Texto aleatorio

«Y una serpiente llegó incluso a aquel paraíso».

—De La caída del cielo, compilado a partir de varias fuentes antiguas.

Obra prohibida 413.M30

La magus clavó los ojos en Thoros. La mujer tenía los brazos rojos hasta los codos, y la seda blanca de la túnica estaba recubierta de sangre reseca y sudor reciente. El hombre a sus pies todavía estaba vivo, retorciéndose en los restos de su piel. El filo de la daga de plata que sujetaba la magus estaba cubierto de sangre, y una espesa gota se había formado en la punta del arma, centelleando con un rojo oscuro en la ardiente luz de las brasas. Alrededor de ellos la multitud de seguidores de la magus aguardaba, con ojos como platos y no muy seguros de qué veían exactamente ni de cómo debían reaccionar exactamente.

Habían hecho esto muchas veces, creían que estaban bien ocultos, pero Thoros y sus sacerdotes habían irrumpido sin más en pleno ritual, como si les esperaran.

Mirando a la magus a los ojos, Thoros se preguntó qué veía ella al devolverle la mirada. ¿Un mensajero de los dioses? ¿Un monstruo? ¿Una revelación? Se había despojado de los mantos oscuros que habían ocultado su cuerpo durante el viaje hasta ese lugar, y se erguía ahora aquí tal y como lo había hecho en Davin: una figura de miembros largos y delgados vestida con una túnica de tejido burdo. Torques de oro rodeaban cuello y muñecas, cada uno cincelado en la forma de una serpiente con gemas rojas por ojos. Cinco de sus sacerdotes permanecían detrás de él, envueltos en túnicas pálidas y agarrando firmemente bastones con dedos cubiertos de escamas. Sus ojos rojos y oblicuos contemplaban el mundo sin parpadear.

La caverna que los envolvía era de hierro, un espacio hueco bajo los grandes hornos de fundición de la superficie. De las bocas refulgentes de conductos de ventilación en el elevado techo brotaba una neblina de calor. Los sectarios la habían estado usando durante años, y la sangre derramada y las plegarias farfulladas reconcomían los sentidos de Thoros.

No le gustaba ese lugar. No le gustaba su olor a hierro, ni el hedor anodino de las mentes que infestaban sus forjas. Había venido solo porque era la voluntad de los dioses que ese mundo pasara a ser suyo, y debía caer antes de la llegada de la guerra. Lo harían renacer; una importante bendición para un planeta despreciable. La multitud de seguidores de la magus que llenaba la caverna era el principio. Pero todavía tenían que contemplar el rostro auténtico de aquellos a los que servían.

Thoros ladeó la cabeza, dejando que la magus temblara bajo su mirada. Estaba asustada; podía paladearlo, un deje de miedo condimentando el hedor humano del aire de la caverna. Y ¿por qué no tendría que estarlo? Estaba acostumbrada al poder, a que otros obedecieran sus órdenes. Ahora un emisario de sus dioses había venido a verla, y a ella ya no le gustaba el rostro de los poderes ante los que se había arrodillado. Él sabía que era cierto; podía verlo en el espejo que eran sus ojos.

—«Ya llega, ser excelso».

La voz espectral de sus sacerdotes susurró en la mente de Thoros. Sonrió.

—«Sí, hermanos míos. El momento se acerca. Los dioses nos mostrarán el camino» —⁠respondió.

En el suelo, el hombre despellejado se estremeció, vomitó sangre y luego se quedó quieto. La magus no le miró, su sacrificio olvidado ya. El resto de los sectarios arrodillados permanecieron inmóviles. El miedo que exhalaban era un perfume en bruto para los sentidos de Thoros.

Eran ganado, guiado por su propio rencor y envidia, que amamantaba sus pequeños odios y soñaba con arrebatar el poder a quienes los gobernaban. Era de esperar; tales deseos ataban a los mortales a los dioses, aunque seguían siendo poco más que bestias esperando el látigo del vaquero. Se llamaban a sí mismos «la Puerta Óctuple». Eran débiles y estaban desesperados, y en su fuero interno jamás habían creído que sus plegarias recibirían respuesta.

—Por la sangre —salmodió la magus con voz temblorosa, mientras alzaba la daga para apuntar a Thoros⁠—. Por los siete caminos de plata y cinco cálices de noche, te obligo y ordeno…

Thoros negó lentamente con la cabeza, sin apartar los ojos de ella ni un momento.

—Nimiedades —siseó, dando un paso al frente⁠—. Cosas insignificantes.

A su alrededor se congregaron susurros y sombras, que rozaron su piel y llenaron la caverna. Los dioses lo habían bendecido; mejor dicho, lo habían creado para esto. Desde el momento en que su madre lo había llevado a la Logia de la Serpiente, un niño contrahecho con los ojos rojos de los elegidos, hasta la vez en que había visto más allá de las puertas del sueño y vislumbrado los dioses que había al otro lado: todo ello había sido una preparación. Más allá de los muros de esa caverna había un mundo, y en el firmamento de aquel mundo colgaban estrellas, a cuyo alrededor otros mundos daban vueltas en una danza eterna. Todos dormidos, todos aguardando la llegada de una era nueva que no podían saber que se avecinaba. Era por eso que los dioses se habían ocupado de que cruzara sin percances el mar de almas para estar ahí en ese instante: para preparar el despertar del Imperio dormido.

La magus ahora temblaba de verdad. Thoros oyó la simiente del habla en su mente y habló antes de que ella pudiera hacerlo, con una voz que era un susurro vibrante.

—«Sssilencio».

La mujer no se movió ni replicó, aunque tras él Thoros percibió cómo sus sacerdotes asistentes se removían. Muy despacio, alargó la mano a la cintura y extrajo un cuchillo de los pliegues de la túnica. El mango se asentó en sus dedos.

—Los supremos sirvientes de los dioses te llaman. —⁠Dio otro paso al frente, y las miradas de un millar de ojos acariciaron su piel⁠—. Este mundo les pertenecerá a ellos. —⁠Hizo una pausa, tenía los labios agrietándose sobre dientes afilados⁠—. Pero tú… eres mía, ahora.

La quietud se quebró de golpe. La magus arremetió contra Thoros, empuñando una daga.

Los sectarios congregados allí se pusieron en pie con un rugido. Thoros sintió cómo sus gritos resonaban a través de su alma en aquel instante sin fin, su cólera era ardiente como un horno industrial. Por toda la caverna, otros cuchillos fueron abandonando las fundas. Pudo percibirlo todo: cada hoja afilada ritualmente, cada músculo distendiéndose, el miedo y odio brotando en cada corazón. El deseo de matar le empapó, le inundó y le rehízo.

Se deslizó por delante de la estocada de la magus, y su cuchillo ascendió y le abrió el estómago. La mujer cayó, la sangre empezó a cubrir la blanca seda; abrió la boca en busca de aire, su mente suplicaba misericordia mientras el alma corría al encuentro de sus dioses. Sintió que las sombras susurraban con regocijo mientras ella chillaba.

La voz fantasma de Thoros emergió en la creciente oscuridad.

—«¡Los dioses hablan!».

—«Hablan» —repitieron sus sacerdotes al unísono.

Un pilar de luz irregular salió disparado hacia lo alto en medio de ellos, desgarrando la penumbra con fuego verde. Los cinco sacerdotes ascendieron por el aire, con rayos dando vueltas a su alrededor en espirales interminables. Una capa de escarcha se extendió por el techo de la caverna, ahogando el calor procedente de los conductos de ventilación de los hornos. Allí donde el fuego tocaba al círculo de sectarios, este los convertía en cenizas.

Thoros dio la espalda a la magus que se desplomaba, y su mano ascendió para convertirse en una serpiente negra de humo. La serpiente descendió por el brazo y zigzagueó alrededor del cuerpo, y la piel del hombre ardía y se congelaba al contacto de la criatura infernal. Los sectarios que quedaban se abalanzaron sobre él, con los cuchillos alzados y los ojos desorbitados por el miedo. Notó cómo la serpiente le rodeaba la garganta; abrió la boca para engullirla.

Un sectario se separó de la multitud. Era enorme y llevaba el pecho desnudo y empapado de sudor. Aros de plata en pliegues de carne tintinearon mientras arremetía contra él. Thoros sintió que la daga del hombre le perforaba la carne entre las costillas, sintió que la punta le reventaba el corazón y la sangre manaba a la cavidad del pecho.

Fuego y hielo palpitaron a través de él. Bajó los ojos hacia el gordo fanático; el hombre retrocedió para volver a apuñalarlo, con unas negras gotitas de sangre desparramándose del cuchillo al quedar este libre.

Thoros abrió la boca, notando cómo las mandíbulas se le dislocaban más y más. De la garganta brotaron sombras que bulleron en el aire y se enroscaron alrededor del atacante antes de que pudiera asestar el segundo golpe. La nube negra siguió fluyendo, serpenteando a través de la multitud que arremetía contra él. Los que corrían cayeron, pues las pesadillas cegaron sus ojos y el sudor se convirtió en escarcha sobre su piel desnuda.

Cada una de las mentes del interior de la caverna chilló.

«Ahora lo ven», pensó Thoros mientras surgían alaridos de un millar de bocas. «Ven la verdad primigenia».


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