Marchan por la llanura, los titanes de la Legio Praesagius, los gigantes mecánicos de los Auténticos Mensajeros. Las sombras de estas bestias colosales pasan por encima de edificios bajos, eclipsando los patios de maniobras de las afueras de Ithraca mientras un titán sigue a otro en fila india. El terreno tiembla bajo el golpe sordo de sus pasos lentos y pesados.
El Grupo de Batalla Argentus cierra la marcha de la larga fila, la tercera de dichas formaciones en la columna. A la cabeza avanza a grandes zancadas Evocatus, un gran Warlord, la más grande de las máquinas, cuyo esqueleto de adamantium fue erigido hace ya mil años.
Tras el Warlord van el Victorix, el Corredor de la Muerte y el Lobo de Fuego. Clasificados como titanes exploradores, los Warhound siguen teniendo una altura de muchos metros, son capaces de arrasar compañías enteras y son cazadores en jauría que pueden competir con las máquinas de guerra de mayor tamaño.
A continuación va el Inculcador, una máquina clase Reaver, el más fiable de la fila, cuyo sistema de armamento puede arrasar manzanas enteras y acabar con adversarios menores en un instante.
Máquinas de guerra antiguas, que ya eran viejas incluso cuando empezó la Gran Cruzada, avanzando decididas hacia el campo de revista. Viejas salvo por una máquina; el Vigilante cierra la marcha del grupo de combate. Puesto en servicio recientemente, los colores distintivos azul y dorado de este titán Reaver están recién pintados, los hilos de los estandartes que cuelgan de trípodes de armas son de colores brillantes, y el metal reluce con ungüentos y aceites benditos aplicados no hace mucho.
El comandante del Vigilante lidera el grupo de combate. El princeps senioris Mikal, veterano de muchas batallas, oye la orden del general de detenerse. Introduce su consciencia más profundamente en la unidad de impulso mental de su máquina de guerra para inspeccionar la escena, sus sentidos pasan de visión, sonido y tacto a óptica termal, audición de frecuencias y resonancia táctil.
Por un momento se siente débil, un hombre de carne y hueso con un corazón que late despacio intentando domar a un coloso de metal conducido por la energía inimaginable de un reactor de plasma. La tosca consciencia del Vigilante le desafía por un breve instante, casi con petulancia, mientras Mikal impone su voluntad sobre el espíritu-máquina.
Varios kilómetros más adelante, las naves del Mechanicum aguardan a que los titanes suban a bordo. Con una visión aumentada, Mikal ve las máquinas de guerra de la Legio Infernus: los Amos del Fuego. A través de la neblina ve a docenas de titanes, luciendo cascos de esmalte negro decorados con llamas amarillas. Su columna está rompiendo filas, desplegándose entre los superelevadores que transportarán a los titanes a la órbita.
—Orden a Argentus —transmite Mikal—. Alto general. Parece existir un cierto retraso en el frente. Nuestros amigos de los Amos del Fuego están siendo perezosos. Princeps maximus, ¿qué hacen nuestros camaradas? Nos están impidiendo el paso a la zona de revista.
No hay respuesta, únicamente estática y unos pocos segundos de voces incoherentes.
—Mando de Calth, aquí princeps Mikal de la Legio Praesagius. Informando de fluctuación en las comunicaciones. ¿Cuál es el estado del embarque en Ithraca?
Sigue sin recibir respuesta. Solo el siseo de un canal sin conexión.
—Moderati Lockhandt, efectúa un diagnóstico comple… —La orden se convierte en una conmocionada exclamación ahogada—. ¡Por el Omnissiah!
El cielo nublado enrojece con un falso sol. Sombras escarlatas vetean el campo de aterrizaje a la vez que estrellas diminutas casi parecen descender de los cielos, centelleando con su luz rojiza desde los transportes que aguardan a los titanes.
Hay un momento de absoluto silencio.
Entonces las estrellas atacan el campo de aterrizaje, estrellándose contra cascos blindados, atravesando naves de desembarco con inflorescencias de fuego devastador. Los relés de audio del Vigilante captan el retumbo de las detonaciones. Estupefacto, Mikal se queda sin habla mientras unos enormes haces de energía descienden veloces de la órbita, arrasando alojamientos temporales de trabajadores y villas de capataces en su demoledor paso a través de Ithraca. En unos instantes, toda la ciudad está en llamas, brillantes y crudas en la visión artificial de Mikal.
Medio kilómetro por encima del campo de aterrizaje un rayo de energía hiende un transporte que asciende y le secciona los motores, que dejan escapar una columna de plasma. La ascensión de la nave se detiene, pero el impulso adquirido la lleva sobre la ciudad en un arco descendente.
Una voz áspera atraviesa el chisporroteo de la estática en las comunicaciones.
—… ningún control en absoluto. Descendiendo sobre Ithraca, cerca del edificio de admini… Repito, aquí Ochenta-Tres-TA-Aratan. Hemos sido alcanzados por fuego orbital. Ningún contr…
Mikal querría apartar la mirada pero todos los sensores del Vigilante están fijados en la nave que se estrella, convirtiéndolo en un testigo a su pesar, mientras el vehículo se abre paso a través de altísimos bloques de viviendas, dejando una estela de escombros y destrozos.
Mientras intenta procesar este aluvión de información, nuevas lecturas de sensores abarrotan los pensamientos de Mikal desde los sistemas del titán. Picos de energía aparecen en medio de las ruinas del punto de aterrizaje. Los Amos del Fuego están activando sus escudos de vacío. Milagrosamente, parece que sus titanes han salido ilesos del extraordinario bombardeo.
Sin embargo, el milagro pronto se convierte en conspiración.
Los cuernos de guerra resuenan. Destructores de plasma, cañones volcán y ametralladoras de cañones giratorios desatan su furia contra los titanes de la Praesagius situados a la cabeza de la columna. El lejano sonido del fuego de cañones y el chasquido de armas láser suena apagado e irreal. Con sus propios escudos inactivos, los Auténticos Mensajeros son blancos fáciles, y decenas son ejecutados en cuestión de segundos.
El Vigilante responde con mayor rapidez que su tripulación mientras el campanilleo de alarmas y las advertencias de peligro resuenan por el puente del titán.
—¡Levantad los escudos! —Mikal chilla la orden sin pensar, enviando las instrucciones a través de los sistemas de la máquina—. Toda la energía a escudos y locomoción.
Percibe cómo la potencia del Vigilante discurre por su interior, la energía del reactor de plasma es igual que fuego en su sangre, mientras chisporrotea por generadores de escudos y fluye a las piernas del titán.
La joven e impetuosa máquina, sacada de su casi letargo, quiere pelear. El instinto de devolver el fuego es apenas contenible, pero Mikal ataja este arrebato con frío razonamiento. Superan a los Auténticos Mensajeros en número; con creces. La Aratan transportaba gran parte de sus efectivos y los Amos del Fuego disponen de una posición mucho mejor.
—Grupo de Batalla Argentus, replegaos a la ciudad. ¡A todas las máquinas que puedan obedecer mi orden: retroceded y reagrupaos!
Al mismo tiempo que pronuncia las palabras, el Vigilante responde, dando media vuelta pesadamente para alejarse de la devastación desatada en los campos de titanes, y dirigirse al refugio que ofrece Ithraca.
Incapaces de creer lo que ven sus ojos, las personas que abarrotan la terraza del tercer piso contemplan con asombro y horror la destrucción desatada sobre su ciudad. La ira de los gigantes se está desatando en un cegador despliegue de fuego y proyectiles, que devasta enormes extensiones del perfil de Ithraca. La mayoría de observadores son esposas e hijos de miembros de los regimientos del Ejército Imperial convocados a la asamblea de Calth, y sus exclamaciones ahogadas y sus gritos de miedo quedan ahogados en el tumulto.
Hay una persona cuyos ojos no están dirigidos hacia la batalla de titanes, en lugar de ello mira en dirección opuesta, hacia el centro de la ciudad donde ha caído la nave de transporte. Los pensamientos de Varinia están puestos en su esposo, Quintus, destacado allí con su regimiento. Se despidieron hace solo unas horas, y ella sabe que estaba en la explanada del gobierno para recibir las órdenes de su compañía. No puede ver los edificios pero la torre de fuego y humo que asciende del lugar donde ha caído la nave le llena el corazón de angustia.
Una detonación cercana, a menos de un kilómetro de distancia, arranca su atención de los pensamientos sobre su esposo. Un titán, un Reaver en negro y rojo, avanza tambaleante por el extremo más alejado de la avenida, con los escudos llameando mientras pisotea vehículos terrestres y se viene abajo contra un edificio de viviendas de cinco pisos.
La batalla está cada vez más cerca.
—Pexilius —susurra.
Regresa como una exhalación al descansillo de la escalera desde la terraza, pensando en su bebé que está en la guardería dos pisos más arriba.
Llega al primer rellano a la carrera, casi resbalando en su prisa al girar para tomar el siguiente tramo de escalones.
Entonces la parte frontal del bloque de viviendas estalla y lanza una lluvia de cristales y pedazos de plascemento escaleras abajo, y el fuego de la detonación forma una nube sobre Varinia mientras esta corre a refugiarse en una esquina. Caen vigas del tejado y paneles del techo.
El polvo le obstruye la boca y la nariz, forma una capa sobre su piel pálida y se le pega a los rizos rubios. Tiene las ropas hechas jirones en algunos lugares, y arañazos en rostro y brazos. Siente un dolor en el costado, sangre caliente le empapa el vestido.
—¡Pexilius! —La voz se convierte en un alarido, y, sin prestar atención al terrible dolor que le produce la herida, trepa por encima de una viga caída y asciende gateando por la escalera cubierta de escombros—. ¡Pexilius!
Hay cuerpos, y partes de cuerpos, aplastados en la maraña de mampostería caída. Alguien grita con voz ronca pidiendo ayuda, una mano de dedos rotos asoma desde las profundidades de los cascotes. Sigue adelante, apartando con un gran esfuerzo una viga caída para poder pasar. Varinia no puede detenerse a ayudar. No tiene más que una idea en la cabeza.
El misil perdido ha destrozado tres pisos enteros. Cuando llega al piso de la guardería, ve que la endeble puerta cuelga de una bisagra. Cruza el umbral.
—¡Pexilius!
Se detiene, tosiendo con fuerza en la polvorienta neblina; la pausa hace que la posibilidad de regresar tenga sentido. Su hijo no puede contestar; solo tiene unas pocas semanas. Llama a la niñera en su lugar.
—¿Lucretia? ¿Lucretia? ¿Hay alguien?
La guardería está destrozada, las paredes pintadas de colores alegres están cubiertas de marcas negras de la explosión. La mitad del techo se ha venido abajo, enterrando por completo la zona donde habían estado alineadas las cunas.
Varinia vuelve a chillar ante la escena, cada uno de sus peores miedos materializándose en toda su crueldad ante la lúgubre escena. Se arroja sobre las baldosas y el yeso caídos, haciéndose cortes en las manos y partiéndose las uñas mientras arranca violentamente trozos de mampostería.
—¡Lucretia! ¿Hay alguien vivo? ¿Hay alguien aquí? Haced ruido. Ah, por favor, que alguien esté vivo. Por favor, que mi pequeño Pexilius esté vivo.
Las lágrimas le corren a raudales por el polvo apelmazado del rostro mientras sigue cavando.
Una tos atrae la atención de Varinia, y esta redobla sus esfuerzos, con los doloridos brazos imbuidos de una nueva energía. Oye una respiración bronca y al apartar una baldosa agrietada del techo deja al descubierto la cara ensangrentada de la vieja Lucrecia. La nodriza tiene el cuerpo torcido de un modo antinatural y está encorvada sobre algo.
Un tajo enorme le corre por un lado de la cabeza y tiene la cara cubierta de sangre.
—¿Pexilius? —Varinia susurra su nombre, con más temor que esperanza.
—… acababa de cogerlo… para alimentar…
Varinia no sabe si esto es bueno o malo, pero entonces la pobre Lucrecia desplaza el peso del cuerpo, el rostro se le crispa por el dolor, y deja ver un bulto envuelto en tela azul debajo de ella.
—¡Mi hijo! Lucretia, lo salvaste.
Varinia casi arranca la aturdida criatura de las débiles manos de la mujer, acercando la mejilla del pequeño a la suya mientras lo abraza con fuerza.
Otra explosión a unas pocas manzanas de distancia le recuerda que no están a salvo. Sosteniendo al diminuto Pexilius en un brazo, intenta mover la columna que inmoviliza a la nodriza pero esta no quiere moverse. Los párpados de la anciana aletean y la mujer se desploma, el pecho queda inmóvil.
—Gracias, Lucretia. Gracias, gracias, gracias…
Derramando lágrimas de agradecimiento sobre la nodriza muerta, Varinia se inclina hacia delante para besarle la frente arrugada. Luego recobra la compostura, pensando en el niño.
—Muy bien, Pexilius, vamos a sacarte de aquí.
Su forzada jovialidad no consigue reprimir su desaliento. Regresa al hueco de la escalera y empieza a descender con cuidado por entre los cascotes con el niño aferrado contra el pecho. Llega al piso de abajo y se detiene, repentinamente en guardia.
El edificio tiembla, más escombros repiquetean al caer desde los pisos destrozados situados arriba. Una y otra vez, algo aporrea la tierra a poca distancia, de un modo lento y metódico. Varinia chilla cuando una sombra inmensa se alza más allá de las ventanas rotas y se detiene. Con un quejido creciente, cañones enormes de múltiples tubos inician un movimiento giratorio, dirigidos hacia algún objetivo lejano. Puesto que sabe lo que va a suceder, Varinia corre al interior de una de las habitaciones contiguas al rellano, protegiendo al bebé con su cuerpo.
El titán dispara.
El ruido es ensordecedor; el veloz estampido de proyectiles que estallan, las ondas expansivas que hacen añicos los pocos cristales que quedan en las ventanas y provocan que una nueva tempestad de fragmentos caiga a toda velocidad alrededor de Varinia mientras esta abraza con fuerza a Pexilius y se arroja contra una pared.
Chilla en silencio, intentando tapar los oídos de su hijo lo mejor que puede, sus propios tímpanos acometidos por un dolor punzante, su grito instintivo ahogado por el cañoneo del titán.
Y, a continuación, un silencio aturdido.
Zarandeando el edificio con las potentes pisadas, el titán vuelve a ponerse en marcha, sumiendo el interior del bloque de viviendas en la oscuridad por un momento. Varinia ve una mesa, volcada pero intacta, y busca refugio tras esa barricada, tan endeble.
—Nos quedaremos aquí, pequeño, mi niño precioso. Nos quedaremos aquí y ellos vendrán a buscarnos. Tu padre está combatiendo ahora, pero estará pensando en nosotros. Claro que sí. Vendrá. Sabe dónde estamos y vendrá a buscarnos.
Mientras el estrépito del paso del titán se apaga, Varinia se enrosca en un ovillo protector alrededor de su hijo.
—Estaremos a salvo aquí hasta que papá venga a casa.
Los chillidos de las multitudes que huyen apenas pueden oírse por encima del clarín incesante de las trompas de guerra de los Amos del Fuego. Sus titanes exploradores encabezan el ataque, veloces y con gran movilidad, empujando a la población de Ithraca ante ellos igual que ganado.
Existe una cruda lógica en su clamor: es más fácil destruir blancos en la calle. El propósito de esta algarabía es hacer salir a la gente de Ithraca de sus hogares y talleres, para ahorrar así a los regimientos renegados que siguen la estela de los titanes la miserable tarea de vaciar los edificios. Hay decenas de miles de soldados entrando en tropel en Ithraca en estos momentos, a pie y en transportes, y los amos del Fuego han allanado el camino allanado con el terror desatado.
La velocidad es esencial. Mediante la sorpresa, los Word Bearers y sus aliados han obtenido ventaja. Con velocidad, se harán con la victoria.
A la cabeza de la cacería está el princeps Tyhe en su Warhound, Denola. Miles de personas corren en masa por las calles delante de él, bajando en oleadas por paseos y callejones. El titán y él son como una sola cosa, y sus armas escupen proyectiles explosivos en medio de las multitudes aterradas, perforando la calzada de ferrocemento y haciendo trizas vehículos gravitatorios civiles que no podían moverse, atrapados por la apiñada multitud.
—¿No es hermoso, mi vida? —Acaricia la interfaz de la unidad de impulso mental—. Mira cómo las hormigas salen de sus nidos para ser aplastadas. Son tan débiles y patéticos. Pero ¡debemos matarlos! Nuestros camaradas Word Bearers exigen muertes, y muertes les daremos. ¡Por decenas! ¡Cientos de muertes, miles de muertes!
Con el Denola hay otros dos Warhound, que se reparten entre las calles para conducir a los civiles de Ithraca a la muerte, pero Tyhe no les presta atención. No compartirá la gloria de la batalla. El suyo es un mundo compuesto tan solo de extremidades y servos pesados propulsados hidráulicamente, núcleos de plasma y sistemas de armamento, matrices de selección de objetivos y cargadores automáticos.
—¡Sí, sí! La muerte de esta chusma nos hará más fuertes. El princeps maximus lo juró. Venturoso fue el día en que escuchó la llamada de Kor Phaeron y nos juramentó a esta causa. ¿Has conocido alguna vez tal libertad, tal poder? ¡Nos hemos fusionado con el Dios-Máquina a través de la destrucción! ¡Las cadenas del Emperador ya no existen! El Dios-Máquina ha sido liberado de los lazos de servidumbre con Terra. ¡Horus nos ha mostrado el camino y nosotros lo seguimos gustosamente!
»Querían convertirnos en esclavos, mi glorioso Denola. Nos pusieron un bozal y nos dijeron cuándo podíamos cazar. Sí, siento el mismo júbilo salvaje que ruge en tu corazón de plasma, que palpita como el mío. Cuando hayamos acabado de eliminar a las alimañas, dará comienzo la auténtica cacería.
»¿Recuerdas cómo los Auténticos Mensajeros huyeron de nuestros cañones? Eso no los salvará. Les mostraremos la falsedad de su nombre, pues no hay mensaje más cierto que el que nosotros traemos. ¡Venimos a anunciar un nuevo amanecer, somos los heraldos de la muerte! ¡Somos los Amos del Fuego, los portadores de la aflicción! Y a medida que coloquemos el pesar de nuestro adversario sobre los fuegos de la batalla, ello nos elevará a nosotros más allá de todo…
—Tyhe, estás saliendo de la formación…
La advertencia de su camarada princeps no significa nada, son meras sílabas que apenas comprende a través del martilleo de la sangre y el golpear de piezas neumáticas. Tyhe ríe. Puede notar montones de cadáveres bajo los pies a medida que el Denola avanza a grandes zancadas por la calle, triturando cuerpos bajo el peso de su pisada.
—El enemigo está concentrándose alrededor del lugar donde se ha estrellado la Aratan. El mando de la Legión está enviando órdenes de reagrupamiento. No podemos atacar de manera poco sistemática.
Las palabras irritan a Tyhe igual que el zumbido de un mosquito. Se limita a hacer caso omiso de ellas, adentrándose majestuosamente aún más en la ciudad con las armas llameando.
Las zonas inferiores de las nubes de humo que envuelven Ithraca están iluminadas por las llamaradas y los fogonazos de explosiones y abrasadoras ráfagas de fuego láser. Se libran dos batallas encarnizadas, ambas desesperadas a su modo. En los edificios y las calles, los regimientos traidores del Ejército Imperial recorren Ithraca en largas columnas de tanques y transportes. Artillería y armas autopropulsadas bombardean las manzanas de la ciudad desde las afueras, allanando el camino a la infantería con insidiosas descargas. Calle a calle, las desperdigadas fuerzas todavía leales a la defensa de Calth venden cara su vida por cada metro que avanza el enemigo; cada vida se invierte en ganar tiempo para que la conmoción de la traición desaparezca y los defensores se organicen.
A bordo del Vigilante, la batalla a nivel del suelo parece una nimiedad comparada con la poderosa furia de los titanes. Los hombres y mujeres que se abalanzan sobre el avance de los traidores con desesperado abandono, la horda de rebeldes que se abre paso al interior de Ithraca; no son nada comparados con las máquinas de guerra que avanzan majestuosas por la ciudad. Chocan contra edificios y pisotean plazas, agrietando ferrocemento bajo ellas mientras maniobran para alcanzarse unas a otras en letales fuegos cruzados. El vuelo de cohetes y las lluvias de obuses desgarran el aire lleno de humo. El crepitar de escudos de vacío sobrecargados destroza ventanas e incendia avenidas bordeadas de árboles.
El grupo de combate ha conseguido liberarse de la amenaza inmediata del ataque de la Infernus, pero varios potentes Warlord de la Legio Praesagius han caído en la retirada. Su sacrificio ha concedido tiempo a Mikal y a otros para poner a sus máquinas de guerra en disposición de combate.
Aunque superados en número, los Auténticos Mensajeros no entregarán Ithraca dócilmente.
Lejos de los campos de aterrizaje las comunicaciones son mejores, aunque irregulares, y Mikal puede hablar con el resto del Argentus. Los traidores sin duda han empleado alguna especie de pantalla amortiguadora y todavía no hay contacto con el mando de la legión o los otros grupos de combate. Por el momento Mikal debe conducir al grupo de batalla sin una estrategia principal que seguir.
La Aratan se convierte en el centro de sus esfuerzos. Atrapadas a bordo están las principales máquinas de la legión de titanes, y si fuera posible recuperarlas entonces podrían muy bien cambiar el curso del enfrentamiento. Al parecer, los Amos del Fuego han llegado a la misma conclusión, y los titanes enemigos también se están moviendo a través de la ciudad hacia el lugar del choque. El Grupo de Batalla Argentus es el que ha padecido menos daños en la emboscada de los traidores, y encabeza la marcha para los seis Warlord supervivientes de los Auténticos Mensajeros. Si los titanes de combate pueden hacerse con la Aratan y defender la zona de un asalto de la infantería, podría haber aún una posibilidad de atenuar el ataque enemigo.
—Evocatus, toma el mando y sigue hasta el lugar del choque —ordena Mikal—. Elimina esa emisora y obstruye la línea de fuego. Warlord enemigo, cuatro kilómetros al nordeste. Warhound, flanquead en dirección oeste. Inculcador, apoya posición theta.
Respuestas afirmativas regresan a través de la red de comunicaciones del grupo de combate, y los titanes rompen su formación cerrada para dispersarse por las calles de Ithraca. Con el Inculcador siguiendo una ruta paralela, el Vigilante avanza. Tropas del ejército imperial leal se apartan por delante del Reaver, la infantería lanza vítores y alza los puños en saludo al paso de las desafiantes máquinas de guerra.
No ha llegado ningún mensaje del mando de Calth ni de los Ultramarines. Las fuerzas imperiales siguen sin haberse recuperado de los ataques sorpresa y la defensa de la ciudad recae en los escudos y las armas de una veintena de titanes, contra tres veces ese número. Mikal apenas advierte los gritos de ánimo de los soldados de infantería apiñados alrededor de su máquina, enredado en la red de sensores de su Reaver mientras monitoriza los movimientos del enemigo.
—Victorix, necesitamos ojos por delante del avance. Quinientos metros. Había un grupo de caza de Warhound al oeste pero han desaparecido del auspex. Vigila por si aparecen.
—Sí, princeps senioris —recibe como escueta respuesta.
—Mantened las comunicaciones al mínimo, codificación total. Si el enemigo ha sido capaz de alterar las transmisiones, podría estar en posesión de nuestras claves de cifrado y nuestros protocolos.
El grupo de combate avanza con rapidez, dejando atrás las heterogéneas formaciones del Ejército Imperial que se preparan para repeler a aquellos que apenas unas horas antes habían sido sus aliados. Con los Warhound explorando por delante, los titanes de mayor tamaño permanecen a una distancia de unos pocos cientos de metros unos de otros para prestar apoyo. Una máquina enemiga, un modelo Némesis fuertemente armado, se ha apostado justo delante de su avance. Los datos de los escáneres sugieren que el Némesis no está solo, pero todas las señales de energía quedan desdibujadas por el ruido de fondo de talleres de turbinas y fábricas.
Un kilómetro más allá, quedan a tiro de artillería enemiga que estaba oculta. El Evocatus recibe la peor parte de la primera andanada, los escudos del Warlord chisporrotean y llamean a medida que absorben los obuses. Un edificio situado a la derecha y a unas pocas docenas de metros por delante del Vigilante se desploma en un instante, llenando la calle de cascotes. Por entre el humo y el polvo, los sensores del Reaver detectan una concentración de infantería y vehículos que van directos hacia el grupo de combate.
—Tropas enemigas, a medio kilómetro. Varios cientos de soldados de infantería. Tanques, cantidad desconocida. Inculcador, Corredor de la Muerte, entablad combate y eliminadlos. Evocatus, nosotros seguiremos avanzando. Artillería enemiga localizada en las afueras de las zonas verdes de Demesnus. Victorix, Lobo de Fuego, ocupaos de los cañones.
Ya sea por bravuconada, locura o temor al fracaso, el regimiento enemigo ataca los titanes directamente, entrando en tropel en los edificios situados a lo largo de su línea de avance. Caen más obuses y cohetes, arrasando manzanas enteras alrededor de las máquinas de guerra.
Una descarga afortunada envuelve al Vigilante, y Mikal siente el latido de los escudos del titán pugnando por contener las explosiones. Un generador deja de funcionar, la retroacción del impulso mental es como un espasmo muscular en las tripas de Mikal. En el corazón de la máquina, visioingenieros y servidores entran en acción al momento para reparar el escudo sobrecargado.
La infantería enemiga está a tiro. El Evocatus dispara con las ametralladoras dobles montadas en la coraza y envía un chorro de proyectiles al interior de un edificio ocupado en respuesta a los disparos esporádicos de armas pesadas que surgen de ventanas y terrazas. La fachada del estucado edificio se comba e implosiona bajo la potencia de fuego, dejando al descubierto el interior destrozado igual que una enorme herida abierta.
El Warhound Corredor de la Muerte echa a correr y sus parejas de megabólters hacen pedazos escuadras de infantería cuando estas intentan salir a campo abierto. Las armas láser del Inculcador machacan una columna de tanques que salen por el cruce situado delante, convirtiendo a tres en ruinas llameantes e impidiendo el avance de los demás.
Mikal selecciona la formación en su pantalla táctica.
—Skallan, apunta a ese cuello de botella. Descarga completa.
El lanzamisiles Apocalipsis en lo alto de la coraza del Reaver ajusta su trayectoria a instancias del moderati y luego dispara, enviando una ráfaga de diez misiles rambla abajo y al corazón de la formación de tanques. La atronadora detonación destroza máquinas y hombres, y rocía los pisos inferiores de los edificios circundantes de metralla y escombros.
Mientras evalúa los daños infligidos por el grupo de combate, Mikal llega a una conclusión: los tanques y la infantería no son más que una distracción, pensada para impedir a los titanes llegar hasta la Aratan antes que el enemigo.
—Amenaza mínima, esto es una acción dilatoria. Continuad el avance, no podemos permitirnos perder tiempo lidiando con los desechos. El Némesis está a dos kilómetros, defendiendo la posición.
Mikal contempla sus opciones, ametrallando distraídamente la destruida compañía traidora al pasar. El Némesis enemigo es un titán aislado, pero sus armas son capaces de destrozar escudos de vacío y atravesar blindaje. Es el titán asesino perfecto. La posición que ocupa le proporciona amplios arcos de fuego y haría falta un largo rodeo para flanquearlo; un rodeo que el grupo de combate no puede permitirse. Información esporádica de los sensores también indica la presencia de tropas de apoyo, probablemente skitarii traidores de la Legión de los Amos del Fuego.
Sopesando las posibles líneas de acción, Mikal debe decidir si el riesgo de perder a uno o más miembros del grupo compensa el tiempo perdido en una maniobra envolvente. No es una elección fácil, pero como princeps senioris sabe qué hay que hacer.
—Ataque directo sobre el Némesis. Si podemos abrirnos paso hasta las zonas verdes tendremos una ruta despejada hasta la Aratan. Evocatus, debes atraer su fuego desde el oeste. Corredor de la Muerte, acepta el reto y ocúpate del apoyo terrestre. Inculcador, tú y yo efectuaremos el ataque principal.
Hay que reconocer a sus camaradas princeps que respondan afirmativamente sin la menor vacilación. Dejando a los muertos tras ellos, el grupo de combate prosigue su avance a través de Ithraca.
En medio del crujido de cascotes aposentándose, Varinia oye voces. No es capaz de distinguir las palabras, pero proceden de la parte inferior de la escalera. Por un momento se pregunta si son otros supervivientes, pero sus risas crueles y ásperas sugieren lo contrario.
Pexilius se agita en sus brazos y ella se levanta para inspeccionar los restos del apartamento. Hay mobiliario roto por todo el suelo cubierto de polvo, y el techo desplomado bloquea la única otra salida. Descubre un espacio angosto, justo lo bastante grande para ella, allí donde una pared interior ha caído. Pexilius murmura y abre los ojos cuando ella lo deposita en el interior del oscuro espacio.
—Silencio, mamá regresará enseguida.
Tras empujarlo un poco más al interior de la abertura, Varinia regresa a la mesa volcada e intenta levantarla. Oye el crujido de botas en las escaleras a través de la entrada rota. La mesa pesa demasiado para poder levantarla del todo, pero necesita algo con que tapar la abertura. Si no, tanto daría que se quedara de pie en mitad de la habitación. Aprieta los dientes, tira hacia arriba del borde de la mesa y da unos pocos pasos, haciendo una mueca ante el ruido que provoca al arrastrar la esquina sobre las baldosas rotas. Con los brazos temblando ya por el esfuerzo, la baja con cuidado e inspira profundamente.
Las voces suenan más cerca ya, su eco asciende por el hueco de la escalera destrozada. Oye cristales quebrándose bajo las pisadas, cada vez más próximas.
—Muévete, maldita sea —murmura.
Se oyen cascotes cayendo pesadamente por la escalera y una maldición cuando uno de los hombres tropieza. Son palabras que ella no entiende, pero el tono no necesita traducción. Varinia aprovecha la ocasión para alzar la mesa sobre el costado, delante de la entrada de su escondite. Tras agacharse detrás, coloca unas cuantas losas sueltas del techo sobre la abertura, dejando solo una rendija de luz.
Pexilius se ha despertado del todo, y se remueve en sus pañales, entre bostezos y parpadeos. Varinia lo toma en brazos y retrocede al interior del agujero todo lo que puede, temblando de miedo. El niño parece percibir su terror y frunce el entrecejo. Ella le acaricia la cabeza para reconfortarlo.
—Ahora no, pequeño, ahora no. Permanece callado para mamá.
Su agitación perturba a la criatura y ella reconoce a la perfección un llanto inminente.
—Por favor, Pexilius…
A través de la rendija que ha dejado, Varinia ve figuras oscuras en la entrada. Tres hombres aparecen. Visten traje de faena de color pardusco del Ejército Imperial. No reconoce el regimiento; hubo tantos en Ithraca para la reunión de tropas que siempre se despistaba durante las conversaciones con su esposo.
Desea que él estuviera aquí en estos momentos. Desea que su valeroso teniente pudiera matar a estos execrables saqueadores y llevarlos a Pexilius y a ella a lugar seguro. Las lágrimas vuelven a caer, saladas en sus labios.
Pexilius emite un suspiro y abre la boca, cerrando los ojos con fuerza. Aunque detesta tener que hacerlo, Varinia coloca la mano sobre el rostro del niño, aterrada por ambos. La congoja del pequeño queda apagada, sin que se oiga en medio del sonido de cascotes que caen y el sordo golpear de las botas de los saqueadores. La mujer contiene la respiración, segura de que puede oírse el violento latido de su corazón, y permanece totalmente inmóvil, sin osar mover ni un músculo, no fuera a hacer caer el montón de cascotes situado por encima de ella.
Alguien se aproxima a la mesa caída, impidiendo el paso de la luz. Varinia sofoca un grito ahogado de temor y aprieta con fuerza las mandíbulas. Pexilius se debate bajo su mano.
Los hombres suenan decepcionados, gritándose unos a otros. Ve que unos dedos agarran la mesa. Retrocede e intenta hacerse tan pequeña como sea posible.
Cinco estampidos entrecortados resuenan ensordecedores en la habitación, truncando un grito de dolor. Algo choca contra la mesa y desplaza las baldosas.
Unas pisadas más fuertes suenan en el apartamento. Varinia repara en que todavía tiene la mano apretada sobre la boca de Pexilius y por un momento le aterra la idea de que ha asfixiado a su hijo. Aparta la mano, el menor de los dos males, y Pexilius inhala con un jadeo. Aguarda a que los lloros vuelvan a empezar y no puede contenerse, sus palabras apenas son un susurro.
—Chist, mi precioso niño. Chist. Mamá está aquí. Enseguida dejará de doler.
Profiere un chillido cuando la luz inunda el escondite, alguien ha quitado los cascotes sueltos que los cubrían. Ante sus ojos aparece el ancho cañón de un arma, que le apunta directamente. Vuelve a chillar antes de asimilar todo lo demás.
Detrás de la pistola hay una figura con armadura, que empequeñece a cualquier hombre que Varinia haya visto nunca. La mujer lanza un grito ahogado de alivio al reconocer la librea de los Ultramarines. El legionario ha perdido el casco y la mira fijamente con fríos ojos azules y la amplia mandíbula apretada. Tiene el cabello oscuro, casi rapado, y lleva un arete dorado en la ceja del ojo derecho.
—Superviviente. Nada más. Salgamos —pronuncia sin emoción.
Al mismo tiempo que el guerrero da media vuelta, Varinia abandona a toda prisa su escondite, sosteniendo al pequeño Pexilius bien pegado a ella. El sonido de más disparos se oye escalera abajo, sobresaltándola por un momento. Pisa un charco de sangre cada vez más grande y casi resbala, alargando una mano hasta la mesa volcada para mantener el equilibrio. Los tres saqueadores yacen sobre las baldosas rotas y el polvo; Varinia le cubre los ojos al niño y va tras el Space Marine.
Por delante de él, en el rellano, otro Ultramarine está de pie junto a la ventana. En las manos tiene un enorme cañón de múltiples bocas que sujeta con la misma facilidad con que un hombre normal alza un rifle láser. El legionario dispara a algo en la calle, y un torrente de casquillos de proyectil se derrama sobre el suelo. Varinia da un respingo ante el repentino ruido a la vez que intenta proteger al niño del estrépito.
—Lleva a tu hijo a lugar seguro, mujer. —El Space Marine sin casco hace señas a Varinia mientras esta intenta proteger al niño—. Los Word Bearers y sus traicioneros aliados nos han traído la guerra a todos.
Luego se aleja a grandes zancadas, con Varinia pisándole los talones.
—¡Espera! ¡Por favor, espera!
El guerrero para, parece que se pone tenso, y vuelve la cabeza. Tiene una mirada dura.
—Nos dirigimos hacia más combates. No será seguro.
—Más seguro que aquí —responde ella—. Por favor, llevadnos con vosotros.
El Space Marine de la ventana habla entonces, sin darse la vuelta.
—Están montando un punto de evacuación en el parque Demesnus. Ve allí.
—¿Por mi cuenta? —Varinia siente sus miembros aún más débiles solo de pensarlo—. Eso está a casi cinco kilómetros de distancia.
Otro Ultramarine desciende de los pisos superiores, con mampostería caída desplazándose bajo sus pisadas. Frena al ver a Varinia. Los tres guerreros parecen hacer un alto, intercambiando frases a través de sus transmisores.
—No causaremos ningún problema, lo prometo. Me mantendré aparte. Por favor. Por favor, no nos dejéis aquí. Podría haber más… de ellos.
Tiene lugar otra conversación entre los Ultramarines; el que no lleva casco permanece en silencio y con expresión sombría. Se vuelve para mirar a Varinia y asiente una vez.
—Sin garantías —dice—. Nos dirigimos al punto de revista. Te llevaremos hasta allí.
Los otros dos guerreros empiezan a bajar las escaleras, dejando que él se encargue de indicar a Varinia que empiece a andar.
—Gracias, muchísimas gracias. ¿Cuáles son vuestros nombres para que pueda elogiaros ante mi esposo cuando lo encontremos? ¿Tenéis noticias del centro administrativo? Él estaba allí para recibir órdenes.
—Una nave ha caído en la zona de la que hablas. Las comunicaciones están interrumpidas. Fuerzas enemigas convergen sobre esa posición, pero hay supervivientes que todavía pelean…
Sus palabras proporcionan una esperanza renovada a la mujer. Al llegar al último tramo de escaleras, repara en que el Space Marine no ha respondido a su pregunta.
—Vuestros nombres, por favor. Yo soy Varinia, y este pequeñín es Pexilius.
El Ultramarine que va en cabeza ríe, y el sonido a través de los altavoces externos de la armadura es extraño. Se detiene junto a los restos hechos pedazos de las puertas dobles que conducen a la calle.
—Nuestro capitán se llamaba Pexilius. Se habría sentido orgulloso.
—Ese es Gaius —dice el guerrero que está detrás de ella—. Mi compañero con el cañón de rotor es Septival. Yo soy el sargento Aquila. Tullian Aquila.
—Gracias, Tullian Aquila.
—No me des las gracias todavía. Recorrer cinco kilómetros a través de Ithraca no es un trayecto fácil hoy.
El parpadeo de la luz de una lumbre en las ventanas de la villa hace que parezca que el edificio se estuviera riendo de la destrucción, como si tuviera ojos brillando de júbilo. Tyhe también ríe, regocijándose con la muerte y la miseria que asolan Ithraca junto a él. Sus armas son como puños de fuego, que arrasan todo aquello con lo que se cruzan. A su paso, las calles quedan repletas de cadáveres y ruinas.
La villa contiene a unas pocas decenas de hombres desesperados. Creen que han hallado un lugar seguro pero todo lo que han hecho es encontrar su tumba. Tyhe los ha perseguido durante una hora, acosándolos con sus trompas de guerra, obligándolos a retroceder con su megabólter cuando hacían intención de dar media vuelta y pelear.
Algunos han intentado oponer resistencia y han dirigido sus cañones automáticos y sus armas de plasma contra la figura acorazada. Ni siquiera han conseguido sobrecargar los escudos del titán. En recompensa, él los ha borrado del mundo mortal, convirtiendo la carne en una destrozada masa sanguinolenta y los vehículos en trizas metal. Ha obligado a los supervivientes a ir colina arriba hasta una mansión patricia que da a las zonas verdes, pues eso le da un motivo para destruir el lugar y saciar un deseo que lo ha consumido desde el primer momento en que descubrió el complejo con columnas en la parte frontal, dominando la ciudad a sus pies.
—¡Una aguilera para un águila arrogante, que ahora se convertirá en ruinas! —exclama, complacido con su propio tono poético. Efectúa un escaneo de espectro total de la villa y los hombres ocultos en su interior—. Hay cincuenta, no más. Convertiremos este elegante palacio en un sepulcro muy adecuado, mi dulce Denola. Me pregunto dónde está el señor de la casa en estos momentos. ¿A lo mejor sigue encogido de miedo en su interior? O tal vez ha huido de la ciudad, abandonando incluso a sus propios esclavos para salvarse.
»Ese será el destino de todos los tiranos. ¡La liberación empieza aquí y finalizará en el encadenado Marte! ¡Los engranajes de la guerra triturarán el águila y la dejarán convertida en un borrón sanguinolento, y entonces reclamaremos la galaxia! ¡Horus nos muestra el camino, y por la palabra de Lorgar así nos ha sido prometido!
Dispara el turboláser y destroza un ala del edificio, haciendo saltar por los aires los generadores de energía del interior. Un conducto de gas estalla y cortinas de llamas salen por las ventanas, incendiando el césped y los árboles de los pisoteados jardines.
Tyhe pasa con facilidad por encima del muro del complejo mientras inútiles disparos de armas láser chisporrotean en los escudos del Denola. Es como sentir la lluvia sobre su piel; persistente pero no desagradable.
—¡Poned fin a vuestra resistencia sin sentido!
La exclamación surge como un rugido de los altavoces externos del titán. Se oyen gritos desafiantes, insignificantes y débiles, de los hombres atrapados dentro del edificio. Tyhe divisa a un puñado que intenta escapar; conduce la máquina por los jardines, aplastando un huerto de árboles frutales para bloquear la calzada posterior. Abate a tiros a los hombres que emergen del edificio y avanza con rapidez a través de la hilera de ventanas para penetrar en la sala de baile situada al otro lado. Las cortinas quedan hechas jirones y las paredes de madera lacada convertidas en astillas.
—¡Permitid que os prodigue el banquete que os merecéis, amigos míos! Ya no os alimentáis de bandejas sostenidas sobre las espaldas de los vencidos, sino que ahora debéis probar las cenizas de la derrota y la humillación. Amasaré sobre vosotros las justas recompensas por las mentiras que habéis esparcido, las fechorías que habéis llevado a cabo en el nombre del «sometimiento». ¡Sois vosotros los que deberéis someteros, pues sois simples hombres y nosotros somos Denola, agente inmortal del Dios-Máquina!
La diversión que le proporciona la harapienta banda de hombres no dura mucho, y estos retroceden a un sótano, sin atreverse a pelear. Tyhe considera la posibilidad de abrirse paso pateando las paredes, pero no está tan desesperado por conseguir su sangre como para arriesgarse a quedar atrapado en las ruinas.
Abandona el complejo y desciende la colina para penetrar en la vegetación del parque en busca de un nuevo desafío. No muy lejos, a no más de diez kilómetros, el titán modelo Némesis Revoka avanza hacia atrás con cuidado a lo largo de una calzada bordeada de árboles, ametralladoras y cañones volcán escupiendo proyectiles contra un Warlord enemigo. Los escudos del otro titán muestran un aluvión de colores bajo la constante lluvia de disparos, retorciéndose y chispeando con cada impacto.
La máquina de la Praesagius ya no puede soportar más castigo. Con un fogonazo que por un momento cubre de nieve las pantallas de los sistemas de escaneo del Denola, el reactor del Warlord estalla. Casi doce manzanas de la ciudad se convierten en un cráter vítreo al instante, salpicado de gris a medida que gotitas de escoria fundida caen al suelo. Es todo lo que queda de la máquina de guerra.
Tyhe comprende que el sacrificio del enemigo tiene un propósito; el Revoka está siendo flanqueado. Dos titanes Reaver se acercan por el sur. Él está demasiado lejos para intervenir y contempla cómo el Revoka queda atrapado en un fuego cruzado abrasador. Los escudos del Némesis intentan contener aquella descarga cerrada pero fracasan de un modo espectacular, aplastando árboles y destrozando el césped a su alrededor.
Expuesto al fuego enemigo, el Revoka dirige los cañones hacia los Reaver que se aproximan, pero es demasiado tarde. La siguiente andanada abolla sus placas blindadas y perfora la coraza del titán. La articulación de una rodilla cede de improviso, y el Revoka cae de lado. Rodeada de polvo y llamas, la enorme máquina de guerra cae por completo y el blindaje se comba y se desgarra al chocar contra el suelo.
Mostrando desdén hacia el gran guerrero que han abatido, el grupo de combate enemigo sigue adelante. Tyhe gruñe, y el Warhound repite y amplifica ese ruido mientras toma un atajo a través del parque. Uno de los Reaver cierra la marcha, protegiendo al resto mientras enfilan hacia el lugar donde se ha estrellado la nave.
El Reaver es más grande que el Denola, tiene más potencia de fuego y mejores escudos, pero a Tyhe no le importa. Él es un cazador astuto. Más tarde o más temprano, el Reaver cometerá un error, y será entonces cuando salte sobre su presa. Vengará al Revoka, pero más que eso Tyhe saboreará la ejecución como su propia recompensa. Un Reaver sería una presa magnífica, mucho mejor que los tanques y la infantería con los que ha topado hasta el momento.
Bajando la potencia de escudos y armas, el Denola corre veloz a ocultarse en los bloques de viviendas que rodean la zona verde, las bajas lecturas de energía del Warhound enmascaradas casi por completo por los edificios en llamas.
—Repito, extracción por Thunderhawk en curso. Titanes enemigos están acercándose a nuestra posición. Orden general a todas las compañías; retiraos de Ithraca o regresad al punto de concentración en el sector sigma-secundus-delta.
Aquila alza la mano hasta el auricular del oído y luego la deja caer otra vez, sabiendo por su reciente experiencia que él puede oír las palabras de sus superiores, pero ellos no pueden oírlo a él.
Hay una verja ornamental en el elevado muro del parque al final de la calle. Los edificios a cada lado de la calzada son estructuras en llamas, pero la batalla ha abandonado ya este sector y los titanes han seguido su camino para continuar el mortífero conflicto en la zona de vegetación.
Aquila puede oír el retumbo constante de truenos lejanos, aunque sabe que eso no es ninguna tormenta, sino el bombardeo de artillería pesada decidiendo el destino de la ciudad. No son relámpagos lo que ilumina el cielo, sino el fogonazo de los disparos de armamento de gran potencia y el llamear de los escudos de vacío.
—Quinientos metros, recto a través del parque.
—Campo abierto, sin lugar donde ponerse a cubierto —responde Gaius—. Será una zona de exterminio.
—De acuerdo, mil setecientos metros entonces, siguiendo la línea de los árboles —replica Aquila—. Iremos más despacio. Tenemos que estar alerta por si hay patrullas traidoras.
Vuelve su atención hacia la mujer llamada Varinia. Esta permanece apoyada contra la verja, tiene el rostro rojo. Lleva a su hijo colgado sobre el pecho en un portabebés hecho con una cortina rota. Fiel a su palabra, no les ha ralentizado, pero solo porque ellos no se mueven a toda velocidad, ya que el terreno requiere que avancen con más cautela por si acaso topan con enemigos bien armados.
—No hay tiempo para descansar —le dice él.
—Solo… un momento…, por favor…
La respiración entrecortada de la mujer provoca una cierta inquietud en Aquila, como también la sangre que le mancha la pierna.
—No puedes continuar. —Mira en derredor. Las calles en esta parte de la ciudad están desiertas—. Descansa aquí y, cuando te hayas recuperado, encamínate al punto de encuentro.
Ella le mira, confundida.
—En el parque. —Señala al noroeste, donde los restos de la nave estrellada se ven con claridad, elevándose por encima de los edificios bajos desperdigados por las colinas cubiertas de vegetación—. Ve hacia el lugar del choque. No tiene pérdida.
—Sargento, ¿es eso sensato? —La protesta de Septival queda restringida al sistema de comunicación—. La orden es de retirada general. Ithraca está perdida, amigo mío. Es tan solo una cuestión de en cuánto tiempo y a cuántos supervivientes podemos sacar.
—Sep tiene razón —añade Gaius—. Ithraca no es un acontecimiento aislado. Todo Calth está siendo atacado. La ciudad será abandonada en favor de objetivos de mayor valor. Esto pasará a ser territorio hostil. Si ella permanece aquí, morirá o la capturará el enemigo.
Consciente de que la mujer está cerca y puede escuchar sus palabras, Aquila señala a través del parque. El terreno está repleto de hoyos con cráteres humeantes, las laderas de las colinas perforadas y desgarradas por el paso de titanes. Las explosiones han despedazado árboles y la atmósfera está cargada de cenizas procedentes de los prados en llamas.
—No conseguirá cruzar eso —susurra Aquila, y alza un poco su pistola bólter—. Se está muriendo debido a toda la sangre que pierde. Quizá deberíamos ahorrarle el padecimiento.
—¡Sargento! —protesta Gaius.
—Reconócelo, casi con toda seguridad nosotros estamos ya muertos también. ¡Sería un acto de misericordia!
—¿Te has dado ya por vencido, sargento? —La desaprobación de Septival resulta también muy clara.
—Cualquier optimismo que albergara fue destruido por el primer bombardeo de los traidores. Es probable que los Ultramarines perezcan en Calth.
—No podemos darnos por vencidos sin más.
Las palabras de la mujer cogen por sorpresa a Aquila; este comprende que ha hablado más alto de lo que pretendía. La mira y ve en ella desafío, más que desánimo. No puede compartir su fe ciega pero no quiere retrasar el avance durante más tiempo.
—Gaius, llévala a cuestas si lo deseas. Los traidores no tardarán en caer sobre el punto de revista. Los titanes de la Infernus están incorporándose a la refriega. No podemos llegar tarde si deseamos volver a pelear.
—Como digas, sargento.
Gaius guarda el bólter y levanta a Varinia en brazos, sosteniéndola con la misma facilidad con que ella sostiene al niño. El legionario ladea la cabeza mientras contempla al bebé.
—Eres… muy pequeño. Pensar que en una ocasión incluso nuestro noble sargento Aquila fue tan diminuto como tú.
—Es suficiente —indica el sargento—. Vamos hacia los árboles, y luego al norte. Estad alerta.
Los tres Space Marines inician una marcha ligera, sumergiéndose en el humo y el fuego.
Una columna de vehículos de Ultramarines avanza veloz por la calzada bajo el Vigilante: tres Rhino y el mismo número de tanques. Hay otros, formaciones desperdigadas de figuras con armaduras azules que se abren paso a través de los destrozados bosques no lejos de la posición del titán. El Reaver permanece vigilante entre los pabellones y villas que bordean el parque, a un kilómetro del lugar donde se estrelló la Aratan. El princeps Mikal puede ver la mole de la nave, el casco hecho pedazos desprendiendo vapor, en el extremo septentrional de las zonas verdes. La inmensa nave sobresale por encima de los árboles en llamas y los edificios en ruinas, con casi dos kilómetros de largo y trescientos metros de altura. En los escáneres de amplio espectro, los restos son una masa resplandeciente de calor y radiación, que elimina todas las señales de sensores en un radio de cientos de metros.
—Son tan pocos Ultramarines —refunfuña Mikal—. Ni siquiera forman una compañía. La traición no ha cogido por sorpresa tan solo a la Legio Praesagius. Ellos pueden ayudar con esta escoria traidora del ejército, pero bólters y volkites no pueden competir con un titán de batalla.
El resto del Grupo de Batalla Argentus está más al este, proporcionando un cordón contra los traidores de modo que los Warlord de la legión puedan crear un perímetro para proteger la nave de transporte abatida. Los titanes de batalla de la Infernus están concentrándose, a cuatro kilómetros de distancia, preparando sus fuerzas para un ataque con todo sobre la nave derribada. Un fuego intenso por parte de los Auténticos Mensajeros ilumina el perfil de la ciudad y contiene a los tanques y la infantería traidores que intentan ocupar los edificios que dan a los tramos orientales del parque.
Mikal efectúa un último barrido con el sensor pero contra el fondo llameante de la Aratan no aparece nada significativo, únicamente unas señales dispersas que podrían ser fuerzas leales, civiles atrapados o tropas de tierra enemigas sin importancia.
—Ninguna amenaza. Esta área es segura. Enviando energía de la pantalla de sensores a locomoción. Efectuaremos una patrulla en dirección oeste y norte antes de dirigirnos al este para unirnos a la fila.
El Vigilante abandona el parque y pasa por encima de los restos desmoronados de una pared para penetrar en los jardines de una baja casa parroquial. Dejando profundas huellas de pisadas en el césped y aplastando setos, el titán cruza hacia el norte, tomando un atajo hasta la carretera principal que rodea el parque y va del extrarradio al barrio administrativo. La energía del reactor de plasma de la máquina impulsa al titán al frente, y Mikal siente cada zancada como si él fuera un gigante.
El bombardeo de los traidores se ha intensificado. La mayor parte va dirigido a la mole de la nave abatida, pero andanadas errantes de cohetes y fuego de obuses se dispersan sobre el parque igual que lluvia explosiva. Mientras avanzan a través de los bosques del extremo occidental de la zona, Aquila no está muy seguro de la ruta que tienen por delante.
No puede verse gran cosa a través de los árboles, pero el bramar de las trompas de guerra resuena por todas partes, aumentando de volumen a medida que los titanes enemigos convergen en la nave de transporte destrozada.
—Si seguimos adelante en línea recta, será solo cuestión de tiempo que quedemos atrapados en el bombardeo.
—Tenemos preocupaciones más inmediatas, sargento —indica Septival.
El Ultramarine señala al este, donde un puente cruza el estrecho río y la carretera describe una curva hacia el norte a lo largo de su línea de avance. Cientos de hombres con los colores de los regimientos traidores están cruzando; la columna va apoyada por tanques superpesados Fellblade y vehículos blindados que surcan las aguas.
—No hay mucho que un cañón rotatorio pueda hacer contra ellos —comenta Septival—, y no hay modo de evitarlos si se despliegan entre los árboles.
Aquila dirige una veloz mirada a Gaius. La mujer que sostiene parece dormida, pero esa no es una buena señal. Yace sin fuerzas en sus brazos, pero se remueve un instante, su mirada es ausente. Lleva al niño bien sujeto contra el pecho, el rostro diminuto del pequeño está manchado por el humo, pero este no emite ni un sonido.
—Ese Reaver que hemos visto sería una escolta magnífica —dice Gaius.
—Coincido contigo —responde Aquila—. Tardaremos un poco más pero tenemos que regresar al interior de la ciudad. Si nos damos prisa, deberíamos alcanzar el punto de revista antes de que rompan el cordón de titanes.
Los otros dos asienten y se dirigen al oeste, hacia el extremo del parque, encaminándose hacia los edificios en llamas del otro lado.
—Estúpido —declara Tyhe en tono triunfal—. ¡Cegado por una falsa devoción, tal y como las llamas oscurecen sus escáneres!
A instancias del princeps, el Denola atraviesa los incendios que arden incontrolados en el interior de una estación de conexión de energía destruida, sin que el calor represente una gran amenaza para su amada máquina de guerra. Camuflado por la estela termal, el Warhound sigue los pasos del Reaver enemigo sin ser detectado. Moviéndose con rapidez, Tyhe acorta la distancia de tiro a trescientos metros, utilizando edificios destruidos en llamas para ocultar su aproximación.
Sus sensores detectan gente en los edificios cercanos, en el límite del parque, pero no les presta atención. Está concentrado por completo en la presa.
El Reaver presenta un blanco fácil, pues se aleja de espaldas a él. Tyhe aguarda un momento más, mientras analiza el trazado de la calle que tiene delante. Hay una calzada más pequeña que discurre paralela a la autovía, separada por bloques de pisos de alquiler aún más altos que el Warhound. Una ruta de flanqueo perfecta.
A doscientos cincuenta metros, el Reaver para. Tyhe percibe cómo sensores activos lo recorren.
—Demasiado tarde —musita—. Sumamente tarde.
El Denola dispara el megabólter. Cientos de proyectiles de gran calibre recorren a toda velocidad la amplia calzada y penetran en los escudos del Reaver con una llamarada actínica de energía. Los sensores auditivos detectan el fallo de los escudos y el chasquido de presión sónica que indica la sobrecarga de sus generadores.
—¡Vamos, estúpido zoquete! ¡Pelea contra nosotros! ¡Apúntanos con tus armas!
El Reaver se tambalea cuando los últimos disparos chocan contra su coraza, causando solo daños superficiales. Tyhe activa el turboláser y dispara, y los haces de energía rebanan la articulación de la cadera del titán de batalla.
—¡Date la vuelta, cabrón! ¡Desquítate!
Tyhe avanza ya en dirección a la calzada paralela, aumentando la potencia de las piernas del Denola. Cuando el Reaver le apunte con sus armas, él irá ya a toda velocidad y rebasará al titán para volver a atacarlo por detrás.
El princeps enemigo no acata sus deseos. En lugar de volverse para pelear, conduce al Reaver al frente, chocando contra la esquina de un edificio en medio de una lluvia de fragmentos de rococemento.
—¡No! No importa, no puedes huir de nosotros.
El Denola ajusta el paso y sale a la carrera por la segunda calzada a la vez que envía energía a las armas y las recarga. Estarán listas para disparar a la espalda del titán que se bate en retirada en cuanto doblen la siguiente esquina. El princeps enemigo es listo, pero su máquina simplemente es demasiado lenta para responder a la emboscada.
El estruendo de las sirenas de alarma parece amortiguado. El cuerpo de Mikal está inundado de múltiples datos y nota hombros y costados contusionados y doloridos. Los sistemas de emergencia son como un bálsamo calmante para su carne mientras el equipo de reparaciones inicia procedimientos de control de daños.
—¿Estado de los escudos?
Hay una pausa antes de que su moderati principal, Lockhandt, conteste.
—No responden, princeps. Todos los generadores están sobrecargados. El ataque por sorpresa nos ha causado daños graves.
Mikal puede detectar al Warhound que va tras él a toda velocidad. En menos de un minuto, sus armas le estarán apuntando.
—Suspende el control de daños. Toda la potencia a locomoción y armas.
—¿Princeps? No tenemos escudos.
—No hay tiempo. Es necesario que acabemos con esta máquina primero.
A instancias de Mikal, el Vigilante choca contra otra torre de viviendas al mismo tiempo que el Warhound llega al cruce tras él. La armadura resiste mejor que los puntales y el ferrocemento del edificio. Una cascada de escombros desciende rodando por detrás del titán y llena la calzada.
—Eso le hará ir un poco más despacio. Olvídate del lanzamisiles, sobrecarga de energía las armas de los brazos. Aún no hemos terminado.
La pared exterior del edificio se desintegra cuando el Warhound traidor se abre paso a través de él con sus turboláseres, despedazando mampostería y vigas de sostén para apuntar al Reaver leal situado más allá. Trozos de cascotes descienden sobre Aquila cuando este se aparta de la ventana.
—Nuestro refugio va a durar poco —dice—. Septival, mira a ver si puedes darle a ese Warhound. Es bastante pequeño, pero el cañón de rotor puede desactivar un escudo de vacío. ¿Gaius?
Vuelve la cabeza y ve a Gaius depositando a la mujer sobre el suelo enmoquetado junto a la entrada. El Space Marine alza la mirada y niega con la cabeza. Aquila puede ver que Varinia todavía vive pero que sus movimientos son muy débiles; ha perdido demasiada sangre. La mujer acaricia la cabeza de su hijo con mano temblorosa, intentando mantener los ojos abiertos.
—Gaius, establece contacto visual con el blanco. Guía a Septival hasta el punto principal de disparo.
El edificio vuelve a temblar. El Warhound pasa junto a las aberturas de las ventanas, lanzando docenas de proyectiles por segundo con su megabólter.
A través de la destrozada pared del otro extremo, Aquila ve al Reaver dando la vuelta. Tiene los brazos armados levantados, un cañón corto de fusión y una ametralladora láser de múltiples cañones. El Ultramarine entrevé un chisporroteo de energía procedente de cables eléctricos al descubierto y sabe lo que está a punto de suceder.
Septival también lo sabe.
—¿Es que no ve que nosotros…?
El Reaver abre fuego, apuntando al Warhound a través del edificio. Pulsaciones de energía láser arrasan las paredes. Los escudos del Warhound estallan y la onda expansiva choca contra la ya debilitada estructura.
Suena un retumbo en lo alto al ceder el techo.
Gaius se mueve a la velocidad del rayo, arrojándose sobre Varinia. Aterriza sobre ella y el niño al mismo tiempo que cae una lluvia de enormes pedazos de mampostería. La armadura se parte con un sonoro chasquido. Aquila sabe al momento que su compañero no ha sobrevivido.
Septival también resulta alcanzado por el desplome del techo, y el cañón rotatorio sale disparado de su mano cuando una viga retorcida le da de refilón en el hombro. El suelo se comba bajo Aquila y lo precipita a través de la creciente abertura al piso de abajo.
Cae acompañado por una lluvia de fragmentos de rococemento, bajo una luz repentinamente deslumbrante al quedar el techo abierto al cielo. Choca contra el sótano lleno de cascotes, aturdido. Los escombros se asientan, nubes de polvo ascienden de los restos.
El gemido de unos motores inmensos acapara la atención del Space Marina. Cuando alza la vista, ve al Warhound traidor cerniéndose sobre la brecha.
En algún punto por encima de él, Varinia chilla.
El Reaver está justo delante del Denola, revelado por el derrumbe parcial del edificio de la esquina. El disparo salió desviado e hizo pedazos el edificio de viviendas pero sin alcanzar al Warhound. Tyhe lanza una sonora carcajada. Un proyectil contra el puente desprotegido del Reaver pondrá fin al duelo.
Un sonido se filtra a través de los receptores de audio. Un alarido de terror absoluto. A Tyhe ese sonido le resulta agradable, y echa un vistazo abajo a las ruinas del edificio. Percibe cómo el Denola responde también, eufórico ante lo que detecta.
Una mujer joven está arrodillada en los escombros, ensangrentada y cubierta de polvo. Su miedo y angustia son palpables.
Algo se agita en sus brazos. Una criatura.
Dos brillantes ojos azules se alzan hacia Tyhe, tan sobrecogedores como rayos láser.
—«Asesina».
El impulso fluye a través del Denola pero Tyhe vacila. El niño no muestra miedo, felizmente ignorante de qué es lo que contempla. Es inocencia pura.
—«Mata. Destruye. Mutila».
Los susurros de la máquina son vehementes y se incrustan en los pensamientos de Tyhe como clavos ardiendo. El dolor —la insistencia— le pone nervioso, y se retrae ante el contacto.
Por un instante fugaz emerge del colector de impulsos y contempla el puente del Warhound con sus propios ojos. Cadáveres consumidos yacen desplomados ante las consolas de control de los moderati mientras una energía parpadeante, macilenta y amarilla, danza sobre los paneles.
—«Sangre. Que fluya la sangre».
Estas no son las palabras de sus camaradas. Una fría comprensión le hiela el corazón al tomar consciencia de sí mismo. Su cuerpo es un cascarón endeble, apenas con vida, mantenido por el poder antinatural del Denola. Ya no es su propio dueño.
—¡No me des órdenes! Soy el prínceps de…
—«Masacra. Desgarra».
El Warhound envía esquirlas de dolor que se le clavan en la mente. Lleno de repugnancia, Tyhe aprieta los dientes, peleando contra los impulsos asesinos que inundan sus pensamientos.
—¡No! ¡No, yo soy el amo de la máquina!
El colector recoge su desafío y lo envía en forma de impulsos a través de los sistemas del titán.
De un modo inexplicable, el Warhound retrocede tambaleante fuera del edificio, regresando a trompicones al centro de la calle. Mikal no vacila.
—¡Fuego!
El cañón de fusión suelta un haz concentrado que volatiliza la bóveda acorazada del Warhound. La repentina sobrecarga de microondas incinera todo lo que hay dentro del puente del titán, y el exceso de presión hace estallar la cabeza acorazada.
El Warhound cae de espaldas, las armas y las piernas sufren espasmos, y choca contra el bloque de viviendas del otro lado de la calle.
—¡Otra vez! ¡Ataque con todo!
El Vigilante arremete con misiles contra la máquina inutilizada, con rayos láser y de fusión, que le agujerean la coraza, le seccionan una pierna y le trituran el blindaje. El fuego envuelve los restos desde líneas de alta tensión segadas mientras la ennegrecida masa retorcida cae desplomada al suelo, perdiendo aceite en llamas.
Mikal escanea los restos de la máquina unos segundos, para convencerse de que está realmente destruida.
—Equipos de reparaciones…, el enemigo está rodeando la Aratan. Quiero los escudos de vuelta en funcionamiento para cuando lleguemos al cordón. Esperemos que el Dios-Máquina nos bendiga con una llegada oportuna.
Aquila asciende a rastras por los escombros y Septival va a su encuentro desde el piso de arriba. El Ultramarine se detiene junto a Varinia y el niño. La mujer no se mueve.
—Está muerta —le dice Septival, bajando los ojos hacia la delgada figura harapienta a sus pies.
Aquila se inclina para coger al niño de los brazos sin vida de su madre. Pexilius alza la mirada hacia el Space Marine con el entrecejo fruncido, y con los dedos diminutos araña los guanteletes de Aquila.
—Gaius pensaba que era nuestro deber protegerlos —indica Aquila—. Dio la vida por esta criatura.
—Un intercambio desigual, me temo —responde Septival.
—Él tenía razón. Este niño crecerá en medio de la guerra y la confusión, pero ¿por qué combatimos, sino es para proteger a la siguiente generación? Una que podría conocer la paz. Habrá muchos huérfanos los próximos años, pero no podemos abandonarlos.
—Y ¿un niño cambiará algo?
—Si hemos de perder la vida, debe ser por una buena causa. Gaius creía que la vida de este niño valía más que la suya. Debemos honrar su memoria y no convertir tal sacrificio en una simple vanidad. A la larga todos moriremos, pero tiene que haber otros que den testimonio de nuestras acciones. Ithraca es una fosa común, pero a lo mejor un día el joven Pexilius sabrá la verdad de lo que sucedió aquí y compensará ese sacrificio mil veces.
—¿Así es que tienes la esperanza de que exista un futuro para el Imperio, después de todo?
—La esperanza es el primer paso en el camino hacia la desilusión, hermano. Puedes pelear por la esperanza si lo deseas. Yo pelearé para llevar honor a los muertos. Ahora, no más retrasos. Nos vamos al punto de encuentro.
Mikal ha visto desencadenar el poderío de los titanes en muchas ocasiones cuando un mundo ha rechazado el sometimiento, pero el espectáculo de dos legiones enfrentadas hace que todos los demás conflictos resulten insignificantes en comparación. Los escudos parpadean en la encarnizada batalla, azul y púrpura relumbran en la niebla tóxica de la guerra. Obuses desgarran cuerpos de metal, láseres revientan blindajes y misiles golpean desde lo alto. Tres Warlord de la Praesagius han caído ya, sus carcasas están en llamas igual que balizas en la penumbra.
El Vigilante no es más que uno entre muchos, arrojando todo lo que tiene a la refriega. Tras la cada vez más debilitada línea de titanes, la tripulación de la Aratan pugna por desatascar las puertas de la cámara principal y ver qué puede rescatarse.
—No importa si hoy somos derrotados —dice Mikal a su grupo de combate—. Es suficiente con que peleemos. Los artificios del Dios-Máquina han sido pervertidos para seguir una causa traidora y no podemos permitir que eso suceda sin dar una respuesta.
Un cañón volcán abrasa al Vigilante desde la izquierda, haciendo saltar un escudo. La breve punzada de dolor en la parte posterior del cráneo de Mikal amaina en pocos segundos. Él sabe que la muerte está cerca. Está tranquilo.
—Me trae a la mente un tratado breve sacado del Archaia Titanicus, procedente de los tiempos de oscuridad antes de que el Omnissiah trajera unidad: «Hubo un tiempo en que se consideraba que no había nada tan puro como el hombre. Del hombre salió el artificio, y por lo tanto el artificio también fue considerado puro. Cuando se descubrió que el hombre era corrupto, esa corrupción se extendió a todo lo que él había creado, y todo lo que se había aprendido se perdió». El princeps maximus Arutis me enseñó eso el primer día que llegué a la Legión. Nunca lo comprendí por completo hasta ahora.
Una lluvia de cohetes cae alrededor del Reaver, cubriendo al titán de detonaciones; otro escudo se apaga, las explosiones han consumido la energía. Mikal responde con el lanzamisiles Apocalipsis, enviando su propia lluvia de misiles al Warlord que lo tiene en su punto de mira.
La línea se está viendo obligada a retroceder y se repliega a los edificios que rodean los restos de la Aratan. Mikal contempla la mole carbonizada y ve una multitud de tecnosacerdotes vestidos con túnicas rojas trabajando sin descanso en una de las enormes puertas de embarque. Servidores para tareas pesadas con cortadores en arco sierran la maraña que bloquea la puerta de la cámara.
Otros dos Warlord de la Infernus y un Night Gaunt se han unido a la pelea, procedentes del norte. El grupo de combate responde, y el Victorix y el Lobo de Fuego avanzan decididos a enfrentarse a la amenaza, totalmente superados en potencia pero desafiantes aun así. Están preparados para vender caras sus vidas.
Justo a unas pocas decenas de metros de la posición de Mikal, balizas de advertencia empiezan a brillar con fuerza en el casco de la Aratan, emitiendo destellos rojos y naranjas. Suenan sirenas al mismo tiempo que la enorme puerta del transporte se abre finalmente con un chirrido. Un torrente de luz surge del muelle de tránsito del interior.
Con su trompa de guerra señalando el contraataque, el Immortalis Domitor abandona la bodega a grandes zancadas.
El titán de la clase Warmonger empequeñece incluso a los Warlord; sus armas principales son más largas que la altura de un Warhound. El titán dispara obuses del tamaño de tanques y elimina una máquina de la Infernus con una única andanada. Misiles que pueden arrasar manzanas enteras de edificios surgen de los lanzamisiles del Domitor y se derraman por el devastado parque. Detonan como una decena de amaneceres en miniatura.
Tras el Warmonger salen otros cuatro majestuosos Warlord de la Praesagius, frescos y listos para la lucha. Los vítores inundan la red de comunicaciones de las tropas leales.
Con la dicha resonando en el corazón, Mikal vuelve a abrazar el colector.
—Volved a poner esos escudos en funcionamiento. Grupo de combate, dad apoyo al princeps maximus. ¡Ithraca no está aún perdida!

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