Dramatis Personae
| JAGHATAI KHAN | Primarca de los White Scars |
| HORUS LUPERCAL | Primarca de los Luna Wolves |
| SHIBAN KHAN | Hermandad de la Tormenta |
| TORGHUN KHAN | Hermandad de la Luna |
| TARGUTAI YESUGEI | Vidente de las tormentas |
| ILYA RAVALLION | Departamento Munitorum |
| HERIOL MIERT | Departamento Munitorum |
Uno
Shiban
Recuerdo mucho de lo que dijo incluso ahora, pero todos aprendimos más de prisa del ejemplo que de las palabras. Estábamos hechos así: observábamos y actuábamos.
Nos encantaba la velocidad a la que viajábamos. Puede que fuéramos demasiado lejos, demasiado de prisa, aunque no me arrepiento de nada. Éramos fieles a nuestra naturaleza, y en la prueba final eso fue lo que nos salvó.
Sí que recuerdo muchas cosas sobre él de aquellos tiempos, aquella época en que nuestros instintos eran más inocentes. Algunos ejemplos y lecciones excelentes todavía me acompañan, y ello me hace mejor.
De todas las cosas que dijo, o se supone que dijo, únicamente una me causó un gran impacto. Dijo: «Reíd cuando matéis».
Si hubiéramos necesitado un epigrama, si alguien hubiera preguntado alguna vez qué nos hacía como éramos, le habría contado eso.
Nadie preguntó jamás. Para cuando le importamos lo suficiente a alguien como para ir en nuestra busca, todo había cambiado ya. De repente nos necesitaban, pero no había tiempo para pensar en el motivo.
Seguí su recomendación: cuando mataba, reía. Dejé que el viento gélido alborotara mis cabellos y sentí el contacto de la sangre caliente contra la piel. Recorrí largas distancias, lleno de energía, retando a mis hermanos a seguir mi ritmo. Yo era como el berkut, el águila cazadora, libre de las pihuelas, que surca las corrientes ascendentes en lo más alto del horizonte.
Así éramos por entonces; todos nosotros. Minghan Kasurga: la Hermandad de la Tormenta.
Era el nombre que nos definía, el que usábamos para diferenciarnos.
En privado, nos llamaban «los asesinos risueños».
El resto de la galaxia todavía no nos conocía.
Me gustó Chondax. El planeta que había dado su nombre a todo el conjunto estelar le iba bien a nuestro modo de combatir, no como Phemus, con su costra de magma, o Epihelikon, que estaba invadido por la jungla. Chondax tenía cielos altísimos y enormes, carentes de toda nube, de un verde pálido como la hierba rejke. Lo surcábamos a máxima velocidad en oleadas, ascendiendo desde los puntos de desembarco meridionales para correr hasta la zona ecuatorial. A diferencia de cualquier mundo que yo conociera en ese momento o haya conocido desde entonces, jamás cambiaba: no era más que un páramo de tierra blanca en todas direcciones, que relucía bajo la luz suave de tres soles lejanos. Podías hundir la mano en aquella tierra y esta se quebraba, cristalina como la sal.
No crecía nada en Chondax, de modo que bajábamos los suministros desde la órbita en cargueros de desembarco. Cuando marchaban, cuando nosotros nos íbamos otra vez, la tierra se cerraba sobre las marcas de quemaduras y volvía a dejar una superficie lisa y blanca.
La tierra se curaba a sí misma. Nuestra presencia allí tenía un impacto muy leve: cazábamos, matábamos, y luego no quedaba nada de todo ello. Ni siquiera las presas —los pielesverdes, a los que nosotros llamamos «los hain», otros los llaman «los orkos», o «los kines», o «los krork»— conseguían dejar una huella. No teníamos ni idea de cómo se aprovisionaba el enemigo. Meses antes habíamos destruido lo que quedaba de sus toscas naves espaciales, dejándolos sin recursos en la superficie. Cada vez que los desalojábamos de sus guaridas miserables, cuando los incendiábamos, dejando el terreno cristalizado, el polvo blanco regresaba. En una ocasión conduje un escuadrón muy al sur, recorriendo trescientos kilómetros antes de cada puesta de sol principal, de vuelta al lugar donde habíamos combatido contra ellos en una refriega brutal que había durado siete días y había ennegrecido el terreno con sangre y carbón.
No quedaba nada cuando pasamos sobre el emplazamiento, salvo la capa blanca.
Comprobé los localizadores de mi armadura. Jochi no me creía; dijo que nos habíamos equivocado de lugar. Sonreía de un modo forzado, desilusionado al no hallar nada, esperando que algunos de ellos pudieran haber sobrevivido y se hubieran vuelto a esconder, listos para un nuevo combate.
Yo sabía que estábamos en el lugar correcto, y comprendí entonces que estábamos en un mundo al que no se podía dañar, que se desprendía tranquilamente de nuestras manchas de sangre y nuestra furia y volvía a quedar intacto a nuestro paso.
Esa observación fue lo que hizo que me gustara Chondax. Se lo expliqué a mis hermanos más tarde mientras estábamos sentados bajo las estrellas, calentándonos las manos con brío a la lumbre, como nuestros padres habían hecho en Chogoris. Estuvieron de acuerdo en que Chondax era un buen mundo en el que podía librarse una buena guerra.
Jochi sonrió con indulgencia mientras yo hablaba, y Batu sacudió la cabeza llena de cicatrices, pero no me importó. Mis hermanos sabían que tenían a un poeta como khan, pero los chogorianos no desdeñaban esa clase de cosas como me habían contado que sucedía en otras legiones.
Yesugei me contó en una ocasión que solo los poetas podían ser auténticos guerreros. No supe qué quería decir con eso entonces, pues tal vez se estaba refiriendo a mí en particular o tal vez no; a un zadyin arga no se le piden explicaciones.
No obstante, sabía que cuando nos fuéramos, con las almas enardecidas y puras por la matanza, Chondax no nos recordaría. El fuego ante el que nos calentábamos —su combustible traído en transportes como todo lo demás—, que siguiendo la vieja costumbre no apagaríamos con agua ni cubriríamos con tierra cuando amaneciera, no dejaría señal.
Me resultó reconfortante.
Nos dirigimos al norte de nuevo. Siempre en movimiento, siempre buscando. Así era cómo nos gustaba hacerlo; nos habríamos agostado rápidamente de habernos visto obligados a permanecer en el mismo sitio durante mucho tiempo.
Llevé a mi hermandad a recorrer las llanuras; éramos quinientos, inmaculados en nuestra armadura color marfil ribeteada en carmesí. Nuestras motos a reacción abrían franjas en la tierra bajo nosotros, revolviéndola y dejando surcos tras ellas. Las conducíamos ostentosamente, sabedores de que nadie podía llegar a dominar su poder atronador como nosotros. Cuando salió el tercer sol, haciendo refulgir el cielo vacío, nuestros pendones con inscripciones centellearon y nuestras armas relucieron. Salimos a toda velocidad igual que cometas atados a la tierra, desplegados sobre el terreno llano en una punta de flecha plateada, voceando nuestra alegría, nuestra gloria y nuestra determinación.
Al alzarse el tercer sol de Chondax, las sombras se desvanecieron. Todo apareció ante nuestros ojos en forma de afilados bloques de color. Intercambiamos miradas y vimos detalles que nunca antes habíamos visto. Advertimos la lozanía de nuestros rostros curtidos y comprendimos lo viejos que éramos y el largo tiempo que habíamos estado en campaña, y nos maravilló sentirnos más salvajes y llenos de vida que cuando éramos niños.
El séptimo día, cuando los soles estaban en su ápice, avistamos orkos en el horizonte. También iban hacia el norte, viajando en largas columnas de vehículos blindados toscos y abollados que lanzaban grumos de hollín al aire y delataban su posición.
En cuanto los vi, el corazón me dio un vuelco. Los músculos entraron en tensión, los ojos se entornaron y el pulso se aceleró. Noté que mis dedos anhelaban sentir el tacto de mi espadón guan dao. Aquella bendita arma —mango de dos metros, una única hoja curva, una obra de un genio del combate cuerpo a cuerpo— no había probado la sangre en muchos días; su espíritu ansiaba volver a saborearla, y yo no tenía intención de decepcionarla.
—¡Presas! —rugí, sintiendo cómo el tenso aire me azotaba el rostro descubierto.
Me levanté del sillín, dejando que la moto oscilara bajo el cuerpo, mientras fijaba la mirada en el resplandor solar del horizonte.
Los pielesverdes no se volvieron para pelear. Siguieron adelante, avanzando laboriosamente en su convoy humeante tan de prisa como podían.
Cuando él nos condujo a Chondax por primera vez, ellos sí que nos habrían combatido; se habrían abalanzado sobre nosotros, en masa y en estampida, rugiendo mientras babeaban por sus bocas melladas.
Pero ya no. Habíamos quebrantado su espíritu. Les habíamos dado caza por todo aquel mundo, sacándolos de sus escondites, haciéndolos retroceder, abatiéndolos. Sabíamos que se congregaban en alguna parte, en un intento de organizar alguna especie de defensa basada en el número de efectivos, pero incluso ellos debían de haber intuido que se acercaba en fin.
No los odiaba. En aquellos tiempos no sabía qué era odiar al enemigo. Sabía lo fuertes, listos y habilidosos que eran, y respetaba eso. En un principio habían matado a muchos de mis hermanos, y habíamos aprendido juntos, los dos; conociendo dónde estaban nuestros puntos débiles, descubriendo cómo combatir en un mundo que no nos daba nada y al que le tenía sin cuidado nuestra presencia y nuestra contienda. Podían viajar de prisa cuando lo deseaban. No tan rápido como nosotros —nada en toda la creación era tan veloz como nosotros—, pero eran taimados, creativos, valientes y feroces.
Tal vez era solo lo que yo sentía, pero tampoco creo que ellos nos odiaran. Odiaban perder, lo cual corroía su ánimo y embotaba sus armas, pero en realidad no nos odiaban a nosotros.
Años antes, en Ullanor, había sido diferente, pues casi nos habían aniquilado. Habían arremetido en una informe marea verde interminable, arrollándolo todo, ebrios de fuerza, desatados en su espléndido modo de pelear.
Finalmente fue Horus quien los hizo retroceder. Horus y él habían peleado allí; yo lo presencié, aunque de lejos. Fue allí donde las cosas habían cambiado por fin, donde le partimos el espinazo a la bestia. Todo lo que quedaba en Chondax eran restos; los últimos vestigios denodados de un imperio que había osado desafiar al nuestro y casi había prevalecido.
De modo que no odiaba a los que quedaban, y a veces imaginaba cómo me sentiría si alguna vez tropezáramos con un adversario al que no pudiéramos vencer, donde no quedara otro remedio que retroceder, una y otra vez, debilitándonos aún más con cada enfrentamiento mientras viéramos cómo la vida se extingue lentamente en los que nos rodean a medida que la soga se tensa.
Esperaba y creía que haría igual que ellos, y seguiría peleando.
No necesité dar órdenes a mis hermanos; habíamos hecho lo mismo muchas veces. Aceleramos al máximo, para colocarnos junto a cada flanco del convoy en una formación dividida.
Era una visión capaz de estimular el flujo sanguíneo y alegrar el corazón: quinientas motos relucientes retumbando en escuadrones en punta de flecha de veinte, motores ensordecedores y conductores gritando exultantes. Nos desplegamos por la arena resplandeciente, magníficos en nuestro uniforme blanco, dorado y rojo, levantando una tormenta de arena arremolinada tras nosotros.
Hasta entonces habíamos mantenido una velocidad de crucero, dejando que nuestras motos nos acercaran al enemigo. Ahora corríamos a toda velocidad, con las largas cabelleras ondeando alrededor de las hombreras, las espadas centelleantes a la luz de los soles.
Nos dirigimos hacia los vehículos enemigos —enormes transportes pesados sobre semiorugas o ruedas disparejas—, que se bamboleaban y estremecían mientras los pielesverdes forzaban al máximo los motores que resuellan. Había brechas en los blindajes por las que ascendían columnas de humo agitado. Vi a orkos encaramados a puestos de artillero, que giraban para apuntarnos con lanzacohetes parcheados y armas láser de cañones ennegrecidos.
Vi que abrían sus bocas provistas de colmillos: nos gritaban algo. Todo lo que oí fue el traqueteo ensordecedor de las motos, las potentes ráfagas del viento, el rugido gutural de los motores xenos.
Nuestras motos tenían bólters pesados montados en un soporte articulado, pero los mantuvimos en silencio. Ninguno de nosotros disparó; nos acercamos a toda velocidad, virando bruscamente justo antes de quedar a tiro de la artillería enemiga, para observar y urdir cada ataque individual. Buscábamos eslabones débiles, los lugares por los que empezaríamos.
Erdeni calculó mal y fue a parar demasiado cerca. Me volví sobre el sillín y vi cómo lo alcanzaba un cohete justo en el pecho, que había salido de una semioruga pielverde y efectuado un alocado tirabuzón antes de impactar en él. La explosión lo arrancó del asiento. Antes de escabullirme a toda prisa para colocarme fuera de tiro, le vi chocar contra el suelo, para luego rebotar y rodar arrastrado por la pesada armadura.
Entonces tomé nota mentalmente de que, si sobrevivía, Erdeni haría penitencia por ello.
A continuación, nos pusimos manos a la obra.
Nuestras motos saltaron al frente, acercándose raudas mientras zigzagueaban y rodaban a través de un huracán de fuego enemigo. Abrimos fuego con los bólters pesados en un rugido explosivo y quebrado que ahogó por un instante el retumbar de los motores. Nos abrimos paso al interior del convoy, pasando como una exhalación por delante de semiorugas tambaleantes y dejando una estela de devastación a nuestra espalda.
Yo iba a la cabeza de la flecha, acelerando a fondo mi montura a la vez que aullaba y manifestaba mi salvaje furia combativa, esquivando proyectiles de energía y cohetes mientras percibía las sacudidas del percutor que lo arrasaba todo ante mí.
Me sumergí en aquella vitalidad. Los soles estaban en el cielo, nosotros luchábamos en un combate fiero y compacto, y el aire transparente discurría veloz sobre nuestras armaduras. Jamás he querido más que eso.
El convoy se fragmentó. Los vehículos más lentos fueron los primeros en ver atravesado su blindaje, y las explosiones los zarandearon violentamente. Máquinas monstruosas recibieron impactos en las unidades tractoras y se estrellaron, de cabeza, contra la tierra. Volcaron remolques, dando vueltas de campana. Fragmentos de chatarra salieron girando por los aires debido a la potencia de explosiones internas. Las motos pasaban como exhalaciones y atravesaban aquella carnicería igual que lanzas.
Acorté distancias con la presa elegida, de pie en el sillín, guiando mi veloz montura con las piernas a la vez que extraía el espadón del correaje de la espalda. Mis diecinueve hermanos del minghan-keshig se acercaron, colocándose al lado, para seguir mi misma trayectoria. Dimos vueltas y corrimos a través de la espesa lluvia de disparos láser y proyectiles sólidos. Jochi estaba allí, al igual que Batu y Jamyang y el resto, todos acurrucados sobre el chasis cabeceante de sus motos con la sangre ardiendo y el éxtasis pintado en los ojos.
Mi presa estaba en el centro del convoy; era un vehículo enorme de ocho ruedas, coronado por una turbulenta espina dorsal de cañones y lanzagranadas rotantes. Habían montado una plataforma en lo alto sobre un conjunto de suspensiones bamboleante, alrededor de la cual colgaban unas placas gruesas de blindaje saqueadas y pintadas con manchones de rojo y verde. Varias decenas de orkos forcejeaban para ocupar un puesto allí arriba: algunos armados, otros manejando el armamento montado sobre los soportes del vehículo. Dos tubos de escape vomitaban gases en la parte trasera mientras toda la estructura daba brincos y se ladeaba, avanzando retumbante junto con el resto del desmoronado convoy.
No eran estúpidos, ni tampoco lentos. Un torrente de chisporroteantes haces de energía salieron disparados hacia nosotros, pasando abrasadores junto a nuestras orejas y revolviendo la tierra a nuestros pies. Recibí un impacto en la hombrera y giré bruscamente a la izquierda; a mi espalda otra moto fue abatida, causando una orgía descontrolada de llamas y escombros desdibujados.
En el último momento salté, impulsado hacia lo alto por mi servoarmadura, y fui a caer justo sobre la plataforma. Atravesé violentamente la barrera y me posé sobre la basculante superficie, blandiendo mi guan dao en un arco sangriento al mismo tiempo que aterrizaba. El disruptor llameó, dejando haces plateados y relucientes en el aire a medida que la hoja asestaba un mandoble tras otro.
Me sentí exultante usando el espadón. Este danzaba en mis puños, dando vueltas y perforando adversarios, arrojando cuerpos de orkos fuera de la plataforma. Me abrí paso a través de ellos, rompiendo huesos y destrozando armaduras. Los orkos retrocedían tambaleantes ante mi persona profiriendo aullidos.
Rugí de placer; los miembros me ardían y tenía los hombros cubiertos por un chorro de sangre que centelleaba bajo el sol. Mis corazones bombeaban a toda marcha, mis puños volaban: estaba pletórico.
Un adversario de gran tamaño se aproximó, con el brazo izquierdo lacerado por la detonación de un bólter. Vino directo contra mí, con la cabeza gacha y las garras extendidas. Llevaba una cuchilla de carnicero; blandí la espada en un movimiento circular.
El guan dao atacó con ferocidad, cercenando el brazo del monstruo a la altura de la muñeca. Luego cambió de dirección, a tal velocidad que el filo de la hoja pareció hendir el aire mismo en una estela de energía chisporroteante y le reventó la cabeza en medio de una nube de sangre y hueso.
El cuerpo aún no había chocado contra el suelo y yo ya volvía a estar en movimiento: asestaba tajos, describía molinetes, saltaba, esquivaba. Mis hermanos se unieron a mí, arrojándose de las motos para saltar a la plataforma. Apenas había sitio para todos nosotros; teníamos que matar con rapidez.
Jochi eliminó a uno de los artilleros, hundiendo la espada en la columna vertebral de la criatura para a continuación arrancar toda la cadena de huesos con un floreo. Batu se metió en un lío al enfrentarse a dos adversarios a la vez y recibió un violento puñetazo en la cara en pago a su equivocación. La barbilla ensangrentada se le alzó violentamente, y él trastabilló hasta el borde de la plataforma. Una serie de proyectiles machacaron su peto pero no consiguieron derribarlo.
No vi cómo finalizaba su pelea, pues para entonces yo iba ya a por el caudillo. Este avanzó pesadamente hacia mí, apartando a empellones a sus propios congéneres en su anhelo por iniciar el combate. Lancé una carcajada al verlo; no a modo de burla, sino de aprobación y júbilo.
La piel del pielverde era oscura y estaba repleta de arrugas de cicatrices grisáceas. Blandía un martillo enorme con la cabeza de hierro con las dos manos, y el arma gruñía, con cuchillas en movimiento.
Me hice a un lado a toda prisa, esquivando los chirriantes dientes por unos centímetros. Luego volví a girar en redondo hacia él, con el guan dao temblando por la furiosa energía que emitía mientras actuaba. Le golpeé dos veces, arrancándole pedazos del grueso blindaje de la armadura, pero no cayó.
Volvió a arremeter, haciendo que la cabeza del martillo describiera un arco demoledor. Me agaché de prisa, aprovechando la inclinación de la plataforma para virar y descender, a la vez que mantenía el equilibrio gracias al impulso del espadón. Éramos como danzantes en una ceremonia mortal, en un zigzagueo constante, con movimientos rápidos, ajustados, pesados.
Mi adversario volvió a atacar, con el rostro contraído por una rabia furiosa, a la vez que acumulaba toda su fuerza en un estremecedor golpe transversal que silbó en el aire. Si aquel ataque me hubiera alcanzado, yo habría muerto en Chondax, arrojado fuera de la plataforma en movimiento para ir a estrellarme contra el polvo con la espalda partida y la armadura hecha pedazos.
Pero lo había visto venir. La guerra funcionaba así para nosotros: uno amagaba, engatusaba, enfurecía, provocaba el paso en falso que abría una brecha en la defensa. Cuando el martillo se movió, supe adónde iba y exactamente cuánto tiempo tenía para evitarlo.
Salté. El espadón centelleó mientras efectuaba una pirueta lateral, la hoja girando en mis manos y alrededor de mi cuerpo contorsionado. Me elevé por encima de la torpe embestida del orko, dando la vuelta al mango del guan dao de modo que apuntara hacia abajo a la vez que lo sujetaba con ambas manos.
La bestia alzó la mirada como aturdida, justo a tiempo de ver cómo mi hoja iluminada por el sol se hundía en su cráneo. Percibí el chasquido de la carne y el cráneo al ceder, convertidos en espuma sanguinolenta por el descenso en picado del campo de energía.
Volví a caer sobre la cubierta con un repique metálico y liberé el arma de un tirón para luego blandirla a mi alrededor en un movimiento ensangrentado. Los restos destrozados del caudillo se desplomaron ante mí. Permanecí junto a ellos un instante, con el guan dao zumbando en la mano. En torno a mí oía los gritos de batalla de mis hermanos y la agonía de nuestra presa.
El aire estaba cargado de gritos, de rugidos, del rechinar y chasquear de las armas, de crecientes nubes de promethium en llamas, de la combustión de los propulsores de las motos.
Sabía que el final llegaría con rapidez. No quería que terminara. Quería seguir peleando, sentir cómo ardía el poder de mi primarca a través de los músculos.
—¡Por el Gran Khan! —vociferé, volviendo a ponerme en marcha mientras sacudía la sangre de la espada y buscaba más—. ¡Por el Khagan!
Y a mi alrededor, mis hermanos, mis queridos hermanos del minghan, repitieron el grito, sumidos en su inmaculadamente salvaje mundo de furia, júbilo y velocidad.
No seguimos adelante hasta no haberlos matado a todos. Cuando la batalla finalizó por fin, deambulamos por entre los restos con espadas cortas en mano, acabando con cualquier xenos que todavía respirara. Una vez concluido esto, rociamos los vehículos con su propio combustible y les prendimos fuego. Cuando el fuego se extinguió, volvimos a recorrer los escombros con nuestros lanzallamas y armas de plasma, para pulverizar cualquier cosa de un tamaño mayor que el puño de un hombre.
Toda prudencia era poca. Los pielesverdes tenían una gran habilidad para regresar, incluso después de que creyeras que los habías matado tan por completo como imaginabas que era posible.
Hubo ocasiones, en el pasado, en que no fuimos cuidadosos. Ser cuidadoso no formaba parte de nuestro carácter, y pagamos por ello. Intentamos aprender, mejorar, recordar que la guerra no siempre tenía que ver con actividades gloriosas.
Para cuando nos fuimos, dirigiéndonos de nuevo al norte, la tierra que arrastraba el viento empezaba ya a erosionar y cubrir los montículos de metal carbonizado. Nada permanecía, nada perduraba. Era como un sueño. O tal vez éramos nosotros los sueños, deslizándonos por la superficie en blanco de un mundo indiferente.
Dejamos atrás a cuatro hermanos del minghan, incluido Erdeni, que había escapado de hacer penitencia al conseguir que le reventaran el pecho. A ellos no los quemamos. Sangjai, nuestro emchi, extrajo su semilla genética y los despojó de las armaduras. Luego los extendió sobre el suelo, con la piel desnuda expuesta a los soles y el viento, y nosotros nos llevamos sus motos y su equipo.
En Chogoris habíamos seguido tales hábitos para que las bestias del Altak tuvieran algo con lo que alimentarse cuando salieran las lunas. Nunca habíamos sido un pueblo despilfarrador. En Chondax no vivían más bestias que nosotros y los hain, pero nos llevamos nuestras costumbres a las estrellas y jamás la alteramos.
Habíamos intentado aprender, ser mejores, pero no lo cambiamos todo. Nuestra esencia, las cosas que nos hacían distintos y nos llenaban de orgullo, era lo que nos habíamos llevado de nuestro mundo natal y habíamos mantenido a salvo, protegiéndolo igual que la llama de una vela sostenida en el hueco de la palma de la mano. Por entonces pensaba que todos los que pertenecíamos a la Legión sentíamos lo mismo sobre tales aspectos. En aquellos tiempos, sin embargo, yo estaba ciego a muchas verdades.
Transcurrió un día, y llegamos a nuestras coordenadas de reabastecimiento.
Sí, vimos los elevadores de carga desde muy lejos, descendiendo y ascendiendo en columnas. Eran enormes: cada uno transportaba cientos de toneladas de raciones, munición, repuestos, suministros médicos; todo lo necesario para sustentar un ejército móvil que iba de cacería. Durante los años en que la campaña de Chondax había estado plenamente en marcha había existido una demanda incesante que los había mantenido en movimiento constante entre los transportes situados en órbita y los puestos de avanzada del suelo.
—Pronto no los necesitaremos —comenté a Jochi mientras pasábamos por delante de un elevador que descendía: un gigante bulboso que flotaba sobre la reluciente estela de calor de sus propulsores de aterrizaje.
—Habrá otros campos de batalla —respondió él.
—No eternamente —repuse.
Pasamos a toda velocidad por delante de los puntos de desembarco. Cuando por fin llegamos al complejo de la guarnición principal solo quedaba un sol por encima de la línea del horizonte, de color naranja y ardiendo en un cielo de un verde intenso. Las sombras dibujaban franjas en nuestro camino, cálidas sobre la tierra pálida.
El puesto de suministros siempre había sido temporal, construido a partir de componentes prefabricados que serían llevados de vuelta a la flota cuando ya no fueran necesarios en Chondax. Únicamente sus torres de defensa, que se alzaban imponentes en los muros exteriores y estaban repletas de armamento, daban la impresión de que haría falta un cierto tiempo para desmantelarlas cuando llegara el momento. El polvo blanco se acumulaba contra los muros en suaves dunas, desgastando el rococemento y el metal. El planeta odiaba las cosas que habíamos construido sobre él y las erosionaba, las roía, en un intento de deshacerse de las motas de permanencia que habíamos clavado a martillazos en su cambiante piel.
Una vez que las motos a reacción estuvieron en los hangares del arsenal, ordené a mis hermanos que fueran a las unidades habitacionales de la guarnición y aprovecharan al máximo su corto período de descanso. No pareció disgustarles la idea; su resistencia era inmensa pero no infinita, y habíamos estado de caza mucho tiempo.
Fui en busca del comandante de la guarnición. Incluso mientras anochecía, las calles polvorientas de aquel asentamiento temporal rebosaban actividad: vehículos de carga moviéndose entre almacenes con pilas de cajones de munición y suministros, servidores que correteaban de talleres a muelles de depósitos de armas, tropas auxiliares luciendo los colores de la V Legión que inclinaban respetuosamente la cabeza a mi paso.
Hallé al comandante en un búnker de rococemento en el centro del complejo. Al igual que todos los demás mortales llevaba prendas protectoras y un reinhalador; la atmósfera de Chondax estaba demasiado enrarecida y era demasiado fría para los humanos corrientes; tan solo nosotros y los orkos la soportábamos sin ayuda.
—Comandante —dije, agachándome para cruzar el umbral de su estancia privada.
Se alzó de su escritorio, efectuando una torpe inclinación de cabeza, limitado por el traje medio ambiental que llevaba.
—Khan —respondió, la voz sonaba pastosa a través de la boquilla del casco.
—¿Órdenes nuevas? —pregunté.
—Sí, señor —dijo, alargando la mano hacia una placa de datos que a continuación me pasó—. Se han acelerado los planes de ataque.
Eché una ojeada a la placa que me entregó. Brillaba texto en la pantalla, dispuesto sobre un mapa de la zona de guerra. Los símbolos que indicaban formaciones enemigas se habían encogido y juntado, replegándose en dirección a un único punto en el nordeste. Símbolos de localización de hermandades de la V Legión los seguían, llegando desde todas direcciones. Me complació ver que mi minghan estaba a la vanguardia del cerco.
—¿Participará él? —pregunté.
—¿Señor?
Dirigí una dura mirada al comandante.
—¡Ah! —dijo, comprendiendo a quién me refería—. No lo sé. No tengo información sobre su paradero. El keshig no comparte esos datos.
Asentí. Era de esperar. Únicamente mi ardiente deseo de volver a verlo en combate —esta vez de cerca— me había hecho preguntar.
—Saldremos tan pronto como podamos —le contesté, asumiendo una sonrisa por si mi actitud con él había sido excesivamente brusca—. A lo mejor, si avanzamos de prisa, seremos los primeros en llegar junto a él.
—Puede que así sea —dijo—. Pero no solos. Habrá que fusionarse con otra hermandad.
Enarqué una ceja. Durante todo el tiempo que habíamos estado en Chondax, habíamos operado por nuestra cuenta. A veces habíamos pasado meses seguidos sin reabastecernos ni recibir nuevas instrucciones, allí fuera en las interminables planicies sin poder recurrir a otra cosa que nuestros propios medios. Yo había disfrutado con aquella libertad; todos lo habíamos hecho.
—Tienes órdenes completas esperándote, con sello de seguridad —indicó el oficial—. Están fusionándose muchas hermandades para la ofensiva final.
—¿A quién vamos a unirnos? —pregunté.
—No tengo esa información. Tengo coordenadas de localización. Discúlpame; tenemos mucho que procesar, y algunos datos procedentes del mando de la flota… carecían de pormenores detallados.
Aquello me resultaba creíble, y por lo tanto no culpé al hombre que tenía delante. Sin duda dejé que mi sonrisa se ensanchara en una expresión irónica, pues el oficial pareció relajarse un tanto.
No éramos personas cuidadosas. No se nos daban bien los detalles.
—En ese caso espero que su khan sepa montar —fue todo lo que dije—. Tendrá que saber para seguir nuestro ritmo.
No tardamos en conocernos.
Mi reacondicionada hermandad inició la marcha sin problemas hacia el nordeste. Los servidores del arsenal habían reemplazado o reparado muchas de nuestras motos, y el sonido de sus motores era más limpio que nunca. Siempre nos habíamos enorgullecido de nuestro aspecto, pero la corta pausa en las operaciones nos había permitido eliminar parte de la mugre de nuestras armaduras, de modo que ahora centelleaban bajo los tres soles.
Sabía que mis hermanos estaban inquietos, y a medida que los largos kilómetros discurrían bajo un resplandor de arena blanca y un cielo de un pálido verde esmeralda se tornaron aún más impacientes, aún más ansiosos por ver señales de presas en el horizonte vacío.
—¿Qué haremos cuando los hayamos matado a todos? —preguntó Jochi mientras avanzábamos veloces. Daba gas a su moto con tranquilidad, dejando que patinara y corcoveara con el viento en contra como si fuera un ser vivo—. ¿Qué vendrá a continuación? —inquirió.
Me encogí de hombros. Por algún motivo, no estaba de humor para hablar sobre ello.
—Nunca los mataremos a todos —dijo Batu, cuyo rostro seguía amoratado por los golpes recibidos durante la pelea sobre la plataforma—. Si se agotan, criaré más yo mismo.
Jochi profirió una carcajada, pero tenía un tenue deje de irritación, una leve nota forzada.
Circunvalaban la cuestión, pero todos sabían que estaba allí, deslizándose bajo la superficie de nuestras chanzas y conjeturas: no sabíamos qué nos aguardaba una vez finalizada la cruzada.
Él nunca nos había contado lo que había planeado; a lo mejor, cuando estaba a solas consigo mismo, compartía las mismas dudas silenciosas. Me costaba imaginarlo teniendo dudas, no obstante. Me costaba imaginar que existiera nada parecido a la incerteza en su mente. Lo que fuera que el futuro nos deparara cuando finalizara la lucha, sabía que él nos encontraría un lugar allí, tal y como siempre había hecho.
Quizá Chondax nos había crispado los nervios. Hacía que nos sintiéramos efímeros en ocasiones, como si ya no tuviéramos raíces, y que las antiguas certezas se convirtieran en algo singularmente poco fiable.
—¡Lo veo! —chilló Hasi, adelantándose; se alzó en el sillín, con la larga cabellera ondeando a su espalda—. ¡Ahí!
Entonces también lo vi; una bocanada de humo blanco recortada en el cielo, que indicaba vehículos viajando a toda máquina. La estela no parecía obra de los pielesverdes; era demasiado limpia, demasiado nítida, y avanzaba a demasiada velocidad.
Sentí un estremecimiento, me inquieté, y lo sofoqué con rapidez. Sabía qué lo inducía: el orgullo, una renuencia a compartir el mando y resentimiento porque me hubieran ordenado hacerlo.
—Veamos quiénes son, entonces —dije, ajustando el rumbo para dirigirme hacia la columna de polvo situada al frente. Pude ver cómo aminoraban y giraban en redondo para venir a nuestro encuentro—, esta hermandad sin nombre.
Desmonté para saludar a mi homólogo. Él hizo lo mismo. Nuestros guerreros aguardaron a cierta distancia por detrás de nosotros, cara a cara, sentados todavía en sus monturas al ralentí. Parecía tener efectivos análogos; quinientas monturas más o menos.
Era un palmo más alto que yo. La piel de la cabeza descubierta era pálida, tenía el mentón angular y los nervios del cuello estaban muy marcados. Llevaba el pelo muy corto, casi al cero. La larga cicatriz ritual de la mejilla izquierda tenía un reborde grueso y era muy vívida, lo que indicaba que la incisión se había realizado al principio de la edad adulta. Las facciones eran romas, no afiladas y oscuras como aquellas a las que yo estaba acostumbrado.
Era terrano, pues. La mayor parte de los que procedíamos de Chogoris compartíamos atributos similares: piel tostada, melena larga y negra como el petróleo, y cuerpos enjutos y nervudos con músculos abultados incluso antes de que las implantaciones los potenciaran aún más. Esa uniformidad, según habíamos descubierto, procedía de nuestros perdidos orígenes como colonizadores. Los terranos de la legión, extraídos de la cuna de nuestra especie mucho antes de que la cruzada hubiera llegado a nosotros, mostraban una mayor diversidad: algunos tenían la carne del color de la leña carbonizada, la de otros era tan pálida como nuestra armadura.
—Khan —dijo, efectuando una inclinación de cabeza.
—Khan —respondí.
—Soy Torghun —dijo, hablando en khorchin.
Eso no me sorprendió; había sido el idioma de la legión desde que el Señor de la Humanidad se nos había dado a conocer, hacía ciento veinte años. Los terranos siempre lo habían adoptado con rapidez, ansiosos por asumir la parafernalia de su recién hallado primarca. A ellos les resultaba más fácil hablar nuestro idioma que a nosotros el suyo. No sé el motivo.
—Soy Shiban —respondí—, de la Hermandad de la Tormenta. ¿Cómo se os conoce a vosotros?
Torghun vaciló un instante, como si le hubiera preguntado algo descortés o extraño.
—Somos la Hermandad de la Luna —contestó.
—¿Qué luna? —pregunté, ya que el término khorchin que había usado no lo especificaba.
—Terra solo tiene una luna.
«Por supuesto», pensé, reprendiéndome a mí mismo.
Volví a efectuar una inclinación de cabeza, ansioso por asegurar que la cortesía entre nosotros prevaleciera por encima de cualquier otra cosa en la que pudiéramos diferir.
—En ese caso me siento honrado de combatir junto a ti, Torghun Khan —dije.
—El honor es mío, Shiban Khan —respondió.
No tardamos mucho en volver a estar en marcha. Nuestras hermandades viajaban la una junto a la otra, manteniendo las formaciones que cada una había adoptado antes de que nos juntáramos. Mis guerreros se colocaron en puntas de flecha, los de él se agruparon en filas poco compactas. Aparte de eso, no había gran cosa que nos diferenciara.
Me gusta pensar que advertí algunas disparidades menores desde el principio —alguna diferencia sutil en su manejo de las motos o en su modo de montar—, pero la verdad es que no estoy seguro de que fuera así. Eran tan competentes como nosotros y daban la impresión de ser igual de letales.
Mi minghan-keshig y yo viajábamos entremezclados con Torghun y el suyo, a sugerencia mía, pues estaba decidido a que nos conociéramos un poco mutuamente antes de entrar en acción. Hablábamos mientras conducíamos, gritando por encima del ruido sordo de los motores de las motos, apagando los transmisores para disfrutar de la potencia de nuestras voces normales. Eso era algo que se me daba de un modo natural, pero a Torghun pareció incomodarle en un principio.
A medida que las llanuras discurrían raudas bajo nosotros, convertidas en nubes de polvo blanco por el potente contratiraje de nuestras máquinas, la conversación pasó a ser un poco más franca.
—¿Estuviste en Ullanor? —pregunté.
Torghun me dedicó una sonrisa seca y negó con la cabeza. Para entonces, Ullanor había pasado a ser ya un símbolo de honor para las legiones involucradas; si no habías formado parte de ello, necesitabas una buena razón para justificarlo.
—En Khella, sometiéndola —respondió—. Antes de eso, no obstante, habíamos estado en comisión de servicio con los Luna Wolves, de modo que los he visto pelear.
—Los Luna Wolves —dije, asintiendo apreciativo—. Unos guerreros magníficos.
—Aprendimos muchísimo de ellos —comentó Torghun—. Tienen ideas interesantes sobre los conflictos armados, cosas que haríamos bien en estudiar. Me he convertido en un partidario del sistema de las comisiones de servicio; las legiones se han distanciado demasiado. La nuestra en particular.
Me sorprendió oírle hablar así pero intenté no demostrarlo. Tal y como yo veía las cosas, él las veía al revés; si alguien tenía la culpa del aislamiento de la V Legión, eran aquellos que nos ignoraban y marginaban. ¿Por qué, si no, estábamos en Chondax, dando caza a los restos de un imperio que hacía mucho que había dejado de ser una amenaza para la cruzada? ¿Se habrían hecho cargo de esa tarea los Luna Wolves o los Ultramarines o los Blood Angels?
Pero no dije nada de eso.
—Estoy seguro de que tienes razón —contesté.
Torghun se aproximó más entonces, reduciendo la separación entre nuestras motos en movimiento a menos de un metro.
—Antes, cuando me has preguntado cómo nos denominamos, he vacilado —dijo.
—No lo he advertido —contesté.
—Te pido disculpas, ha sido descortés. Es solo que… hacía mucho que no usábamos esos nombres. Ya sabes cómo han estado las cosas; cada uno de nosotros ha ido por su cuenta durante mucho tiempo.
Le sostuve la mirada con inquietud, sin comprender realmente lo que quería decir con ello.
—No ha habido ninguna descortesía.
—Mis hombres raras veces me llaman «khan». La mayoría prefiere «capitán». Nos acostumbramos a ser la 64.ª Compañía de los White Scars. Utilizar esos términos ayuda; las otras legiones, en su mayoría, también los usan. Por un momento, olvidé nuestra antigua denominación. Eso es todo.
No sabía si le creía.
—¿Por qué la 64.ª? —inquirí.
—Es la que nos dieron.
No pregunté nada más. No pregunté quién había efectuado aquella elección, ni el motivo. A lo mejor debería haberlo hecho, pero tales asuntos nunca me han interesado en realidad. Siempre me han obsesionado los aspectos prácticos de la guerra, las exigencias de lo inmediato, lo que teníamos entre manos en cada momento.
—Llamaos como queráis —dije, sonriendo—, siempre y cuando matéis hain. Eso es todo lo que a él le importa.
Torghun pareció aliviado al oír eso, como si algo que le hubiera preocupado divulgar hubiera resultado ser, después de todo, una cuestión menor.
—Así pues, ¿estará él allí con nosotros? —preguntó—. ¿Al final?
Aparté la mirada de mi interlocutor y la dirigí al horizonte situado ante mí. Estaba vacío; era una línea ininterrumpida de fría nada reluciente. Sin embargo, en alguna parte, ellos se estaban reuniendo para enfrentarse a nosotros, para forzar la batalla final por un mundo que ya habían perdido.
—Eso espero —contesté, de todo corazón—. Espero que esté ahí.
Entonces dirigí una veloz mirada subrepticia a Torghun, preocupado de improviso porque pudiera menospreciar aquel sentimiento, porque lo viera como algo risible.
—Pero uno nunca puede saberlo —añadí, tan a la ligera como pude—. Es esquivo, todos lo dicen.
Volví a sonreír, para mí en esta ocasión.
—Esquivo. Como un berkut. Eso es lo que todos dicen.
Dos
Ilya Ravallion
Vi Ullanor por primera vez desde la cubierta de la tripulación de la nave de desembarco de la flota, Optativo XII. Para entonces, solo hacía tres meses normales que los combates habían finalizado, y el espacio local seguía atestado de acorazados. Descendimos rápidamente por entre aquellos enormes gigantes flotantes, y la oscura extensión de la superficie del planeta ascendió veloz para ocupar nuestros portales de visión real.
Resultaba curioso verlo con mis propios ojos por fin. Ullanor había ocupado durante tanto tiempo cada uno de mis pensamientos vigiles. Podía recitar de un tirón las estadísticas: cuántos miles de millones de hombres habían sido transportados en cuántos millones de transportes de tropas, cuántos cajones de suministros en bruto habían descendido desde qué número de transportadores de carga, cuántas bajas habíamos tenido (datos reales) y cuántos xenos habíamos matado (cálculo aproximado). Sabía datos que casi nadie más en el ejército conocía, datos inútiles por completo, como la calidad del plastiacero utilizado en las cajas estándar de raciones, y otros absolutamente esenciales, como el tiempo que se necesitaba para transportar esas cajas a primera línea.
Algunas de aquellas estadísticas jamás me abandonarían. Imaginaba que otras personas lamentaban no ser capaces de retener información; yo lamentaba no ser capaz de olvidarla.
De joven había considerado mis hábitos eidéticos como una maldición, pero resultó que el Ejército Imperial valoró mis aptitudes. Había llegado al rango de general con ellos, y por lo tanto me había convertido en uno de esos innumerables miembros anónimos, canosos y olvidados de la maquinaria bélica. No recibíamos demasiados elogios una vez finalizados los combates —y sí gran cantidad de improperios por parte de comandantes de campaña estresados mientras tenían lugar—, pero si nosotros no hubiéramos existido no habría habido victorias que celebrar. La guerra no se limitaba a suceder según el capricho de los guerreros; se planeaba, se organizaba, se alimentaba con suministros y se posibilitaba gracias a sistemas de transporte.
Fuimos el Cuerpo Logisticae durante un tiempo, luego una división dentro de la administración naval, después —brevemente— fuimos supervisados por la gente de Malcador. Tan solo un poco antes del nombramiento del señor de la guerra se nos escindió en forma de departamento completo, con todas las ventajas burocráticas que ello nos trajo.
El Departamento Munitorum. Un nombre adusto para una tarea necesaria.
Se habían cometido errores, sin lugar a dudas. Confusiones respecto a coordenadas planetarias, aprovisionamiento no estándar que iba a parar a las legiones. Durante un tiempo incluso tuvimos a dos flotas expedicionarias operando bajo la misma designación numérica en puntos opuestos de la galaxia.
Intenté relajarme en mi angosto asiento, sintiendo el zarandeo de la entrada en la atmósfera. No esperaba con impaciencia lo que iba a suceder una vez que aterrizáramos en el planeta, de modo que me esforcé por apartarlo de mis pensamientos contemplando el panorama.
La superficie de aquel mundo tenía un aspecto devastado. Nubes oscuras discurrían raudas por su superficie, irregulares y dispersas como lana de acero. El terreno situado abajo era una masa arrugada de barrancos y desfiladeros que reptaban a través de continentes como masas de diminutos pliegues craneales.
Aquel desorden únicamente había sido domeñado en una zona de Ullanor. Antes de partir, había oído historias por boca de contactos en el Mechanicum sobre lo que se había hecho con los restos de la fortaleza de Urrlak, y por entonces no les había creído del todo; les gustaba alardear de lo que podían hacerle a los mundos una vez que posaban sobre ellos sus manos augméticas.
Mientras miraba por el portal en dirección al suelo y contemplaba lo que habían hecho, les creí. Vi la ruta del desfile de la victoria, una cicatriz de rococemento con una longitud de cientos de kilómetros, e intenté calcular qué anchura podía tener la explanada ceremonial que contemplaba: ¿doscientos kilómetros cuadrados?, ¿el doble? Refulgía bajo la capa irregular de nubes igual que ébano bruñido, una llanura colosal de piedra alisada con el único propósito de proporcionar al Emperador un emplazamiento apropiado para su triunfo.
«La humanidad es una creación excepcional», pensé en aquel momento. «Nos hemos otorgado facultades infinitas».
El trasbordador se zambulló en dirección a la capa de nubes. Empecé a sentir náuseas y desvié la mirada.
Sabía que el Emperador había marchado hacía ya tiempo, de vuelta a Terra, según decían. También sabía que el señor de la guerra —como teníamos que considerarlo entonces—, seguía a bordo de su nave insignia, pero desconocía cuánto tiempo planeaba quedarse. Habría sido provechoso saberlo para así poder empezar a pensar en el reabastecimiento de la 63.ª Expedición, pero carecía de sentido intentar que un primarca se concentrara en detalles concretos, en especial ese primarca.
En cualquier caso, mi misión no incumbía al señor de la guerra. Afectaba a uno de sus hermanos, uno del que yo sabía muy poco, incluso de oídas, y que tenía fama de ser difícil de localizar, entre otras cosas.
Todo aquello me olía muy mal. No me atraía la idea de pasarme semanas esperando una audiencia, y que me la concedieran todavía me gustaba menos.
Cerré los ojos, percibiendo cómo la estructura de la nave de desembarco empezaba a dar sacudidas.
«La de cosas que hacemos por el Emperador», pensé.
Heriol Miert parecía cansado, como si no hubiera dormido durante días. Su uniforme verde oscuro estaba lleno de arrugas y tenía unas ojeras muy marcadas, como dibujadas en tinta.
Me dio la bienvenida a su improvisado cuartel general con la expresión desmañada y levemente vidriosa de un hombre que de verdad necesitaba dormir sin más dilación.
—¿Es la primera vez en Ullanor, general? —preguntó mientras subíamos la escalera que llevaba a su despacho privado.
—Así es —respondí—. Y me he perdido toda la acción.
Miert lanzó una carcajada…, una risita cansada.
—Como todos —dijo—. Somos los que seguimos en pie.
Entramos en su habitación: una modesta estructura metálica cuadrada colocada en lo alto de una columna de módulos administrativos prefabricados (de origen terrano, imaginé, por las signaturas de la estructura). Estábamos muy lejos del lugar donde se había celebrado la ceremonia de investidura del señor de la guerra, pero a través de las ventanas podía vislumbrar las imponentes torres en el horizonte. Unos pocos titanes solitarios todavía recorrían el enorme espacio de piedra, sus contornos inmensos neblinosos se veían bajo las nubes a la deriva.
Me puse a catalogar mentalmente los modelos —Warlord, Reaver, Némesis— y tuve que obligarme a parar.
—¿Cómo te va, coronel? —pregunté, sentándome en una silla de metal y cruzando las piernas.
Miert tomó asiento frente a mí y se encogió de hombros.
—Las cosas se están calmando ahora —dijo—, creo que podemos estar orgullosos, dentro de lo que cabe.
—Estoy de acuerdo —le contesté—. ¿Cuál es tu nuevo destino?
Miert sonrió.
—El retiro —contestó—. Licenciamiento con honores, luego a casa, Targea.
—Mis felicitaciones. Te lo has ganado.
—Gracias, general.
Envidié un poco a Miert. Había cumplido con su deber y lo había dejado mientras las cosas iban bien. A aquellas alturas, faltando aún varios años para mi retiro, no tenía ni idea de qué papel me aguardaba. Lo que se chismorreaba por toda la jerarquía del ejército tenía que ver con una desmovilización a gran escala. Después de todo, nos estábamos quedando sin planetas que conquistar.
No es que no fuera atractiva la idea de abandonar el servicio activo. Otros lo habían hecho, y yo había visto la clase de vida que podía llevarse una vez finalizada la lucha. No quería estar siempre a vueltas con las cifras; la idea de seguir con ello indefinidamente, de que el servicio finalizara solo al morir, era algo que me resultaba deprimente hasta casi lo indecible.
—Así que deseas saber cosas sobre los White Scars —dijo Miert, recostándose en la silla.
—Me han dicho que sabes tanto como cualquier otra persona aquí.
Miert volvió a reír, con cinismo.
—Es posible. No asumas que eso signifique gran cosa.
—Cuéntame lo que sepas —repuse—. Todo será de ayuda.
El coronel cruzó los brazos.
—Hacer de enlace con ellos ha sido una pesadilla —contestó—. Una pesadilla. En su mayoría ha habido Luna Wolves, y son una maravilla: hacen lo que dicen que van a hacer. Nos mantienen informados, efectúan requisas razonables. Los Scars…, bueno, nunca sé dónde están o qué quieren. Cuando por fin aparecen son muy, pero que muy buenos…, pero ¿de qué me sirve eso a mí? Para entonces tengo a batallones de reserva que se están quedando sin alimentos y pertrechos sin utilizar ocupando almacenes a través de medio sector.
Negó con la cabeza.
—Resultan frustrantes. No escuchan, no consultan. Hemos perdido hombres por ello, estoy seguro.
Miert me dirigió una mirada de soslayo, entonces.
—¿Es por eso por lo que estás aquí? —preguntó—. ¿Es por eso que quieres verle?
Sonreí con indulgencia.
—Cíñete a los hechos, por favor —dije.
—Lo siento. Por lo que tengo entendido, no tienen vínculos estrechos con las otras legiones. No son hostiles exactamente, es solo que… no intiman. Han mantenido demasiadas costumbres de Mundus Planus.
—Chogoris.
—Como se llame. En cualquier caso, es un lugar extraño. No utilizan designaciones de rango comunes. Ni siquiera usan compañías ordenadas; es todo «del halcón» esto y «de la lanza» aquello. Ya puedes imaginar lo mucho que eso dificulta coordinar cosas con alguien más.
—¿Qué hay del primarca? —quise saber.
—No sé nada. Lo que significa, literalmente, que no sé nada. Los demás le llaman «Khan», pero a todos los capitanes de los White Scars les llaman así, de modo que no ayuda. Ni siquiera sé dónde combatía al final. Le vieron, según me dicen, en el palco de los primarcas cuando el Emperador estuvo aquí, pero cuesta conseguir informes fidedignos sobre lo que sucedió antes de eso.
Miert sonrió para sí; fue la expresión que alguien muestra cuando ha pasado demasiado tiempo lidiando con tareas imposibles pero pronto se librará de ellas.
—Y ¡están obsesionados con la cortesía! —siguió—. Cuando te encuentres con ellos, asegúrate de aprender sus títulos y utilizarlos correctamente. Ellos estarán al tanto de todos los tuyos. Si llevas armas ceremoniales, cualquier cosa de valor, también querrán saber cosas sobre eso.
Yo no llevaba nada de valor. Mi vida era demasiado organizada y precisa para prestar atención a espadas antiguas. Me pregunté si debía intentar averiguar algo al respecto.
—¿Qué hay de los videntes de las tormentas? —pregunté.
—Desempeñan un papel —respondió él—. Pero no sabemos cuál es. Existen diferentes teorías: que son simplemente como bibliotecarios; que son del todo distintos. Existe el rumor de que Magnus el Rojo los tiene en alta estima. O tal vez no.
Extendió las manos, admitiendo la derrota.
—¿Lo ves? —dijo—. Es imposible.
—Este vidente de las tormentas, con el que me has organizado una reunión, ¿ocupa un puesto superior? ¿Goza de la confianza del Khan? —pregunté.
—Eso espero —replicó Miert—. Ya resultó bastante difícil de localizar, y tuve que recurrir al cobro de unos cuantos favores. No me culpes si no es lo que esperas, sin embargo; de verdad que hemos hecho lo que hemos podido.
No me dio la impresión de estar averiguando muchas cosas.
—Seguro que sí, coronel —respondí—. Tendremos que apañárnoslas y esperar que la suerte nos acompañe. A menos que hubiera cualquier otra cosa.
Miert me dedicó una mirada levemente pícara.
—Puede que haya advertido un parecido superficial con la VI Legión, los Lobos de Fenris —dijo—. Ya sabes, toda esa cosa bárbara.
Puso los ojos en blanco.
—No lo menciones —advirtió—. Eso nos ha procurado más de un problema. Les molesta sobremanera.
—¿Por qué?
—No lo sé. ¿Envidia? Te lo digo en serio, no toques el tema.
—En ese caso así lo haré, coronel —respondí, sintiéndome más pesimista con respecto al inminente encuentro con cada dato ambiguo que surgía. Necesitaba más, detalles. Esas eran las cosas que me hacían funcionar—. Gracias. Has sido de mucha ayuda.
Cogí un tractor oruga —un Augean RT-56, de la variante Enyiad por el diseño de la oruga—, de la llanura triunfal al interior de las tierras baldías situadas más allá. Fue incómodo y caluroso. El aire sabía a arenilla, y era imposible no imaginar el hedor del rastro de los orkos acechando bajo todo ello.
Él no lo puso fácil para que lo encontraran, tal y como Miert había advertido, aunque en ningún momento tuve la impresión de que deseara causar problemas de un modo deliberado, era solo que no le preocupaba en absoluto si yo daba con él o no. Su baliza de localización se encendía y apagaba mientras viajábamos, bloqueada por las filas compactas de roca ondulante que nos rodeaban. Cuando por fin la localicé y me dirigí hacia ella, llevábamos viajando más de cuatro horas y tres cuartos.
Hice todo lo que pude para tener un aspecto presentable antes de desembarcar: me alisé los cabellos canosos y eliminé en lo posible las arrugas del uniforme. Quizá debería haberme esforzado más. El aspecto físico siempre ha sido la menor de mis preocupaciones, una característica que la edad no ha hecho más que acelerar.
Ya era demasiado tarde. Tomé un trago de agua caliente de mi cantimplora y me pasé un poco por la sudorosa frente.
Debió de vernos venir, pero con todo no hizo el menor esfuerzo para acudir a nuestro encuentro, permaneciendo en lo alto de una larga cresta que era demasiado empinada para que el tractor oruga pudiera salvarla. Lo detuve al pie y salí a la polvorienta superficie —la auténtica superficie— de Ullanor por vez primera desde que había aterrizado en el planeta.
—Quedaos aquí —indiqué a la tripulación del vehículo, incluyendo al destacamento de seguridad que Miert había enviado a acompañarme.
Me inquietaba muy poco mi propia seguridad, pero sí que me preocupaba ofenderle de algún modo subiendo todos en masa.
Luego inicié la ascensión. No estaba en demasiada buena forma; años llenando informes en sótanos del Administratum no me habían proporcionado un cuerpo aguerrido, y nunca había prestado mucha atención a los tratamientos de rejuvenecimiento.
Me preguntaba qué pensaría de mí cuando me viera; una mujer menuda de rostro severo en uniforme de general. Volví a sentirme sudorosa mientras ascendía penosamente, y las arrugas que había alisado en el uniforme volvieron a aparecer más marcadas. Le parecería frágil, posiblemente ridícula.
Tropecé al llegar a lo alto. Mi pie resbaló en unos guijarros sueltos y trastabillé contra la roca. Alargué la mano derecha, con la esperanza de sujetarme al borde de la cresta, pero en lugar de piedra, los dedos se cerraron con fuerza sobre una mano acorazada, que me sujetó con firmeza.
Alcé los ojos, sobresaltada, y me encontré contemplando dos ojos dorados en un rostro oscuro como el cuero.
—General Ilya Ravallion, Departamento Munitorum —dijo el dueño del rostro, inclinando la cabeza cortésmente—. Ten cuidado.
Tragué saliva, sujetándome con fuerza al guantelete.
—Gracias —respondí—, lo haré.
Se llamaba Targutai Yesugei. Me lo dijo en cuanto me hube sacudido el polvo y recuperado el aliento. Estábamos de pie en la cresta, y los barrancos y desfiladeros de Ullanor se perdían de vista ante nosotros en todas direcciones, en un laberinto de escombros y grava calcinados. En lo alto, nubes oscuras recorrían el cielo.
—No es gran cosa como mundo —dijo.
—Ya no —convine.
Su voz era como la de todos los Space Marines que había conocido: queda, retumbante, contenida, resonando desde el fornido pecho igual que crudo chapoteando contra los lados de un pozo profundo. Si en algún momento él decidía alzarla, yo sabía que podría ser aterradoramente fuerte. En aquel entonces, sin embargo, su sonido resultaba curiosamente tranquilizador, allí fuera tras toda aquella devastación.
No era tan alto como algunos que había conocido. Incluso ataviado con la armadura, tuve la impresión de que era enjuto; tenía un cuerpo compacto y delgado, bajo carne endurecida por el sol. La cabeza calva estaba coronada por una larga cola en forma de copete que descendía hasta serpentear alrededor del cuello. Llevaba tatuajes en las sienes. No conseguí descifrar qué significaban; parecían letras de un idioma que no comprendía. Sostenía un bastón rematado por un cráneo y lucía una brillante capucha cristalina sobre los hombros de la armadura.
En medio de un entramado de otras cicatrices rituales, tenía una amplía marca irregular que descendía por la mejilla izquierda, desde justo debajo de la cuenca del ojo hasta casi la barbilla. Yo sabía lo que era. Durante mucho tiempo aquella costumbre había sido lo único que había sabido sobre ellos. Se la hacían ellos mismos una vez que habían sido reclutados; se hacían las cicatrices que daban nombre a su legión.
Sus ojos parecían dorados. Los iris eran casi color bronce, y el blanco de un amarillo pálido. No lo había esperado. Entonces no sabía si todos ellos eran así, o si era solo él.
—¿Peleas en este mundo, Ilya Ravallion? —preguntó.
Hablaba el gótico de un modo poco fluido, con un fuerte acento gutural. Tampoco me había esperado eso.
—No he peleado —contesté.
—¿Qué haces aquí?
—Me han enviado a pedir una audiencia con el Khan.
—¿Sabes cuántas concede?
—No lo sé.
—No muchas —dijo.
Una media sonrisa aparecía en sus labios marrones cuando hablaba, y la tez se arrugaba con cada sonrisa, frunciéndose en los ojos. Daba la impresión de que sonreía a menudo y con facilidad.
En aquel primer contacto, no supe discernir si jugaba conmigo o si hablaba en serio. El modo cortado en que hablaba hacía difícil adivinar lo que quería decir.
—Tenía la esperanza, señor, de que pudieras ayudarme.
—Así que no quieres hablar conmigo. Me usas para llegar a él.
Decidí ceñirme a la verdad.
—Correcto —contesté.
Yesugei lanzó una risita. Fue un sonido tirante, duro y reseco, aunque no carente de humor.
—Bien —dijo—. Yo soy… intermediario. Eso es lo que hacemos, los zadyin arga: hablamos del uno al otro. Mundos, universos, almas…, es muy parecido.
Yo seguía en tensión. Me era imposible saber si las cosas iban bien. Mucho dependía de la reunión que me habían enviado a concertar, y sería duro regresar sin haber conseguido nada. Como mínimo, no obstante, Yesugei seguía hablando, lo que tomé por una buena señal.
Al mismo tiempo, iba observando detalles, almacenándolos; mi mente trabajaba de un modo automático. No podía evitarlo.
«La armadura que lleva es Mark II. ¿Indica conservadurismo? El cráneo del bastón es imposible de identificar; fauna chogoriana, sin duda. ¿Equino? Lo comprobaré con Miert más tarde».
—¿Si tuvieras audiencia, qué dirías? —preguntó.
Había temido esa cuestión en concreto, aunque era inevitable que surgiera.
—Discúlpame, señor, pero eso solo puedo decírselo a él. Tiene que ver con asuntos entre la V Legión y el Administratum.
Yesugei me dedicó una mirada perspicaz.
—¿Y qué dirías si penetrara en tu mente, ahora, y cogiera respuesta? No creas que estás protegida de mí.
Me puse en tensión. En cuanto hizo dicha sugerencia, supe que podía hacerlo.
—Te lo impediría, si pudiera —dije.
Él volvió a asentir.
—Bien —contestó—. Aunque, por si acaso te preocupa, no haría.
Volvió a sonreírme. Contra todo pronóstico, descubrí que empezaba a relajarme. Eso era extraño, estando como estaba junto a una máquina de matar imponente, acorazada, mejorada genéticamente y con una carga psíquica.
«Su gótico hablado es sorprendentemente pobre. ¿Será un motivo de la comunicación poco satisfactoria con el centro? Había dado por supuesto su aptitud lingüística; puede que tenga que efectuar una revisión».
—Admiro perseverancia, general Ravallion —dijo Yesugei—. Trabajas duro para encontrarme aquí. Siempre trabajas duro, desde que empiezas.
¿Qué quería decir con eso? No había esperado que me hubiera investigado. En cuanto lo pensé, sin embargo, me reprendí; ¿qué pensaba, que eran realmente salvajes?
—Te conocemos —prosiguió—. Nos gusta lo que vemos. Me pregunto, no obstante, ¿cuánto nos conoces? ¿Sabes a qué te expones, tratando White Scars?
Por vez primera, en su sonrisa flotó algo parecido a la amenaza.
—No —contesté—. Pero puedo aprender.
—Tal vez.
Me dio la espalda para volver a contemplar el paisaje de rescoldos ennegrecidos. No dijo nada. Yo apenas osaba respirar. Permanecimos el uno junto al otro mientras las nubes cruzaban raudas en lo alto, ambos sumidos en un silencio total.
Tras un buen rato de esta guisa, Yesugei volvió a hablar.
—Algunos problemas son complejos; mayoría no —declaró—. El Khan no concede muchas audiencias. ¿Por qué? No mucha gente pide.
Se volvió de nuevo hacia mí.
—Veré qué puedo hacer —dijo—. No abandones Ullanor. Si buenas noticias, hallaré modo de contactar.
Me esforcé por ocultar el alivio que sentía.
—Gracias —dije.
Me dirigió una mirada casi indulgente.
—No me des gracias aún —contestó—. Solo digo que intentaré.
Un humor profundo y tosco danzó en aquellos ojos dorados cuando me miró.
—Dicen que es esquivo —siguió—. Oirás eso muchas veces. Pero escucha: él no es esquivo, está en centro. Esté donde esté, ese es centro. Parecerá que ha roto círculo, que ha vagado hacia borde, justo hasta final, y entonces verás que mundo ha ido a él, y él ha estado esperando todo el tiempo. ¿Lo comprendes?
Le miré a los ojos.
—No, khan Targutai Yesugei de los zadyin arga —contesté, ciñéndome a mi política de ser honesta a la vez que esperaba haber acertado con los títulos—. Pero puedo aprender.
Tres
Targutai Yesugei
Yo tenía dieciséis años. Esos eran los años de Chogoris, sin embargo, que son cortos. De haber nacido en Terra, habría tenido doce.
A veces pienso que nuestro mundo nos obligaba a crecer de prisa; las estaciones pasan en veloz sucesión, y nosotros aprendemos las habilidades para sobrevivir muy pronto. En el elevado Altak, el clima puede cambiar de un modo tan repentino —de una temperatura bajo cero a un sol abrasador—, que necesitas ser muy ligero de pies. Tienes que aprender a cazar, a alimentarte tú mismo, a construir un refugio o encontrarlo, a comprender la tortuosa y oscilante política de nuestros innumerables clanes y pueblos.
No obstante, a lo mejor no crecimos con la suficiente rapidez. En los días posteriores al advenimiento del Señor de la Humanidad, descubrimos que nuestras costumbres guerreras —nuestra velocidad, nuestra bravura— nos hacían fuertes. No nos detuvimos a reflexionar sobre cuáles eran nuestras debilidades. Se dejó a otros la tarea de mostrárnoslas, y para entonces era demasiado tarde para cambiarlas.
Antes de que Él llegara, no sabía que existían otros mundos, poblados por otros hombres con otros modos de actuar. Solo conocía un cielo y una tierra, y ambas cosas parecían infinitas y eternas. Ahora que he visto otras tierras y he ido a la guerra bajo sus cielos extraños, descubro que mi mente regresa a menudo a Chogoris. Aparece más menguado en mi imaginación, pero también más precioso. Regresaría si pudiera. No sé si eso será posible algún día.
Ha transcurrido más de un siglo desde que yo era un niño. Debería ser más juicioso, y debería haber dejado mis recuerdos atrás, pero jamás dejamos atrás nuestra infancia: la llevamos con nosotros, y nos susurra, recordándonos los caminos que podríamos haber tomado.
Debería ser más juicioso, y no escuchar, pero lo hago. ¿Quién no escucha la voz de sus recuerdos?
Estaba solo entonces. Había penetrado en las montañas del Ulaav, recorriendo las sendas elevadas. Esas montañas no son altas, no como las de Fenris o Qavalon, ni son tan majestuosas como la imponente Khum Karta, donde se erigió nuestra fortaleza-monasterio muchos años después. Las Ulaav son antiguas, desgastadas por milenios de vientos procedentes del otro lado del Altak. En verano un jinete puede coronar las cimas sin descabalgar en ningún momento; en invierno solo los berkut y los fantasmas pueden soportar el frío.
El khan me había enviado allí. Eran los tiempos en que siempre estábamos en guerra, tanto si era entre nosotros como contra los ejércitos de los khitan, y un muchacho con ojos dorados era un trofeo que valía mucho para ambos bandos.
Más tarde leí narraciones de aquellas guerras escritas por rememoradores imperiales. Tuve que esforzarme para ello, ya que, para mi vergüenza, nunca aprendí su idioma tan bien como debería haberlo hecho. Muchos de nosotros en la legión tuvimos que llevar a cabo tales esfuerzos. Tal vez el khorchin y el gótico estaban demasiado alejados el uno del otro para que existiera una fácil comprensión. Tal vez ese es el motivo de que el imperio y nosotros estuviéramos siempre en contraposición, incluso al principio.
En cualquier caso, aquellos rememoradores hacían mención a lugares de los que nunca había oído hablar y a hombres que nunca vivieron, como el Palatino de Mundus Planus. Desconozco de dónde sacaron aquellos nombres. Cuando combatíamos a los khitan llamábamos a su emperador por su título: Khagan, khan de khans. No teníamos ni idea de cuál era su apelativo, aunque lo descubrí más tarde. Se llamaba Ketugo Suogo. Puesto que apenas mantenemos registros propios, muy pocos están al tanto de esto. Posiblemente no quedan muchos aparte de mí que lo sepan, y cuando yo desaparezca, su nombre también.
¿Importa eso? ¿Importa que combatiéramos a un hombre que nunca vivió en un mundo del que nunca he oído hablar?
Creo que sí. Los nombres son importantes, así como la historia.
Los símbolos son importantes.
Yo estaba solo porque tenía que estarlo. El khan no habría enviado a una mercancía tan valiosa a las montañas de haber podido evitarlo; si hubiera podido elegir, me habría rodeado con hombres de su keshig que habrían jurado protegerme en caso de que el enemigo llegara a estar al tanto de mi vulnerabilidad y buscara hacerse conmigo.
Por desgracia para él, la prueba del cielo solo funcionaba en una única mente. En Chogoris teníamos dioses extraños y vergonzosos; solo se mostraban a espíritus solitarios, y tan solo donde el terreno ascendía al encuentro del cielo infinito y el velo entre reinos era fino y azaroso.
Así pues, incluso sabiendo qué peligro me aguardaba, los guerreros del khan me dejaron al pie de las montañas, y ascendí solo a las alturas. Una vez que empecé a caminar no miré atrás. El aire era ya cortante, silbaba por debajo de mi tosco caftán y me excoriaba la piel. Tirité, apretando los brazos contra el pecho mientras mantenía la cabeza gacha.
Los valles de las montañas Ulaav eran célebres por su belleza. El agua de la nieve al fundirse creaba lagos de color cobalto en los regazos en sombra de los picos. Bosques de pinos descendían por salientes de roca empinados, formando mantos de un verde oscuro, espesos y relucientes como una armadura laqueada. El cielo por encima de las cumbres era nítido como el cristal, y de un azul tan intenso que hería los ojos al mirarlo. Todo allí era duro, severo, límpido. Incluso a pesar de estar medio helado, me conmovió. Comprendí, a medida que me aproximaba a las zonas elevadas, por qué los dioses persistían allí.
Aparte de eso, no percibí nada: ni visiones, ni poderes mágicos, ni estallidos de potencia sobrenatural. La única señal de mi singularidad eran mis ojos, y estos no habían hecho nada hasta el momento salvo crearme problemas. De no haber sido por el khan, probablemente haría ya tiempo que me habrían matado, pero él reconoció mi potencial antes que yo lo hiciera. Era un hombre clarividente, con una visión para Chogoris que yo era demasiado joven para comprender. El khan también sabía lo útil que le podía ser si él estaba en lo cierto.
Ascendí más, siguiendo senderos apenas hollados y que eran poco más que pálidas huellas sobre grava. Para cuando me detuve, mareado por el aire enrarecido, estaba a gran altura en las escarpaduras orientales y podía ver lo lejos que había llegado.
Las dos lunas de Chogoris estaban ya en el cielo, a pesar de que el sol no se había puesto aún en el norte. Contemplé toda la vasta extensión del Altak oriental; la interminable llanura de matorrales que iba más allá de lo que nadie había recorrido jamás. Desde mi posición ventajosa, podía ver diminutas chispas de fogatas en zonas selváticas, separadas por enormes distancias vacías y supervisadas por el cielo encapotado.
Aquellas tierras pertenecían al khan, aunque en aquellos tiempos todavía se las disputaban otras tribus y clanes. Más allá de ellas, al otro lado del horizonte oriental, estaban los reinos de los khitan.
Nunca antes había visto hasta tan lejos. Me senté en el suelo, recostando el cuerpo en una repisa de roca desnuda mientras contemplaba la vista que tenía delante. Las aves nocturnas describían círculos en las alturas, y vi aparecer las primeras estrellas en el firmamento azul escarcha.
No sé cuánto tiempo permanecí allí sentado, solo y desprotegido en las laderas de las Ulaav, tiritando mientras la noche caía sobre el mundo.
Debería haber encendido una fogata. Debería haber iniciado la tarea de construir un refugio. Por alguna razón, no hice nada. Quizá estaba fatigado por la ascensión, o mareado por el escaso aire, pero permanecí donde estaba, con las piernas cruzadas, contemplando cómo caía la noche sobre el Altak, hipnotizado por las diminutas luces doradas que resplandecían en la planicie, subyugado por sus homólogas plateadas en la bóveda celeste sobre mi cabeza.
Sentía que estaba en el lugar y el momento adecuados. No era necesario que hiciera nada, que cambiara o moviera nada.
Si algo iba a suceder, me sucedería allí. Esperaría a que ocurriera, con la misma paciencia que un aduu con el ronzal puesto.
Que me encontrara. Yo ya había viajado suficiente.
Desperté de improviso.
Debía de ser mucho más tarde; el cielo tenía una oscuridad aterciopelada y estaba cubierto de un centelleante manto de estrellas. Fogatas lejanas todavía titilaban en la llanura, sumida ahora en un azul intenso. El frío era glacial, y el viento hacía susurrar las ramas secas a mi alrededor.
Una a una, vi extinguirse las hogueras por todo el Altak. Se apagaron, dejando el plano aún más vacío; un simple vacío, que nada interrumpía.
Intenté moverme y descubrí que podía deslizarme hacia arriba, surcando el aire como si fuera agua. Bajé la mirada hacia mi persona y vi un cuerpo de líneas elegantes, recubierto de plumas. Ascendí con rapidez, describiendo círculos cada vez más elevados mientras sentía cómo la brisa alzaba mis alas temblorosas.
Las montañas desaparecieron a mis pies. La curva del horizonte del mundo descendió. Al este, allá donde estaban las tierras de los khitan, vi apagarse más luces. El mundo entero, todo él, se sumía en la oscuridad.
Me mantuve inmóvil en el aire, inclinándome un poco en los fuertes vientos. Chillé y oí el grito agudo de un ave nocturna. Daba la impresión de que yo fuera el único ser vivo de la creación.
Pronto estuve solo con las estrellas. Ellas, plateadas, siguieron brillando en el espacio por encima de mí. Volé más alto aún, batiendo las alas contra el aire cada vez más enrarecido.
Fui a parar entre los astros. Vi luces ardiendo en las bóvedas celestes. Vi fuegos virulentos y zarcillos de llamas fluctuando en la oscuridad. Vi cosas que no reconocí, majestuosos objetos acorazados con proas que eran como rejas de arado, destrozados y reducidos a pedazos que flotaban a la deriva. Fuerzas cuya magnitud no alcanzaba a comprender peleaban por el inexplorado vacío.
«Así que estos son los dioses», pensé.
Pasé entre los despojos de aquellas cosas, maravillándome ante las figuras y símbolos grabados en pedazos de metal que giraban sobre sí mismos. Vi a una criatura serpentina con muchas cabezas repujada en un fragmento; la cabeza de un lobo en otro. Luego vi un signo que reconocí: un rayo en dorado y rojo, el símbolo eterno de los khans.
Parte de mí sabía que aquellas cosas eran visiones, y que mi cuerpo permanecía donde lo había dejado, en las laderas de las Ulaav. Otra parte de mí —puede que la más sabia— reconocía que estaba viendo algo real, algo más que real, algo que apuntalaba la realidad igual que los postes de un ger apuntalan la tela.
Entonces, al igual que los fuegos del Altak, el fuego de las estrellas se desvaneció. Todo quedó a oscuras. Supe, no obstante, que no volvía a dormirme. Supe que algo más venía a por mí.
Estaba en la llanura. Era mediodía, y el sol ardía blanco en el cielo vacío. El viento soplaba desde las montañas, agitando los matorrales y dando tirones a mi caftán.
Bajé la mirada y vi una copa en mi mano izquierda. Era de barro cocido, como todas las copas del ordu. Un líquido rojo como la sangre la llenaba casi hasta el borde.
Volví a alzar la mirada, protegiéndome los ojos del taladrante sol, y vi a cuatro figuras de pie ante mí. Sus contornos eran temblorosos, como quebrados por la calina, salvo que no hacía calor.
Todos ellos tenían cuerpo de hombre y cabeza de animal. Uno tenía la cabeza de un ave de plumaje azul y ojos color ámbar; otro tenía la cabeza de una serpiente; la del tercero era la de un toro de ojos rojos; el cuarto lucía la cabeza descompuesta de un pez, amarillenta ya por la putrefacción.
Todos ellos me miraron, brillando tenuemente bajo la luz directa. Alzaron los brazos y señalaron.
Ninguno de ellos habló, pues carecían de labios humanos con los que hablar. A pesar de eso, yo sabía lo que querían que hiciera, ya que de algún modo sus pensamientos cobraron forma en mi propia mente, con la misma nitidez que si los hubiera evocado yo mismo.
—«Bebe» —me dijeron.
Bajé los ojos hacia la copa que sostenía en la mano izquierda. El líquido del interior estaba caliente y se había formado espuma alrededor del borde. Sentí que una sed repentina acometía. Alcé la copa casi hasta la boca, y mi mano tembló al hacerlo.
Sabía que había algo importante allí dentro, pero me contuve. Mis instintos combatían en mi interior.
—«Bebe» —me dijeron.
El tono de su orden me dio que pensar. No sabía por qué querían que lo hiciera.
Fue entonces cuando lo vi a Él. Venía de la dirección opuesta. También tenía la figura de un hombre, pero el halo de luz que lo envolvía hacía muy difícil distinguir mucho más que eso. No conseguía verle el rostro. Venía hacia mí, y supe, sin saber cómo, que había viajado desde muy muy lejos.
No me dio ninguna orden. Aparte de eso, era como las cuatro figuras con cabeza de bestia. Existía alguna relación entre ellas, algo que podía percibir pero no comprender. Aquellos Cuatro le temían, y entonces entendí que si bebía de la copa, lo estaría desafiando a Él; si no bebía, los desafiaría a ellos.
Todos permanecimos así por espacio de muchos pensamientos. Los Cuatro me señalaron con el dedo. El hombre envuelto en luz caminó hacia mí, sin que en ningún momento pareciera que estaba más cerca.
—«Bebe» —me dijeron.
Me llevé la copa a los labios. Tomé un sorbo. El líquido poseía un sabor complejo: dulce en un principio, luego amargo. Noté cómo descendía por la garganta, caliente y vital. En cuanto hube empezado, sentí la necesidad de seguir bebiendo. Nada deseaba más que bebérmelo todo de un trago, de apurarlo hasta el fondo.
—«Bebe» —me dijeron.
Tras aquel sorbo, bajé la copa, agachándome con cuidado para depositarla sobre la tierra ante mí. A pesar de todo mi cuidado, derramé un poco y me manché los dedos. Luego di un paso atrás.
Efectué una reverencia a los Cuatro, pues no deseaba ofenderlos. Hablé, sin saber en realidad de dónde surgían mis palabras.
—Es de educación tomar un poco —dije—. Eso es suficiente para nosotros.
Los Cuatro bajaron los brazos. No volvieron a ordenarme que bebiera. El hombre dejó de andar, todavía en el mismo sitio en que había estado la primera vez que lo había visto.
Sentí que los había decepcionado a todos. Pero tal vez a Él lo había decepcionado menos que a ellos.
La visión empezó a desvanecerse. Podía percibir la crudeza del mundo real reafirmándose. La llanura iluminada por el sol que tenía delante onduló igual que agua, y vi rendijas de oscuridad bajo ella.
Quería quedarme. Sabía que el regreso al mundo de los sentidos sería doloroso.
Volví a mirar al hombre con la esperanza de distinguir algo de su rostro antes de que finalizara el sueño.
No vi otra cosa que luz, que titilaba y giraba alrededor de un núcleo de luminosidad. No había calor en aquella luz; solo resplandor. El hombre era como un sol frío.
Sin embargo, cuando Su luz desapareció, sentí su pérdida.
Desperté, esta vez de verdad, tiritando debido al frío. Me dolían las extremidades y las tenía tan rojas como la carne cruda. Intenté moverme y sentí aguijonazos de un dolor inmenso en las articulaciones. Me dolía todo; era como si me hubieran azotado.
Estaba amaneciendo. A mis pies la neblina daba una tonalidad lechosa a las llanuras. Vi una punta de flecha de aves pasar rauda a través de ellas, moviéndose del mismo modo que lo hacían nuestras formaciones de guerreros a caballo. A través de la neblina ascendían pálidos trazos de humo, eran los últimos restos de las fogatas que habían ardido toda la noche.
Me obligué a moverme. Al cabo de un rato, lo peor del dolor empezó a menguar. Troté y agité los brazos para eliminar la rigidez de rodillas y codos. La sangre volvió a circular por todo el cuerpo. Seguía teniendo mucho frío, pero el movimiento ayudó.
Todavía recordaba mis visiones. Sabía lo que eran. Uig, el anciano zadyin arga del khan, me había dicho que esperara tenerlas. Esa era la prueba del cielo; una vez que las visiones llegasen, jamás se irían.
No sabía qué sentir al respecto. Por una parte, era la confirmación de lo que siempre había creído sobre mí mismo. Por otra parte, presagiaba una vida de soledad.
Un zadyin arga no era un guerrero. No recorría las llanuras con una armadura laqueada combatiendo por su khan: su vida era solitaria, encadenada a los gers, protegido en todo momento y obligado a hurgar en entrañas e interpretar estrellas. Era un cargo lleno de honor, pero no era poseedor del mayor de los honores. Como todos los muchachos de la tribu, había soñado con recorrer las estepas a caballo, combatiendo a los enemigos de mis hermanos y mi khan.
Mientras permanecía allí de pie, tiritando sobre las laderas de las Ulaav, contemplando cómo la neblina se evaporaba de los llanos, consideré decirles que la prueba había fracasado; que mis ojos dorados no eran nada más que una calamidad extraña e inofensiva.
Incluso empecé a preguntarme si las cosas que había visto no habían sido más que sueños, de los que tiene todo el mundo. Intenté creérmelo.
Entonces contemplé mis manos. Las yemas de los dedos todavía estaban teñidas de rojo.
Metí las manos en las mangas de mis ropas, reacio a mirarlas. Muy despacio, empecé a desandar el camino para regresar.
Aquella noche había pasado de un modo de ser a otro. El cambio fue profundo, y a lo largo de los agotadores años acabaría averiguando hasta qué punto lo fue; por aquel entonces, no obstante, sentía como si no hubiera cambiado apenas nada. Todavía era un niño y no sabía nada de la clase de poderes que se habían despertado en mi interior.
Incluso en la actualidad, transcurrido más de un siglo, sigo siendo un niño en ese sentido. Todos lo somos, aquellos de nosotros con poder; sabemos tan poco, vemos de un modo tan imperfecto.
Y tal cosa es a la vez una gran maldición y una gran bendición, porque si supiéramos más y viéramos con mayor perfección sin duda perderíamos la cordura.
Tardé más tiempo en descender de las alturas de lo que había tardado en subir. Tropezaba a menudo, resbalando en terraplenes de guijarros sueltos con los miembros entumecidos. Cuando el sol salió por completo, mi ritmo mejoró. No paré hasta estar cerca del nivel de las planicies, de vuelta en la cabecera del valle por el que había ascendido el día anterior.
Vi lo que quedaba del campamento de mi escolta desde lejos y supe de inmediato que algo iba mal. Me agaché junto al tronco de un árbol y entorné los ojos, escudriñando el largo cauce sinuoso de un río hasta el lugar donde los guerreros del khan me habían dejado.
Los aduun habían desaparecido. Avisté cuerpos en el suelo en posturas desmañadas y sentí que los latidos de mi corazón se aceleraban. Doce guerreros me habían acompañado a las montañas; doce cuerpos yacían alrededor de los restos de la fogata.
Me acerqué más al tronco. No tenía ni idea de qué hacer. Sabía que tenía que regresar junto al khan, pero también que en esos momentos me hallaba peligrosamente desprotegido. Las llanuras no eran lugar por el que viajar solo; no había dónde esconderse en el Altak.
Habría aguardado allí más tiempo de no haberlos oído viniendo a por mí. Desde algún punto mucho más arriba, oí quebrarse ramas y las voces sonoras y despreocupadas de soldados que cantaban en un idioma que no conocía.
Una única palabra relampagueó por mi mente y me heló la sangre.
«Khitan».
De alguna forma había pasado por su lado durante el descenso; debían de haberme estado buscando arriba en las tierras altas, y tan solo una suerte loca me había permitido pasar sin que me detectaran.
Estaban cerca, hurgando en el sotobosque, y, por lo que yo sabía, había otros reptando por las Ulaav como hormigas salidas de un nido pateado.
No me paré a pensar. Corrí, salí disparado del amparo de los árboles y fui a toda velocidad al lugar donde habían matado a los hombres del khan. Al mismo tiempo que patinaba y resbalaba por el empinado sendero pude oír los gritos de los khitan cuando me divisaron e iniciaron su torpe persecución.
Corrí tan rápido como pude, sintiendo arder los pulmones a medida que mi respiración se tornaba más pesada. Corrí como corre un animal alimentado por el miedo. No miré atrás.
En lo único en que pensaba era en librarme de los cazadores, en salir a campo abierto, en encontrar al khan. Él lideraba el grupo de guerreros más poderoso del Altak, uno que crecía día a día. Sería capaz de protegerme incluso si los khitan que me daban caza fueran cientos.
Pero tenía que encontrarlo. Tenía que permanecer con vida de algún modo el tiempo suficiente para dar con él.
Conocía su reputación. Sabía que iba de un lado a otro sin avisar, cambiando de posición para mantener a sus enemigos en la incertidumbre. Incluso Uig, que podía ver todos los senderos, le había llamado «el berkut»: el águila cazadora, el que viaja lejos, el esquivo.
Tales pensamientos no ayudaban, así que obligué a mi mente a permanecer concentrada en la tarea. Seguí corriendo, saltando por encima de brezos y zigzagueando alrededor de peñascos. Las voces de mis perseguidores me acechaban, y oía cómo sus botas retumbaban sobre la tierra.
No tenía más opciones. Todos los caminos del futuro habían quedado restringidos a una única ruta, y no podía hacer más que seguirla.
Descendí de las montañas y salí a los pastos situados más allá. No tenía un plan, ni aliados, y muy poca esperanza. Todo lo que tenía era mi vida, recientemente enriquecida con visiones de otro mundo. Tenía intención de pelear por ella, pero aún no sabía cómo.
Cuatro
Shiban
Sabíamos que acabarían peleando. En cuanto no les quedó ningún sitio al que huir, dieron media vuelta y nos plantaron cara.
Habían elegido un buen sitio para resistir. Muy arriba en el hemisferio septentrional de Chondax, las interminables llanuras blancas se contraían finalmente en un laberinto de barrancos y picos abruptos, una cicatriz en la fisonomía despejada de aquel mundo que era visible desde el espacio. Nunca nos habíamos adentrado mucho en aquella región, optando por eliminar primero a los orkos de las planicies. Era un terreno que proporcionaba una posición defensiva natural, en el que era difícil penetrar y muy fácil esconderse.
Cuando nuestros operadores del auspex lo habían visto desde la órbita, lo habían llamado teghazi: la Trituradora. Creo que lo veían como un chiste.
Me alcé en el sillín, contemplando el primero de los muchos despeñaderos que se alzaban ante el horizonte septentrional. Pude ver largas estelas de humo ascendiendo del corazón del conjunto rocoso.
Coloqué unos magnoculares ante mis ojos y efectué un zoom sobre el lugar. Habían colocado artefactos metálicos entre las piedras, y estos centelleaban bajo la brillante luz solar. Los orkos habían construido muros a través de estrechas entradas de barrancos, utilizando material desmontado de sus propios vehículos. Puesto que sabían que ya no los volverían a necesitar, habían convertido su único medio de transporte en su único medio de defensa.
Lo aprobé.
—Están bien apostados —dije, escrutando las fortificaciones.
—Cierto —replicó Torghun, de pie junto a mí y usando también magnoculares.
Nuestras dos hermandades estaban desplegadas detrás de nosotros en sus formaciones de ataque, esperando la orden de avanzar.
—Veo armas fijas. Tienen muchas —continuó.
Deslicé la vista hasta la más cercana de las entradas de la quebrada que teníamos delante. Los muros eran claramente visibles, colocados más atrás entre las fauces de la garganta y dispuestos a través del suelo del barranco en una hilera de paneles de metal y puntales sujetos con pernos. Pude ver orkos patrullando por la parte superior. Como Torghun había mencionado, había torres de artillería instaladas más arriba, en las laderas de la quebrada.
—Esto será difícil —dije.
Torghun rio.
—Lo será, Shiban.
Durante los días transcurridos desde que habíamos unido nuestros efectivos, no me había resultado fácil comprender a Torghun. A veces él reía y yo no sabía por qué. A veces yo reía y él me miraba de un modo extraño.
Era un buen guerrero, y creo que ambos nos respetábamos mutuamente cuando se trataba de combatir a espada. Habíamos destruido otros dos convoyes antes de nuestra llegada a la Trituradora, y había visto de primera mano cómo peleaba su hermandad.
Estaban más estructurados que nosotros. Yo raras veces daba órdenes a mis hermanos una vez iniciado un combate: confiaba en que sabrían cuidarse. Torghun daba órdenes a sus guerreros todo el tiempo, y ellos las seguían al instante. Usaban la velocidad, como hacíamos nosotros, pero adoptaban con más rapidez posiciones de fuego cuando el combate pasaba a ser más estático.
Jamás les vi adoptar ciertas tácticas. Nunca retrocedían, fingían retirarse para así atraer al enemigo.
—Nosotros no nos batimos en retirada —había dicho Torghun.
—Es efectivo —había respondido yo.
—Más efectivo es hacerles saber que nunca lo harás —había contestado, sonriente—. Cuando los Luna Wolves entran en combate, el enemigo sabe que jamás dejarán de avanzar, todo el tiempo, oleada tras oleada, hasta que todo haya terminado. Es una reputación poderosa.
Difícilmente podía discutirle el récord que poseía la legión del señor de la guerra. Los había visto pelear. Eran impresionantes.
Así pues, mientras estudiaba las defensas de los pielesverdes, no tenía demasiada idea sobre lo que Torghun propondría. Temí que abogara por esperar a que otro minghan alcanzara nuestra posición, y no me entusiasmaba discutir con él. Deseaba mantener nuestro ímpetu, pues sabía que otras hermandades estarían ya entrando en combate en los extremos opuestos del enorme complejo de quebradas. Si queríamos obtener el honor de pelear junto al Khagan —quien sin duda estaría en el centro de la acción—, tendríamos que permanecer al frente del círculo que se cerraba.
—No deseo aguardar —declaré con firmeza, bajando los magnoculares para mirar a Torghun—. Podemos acabar con ellos.
Torghun no contestó enseguida. Continuó contemplando las lejanas paredes del despeñadero, en busca de puntos débiles. Por fin paró y me miró.
Sonrió burlón. Ya había visto aquella sonrisa antes; era uno de los pocos gestos que compartíamos. Sonreía burlón antes de entrar en combate, igual que hacía yo.
—Creo que tienes razón, hermano —dijo.
Atacamos en masa el flanco izquierdo de nuestro blanco, adquiriendo con rapidez velocidad de ataque, cruzando a todo gas el llano en escuadrones compactos. Me agaché bien sobre el asiento, con los controles de mi montura bien aferrados, sintiendo el chirrido animal de los motores, la brusca vibración de los llameantes propulsores y el violento apremio del espíritu enjaulado de la máquina. Mis hermanos se desplegaron a ambos lados, acelerando por el terreno blanco en una formación perfecta.
La entrada de la quebrada que habíamos elegido era estrecha —doscientos metros de lado a lado, según decía el auspex— y estaba atestada de defensores. Dimos un amplio rodeo, usando los riscos que sobresalían a cada lado de sus fauces para ocultar nuestra aproximación. Sentí cómo mis cabellos trenzados azotaban los protectores de los hombros. Devorábamos el terreno, los desgarrábamos en una llamarada de movimiento furioso.
Habíamos cronometrado nuestra carrera para que coincidiera con la salida del tercer sol. Cuando este emergió detrás de nosotros, con sus llamas plateadas cegando a los defensores e impidiéndoles vernos avanzar, lo saludé con un grito.
—¡Por el Khagan! —rugí.
—¡Por el Khagan! —fue la atronadora respuesta extasiada que recibí.
Saboreé el momento: quinientos de nosotros lanzados a la carga, colocándonos a distancia de tiro en medio de un retumbo ensordecedor y a una velocidad imposible, envueltos en una deslumbrante corona de plata y oro, mientras las motos corcoveaban y zigzagueaban. Vi a Jochi junto a mí, lanzando gritos de batalla en khorchin, con los ojos llenos de sed de sangre. Batu, Hasi, el resto de mi minghan-keshig, avanzaban todos bien agachados sobre las motos, ansiosos por llegar.
Las primeras descargas de fuego defensivo chasquearon y rebotaron a nuestro alrededor: una variopinta lluvia de proyectiles sólidos y toscas saetas de energía. Regateamos entre ellos, estimulando nuestras motos para ir aún más de prisa a la vez que nos enorgullecíamos de su soberbia elegancia, velocidad y capacidad de embestida.
Los prominentes riscos crecieron a ojos vistas, yendo a nuestro encuentro. Viramos, inclinándonos acentuadamente y arañando el suelo antes de correr al interior de la entrada del valle situado al otro lado.
Abandonamos la protección de los riscos, y nuestros sentidos se vieron abrumados por una tormenta de fuego reluciente y retumbante que caía sobre nosotros. Un vertiginoso huracán de proyectiles surgió de los muros que teníamos delante, estallándonos en la cara y lanzando motos dando vueltas de campana.
Un conductor que tenía cerca recibió un impacto directo. Su vehículo se desintegró, convertido en una lluvia de metal y promethium, volando enloquecido por la quebrada hasta estrellarse contra el suelo y formando un lamparón de fuego y escombros. Varios guerreros fueron descabalgados violentamente; vieron perforadas sus armaduras y fueron lanzados a toda velocidad contra los muros de roca, donde explotaron en forma de enormes bolas de fuego.
Ninguno de nosotros aminoró la marcha. Nos precipitamos quebrada adelante, manteniendo la velocidad de ataque mientras nos agachábamos y oscilábamos alrededor de las líneas de fuego, ascendiendo por encima de esta para ampliar el campo antes de volver a descender en picado a nivel del suelo y dejar que los disparos pasaran sobre nuestras cabezas.
Aumenté la potencia y sentí que mi moto se estremecía por el esfuerzo. El terreno que nos rodeaba era un revoltijo de blanco veteado y borroso; únicamente las paredes de metal situadas al frente permanecían nítidas. Noté el roce de proyectiles sobre el blindaje delantero de mi moto y estuve a punto de ser arrojado fuera de la fila. Otros hermanos fueron abatidos, alcanzados por el torrente de fuego de artillería y metralla.
Las paredes se acercaron más. Vi orkos pegando brincos encima de ellas mientras agitaban sus armas y rugían desafíos. Las torres de artillería nos apuntaron directamente, girando para soltar sus andanadas antes de que las atacáramos.
Abrimos fuego. Una cacofonía retumbante de intenso fuego bólter se dejó oír e inundó el barranco de una lluvia irregular de destrucción ruinosa y agostadora. Las paredes desaparecieron tras desbordantes nubes de una devastación explosiva. Placas de metal se abollaron y se partieron, volando hechas pedazos en una lluvia de esquirlas. Vi a pielesverdes que saltaban por los aires y cuyos cuerpos resultaban destrozados por el aluvión de obuses.
Justo entonces, tal y como había prometido que harían, la artillería pesada de Torghun abrió fuego. Sus escuadras auxiliares se habían separado, aprovechando al máximo la pantalla que ofrecía nuestro ataque frontal, y habían ocupado posiciones en zonas elevadas a ambos lados del barranco. Poseían herramientas de devastación que nosotros no llevábamos: cañones láser, lanzamisiles, cañones automáticos con multicañón giratorio, incluso un arma lanzarrayos esotérica que llamaban «volkite», algo que yo no había visto nunca.
Su bombardeo fue devastador: hizo arder el aire a su alrededor, resquebrajó la barrera situada al frente y la roció con una catarata de energía oscilante y virulenta. Se abrieron grietas enormes. Paneles, puntales y mástiles volaron como peonzas, atravesando cortinas de fuego. Los misiles llegaron a toda velocidad; se movieron sinuosamente por entre la destrucción para pasar como una exhalación por delante de nosotros e ir a estrellarse contra las líneas en llamas de los orkos. Lanzas de energía relucientes como neones chasquearon y burbujearon, emitiendo resplandores chillones a lo largo de las paredes de roca.
Elegí mi objetivo y me dirigí hacia una brecha en las paredes bordeada de llamas. Me lancé a través de aquel infierno hacia ella, sintiendo cómo oscilaban y titilaban cortinas de fuego sobre mí. Me incliné violentamente, casi en horizontal, para dejar que el misil de un orko pasara silbando sobre mí. Luego volví a colocar la moto en posición vertical con un acelerón y pasé a través de la irregular abertura.
Algo debió de alcanzarme mientras atravesaba las defensas. Sentí un golpe sordo en alguna parte bajo el tren de aterrizaje de la moto, y esta se desvió con brusquedad a la derecha. Luché con los controles y conseguí por los pelos impedir un trompo fatal.
El mundo se tornó borroso a mi alrededor, oscilando y girando. Pude oír que otras motos a reacción pasaban veloces a través de las perforaciones en las paredes y disparaban sus bólters pesados contra los defensores. Vislumbré brevemente el barranco en el lado opuesto; estaba tachonado de barricadas destartaladas y cuellos de botella, atestado de bandas completas de orkos, todos ellos rebosantes de una furia brutal. El fuego de artillería, tupido e incesante, entrecruzaba el estrecho desfiladero, interrumpido por ráfagas aéreas y nubes de fuego antiaéreo.
Giré en redondo, me agaché ante una andanada de proyectiles y volví a acelerar mi titubeante mecanismo de transmisión. Dejando una estela de humo, la moto dio un bandazo al frente y unas cuantas sacudidas antes de parar por completo y lanzarme a un brusco descenso.
Fui a parar al suelo pedregoso a toda velocidad, en un picado escalofriante. Salté abandonando el sillín. Golpeé el suelo con fuerza y rodé lejos, escuchando el agudo chasquido de la moto al impactar contra el suelo del barranco, seguido por el silbido y el estallido de los tanques de combustible al explotar.
Me puse en pie de un salto mientras los restos caían a mi alrededor, el espadón ya en la mano y listo. Me había adentrado unos doscientos metros más allá de los muros y podía ver la barrera desde el otro lado: cómo se desplomaba el andamiaje, cómo ardían los elevadores de munición igual que antorchas, y también los impactos estremecedores del fuego a distancia de Torghun. Había cuerpos por todas partes, cayendo de parapetos tambaleantes, amontonándose en las rocas. El aire estaba cargado de una increíble niebla de ruido: alaridos, rugidos, motores de motos que aceleraban, descargas de artillería.
Pielesverdes venían ya hacia mí, a puñados, disparándome con carabinas y pistolas improvisadas a la vez que avanzaban pesadamente. Sentía el tintineo y chasquido de proyectiles sólidos que rebotaban en la armadura y oía sus bestiales arengas guturales. Olía el hedor de su cólera.
Encendí el campo de energía del guan dao, percibiendo cómo el mango temblaba al activarse.
Para cuando llegaron hasta mí, estaba más que preparado.
Contorsioné la parte superior del cuerpo a la vez que lanzaba una estocada con el guan dao. El filo chisporroteante se clavó profundamente en el rostro del orko que iba en cabeza, abriendo un gran tajo y enviando a la criatura trastabillando hacia atrás en medio de una estela de espumarajos sanguinolentos.
Otro lanzó un violento machetazo con una tajadera, que hendió mi hombrera pero no consiguió atravesar la ceramita. Le hinqué el espadón en el estómago, retorciéndolo para así licuar su carne dura. Arremetieron más, y me abrí paso a través de ellos, entre molinetes y estocadas. El guan dao silbaba en mis manos, giraba y giraba a mi alrededor en una refulgente red de energía crepitante. Repelía a los pielesverdes, resquebrajaba sus armaduras, destrozaba sus cuerpos.
Apenas si oía el estruendo de la batalla en torno a mi persona. Mi mente se sumió en la esencia del combate, y me abandoné a él, ajeno al cielo llameante sobre mi cabeza, ajeno a las decenas de motos que pasaban como exhalaciones junto a mí escupiendo fuego.
Me volví, rebanándole la cabeza a un pielverde, luego retrocedí velozmente y le hundí el mango del guan dao a otro en el cráneo. Destripaba, agujereaba, desgarraba, partía y cegaba, impulsado por la armadura, mi fuerza y mi maestría despiadada.
Uno de ellos, un monstruo enorme con colmillos que llevaba hombreras de hierro oxidado, se lanzó sobre mí, esquivando de algún modo mi arma y consiguiendo penetrar mi defensa. Chocamos con un demoledor golpe sordo y caímos los dos al suelo cuan largos éramos. La criatura aterrizó sobre mí, y el hedor que desprendía se me metió en los orificios nasales, impidiéndome respirar. Me asestó un cabezazo en la cara, y la fuerza del golpe me echó la cabeza hacia atrás. Mi visión se nubló y vi correr sangre por delante de los ojos.
Estaba inmovilizado. Intenté desplazar el espadón, que todavía sujetaba con la mano izquierda, para clavarlo en la espalda de la bestia, pero la criatura vio el movimiento y retorció el cuerpo para bloquearlo con su propia arma: un mazo con púas cubierto ya con una capa de sangre. El campo de energía del guan dao estalló al entrar en contacto y convirtió la cabeza del mazo en una lluvia de fragmentos metálicos que nos laceraron a ambos.
El pielverde dio una violenta sacudida hacia arriba, aflojando la presión al mismo tiempo que se llevaba las garras a los ojos y rugía de dolor. Con un enorme empujón, me liberé y blandí el espadón en un movimiento circular en forma de trallazo, apuntando al estómago. La hoja penetró profundamente, pasó entre las placas de la armadura y seccionó al orko hasta la columna vertebral. Volví a arrancar el arma, con un fuerte tirón de ambas manos. El monstruo se partió en dos, y el torso se desintegró en una ciénaga absorbente de músculo desgarrado, sangre y hueso.
Oí otro movimiento a mi espalda y giré en redondo, listo para volver a asestar un mandoble.
Era Jochi, con la armadura manchada de rojo, bólter en mano y rodeado de cadáveres de orkos. Detrás de él, pude ver que la destartalada barrera se venía abajo, desplomándose lentamente a medida que los incendios la desgarraban. Mis hermanos estaban por todas partes, hostigando, persiguiendo, matando, abriéndose paso igual que espectros vengativos por entre las ingentes hordas.
—¡Es una cacería magnífica, mi khan! —comentó Jochi, riendo con ganas.
Me uní a su regocijo a la vez que sentía que se me abrían los cortes que tenía en la cara.
—Y ¡aún no ha terminado! —grité a la vez que sacudía la sangre de la espada y me volvía en busca de más presas.
Pasaron motos a toda velocidad por encima de nuestras cabezas, propulsadas al frente por jinetes que proferían sonoros gritos de alegría.
Bajo sus sombras en movimiento, nos lanzamos de nuevo a la pelea.
La batalla en la quebrada no aflojó una vez derribados los muros. Había más barreras instaladas a través de las sinuosas gargantas situadas delante, obstruyendo las rutas que conducían más al interior de la Trituradora. Los pielesverdes se habían atrincherado allí donde podían, y ahora salían en tropel de sus refugios y caían en oleadas vacilantes sobre nosotros, gateando por el rocoso suelo del barranco en su precipitación para masacrarnos. Nos vimos arrastrados a un combate cuerpo a cuerpo, asaltados desde todos lados mientras nos abríamos paso por los largos desfiladeros y barrancos.
Muchos de mis hermanos seguían en sus monturas y recorrían el ancho valle arriba y abajo para eliminar puestos de artillería enemigos con una rapidez que los defensores no podían igualar. Otros avanzaban a pie, como hacía yo, corriendo a entablar combate con el adversario.
Cuando logramos acercarnos, olimos la sangre y el sudor de nuestra presa. Oímos sus rugidos entrecortados y sentimos los temblores que provocaban sus pisadas en masa. Al mismo tiempo que los abatíamos, gozábamos con su habilidad y su valentía salvaje, y nos dábamos cuenta de a qué criaturas excepcionales estábamos eliminando.
Jochi había estado en lo cierto: el día que el último pielverde desapareciera, sería un día triste.
Mi única inquietud era el lento avance de Torghun. Nosotros avanzábamos a toda velocidad, abriéndonos paso desfiladero adelante e incendiando toda barricada que encontrábamos, mientras eliminábamos enemigos a diestro y siniestro. Había esperado que la hermandad de Torghun nos pisara los talones, y todos habríamos agradecido la cobertura de sus escuadras de armamento pesado.
Empezábamos a perderlos, tenían que ir más de prisa.
Tras conseguir franquear la primera intersección del sinuoso sistema de barrancos, me retiré del combate, dejando que mis guerreros se ocuparan de la pelea.
—¡Hermano! —grité por el comunicador, usando el canal que Torghun y yo habíamos designado para mensajes privados entre nosotros—. ¿Qué os retiene? ¿Estáis durmiendo? ¡Los tenemos huyendo!
Intenté sonar desenfadado, tal y como siempre hablaba cuando estaba en plena batalla. Incluso puede que riera un poco.
La respuesta de Torghun me sobresaltó.
—¿Qué estáis haciendo? —respondió, e incluso por el comunicador, pude oír la cólera en su voz— . Consolida tu posición, capitán. Os estáis desperdigando. No voy a igualar ese ritmo. No hemos asegurado nuestros puntos de entrada.
Miré en derredor. La batalla era caótica y fluida, como siempre. La horda de orkos se expandía por el suelo del barranco, enorme y descontrolada, y una fina línea de guerreros White Scars los recibía y los atacaba con energía y furia. Ya nos habían hecho aminorar el paso, así que teníamos que deshacernos de ellos con rapidez, lanzarnos sobre ellos antes de que pudieran cobrar impulso, rechazarlos una y otra vez.
La tarea era urgente y no podía esperar. El Khagan estaría avanzando a largas marchas hacia el centro de la Trituradora. Otras hermandades estarían yendo a toda velocidad a su encuentro. Me aterraba la idea de quedarme atrás.
—Vamos a avanzar —dije, y lo comuniqué con total naturalidad, esta vez sin sonreír—. Debemos avanzar. Los estamos destrozando.
—No podéis. Mantened vuestra posición. ¿Me oyes? Mantened vuestra posición.
El tono de mando me dejó estupefacto. Por un momento me costó hallar las palabras para responder.
—Vamos a avanzar —repetí.
No había alternativa. Tenía que comprender eso.
Torghun no contestó. Le oí maldecir en el otro extremo de la comunicación y distinguí levemente el chasquido ahogado de municiones estallando en un segundo plano.
A continuación puso fin a la conexión.
Jochi, que había estado peleando a poca distancia, se me acercó con expresión inquisitiva.
—¿Problemas, mi khan? —preguntó.
No respondí de inmediato. Estaba preocupado. Consideré ordenar a mis guerreros que retrocedieran, consolidar nuestra posición y aguardar a que los terranos llegaran hasta nosotros. Eso habría mantenido la armonía entre nosotros, la que me resistía a romper.
Él y yo éramos hermanos. La idea de conflictos fraternales me resultaba repulsiva.
Entonces contemplé el barranco y vi la carnicería que estábamos causando. Vi a mi minghan en todo su esplendor, aprecié su ferocidad incomparable. Vi a mis guerreros combatir del modo para el que habían sido creados: con pasión, con libertad.
—No hay ningún problema —dije, pasando por delante de Jochi, de vuelta al combate—. Vamos a destrozarlos.
Seguimos combatiendo. Mientras los soles empezaban a hundirse en el horizonte, seguimos peleando, y una vez que oscureció y las quebradas quedaron convertidas en charcos de untuosa oscuridad, seguimos combatiendo. Nos pusimos los cascos y usamos nuestra visión nocturna con localización de presa para darles caza, siempre avanzando, siempre atacando.
Resistieron con ferocidad. No los había visto librar una batalla así desde Ullanor. Llevaban a cabo ofensivas nuevas, montaban emboscadas, lanzaban combatientes suicidas justo entre nosotros. Pagamos por cada barricada; cada pozo de artillero se llevó vidas por delante antes de que consiguiéramos vaciarlo. Mantuvimos nuestro ritmo punitivo, sin permitirles reagruparse en ningún momento, sin permitirnos aminorar la marcha. Nuestra sangre se mezcló con la suya, enlodando las quebradas, y el suelo pálido adquirió un rojo intenso.
En la gélida hora que precedía al alba cuando los tres soles aún permanecían por debajo de la línea del horizonte, ordené por fin a mis hermanos que se detuvieran. Estábamos muy al interior de la Trituradora por entonces, rodeados de un terreno confuso y con muchos salientes de quebradas aún más profundas y repisas ascendentes de roca blanca. Una lluvia de disparos caía sobre nosotros desde todas direcciones. Grupos de pielesverdes habían dado la vuelta y regresado subrepticiamente a través del traicionero territorio para volver a penetrar en terreno que ya habíamos ganado. Nos gritaban a voz en cuello desde las sombras, y los gritos resonaban en los riscos circundantes, amplificados y distorsionados. Era como si la tierra misma nos estuviera acicateando.
Recordé la admonición de Torghun. Consideré la posibilidad de que hubiera tenido razón, y de que mi afán de avanzar nos hubiera puesto en una situación comprometida. Su hermandad estaba aún muy lejos de nuestra posición, efectuando un avance continuado pero mesurado hacia nosotros. No podía desprenderme de la sospecha de que él avanzaba con una lentitud deliberada.
—Resistiremos aquí —ordené, transmitiendo la orden a Jochi y a Batu para que la pasaran a los demás—. En cuanto amanezca, reanudaremos el ataque.
La ubicación que elegí era lo más parecido a un bastión defensivo que había en las inmediaciones. Una amplia meseta de roca ascendía del paisaje desmoronado y quebrado, y ofrecía una posición prominente sobre el terreno que la rodeaba. Los laterales caían a pico en tres lados, en tanto que el cuarto se disolvía en forma de ladera desmenuzada de rocas agrietadas y guijarros. No era el lugar perfecto; seguía habiendo picos que se alzaban por encima de ella en el extremo opuesto del barranco, y había muy poco lugar en el que guarecerse en la meseta en sí.
Con todo, nos daba una posibilidad de poner freno a nuestras crecientes bajas, de volver a dar una cierta forma a la batalla. Nos abrimos paso hasta la meseta, gateando por profundas hendiduras en la roca, sin dejar de resbalar y patinar debido a las piedras sueltas. Una vez que la hubimos tomado nos atrincheramos a lo largo de los bordes, para obtener ángulos de tiro sobre las desfiladeros a nuestros pies. Envié a nuestros escuadrones de motos supervivientes tras las principales bases de fuego estático, pero no les permití ir más allá una vez que hubieron destruido sus objetivos.
Tal y como había esperado, los pielesverdes vieron nuestro alto como una debilidad y salieron en masa a por nosotros, surgiendo de escondites y abandonando túneles que no habíamos destruido como era debido. Se abalanzaron sobre las paredes empinadas de la meseta, trepando unos sobre otros en su ansia por llegar hasta nosotros. Eran como un ejército de demonios necrófagos, con la piel casi negra en la penumbra, y los ojos rojos y ardientes.
A partir de ese momento, nos vimos en apuros. Confinados allí, peleamos como ellos: con ferocidad, toscamente, de un modo brutal. Ellos trepaban y nosotros los abatíamos a machetazos. Alargaban las garras hacia nosotros, arrastrando a sus pozos de rugiente horror a cualquier guerrero que abandonara la formación, y nosotros les disparábamos y los apuñalábamos, enviando sus cuerpos convulsionados rodando al interior de la oscuridad. Arrojamos granadas en sus bocas sesgadas, retrocediendo cuando los torsos reventaban en fragmentos de tendones voladores. Nos rodearon, convirtiendo la meseta en una solitaria isla de cordura, en medio de un oleaje embravecido de obsesión xenos por derramar sangre.
Permanecí en primera fila, donde el combate era más intenso, blandiendo el guan dao con las dos manos mientras trinchaba carne de pielverde como si fuera un único y enorme organismo amorfo. Sentía cómo mis corazones bombeaban con energía y los músculos del brazo ardían de dolor. El sudor me empapaba el rostro bajo el casco y goteaba por la parte inferior de la gorguera. El enemigo se lanzaba contra nuestras espadas, usando sus cuerpos para agotarnos, para lentificarnos, para perforar aberturas por las que otros pudieran entrar. Su valentía era increíble. Su energía era inmensa. Su entrega era total.
Estábamos rodeados y nos superaban en número. Algo así era raro para nosotros, pues no nos dejábamos inmovilizar con frecuencia. A nuestra legión nunca la habían elegido para misiones en las que los objetivos tenían que ser contenidos durante espacios de tiempo prolongados, no como sucedía con los hoscos Iron Warriors o los piadosos y dorados Imperial Fists. Nosotros siempre habíamos contemplado con desdén tal tarea de guarnición, y compadecido a aquellos que estaban condenados a ella. No era capaz de imaginar que jamás pudiéramos distinguirnos en combates de esa clase; bajo asedio, peleando con las espaldas contra la pared mientras los cielos ardían sobre nosotros.
Así y todo, éramos Legiones Astartes. Peleábamos con la precisión y determinación de nuestro prolongado condicionamiento. Nunca cedíamos. Pagamos por aquel bastión en Chondax con nuestra sangre, nos aferramos con energía a los asideros, apretamos los dientes y nos atrincheramos a fondo. Cuando uno de nosotros caía, nos cobrábamos justa venganza, cerrando filas a la vez que incrementábamos la pasmosa violencia una muesca más.
Creo que podríamos haber resistido allí indefinidamente, dejando que las oleadas de pielesverdes chocaran contra nosotros hasta que se agotaran y pudiéramos retomar el avance. Tal y como fueron las cosas, no pudimos poner a prueba tal suposición. Vi las estelas de misiles surgir de la oscuridad e ir a estrellarse contra los flancos de la retaguarda enemiga, poniendo fin al empuje de su avance. Vi los amplios haces de cañones láser chasquear en forma de descargas concentradas y cosechar en silencio su espantoso peaje de vidas. Oí el gruñido quedo de bólters pesados y cañones automáticos, entregados a retumbantes y tupidas descargas.
Alcé la vista, al otro lado de la hirviente masa de cuerpos alienígenas, y vi destellos de blanco y dorado ascendiendo por la quebrada desde el sur. El fuego de artillería centelleó, los propulsores de las motos a reacción rugieron atronadores.
Contemplé aquel nuevo acontecimiento con emociones encontradas: alivio, por supuesto, pero también irritación.
Torghun había llegado por fin a nuestra posición.
Para cuando los primeros haces de la luz del amanecer se filtraron al interior de las quebradas, los pielesverdes estaban muertos o huían. Por vez primera, dejamos marchar a los supervivientes. Teníamos suficientes cosas de las que ocuparnos: equipo que rescatar, armaduras que reparar, heridos a los que reponer para pelear de nuevo. La meseta presentaba un aspecto desolado bajo la creciente luz solar; un paisaje neblinoso de cadáveres y carcasas de motos humeantes.
Tardé un tiempo en ver a Torghun, incluso después de que su hermandad se nos hubiera unido. Había muchas cosas que me retenían, y no estaba ansioso por hablar con él. Me ocupé de mis propios guerreros, trabajando duro para tenerlos otra vez listos para combatir. A pesar de todo, tenía ganas de seguir avanzando. Podía ver cómo se alzaban columnas de humo gris por delante de nosotros, y sabía que el círculo alrededor de los orkos se cerraba con rapidez.
Seguía con la vista puesta en el norte, intentando evaluar la mejor ruta para el avance, cuando Torghun finalmente vino a verme. Me di la vuelta, percibiendo su presencia antes de verle.
Torghun llevaba puesto el caso, de modo que no pude descifrar su expresión. Di por supuesto que estaba enojado; cuando habló, la voz sonó tensa pero resignada.
—No quiero pelear contigo, Shiban —dijo en tono cansado.
—Ni yo contigo —respondí.
—Deberías haberme escuchado.
Que alguien cuestionara mis tácticas era una experiencia nueva para mí. Torghun estaba en su derecho de hacerlo, desde luego, pero afectaba a mi orgullo como khan, y no se me ocurría una respuesta adecuada.
—Solo dime una cosa —dijo—. ¿Por qué te importa tanto?
—¿Por qué me importa qué? —pregunté.
—Alcanzar al Khagan. ¿Por qué estás decidido a hacerlo a costa de poner a nuestras formaciones, nuestros guerreros, en peligro? Ni siquiera sabemos si está en el planeta. Explícamelo. Ayúdame a comprender.
Sus palabras me sorprendieron. Sabía que Torghun era más prudente que yo; que su modo de librar una guerra era diferente. No se me había ocurrido que no le diera importancia a combatir junto al mejor de todos nosotros.
—¿Cómo es posible que tú no lo desees? —pregunté.
La verdad es que compadecí a Torghun en aquel momento. Supuse que debía de haberse perdido algo en su ascensión, o quizá lo había olvidado. Se llamaba a sí mismo White Scar; me pregunté si el nombre significaba para él algo más que la denominación de su legión. Para mí, para mi hermandad, lo era todo.
Sentí que tenía que intentar explicarlo, incluso aunque mis esperanzas de poder expresarme con claridad no eran demasiadas.
—La guerra no es una herramienta, hermano —dije—. La guerra es vida. Nos han elevado a ella, nos hemos convertido en ella. Cuando la galaxia quede finalmente libre de peligro, nuestro momento habrá llegado a su fin. Es un tiempo breve, una mota dorada en la faz del universo. Debemos apreciar lo que tenemos. Debemos pelear del modo en que nacimos para ello, convertirlo en un arte, festejar la naturaleza que se nos ha dado.
Hablé con fervor. Yo creía en aquellas cosas. Todavía lo hago.
—Le vi pelear, en una ocasión, desde lejos —seguí—. Nunca lo he olvidado. Incluso en esa visión única y fugaz, vi una posibilidad de perfección. Cada uno de nosotros poseemos una parte de esa perfección en nuestro interior. Ansío volver a presenciarla, verla de cerca, aprender de ella, convertirme en ella.
El casco manchado de sangre de Torghun me devolvió la mirada, inexpresivo.
—¿Qué otra cosa tenemos, hermano? —pregunté—. No estamos construyendo un futuro para nosotros; estamos creando un imperio para otros. Estas cuestiones bélicas, estas inspiraciones magníficas y terribles, son todo lo que tenemos.
Torghun siguió sin decir nada.
—El futuro será otra cosa —continué—. Por ahora, sin embargo, para nosotros solo está la guerra. Debemos vivirla.
Torghun sacudió la cabeza con incredulidad.
—Veo que en Chogoris engendran poetas, además de guerreros —dijo.
Fui incapaz de discernir si se burlaba de mí.
—Para nosotros son lo mismo —repuse.
—Otra costumbre extraña —dijo.
Entonces alzó las manos y soltó los sellos del casco. Oí cómo los cierres siseaban al abrirse. Efectuó un movimiento de torsión, se lo quitó y lo sujetó magnéticamente a la armadura.
En cuanto nos vimos con nuestros propios ojos fue más fácil comprendernos. Dudo que mis palabras hubieran hecho mucho para convencerle.
—Yo no combato como tú, Shiban —dijo—. A lo mejor ni siquiera peleo por las mismas cosas que tú. Pero ambos pertenecemos a la V Legión. Debemos buscar intereses comunes.
Torghun alzó la mirada, más allá de mí y en dirección al norte.
Ahí era donde él estaba. Ahí era donde estaba peleando.
—Debemos estar en la primera línea del ataque, ya —dijo Torghun—. ¿Para cuándo puedes tener listos a tus hermanos?
—Ya lo están —respondí.
—En ese caso, viajamos juntos —dijo él, con expresión sombría—. Al unísono, y no te retrasaré.
Bajo la luz de la mañana, iluminada solamente por un sol, su tez parecía más oscura que antes, casi como la de uno de nosotros. Torghun había hecho ya muchas concesiones. Se lo reconocí.
—Lo encontraremos, hermano —dijo—. Si está allí para que lo encontremos, entonces lo haremos.
Cinco
Targutai Yesugei
Huir al Altak había sido una mala decisión. De haber permanecido en las montañas, podría haber tenido alguna oportunidad de eludir a mis perseguidores. Fuera en las llanuras, era imposible.
En ocasiones reflexiono sobre por qué hice esa elección. Era un niño, desde luego, pero no era estúpido; debía de saber que los valles arbolados me proporcionarían una mejor posibilidad de escapar de los khitan, aun cuando siguiera siendo poco probable.
Es posible que estuviera predestinado a tomar la decisión que tomé; aunque me disgusta la idea de un destino. Me disgusta la idea de que las cosas que hacemos las decretan poderes superiores por nosotros; de que nuestras acciones son como sombras chinescas representadas para su diversión. Por encima de todo, me disgusta la idea de que el futuro está fijado y discurre por delante de nosotros en nítidas líneas que estamos obligados a seguir, con tan solo la ilusión de una voluntad soberana para reconfortarnos a lo largo del viaje.
Nada de lo que he aprendido desde mi ascensión me ha convencido de que estoy equivocado al pensar estas cosas. He obtenido información sobre la metafísica profunda del universo, y los largos y cansinos juegos de los inmortales, pero mantengo la fe en nuestra capacidad para elegir.
Somos los autores de nuestras acciones. Cuando la prueba llega, podemos ir en una dirección u otra: podemos triunfar o fracasar, y al universo no le importa lo que elijamos.
No creo que fuera el destino lo que me llevó fuera de las Ulaav y a los espacios vacíos del Altak. Creo que efectué una decisión pésima, fruto del miedo.
No me culpo por eso. Todos, incluso los más poderosos, incluso los que ocupan una posición más elevada, podemos cometer tales errores.
Durante un rato, fui más rápido. Los khitan de las montañas llevaban blindajes y placas curvadas de acero sobre jubones de cuero. Podía oír el tintineo de los protectores articulados de los brazos incluso mientras corría, y sabía que se cansarían más de prisa que yo.
Me encaminé al sur, abandonando a toda velocidad la sombra de las tierras altas para cruzar al terreno despejado de las llanuras. El suelo bajo mis pies era firme y seco. El viento tenía la pureza del amanecer, era frío y frugal.
Por delante no había nada. El Altak se ondulaba con suavidad, como un océano de vegetación, pero no había valles profundos en los que pudiera ocultarme. A un hombre o a una bestia se los podía descubrir a kilómetros de distancia en aquel lugar. Esa era mi esperanza: que vería el séquito del Gran Khan desde lejos y sería capaz de llegar hasta él a tiempo.
Sentí que mi respiración se volvía irregular y que los pies, envueltos en cuero blando, empezaban a doler. No había comido desde el día anterior, aunque por algún motivo eso no afectó a mi resistencia. Recordé mi visión de las cuatro figuras y la bebida que me habían dado, y me pregunté hasta qué punto se había acercado a la realidad aquella visión. Todavía podía paladear algo en la parte posterior de la garganta; un amargor como de leche agria.
Aunque tener que cargar con la armadura dificultaba mucho sus movimientos, me preocupaba que no pudiera zafarme de los khitan que me perseguían. Los ruidos de sus pisadas, su respiración pesada, el tintineo de las armas, todo ello me siguió a las llanuras. Volví la cabeza mientras corría, esperando verlos muy cerca detrás de mí.
No lo estaban. Los había dejado muy atrás, y me seguían penosamente, corriendo a pie igual que yo. Mi sentido del oído parecía más agudo, como sucedía con mi visión. Mientras contemplaba a una docena que me perseguía entre resoplidos e imprecaciones, sentí que podía ver dentro de ellos. Vi la llama de sus almas ardiendo en el interior de los pechos.
Eso me sobresaltó. Mi percepción había cambiado. Todo —el mundo a mi alrededor, mis perseguidores— era más vívido que nunca.
Aquello me resultó aterrador, aún más que la perspectiva de que me mataran. Sensaciones nuevas bullían en mi interior, burbujeando bajo la piel y haciendo que mis mejillas se sonrojaran y las palmas de las manos me ardieran.
Me sentía poderoso, pero a la vez impotente. Sabía lo suficiente del modo en que actuaban los videntes como para saber que lo que fuera que hubiera aflorado en mí en la montaña necesitaba instrucción.
Aparté la vista de los khitan y corrí más de prisa. El esfuerzo físico ayudó un poco. Noté que los pastos se aplastaban bajo los pies, y cómo los improperios de los soldados se alejaban a medida que ellos perdían terreno.
Escudriñé el horizonte al frente, desesperado por hallar alguna señal del khan. En aquel momento maldije su carácter evasivo.
No vi nada; solo cielo y tierra, y calima entre ellos.
Sabía que los soldados de a pie no serían los únicos. Nadie recorría una gran distancia por el Altak sin corceles, y las tierras de los khitan estaban muy lejos.
Una vez que los soldados comprendieron que los dejaría atrás, empezaron a hacer sonar cuernos de hueso. El aviso resonó por los espacios abiertos, viajando lejos, transportado por las rachas de viento. A continuación retrocedieron, jadeantes, contentos de dejarme huir, pues sabían que no llegaría lejos.
Seguí adelante. Sentía como si pudiera correr eternamente. El ligero caftán que llevaba, que no había conseguido mantenerme abrigado en las zonas altas, me permitía dar grandes zancadas. A medida que el sol iba ascendiendo en el cielo, mis músculos se iban calentando. Notaba el calor en las extremidades tostadas y aseadas, y ello me estimulaba a seguir.
Entonces oí el ruido de los aduun. Oí el tamborileo de sus cascos sobre la tierra compacta, y sin mirar atrás supe que eran muchos. Mantuve la cabeza gacha y escruté el terreno que tenía delante, infructuosamente, en busca de cualquier clase de cambio en el paisaje monótono.
Me alcanzaron con rapidez. Un aduu puede superar de largo a un hombre, y galopar infatigablemente. Las bestias del Altak son magníficas, de pellejo oscuro y extremidades poderosas. Oí su respiración gutural y el chasquear de sus colas largas.
Eché una ojeada desesperada al horizonte por última vez. No se veía al khan por ninguna parte. Había depositado todas mis esperanzas en encontrarlo, y había fracasado.
Mientras el golpear de cascos resonaba en mis oídos, dejé de correr y me volví para enfrentarme a mis asesinos. Para nuestra gente, no había delito peor que mostrar miedo a un enemigo, y decidí que mi muerte fuera honrosa.
Vi una hilera de soldados a caballo venir hacia mí, corriendo por el llano con elegancia y habilidad. Llevaban armaduras en forma de placas blindadas que se superponían y centelleaban a la luz del sol. Uno de los jinetes sujetaba una larga lanza con una cola de pelo grueso fijada justo bajo la hoja. Tras ellos ondeaban gallardetes de colores brillantes que restallaban bajo el viento.
Uno de ellos se adelantó a los demás, acercándose con rapidez hacia mí. Vi un casco de acero coronado por una púa, piezas de armadura bordeadas de bronce, cascos en movimiento, un lazo de cuerda girando hacia mí.
El lazo se deslizó sobre mis hombros y se cerró con fuerza alrededor de la cintura. El jinete pasó veloz por delante y tiró de mí. Al cerrarse el lazo, perdí el equilibrio y fui arrojado al suelo. Caí de bruces sobre la tierra.
Por un momento pensé que tenía intención de arrastrarme, pero la presión se aflojó al instante. Me incorporé de rodillas, con la soga atada alrededor del estómago, y sangre discurriendo por mi barbilla.
El jinete hizo girar la montura y desmontó, sin dejar de sujetar el otro extremo de la cuerda en ningún momento. Se me acercó y sonrió burlón, tirando de la cuerda como si yo fuera una bestia sujeta a una correa.
—Corres de prisa, pequeño —dijo—. Pero no lo suficiente.
El tono en el que hablaba me enfureció. Mis brazos seguían libres, y, aunque carecía de un arma, todavía podía pelear.
Me abalancé sobre él, alzándome del suelo. No tenía un plan de ataque, ni había pensado en cómo iba a pelear con un hombre que pesaba el doble que yo y llevaba una armadura.
Y entonces sucedió.
La senda que seguía mi vida cambió, pasando de un rumbo a otro. Fue tan repentino cuando finalmente llegó. A lo mejor mis visiones en las Ulaav no habían sido más que un delirio, o a lo mejor me habían dejado entrever de verdad alguna realidad más profunda y siniestra. No importaba. Algo había despertado en mi interior, y eligió ese instante para manifestarse.
Cuando vuelvo la vista atrás, pensando en Chogoris, el mundo perdido que amaba, ese es el momento que veo, grabado para siempre en mi mente como acero sumergido en ácido. Ese fue el momento que nos separó, que alejó mi destino de las llanuras y lo llevó a las estrellas, al vacío donde tanto el horror como las maravillas me aguardaban en la oscuridad inmortal.
Entonces no lo sabía. No lo supe hasta transcurridos muchos años. Nada de eso altera la verdad.
Sucedió en ese momento.
Arremetí, extendiendo ambos puños ante mí como un luchador que va a efectuar una llave, y una luz taladrante y cegadora brotó de las manos, chisporroteando igual que esquirlas de rayos.
Fue doloroso. Proferí un grito de dolor insoportable. Una serie de destellos recorrieron todo mi cuerpo, pasando sobre la carne en una neblina de calor y energía abrasiva. El mundo estalló en una lluvia de oro y plata, que giraba sobre sí misma y se debatía, centelleando enloquecida mientras rugía en mis oídos y ardía en mis fosas nasales. Aquello me estaba sofocando; podía sentir cómo los pulmones se achicharraban. No sentía los pies. No sentía nada.
Vi que el contorno descompuesto del soldado se apartaba tambaleante. Oí sus gritos de sobresalto y dolor, y le vi arañarse los ojos. La cuerda que me ataba explotó en una nube de chispas. Me tambaleé hacia atrás, con los puños apretados, emitiendo aún gotas de intensa y nítida incandescencia. Un poder elemental en bruto, la sustancia del otro universo, brotó atronador de mi cuerpo, desangrándome, vaciándome.
No tengo ni idea de cuánto tiempo estuve sumido en aquel estado, llameando como una tea perlada mientras daba tumbos por las llanuras sin dejar de vomitar destrucción. Podrían haber sido segundos, puede que mucho más tiempo. Recuerdo la vaga impresión de unos jinetes describiendo círculos a mi alrededor, unos contornos quebrados en medio del torrente de fuego blanco, reacios a acercarse por si acababan quemados. Recuerdo los rostros de los cuatro hombres bestia oscilando en mi imaginación, apuntándome con sus dedos curvados y crueles.
—«Bebe» —me decían.
Caí de rodillas. El fuego siguió ardiendo, quemando mi carne pero sin consumirla. Tenía todo el cuerpo bloqueado, contraído en espasmos.
La primera vez que lo vi era una figura oscura recortada contra el fuego. Caminó a través de él, haciendo retroceder las cortinas de energía como si fueran cortinas de lluvia, sin sufrir ningún daño.
Se arrodilló junto a mí. Parecía gigantesco, mucho más alto y fornido que un ser vivo normal. Le miré a los ojos, parpadeando para eliminar las lágrimas al mismo tiempo que brotaba fuego de los míos, y vi algo familiar en ellos.
Recordé la figura envuelta en luz de mi visión. Por un instante, pensé que el hombre que tenía delante era la misma persona. Pronto comprendí que no era así, pero tuve la seguridad de que existía algún vínculo entre ellos.
Entonces sentí el peso aplastante de su autoridad cayendo sobre mí. Las llamas que me rodeaban se extinguieron, apagándose con un titileo que el viento arrastró lejos. Igual que un hombre que apaga una vela tranquilamente, el desconocido contuvo el torrente de locura que surgía de mi interior. Incluso en ese instante, bloqueado por el desconcierto y el dolor, con la mente entumecida, una parte de mí comprendió lo asombroso que era aquello.
Permaneció inclinado sobre mí. Su casco terminaba en una púa, igual que los de sus hombres; la armadura era muy elaborada y elegante, con molduras doradas y rojas dispuestas alrededor de un peto de paneles de hueso blanco. Vi una larga cicatriz que le descendía por la mejilla izquierda, como las que me habían contado que llevaban los talskar. Tenía los ojos hundidos y una mirada vehemente. Nunca había visto unos ojos así.
A lo mejor había estado equivocado respecto a mis cazadores. A lo mejor no eran khitan.
Jadeando, tiritando, me aferraba aún a la esperanza de una muerte noble. Intenté mantenerle la mirada, convencido de que había venido a matarme.
No pude. Algo en aquel gigante me abrumaba. Vi cómo su rostro oscilaba ante mis ojos, descomponiéndose igual que un reflejo en el agua. Parecía escrutar mi alma, absolverla, despellejarla. Sentí que perdía el conocimiento.
—Ten cuidado —dijo él.
Entonces me desmayé, y la creciente oscuridad fue para mí tan agradable como el sueño.
Desperté al cabo de seis días.
Averigüé, mucho después, lo peligroso que había sido aquel período de tiempo para mí. En las Ulaav me habían abierto los ojos interiores, pero no me habían enseñado a usarlos. Podría haber muerto. Podría haber padecido algo peor que la muerte, como podría haberles sucedido a todos los que me rodeaban.
Él lo había impedido. Incluso por entonces, mucho antes de que el Señor de la Humanidad nos hubiera mostrado el camino a las estrellas, él había sabido cómo controlar los fuegos que rugían en el interior de los que poseían el don.
Él no lo tenía, por lo que yo sé. Nunca le vi invocar fuego, ni utilizar la tormenta sobre sus enemigos. Usaba su cuerpo de guerrero —aquel magnífico cuerpo mejorado— para librar una guerra y nada más. No puedo creer, de todos modos, que no poseyera algún conocimiento innato de los senderos del cielo. Estaba hecho para ser un contendiente en el otro universo, para disputar con aquellos que permanecían en el extremo opuesto del velo, y por lo tanto debía de haber tenido, al igual que sus hermanos, alguna comprensión de la profundidad oculta de las cosas.
En aquel momento, sin embargo, todo lo que yo sabía era que me había capturado y que, bajo las leyes del Altak, era su esclavo. Puesto que se me había negado una muerte honrosa, me resigné a una vida de fatigas. El khan —mi khan, aquel al que había servido hasta entonces— no conseguiría rescatarme. Había visto la naturaleza de mi nuevo carcelero, y sabía que superaba con creces a cualquier otro guerrero de las llanuras, incluido el señor de mi gente.
Estaba junto a mí cuando desperté en un lecho de pieles en el interior de un ger enorme. Ardía un fuego en el hoyo central, y el aire era rojo y estaba cargado de humo. Pude oír voces murmurando en las sombras. Oí el sonido de las espadas que afilaban y las flechas que emplumaban.
Me miró, y yo le miré a él.
Era enorme. Nunca había visto a un hombre tan avasallador, tan manifiestamente poderoso, tan repleto de energía contenida. Su rostro grande y enjuto oscilaba debido al juego de sombras y llamas.
—¿Cómo te llamas? —preguntó.
La voz era queda, y tamborileó profundamente en el murmurante espacio.
—Shinaz —dije; tenía la boca seca.
—Ya no —repuso—. Serás Targutai Yesugei, el muchacho que corrió y el hombre que peleó. Serás un zadyin arga de mi casa.
No lo dijo como una presunción. Según la costumbre del Altak era dueño de mi vida, al menos hasta el momento en que otro caudillo pudiera hacerse conmigo por la fuerza o yo pudiera huir de algún modo. Dudé que fuera posible cualquiera de esas dos opciones.
—Vienes a mí al principio, Yesugei —dijo—. Soy el Khan de muchos khans. Estás uniéndote al ordu de Jaghatai, la marea que barrerá el mundo y lo rehará. Agradece que te cogiera antes de que regresaras junto a tu antiguo khan. De haberme enfrentado a ti en una batalla, habrías muerto.
No dije nada, seguía atontado por el sueño y las náuseas. No podía ver su rostro con claridad, y la voz poseía una cualidad extraña y perturbadora. Me recosté en las pieles, notando cómo mi pecho ascendía y descendía con cautela.
—Serás adiestrado, como los demás —siguió él—. Aprenderás a usar lo que se te ha entregado. Aprenderás cuándo debes usarlo, y cuándo no usarlo. En todas estas cosas seguirás lo que yo te ordene. Ningún otro hombre te dirá jamás cómo utilizar tus dones.
Observé el movimiento de sus labios en la tenue oscuridad. Mientras hablaba, vi retazos fugaces de las visiones que había tenido en la montaña. Vi aquellos navíos destrozados, ardiendo en medio de las estrellas. Mientras él hablaba de conquistas, recordé las insignias de aquellos trozos de metal carbonizado.
«Un lobo. Una serpiente de múltiples cabezas. Un rayo».
—He traído un nuevo modo de combatir al mundo —dijo—. Moverse de prisa, mantenerse fuerte, no descansar jamás. Cuando el Altak sea nuestro, llevaremos esta guerra a los khitan. Tras eso, la llevaremos a todo imperio que exista entre la tierra y el cielo. Todos ellos caerán, porque están enfermos y nosotros gozamos de buena salud.
El corazón me latía de modo superficial en el pecho. Notaba el calor de la fiebre en las mejillas. Sus palabras parecían sacadas de un sueño.
—Todos los imperios caen —dijo—, todos enferman. Esta es la lección que hemos aprendido, y la que tú aprenderás.
Vi cómo la cicatriz de la cara se movía mientras hablaba. Bajo la luz de color rojo sangre parecía viva, como una serpiente blanquecina sujeta a su piel.
—No serviremos a ningún imperio —prosiguió—. Permaneceremos en movimiento. No tendremos un centro. Dondequiera que estemos, ese es el centro.
Supe que me contaba algo importante, pero era demasiado joven y estaba demasiado débil para comprenderlo. Únicamente más tarde, mucho más tarde, fui capaz de rememorar aquellas palabras y reconocer la verdad de lo que me estaban contando.
—¿Me servirás, Targutai Yesugei? —preguntó.
En aquel momento, di por supuesto que la pregunta era retórica. Era un niño. No tenía ni idea de cuánto tiempo era posible que viviera un humano, ni en qué podía llegar a convertirse un humano. Pensé que solo estaban en juego cosas triviales: mi vida, las contiendas entre clanes, el viejo ciclo de la guerra en el Altak.
En la actualidad, sabiendo lo que sé, no estoy tan seguro. Quizá incluso entonces tenía que efectuar una elección.
—Sí, mi khan —contesté.
Me miró durante un buen rato, los ojos le brillaban bajo la luz color sangre.
—Entonces ahora eres talskar —replicó—. Se te marcará, como lo estamos nosotros. Lucirás la cicatriz blanca en el rostro, y todos aprenderán a temerte.
La luz de la hoguera onduló sobre las placas de hueso de su armadura.
—Por ahora, no se nos conoce —dijo—. No será siempre así. Llegará el día en que mostraremos al mundo quiénes somos, peleando del modo que te enseñaré.
Sus ojos eran como gemas en la noche, ardiendo con una ambición ávida e ilimitada.
—Y cuando ese día llegue, cuando por fin nos demos a conocer, te aseguro, zadyin arga…, que los mismos dioses se encogerán de miedo ante nosotros.
Seis
Ilya Ravallion
Vino a buscarme al cabo de cinco días, tal y como había dicho que haría. Había estado esperando impaciente en las tierras yermas de Ullanor todo aquel tiempo, intentando hallar algo útil que hacer. No había tenido mucho éxito; las flotas en órbita empezaban a dispersarse. La guerra había finalizado, y ya se habían identificado nuevas batallas.
Catalogué cosas. Presenté informes a mis superiores. Leí las notas que había tomado tras conocer al vidente de las tormentas.
La citación llegó sin previo aviso. Estaba en el complejo de Miert, ocupada revisando algunos de sus datos recopilados chapuceramente, cuando mi miniauricular de comunicación segura vibró.
—Tienes audiencia, general Ravallion —leía el mensaje que me llegó— . Estás preparada en una hora. Envío una nave de desembarco a tu ubicación.
No tenía ni idea de cómo había obtenido Yesugei acceso a las coordenadas del departamento. Mi reacción inmediata fue sentir una oleada de nervios en la boca del estómago. Había servido en muchas zonas de guerra y hecho valer mis derechos ante muchos comandantes militares con gran poder, así que no me consideraba alguien fácil de intimidar, pero esto…
Se trataba de un primarca, uno de los propios hijos del Emperador.
Traté de imaginar qué aspecto tendría. Había oído cosas distintas sobre ellos: que estaban envueltos permanentemente en luz, que su armadura brillaba como el sol, que podían matar con una palabra o un gesto, y que su mirada por sí sola podía desollar carne y partir hueso.
Tuve muchísimo tiempo para especular. Como era lo normal en los White Scars, la nave llegó tarde. Cuando por fin llegó, lo hizo en medio de una ráfaga de polvo justo al norte del perímetro del complejo. Desde mi ventana vi sus flancos blancos y el sigilo del rayo dorado y rojo, y sentí una nueva punzada de nerviosismo.
—Contrólate —me dije en voz alta, a la vez que ajustaba el recién adquirido cinto de armas una última vez antes de salir en dirección a hacia la nave de desembarco—. Solo es un hombre. No, es más que un hombre. ¿Qué, entonces? Carne y hueso. Humano. Uno de nosotros.
Pero no sabía si eso era cierto siquiera. Me enfrentaba a un problema de clasificación, algo que siempre me había resultado difícil.
—De nuestro bando —resolví, sintiéndome muerta de ansiedad.
El elevador era una variante Horta RV de transbordador de espacio local de las Legiones Astartes; un modelo reciente. Lo sabía todo sobre él, y fijarme en los detalles ayudó a mi estado de ánimo.
Yesugei me esperaba en la plataforma para la tripulación. Vestía su armadura color marfil y parecía enorme en aquel limitado espacio. Me dedicó una reverencia mientras ascendía la rampa para reunirme con él.
—¿Estás bien, general Ravallion? —preguntó.
Le devolví la reverencia, intentando ocultar mi ansiedad, supongo que con poco éxito.
—Muy bien, Yesugei —contesté.
Para entonces había averiguado, tras mucha investigación, que los videntes de las tormentas no reciben el título de «khan». No adoptaban ninguna clase de título; su nombre y su profesión parecían ser suficiente.
—Mi agradecimiento de nuevo, por organizar esto —añadí.
La rampa de embarque de la nave se cerró a mi espalda con un gemido de servos. Oí que las cámaras estancas se cerraban con un fuerte golpe metálico, y que empezaban a arrancar los motores.
—Un placer —respondió, recostándose en las paredes de metal.
Las dimensiones de la nave de desembarco cuadraban con la fisiología de los Space Marines; todo era demasiado grande para mí, incluso los bancos y los arneses de sujeción. Me senté delante de Yesugei y jugueteé con las correas, los pies apenas me llegaban al suelo. Él no se molestó en usar arnés, y permaneció sentado tranquilamente, con los guanteletes sobre las rodillas.
—¿Puedo preguntar, general, has conocido a primarcas antes? —dijo.
Los motores siguieron aumentando la potencia, y vi ascender remolinos de polvo al otro lado de las diminutas ventanas de visualización.
—No —contesté.
—Ah —repuso Yesugei.
Con un rugido sordo, la nave despegó, sosteniéndose en el aire sobre la pista de estacionamiento unos segundos antes de generar fuerza propulsora. Por el rabillo del ojo, vi cómo los valles resecos de Ullanor empezaban a perderse de vista.
—En ese caso, ¿puedo ofrecer consejo? —preguntó él.
Mostré una sonrisa forzada. Notaba ya incómodas oleadas de vibraciones por todo el cuerpo, y las paredes de la plataforma para la tripulación temblaban como la piel de un tambor. Subíamos muy de prisa. Me pregunté si los pilotos tenían en cuenta la naturaleza de sus pasajeros.
—Por favor, adelante —dije—. Nadie más ha sido capaz de darme ninguno.
—Dirígete a él como «Khan» —contestó Yesugei—. No es así cómo nosotros llamamos, pero es tratamiento adecuado para ti. Mírale a ojos cuando hable, aunque resulte difícil. El impacto de primer encuentro puede ser… malo. Pasará. Él no intentará intimidar. Recuerda para qué fue creado.
Asentí. La violenta ascensión del vehículo me provocaba náuseas. Presioné las manos con fuerza contra el borde del asiento y noté que el interior de los guantes estaba húmedo.
—Me dicen, aquellos que saben, que no es como sus hermanos —siguió Yesugei—. Puede ser difícil de interpretar, incluso para nosotros. En Chogoris usamos aves rapaces cazadoras. Llamamos «berkut». Su alma es como de ellas: vaga lejos, es inquieta. Puede decir cosas que parecen extrañas. Puedes pensar que se burla de ti.
Vi cómo el cielo se tornaba negro por las ventanas de visualización, y cómo emergían los puntos diminutos que eran las estrellas. Habíamos entrado en la atmósfera superior increíblemente rápido. Intenté concentrarme en lo que Yesugei me contaba.
—Recuerda solo esto —dijo—. Un berkut jamás olvida configuración de caza. Al final siempre regresa a mano que lo soltó.
Asentí, sintiéndome mareada.
—Lo recordaré —contesté.
Avisté fugazmente y por primera vez nuestro destino a lo lejos: un acorazado, inmenso y con las cicatrices provocadas por los combates, la curva proa pintada de blanco y las luces de posición centelleando en el vacío.
Sabía su nombre por los registros: la Espada de la Tormenta.
«Clase capital. Enorme. Retroequipada para velocidad… Esos motores son enormes. ¿Aprobó Marte eso?».
Supe que él estaba allí. Era allí donde aguardaba.
—Intenta comprenderle —indicó Yesugei con calma—. Puede que incluso le gustes. He visto cosas más extrañas.
Nos posamos en uno de los hangares de la Espada de la Tormenta, y a continuación las cosas se sucedieron con celeridad. Yesugei me escoltó por largos pasillos, me hizo subir a ascensores y cruzar vestíbulos enormes atestados de sirvientes y servidores. Oí cantar en un idioma que no comprendía, y risas resonando por los pasillos de servicio. Toda la nave tenía un aire de energía furiosa, bondadosa y ligeramente caótica. Olía más a limpio que los cruceros del ejército a los que estaba acostumbrada, con un aroma subyacente de algo parecido a incienso elevándose de los suelos pulidos. Todo estaba muy bien iluminado y decorado profusamente con los colores de la legión: blanco, dorado y rojo.
Para cuando llegamos a los aposentos del Khan, no tenía ni idea de qué distancia habíamos recorrido; los acorazados tan enormes como aquel eran más parecidos a ciudades que a naves de guerra. Por fin, nos detuvimos ante un par de puertas con incrustaciones de marfil flanqueadas por dos guardias descomunales con armadura ceremonial. Reconocí el contorno engorroso de la antigua Armadura Trueno, sumamente alterada y ribeteada en oro. A diferencia de Yesugei, los guardias llevaban puestos sus cascos, que tenían el visor en forma de rendija y de color dorado, e iban coronados con penachos de crin.
Efectuaron una reverencia al aproximarse el vidente de las tormentas; luego agarraron dos pesadas asas de bronce colocadas en las puertas.
—¿Preparada? —preguntó Yesugei.
Sentí que me martilleaba el corazón. Se filtraba luz por las rendijas bajo las puertas.
—No —respondí.
Las puertas se abrieron.
Por un instante, no vi absolutamente nada. Tuve la borrosa impresión de ver una corona de luz, danzando frente a mí como si se reflejara en el agua. Pude percibir una energía enorme, un poder enorme consumiéndose, retumbando dentro de sus ataduras como el núcleo enjaulado de un reactor.
En aquel momento no estuve segura de sí le percibía tal y como era de verdad —mi mirada inexperta intentaba atravesar un velo cuidadosamente elaborado para penetrar en la auténtica naturaleza que había debajo—, o si el mareo de la ascensión desde Ullanor simplemente había confundido mis sentidos.
Solo sabía una cosa: que tenía que mantenerme en pie, y los ojos abiertos. Yesugei había dicho que pasaría.
—General Ilya Ravallion del Departamento Munitorum.
En cuanto habló, los detalles de la habitación adquirieron una nitidez total, igual que una antigua pictografía física al ser revelada en un baño de productos químicos. La estancia era grande, con magníficas ventanas altas que la inundaban con la luz que se filtraba desde el sol de Ullanor.
Efectué una torpe inclinación de cabeza.
—Khan —respondí, y me desagradó el débil sonido de mi voz en contraste con la suntuosidad de la suya.
—Siéntate, general —dijo—. Aquí hay una silla para ti.
Fui hacia ella y, en el trayecto, empecé a asimilar lo que me rodeaba. Las paredes estaban revestidas con paneles de elegante madera oscura, parecida a la caoba terrana. Bajo mis pies había una alfombra gruesa, tejida toscamente con imágenes de llanuras áridas y jinetes portadores de lanzas inclinados sobre sus sillas de montar. Vi una librería antigua repleta de libros viejos encuadernados en cuero. En las paredes colgaban armas: espadas, arcos, fusiles de chispa, armaduras de otras épocas y otros mundos. Olores a tierra y a metal ascendieron a mi encuentro, acres, con el olor penetrante de la gamuza, el carbón vegetal quemado y los aceites de bruñir.
Me acomodé en el asiento que me habían preparado. Oí el suave tictac de un viejo reloj sobre la repisa de piedra de una chimenea y el muy tenue y distante zumbido de los motores de la nave estelar.
Solamente entonces tuve el valor de mirarlo.
Su cara tenía el mismo tono oscuro del cuero que la de Yesugei. Era un rostro enjuto, noble y de una inteligencia extrema, y orgulloso. Tenía la cabeza calva salvo por un copete largo de pelo negro como el carbón atado con aros de oro. Una nariz aguileña descendía por un rostro curtido por el viento y adornado por un bigote. Los ojos estaban muy hundidos bajo cejas huesudas, y centelleaban igual que perlas incrustadas en bronce.
Estaba sentado cómodamente, con el inmenso cuerpo echado hacia atrás en su propio asiento, que era el doble de grande que el mío. Una mano enguantada descansaba sobre un reposabrazos de marfil, la otra colgaba tranquilamente por encima del borde. Recibí la imagen de un felino superior repantingado en la moteada sombra, descansando su tremenda fuerza un momento entre cacerías.
Apenas podía moverme. Mi corazón latía con violencia.
—Así pues —dijo el Khan, y hablaba con una enunciación lenta, culta y patricia—, ¿de qué deseabas hablarme?
Le miré a los centelleantes ojos para contestar, y fue entonces cuando me di cuenta, con horror y estremecimiento, de que no me acordaba.
Yesugei se unió a nosotros entonces, yendo a colocarse junto a su primarca para explicar con calma las circunstancias de nuestro encuentro en Ullanor. Averigüé más tarde que había permanecido a mi lado todo el tiempo, manteniéndose cerca por si acaso me hubiera sentido abrumada. Ese fue un detalle que jamás he olvidado.
Mientas él hablaba y el Khan respondía, volví a ser yo misma. Me senté muy erguida, recordando mi misión con todo detalle, pero incluso entonces me llamó la atención lo irónico de la situación; la única cosa en la que siempre había podido confiar, mi memoria, había quedado anulada en un instante por la figura que tenía delante.
—Así pues, ¿qué más quieren de nosotros? —preguntó el Khan con sequedad, hablando aún a Yesugei—. ¿Más conquistas? ¿Más de prisa?
El tono de voz era el de un patriarca cansado que se muestra complaciente con los míseros asuntos de súbditos muy por debajo de él en la escala de importancia y nobleza. A diferencia de Yesugei, su gótico hablado era perfecto, si bien compartía el mismo acento cerrado de su vidente de las tormentas.
—Señor —dije, esperando que la voz no me temblara al hablar—, el departamento no tiene ninguna queja sobre la rapidez del avance de la V Legión.
Tanto el Khan como Yesugei volvieron la cabeza para mirarme.
Tragué saliva y noté lo seca que tenía la garganta.
—Se trata de algo bastante distinto —proseguí, sosteniendo la mirada del primarca con dificultad—. A los estrategas superiores les resulta muy complicado retener una imagen clara de vuestros movimientos. Esto tiene consecuencias. No podemos manteneros reabastecidos como nos gustaría. No podemos organizar una coordinación con los regimientos del ejército que os acompañan. Tenéis un encuentro programado con la 915.ª Flota Expedicionaria, pero aún no tenemos confirmación de adónde os dirigiréis al salir de aquí.
El rostro del Khan era como una máscara. Su expresión no cambió, aunque pude percibir su decepción.
Me sentí ridícula. Él era un guerrero total, una máquina engendrada por el Emperador para destruir mundos. Él no quería hablar sobre cadenas de suministro.
—¿Crees, general, que eres la primera en quejarse de esto ante mí? —preguntó.
El tono con el que hablaba —despreocupado, cortés, desinteresado— era demoledor. Dudo que esa fuera su intención, pero lo era de todos modos.
«Pueden matarte con una palabra».
—No, señor —contesté, intentando mantener el ánimo, decidida a ceñirme a mi misión—. Estoy al tanto de que se han enviado diecisiete comunicados a nivel de legión desde Terra a vuestro personal de mando.
—¿Diecisiete son? —dijo, entornando los ojos—. Pierdo la cuenta. Y ¿qué deseas añadir a ellos?
—Esas delegaciones no tuvieron el honor de hablar con vos personalmente, señor —dije—. Yo tenía la esperanza de que, si podía explicar la situación con claridad, podríamos ser capaces de establecer un marco revisado para la coordinación logística. Es algo que el departamento desearía encarecidamente negociar.
En cuanto utilicé las palabras «marco revisado para la coordinación logística», supe que le había perdido. Me miró directamente, medio desconcertado, medio irritado. Se removió en su asiento, e incluso en aquel movimiento minúsculo percibí algo de la futilidad de lo que intentaba hacer.
El Khan odiaba estar sentado. Odiaba hablar. Odiaba estar enjaulado entre las paredes de su acorazado. Quería estar en campaña, absorto en la persecución, haciendo uso de su fuerza extraordinaria en una caza eterna.
«Él nunca olvida la configuración de la caza».
—¿Eres terrana? —preguntó.
La pregunta surgió de la nada, pero recordé las palabras de Yesugei y no me inmuté.
—Así es, señor.
—Eso pensaba —repuso el Khan—. Piensas como un terrano. Tengo guerreros en mi Legión que son terranos, y piensan como tú.
Se inclinó al frente, juntando las manos enguantadas frente a él.
—Esto es lo que queréis —dijo—: queréis ver a las legiones desfilar desde Terra en filas ordenadas, avanzando lenta y pesadamente como los aduun, cada una dejando un rastro tras ella que lleva de vuelta al mundo de origen a lo largo del cual podéis trazar el rumbo de sus convoyes de armas y sus raciones. Pensáis así porque vuestro mundo está lleno de complejidades…, de ciudades, de naciones asentadas…, y un mundo así necesita estar atado.
Tenía razón. Eso era lo que yo quería.
—Eso no es lo que nosotros queremos —siguió él—. En Chogoris aprendimos a pelear sin un centro. Nos llevábamos nuestras armas y monturas con nosotros. Nos movíamos según dictaban las pautas de la guerra. No nos atábamos. Nunca hemos hecho eso.
Sus ojos hundidos permanecieron clavados en mí mientras hablaba. No elevó la voz en ningún momento. No estaba enfadado conmigo; hablaba con calma, como un progenitor austero explicando una cuestión sencilla a una criatura.
—Los ejércitos con los que peleábamos eran más grandes que el nuestro —dijo—. Nuestro movimiento era una ventaja. Ellos no podían golpear nuestro centro, porque no lo teníamos. Jamás hemos olvidado esa lección.
Comprendí entonces por qué todas nuestras delegaciones jamás habían hecho mella en él. Los White Scars no eran difíciles de organizar debido a una falta de atención; era una cuestión de principios para ellos, una doctrina bélica.
Tal vez no debería haber dicho nada entonces y aceptar el fracaso de mi misión, pero me sentía reacia a dejar las cosas como estaban. Pelear en Chogoris a lomos de un caballo era una cosa; un cruzada entre billones de criaturas a través de la galaxia era otra.
—Pero, señor —repuse—, tras Ullanor ya no hay ejércitos de mayor tamaño. Estamos avanzando, no defendiendo, y una tarea así requiere coordinación. Y, perdonadme, pero sin duda estaréis de acuerdo en que no existen amenazas contra Terra. No queda nada que pueda hacernos daño.
El Khan me miró con aquella expresión suya glacial y hastiada. Mis palabras no le habían impresionado. Sentí todo el peso de su decepción, y eso por sí solo era difícil de soportar.
—No queda nada que pueda perjudicarnos —repitió en voz baja—. Me pregunto, Yesugei, cuántas veces, y en cuántos imperios olvidados, se han pronunciado esas palabras.
Ya no me hablaba a mí. Había pasado página, discutiendo los senderos de la historia con uno de los suyos. Me había dejado de lado, del mismo modo que había hecho con todos los otros que habían intentado arrastrarlo de vuelta a las rígidas estructuras del Imperio. Yo no era nada para él; el trabajo del departamento no era nada. Los meses de viaje, de investigación, de preparación, no habían sido para nada.
Estaba furiosa conmigo misma, y ardía por la frustración. En aquel punto asumí que estaba sentada cara a cara con el guerrero más magnífico y poderoso que jamás conocería, y que había desaprovechado la oportunidad de influenciarle.
Resultó que estaba equivocada sobre eso, en ambos casos.
Irrumpió en la estancia sin avisar, sin que hubiera un anuncio previo. Las puertas golpearon hacia atrás sobre los goznes con un ruido sordo, sobresaltándome.
Entró majestuosamente en la habitación, ataviado con un manto de grueso pelaje de lobo que oscilaba con sus resonantes zancadas. La armadura era de oro blanco, opulenta y con iridiscencias en espiral como la madreperla, ribeteada de bronce batido y con un reluciente ojo rojo como un granate estampado sobre el peto. Irradiaba enormidad; de cuerpo, de mente, de espíritu. Se movía con un vigor generoso, con seguridad, con el aire arrogante de un soldado.
Había visto pictografías suyas, por supuesto, como todos hecho, pero jamás había esperado poder contemplarle de cerca, estar en presencia de tal figura de leyendas y rumores susurrados.
Me encogí en el asiento, aferrando con fuerza los reposabrazos, temiendo desmayarme o hacer alguna estupidez.
El Khan se puso en pie de un salto y corrió a saludarlo con una amplia sonrisa asomando ya a su cara. Quedé olvidada al instante; me convertí en un borrón tedioso, en contraste con el esplendor de unos dioses que se han reencontrado.
—Hermano mío —dijo el Khan, abrazándolo.
—Jaghatai —repuso Horus Lupercal.
El corazón me retumbaba en el pecho, y me aterró la idea de que uno de ellos fuera a volver la cabeza y preguntarme qué hacía yo todavía allí. Quería irme pero no osaba moverme, no sin que me dieran permiso, así que me quedé donde estaba, deseando que la silla se plegara sobre mí.
Debería haberme sentido abrumada y feliz ante la visión del señor de la guerra. Debería haber sentido el corazón henchido de orgullo y gratitud porque yo, una mortal entre billones, me hallase en presencia del elegido del Emperador. Por el motivo que fuera, la única cosa que sentí fue temor, y vi cómo mis nudillos emblanquecían. No dije nada. Fue como si un viento frío hubiera recorrido la estancia, helándola, haciendo tiritar mi alma.
Le presentaron a Yesugei, y el vidente de las tormentas se lo tomó con calma, tan tranquilo y flemático como siempre. Entonces la mirada de Horus —su terrible mirada escrutadora— fue más allá de su hermano y descendió sobre mí.
Mi corazón pareció detenerse. Fui incapaz de reaccionar, o de apartar la mirada siquiera. Era un terror puro y primario; el de la presa que sabe que no puede escapar.
—Y ¿quién es ella? —preguntó Horus.
El Khan posó la mano sobre el brazo de su hermano.
—Una de los burócratas del Sigilita. —Me dirigió una mirada fugaz—. Tiene mi aprobación.
Cuando se dieron la vuelta, retomando la conversación entre ellos, y sentí como si hubieran aflojado unas tenazas de hierro que rodeaban mi corazón.
Allí donde el Khan había resultado difícil de tratar, Horus era abrumador. Los dos primarcas eran de constitución parecida —el Khan quizá incluso era un poco más alto—, pero me resultaba evidente por qué Horus había sido elegido para ser el instrumento del Emperador; el dinamismo de sus gestos, la franqueza del rostro, la sensación de poder sin tener que hacer ningún esfuerzo que caía en cascada desde la elaborada armadura y se derramaba por la habitación. Incluso en medio del miedo inexplicable que ascendía para sofocarme, comprendí por qué los hombres le adoraban.
Pugné por reconciliar lo que veía con lo que sentía. El Khan y Horus eran evidentemente hermanos. Charlaban y se provocaban el uno al otro como hermanos, hablando sobre temas que abarcaban toda la galaxia que yo no podía comprender como si fueran curiosidades con las que jugar y sobre las que discutir. Así y todo, no eran iguales. El Khan era dominante, caviloso, austero, espléndido.
Horus era… otra cosa.
El encuentro entre ambos fue breve. Para cuando me atreví a escuchar, casi había finalizado.
—Aun así, créeme, esto hace que me avergüence, hermano —dijo Horus, con semblante contrito.
—No deberías —repuso el Khan.
—Si hubiera habido alguna otra elección…
—No tienes que dar explicaciones. En cualquier caso, ya te he dado mi palabra.
Horus miró al Khan con agradecimiento.
—Lo sé —contestó el señor de la guerra—. Tú palabra significa mucho. Para nuestro Padre, también, estoy seguro.
El Khan enarcó una ceja, y Horus rio. Reír liberó sus facciones. El semblante habitual del señor de la guerra mostraba una ruda y apasionada exuberancia, como si alguna gloria o perfección reflejadas del Emperador permanecieran aún en el corte de sus facciones marciales.
—No todo es malo —repuso Horus—. Chondax es un lugar yermo, apropiado para las virtudes de tu legión. Disfrutaréis con la cacería.
El Khan asintió sin demasiados reparos, si bien a mí me pareció el gesto del que sabe que tiene que poner buena cara al mal tiempo.
—No estamos sedientos de gloria —dijo—. Es necesario dar caza a los restos de las fuerzas de Urrlak, y nosotros estamos equipados para hacerlo. Pero ¿luego qué? Eso es lo que me interesa.
Horus palmeó con el guantelete el hombro del Khan. Incluso aquel simple movimiento —el apenas perceptible cambio de postura, el gesto ascendente del brazo— delató al guerrero equilibrado que era el primarca. Cada movimiento era exasperantemente elegante, poseía una eficiencia exquisita, estaba repleto de un poder extraordinario y seguro de sí mismo. Ambos eran criaturas de un plano más elevado, apenas encadenadas a la materia de la existencia mortal.
—Luego deberíamos pelear juntos otra vez, tú y yo —contestó Horus—. Ha pasado demasiado tiempo, y echo en falta tu presencia. Las cosas son simples contigo. Ojalá no te ocultaras.
—Por lo general se me puede encontrar, a la larga.
Horus le lanzó una mirada irónica.
—A la larga —dijo, y a continuación su expresión pasó a ser seria—. La galaxia está cambiando. Hay mucho que no comprendo sobre ella, y mucho que no me gusta. Los guerreros deberían permanecer unidos. Espero poder recurrir a ti, si llega el momento.
Los dos primarcas se miraron a los ojos. Pude imaginarlos combatiendo juntos, y me estremecí un tanto ante la perspectiva. Una alianza de tal clase haría temblar los cimientos de la galaxia.
—Sabes que sí, hermano —respondió el Khan—. Así es cómo ha sido siempre entre nosotros. Tú me llamas, yo respondo.
Pude oír la sinceridad en su voz; lo decía en serio. También pude oír la admiración y la cordialidad. Estaban tallados de la misma piedra.
Contuve la respiración. Por el motivo que fuera, sentí que algo significativo, algo irrevocable, había tenido lugar.
«Tú me llamas, yo respondo».
Tras eso abandonaron la habitación juntos, caminando al mismo paso, sumidos en la conversación. Yesugei fue con ellos.
La estancia quedó en silencio. Podía oír el tictac del reloj, tan fuerte en mis oídos como mis propios latidos. Durante un buen rato, fui incapaz de moverme. La empalagosa sensación de temor desapareció poco a poco, y cuando por fin aflojé los dedos que sujetaban los brazos de la silla, todavía temblaba. Pensamientos e imágenes pasaron raudos por mi mente, abalanzándose en un tumulto enloquecido de impresiones deslumbrantes.
Poco a poco caí en la cuenta de que me habían abandonado en el corazón de una nave de guerra de la legión sin medios evidentes para encontrar la salida. Imaginé que mi rango serviría de poco en un lugar como aquel.
Lo peor de todo no era eso. Había visto, brevemente, el modo en que se dirigía en realidad la Gran Cruzada, y ello hizo que mi diminuto papel pareciera aún más insignificante de lo que había pensado. Nosotros no éramos nada para ellos, para aquellos dioses vestidos con armadura.
Mientras reflexionaba al respecto, la idea de intentar debatir sobre política bélica con un primarca me pareció más que presuntuoso: demencial.
Con todo, les había visto. Había presenciado lo que innumerables soldados habrían dado con gusto la vida por contemplar. A pesar de mi fracaso, aquello había valido la pena.
Me levanté del asiento un tanto temblorosa, armándome de valor para regresar al corredor situado al otro lado. No me entusiasmaba la idea de volver a encontrarme con aquellos guardias.
Pero resultó que no tuve que hacerlo. Yesugei volvió, deslizándose silenciosamente por entre las puertas a la vez que me dedicaba una sonrisa de complicidad.
—Bien —dijo—. Eso fue inesperado.
—Así es —respondí, aún con hilo de voz.
—Primarca y señor de la guerra —indicó Yesugei—. Has hecho bien.
Lancé una carcajada, más para liberar la tensión que por otra cosa.
—¿Tú crees? —pregunté—. He estado a punto de perder el conocimiento.
—Sucede —dijo—. ¿Cómo encuentras?
Puse los ojos en blanco.
—He hecho un ridículo espantoso —contesté—. Esto ha sido una pérdida de tiempo…, de su tiempo. Lo lamento.
Yesugei se encogió de hombros.
—No disculpes —dijo—. El Khan no hace nada que sea un despilfarro.
Me observó.
—No tardaremos en partir hacia Chondax —dijo—. Tenemos orkos que cazar. El Khan conoce tarea que tiene por delante. Ha escuchado qué has dicho. Me ha pedido que dijera que, si deseas, puedes unir a nosotros. Nuestro kurultai necesita consejero, con experiencia, sin miedo a decir verdades que no deseamos oír.
Yesugei volvió a sonreír.
—Conocemos nuestros puntos débiles —siguió—. Todas cosas cambian. Debemos cambiar. ¿Qué parece?
Por un momento, apenas si pude creerlo. Pensé que tal vez bromeaba, pero imaginé que no bromeaba mucho.
—¿Vais a Chondax? —pregunté.
—No sé —dijo—. A lo mejor no aún. Unir a nosotros… no será fácil. Tenemos costumbres extrañas para personas de fuera. A lo mejor estaría más feliz en departamento. Si es así, comprendemos.
Mientras Yesugei hablaba, tomé una decisión.
Fue una sensación emocionante, un salto a lo desconocido, algo que no se esperaría de mí, como había sucedido antes con mi pasajera mala memoria. Teniendo en cuenta los acontecimientos de las últimas horas, no me resultaba difícil creer que el destino me había ofrecido una oportunidad de llegar a ser algo, de convertirme en más que una pieza sin identificar en un engranaje infinito. Me acercaba al final de mi servicio activo; una posibilidad así jamás volvería a aparecer.
—Tienes razón en que no os comprendo —dije—. Apenas sé nada sobre vosotros.
Traté de mantener la voz firme, sonar más segura de lo que realmente estaba. Sentí ganas de reír, en parte debido a la excitación y en parte debido al miedo.
—Pero puedo aprender —añadí.
Siete
Shiban
Hicieron falta dos días más para que llegáramos al centro. Torghun y yo peleamos juntos durante ese tiempo, fusionando nuestras diferentes habilidades. Hicimos un esfuerzo para no revocar mutuamente nuestras órdenes. En ocasiones, yo me mostraba ansioso por seguir adelante y él no protestaba; en otras, era yo quien accedía a su deseo de asegurar una zona antes de abandonarla.
No siempre fue fácil. Mis guerreros no funcionaban del todo bien con los suyos. No nos mezclábamos demasiado; conocí solo a uno de sus lugartenientes, un guerrero adusto llamado Hakeem, e incluso entonces apenas intercambiamos dos palabras. A pesar de todo ello, aprendimos el uno del otro y acabé viendo que el modo de hacer la guerra de Torghun tenía cosas encomiables. Esperaba que él sintiera lo mismo respecto al nuestro.
Para cuando irrumpimos en la parte central de la Trituradora, nuestras bajas habían sido mayores que las sufridas durante años de campañas anteriores. Mi propia hermandad estaba devastada, reducida a apenas dos tercios de sus efectivos originales. No lo lamenté. Ninguno de nosotros lo lamentó. Siempre habíamos sabido que los pielesverdes pelearían duro por su último bastión, y los que habían muerto lo habían hecho como guerreros.
Si hubiera habido más tiempo, no obstante, habría llorado a Batu, que siempre había estado cerca de mí. También habría llorado a Hasi, que había sido una criatura llena de jovialidad y habría logrado grandes cosas de haber sobrevivido.
Sangjai recuperó sus elementos inmortales, y de ese modo una parte de ellos estaba destinada a seguir viviendo en las acciones de otros. Como siempre, conservamos sus armaduras y armas, y dejamos que los cuerpos mortales regresaran a la tierra y el cielo de Chondax. Incluso en las quebradas, al abrigo de lo peor del viento, pudimos ver cómo empezaban a consumirse y desaparecer. Sabía que la meseta, el lugar por el que habíamos combatido tan duro y derramado tanta sangre, volvería a estar ya totalmente impoluta: de un blanco hueso, vacía, resonante.
Había visto los monumentos erigidos al Imperio en Ullanor, y me habían maravillado. Perdurarían durante milenios. Nada parecido permanecería para señalar nuestra presencia en Chondax. Éramos como espectros: revoloteábamos por los eriales y matábamos durante un breve espacio de tiempo antes de que nuestra presencia fuera limpiada a fondo y eliminada.
Pero el combate era de lo más real. El implacable, incesante y brutal combate…, eso sí era real. Cuando por fin llegamos a la parte central, estábamos fatigados, agotados por la resistencia incansable de los orkos. Mi armadura era de un marrón sucio debido a las manchas de sangre, el peto estaba desportillado y abollado, el casco lleno de muescas de espadazos. Los músculos, acostumbrados a una vida de guerra constante por el hábito y los ensayos genéticos, estaban atenazados por un dolor persistente y sordo. Llevaba días sin dormir.
Pero cuando coronamos la última elevación, nos detuvimos a la orilla del largo borde de un risco y contemplamos el objeto de nuestros esfuerzos; nuestro ánimo se elevó.
Vimos la última montaña, la fortaleza herrumbrosa del enemigo, y sonreímos.
Era una hondonada amplia y circular, excavada en el abrupto paisaje como el gigantesco receptáculo de una cuchara. Estábamos de pie en su extremo meridional, mirando a su centro en dirección norte, y a duras penas distinguíamos los despeñaderos del otro lado, medio ocultos por el polvo y la distancia. El suelo de la depresión era liso y estaba vacío, una extensión yerma de roca pelada que relucía a la luz de los soles. El terreno discurría por delante de nosotros en una curva suave, descendiendo casi doscientos metros antes de nivelarse.
En el centro de la hondonada se alzaba la ciudadela; una púa de roca, recortada y agrietada por el tiempo, que se alzaba hacia lo alto desde la piedra desnuda igual que una lanza de caza atravesando el cuerpo de un animal muerto. Medía más de doscientos metros, quebrándose en una serie de pináculos más finos que relucían como huesos astillados bajo la luz del sol.
Los orkos habían tenido mucho tiempo para trabajar en ella. Habían dispuesto murallas a su alrededor, y torres por toda ella, y escaleras serpenteantes que colgaban entre los finos torreones de roca. Los flancos de la ciudadela estaban erizados de armas, y columnas de humo negro como el carbón brotaban de la base. Máquinas enormes gruñían sin pausa en el interior: motores, generadores, forjas. Imaginé que aquellas cosas las habían sacado de una de sus enormes y tenebrosas moles espaciales, tal vez de una que se hubiera estrellado contra aquel mundo hacía mucho tiempo y la hubieran convertido poco a poco en el corazón de su último reducto.
La ciudadela tenía muchas puertas, cada una con dinteles gruesos de hierro oxidado. Miles de pielesverdes pululaban por la parte superior de los muros, profiriendo sus desafíos al límpido aire. Imaginé que muchos miles más estarían cobijados más al interior, aguardando el ataque que sabían que era inminente.
Cerca de lo alto del caótico montón de estructuras entrelazadas, instalada entre un conjunto de muros torcidos y precarias plataformas para armas, había una masa de hojas de metal atornilladas en la tosca imagen de una cabeza gigante de pielverde. Vi colmillos de diez metros de longitud y cuencas de ojos llameantes, cada una del tamaño de un hombre. Habían arrojado brochazos de pintura roja y amarilla sobre el cráneo angular, y las esquirlas de luz verde lima que danzaban sobre la superficie indicaban la presencia de escudos de energía rudimentarios.
La estructura podía ser algún artefacto cuasireligioso, o tal vez una guarida para la casta shaman, o una compleja plaza fuerte para sus guerreros de élite. A lo mejor su líder residía allí, acuclillado en la oscuridad como un insecto abotargado mientras sus secuaces morían a su alrededor.
Aquel nivel de artificio me sorprendió. Nunca habíamos visto que los orkos construyeran tales estructuras, ni siquiera durante la matanza de Ullanor.
Mientras la contemplaba, adiviné la verdad. Los pielesverdes aprendían de prisa. Siempre habíamos sabido eso de ellos. Si no eran exterminados completamente por las fuerzas alineadas contra ellos, acababan por volver cualquier arma en contra del que la empuñaba. Incluso en ese momento, sometidos por la fuerza y desprovistos de toda esperanza, seguían trabajando en nuevas armas de destrucción.
Habían visto qué armas habíamos usado para abatirlos, y la inspiración se había alojado en lo más profundo de sus mentes toscas. De algún modo, movidos por alguna sorprendente capacidad para la réplica, seguían trabajando incansables.
Estaban construyendo un titán.
Me fijé en las rutas que ascendían hasta la grotesca cabeza; las grúas de caballete inestables, las escaleras talladas toscamente, las estructuras tambaleantes de elevadores. Lo memoricé todo con rapidez, sabiendo que una vez que estuviéramos dentro de la ciudadela no tendría tiempo para orientarme.
A esas alturas podía oír ya detonaciones de disparos que resonaban a lo lejos, desde el extremo opuesto de la amplia depresión. El visor del casco me mostró señales de otras hermandades aproximándose desde el norte, el este y el oeste. Algunas escuadras habían salido ya al descubierto y descendían a toda velocidad por las largas laderas de la hondonada en dirección a la ciudadela. Los cañones de los muros abrieron fuego, arrojando sus proyectiles en largos arcos contra los escuadrones de motos que iban hacia allí.
Volví la cabeza hacia Torghun, quien, como siempre, estaba a mi lado.
—¿Listo, hermano? —pregunté.
—Listo, hermano —contestó.
Alcé el guantelete, con la mano abierta, al estilo chogoriano. Él la estrechó. De haber sido guerreros en el Altak, nos habríamos hecho cortes en las palmas, dejando que la sangre se mezclara.
—Que el Emperador esté contigo, Shiban Khan —dijo.
—Y contigo, Torghun Khan —respondí.
A continuación activamos las espadas, dimos gas a fondo y cargamos al frente.
Como khan, podría haberle cogido una de las motos que le quedaban a la hermandad a su propietario, pero elegí no hacerlo. No veía ningún motivo para privar a cualquiera de mis guerreros de su montura solo porque yo hubiera perdido la mía.
Así que corrí, igual que los demás a mi alrededor cuyas motos a reacción habían sido abatidas. Descendimos en tropel por el declive, gritando y dejando que los filos de nuestras espadas siseasen cargados de energía. Más de un centenar de nosotros echamos a correr unos junto a otros, sin dejar de chillar y rugir, mientras blandíamos espadones y tulwars por encima de las cabezas. Las motos que quedaban retumbaban en lo alto, lanzando una descarga arrolladora de potente fuego bólter a la vez que gritaban desafiantes a los muros.
Las contemplé elevarse, con envidia y alegría. Vi el soberbio control de sus jinetes, el modo en que se ladeaban y salían disparados al frente bajo la centelleante luz del sol. Eran tan naturales, tan letales. Deseé estar entre ellos.
Privado de aquel poder puro, corrí con todas mis fuerzas, usando mi propia velocidad innata y el incomparable impulso mecánico de mi armadura. Sentí cómo trabajaban los músculos, impregnados de hiperadrenalina y estimulantes de combate. Mis hermanos cargaron conmigo, levantando nubes de polvo con nuestras potentes zancadas.
En el extremo de mi campo visual pude ver que otros guerreros penetraban en la depresión. Decenas coronaron la elevación, luego cientos. Hermandades enteras salieron al descubierto, para correr a campo abierto. No me detuve a contar, pero antes de que yo alcanzara los muros debíamos de ser miles atacando. No había visto tantos efectivos White Scar desde mi llegada al planeta. Volvíamos a estar juntos, de nuevo reunidos en el esplendor de nuestro terrible potencial al completo. El ruido —los gritos de batalla que se transmitían, el retumbar conjunto de las botas contra el suelo, el clamor del traqueteo de las motos— me emocionó en lo más profundo.
Toda la hondonada se llenó con los zumbidos y chasquidos de los disparos. Primitivos estallidos de fuego antiaéreo salpicaron el aire, abatiendo varias motos incluso antes de que hubieran llegado a tiro de bólter de los muros. La artillería descargó su fuego sobre nosotros, arando la roca desgastada por el viento y desperdigando escuadras completas de guerreros. Armas de cañón corto abrieron fuego, lanzando proyectiles en arco en nuestro camino que desgarraban el terreno.
Sentí que mi segundo corazón se ponía en marcha, y disfruté con la sensación del bombear de la sangre por las venas. Mi larga cabellera azotaba el fuerte viento y el guan dao temblaba bajo la potencia de su campo disruptor, sediento de sangre, ansioso por volver a hundirse en carne.
Salté por encima de cráteres humeantes y efectué virajes bruscos alrededor de montones de escombros llameantes, aumentando la velocidad con cada zancada. Éramos como una marea desbordada de color marfil que se derramaba al interior de la depresión desde todas direcciones y corría hacia el pináculo llameante de su centro. Todo se movía, todo volaba por los aires, todo corría y ardía en una mancha borrosa de blanco, dorado y rojo sangre. Sombras de motos pasaban raudas sobre nosotros cada vez que estas iniciaban una de sus virulentas incursiones. Los muros que teníamos delante ardían ya, resquebrajados y con columnas de humo acre escapando de ellos.
Llegamos hasta una de las muchas puertas, recientemente devastada por andanadas de bólters pesados y fuego de misiles. Orkos corrieron a nuestro encuentro, babeando furiosos. Eran más grandes que cualquier orko que hubiera visto en Chondax, casi tanto como algunos de los monstruos que habíamos visto en Ullanor. Avanzaron pesadamente hacia nosotros, trabándose con sus propios pies en forma de zarpa y quedando al alcance de las espadas. Caímos sobre ellos y nos abrimos paso a través de lo que quedaba de las puertas entre molinetes, machetazos, lanzamientos de explosivos y estocadas. Dos hordas —una de un blanco cegador, otra de un verde repugnante— chocaron violentamente en una confusión de espadas, balas y extremidades en movimiento.
Subí como una exhalación por una enmarañada ladera de escombros, con el espadón ondeando a mi alrededor. Unos orkos descendieron tambaleantes, apartando cascotes y levantando polvo con los pies. Arremetí contra ellos, haciendo que mi guan dao describiera arcos veloces. El filo del arma rebanó limpiamente placas de hierro, carne y hueso, arrojando desperdicios a su alrededor mientras oscilaba a un lado y a otro. Acabé con ellos antes de que supieran que estaba a su alcance. Cada mandoble silbaba limpiamente y asestaba devastadores niveles de energía antes de volver a soltarse y pasar al siguiente blanco. Durante todo ese tiempo, los disparos de mis hermanos no dejaron de rugir, convirtiendo en metralla piezas de blindaje desprotegidas y triturando carne en pedacitos sanguinolentos.
En aquellos momentos, al entrar en combate con tanta virulencia bajo la luz incandescente de los tres soles, nos habíamos convertido en la tempestad. Éramos irresistibles: demasiado salvajes, demasiado diestros, demasiado veloces.
Seguí mi carrera ascendente, abriéndome paso a través de las puertas destruidas y al interior del tambaleante laberinto de la destartalada ciudadela situada al otro lado, flanqueado por Jochi y otros miembros de mi minghan-keshig. Más orkos cayeron sobre nosotros, saltando desde techos de chapa y entramados de andamios en llamas. A uno le asesté un puñetazo en plena cara con el guantelete de ceramita y le dejé el cráneo convertido en esquirlas sanguinolentas, antes de girar en redondo para hundir mi bota en el estómago de otro. Mi espadón arrojaba sangre y vísceras por todas partes en grandes cantidades, dejándome la armadura llena de manchas y las lentes del casco salpicadas de sangre.
—¡Adelante! —rugí, inundado de agresividad y energía—. ¡Adelante!
Mis hermanos avanzaron arrolladores conmigo, trepando por escalas de mano para llegar hasta pielesverdes situados sobre plataformas y arremetiendo por huecos de escaleras para eliminarlos de las murallas. Cuando uno de nosotros era arrojado al suelo, otro ocupaba su lugar. No les dábamos respiro, ni tiempo para pensar o reaccionar. Usábamos nuestra velocidad y nuestro poder por turnos: girábamos sobre nuestros talones para alejarnos del peligro solo para arremeter de nuevo con nuestras armas de energía chisporroteando. La ciudadela estaba colapsada por combatientes —eran miles—, todos ellos enzarzados en una lucha cuerpo a cuerpo en medio de torres en llamas, matando y muriendo en masa. El ruido ensordecedor de la batalla, amplificado y distorsionado en los claustrofóbicos espacios angostos, hacía temblar las torres y desprendía cortinas de polvo.
Mientras me abría paso hacia arriba, perdí de vista a Torghun. Únicamente mis propios hermanos, aquellos a los que había liderado a lo largo de la cruzada durante cien años de combates, siguieron mi ritmo. Corrimos juntos, deshaciéndonos de todos los que aparecían ante nosotros, sin dejar de gritar y reír inmersos en la euforia del combate. Mi armadura repiqueteaba debido a incesantes impactos de proyectiles sólidos, pero no aminoré la marcha en ningún momento. Las espadas del enemigo caían sobre mí en torpes mandobles, pero las rechazaba y acababa con sus dueños. Gritos y rugidos de pielesverdes resonaban en mis oídos, y ello no hacía más que exacerbar mi instinto de matar. Inhalé el hedor de cadáveres de orkos, de porquería y sangre de orko, un intenso almizcle de excrementos alienígenas. Por todas partes, en cada rincón apestoso de aquel lugar chapucero, resonaba el entrechocar de las armas; cada faceta herrumbrosa centelleaba con el reflejo de las llamaradas de los disparos.
Aquello me hacía sentir vivo. Me sentía imparable. Me sentía inmortal.
—¡Por el Khagan! —aullé, con el pecho ardiendo y los ojos llameando mientras me impulsaba hacia arriba, siempre hacia arriba.
Sabía que él estaría allí, en alguna parte. Yo mataría y mataría, daría muerte con desenfreno, eliminaría hasta el último de ellos y llevaría mi cuerpo más allá de todos los límites de la resistencia, solo por la posibilidad de verlo.
Pensara Torghun lo que pensara, yo tenía fe. Lo volvería a ver combatir.
Y entonces, todo lo que había sucedido en Chondax, todos los largos años de cacería, todo ello quedaría justificado.
Sabía que él estaría allí.
Mientras corríamos a toda velocidad, vislumbré retazos del combate abajo en los flancos inferiores de la ciudadela. Batallas campales se libraban encarnizadamente por todas las superficies. Plataformas de artillería y torres de defensa eran una maraña, albergando melés enzarzadas en combates cuerpo a cuerpo, bandas de pielesverdes contra grupos compactos de White Scars. Por todas partes estallaban incendios, alimentados por la rotura de depósitos de combustible en las entrañas de la estructura. Miles de guerreros fluían todavía a través de la depresión para unirse a la lucha, cruzando las llanuras para tomar parte en el combate. Miles de defensores salieron a su encuentro, abandonando tambaleantes sus madrigueras y búnkeres humeantes con una desesperación feroz y violenta pintada en sus rostros contrahechos.
En cuanto a nosotros, habíamos sido más veloces y habíamos llegado más arriba que todos los demás. Abandonamos un hueco de ascensor destrozado y en llamas, aferrándonos a los puntales de metal antes de impulsarnos fuera, e irrumpimos en una plataforma de metal amplia y plana extendida entre los pináculos de roca con aspecto de dedos. Jochi me acompañaba, al igual que decenas de mis hermanos, con sus armaduras chamuscadas, agrietadas y cubiertas de relucientes vísceras.
En el extremo opuesto de la plataforma colgaban las mandíbulas inferiores de la enorme cabeza de orko que había visto desde los riscos. Era aún mayor de lo que había imaginado; con una anchura y una altura de veinte metros, era una masa bulbosa de chatarra y despojos recubiertos de óxido remachados, suspendida en medio de una maraña esclerótica de pasarelas y arbotantes como si fuera una especie de dirigible gigante de hierro.
Hice ademán de dar la orden de ataque, pero las palabras murieron en mis labios. La estructura emitió un bramido quedo y chirriante que hizo que las desvencijadas grúas pórtico a nuestro alrededor temblaran y se estremecieran. Luché por mantener el equilibrio mientras la endeble plataforma bajo mis pies oscilaba con violencia.
Un pesado panel de metal se separó de la base de la grotesca cabeza artificial, desprendiéndose para caer con un fuerte ruido metálico contra el otro extremo de la plataforma. Luego cayó otro, revelando un vacío incandescente y lleno de humo en el interior. Oí el sonido de pistones retrocediendo, y el siseo de un pesado engranaje de elevación poniéndose en marcha entre silbidos. La abertura escupió un humo color tierra que rodó por la plataforma hacia nosotros.
—Acabad con eso —ordené, apuntalándome para mantener el equilibrio sobre el estremecido metal, a la vez que sujetaba el guan dao con una mano y desenfundaba la pistola bólter.
Disparé, uniéndome al torrente de proyectiles bólter que surgieron retumbantes de las armas de mis hermanos. La descarga alanceó el interior de la abertura irregular de la base de la cabeza. Oí resonar las explosiones dentro de ella al estallar los proyectiles, y unos ahogados aullidos de rabia. Le habíamos dado a algo. Algo se quejaba.
Únicamente entonces, entre rugidos y sonidos indistintos, emergió la criatura.
Surgió de la base de la cabeza, derribando las paredes que quedaban con un andar tambaleante de borracho y arrojando los restos a un lado en una lluvia de metal humeante. Un brazo inmenso y con una abultada musculatura salió disparado al frente, luego otro, arrastrando un cuerpo enorme e hinchado tras de sí. Una cabeza sumamente dilatada emergió a continuación, adornada con unas mandíbulas caídas y labios babeantes, repleta de llagas supurantes y con escarificaciones purulentas.
Vi dos ojos llorosos de color amarillo muy hundidos bajo una frente caída y protuberante. Vi colmillos que rechinaban entre sí cuando la criatura volvió a rugir, y goterones de baba espesa saliendo despedidos de las fauces abiertas. Cuando se movía, su obeso corpachón se estremecía, sacudiendo los huesos y los fragmentos de armadura adheridos a él como si fueran bálanos alrededor del casco enorme de un barco.
Nunca había visto a uno tan enorme. Cuando pasó a la plataforma, los soportes situados debajo de ella se torcieron por el peso. Tenía los brazos introducidos en jaulas de metal, desde las que unos tubos penetraban directamente en su carne y sus tendones. Guanteletes de hierro recubrían sus puños, cada uno de ellos más grande que mi torso. Oleadas de energía verde corrían a raudales por el ser y emitían chisporroteos y silbidos allí donde tocaban la piel de la criatura.
Apestaba; era una mezcla acre de almizcle bestial, lubricante para motores y emisiones sulfúreas de generadores de escudos.
Había visto a caudillos de su especie antes, por supuesto; machos gigantescos que rugían su desafío a los cielos y cargaban al combate con un desenfreno temerario. A aquellos monstruos los empujaba el ansia salvaje de combatir, el deseo abrasador de aplastar, asesinar, destruir y alimentarse.
Este era diferente. Estaba fusionado con tecnología rechinante, atornillado a su armadura como uno de nuestros servidores armados lobotomizados. ¿Habían aprendido también eso de nosotros?
Y su cólera era diferente. Los ruidos que emitía, el modo en que se movía, la oscilante falta de enfoque en sus ojos de animal; todo ello era diferente. Supe entonces que veía lo que les sucedía a los pielesverdes cuando no quedaba otra cosa que la derrota. No seguían rugiendo ciegamente, ni tampoco suplicaban clemencia, ni aprendían por fin a temer a su enemigo.
Enloquecían.
—¡Abatidlo! —rugí, apuntando a la cabeza.
Abrimos fuego con todo lo que nos quedaba. Le disparamos proyectiles directamente y contemplamos cómo estallaban sobre sus escudos. Vi que Jochi se lanzaba contra él, agachándose y realizando giros bajo las líneas de fuego para poder acercar su espada. Un manotazo en forma de violento revés lo lanzó dando volteretas por encima del borde de la plataforma, con el peto aplastado. Vi que otros intentaban hacer lo mismo, todos ellos moviéndose con su habitual velocidad y destreza. Ninguno consiguió acercarse siquiera; fueron apartados bruscamente por aquellos guanteletes de hierro, derribados al suelo como si fueran niños. El enorme monstruo avanzó penosamente, agitando los brazos cibernéticos y sin dejar de babear con febril demencia.
Enfundé la pistola y sujeté el guan dao con las dos manos, iniciando ya la carrera que me colocaría en posición de atacar. Me vio venir y avanzó entre bandazos a mi encuentro, balanceando los enormes brazos en barridos torpes y devastadores. Me agaché bajo uno de los guanteletes y me di la vuelta, a la vez que dirigía el arma contra la muñeca de la criatura.
Los filos cortantes rechinaron contra el escudo en una lluvia de chispas. Hubo un seco estallido seguido por un fuerte olor a cordita, y la reluciente barrera sobre los antebrazos de la criatura se apagó con un parpadeo.
Antes de que pudiera aprovecharlo, la bestia se revolvió contra mí, manteniendo el otro puño bajo. Intenté apartarme a toda prisa, pero el guantelete me golpeó violentamente el costado.
Me arrojó lejos, repiqueteé por la plataforma, con la espada todavía bien sujeta. El mundo dio vueltas a mi alrededor, y tuve una visión fugaz del pináculo más alto de la fortaleza por encima de mí balanceándose en el cielo.
Patiné por el suelo hasta detenerme, sabiendo que el monstruo estaría justo detrás de mí. Me incorporé de un salto y dirigí la espada hacia atrás. Volví a alcanzarlo, seccionando uno de los cables que salían de sus hombros. Un fluido cayó en cascada sobre mí, caliente y apestoso, y se inflamó en cuanto el disruptor de mi espada pasó a través de él, bañándonos a ambos en resplandecientes llamas verdes.
Seguí atacando, moviendo el guan dao en zigzag a una velocidad de vértigo, yendo a por los escudos activos.
No tuve ocasión. A pesar de su enorme mole, era rápido. Un puño recubierto de hierro salió disparado al frente y me alcanzó por debajo de la garganta, chocando contra mí con la fuerza de un Rhino derrapando. Me tumbó cuan largo era por segunda vez, casi inconsciente por el impacto, y me arrojó con violencia al otro extremo de la plataforma. Vi acercarse el borde destrozado por el fuego e intenté, en la confusión, agarrarme a algo. El guantelete casi se cerró sobre un pedazo astillado de algo, pero el metal corroído cedió bajo mi mano.
Caí por encima del borde con un repiqueteo, abriendo centelleantes surcos en el metal con la armadura. Miré abajo y vi las paredes verticales de la ciudadela descender abruptamente por debajo de mí, doscientos metros de vacío antes de alcanzar la masa de estructuras en llamas, a poca distancia del nivel del suelo.
En esa fracción de segundo, suspendido sobre fragmentos oxidados que se venían abajo y a punto de caer a plomo, vi a la muerte venir en mi busca.
Entonces una mano me agarró la muñeca y tiró de mí, lejos del borde que se desmoronaba, subiendo de nuevo mi mole cubierta con la armadura a la plataforma como si no pesara nada.
Mientras era arrastrado de vuelta arriba, clavé la mirada —desorientado y con la visión nublada— en un par de ojos centelleantes hundidos en un rostro moreno y lleno de cicatrices. Por una décima de segundo contemplé aquellos ojos, paralizado por la impresión.
Entonces un cuerpo enorme se alzó majestuoso y pasó por encima de mí, seguido por el susurrar de una capa forrada de piel y el sonido de botas marchando decididas al combate.
Incluso entonces, mi mente no procesó lo que había sucedido. Por un momento no supe qué estaba viendo.
Luego la niebla desapareció. Mis sentidos regresaron. Alcé los ojos, osando creer, y vi por fin quién me había salvado.
No sé cómo había conseguido subir a la plataforma sin ser detectado. No sé cuánto tiempo había estado peleando para llegar hasta allí. A lo mejor su aproximación había quedado camuflada por el ruido y la violencia de la refriega, o a lo mejor había sido capaz de ocultar su presencia de algún modo.
Nadie supo decirme nunca dónde había estado él mientras tenía lugar el ataque, ni cómo había logrado unirse al combate justo en aquel momento, sin previo aviso, sin anunciarse.
No sé si hacía tales cosas deliberadamente, para añadir incerteza a la configuración de la batalla, o si era solo cómo estaban predestinadas a ser.
Nada de eso importaba. El Khagan, el Gran Khan, el guerrero completo, el primarca de la V Legión, se había revelado por fin.
Estaba allí, justo ante mis ojos, en Chondax.
Estaba allí.
Mi primer instinto fue correr a combatir a su lado, ponerme en pie y añadir mi espada a la suya.
De inmediato comprendí que aquello carecía de sentido. Él había venido con su keshig, toda una falange de gigantes con armaduras de exterminador de color hueso, y ni siquiera ellos se interponían entre el Khan y su presa. Permanecían a la expectativa alrededor de los bordes de la plataforma, silenciosos y enormes, para garantizar que nada —pielverde o White Scar— interviniera. Por debajo de nosotros, la batalla proseguía con toda su furia, pero arriba en la plataforma, bajo la sombra de aquella enorme cabeza alienígena en ruinas, solamente dos guerreros peleaban.
Él era alto, delgado incluso en su armadura de color marfil. Una gruesa capa carmesí colgaba de sus hombros, forrada con piel moteada de irmyet y cubriendo las elegantes curvas doradas de las placas de ceramita que había debajo. Empuñaba un sable dao con una hoja de cristal pulido que centelleaba bajo el sol. Sus hombreras eran de oro, grabadas con fluidos caracteres khorchin y el sigilo del rayo. En el cinto llevaba dos trabucos de chispa chogorianos, antiguos y opulentos, tachonados de perlas y luciendo las marcas de gremio de quienes los forjaron en un remoto pasado.
En Ullanor le había visto pelear desde lejos, maravillándome ante la tremenda destrucción que causaba en medio de los congestionados campos de guerra absoluta. En Chondax le vi pelear de cerca, y me dejó sin habla.
Nunca, ni antes ni después, he visto semejante destreza en el manejo de la espada. Nunca he visto un equilibrio así, tal ferocidad contenida, semejante maestría implacable y despiadada. Mientras hacía describir círculos a la espada, la luz del sol relucía en su armadura dorada igual que una aureola. Existía crueldad en ello, una nota afilada de aristocrático desdén, pero también había esplendor. Manejaba la espada como si esta fuera un ser vivo, un espíritu que había domado y al que ahora obligaba a danzar.
Yesugei había dicho que únicamente los poetas podían ser auténticos guerreros. Comprendí entonces a qué se refería: el Gran Khan destilaba el extenso lenguaje del combate hasta su mismo núcleo de pureza terrible y cruel. Nada era extravagante, nada era un desperdicio; cada golpe llevaba con él la medida exacta de muerte, justo la suficiente y nada más.
Hizo retroceder a la enloquecida bestia a golpes, paso a paso, obligándola a ir hacia el otro extremo de la plataforma. La criatura le chillaba enfurecida, bramando en un frenesí burbujeante de rabia y padecimiento, a la vez que blandía los guanteletes desaforadamente en enormes arcos destructivos, con la esperanza de arrojarlo fuera de la plataforma como había hecho con nosotros.
El Khan permanecía cerca de ella, con la capa arremolinándose mientras avanzaba y retrocedía, enviando la espada al frente y luego atrás de modo que el largo filo curvo penetrara en la anárquica armadura del adversario y se clavara profundamente en la carne podrida bajo ella. Secciones enteras de escudo protector quedaron hechas pedazos, lo que sobrecargó el generador que la criatura llevaba a la espalda e hizo que el enmarañado cableado estallara.
El ser intentó aplastarle contra el suelo con un violento directo, y él esquivó el golpe girando sobre sí mismo, a la vez que hundía el filo del sable con fuerza. El puño enguantado seccionado del orko repicó contra el metal del suelo, cortado limpiamente a la altura de la muñeca y rociado con un chorro de sangre humeante.
El monstruo siguió peleando con furia, con los ojos enloquecidos y espumarajos burbujeando de las abiertas fauces. El otro puño giró en redondo, a la misma velocidad que el golpe que me había derribado, pero para entonces el Khan ya había cambiado de posición, rotando sobre un pie a la vez que inclinaba la espada atrás para bloquear el ataque.
El guantelete chocó contra el dao, y sentí cómo la plataforma temblaba por el impacto. El Khan se mantuvo firme, asegurando el sable con ambas manos, y el puño de hierro de la criatura se partió, dejando al descubierto una zarpa carnosa y ensangrentada en el interior, estriada con cables y fundas de pistones oxidados.
El pielverde quedó desarmado entonces. Retrocedió tambaleante, y sus rugidos se tornaron más débiles y desesperados.
El Khan fue tras él, manteniendo la ferocidad glacial y austera de su ataque. La espada centelleó, rebanando un pedazo supurante de grasa del torso de la criatura; luego volvió a la carga, para efectuar un largo tajo en el pecho. Piezas de armadura se hicieron añicos y cayeron como lluvia de los agitados hombros, mezclándose con la sangre pastosa que formaba un charco burbujeante a sus pies.
Cuando llegó el final, este fue rápido. La bestia osciló hacia atrás sobre los cuartos traseros, con sangre chorreando del estómago y las fauces colgando flácidas. Alzó los ojos hacia su asesino, diminutos e inundados de líquido, con el pecho estremecido.
El Khan alzó el dao sobre su cabeza, sosteniéndolo con ambas manos, los pies bien firmes sobre el suelo.
El pielverde no hizo ningún movimiento para protegerse. Su rostro dañado era un revoltijo supurante y lastimoso, marcado por una abyecta desdicha y desconcierto. Sabía que estaba siendo destruido. Sabía lo que se había perdido.
No me gustó ver aquel rostro. Era un final innoble para algo que había peleado tan duro y durante tanto tiempo.
Entonces la espada descendió con un silbido, arrastrando hilillos de sangre coagulada con ella. La cabeza de la bestia cayó a la plataforma con un retumbante golpe sordo.
El Khan retiró el arma con un frío floreo. Durante un momento permaneció de pie junto al caudillo vencido, contemplándolo con expresión imperiosa y la larga capa ondeando en el aire cargado de humo.
A continuación se inclinó para recoger la cabeza de la bestia y se volvió con elegancia, sosteniendo el cráneo desfigurado bien alto por encima de él en una mano. De la carnosa cavidad de la garganta de la criatura manó sangre que chapoteó sobre el suelo de metal en espesos goterones.
—¡Por el Emperador! —rugió el Khan, y su voz resonó por toda la hondonada y ascendió hacia el cielo.
Por debajo de nosotros, de los niveles donde la lucha todavía proseguía, se elevó un grito conjunto de aclamación, que ahogó los alaridos animales de los orkos supervivientes y el crepitar y sisear de las llamas.
Los oí contestarle, lanzando una y otra vez la misma palabra al aire.
«¡Khagan! ¡Khagan! ¡Khagan!».
Ese fue el momento en que supe que habíamos vencido de una vez por todas. Años de campaña incesante habían tocado a su fin.
La guerra en Chondax había terminado del único modo en que podría haber terminado: con nuestro primarca sosteniendo la cabeza del enemigo vencido en el puño, y con las voces de su legión, el ordu de Chogoris, elevándose en salvaje júbilo hacia las bóvedas celestiales.
Me uní a ellos. Grité su nombre, apretando los puños eufórico.
Me alegré de que hubiéramos vencido. Me alegré de que el mundo blanco hubiera quedado purificado por fin, y que la cruzada prosiguiera su lento avance, dando un paso más en el camino hacia la hegemonía galáctica.
Pero no era ese el origen principal de mi fervor. Había visto el terrible poder del Gran Khan desencadenado; el espectáculo que durante tanto tiempo había deseado presenciar.
No fue decepcionante.
Había visto la perfección. Había visto la poesía de la destrucción. Había visto el parangón de nuestra raza guerrera en toda su gloria incomparable.
Mi alegría era plena.
Me encontré con Torghun una vez más en Chondax.
Hicieron falta muchas horas para someter toda la ciudadela. Los pielesverdes, fieles a su naturaleza, no dejaron de pelear en ningún momento. Para cuando dimos caza y eliminamos al último de ellos, la fortaleza había empezado a desintegrarse a nuestro alrededor, consumida por explosiones surgidas de la zona inferior y por los furiosos incendios de la parte superior, y tuvimos que retirarnos.
Conduje lo que quedaba de mi hermandad hacia fuera, a la llanura de la base de la depresión. Nos quedaban muchas tareas por llevar a cabo: teníamos que hacer un recuento de los caídos, enviar a Sangjai a ver a los heridos que podrían vivir, recuperar lo que pudiéramos de nuestra flota de monturas dañadas para su transporte al siguiente punto.
Recuerdo solo impresiones fugaces de ese tiempo. Mi mente estaba repleta de visiones del Khan, y eso hacía que estuviera distraído. Ni siquiera mientras trabajaba podía deshacerme de las imágenes de él en acción. Ensayé las evoluciones que había efectuado con la espada, una y otra vez, repasándolas mentalmente y decidiendo que adoptaría aquellas que pudiera una vez de vuelta en las jaulas de entrenamiento.
En medio de toda la devastación, con la fortaleza que teníamos delante convertida en una humeante ruina en llamas, todo lo que yo veía era su dao curvo centelleando a la luz del sol, la dorada armadura moviéndose con elegancia bajo la capa, y sus ojos brillantes como gemas que se habían clavado, brevemente, en los míos.
Jamás lo olvidaría. Uno no olvida la furia de un dios viviente.
Otras hermandades, casi una docena de ellas, habían hecho lo mismo que nosotros e iniciaban su reordenación tras la batalla. Una vez efectuada la extracción del grueso de mi hermandad y reagrupados, fui en busca de Torghun. Supuse que el minghan se dispersaría rápidamente, y no deseaba partir sin efectuar una visita de cortesía.
Cuando lo encontré, vi que a su hermandad le había ido mejor que a la mía. Averigüé más tarde que habían combatido con honor, capturando muchos de los trípodes para armas de los muros y destruyéndolos. Sus acciones habían permitido que muchas otras escuadras pudieran atravesar el perímetro sin padecer las pérdidas que habíamos padecido nosotros.
Lo había hecho bien, y había acrecentado la reputación de mando competente y sólido de que disfrutaba. A pesar de eso, no pude evitar compadecerlo un poco. Él no había visto las cosas que yo había visto. Abandonaría Chondax con tan solo un vislumbre de gloria desde la distancia.
—¿Te habló? —me preguntó Torghun, mostrando más interés del que me había esperado.
Se había quitado el casco —las lentes estaban rajadas e inservibles—, pero aparte de eso parecía casi ileso.
—Sí —contesté.
Mi estado era mucho peor. Mi armadura estaba plagada de abolladuras, roturas y boquetes. La gorguera estaba destrozada en el punto donde el guantelete de la bestia me había golpeado y gran parte del dispositivo sensorial del traje estaba inoperativo. La armería de la flota estaría muy ocupada con nosotros durante meses antes de que estuviéramos listos para otro despliegue.
—¿Qué te dijo? —preguntó Torghun, insistiéndome para que le respondiera.
Yo recordaba cada palabra.
—Nos elogió por nuestra rapidez —contesté—. Dijo que no había esperado que alguien llegara antes que él a la cima; que la Legión podía estar orgullosa de nosotros.
Recordé el modo en que había venido hacia mí una vez muerta la bestia, observando con expresión tolerante mientras yo me esforzaba por dedicarle una reverencia. Su armadura estaba impoluta; la criatura ni siquiera la había arañado.
—Me dijo que la velocidad no era lo único, de todos modos —seguí contando—. Dijo que nosotros no éramos basiliscos como los Wolves de Fenris, que no podíamos olvidar que teníamos responsabilidades que iban más allá de romper cosas.
Torghun lanzó una carcajada. El sonido resultaba contagioso, y reí por lo bajo ante el recuerdo.
—De modo que su consejo fue parecido al tuyo, después de todo —dije.
—Me alegro de oírlo —repuso él.
Miré al otro extremo de la amplia depresión, al lugar donde las naves de desembarco orbitales habían descendido ya desde la flota, listas para iniciar el largo proceso de reabastecer y reparar. Auxiliares mortales empezaban a descender al planeta, caminando pesadamente con sus trajes medioambientales para actuar de enlace con los guerreros de la legión.
Vi a una mujer que caminaba entre ellos, una oficial de pelo canoso que llevaba un casco redondeado transparente sobre el traje. Me pareció que estaba al mando de los demás, aunque no parecía chogoriana; parecía terrana. Me pregunté qué hacía allí.
—Y ¿ahora qué os espera? —preguntó Torghun.
Me encogí de hombros, volviendo la cabeza hacia él.
—No lo sé —respondí—. Aguardamos órdenes. ¿Y vosotros?
Torghun me miró de un modo extraño entonces, como si intentara decidir si contarme algo importante. Recordé su expresión durante nuestra primera conversación, cuando había hecho un gran esfuerzo para explicar el nombre y costumbres de su hermandad. Fue algo muy parecido.
—No puedo decirlo —respondió sin más.
Era una respuesta inusitada, pero no le insistí. No le di mucha importancia, ya que las órdenes para misiones a menudo eran confidenciales y él tenía derecho a guardar para sí los asuntos de su hermandad.
En cualquier caso, yo tenía mis propios secretos. No le conté qué más había visto hacer al Khan. No le dije que se había alejado de mí a toda prisa tras nuestro breve encuentro, perturbado por algo que le había comunicado un miembro de su keshig.
También podía recordar cada palabra de aquella conversación, cada gesto.
—Un mensaje, Khagan —había dicho su escolta con armadura de exterminador.
—¿Del señor de la guerra?
El keshig había negado con la cabeza.
—De él, no. Sobre él.
—¿Qué dice?
Había habido una pausa incómoda.
—Tal vez, mi señor, deseéis ocuparos de esto en la nave capitana.
Tras eso, había visto una expresión en el rostro del Khan que jamás había esperado ver. En medio de todo el orgullo, toda la convicción, toda la majestuosidad marcial, había visto una terrible sombra de duda ondear sobre aquellas facciones altivas. Por un momento, solo un instante, había visto incertidumbre, como si alguna pesadilla largo tiempo enterrada hubiera regresado veloz, de forma inconcebible, al pensamiento de vigilia.
Jamás olvidaré aquella expresión, grabada durante el más breve de los segundos en su rostro de guerrero. Uno no olvida las dudas de los dioses.
A continuación había partido, alejándose a grandes zancadas para ocuparse de cualesquiera que fueran las nuevas que exigían su atención. Yo me había quedado solo en la plataforma, rodeado por aquellos miembros de mi hermandad que habían sobrevivido al ataque final, preguntándome qué noticias podían haber provocado una marcha tan rápida.
En aquel momento, el episodio me había inquietado. Sin embargo, mirando a Torghun, con la fortaleza de nuestros enemigos en ruinas y los efectivos de la legión congregándose de nuevo a mi alrededor, me resultó difícil reconstruir aquella emoción.
Habíamos triunfado, como siempre. No tenía motivos para suponer que no siempre sería así.
—Tenías razón —dije—. En lo que dijiste antes.
Torghun pareció divertido.
—¿Qué quieres decir?
—Deberíamos aprender de otros —contesté—. Yo podría aprender de ti. Esta guerra está cambiando, y necesitamos responder. Mi defensa no fue buena, allá en las quebradas. Llegará un día en que necesitaremos llegar a dominar estas cosas, no tan solo la caza.
No estoy seguro de por qué dije todo aquello. A lo mejor el persistente recuerdo de la inesperada ansiedad del Khan había hecho mella en mi seguridad en mí mismo.
Torghun rio. No se reía de mí en esa ocasión; creo que ambos habíamos acabado por comprendernos mutuamente demasiado bien para eso.
—No, no creo que debierais cambiar, Shiban Khan —dijo—. Creo que deberíais permanecer tal y como sois. Creo que deberíais seguir siendo temerarios y desorganizados.
Sonrió.
—Creo que debéis reír cuando matáis.
Seguí su recomendación: cuando mataba, reía. Dejé que el viento gélido soltara mis cabellos, y sentí la sangre caliente contra la piel. Corrí lejos y con energía, retando a mis hermanos a mantener mi ritmo. Fui como el berkut, el águila cazadora, libre de pihuelas, siguiendo las corrientes ascendentes en lo alto del horizonte.
Así éramos por entonces; así éramos todos nosotros. Minghan Kasurga: la Hermandad de la Tormenta.
Ese era nuestro nombre de rango, el que usábamos para distinguirnos.
En privado, éramos «los asesinos risueños».
Para el resto de la galaxia, todavía éramos unos desconocidos.
Eso cambiaría. Justo después de Chondax nos veríamos arrastrados de cabeza a los asuntos del Imperio, impelidos a una guerra cuyos orígenes nos habíamos perdido y de cuyas causas no sabíamos nada. Poderes que apenas si habían caído en la cuenta de que existíamos se acordarían de repente de nosotros, y nuestra lealtad pasaría a ser un asunto de gran trascendencia tanto para dioses como para mortales.
La historia de esa guerra está aún por escribir. Mientras permanezco aquí de pie en estos momentos, contemplando las estrellas y preparándome para los disparos que lanzaremos sobre ellos, no sé adónde nos conducirán los hados. A lo mejor este será el más extraordinario de nuestros empeños, el examen final de nuestra especie antes de su ascensión a la supremacía.
Si tengo que ser sincero conmigo mismo, me cuesta creer eso. Hallo más tentador pensar que algo terrible ha ido mal, que las políticas y estratagemas de mentes antiguas han tenido un tropiezo, y que nuestros sueños penden de un hilo de seda sobre el abismo.
Si eso es así, entonces pelearemos hasta el final, poniendo a prueba nuestra valía, haciendo lo que fuimos engendrados para hacer. Eso no me produce ninguna alegría. No reiré mientras mato a aquellos a quienes siempre amé como hermanos. Esta guerra será diferente. Nos cambiará, puede que en modos que ni siquiera somos capaces de imaginar.
Ante eso, me reconforta un tanto pensar en el pasado. Recuerdo el modo en que combatíamos: con descuido, con vigor, con abandono. De todos los mundos donde luchamos, Chondax será el que recordaré con más cariño. Nunca podría odiar ese mundo, sin importar el precio en vidas que pagamos para conquistarlo. Fue la última vez que cazamos del modo en que nací para ello: sin ataduras, tan libre como un halcón descendiendo en picado sobre la presa.
Por encima de todo, nada podrá competir con el recuerdo de aquel duelo final. Si vivo para ver la destrucción de todo, si vivo para ver los muros del Palacio Imperial destrozados y las llanuras de Chogoris consumidas por las llamas, seguiré recordando el modo en que él peleó entonces. Aquella perfección está fijada en el tiempo, y ninguna fuerza maligna puede extinguir jamás lo que ocurrió, allí, ante mis ojos, sobre la última aguja del mundo blanco.
Si Yesugei estuviera aquí conmigo, encontraría las palabras correctas. Yo ya no estoy seguro de poseer el don para ello. Pero si me viera obligado, diría esto.
Hubo un tiempo, un breve espacio de tiempo, en que los hombres osaron desafiar a los cielos y asumir la función de dioses. A lo mejor fuimos demasiado lejos, demasiado de prisa, y nuestro orgullo desmedido podría aún condenarnos a todos. Pero osamos hacerlo. Vimos la recompensa y alargamos la mano para cogerla. En momentos fugaces, simples fisuras de tiempo en medio de la vastedad de la eternidad, vislumbramos brevemente aquello en lo que podríamos convertirnos. Yo vi uno de tales momentos.
De modo que hicimos bien en probar. Teníamos razón al intentarlo. Él nos lo mostró, más que por lo que dijo, por lo que hizo, por lo que era.
Es por esa razón que jamás lamentaré nuestras elecciones. Cuando llegue el momento, permaneceré en pie ante los cielos tormentosos y mantendré su ejemplo fijo ante mis ojos, extrayendo fuerzas de él, usándolo para convertirme en un ser tan letal e imperioso como él. Y cuando la muerte venga por fin a buscarme, y lo hará, la recibiré como es debido: con la espada sujeta flojamente, los ojos entornados, y palabras de guerreros en los labios.
«Por el Emperador», diré, dando la bienvenida al destino. «Por el Khan».

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