Texto aleatorio

En esa época ninguno teníamos calefacción en casa. A lo sumo usábamos esos radiadores eléctricos que a duras penas conseguían dar al frío de las habitaciones un olor como a tostadora recalentada, a plomos siempre a punto de saltar. Todos los amigos del barrio sabían que yo estaba pasando una mala época, se temían que volviera de nuevo a las andadas y empezara otra vez a pasar las noches en vela, bebiendo ginebra y escuchando todos aquellos discos antiguos que más tarde o más temprano acababan haciéndome llorar, Joni Mitchell y ese tipo de cosas, mientras afuera pasaba el tiempo sin mí, como los autobuses medio vacíos del invierno o el viento que de madrugada silbaba entre las grúas. Cada dos por tres se dejaban caer por mi casa, solos o en parejas, e intentaban convencerme para salir a ver alguna película y estirar de paso las piernas, comer algo en cualquiera de las tabernas cercanas y respirar un poco de aire fresco. Todo menos pudrirse ahí, decían, en esa cueva de humo y álbumes desparramados por el suelo, recuerdos y ceniza, con la manta sobre las rodillas y el viejo cuaderno azul de los poemas abierto siempre por la misma página. A veces lo conseguían y a veces no. Pero siempre, después de que se hubieran ido, descubría en la nevera cosas que antes no estaban, embutidos envueltos en papel de plata y fiambreras de plástico con albóndigas en salsa.

A mí no es que me encantase estar ahí, estar así, hundido en aquel pozo de música y cansancio, pero qué queréis que os diga, Gabriela se había ido y yo no andaba precisamente sobrado de ganas de hacer planes, ni siquiera para burlar la angustia durante unas horas y conseguir pasar sin pena ni gloria la tarde de un domingo. Sentía cómo mi vida se venía abajo por momentos, igual que una torre de adobe sobre la que se vacía el cielo de repente, y quería sentir a solas ese dolor que me pertenecía como ninguna otra cosa en el mundo porque era en realidad mi amarga cosecha, la estación gris a la que me habían conducido cada uno de mis pasos de un tiempo a esta parte, cada resbalón, cada minuto, las cervezas de más, las caricias de menos, todas las palabras hasta entonces, las que pronuncié y las que quedaron rotas en la garganta, las noches sin rumbo, la tinta derramada.

Sin embargo, salía bastante más a menudo de lo que mis amigos suponían, lo que ocurre es que prefería hacerlo a solas, perderme por esas tascas de la calle Berruguete donde grupos de abuelos jugaban al mus bebiendo moriles, caminar a la deriva doblando al azar cada esquina, comprar el periódico, tirarlo después en cualquier papelera, sin nadie que vigilase a cada momento si sonreía o no, si estaba tranquilo, y si además de las cañas iba metiéndome algo sólido en el cuerpo. Por lo demás, intentaba escribir, poner un poco de orden en mis ideas y, a ser posible, reflotar los restos de alguno de los sueños sumergidos en todo ese tiempo de naufragios y miedos torrenciales. No se me daba bien, lo reconozco, había querido a esa chica como a mis más dulces esperanzas y ahora los peores recuerdos me asaltaban a veces como formaciones de insectos en la oscuridad, fotogramas fugaces mostrando un clavel, un instante, una época dorada que se deslizó mientras mirábamos a otra parte, un beso interminable bajo la lluvia que, pasado un poco de tiempo, sirve ya sólo para doler.

Una mañana se presentaron en casa un grupo de aquellos amigos y, aprovechando mis horas bajas, esa debilidad como de musgo en los huesos que me atravesaba a veces, se las arreglaron para meterme en un coche rumbo a Cercedilla, un pueblo de la sierra de Madrid donde la hermana de uno de ellos poseía una de esas casas de piedras heladas con un pequeño huerto adosado en la que vivía con su novio, o como se diga, haciendo albarcas y objetos de cerámica todo el día, y una especie de queso que preferiría no tener que recordar ahora (en fin, ellos lo llamaban queso). La consigna era sacarme a toda costa del oscuro agujero, apartarme como fuese de un ambiente que, a su manera de ver, me mantenía paralizado y con los nervios rotos, rondado por sombras de locura, medio envenenado y al borde de todos los abismos.

Allí me dejaron durante toda una semana, prisionero del silencio y de aquella extraña pareja, tan espiritual y saltarina a un tiempo, que se afanó amablemente en mantenerme ocupado dando paseos bajo la llovizna, buscando setas y no sé qué otras mierdas por senderos imposibles. Asábamos patatas y por las tardes jugábamos al parchís, a veces uno de los dos se ponía a tocar la guitarra sentado en el suelo, ¿qué otra cosa podía hacerse si no había nada más que árboles y rocas en medio del frío, un viento del demonio y puertas cerradas a cal y canto? Estaba eso y un par de cintas de música china, quemar barritas de sándalo o regar las plantas. Para leer, aparte de Demian y El tercer ojo, sólo había por ahí unas cuantas revistas de yoga, manuales para el cultivo ecológico de hortalizas y algún que otro libro manoseado sobre eso que llaman crecimiento interior y que a mí, particularmente, me ha dado siempre un asco insuperable. Ni siquiera sé a ciencia cierta si existen tales cosas, pero yo juraría haberme visto obligado a tener que ingerir durante esa semana yogures con sabor a pino, infusiones de champiñón servidas en teteras de barro, mermeladas agrias de todos los colores y una especie de bicho blanco al que llamaban kéfir y que vivía encerrado en un tarro de cristal. Cuando por fin acudieron a rescatarme, de mi dignidad no quedaban sino vagos vestigios dispersos entre las arañas y demás habitantes de aquella verde extensión de hastío.

De regreso al barrio pude sentir esa felicidad que sobrevuela los viernes por encima de los tejados, entre gatos y sábanas tendidas, como promesa del perfume de música que llegará más tarde, a la hora de la seda y el neón. Pero cuando pasé por casa para dejar la bolsa de viaje comprobé que algo había cambiado: todas mis cosas se encontraban en orden y no había polvo en los muebles ni cacharros sucios en la fregadera. Los discos que en el momento de mi partida se habían quedado esparcidos por el suelo estaban ahora en el fondo de un armario y sobre el jarrón de cristal de la mesa camilla destacaba brillante un gigantesco ramo de flores. No había nadie en casa pero estaba claro que Gabriela había vuelto, todo se hallaba tocado por esa ternura invisible que su mirada derramaba sobre las cosas, allí estaba de nuevo toda su ropa, acaricié sus faldas, y quizá como un idiota, me puse a llorar despacio hundiendo el rostro en uno de sus vestidos: Gabriela, vida mía, has vuelto y me perdonas, y exterminas este tiempo de negro extravío, de buscarte sólo en las canciones, en miradas de papel, en rincones del pasado como llaves viejas que en su momento abrieron puertas que ya han ardido en las hogueras del mundo. Y vuelves a llenar, Gabriela, suave hada reaparecida en este nido de batallas, mi vida de tu perfume y de sentido.

Entonces vi una nota escrita con su letra que había dejado sobre una de las almohadas. Venía a decirme eso, que había vuelto, aunque ese día lo pasaría fuera, en casa de sus padres, y no podríamos vernos hasta última hora de la tarde. Decía también que había estado pensando todo este tiempo, dándole sin parar vueltas y más vueltas a la cabeza, hasta dar con el origen de nuestro mal y también con su solución probable. Mira, cielo, me decía, la culpa de todo la tiene esta ciudad, el ajetreo, la velocidad, tanto ruido que se nos acaba metiendo en la sangre queramos o no, como una ponzoña que nos va pudriendo sin que podamos sentirlo. La salida estaba, según Gabriela, en que nos fuésemos al campo, ella y yo, a respirar un aire atravesado de pájaros, salir adelante con lo mínimo, empezar de nuevo, plantando nuestras propias cebollas, ella aprendería a tejerse la ropa y no sé cuántas cosas más haría, conservas de tomate, centros de flores secas y cucharas de boj; yo podría terminar de una vez por todas aquella maldita novela, De lenguajes y destinos, que hasta el momento no había pasado de ser una docena de folios manchados de ginebra.

No daba crédito a lo que estaba leyendo. Lamentablemente, aquello no tenía pintas de ser una broma. Nombraba incluso una casita apalabrada cerca de Balsaín. Gabriela ya había coqueteado otras veces con ese tipo de proyectos; desde tiempo atrás había mostrado, podríamos decir, cierta inclinación romántica y enfermiza hacia esas escenas borrosas con tarros de miel y bicicletas blancas. Anteriormente ya había conseguido provocarme cierto pánico hablándome de cómo la luna llena puede llegar a reflejarse sobre los ríos, de grillos y de violetas, y de todo lo que nos estábamos perdiendo por vivir bajo este cielo sin estrellas.

Creo que ni siquiera terminé de leer la carta. Recogí a toda prisa mis escasas pertenencias, todos los inútiles tesoros que nunca he sabido tirar. Metí también mis libros en cajas de cartón, la máquina de escribir, aquellos viejos discos que de milagro no estaban ya en la basura, un poco de ropa, mi boina del Che, y contraté por teléfono uno de esos destartalados taxis de mercancías que por entonces tenían parada en la parte de arriba de la calle Ávila, junto al viejo colegio Zumalacárregui. Tres cuartos de hora después ya estaba en la puerta de un amigo de antaño, pidiéndole de rodillas asilo por piedad.

CODA

Ciudad. Ciudad, miro por la ventana y no sé qué cosa decirte. Te tengo ante mis ojos como aletargada, y sin embargo sé que estás despierta, con todas esas luces que se extienden a lo largo de la oscuridad. Se puede sentir la vida latiendo ahí abajo, como un pulpo que agoniza, en cada instante de tu asfalto salpicado de orines y de putas; y de todas las historias que, al volar, me pasan rozando. No sé qué has hecho conmigo. En qué momento sucio me sedujiste sin retorno, si fue la música desgarradora que te mece, esa vertiginosa noche que sin ti no existiría, borracha de sedas y venenos, o la forma en que el agua de todas las lluvias se desliza calle abajo, junto al bordillo, arrastrando cucarachas y colillas. No lo sé. Ni entiendo por qué dejas rotos por los suelos mis amores, todas las tentativas de huida, como palomas destripadas en la cuneta tras el paso de un taxi despavorido. Y sin embargo vuelvo a ti, una y otra vez, siempre que me llamas como esos gatos hambrientos de los jardines del canal de Isabel II que persiguen a los paseantes desde el otro lado de la verja de hierro. No comprendo por qué siempre acabo diciendo que sí, por qué invariablemente termino por cerrar los ojos para saltar, con el deseo afilado, como un cuchillo de corsario entre los dientes, al vórtice de aguas negras donde sombras que llevan los nombres de tus calles aguardan soñando la perdición de mi sangre.


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