguo regimiento Numinus. Por supuesto ya no existe tal regimiento, ni ningún batallón. Los supervivientes de las antiguas divisiones del ejército de Calth fueron incorporados a una fuerza de guerrilla, apoyada por legionarios de la XIII donde era posible.

—¿Cuánto tiempo más, soldado? —⁠pregunta Thiel.

Rowd se vuelve, sobresaltado en un principio. Thiel indica con la mano a los servidores a través del cristal sucio.

—Mi armadura, ¿cuánto tiempo?

Conoce la respuesta, pero el silencio bajo tierra le incomoda, y permite que su mente divague.

El soldado consulta su crono. Viste un traje antirradiación incompleto, polainas y botas, pero lleva la chaqueta desabrochada para mostrar su antigua designación en el ejército. Un reinhalador y la concomitante máscara cuelgan del cuello de una correa floja. Una capucha le cae sobre los omóplatos.

—Dentro de nada, sargento. Los servidores están terminando ya.

Thiel asiente como si fuera algo nuevo.

—Dime, soldado…, ¿estás aquí para ser mi carcelero?

Rowd se muestra horrorizado por un instante.

—Yo… Esto… No, sargento. El capitán Vultius me pidió que me asegurara de que permanecieras aquí hasta que él pueda regresar.

Thiel se pone en pie, una simple acción que lo coloca muy por encima del soldado.

—Eres mi carcelero, entonces.

—Sargento, no soy más que…

Con una sonora carcajada, Thiel agita una mano a modo de disculpa.

—Relájate, soldado. Solo estaba bromeo. Un poco de humor para ayudar a pasar el rato.

El soldado Rowd se tranquiliza e intenta mostrar una sonrisa, pero sus ojos temerosos delatan su juego. Antes de que pueda responder, suena una sirena, acompañada por el centelleo de una lámpara estroboscópica sobre la puerta que da a la sala de descontaminación. A los pocos segundos, un siseo de presión neumática anuncia la apertura de la puerta, y un servidor aparece con la armadura de Thiel limpia de radiación. El legionario observa complacido que sus marcas improvisadas siguen grabadas en ella.

Rowd también las ve.

—¿Qué son? —Entorna los ojos, inspeccionándolas…, en un intento fallido de discernir su significado.

—La Legión las llamaría «cosas ejecutables». Las utilizo como registro de cada táctica, cada estratagema y treta que he usado en Calth desde que me destinaron aquí.

—¿Tu traje no tiene sistemas internos para eso?

Thiel sonríe mientras toma un avambrazo que le tiende el servidor.

—Están llenos. He estado ocupado. Toma, ayúdame a volver a colocar esto.

Rowd le complace, justo cuando unos ecos sordos de violencia suenan en el túnel situado delante.

Con la ayuda del soldado, Thiel vuelve a tener colocada la armadura en tres minutos, y al cabo de otros tres están ya a mitad del túnel, de camino al centro de mando donde Thiel espera que el capitán Vultius siga teniendo el control.

Se oyen tres estallidos potentes en la penumbra, más fuertes que antes. Thiel aminora la marcha a un ligero trote, con la armadura tintineando sordamente.

Rowd lo alcanza, jadeante.

—¿Qué ha sido eso?

—Disparos de bólter.

Todo el color desaparece del rostro del soldado, iluminado con crudeza por la sibilante lámpara de fósforo del techo.

—Esa es un arma de la Legión.

—Sí.

Rowd comprueba el indicador de energía de su carabina láser y suelta el seguro con el pulgar.

Thiel ha desenfundado una pistola bólter de una pistolera lateral. En la otra mano sujeta su gladio.

A los disparos se les unen gritos. Algunas de las voces las reconoce. Una pertenece al capitán Vultius, que ruge órdenes. Otras son más guturales, ásperas. Él conoce el idioma, a pesar de que no sabe hablarlo.

Colchisiano.

Word Bearers.

Thiel sujeta con más fuerza la culata de la pistola y la empuñadura del gladio. Quiere alargar la mano hacia la espada larga electromagnética envainada junto al generador que lleva en la espalda, pero todavía no sabe a qué se enfrenta. Carece de un ejemplo práctico con el que evaluar su respuesta, y tampoco existe una teoría que valga la pena formular en estos extraños tiempos de fratricidio.

—Colócate detrás de mí —advierte Thiel, mientras recorre con suma cautela el último centenar de metros del túnel.

Hay puertas antiexplosivos al final de él; un panel para teclear un código de acceso impide entradas no autorizadas, pero de algún modo una fuerza enemiga ha encontrado su base de operaciones y se ha infiltrado en ella.

Los sonidos de combates son cada vez más fuertes, incluso a través de las gruesas puertas de plastiacero. Thiel para un momento en el umbral, tecleando la secuencia numérica exacta para desbloquearlas. Desea que hubiera otro modo, pero esta es la única ruta despejada al interior del centro de mando. Las puertas blindadas anunciarán su presencia al abrirse; tiene que estar preparado para lo que sea que haya al otro lado. Recuerdos de los combates a bordo de la Honor de Macragge regresan a él en fríos fogonazos, e intenta reprimirlos, esperando hallar solo adversarios mortales esta vez.

—En cada puerta, un nuevo horror… —⁠masculla.

Rowd alza los ojos.

—¿Qué?

—Nada.

Las puertas se abren con un rechinar, tan sonoro que se oye incluso por encima del estrépito de disparos, gritos y juramentos.

Gran parte del centro de mando está destruido, los cogitadores y las consolas del strategium hechos pedazos. El titileo de las tiras de lumen del techo sugiere que el generador de energía funciona también con el sistema de batería auxiliar. Un par de puertas antiexplosivos en el extremo opuesto han estallado hacia dentro y yacen rotas sobre el suelo ennegrecido por el fuego, es evidente que ha sido el punto de acceso. Hay tres Ultramarines detrás de columnas de sostén de piedra, hacia el centro de la habitación, permaneciendo a cubierto mientras esquirlas de elaborada filigrana y lapidario barroco estallan a su alrededor.

Uno de ellos es el capitán Vultius, y le corre sangre al interior del ojo desde una brutal herida en la cabeza que además debe de estarle afectando la puntería. Está agachado, limitado a efectuar disparos aislados; el eco hueco de la pistola es señal de que el cargador está casi vacío.

Hay quince blancos diseminados por el otro extremo de la enorme sala, y avanzan por parejas. Thiel cuenta a siete con servoarmadura, pero desmontada en parte para dejar los brazos al descubierto. Los otros ocho son sectarios humanos: armadura antibalas, túnicas y armas de proyectiles sólidos y armas láser robadas. Mal equipados pero bien motivados, se mueven con una precisión poco corriente en las hermandades de fanáticos.

Un estallido de tres disparos simultáneos de la pistola bólter de Thiel alcanza a un Word Bearer en el vientre, y este gira sobre sí mismo debido a la repentina herida en su carne, aturdido. Rowd efectúa también un disparo, que impacta en el cuello de un sectario y lo abate al instante.

—Buena puntería —grita Thiel.

—Apuntaba al torso.

Los dos están pegados a la pared de la sala, usando los nichos naturales como refugios. Un virulento fuego de respuesta los mantiene inmovilizados allí.

El transmisor de audio de Thiel chisporrotea con estática y la voz granulosa del capitán Vultius se deja oír al cabo de un instante.

—Han bombardeado la puerta, Thiel. Numetor y Hargellus están muertos. Desde un punto de vista práctico: nos han tendido una emboscada y nos sobrepasan en potencia de fuego.

—Cuento siete legionarios y siete sectarios.

—Negativo. Hay al menos el doble de auxiliares humanos.

Thiel aprieta los dientes.

—Lo siento, señor, esto es culpa mía. Deben de haberme seguido.

Desde un punto de vista teórico: están perdiendo y en unos pocos minutos el centro de mando será invadido.

Thiel sigue formulando un plan cuando la voz del cabecilla enemigo se oye en el interior de la habitación, por encima del tumulto del tiroteo.

—Os habla Kurtha Sedd, apóstol de la Tercera Mano, XVII Legión. Os superamos en potencia de fuego y llevamos ventaja. Entregaos, y vuestras vidas… y las vidas de los que os sirven… serán perdonadas.

El centro de mando es parte de la red más amplia de arcologías, el punto desde el cual los Ultramarines han coordinado los refugios locales durante los últimos años. No hay refugiados aquí pero, no obstante, hay civiles. Catorce hombres y mujeres, de los cuales solo un tercio son soldados; el resto son expertos en logística, ingenieros y cocineros, están encogidos de miedo junto a sus fallidos protectores. Algunos aferran pistolas láser con dedos temblorosos. Otros yacen muertos, alcanzados por disparos perdidos o abatidos por su propia mano. Al igual que Thiel, Vultius es responsable de ellos.

—Son la sangre de Calth. O lo que queda de ella.

La estática vuelve a ocupar el transmisor de Thiel cuando Vultius da su orden final.

—Sal de aquí, Thiel. Eres el único que puede.

—¿Vas a entregarte?

—Quieren prisioneros… Eso te da tiempo, sargento.

—¿Tiempo para qué?

—Para organizar un rescate. —⁠Lanza una carcajada, disfrutando de un momento de humor negro, que Thiel no comparte⁠—. Es como tú decías, sargento: esta es una guerra poco convencional que requiere tácticas poco convencionales. Estas son las mías. Ahora, vete.

La boca de Thiel se convierte en una línea severa al comprender qué tiene que hacer.

—Retrocede.

Rowd le mira interrogativamente.

—¿Sargento?

—A las puertas antiexplosivos. Ahora. Nos vamos.

Thiel protege a Rowd con su cuerpo mientras este encabeza la retirada fuera del centro de mando y de vuelta al túnel. Hace una mueca cuando un torrente de disparos los sigue a través de la abertura.

—¡Muévete!

Arriesgándose a recibir una bala perdida, vuelve a teclear la secuencia de cerrado y dispara un proyectil bólter al panel antes de partir. Las puertas antiexplosivos están cerrándose aún cuando suena una explosión detrás de ellos, que arroja a Rowd al suelo y hace trastabillar a Thiel de tal modo que tiene que buscar apoyo en la pared.

Al mirar atrás, ve varias figuras que avanzan afanosamente por entre el humo. Hay metal retorcido desperdigado a ambos lados de las destrozadas puertas. Alza a Rowd del suelo.

—Levanta, soldado. Hay que contenerlos aquí.

El soldado de asalto está aturdido pero obedece las órdenes, recuperando con rapidez la compostura para enseguida disparar desde una posición arrodillada. Tres alaridos recompensan los esfuerzos de ambos, uno de los adversarios abatido sin lugar a dudas por Rowd. El resto de sectarios se vuelven más cautos tras eso.

Thiel alza un puño apretado y hace señas a Rowd para que pare.

—Pasa a fuego de apoyo.

Luego escucha con atención a medida que la reverberación del fuego de láseres y de bólters se apaga.

Las siluetas reunidas en el humo que se disipa están retrocediendo, aunque una voz más baja que el resto todavía parece estar dando órdenes.

—Están retrocediendo. —Rowd no puede evitar sonar aliviado.

Thiel continúa escuchando. Más bisbiseos, el agudo tintineo de metal contra metal. Los ojos se le desorbitan cuando reconoce el sonido de la anilla de una granada al ser extraída.

—¡Al suelo!

Su advertencia queda engullida por un doloroso fragor de ruido blanco, intensificado por los limitados confines del túnel. Rowd lanza un grito cuando una luz traslúcida inunda el espacio, tan brillante como el furioso sol de Calth.

—Tienen… granadas aturdidoras…

Thiel tiene dificultades para hablar. Está atontado, le zumban los oídos y su cabeza es como el interior de un tambor retumbante. Las detonaciones han sobrecargado sus sentidos automatizados, repercutiendo directamente en el córtex cerebral.

Oye un agudo chasquido, seguido por el agresivo soplido de presión expulsada y gas liberado. Un nuevo humo está llenando el túnel, derramándose desde un nuevo racimo de granadas. Entre gruñidos, Thiel se alza con dificultad. Las lentes retinales del casco están sobrecargados, de modo que se lo quita y lo adhiere al cinto para un autocalibrado.

Todo aumenta en intensidad; el hedor de las mechas de cordita es más potente. Con la visión todavía borrosa, permanece agachado por si acaso los sectarios salen disparando.

No lo hacen. En su lugar, pisadas apresuradas se dejan oír por entre los ecos que todavía no se han desvanecido del todo del combate.

Thiel tira del aturdido Rowd y lo pone en pie.

—Algo no va bien.

Los sectarios están retrocediendo. Por debajo del sonido de sus movimientos, Thiel juraría que puede oír risitas. Pestañea, deseando hacer desaparecer las chillonas postimágenes sensoriales. Con los efectos de la granada aturdidora y el humo, su habilidad para apuntar está severamente afectada.

Algo viene. Unas siluetas borrosas —⁠que le es imposible decir con exactitud cuántas son desde esta distancia⁠— vienen como bólidos hacia ellos. Efectúa un disparo pero falla. Óvalos carmesíes granulados emergen a través del humo espeso. Son las lentes de gafas infrarrojas de zapadores, que arden en la oscuridad con la segura selección de objetivo por calor.

Thiel cierra los ojos y escucha con atención.

Tres atacantes, corren a toda velocidad.

Alza la pistola con las dos manos, los ojos cerrados. Apunta con precisión a una figura; un disparo, seguido por un gruñido de dolor.

—Quedan dos —musita, concentrándose.

El disparo siguiente apenas roza al blanco. Oye cómo el proyectil rebota, el objetivo lanza un grito a la vez que da un traspié. Otro disparo lo alcanza en pleno cuerpo y lo abate.

—Uno más…

El sectario profiere un chillido, tan alto, tan cerca, que Thiel comprende que se ha quedado sin tiempo. Abre los ojos, y ve que el demente acaba de hacer estallar el artefacto incendiario que llevaba sujeto con correas a su torso.

La explosión levanta a Thiel del suelo y lo arroja contra el techo del túnel. El retumbo de rocas que caen es casi ensordecedor. Mientras lo envuelve la oscuridad, se imagina rodando al interior de las fauces de una criatura que vive más allá de la realidad, a través del velo.

Una sensación de algo arañando su peto le despierta.

Thiel abre los ojos en la oscuridad; apesta a tierra y a roca húmedas. Algo sumamente pesado le presiona la espalda. Intenta moverse pero está atrapado; respirar ya resulta bastante difícil.

—Soldado…

No consigue emitir más que un graznido, que queda amortiguado por la tonelada de roca que tiene encima.

Es Rowd quien araña el blindaje de Thiel, con los brazos aplastados contra el pecho por la armadura del Ultramarine, los dedos cerrados alrededor de un cuchillo diminuto con el que hace muescas en el metal con la esperanza de obtener una respuesta.

—Demos gracias al Emperador —⁠musita el soldado.

Thiel está agachado sobre él; el cuerpo inmovilizado del Ultramarine es lo único que se interpone entre el soldado y una muerte por aplastamiento. Al menos Rowd tuvo el buen sentido de colocarse la máscara y el reinhalador antes del derrumbe.

—¿Puedes levantarla? —pregunta el soldado.

Parece como si hubiera un tanque aposentado sobre la espalda de Thiel. A modo de prueba, empuja. Entre gruñidos, alza la losa de roca que los está aplastando, poco a poco, justo unos milímetros antes de volver a dejarla bajar.

—No puedo levantarla más.

—¿Incluso los Space Marines tienen sus límites, entonces? —⁠Pretende ser una broma, pero a Rowd no se le dan bien los chistes⁠—. No quiero morir aquí, señor.

—Tampoco yo. Es por eso que vas a bajar la mano hasta mi cinturón y soltarás una de mis granadas. ¿Puedes hacer eso, soldado?

Rowd asiente y suelta el cuchillo.

Los brazos de Thiel están apuntalados a cada lado del Ultramarine, soportando el peso. Las piernas están igualmente atrapadas. Mantiene el cuerpo arqueado justo lo suficiente para que el soldado tenga un poquitín de espacio para maniobrar. Percibe que la granada se suelta y oye cómo araña el peto cuando Rowd la alza hasta su rostro.

—¿Ahora qué?

—Ajusta el temporizador a treinta segundos, luego alarga el brazo arriba e introdúcela en el espacio que hay entre mí y la roca que tenemos encima. Empújala bien al interior. Tú no llevas servoarmadura, y una explosión tan cercana te mataría sin lugar a dudas si no estás protegido.

Rowd suena un poco dubitativo respecto a este plan.

—Y ¿qué te hará a ti?

En contraste, Thiel está resignado.

—Me dolerá de narices. Bien, hazlo.

El otro obedece. Coloca el temporizador a treinta segundos, lo conecta y mete la granada tan al interior como puede de modo que el cuerpo de Thiel estará entre él y la explosión.

—Hecho.

—Bien. Tienes menos de veinte segundos. Hazte tan pequeño como puedas y hazme un favor…, tápame los oídos.

Con las manos temblorosas del soldado apretadas contra los lados de su cabeza, Thiel percibe la cuenta atrás de la granada: cada minúsculo temblor del temporizador ondula por la armadura. Cuando quedan tres segundos, cierra los ojos.

Calor, presión, el sonido de la roca haciéndose pedazos, la fetidez del metal quemado y el sabor a sangre en la boca; todo ello le golpea en un torbellino de sensaciones dolorosas. Ha sobrellevado el estallido, aunque tiene las extremidades entumecidas y la integridad de su armadura ha quedado gravemente comprometida.

En lo alto, el aire es más luminoso y él es capaz de volverse, si bien con un intenso dolor. Cascotes y tierra ruedan fuera de la espalda.

—¿Estás vivo? —pregunta con voz roca al soldado; tiene sangre en los dientes, nota su sabor.

La respuesta de Rowd llega con una extraña falta de convicción.

—Sí.

—Entonces ayúdame a levantarme, soldado. Puedo oír a los sectarios retirando los escombros. Vienen a por nosotros.

Solo y sin un apotecario, a Thiel le resulta difícil determinar la vastedad de sus lesiones. Parece que hubiera una hemorragia interna, algunas fracturas de huesos alrededor de la caja torácica, y posiblemente en el hombro izquierdo. Con el casco puesto de nuevo, el visor retinal revela daños por la explosión tanto en el blindaje como en los sellos de la armadura, así como en los acoplamientos del generador de energía.

El Ultramarine se pone en pie cojeando, a la vez que se desprende de las secciones de roca caída hechas pedazos por la granada. Clava la mirada a través de una nube de tierra y polvo desplazados y localiza enemigos.

—Cuatro contactos, treinta y tres metros.

Saca la pistola, hay tres proyectiles todavía en el cargador según el indicador de munición.

Una única ráfaga resuena estruendosa, un intenso fogonazo del cañón ilumina la semioscuridad. Tres sectarios quedan reducidos a pedazos de carne. Un cuarto muere con más elegancia, de un certero proyectil láser disparado por Rowd.

Thiel asiente.

—Lo cierto es que eres un tirador excelente con eso.

Rowd todavía se está limpiando la suciedad y el sudor de la cara, ya que se ha retirado la máscara para efectuar el disparo.

—Peleo por Ultramar, sargento, incluso aquí abajo en medio del polvo. La punición es también un fuerte motivador. Ayuda a concentrarse.

—Bien dicho. ¿Qué hacías antes de unirte al ejército?

Rowd vacila.

—Era… un convicto, señor. Reclutamiento forzoso.

Thiel silba. Se perciba una sonrisa en su voz:

—Quién lo iba a decir.

Más adelante, se oye el chasqueo de unos disparos ruidosos que surgen de las sombras. Una bala rebota en la pared, escupiendo detritos. Otra choca con el protector del hombro de Thiel, dejando un somero surco en la ceramita. Más allá de donde se encuentran, están empujando un arma más pesada para colocarla en posición, agazapada tras los escombros. Un equipo la está apuntalando, fijando el cargador y la mira.

Thiel no desea seguir poniendo a prueba la capacidad de resistencia de la servoarmadura.

—Tenemos que movernos.

Sin esperar a que se lo pidan, Rowd sostiene el lado izquierdo —⁠el más débil⁠—, del Ultramarine, y juntos avanzan a trompicones por el túnel, doblando la esquina justo antes de que el cañón automático abra fuego.

Rowd se agacha. Thiel encaja de un golpe un nuevo cargador en la pistola bólter.

Con las manos sobre los oídos, Rowd tiene que chillar a voz en grito para ser oído.

—¿Ahora qué?

—No podemos regresar por ahí.

El cañoneo está haciendo añicos el final del túnel, triturando roca y tierra como un taladro.

—Legionarios enemigos no estarán muy lejos por detrás de ellos.

Thiel comprueba el marcador del crono en su visor retinal. Lo tiene en marcha todo el tiempo, igual que la marca operativa que ha estado en marcha desde el mismo momento en que empezó la contienda en Calth.

—La llamarada solar debería de haber amainado a estas alturas. Hay una salida no lejos de este punto.

—¿Dirigirnos a la superficie? Pero es…

—Un páramo letal abrasado por la radiación. —⁠Es fácil darse cuenta por el modo de decirlo que Thiel ha tomado una decisión⁠—. En teoría: hemos de encontrar un enfoque diferente para el ataque, sorprender a Kurtha Sedd y sus hombres. En la práctica: si nos quedamos aquí, estamos muertos y también los demás. El capitán Vultius no se defenderá si no puede garantizar que protegerá a los civiles al hacerlo. Sedd quiere prisioneros.

Rowd no parece nada esperanzado.

—Da la impresión de que ambas elecciones son la muerte, una simplemente más lenta que la otra.

Ya en movimiento, Thiel no parece haberlo oído.

—Abróchate el traje y vigila tu medidor de radiación.

—Dudo que vaya a proporcionar mucho alivio durante otra llamarada solar. ¿Adónde iremos una vez estemos ahí fuera?

Thiel vuelve la cabeza y contempla al soldado con frías lentes retinales.

—A alguna parte bajo tierra, y de prisa. Si no lo hacemos, arderemos los dos.

Kurtha Sedd está de pie con actitud impasible, mientras el humo que se disipa y las sombras envuelven su figura acorazada. Lo poco de su blindaje que puede verse bajo la luz de fósforo está lleno de púas, deformado y cincelado con líneas de escritura cuneiforme. Gran parte de ello lo ha escrito con su propia mano, pues se considera algo parecido a un predicador. Algunos pasajes incluso pasan del metal a la carne, pero, a diferencia de la armadura, estas marcas están dibujadas con su propia sangre y no la de sus víctimas.

Con las manos entrelazadas sobre la parte inferior del torso, aguarda.

Tres sectarios emergen de las sombras, seguidos por uno de sus legionarios. Él le dirige la palabra solo al Word Bearer.

—Eshra. ¿Dónde están?

—Han escapado, mi señor.

El legionario se arrodilla al llegar ante Kurtha Sedd, bajando el cuello para una punitiva decapitación ritual.

—Alza la mirada. No te mataré por este fracaso, pero debes expiarlo.

Desde que Lorgar abandonó a la muerte en Calth a sus errantes hijos, ha surgido una mentalidad sectaria, espoleada por un profundo instinto de supervivencia y un sentido de justificada abnegación. Sedd cree que lo han dejado atrás por algún motivo divino, si bien es cierto que desconoce cuál es.

Eshra no tiene casco; lo perdió hace varias semanas y ahora va sin él, exhibiendo sus cicatrices ante todos como una declaración de su devoción.

—Dime cómo.

Golpea el puño contra el blindaje, un gesto pasado de moda que Sedd hace todo lo posible por ignorar. Los ojos del apóstol son como piras funerarias tras las lentes de su casco de calavera.

—Síguelos.

—¿Al interior del desierto radiactivo? —⁠Eshra parece perplejo⁠—. Sin una armadura completa…

—Enfermarás y morirás, pero durarás lo suficiente para atrapar a nuestra presa. Piensa en ello como una motivación.

—Pero, mi señor…

El golpe es veloz y secciona el cuello del legionario, separando la cabeza de los hombros, antes de que nadie haya vislumbrado siguiera el cuchillo surgir del avambrazo de Kurtha Sedd.

Este sisea:

—Kaeloq.

Otro guerrero avanza desde detrás del apóstol oscuro. Tiene el buen sentido de llevar todavía un casco. Un cuerno curvo describe un arco desde la sien izquierda.

—¿Sí, mi señor?

Su voz no es una sola sino dos, superpuestas y solo ligeramente asincrónicas entre sí.

—Noble Kaeloq. ¿Rehusarás también tú este honor?

Kaeloq se yergue en toda su estatura.

—¿Quieres sus cabezas o sus lenguas?

Por detrás del rictus de la máscara, Kurtha Sedd sonríe.

Un viento ardiente azota las ruinas abrasadas de una ciudad. La llamarada solar ha dejado incendios tras ella. Algunos son pequeños y oscilan en los bordes de carreteras o en el interior de los cascarones de edificios bombardeados, igual que diminutas velas funerarias. Otros son vastas conflagraciones que arden a través de barrios enteros y dejan negro hollín tras ellos.

Thiel mira al horizonte, luego atrás, a Rowd.

—Distrito Mercius Sur. Mira, esa estatua pertenecía al propietario de la tierra.

Antes de los incendios, antes de que Veridia convirtiera Calth en un páramo árido, también había distritos norte, este y oeste. Eran granjas agrícolas a una escala industrial, todos ellos. Bosques de vides cuidadosamente cultivados, avenidas bordeadas de árboles y enormes cúpulas arbóreas: todo ello ahora era polvo y cenizas. Más de cincuenta mil trabajadores, con tan solo este escueto monumento para llorarlos.

Thiel ha oído hablar de Mercius, y ha oído hablar de los propietarios de tierras. Antes de que regresara a la superficie, sus instrucciones tácticas sobre todas las ciudades principales y los distritos de Calth fueron muy detalladas. Ahora son poco más que documentos históricos, notas a pie de página para describir un mundo roto.

Rowd tose dentro de su máscara, empañando el visor con el aliento lleno de baba.

—¿Estás herido, soldado?

—Estoy perfectamente, señor.

La mirada de Thiel permanece puesta en él un momento antes de devolver otra vez la atención a las ruinas.

—Ten los ojos abiertos, pues. Podría haber cualquier cosa acechando en esas sombras.

Rowd frunce el entrecejo.

—¿Qué clase de hombre podría resistir aquí fuera?

—No es de hombres de lo que tenemos que preocuparnos.

Desde que han llegado al extrarradio de Mercius Sur, no han encontrado ni un alma. Los cadáveres no cuentan; o más bien los restos ennegrecidos de huesos carbonizados de lo que antes fueron cadáveres que cubren el suelo en todas direcciones.

Thiel avanza despacio, ordenando a Rowd que permanezca veinte pasos por detrás de él. Vigila cada sombra, cada fisura y grieta, las cuales se intensifican cuanto más se adentran.

En silencio, levanta un puño cerrado.

Rowd para al instante. Al mirar al frente, ve lo que ha captado la atención del Ultramarine.

Un tanque, específicamente un Rhino APC de la XIII Legión, bloquea la carretera.

—Quédate aquí.

La voz de Thiel crepita a través de la conexión de radio incorporada al traje antirradiación del soldado.

El Ultramarine avanza solo, con un bólter que se ha quitado del hombro sujeto en ambas manos, sostenido a la altura de la cintura. Si bien no servía para la lucha en el túnel, aquí fuera a campo abierto su alcance extra podría resultar útil. La pistola esté enfundada, el gladio envainado, tiene un cuchillo de combate guardado en la rodilla y lleva la espada bastarda electromagnética sujeta a la espalda.

Aunque la radiación ha corrompido sus sentidos automatizados hasta dejarlos inutilizados, su crono interno sigue la cuenta atrás hacia la siguiente llamarada solar pronosticada. La cautela es un lujo que no puede permitirse, pero la imprudencia también podría resultar muy cara.

Al llegar hasta el transporte blindado, Thiel repara en que la escotilla posterior está abierta. Con el bólter encabezando la marcha, penetra en el interior. Hay algunos daños superficiales causados por el fuego pero el interior está indemne en su mayor parte. Un conductor está desplomado en un asiento ante los controles, muerto, por supuesto. Hay un agujero en el casco, bordeado de sangre negra y reseca.

Thiel ha visto heridas como esta antes.

—No es una herida de cuchillo.

Un grito del exterior le pone en estado de alerta. Sale corriendo en respuesta al grito de Rowd.

—Allí arriba…

El soldado señala, moviendo el cañón de su arma láser como un dedo.

Thiel sigue con la mirada el movimiento del arma y ve una figura con aspecto de estatua que, como una gárgola eclesiástica, está posada encima de los restos de una torre, arropada por sus alas.

Rowd parece inquieto y todavía no ha bajado el arma.

—¿Qué es esa cosa?

—Fue un demonio en una ocasión. Ahora no es más que un cascarón.

Como para confirmarlo, una fuerte ráfaga de viento erosiona la estatua y la convierte en simples laminillas de ceniza.

Por fin, Rowd baja el rifle láser, pero sigue con la vista fija en un par de pies en forma de garras que han quedado sobre la torre destrozada.

—¿Qué les ha sucedido?

Thiel se encoge de hombros.

—El velo volvió a espesarse, supongo. Los demonios marcharon con él. Es difícil para ellos anclarse al plano mortal. Ya no quedan auténticos demonios en Calth.

Rowd traba la mirada con la del Ultramarine.

—¿Cómo puedes saberlo?

—¿Has visto alguno?

—No, no los he visto.

—Solo quedan los Sin Conciencia…

Thiel exhala, una larga y atiplada bocanada de aire, y alarga el brazo hacia el Rhino para sostenerse. Algo oscuro se desliza por entre las junturas de su blindaje.

Rowd lo ve.

—Todavía sangras.

—Apenas puedo mantenerme en pie. Ayúdame a entrar en el tanque.

Juntos, entran con dificultad en el vehículo. Thiel se deja caer contra la pared interior, tiene la respiración entrecortada.

—¿Qué debería hacer yo? —pregunta Rowd.

—Permanecer aquí dentro —carraspea el Ultramarine⁠—. Si nos están dando caza, puede que pasemos desapercibidos dentro de esta ruina, pero nos matarán si estamos a campo abierto. Me recuperaré, solo necesito un momento…

Gruñe de dolor, siseando a través de la rejilla de la boca.

—Y ya puedes esperar que mi recuperación no tarde demasiado. No falta mucho para la llamarada solar.

Rowd pone cara de pocos amigos.

—¿Alguna cosa que sea ejecutable?

Thiel ríe ante el intento de sarcasmo.

—Háblame sobre tu vida en Calth, soldado. Recuérdame qué era aquello por lo que luchamos después de que nuestros camaradas nos traicionaran.

Rowd se encoge de hombros, con la vista clavada en el suelo.

—No hay mucho que contar. Yo era granjero y trabajaba en los prados Vollard, o recolectando cereal para los silos. —⁠Calla un momento, jugueteando distraídamente con los sellos de su traje⁠—. Maté a mi capataz cuando intentó agredir sexualmente a mi esposa. Le metí un tiro en el corazón. Murió al instante.

La cabeza de Thiel cae hacia atrás, tocando el metal de la pared interior. Deja escapar otra dolorida bocanada de aire.

—Te condenaron por asesinato.

Rowd asiente.

—Yo no tenía pruebas de la agresión sexual. Yo era un segador, él era un capataz.

La voz le cambia, se llena de amargura al recordar la pérdida. Thiel puede identificarse con él.

—Al no estar yo, mi esposa y mi pequeña hija se quedaron solas. Perecieron antes de la guerra; una bendición, supongo. Pensé que moriría en mi jaula. En su lugar me obligaron a alistarme en el ejército. Marcado por censura, si lo prefieres. —⁠Señala el casco de Thiel⁠—. Como te pasó a ti.

La risa de Thiel es forzada, debido al dolor más que al hecho de estar en desacuerdo.

Enseguida, un silencio cargado desciende sobre ellos. Rowd aguarda un minuto para romperlo.

—No vamos a salir de este tanque, ¿verdad, señor?

—A lo mejor podemos conseguir que arranque. Podría haberse autorreparado.

Rowd mira a su alrededor.

—¿Pueden hacer eso?

Thiel no responde. Está inconsciente, mente y cuerpo están efectuando las reparaciones necesarias para que vuelva a funcionar. Los Ultramarines son particularmente buenos en esto. Lo hacen de un modo eficiente, con rapidez, mejor que otras legiones. Es una de las razones por las que son tan difíciles de matar. En los últimos tiempos, también han practicado mucho.

El destello apagado de un blindaje, visto a través de la rampa abierta del Rhino, hace que Rowd dé un respingo. Cae en la cuenta de que ha estado soñando despierto en lugar de montar guardia. Sin un crono, no hay forma de saber cuánto tiempo ha estado inconsciente Thiel. Desde luego, la línea del horizonte es cada vez más brillante y el hedor a calor y fuego aumenta en el aire. Ninguna de esas cosas es una buena señal. Avanza muy despacio hasta la escotilla, intentando ver mejor.

Una partida de caza los ha visto, o al menos se han percatado de la posibilidad de que esto sea su escondite. Van hacia el vehículo, cuatro sectarios y un legionario con una horrenda máscara en el casco; un único cuerno sobresale de un lado de la cabeza. Cadenas de hierro con púas golpetean contra la armadura. Los brazos son musculosos bloques desnudos de carne cubierta de grabados cuneiformes, tostados por la radiación. En una mano sujeta un cuchillo ritual de filo dentado. La otra empuña una pistola bólter de cañón recortado, con un segundo cuchillo fijado a la culata.

Rowd calcula que tienen escasos minutos antes de que los cazadores desciendan al poco profundo cráter donde languidece el Rhino. Regresa precipitadamente, y está a punto de tocar el avambrazo de Thiel cuando la mano del Ultramarine sale disparada y le agarra la muñeca.

Rowd reprime un chillido y señala la rampa abierta.

Todavía un poco atontado, Thiel gruñe.

—¿Cuántos? —Consigue obtener una rendija de visión y sacude la cabeza⁠—. Están cerca.

Luego repara en la llameante línea del horizonte.

—Pero eso está aún más cerca.

Rowd ha regresado al extremo de la rampa, y apunta con su carabina.

—Puedo matar dos antes de que estén lo bastante cerca para vernos.

Thiel ladea ligeramente la cabeza.

—¿Dices que eras un recolector de cereales?

—Tienes mucho tiempo libre, allá en los campos. Aproveché una parte para practicar la puntería sobre latas de víveres con el láser largo de mi padre. Él fue un francotirador en el ejército.

—No hubo un salto de generación, entonces. Me dan pena las latas. Dos, pues, soldado. Yo acabaré con los otros. El legionario muere el último.

Rowd asiente. El plan está fijado.

El soldado aguarda otros cinco segundos antes de efectuar el primer disparo. Le vuela el ojo al sectario más próximo, haciendo salir partículas de cerebro y cráneo a través de la nuca con su disparo láser. El segundo muere con una quemadura en el cuello, que tiene el mismo efecto que si se lo hubieran rebanado. Ambos se desploman con apenas segundos de diferencia.

Dos disparos bólter retruenan desde el extremo opuesto del Rhino, amplificados por el cerrado interior de metal, que anuncian las explosivas muertes de los otros dos sectarios. Entonces Rowd ve lo que viene detrás de ellos, y comprende que se les ha acabado el tiempo.

Thiel está a punto de apuntar al legionario cuando la primera llamarada de luz lo deslumbra. Una cortina de brillante fuego recorre el desierto a toda velocidad, rugiendo por entre ruinas y dunas de cenizas. Corre en oleadas, una encima de la otra en una ondulación centelleante. Es hermosa y aterradora, la encarnación viva de la destrucción, y viene a por ellos.

Thiel grita a Rowd.

—Pon esto en marcha y sácanos de aquí. ¡Ya!

El soldado obedece, precipitándose a la consola de mando mientras el fuego de bólter vuelve a empezar.

—¿Cómo se…?

Calla, los controles le son desconocidos, y demasiado grandes para sus manos humanas.

—No es diferente de una cosechadora —⁠le indica Thiel por encima del estampido de las armas⁠—. Ponlo en conducción, luego aprieta el acelerador todo lo que puedas.

Ahora hace calor dentro del Rhino, es como un horno debido a la tormenta de fuego que se aproxima.

Rowd oye gritar a Thiel, y el chasquido sólido de proyectiles impactando contra el casco. Otra voz invade el caos, profunda y gutural. No necesita volver la cabeza para saber que es el Word Bearer.

Encuentra la palanca de transmisión, tira de ella hacia atrás, y presiona el panel de encendido. Por increíble que parezca, el destrozado tanque petardea… y se apaga. Vuelve a probar. Algo pesado aterriza en la bodega de la tropa que tiene detrás. Un grito del Ultramarine le hace echar una ojeada por el reflector retrovisor.

El enemigo está a bordo, y los dos están peleando cuerpo a cuerpo.

—Sella el compartimento —le grita Thiel, con la atención concentrada en otra parte.

Rowd lo intenta, pero la escotilla está combada y no se desliza. Presa de la desesperación, vuelve a golpear con fuerza el panel de encendido; el traje antirradiación le hace sudar a mares, tiene las gafas empañadas por las ardientes bocanadas de aire que exhala y el calor amenaza con acabar con él.

El vehículo empieza a funcionar, el Rhino suelta un petardeo y el motor cobra vida con una sacudida.

Algo está sucediendo detrás de Rowd. La pelea está cambiando. Oye gruñidos, rugidos, capta una visión fugaz de algo inhumano, bestial. A Rowd le recuerda a la estatua, el cascarón del demonio. Se da cuenta de que la criatura es el Word Bearer.

—¡Engendro del infierno! —ruge Thiel, desenvainando la espada larga electromagnética que lleva a la espalda. Esta zumba con salvaje energía, tan feroz como el monstruo que empieza a mostrarse ante él.

El Word Bearer ríe, las dos voces se burlan.

—El Elegido, Gal Vorbak… Sin Conciencia. Tantos nombres, y ninguno de ellos verdadero. Qué insignificante es vuestra carne mortal.

La armadura se parte, cambia y vuelve a moldearse alrededor de las alas cortadas. Una cresta de espolones de hueso húmedo perfora la columna vertebral del legionario. La piel se oscurece, pasa de marrón a negra. Pupilas diminutas como alfileres visibles a través de la rendija de visión del monstruo llamean con una luz maligna.

Y en aquel momento de transformación, con las heridas lastrándolo igual que un ancla, Thiel sabe que el enemigo es superior a él.

Ojeadas subrepticias por el retrovisor muestran poco de la pelea entre Thiel y el Sin Conciencia. Es una secuencia borrosa y brutal de veloces estocadas y zarpazos, respaldada por los gruñidos y rugidos de la doble voz del monstruo.

El Rhino avanza a través del fuego solar. Los cascotes bajo sus trituradoras orugas le hacen dar violentos bandazos. Empequeñecido por el enorme asiento del conductor, Rowd casi es arrojado al suelo cuando se abre paso a través de una pared de escombros más pesados. Se sujeta con fuerza, la temperatura en el compartimento es cada vez más elevada, el metal casi hierve al tacto. Todo lo que tiene que hacer es agarrarse bien, seguir avanzando.

«Seguir avanzando».

—Tú sigue avanzando… —masculla.

Hay una grieta en el retrovisor, que parte la vista de la batalla a su espalda en dos pedazos irregulares. Al fondo, a través de la escotilla trasera abierta, se ve cómo arde Calth. El horizonte ha desaparecido, ha sido arrasado por el fuego. Thiel y el monstruo son siluetas oscuras talladas en la luz. Es difícil saberlo con el movimiento y las sacudidas del tanque, pero a Rowd le da la impresión de que el Ultramarine va perdiendo.

Está tan absorto en la lucha, teme tanto lo que su probable resultado significará para él, que no ve la empinada pendiente que se les presenta justo delante de ellos.

Incluso con todo un día de recuperación y una servoarmadura totalmente cargada, Thiel sabe que estaría igualmente a la defensiva peleando contra un Sin Conciencia. Cada vez que detiene las garras de la criatura, cada bloqueo defensivo, es un impacto estremecedor que asciende hasta sus hombros. Con una mueca de dolor, el Ultramarine se da cuenta de que la herida se le ha abierto de nuevo. Primero nota una sensación cálida en la espalda, luego frío…, un frío que le entumece los nervios y le ralentiza fatalmente.

El tanque da una sacudida, que lanza a Thiel hacia atrás justo cuando efectúa un contraataque de gran pericia. Da un traspié y la espada electromagnética resbala de su mano. Al ver debilidad, el Sin Conciencia ataca. Con el cerebro procesando estrategias a cada microsegundo, Thiel no es capaz de elaborar una respuesta cuando el monstruo lo derriba sobre la cubierta y presiona las zarpas contra su garganta.

—Una carne mortal tan insignificante, tan frágil…

El Sin Conciencia ríe. Sus escupitajos apestan a carne podrida y leche agria, pero Thiel reprime las náuseas. Forcejeando hasta el final, no muestra debilidad y decide enfrentarse a la muerte con furia en el corazón. Siente el pellizco de la zarpa sobre la arteria carótida y ofrece su vida y alma al Emperador y a Guilliman, justo cuando el suelo bajo ambos combatientes parece ceder. Con un cierto retraso, Thiel comprende que están cayendo.

Y a continuación hay sangre. Océanos de sangre, suficiente para ahogarse en ella.

Solo, el Word Bearer camina penosa y obstinadamente por los corredores subterráneos que hay debajo de este mundo pequeño y asqueroso. En la mano lleva una cabeza: su promesa. El casco todavía colocado en la cabeza está cubierto de marcas, estrategias de batalla grabadas en el metal mismo.

Sigue los sonidos de dolor que emanan de más al interior del complejo de túneles, pues sabe que lo conducirán hacia el centro de mando. Arriba en el exterior, el infierno seguirá rugiendo, abrasando la tierra y dejándola negra.

El choque lo salvó. Arrojado al interior de un jardín botánico subterráneo —⁠las vides secas, los sistemas hidropónicos abandonados hace mucho⁠—, encontró un camino de vuelta, y cuanto más descendía menos sentía el calor. Tiene la armadura recubierta de sangre seca y oscura.

Tras tirar con fuerza de la última de las puertas interiores, apenas visible en la penumbra, los encuentra.

Uno de los guerreros se da la vuelta, riendo entre dientes.

—¿Kaeloq? Todos pensábamos que estabas muerto.

Los dos Word Bearers tienen a un Ultramarine como prisionero, un capitán, según su insignia de rango. El rostro de Vultius está magullado y ensangrentado, tiene un ojo cerrado y cubierto de sangre coagulada. Es evidente que lo han estado torturando. A poca distancia hay una mesa oxidada repleta de cuchillos y abrazaderas. Un lumen de luz blanca de magnesio proyecta una iluminación austera sobre la escena, de forma intermitente, encendiéndose y apagándose cada pocos segundos.

Kaeloq entra en la sala de tortura.

—Aún no.

Los dos Word Bearers que habían estado absortos en su cruel tarea, se vuelven de golpe al oír su voz.

Kurtha Sedd contempla la pantalla del pictógrafo con sosegado interés. Ahora que las lámparas de fósforo se han apagado, la pantalla del pictógrafo es la única fuente de luz y tiñe al apóstol oscuro de un macilento color verde. La imagen chisporrotea, se llena de estática y luego se estabiliza unos pocos segundos antes de volver a enloquecer.

—Perfecto —ronronea Sedd, sonriendo para sí.

Han estado cavando, plantando balizas sísmicas con cada túnel nuevo excavado. La pantalla muestra el dibujo: una estrella con ocho puntas. Un tributo al impuro Octeto.

Al oír entrar en la estancia a otro legionario, Sedd se vuelve a medias. Se detiene, seguro de su dominio del lugar. En su visión periférica, ve que Lathek todavía «juega» con otro de los Ultramarines supervivientes.

—No lo desangres por completo, Lathek. No todavía.

Necesitan la sangre de este guerrero, y la del capitán. Resiste el impulso de enviar a Lathek a ver qué hacen Vorsch y Methkar. Todos sus cautivos tienen que vivir, por ahora, y los humanos encogidos de miedo en los confines de la estancia, también. Su sangre será importante.

—El velo volverá a ser más tenue —⁠dice⁠—. ¿No es cierto, Kaeloq?

La figura con astas que está de pie detrás de él da un paso al frente. Kurtha Sedd sonríe burlón.

—Apestas a sangre. ¿Me has traído sus cabezas o sus lenguas, discípulo?

Patea algo pesado hacia Sedd, algo que rueda sobre sí mismo hasta quedar frente al apóstol. Este baja la mirada hacia las lentes aplastadas de un casco de Ultramarine. Está ensangrentado, con el irregular muñón de un cuello sobresaliendo por la parte inferior.

—Muy bien, Kaeloq.

Sedd vuelve a alzar la mirada hacia la pantalla y los túneles rituales que han excavado bajo la roca. Aquí, un antiguo sistema de alcantarillado. Allí, las vías de un lev-mag caído en desuso. Todo lo que Sedd tuvo que hacer fue unir las puntas. Gran parte del patrón cósmico estaba ya allí, mucho antes de que la guerra llegara siquiera a Calth. Este búnker subterráneo de los Ultramarines proporcionaba el nexo. Un agradable giro del destino.

Señala de nuevo el mapa.

—¿Milagroso, verdad?

—Lo es.

Al darse cuenta de que la voz no pertenece a Kaeloq, Kurtha Sedd empieza a darse la vuelta otra vez. Reconoce al ensangrentado Ultramarine luciendo el casco de Kaeloq.

—¡Por la Palabra!

—Yo sí tengo unas palabras para ti —⁠replica Aeonid Thiel⁠—. Dejaré que mi bólter las recite por mí.

El llamear del cañón de un arma hiende la oscuridad y desgarra el peto de Lathek, dejando al descubierto sus entrañas. El legionario se desploma con un ahogado gorgoteo de dolor. El inmovilizado Ultramarine Hadrius, que todavía tiene el cuchillo ritual de Lathek incrustado en la clavícula, asesta un pisotón al cuello de su captor mientras este yace en decúbito supino en el suelo.

Alaridos y gritos de alarma resuenan en la estancia mientras los cautivos humanos salen en desbandada para ponerse a salvo. Sedd es más rápido que sus guerreros y se pone a cubierto, gritando a los discípulos que le quedan que contraataquen al mismo tiempo que otro de ellos es abatido. Los Word Bearers no pueden igualarse a los Ultramarines en cuestiones tácticas; quizá tampoco están en una situación equiparable como guerreros, pero Thiel sabe que desestimarlos como simples fanáticos descerebrados es un error.

Hadrius lo aprende pagando un alto precio, garganta y brazo derecho le estallan en ensangrentados fragmentos cuando un Word Bearer abre fuego, cuando el Ultramarine intentaba abalanzarse sobre Sedd.

Thiel ruge furioso y abate a tiros al asesino de Hadrius. Solo queda un Word Bearer más, aparte de Sedd; el resto de los adversarios son sectarios humanos.

Vultius arremete desde las sombras, matando a dos con disparos certeros de su bólter. Está herido, pero el capitán consigue de todos modos equilibrar la situación. Otro sectario alza un rifle sierra, escupiendo dogma copiado de la lengua herética de su señor.

Un brillante rayo láser hiende la oscuridad e impacta en el pecho del tirador, dejando un cráter llameante al salir por la espalda.

Rowd tiene buena puntería, y Thiel está agradecido de tener al convicto convertido en soldado cubriéndole la espalda.

Fuego de enfilada mantiene a los traidores agachados tras la consola de mando, con Vultius inmovilizándolos desde un extremo de la habitación, y Thiel desde el otro.

Justo por debajo del intercambio de disparos, Thiel distingue el sonido de un cántico rítmico y reconoce la voz de Sedd.

—¡Capitán! —llama.

Vultius también lo ha oído, pero está débil y desplomado tras una columna hecha pedazos. El discípulo que le queda a Sedd no deja de intercambiar disparos entre ellos, lanzando veloces ráfagas que frustran la puntería de Thiel.

Pero Thiel no está solo.

—¡Rowd! ¿Recuerdas esas latas de víveres, allá fuera en los campos?

La respuesta del soldado casi queda ahogada por la réplica discordante del bólter.

—Nunca las he olvidado.

Thiel sonríe.

—Dale a una por mí, ¿quieres?

Abandonando su escondite en los escombros caídos y desperdigados por la mitad del centro de mando, Rowd efectúa un único disparo. Presiona el rifle contra el hombro para soportar el retroceso, y el ojo contra la mira. El proyectil láser viaja a través de humo y cascotes, ardiendo por entre las sombras de la habitación para alcanzar al Word Bearer justo encima del ojo. Le produce una herida pero no lo mata; sin embargo, le hace cambiar de posición, darse la vuelta y buscar al agresor.

El momentáneo lapsus en la concentración es todo lo que Thiel necesita para descerrajarle un tiro en un lado de la cabeza. Antes de que el cuerpo haya caído siquiera, el Ultramarine ya está saltando fuera de allí y desechando el bólter descargado.

Vultius asoma la cabeza fuera de su escondite, disparando una ráfaga de balas a Kurtha Sedd cuando el apóstol oscuro se alza. Los proyectiles explosivos estallan contra un aura oscura que lo rodea ahora, algún ritual infecto de invocación le está proporcionando protección antinatural.

Thiel ve enseguida cuál es la acción práctica a llevar a cabo y se olvida de la pistola que lleva sujeta a la cadera. A bordo de la Honor de Macragge, espadas y hachas aniquilaban con más eficacia a los No Nacidos que cualquier arma de fuego: algo relacionado con los lazos de las criaturas con épocas antiguas, y los viejos métodos para desterrarlas. Pero Thiel no tiene ni cuchillo ni espada; los ha perdido en el accidente del Rhino, su muy preciada espada larga —⁠un arma del arsenal del propio primarca⁠— entre ellos.

Cuando el Sin Conciencia murió, cuando el caprichoso destino lo entregó al filo de aquella espada electromagnética, la criatura estalló, rociando a Thiel de sanguinolentas vísceras demoníacas. Cuando este despertó, con la sangre cocida sobre la armadura, se le ocurrió una treta que en teoría le proporcionaría el elemento sorpresa y un ejecutable que podría aprovechar para salvar a sus hermanos de batalla. El casco que le había cogido a Kaeloq, repugnante como era, completó el subterfugio. Ahora, mientras corre hacia Kurtha Sedd, al mismo tiempo que la carne del apóstol se contorsiona y cambia con mutaciones engendradas por la disformidad, Thiel usa el casco otra vez. Arrancándoselo de la cabeza, feliz de verse libre de su apestoso interior, lo empuña como un arma.

Sedd está loco de alegría, deleitándose en su floreciente poder.

—¡El velo se vuelve más tenue, y yo asciendo!

—Tú mueres —le corrige Thiel, y estrella el casco astado en el rostro con aspecto de calavera del apóstol.

Sedd profiere un alarido con dos voces cuando el ritual falla y el cambio empieza a reformarse y devorarlo. Armadura, piel y carne se funden en una sopa gelatinosa, hasta que incluso eso empieza a humear y marchitarse.

Retrocediendo horrorizado ante la espantosa criatura, Thiel desenvaina la pistola y apunta directamente a la masa carnosa que había sido Kurtha Sedd.

—¡Acaba con él, Thiel! —chilla Vultius.

El capitán dispara al mismo tiempo, y los dos Ultramarines vacían sus cargadores sobre el engendro. Cada impacto explosivo lo encoge, reduciéndolo hasta dejarlo convertido en poco más que una mancha.

El eco de los disparos de bólter se apaga. La calma regresa, socavada por el llanto somero y el agradecimiento farfullado de los cautivos humanos por su liberación.

Thiel hunde un poco el cuerpo mientras permanece allí de pie, empuñando todavía la pistola humeante como si la cosa que el capitán Vultius y él acaban de erradicar pudiera aún regresar al plano material. Se estremece al sentir una mano sobre el brazo.

—Tranquilo, sargento. Ha terminado.

Hombres y mujeres se arrastran fuera de sus refugios y parpadean cuando los lúmenes de emergencia entran en acción. Thiel da un golpecito con la bota a un Word Bearer muerto, el que hirió Rowd.

—Es necesario asegurarnos de que todos están muertos. Hay que limpiar este lugar.

—Descansemos unos minutos. —⁠Vultius palmea el hombro de Thiel cuando este toma asiento en una columna caída, agotado⁠—. Te juzgué mal, Aeonid. Lo lamento. Eres un motivo de orgullo para la Legión.

—No lo he hecho solo.

Thiel busca a Rowd. Lo divisa, desplomado contra la pared, las piernas extendidas y la cabeza caída a un lado. Tiene un corte en el traje antirradiación, lo tiene desde el derrumbe del túnel. No se mueve, pero hay sangre en la máscara reinhaladora que cuelga flojamente del cuello. Los ojos de Rowd están abiertos, pero no parpadean.

—Hombre valiente e insensato. Me seguiste a la superficie de todos modos.

Vultius sigue la mirada de Thiel.

—¿Un recluta forzoso? ¿Legión de convictos?

Thiel asiente con la cabeza.

—Granjero, esposo y padre. —⁠Señala la trastabillante transmisión verdosa del pictógrafo y las excavaciones que aparecen en el plano de los Word Bearers⁠—. Encontraremos la rotura en la línea de comunicaciones en uno de esos túneles.

Vultius asiente.

—Llevaremos equipos, efectuaremos una reparación y pediremos refuerzos. Tú y yo no podemos dirigir este centro solos.

Resoplando, Thiel se pone en pie.

—Tendrás que hacerlo sin mí, señor.

—¿Qué?

Los ojos de Thiel están cansados, y no es solo por la lucha.

—En cuanto llegue la nueva oleada de refuerzos, partiré hacia Macragge. Cometí un error al regresar aquí, a esto.

—Debemos seguir peleando, sargento Thiel.

—Sí, debemos. Pero no aquí. Esto es propaganda, y a mí no me atrae demasiado la política. Solo haré o diré algo que vuelva a marcar de rojo mi armadura.

Vultius parece estar a punto de protestar pero entonces asiente y sonríe.

—Probablemente tienes razón. —⁠Saluda, y Thiel devuelve el saludo⁠—. Por el Emperador. Por Calth.

Thiel dedica una última mirada a Rowd.

—Sí, por Calth.

La cañonera da potencia a los motores y despega de un pelado campo de aterrizaje de la superficie, a varios kilómetros de Ciudad Numinus. Los legionarios de refuerzo ya han sido desplegados, y en estos momentos un único guerrero además del piloto permanece a bordo.

—Sujétate, sargento —⁠crepita una voz a través del comunicador de la bodega.

Thiel está atado a un arnés magnético. El bólter está guardado en la taquilla para armas situada arriba, junto con su espada larga electromagnética. Una vez asegurada la arcología, regresó a recuperarla de los restos del Rhino estrellado; difícilmente podía regresar ante lord Guilliman sin ella. La armadura de Thiel está limpia, aunque los ejecutables dibujados en la ceramita siguen ahí. No los necesita para recordar sus planes de batalla; están pensados como legado, para conservar su lógica de combate para generaciones futuras.

Cuando regrese a Macragge, Thiel tiene pensado regalárselos a su primarca.

Mientras abandonan la órbita, la voz del piloto vuelve a crepitar en el comunicador.

—¿Te alegras de marchar, sargento Thiel?

—Me alegro de regresar a la guerra. ¿Han cambiado muchas cosas en mi ausencia?

Hay una pausa mientras el piloto efectúa los ajustes necesarios para el vuelo por el espacio.

—¿No te has enterado?

Thiel alza los ojos, prestando verdadera atención por vez primera desde que iniciaron la ascensión.

—¿De qué?

—Nuestro lord Guilliman está construyendo.

Thiel frunce el entrecejo.

—¿Construyendo qué, exactamente?

—Imperium Secundus.


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