Texto aleatorio

Octubre es un mes en el que en mi vida acostumbran a soplar vientos como de guerra, algunas amarguras se cuelan en lo hondo y otras, por el contrario, emprenden vuelo sin saber ni adónde. El de ese año me trajo a Elena y me quitó a la abuela. En apenas un par de semanas se veía a las claras que mis días iban a ser distintos y que lo que antes eran viajes a deshora a la farmacia de guardia podía convertirse con un poco de suerte en noches de jazz y vino, y películas y Elena y aire fresco y vivir, por fin vivir, aun sin terminar de tener muy claro qué entendía yo exactamente por esta palabra que me traía ecos de esas músicas desconcertantes que salen a veces desde el fondo de un bar, y evocaba borrosamente terrazas de Lavapiés, la espuma de un vaso de cerveza desbordándose, taxis al aeropuerto, hombros dorados, vestidos blancos. Vivir.

El resto de mi familia no tuvo inconveniente en que tras la muerte de mi abuela me trasladase a vivir a su casa, a cuatro pasos como quien dice de la glorieta de Bilbao. No era ninguna maravilla, pero mi apartamento de Tres Cantos, fuera de la ciudad, con su parqué resplandeciente, su minicadena, su mininevera, su miniespacio invadido de sol, me estaba apartando de la vida de una manera peligrosa y absurda. Al final termina por dar pereza tanto tren de cercanías, de aquí para allá bajo los mismos túneles, sobre todo cuando, como suele ser mi caso, se sale más que nada por salir, sin rumbo fijo ni propósito definido. Y uno acaba dando vueltas a las mismas manzanas sin historia de la ciudad dormitorio, fantasma y reluciente, con sus escaparates semivacíos, los contenedores de basura recién salidos de fábrica, los pasos de cebra acabados de pintar y el silencio propio de un pueblo en el que, durante la mañana, sólo se han quedado los enfermos y los desempleados. Un pueblo como en espera siempre de la hora de cenar, de que regresen los vagones repletos de vecinos. Además, en casa de la abuela, tan en el centro, Elena no tendría que pegarse esos madrugones, la pobre, si alguna noche se quedaba a dormir, porque a veces nos daban las tantas hablando de cosas, de las suyas más que de las mías, sobre todo de ese último novio que le amargó la vida, que bebía sin tiento y arrojaba objetos desde la cama, el despertador, el cenicero, y que lloraba a veces sin venir a cuento y le leía poemas en voz en alta y cortaba para ella las flores de los parques.

Lo primero de todo era tratar de arrancar del piso de la abuela el pegajoso rastro de la enfermedad. Después de tantos años las habitaciones se habían impregnado de un olor a bata azul celeste y a crucigrama abandonado a medio hacer sobre la mesa camilla. El reloj de pared de la sala, antes que marcar las horas de un mundo real ahí fuera, señalaba cucharadas de jarabe, la pastilla de la tarde, la de antes de dormir, huevos pasados por agua o vasos de leche con miel. Se diría que entre aquellos tabiques siempre era la hora de los medicamentos. Se hacía extraño avanzar por los pasillos de cualquier otro modo que no fuese arrastrando los pies, e incluso las vistas desde cualquiera de las ventanas parecían corresponder a la mirada hastiada de un enfermo a media tarde: la circulación cansina, los edificios grises, el escaparate de la vieja mercería, horas que pasaban como nubarrones sobre un paisaje urbano aburrido de sí mismo. Observando esa calle un domingo por la tarde puede tomarse conciencia de hasta qué punto es cierto que hay lugares en los que el silencio se propaga, no se puede saber cuál es la fuente de la que emerge ese silencio, qué interior de iglesia, qué aula de academia abandonada o qué alma solitaria agazapada en un rincón, pero lo cierto es que el silencio se propaga desde alguna parte y va invadiendo la calle con ondas de un gas grisáceo que se cuela por todas las grietas y desciende a los sótanos y se eleva a lo alto de los terrados. No iba a bastar con cambiar algunos cuadros o llenar de libros las escasas estanterías, cada tabique estaba sucio de tos y de aspirinas y la desgana se iba ovillando por todos los rincones como un gato moribundo.

Para investir el lugar con al menos una sombra de mi ser e ir eliminando ese olor asqueroso a prohibido fumar y a baldosas fregadas con lejía lo primero que se me ocurrió fue invitar a Elena a una velada íntima para lo cual compré —⁠no sin cierta pompa⁠— un buen reserva del Somontano y unas cuantas velas para transformar en lo posible el aire y la iluminación de la sala. Me pregunté cuánto tiempo haría que no entraba en esa casa una botella de vino. Mi abuelo, que en paz descanse, no era un mal bebedor, recuerdo haberlo ido a buscar de crío más de una vez por las tascas del barrio algunos domingos de comida familiar porque, según decían, se le iba el santo al cielo y todo el mundo esperando con la mesa puesta mientras él pedía una última ronda y hablaba de la guerra y de Luis Miguel Dominguín. Recuerdo esas tabernas llenas de toneles enormes donde solían obsequiarme con un puñado de aceitunas o un boquerón en vinagre y en las que el vino era como una especie de rocío que le salía a la madera del mostrador y a los barriles, un sudor afrutado que invadía el aire donde Sénecas frustrados pontificaban acerca de esto y de lo otro, el gobierno, el Tour de Francia, lo vano de la vida, la velocidad del tiempo. En su último año de vida, acorralado por males sin remedio, la abuela le ponía cocacola en la mesa diciéndole que era vino y a la pobre se le salían las lágrimas de los ojos viendo que aquel hombre, la vieja autoridad de las bodeguillas del barrio, no era ya capaz de notar la diferencia.

Elena acudió bellísima, con su vestido lila y unas sandalias blancas con algo más de tacón de lo que en ella era habitual, y anduvo curioseando por las estanterías, los cuatro libros que había en la casa, casi todos obsequio de la Caja de Ahorros, retratos enmarcados, elefantes de porcelana y cosas así. En seguida descubrió las posibilidades de aquel piso sombrío, qué tabiques había qué tirar, qué trastos bajar al contenedor de basura y qué otros ir restaurando despacio y con el tiempo, aprovechando esas tardes de lluvia en que lo que apetece es preparar una buena cafetera y quedarse en casa desempolvando los viejos discos. Nada más descorchar la botella fue como si en el ambiente viciado de las habitaciones hubiera irrumpido de golpe un soplo de luz. La atmósfera de la sala absorbió con la avidez de una esponja seca ese inesperado brote de vida: las copas de cristal, las piernas de Elena, el ruido del corcho, el aire se quedó con todo eso, lo apresó para sí como se bebe un ogro la felicidad de los niños.

Al cuarto de hora empezaron a llamar con insistencia por el telefonillo. Era Carlos, el tipo al que Elena acababa de dejar un par de meses atrás, justo antes de conocernos. Ella se puso al aparato y estuvo discutiendo con él cinco largos minutos hasta que por fin le abrió la puerta haciéndome a mí una señal como de lo siento, un gesto breve que quería decir algo así como habrá más ocasiones, ya verás como sé compensarte. Las presentaciones fueron escuetas porque ambos nos llamábamos igual:

—Carlos, Carlos —dijo Elena.

Antes de estrecharle la mano ya advertí que venía bastante borracho. Pude haberlo echado de casa en ese mismo momento, mostrar indignación y defender el territorio, pero me di cuenta de que no era eso lo que Elena quería. Andaba confusa y seriamente preocupada por él de manera que me resigné a sacar otro vaso de la vitrina y jugar a ser civilizado y sensato. Se sentó enfrente de nosotros dos, como un reo, y se secó las lágrimas. Por un instante pensé que iba a improvisar alguna disculpa por haber irrumpido de esa forma, tan infantil e insolente, en ese encuentro íntimo que se veía tan a las claras que era cosa de dos, con la bandejita de plata de la abuela, las velas y todo eso, pero nada más lejos de sus intenciones, comenzó a hablar atropelladamente de libros de poesía como si tal cosa, y de la atrocidad del mundo y del arte indefenso que respira a veces bajo la superficie de las cosas. Yo apenas podía dar crédito a la escena que tenía delante, mi tocayo atacaba nuestro vino como un animal sediento se lanza a una palangana de agua fresca, agarrando el recipiente con la zarpa completa. En un momento determinado, Elena llevó a cabo uno de sus espectaculares cruces de piernas, no sé si dedicado a él o a mí, que me hizo pensar, casi sin querer, en que quizá la crueldad también es ciega a veces, como el amor y la justicia, y hay puñales que se arrojan con toda la rabia del mundo pero con los ojos cerrados, sin importar tanto a quien duelan como el dolor en sí.

Lo que más me llamó la atención era el modo en que Elena no le quitaba ni por un segundo los ojos de encima. Lo miraba como sólo se contempla aquello que sabes que te puede romper en cualquier momento, que más temprano que tarde va a hacerte crujir el corazón. A mí nunca me había dirigido una mirada como ésa, seguramente porque yo representaba para ella justamente todo lo contrario, una calma en la que cobijarse, un sentido común, el refugio para quien llega de demasiado lejos atravesando territorios de vértigo y espanto. El tal Carlos seguía hablando sin dejar de gesticular y, en algún momento, creo que llegué a captar algo del encanto que sin duda emanaba, ese perfume que sale sólo de las flores rotas, su tristeza sin fondo, una música en la sangre. Por un lado se merecía que le partiesen la cara ahí mismo, pero, a la vez, su mirada dirigía mis pensamientos hacia otros lugares. Carlos, ¿de dónde vienes? —⁠le preguntaba sin hablar⁠—, ¿qué te han hecho los días que no has llegado a amar ni siquiera a uno solo de ellos?, ¿qué monstruos, qué oscuridad extraña se ha metido a vivir en tus noches?, ¿qué pánico te guía?, ¿quién te soltó la mano cuando andabas perdido y herido, a rastras por los laberintos?, ¿cómo pudiste olvidar todas tus oraciones, las canciones de esperanza, los caminos de regreso, los nombres de quienes te aguardaban con los ojos arrasados?

A partir de esa tarde de la botadura del piso se fueron sucediendo las visitas, cada vez más inoportunas. Sólo acudía cuando había bebido lo suficiente para reunir la osadía necesaria y conseguía convencerse a sí mismo de que lo anormal era normal, como si pensara que nosotros tres éramos al fin y al cabo seres especiales y de alguna manera hermanados en la vorágine del mundo. Tuvimos que inventar contraseñas para que amigos más gratos pudieran entrar en la casa, desde las ventanas escudriñábamos disimuladamente las aceras, como si fuéramos espías, antes de salir. Acabamos acostumbrándonos a hacer el amor mientras Carlos, desde la calle o en el mismo descansillo, aporreaba los timbres. En esas ocasiones notaba en Elena una excitación especial aunque nunca sabré quién era más importante en su fantasía, si en ese juego de amor los verdaderos amantes debían estar separados por muros y yo era sólo un tercero intercambiable por cualquier otro hombre sobre la tierra.

Luego las visitas se fueron espaciando hasta desaparecer del todo. Nadie llamaba a la puerta en mitad de la noche. Los días de tranquilidad dejaron de ser oasis esporádicos para convertirse en el paisaje habitual; demasiada palmera, quizás, a juzgar por el bajón que experimentó nuestro romance sin razón aparente. Rara vez nos enredábamos en batallas de amor. Elena estuvo un tiempo rara y silenciosa, también ella pasaba cada vez menos tiempo en esa casa que yo había creído que iba a terminar siendo la nuestra, venía a veces a por cosas, comíamos algo juntos, a veces hacíamos algún plan para la tarde, una película, una siesta robada, pero siempre con esa melancolía de quien está y ya no está, y puedes si quieres seguir rozando su piel pero su alma se aleja sin remedio a lomos de una nube negra, centímetro a centímetro, como en un mal sueño, y se va y se va, pretendes agarrarla pero de repente tiene la consistencia del aire, los ojos te dicen adiós, los labios se callan. Quieres despertarte pero la vida es eso. Tu vida es eso, es esa despedida que no se nombra ni se acaba, el deseo que regresa de vacío, el ruido del ascensor que te sobresalta en medio de la noche pero que siempre va a otro piso, más arriba o más abajo, y te despiertas solo y sin saber ya qué ocurre, qué ocurrió, dónde demonios se jodió todo.

Y así hasta que un día dijo:

—Tenemos que hablar.

«Tenemos que hablar» es una de las frases más terribles que existen en nuestro idioma. Nadie dice eso cuando va a darte una buena noticia, una prórroga o un pequeño respiro. «Tenemos que hablar» es el pánico. Elena tenía que hablar para pedirme, por favor, que le alquilase a precio de amigo ese piso de la abuela en el que yo ahora vivía y regresara a mi apartamento de Tres Cantos. Ése era su plan. Decía que necesitaba un espacio propio, salir de una vez por todas de casa de sus padres pero sobre todo poder estar sola, sus ganas de escribir poemas, sus cojines indios, centrarse, centrarse mucho, seguir viéndonos, cómo no, pero cada uno con su guarida y su silencio bien diferenciados, vernos claro que sí, vernos todo lo que hiciera falta, cenar juntos, cocinar el uno para el otro, sorprendernos con el vino, pero por encima de todo cada uno en su sitio y ella con sus barritas de incienso para quemar, sus libros de meditación, y ella pintaría la casa, la cuidaría muy bien, pondría unas estanterías que había visto en Ikea, caminaría descalza todo el tiempo y se traería su música, su colección de osos, me llamaría cada dos por tres, me llamaría siempre.

Tres Cantos no es Madrid. No puede ser Madrid si no queda ya bajo ese cielo legendario y sin estrellas que es como la cúpula que cubre el gran nudo de historias y de búsquedas que se enredan como calles o líneas de metro o alcantarillas, interminables y oscuras. Es como si el aire de la sierra barriese cada noche de Tres Cantos los rastros de Madrid, esa especie de ceniza que se traen a veces los trenes desde Atocha, un hollín mágico que durante unas horas se queda adherido a las fachadas y a las hojas de los árboles y que no se sabe bien qué es pero que tiene que ver con esas tabernas a las que entraba el abuelo y con frascos gigantescos de pepinillos y freidurías de churros y patatas y billares a la salida de los colegios y salones de baile y libreñas de viejo y muchachas rubias que corren para no perder el autobús que ya arranca y patatas bravas y Elena y un extravío por todas partes, una fiebre, ciegos vendiendo el cupón, taxis aterrados, Carlos apoyado en una barra de zinc con los ojos inyectados en sangre.

No tardé en sospechar que vivían juntos, Elena y mi tocayo, al menos estaba claro que ella pasaba acompañada la mayor parte de los días. Por el motivo que fuese, el equilibrio y la calma que yo le proporcionaba a Elena no era precisamente lo que ahora ella andaba buscando, estaba convencido de que veía en mí a un ser completamente plano y anodino, nada que ver con las tormentas del otro Carlos, dolorosas a veces, puede ser, pero que se traían enredados versos salvajes y pura vida y locura en ese sentido de la palabra que roza casi la estrella más hiriente de las noches. Parecían amarse oscuramente bajo el vuelo de los murciélagos mientras yo moría de tanto sol que se colaba por mis ventanas en aquella urbanización de jardines repetidos.

Empecé a hacer cosas extrañas en mí. Recorría las tabernas que quedaban en pie de la época de mi abuelo, aunque ahora ya nadie me regalaba aceitunas ni boquerones en vinagre; simplemente, como uno más, bebía en ellas el vino de los derrotados, en silencio, y escuchaba historias de viejos soldados y toreros muertos. Busqué ser permeable a los desgarros que viajan en el viento y se confunden a veces con esos gritos que nacen en las cloacas por generación espontánea o en las entrañas de alguien que pasa o en los conductos del aire acondicionado, y que nadie oye porque pasa un autobús o una ráfaga de música, pero que están allí, como latidos de una bestia, ruidos de torres que se desmoronan en las profundidades y de venas que se parten en dos, Elena, todo eso escucho, y pido otro vaso, y dejo mis monedas en un charco de vino sobre el mostrador y corro hacia tu casa, y ya me da igual la hora que sea, y hago sonar el timbre hasta que me duele el dedo, y sé que estáis ahí arriba, siento tus jadeos desde el frío de la calle, más acelerados ahora que llamo sin cesar, casi veo en el suelo tu vestido lila, tus sandalias blancas, y en la mesa baja del comedor, la botella de Somontano que compré para inaugurar una casa y una historia que era nuestra, tú lo sabes, un amor que se merendaba el mundo.

Y me contestas desde el telefonillo de arriba, me recuerdas que es tarde, me riñes por el escándalo, por los vecinos que ya empiezan a asomar la nariz en el rellano, tu voz es cálida por primera vez en mucho tiempo, quieres convencerme de que me marche, pero por fin abres la puerta. Y arriba está tu amigo, lleva puesto un pijama y te abraza desconfiado por la cintura, como si quisiera protegerte no se sabe de qué, nos miramos y no nos reconocemos, está como atónito; medio dormido, no da crédito a la escena que tiene ante sus ojos. Entonces dices:

—Carlos, Carlos.

Y comienzas a mirarme así.


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