Texto aleatorio

Para nosotros la calle General Varela era París, sobre todo los días grises. Habíamos empezado diciéndolo de niños, no sé a quién se le ocurriría pensarlo por primera vez; y años más tarde, después de tantos paseos y tantas horas muertas bajo sus farolas, seguíamos viéndola igual, con esas dos grandes hileras de árboles, una en cada acera, que hacían de ella un auténtico oasis las tardes de verano. Y el escaparate de la librería Aliana, los bares adormecidos, las tiendas de antigüedades cuyas lámparas encendidas tras los cristales mitigaban aquella penumbra perpetua de ramas y pájaros, de ancianos con bastón camino del estanco. Un París a nuestra medida de entonces, a pocas manzanas de casa pero con todo el hechizo de los lugares remotos.

Allí, en ese universo lineal, conocí a alguno de los personajes que más huella me han dejado. Más que por lo que eran, por lo que nunca llegaron a ser. Me legaron la marca del vacío, esa impronta imborrable que deposita la ausencia en la mirada.

Por un lado estaba doña Margot, una señora entrada en años que vivía en un semisótano de esa calle. Para nosotros, de niños, era una condesa despistada que había equivocado su lugar, un ser tan perdido, tan de otro mundo que nos daba lástima verla compartir como una más esos días tristes de nuestro barrio. Hubiera desentonado menos en el de Salamanca, por ejemplo, un domingo por la mañana, saliendo de la pastelería con un paquetito rosa. Era un personaje descolocado, como tantos otros, de brújula rota, de mapa perdido. Se vestía como una dama de novela vieja y salía a la compra con los labios pintados dejando a su paso un rastro de olor a palacio, a pasado, a poemas ingleses leídos bajo los árboles. Solía ventilar la casa durante horas, y por las ventanas enrejadas, abiertas de par en par, podía contemplarse desde afuera una especie de museo, una confusión perfumada de terciopelos rojos en la oscuridad, cortinajes sujetos por grandes lazos, espejos con marcos dorados, retratos de todos los tamaños, arañas de cristal, vitrinas repletas de platos de porcelana y muebles ventrudos de madera oscura. Muchas veces se asomaba a la calle, y su cabeza quedaba a la altura de nuestros zapatos. Miraba hacia otro lado el día en que uno de nosotros le hizo una pequeña brecha en la sien con una lata a la que acababa de propinar un furioso puntapié, ese desahogo que habíamos aprendido en el cine de los vencidos de leyenda. En lugar de ponerse a berrear insultos y amenazas como habría hecho cualquier otra vecina, se limitó a mirar con una cara de incredulidad y espanto que nos desarmó. Había sido sin querer y así se lo hicimos saber. Recuerdo que mi hermano quiso calmarla pasándole suavemente la mano por el pelo al tiempo que le decía: «No es nada, señora, no es nada». Ella se llevaba todo el tiempo el pañuelo a la frente, miraba la mancha de sangre con los ojos llenos de lágrimas. Nosotros, a no ser que anduviésemos solos, éramos tipos más o menos duros, nada propensos a las mariconadas, pero si no nos hubiese perdonado ahí mismo nos hubiera hecho trizas el corazón. Eso fue hace muchos años, era la época en que todavía jugábamos a la Vuelta a España con chapas de botellas. Desde entonces, cuando nos veía pasar nos llamaba por nuestros nombres, nos pedía por Dios que le hiciésemos pequeños recados, un par de plátanos, hijos míos, un litro de leche, unas bolsitas de té en los ultramarinos.

Recuerdo la primera vez que nos invitó a pasar a su casa. Sentaos allí que merendaréis un poco. Las galletas estaban un poco rancias, pero la caja que las contenía era preciosa; originariamente había servido de estuche a unas pastillas de café con leche, maestros confiteros desde mil ochocientos, y en su tapa había un dibujo que representaba un transatlántico a punto de zarpar: una multitud de caballeros y damas con sombrero agitaba sus pañuelos tanto desde el muelle como desde la cubierta del barco. Cientos de despedidas y una sola partida. Luego, cuando fuimos creciendo y nos llegó la época de los sábados locos y nuestros primeros ridículos de amor, íbamos a visitarla algunas ocasiones en que no teníamos dinero para emborracharnos por nuestros propios medios. Vamos a vacilar a la vieja, decíamos, para justificarnos los unos ante los otros, pero era la ternura la que nos arrastraba a buscar tantas tardes su compañía, la ternura y el papel de las paredes, los libros de grabados, ese aroma a noche lejana que llegaba flotando desde las alcobas. Siempre nos preguntaba por el colegio, nos hacía sentar en torno a una mesita baja de mármol, y tras quitar el polvo con un paño a unas cuantas copas que guardaba en el mueble bar, anunciaba animosa: «Tenéis jerez dulce o seco, y al que no le guste pues anisete como yo». Siempre decía lo mismo, día tras día; quería saber las últimas palabras que habíamos aprendido a decir en inglés, el estado de salud de nuestras señoras madres, sólo cosas así, y si en el futuro alguno de nosotros se dedicaría a estudiar en serio las lenguas extranjeras. A veces, sin venir a cuento, se le escapaba alguna lágrima tonta. A veces nos besaba en la frente.

Por otro lado, y siempre en el centro de una nube de silencio, había un hombre, guapo y huraño, de quien apenas podíamos decir dos palabras a ciencia cierta. Solíamos verlo en El Maño, una bodeguilla de esa misma calle General Varela. Andaba siempre solo, sin afeitar, hacía girar su vaso apoyado en la barra; encendía cigarrillos sin filtro mirando despacio todo lo que había a su alrededor, barriles, calendarios, etiquetas de botellas, cada día lo mismo, como si no se lo supiese todo de memoria. Empezamos a llamarlo entre nosotros el Ruso porque tenía cara de refugiado, de haber llegado huyendo de algún confín remoto, con visados falsos y podrido de recuerdos. Su gabardina tenía enganchones y puntos corridos que remitían a alambradas en la nieve, a fronteras de bruma entre países imposibles, perdidos en el frío de las estepas del Este. Cuántas de esas tardes de nada que hacer llegamos a evocarlo sumergido en un pantano para hacer perder su rastro a los perros adiestrados, o encogido entre la maleza, inmóvil como una piedra, mientras soldados con abrigos largos y gorros de piel hacían girar un foco en su búsqueda desde lo alto de una desvencijada torreta de madera. En decenas de películas creíamos haber visto las estaciones de ferrocarril donde él logró burlar las vigilancias, los escondrijos donde guardaba enterradas joyas y pistolas. Lo imaginábamos subiendo y bajando de trenes en marcha, vadeando ríos, haciéndose pasar por alemán, dejando embarazadas a las granjeras polacas en cuyos palomares pasaba escondido las noches de tormenta.

Desde su llegada al barrio había un aliciente más para recorrer esas cuatro calles en las que crecimos, doblar una esquina y encontrarlo, poderlo seguir durante unas cuantas manzanas hasta verlo alejarse en un autobús o bajar a deshora las escaleras de una whiskería. Ninguno de nosotros se atrevió nunca a dirigirle la palabra, pero de alguna manera él representaba la posibilidad de una vida distinta y auténtica, él era los mares y la niebla, era a un tiempo Dresde y el puerto de Marsella, Europa entera bajo la lluvia, era un pasaporte manoseado y un revólver a punto en el cajón de la mesilla. Todo lo que nosotros podríamos llegar a ser con un par de huevos y un poco de suerte, a pesar de que todo, absolutamente todo a nuestro alrededor, nos lo estuviera negando a cada instante: aquellos otoños de academias mal iluminadas, los boletines de notas, el aburrimiento, la cena en casa a las diez en punto. El Ruso únicamente necesitaba pasar de largo con las manos en los bolsillos para remover todo eso y hacer estallar en nuestra cabeza los sueños más locos y veloces. No necesitábamos hablar con él, su sombra era bastante.

A veces un barrio se queda de pronto vacío, mucho antes de que los amigos comiencen a dispersarse en matrimonios incomprensibles, en provincias de risa, en trabajos sin sentido perdidos por el mundo. A veces pasa eso y todo un tiempo de golpe se desmorona como una torre, cambia la luz de las tardes, y sobre las cosas se va dejando caer despacio una borrosa nube de cansancio.

Las noticias así corren como la pólvora, con toda su confusión, con toda su bilis de boca en boca. Desde La Toledana a General Varela fuimos a todo correr, cada uno con la enclenque esperanza de ser el primero en comprobar con sus propios ojos la falsedad de un rumor tan sangriento. Pero cuando llegamos allí, jadeantes, tuvimos que hacernos a la idea de que ahora la realidad era eso que estaba ante nuestros ojos y apenas podíamos creer: un precinto policial clausuraba la puerta de la señora. También entre las rejas de las ventanas se enredaba ese plástico rojo que nos indicaba que no la veríamos más. Y todos los corros en la calle, todos los parroquianos que a esa hora tomaban en El Maño su vasito matutino de vermú Reus a granel, decían lo mismo, echaban la culpa al Ruso con la boca llena de aceitunas. La discusión era a ver quién había oído más ruidos esa noche, quién había visto más desde la ventana, quién ya sabía, quién ya venía diciendo que un día pasaría algo de esto.

Nuestro misterioso espía, el hombre llegado del frío cuya sola silueta entre los árboles nos hablaba a diario de la posibilidad de vivir, no pasaba de ser un esquizofrénico de mente insondable que deambuló por hospitales hasta llegar aquí, tirando a base de drogas y subsidios. Su gabardina no conoció las lluvias de Chicago, sino los almacenes de ropa usada de las Hermanitas de los Pobres; no había documentos falsificados bajo su colchón, en todo caso una triste petaca de ginebra. Y General Varela desde ese día no fue nunca más París, sólo una triste calle con nombre de fascista.

Algunos de nosotros quisimos ir el sábado por la mañana al entierro en el cementerio de La Almudena. Para meter las narices, nos dijimos, esa obsesión por estar siempre donde nadie nos llama. Había unos cuantos familiares recién llegados de viaje y con prisa por marcharse, señoras de su estirpe vestidas casi como ella, muchos sombreros negros, muchos pañuelos. Y nosotros. Pensé en la escena del barco de la caja de galletas, en lo que es decir adiós. E imaginé que los empleados del tanatorio habrían tenido sin duda que trabajar duro para cerrar aquellos ojos, seguramente inundados de lágrimas como la vez que le hicimos con una lata vieja esa herida en la sien; para borrar esa mirada atónita y dulce que no acierta a creer que es real el hacha que se precipita sobre su pecho. Y algo parecido debía de estar pensando mi hermano, porque justo en el momento en que iban a darle sepultura, se acercó a la caja, acarició la madera y murmuró: «No es nada, señora, no es nada».


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