Texto aleatorio

Mi padre me perdió a los naipes con La Bestia.

Una locura singular ataca a los viajeros de regiones boreales cuando llegan a las encantadoras comarcas donde madura el limonero. Somos oriundos de países fríos; allá, vivimos en guerra con la naturaleza pero aquí, ¡ah!, uno cree haber llegado a la tierra prometida donde el león yacerá junto al cordero. Todo florece; ningún vendaval perturba el aire voluptuoso. El sol derrama frutos para ti. Y el letargo mortal, sensual, del dulce sur embriaga tu desvalido cerebro; «¡Lujuria!», susurra, «¡más lujuria!». Pero de pronto llega la nieve, imposible escapar de ella, nos ha seguido desde Rusia como si hubiera corrido en pos de nuestro carruaje, y en esta ciudad hosca, sombría nos ha alcanzado al fin, y ahora se arremolina contra los cristales de las ventanas para burlar las ilusiones de perpetuo placer de mi padre mientras se hinchan y laten las venas en su frente, y las manos le tiemblan al repartir los libritos de cuentos en imágenes del Diablo.

Las velas derramaban gotas ardientes de cera acre sobre mis hombros desnudos. Yo observaba la escena con ese cinismo furioso de las mujeres a quienes las circunstancias obligan a ser testigos mudos de la insensatez, en tanto mi padre, enardecido en su desesperación por una sed insaciable de ese aguardiente que aquí llaman grappa, se desprendía de los últimos restos de mi patrimonio. Cuando partimos de Rusia poseíamos tierras negras, bosques azules con osos y jabalíes, siervos, trigales, alquerías, mis caballos adorados, noches blancas de fresco verano, los fuegos artificiales de las estrellas boreales. Qué carga han de haber sido para él todas esas riquezas, ya que ahora ríe como con regocijo al empobrecerse, tal es la pasión con que se empeña en cederle todo a La Bestia.

Todos los que vienen a esta ciudad deben jugar una partida de naipes con el grand seigneur; pocos vienen. No nos lo advirtieron en Milán, o, si lo hicieron, no lo entendimos —mi italiano balbuceante, el dialecto atrabiliario de la región. En verdad, yo misma me pronuncié a favor de este lugar remoto, provinciano, pasado de moda ya doscientos años atrás porque, oh ironía, no se gloriaba de tener casino. No sabía que el precio de una estancia en su solitario diciembre sería una partida de naipes con Milord.

Se había hecho muy tarde. La fría humedad de estos parajes va calando lentamente en las piedras, en los huesos, en la pulpa esponjosa de los pulmones; se insinuó con un estremecimiento en nuestra salita, adonde Milord había venido a jugar en privado, en esa privacidad esencial para él. ¿Quién hubiera podido rehusar la invitación que su valet trajo a nuestra hostería? No por cierto el tarambana de mi padre; el espejo por encima de la mesa reflejaba para mí su frenesí, mi pasividad, veía las velas languidecer, las botellas vaciarse, la colorida marea de los naipes que subía y bajaba, la máscara inmóvil que ocultaba las facciones de La Bestia, salvo esos ojos amarillos que de tanto en tanto se desviaban de su abanico de naipes en dirección a mí.

—¡La Bestia! —dijo nuestra hostelera palpando con dedos cautelosos y un algo de temor, un algo de curiosidad en la mirada, un sobre con su escudo, un gran tigre rampante. Y yo no pude preguntar por qué llamaban «La Bestia» al señor del lugar. ¿Tendría algo que ver con ese sello heráldico? Porque la lengua de la mujer parecía tan trabada por el dialecto bronquítico, flemoso de la región que casi nunca lograba comprender lo que decía, excepto cuando al verme había exclamado: «Che bella!».

Desde que hacía pininos, siempre fui la bonita, con mis rizos brillantes de color avellana, mis mejillas sonrosadas. Y nacida el día de Navidad —su «rosa navideña» me llamaba mi aya inglesa. Los campesinos decían: «El vivo retrato de su madre» y se persignaban por respeto a la difunta. Mi madre, muerta en la flor de la edad; vendida por su dote a aquel deleznable vástago de la nobleza rusa cuya pasión por el juego y por las putas, cuyos agónicos arrepentimientos no tardaron en acabar con ella. Y La Bestia, al llegar, me ofreció la rosa que llevaba en su solapa impecable aunque démodée, mientras el valet cepillaba de su capa negra los copos de nieve. Esta rosa blanca, inverosímil para la estación, que ahora mis dedos nerviosos deshojaban, pétalo por pétalo, en tanto mi padre coronaba magníficamente su carrera de catástrofes.

Ésta es una región melancólica, introspectiva; un paisaje sin sol, sin rostro, el río taciturno que rezuma niebla, los sauces esquilados, ateridos. Y una ciudad cruel; la piazza lóbrega, un lugar singularmente apropiado para ejecuciones públicas, a la sombra de ese granero maligno que es la iglesia; antaño, a los condenados a muerte los colgaban en jaulas en los muros de la ciudad; la crueldad es en ellos un rasgo natural, tienen los ojos demasiado juntos, los labios muy finos. La comida es mala, pasta anegada en aceite, carne de buey cocida con salsa de hierbas amargas. Un silencio funerario reina en el lugar, los habitantes se encogen por el frío y apenas si puedes verles las caras. Y te mienten y te estafan, mesoneros, cocheros, todo el mundo. ¡Dios, cómo nos esquilmaron!

El sur traicionero, donde piensas que el invierno no existe pero olvidas que lo llevas contigo.

Mis sentidos estaban cada vez más obnubilados por el embriagador perfume de La Bestia, un tufo a civeto purpúreo demasiado potente en un recinto tan cerrado y tan pequeño. Ha de bañarse en él, ha de empapar con él sus camisas y su ropa interior; ¿qué olor tendrá para que necesite tanto camuflaje?

Nunca vi un hombre tan grande que aparente ser tan bidimensional, pese a la refinada elegancia de Milord, a ese frac pasado de moda que se diría comprado en aquellos días lejanos, antes de que se impusiera el ostracismo en que ahora vive; no siente la necesidad de vivir a tono con la época. Hay una rusticidad insoslayable en su figura, que tiende a lo desmañado, lo gigantesco; y hay en él un raro aire de contención, como si librara una batalla consigo mismo para mantenerse erguido cuando en realidad preferiría dejarse caer en cuatro patas. Echa tristemente por tierra nuestra humana aspiración a la divinidad, pobre desdichado; sólo desde cierta distancia se podría pensar que La Bestia no es demasiado distinto de cualquier otro hombre, aunque lleve una máscara con un rostro humano magníficamente pintado en ella. Oh, sí, una cara hermosa; pero una cara con demasiadas simetrías formales para ser enteramente humana; un perfil de su máscara es la réplica exacta del otro, demasiado perfecto, irreal. Lleva una peluca, por añadidura, pelo artificial atado al cráneo con una cinta, una de esas pelucas que uno ve en los retratos de época. Una casta corbata de seda sujeta con una perla esconde su garganta. Y guantes de cabritilla clara aunque tan grandes y burdos que no parece que cubrieran manos.

Es una figura de carnaval hecha de papier maché y pelo crêpé; y sin embargo tiene con los naipes la destreza del mismo Diablo.

Su voz enmascarada retumba como ecos distantes mientras se encorva sobre su mano, y el gruñido que siempre la acompaña —un defecto en el habla— la hace tan ininteligible que sólo su valet, que lo entiende bien, puede servirle de intérprete, como si su amo fuese el muñeco torpe y él el ventrílocuo.

Los pabilos languidecían en la cera consumida, las velas goteaban. Cuando mi rosa había perdido todos sus pétalos, también él, mi padre, se había quedado sin nada.

—Excepto la joven.

El juego es una enfermedad. Mi padre decía amarme y sin embargo apostó su hija en una mano de cartas. Las desplegó; en el espejo, yo vi encenderse en sus ojos la luz de una loca esperanza. Tenía el cuello desprendido, el cabello erizado y en desorden, la angustia de un hombre en los últimos peldaños de la degradación. El viento se colaba por las paredes vetustas y me mordía; jamás en Rusia, ni aun en las noches más glaciales, había tenido tanto frío.

Una reina, un rey, un as. Los vi en el espejo. Oh, yo sé que mi padre no creyó que podía perderme; por lo demás, junto conmigo recobraría todo cuanto había perdido, los entrampados bienes de nuestra familia recuperados de un solo golpe. Y acaso ganara, por añadidura, el palacio de La Bestia en las afueras de la ciudad; sus inmensas riquezas; sus tierras litorales; sus rentas, sus cofres de tesoros, sus Mantegnas, sus Giulio Romanos, sus saleros de Cellini, sus títulos… y hasta la ciudad misma.

No debéis pensar que mi padre me valuaba en menos que el botín de un rey; pero no más que el botín de un rey.

Hacía un frío infernal en aquella sala. Y a mí, hija del riguroso Norte, me parecía que no era mi carne sino en verdad el alma de mi padre lo que estaba en peligro.

Mi padre, naturalmente, creía en milagros; ¿qué jugador no? ¿Acaso no habíamos viajado hasta aquí, desde la tierra de los osos y de las estrellas fugaces, en busca del milagro?

Y ahí estábamos ahora, en la desesperanzada espera.

La Bestia resopló; puso sobre la mesa los tres ases restantes.

Los indiferentes criados se deslizaban ahora en silencio, como sobre ruedas, apagando una por una las bujías. Al mirarlos se hubiera dicho que nada de importancia había acontecido. Bostezaban no sin cierto fastidio; era casi de día y nosotros los habíamos obligado a pasar la noche en vela. El valet le alcanzó su capa. Mi padre, en medio de estos preparativos, continuaba sentado, los ojos fijos en la traición de sus cartas extendidas sobre la mesa.

El valet me informó escuetamente que él, el valet, pasaría a recogerme, a mí y a mi equipaje, mañana a las diez y me conduciría al palazzo de La Bestia. Capisco? Yo estaba tan anonadada que a duras penas había «capisco»; él repitió pacientemente las órdenes, era un hombrecillo extraño, esmirriado, nervioso, que caminaba a un ritmo irregular, stacatto, con sus pies planos calzados en unos curiosos zapatos en forma de cuña.

Mi padre, antes rojo como el fuego, estaba ahora blanco como la nieve que se cuajaba en el cristal de las ventanas. Tenía los ojos llenos de lágrimas; pronto se echaría a llorar.

—«Cual el indio miserable» —recitó; adoraba la retórica—. «Aquél cuya mano / cual el indio miserable que echó a rodar una perla / más preciosa que toda su tribu…». He perdido mi perla, mi perla invalorable.

Como en respuesta, La Bestia estalló en un bramido estremecedor, a medias un lamento de dolor, a medias un grito de furia; las bujías llamearon. El eficiente valet, el remilgo hipócrita, interpretó sin pestañear:

—Mi amo dice: Si tan mal cuidas tus tesoros, debías esperar que te los quitarían.

Nos saludó, con la reverencia y la sonrisa que su amo no podía ofrecernos, y nos dejaron solos.

Yo me quedé allí, mirando caer la nieve hasta que, justo antes del alba, cesó la borrasca; una escarcha dura cubrió la tierra, y a la mañana siguiente había una luz como de acero.

El carruaje de La Bestia, de un modelo elegante aunque anticuado, era negro como una carroza fúnebre; tiraba de él un brioso capón negro que resoplando y piafando sobre la nieve apisonada parecía querer insuflarme, con su vivacidad y su alegría, alguna esperanza de que no todo el mundo estaba aprisionado en el hielo como lo estaba yo. Yo siempre había pensado como Gulliver que los caballos son mucho más nobles que nosotros, y aquella mañana, de haber tenido la posibilidad, habría partido con él de mil amores hacia el reino de los caballos.

El valet, sentado en el pescante y enfundado en una pulcra librea negro y oro, empuñaba un ramo de las malditas rosas blancas de su amo. Qué idea tan peregrina: como si un presente de flores pudiera reconciliar a una mujer con cualquier humillación. De un salto, con una agilidad sobrenatural, bajó del carruaje para depositarlo, ceremonioso, en mi mano renuente. Mi padre, arrasado en lágrimas, pide una rosa en prueba de que lo he perdonado. Cuando quiebro uno de los tallos me pincho un dedo y él recibe entonces una rosa embadurnada de sangre.

El valet se agachó para extender las alfombras a mis pies con una suerte de afrentosa obsecuencia, si bien olvidó por un momento su compostura para rascarse el cráneo por debajo de la rizada peluca blanca con un índice sorprendentemente flexible, mientras me ofrecía una de esas miradas que mi vieja nodriza solía llamar «pasadas de moda», irónica, ladina, con un dejo de desdén. ¿Y de lástima? No. Ninguna lástima. Tenía los ojos pardos y húmedos, el rostro sellado por la inocente astucia de un bebé anciano. Tenía el irritante hábito de parlotear todo el tiempo consigo mismo mientras empaquetaba las ganancias de su amo. Yo corrí las cortinillas para ocultarme el espectáculo de la despedida de mi padre; mi despecho era filoso como cristal quebrado.

¡Perdida a La Bestia! ¿Y cuál, me preguntaba, podría ser la verdadera naturaleza de su «bestialidad»? Mi aya inglesa me había contado la historia de un hombre tigre que ella había visto en Londres, cuando era pequeña, para atemorizarme, para que la obedeciera, pues yo era un diablillo revoltoso y ni su ceño adusto ni el soborno de una cucharada de dulce lograban someterme. Si no dejas de incordiar a las doncellas, mi preciosa, vendrá el hombre tigre y te llevará. Lo habían traído de Sumatra, en las Indias, decía; sus cuartos traseros estaban cubiertos de pelo y sólo de la cabeza a la cintura se parecía a un hombre.

Sin embargo La Bestia va siempre enmascarada; no puede ser que su cara sea semejante a la mía.

Pero el hombre-tigre, a pesar de su pelambre, podía asir un jarro de cerveza como cualquier cristiano, y bebérselo. Si ella, con sus propios ojos, lo había visto hacerlo bajo la insignia de la taberna The George, allá en los Upper Moor Fields, cuando era aún una niñita no más alta que yo y hacía pininos y hablaba a media lengua. Después, suspiraba añorando Londres, allende el mar del Norte y los años. Pero si esta jovencita no se portaba bien y no comía su remolacha cocida, entonces el hombre-tigre se pondría su negro capote de viaje forrado en piel, igualito al de tu papá, alquilaría el corcel de viento del Rey de los Elfos, cabalgaría a través de la noche rumbo a tu cuarto…

¡Y sí, mi tesorito! ¡Te comería de un bocado!

Con qué aterrorizado deleite chillaba yo, creyéndole a medias, a medias sabiendo que se burlaba de mí. Y había cosas que yo sabía no debía contarle. En nuestra dacha ahora perdida, donde las criadas riendo entre dientes me iniciaran en los misterios de lo que el toro hacía con las vacas, supe lo que le había sucedido a la hija del carrero. Chitón, chitón, no le cuentes a tu niñera que te lo hemos dicho; la hija del carrero, bizca, de labio leporino, fea como el pecado, ¿quién iba a quererla? Sin embargo, para su vergüenza, la panza comenzó a hinchársele en medio de las burlas crueles de los mozos de cuadra, y su hijo era hijo de un oso, se rumoreaba. Había nacido cubierto de pelos y con dientes; ésa era la prueba. Pero de grande llegó a ser un buen pastor, aunque nunca se casó, vivía en una cabaña en las afueras de la aldea y podía hacer que el viento soplase a su antojo en cualquier dirección, además de saber qué huevos se convertirían en gallos y cuáles en gallinas.

Los azorados campesinos llevaron una vez a mi padre una calavera con cuernos de diez centímetros de longitud a cada lado y se negaron a volver a los campos donde su humilde arado la perturbara a menos que el cura los acompañase; porque esa calavera tenía una mandíbula humana, ¿o no?

¡Cuentos de viejas comadres para asustar a los niños! Como si yo no supiera el porqué de esa excitación, ese cosquilleo agradable de los portentos supersticiosos de mi infancia el día en que mi infancia tocaba a su fin. Porque ahora era mi piel en este mundo mi único capital, y hoy yo haría mi primera inversión.

Habíamos dejado muy atrás la ciudad y ahora atravesábamos un vasto terraplén de nieve en donde los troncos mutilados de los sauces inclinaban las ciliadas cabezas por sobre las acequias cubiertas de escarcha. La bruma desdibujaba el horizonte y el cielo se cernía tan bajo que parecía flotar a un palmo por encima de nosotros. Hasta donde alcanzaba la vista, ni un alma viviente. Cuán famélica, cuán desnuda la estación muerta de este Edén espurio en el que todo fruto era quemado por la helada. Y mis frágiles rosas ya marchitas. Abrí la portezuela del coche y arrojé el difunto ramillete al lodo estriado y congelado del camino. Un viento cortante, glacial se levantó de pronto y desgranó contra mi rostro una seca pedrea de nieve pulverizada. La bruma se había levantado lo bastante para revelarme una perspectiva de fachadas de ladrillo, poco menos que una ruina, la inmensa trampa humana, la ciudadela megalomaníaca de su palazzo.

Era un mundo en sí mismo, pero un mundo muerto, un planeta extinguido. Vi que La Bestia compraba soledad, no lujo, con su dinero.

El caballito negro traspuso trotando con garbo las historiadas puertas de bronce que se abrían a la intemperie como las de un granero, y el valet me ayudó a descender del carruaje hasta las baldosas resquebrajadas del gran vestíbulo; a la tibieza de un establo, al olor dulzón del heno, al olor acre de la bosta. Un coro equino de relinchos rompió de pronto el silencio bajo el alto techo, las vigas encostradas por los nidos de las golondrinas del último verano; una docena de hocicos gráciles se alzaron de sus pesebres y se volvieron hacia nosotros, las orejas erguidas. La Bestia había cedido a sus caballos el uso del salón comedor. En las paredes, una pintura a tono, un fresco de caballos, perros y hombres en un bosque, donde frutos y flores crecían juntos en la misma rama.

El valet me tironeó cortésmente de la manga. Milord espera.

Las puertas que no cerraban y las ventanas rotas dejaban que el viento se colara por doquier y en todas direcciones. Subimos escalera tras escalera, nuestros pasos repiqueteando en el mármol. A través de arcadas y dinteles pude atisbar cámaras y recámaras que se abrían unas a otras como en un juego de cajas chinas hacia la infinita complejidad de las entrañas del palazzo. Nada allí parecía vivir, salvo el valet, el viento y yo; los muebles estaban cubiertos por fundas, los candelabros embozados en lienzos, los cuadros descolgados y de cara a la pared, como si el dueño de casa no soportara mirarlos. Un palacio desmantelado como si su habitante estuviera todavía por mudarse o nunca se hubiera mudado allí del todo; La Bestia había elegido, pues, vivir en un lugar despoblado.

El valet, con esos ojos suyos, pardos, elocuentes, me lanzó una mirada tranquilizadora, pero tan cargada de un extrañísimo desdén, que no alivió para nada mi desasosiego; y siguió andando a los brincos delante de mí sobre sus piernas combadas, parloteando sin cesar consigo mismo. Yo erguí la cabeza con altanería y lo seguí; pero, pese a todo mi orgullo, la congoja me oprimía el corazón.

Milord tiene su guarida en la cumbrera del palacio, un cuarto pequeño, sofocante, casi a oscuras; los postigos siempre están cerrados, incluso a mediodía. Cuando llegamos a esa aguilera, yo estaba sin aliento, y le devolví el silencio con que él me saludó. No iba a sonreír. Él no puede sonreír.

En la soledad de su retiro, rara vez turbada, La Bestia viste un ropón de diseño otomano, una holgada bata púrpura bordada en oro alrededor del cuello, que cae desde sus hombros y le oculta los pies. Las patas del sillón en que se sienta son barras bellamente talladas. Esconde las manos en las amplias mangas. La obra maestra artificial de su cara me sobrecoge. Un pequeño fuego en la modesta grilla del hogar. Un viento huracanado sacude los postigos.

El valet tosió. A él le incumbía la delicada tarea de transmitirme los deseos de su amo.

—Mi amo…

Un leño cayó sobre la grilla; en el silencio de muerte, resonó como un estampido; el valet se sobresaltó, perdió el hilo de su discurso, volvió a empezar.

—Mi amo tiene un solo deseo.

Esa fragancia espesa, voluptuosa, salvaje en la que Milord se había empapado la víspera, flota alrededor, sube en volutas azules desde la boca de un precioso pebetero chino.

—El único deseo.

Ahora, ante mi impasibilidad, perdida ya su irónica compostura, el valet titubeaba pues el deseo de un amo, por muy trivial que sea, puede parecer una insoportable insolencia en boca de un criado y era evidente por lo demás que su papel de intermediario le resultaba en extremo embarazoso. Carraspeó; tragó saliva y logró al cabo soltar una parrafada sin puntos ni comas.

—El único deseo de mi amo es contemplar a la hermosa señorita desnuda sin su vestido sólo una vez después de lo cual será devuelta intacta a su padre con órdenes bancarias por la suma que él perdió con mi amo a las cartas amén de hermosos regalos como ser pieles, joyas y caballos.

Yo aún seguía en pie. Durante esta entrevista mis ojos se hallaban al nivel de los suyos, que ahora, detrás de la máscara, rehuían los míos como si —dicho sea a su favor— se avergonzara de aquello que de mí pretendía en el mismo momento en que su vocero lo enunciaba en su nombre. Agitato, molto agitato, el valet se retorcía las manos enguantadas de blanco.

—Desnuda.

Yo apenas podía dar crédito a mis oídos. Solté una bronca risotada; ¡una señorita no debe reírse de esa manera!, me reconvenía a menudo mi vieja nodriza. Pero yo lo hacía. Y lo hago. Ante el estallido de mi hilaridad cruel, despiadada, el valet bailoteó unos pasos hacia atrás, desconcertado, estrujándose los dedos como si fuera a arrancárselos, recriminando, implorando sin palabras. Yo sentí que era mi deber formularle mi respuesta en el más exquisito tuscano que mi lengua pudiera concitar.

—Podéis, señor, encerrarme en un cuarto sin ventanas, y yo os prometo que levantaré mi falda hasta la cintura para recibiros. Mas una sábana ha de cubrir mi rostro, para ocultarlo; pero una sábana lo bastante fina y ligera para que no me ahogue. Así, estaré completamente cubierta de la cintura para arriba. Y a oscuras. Acto seguido, deberé ser conducida directamente a la ciudad y depositada en la plaza pública enfrente de la iglesia. Si deseáis darme dinero, lo recibiré complacida. Mas he de puntualizar que sólo deberéis darme la misma cantidad de dinero que daríais a cualquier otra mujer en iguales circunstancias. No obstante, si no queréis hacerme un regalo, en vuestro derecho estáis.

Qué placer experimenté al advertir que había herido a La Bestia en carne viva. Pues al cabo de una larga docena de latidos, una lágrima, sólo una, brotó, rutilante, de la comisura del ojo enmascarado. ¡Una lágrima! Una lágrima, esperaba yo, de humillación. La lágrima tembló un instante en un filo de hueso pintado y luego resbaló por la pintada mejilla para caer, con un abrupto tintineo cristalino, en el suelo embaldosado.

El valet, siseando y cloqueando para sus adentros, me hizo salir a toda prisa del cuarto. Una nube malva del perfume de su amo se desplegó y nos siguió hasta el helado corredor, y allí se dispersó en los remolinos del viento.

Había una celda ya preparada para mí, una verdadera celda, sin ventanas, sin aire, sin luz, en las vísceras mismas del palacio. El valet encendió para mí una lámpara; una cama estrecha, un armario oscuro con tallas de frutos y flores emergieron de las sombras.

—Haré una horca con las sábanas y me colgaré —dije.

—Oh no —dijo el valet clavando en mí sus ojos grandes y súbitamente melancólicos—. Oh no, no haréis eso. Sois una mujer de honor.

¿Y qué estaba haciendo en mi cuarto él, esa saltarina caricatura de hombre? ¿Iría a ser mi carcelero hasta que yo me sometiera al capricho de La Bestia, o él al mío? ¿Me hallo por ventura en tan triste condición que no puedo siquiera tener una doncella? Como en respuesta a mi tácita pregunta, el valet batió una vez las palmas.

—Para paliar vuestra soledad, madame…

Golpes, y un castañeteo detrás de las puertas del armario; la puerta se abre de pronto y aparece una soubrette de opereta, con brillantes rizos color avellana, mejillas sonrosadas, ojos azules, movedizos; tardo un momento en reconocerla, con su pequeña cofia, sus medias blancas, sus enaguas festoneadas. Trae en una mano un espejo y en la otra una borla, y en el sitio en que debería estar su corazón hay una caja de música; y mientras se desliza hacia mí sobre unas ruedecitas diminutas, tintinea.

—Nada humano habita este lugar —dijo el valet.

Mi doncella se detuvo, hizo una reverencia; por una costura abierta al costado de su corpiño asoma la cabeza de una llave. Es una máquina maravillosa, el sistema de cuerdas y poleas más delicadamente balanceado del mundo.

—Hemos preferido prescindir de sirvientes —dijo el valet—. En cambio, por conveniencia y por placer, nos hemos rodeado de simulacros, y los encontramos tan satisfactorios como la mayoría de los caballeros.

Mi gemela mecánica se detuvo delante de mí, sus entrañas batiendo en un minué del settecento, y me ofreció el insolente clavel de su sonrisa. Clic, clic…, alza el brazo y a todo vapor me empolva las mejillas con una tiza rosada que me hace toser; luego planta su espejito frente a mí.

Y lo que yo vi en él no fue mi rostro sino el de mi padre, como si al llegar al palacio de La Bestia, al hacerme cargo de su deuda, hubiera adoptado su rostro. ¿Y qué, iluso imbécil, todavía estás llorando? Y borracho, por añadidura. Apuró de un trago su grappa y arrojó la copa a lo lejos. Al notar mi sorpresa y mi terror, el valet me quitó el espejo, lo empañó con su aliento, lo pulió con la palma de su puño enguantado y me lo devolvió. Ahora me vi yo misma, ojerosa al cabo de una noche en vela, lo bastante pálida para necesitar el colorete que me ofrecía mi doncella.

Oí girar la llave en la pesada puerta y los pasos del valet resonaron, alejándose, por el pasadizo de piedra. Entre tanto, mi doble seguía empolvando el aire, emitiendo su repiqueteante canturreo que sin embargo, como pude comprobar, no era inagotable; al rato empolvaba cada vez más lánguidamente, su corazón metálico latía lento en un remedo de fatiga, la música de su caja fue consumiéndose hasta que las notas de la melodía sonaron espaciadas como las gotas de una lluvia lenta y, como vencida por el sueño, finalmente cesó de moverse. Puesto que ella había sucumbido al sueño, no me quedaba más alternativa que imitarla; caí sobre la cama estrecha como si me hubieran derribado.

Pasó tiempo, no sé cuánto; de pronto el valet me despertó con bollos y miel. Rechacé la bandeja con un gesto, pero él la depositó firmemente junto a la lámpara, cogió de ella un pequeño estuche de piel de zapa y me lo ofreció.

Yo di vuelta la cara.

—Oh, mi señora. —¡Cuán dolida sonó su voz chillona! Con destreza abrió el broche de oro; sobre una almohadilla de terciopelo carmesí había un único pendiente de diamante, perfecto como una lágrima.

Yo cerré de golpe el estuche y lo tiré a un rincón. Ese movimiento brusco, súbito, debió de turbar el mecanismo de la muñeca; sacudió espasmódicamente un brazo, como para reprenderme, y dejó escapar el ondulante pedorreo de una gaviota. Luego volvió a quedarse inmóvil.

—Muy bien —dijo el valet, contrariado. Y me notificó que era hora de visitar nuevamente a mi anfitrión; no permitió que yo me lavara ni que me peinase. Había tan poca luz natural en el interior del palacio que no pude saber si era de día o de noche.

Se hubiera dicho que La Bestia no se había movido del sitio en que yo lo viera en mi visita anterior; seguía aún sentado en su enorme sillón, con las manos ocultas en las mangas, y hasta el aire enrarecido parecía el mismo. Yo podía haber dormido una hora, una noche o un mes, pero su inmovilidad de estatua, el aire sofocante eran los mismos. El incienso se elevaba aún del pebetero, trazaba en el aire el mismo arabesco. Ardía el mismo fuego.

¿Que me desnude para vos, como una corista, es eso cuanto queréis de mí?

—Contemplar la piel de una señorita que ningún hombre haya visto antes… —balbució el valet.

Yo deseé haberme revolcado en el heno con todos los mancebos de la hacienda de mi padre para no tener que soportar ahora este humillante regateo. Que él pidiera tan poco era la razón por la cual yo no podía concedérselo; no tuve necesidad de hablar para que La Bestia me comprendiera.

Una lágrima brotó de su otro ojo. Y entonces se movió; sepultó la carnavalesca cabeza de cartón con todo el encintado peso de su peluca entre… ¿sus brazos?; sacó… ¿sus manos? de las mangas y pude ver entonces sus zarpas peludas, sus garras filosas.

La lágrima cayó sobre su pelambre y rutiló. Y ahora, en mi cuarto, desde hace horas, oigo el afelpado ir y venir de esas zarpas del otro lado de la puerta.

Cuando el valet volvió con su plato de plata, tuve un par de diamantes de la más pura agua del mundo; arrojé este otro pendiente al mismo rincón. El valet cloqueó, ofendido, pero no volvió a invitarme a la guarida de La Bestia. Me sonrió en cambio, como para congraciarse, y en tono confidencial dijo:

—Mi amo dice: Invita a la señorita a una cabalgata.

—¿A qué?

Remedó vivamente el galope de un caballo y para mi asombro graznó desafinadamente:

—Ico ico caballito.

—Huiré. Galoparé hasta la ciudad.

—Oh no —dijo—. ¿No sois acaso una mujer de honor?

Batió las palmas, y mi doncella rechinó y castañeteó imitando la vida. Se deslizó rodando hasta el armario de donde había salido para sacar de él con su brazo sintético nada menos que mi traje de montar. Mi traje de montar, sí, el mismo que yo dejé en un baúl en la buhardilla de esa dacha en las afueras de Petersburgo que habíamos perdido hacía tanto tiempo, antes incluso de que emprendiéramos este loco peregrinaje al cruel Sur. El mismo traje de montar que había confeccionado para mí mi vieja nodriza, o bien una copia perfecta hasta el detalle del botón de la manga derecha que se me había perdido, y el desgarrón del ruedo sujeto con un imperdible. Hice girar la gastada tela entre mis manos, buscando una clave. El viento que corría veloz por el palacio hacía trepidar la puerta en su marco; ¿acaso el viento norte había traído hasta aquí mis vestidos a través de Europa? En mi país, el hijo del oso tenía el poder de dirigir los vientos a su capricho. ¿Qué democracia de magia tenían en común este palacio y aquel bosque de abetos? O tendría que aceptarlo como prueba del axioma que me había inculcado mi padre: que, si uno tiene dinero suficiente, cualquier cosa es posible.

—Ico, ico —sugirió el valet, ahora chispeante, visiblemente encantado ante esa confusión mía, mezcla de placer y perplejidad; la doncella mecánica sostenía mi chaqueta delante de mí, y como a desgana, dejé que me la pusiera, aunque en verdad me moría de deseos de salir al aire libre, de alejarme, incluso en semejante compañía, de aquel palacio mortífero.

Las puertas del salón dejaban entrar la claridad del día; descubrí que ya era plena mañana. Nuestras cabalgaduras, ya ensilladas y embridadas, bestias esclavizadas, nos esperaban sacando chispas de las baldosas con sus cascos impacientes, en tanto sus compañeros de establo holgazaneaban a sus anchas entre la paja, platicando entre ellos en el mudo lenguaje de los caballos. Una paloma o dos, el plumaje esponjado para protegerse del frío, iban y venían picoteando mazorcas de maíz. El caponcito negro que me había traído al palacio me saludó con un relincho cantarino que resonó en el salón brumoso como en una caja de resonancia, y supe entonces que era ése el que yo habría de montar.

Toda la vida he sentido adoración por los caballos, la más noble de todas las criaturas, tanta sensibilidad herida en sus ojos sabios, tal contención de la energía en los nerviosos cuartos traseros.

Saludé a mi reluciente compañero negro con caricias y arrumacos y él me respondió con un beso en la frente de sus labios suaves. Había una jaca pequeña e hirsuta ramoneando en la gramilla trompe l’oeil, bajo los cascos de los caballos pintados en la pared, y el valet, con una pirueta de saltimbanqui, la montó de un salto. Luego La Bestia, envuelta en una capa forrada de piel negra, fue a aposentarse en lo alto de una cariacontecida yegua gris. No un jinete nato por cierto; se asió a las crines como un marinero náufrago a su tabla.

Fría, aquella mañana, y sin embargo deslumbrante con esa enceguecedora luz del invierno que hiere la retina. Un viento escurridizo parecía acompañarnos, como si el enmascarado mudo lo llevara bajo la capa y lo soltara a su antojo, porque si bien desmelenaba las crines de los caballos no levantaba las neblinas de los bajíos.

Un paisaje desolado, los tristes pardos y sepias del invierno nos circundaban, la marisma se extendía, amenazadora, hacia el anchuroso río. Aquellos sauces decapitados. Aquí y allá, un pájaro en picada, su grito implacable.

Una profunda sensación de extrañeza se adueñaba de mí lentamente. Yo sabía que mis dos compañeros no eran, en modo alguno, como otros hombres, el lacayo simiesco y el amo de quien era portavoz, el de las garras, el que se confabula con las brujas que de sus pañuelos desatan los vientos hacia las fronteras finlandesas. Yo sabía que ellos vivían de acuerdo con una lógica distinta de aquella en la que yo había vivido hasta que mi padre en su humana desidia me abandonara a merced de las bestias feroces. El saberlo me producía aún cierto temor; pero, debo decirlo, no demasiado… Yo era una jovencita, una virgen, y los hombres, con toda su sinrazón, me negaban por lo tanto la racionalidad, así como se la negaban a todos los seres que no eran exactamente iguales a ellos. Si yo no veía ni una sola alma en todo aquel páramo de desolación que nos rodeaba, entonces nosotros seis —cabalgaduras y jinetes, unos y otros— no podíamos enorgullecernos de tener una sola alma entre nosotros, dado que las más sublimes religiones del mundo estipulan categóricamente que ni las bestias ni las mujeres fueron dotadas de esas cosas tenues, insubstanciales, cuando el buen Dios abrió las puertas del Edén y expulsó de él a Eva y su familia. Comprenderéis entonces que aunque no pretenderé que yo estaba enfrascada en especulaciones metafísicas mientras cabalgábamos a través de los cañaverales que bordeaban el río, meditaba, sí, acerca de la naturaleza de mi propia condición, de cómo había sido comprada y vendida, pasada de mano a mano. Esa doncella mecánica que me empolvaba las mejillas: ¿no me habían asignado a mí entre los hombres la misma suerte de vida imitativa que el fabricante de muñecas le asignara a ella?

Sin embargo, en cuanto a la verdadera naturaleza de ese ser, el mago con garras que montaba su pálida yegua en un estilo que me recordaba cómo montaban a caballo los leopardos de Kublai Khan cuando salían de caza, de ello no tenía ni la más vaga idea.

Llegamos a las orillas del río, un río tan ancho que no alcanzábamos a ver la otra margen, tan quieto en invierno que apenas si parecía fluir. Los caballos agacharon las testas para beber. El valet se aclaró la garganta, disponiéndose a hablar; nos encontrábamos en un paraje de perfecta soledad, cercado por un matorral de juncos, un desnudo cañaveral.

—Si vos no permitís que él os vea sin vuestra ropa…

Yo meneé involuntariamente la cabeza.

—… deberéis entonces prepararos para ver desnudo a mi amo.

El río rompió sobre los guijarros de la playa con un suspiro lánguido. Y yo me sentí de pronto al borde del terror, un terror pánico. Mi compostura me había abandonado. Fuera lo que fuese, yo no podría soportar semejante visión. La yegua alzó el goteante hocico y clavó en mí una mirada ansiosa, como apremiándome. Una vez más rompió el río a mis pies. Yo estaba lejos de casa.

—Debéis —dijo el valet—. Debéis hacerlo.

Al ver cuánto temía él que yo pudiera negarme, asentí.

Las cañas se encorvaron ante un súbito aullido del viento que trajo hasta mí una ráfaga del penetrante olor de su disfraz. El valet sostuvo la capa de su amo para ocultarlo de mi vista mientras le quitaba la máscara. Los caballos piafaban.

Jamás el tigre yacerá junto al cordero; él no admite pacto que no sea recíproco. El cordero ha de aprender a vivir en armonía con los tigres.

Una gran figura felina, la piel cobriza surcada por una salvaje geometría de barras del color de la madera quemada. La cabeza poderosa, abovedada, tan terrible que necesitaba esconderla. Qué sutiles los músculos, qué profunda la pisada. La aniquilante vehemencia de sus ojos, dos soles gemelos.

Yo sentí mi pecho abrirse, partirse en dos, como desgarrado por una herida maravillosa.

El valet avanzó unos pasos como si fuera a cubrir a su amo ahora que la señorita lo había conocido, pero yo dije: «No». El tigre, en virtud del pacto de no dañarme que hiciera con su propia ferocidad, permanecía inmóvil como una bestia heráldica. Era mucho más grande de lo que yo hubiera podido imaginar, yo que sólo había visto en el bestiario del Zar en Petersburgo aquellas pobres, desdichadas bestias con el dorado fruto de los ojos mustios ya, agostándose en el lejano Norte del cautiverio. Nada, nada en él sugería humanidad.

Y ahora yo, temblando, me desabroché la chaqueta para demostrarle que no le haría daño. Pero no me era fácil y hasta me ruboricé un poco, pues jamás hombre alguno me había visto desnuda y yo era una joven orgullosa. Orgullo era, no vergüenza, lo que me entorpecía los dedos de ese modo; y cierto temor de que esa frágil muestrecita de tapicería humana que tenía ante él pudiera no poseer la grandeza suficiente para satisfacer las fantasías que él había alimentado respecto de nosotros y que, imaginaba yo, se habrían acrecentado quizá hasta lo infinito durante aquella interminable espera. El viento tamborileaba en los juncos, susurraba y remolineaba en el río.

Yo exhibí a su silencio grave mi piel blanquísima, mis pezones encarnados, y hasta los caballos volvieron la cabeza para contemplarme, como si también ellos sintieran una curiosidad galante por la naturaleza carnal de las mujeres. La Bestia inclinó de pronto la poderosa cabeza; ¡basta!, dijo el valet con un gesto. El viento languideció, todo volvió a la calma.

Un momento después, los dos se alejaron juntos, el valet en su jaca, el tigre corriendo delante como un lebrel; y yo, yo caminé durante un rato por la orilla del río. Por primera vez en mi vida me sentía en libertad. Luego, el sol invernal comenzó a empañarse, algunos copos de nieve cayeron, dispersos, del cielo crepuscular, y cuando volví a los caballos encontré a La Bestia de nuevo montada en su yegua gris, encapotado y enmascarado, y una vez más en apariencia un hombre, en tanto el valet traía balanceando en una mano una buena cosecha de aves de río y el cadáver de un cervatillo atado a su montura. Yo me encaramé en silencio al lomo de mi caponcito negro y así volvimos al palacio mientras la nieve que caía cada vez más espesa borraba las huellas que antes dejáramos en el camino.

El valet no volvió a conducirme a mi celda sino a un boudoir elegante aunque anticuado con sofás de deslucido brocado rosa, el tesoro de un djinn en tapices orientales, y tintineos de caireles de cristal tallado. Desde sus candelabros de cornamenta de ciervo, las bujías arrancaban arcos iris de los corazones prismáticos de mis pendientes de diamante que ahora se hallaban sobre mi nuevo tocador, al pie del cual mi diligente doncella me esperaba, con su borla y su espejo. Con la intención de ponerme los pendientes en las orejas, cogí de su mano el espejo, pero éste se hallaba una vez más en uno de sus accesos de magia, y no vi en él mi propio rostro sino el de mi padre; en el primer momento me pareció que me sonreía. Luego vi que sonreía de pura autocomplacencia.

Estaba sentado, vi, en la salita de nuestra hostería, delante de la misma mesa en que me había perdido, pero ahora enfrascado en el recuento de una tremenda pila de billetes de banco. Las circunstancias de mi padre ya habían cambiado: bien rasurado, la barba pulcramente recortada, elegante ropa nueva. Y al alcance de su mano, junto a un cubo de hielo, una escarchada copa de vino espumante. La Bestia, evidentemente, había pagado contante y sonante su fugaz visión de mis pechos, y la había pagado sin demora, como si a mí el mostrárselos no hubiera podido costarme la muerte. Luego vi que los baúles de mi padre estaban empacados, listos para la partida. ¿Sería capaz de abandonarme así, tan tranquilamente?

Había una nota encima de la mesa, junto con el dinero, escrita con muy buena letra. Pude leerla con toda claridad. «La señorita llegará de un momento a otro». ¿Alguna ramera con quien ya habría negociado una liaison a expensas de su botín? Nada de eso. Porque en ese mismo instante el valet llamó a mi puerta para anunciarme que podía abandonar el palacio cuando quisiera, y traía colgado del brazo un hermoso abrigo de cibelinas, mi pequeña y exclusiva gratificación. El regalo matutino de La Bestia, en el que se proponía empaquetarme y despacharme.

Cuando volví a mirar el espejo, mi padre había desaparecido y lo que vi fue a una joven pálida, ojerosa, a quien casi no reconocí. El valet me preguntó con toda cortesía cuándo debería preparar el carruaje, como si no dudara de que yo me marcharía con mi botín en la primera oportunidad, en tanto la doncella, cuyo rostro no era ya la viva imagen del mío, continuaba sonriendo bonachonamente. La vestiré con mi ropa, la empaquetaré y la expediré para que haga el papel de la hija de mi padre.

—Déjeme sola —dije al valet.

Él ya no necesitaba cerrar la puerta con llave. Yo me puse los pendientes en las orejas. Eran muy pesados. Luego me quité el traje de montar y lo dejé en el suelo. Pero al llegar a la camisa, se me cayeron los brazos. No estaba acostumbrada a mi propia desnudez. Tan poco habituada estaba a sentir mi propia piel, que desvestirme por completo, ir quitándome una a una hasta la última prenda, era como si yo misma me estuviera desollando. Reflexioné que La Bestia había pedido una pequeñez, en comparación con lo que yo estaba dispuesta a ofrendarle. Mas para nosotros los humanos no es natural andar desnudos desde que por primera vez ocultáramos nuestras partes pudendas con hojas de higuera. Él había pedido lo abominable. Yo sentía un dolor tan atroz como si estuviera arrancándome uno tras de otro sucesivos pellejos. Y la muchacha sonriente plantada allí, absorta en la nada de su quimérica simulación de vida, viendo cómo me despellejaba yo hasta la fría, blanca carne de subasta; y si ella no me veía, tanto mayor aún la semejanza con la plaza del mercado, donde los ojos que te examinan no tienen en cuenta tu existencia.

Era como si toda mi vida, desde que abandonara el Norte, hubiera pasado bajo la mirada indiferente de ojos como los suyos.

Al fin quedé desnuda, desnuda como un hueso, salvo sus lágrimas irreprochables.

Me arrebujé en las pieles que debía devolverle para que me protegieran de los vientos lacerantes que soplaban por los corredores. Conocía el camino hasta su guarida sin el valet que me guiara.

Ninguna respuesta a mi vacilante llamado a su puerta.

De pronto el viento trajo al valet revoloteando por el pasadizo. Sin duda había decidido que, si alguien se desnudaba, todos podían desnudarse; sin su librea reveló ser, como yo había sospechado, una criatura delicada, cubierta de una piel grisácea y sedosa, dedos pardos, flexibles como cuero y un morro de color chocolate, la criatura más dulce del mundo. Bisbiseó un momento al ver mis magníficas pieles y mis joyas, como si yo me hubiese engalanado para la ópera y, ceremoniosamente, con gran ternura quitó las cibelinas de mis hombros. Al instante, las cibelinas se transformaron en una jauría de ratas negras, cuchicheantes que de inmediato repiquetearon escaleras abajo sobre sus piececitos pequeños y duros, y desaparecieron de la vista.

Con una reverencia, el valet me introdujo en el cuarto de La Bestia.

La bata púrpura, la máscara, la peluca yacían sobre el sillón, un guante plantado en cada brazo. La vacía casa de su disfraz estaba allí, a su alcance, pero él la había abandonado. Había un fuerte olor a piel y a pis; el pebetero yacía en el suelo hecho añicos. Dispersas, a medio quemar, astillas del fuego extinguido. Una vela adherida al manto de la chimenea encendía dos llamas pequeñas en las pupilas de los ojos del tigre.

Iba y venía, iba y venía agitado de un lado a otro, la punta de su pesada cola se sacudía espasmódicamente mientras recorría a lo largo y a lo ancho su prisión entre los huesos roídos y sanguinolentos.

Te tragará de un bocado.

Los miedos infantiles hechos carne y nervio; el primero y el más arcaico de los miedos, el miedo a ser devorado. La bestia y su carnívoro lecho de huesos y yo blanca, temblorosa, cruda, acercándome a él como si le ofreciera, en mi entrega, la llave de un reino apacible en el que su apetito no tenía por qué ser mi extinción.

Él se había detenido como petrificado. Tenía mucho más miedo de mí que yo de él.

Yo me acuclillé sobre la paja húmeda y extendí una mano. Ahora me hallaba dentro del campo de fuerza de sus ojos dorados. Él gruñó desde el fondo de su garganta, agachó la cabeza, se dejó caer sobre sus patas delanteras, rugió, me mostró sus fauces rojas, sus dientes amarillos. Yo no me moví. Él husmeó el aire, como para oler mi miedo; no pudo.

Lenta, pausadamente empezó a arrastrar hacia mí a través del suelo la pesada mole de su cuerpo rutilante.

Una trepidación tremenda, como la del mecanismo que hace girar la tierra, llenó el pequeño cuarto; él había empezado a ronronear.

El dulce estruendo de ese ronroneo sacudió los viejos muros, los postigos batieron las ventanas hasta abrirlas al fin de par en par para dar paso a la luz blanquísima de la luna de nieve. Las tejas caían de las cumbreras; yo las oía estrellarse allá abajo contra las losas de la explanada. Las repercusiones de aquel ronroneo remecían los cimientos del palacio, las paredes empezaban a danzar. Yo pensé: «Todo se derrumbará, todo acabará por desintegrarse».

Él siguió arrastrándose hacia mí, más cerca, cada vez más cerca, hasta que al fin sentí el áspero terciopelo de su cabeza sobre mi mano, luego una lengua, abrasiva como papel de lija. «Me lamerá hasta desollarme».

Y cada lamida de su lengua iba arrancándome piel tras piel, todas las pieles de una vida en el mundo, y descubría una naciente pátina de brillante pelaje. Mis pendientes volvieron a trocarse en agua, y cual lágrimas resbalaron sobre mis hombros; yo sacudí las gotas de mi hermoso pelaje.


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