Texto aleatorio

I

A veces es como un fogonazo. Lo ves y ya no lo ves. De repente el sueño de tu vida futura, la promesa hecha carne, está allí, detenida en un semáforo, con su mirada melancólica, el vestido gris, las medias de cristal. Es increíble cómo en torno a algunas mujeres hermosas revolotea, como satélites o mariposas invisibles, tal cantidad de deseos que no se agotan en ellas, noches tropicales, orquestas en alta mar, lunas de otro tiempo. Alrededor nada parece haber cambiado, ahí sigue el ruido de motores y sirenas, los mismos escaparates de luz fatigada, todo el cansancio de una lluvia sucia dejándose caer desganadamente sobre las cosas. Pero ella está allí detenida, y de repente todo lo ves claro, y lleva un bolso negro y un par de zapatos que parece que en cualquier momento puedan empezar ellos solos a bailar el tango. Y sabes, demasiado bien sabes, que sólo con que cruce al otro lado de la calle ya no será posible volver a encontrarla nunca más. Desaparecerá entre el desorden de paraguas y será absorbida por la gente en el triste no ser nadie de las multitudes, borrada por abrigos ajenos y sombras que se cruzan hasta disolverse por entero y en su lugar quedar ya sólo agua, el alma de lunes de cada día, mujeres que no serán ella cobijándose bajo las marquesinas. Y hay un fogonazo como de flash o relámpago que recubre ese instante de una loca luz y te permite ver las cosas tan claras y de golpe sabes qué hacer. Es fácil juzgar a toro pasado o desde el lado de la barrera en que las cosas nunca suceden, pero hay que estar allí, contemplando a la vez la dicha y su alejamiento, cómo van de la mano, tan extrañamente, el sueño y la despedida de ese sueño, para entender el impulso de tener que jugar al todo o nada; hay que sentir la propia vida hecha una ruina al tiempo que se ve, bajo un paraguas, su pelo recogido y sus caderas salvajes.

Tiene que ser justo a la vez, todo en el mismo instante. Entonces sólo puedes pisar el acelerador a fondo justo cuando ella comienza a atravesar la calzada en diagonal. Quizá murmuras «no te vayas», tal vez cierres los ojos. Todo es muy terrible y muy rápido y muy bello, la voltereta por encima del capó del coche, el zapato que sale disparado y, sobre un charco, el hada de medias rotas y sangre en las rodillas, la bailarina quebrada con sus heridas de seda y su pelo sumergido en el agua gris. Los primeros momentos son los peores, las increpaciones de los transeúntes, el test de alcoholemia y todo el lío de papeles. Pasado el trago, ella ya está en tu vida y tú en la suya. Hay una habitación de hospital, nombre y apellidos, y tardes por delante de flores en la mesilla, cajas de bombones y tiempo por matar.

II

Hace apenas unos días era una desconocida inalcanzable; ahora la sujeto por los hombros para que no le duela al toser y le alcanzo el vaso de agua y le traigo revistas de crucigramas. Hubiera debido hacerle algo más de caso y dedicarle todo el tiempo y atenciones que tenía previsto brindarle desde un principio, y así hubiese sido de no conocer a su hermana Irene, esa mujer que empezó mirándome con cara de odio, como si yo fuera un asesino, y acabó peinándose a escondidas para mí, entrando en el lavabo a retocarse un poco cada vez que yo iba a aparecer en escena. Era más o menos como mi princesa caída pero con los huesos enteros, sin esa manta de algodón siempre sobre las rodillas ni su aliento con olor a sopa y a pastillas para el dolor y contra la tristeza de las interminables tardes de convalecencia, y por las horas que pasamos juntos, en la cafetería del hospital matando el tiempo, intentando hacernos reír el uno al otro para evadirnos un poco de lo tremendo de los acontecimientos, de todo aquello, tan terrible y repentino, que se había plantado de un salto en el centro de nuestras vidas.

III

Fueron semanas largas y muy duras para todos. Los pacientes creen a veces que son los únicos que sufren, la toman con cualquiera que pueda ir y venir, como si la vida fuese sólo caminar sin ayuda, ya ves tú, o salir a distraerse un poco las noches de los sábados. Creen que todo es fácil para el resto de la gente.

Cada vez que quiere aguarnos la fiesta con sus sollozos mi novia no duda en pararle los pies. «Haz el favor —⁠le dice, medio en serio y medio en broma⁠—, piensa que de no haber sido por ese accidente tu hermana del alma no andaría ahora tan contenta, colgada del brazo del hombre de su vida». Pero no parece que a nuestra muñeca rota vaya a preocuparle mucho la felicidad de los demás.

A veces la llevamos al cine o a dar una vuelta con nosotros. Hoy día en silla de ruedas puedes pasar casi por cualquier parte, con tanta rampa, te dejan entrar hasta en los teatros. Pero ella se queja continuamente, el día que no le duele aquí, le duele allá. Que si tiene frío, que si se le ulcera el culo, que si no se hace a la idea de envejecer así. Es como esa gente que se empeña en anclarse al pasado como sea, en reabrir heridas en lugar de mirar al frente y valorar los pequeños tesoros del día a día; todo el cariño que hay, pongamos por caso, detrás de las manos que, una vez por semana, empujan su silla por las calles del centro.


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