Yo sé, mi amor, que estás triste. Te acaricio el pelo en silencio pero no sé qué más hacer. Vas de un lado a otro de la casa, apagas el cigarro por la mitad para encender uno nuevo sin que haya pasado ni siquiera un minuto y luego te quedas quieto como queriendo mirar el fondo de las cosas. Tan quieto. Reconozco en tus ojos la misma tristeza de hace muchos años, ésa de cuando creías que yo no te amaba y en lugar de acudir a buscarme te perdías por las callejas, tu vieja ruta de tabernas podridas de serrín y pepinillos, apuntando en servilletas de papel cada temblor, cada amargura que te arañaba dentro, versos con la tinta corrida, ocurrencias manchadas de aceite a granel. Quiero acercarme a ti pero has levantado un muro de espinas transparentes; si te hablo, lo que digo sólo es ruido entorpeciendo tus pensamientos; si te toco, mi mano no la sientes. Estás enfermo de amor, se te nota en la ausencia, en lo despacio que te mueves, Griso, del escritorio al balcón y vuelta otra vez a los libros, el Quijote siempre abierto sobre el atril, el cuaderno emborronado, el vaso de café del día anterior. Se diría que esa muchacha argentina se te ha llevado el ser. Sonríe y se va, vuela y no la alcanzas. No estás con ella, para nada te quiere, pero ha conseguido que tampoco estés aquí ni en ninguna parte. En esta casa lo que queda es una sombra de ti, como la piel abandonada de una serpiente que se hubiera deslizado sigilosamente hacia alguna parte de la oscuridad. Me consta que la semana pasada te echaron a escobazos del Café Universal, el camarero de El Pasaje me preguntó el otro día si estabas enfermo, esas ojeras, si te pasaba algo, y yo no sé qué más hacer, sólo que notes bien fuerte que estoy aquí, que no te abandono a tu suerte, procurar que en el congelador siempre tengas a punto tus cubitos de hielo, hacerte compañía con la tele bajita, espiar desde la cama tus idas y venidas por el pasillo, toda la noche, encender el ordenador, tu pijama de hospital, tus zapatillas rotas, apagar el ordenador, la luz de la cocina, más whisky, una pastilla, el amanecer como una marea de luz ya cansada sobre los tejados.
Desde la primera vez que te vi mirarla, supe que esa tal Marcela iba a llevarte por la calle de la amargura. A algunas heridas se las ve llegar, cuando las flechas van por el aire a toda velocidad, empieza a oler a sangre antes de que hayan llegado a rozar la piel en la que habrán de clavarse. Ella cruza las piernas y yo me fijo en tus ojos. Rebusca algo en el fondo de su bolso, un paquete de rubio inglés, pañuelos de papel, una barra de labios, y tu mirada fija allí, desmayada a peso sobre ella, detenida como muerta en cada gesto suyo. Entonces los sueños más sucios comienzan a nacerte dentro, turbios y arremolinados, eso yo te lo noto, y también los más bellos, ya todo se mezcla, ¿verdad?, bragas y arboledas, luna llena y seda rota, ese nudo endiablado de fino hilo de oro y arterias chorreantes, el amor, el de siempre, ese intruso demente que se mete hasta el fondo de donde nadie le espera, echando la puerta abajo con un hacha de bombero. ¿Y qué hacer ante esta avalancha? No se puede detener una torre que ya se derrumba ni la oscuridad cayendo en la tarde sobre un bosque, sólo buscar cobijo, rezar, desear con fuerza que el dolor no te aviste y siga su ciego curso de viento envenenado.
Cuando sales a dar el paseo de cada tarde me acerco a tus cosas buscando pistas, registro los cajones que no solía abrir, pero nada me dice ese desorden de posavasos, pilas, llaves sueltas y recetas. No me siento culpable por este espionaje triste. Todo es por tu bien, tú ya lo sabes. Toco tus cosas, los objetos que has ido dejando a mano, abro los blocs de notas, los libros que tienes sobre la mesa, Unamuno, Salvador de Madariaga, ecos de un remoto bachillerato, tinta vieja, ceniza fría, y todo me lleva al Cervantes en el que te has hundido, al falso pastor que se quitó la vida en aquella sierra oscura de La Mancha. Los puntos de lectura, las anotaciones conducen siempre a esa vuestra canción desesperada. Me asomo allí a lo hondo de vuestros pechos amargos y veo de cerca el dolor y las mentiras. Me asombro ante el subrayado del verso que reza «Vuestra memoria el sufrimiento ahoga». No es posible que el recuerdo de Marcela, una foto suya, el retorno fugaz de sus labios o su manera de andar puedan mitigar el sufrimiento. En todo caso al revés: cuanta más suavidad en su piel, mayor profundidad en tu herida. Quizás, a tus ojos, su presencia haga el mundo más hermoso, no voy a cuestionarlo ahora, pero esa misma belleza, por inalcanzable, está pidiendo espadas y gritos y desgarros, y al final te condena a un rincón del que todo queda lejos. Y en la cita que no llega, en el teléfono callado sobre el escritorio se esconde un espejo que te devuelve la imagen de un hombre agotado y viejo que se empeña en seguir jugando con la sombra escurridiza de lo que fue, perseguirla como Peter Pan por calles y recuerdos, bares que ya no están, ese fantasma sucio de los buenos tiempos, cada vez más desgastado, más lluviosas las fotografías, una orquesta que flota en el vapor y se va difuminando lentamente hasta desaparecer por completo.
«Que su olvido de mi culpa nace», ahí está la cosa, cómo no, mi amor, flagélate bien, siéntete pequeño y mísero e indigno frente a sus potentes caderas, extiende la lengua para que la atraviese su tacón de aguja. Siempre vi en todo amor la sombra indecorosa de una impotencia, ya sabes, cosas del tipo no soy nada sin ti, desaparece de mi vida y me verás convertido en un gusano, si me dejas solo no podré con los días y me atravesará de parte a parte la oscuridad de la noche… Pero acaso esto es demasiado. ¿Somos culpables de cada mirada que pasa de largo? ¿Hay una derrota en cada cuerpo que se aleja, dejándonos aquí, dejándonos así, dejándonos? Mata un desdén, es cierto, y también un abandono. Y el cadáver que queda es siempre más pequeño y más feo de como era en realidad el cuerpo antes de la terrible despedida. Ahí estaba, parece decir el muerto, a tiro de piedra, el ser que encarnaba mi esperanza de una vida entera con los faroles del jardín encendidos, y los sueños, no como tormento ni dientes apretados, sino como sugerencia factible para ir llenando las horas de velas y de música, noches salvajes, palabras frente al mar, corredores que conducen siempre a alcobas que revientan de deseo. Ahí estaba, y no lo supe retener. A ti se te va Marcela como tú te me vas a mí, el dulce mi enemigo, y en nuestra casa flota la culpa como humo de tabaco por todas las habitaciones. No hay más que pérdida aquí, si hurgo por los cajones lo que encuentro es puro daño, fotos de tiempo atrás, entradas de conciertos, piezas de regalos rotos, plumas que no escriben, rastros de una dicha que no puede volver.
Y juras, además, estar sin esperanza para siempre. O Marcela o nada, como en las rabietas infantiles, quieres cambiar de tema para no patalear, pero aprietas los puños, retas a los cielos: si ella persevera en ese andar sin encontrarte y prefiere subir a casa sola después de cada breve velada, si te ofrece la mejilla cuando buscabas sus labios al dejarla en el portal, si abrirá sus piernas esa noche sólo para los fantasmas que atosigarán tu insomnio, entonces que no se callen los violonchelos de tu desdicha ni los perros del dolor que te ha apresado, entonces tu mirada perdida y tu silencio atroz, las calles vacías de la madrugada con sus basureros que te mojan con mangueras a presión y gatos que se esconden a tu paso bajo los coches, huellas de sonámbulo, viento de derrota. No sabes a quién, pero prometes para siempre la desesperanza, esa bandera gris que arrastramos por el suelo como una manta de vagabundo, como si en asuntos de amor no cupiera mayor dignidad que saber ser indigno, abrirse el pecho, mostrar al mundo el pobre corazón, su palpitante podredumbre, llorar a gritos sin taparse la cara.
Estás muerto. Aunque respires y tosas, estás muerto, aunque esta melancólica defunción no tenga que ver con huesos sepultados en la tierra, ni mortajas ni campanas. Tu muerte es este despertador que suena en la madrugada, todavía a oscuras, ese ir al trabajo arrastrando los pies, tus horas de silencio, tu carpeta llena siempre de los mismos papeles, este hundirte vencido en el sofá, el calendario de la cocina, el teléfono apagado, las ventanas cerradas, el Réquiem de Fauré en el tocadiscos y yo a tu lado intentando convencerte para que comas algo, devanándome los sesos para hacerte reír. Tu muerte es eso, es una muerte de oficina oscura y triste rendición. Tendrías que ver, con tu pijama de verano, cómo te pareces a un prisionero paseando en círculo sus huesos por el patio del penal. Casi veo tu celda, la taza del váter con sus chorretes de diarrea seca, el sudor de las sábanas, tú masturbándote sobre un colchón a juego con tu traje de recluso, reconstruyendo en el aire sus botas altas, sus muslos de seda, los labios que por una vez no dicen adiós, que se quedan, se quedan hasta recibir el temblor de tu deseo enfermo, el quejido animal que sofocas contra la almohada.
Y ahora, cuando Marcela suba a la peña a contarnos a todos por qué te deja así, con las manos sucias de un semen que no sabe ir más lejos, no me hará falta escucharla porque es lo mismo que sin palabras me andas diciendo tú con la mirada arrastrada por los rincones: que en tu corazón no mandas, como rezan las coplas, ¿no es eso?, y que eres inocente del dolor que yo siento al verte hundido si recuerdo la fuerza de tus manos cuando me levantabas en vilo para arrojarme de golpe sobre la cama, y recuerdo la mesa puesta en la terraza, lista para la cena con flores y estrellas y champán; y recuerdo los paseos sin rumbo fijo y los viajes sin fecha de regreso, y los mapas extendidos sobre la mesa. Y recuerdo. Y tu manera de arrancarme la ropa, cómo sabías despertarme a la zorra que duerme en lo más hondo, el vértigo, mi vida iluminada desde todos los ángulos. Y ahora, Griso, has caído dentro de una tumba, pero a la vez me miras desde la cima de la peña, eres los dos, el difunto que yace y la belleza que se excusa. Si la presencia del asesino —como decían las antiguas leyendas germánicas y recuerda Ambrosio pala en mano— hace brotar la sangre del cadáver, seguro que te llega el perfume de la mía cada vez que abres la puerta de casa. Porque eso es lo malo para mí, tener una casa contigo, verte a cada momento de manera que el desamor se puede casi palpar, es una barba de tres días, un frasquito de relajantes en la mesilla de noche y el prisionero sonámbulo con el que me cruzo en el pasillo. Al menos Marcela, para ti, «fuego es apartado y espada puesta lejos», no puede doler de la misma manera que este tenderme cada noche a tu lado, oler el sudor medicamentoso y el sexo que en otro tiempo arremetía furioso entre mis piernas y comprobar que todo lo que nos queda no es más que el esmegma de una pasión pasada de fecha.
Esto es como un trenecito de feria. Como la danza de los borrachos al final de un banquete de bodas. Tú tras ella, yo en pos de ti. La conga de Jaruco, una bulliciosa culebra humana que va haciendo eses por la sala derribando las sillas y las copas, cada uno agarrado al sudor del de delante, las corbatas anudadas en la cabeza al estilo indio, los perfumes ya perdidos en el aire, el licor resbalando por las ingles. Agarras fuerte las caderas del que te precede y ni siquiera miras quién hunde sus dedos en tu cintura, quién te canta a gritos en el oído mientras avanzas con los ojos medio cerrados por el humo. Quizá las relaciones humanas sean así. La conga de Jaruco ahí viene arrollando, sale a las calles, cruza los años, atraviesa lodazales y salones de cristal, barriadas, aldeas, centros comerciales, se pierde por el mundo, y su origen hay que buscarlo donde ya se derrite la mirada, cuando los siglos no tenían nombre, en lo más profundo del pozo del tiempo, en ese fondo oscuro donde reposaba, maloliente y turbia, la sopa de la vida.
Del objeto de tu deseo he aprendido ese otro poder, más allá de la posesión y el sexo: acabar con los demás sin mover un dedo, sin pestañear, sin llegar a ser culpable a los ojos de nadie. Ir desfilando por los días con la mirada al frente y mirar apenas por el rabillo del ojo cómo a ambos lados del camino va creciendo el número de cadáveres, andar dejando un rastro de gusanos. Porque ya, en todo este juego, sólo me falta saber para quién vengo a ser yo una inalcanzable Marcela, quién se arrastra por mí, quién se humilla tras mi sombra, quién vierte al aire su semen pensando fuerte mi nombre, si existe y tiene rostro el perro que husmea por donde pisan las suelas de mis zapatos y me sueña tardes de flores y música y palabras que no sabe ni cómo decir. No por nada, sólo para no ser, en ese tren que gira a ritmo de conga, un triste furgón de cola con la espalda expuesta al viento polar de las noches sola, y, llegada la hora del despecho, poder cuando menos blandir esa espada invisible que mata al azar, saborear a conciencia mi ración de desdén.

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