Texto aleatorio

Publicado en Eldritch Tales como Windows of the Soul (título diferente al del autor), este relato de C. J. Henderson, No puedes llevártelo contigo, representa un género híbrido creativo en el que el ojo ardiente de tres lóbulos se enfrenta al duro detective privado. Esta sorprendente combinación funcionó tan bien que fue consolidada por la película de vídeo Cast a Deadly Spell1, en la que un detective chandleresco llamado Phil Lovecraft intenta recuperar una copia robada del Necronomicon antes de que un gánster la utilice para abrir las Puertas a los Antiguos. En este relato del detective contra el diablo, Henderson ha realizado una obra de magia.

¿Por qué funciona tan bien esta combinación de géneros? Quizá, porque la pesimista visión del mundo del protagonista-narrador encaja a la perfección con el pesimismo cósmico de la ficción de Lovecraft. Ambos presuponen que el hombre vive y actúa, puede que en vano, en un universo indiferente y hostil. Jack Hagee, famoso por las novelas de Henderson y los relatos cortos del personaje, tiene un homónimo en la vida real en Carnegie, Pensilvania, el pueblo natal de Henderson.

En ocasiones descubro que mi mente retrocede hasta los últimos meses, para obligarme a escoger y a elegir, a encontrar una respuesta que pueda creer. Sé que nunca seré capaz de olvidar, ni siquiera de racionalizar, lo que sucedió el pasado junio en el Bronx, sea cual sea la explicación que decida aceptar y el número de botellas vacías que tenga que tirar por la mañana.

Algo mató a una mujer que me importaba. Lisa fue engañada, contagiada y mutilada de una forma que nadie, en su sano juicio, sería capaz de relatar con exactitud. Utilizar adjetivos como horrible, terrorífico o repugnante para describir la última vez que la vi sería como decir que Himmler fue un ingenioso panadero.

Por supuesto, puede que todo aquello fuera obra de mi imaginación. Quizá, lo que les sucedió a Billy y Francis me hizo rebasar el límite y enloquecer… O puede que la ginebra haya cumplido con su misión y ahora sea incapaz de diferenciar mis mundos.

Sí, podría ser… Pero no lo creo.

Aunque parezca extraño, si fuera capaz de admitir que Lisa fue asesinada de una forma inhumana, podría abalanzarme sobre aquel o aquello que asesina de esa forma.

Recuerdo que Billy era incapaz de ahorrar dinero. Siempre se gastaba todo el que tenía y, cuando le decía que debería ahorrar un poco, me respondía que no había ninguna razón para hacerlo. Solía decirme: «¡Eh! ¡Puede que mañana me atropelle un autobús! Si no puedo pasármelo bien y hacer feliz a la gente, ¿de qué me serviría quedarme con todo el dinero que aparece en mi camino? Al fin y al cabo, no puedes llevártelo contigo».

¡Dios mío! ¡Cómo deseaba que todo el mundo opinara lo mismo!

Recuerdo que todo empezó en junio, durante el período más caluroso del mes. Aquel día tuve que quedarme en la oficina hasta más tarde de lo habitual, esperando a un cliente que, debido a su trabajo, no podría llegar hasta después de las siete. No se rió cuando le dije que no había ningún problema y que cancelaría mis clases de baile. Eso me preocupó. Las personas que necesitan los servicios de un detective suelen soltar, como mínimo, una risita cuando dices alguna tontería. Esa risita es la que me permite hacerme una idea de lo nerviosas que están: cuanto mayor sea su problema, más ganas tendrán de agradarte y mayor será su risa… Sin embargo, aquella muchacha no se había reído.

En cualquier otro caso hubiera pensado que era un amigo suyo quien tenía problemas, pero algo en su voz me dijo que no era así. No importaba. Podía esperar a que llegara y me lo explicara. Hacía demasiado calor para continuar haciendo conjeturas.

Golpeó el cristal de la puerta sobre las ocho de la noche. Le dije que pasara. Se llamaba Lisa, Lisa Whateley. Tras cruzar la oficina, se sentó enfrente de mi escritorio, mirándome fijamente, como si me tuviera miedo.

—¿Qué problema tiene? —le pregunté.

Continuó mirándome con atención. El tamaño de sus ojos de color verde claro aumentaba a cada segundo.

—Necesito un detective —respondió.

—Esa es la parte sencilla —le aseguré—. Ahora viene la dura. Dígame, ¿por qué necesita un detective?

—¿Es usted el señor Hagee?

—Sí —respondí refunfuñando—. Jack Hagee, el mismo nombre que pone en la puerta.

El calor me hace sentir impaciente.

—Veamos… Supongo que hay algo que le molesta. No pasa nada. Estamos aquí para eso, para descubrir qué es lo que le molesta. Sin embargo, si usted no me ayuda, tampoco yo podré ayudarla. Soy un detective, no un místico. Si desea que le ayude, hable; si prefiere que le lean la mente, acuda a un swami.

La mujer reaccionó. Sus hombros se cuadraron mientras introducía las manos en su bolso.

—Lo siento, lo siento —dijo—. Lo único que sucede es que no sé por dónde empezar.

Entonces asintió. Al parecer, veíamos las mismas películas.

—Creo… Creo que alguien está intentando volverme loca. —Golpeé la mesa con suavidad para que se explicara—. Mi familia se ha visto envuelta en muchos escándalos. Desde siempre, ha sido el blanco de diversos rumores, se han murmurado muchas cosas sobre nosotros. Decidí venir a Nueva York para alejarme de mi familia y de todo eso. Durante un tiempo, todo parecía ir bien.

Por fin, sus manos encontraron lo que buscaban y sacó del bolso una fotografía del tamaño de esas que te hacen en el instituto cuando te gradúas.

—Sé que lo que estoy diciendo no tiene ningún sentido —explicó mientras me tendía la imagen—, pero puede que esto le ayude.

Cogí la fotografía y la miré. Era un retrato de Lisa, tomado dos o tres años atrás. En su época universitaria. Apenas había cambiado, aunque había algo que no me gustaba. La Lisa de la fotografía tenía algo diferente a la que estaba sentada delante de mí, aunque esa diferencia no la marcaba la pérdida de la última grasa infantil ni el estilo de peinado. La verdad es que la mujer de la imagen parecía mucho más feliz que la de mi despacho, pero tampoco era eso… Había algo más. La miré atentamente, acercando más los ojos.

Empecé a mover el pequeño recuadro de papel para observar cómo jugaba la luz con su cabello. No sirvió de nada: aquellas capas de rizos castaños eran idénticas a las de la versión real y más corta que tenía delante. Solo quedaban sus ojos… unos ojos que, si mirabas la foto desde muy cerca, podías ver que eran azules. Un azul alegre, como el cielo estival. Pero aquel no era el color de los ojos de la mujer de mi oficina, pues los suyos eran verdes, del color de las monedas antiguas o de la piel del vientre de una rana que lleva muerta largo tiempo.

La miré a los ojos y supe que tenía miedo de algo que era incapaz de comprender. Y si yo hubiese tenido un poco más de sentido común, también habría tenido miedo.

Escuchar la historia de Lisa fue como tomarme un día libre para sumergirme en el pasado. Hitchcock no habría sabido orquestar mejor lo que le sucedía a aquella mujer. Lo más probable era que toda esa historia se hubiese originado en su familia. Había sido una niña maltratada y, a medida que fue creciendo, empezó a darse cuenta de que aquellos maltratos se convertirían en abusos sexuales en cuanto tuviera «veintiún años y fuera una mujer hecha y derecha», tal y como le había dicho su padre.

Mintió a su familia en lo referente al programa universitario y consiguió completar la carga lectiva de sus estudios en tres años, en vez de cuatro. Durante el verano de aquel tercer año se dedicó a «prestarle» a un amigo todas aquellas cosas que deseaba llevarse consigo cuando abandonara el pueblo. El primer día del nuevo semestre, su amigo la llevó a la estación, con todo su equipaje, donde cogió un tren con destino a Nueva York.

Durante unos meses todo fue bien, pero de pronto empezó a sentirse acosada por extrañas pesadillas. Algunas las soñaba mientras dormía, aunque otras se desarrollaban ante sus ojos incluso cuando estaba despierta. Sus pesadillas eran desconcertantes y absurdos collages en los que predominaban las imágenes acuáticas: dedos palmeados, aletas que brotaban de rostros humanos, ojos azules que colgaban de racimos cubiertos de piel y que parecían guantes de caucho rellenos de uvas, cosas que brotaban en los costados de unas criaturas que pertenecían al fondo del mar de algún otro mundo…

Es decir, que Lisa no había podido dormir demasiado.

En cuanto aquellos sueños fueron recurrentes, la realidad decidió echarles una mano. Lisa empezó a ver personas, o como ella dijo, lo que «deseaba» que fueran personas, observándola. En general, las veía cuando estaba en casa, pero también de camino al trabajo, a la salida del cine… Y la miraban desde las esquinas, por las ventanas o desde cualquier lugar en el que hubiera un borde o una grieta que les permitiera esconderse y observarla.

Seguí escuchando su relato porque estaba seguro de que Lisa era capaz de distinguir las cosas que son reales de las que no lo son. De todas formas, como no soy un experto, pensé que tendría que solicitar la ayuda de alguien que sí que lo fuera. Cuando le pregunté si había pensado en buscar la ayuda de un psiquiatra, me sorprendió saber que ya lo había hecho y que este le había enviado a mi despacho. Le pedí que se explicara.

—En realidad, desde que llegué a la ciudad he pasado por la consulta de más de un doctor. Primero fui a ver a un especialista. Aquella doctora me repitió una y otra vez que no estaba loca, que lo único que deseaba era llamar la atención y que, como no estaba en casa y no tenía a mi madre cerca, había acudido a ella. Eso fue antes de que empezaran a seguirme, así que pensé que la doctora tenía razón. Más adelante, cuando las cosas empeoraron, no… No tenía dinero para regresar a su consulta, así que busqué un médico gratuito. Fue entonces cuando conocí al doctor Fredriks.

De repente lo vi claro. Se refería a Norman Fredriks, o Billy, pues así era como le conocían en la Octava Avenida. Billy dirigía una clínica psiquiátrica gratuita en el Village, que conseguía salir adelante gracias a los donativos, contribuciones y comidas que le ofrecía un ejército de amigos que no deseaba verle fracasar. Ambos habíamos pasado diversas noches juntos, compartiendo nuestras monedas e intentando poder pagar con ellas una comida decente.

Billy era un buen hombre. Sabía que, si no tuviera una buena razón, no le habría dicho a Lisa que viniera a verme. Le pregunté a la mujer si le importaría que hablase con él sobre su caso.

—El doctor me dio este número —respondió—. Me dijo que si quería llamarle esta misma noche, no era necesario que esperara a que yo me fuera.

Cogí el número. Imaginé que estaría en el mismo lugar en el que estuviese su vale de comida y no me equivoqué. Me respondió una voz de mujer que parecía bastante gorda e italiana. Me preguntó quién era y qué quería, y después me dijo que esperara un momento. Segundos después, Billy cogió el teléfono.

—Sabía que me llamarías, Jack.

Como no quería que se le enfriara la cena, fui directo al grano.

—¿Todo esto es cierto, Billy?

—Sí —respondió—, de verdad lo creo. Lo creía esta mañana, cuando le dije que te llamara, y ahora estoy convencido de ello.

—¿Por qué?

—Escucha con atención, pero intenta no cambiar la expresión de tu rostro: después de tener un par de sesiones con Lisa, envié a Francis a su pueblo natal para que echara un vistazo. —Guardó silencio unos instantes—. Hoy me ha llamado, Jack. No estoy seguro de qué ha descubierto… Pero podría decirse que Massachusetts y los Whateley comparten una historia muy interesante e inquietante.

Cuando le pedí más detalles, me respondió:

—No, ahora no. Hablaremos mañana. Francis habrá regresado y podremos analizar este tema juntos.

Nos dijimos un par de tonterías y entonces, justo antes de colgar, Billy me preguntó:

—¿Puedes hacerme un favor, Jack?

—¿De qué tipo?

—Cuida de Lisa, por favor. Parece una buena persona. Puede que nos estemos metiendo en algo que deberíamos tomarnos con más seriedad, pero, Dios… Yo la creo. De verdad que la creo.

Miré a Lisa, que seguía sentada al otro lado de mi escritorio, aguardando a que decidiera su destino, y entendí qué intentaba decirme Billy. Yo también la creía. Creía en sus sueños y en su perturbada familia. Y estaba convencido de que alguien pretendía que enloqueciera.

—Sí, Billy —respondí—. Haré todo lo que pueda.

Me dio las gracias y colgó para seguir dando cuenta de sus espaguetis. Yo volvía a mirar a Lisa, meciendo el teléfono.

—No se gire, señor Hagee —susurró—, pero hay una de esas cosas en su ventana.

¡Oh, Dios mío! ¡Justo lo que quería oír! Me encanta que se asomen cosas a la ventana de mi cuarto piso, que carece de escaleras de incendios.

—En cuanto me gire, escóndase debajo de la mesa —le dije con tranquilidad.

Ella asintió. Dándome fuerzas, me giré rápidamente y alcancé a ver una mancha borrosa en una esquina de la ventana. Maldiciendo el sobresalto que me había dejado paralizado durante unos instantes, me abalancé hacia la ventana para abrirla del todo y poder asomarme. Observé el edificio, hacia arriba y hacia abajo, buscando cualquier cosa que explicara qué era aquello que habíamos visto, y me asomé tanto que no me caí de puro milagro.

No encontré nada… Ni sombras, ni moscas humanas ni vampiros. Lo único que había allí fuera era el cálido aire de la noche, que en aquellos momentos olía a basura. Como los martes por la noche pasaba el basurero, el restaurante de debajo había llenado el contenedor más temprano de lo habitual y el calor del verano estaba ayudando a la naturaleza a realizar su trabajo.

Estaba seguro de haber visto un rostro en la ventana; sin embargo, sabía que, aunque era posible que una persona lograra llegar hasta ella, no podría haber desaparecido con tanta rapidez… sin haber dejado manchas de sangre en la acera.

Mientras cerraba la ventana para evitar que el hedor de la basura entrara en el despacho, se me ocurrió que nuestro amigo podía haber saltado al contenedor.

Saqué del cajón mi revólver del calibre 38 y, tomando a Lisa de la mano, corrí hacia la puerta.

—No se separe de mí —le dije.

Bajamos las escaleras de dos en dos y llegamos a la calle un minuto después de haber cerrado la ventana. Dejando a Lisa en el portal para que estuviera segura, crucé la acera y me encaminé hacia el contenedor. Avancé con cautela, manteniendo la pistola escondida, pero apuntada hacia su objetivo. El sol estaba bastante alto, aunque había descendido lo suficiente como para quedar escondido tras los edificios de la Calle 14. El contenedor estaba envuelto en sombras y mis ojos no podían verlo, así que me vi obligado a acercarme un poco más.

Por alguna razón, aquella noche, el hedor que emanaba del contenedor era mucho más intenso que nunca. Aunque es posible evitar los malos olores de la ciudad ignorándolos, el de aquella noche era anormal. A medida que me acercaba al contenedor, la fetidez de su interior me atacaba con más ímpetu, como si fuera una fuerza física que intentaba detenerme. Si mi amigo estaba en su interior, su sentido del olfato no debía de funcionar demasiado bien.

Vi que un pie sobresalía entre las sombras. Cogiendo aire con fuerza, avancé, tambaleante, hacia el hedor. Entonces, apuntando con la pistola el punto en el que debía de estar el pecho de mi compañero de juegos, le agarré por la chaqueta y tiré de él hacia arriba… O al menos, a una parte de él.

Por alguna razón, la fuerza de la caída había hecho que reventara como un melón podrido… Exactamente igual que un melón podrido. Al tirar de la chaqueta hacia arriba, su interior se escurrió hacia fuera y se deslizó por el contenedor como si fuera gelatina caliente. Dejé caer la chaqueta y retrocedí con rapidez hasta el portal en el que me estaba esperando Lisa. Al llegar, como no quería ensuciarme el traje con aquello que había tocado, restregué la mano contra la pared y vi que en el ladrillo quedaban pequeñas espinas y cabellos enredados.

—¿Qué era? —preguntó Lisa—. ¿Qué ha encontrado?

—Hablaremos de eso más tarde —respondí. Utilizando la mano limpia, la tomé del brazo y nos dirigimos hacia el metro. Durante todo el trayecto insistió en saber qué estaba sucediendo. Y no era la única.

Lisa pasó la noche en mi piso. No quería que regresara a su casa, ni que fuera a un hotel ni a ningún otro lugar en donde tuviera que estar sola. No solo estaba convencido de que su historia era cierta y no estaba loca, sino que, además, estaba seguro de que aquella pobre mujer no tenía ni idea de lo que estaba sucediendo. Esa era la razón por la que había acudido a mí. Para que lo descubriera.

En cuanto llegué a casa me fui directo a la ducha. Me enjaboné y enjuagué el brazo una y otra vez, intentando deshacerme de los trozos de gelatina verde y negra que se habían adherido a él. El chorro de agua consiguió disolverlos en parte, aunque ignoro la cantidad, puesto que intenté no mirar.

Después de secarme y vestirme, utilicé la camisa sucia y la toalla con la que me había secado para limpiar y secar la bañera. Acto seguido, las tiré por el conducto del incinerador del pasillo, sin saber la razón. Simplemente, consideré que era lo mejor que podía hacer. Lisa se duchó a continuación. Sin duda alguna, ambos necesitábamos refrescarnos después de la escena del despacho, el paseo por el metro y el calor de mi apartamento, que carece de aire acondicionado.

—Son casi las diez y media —le dije cuando salió del cuarto de baño—. ¿Por qué no se queda a dormir aquí? Imagino que mañana tendremos que reunirnos con Billy bastante temprano.

—De acuerdo —respondió—. ¿Dónde dormirá usted?

—En el sofá, pero no se preocupe. Estoy acostumbrado —expliqué. Y no mentía: la mayor parte de las noches no regreso a casa, sino que me quedo a dormir en la oficina. Entre el sofá y la placa eléctrica de mi despacho, en ocasiones me pregunto por qué me molesto en tener un apartamento.

Ella asintió y se fue a mi habitación, mientras yo comprobaba la puerta y las ventanas, esperando oír arañazos, golpes y todos aquellos sonidos que oímos cuando no deseamos oír nada.

Permanecí un rato sentado en la butaca, observando las ventanas y la luna, que hacía el noble intento de proyectar su luz entre el humo que envolvía la ciudad, aunque no parecía estar haciendo grandes progresos. De todas formas, como las farolas reflejaban la suciedad del aire, resultaba difícil saber qué luz era la de quién. Pero no importaba.

Lisa salió de la habitación aproximadamente una hora después, quejándose de que no podía dormir. Conocía bien aquella sensación, y ese era el motivo por el que no me había molestado en intentarlo. Tenía la esperanza de que ella lograría conciliar el sueño, pero no había sido así. La acosaban los mismos susurros agitados y desesperantes que habían hecho que mis ojos examinaran continuamente todos los rincones… Y supongo que, a oscuras, aquella sensación era más intensa. Estuvimos hablando un rato, hasta que ella dio por finalizada la conversación y me cogió suavemente de la mano para llevarme hasta la habitación, haciéndome saber que sabía lo que yo necesitaba y que ella lo necesitaba tanto como yo. En ocasiones, el contacto humano es un acto desesperado.

Nos desvestimos el uno al otro y nos tumbamos sobre la cama. Permanecimos abrazados durante un largo rato, antes de que uno de los dos decidiera hacer algún movimiento. Era como si ambos tuviéramos la esperanza de que, si esperábamos unos minutos, conseguiríamos alejarnos del límite de la desesperación que nos había obligado a lanzarnos a los brazos del otro. Pero no fue así.

En cuanto empezamos, fuimos todo manos y dientes y movimiento, dos seres que daban vueltas sobre una cama, con pasión pero sin sonrisas. Nos abrazábamos desesperados, necesitándonos el uno al otro sin saber el porqué, empapándonos mutuamente de sudor estival y lágrimas y negándonos a soltarnos.

Hicimos el amor durante toda la noche, ruidosamente y mirándonos fijamente en la oscuridad, porque así, si había algo cerca de nosotros que pudiéramos ver u oír, no podríamos saberlo… Y aunque en lo más profundo de nuestro ser, los dos sabíamos que algo nos estaba observando, preferimos no decir nada. Nos pareció mejor así.

Al día siguiente, Lisa y yo nos reunimos con Billy y Francis en la clínica. Francis era un estudiante eterno que realizaba extraños trabajos para Billy a cambio de pequeños ingresos. Su último cometido había consistido en viajar hasta el pueblo natal de Lisa para investigar su historia. El día anterior, había llamado por teléfono a Billy y le había contado algo que le había impulsado a enviar a Lisa a mi oficina.

Lisa llamó a su trabajo para decir que estaba enferma. Aunque no sabía si deseaba que ella estuviera presente en la reunión, estaba seguro de que no quería perderla de vista. Billy nos explicó lo que ya sabíamos todos; cuando acabó, le pedí a su ayudante que nos explicara lo que había descubierto.

—Pues esto es lo que hay —dijo Francis—: todos hemos oído hablar sobre Massachusetts; todos conocemos las historias que se cuentan sobre Salem, las brujas y todo eso. Sin embargo, lo que no todo el mundo sabe es que Salem no es el único pueblo de ese estado que posee una leyenda. También se cuentan historias increíbles sobre Dunwich, el pueblo en el que nació Lisa, y sobre una población cercana a este, Innsmouth. Además, existe otra ciudad próxima a Dunwich que cuenta con una historia bastante peculiar… Pero no deseo desviarme del tema.

Francis se detuvo unos instantes mientras observaba a todos los presentes. Estaba haciendo una pausa mental, pensando si sería capaz de conseguir que su audiencia creyera algo que ni siquiera él sabía con certeza. Aunque no era una persona asustadiza, durante aquel viaje había sucedido algo que le había hecho sentir pánico y ahora le obligaba a comportarse de ese modo. Tragó saliva y continuó hablando.

—Al parecer, en ambos lugares sucedieron cosas extrañas en los años 20. ¡Jesús! Sé que lo que voy a decir sonará como el Enquirer, pero… veamos, las historias que circulan por Dunwich afirman que en algún momento apareció una especie de monstruo invisible que arrasó con todo y destrozó los edificios hasta que un doctor descubrió la forma de detenerlo. La leyenda de Innsmouth afirma que se trataba de una raza de seres acuáticos…

Francis leyó la expresión de mi rostro.

—Sí, seres acuáticos. Se supone que nacen humanos y van cambiando con el paso de los años. De algún modo, ellos… Aquello… Alguien se dedicó a practicar algún tipo de rito misterioso que provocó todos esos problemas. Según los archivos, la Marina envió un submarino para torpedear un arrecife de Innsmouth, mientras que el FBI dinamitó una parte sustancial de la dársena. Intenté cotejar esta información con la de los archivos de la Marina y el FBI, pero en ambos casos tropecé con personas que no sabían nada del tema y me prometieron consultarlo. No mencioné los monstruos ni nada de eso, sino que me limité a enseñarles el viejo «artículo de investigación». De todas formas, cuando regresé a por la información, me dijeron que estaba equivocado, que no sabían nada del tema, que nunca había sucedido nada de eso, que cómo lo había sabido, que no le contara aquella historia a nadie, que todo eso no eran más que tonterías y cosas similares. No estoy diciendo que realmente apareció un monstruo invisible que se dedicó a arrasar con todo, ni que el Gobierno de los Estados Unidos hizo volar por los aires a un grupo de pescadores de Massachusetts que intentaba invocar al diablo; sin embargo, estoy seguro de que allí sucedió algo y que nadie desea hablar sobre ello.

—¿Qué ocurrió con el monstruo? —pregunté—. ¿Y con las personas pez? ¿No hubo cadáveres?

—Seguro que sí, pero no duraron demasiado. Se supone que se desintegraron poco después de morir, como si fueran de gelatina o algo similar. No quedó nada de ellos, excepto una sustancia viscosa.

Nadie dijo nada.

—Escuchadme —dijo Francis con el rostro enrojecido—. No me estoy inventando toda esta historia. Puede que se la inventara alguien, pero yo solo…

Le interrumpí para contarle lo que había visto en el contenedor. De repente, nadie sabía qué decir.

—De acuerdo. Todo esto es muy interesante pero, ¿qué relación tiene con el caso de Lisa? —pregunté, pues me parecía absurdo que los cuatro continuáramos sentados en silencio.

Sintiéndose culpable y evitando mirar a Lisa, Francis respondió:

—Bueno, parece ser que Wilbur Whateley, el abuelo por parte de padre de la señorita Whateley, fue una especie de figura clave. Sus vecinos no le apreciaban demasiado, puesto que causó muchos problemas a diversos habitantes de Dunwich. También se dice que secuestró y asesinó a niños que desaparecieron para siempre, aunque nunca se encontró ninguna prueba de ello. Pero, oh… —Francis se detuvo de nuevo. Era obvio que había llegado a la parte más difícil—. ¡Oh, Dios! Según el doctor que mató al monstruo, aquel espeluznante ser era el hermano gemelo de Wilbur. Volvió a hacerse el silencio, que esta vez fue más denso que el calor estival que nos rodeaba. Francis siguió contando a trozos la historia. El hermano gemelo de Wilbur, que estuvo burbujeando hasta convertirse en tapioca, no volvió a ser visto nunca más y, al parecer, Wilbur murió del mismo modo. Lisa confesó que diversos miembros de la familia Whateley habían sido enterrados en ataúdes cerrados y añadió que pocos de sus funerales contaron con la presencia del ministro o sacerdote tradicionales. El silencio se intensificó. Mientras intentaba ordenar en mi mente todo lo que se había dicho, Francis finalizó su informe con una sorpresa final.

—Jack, en el autobús de regreso pude confirmar gran parte de toda esta historia. Verás, en el autobús viajaban personas muy ancianas, un buen puñado de ellas, y pensé que no perdía nada si les hacía algunas preguntas. Empecé a hablar sobre este tema como si lo conociera de toda la vida, como si fuera del condado vecino, y ellos confirmaron los hechos y, a continuación, empezaron a recordar los buenos días de antaño mientras abrían las botellas de licor que ellos mismos habían destilado, para festejar una pequeña celebración «pre-festival», según dijeron. Decidí seguirles la corriente para que continuaran hablando… —De pronto, Francis se quedó sin voz, como si algo estuviera oprimiéndole la garganta en el punto en el que se articulan las palabras—. ¡Dios mío! ¡Jack! ¡Dijeron que este año nos íbamos a divertir de lo lindo, que nos lo íbamos a pasar genial!

Billy se levantó y cogió a Francis por los hombros, intentando que se calmara. No funcionó.

—Jack, aquellos ancianos venían a Nueva York para asistir a una misa… ¡Planeaban acabar lo que empezaron en Innsmouth antes de que el gobierno interrumpiera sus planes!

Me aterró advertir que sus palabras no me sorprendían. Quizá, aquello tenía algo que ver con mi gelatinoso amigo de la pasada noche, con su hedor o con los putrefactos colgajos (pues aquello no era un cadáver) que había dejado atrás… O con el sofocante calor, que me hacía pensar que era más fácil aceptar todo eso. O puede que fuera la mirada de los ojos de Lisa y su matiz verdoso los que me impedían pensar que Francis estuviera equivocado.

Y tenía la certeza de que sus palabras eran ciertas. Aunque continué interrogándole, no dijo mucho más. En teoría, la misa iba a celebrarse durante el solsticio de verano, la noche del 23 de junio… ¡Pasado mañana!

Francis sabía cuándo tendría lugar la ceremonia, pero ignoraba dónde iba a celebrarse. Para averiguarlo, tendría que efectuar ciertas indagaciones, así que cogí el teléfono de Billy y llamé a Hubert, un hombre que vende información a la policía, a las bandas y a cualquiera que la necesite. Siempre va con pies de plomo e intenta no hacer enfadar demasiado a ninguno de sus clientes, porque entre su aspecto, su tartamudez y la cojera que arrastra desde la guerra, no le queda mucho con lo que pelear contra aquellos a quienes haya podido ofender. A la tercera señal, Hubert cogió el teléfono.

—Hola. ¿Qui-quién es?

—Soy yo, Hu.

—¡Eh, Hagee! ¿Qué tal, D-D-Dick Tracy?

Le hice un rápido resumen de los hechos, ocultándole todo aquello que sonara a película de terror barata. Yendo directamente al grano, le pedí que intentara descubrir si era posible celebrar a escondidas una ceremonia de solsticio de verano del tipo que había descrito Francis.

—¿E-eso es todo lo que quieres? —respondió riendo.

—Eso bastará de momento.

—De acuerdo. T-te llamaré al despacho en unas horas. Id a c-c-cenar, pero no os hartéis. —Rió de nuevo—. ¿Lo has pillado?

—Sí, Hu. —Colgué el teléfono en medio de su segunda carcajada. De no haber colgado, habría continuado haciendo chistes similares durante un buen rato y, en aquellos momentos, no estaba de humor para aguantar el «ingenio» de Hubert. Francis estuvo de acuerdo conmigo en que no había ninguna razón para continuar con aquella reunión, así que nos levantamos, encantados de poder abandonar la oficina. Mientras nos despedíamos, Billy me dijo que haría todo lo que estuviese en su mano para ayudar, y sabía que lo decía de verdad.

Lisa y yo nos fuimos juntos. Aún faltaban varias horas para que se acabara el día, así que podía intentar averiguar qué respuestas casaban con qué preguntas.

El resto del día y la noche pasaron sin percances. Hubert no había averiguado nada, pero había prometido llamar en cuanto acabara de seguir una última pista. No discutí con él, puesto que tampoco yo lo estaba haciendo mucho mejor. Le dije que Lisa y yo pensábamos regresar a la clínica el día siguiente porque considerábamos que era un buen lugar donde escondernos. Se despidió de mí garantizándome que, en cuanto averiguase algo, se pondría en contacto conmigo.

Pasamos la mayor parte de la mañana hojeando revistas y moviéndonos de un lugar a otro para no molestar a Billy. El calor estival no se contentaba con permanecer en el exterior y había conseguido abrirse camino por el aire acondicionado, obligando a todo el mundo a quitarse la corbata y soltarse los botones superiores, haciendo que unos se sintieran más animados y otros, más pesados. Algunos pacientes y parte del personal habían reaccionado a las densas capas de aire abrasador que nos envolvían paseando y rondando por las habitaciones, mientras que otros, sucumbiendo al calor, se habían fundido sobre sus sillas. A medida que avanzaba el día, tanto la temperatura como la humedad fueron en aumento, consiguiendo que el simple hecho de pensar resultara doloroso y que la comodidad no fuera más que un recuerdo archivado en el mismo cajón que el litro de gasolina cuando valía siete centavos.

Miré al otro lado de la habitación y vi que Lisa se había quedado dormida en la silla. El sudor se deslizaba por la pared en la que había apoyado la cabeza. Mientras la observaba, me pregunté qué era lo que estaba sucediendo. Cuanto más tardaba Hubert en llamar, más estúpidas me parecían aquellas historias sobre monstruos, personas pez y masas negras. Quizá, entre todos habíamos conseguido asustarnos. Puede que la Marina hubiese tenido una buena razón para lanzar torpedos contra los civiles, y quizá el FBI se había visto obligado a disparar a la población y enviarla, de forma inmediata, a los centros de «detención». Quizá, Lisa estaba loca y Francis se había montado en un autobús repleto de chiflados y, a lo mejor, lo más normal del mundo era que la gente estallara y se disolviera si caía desde una altura de cuatro plantas. Puede que sí. Seguro. Y a lo mejor, mañana el sol decidía salir por el oeste… Aunque yo no lo creía.

La llamada de Hubert no logró calmar mis ánimos. Había conseguido ponerse en contacto con su fuente, pero no había obtenido ninguna respuesta. Me dijo que necesitaba más tiempo y me aseguró que me llamaría en cuanto descubriera algo. A continuación, soltó alguna tontería relacionada con las personas que cumplen con sus obligaciones de Pascua y colgó. Estaba cansado de no poder hacer nada. Me sequé el sudor de la frente y crucé la sala para despertar a Lisa. Billy ya había llegado y ardía en deseos de saber qué me había contado Hubert. Les expliqué que aún no sabía nada, pero que quería intentar descubrir algo.

—Si lo que contó Francis sobre mañana es cierto, resulta sencillo imaginar que tenemos a su invitada de honor. Como Lisa nunca ha tenido la oportunidad de responder, supongo que todos imagináis que la oposición pretende recurrir a la fuerza. —Nadie respondió—. Y yo estoy convencido de ello.

—¿Qué debemos hacer, Jack?

—Billy, quiero que tú y Francis paséis la noche en mi oficina. Yo iré a casa de Lisa a esperar a nuestros amigos. Supongo que, desde que su compañero se quedó en el contenedor, no habrán podido observarnos muy de cerca. Puede que vengan a buscarme si ven luces en el piso.

—¿Sirve de algo correr ese riesgo, Jack? ¿Por qué no nos limitamos a escondernos?

Lisa había hecho una buena pregunta. La misma que me había hecho a mí mismo docenas de veces. Esperando que la respuesta sonara mejor en voz alta, respondí:

—No tengo ni idea de quién o qué está detrás de esto… Pero ya sea algún grupo de acólitos de Satán o una simple pandilla de imbéciles que desea ser la responsable de algún titular sangriento, parecen decididos. No se rendirán por mucho que impidamos que sus planes se cumplan en la fecha prevista. Tenemos que detenerlos. Si logramos atrapar a unos cuantos, hacer que sus planes se tambaleen, puede que consigamos sacarlos de la circulación. Al fin y al cabo, aunque logremos que dejen en paz a Lisa, puede que opten por buscar a otra «Reina de la Primavera» o que decidan aplazar sus planes hasta el año que viene, la semana que viene o cualquier otro día que se les antoje. —Me giré levemente para mirar a Lisa a los ojos—. Querías que encontrara a esa gente y que la detuviera. ¿Aún sigues queriéndolo?

Lisa asintió, moviendo la cabeza con seguridad.

—¿Qué tenemos que hacer, Jack? —interrumpió Billy.

—Esta noche, tú y Francis os llevaréis a Lisa a mi oficina y os quedaréis allí con ella. Cuidadla bien. —Le lancé una llave—. Ya sabes qué es lo que abre esta llave. En cuanto llegues a mi despacho, ábrelo, coge las armas y tenedlas a mano.

—¿Qué piensas hacer tú?

—Voy a ir a la Calle 18, a la tienda de licores de Buddy. Después iré a casa de Lisa a esperar a nuestros amigos.

Billy y Francis me llamaron en cuanto Lisa estuvo instalada. Después de abrir el último cajón de mi escritorio y haber cogido un arma cada uno, también ellos se acomodaron. En mi despacho guardo cierta cantidad de pistolas no registradas que se han ido cruzando en mi camino con el paso de los años. En ocasiones, esas cosas resultan muy prácticas… Como hoy, por ejemplo.

Había llegado al piso de Lisa hacía aproximadamente una hora, y estaba esperando a que sucediera algo. Me había sentado en la penumbra, mirando hacia la puerta, con la pistola y la botella de Gilbey a mano. Lisa me había dicho que, aunque se había sentido observada a diferentes horas y en diversos lugares, en la mayoría de los casos había sido en su hogar. Por eso pensaba que si planeaban secuestrarla, visitarían su casa aquella noche. Y no me equivocaba.

Algunas horas después de la llamada de Billy oí los primeros arañazos en la puerta. Observé la puerta prestando atención al sonido que llegaba del otro lado. Era un sonido suave, como si estuviesen arrancando las diferentes capas de madera. Continué sentado en absoluto silencio, observando el movimiento del pomo y escuchando los continuos y crecientes arañazos. Parecía que lo que había al otro lado estaba arrastrándose por debajo. Noté que el sudor se deslizaba por mi rostro. Después de darle un último trago al Gilbey, dejé la botella junto a la silla y esperé.

Mi espera finalizó segundos después. La puerta se había abierto, dejando que la luz grisácea del pasillo se filtrara en la sala. A continuación, aquellos sonidos aislados se convirtieron en una voz, del mismo modo que la electricidad estática de las ondas de radio se solidifica en forma de mensaje cuando sintonizas una emisora. Era una voz seca, que me hizo pensar que el ser que hablaba llevaba varios años sin beber nada.

—Ha llegado la hora —me dijo—. Ven con nosotros.

Permanecí sentado en la silla. Los arañazos empezaron de nuevo, aunque ahora en las ventanas. Podía oír a mis espaldas los mismos arañazos metódicos que rasgaban las capas de cristal que me separaban de los intrusos. Entonces, el ruido se detuvo y supe que estaban detrás, que habían conseguido entrar en la habitación. Me levanté y me giré rápidamente, justo cuando la primera oleada, armada con cuchillos y porras, invadía la sala. Di un paso hacia atrás al mismo tiempo que levantaba el arma y disparaba a la horda. Cuatro de las criaturas reventaron como si hubieran sido alcanzadas por un bazooka. Intentando deshacerme de las que se estaban colando por la puerta principal, cogí a una de ellas y empecé a dar vueltas sobre mí mismo, con la intención de tomar impulso y lanzarla sobre las demás. Entonces advertí que un tercer grupo, que había entrado por la habitación de Lisa, se estaba acercando por mi espalda. Pegué un puñetazo a la primera y mi puño atravesó su cabeza. Su mandíbula reventó en pedazos y unos dientes verdosos volaron junto a mi cara.

Mientras sus cuchillos me buscaban en la oscuridad, cogí a una del pelo y estiré. Al tirar, sentí que su carne cedía. Entonces, presioné con fuerza y volví a tirar, partiendo a la criatura en dos. Intentando ignorar el hedor que se desprendía de su torso destrozado, lo cogí con ambas manos y lo utilicé como maza para abrirme paso a golpes por la habitación.

Cuando logré salir, cerré la puerta de un portazo, puse una silla contra el pomo y corrí hacia las escaleras de incendios. Mientras salía por la ventana y descendía hacia la calle, podía oír a mis espaldas ruidos sordos y arañazos. Bajé los estrechos peldaños de metal de dos en dos e incluso de tres en tres, sintiendo que los fragmentos oxidados del pasamanos saltaban bajo mis dedos. En cuanto llegué al callejón recargué el arma, observando con atención todo lo que me rodeaba, por si se acercaba alguno de mis amigos. Al levantar la mirada descubrí que habían conseguido llegar a la escalera de incendios. Algunos habían salido por las ventanas y se estaban escurriendo por el lateral del edificio para alcanzarme. Entonces, salí corriendo a toda prisa, para que no tuvieran ninguna oportunidad de conseguir su propósito.

Doblé la esquina a toda velocidad y corrí sin parar, serpenteando y cambiando de dirección, con la esperanza de poder dejar atrás a las criaturas que me perseguían. Me detuve en la primera cabina telefónica que encontré, cerré la puerta a mis espaldas y rebusqué en mis bolsillos para coger unas monedas. Dejé caer una por la ranura, mientras el hedor de la batalla empezaba a nublarme la mente. El olor de la carne podrida y los hilillos de sangre blanca coagulada se adherían a mi ropa, haciéndome sentir náuseas. Me costó un gran esfuerzo marcar el número de mi oficina, debido al temblor de mis manos. Mientras escuchaba el zumbido del aparato, esperando a que alguien contestara, me incliné hacia atrás para poder ver, a través de los paneles de vidrio, si aparecían mis nuevos amigos.

Colgué después de que sonara doce veces, preguntándome por qué nadie lo había cogido y deseando con todas mis fuerzas haberme equivocado al marcar el número. Intenté tranquilizarme y, cuando conseguí que los pálidos dedos del terror abandonaran mi mente, inserté de nuevo la moneda y marqué, con sumo cuidado, el número de mi despacho. Aguardé mientras los zumbidos se iban acumulando y, al mirar a mi alrededor desde el interior de la cabina, me di cuenta de lo mucho que se parecía a un ataúd. Por fin, colgué el teléfono y salí de la cabina. Desde fuera no parecía tan pequeña.

Estaba seguro de que había ocurrido algo; de que el hecho de que no contestaran a la llamada no se debía a que los tres habían decidido ir a buscar una pizza. Bajé de la acera y me adentré unos pasos en la calzada, intentando detener a todos los taxis que pasaban. Tras esperar unos minutos eternos, conseguí que un taxista me llevara a la Calle 14. Cuando estábamos llegando, pude oír las sirenas.

Le pedí al taxista que se detuviera cerca de mi edificio. En cuanto bajé del vehículo, crucé la calle para hablar con Freddie, la dueña del kiosco de prensa que hay enfrente de mi oficina. Como se pasa el día entero delante de mi portal, está al tanto de todas las cosas interesantes que suceden, e imaginé que habría considerado «interesante» la presencia de tantos coches patrulla y ambulancias delante del edificio. Y no me equivocaba.

—¿Qué está pasando en tu oficina, Jack? —preguntó—. Será mejor que tengas una buena explicación, porque estoy segura de que van a interrogarte. Es como si se hubiera librado una guerra allí dentro. Caían cuerpos por las ventanas, se oían disparos, gritos…

Sonrió. Freddie siempre sonríe ante los detalles. No había demasiadas cosas que lograran impresionarla… Leer demasiados titulares de la prensa de Nueva York puede aislarte de todo lo demás.

—Allí hay un montón de policías mareados. Durante un rato, el olor ha llegado hasta aquí, pero ahora se ha desvanecido. Con el calor y todo eso ha sido repugnante, te lo juro. Aunque tú tampoco hueles demasiado bien. —Me olisqueó—. ¡Eccs! ¿A qué diablos hueles?

—El lavabo se ha estropeado y he tenido que lavarme en el retrete.

—Seguro —respondió riendo, haciendo que temblaran sus cuarenta kilos de más—. Y yo soy la madre de Superman.

Me senté sobre una pila de Daily News, intentando contener la cólera y las lágrimas.

—¿Necesitas algo, Jack? —me preguntó Freddie. Su mano sujetaba la botella que la había acompañado al trabajo aquella noche. Le di un trago, deseando que disipara un poco mis miedos.

—Gracias —dije, devolviéndole la botella—. ¿Dónde tienes el teléfono?

—En el mismo sitio que siempre. No llames a Francia.

Volví a coger la moneda. Mientras marcaba el número, le pregunté a Freddie cuántos cadáveres se habían llevado. Ella cruzó la calle para enterarse y me dejó al cuidado de la tienda. Hubert respondió a la llamada con más rapidez de la habitual.

—¡Eh-Eh! ¿C-con quién hablo?

—¿Has encontrado ya la iglesia?

—¡Jesús, Jack! ¿En q-q-qué asunto te has m-metido?

—¡Cierra la boca, Hu! —exploté—. ¡Solo tengo tiempo para respuestas! ¿Puedes entenderlo?

—P-por supuesto. L-lo entiendo.

Entonces me dio la dirección. Por su tono supe que, además de la iglesia, había descubierto ciertas cosas sobre sus parroquianos.

—¿Qué sucede, Hu? —le pregunté, mientras apuntaba la dirección.

—No, no lo sé. Aquellos tipos de Massachusetts… E-en ese lugar hay algo extraño. Hay un montón de historias r-raras. Se han encontrado c-c-cadáveres… Mal asunto…

Me contó lo que había averiguado. Ninguno de los detalles fue demasiado agradable, aunque eso ya lo suponía. Al ver que Freddie se acercaba al quiosco, le dije que tenía que colgar. La mujer me contó que, aparte de fragmentos variados de aquellas criaturas que estallaban, la policía solo había encontrado a Billy y a Francis. Aunque no me describió cómo los habían encontrado, la mirada de sus ojos me dijo todo lo que necesitaba saber.

Se habían llevado a Lisa. Durante todo ese tiempo había sabido que lo harían.

Fui a toda velocidad al lugar que me había indicado Hubert. Freddie me había prestado su coche, puesto que ambos sabíamos que el mío debía de estar rodeado por un grupo de tipos vestidos de azul, que estaban esperando a que llegara para que les explicase qué era exactamente lo que habían encontrado en mi piso. Pero ahora no tenía tiempo.

Observé el lugar mientras me aproximaba a él. Del mismo modo que Coney Island fue un lugar agradable en algún momento de su vida, aquel edificio había sido una iglesia decente, aunque ahora no era más que una estremecedora masa de madera astillada y olvidada, un montón de palos que nadie se había molestado en derribar… Probablemente, porque nadie deseaba acercarse demasiado.

Resultaba extraño encontrar una estructura de madera en la ciudad de Nueva York, puesto que incluso en el Bronx todo se construye con piedra y metal. Sin embargo, la primera Iglesia Congregacionalista de los Antiguos Santos había logrado resistir a los estragos del progreso. Como los dos edificios de apartamentos que flanqueaban la iglesia no estaban en tan mal estado, daba la impresión de que el deterioro se había originado en ella y se había ido extendiendo. Las impresiones no siempre son engañosas.

Suponiendo que las sutilezas no impresionarían demasiado a los muchachos de Innsmouth, me dirigí a la puerta principal y entré. No me sorprendió que no estuvieran cerradas, ni tampoco su decoración. El interior estaba tranquilo, como una playa en invierno… Como un cementerio durante todo el año.

La mayor parte de la nave principal estaba en la penumbra. La única iluminación del lugar procedía de las velas y las lámparas de aceite, que ardían con fuerza emitiendo un humo amarillento que olía a arena húmeda y vieja. Mientras avanzaba por la nave central, dejando atrás las hileras de asientos, observé que todos ellos eran diferentes: los había de madera, de acero y de cuero. Pude ver asientos reclinables, bancos de parque, carretillas de ruedas, muebles de jardín, sillas de cocina, cojines, taburetes de tres patas y cualquier otro objeto que pudiera soportar el peso de una persona.

Mientras caminaba, oía el sonido de mis pasos, que resquebrajaban la viscosa costra que cubría la mayor parte del suelo o extendían la que aún no se había endurecido. Mantuve la vista al frente, observando el altar con atención y evitando mantener contacto visual con los seres que se alzaban en lo alto de la polvorienta oscuridad que me envolvía.

Cuando había recorrido la mitad del camino que me separaba de la parte principal de la iglesia, uno de los «muchachos del altar» advirtió mi presencia y le dio unos golpecitos al «sacerdote» en el hombro. Cuando la figura encapuchada se giró, los nudos de mi estómago se tensaran tanto que el dolor me obligó a cerrar los ojos. ¡Era Lisa!

—Suponíamos que vendrías.

Aunque su boca se abrió y se cerró, de ella no salió voz alguna. La forma de moverse de aquella figura era poco humana. Lo único que había de Lisa en ella eran sus ojos verdes, grandes y asustados, que suplicaban ayuda. El miedo que salía a gritos de ellos se arrastró por mi garganta y rozó mis huesos, haciendo que el calor del verano desapareciera para dar paso a aquel tipo de frío de los congeladores que quema los filetes de carne que no están envueltos. Una vez me quedé atrapado en un congelador… Y ahora, desearía haber muerto entonces.

—Ya no puedes luchar contra nosotros. Todo va bien.

—¿Qué es lo que va bien? ¡Nada va bien!

—Has descubierto demasiadas cosas, pero sabes muy pocas. Antiguamente, mis Hermanos, mis Hermanas y yo gobernábamos el mundo. Todos los mundos de los que has oído hablar y todas las estrellas que has visto en tu vida eran nuestro reino. Pero entonces llegaron otros, los Caóticos, los que causan Dolor. Eran exigentes, apasionados. Jóvenes. Adoptaron nuestras formas de orden y las destruyeron, del mismo modo que un niño rompe una barrera que no comprende. Nosotros éramos lentos. No comprendíamos el caos. Nos encerraron antes de que pudiéramos evitar que se apropiaran de vosotros. Ahora… Nuestra noche ha llegado. Regresaremos y todos vosotros estaréis a salvo.

Tambaleándome, intenté alejarme de la figura de Lisa, que seguía avanzando por la nave. Aquella voz continuó hablando.

—Esta noche volveré a nacer. Crea aquí. Naceré de nuevo. Pronto, todos nosotros regresaremos para deshacernos de los que causan Dolor. Todos ellos serán encerrados. Y vosotros estaréis a salvo de nuevo.

Cuando Lisa extendió las manos, invitándome a acercarme a ella, su capa se deslizó hasta el suelo. Su cuerpo parecía estar distorsionado, como la pantalla de una lámpara que ha recibido varios golpes. Su piel se estremecía y se agitaba mientras algo oscuro se revolvía debajo de ella. Mis pensamientos retrocedieron hasta la última vez que la había visto y siguieron retrocediendo hasta la noche que pasamos en mi casa… Hasta el momento en el que me metí en la ducha para deshacerme de la sustancia viscosa de la criatura que había encontrado en el contenedor, antes de acostarme con ella. De alguna forma, todas aquellas imágenes se fueron imponiendo, unas sobre otras, mientras el ser que tenía delante continuaba sonriéndome con tranquilidad.

—Por supuesto —dijo—. ¿Acaso no somos fruto del deseo?

Sabía qué había ocurrido: Lisa se había ido y ahora solo quedaba la forma que viajaba con ella. Miré el rostro que antaño pertenecía a Lisa para despedirme. Como seguía sonriéndome, le devolví la sonrisa al mismo tiempo que sacaba el revólver, apuntaba y vaciaba el cargador sobre ella, viendo que su cuerpo retrocedía a cada disparo.

Los parroquianos se abalanzaron sobre mí, berreando en una lengua dolorosa de escuchar. Decidí utilizar el revólver como maza, oscilándolo contra todo aquel que se movía y empujándolos contra sí mismos, mientras intentaba llegar a la puerta principal. Me abalancé sobre la hilera más pequeña de aquellas criaturas y logré abrirme paso hasta un rincón lateral de la iglesia. La congregación intentaba darme caza, profiriendo terribles aullidos. Entonces, cogí una de las lámparas y la tiré contra el suelo; el aceite de su interior se derramó, prendiendo fuego a la aceitosa sustancia que cubría el suelo.

Aprovechando que aquellos que estaban envueltos en llamas corrían hacia los que no lo estaban, fui de columna en columna, derribando todas las lámparas que podía. Antes de que alguno de ellos lograra detenerme, estaban rodeados por el fuego, que lamía los pilares y los muros de la iglesia y devoraba la madera seca con un frenesí tan antinatural como la calma que estaba perturbando. Corrí hacia la pared más cercana y me abalancé sobre ella, atravesando el fuego y el cristal tintado de la ventana que había detrás. Caí envuelto en llamas en el callejón y resbalé sobre el limo que se había ido formando, durante décadas, entre la iglesia y el bloque de apartamentos contiguo. Dando vueltas sobre mí mismo en la oscuridad, logré apagar las llamas que se adherían a mi cuerpo y salí tambaleándome del callejón, intentando no oír aquellos gritos que salían del infierno que tenía a mis espaldas.

Conseguí arrastrarme hasta el otro lado de la calle, donde me apoyé en el coche de Freddie. Entonces, me quité la chaqueta chamuscada y la dejé caer sobre la cuneta. Como la mayor parte de los habitantes del Bronx están acostumbrados al fuego y saben que no deben meter las narices en los asuntos ajenos, no se habían acercado demasiadas personas a presenciar el incendio. Las pocas que lo hicieron retrocedieron con rapidez cuando las puertas de la iglesia empezaron a abrirse.

Envuelto en llamas, el cuerpo de Lisa avanzó en mi dirección, dejando un pequeño rastro de sangre burbujeante a su paso. Observé cómo se acercaba, sin saber qué más podía hacer. No tenía energías para seguir corriendo, ni había ningún lugar en el que pudiera esconderme. Podía sentir la pistola en mi mano, pero no me molesté en recargarla… Pues sabía que seis balas no servirían de nada.

La criatura se detuvo a varios pasos de mí y mantuvo la mirada en el suelo. Yo no me aparté del coche, porque era incapaz de moverme. La voz volvió a hablar.

—No hay orden. Ya no hay ningún orden. El caos nos ha vuelto a engullir. Nos vamos… nos vamos. Sentimos compasión por vosotros… Vosotros que adoráis la hipocresía… os habéis olvidado de nosotros. Sois herramientas del Caos y no sois conscientes de vuestras acciones.

Los ojos de la criatura se pusieron en blanco. A continuación, me miró y, levantando sus brazos ardientes, anunció:

—Al menos, habremos salvado a este.

Y de repente, Lisa regresó del lugar en el que había estado escondida mientras aquella criatura la poseyó. Cogí mi chaqueta para intentar apagar el fuego que la estaba devorando, pero finalmente me detuve. No serviría de nada. Aunque aquel cuerpo volvía a pertenecer a Lisa, su mente, su espíritu, su alma (cualquier palabra que prefiráis utilizar para designar aquello que nos convierte en personas) se habían ido. La forma en llamas que tenía entre mis brazos ya no era más humana que un marsupial destripado.

De todas formas, decidí apagar las llamas. Ella continuó profiriendo los mismos aullidos gorjeantes que emitían las criaturas que habían quedado atrapadas en el interior de la iglesia. Rebuscando en los bolsillos de mi chaqueta, encontré un último cargador. Mientras colocaba las balas en el revólver, busqué en el rostro quemado de Lisa cualquier signo que pudiera detenerme, pero el color verde del único ojo que le quedaba no me indicó nada diferente a sus labios espumajeantes y manchados de sangre.

Maldiciendo a todos los dioses que conocía, acerqué la pistola a su sien y apreté el gatillo. Entonces, sus gritos se detuvieron en todas partes, excepto en mi cabeza.

De alguna forma, conseguí regresar junto a Freddie y devolverle el coche, que estaba en mejores condiciones que yo mismo. Aquella noche bebí mucho… Y también la siguiente. Cuando tuve que explicar la historia a la policía, dije que no sabía nada y culpé a los agentes de ser incapaces de mantener a las personas y sus hogares sanos y salvos. La verdad es que no podían acusarme del alboroto de mi oficina, sobre todo porque no tenían ni idea de lo que había ocurrido. A decir verdad, ni yo mismo lo sabía.

Se me ocurrieron montones de ideas, pero ninguna de las respuestas a las que conducían tenía ningún sentido… Y de todas formas, tampoco mis preguntas lo tenían.

Entonces, descubrí que beber en exceso era un método maravilloso para poder dormir sin tener que soñar. Supongo que algún día no será necesario que beba hasta desfallecer para poder dormir sin soñar… Pero, en estos momentos, no tengo la sangre fría necesaria para comprobarlo.

Y no sé si algún día la tendré.

  1. Cast a Deadly Spell. Titulada en castellano como El sello de Satán ↩︎

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