Texto aleatorio

¡Fígaro aquí, Fígaro allá, te digo! Fígaro arriba, Fígaro abajo. ¡Oh, válgame Dios! Este Figarito es capaz de escurrirse muy orondo y lirondo a cualquier hora del día y de la noche en los aposentos de milady porque, ¿no lo sabéis? él es un gato de mundo, un gato cosmopolita, distinguido; bien sabe él en qué momento un amigo peludo es para la señora la mejor compañía. Pues ¿qué dama en este mundo osaría rechazar los avances apasionados pero toujours discrets de un magnífico gato mermelada? (A menos que el más leve olorcillo a pelambre gatuna haga brotar incontenible un torrente de lágrimas de los ojos de la susodicha, lo cual, como he de contaros, aconteció en cierta ocasión).

Un gato de tomo y lomo, damas y caballeros; un señor gato de color jengibre, y a mucha honra. Orgulloso de su magnífica pechera blanca que reluce armoniosa contra el mosaico naranja y mandarina de su pelaje (oh, qué espléndido mi traje de luces); orgulloso de estos ojos que hipnotizan a los pajaritos y de estos bigotes más que militares; orgulloso, quizá en demasía según algunos, de su estupenda voz musical. Todas las ventanas de la plaza se abren de golpe cuando rompo a cantar en un impromptu ante el espectáculo de la luna en el cielo de Bérgamo. Si a los pobrecitos cómicos, a esa miserable chusma de harapientos que van trashumantes de provincia en provincia, los premian con una salva de monedas cuando montan sus burdos tablados y entonan sus coros roncos, cuánto más generoso es el diluvio urbano con que me recompensan a mí: cubos de agua fresquísima, hortalizas apenas pasadas y, ocasionalmente, pantuflas, zapatos y botas.

¿Veis éstas tan hermosas, de piel, altas y relucientes que ahora luzco? Son el tributo de un joven oficial de caballería; primero una y acto seguido, no bien he celebrado su generosidad con un nuevo obligato —la luna no más henchida que de gratitud mi propio corazón— ¡piaf! —de un brinco ágil esquivo el zapatazo—, llega la otra. Sus altos tacones van a repicar como castañuelas cuando Micifuz se pasee por los tejados, porque mi canto tiene un no sé qué de flamenco, todos los gatos tenemos una veta andaluza, aunque Micifuz lubrica garbosamente su lengua materna, el bergamasco, recio y viril, con el francés, ya que éste es el único idioma que te permite ronronear.

—Merrrrrrrrrci!

Al instante calzo mis botas nuevas sobre las pulcrísimas medias blancas en que rematan mis patas traseras. El joven, observando, con curiosidad a la luz de la luna el uso que doy a su calzado llama:

—¡Eh, Micifuz! ¡Micifuz, aquí!

—¡A la orden, caballero!

—¡A mi balcón, minino!

Para alentarme, se asoma en camisa de dormir, en tanto yo me columpio sucintamente fachada arriba, las manos en la ensortijada mollera de un querube, las patas sobre una guirnalda de estuco, súbelas hasta tocarte las manos, a la vez que ¡upa! Te agarras con la mano derecha de la teta de piedra de una ninfa; la mano izquierda un poco más abajo, el culo del sátiro te servirá de apoyo. ¡Qué va! El rococó, una vez que lo conoces, no es ningún problema. ¿Acrobacia? Nacido para ella; Micifuz puede ejecutar un doble salto mortal sosteniendo una copa de vino en la mano derecha, sin derramar ni una sola gota.

Pero para mi vergüenza el célebre y arriesgado triple salto mortal en plein air, quiero decir, en pleno aire, o sea, sin apoyo y sin una red de seguridad, yo, Micifuz, no lo he intentado nunca aunque más de una vez, intrépidamente, he realizado la doble pirueta ante el aplauso de todos.

—Se me ocurre que eres un gato de muchos recursos —me dice el joven cuando llego al alféizar de su ventana. Yo le hago una graciosa reverencia, el culo erguido, la cola en alto, la cabeza gacha para facilitar su cariñoso pellizco en la barbilla; y como regalo gratuito e involuntario, mi natural, mi habitual sonrisa.

Pues todos los gatos tenemos esta particularidad, todos y cada uno, desde el más mísero gato de albañal hasta la más soberbia, la más blanca hembra que jamás haya agraciado la almohada de un pontífice, todos tenemos nuestra sonrisa, pintada, por así decir. Esas frías, serenas sonrisitas de Mona Lisa que debemos sonreír, haya o no motivo para ello. Por eso es que los gatos tenemos siempre ese aire que tienen también los políticos: sonreímos y sonreímos y la gente piensa entonces que somos unos villanos. Pero por lo que veo también este joven parece algo sonreidor.

—Un emparedado —ofrece—, y quizás también un traguito de brandy.

Sus aposentos son pobres, si bien él es lo suficientemente apuesto, ya que incluso en deshabillé, gorro de dormir y todo lo demás hay en él un cierto atildamiento, la elegancia de un dandi. He aquí alguien que sabe lo que quiere, reflexiono yo: un hombre que guarda las apariencias hasta en la alcoba nunca te hará pasar papelones fuera de ella. Y excelentes emparedados de carne; sé disfrutar de una rodaja de rosbif y adquirí desde muy joven cierto gusto por los licores pues me inicié en la vida como gato de vinería, cazando ratas en la bodega para mi manutención antes de que el mundo me aguzara el ingenio lo bastante como para poder vivir de él.

¿El resultado de esta entrevista entre gallos y medianoche? Conchabado sin más ni más como valet del señor: valet de chambre y de tanto en tanto valet de cuerpo, pues si los fondos escasean —cosa que le ha de suceder a todo oficial galante cuando las ganancias merman— él empeña la manta, sí que lo hace. Entonces el fiel Micifuz se acurruca contra su pecho para calentarlo durante la noche. Y aunque a él le fastidia que le amase las tetillas, cosa que hago en momentos de distracción por el más puro afecto y el deseo —¡aunch, grita!— de probar la retractibilidad de mis garras, ¿qué otro valet, decid, osaría introducirse en la sagrada intimidad de una doncella y entregarle un billet-doux en el mismo momento en que ella lee su libro de oraciones junto a su santa madre? Misión que me tocó cumplir una o dos veces y me valió su gratitud eterna.

Y, como oiréis, procuró a la larga para él y para todos nosotros la mejor de las fortunas.

Así pues Micifuz consiguió su empleo al mismo tiempo que sus botas y hasta me atrevería a decir que el amo y yo tenemos mucho en común porque es arrogante como el demonio, quisquilloso como una avispa, lascivo como zumo de orozuz y, dicho sea con todo amor, el más astuto de los pillos que jamás vistió camisa limpia.

En épocas de penurias yo rateaba el desayuno en el mercado: un arenque, una naranja, una hogaza; nunca pasamos hambre. Además, Micifuz le prestaba buenos servicios en los garitos, ya que un gato puede saltar de falda en falda con total impunidad y echar una ojeada a cualquier mano de naipes. Un gato puede lanzarse sobre un dado —no resiste verlo rodar—, pobre criatura, lo ha confundido con un pajarito, y una vez que me han levantado para castigarme —el cuerpo blando, las patas tiesas, haciéndome el idiota— ¿quién puede recordar cómo cayó realmente el dado?

Y teníamos además otros medios de vida menos… caballerescos cuando nos cerraban las mesas de juego en las narices, como lo hacían algunas veces los muy groseros. Yo interpretaba entonces mi bailecito español en tanto él pasaba la gorra: ¡olé! Pero he de reconocer que sólo ponía a prueba mi lealtad y mi afecto con esta humillación cuando la alacena estaba tan desprovista como su culo, cuando, en verdad, había caído tan bajo como para empeñar sus calzones.

Así todo marchaba a las mil maravillas y nunca se han visto dos compañeros tan inseparables como Micifuz y su amo; hasta que de buenas a primeras al hombre se le ocurre nada menos que enamorarse:

—¡Hasta los tuétanos, Fuz!

Yo continué con mis abluciones, lamiéndome el agujero con la impecable integridad higiénica de los gatos, una pata tiesa en el aire como el hueso de un jamón; opté por callar. ¿Amor? ¿Qué demonios tendrá que ver con la más tierna de las pasiones el calavera de mi amo, por quien he saltado a través de las ventanas de todos los burdeles de la ciudad, y rondado además por los virginales jardines del convento y realizado sabe Dios qué otros servicios non sanctos?

—Y ella. Una princesa en una torre, remota y resplandeciente como Aldebarán. Encadenada a un imbécil y custodiada por un dragón.

Yo aparté la cabeza de mis partes pudendas y lo miré con la más satírica de las sonrisas; lo desafío canturreándole en su mismo tono.

—Todos los gatos sois cínicos —sentencia, rehuyendo la mirada de mis ojos feroces y amarillos.

Como veis, es el azar, el peligro lo que tienta a mi amo.

Una hora, siempre sólo una, a la hora más romántica del atardecer, una dama está sentada a una ventana. Apenas si puedes vislumbrar su rostro, que las cortinas ocultan casi por completo; velada como una imagen santa, ella se asoma a la piazza cuando ya los comercios empiezan a cerrar, los feriantes a plegar sus tenderetes; la noche cae. Ese es el único mundo que ella conoce. No hay en todo Bérgamo una joven que viva tan recluida, salvo cuando en domingo la dejan ir a misa, embozada de negro, con un velo. Y siempre en compañía de una vieja bruja, su dueña, que refungruña todo el trayecto iracunda como una condenada a muerte.

¿Cómo ha podido él descubrir ese rostro secreto? ¿Quién sino Micifuz ha podido revelárselo?

Tarde volvíamos de noche de las mesas de juego, tan tarde que de pronto, para nuestra sorpresa, ya había despuntado el día. Él, con los bolsillos repletos de monedas de plata, y ambos con las tripas burbujeantes de champagne. Doña Fortuna nos había acompañado y estábamos alegres como castañuelas. Invierno y frío. A la hora en que nosotros pecadores volvemos a casa, los feligreses trotan ya camino de la iglesia con sus pequeñas linternas a través de la neblina.

Qué es eso, una tartana negra como salida de un cortejo fúnebre. Y a Micifuz se le mete en la chispeante y atolondrada cabecita echarse al abordaje. De un salto al sesgo restriego mi mollera mermelada contra su tobillo; ¿qué dueña, por severa que sea, tomaría a mal tales atenciones de parte de un gatito a su pupila? (Da la casualidad que ésta: ¡atchííís-sh!). Una mano blanca, fragante como Arabia desciende de la capa negra y en reciprocidad le frota la mollera detrás de las orejas, justo en el centro del éxtasis. Micifuz rompe en un fragoroso ronroneo, retrocede un paso sobre sus botas de altos tacones, bailotea de gozo, piruetea de júbilo. Ella ríe y se recoge el velo y Micifuz vislumbra allá, en las alturas, como quien dice, una lámpara de alabastro iluminada desde atrás por los primeros arreboles del alba: su rostro.

Y me sonríe.

Por un momento, ay, tan sólo uno, se hubiera dicho la primera mañana de primavera.

—Ven, vamos. Ven, no te entretengas con esa bestia inmunda —chilla la vieja harpía, con el único diente que le queda y todas sus verrugas; y estornuda.

Vuelve a caer el velo: qué frío otra vez, y qué oscuridad.

No sólo yo la he visto; con esa sonrisa, jura él, ella le ha robado el corazón.

Amor.

Cuántas veces he permanecido impávido, lavándome la cara y la brillante pechera con mi diestra manita, mientras él hacía bestialidades a cuatro manos con todas las putas de la ciudad, amén de las buenas esposas, las hijas obedientes, las campesinas rubicundas que venden apio y endivias en las esquinas, y hasta con la criada que nos tiende la cama. Por él, la esposa del alcalde se desprendió de sus pendientes de diamantes, la mujer del notario se quitó las enaguas, y yo… yo me ruborizaría si pudiera de sólo recordar cómo la hija de ésta se soltó las trenzas de lino y saltó a la cama entre los dos, y eso que no ha cumplido aún los dieciséis… Pero nunca, jamás la palabra «amor» había brotado de los labios de mi amo, nunca jamás en aquellos transportes hasta que vio a la esposa del Signor Panteleone camino de la misa y ella se recogió el velo; aunque no por cierto para mirarlo a él.

Y ahora está enfermo de amor y sin ánimos para nada ya no va a los garitos; en su nuevo estado de melancólica soltería, ni siquiera palmotea el robusto trasero de la criada, y dejamos pudrir nuestras heces días y días y la mugre invade nuestras sábanas y la infeliz va y viene malhumorada a los topetazos con su escoba hasta casi arrancar el yeso de las paredes.

Juro que vive para la mañana del domingo, aunque nunca antes fue un hombre religioso. Los sábados por la noche se baña puntillosamente y hasta, me complace verlo, se lava las orejas, se perfuma, plancha su uniforme como para hacer creer que tiene derecho a lucirlo. Tan enamorado que rara vez se gratifica con placeres, ni siquiera los de Onán, y da vueltas y vueltas en la cama pues tampoco dormir puede por temor de no escuchar la campana que llama a la misa. Pero entonces, fuera, a la mañana fría, a remontar las calles tras de esa vaga silueta negra, desventurado pescador en pos de una ostra cerrada, una ostra cerrada que guarda perla tan preciosa. Repta detrás de ella cruzando la plaza; ¿cómo puede ser que oso tan amoroso pase tan inadvertido? Y sin embargo, así es, aunque de tanto en tanto la vieja harpía estornuda y dice que jura que por ahí anda un gato.

Él se desliza hasta el banco de atrás de la dama y alguna vez consigue tocar el ruedo de su vestido, cuando todos se hincan para rezar; jamás un pensamiento para sus oraciones; es ella la divinidad que él ha venido a adorar. Y después, permanece callado, como perdido en un ensueño hasta la hora de acostarse; ¿qué placer puedo hallar yo en su compañía?

Y para colmo no come. Le he traído de la taberna, recién sacadita del horno, una hermosa paloma perfumada al estragón, pero ni la ha tocado. Así que me la devoré yo, con huesos y todo. Mientras llevaba a cabo, como siempre después de las comidas, mi meditativa toilette, reflexioné: uno) va camino de llevarnos a ambos a la ruina por descuidar sus negocios; dos) el amor no es más que deseo enardecido al no ser consumado. Así pues, si yo lo conduzco a la alcoba de la bella y allí él sacia su ansia de pureza, quedará, en dos patadas, limpio como la lluvia, y al día siguiente a las trapacerías de siempre.

Entonces el amo y Micifuz pronto serán de nuevo solventes. Cosa que, de momento, ni por asomo.

El tal Signor Panteleone emplea, única servidumbre amén de la harpía, a una gata de cocina, una morronguita grácil y vivaz a quien yo abordo. Cogiéndola entre los dientes por el pellejito de la nuca, le rendí el tributo habitual de unas pocas pero resueltas embestidas de mis ijares listados, y ella, cuando recobró el aliento, me contó sin rodeos que el viejo era un imbécil y un miserable que la tenía a pan y agua para que cace ratones, y que la joven señora era una criatura de corazón tierno que contrabandeaba pechugas de pollo para ella y que a veces, cuando la dragona-harpía dormía la siesta, sacaba de las cenizas a esa linda gatita y se la llevaba a su aposento, a jugar con carreteles de seda y a corretear detrás de pañuelos anudados como si fueran ratones; y que ella y ella se divertían juntas como dos cenicientas en un baile para muchachas solas.

Pobrecita, tan joven y tan sola y atada a un viejo caduco, con una mollera calva y unos ojos saltones y su pata coja y su avaricia, su barriga acampanada, su reumatismo y su pendón siempre a media asta; tan celoso como impotente, dice Minina. Si supiera cómo, haría desaparecer todo el celo del mundo, sólo para certificar que su joven esposa no obtiene de otro lo que no puede obtener de él.

—¿Qué te parece entonces, preciosa mía, si urdimos un plan para hacerlo cornudo?

Ni lerda ni perezosa, ella me dice que el mejor momento para llevar a cabo esta proeza ha de ser el único día de la semana en que él abandona a su mujer y su despacho y cabalga rumbo a los campos para extraer de sus famélicos arrendatarios más y más rentas usurarias. Y ella queda sola detrás de tantas trancas y cerrojos como tú no puedes imaginar; sola… a no ser por la vieja bruja.

¡Ajá! De modo que el peor estorbo es la vieja harpía; esa bruja de unos sesenta amargos inviernos, a prueba de balas y de violos y que —para nuestra desgracia— aborrece a los hombres y cruje, rechina, estalla en paroxismos de estornudos al mero vislumbre de un mostacho gatuno. Imposible que Micifuz pueda ganarse con sus mañas la simpatía de ésa, ni tampoco ella, mi morronguita. Mas, oh cara mía, digo: mira cómo se aguza mi ingenio ante este desafío… Y así reanudamos la parte más dulce de nuestro coloquio al polvoriento amparo de la carbonera, y ella me promete (qué menos puede hacer) arrimarle una misiva a la beldad hasta ahora inaccesible si yo la arrimo a ella, y yo la arrimo, por cierto que sí, aunque un tanto incómodo a causa de mis botas.

Tres horas nada menos pasó mi amo escribiendo su carta, el mismo tiempo que tardo yo en limpiarme a lengüetazos el cisco de la pechera. Rompe media mano de papel, cinco plumas despatarra con el ímpetu de su pasión: «No esperes paz, corazón mío: esclavizado como estoy a la tiranía de esta bella, encandilado por los rayos de este sol, no hallaré alivio a mi tormento». No es ése el camino que lleva al desorden de las sábanas; para imbécil, a ella le basta con el que tiene bajo sus cobijas.

—Háblale con el corazón —lo exhorto—. Todas las buenas mujeres tienen algo de misioneras, señor; convéncela de que en su orificio está tu salvación, y será tuya.

—Cuando necesite tu consejo, Fuz, te lo pediré —replica, súbitamente ensoberbecido. Al cabo consigue escribir diez páginas: un paria, un libertino, un tahúr, un oficial descastado camino del fracaso y de la ruina que tiene de pronto, por vez primera, una visión de la gracia: su rostro… su ángel, su ángel bueno que lo apartará de la senda de la perdición.

¡Oh, qué obra maestra ha pergeñado!

—¡Las lágrimas que ha vertido ella ante tales arrebatos! —dice mi amiga—. «Oh, Minina», solloza, pues así es como me llama, «jamás imaginé que podría provocar estragos semejantes en un corazón puro cuando sonreí al ver un gato con botas». Y ha puesto la carta sobre su corazón y ha jurado, era un alma buena la que le enviaba esas promesas y ella ama demasiado la virtud para poder resistírsele. Siempre y cuando —agrega, porque es una mujer sensata— no sea viejo como las montañas ni feo como el pecado.

Una admirable misiva la que la dama le envía en respuesta, por Fígaro aquí Fígaro allá; en tono amable y a la vez prudente. Porque, dice ella, cómo podría ponderar la pasión que él le confiesa si nunca lo ha visto ni siquiera de lejos.

Él besa la carta una, dos, mil veces; ella tiene que verme, y me verá. ¡Esta misma noche le daré una serenata!

Y así, cuando cae la noche, al trote partimos hacia la piazza, él con una vieja guitarra —para poder comprarla ha empeñado su sable— y ataviado, si se me permite, con un estrafalario disfraz de vagabundo, de charlatán de feria, que le ha canjeado por su justillo con galones dorados al infeliz Pierrot que rebuznaba en la plaza; bufón lunático él mismo, loco de amor, desesperado, hasta se ha emplastado la cara con harina para palidecerla, pobre tonto, y así mostrarle al mundo su inmensa desdicha.

Y allí está ella, la estrella vespertina, con las nubes en torno; pero es tal el estrépito de los carretones en la plaza, tales los golpes y repiqueteos de los feriantes que desmontan sus tenderetes, tales los aullidos de los baladistas, los pregones de los mercachifles y el bullicio de los recaderos, que por más que chilla a todo pulmón «oh, mi bienamada», ella, absorta en sus ensueños, la mirada perdida en la distancia, contempla una luna creciente como pintada en el telón de fondo del cielo, detrás de la catedral, tan inmóvil como ella misma.

¿Lo oye, acaso?

Ni un trémolo.

¿Lo ha visto, tal vez?

Ni lo ha mirado.

—Arriba, Micifuz, sube y dile que me mire.

Si el rococó es como una obra de repostería, este paladiano primitivo, casto, de buen gusto, ha dejado manco, en su momento, a más de un gato mejor que yo. No es cuestión de agilidad; cuando de paladiano se trata, sólo la osadía te sacará del brete y aunque el primer piso me agracia con una robusta cariátide cuyos bulbosos calzones y tremendos pectorales facilitan mi primer ascenso, la columna dórica que reposa sobre su cabeza es harina de otro costal, os lo aseguro. De no haber visto a mi preciosa Mini acurrucada allá arriba en la canaleta, maullándome aliento, ni yo, ni yo mismo me hubiera atrevido a dar ese salto acrobático que me llevó como un arlequín funambulesco, de un solo impulso, al alféizar de su ventana.

—Santo Dios —exclama ella, sobresaltándose, y yo la veo, ah, otra sentimental, apretando contra su pecho una carta muy trajinada—. ¡Micifuz con botas!

La saludo con una florida reverencia. ¡Qué felicidad no escuchar ni olisqueos ni estornudos! ¿Dónde está la vieja bruja? Un apuro súbito la hizo correr al retrete, no hay tiempo que perder.

—Mira allá abajo —le susurro al oído—. El que te dije, el de blanco con el gran sombrero, espera ansioso, listo para cantarte una endecha nocturna.

La puerta de la alcoba se abre de pronto con un crujido y ¡zum! allá va Micifuz por el aire, la discreción es la mejor política. Y por ellos, por los dos, lo hice, el verlos a los dos con los ojos brillantes me empujó a dar ese salto nunca antes intentado ni por mí ni por ningún otro gato con botas o sin ellas: ¡ese triple salto que desafía a la muerte! Nada menos que un brinco de tres pisos, hasta el suelo; un descenso espectacular.

Apenitas mareado, lo digo con orgullo, aterrizo limpiamente sobre mis cuatro patas y Minina se vuelve loca de entusiasmo. ¡Brrrrrravo! Pero acaso mi amo ha presenciado mi triunfo. ¡Qué va! ¡Mi culo! Está afinando la vieja mandolina y mientras yo desciendo rompe de nuevo a cantar.

Jamás hubiera imaginado yo que al hechizo de su voz, como al de la mía, los pájaros posados en los árboles echarían a volar; y sin embargo sí, el ajetreo de la plaza cesó para escucharlo, los buhoneros ya camino a casa detenían sus pasos para prestarle oídos, las presumidas trotacalles olvidaban sus sonrisas remilgadas para mirarlo a él, y hasta algunas de las viejas lloraban, os lo aseguro.

¡Minina mía, allá en el tejado, para la oreja! Por la potencia de su voz sé que mi corazón está en ella.

Y ahora la dama baja los ojos, lo ve y le sonríe, tal como cierta vez me sonriera a mí.

De pronto, ¡bang!, una mano imperiosa cierra los postigos. Y fue como si todas las violetas en todas las cestas de todas las floristas inclinaran las corolas y se marchitaran a la vez; y la primavera se hubiera detenido en su senda, herida de muerte, y esta vez no fuera a retornar; y el bullicio y el trajín de la plaza que tan mágicamente cesaron para escuchar su canto, se elevaran ahora de nuevo con los dolientes ayes del amor perdido.

Y nosotros volvemos, cabizbajos, a las sábanas sucias y a la magra cena de pan y queso, todo cuanto he podido hurtar para él, pero ya su pobre alma parece haber por fortuna recobrado el apetito, ahora que ella sabe que él está en el mundo y que no es el más feo de los mortales; por primera vez desde aquella mañana fatídica duerme a pierna suelta.

En cambio para Micifuz el sueño tarda en llegar. A medianoche sale a dar un paseo por la plaza y a poco está disfrutando con su amiguita de un exquisito trozo de bacalao en salmuera que ella ha encontrado entre las cenizas del hogar… antes de que el coloquio pase a mayores.

—¡Ratas! —exclama ella—. ¡Y sácate esas botas, maricón descastado, que esos taconazos hacen estragos en la tierna carne de mi barriguita!

Cuando nos hemos recobrado un poco, le pregunto qué ha querido decir con esa exclamación, ¡ratas!, y ella me explica su plan. Que mi amo se haga pasar por un cazador de ratas y yo por su ambulante ratonero mermelada, que él y yo acudamos a matar los roedores que asuelan los aposentos de milady el día en que el viejo imbécil se marche a cobrar sus rentas y ella pueda gozar de él a piacere, pues si hay algo que la bruja teme más que a los gatos es a una rata y se encerrará en un armario y no saldrá de él hasta que la última haya sido exterminada. Oh esta Minina, aguda como una flecha. Yo la felicito por su ingenio con unos cuantos puñetazos afectuosos en la cabeza. Y otra vez adentro, este ubicuo Micifuz, aquí y allá y en todas partes, ¿quién es tu Fígaro?

El amo aplaude la tramoya de las ratas; pero, para empezar, ellas, las ratas, ¿cómo llegarán hasta allí?, pregunta.

—Nada más fácil, señor; mi cómplice, una despabilada soubrette que vive entre las cenizas, consagrada a la felicidad de la joven dama, llevará personalmente un gran número de ratas muertas y moribundas que ella misma ha ido recolectando, a las cercanías de la alcoba de la dueña de la ingénue y en particular a la de dicha ingénue. Esta operación deberá llevarse a cabo mañana por la mañana, apenas el señor Panteleone parta de cabalgata a cobrar sus rentas. Por fortuna ahí nomás en la plaza ofrece sus servicios un cazador de ratas. Dado que nuestra harpía no puede soportar la presencia de una rata ni de un gato, es milady quien escoltará al cazador, o sea vos, señor mío, y a su intrépido ayudante, o sea yo, al foco mismo de la plaga.

—Y una vez en su alcoba, señor, si no sabéis lo que tenéis que hacer, yo ya no puedo ayudaros.

—Guarda para tu coleto tus inmundos pensamientos, Micifuz.

Por lo que veo, hay cosas demasiado sacrosantas para tomarlas con humor.

Y por supuesto, listo ya a las cinco de la lóbrega mañana siguiente, veo con mis propios ojos al palurdo marido de la bella partir colgado de su caballo como un saco de patatas a recolectar sus rentas usurarias. Nosotros aguardamos con nuestra pancarta: «SIGNOR FURIOSO, LA VIVA MUERTE DE LAS RATAS»; con los bombachos de piel que le ha prestado el conserje y el bigote postizo, apenas si lo reconozco. Engatusa a la criada con unos cuantos besos —pobre criatura ilusa, el amor no conoce escrúpulos— y ahí nos instalamos, al pie de cierta ventana cerrada a cal y canto, con una alta pila de tramperas, la insignia de nuestra profesión, que la pobre infeliz nos ha prestado; Micifuz en la cresta con el porte de un humilde pero implacable enemigo de la plaga.

No hará más de quince minutos que esperamos —ya hemos sido abordados por una multitud de despavoridos bergamotas que solicitan nuestros servicios y a quienes nos es muy difícil disuadir— cuando la puerta cancel se abre de golpe con un chirrido estremecedor. La vieja bruja, aterrorizada, rodea con sus brazos al azorado Furioso; ¡qué feliz casualidad!, pero no bien me huele empieza a estornudar, los ojos le lagrimean, los desagües verticales de su nariz chorrean moco, y a duras penas puede describir la escena, rattus domesticus muertas encima de su cama y por toda la casa; y lo peor, hasta en la alcoba de milady.

Y el Signor Furioso y su baquiano Micifuz son conducidos al mismísimo santuario de la diosa, nuestra presencia anunciada por una fanfarria del arpa de la nariz de la bruja. ¡Atchúúúús!

Dulce y encantadora en una amplia bata de lino, nuestra ingénue se sobresalta al oír el repiqueteo de mis tacones pero al momento se recobra y la bruja, jadeante, convulsa, no está en condiciones de resoplar más que:

—¿No he visto antes a este gato?

—Imposible —dice mi amo—. Si sólo anoche ha llegado conmigo desde Milán…

Así que no tiene más remedio que cerrar el pico.

Mi Minina ha forrado de ratas la escalera; ha convertido en una morgue el cuarto de la bruja, y el de milady, en algo con un poco más de vida… Porque ha tenido la astucia de no matar del todo a algunas de sus víctimas, una gran bestia negra se arrastra hacia nosotros por la alfombra turca; Micifuz, ¡salta!; entre alaridos y estornudos, la bruja está a punto de caramelo, os lo aseguro, en tanto milady muestra una presencia de ánimo y una seriedad dignas de encomio. Pues ha de ser, sospecho yo, una joven nada tonta y es muy posible que haya barruntado nuestra tramoya.

Mi amo se mete debajo de la cama apoyándose en las manos y las rodillas.

—Dios mío —exclama—. Aquí, en el artesonado, hay un agujero, el más grande que he visto en toda mi carrera profesional. Y al otro lado un verdadero ejército de ratas negras, listas para atacar. ¡A las armas!

Pero pese a su terror, la harpía se resiste a dejarnos al amo y a mí solos con las ratas; mira de reojo un cepillo de pelo con mango de plata, un rosario de coral, pía, revolotea, chilla, cuchichea hasta que milady la tranquiliza en medio del creciente pandemonium.

—Yo me quedaré aquí y vigilaré que el señor Furioso no arree con mis chucherías. Tú vete y recobra las fuerzas con una infusión de licor de las Hermanas y no vuelvas hasta que yo te llame.

La bruja se va. Rápida como el rayo, la belle hace girar la llave en la cerradura y se ríe entre dientes, la muy picaruela.

Sacudiéndose la pelusa de las rodillas, el señor Furioso se yergue ahora lentamente, se quita de un tirón el bigote postizo, ya que ningún elemento de la farsa debe malograr el primer y delirante encuentro de estos enamorados, claro que no. (Pobre alma, cómo le tiemblan las manos).

Acostumbrado como estoy a la espléndida, a la felina desnudez de mi especie, que muestra sin recato el alma que aflora en la carne de los enamorados, siempre me llega al corazón la tierna reticencia con que la humanidad titubea en presencia del deseo, antes de despojarse de los trapos y trapos que lo ocultan.

Así, al principio, estos dos sonríen un poquito, como si dijeran: «qué extraño encontrarte aquí», no seguros aún de una acogida afectuosa. ¿Y me engaño o veo en verdad titilar una lágrima en la comisura del ojo de mi amo? Pero ¿quién es el que da el primer paso? Caramba, ella; las mujeres, reflexiono yo, son, de los dos sexos, el más sutilmente afinado para la música de los cuerpos. (Un penique por mis inmundos pensamientos, claro. ¿Imaginará ella acaso, esa personita sabia, grave, del negligé, que tú has montado esta charada tan sólo para besarle la mano?). Pero de pronto, oh, qué delicioso rubor, ella da un paso atrás; ahora le toca a él dar dos pasos adelante en la zarabanda de Eros.

Yo desearía sin embargo que danzaran un poco más ligero; la bruja no tardará en recobrarse de sus espasmos y ¿qué?, ¿va a pescarlos in fraganti?

De pronto, la mano de él, trémula, sobre sus pechos; la de ella, al principio vacilante, luego más decidida, sobre sus bombachos. Y entonces el extraño trance se quiebra; tras esos primeros escarceos sentimentales, nunca vi a dos entregarse con semejante apetito. Los dedos en torbellino, se desnudan el uno al otro en un santiamén, y ella cae de espaldas en el lecho, le muestra la diana, él arroja la saeta y al instante da en el blanco. ¡Bravo! Nunca una tempestad semejante habrá sacudido así esa vieja cama. Y los dulces, entrecortados murmullos, pobres criaturas: «yo nunca…», «mi adorada…», «más…»; y etcétera, etcétera. Suficiente para derretir el corazón más duro. Mi amo levanta apenas el torso apoyándose en los codos y me susurra: «Simula el asesinato de las ratas, Micifuz, enmascara la música de Venus con los clamores de Diana».

Y allá vamos, de caza. Leal hasta la muerte, practico catch con las ratas muertas de Minina, asestando el coup de grace a las moribundas y aullando con furia ensordecedora para ahogar los extravagantes alaridos en que rompe aquella joven mujer (¿quién lo hubiera pensado?) cuando llega al final en el mejor estilo. (Felicitaciones, mi amo).

En ese momento la vieja bruja empieza a aporrear la puerta, ¿qué ocurre?, ¿por qué tanto alboroto? Y la puerta castañetea sobre sus goznes.

—¡Calma! —grita el señor Furioso—. ¡Si apenas acabo de tapar el gran agujero!

Pero milady no tiene prisa por ponerse de nuevo la bata, se toma su tiempo; el placer gratifica sus miembros lánguidos tan intensamente, que se diría que hasta el ombligo le sonríe. Con gratitud picotea la mejilla de mi amo, moja la goma de los bigotes postizos con la punta de su lengua de fresa y vuelve a pegárselos en el labio superior; y luego deja entrar a su guardiana en la escena de la falsa carnicería con el aire más recatado e irreprochable del mundo.

—Mira, Micifuz ha liquidado a todas las ratas.

Yo, ronroneando de orgullo, me precipito a saludar a la harpía; al instante los ojos se le llenan de lágrimas.

—¿Y por qué está la cama tan revuelta? —chilla, no cegada aún del todo por la flema y escogida para el puesto que ocupa entre todas las demás candidatas por su mente suspicaz (oh, cumplidora), incluso en grande peur des rats.

—Micifuz ha librado una terrible batalla con la bestia más grande que jamás se haya visto. Aquí, sobre esta cama. ¿No ves acaso en las sábanas las manchas de sangre? ¿Y ahora cuánto os debemos, Signor Furioso, por este servicio tan singular?

—Cien ducados —digo yo, veloz como el rayo, pues sé que mi amo, si fuera por él, como honorable tonto que es, no cobraría ni un doblón.

—Eso es lo que se gasta en la casa en todo un mes —gimotea la bien elegida cómplice de la avaricia.

—¡Bien merecidos los tienen! —dice la joven—. ¡Porque esas ratas nos habrían devorado con casa y todo!

Yo adivino, en esta dulce damisela, una voluntad de hierro.

—Ve; págale con los ahorros secretos que has rapiñado de los gastos de la casa, que bien sé que los tienes.

Farfullos y gruñidos, pero no le queda más remedio que hacer lo que se le ordena; y el furioso señor y yo nos llevamos de recuerdo una cesta de lavandería llena de ratas muertas y la vaciamos, plop, en la alcantarilla más próxima. Y por una vez nos sentamos a disfrutar de una cena honestamente ganada.

Pero el tonto ha perdido de nuevo el apetito. Aparta el plato, ríe, llora, hunde la cabeza entre las manos y una y otra vez corre hasta la ventana para contemplar los postigos tras de los cuales su adorada friega la sangre de las sábanas y mi querida Minina descansa de los esfuerzos supremos que le ha requerido la operación. Él se sienta y garabatea algo; rompe la hoja en cuatro, la tira… Yo recojo un fragmento y… ¡Dios santísimo, le ha dado por escribir poesía!

—¡Será mía, y para siempre! —exclama.

Veo que mi plan no ha servido para nada, la Satisfacción no lo ha satisfecho; esa alma que cada uno viera en el cuerpo del otro tiene un hambre tan insaciable que una sola comida no podrá jamás apaciguarla. Yo me enfrasco en la toilette de mis cuartos traseros, mi postura favorita para meditar acerca del mundo y sus avatares.

—¿Cómo podré vivir sin ella?

Has vivido sin ella durante veintisiete años y ni un solo minuto la has echado de menos, señor.

—Ardo en la fiebre del amor.

Ahorraremos leña.

—Se la robaré a ese viejo y la llevaré a vivir conmigo.

—¿Y de qué pensáis vivir, señor?

—Besos —dice él, melancólico—. Abrazos.

—Bueno, mucho no engordarás con ello, señor; ella engordará. Y serán más bocas para alimentar.

—Estoy hasta los tuétanos de tus sucios comentarios, Micifuz —replica. Y sin embargo mi corazón se conmueve porque ahora habla en él la simple, clara, absurda retórica del amor, y quién sino yo podría tener la astucia necesaria para allanarle el camino de la felicidad.

Aguza tu ingenio, fiel Micifuz, agúzalo.

Concluido mi aseo, cruzo la plaza para visitar a esa hembrita encantadora que con su astucia y su gracia se ha adentrado en mi corazón hasta ahora libre de ataduras. Ella muestra al verme una cálida emoción y ¡oh! qué novedades trae. Novedades de una naturaleza íntima, fascinante, que me llevan a pensar en el futuro y, sí, a hacer planes domésticos de la índole más familiar. Ha guardado para mí una mano de cerdo enterita, toda una mano de cerdo que la señora le pasó de contrabando con un guiño. ¡Un manjar! Mientras mastico, cavilo.

—Recapitula —sugiero— los movimientos del señor Panteleone cuando está en casa.

Por él ponen en hora el reloj de la catedral, tan rígidos y regulares son sus hábitos. En pie al amanecer, desayuna miserablemente los restos del pan de la víspera y un tazón de agua fría para no gastar en calentarla. Enseguida baja a su despacho para contar y recontar su dinero, hasta el tazón de gachas aguachentas que toma al mediodía. Por la tarde se dedica a la usura, hundiendo en bancarrota aquí a un pequeño comerciante, allá a una vieja llorosa, para su solo gusto y provecho. La cena es lujuriosa, a las cuatro; sopa con un trocito de buey rancio o un ave dura cocida en ella —tiene un arreglo con el carnicero, que le da la mercancía que no ha podido vender a cambio de mantener el pico cerrado a propósito de cierto enjuague tramado entre los dos. Desde las cuatro y media hasta las cinco y media quita el cerrojo a los postigos y permite que su esposa se asome a la plaza, bah, como si yo no lo supiera, con la harpía a su lado para estar seguro de que no sonría. (Ah, ese fluido maravilloso, los contados, preciosos minutos que preludiaron toda esta comedia).

Y mientras ella respira el aire del anochecer él cuenta y recuenta sus cofres de piedras preciosas, sus fardos de seda, todos esos tesoros que ama demasiado para compartirlos con la luz del día y, si cuando se entrega a tales regodeos gasta una vela, vaya, por qué no, todo hombre tiene derecho a una pequeña extravagancia. Otro trago de la cerveza de Adán concluye saludablemente el día; y allá va él, a acurrucarse al lado de milady, y como ella es su trofeo más preciado consiente en toquetearla un poquitín, le palpita el cuerito y le palmotea las nalgas: «¡Qué ganga!». Ay, pobre infeliz, más no puede hacer, pues tampoco quiere despilfarrar sus zumos naturales. Y así se zambulle en un sueño sin pecado entre las perspectivas del oro de mañana.

—¿Es muy rico?

—Como Creso.

—¿Lo bastante para mantener a dos parejas de enamorados?

—Suntuosamente.

Al alba, sin un candil, a tientas, legañoso de sueño, camino de la letrina, el viejo tropezará con la pelambre oscura pero volátil, disimulada por las sombras, de una preciosa gatita.

—Me adivinas el pensamiento, amor mío.

Yo le digo a mi amo:

—O te procuras ya mismo una toga y un maletín de galeno, o he acabado contigo.

—¿De qué se trata, Micifuz?

—¡Haz lo que te digo y despreocúpate! Cuanto menos sepas tú, tanto mejor.

Él gasta unos pocos ducados de la bruja en una toga negra con golilla blanca, un birrete y un maletín negro; y siguiendo mis órdenes prepara otro cartel que anuncia con la debida pompa que él es Il Afamado Dottore: «Cura todos los males, previene dolores, acomoda huesos», graduado en Bolonia, médico extraordinario. Él quiere saber: ¿qué, acaso va ella a hacerse la enferma para franquearle una vez más el camino a su alcoba?

—La tomaré en mis brazos y saltaré por la ventana; también nosotros daremos el triple salto mortal del amor.

—Tú ocúpate de tus asuntos, señor, y déjame arreglar las cosas a mi manera.

¡Otra mañana cruda y neblinosa! ¿No cambiará nunca el tiempo aquí en estas colinas? Tan oscuro que da miedo; pero él ya está allí, solemne como un sermón en su toga negra y medio mercado acudiendo con toses y forúnculos y cabezas rotas, y yo dispensando los emplastos y redomas con agua coloreada que por un por si acaso he apilado en su maletín, ya que él está demasiado agitado para ocuparse de la venta (y quién sabe si no habremos dado con una profesión provechosa para más adelante, si mis planes fracasan).

Hasta que el amanecer dispara su flecha pequeña pero cuán brillante al otro lado de la catedral y el reloj da la seis. Con la última campanada, la famosa puerta se abre de golpe otra vez y —iiiiiiiiiiich— sale la bruja.

—Oh, doctor. ¡Oh, doctor! Venga usted lo más pronto que pueda; el hombre de la casa ha sufrido una horrible caída. —Y hecha un mar de lágrimas lo bastante profundo como para poner a flote un queche, no advierte que el ayudante de galeno es de lo más pintoresco, amén de peludo y bigotudo.

El bobo del viejo está despatarrado al pie de la escalera, la cabeza en un ángulo agudo que podría volverse crónico y, apretado en la mano derecha, un enorme llavero como si fueran las llaves del paraíso con un rótulo que rezara: último llamado; y la bella en bata de noche se inclina sobre él con un delicioso aire de aflicción.

—Una caída… —empieza a decir cuando ve al doctor de golpe pero enmudece al ver a un servidor, Micifuz, tan cariacontecido como se lo permite su sempiterna sonrisa, encorvado bajo el peso de la impedimenta de su señor y dándose aires de matasanos.

—Otra vez tú —dice ella, y no puede contener una risita. Pero la dragona está demasiado aturullada y no la oye.

Mi amo apoya la oreja en el pecho del vejete y menea atribulado la cabeza; luego saca el espejo de su bolsillo y lo pone delante de la boca del carcamal. Ni un soplo lo empaña. Oh tristeza. Oh dolor.

—¿Muerto? —solloza la bruja—. Desnucado, ¿verdad?

Y con disimulo, pese a su bien orquestada congoja, extiende la mano en dirección a las llaves; pero milady le da una palmada y la vieja desiste.

—Llevémoslo a un lecho menos duro —dice el amo.

Alza en brazos el cadáver, lo lleva en vilo hasta la alcoba que tan bien conocemos, tira sobre la cama a Panteleone, le levanta un párpado, le golpea una rodilla y le toma el pulso.

—Más muerto que un degollado —sentencia—. No es un médico lo que necesita. Es un enterrador.

Miladi, con el debido respeto y corrección, se lleva un pañuelo a los ojos.

—Corre ahora mismo a buscarlo —ordena a la bruja—. Y luego he de leer el testamento. Porque no pensarás que él se ha olvidado de ti, su fiel servidora. ¡Oh, por Dios, claro que no!

Y allá va la bruja, en efecto; nunca se ha visto una mujer con tantas navidades a la espalda correr a tal velocidad. Tan pronto se quedan a solas, nada de escarceos esta vez; manos a la obra, martillo y pinzas sobre la alfombra, puesto que la cama está ocupée; arriba y abajo, arriba y abajo el culo de él; se abren y cierran, se abren y cierran las piernas de ella. Luego ella lo levanta y lo arroja de espaldas, ahora es su turno y se diría que nunca va a parar.

Toujour discret Micifuz se dedica a abrir de par en par postigos y ventanas al luminoso despuntar del día en cuyas brisas fragantes y vivificadoras su morro percibe sensitivo los primeros atisbos de la primavera. Poco después mi querida amiga viene a mi encuentro. En su andar hasta ahora tan grácil, tan elástico noto ahora —o es sólo mi imaginación— una nueva, majestuosa prestancia. Y allí nos sentamos, en el alféizar de la ventana, como los dos genios protectores de la casa. Ah Micifuz, tus días de vagabundeo han terminado. Habré de convertirme en un gato de alfombra y de estufa, un gato de cojín, gordo y comodón; ya nunca más le cantaré a la luna, y sentaré cabeza al fin para gozar de los placeres sedentarios de una domesticidad que ambos, ella y yo, hemos ganado tan merecidamente.

Sus gritos de éxtasis me arrancan de este ensueño placentero.

La harpía elige, naturellement, este tierno aunque afrentoso momento para volver con un enterrador de enlutada chistera, amén de un par de mudos, negros como escarabajos, melancólicos como alguaciles, que portan el ataúd de olmo para llevarse el cadáver. Pero se reaniman un poco ante el imprevisto espectáculo, y él y ella concluyen el amoroso interludio en medio de rugidos de aprobación y torrentes de aplausos.

Pero qué escandalete arma la bruja. ¡Policía, asesinos, ladrones! Hasta que mi amo, generoso, le cierra el pico arrojando a sus pies la bolsa con que ella le había pagado. (Entretanto, yo me percato de que la sensatísima joven, desnuda como su madre la trajo al mundo, conserva la suficiente presencia de ánimo para asir el llavero de su marido y arrancárselo del puño helado y rígido. Una vez que tiene a buen recaudo las llaves, se hace cargo de la situación).

—Y tú déjate ya de estupideces —le grita a la bruja—. Si ya mismo te pongo de patitas en la calle, recibirás un buen regalo con el que podrás mantenerte; pues ahora —sacudiendo las llaves— soy una viuda rica, y éste —señalando a mi amo, desnudo y todavía extático— es el joven que será mi segundo marido.

Cuando el ama de llaves descubrió que el Signor Panteleone no la había olvidado en su testamento, dejándole de recuerdo el tazón del que bebía su agua matutina, no soltó ni un chillido más, embolsó agradecida la suculenta suma y se mandó mudar entre estornudos, sin más gritos de «asesino». El viejo bufón fue rápidamente embalado en su ataúd y sepultado; el amo es ahora dueño de una gran fortuna y milady empieza a redondearse y los dos son felices y comen perdices.

Pero mi Minina le ha ganado de mano, ya que los gatos no tardan mucho en engendrar: tres preciosos gatitos color jengibre, recién acuñados, completos de cabo a rabo, con calcetines y pecheras blancos como la nieve, retozan en el cremoso y enmarañado tejido de milady, y hay una sonrisa en la cara de cada uno, no sólo en la de su madre y su orgulloso padre, porque Minina y yo sonreímos el día entero, y en estos días, de todo corazón.

Ojalá también vuestras esposas, si eso necesitáis, sean ricas y bellas y todos vuestros maridos, si así lo queréis, jóvenes y viriles; y todos vuestros gatos tan astutos, tan perspicaces y tan ocurrentes como éste:

MICIFUZ CON BOTAS


Deja un comentario

Diseña un sitio como este con WordPress.com
Comenzar