«No es a los muertos a los que compadezco sino a los vivos. Aquellos abandonados en el umbral del final son los que soportan la carga de la muerte. Ellos son los que tienen que aprender a vivir, sabiendo que nada puede ser como era».
—De Lamento por el Fénix,
compuesto por el primarca FULGRIM en 831.M30
—¿Cuándo lo liberamos?
La voz fue lo primero que Crius había oído desde que despertara en la prisión de su armadura. Era queda y profunda, como el mar batiendo contra un acantilado. La estática crepitó y emitió pequeños estallidos al encenderse el sistema de comunicaciones en su casco. La oscuridad continuó, presionando contra sus ojos.
—Cuando alcancemos el borde de la luz del sol, Boreas —dijo una segunda voz, más alejada pero de todos modos cercana.
—¿Está despierto ahí dentro? —preguntó la primera voz, la del tal Boreas.
—Puede ser.
Pequeñas sacudidas de electricidad ascendieron por la columna vertebral de Crius. La energía volvía a filtrarse poco a poco en los sistemas de su armadura; lo suficiente para que sintiera, pero no lo suficiente para moverse. De eso se trataba, por supuesto. En ese estado, la armadura era una prisión tan perfecta como cualquier celda; los haces de fibra paralizados, los servos bloqueados.
«Esto no es Khangba Marwu», pensó, y los meses de silencio en la gran cárcel de Terra surgieron y desaparecieron cuando la comprensión cobró fuerza. «Ya no estoy encadenado bajo la montaña».
La armadura vibraba contra su piel, de un modo regular y lento, como una pulsación eléctrica.
«Estoy en una nave», comprendió.
Había pasado la mayor parte de su vida en naves, viajando entre guerras a través de las desperdigadas estrellas, y las sensaciones de un navío en marcha le eran tan familiares como el palpitar de sus propios corazones. Al menos lo habían sido, antes de que lo devolvieran a Terra, antes de que Crius, señor de los Kadoran y veterano de casi dos siglos de guerra, hubiera pasado a ser un legionario Iron Hand de la Hueste Cruzada.
Antes de que lo hubieran olvidado.
Notó el contacto de luz en los ojos. Números de azul claro recorrieron su visión. Intentó concentrarse en los datos que se desplazaban verticalmente pero descubrió que no podía. Las conexiones entre su carne y los potenciadores escocían; el distorsionador que los custodios habían usado para someterlo había fundido la mitad de las conexiones.
Empezó a hacer un inventario de los detalles de su situación. No tenía armamento aparte del propio cuerpo. Lo que por lo general no era el mayor de los problemas, pero carecía de control sobre su armadura, y era probable que estuviera muy baja de energía. Los potenciadores funcionaban muy por debajo de los parámetros óptimos. Incluso aunque pudiera obtener el control de la armadura, su efectividad en combate estaba a un cincuenta y nueve por ciento de la capacidad óptima. Eso, por supuesto, estaba basado en la presunción de que no hubiera otras ataduras que lo inmovilizaran.
«Sin olvidar que eras demasiado viejo para el frente antes de que te enviaran a Terra», dijo una voz en lo más recóndito de su mente. «No olvides ese factor».
Luego estaba la cuestión de a qué enemigo se enfrentaría. Rememoró las voces que había oído, haciendo pasar su tono y modulación por un análisis mental. No había indicadores auditivos de los custodios, pero el alcance vocal estaba fuera de un modelo humano; sonaba más profundo, matizado por músculos y estructuras que los mortales no tenían. La conclusión se formó en su mente con una posibilidad ínfima de error: Space Marines.
Tenía carceleros nuevos entonces, pero ¿por qué?
«Es irrelevante». Que fueran Space Marines era suficiente para torcer el resultado del combate. «Incluso aunque pudiera moverme, probablemente perdería igual», pensó.
El odio se alzó a través de él entonces; odio por aquellos que habían traicionado al Emperador, por aquellos que lo habían encerrado a él, pero sobre todo por su propia debilidad. No debería haberse vuelto tan débil como para servir solo de figura decorativa; no debería haberse dejado encarcelar; debería haber estado con el resto de su clan y legión mientras acababan con el traidor Horus. Debería…
Desconectó aquella cadena de pensamientos, los contuvo y permitió que su ardor lo inundara pero no embotara su lógica.
—Verdad del hierro —masculló para sí—, guíame.
Algo arañó el exterior del casco. Se quedó rígido, con los músculos en tensión y listos para actuar. Siseó gas alrededor de su cuello, unos cierres se abrieron con un chasquido y le quitaron el casco. Los ojos se le opacaron cuando la luz penetró a raudales en ellos, y la visión burbujeó brevemente antes de adquirir nitidez.
Un rostro amplio le devolvió la mirada. Una piel bronceada y repleta de cicatrices cubría las facciones chatas y fornidas; era el rostro de una de las criaturas más magníficas del Emperador, el rostro de un Space Marine. Una franja de cabello muy corto discurría por el centro del cráneo del guerrero, y un par de ojos oscuros contemplaron con atención a Crius sin pestañear. Este le miró a su vez, con sus lentes color índigo incrustadas en un rostro dividido entre carne cubierta de cicatrices y ceramita cromada.
Estaba sentado en un trono en el centro de una estancia con gradas de piedra. Llevaba cadenas enrolladas al cuerpo que estaban unidas a esposas en las muñecas y fijadas a abrazaderas situadas en el suelo. Las paredes de la habitación eran negras y lisas, y estaban salpicadas de cristales que centelleaban a la luz atenuada de esferas refulgentes. Colgaban estandartes de las paredes, cuyo hilo dorado, negro y carmesí estaba hecho jirones por agujeros de balas, y chamuscado por el fuego. El techo abovedado sobre su cabeza era un mosaico de baldosas blancas y negras que formaban el emblema de un puño cerrado.
El Space Marine que le había quitado el casco a Crius vestía armadura amarilla con un emblema cruciforme negro sobre blanco en el hombro. Había una calma en él que a Crius le recordó a las estatuas conmemorativas que custodiaban las tumbas de los caídos con honor.
«Imperial Fists», pensó. «Los pretorianos de Terra. Por supuesto».
El legionario de los Imperial Fists retrocedió, y Crius vio una segunda figura de pie algo más atrás, observando en silencio y con la armadura envuelta en un tabardo blanco atravesado por rayas negras; tenía la mano apoyada sobre el pomo de una espada envainada. Clavó la vista en los duros y fríos ojos color zafiro de la figura, sin titubear.
—¿Tu armadura, mi señor? —dijo el legionario Imperial Fist de pie junto a él—. ¿Debo activarla?
«Boreas», pensó Crius. Así lo había llamado la otra voz.
—Yo no haría eso —dijo, y alzó los ojos.
Boreas cruzó la mirada con él, frunciendo levemente el entrecejo.
—Y yo en tu lugar tampoco soltaría estas cadenas.
—¿Cómo?
—Porque si lo haces —prosiguió Crius con calma—, os mataré a los dos.
Boreas dirigió una veloz mirada a su silencioso camarada, luego volvió a mirar a Crius.
—¿Sabes…?
—Sí, sé quién es —rezongó Crius.
—No quisiera creerte un traidor, Iron Hand —dijo el segundo legionario Imperial Fist.
—Traición… —Crius pronunció la palabra despacio—. Dime, si te hubieran enterrado bajo una montaña, encadenado junto a aquellos con la sangre de auténticos traidores, ¿qué pensamientos habrías abrigado en la oscuridad? ¿Qué les desearías a los que te encadenaron allí? —Los aros de enfoque de sus ojos parpadearon—. Si Sigismund, primer capitán de los Imperial Fists, estuviera sentado aquí en mi lugar, ¿en qué estaría pensando?
Sigismund entornó los ojos.
—Estaría considerando en qué modo podría servir mejor al Imperio.
—¿De veras? —replicó Crius, despectivo.
Sigismund siguió hablando como si no le hubiera oído.
—Ahora que hemos franqueado los límites del Sistema Solar, lord Dorn me ha encomendado que te transmita sus órdenes.
Crius sacudió la cabeza despacio, sin apartar los ojos de los de Sigismund.
—Es mi primarca quien da órdenes a mi espada, y el Emperador quien la tiene a su disposición. Tú no eres ni uno ni otro, y tampoco lo es Rogal Dorn.
Boreas se abalanzó al frente, la ira crispaba sus pétreas facciones. Tenía ya la mano cerrada en un puño.
—¿Cómo te atreves…?
«Veloz», tomó nota Crius. «Muy veloz».
Pero Sigismund se movió con mayor rapidez y posó una mano en el hombro de Boreas.
—Calma, Boreas —dijo el señor de los templarios.
Boreas dirigió una veloz mirada a su comandante, y algo pasó entre ellos.
Crius abrió la boca para hablar, pero Sigismund se le adelantó.
—Ferrus Manus está muerto.
Crius oyó las palabras. Percibió cómo el cerebro las procesaba. Percibió cómo su significado se propagaba por todo su ser. No sintió… nada.
El instante se prolongó, y siguió sin haber nada. Ni la sensación de su armadura contra la piel, ni el dolor de sus fundidos potenciadores, ni el palpitar de la sangre en sus extremidades. No había más que un torrente de silencio y una sensación de caída, como si se hubiera abierto un agujero en el universo y lo hubiera engullido. Caía, y no había más que vacío encima y debajo.
«Ferrus Manus está muerto». Las palabras resonaron en su mente.
En algún lugar de su memoria, un rostro adusto se volvió para mirarle, sin una sonrisa.
—Y ¿quién eres tú?
—Soy Crius. Primer Vexilla de la X Legión —había respondido, tragando saliva con la garganta reseca— . Soy vuestro hijo.
—Sí que lo eres —había dicho Ferrus Manus.
—¿Cómo? —preguntó casi sin darse cuenta.
Sigismund lo contemplaba tal y como lo había hecho antes, sin una chispa de emoción en los ojos.
—Cayó en el contraataque en Isstvan.
—¿Cuándo?
—No está claro —dijo Boreas.
—¿Cuándo? —preguntó Crius, sintiendo que los labios se le tensaban hacia atrás para mostrar los dientes.
—Han transcurrido doscientos catorce días desde que nos enteramos de la noticia —dijo Sigismund.
Crius procesó la cifra. La mitad de su mente la trató como fríos datos, mientras que la otra mitad aullaba. Los músculos de todo su cuerpo se tensaron. La armadura crujió y las cadenas vibraron.
«Lo han sabido todo este tiempo. Lo sabían, y sin embargo no han dicho nada hasta ahora».
Expulsó aire, combatiendo el fuego que reptaba por todo su ser, sintiendo cómo regresaba una cierta medida de control. Los Imperial Fists se limitaron a mirarlo.
«Ferrus Manus está muerto». No. No, era imposible.
«Lo sabían, y sin embargo no han dicho nada».
Los pensamientos de Crius rodaron por el vacío creciente de su mente al mismo tiempo que la boca formaba palabras.
—¿Qué pasó con el resto del contraataque?
—No lo sabemos, al menos no con certeza. —Sigismund parpadeó y por primera vez apartó los ojos de los de Crius—. La Alpha Legion, los Night Lords, los Iron Warriors y los Word Bearers se pasaron al bando de Horus. Vulkan está desaparecido. Corax ha contactado con nosotros e informa que la Raven Guard ya no existe, salvo por los pocos miles que trajo con él.
Crius efectuó un leve asentimiento. Unos momentos antes, esa nueva información le habría impactado. Ahora, su mente embotada se limitó a absorberla y procesarla. Un zumbido agudo le resonaba en los oídos. Tragó saliva pero descubrió que tenía la boca reseca.
«Ferrus Manus está muerto…».
«Existirá un modo de que regrese. Él es la Gorgona, él es hierro, no puede morir».
—Y ¿mi Legión?
—No lo sabemos. Algunos tal vez hayan sobrevivido a la masacre. Algunos puede que no hayan llegado al Sistema Isstvan. Puede que todavía queden muchos de ellos ahí fuera. —Sigismund hizo una pausa y dio un paso más hacia él—. Eso es lo que lord Dorn desea de ti…, que encuentres a todos los hermanos que puedas.
«Ferrus Manus está muerto…».
«Nos falló. Rompió el vínculo de hierro. Cayó y nos dejó para que siguiéramos viviendo sin él».
—¿Y luego?
—Tráelos de vuelta a Terra.
—Para librar una última batalla. —Crius oyó lo falsa que había sonado su propia risa—. ¿Unos pocos contra el ataque que se avecina?
—Sí —dijo Sigismund, y Crius vio algo en los ojos azules del legionario de los Imperial Fists: un destello de algo oscuro y vacío, como una sombra en un agujero—. ¿Accedes a llevar a cabo esta empresa?
Crius desvió la mirada. Sus ojos hicieron un ruidito seco mientras estudiaban las cadenas que lo retenían, captando cada marca dejada por su forja. El aire sabía a piedra fría, lubricante para armas y armaduras.
«Ferrus Manus está muerto…».
Crius volvió a mirar a Sigismund y asintió.
Sigismund desenvainó la espada. Crius reparó entonces en las cadenas que rodeaban la muñeca del templario, uniendo brazo y arma. Un rayo chisporroteó hoja arriba, y por un segundo contempló cómo este danzaba en los ojos del Imperial Fist. Luego la espada descendió con fuerza, y las cadenas que retenían a Crius se partieron con un resonante suspiro.
Boreas tecleó en un control de su muñeca, y Crius notó cómo la conexión total con su armadura le hormigueaba por la columna vertebral. Se levantó despacio, los movimientos de armadura y cuerpo eran agarrotados. Bajó los ojos hacia las esposas de las muñecas. Boreas se acercó más, con una llave de latón en la mano, pero Crius consideró lo que había vislumbrado en los ojos de Sigismund. Hizo una seña a Boreas para que se alejara, y los eslabones cortados de la cadena tintinearon contra su armadura.
—No —dijo, y de nuevo volvió la cabeza hacia Sigismund—. Déjalas.
—Como desees —repuso Sigismund con una leve inclinación de cabeza—. Esta nave es la Juramento Vinculante; te transportará durante tu búsqueda. Boreas, aquí presente, irá contigo. —Apretó el puño y lo posó sobre el pecho—. Espero que volvamos a encontrarnos, Crius de los Kadoran.
Crius devolvió el saludo y contempló cómo Sigismund se daba la vuelta y abandonaba la estancia.
Los datos discurrían por delante de los ojos de Crius mientras este observaba las estrellas, las runas binarias se fundían con su luz pálida. A su alrededor, la tripulación del puente iba de un lado a otro y susurraba, pasándose bobinas de pergamino y placas de datos, arrastrando cables de interfaz mental tras ellos. No tomó asiento en el trono de mando; esta no era su nave al fin y al cabo, ni tampoco tenía él realmente el mando. En lugar de eso, permanecía de pie ante las principales ventanas de visualización del puente, escuchando, observando, aguardando, tal y como había hecho una decena de veces antes.
«Aquí estoy», pensó, «esperando a que los muertos hablen desde la noche».
Sus ojos efectuaron un chasquido sin qué él les enviara la orden, como si parpadearan.
«Ferrus Manus está muerto».
Habían transcurrido meses desde que había oído aquellas palabras, sin embargo todavía daban vueltas por sus pensamientos y sueños vigiles. Crius había permanecido despierto desde que habían abandonado el Sistema Solar, había estado de pie en el puente de la Juramento Vinculante cuando esta emergió de la disformidad, escuchando el canto de la nave cuando atravesaron el territorio situado al otro lado. Había intentado hallar tranquilidad en la Salmodia del Hierro y los Cálculos del Propósito, pero cada vez que había intentado alcanzar la paz, esta se le había escurrido de las manos. Había esperado que la tempestad de su interior acabara por amainar, que el frío proceso de la lógica se impusiera y lo dejara tal y como era antes, con furia en la mano pero con hierro en el corazón. En lugar de eso, con el paso de los días —y luego con el paso de los meses—, lo que había sentido era el vacío creciendo en sus corazones.
«No nos crearon para esto», pensó. «Lo que necesitábamos para sobrevivir a este pesar nos fue cercenado cuando nos forjaron».
—La máquina es fuerte, y la lógica puede abrir cualquier ámbito de comprensión. —Las palabras de Ferrus Manus le hablaron desde las sombras de un recuerdo lejano—. Pero sin las manos y mentes de los vivos no son nada. Nosotros vivimos y doblegamos el hierro a nuestra voluntad, pero el hierro se puede romper, las máquinas fallar, y la lógica se puede corromper. La vida es la única máquina auténtica. Si eliminamos demasiada, nos perdemos a nosotros mismos. Recuerda eso, Crius.
Los ojos chasquearon al volver a ajustar el enfoque, el recuerdo desapareció. Detrás de él oyó el chasquido y el zumbido de Boreas aproximándose.
—Doce saltos —dijo Crius, sin volver la cabeza—. Doce veces hemos permanecido inmóviles en el vacío mientras los astrópatas criban el éter en busca de algún rastro de los míos. Doce ciclos de silencio.
—Debemos tener éxito, no importa el tiempo que haga falta. Ese es nuestro juramento.
Crius asintió pero no respondió. Boreas se aproximó más y el Iron Hand pudo sentir los ojos del guerrero sobre él, aunque no apartó los ojos de las estrellas.
—Terra debe tener a su disposición todas las espadas que sea posible para que la defiendan cuando Horus llegue —declaró Boreas.
—¿Estás seguro de que lo hará?
—Lord Dorn así lo cree.
—¿Por qué?
—¿De qué otro modo podría esperar Horus ganar esta guerra?
Crius se encogió de hombros y se volvió para mirar a Boreas. Unos ojos oscuros le devolvieron la mirada: agudos, implacables y carentes por completo de emoción.
—¿Tan seguros estáis de que esto tiene que ver con ganar? —preguntó Crius.
—¿De qué otra cosa podría tratarse?
Crius volvió a contemplar las estrellas.
—Del olvido —contestó, y el momento se prolongó en silencio.
Otra voz amplificada resonó en el puente.
—Lord Crius.
Crius volvió la cabeza y se encontró con el capitán de la Juramento Vinculante. Casterra era un anciano, con ojos de un verde brillante y un rostro devastado por el tiempo y los vientos gélidos de Inwit. Aunque era un humano, Casterra había servido a los Imperial Fists en combate durante casi diecisiete décadas, y al Imperio del Cúmulo de Inwit durante una década antes de eso. Fuerte y resuelto, el anciano capitán era como un pilar moldeado para soportar un gran peso.
—Señor —dijo Casterra con una ligerísima pausa—, los astrópatas tienen algo.
—¿Cuál era la esencia de la transmisión? —preguntó Boreas.
Casterra pasó la mirada de Crius a Boreas y luego de vuelta al primero.
—La imagen de una montaña —contestó el capitán—. Un cráter enorme desciende desde su pináculo hasta su corazón. El corazón de la montaña es negro, su fuego se apagó hace mucho. Los astrópatas dicen que el sueño sobre el corazón de la montaña todavía está presente con fuerza en ellos. Dicen que sabe a sílex y a plomo. —Hizo una pausa—. La imaginería secundaria es una metáfora en código estándar para un sistema en el Cúmulo Arinath.
Crius le dio las gracias con un movimiento de cabeza y se apartó. Boreas aguardó, observándolo.
—Ignarak —dijo Crius por fin—. Así es cómo lo llaman los que han nacido en Medusa: el silencio de montañas que una vez ardieron y volverán a arder.
—¿Qué significa? —inquirió Boreas.
—Es una convocatoria a una reunión de guerra.
Envuelta en la luz de un sol agonizante, la Tetis descansaba en el silencio del vacío. La Juramento Vinculante flotaba a cierta distancia, conteniendo la energía del reactor para combatir o huir. Crius contempló la enorme mole negra de la otra nave mientras la Storm Eagle recorría la distancia entre los dos navíos.
La Tetis había nacido en los cielos de Marte. Piedra negra y hierro sin pulir cubrían su mole desde los motores a la proa en forma de cabeza de martillo. Era como una ciudad forja puesta a flotar entre las estrellas, con un cuerpo abultado lleno de talleres, hornos y centros de almacenamiento. La última vez que Crius la había visto, había sido la reina en el centro de una flota de navíos menores, con las luces de elevadores y transportes pesados moviéndose a toda velocidad alrededor de sus muelles de atraque igual que luciérnagas. En ese momento, heridas enormes dejaban su marca en el negro revestimiento, y quemaduras oscurecían el casco. Los muelles de atraque eran cuevas obscuras. La fortaleza de su columna vertebral era una maraña inservible de arquitectura destrozada. Agujeros vacíos de tubos de cañones, despliegues de sensores y ventanas de visualización contemplaban las estrellas junto a cráteres irregulares. Proyectada en el interior de los ojos mecánicos de Crius, parecía un cadáver flotando en agua negra.
«Está sola», pensó el Iron Hand; las combinaciones de datos y probabilidades que llevaba a cabo mentalmente llegaban a conclusiones inciertas. Borró la imagen pero mantuvo los ojos ciegos en el interior de la Storm Eagle. Pétalos de metal pulido se cerraron sobre las lentes de sus ojos, y tan solo la cascada resplandeciente de constantes datos quebraba la negrura de su mundo. En algún lugar a su izquierda, oyó el chirrido de la armadura de Boreas cuando este se removió en su arnés magnético. El ronroneo retumbante de los motores recorría dolorosamente la armadura y las extremidades de Crius.
Prefería estar así, prefería el interior de los propios pensamientos. Le recordaba un tiempo anterior a la noticia de la muerte de su padre, en que el mundo estaba hecho de líneas rectas de lógica y fuerza.
«¿Qué le sucede a una legión cuando su primarca muere?». Sus pensamientos siguieron dando vueltas sobre sí mismos mientras el Storm Eagle se deslizaba por el vacío en dirección a la Tetis. «¿Qué les sucede a sus hijos sin su mano para guiarlos? ¿Qué será de nosotros?».
—Crius.
La voz de Boreas quebró la espiral de sus cavilaciones, y abrió los ojos con un estremecimiento. Cayó en la cuenta de que habían llegado a la otra nave.
El casco de la Storm Eagle crujió al posarse esta, los motores y sistemas emitieron un suspiro mientras pasaban a posición de reposo. Boreas estaba ya de pie y contemplaba a Crius con aquella expresión pétrea que solo abandonaba para mostrar ira. La luz centelleaba en la armadura del templario, resaltando las alas de águila grabadas en el blindaje de un amarillo dorado. Una capa negra y roja descendía por su espalda, y el cráneo sobre el pomo de su espada envainada dedicó un guiño a Crius con ojos de azabache.
—¿Estás preparado para esto, Crius? —preguntó, y por un segundo el aludido creyó ver un atisbo de emoción en los ojos oscuros del guerrero.
«¿Compasión?», se preguntó. «¿Es eso todo lo que queda para nosotros?».
Asintió con la cabeza, soltó el arnés y se puso en pie. Los servos de la pierna renquearon. Datos de error y dolor le acuchillaron el cuerpo. Maldijo en silencio pero no permitió que se reflejara en su rostro. Los fallos en el funcionamiento de sus potenciadores habían empeorado desde que abandonaran el Sistema Solar, como si el metal añadido a la carne se hiciera eco de las fracturas de su alma.
«O como si rechazara la debilidad que aumenta en mí», pensó, mientras comprobaba el martillo de trueno que llevaba a la espalda y la pistola sujeta al muslo.
—Estoy preparado —dijo por fin, y se volvieron de cara a la rampa de la Storm Eagle que empezaba a descender.
Por un segundo sus ojos se opacaron ante la intensidad de la luz, luego se reequilibraron. La cañonera descansaba en el centro de un círculo iluminado por reflectores en lo que por otra parte era una caverna sombría. Volvió la cabeza, asimilando el resonante espacio que se extendía hasta perderse en la oscuridad a ambos lados. Naves de asalto llenaban la cubierta, silenciosas y frías, con marcas de daños en los cascos. Stormbird, Thunderhawk y arietes de asalto apiñados junto a navíos de una decena de configuraciones distintas. Reconoció los colores de Salamanders, Night Lords, Raven Guards, regimientos del Ejército Imperial y del Adeptus Mechanicum, todos mezclados como si fuera la tienda de un chamarilero. El aire era como el aliento procedente de un horno abierto.
Doce figuras los esperaban. Los ojos de Crius los examinaron con rapidez, tomando nota de los arañazos y las abolladuras del negro blindaje y las marcas de cinco clanes diferentes de los Iron Hands. Todos llevaban armaduras que parecían haber sido reparadas muchísimas veces, lo que las había convertido en más voluminosas cada vez. Crius no reconoció a ninguno de esos legionarios, pero había transcurrido casi una década desde que lo habían enviado a Terra, y los cien mil rostros de una legión podían cambiar mucho en ese tiempo.
—Soy Crius —dijo, y oyó que su voz resonaba—. Otrora caudillo de los Kadoran, y Emisario Solar de Ferrus Manus. —Calló un momento para señalar a Boreas—. Junto a mí está Boreas, templario de la VII Legión. Vengo con nuevas y órdenes de Rogal Dorn, pretoriano de Terra.
Los Iron Hands no se movieron ni respondieron. Crius frunció el entrecejo.
—¿A quién me dirijo, hermanos?
—Soy Athanatos —dijo una voz cargada de estática.
El rostro del que hablaba era una calavera de hierro negro, con una rejilla perforada por boca. Luz azul llameaba fría en las cuencas. Cables perforaban el cuero cabelludo de Athanatos, descolgándose hasta el interior de la gorguera de la armadura. El blindaje mismo era una mezcla de modelos y diseños fusionados alrededor del portador. Crius observó los detalles de los hombros encorvados, los brazos guarnecidos de armas y los pistones secundarios visibles a través de aberturas en la protección de brazos y piernas. Gotitas de vaho se adherían a las abolladas placas blindadas, como si la lluvia las hubiera salpicado.
—Conozco tu nombre, Crius de los Kadoran —añadió Athanatos—. Estuve bajo tu mando en Yerronex. Pocos te creían aún entre los vivos.
Crius revisó los registros e imágenes de legionarios de su memoria, hasta encontrar la cara de un sargento de línea con ojos gris acero. De no haber sido por el nombre, seguramente no se le hubiera ocurrido nunca que fuera el mismo guerrero.
—¿De qué compañías de clan sois? —preguntó.
—No queda nada de lo que éramos. —Athanatos hizo una pausa, la estática raspaba el borde de las palabras—. Hermano.
Crius pasó la mirada por el círculo de Iron Hands.
—Y ¿quiénes están junto a ti?
Reparó una vez más en su inmovilidad. Como Athanatos, sus armaduras mostraban una brillante capa de humedad.
«¿Por qué es tan caliente el aire?», se preguntó.
—Los pocos que salieron de los campos de aniquilación —dijo Athanatos—. Somos de la Tetis ahora.
—¿Estuvisteis en Isstvan V?
La pausa duró varios largos segundos.
—Sí, Crius de los Kadoran. Estuvimos allí —contestó Athanatos entre los chasquidos y chisporroteos de la rejilla de su altavoz—. Y en Gagia, y Sacrissan, y Agromis.
—Esos lugares no me son conocidos —dijo Crius.
—Son lugares de batallas, de venganza y muerte a los traidores —replicó otro Iron Hand que estaba cerca de Athanatos.
Crius le miró. Llevaba el rostro desnudo, sin la marca de los potenciadores, pero el hierro estaba en sus ojos. Enchufes de interfaces salpicaban su armadura revestida de capas, y colgaban cables de la base del cráneo igual que una capa de serpientes. Frunció los labios y una expresión ceñuda dibujó líneas entre los pernos de mantenimiento del cráneo.
—Soy Phidias —dijo, como respuesta a la pregunta que Crius estaba a punto de formular—. Soy el comandante y conservador de la Tetis. —A Crius le pareció captar un titileo en la mirada fija de Phidias, tal vez una breve llamarada de emoción—. Es bueno ver a otro de los nuestros entre los vivos.
—¿Cuántos de vuestra legión están con vosotros? —inquirió Boreas.
Athanatos volvió la cabeza despacio para mirar al legionario de los Imperial Fists.
—Tienes a nuestros efectivos ante ti, hijo de Dorn.
«Tan pocos…». Crius notó cómo el plúmbeo peso de su estómago crecía. La última vez que había visto la Tetis, esta había transportado a tres mil guerreros. Una imagen de cadáveres desparramados bajo cielos en llamas inundó su mente antes de que pudiera controlarla. «¿Cuántos han perdido la vida al lado de nuestro padre?».
—Rogal Dorn os pide que regreséis a Terra —dijo Crius—. Para resistir allí junto a nuestras legiones hermanas.
—¿Nos lo pide? —dijo Athanatos.
—O ¿nos lo exige? —añadió Phidias.
—Hay que reunir a los efectivos de todas las legiones para defender Terra —dijo Boreas, dando un paso al frente, y Crius pudo ver que las líneas de expresión del rostro del templario se endurecían—. Debéis regresar con nosotros, como dice lord Crius.
—Lord Crius… —Athanatos pronunció las palabras con un ronroneo, a la vez que indicaba con la cabeza las cadenas cortadas que todavía colgaban de las muñecas del Iron Hand—. ¿De qué es señor él?
Boreas hizo intención de responder, pero Athanatos volvió a hablar.
—Tus fuerzas fallaron hace mucho tiempo, Crius de los Kadoran. No regresaremos contigo. No le daremos la espalda a lo que tenemos por delante.
—¿Qué pasa con la señal que enviasteis al vacío? —exigió Boreas—. ¿La reunión de guerra?
—Estamos aquí —respondió Phidias.
—¿Y los otros supervivientes, el resto de la Legión?
—No hemos visto a otros miembros de la Legión desde la masacre —dijo Athanatos.
—No hasta ahora —rezongó Phidias.
Los detalles encajaron en la mente de Crius, completando patrones a la vez que eliminaba posibilidades. Soltó un largo suspiro de comprensión y experimentó una repentina necesidad de estremecerse a pesar del calor que reptaba en el aire.
—La señal no es una llamada —dijo, y Boreas volvió la cabeza para mirarle—. Es una añagaza.
—Atraemos a nuestros enemigos hasta nosotros —asintió Phidias.
—Hay cazadores entre las estrellas —dijo Athanatos—. Nos buscan en estos momentos, tal y como han hecho desde que escapamos de Isstvan. Habrán oído nuestro llamamiento. Nos conocen lo suficiente como para comprender su significado. Vendrán, y nos enfrentaremos a ellos.
—¿Con un puñado de guerreros? —preguntó Boreas.
—Con todas las armas que tenemos —respondió Athanatos.
—Si fuerais cien veces los que sois… —dijo Crius, luego meneó la cabeza—. Pereceréis aquí, hermanos.
—Perecer… —repitió Athanatos, haciendo reverberar la palabra en el aire caliente.
—¿Acaso creéis que tenéis otra alternativa a la muerte permaneciendo aquí?
Athanatos lanzó una carcajada entonces, un gruñido crepitante que repiqueteó en el silencio como el chirrido de engranajes.
—Esta ya no es una guerra de esperanza, hermano, sino de venganza y exterminación. —Sacudió la cabeza—. El primarca ya no está, la Gran Cruzada está acabada y pronto la seguirá el Imperio. Todo lo que importa es que aquellos que nos han conducido a este final compartan nuestras tumbas.
Boreas profirió un rugido. Crius oyó como la espada empezaba a abandonar la vaina del templario con un chirrido. Giró y cerró la mano sobre la empuñadura del arma medio desenvainada al mismo tiempo que trababa la mirada con los ojos llameantes del legionario. A su alrededor, pudo oír el agudo gemido de aros de enfoque activándose y el chasquido de fiadores al armarse volkites y bólters.
—No —intervino Crius—. Tu muerte o la suya no servirán de nada aquí.
Boreas le devolvió la mirada; su rostro era un fondo en blanco para la furia de sus ojos. Crius notó que los servos de las manos gemían mientras se esforzaban por mantener inmóvil la espada. Poco a poco, Crius soltó el arma y volvió a encararse hacia Athanatos.
—Disculpa a nuestro camarada de la VII. Tus palabras… —Hizo una pausa, mordiéndose la lengua, y los ojos chasquearon y volvieron a enfocar—. Tus palabras lo han sorprendido.
—Te equivocas cuando dices que la muerte no sirve de nada —dijo Athanatos—. La muerte es todo lo que hay ahora.
«¿Qué les ha pasado a estos hermanos?», se preguntó Crius mientras Athanatos le daba la espalda, haciendo crujir y sisear la armadura. Phidias y el resto de Iron Hands se dieron la vuelta para seguirlo.
—Permaneceremos con vosotros —les gritó Crius, y Boreas clavó la mirada en él pero no dijo nada—. Por ahora.
—Hablas como si hubiera alguna otra elección —respondió Athanatos mientras se alejaba.
—Es una locura —musitó Boreas.
Crius no respondió. Boreas y él estaban de pie en el puente de la Tetis, sobre la península de granito moldeado situada debajo de su trono de mando y por encima de los desfiladeros de sistemas de control repletos de servidores. La sala entera medía quinientos metros de largo y la mitad de ancho. Una serie de pilares ascendían hasta un techo abovedado situado a cien metros por encima de la cubierta. Braseros de hierro negro colgaban de cadenas, añadiendo el resplandor de sus brasas a la fría tonalidad verde y azul de las pantallas hololíticas. Una tripulación silenciosa estaba sentada ante sus consolas, las cabezas inclinadas, con cables serpenteando desde los pliegues de sus túnicas gris oscuro para conectarse a las hileras de maquinaria. Tecnosacerdotes con túnicas blancas y rojas pasaban entre las máquinas igual que espectros.
Un calor severo inundaba el aire incluso ahí, que olía a metal desgastado y carga eléctrica. Para Crius resultaba a la vez familiar y desestabilizador, como el rostro sutilmente desfigurado de un amigo.
Phidias ocupaba el trono de mando por encima y detrás de ellos. Una multitud de cables lo recorrían, conectándolo a los sistemas de la nave. Athanatos y el resto de Iron Hands habían desaparecido tras abandonar la cubierta del hangar… y no habían vuelto a aparecer.
Crius volvió de nuevo los ojos hacia el visualizador que mostraba la vacía oscuridad que rodeaba a la Tetis. La pantalla era un poliedro de luz azul que giraba por encima de un estrado de cristal negro. Runas de datos recorrían la holoproyección, siguiendo la trayectoria de escombros que flotaban en el vacío con la Tetis situada en el centro. La Juramento Vinculante estaba oculta en la sombra de un planetoide que circulaba despacio por las zonas más próximas del espacio. Phidias había dicho a Boreas que hiciera marchar su nave, y que esta debía permanecer en silencio, ocurriera lo que ocurriera. No había sido necesario pronunciar ninguna amenaza para que todos comprendieran que si la Juramento Vinculante no obedecía, sería destruida. Boreas había dado la orden.
Crius volvió la cabeza despacio para mirar al templario. Una carga de control contenido y furia concentrada envolvía a Boreas, como acero duro y blando forjado junto para crear una hoja afilada.
—Toda la fuerza que tengan acabará aquí, desperdiciada por culpa del despecho —dijo Boreas.
—Ellos no tienen intención de morir aquí —repuso Crius tras un largo silencio—. No es nuestro modo de actuar.
—No son como tú. No se parecen a ningún Iron Hand que haya conocido nunca.
«Cierto», pensó Crius. «Son como otra legión, o una sombra proyectada por el pasado…».
No les habían permitido abandonar el puente, y en su trayecto desde las cubiertas de los hangares no habían visto ninguna señal de otros Iron Hands; solo servidores y siervos encapuchados vestidos con prendas grises raídas. Inhaló con fuerza y volvió a preguntarse por qué hacía tanto calor.
—Una nave con un armazón de embarcación de asalto, pero únicamente un «puñado» de guerreros… —dijo Boreas, dejando las palabras en el aire—. Y ahora a Athanatos no se lo ve por ninguna parte. —Miró a Crius con rostro sombrío—. Secretos —refunfuñó en voz baja, como siguiendo el hilo de sus sospechas.
—No, razones —repuso Crius, y Boreas le sostuvo la mirada—. Todavía son mis hermanos. Incluso aunque hayan cambiado. Seguimos siendo de la misma sangre. Todavía somos…
«… los hijos de un padre muerto». El pensamiento quedó atorado en su mente y sintió cómo la oleada de vacío volvía a ascender por su interior.
—Mirad.
La palabra resonó desde los altavoces que había por todo el puente. La mente de Crius regresó violentamente al presente mientras alzaba la mirada al trono de mando. La voz de Phidias volvió a retumbar en el aire.
—Ya vienen.
Crius dirigió de nuevo la vista a la pantalla hololítica. En el borde de la proyección, unas runas rojas de señalización de naves enemigas se encendieron con un parpadeo y empezaron a aparecer nombres junto al creciente conjunto de naves.
—Sons of Horus —musitó Boreas—. Ni siquiera ocultan a quién rinden vasallaje.
—Quieren que sepamos quiénes son —dijo Phidias—. Quieren que sepamos que son ellos cuando nos destruyan. En eso, sí que no han cambiado.
Crius leyó los datos que surgían de las naves enemigas. Las reconoció a todas. Tres de ellas tenían el casco en forma de lanza, revestido de adamantium verde mar y bronce. Habían nacido en las fraguas de Armatura, un presente de Guilliman a Horus; el señor de los Ultramarines había llamado a sus regalos Golpe de Lanza, Lobo de Cthonia y Lucero del Alba, y había pocas que pudieran igualarlas en velocidad y ferocidad.
La cuarta nave, más grande y roma que el resto, poseía una historia que se remontaba a las primeras guerras libradas más allá de la luz del sol de Terra. El Emperador la había bautizado Criatura de la Muerte, y todavía lucía ese nombre en la traición.
—Dos mil legionarios —refunfuñó Crius, calculando el número probable de guerreros—. Si tenemos suerte a lo mejor andarán cortos de efectivos.
—¡Están disparando! —gritó Boreas.
Crius vio que un despliegue de indicadores escapaba de las cuatro naves. Los racimos de torpedos fueron hacia ellos a toda velocidad.
—Doce segundos para el impacto —informó un tripulante vestido con una túnica gris.
—¿Por qué no devolvéis el fuego? —gritó Crius.
Phidias no dijo nada. El repiqueteo de máquinas aumentó por todo el puente, la tripulación se entregó a un millar de tareas, pero los cañones de la Tetis permanecieron callados.
—Debes…
El puente cabeceó con las primeras detonaciones. Crius se tambaleó y tuvo que hacer un esfuerzo para no perder el equilibrio. Una alarma tras otra empezaron a sonar. Saltaron llamaradas rojas. El hedor de carne calcinándose inundó el aire; ardían tripulantes en sus puestos, aunque sus alaridos quedaban ahogados en el estrépito. Un gas blanco penetró en el espacio del puente.
Phidias permaneció inmóvil en su trono. Crius se preguntó si era consciente siquiera de lo que estaba sucediendo delante de él, o si su mente conectada a un interfaz veía ahora solo la oscuridad que había más allá del casco.
Otro impacto recorrió la nave. La cubierta cabeceó y durante un segundo la gravedad falló. Cuerpos mortales volaron por el aire. Cables conectados a la carne fueron arrancados. Saltaron salpicaduras de sangre, y las gotas se convirtieron en glóbulos flotantes.
Crius se elevó de la cubierta junto con el resto de ellos, girando sobre sí mismo. Luego la gravedad volvió a irrumpir y cayó de nuevo al suelo, rodando e incorporándose en posición acuclillada. Boreas estaba junto a él, ya de pie.
En torno a ellos, reinaba la confusión en medio del humo y las llamas.
—Tenemos que encontrar a Athanatos —gritó Crius—. Si Phidias no quiere hacer caso, debe hacerlo él. Tienen que huir, antes de que los arrollen.
Boreas echó una ojeada al caos que los rodeaba y asintió. Como uno solo abandonaron la cubierta y fueron hacia la puerta. Detrás de ellos, las alarmas siguieron sonando.
En el trono de mando de la Tetis, Phidias sintió cómo su nave temblaba enfurecida. La nave sangraba a lo largo del casco. Gas, plasma y lubricante de máquinas salían a chorros por agujeros nuevos abiertos en el chamuscado revestimiento. Sintió cada oleada de daños como una punzada de dolor a través de lo que quedaba de su carne. Era un pequeño precio que pagar. Una irrelevancia.
La proyección hololítica que flotaba frente a él estaba inundada de indicadores rojos de navíos enemigos, acercándose veloces.
—Girad para hacerles frente —ordenó—. Energía a los motores.
Al cabo de un segundo sintió que la nave empezaba a obedecer. La tripulación y los adeptos del puente cancelaron nuevas alarmas de advertencia cuando se dispararon. Sabían muy bien que no debían poner objeciones a la orden.
«Este será un gran padre de las descargas de artillería», pensó. «Quizá sea la última que lancemos». Se estremeció dentro de la armadura. «No, no hemos terminado con esta guerra aún. Mientras aún tengamos fuerzas, no habremos terminado».
—Objetivos enemigos, a treinta segundos del alcance de las baterías —informó un maltrecho oficial de transmisiones.
Phidias ni siquiera asintió; ya lo sabía y podía ver que la distancia de tiro hasta las tres naves de los Sons of Horus desaparecía.
—Iniciad los ritos —dijo, por encima del ruido del puente—. Despertadlos.
Crius se había detenido al ver las puertas, sintiendo un hormigueo en todo el cuerpo y con un nudo en la garganta. Detrás de él Boreas paró, alzando los ojos para reseguir la altura de las puertas al interior de la oscuridad sobre sus cabezas. La condensación cubría el adamantium lleno de hoyos. El aire era muy caliente, como si estuvieran junto a un fuego. Un charco humeante se había formado en el umbral, su superficie era un espejo negro perturbado solo por los temblores de la batalla en el espacio que zarandeaba la nave. Crius tenía la abrumadora sensación de que el lugar había estado aguardando a que él lo encontrara.
Lo habían encontrado por casualidad. Mientras corrían por los pasillos vacíos de la Tetis, habían sentido los temblores del combate y habían visto cómo las luces perdían intensidad y titilaban, pero no habían encontrado ni rastro de Athanatos. Entonces las puertas sencillamente aparecieron, alzándose imponentes ante ellos.
—Un almacén de armas —dijo Boreas.
Crius negó con la cabeza pero no dijo nada mientras avanzaba. El charco del umbral formó pequeñas ondulaciones alrededor de sus botas. La cámara situada al otro lado sí había sido un almacén de armas en una ocasión, recordó.
—Pero un almacén de armas no exuda condensación —dijo—. Ni tampoco inunda toda una nave de calor.
Levantó lentamente la mano de metal, la alargó, y se detuvo justo antes de tocar la superficie de la puerta.
—Deberíamos seguir buscando —indicó Boreas.
Crius negó con la cabeza. La lógica runruneó en su mente, a más velocidad y con mayor claridad que en cualquier momento desde que había abandonado Terra. Las conclusiones danzaban justo fuera de su alcance, esperando datos que eliminaran posibilidades.
Y en el centro de todos sus pensamientos estaba la certeza de que todas las respuestas estaban al otro lado de las puertas que tenía delante…
Avanzó con precaución. Boreas alargó la mano para hacerlo retroceder.
Crius presionó la mano sobre el metal cubierto de humedad. Sintió la conexión como un cosquilleo caliente que se le extendió por los nervios. Trazas de un sistema de circuitos se desplegaron por las puertas en líneas luminosas. Algo que no veían se disparó con un repique metálico.
Crius retrocedió.
Una rendija apareció en la superficie de las puertas, ensanchándose poco a poco. Al otro lado, la oscuridad les contempló a su vez.
—El enemigo está disparando —informó el oficial de comunicaciones.
Las sirenas de advertencia sonaron atronadoras. Phidias aguardó, contando porciones de tiempo, vigilando las naves enemigas de la proyección. No venían directas hacia la Tetis, por supuesto; los Sons of Horus conocían demasiado bien cómo se libraba una guerra. Dos de las cuatro naves —la Golpe de Lanza y la Lobo de Cthonia— aceleraban viniendo de cara, en tanto que la Lucero del Alba y la Criatura de la Muerte habían descrito una curva amplia para atrapar a la Tetis en una tenaza de potencia de fuego.
Tenían la intención de rociar la Tetis con torpedos y luego acercarse para tomar la nave en una acción de abordaje. Phidias estaba seguro de ello. Los Sons of Horus seguían siendo lobos en el fondo, por mucho que el tiempo y la traición los hubiera cambiado. Actuarían como lobos, mutilando e inmovilizando a la presa como una jauría antes de asestar el golpe mortal.
Macroproyectiles golpearon los escudos de vacío de la nave; primero uno, luego otro, a continuación un aluvión. Phidias contempló cómo los escudos se desprendían; enormes manchas de energía en forma de arco iris centelleaban en el límite de su consciencia. Un globo de plasma de cien metros de ancho impactó en la proa de la Tetis, y la nave tembló cuando una refulgente costra de blindaje cayó girando sobre sí misma. Phidias mantuvo la mirada fija en la parte central de la holoproyección, en los indicadores de las naves enemigas. Toda la nave se estremeció al zambullirse en la cortina de fuego enemigo.
Notó que los protocolos del despertar empezaban a succionar energía de los sistemas auxiliares. Los reactores aullaron advertencias de falta de potencia. Incluso aunque aún hubiera habido tripulación suficiente para ocuparse de los cañones, no habrían poseído la potencia necesaria para encenderlos.
—Preparados para el lanzamiento —dijo Phidias.
Las puertas se cerraron con un siseo detrás de ellos. Crius permaneció inmóvil en la oscuridad, con los ojos chasqueando y runruneando mientras buscaban cualquier pizca de luz. El frío empezó a afectar la piel al descubierto de su cara.
«Temperatura por debajo del umbral del soporte vital», chasqueó en su mente. «No hay una amenaza inmediata».
Un chirrido de metal hendió el silencio cuando Boreas desenvainó la espada.
Los ojos de Crius pasaron a visión termal. Frío; azul y negro. Un frío absoluto.
Aparecieron datos en sus lentes. Hizo caso omiso, mientras intentaba distinguir alguna forma reconocible en las borrosas manchas azules de aquella negrura.
—Proyección de luz —susurró, y los ojos se encendieron igual que crudas lámparas.
El espacio ante él estaba repleto de máquinas, perdiéndose en la oscuridad, llenando el lugar que en una ocasión había engullido Stormbird y batallones de tanques. Montones de cilindros y cajas con aspecto de bloques descansaban entre una maraña de tuberías, y un estrado bajo de hierro pulido ocupaba el espacio despejado ante las puertas.
Un cetro de hierro laminado y pulido flotaba a una distancia del grosor de un dedo por encima de la superficie del estrado. El estrado y el cetro eran las únicas cosas que parecían libres de la escarcha que bordeaba el resto de la estancia.
—Control artificial de temperatura —rezongó, cribando la oscuridad con los haces de luz de los ojos—. Han adaptado esta sala y han instalado aquí esta maquinaria. Esta es la causa de las elevadas temperaturas en el interior del navío; el calor extraído de aquí tiene que ir a alguna parte.
—Secretos —gruñó Boreas, expulsando una neblina blanca por entre los dientes apretados.
Crius aspiró, prestando atención por vez primera al sabor del aire estancado: vestigios de lubricante y antisépticos inundaron los sensores olfativos. Los aros de enfoque de los ojos chasquearon involuntariamente mientras sus procesos lógicos alcanzaban resultados inciertos. Avanzó, haciendo crujir las articulaciones mecánicas y la armadura bajo el frío. Con sumo cuidado, pasó junto al estrado.
La maquinaría más próxima se alzó colosal ante él, brillando bajo un revestimiento de hielo. Permanecía ligeramente apartada de las demás, como un general a la cabeza de un ejército. Gruesos coágulos de fluidos congelados cubrían los puntos donde tubos y cañerías se unían a la parte superior y los costados de la máquina. Crius alzó las manos ante él, separó los dedos de metal y tocó la superficie. Metal tintineó contra metal. Los sensores táctiles hormiguearon al hablar a su fría mente: estructura de adamantium, con trazas de plata y otros elementos desconocidos. Un latido quedo le recorrió los dedos. Movió la mano, pasando los dedos por la superficie, hasta que encontraron cristal cubierto de escarcha.
Se detuvo, luego retrocedió levemente.
Tras eliminar el hielo que la cubría con los dedos, pudo ver algo a través de la diminuta ventana.
—¿Qué es esto? —dijo Boreas, y su voz pareció elevarse y desaparecer en la oscuridad.
Una serie de cálculos chasquearon por la mente de Crius y siguieron sendas de inferencia y posibilidad, hasta formar conclusiones.
—Es una tumba —respondió Crius, con un susurro reseco.
Muy despacio, alzó la mano otra vez y raspó la escarcha del cristal. Los ojos vertieron luz al espacio situado al otro lado.
Un cráneo de hierro le devolvió la mirada.
La mente de Crius se paralizó. Los datos siguieron ascendiendo ante sus ojos pero ya no les prestaba la menor atención. Le zumbaron los oídos.
La figura congelada de Athanatos lo contemplaba desde su capullo de hielo.
«¿Acaso creéis que tenéis otra alternativa a la muerta permaneciendo aquí?». Oyó cómo su propia pregunta resonaba en su mente, y la respuesta de Athanatos desde el foso de su memoria.
«Esta ya no es una guerra de esperanza, hermano, sino de venganza y exterminación».
Y con el recuerdo llegó la inferencia ineludible de toda la información acumulada.
«Resurrección cibernética», musitó la lógica en su mente. «Athanatos está muerto. Están todos muertos. Abandonaron este sueño para darnos la bienvenida cuando llegamos y luego regresaron a su abrazo. Han hecho girar las Llaves de Hel».
—No —pronunció débilmente casi de forma inconsciente—. No, está prohibido. Nuestro padre nos prohibió abrir esas puertas.
«Ferrus Manus está muerto».
Crius no podía moverse. Sus pensamientos entraron en una barrena incontrolada, sus ojos se quedaron clavados en los ataúdes que se perdían a lo lejos bajo su sudario de escarcha. Había cientos de ellos.
La cubierta dio una sacudida bajo sus pies. Una astilla de hielo resquebrajado cayó del lejano techo. La Tetis estaba en el interior de la esfera de combate.
«Muerte es todo lo que hay ahora, Crius».
El suelo volvió temblar. Luces azules se encendieron a lo largo de toda la longitud de la sala, y resonó un crujido sordo al abrirse la parte frontal del ataúd. Brotó gas de las rejillas y las tuberías. Crius lo miró fijamente, los ojos aún le llameaban. La espada de Boreas se activó.
Sonó otro chasquido, y Athanatos salió. La cubierta retumbó bajo su pisada, y los pistones entraron en acción en lugar del músculo. Sus armas se desprendieron de sus revestimientos de hielo mientras se armaban. Permaneció parado un segundo, con las articulaciones emitiendo vapor y los servos chasqueando.
Luego miró a Crius. Sus oculares brillaron, azules.
—Ahora lo ves, Crius —chirrió Athanatos con una voz parecida a hierro helado haciéndose añicos.
El guerrero alargó el puño de energía desactivado y arrancó el cetro del estrado. Crius pudo ver cómo unas runas medusianas discurrían a su alrededor en anillos, cada uno brillando ahora con una luz débil. Casi pudo paladear las energías exóticas cautivas en el interior de su núcleo.
—Ahora comprendes —siguió Athanatos.
Phidias podía sentir que su carne se estremecía en afinidad con la nave, a medida que sus conexiones de interfaz le transmitían el dolor de la Tetis. Tenía sangre en la boca y más sangre coagulándose en el interior de la armadura.
—Debilidad —gruñó para sí, y obligó a su mente a concentrarse.
La Golpe de Lanza y la Lobo de Cthonia habían pasado como una flecha por delante de la Tetis y giraban ya en redondo, sin dejar de disparar mientras daban la vuelta. Turboláseres empezaron a hacer surcos en su parte posterior, causando hendiduras profundas y abrasando sus entrañas. La Lucero del Alba y la Criatura de la Muerte estaban cada vez más cerca; las proas y el armamento dorsal martilleaban sin descanso los flancos de la Tetis. Phidias tuvo la impresión de que podía sentir su propia carne cociéndose alrededor de las conexiones de los implantes.
Todo era como debía ser, pero también iba terriblemente mal.
Las naves de asalto estaban listas, los torpedos de abordaje preparados para entrar en sus tubos de lanzamiento, pero los muertos despertados aún tenían que ocuparlos. Deberían estar invadiendo ya las cubiertas inferiores de las naves de la XVI Legión. Pero se habían retrasado demasiado, o los procesos de reanimación habían fallado. Athanatos tendría que haber sacado al resto de su sueño a estas alturas.
Phidias intentó contactar con él, pero la única respuesta fue el crepitar de la estática. Era necesario que efectuaran el lanzamiento; tenían que caer sobre las naves que los atacaban en esos momentos. Ellos no tenían cañones; les habían extraído toda la energía para mantener a los muertos dormidos y enviar a la Tetis al combate.
La distorsión barrió su visión. Reprimió una oleada pegajosa de niebla mental. Necesitaban tiempo. Si tan solo pudieran sobrevivir un poco más…
—Colocadnos por encima de ellos —ordenó.
Los informes empezaron a apiñarse en la consciencia de Phidias a medida que los motores eran sometidos a tensión. Si podían describir una curva y colocarse encima del plano de ataque del enemigo, entonces podrían volver a zambullirse en la tormenta de fuego cuando el despertar se hubiera completado. Todavía podrían tener ese momento de venganza. Su mente empezó a trabajar a toda velocidad volviendo a efectuar cálculos. Todavía podían hacerlo. Podían…
Una diseminación sincronizada de disparos desde la Lucero del Alba y la Criatura de la Muerte alcanzaron la Tetis en la columna vertebral. La onda expansiva onduló a través de la superestructura. Cúpulas a lo largo del casco exterior quedaron hechas pedazos. Agujas de cientos de metros de altura cayeron rodando al vacío igual que astillas de una lanza destrozada.
Phidias hundió los dedos en los brazos del trono, negándose a caer. Notaba un sabor a quemado. Algo en lo más profundo de su cuerpo había estallado y se cocía en el calor de sus conexiones mecánicas. Los ojos se concentraron en la holoproyección de la esfera de combate, en el vibrante indicador verde de la Juramento Vinculante oculta en la sombra del planetoide, aparentemente olvidada por todos.
Necesitaban tiempo, sin importar a qué precio, o sus muertes no servirían de nada.
Soltando un gruñido por el esfuerzo, abrió una conexión de voz a larga distancia.
—Ayudadnos —dijo con voz ronca por entre labios llenos de sangre.
Durante un segundo nada cambió. Entonces la Juramento Vinculante empezó a moverse. Las lecturas de reactores se activaron, y la empujaron hasta el borde de la esfera de combate. Aceleró, los motores llameando igual que soles cautivos.
Phidias vio todo esto y, sin embargo, supo que no sería suficiente. Los cañones de la Juramento Vinculante seguían fuera del alcance de tiro. Justo cuando lo pensaba, la Golpe de Lanza viró, y la velocidad que llevaba provocó que derrapara por el vacío mientras su artillería se fijaba sobre la Tetis.
Las lanzas de energía perforaron el casco posterior. De las heridas rezumó metal fundido, y el blindaje empezó a refulgir a medida que el fuego penetraba cada vez más.
—¿Qué habéis hecho?
La voz de Crius resonó nítida en el aire helado, incluso por encima del retumbar de la batalla que tenía lugar más allá.
Athanatos no contestó pero se dio la vuelta para mirar las hileras de ataúdes cubiertos de hielo. Entonces Crius lo sintió; un escalofrío en el aire, como un aliento ribeteado de estática.
Abrió la boca para proseguir, pero Athanatos habló primero, mientras su voluminoso cuerpo repiqueteaba con pistones y engranajes.
—La lógica falla al cabo de un tiempo. ¿Te has dado cuenta? El puro flujo de datos y razonamientos… al cabo de un tiempo simplemente se agota. Sigues intentando comprender, negociar con la realidad de lo que ha sucedido, pero no hay modo de llegar a un entendimiento, a un pacto.
—Tú has…
—El camino del hierro, la lógica de la máquina; se suponía que nos haría fuertes, que nos elevaría por encima de la carne. —Athanatos calló un momento, y cuando retomó la palabra la cólera podía palparse en aquel zumbido electrónico sin vida—. Pero era mentira. El hierro puede hacerse pedazos, la lógica puede tener defectos y los ideales pueden fallar.
—¿Qué eres? —exigió Boreas, y Crius dirigió una ojeada al templario.
Este no se había movido, pero había una furia contenida en su inmovilidad. Poco a poco, Athanatos dirigió la mirada hacia él.
—Soy el muerto de Isstvan. Un legionario Word Bearer se llevó la mitad de mi cráneo con una garra. Caí, como tantos de nosotros. Phidias me sacó del campo de batalla; a mí y a tantos más como le fue posible. Nuestra carne había fallado, y nuestra semilla genética se pudrió en nuestros cadáveres, pero quedó suficiente de mí. —Athanatos alzó el cetro y contempló cómo las runas de datos recorrían su superficie—. Él conocía los secretos de los protocolos aegisinos y las fórmulas scarcosanas, los mecanismos y procesos de la Vieja Noche que nuestro padre colocó fuera de nuestro alcance. Phidias me rehízo y me dio una segunda vida, de hielo y hierro. Durante muchísimo tiempo no pude recordar quién había sido, pero al final parte del pasado regresó. Eso es raro. La mayor parte de los despertados recuerdan muy poco. —Miró en dirección a los ataúdes que llenaban la estancia—. Pero todos recuerdan qué es odiar.
—El primarca prohibió lo que sois —rezongó Crius—. Ferrus Manus…
—Cayó —repuso Athanatos en voz baja—. Lo vi, hermano. Contemplé morir a nuestro padre.
Crius sintió que el frío se derramaba a través de él. Su mente ya no funcionaba como era debido. Era incapaz de razonar; solo podía sentir cómo el hielo formaba esquirlas en su carne y sus potenciadores.
«Ferrus Manus cayó».
«Fracasó».
La oscuridad recorrió sus pensamientos, extendiéndose igual que un nubarrón inmenso que hervía colérico.
«Nos abandonó. ¿Qué queda de su autoridad ahora?».
Athanatos lo miraba y asentía. Sus ojos eran como soles azules en la calavera de hierro.
—Sí —dijo Athanatos—. Ahora lo ves. Eso es lo que nuestro padre nos dejó. Ni lógica, ni razón, sino odio. Esa es la lección de su muerte. Esta será la última guerra, librada por venganza más que por la razón. No hay nada más. Ni órdenes ni juramentos significan ya nada. Sabes que es cierto. No puedes negarlo.
—¡Yo lo llamo traición! —rugió Boreas.
Crius vio una masa borrosa de rayos y metal pulido cuando la espada del templario describió un violento círculo. La hoja golpeó la mano de Athanatos, se hundió profundamente, y esparció sangre y lubricante. El cetro cayó a la cubierta. Boreas volvió a golpear, girando la hoja baja para hundirse en la pierna del Iron Hand.
Athanatos cayó, y Boreas alzó la espada por encima de la cabeza para asestar un golpe mortal. Crius actuó sin pensar y cerró las manos sobre los antebrazos del templario. El templario de los Imperial Fist apenas se detuvo, sino que giró, como un trallazo. La violenta contorsión alzó a Crius del suelo, y este se encontró girando sobre sí mismo en el aire, para a continuación chocar contra la cubierta, rodar, alzarse y topar con una bota blindada que descendía hacia su pecho.
—Hereje —escupió Boreas.
Crius oyó la palabra y sintió su herida al mismo tiempo que la bota del templario se estrellaba contra su peto. El impacto le recorrió todo el cuerpo, pero por el rabillo del ojo vio a Athanatos incorporarse y alargar la mano hacia el cetro.
Boreas empezó a darse la vuelta, con la espada arrastrando una estela de rayos.
—¡No! —chilló Crius, y se lanzó hacia arriba.
Golpeó a Boreas con el hombro, y cayeron juntos. Crius sintió que el campo de energía de la hoja de Boreas socarraba la laca de su armadura. Chocaron contra el suelo con un chasquido sordo, Boreas intentando ya zafarse de debajo de él, sin soltar la espada.
La cubierta daba sacudidas. Toda la habitación temblaba.
El Imperial Fist alzó la mano libre y la estrelló contra la cara de Crius, y la cuenca de metal alrededor del ojo izquierdo de este se abolló. La visión del Iron Hand se tornó errática. Boreas consiguió soltarse, rodó lejos y se puso en pie, con el filo de la espada iluminado.
«Aquí caigo yo», pensó Crius. «Como nuestro padre, caigo bajo la espada de un amigo perdido». Clavó la mirada en los ojos fríos y despiadados de Boreas y sintió que le embargaba una sensación de alivio. En su mente, los engranajes rotos de la lógica estaban inmóviles.
La espada del templario chisporroteó con el ansia de un verdugo. Ascendió bien alta por encima de Crius, brillando como el destello de una tormenta, y descendió veloz.
Athanatos surgió de la neblina con un chillido de pistones y golpeó a Boreas en el hombro izquierdo. El templario giró en redondo por el impacto.
Crius sintió el frío recorriendo todo su ser, como si el hielo de la habitación que se derretía estuviera penetrando en su cuerpo. El tiempo pareció ralentizarse hasta ser un simple goteo, un latido desvaneciéndose. El Iron Hand vio a Athanatos avanzando para asestar un segundo golpe, y comprendió que —muerto o no— su hermano de legión no sobreviviría a aquello.
Athanatos era rápido como solo podía serlo un Space Marine, pero Boreas lo era más.
El legionario de los Imperial Fists convirtió su traspié en una estocada, y el filo de la espada serró los cables y pistones situados bajo el brazo de su oponente. Crius vio líquido centelleando, de color negro en la luz azulada. Athanatos empezó a volverse, pero Boreas tiraba ya hacia atrás la espada para asestar un golpe mortal.
Crius se puso en pie. El dolor lastraba sus extremidades y la sangre manaba a raudales de él. El frío se le empezaba a extender por todo el pecho. Dio un paso al frente, a la vez que extraía el martillo que llevaba a la espalda.
Boreas lanzó su estocada. La punta de la espada entró en contacto con el blindaje ya debilitado situado bajo el brazo de Athanatos.
Crius sintió el martillo activándose en su mano. La oscuridad empañó su visión.
Boreas sacó la espada a través de la parte frontal del pecho de Athanatos.
Crius profirió un rugido.
Boreas se dio la vuelta, y los ojos de ambos se encontraron.
El golpe de martillo de Crius le hizo añicos la coraza y lo lanzó por los aires. El templario golpeó la cubierta y no se levantó.
Oscilando con un siseo de servos quejosos, Crius miró a Athanatos. El otro legionario Iron Hand yacía sobre la cubierta con el torso partido en dos, mostrando los componentes de metal que chasqueaban entre la carne del pecho quemada por la congelación. Sangre y aceite formaban una oscura lámina reflectante a su alrededor. Crius oyó chirriar sus propios ojos mientras estos intentaban enfocar. La cubierta tembló, y de improviso el frío entumecedor del pecho lo envolvió por completo. Bajó los ojos hacia el oscuro fluido que le cubría torso y piernas, palpitando desde una herida muy amplia en las costillas.
La cubierta fue a su encuentro cuando cayó de rodillas. Sus ojos se trabaron con la mirada agonizante de Athanatos; no había ni pesar ni compasión en ella.
—Los muertos deben caminar —dijo Athanatos con voz ronca—. Para vengarse. Nosotros recordamos. Los muertos recuerdan…
La voz se fue apagando, la estática borbotaba en su aliento. Los ojos se nublaron, con un último destello de desafío en sus profundidades, y luego quedaron vacíos.
Crius volvió la cabeza despacio. Su visión se empañó en forma de bloques pixelados. Podía sentir el vacío en su interior, que había estado allí desde que había tenido conocimiento de la muerte de su padre, y que se abrió de par en par para darle la bienvenida.
Dolor y entumecimiento rechinaban juntos con cada lento movimiento. El cetro yacía en el suelo allí donde había caído de la mano de Athanatos, las runas refulgentes estaban manchadas de sangre. Crius alargó el brazo para coger el artefacto, lo sujetó con fuerza y lo alzó del suelo. Tuvo la impresión de que aferraba un rayo.
«Ferrus Manus está muerto».
Los ojos ya no enfocaban, pero los dedos encontraron las runas talladas a lo largo del cetro.
«Como todos nosotros».
Hizo girar cada anillo.
«Somos espectros que permanecen en una tierra moribunda».
Los dedos hallaron el disparador.
«Y todo lo que nos queda es la venganza».
Detrás de él, otro ataúd se abrió con un chasquido de hielo hecho añicos, luego otro, y otro. Una figura bamboleante tras otra pisaron la cubierta. Crius sintió vibrar el cetro, antes de que le resbalara de los dedos. La oscuridad fue a su encuentro.
Era cálida y sabía a hierro, como metal sacado de un fuego, como carne y hueso.
Lo último que vio, antes de que la noche cayera sobre él, fue a sus camaradas muertos desfilando a la batalla, con hielo desprendiéndose de ellos a cada paso.
La Tetis oscilaba, sus motores arañaban el vacío intentando recuperar el control. Pisándole los talones, las naves enemigas cayeron sobre su presa. Las negras bocas de las plataformas de lanzamiento se abrieron a lo largo de los cascos, pero mientras sus hermanas se colocaban a distancia de abordaje, la Lucero del Alba y la Criatura de la Muerte siguieron disparando. Macroproyectiles agrietaron el casco exterior de la Tetis, y disparos de plasma ensancharon las heridas, preparando el camino para los guerreros que aguardaban en las cápsulas Dreadclaw y los vehículos de asalto. Ya estaban cerca, y toda la acción embutida en una esfera de combate de no más de mil kilómetros de diámetro. Para los Sons of Horus, la muerte de la Tetis parecía inevitable, pero justo al mismo tiempo que daban la orden de abordar la nave dañada, la situación cambió.
La Juramento Vinculante entró en acción igual que una daga arrojada. Una cortina de luz surgió de la nave de los Imperial Fists y golpeó la Lucero del Alba. Los escudos cayeron, reventando igual que burbujas de agua grasienta. La Juramento Vinculante volvió a disparar, a la vez que aceleraba al máximo. Relés de plasma en el interior del casco de la nave enemiga estallaron e inundaron compartimentos de energía abrasadora como un sol. En las zonas de motores, miles aullaron mientras su carne ardía debido al calor.
La Lucero del Alba dio una sacudida. Embadurnando de fuego la oscuridad, viró para poner sus cañones en posición de disparo. Con la energía medio agotada, la Juramento Vinculante tenía aún un arma que disparar.
En lo más alto de la torre del puente, el capitán Casterra hizo una seña con la cabeza a un servidor acunado en un puñado de cables.
—Lanza los torpedos.
Los misiles penetraron en el vacío, los propulsores internos se encendieron en cuanto llegaron al espacio para impulsarlos por delante de la Juramento Vinculante. Cada uno era del tamaño de una aguja habitacional; la ojiva era un artefacto regalado a Rogal Dorn por el clero del Adeptus Mechanicum de Marte.
Una barrera de proyectiles de intercepción surgió de la dañada Lucero del Alba. Un torpedo tras otro explotaron antes de poder encontrar su blanco.
Entonces uno consiguió pasar y alcanzar a la nave en la parte alta del flanco, penetrando profundamente en sus entrañas.
La nave siguió virando, rodeada por una neblina de escombros y el titileo de escudos que caían. Entonces la ojiva del vórtice del torpedo estalló en una espiral de luz de neón y rugiente oscuridad. La nave enemiga prácticamente desapareció, el casco fue fragmentándose a medida que las fuerzas antinaturales la desgarraban desde dentro. En el lugar donde había estado, quedó una herida refulgente, aullando con un sonido imposible antes de desmoronarse sobre sí misma y desaparecer.
Las naves de la XVI Legión que quedaban titubearon. La Golpe de Lanza abandonó su rumbo de intercepción con la Tetis y viró hacia la Juramento Vinculante. Las demás redujeron la velocidad al desviar energía a escudos y armas.
El respiro fue suficiente. La Tetis consiguió sobrepasar a sus atacantes, describió una curva sobre ellos en un bucle llameante y volvió a descender en picado al infernal vacío entre sus enemigos.
Desde su trono, Phidias contempló cómo las naves enemigas iban a su encuentro. La Lobo de Cthonia y la Criatura de la Muerte giraron sobre sí mismas a la vez que intentaban poner sus armas en posición de tiro. La Tetis siguió descendiendo. Fragmentos de blindaje del tamaño de titanes de combate se desgarraron de los flancos al mismo tiempo que dejaba una estela de fuego líquido y gas en llamas. El enemigo giró en redondo y disparó mientras cambiaba de dirección, acribillando la Tetis con explosiones.
En el límite del enfrentamiento, la Juramento Vinculante viró cuando la Golpe de Lanza acortó distancias. La nave de los Imperial Fists cambió de dirección, alineándose con su adversaria. Ambas naves dispararon y las proas ardieron al desplomarse los escudos. A continuación pasaron a toda velocidad la una junto a la otra, barriendo al rival con andanadas demoledoras. Obuses de macrocañones le abrieron el vientre a la Golpe de Lanza, arrancando castilletes de señalización y sensores parabólicos en una oleada de detonaciones. La Juramento Vinculante recibió el fuego de respuesta sobre su casco desprotegido; una llamarada de plasma halló el tubo abierto del cañón de una batería, detonando un proyectil que había en la recámara, y de improviso las explosiones empezaron a desgarrar todo el flanco de la nave.
Esta inició un descenso en espiral, impelida por los motores incluso mientras fuegos en las cubiertas la devoraban interiormente.
En el puente de la Tetis, Phidias escuchó las últimas señales de la Juramento Vinculante en silencio. En torno a él, los servidores y la tripulación estaban concentrados en sus tareas, murmurando en una impasible jerga binaria y medusiana. En los pliegues más profundos de sus pensamientos, contempló cómo los datos de su nave brillaban con nitidez. Los indicadores de daños eran una turbonada de intenso color rojo. Las señales de rendimiento de los motores centelleaban con insistencia.
Sabía lo que todo ello significaba. Casi podía sentirlo en su cuerpo. Estaban al borde de la muerte, dentro y fuera. Ya no importaba.
En el límite de su consciencia, le llegaron las voces de los muertos: algunas en monótonas voces de carne y hueso, algunas en farfullados códigos de maquinaria. Los muertos iban a la guerra, y eso era todo lo que importaba en ese momento. Cientos de ellos surgieron del helado corazón de la Tetis para llenar las maltrechas embarcaciones de asalto y los torpedos de abordaje.
Phidias aguardó, envuelto por los chillidos de su nave y los susurros de sus hermanos.
La Tetis se abrió paso por entre la Lobo de Cthonia y la Criatura de la Muerte. Nuevas descargas de energía surgieron de ambas naves. La Tetis dio una sacudida, y alaridos binarios inundaron el aire, cargado ya del hedor de metal ardiendo.
En la maraña de cables del trono, Phidias notó los sistemas de la nave latiendo con furia. Dejó que la sensación creciera dentro de él, apartando todas sus otras emociones. Los navíos enemigos estaban tan cerca que si disparaban ahora se alcanzarían el uno al otro.
—Lanzamiento —dijo, y su nave respondió.
Los motores de la Tetis pararon. Los retropropulsores llamearon, luchando con el impulso de la nave. Los cierres de vacío se abrieron a lo largo de los flancos y la panza, esparciendo naves al espacio en exhalaciones de llamaradas de lanzamiento. Irrumpieron en el espacio libre y encontraron los cascos de sus adversarios. Estallidos de magma hirvieron a través de mamparos, cargas de gravitones quebraron blindajes, y las naves de asalto se apelotonaron alrededor de las brechas como moscas sobre una herida ensangrentada.
Los primeros guerreros de los Iron Hands muertos se enfrentaron a los Sons of Horus en las cubiertas de artillería de la Lobo de Cthonia. Los cadáveres de artilleros cubrían las cubiertas bajo los polvorines, asfixiados y aplastados por descompresiones explosivas. La grasienta luz de las llamas temblaba en las bolsas de atmósfera que quedaban. Los Iron Hands avanzaron, con las armas escupiendo muerte, y la cubierta tembló bajo sus lentas pisadas.
Puertas antiexplosivos al final de la cubierta se abrieron de golpe proyectando un chorro de aire lleno de humo. Los Sons of Horus las cruzaron en cuñas apretadas, con escudos pesados de infantería sostenidos en forma de sólido muro. Dispararon al mismo tiempo que cargaban; proyectiles bólter hendieron el aire, chocaron contra armaduras y estallaron. El primer legionario Iron Hand cayó, múltiples explosiones habían destrozado su cuerpo vuelto a forjar. A continuación sus hermanos respondieron del mismo modo. Rayos volkite y de plasma iluminaron la oscuridad con luz fluorescente. Figuras acorazadas desaparecieron en oleadas de fuego y falsa luz solar. Escudos chocaron contra armaduras, las chispas volaron a medida que los dientes de las armas sierra raspaban ceramita. Los Iron Hands caían bajo espadas, martillos, estallidos de energía y explosiones a quemarropa. Los muertos volvían a morir en silencio, y el vacío carente de aire robaba los sonidos de su fin.
Y, con todo, los muertos seguían saliendo de la Tetis.
Para cuando los Iron Hands hubieron tomado las cubiertas de artillería, se habían formado ya una decena de otras cabezas de playa por toda la Lobo de Cthonia. Los Sons of Horus empezaron a menguar, retrocediendo para formar círculos compactos de resistencia.
En el vacío, tanto la Criatura de la Muerte como la Lobo de Cthonia siguieron surcando el espacio en sus trayectorias originales. En el interior de la Criatura de la Muerte, los Iron Hands cayeron sobre la ciudadela de mando de la nave, decenas de ellos abriéndose paso al interior de las torres y los bastiones que rodeaban el puente en forma de cúpula. Los Sons of Horus recibieron el avance del adversario con cortinas de fuego de contención y lo detuvieron en seco antes de iniciar el contraataque. Exterminadores vadearon por entre casquillos disparados y cuerpos amontonados, con las llamaradas de las armas y la luz de escudos de energía reflejándose en su armadura de color verde mar. Por un momento pareció que, sin duda, la Criatura de la Muerte arrojaría a los muertos de vuelta al vacío.
El azar puso fin a esa esperanza.
Atestada de Iron Hands y derrapando en el vacío mientras giraba de vuelta hacia la Tetis, la Lobo de Cthonia disparó sus torpedos. Tal vez fue un error…; a lo mejor fue el pánico, o un mal funcionamiento en un sistema de una nave a la que estaban desgarrando desde dentro. Lanzados a ciegas, los torpedos salieron disparados entre las naves que giraban sobre sí mismas. Uno perforó el casco superior de la Tetis y derramó fuego por sus torres destrozadas. El resto alcanzó a la Criatura de la Muerte justo por delante de los motores y detonó junto a una interconexión principal de plasma.
La explosión casi la partió en dos. Inició una caída en barrena, los motores impulsándola al mismo tiempo que las explosiones se propagaban en el interior. Los Iron Hands siguieron con su ataque mientras la nave que habían conquistado quedaba hecha pedazos.
En la Lobo de Cthonia, los Iron Hands alcanzaron por fin las cubiertas de los reactores y apagaron el ardiente corazón del navío. La Lobo de Cthonia quedó a oscuras y en silencio. Enfrentada a la destrucción de sus hermanas, la Golpe de Lanza salió huyendo hacia el borde del sistema y se zambulló en la disformidad. Privada de la aniquilación total de sus enemigos, la Tetis permaneció inmóvil junto a los navíos agonizantes como un depredador posándose para alimentarse de sus víctimas.
Una vez terminada su tarea, los muertos que todavía caminaban se retiraron a la Tetis y al abrazo del gélido olvido que les aguardaba allí.
La voz llegó hasta Crius a través de sueños de hielo.
—«Despierta».
El dolor fue lo primero que apareció, como siempre. Empezó en el pecho y discurrió por la carne que le quedaba, ardiendo con un toque ácido. Luego el hierro despertó.
Llegó más dolor, acuchillándolo, agudo y penetrante. Durante un buen rato pudo notar cada pistón, servo y fibra del cuerpo pero no pudo moverlos. Volvía a estar atrapado, sujeto por el peso muerto del metal al que estaba unido. Latía sangre por su carne, y energía por las extremidades, redoblando como un tambor distante. Los sonidos crecieron en sus oídos: el repiqueteo de máquinas, el raspar de herramientas, el parloteo de servidores ocupados en sus tareas.
Llegó más dolor, y no desapareció. El instinto de debatirse, gritar y liberarse del hierro, creció en él hasta que tuvo que hacer acopio de toda su fuerza de voluntad para permanecer inmóvil. Luego el momento pasó.
Su cuerpo volvió a ser el suyo. La visión regresó. Primero llegó una nube de estática que, como nieve, caía de la oscuridad. Luego figuras, a continuación colores, luego un rostro que reconoció.
—Es la hora —dijo Phidias.
Crius asintió. Un tableteo de dolor ascendió por su columna vertebral.
«Ferrus Manus está muerto».
Como siempre la verdad emergió en su mente tan fresca y cruda como en el momento en que la había oído por primera vez. Primero el vacío, luego la oscuridad succionadora del pesar, a continuación una cólera más roja que la sangre, y luego por fin llegó el odio. Frío, ilimitado y tan oscuro como el hierro enfriado, el odio tomó forma y pasó a ser una necesidad, una fuerza. Arrancó todas las demás emociones y pensamientos, desconectándolos de la mente como si fueran sistemas superfluos. Únicamente permaneció el odio, bañado en la luz de su dolor.
Apartó los ojos de Phidias para contemplar el círculo de Iron Hands de pie ante él, las armas en mano, los ojos fríos al encontrarse con su mirada. Volvió a mirar a Phidias.
—Estamos bastante cerca del Sistema Solar —dijo Phidias.
Crius no dijo nada pero empezó a andar, y los Iron Hands fueron tras él en silencio.
Boreas alzó la vista hacia Crius; la piel que cubría los marcados huesos del rostro era más pálida, y la carne más fina que cuando habían abandonado Terra. El templario llevaba una túnica oscura en lugar de la destrozada armadura, y unas cadenas unían unas gruesas esposas alrededor de muñecas y tobillos a un collar de adamantium que le rodeaba el cuello. Los eslabones tintinearon entre sí cuando se irguió. Estaba claro que sus heridas le producían dolor, pero sanaría y viviría. El rostro de Boreas no demostró emoción, pero Crius captó un destello en las profundidades de sus ojos. Su mente procesó posibilidades sobre lo que eso podría significar: ¿ira, compasión, determinación, reconocimiento? Las descartó todas como irrelevantes.
El hangar estaba tan silencioso como cuando habían llegado hacía tantos meses. Las carcasas saqueadas de naves de desembarco y cañoneras todavía ocupaban la oscura caverna, y el aire caliente seguía siendo agobiante. El casco dorado y negro de la Storm Eagle de Boreas estaba listo para despegar, las luces creaban un foco de luz ante la rampa de embarque abierta.
—Estamos en el borde de la luz —dijo Crius—. Enviaremos una señal una vez nos hayamos ido. Tus hermanos te encontrarán aquí.
—Eres… como ellos —dijo Boreas, pasando la mirada de Crius al resto de Iron Hands.
—Son mis hermanos —respondió Crius.
—Esto no acabará nunca —repuso Boreas en voz baja—. Toda esperanza finaliza siguiendo el camino que ahora recorres.
—La esperanza se perdió hace mucho, Boreas. —Crius hablaba con un chirrido quedo. En el pecho sentía el palpitar de las máquinas que habían sustituido sus corazones—. Se perdió en cuanto nuestro primarca cayó, cuando nuestros padres se volvieron mortales a nuestros ojos. Esta guerra no terminará como tú crees, Boreas, ni como lo desea tu señor. —Hizo una pausa y alzó las manos; las cadenas rotas tintinearon en las muñecas, de las que todavía colgaban—. Pero cumpliré mi promesa aun cuando no regrese contigo. Si deseáis este vínculo, es vuestro. Cuando llegue el momento, podéis llamarnos.
Boreas le sostuvo la mirada un buen rato.
—¿Cómo?
—Ignarak. El silencio de montañas que ardieron en una ocasión, y volverán a arder. Enviad ese mensaje con una palabra ligada a él. Si todavía perduramos os oiremos, y responderemos.
Boreas no dijo nada. Sus facciones volvían a ser inescrutables y duras, su expresión ilegible. Crius dio un paso atrás e hizo ademán de abandonar la sala. Los dos Iron Hands que flanqueaban a Boreas condujeron a este por la rampa de la cañonera, y Crius oyó que los servidores piloto parloteaban con su nave en el idioma de las máquinas.
En lo alto de la rampa, Boreas torció el cuerpo para volver a mirar a Crius.
—¿Qué palabra? —le gritó, y Crius alzó la mirada hacia el templario—. En la llamada, ¿qué palabra os traerá?
El aire caliente del hangar se arremolinó cuando los motores de la Storm Eagle empezaron a adquirir potencia.
—«Despertad» —contestó Crius.
En la rampa, Boreas permaneció inmóvil un momento en el creciente viento y luego se dio la vuelta.

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