Las explosiones ondulaban a lo largo de ambos flancos de la Veritas Ferrum. Los estallidos eran andanadas idénticas, mientras el crucero de ataque de los Iron Hands circulaba por entre sus enemigos. Con Night Lords a babor y la Alpha Legion a estribor, no existía posibilidad de evasión. Solo existía, por el momento, la elección del adversario.
Mientras el fuego de los dos cruceros más pequeños horquillaban el Veritas, sus escudos de vacío llameaban con la brillo de un sol nuevo. El resplandor era tan intenso que, por un instante, el óculo no mostró otra cosa que una pantalla blanca.
De pie ante su atril de mando, el capitán Durun Atticus alzó el chirrido biónico de su voz por encima del estruendo de las alarmas y el retumbo de las explosiones secundarias.
—¡Informe de daños, sargento Galba!
—Ha caído el escudo de vacío del lado de babor de la popa, capitán. Fuego en ese muelle de aterrizaje, y en el pabellón de los siervos.
—Sella el sector. Desvía su energía a los escudos.
Galba alzó los ojos de su puesto situado justo debajo del atril.
—Capitán, los supervivientes…
Atticus hizo callar al sargento con un brusco ademán.
—Están muertos de todos modos. Cualquiera en ese sector es una baja. No aumentemos su número. ¡Hazlo, maldita sea!
Maldita sea la aritmética de la guerra. Maldito sea Horus. Malditos sean los cobardes renegados que estaban llenando la órbita cercana de Isstvan V con los escombros de naves, las llamas de la traición y la ruina del sueño del Emperador.
—Y maldito sea yo también —murmuró Atticus.
Galba hizo una pausa sobre sus controles.
—¿Capitán?
—Nada.
Porque no era nada, ¿verdad? ¿Qué era lo que les había dicho a sus hombres, riendo con aquella laringe biónica suya —riendo—, cuando el Veritas Ferrum había iniciado su viaje por la disformidad hacia el sistema Isstvan? Había dicho que no era cierto que las legiones no conocieran el miedo, porque él experimentaba uno muy grande, y su temor era que llegaran y se encontraran con que su primarca, Ferrus Manus, hubiera aplastado ya la rebelión del señor de la guerra sin ellos.
Tras Callinedes —tras la cobarde emboscada de Fulgrim— y una vez que hubieron amainado las tormentas de la disformidad, lord Manus había salido disparado hacia Isstvan, tomando las naves más veloces y menos dañadas, y llenándolas con sus veteranos Avernii más experimentados. Atticus había cedido la mitad de su dotación de guerreros a la insensatez del primarca. Pero ahora el Veritas Ferrum había abandonado por fin la disformidad en el punto Mandeville del sistema, y accedido a una visión del infierno.
Atticus descendió del atril y fue hacia el óculo a grandes zancadas. La órbita lejana de la estrella de Isstvan era un cementerio enorme de naves leales. Algunas habían sido alcanzadas mientras intentaban escapar, pero muchas más fueron sencillamente destrozadas por el fuego enemigo nada más emerger del immaterium.
La segunda oleada de los Iron Hands había quedado prácticamente destruida.
—¡Todo a estribor! —ordenó, paseando la mirada por su tripulación—. ¿Ninguno de vosotros va a preguntar si me siento aliviado al ver que mi temor no se ha materializado?
La batalla no había finalizado, pero la terrible verdad era que parecía que fuera a acabar pronto.
Señaló con un dedo la nave enemiga más próxima que apareció ante ellos mientras el Veritas iniciaba su giro.
—Quiero darle a ese bastardo de la Alpha Legion con todo lo que tenemos. —Si todavía tuviera labios, estos se habrían abierto en una sonrisa letal—. ¿Así que el individuo no es importante, verdad, Alpharius? —escupió—. Entonces lo que estamos a punto de hacer no te hará el menor daño.
Con la lenta majestuosidad de un glaciar, el Veritas giró para caer sobre su presa. La nave de la Alpha Legion, la Theta, intentó un movimiento evasivo alzándose por encima de la eclíptica, pero fue demasiado lenta, y lo hizo demasiado tarde. El fuego concentrado de lanzas de energía y los torpedos procedentes del Veritas acabaron con sus escudos. Estos cayeron en una cascada titilante, y las luces de posición de la Theta se apagaron justo antes de que la descarga principal de los Iron Hands la alcanzara en plena sección media.
El impacto fue devastador. La Theta se partió por la mitad.
Galba anunció desde su puesto:
—La nave de los Night Lords vuelve a disparar.
—Tomo nota, sargento. Contramedidas. —Atticus contempló el crucero partido en dos que tenían delante—. Timonel, llévanos a través de eso —ordenó.
La proa del Veritas Ferrum penetró en la bola de fuego que se disipaba en el lugar donde había estado el casco central de la Theta. Las dos secciones de la nave de la Alpha Legion parecieron plegarse sobre la nave de los Iron Hands en un abrazo del vacío. Hubo un impacto de refilón que hizo caer los escudos de la proa de estribor, pero el Veritas pasó sin problemas. Detrás de ellos, el flanco del navío de los Night Lords quedó expuesto a los escombros; la nave maniobraba para efectuar un giro evasivo, pero no tuvo tiempo. La mole destrozada de la parte posterior de la Theta chocó contra ella, iluminando el vacío cuando el reactor entró en fase crítica.
El sonido que surgió del órgano de fonación de Atticus fue un gruñido de satisfacción.
—¿Sargento Galba?
—Los escudos aguantan. Por los pelos.
Por delante, tenían un camino despejado. Atticus volvió la cabeza hacia el operador de comunicaciones.
—¿Alguna noticia desde la zona de desembarco?
—Nada que pueda confirmar, capitán.
Habían recibido únicamente un parloteo fragmentado a través del comunicador desde su llegada; llamadas de socorro entrecortadas de voces que afirmaban ser Iron Hands, llorando la muerte de su primarca, pero nunca hubo una respuesta directa a las llamadas hechas desde el Veritas. Atticus regresó al atril de mando.
—Más mentiras, entonces —dijo.
No quería creer que hubieran matado a Ferrus Manus. No a menos que viera el cuerpo del primarca ante él. Tal vez ni siquiera entonces.
No quería creerlo. Aun así, en lo más profundo de su ser sabía que no quedaba nada que rescatar de la zona de desembarco, y sentía cómo su alma se llenaba de un odio que lo acompañaría hasta la tumba.
El auspex de Galba tronó con una alarma de proximidad.
—¡Naves capitanas, justo enfrente!
Atticus ya no podía suspirar. La débil carne había desaparecido en gran parte, las muchas peculiaridades humanas habían sido abandonadas y reemplazadas por la fuerza del metal. Así que no suspiró; en su lugar apretó los puños, curvando las barandillas que rodeaban el atril.
—Debemos retirarnos. Si no lo hacemos, si nada de las fuerzas leales ha sobrevivido a la matanza en la superficie, ¿qué pasará entonces? ¿Qué será de nuestra Legión?
El operador de comunicaciones se volvió raudo de cara al atril.
—¡Una señal! Thunderhawk. Dos, saliendo del campo de escombros, y solicitan ayuda.
La aritmética de la guerra se alzó imponente ante Atticus una vez más.
—Pásalo al altavoz principal.
La estática chisporroteó por el canal abierto. Luego les llegó una voz.
—Aquí el sargento Khi’dem, 139.ª Compañía de Salamanders. Nuestra nave de transporte está destruida. Necesitamos que nos rescaten.
Atticus contempló los hololitos tácticos que tenía delante. Quedaban muy pocas naves aliadas. El Veritas era la única lo bastante cerca, e incluso conservaba la ilusión de disponer de libertad de acción. Pero la aritmética era implacable.
—Lo siento, sargento. No podemos ayudaros. Este es el crucero de ataque de la X Legión, el Veritas Fe…
—Tenemos a varios de vuestros hermanos y a miembros de la Raven Guard a bordo. Perdimos a muchos para salvarlos. ¿No vale eso nada?
—¿Tenéis a nuestro primarca?
Hubo un largo momento de silencio.
—No.
—Entonces, lo lamento pero…
—Tres legiones han combatido por el Emperador, y ahora se enfrentan a la aniquilación. ¿Han de ser abandonadas, y su sacrificio olvidado? ¿Concederás a los traidores una victoria absoluta? ¿No habrá testigos de lo que se hizo en este día en Isstvan V?
Atticus soltó una maldición. Maldijo a Khi’dem. Maldijo a toda la galaxia.
—Timonel, fija curso de intercepción. Recoge esas naves.
Odió al pedacito de su alma que se alegró de esa decisión. Deseó haberlo reemplazado también por un mecanismo biónico.
El Veritas Ferrum se aproximó a las Thunderhawk. Por ambos flancos, las grandes naves de guerra de los Sons of Horus y los Emperor’s Children acortaban distancias. Un lazo iba cerrándose alrededor de los Iron Hands.
El Veritas aminoró para recoger a las dos cañoneras, al mismo tiempo que los traidores abrían fuego. Las plataformas de aterrizaje de estribor se cerraban ya cuando los torpedos impactaron sobre el lado de babor. Entonces los terribles daños pasaron a ser catastróficos.
Las explosiones eran retumbos que repicaban sobre retumbos. Atticus sintió la herida de su nave a través de la interfaz de mando como una cuchilla arañándole toda la longitud de las costillas. Las sirenas del puente fueron el alarido de dolor del Veritas.
Pero los Iron Hands todavía disponían del vector de fuga. Atticus asestó un fuerte golpe a la barandilla del atril de mando.
—¡Ya! —rugió.
El Veritas salió disparado. El desgarro en su flanco era enorme y por él salieron despedidos al vacío aire, llamas y figuras diminutas con armadura. U nuevo impacto de un torpedo zarandeó la nave.
Galba estaba encorvado sobre su puesto como si las mismas pantallas fueran sus enemigos.
—El fuego se extiende, capitán. Más de un centenar de legionarios han caído al vacío.
—Muchos más de los que transportaban las Thunderhawk —rugió Atticus, enfurecido—. Seguro que nuestros invitados lo valen.
Lo experimentó entonces, la extirpación final de la misericordia de su cuerpo. La última debilidad, eliminada una batalla demasiado tarde. Y ahora, quedándole solo una senda desesperada que seguir, una calma tan fría como una tumba descendió sobre él.
—Efectuad el salto.
Galba le miró atónito.
—Capitán, el casco podría no aguantar…
—Efectuad el salto. ¡Ahora!
Los motores de disformidad del Veritas Ferrum llamearon. La sangrante nave se zambulló en el alarido de la realidad, y Atticus clavó la mirada en las fauces de un futuro tan despiadado e incierto como él.

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