Texto aleatorio

Es curioso a veces cómo, tras apartar cualquier rama al lado del camino, puedes encontrarte por sorpresa ante un resplandeciente lago de cisnes en el que nada majestuoso, mirando al cielo, cualquiera de aquellos patitos feos que se paseaban tambaleantes por las horas más grises de los días pasados. Quien obra el maravilloso prodigio no es otro que ese mismo tiempo que a mí, por el contrario, sólo me ataca y me envejece. Esa misma garra que a unos nos hace sangrar, se transforma para otros en caricia, abanico o sabio cincel.

La muchacha reapareció un día, toda perfumada y con los hombros desnudos, y mi memoria incrédula no supo si reconocer en ella a la jovencita que, con su mismo nombre, asistía con un chándal gastado a mis clases de literatura en el instituto no muchos cursos atrás y me miraba desde la tercera fila mordisqueando un lápiz. Tras ese encuentro sorpresa de miradas rápidas y desconcierto de agendas y preguntas cruzadas junto a los anaqueles de una librería del centro atestada de gente que nos empujaba suavemente pidiendo perdón, ninguno de los dos quisimos que aquello terminara allí, sin darle un brillo de cava y mesita junto a la ventana en cualquiera de esos restaurantes pequeños y mal iluminados en los que soñar es lo más fácil del mundo, entre porcelanas y espejos desgastados, más cerca del cine que de la calle. Allí supe que ella, tiempo atrás, había estado fantaseando conmigo y que me miraba a escondidas de una forma diferente a como yo creía, y entre aquellas velas encendidas amé por primera vez la palabra «Susana», y también la palabra «morbo» tal como salía de esos labios que eran ya una loca promesa.

Ella tenía que marcharse en seguida para continuar con su vida de música sin fin, de sábados y coca entre examen y examen en su facultad bilbaína de periodismo. Nos vimos un par de veces antes de que eso ocurriera, nos besamos dulcemente en el atardecer de algún parque helado, bajo la oscuridad de las farolas apedreadas por amantes más resueltos que nosotros. Supe de su lengua lenta y de la suavidad de su cuello y de sus brazos. Apenas unos instantes, escasamente un par de tardes robadas a los recados domésticos y, en definitiva, a la férrea realidad de esa vida mía en cuyas cuadrículas Susana no tenía cabida. Y mucho menos la Susana que me miraba así, acurrucada en el banco, con esa entrega que nacía de algún temblor minúsculo bajo su falda, los abrigos desabrochados en la noche tan fría, sus ojos como pavesas, su dulce rendición. Claro que iré a verte, Susana. Claro que pronto. Claro que de verdad. Al besarme, dejaba caer los brazos como un boxeador vencido, y todos los demonios, todas las luchas y las fatigas se las llevaba lejos esa frágil suavidad resbalando en mis manos. El cielo, sobre nuestras cabezas, era una inmensa mirada negra, tenía esa oscuridad aviesa como de Biblia de hotel.

Nos escribíamos cartas cada día más febriles y hablábamos por teléfono una vez a la semana, casi siempre de amor, ella de sus pequeños desengaños y de todos los sueños del mundo, y yo de mi vieja sed de intensidad, de mis ganas de que ocurra algo y de cómo me resisto todavía, a pesar del cansancio, a caer vencido en un pozo de modorra y días repetidos. No le dije nada de cómo la culpa me atenaza apenas empiezo a ser un poco feliz ni de la enfermiza añoranza de madriguera y casi de cadenas cada vez que me alejo unos pasos y el viento de la noche me azota en la cara. De todo eso no supe decirle nada, ni del miedo, ni de la manera que tiene la libertad de llenarme de arañas la conciencia. Se diría que he vivido de pie sobre un andén, viendo marchar los trenes entre montañas de humo, rumbo a los confines más vertiginosos.

Y luego empezaron a pasar los meses. Llegaban sus cartas a escondidas, y a escondidas también, volaban hacia el norte las contestaciones, postales encendidas, hojas secas y apresuradas notas en servilletas de bar, lo que le haría si estuviese a su lado, lo que le diría al oído, las carreteras perdidas por las que podríamos huir, con sus pies en el salpicadero del coche, con una lata de cerveza abierta en una mano y la otra cambiando continuamente de emisora en busca de nuestra canción entre todas las canciones del mundo, entre la vorágine hostil de ruidos y palabras que se cruzan en el aire incansablemente. Soñábamos por escrito con bares de frontera, de ésos en los que nunca sabes con qué clase de monedas funciona la sinfonola, y con un par de botas camperas para cada uno, iguales y llenas del polvo de los mismos caminos; fantaseábamos con noches de insomnio en moteles de mala muerte, con vistas a una gasolinera semiabandonada y nuestro coche aparcado en el porche frente a la puerta de la habitación, junto a una máquina de hielo destartalada. Así de simple y sucia era nuestra visión del paraíso entonces: un mapa de carreteras extendido sobre las sábanas, el somier medio tronchado de tanto amor, de tantas canas al aire y tantas putas y tantos viajantes desesperados. Claro que lo haremos, Susana, claro que iré a buscarte.

Pero no iba. Nunca iba. Era tan fácil como coger por banda a mi mujer y decirle que tenía que marcharme unos días con cualquier excusa, hoy en día todo son cursillos y congresos, el mundo está lleno de gente que se pasa la vida metiendo mudas en maletines, liquidando dietas, pidiendo resguardos en taxis y cafeterías, no hay quien no lleve en la guantera su talonario con cheques de hotel y gasolina. Nadie se queda quieto, salvo yo. En realidad no sé bien a qué tenía miedo, no era tanto el temor a que se acabara de desmoronar del todo un matrimonio que ya hacía aguas por los cuatro costados como el pánico a que ella me mirase como se mira a un traidor, quizás a alguna lágrima suya que se escaparía sin duda, al mar de preguntas, a no encontrar las palabras y quedarme allí, sonrojado e inerme, culpable de meter en nuestras vidas el veneno de la desconfianza y el fantasma del fin. Miedo también a hacerle daño, siempre medio enferma, con su bata raída de andar por casa, siempre medio cosiendo, medio viendo la tele, miedo de su tristeza, de esa tristeza suya de tardes de costura con mala luz y boleros de abandono y meriendas de café con leche en la mesa de la cocina y juventud que se escapa rauda, como la sangre de una vena acuchillada, a toda velocidad, bragas cada día más grandes, tallas holgadas, ganas de llorar a veces porque sí simplemente, cremas y más cremas en la repisa del lavabo, gafas para casi todo. Esa tristeza como de falta de aire. Iré a verte, Susana, ya verás como sí, encontraré el modo. Encontraré el momento, encontraré la forma de decirle que me voy unos días, un par de días aunque sea, un día. Llegaré al lugar en penumbra en donde duermes desnuda y retiraré despacio la sábana que esconde tu suavidad salvaje, ya lo verás, y me acurrucaré con la cara escondida entre tus pechos mientras al otro lado de la ventana suena en sordina el tráfico sobre el suelo mojado, los autobuses de turistas que se dirigen somnolientos al Guggenheim, las furgonetas de reparto, los coches de la policía de aquí para allá, nos amaremos mientras el agua cae mansamente sobre un Bilbao de sombras y árboles grises. Lo haré, mi vida, pero ahora está durmiendo en el sofá y el libro se le ha quedado abierto sobre el pecho, y la veo ahí, Susana, y siento espanto de un dolor que casi puedo tocar, junto a sus ojos cerrados, enredado entre sus dedos. Ella no entendería que quisiera irme, nos hacemos compañía aquí, yo voy siempre a comprar el pan, cada noche le extiendo una pomada por la espalda, escuchamos la radio hasta la madrugada. Ella tiene su genio, y no lo sé, lo mismo mete las narices en todo que ni respira para no molestar. No estoy seguro, pero a lo mejor nuestras vidas por separado tienen que ser por fuerza como túneles oscuros, cuando tú te canses de mí y regreses a tu mundo de sábados girando en la pista y muchachos que ríen apoyados en coches rojos, con sus gafas de sol y su vida por delante.

Varias veces estuve a punto de decírselo. Pero, aun con el tono bien ensayado ante el espejo y decididos cuidadosamente hasta los más pequeños detalles de la coartada, me acababa echando para atrás a la hora de la verdad. En realidad nunca era urgente, Susana siempre estaba allí, lejana y suave, y aunque a veces se ponía dramática por teléfono y me torturaba dulcísima con el relato jadeante de su urgencia de mí, en el fondo se hacía cargo de las cosas, o eso decía, quería creer que el día menos pensado le daría la sorpresa y apenas un par de horas para preparar la maleta hacia ninguna parte.

Un día sonó el teléfono en mi despacho y la voz desconocida de una amiga suya me informó de que Susana había muerto esa madrugada en un accidente de tráfico. Y entonces me rebelé. Nada más colgar el aparato empecé a sentirme como el hombre más cobarde del mundo, me juré que nunca más me paralizaría el miedo. Todo ese dolor, en lugar de llanto, tomó la forma de un gran puñetazo en la mesa. Y si no había sido capaz de amarla en vida como se merecía, si no había sido capaz de ir a buscarla y escapar con ella por las carreteras del mundo, al menos iría al entierro, fuese donde fuese, así tuviese que atravesar Europa en llamas.

Poseído por esa ira que sólo regala la muerte, llegué a casa y fui directamente hacia donde estaba mi mujer. «Tengo que irme unos días», le espeté a bocajarro. Ya no había marcha atrás. Ella me miró con toda la tranquilidad del mundo y me dijo que le parecía bien, que estaba como tenso últimamente y me vendría bien un cambio de aires. Me preguntó si quería su ayuda para preparar la maleta. Y entonces sí que tuve que salir corriendo a ocultarme porque ya rompía a llorar. Por todo lo perdido, por Susana muerta, por mi pobre vida de figura sombría anclada para siempre en un andén de invierno.

Y con esta libertad de siempre recién conocida, he querido extender los brazos hacia el tiempo pasado, pero de aquel majestuoso tren que se alejaba despacio de las estaciones de ayer bajo una nube inmensa de vapor no queda nada que no sea puro alquitrán, maleza entre los raíles y un oscuro rastro de ceniza.


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