Mientras corre por ella, la tierra se inflama. Él va tan de prisa que es casi como si volara, sin apenas tocar las placas carbonizadas, avanzando a toda velocidad por entre las azuladas lenguas que ondulan al exterior desde las fisuras del suelo. El cielo está iluminado por delante de él, partido por la aurora de un velo cada vez más fino.
Ha visto a la presa alzándose imponente por encima de la hirviente masa de cuerpos, y eso es suficiente. Las hachas se alzan, recortadas contra el fuego, arrojadas a los rostros de los condenados que chillan, pero ninguna es suya.
Todo el Rout lucha sobre las extensas llanuras de combate de Velbayne, su furia puesta sobre una hueste demencial. Los Wolves andan sueltos, arrojados a la caldera, justo donde desean estar. Las jaurías pelean, se cubren unas a otras, formando muros de protección y cuñas en forma de hacha. Vociferantes criaturas de la noche chocan contra ellos, aunque tales alaridos quedan congelados en las impías bocas al enfrentarse a la cólera de Russ. El primarca todavía pelea, aunque su inmensa presencia no puede verse; hay horrores suficientes en este campo de batalla para mantener ocupado incluso al Rey Lobo.
En cuanto a él, no tiene ninguna jauría que proteja su aproximación, ninguna que cubra su carga desesperada. Lleva solo el tiempo suficiente como para no sentir ya lo extraño que resulta. El hacha da vueltas a su alrededor como boleadoras; silba, acelera e incrementa la potencia para asestar el golpe.
La presa se alza colosal ante él. Es enorme y está recubierta por una especie de costra, y hierve con un fuego perverso. Sus alas se deshilachan en la torturada noche, harapientas y con la piel bien tensada. Las pezuñas de la criatura agrietan la tierra bajo ella y la espada desgarra el aire mismo, sus bramidos sacuden el mundo.
Es una visión de terrores mortales, fusionada y expandida hasta proporciones colosales, y forjada en la locura. Recorre a grandes zancadas los campos de muerte, asestando golpes agostadores. Los fuegos saltan para darle la bienvenida, ondulando por músculos ennegrecidos por la sangre y reflejados en púas oleosas. Una larga cara taurina repleta de colmillos, sobrecargada por una corona de cuernos, arrugada en una mueca de iracundo desdén.
El guerrero acelera, pues ha visto antes a la criatura. Reconoce el encrespamiento de la piel demoníaca, el hacha que lleva, las runas de destrucción martilleadas en lingotes de hierro. Recuerda lo que hizo la última vez que sus destinos se cruzaron.
¿Cómo podría olvidarlo? Casi no recuerda otra cosa.
La criatura lo ve, y su rugido de desafío hace estremecer el campo de batalla. La pata delantera choca contra el suelo, abriendo grietas a lo largo de las placas bordeadas de fuego. El arma que lleva se mueve pesadamente, el filo va arrastrando serpentinas de sangre hirviente.
Para entonces él va demasiado de prisa para parar. Salta y pasa por encima de las filas menores de los terrores, a los que aparta a empujones hasta conseguir abrirse paso a través de su fútil cordón.
Grita por primera vez en años. Libera la lengua, mantenida en silencio desde que los últimos hermanos de su jauría ardieron en las piras. Declama sus nombres en el orden en que fueron a la batalla. Les prometió eso a sus espectros, por aquel entonces, cuando las ascuas fúnebres todavía resplandecían como estrellas moribundas.
Alvi. Grita el nombre mientras golpea con violencia a la criatura por primera vez. Sangre espesa como el magma salta a chorros de la hoja de su hacha. Alvi, que no tenía un sobrenombre heroico, que era el más puro de todos ellos. Alvi había muerto cuando las pezuñas de la criatura habían aplastado su peto, sin dejar de asestar machetazos a su carne antinatural al mismo tiempo que el casco se le llenaba de sangre.
El demonio aúlla y el filo de su hacha describe también un arco, pero él es demasiado rápido. Se mueve igual que un relámpago, girando sobre sí mismo para eludir el contacto a la vez que lanza un nuevo ataque; inatrapable, imparable.
Byrnjolf el Narrador de Historias. El skjald de la jauría, de miembros pesados pero de lengua ágil, el portador de la saga de la jauría y del recuerdo de los adversarios abatidos. Byrnjolf había muerto cuando el puño de la criatura lo había golpeado bajo, lanzándolo hacia atrás, al interior del cenagal de las eternas llanuras pestilentes de Gryth. Con el Narrador desaparecido, las historias callaron.
El demonio intenta el mismo truco con él, pero el guerrero es ahora demasiado astuto para eso. Es más viejo, templado en fuegos mucho más calientes que los que escarifican este mundo. Se apresura a saltar a un lado, enroscado ya para el siguiente golpe.
Eirik. De cabellos dorados y vital. Eirik le había hecho una buena herida antes del final, al trepar al cuerpo de la criatura para apuñalarla.
Él hace lo mismo ahora; utiliza la corpulencia de la bestia contra ella, respondiendo al gran tamaño con la velocidad. El hacha del demonio lleva a cabo un barrido a su alrededor, pesada como un péndulo, y no le acierta por una cuestión de centímetros. Él le hunde el arma en el pecho, agarrándose a las cadenas de hierro para detener su caída y alzarse más arriba.
Gunnald el Portador del Escudo. ¿Cómo podía haber muerto Gunnald? ¿Qué fuerza podía haber puesto fin a tal bastión de resistencia porfiada? Gunnald había capeado lo peor de todo ello hasta el final, blandiendo su martillo de trueno y sin dejar de escupir maldiciones mientras lo estrangulaban.
No intenta hacer lo mismo. No tiene el peso de Gunnald y por lo tanto sigue con la velocidad, encaramándose al pellejo de placas de hierro del demonio. Este intenta sacudírselo de encima y fracasa. El guerrero siente cómo aumenta el temor de la criatura, pues esta sabe ya quién es él.
Hiorvard. Hrani. Los gemelos, peleando juntos como siempre, apuntando con bólters e inundando el aire con cortinas de energía explosiva. Solo habían sido abatidos cuando la criatura había desbaratado el ataque y arrojado a un lado a los últimos esgrimidores de espadas. Recordaba el modo en que ellos habían abandonado las pistolas, desenvainado espadas y cargado. Habían muerto como habían vivido: hombro con hombro.
Ya no hay más nombres. El guerrero pelea como si estuviera enloquecido, aferrado al hombro del demonio con su mano artificial en forma de garra, mientras blande el hacha con la otra. La criatura intenta deshacerse de él, arrojarlo lejos como ha hecho antes, pero las zarpas del guerrero están más afiladas ahora.
Todo es más duro, profundo, viejo, sabio, resistente. Al matar a su jauría, el ser lo ha convertido en un matarife de estatura apocalíptica. Es como los antiguos cazadores de leyenda…, que extraen la fuerza de los que matan.
La criatura le arranca el hacha de un manotazo y ruge triunfal. Contempla cómo el arma rueda lejos, centellando roja antes de chocar con el hirviente suelo. Al pararse a observar, el ser ha cometido un error.
Él ha estado esperando esto. Su garra de lobo va hacia el cuello de la criatura. Cuchillas de adamantium, cada una chisporroteando con energía actínica, se cierran con fuerza alrededor de tendones demoníacos, presionando con fuerza el fibroso músculo.
La criatura se debate. Intenta arañarle. Las garras rastrillan la blindada espada del guerrero. Todo lo que él tiene que hacer es aguantar. Aprieta con más fuerza, hunde más profundamente las cuchillas, extrayendo el aire físico de pulmones no físicos. Aprieta los colmillos. Sangra ahora por las heridas que la criatura le ha infligido.
La piel del demonio estalla, los vasos sanguíneos se hinchan y se desbordan, su fuerza disminuye. Él sigue agarrado allí, sofocando su vida al mismo tiempo que la criatura cae de rodillas. La batalla sigue encarnizada en torno a ellos, es un remolino de ira desatada, pero ni siquiera el demonio ve ya esto.
Los ojos rojos del ser le miran furibundos por última vez, y él les devuelve la mirada. El demonio se asfixia, se retuerce, pero él no lo suelta en ningún momento.
Únicamente cuando la criatura ha muerto, cuando el cuerpo mortal queda convertido en escoria inmóvil y cenizas, alza la garra ensangrentada en un gesto de triunfo. Se arranca el casco de la cabeza y alza la cabeza greñuda al cielo. Paladeando aire sin filtrar, aúlla triunfal.
Sus hermanos vivos aúllan con él. Saben que volverá junto a ellos ahora. Saben qué clase de cosa ha matado en realidad.
Permanece de pie sobre el cadáver humeante del demonio, triturando con las botas sus hombros hundidos. Solo queda un nombre por declamar, el del último miembro de la jauría, el del guerrero que ha buscado afanosamente por todo el mar de estrellas para obtener venganza, aquel al que han llamado el Lobo Solitario durante demasiados años.
Bjorn.

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