Las ciudades que habitamos son las escuelas de la muerte.
ALBERT CARACO, Breviario del caos
Existe una clase de horror que sólo se respira en las ciudades de provincias, nunca en una aldea y mucho menos en una urbe de verdad. Y no tiene que ver con la estrechez de los horizontes, ni con la falta de salas de cine o lo interminable de los inviernos con sus tardes en bares mal iluminados, la baraja manoseada y el café que siempre se queda frío un segundo antes de llegar a los labios. Y tampoco con esa mediocridad de chismes y tenderos, y familias de toda la vida, y bostezos y caciques. Lo peor de todo no es eso.
Lo terrible, según yo pienso, es que un buen número de personas se mueren mucho antes de morirse. Llega su hora, pero sin embargo ellas continúan viviendo. De buena gana les llevaríamos flores al cementerio si no fuera porque, extrañamente, no se encuentran allí, sino paseando por las calles o en un piso cualquiera a escasas manzanas de tu casa. Son personas que tuvieron su gran momento en la historia de nuestras vidas, a veces un papel estelar. Gente que nos amó, o que se acercaba a menudo a nuestra casa para pasar la tarde charlando de todo y de nada junto a unas botellas de cerveza, o incluso gente que nos crió de alguna manera, que nos cuidó cuando niños, y nos dio la sopa en la boca y nos puso el pijama cada noche, encima de una silla, junto a la estufa de butano de la cocina. Luego se fueron alejando poco a poco. Primero dejaron de felicitar los cumpleaños, se acabaron aquellas cenas, los planes, las confidencias; luego se fueron espaciando las llamadas hasta desaparecer del todo, y finalmente nos retiraron también hasta el saludo. Existe todo un arte para esto en las ciudades pequeñas, seguramente por una mera cuestión de supervivencia, porque de otro modo sería imposible caminar por la calle sin detenerse a cada paso a charlar en la acera con uno o con otro. El curso de los días va trayendo gente nueva y es necesario dejar espacio, ir diciendo adiós a todos los de antes que, por el motivo que sea, no llegaron a quedarse del todo. De la conversación en cualquier esquina se pasa al saludo sin más y de éste al leve movimiento de cabeza, o de cejas, o incluso de labios que se mueven sin llegar a decir nada, y después ya sólo el silencio. Todo es gradual y sucede de un modo tan sutil que parece un proceso natural e irremediable. Es posible estar en la terraza de un bar a medio metro de una antigua amante que lee sin levantar la vista del libro en la mesita de al lado, y dos mesas más allá un antiguo profesor, y junto a él la tía Josefa, por ejemplo, que te consolaba cuando eras pequeño, que te limpiaba los mocos, que te llevó de viaje al zoo de Barcelona en un autobús de línea. Cada uno tiene delante su café, su vida desnuda de pasado y ninguno de ellos va a darte las buenas tardes ni mucho menos a mirarte de frente. Dan vueltas al azúcar con gesto de autómatas, de vez en cuando miran al vacío. Francamente, uno no se acostumbra a que no estén muertos, que sería lo suyo. O lo bello. Al menos nuestros pensamientos hacia ellos estarían presididos por la nostalgia, y no por este triste no saber qué pasa, que arrambla incluso con el presente y te hace ver en el primer apretón de manos, en el abrazo amoroso de quien dice morir por ti, a la desconocida que dentro de un tiempo pasará por la acera de enfrente girando altiva el cuello en dirección contraria. Que eso sucederá más tarde o más temprano es algo tan seguro como sólo lo es la muerte.
En lugar de eso, auténticos desconocidos van por ahí sabiendo de nosotros algo más que nuestros nombres, llevando a cuestas pequeños secretos que nos pertenecen, conociendo las decenas de talones de Aquiles que nos condenaron a ser apenas lo que somos y nos anclaron con fuerza al suelo de la ciudad de los cadáveres, cada miedo del alma y el verdadero peso de las renuncias que, amontonadas unas sobre otras, fueron componiendo el esqueleto de nuestra pobre historia.
Tiene algo de insultante esa vida de ellos a nuestras espaldas, y que piezas sin las que no se entiende nuestra biografía caminen por ahí y se crucen con nosotros, hieráticos e impasibles, en la niebla de los parques. Esas sombras son nuestra vida, cada paso, cada época. La gente que habita en las ciudades grandes ve rostros similares cuando su coche da vueltas de campana o en los pabellones de terminales de los hospitales. Aquí, convivimos con ellos a diario, están ahí en cuanto pones un pie en la calle, lo quieras o no, hay fantasmas detrás de los mostradores de las tiendas, poniendo multas con una gorra de plato, saliendo de las peluquerías, al volante de coches funerarios. A veces sus hijos nacen ya con una tez verdosa.
En cierta ocasión un amigo me presentó a una de mis antiguas novias y me estrechó la mano como si me estuviese viendo por primera vez, y fue como si de golpe no hubiera existido jamás ese montón de tardes de sexo y de palabras. Aquella actitud distante y heladora me robaba el pasado y convertía el recuerdo de su cuerpo desnudo en aquel palomar de la calle Desengaño en sólo un fantasma pintado por mi imaginación. Y las promesas, y la música de los sábados y el vuelo de su pelo al bailar y una falda de cuadros que es como si la estuviera viendo ahora mismo, y su aliento de fruta y tabaco, y todo, no eran de repente más que estampas de una vida inventada que, nunca en dos, sino siempre en un mismo cerebro, reaparecen a veces cuando en el tiempo presente las cosas y las horas vienen sin la espuma que nos hacía soñar. Hubiera querido zarandearla en ese momento, «dime que el recuerdo en que te busco no es una montaña de ceniza, dime que viví», pero todo aquel rostro era una pura e infantil interrogación y en seguida noté que por sus ojos se desbordaba el vacío. El olvido es una atrocidad y es a la vez la inocencia, tiene esa doble cara de los peores monstruos. No hay culpa posible porque la memoria es un territorio sumergido lleno de veredas y paseos junto a la calma del mar, pero también de trampas y de crímenes, los recuerdos se estrangulan los unos a los otros, cada segundo hay un instante que está agonizando ahí dentro, un nombre de mujer, un rostro a la salida del colegio, todo un episodio que se hunde.
Y eso es lo verdaderamente terrible en la ciudad de los cadáveres. No ya vivir rodeados de difuntos andantes, sino palpar la propia muerte a cada paso, mirar hacia atrás y ver nuestro camino con las huellas borradas. El recuerdo de lo que fuimos desciende en el cerebro de los demás hasta los pliegues más recónditos, a los más oscuros baúles de la última bodega de su archivo. Y todo eso cuando nuestros huesos aún caminan; mientras nuestra carne, mal que bien, todavía palpita.

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