Texto aleatorio

Donde una vez hubo muchos hijos de Nocturne, ahora solo había cuatro: el hermano Jo’phor, el adusto Hae’Phast, el joven neófito Go’sol y el siempre callado Donak. Los cuatro estaban agachados entre las rocas por encima del sendero. Ninguno conocía bien a los otros, y que hubieran acabado juntos en medio de la confusión de la masacre era un auténtico milagro.

Hablaban en susurros. No se habían atrevido a usar la red de comunicaciones durante días y sus voces apenas se oían por encima del viento y el reiterativo afilado de la espada de combate por parte de Donak. Go’sol flexionó los hombros, estirando los entumecidos miembros.

—¿Cuándo vendrán?

Jo’phor alzó una mano para hacerlo callar.

—Paciencia, neófito.

—Y quédate quieto —añadió Hae’Phast⁠—. Tu movimiento nos delatará al enemigo.

Las palabras de Hae’Phast hicieron enrojecer a Go’sol.

—Lo siento, maestros.

—No lo sientas —repuso Jo’phor⁠—. No es así cómo debería ser tu adiestramiento, pero esto te hará ser más fuerte.

El explorador asintió. Hae’Phast gruñó con amargura:

—Si sobrevivimos…

El viejo guerrero no tenía paciencia con el joven; si eso formaba parte de su naturaleza o era simplemente enojo ante las recientes atrocidades que habían presenciado, Jo’phor todavía no sabía decirlo.

—Hermano, ten presente el ánimo del neófito —⁠le instó.

—Y ¿qué hay de nuestros ánimos? Mis sueños son tapices de traición flagrante, de nuestros hermanos masacrados por aquellos que en una ocasión llamaron «amigos».

—Solo cuida un poco del chico. —⁠Jo’phor ajustó la mira de su arma al lugar donde habían colocado los improvisados explosivos⁠—. Me preocupa más Donak. No ha hablado en absoluto desde que lo encontramos. Las llamas de sus ojos son débiles. Se han enfriado las fraguas de sus corazones.

Hae’Phast lo miró.

—¿Lo ves? Hay cosas demasiado bestiales para que incluso un Space Marine pueda soportarlas. Dime que a ti no te ha afectado.

Jo’phor habló tan bajo que apenas se le oyó.

—Claro que me ha afectado, hermano. Mis corazones sienten dolor. Mi mente es incapaz de contener la enormidad de la carnicería. Mis ojos están llenos de dolor. —⁠Volvió la cabeza hacia Hae’Phast⁠—. Pero mi cólera supera todo eso. Nosotros cuatro somos de compañías distintas dentro de la Legión, de acuerdo, pero todos nosotros nacimos del fuego y la furia. Nuestra hermandad es inquebrantable. Eso me ayuda y me da energía. Que todas las demás legiones se vuelvan contra los hijos de Nocturne, pues nada podrá romper los vínculos entre nosotros. Llegará la hora de pasar cuentas. Eso es lo que le digo a cualquiera que dude de nosotros.

Hae’Phast asintió con solemnidad. Cuando habló, lo hizo más tranquilo.

—Y es por eso que te seguimos, hermano.

—No todo está perdido —dijo Jo’phor⁠—. Que los traidores dediquen tanto tiempo a registrar a fondo esta zona concreta me da esperanza. No creo que seamos los últimos siervos del Emperador en Isstvan V.

Por detrás de su visor, Hae’Phast lanzó una risita.

—¿Y si lo somos?

Jo’phor cambió de posición.

—Entonces combatiremos hasta el final. Ahora, silencio. Vienen los Night Lords.

Permanecieron tan quietos como las rocas que los rodeaban. Aguardaron hasta que el tenue sonido de motores llegó hasta sus potenciados oídos. Go’sol alzó los ojos.

—¿Oís eso?

—Motoristas —dijo Hae’Phast⁠—. ¿Nos retiramos?

Jo’phor negó con la cabeza.

—Demasiado tarde. ¡Mirad!

Una figura dobló la curva del sendero. Era un legionario sin lugar a dudas, pero sin armadura y con la pálida carne repleta de verdugones. Se dirigió tambaleante hacia el desfiladero donde aguardaban las bombas trampa de los Salamanders.

—¿Ahora? —Go’sol sacó el interruptor del detonador, pero Jo’phor lo detuvo alzando la mano a toda prisa.

—Espera. No es ningún traidor el que corre por delante de ellos…

El sonido de las motos creció hasta ser un rugido mientras una figura con una armadura azul noche surgía de detrás de la ladera. Conducía por el estrecho e irregular sendero con una habilidad pasmosa.

Persiguió a la figura tambaleante, azotándola con un cruel látigo, mientras unas carcajadas ásperas surgían de los potenciadores del estilizado casco. Otros cuatro motoristas lo seguían, con las marcas del rayo en las armaduras manchadas de sangre seca.

El odio hirvió en los corazones de Jo’phor. Miró a Go’sol; el rostro del explorador estaba sonrojado de excitación.

—Espera a que el cautivo esté fuera.

El solitario legionario seguía dentro de la zona de la explosión, pero los motoristas empezaban a alcanzarlo. Si esperaban más, también ellos podrían escapar de lo peor de la detonación.

Jo’phor sintió un nudo en el estómago.

—¡Ahora! ¡Go’sol, ahora!

Hubo una explosión espantosa, el estallido de múltiples cargas brotando de las sombras cada vez más alargadas. El Night Lord que iba en cabeza fue lanzado fuera del sendero como un muñeco de trapo, y la moto cayó por la empinada ladera dando volteretas.

Los que lo seguían pararon con un violento derrape, escudriñando frenéticamente las nubes de polvo que oscurecían la vista para ver qué los había atacado. Jo’phor cargó al frente, apuntando a un traidor que se había quitado el casco. Lo pagaría caro.

Un hirviente chorro de promethium del lanzallamas de Jo’phor engulló al guerrero, que cayó entre alaridos de su montura, con la carne en llamas desprendiéndose de los huesos.

Los otros legionarios hicieron girar las motos y abrieron fuego. La traición había dejado intactas sus habilidades, y proyectiles bólter abrieron surcos en el rocoso terreno, pero Hae’Phast y Donak dispararon con total impunidad desde su escondite. Un Night Lord alzó una pistola de plasma, justo antes de que un disparo de bólter lo alcanzara en el pecho y lo derribara sobre el manillar.

Quedaban dos traidores. Uno dio gas a su motor mientras su camarada intensificaba el fuego, encabritando la moto para trepar por la ladera. Coleando violentamente, condujo pendiente arriba en dirección a Jo’phor. Intentó descargar su espada sierra sobre la cabeza del Salamander, pero la moto resbaló de lado en la ladera cubierta de guijarros y alargó el brazo para detener la caída.

La mano nunca llegó a tocar el suelo. Un proyectil estalló dentro del guantelete del traidor, lanzando una lluvia de carne y metal triturados.

Mientras el guerrero caía, Jo’phor miró a su izquierda; el hermano Donak avanzaba con paso decidido y el arma sostenida en ambas manos. Se aproximó con calma al Night Lord caído y le descerrajó un único tiro a través de la lente ocular.

El último traidor volvió a hacer girar la moto para apuntar con los bólters dobles del vehículo, pero Hae’Phast lo abatió, haciendo volar por los aires el blindaje del pecho junto con la caja torácica que protegía.

El silencio fue repentino y horripilante. El aire apestaba a propulsor y a muerte. Jo’phor arrugó la nariz.

—Una batalla magnífica, hermanos. Les daremos una muerte lenta y dolorosa.

—Estos han muerto más fácilmente de lo que merecían —⁠masculló Hae’Phast, avanzando con cautela entre los cuerpos. Luego se volvió hacia Go’sol⁠—. De prisa, joven explorador: «atacar y desaparecer». Vamos a despojarlos de sus cosas.

Bajó en dirección a los muertos, y Donak y Go’sol lo siguieron, rebuscando en las alforjas de la moto más próxima.

Hae’Phast paró de improviso, volviendo sobre sus pasos hacia ellos.

—¿Qué te hemos dicho, chico? ¡Deja el arma! Coge paquetes de nutrientes, munición… —⁠Paró para pegarle un tiro en la cabeza a un traidor que se movía⁠—. Los proyectiles de los Night Lords sirven para un arma Salamander. Una botella de agua de los Night Lords saciará la sed de un Salamander.

Go’sol pareció indeciso.

—No me parece correcto.

—Estos guerreros eran nuestros primos. Fueron criados por el Emperador junto a nosotros; su causa ha sido nuestra causa, su señor, hermano de nuestro señor. Pero ahora somos adversarios. Ellos son el enemigo, y nosotros las personas honorables.

Jo’phor no oyó las palabras de su hermano. Se arrodilló junto al caído prisionero de los Night Lords y los corazones le dieron un vuelco cuando vio un agujero del tamaño de un puño en la espalda del legionario. Hizo girar el cuerpo y vio el emblema de la Raven Guard tatuado en el hombro.

Los ojos del legionario aletearon. Jo’phor lo tomó entre sus brazos.

—Te he matado, compañero —murmuró.

Los ojos del Raven Guard se clavaron en él.

—No, hermano. Me has salvado. No llores.

—Lloraría por todos nosotros, amigo mío: leales y traidores por igual. Matar a los nuestros no es ninguna nimiedad, sin importar la enormidad de sus crímenes.

—Ya no son de los nuestros. La oscuridad los ha atrapado. —⁠El legionario empezó a toser sangre⁠—. Escúchame. Debéis seguir peleando. Luchad y sobrevivid …

—Y tú, ¡sobrevive con nosotros! —⁠le instó Jo’phor.

El Raven Guard sonrió y negó débilmente con la cabeza. Los ojos se cerraron. Jo’phor permaneció a su lado, hasta que el débil palpitar de sus corazones hubo cesado.

Cuando sus hermanos se aproximaron, Jo’phor señaló los picos montañosos en lo alto del sendero. No habló, pues en aquel momento no confiaba en la autoridad de su voz.

Mientras se alejaban del lugar de la emboscada, fue hasta uno de los cadáveres de los Night Lords y, con su cuchillo, efectuó la marca de su legión en la greba del guerrero. Fue un trabajo rápido pero fino; una cabeza de dragón de depuradas muescas plateadas rugiendo su indignación ante la traición.

—Que lo vean —masculló Jo’phor⁠—. Que vean que las sombras de Isstvan albergan las llamas de la venganza, y que esas llamas los abrasarán a todos ellos.

Luego abandonó el lugar, siguiendo a sus compañeros lejos de la inevitable persecución de los traidores.


Deja un comentario

Diseña un sitio como este con WordPress.com
Comenzar