Puede que la secuela más importante de El horror de Dunwich sea El que Acecha en el Umbral, obra escrita por August Derleth y ambientada en Billington’s Wood, un poco más allá de Dunwich. Inspirada en algunas notas manuscritas que dejó Lovecraft, esta novela está formada por tres episodios relacionados: Billington’s Wood, El manuscrito de Stephen Bates y La historia de Winfield Phillips. A primera vista, parece que tengamos una novela por entregas compuesta por historias aisladas, como las que forman El Rastro de Cthulhu; todas ellas, que fueron publicadas por primera vez en diversas ediciones de Weird Tales, funcionan bien por sí solas. De hecho, El que Acecha en el Umbral fue escrita y publicada como una obra individual. Este hecho provoca que la discontinuidad del libro resulte mucho más pronunciada, puesto que la tercera parte, «La historia de Winfield Phillips», no encaja en absoluto con las otras dos: los hilos argumentativos se separan; los personajes de la intriga desaparecen con brusquedad, sin que les dé tiempo a decir la última palabra; Yog-Sothoth sustituye a Ossadogowah; y, por último, se descarta la premisa de las dos primeras historias. Podría decirse que esta tercera parte, una historia policíaca psíquica, encajaría mucho mejor como un capítulo de El Rastro de Cthulhu. Aparte de este brusco salto de género, puede observarse que Derleth abandona, inexplicablemente, cualquier limitación sugestiva: en la historia todo es frío, explícito, brusco y árido. El superfluo doctor Laphan y su escriba watsoniano, Phillips, son llevados a empujones hasta nosotros. Además, la prolija pontificación de Lapham y la compleja «resolución» del misterio de Billington’s Wood nos obliga a preguntarnos si el autor de los dos capítulos anteriores ha sido suplantado psíquicamente, del mismo modo que Ambrose Dewart, por alguna inteligencia maligna deseosa de arruinar una buena historia.
Sin embargo, las pistas que aparecen en los dos primeros relatos reflejan que Derleth quiso que Dunwich se convirtiera en un centro de mestizaje para los humanos y la prole de uno de los Antiguos, al igual que sucede con Innsmouth en La habitación cerrada. La diferencia es que, en esta ocasión, los descendientes no son discípulos de Cthulhu ni de Dagon, sino de Tsathoggua, a quien Clark Ashton Smith ha dotado de los rasgos de los murciélagos y los sapos. Entre los retrógrados habitantes de Dunwich, el estigma del incesto refleja las marcas de Tsathoggua. Este concepto podría derivar del episodio incompleto de Goodwife Doten (un fragmento escrito por Lovecraft, que Derleth incorporó en su secuela), en el que nace un murciélago humano (un intento muy diferente de rellenar ese fragmento de Lovecraft es mi relato corto «Young Goodwife Doten», que aparece en la antología 100 Wicked Little Witch Stories, de Barnes & Noble Books). Derleth debería haber vinculado al bebé murciélago que tuvieron Doten y Ossadogowah, Hijo de Tsathoggua, con alguna de las notas de Lovecraft que también incorporó en su libro. ¿Acaso Lovecraft no insinuó que la cría de Wilbur Whatele y podía considerarse «un escándalo típico de Dunwich»? Puede que en ese pueblo abunden los Wilbur, aunque en esta ocasión hayan sido engendrados por Tsathoggua y no por Yog-Sothoth. En este relato he intentado realizar una «colaboración póstuma» con August Derleth: él intentó completar la obra que Lovecraft había dejado en fragmentos, mientras que yo he tenido la osadía de intentar mejorar lo que Derleth completó. He optado por prescindir de la inconexa «La historia de Winfield Phillips» y escribir la conclusión a la que conducía el espléndido principio de Derleth. Todos aquellos lectores que también se hayan sentido decepcionados ante la conclusión de El que Acecha en el Umbral están invitados a releer las dos primeras partes de la obra y completar su lectura con el relato que aparece a continuación (esta historia fue publicada por primera vez en Vollmond, núm. 3, otoño de 1990).
El siete de abril de 1922 recibí una visita, que no había sido anunciada por teléfono, en mi despacho del piso superior de la Biblioteca Abner Hoag, perteneciente a la Universidad de Miskatonic. El inesperado visitante era el señor Stephen Bates, un colega de la cercana ciudad de Boston especializado en temas de la historia de la Commonwealth. Sin embargo, no era de Boston de donde venía. La última vez que había visto al señor Bates fue el otoño anterior, durante la prolongada visita que realizó a su afligido primo Ambrose Dewart en la solitaria propiedad de este. Bates había regresado con su primo tras pedirle, tal y como yo le había sugerido, que pasara el invierno con él en Boston, a una distancia saludable del hogar ancestral que Dewart que acababa de heredar en Billington’s Wood. Ahora, ambos habían regresado y, aunque hacía escasos meses que había visto a Stephen Bates, me quedé sorprendido, aunque intenté disimularlo, ante la ligera alteración que había sufrido en su aspecto. Los inclinados rayos del sol de la tarde que entraban por el tragaluz de mi despacho revelaban nuevas arrugas en su vigoroso rostro de cuarenta y tantos años y, así como su cabello aún abundante solo había mostrado ligeros matices grisáceos, observé que ese proceso se encontraba en una fase muy avanzada. No tuve que preguntar ni esperar demasiado para que me explicara la razón de esos cambios, ni tampoco el motivo de su visita.
El pasado otoño, Bates había acudido a mí para pedirme consejo sobre su primo, el enigmático Dewart, pues temía que estuviera manifestando los primeros síntomas de una incipiente esquizofrenia paranoica, pues sufría cambios de personalidad desconcertantes, mostrándose hosco y evasivo en ciertos momentos para, instantes después, convertirse en una persona complaciente y amable. Además de esas alteraciones adversas, Bates había advertido que mostraba cierta obsesión por sus ancestros Richard y Alijah Billington, a quienes la leyenda local había convertido en hechiceros y granujas. Las investigaciones que había realizado Dewart sobre el árbol genealógico de su familia ancestral habían obligado a su primo a buscar mi consejo, en vez de acudir a un psiquiatra.
Durante aquella primera visita, intenté tranquilizar a Bates diciéndole que, aunque era posible que los Billington se hubieran adherido a ciertos cultos antiguos que aún sobrevivían en algunas zonas rurales remotas, la fijación de Dewart podía deberse, simplemente, a una fascinación ejercida sobre una forma antigua de pensar. De todas formas, añadí que, en aquel mórbido caso, sospechaba que Dewart podía ser víctima de alguna enfermedad psíquica crónica, de un residuo ectoplasmático de las perversiones que antaño practicaban los antiguos habitantes de Billington House. No quise aventurarme más en los caprichos de la psicología convencional.
Ahora, viendo el agitado estado de Bates, me tuve que preguntar si también él había quedado expuesto, durante demasiado tiempo, a la insana atmósfera de Billington’s Wood. Esta era una sospecha que también él compartía, y de hecho fue el primero en pronunciarla en voz alta. El hecho de que el pobre Bates pusiera en duda su propia cordura se debía a que su extraño primo hubiese contratado, de forma súbita y nocturna, a un insólito criado, a un factótum indio de Narragansett llamado, entre otras cosas, Quamis. Tal y como Dewart esperaba, Bates reconoció al instante aquel nombre como el de un mayordomo indio del viejo Alijah Billington, que había quedado registrado en el diario de su hijo Laban. Dada la escasez de indios que viven en la actualidad en Massachusetts, resultaba muy difícil creer que el nuevo compañero de Dewart llevase su mismo nombre por pura casualidad. Las implicaciones que eso tenía, y que Bates se negaba a pronunciar en voz alta, resultaban demasiado duras para una mente sana, así que Bates había decidido que para preservar o, en caso de que así fuera, recuperar su equilibrio mental, necesitaba alejarse de Ambrose Dewart, al menos por un tiempo, y cesar en su empeño de que olvidara aquellas graves y falsas ilusiones que cada vez eran más frecuentes. El hecho de que hubiera contratado a un indio que utilizaba el seudónimo de Quamis (si eso era lo que había sucedido realmente), indicaba que Dewart consideraba ser el redivivus de Alijah Billington. En cualquier caso, Stephen Bates no podía ayudar a su primo si veía amenazada su propia cordura, así que consideró que lo mejor que podía hacer era retirarse con prudencia.
En lo referente a este punto, Bates no necesitaba mis consejos: a primera hora de la mañana había hecho la maleta y, dando un débil pretexto, había anunciado su marcha a Dewart y a su nuevo e impasible compañero. Al conocer la noticia, Dewart había parecido complacido y ni siquiera se había molestado en acompañar hasta el automóvil a su antaño querido primo. En vez de ello, pidió a Quamis que enviara a otro criado nuevo… Uno cuyo trabajo, al igual que su identidad, sorprendió al pobre Bates, pues resultó ser Lem Whateley, un joven oriundo de Dunwich a quien Bates había sorprendido espiando en la propiedad hacía tan solo unos días. El joven se mostraba asustadizo y servil; parecía temer a su jefe, así que Bates imaginó que la relación patrón-empleado no era la verdadera naturaleza del vínculo que había entre ellos. Dewart ordenó al muchacho que acompañara a Bates a la estación de trenes de Arkham. Con apenas una palabra de despedida, Dewart y el indio dieron media vuelta y se alejaron en dirección a la antigua torre y al misterioso círculo de piedras.
El joven Lem cargó las escasas pertenencias de Bates en el Packard de su amo y se montó en el asiento del conductor. Como era consciente de que los habitantes de Dunwich no poseían un nivel mental demasiado elevado. Bates no sabía si debía confiar en las dotes de conducción de su chófer; de todas formas, al ser mayor el miedo que sentía por el hombre (ahora hombres) que estaba dejando atrás, decidió montarse en el coche. Sus intentos por interrogar al hermético muchacho no dieron ningún fruto. El joven Whateley parecía sentirse más asustado, incluso aterrorizado, que su pasajero, si eso realmente fuera posible. Bates solo pudo suponer que habían vuelto a sorprenderle espiando, aunque en esta ocasión debía de haber sido Dewart o su misterioso compañero indio. Quizá, la amenaza de castigos inciertos había impulsado al muchacho a ponerse al servicio de Dewart. Sin embargo, Bates recordó entonces que las personas degeneradas de Dunwich parecían mostrar una veneración casi religiosa por el heredero de los Billington, a pesar de lo mucho que le odiaban y temían; por lo tanto, era posible que su primo le hubiese pedido a Lem Whateley que formara parte de su servicio y que este no se hubiese atrevido a negarse. En cualquier caso, como sabía que no lograría sonsacarle ningún tipo de información, se recostó en el asiento para soportar mejor el viaje por aquel camino, aún no pavimentado, que su primo había mandado construir hacía algunos meses y que discurría entre Arkham y su propiedad. Las miradas ocasionales que dedicaba al chófer, que estaba sentado en el asiento contiguo, no le revelaron mucho más que sus manos, con los nudillos blancos, que sujetaban con fuerza el volante. Aunque le resultaba difícil estar seguro de ello, debido a que las manos del joven se cerraban alrededor del volante, Bates creyó ver que sus dedos estaban unidos por una membrana de casi tres centímetros de espesor. Aquella membrana era otra de las repugnantes marcas de degeneración que mostraba la población aislada y endogámica de Dunwich.
Bates se sintió feliz cuando su compañero le dejó en la estación. En cuanto el automóvil desapareció por la carretera, le pidió a un taxista que le acercara al campus de la Universidad de Miskatonic. Fue entonces cuando recibí su visita. Después de explicarme los episodios más recientes de su aventura, de una forma similar a como yo los he relatado, Bates me tendió un fajo de páginas manuscritas en las que hablaba de su implicación en los asuntos de Ambrose Dewart. Entre los papeles se incluían copias de algunos de los documentos de su primo y diversos recortes de periódico. Me dijo que tenía el extraño presentimiento de que Ambrose, o Alijah, o cualquier otro nombre que pudiera tener ahora su primo, le había dejado marchar con excesiva facilidad, teniendo en cuenta la gran cantidad de cosas que sabía. Quería que fuera yo quien guardase aquellos papeles por si le sucedía algo. Intenté tranquilizarle lo mejor que pude, diciéndole que en cuanto regresara a la seguridad de Boston y estuviera bien lejos del siniestro radio de Billington’s Wood, se sentiría mucho más relajado. Después de escuchar mis palabras de insulso optimismo, pareció sentirse un poco más animado. Como el día estaba a punto de llegar a su fin, le sugerí que aprovechara el modesto alojamiento que podía ofrecerle. Yo pensaba regresar al pequeño apartamento que tengo a unas manzanas del campus, así que le invité a utilizar el cómodo catre y los artículos sanitarios que guardo en mi despacho para aquellas ocasiones en las que mis investigaciones me tienen tan absorbido que ni siquiera me molesto en abandonar el campus durante la noche. También le dije que, si estaba demasiado nervioso y no lograba conciliar el sueño, podía intentar relajarse escribiendo una narración sobre todo lo que sabía de su primo antes de que este le hubiese pedido que fuera a visitarlo. Bates me había contado que, en aquellas ocasiones en las que su primo parecía «ser el mismo de antes», le confiaba todos aquellos asuntos con todo lujo de detalles, aunque las restricciones temporales solo le habían permitido explicarme los puntos más destacados durante la conversación que mantuvimos el pasado otoño. De cualquier forma, si tenía que retomar la labor de Bates desde el punto en que este se había visto obligado a abandonarla, tenía que estar lo mejor informado posible. A Bates le pareció una buena idea y, a juzgar por la extensión de su informe (al que he titulado «Billington’s Wood» y he añadido un apéndice a su relato en primera persona), imagino que apenas durmió aquella noche. Cuando volví a reunirme con él a la mañana siguiente parecía más calmado, aliviado o, quizá, resignado. Prometiéndole que le telefonearía si sucedía algo o si tenía una nueva teoría, le acompañé a la estación de trenes y observé cómo se alejaba hacia Boston. Nunca más volví a verlo con vida.
Aquella misma tarde empecé a leer la pila de manuscritos, comparándolos con las copias de los documentos que me había proporcionado mi amigo. A medida que los leía, empecé a tener la sensación de que el misterio era mucho mayor, mucho más enigmático y extenso de lo que pensaba el perspicaz de Bates. Lo más extraño de todo fue que empecé a pensar que, de alguna forma, el peligro no se limitaba al perturbado de Ambrose Dewart ni a cualquier amenaza a la que tuviéramos que enfrentarnos su primo o yo, como sucesor de Bates en la investigación. Quizá, relacioné aquellos acontecimientos con los reiterados casos de desapariciones misteriosas y los posteriores descubrimientos de cadáveres inexplicablemente mutilados. ¿O había algo más, a una escala mayor, incluso cósmica?
Desde un punto de vista puramente erudito, me resultaban más intrigantes las frecuentes referencias que hacían los manuscritos de Bates a ciertas fórmulas arcanas, nombres extraños y antiguos libros prohibidos. Aquellos detalles fueron los que hicieron que nuestra primera conversación se desviara hacia el tema de las regiones arcaicas y los cultos oprimidos que aún se practicaban en ellas. Aunque entonces pensé que no eran más que meros complementos de las alucinaciones de Ambrose Dewart, ahora ya no estaba tan seguro. Era posible que aquellas extrañas referencias fueran esenciales para el enigma y su solución… Y yo contaba con una ventaja considerable respecto a Stephen Bates, pues podía acceder, con plena libertad, a los volúmenes en cuestión. La investigación sobre Billington contenía copias incompletas y, en algunos casos, ilegibles, de algunos libros; en cambio, yo podía consultar libremente una de las colecciones más completas de aquella extraña literatura del Hemisferio Occidental. Además, la locura de Dewart había restringido, cada vez más, el acceso de Bates a la colección de Billington, mientras que yo estaba autorizado a utilizar a mi antojo el contenido de las vitrinas cerradas de la Universidad de Miskatonic.
Cogí una libreta en la que había anotado algunas citas bibliográficas extraídas del manuscrito de Bates y me dirigí a la planta inferior, a la sección de Libros Extraños. Tras intercambiar unas palabras con el encargado de préstamos, este me guió hasta la sala que, excepto por los libros, estaba vacía. Me detuve para contemplar con cierto orgullo una página auténtica de Shakespeare y un pergamino bíblico, poco conocido, del siglo IV, el Codex Miskatonicus, con aquellas asombrosas variantes textuales que las autoridades religiosas habían considerado conveniente ocultar al público eclesiástico. A continuación, busqué los volúmenes que necesitaría para lo que prometía ser una aburrida y molesta tarde de investigación.
Me pareció más conveniente empezar con aquellas obras que estaban presentes en el estudio de Billington, muchas de las cuales eran libros de magia medievales de dudosa reputación. De la sección colonial americana extraje dos volúmenes. El primero fue el antiguo Of Evill Sorceries done in New-England of Daemons in no Human Shape (Sobre sortilegios malignos realizados en Nueva Inglaterra sobre demonios sin forma humana), de Abijah Hoadley. Famoso en su día, este inmenso volumen impreso en una letra tan minúscula que torturaba la vista, rivalizaba con el contemporáneo Magnalia Christi Americana, de Cotton Mather, como un magnífico compendio de sabiduría supersticiosa. Menor crédito merecía el polémico tratado titulado Thaumaturgical Prodigies in the New-English Canaan (Prodigios taumatúrgicos en el Canaán de Nueva Inglaterra), escrito por un párroco bautista de Arkham, el reverendo Ward Phillips. Hasta aquel momento, y al igual que muchos modernos, solía ignorar y burlarme de las creencias y los miedos de los clérigos coloniales, considerando que eran el producto de la combinación insana de la represión puritana y el rudo aislamiento impuesto por los elementos invernales de Nueva Inglaterra. Sin embargo, ahora tenía la incómoda sensación de que pronto sabría apreciar las advertencias de los viejos sabios calvinistas.
Poco a poco, mis estudios revelaron un extraño modelo de insólitas insinuaciones. Era evidente que Richard y Alijah Billington habían invocado a alguna entidad, que en el dialecto de los indios Wampanaug era conocida como Ossadogowah o Hijo de Sadoquae. Las espantosas muertes que habían sufrido los enemigos de ambos hombres fueron interpretadas por ellos como la venganza que había querido cobrarse ese demonio. Pensé que, quizá, aquellas muertes habían sido provocadas por unos medios más mundanos, aunque habían decidido atribuírselas al legendario Hijo de Sadoquae para incrementar el supersticioso temor de la población. Quizá, los Billington consideraban que ese era el método de intimidación más adecuado para preservar su intimidad. De todas formas, si realmente había algo más, estaba dispuesto a cambiar mi perspectiva sobre todas las cosas que pueden tener cabida en el universo. En mi opinión, una de las condiciones básicas para avanzar en el aprendizaje es abrirse a dichas posibilidades. Además, sentía que mi seguridad ahora dependía de tener una visión más amplia de tales asuntos.
La similitud entre el nombre «Ossadogowah», que aparecía en las páginas de Evill Sorceries, y el de «Tsathoggua», mencionado en uno de los extractos del volumen que Bates había titulado Al Azif, ye Book of ye Arab (Al Azif, el Libro del árabe), y que sospechaba que debía de ser el mismo que el infame Necronomicon, obra que nunca había tenido tentaciones de examinar, abrió una nueva línea en mi investigación que me condujo hasta la edición del Liber Ivonis de Phillipus Faber, una confusa recopilación de leyendas y mitos supuestamente originados en una civilización del Círculo Polar Ártico, ya desaparecida, a la que quizá aludían las leyendas hiperbóreas de la Grecia clásica. A medida que pasaban las horas, descubrí más material análogo en las páginas de los Manuscritos Pnakóticos, una obra difícil de consultar: hacía tiempo que cada una de sus desmenuzadas páginas escritas en papel de pergamino habían sido preservadas en grandes láminas de cristal, para evitar que continuaran deteriorándose. Aun así, me había parecido más conveniente consultar el original, que descansaba en la Biblioteca Hoag de la Universidad de Miskatonic, en vez de una versión impresa supuestamente restaurada.
Horas después de que los visitantes y el personal de la biblioteca se hubieran retirado a sus casas para pasar la noche, llegué a la conclusión de que el «Sadoquae» que aparecía en Evil Sorceries, de Hoadley, solo podía ser la deidad hiperbórea Tsathoggua, a cuyos mitos hacía referencia el Liber Ivonis. Según la leyenda, Tsathoggua había descendido de las estrellas durante el pasado primordial de la tierra y había fijado su residencia en un reino subterráneo llamado N’kai. Las regiones polares adoraban a esa deidad y la representaban bajo la forma de un repulsivo tótem en el que se combinaban las características de los murciélagos y los sapos. Ya fuera extraterrestre o no, el culto a Tsathoggua tuvo que originarse en el extranjero, puerto que en el lejano norte no existen ranas ni murciélagos. Puede que formara parte de los mitos asiáticos, donde ambas especies son típicas del folklore y el simbolismo religioso. No tenía ninguna duda de que «Tsathoggua» y «Sadoquae» eran la misma entidad, especialmente después de haber leído las descripciones indias registradas por Hoadley, que sugerían que aquel dios era similar a un sapo.
Estas conjeturas coincidían con otras que habían derivado de mi lectura. Hace aproximadamente dos siglos, en la época de Hoadley, entre los indios Wampanaug existía la creencia generalizada de que sus orígenes tribales se remontaban al lejano norte. Afirmaban ser los descendientes, con una extraña mezcla de sangre que el texto solo insinuaba, de la extinta tribu de «Lamah», que más tarde descubrí que se trataba del antiguo reino de Lomar, descrito en los Manuscritos Pnakóticos y, quizá, idéntico a Hiperbórea. Recordé que por las venas de la anciana señora Bishop, con quien Dewart y Bates habían tenido una entrevista poco productiva, corría la sangre de aquella tribu, ya que sus ancestros descendían de los indios Wampanaug. Además, recordaba que Bates me había explicado que la anciana le había dicho a su primo que los miembros de aquella tribu eran «algo más que indios». Quizá, las viejas leyendas tribales habían logrado sobrevivir en su memoria. De todo aquel surtido de textos equívocos llegué a la inquietante conclusión de que los Wampanaug no eran del todo humanos y que los notables poderes de sus curanderos (siendo el ejemplo más reciente el del famoso Misquamacus) eran el resultado de algún blasfemo contacto sexual con Tsathoggua, la entidad batracio-murciélago. También supuse que «Ossadagowah», en su aspecto de hijo de Tsathoggua, era el tótem secreto de la tribu, cuyo simbolismo adquiría ahora un significado completamente nuevo.
Resultaba extraño que, cuanto más extravagantes y extraños eran los resultados de mi investigación, mayor era la inquietante convicción que sentía de que en aquel tema había algo más que mitología antigua y arcana. ¿Acaso la locura de los Billington también me estaba afectando? En cualquier caso, ahora comprendía la fascinación que sentía el pobre Dewart por aquellos asuntos. Al carecer de los recursos literarios de la Biblioteca Abner Hoag de la Universidad de Miskatonic, la atracción que sentían Dewart y Bates por este misterio debió de ir en aumento, al igual que su frustración al ser incapaces de profundizar más en él. Si el pobre Bates hubiese tenido un mayor conocimiento de Tsathoggua y conociera el significado simbólico de aquellas criaturas parecidas a sapos que creía haber visto por la claraboya del despacho, se habría sentido mucho más alarmado.
Sabiendo que aquella sería una de esas noches que paso en mi despacho del piso superior, me acomodé en él mientras mi saturado cerebro seguía dándole vueltas a la recóndita información y a sus inquietantes implicaciones. No podía dejar de pensar en los informes que había realizado Bates sobre la anciana señora Bishop quien, al parecer, vivía confinada en su mecedora, susurrando en la oscuridad. Era como si la anciana ocultara parte de aquel gran enigma que, en verdad, había sido revelado aunque sus interlocutores habían sido incapaces de descifrar sus crípticos cloqueos. Ni Dewart ni Bates lo habían conseguido pero, en las entrevistas que Bates había registrado podía haber alguna pista. Decidí volver a leerlas al día siguiente y, si era necesario, viajar hasta Dunwich para entrevistarla.
Permanecí despierto en mi catre durante un par de horas, escuchando el paso del tiempo que marcaba el reloj de la torre. A través de la claraboya, mis ojos buscaban el cielo estrellado. Pude ver las constelaciones mejor que nunca; por primera vez en mi vida, parecían adoptar el malévolo aspecto de un gran vacío amenazador del que algún día descenderían horrores inmensos (o ya lo habían hecho) para infestar a la humanidad. En el límite de la conciencia, me pareció oír un coro de batracios de Eurípides croando de forma exagerada. Poco después me quedé dormido.
Me levanté temprano, desayuné en el bar de la facultad y, después de llamar por teléfono a Bates (que no contestó), me dirigí a mi apartamento. Me había despertado con la convicción de que tenía que viajar hasta Dunwich para entrevistarme con la señora Bishop. Pasé la mañana entera releyendo la transcripción de sus palabras, sintiendo que en ellas tenía que haber alguna pista, algo evidente pero tan desconcertante para la razón que la mente suprimía su reconocimiento. Me enfrasqué en aquella lectura y en mis reflexiones en mi apartamento porque, a pesar de que mi despacho era un lugar mucho más apropiado y cómodo, tenía que abandonarlo temporalmente para que pudieran trabajar los carpinteros de la Universidad y un vidriero de Arkham, pues la noche anterior había estado examinando la claraboya de mi oficina y había descubierto que sería conveniente hacer ciertas reformas. En cuanto acabé de releer el manuscrito regresé al campus, pues tenía que hacer varias llamadas, pedirle a mi secretaria que cancelara las citas, comprobar algunos elementos de la colección de Libros Extraños y visitar al director de la Colección Bowen de antigüedades de la Universidad. Antes de emprender un viaje tan extraño como el que prometía ser el que realizaría a Dunwich, era necesario realizar unos preparativos bastante inusuales.
En diversos puntos de mi ajetreado día intenté ponerme en contacto con Stephen Bates, pero no recibí respuesta. Verifiqué su número y lo intenté de nuevo, sin ningún éxito. Tuve un mal presentimiento al no conseguir hablar con él, pero imaginé que habría salido a respirar aire fresco en buena compañía. Entonces me di cuenta de que cualquier llamada que le hiciera solo le ayudaría a recordar su desagradable visita a Billington, así que decidí no volver a llamarle hasta que hubiera logrado hacer algún progreso real en mis investigaciones.
No tengo una edad tan avanzada como para no poder pasar un día sumamente ajetreado (de hecho, para los años que tengo, puede que esté demasiado sano), pero sí la suficiente para desear llegar a la cama al final de ese día. En cuanto regresé a mi tranquilo apartamento de Arkham, no tuve la menor dificultad para rendirme a Morfeo. El croar de las ranas del pantano, que solo se oía en esa época del año, junto con la suave llamada de los chotacabras de las colinas cercanas, me arrullaron y me ayudaron a tener un sueño más sosegado. De todas formas, debo confesar que aquella fue una noche de sueños insólitos, que probablemente surgían de las reverberaciones psíquicas de las extrañas lecturas que había realizado durante esos días. En uno de aquellos sueños me encontraba en la penumbra y, por mucho que corriera hasta otro lugar, me resultaba imposible escapar de sus confines. Sobre mi cabeza podía oír el amortiguado batir de unas poderosas alas y sentía la agitación de unos pasos tremendos bajo el suelo que pisaba. Sin embargo, lo más vívido e inquietante fue que podía oír el lamento lejano de una voz familiar. Aunque me pareció muy extraño seguir oyendo aquella voz durante los períodos de vigilia entre una pesadilla y otra, al final llegué a la conclusión de que no me había despertado en ningún momento, sino que había seguido soñando, tal y como sucede cuando soñamos que estamos soñando. Hasta el amanecer, me resultó imposible descubrir la identidad del propietario de aquella voz, que solo se reveló mientras seguía adormilado y que fui incapaz de recordar una vez despierto.
A pesar de mis agitados sueños, me sentía preparado para emprender el largo viaje hasta el solitario condado de Dunwich. Debido al deshielo de la primavera y las lluvias de abril, las carreteras de la Massachusetts rural podían ser traidoras, pero las que se internaban en Dean’s Corners, dirigiéndose hacia Dunwich, resultaron ser doblemente complicadas, debido a su mal estado de conservación. La visibilidad era tan mala que acabé extenuado. El área de Dunwich es muy montañosa, y las cimas redondeadas de sus colinas se alzan abruptamente sobre los márgenes de la carretera. Cada vez que doblaba una curva imploraba no chocar contra otro conductor menos vigilante. Cuando por fin llegué a Dunwich, pude observar que se trataba de una aldea mucho más descuidada de lo que me habían permitido prever mis investigaciones sobre la historia de la Commonwealth. Al ver un pequeño grupo de tablones erosionados en los que podía leerse: «ALMACÉN GENERAL OSBORN», entré para preguntar la dirección de la señora Bishop; el dependiente, de aspecto sombrío, me indicó el camino que debía seguir. Aunque en aquella endogámica región abundaban los Bishop, mi informante estaba al tanto de los rumores sobre las muchas visitas que estaba recibiendo Huldah Bishop, que así era como se llamaba la mujer, y sabía a quién de todos ellos estaba buscando. Al volver a montarme en mi Essex, anoté en mi mente la misma anormalidad que había sido descrita por Stephen Bates: el dependiente tenía los ojos saltones y unas orejas muy llamativas, sin duda alguna, consecuencia de los estragos de la endogamia. Mientras recorría las mugrientas calles del centro del pueblo, advertí, sobresaltado que casi todas las personas que veía, ya fueran ancianos desocupados o mendigos haciendo cabriolas, mostraban aquellos mismos rasgos que, sin ningún tipo de benevolencia, denominé el «aspecto de Dunwich».
Encontré la casa de Huldah Bishop, o para ser sincero, su choza, con relativa facilidad. Al observar su buzón observé que, tal y como Bates había comentado, la palabra «BISHOP» había sido escrita de forma tan tosca que parecía que el pintor se había limitado a copiar unas letras que desconocía por completo… Igual que me sucedería a mí si intentara copiar una inscripción en chino mandarín. El crujido de mis pasos sobre los precarios tablones del porche anunciaron mi presencia y, desde el interior, me llegó el sonido de una voz precavida.
—¿A qué ha venido, forastero? —preguntó aquella voz extraña, monótona, hueca.
—¿Huldah Bishop? —pregunté educadamente, aunque en un tono que indicaba que no esperaba respuesta, pues consideraba conveniente presentarme—. Soy el doctor Armitage Harper de la Universidad de Miskatonic de Arkham. Soy historiador de la Massachusetts rural y mi compañero Stephen Bates, con quien se entrevistó recientemente, me ha informado de que usted es un tesoro para la tradición local. Me preguntaba si sería tan amable de complacer a un anciano erudito que busca curiosidades.
Mis palabras fueron seguidas por unos momentos de silencio. Imaginé que debía de estar consultándolo con alguien en el oscuro interior.
—Entre —dijo ella por fin—. Nunca imaginé que a sus colegas pudieran interesarle las palabras de una vieja de Dunwich.
Sus palabras debieron de resultarle divertidas, pues estalló en un frío cloqueo que Bates había descrito como el sonido que emite un murciélago. Sin embargo, no fue aquella risa, sino la precisión con la que Bates la había definido, lo que hizo que mi cuerpo se estremeciera cuando entré en aquella oscura y tenebrosa habitación y me senté en una silla, enfrente de la mujer.
Por lo que había leído sobre las dos visitas anteriores, esperaba que la sala estuviera envuelta en sombras, aunque imaginaba que la anciana corría las cortinas de las ventanas para evitar la indeseada luz del día. Me quedé asombrado al descubrir que el hecho de que no entrara más luz en aquel lugar se debía a que las ventanas de la casa habían sido tapiadas. En aquella oscuridad que todo lo envolvía, solo podía oír el sonido de la mecedora y, de vez en cuando, el ronroneo de un gato. Pronto, mis viejos ojos se acostumbraron a la penumbra y pude ver la encorvada silueta de la anciana balanceándose en su silla. Un tenue reflejo de luz revelaba que su cabello tenía un brillo grisáceo; sin embargo, no conseguí ver su rostro, ni averiguar mucho más sobre su forma.
—Señora Bishop, espero que me permita hacerle algunas preguntas que, con toda seguridad, podrán parecerle estúpidas a una persona que, como usted, posee tantos conocimientos… sobre temas antiguos. Durante los últimos días he estado leyendo algunos registros coloniales antiguos de la biblioteca, además de diversos libros de magia y leyendas. En estos se tratan ciertas cuestiones que el señor Bates me dijo que usted conocía bien. Por ejemplo, el nombre de «Ossadogowah»…
—«Tsathoggua» —graznó ella, anticipándose a mi pregunta con asombrosa presciencia—. El mismo Tsathoggua del que se habla en Eibon. Mi pueblo, los Narragansett y, antes que ellos, los Wampanaug, veneraban a Tsathoggua y a su hijo. Misquamacus lo conocía, hablaba con él frente a frente, del mismo modo que un hombre habla con sus amigos.
—¡Señora Bishop, es evidente que he dado con la persona adecuada! ¿Me equivoco al pensar que las tribus que ha mencionado creían ser, de alguna forma, descendientes de esa deidad sapo?
—¿Creían ser? En absoluto, forastero. ¡Lo sabían perfectamente! No se trata de ningún «mito», como ustedes, los de la ciudad, quieren hacernos creer.
Inmediatamente comprendí a qué se refería… O al menos, creí comprenderlo.
—¿Se refiere a la famosa historia de Doten, el Ama de Llaves, y la… criatura a la que dio vida?
—Esa leyenda, que se remonta al año 87, se ha hecho muy popular, señor; sin embargo, no guarda relación alguna. Llevan mucho tiempo mezclándose con gente de los alrededores, porque Amo desea regresar.
Por la transcripción de la entrevista que mantuvieron Bates y Dewart con la señora Bishop, sabía que «Amo» era el legendario Richard Billington, quien, según ella, se reencarnaba de forma periódica. Aunque suponía que «Amo» aparecería en nuestra conversación, imaginaba que lo haría mucho más tarde.
—Señora Bishop, ¿por qué se refiere a Richard Billington, o a su espíritu errante, como «Amo»? Tenía entendido que usted no le debe lealtad, pues es cristiana.
—Y lo soy, lo soy, pero también lo era el cotilla de Ward Phillips… aunque el buen Dios no le ayudó cuando metió las narices en donde no debía. Merece ser llamado «Amo», porque desciende de la orden de los Hijos de Tsathoggua.
Al principio, aquel plural me desconcertó. Entonces, recordé que en las anteriores entrevistas había hablado sobre «Las Cosas» y que Bates había visto, como mínimo, dos de aquellos horrores con aspecto de sapo y alas de murciélago en su claraboya… Si realmente eso fue lo que vio.
—¿Y esas eran las cosas que Alijah dejó entrar y que usted teme que Ambrose Dewart pretenda dejar entrar?
—Ya las ha dejado entrar, señor; ya las ha dejado entrar. Lo sé porque están de nuevo aquí, volando y desgarrando. Se llevaron a su amigo Bates. Lo oí anoche, aunque no pronunció ninguna palabra que usted pueda reconocer.
Me sobresalté y ella debió de darse cuenta, pues en aquel mismo instante recordé a quién pertenecía la voz que había oído la noche anterior y que había ignorado, considerando que solo se trataba de un sueño. Al haber intentado, en vano, ponerme en contacto con Bates, supongo que me temía algo similar, del mismo modo que lo había temido Bates antes de regresar a Boston. De todas formas, que yo supiera, no se había encontrado ningún cadáver, así que abrigaba la esperanza de que la anciana lo hubiese soñado y que, por pura casualidad, nuestros sueños hubiesen coincidido. Aunque estuviese utilizando esta racionalización para amortiguar el creciente pánico que empezaba a sentir, tenía la impresión de que me estaba engañando a mí mismo… Pero debía mostrarme lo más tranquilo posible. Si las cosas estaban tomando un rumbo tan siniestro como implicaban las palabras de aquella vieja bruja, ahora era más importante que nunca que averiguara todo lo que pudiese, por mi propia seguridad y la de Ambrose Dewart.
—Espero que se equivoque con respecto a Bates, señora Bishop. Era un buen hombre… Es un buen hombre que solo deseaba ayudar a su primo. —Su risa estridente se burló de mi ingenuidad.
—¿Y usted cree que a Amo le importa eso? Solo le importan sus planes, unos planes que van muy retrasados. No va a permitir que unos estúpidos se entrometan en su camino. Hizo que mi abuelo, Jonathan Bishop, yaciera en su cama tal y como lo dejó. Y ha hecho exactamente lo mismo con Bates.
—Permítame que le pregunte sobre su abuelo, señora Bishop —interrumpí, intentando desviar la conversación hada lo que esperaba que fuera un tema menos alarmante—. ¿Qué pretendía exactamente? ¿Estaba utilizando a los Antiguos para enriquecerse?
Volvió a cloquear.
—Ningún hombre utiliza a los Antiguos, aunque algunos lo crean. Al final, acaban dándose cuenta de que eran ellos los que estaban siendo utilizados. Debido a su talento, Jonathan fue un buen siervo, pero sabía demasiado y fue un imprudente. Su tarea consistía en ayudar en la mezcla.
—¿Mezcla? ¿De qué?
Se balanceó en la mecedora. Advertí que parecía estar sujetando en su regazo un abanico oriental medio abierto, aunque no lo movía para agitar el aire de aquella habitación oscura, húmeda y mal ventilada.
—Los Antiguos no pueden regresar, a no ser que tengan hijos escondidos tras rostros humanos que hayan preparado su regreso. El viejo Jonathan intentó prepararlo. Practicó ciertos ritos para que las Cosas se engendrasen en las esferas secretas. Para ello utilizó todas las muchachas de Dunwich y Duxbury que pudo. Invocaba oro con frecuencia, pero solo el necesario para que las muchachas y sus padres estuvieran dispuestos a colaborar. Cuando todo cambiase y los Hijos de Sadogowah gobernaran el mundo, tal y como les corresponde, aquellos que les hubiesen ayudado conseguirían recompensas especiales.
Recordé los perturbados rostros de ojos saltones de los pobres campesinos de Dunwich y empecé a preguntarme si, al fin y al cabo, la endogamia había sido el motivo de aquellas deformidades. Nadie conoce su semblante, aunque en ocasiones se revela en los rasgos de aquellos que Han engendrado entre la humanidad, que son terribles de contemplar. Hijos de Tsathoggua…
—¿Presenció alguna vez esas actividades? ¿Está usted segura…?
—¡No, nunca! —Una inexplicable risa disimulada, que acabó convirtiéndose en carcajadas, puntuaron sus palabras—. ¡Pero mi madre sí! ¡Las vio de cerca!
El cuero cabelludo me empezó a escocer; el corazón me latía con fuerza.
—¿Tiene una cerilla, señor Harper? Bien. Adelante, enciéndala.
Al encenderla, descubrí que Huldah Bishop no estaba sujetando ningún abanico medio abierto. El resplandor de la cerilla reveló que la mano que descansaba sobre su regazo tenía unos dedos excesivamente largos y delgados, como lápices. Todos ellos estaban unidos entre sí, desde la punta… ¡por una membrana de color negro satinado! Dejé caer la cerilla. Ya había visto suficiente.
Me levanté para marcharme y, al hacerlo, oí que la puerta que tenía a mis espaldas crujía mientras se abría de par en par. Ni siquiera entonces la luz del día logró entrar en la sala, porque el umbral estaba repleto de personas. En la penumbra pude ver aquellos rostros amplios, aquellas bocas demasiado grandes, aquellos ojos que no pestañeaban, aquellas orejas llamativas… Y puedo jurar que algunas de ellas acababan en punta. Al parecer, toda la población de Dunwich había decidido reunirse allí. Pude advertir que un par de puños que sostenían en lo alto amenazadores rastrillos o patas de silla también estaban dotados de aquella membrana.
Observé a la sombría multitud. Su relativo silencio implicaba que estaban aguardando a las órdenes de la arpía que seguía sentada a mis espaldas. No tardarían mucho en entrar.
—El Amo ha venido y es justo. Pero cuando Bates vino a curiosear, recibió su merecido. Tampoco usted tiene nada que hacer aquí, y no vamos a permitir que, más allá de las colinas de Dunwich, diga ni una sola palabra sobre nosotros y nuestros asuntos.
Las personas del umbral estaban medio paralizadas. Parecían perros de caza incapaces de atacar porque se lo impide una cadena. Intentando no dejarme llevar por el pánico, metí la mano al bolsillo de mi abrigo. A continuación, me aclaré la garganta, que tenía constreñida por el miedo, y hablé con voz ronca.
—Poseo el Símbolo —dije, mientras alzaba la piedra de color gris verdoso que había cogido prestada de la colección Bowen. Encendí otra cerilla y la sostuve junto aquel objeto en forma de estrella para que todos pudieran ver mejor el tosco dibujo de un rombo, con una columna de fuego en su interior—. Es el Símbolo de la protección. Tenéis que dejarme pasar.
Tenía pensado hacer también la señal que mencionaban los viejos depositarios de sabiduría prohibida, porque estaba bastante seguro de que una de aquellas dos cosas era el Signo del Antiguo ante el cual sus siervos tenían que rendirse. Por suerte, mi primera suposición fue la correcta: todas las cabezas se inclinaron en lo que parecía una reverencia y las miradas se deslizaron hacia el suelo. Cuando me puse en marcha, la ahora calmada multitud se apartó, dándose codazos y tropezando entre sí, en un intento de despejar con premura mi camino para mantenerse fuera del alcance de la Señal. A mis espaldas pude oír el renovado sonido de la mecedora sobre los tablones del suelo.
Di gracias al cielo cuando descubrí que a ninguno de los torpes habitantes de Dunwich se le había ocurrido destrozar mi automóvil, algo que no les habría costado demasiado trabajo. Mientras volvía a recorrer las mugrientas calles del pueblo advertí que eran muchas las casas que habían tapiado sus ventanas, y me estremecí al pensar qué debían de esconder en su interior. Crucé a toda velocidad Dean’s Corners y pronto llegué a mi querido y frondoso Arkham. En esta ocasión, ninguna carretera cubierta de barro ni encerrada entre colinas había conseguido que redujera la velocidad. Me dirigí directamente al campus de la Universidad, entré en la biblioteca y subí corriendo las escaleras para llegar a mi despacho. Dejando en el suelo la maleta y tirando el sombrero y el abrigo sobre el sofá, alcé los ojos hacia la claraboya, donde ahora descansaba un rudimentario artefacto con el Símbolo del Antiguo, que había sido fabricado con barras de vidrio de colores, soldadas a la obra original. (A los obreros les había explicado que aquel curioso diseño representaba el emblema masónico). Aunque fuera estéticamente cuestionable, había considerado prudente contar con aquel añadido… Y ahora, después de mi reciente experiencia en Dunwich, sentía que aquella decisión había sido inteligente. Fuera lo que fuera lo que se había llevado a Stephen Bates (ya no tenía ninguna duda de que las palabras de Huldah Bishop eran ciertas), no tardaría en venir a por mí. Repitiendo en silencio la frase árabe que rezaba: «Sin poder para tocar el Símbolo del Antiguo y temeroso de su gran poder», del mismo modo que otro hombre recitaría en voz baja el Salmo Veintitrés, me preparé para pasar la noche. Empujé el catre hasta situarlo justo debajo de la claraboya y acosté mi cuerpo, pequeño y fatigado, en él.
Creo que aquella noche pude dormir, aunque en algún momento soñé que me despertaba el batir de unas alas sobre mi cabeza. Cuando abrí los ojos con desgana pude ver revolotear, al otro lado de la claraboya, dos formas borrosas que me hicieron pensar en las que Stephen Bates había descrito. Su perfil era vagamente similar al de las ranas, aunque eran unas criaturas aladas que tenían una irritante masa de antenas allí donde uno esperaría que estuviese su rostro. Como aquellas bestias colosales eran parcialmente translúcidas, a través de sus masas cambiantes podía ver atisbos de un cielo nocturno desconocido y salpicado de formaciones estelares y nebulosas desconocidas. De pronto, todo volvió a ser como tendría que haber sido: las formas monstruosas se desvanecieron y el familiar Orión, junto a sus constelaciones hermanas, sonreía a la tierra como si fueran viejos amigos. Lo que más me sorprendió no fue la malsana extravagancia de lo que había visto, sino la tranquilidad que sentí al contemplarlo. Por eso supuse que no había dejado de soñar en ningún momento.
Me desperté con el sol, sintiéndome mucho más fresco. Aunque había imaginado que mis visiones nocturnas me harían estar atemorizado, la verdad es que me sentía fuerte y confiado. Aquel sueño había confirmado la cruda realidad a la que me habían conducido mis investigaciones y las del desafortunado Bates. Como ahora tenía la certeza de que no estaba peleándome con mi sombra, podía enfrentarme al reto con energías renovadas. En primer lugar, tomé notas de la entrevista mantenida con Huldah Bishop, que había concluido de forma tan brusca, y describí todos los hechos con la mayor precisión que pude. ¿Por qué me molestaba en fruslerías en una situación como esa? Supongo que era consciente de que el destino de Bates aún podía alcanzarme y sentía que tenía la obligación de proporcionar, a cualquier investigador futuro que deseara seguir las huellas de Ambrose Dewart, la mayor cantidad posible de pistas que le ayudaran a resolver aquel misterio. Volví a echar un vistazo a los manuscritos de Bates, buscando en ellos cualquier táctica defensiva que pudieran sugerir. De momento tenía un santuario en donde podía refugiarme de las entidades Externas que buscaban mi condena, pero no podía pasar el resto de mis días bajo la claraboya ni aferrado a aquella reliquia de piedra. Sentía que tenía alguna posibilidad real de salvarme, porque ya lo había hecho antes. La señora Bishop le había dicho a Bates que «solo Alijah era más astuto que Amo». ¿Cómo lo habría conseguido? No podía acceder a los conocimientos arcanos que había acumulado Alijah Billington; sin embargo, estaba seguro de que la clave se hallaba en las órdenes que había impuesto a sus herederos: no debían alterar la torre, la corriente que la rodeaba ni el coro de ranas y chotacabras que la custodiaban.
Bates había dejado anotado que, en cierta ocasión, Dewart había especulado con la idea de exterminar las ranas; de todas formas, la única misión de estos animales consistía en marcar la llegada de las Cosas del Exterior… y era obvio que ya era demasiado tarde. La piedra que coronaba la torre y tenía grabado el mismo dibujo que mi claraboya había impedido la entrada de las Cosas… Hasta que Dewart, bajo la influencia de Amo, la eliminó. Aunque era posible reemplazar aquella piedra, no debía hacerlo, puesto que impediría la salida de las Cosas del mismo modo que había impedido su entrada. Cuanto más leía, más me convencía de que la clave consistía en drenar el río que rodeaba el islote sobre el que se alzaba la torre redonda. Según decía un pasaje de Evill Sorceries de Hoadley, el curandero Misquamacus había logrado aprisionar a Ossadogowah en la torre. ¿En qué había consistido aquel encarcelamiento? ¿Acaso el indio había sido el responsable de que aquella piedra coronase la torre? A mí me parecía mucho más probable que aquello fuera obra de Alijah Billington, el propietario del terreno. Misquamacus debió de encerrar a aquel demonio en el islote lanzando algún sortilegio sobre el agua que lo rodeaba. Estaba seguro de que tenía que haber sido así, debido a un detalle al que había aludido Stephen Bates, un hombre lo bastante observador como para advertirlo, pero no lo suficientemente perspicaz como para comprender su relevancia: su primo, obsesionado por la persona de Richard Billington, cometió el error de contarle que aquel pequeño afluente del Miskatonic se había llamado, durante algún tiempo, «el Misquamacus», aunque ningún mapa moderno reflejaba este hecho. Puede que la leyenda local lo designara con aquel nombre para rendir homenaje al hechicero de los Wampanaug, cuyos conjuros le habían convertido en una persona muy importante. Llamarlo Misquamacus era como recordar que solo su recorrido alrededor de la isla separaba a la población local de su némesis sobrenatural. Unos años antes de la mal aconsejada llegada de Dewart a la propiedad, la corriente se había secado, pero en su ausencia, la piedra de la cúspide había impedido el regreso de Aquellos del Exterior.
Tras realizar algunas llamadas a la división de estudios geológicos descubrí que, en teoría, la corriente había alterado su curso a causa de la erosión del terreno que había tenido lugar unos kilómetros río arriba. También supe que, en aquel entonces, solo las lluvias primaverales excepcionalmente fuertes lograban que el curso del río discurriera por los alrededores de Billington’s Wood, aunque eran pocos los topógrafos que deseaban internarse en aquella región para comprobarlo. Al final de la tarde empecé a estar convencido de que había encontrado la respuesta: si conseguía que el Miskatonic regresara a su antiguo curso, sus aguas volverían a realizar su servicio protector.
Durante todas aquellas deliberaciones, me resultaba imposible evitar que mis ojos vagaran una y otra vez hacia la claraboya, decorada con su nuevo escudo de armas. En realidad, no esperaba ningún movimiento ostensible por parte de Billington (pues consideraba que así se llamaba aquel que llevaba el rostro y la forma de Ambrose Dewart); como mínimo, no esperaba que lo hiciera recurriendo a los métodos más espectaculares que podía utilizar, cuando la luz del día permitía que sus acciones fueran presenciadas por el público. Sin embargo, ¿acaso no podía recurrir a unos métodos más mundanos para intentarlo? Tras mi visita a la señora Bishop era consciente de que me había convertido en un objeto tan inoportuno como lo había sido el pobre Stephen Bates. Aun sabiendo lo excéntricas que sonarían mis palabras, llamé por teléfono a la oficina de seguridad del campus y solicité que enviaran una patrulla de perros guardianes a la Biblioteca Universitaria. Supongo que consideraron que mi petición era totalmente improcedente, pues me dijeron que solo enviarían a los perros al anochecer, en cuanto hubieran cerrado sus puertas.
Como aún no había acabado de poner en peligro mi credibilidad, pedí a la operadora del campus que me pusiera en contacto con el decano, un viejo compañero de colegio. Le pedí autorización para visitar al gobernador de la Commonwealth, en nombre de la facultad de historia y geología, y solicitarle que equipara a un grupo de hombres con picos, palas y maquinaria para mover el terreno y les ordenara modificar el curso de cierto afluente del Miskatonic. En realidad, autorizar esa obra no sería difícil, porque podía sacar a relucir los beneficios que supondría para la agricultura local y afirmar que, de ese modo, lograríamos preservar una topografía histórica que pronto se vería amenazada irremediablemente por la erosión, si el curso de la corriente no era modificado. Sin embargo, resultaba menos sencillo encontrar una explicación convincente sobre la rapidez con la que pretendía que se realizaran aquellas obras, aunque el trabajo en sí no era complejo y solo sería necesario enviar a un pequeño equipo. Como antiguo alumno de la Miskatonic, sospecho que el gobernador sentía cierta lealtad por la Universidad y que fue eso lo que le impulsó a acceder a los deseos del decano. También supongo que la lealtad del decano hacia mi persona, su viejo amigo senil, fue la que le obligó a interceder ante mi extraña petición. Las autoridades enviaron a un grupo de hombres encadenados, procedentes de la granja prisión del condado, para que se encargaran de las obras, que fueron supervisadas por uno de nuestros alumnos de último año de geología.
El motivo de la urgencia del trabajo, que no podía revelar a mis compañeros, no se debía a que me preocupara mi seguridad; derivaba de la espeluznante certeza que tenía tras haber consultado los libros que Bates había visto en el estudio de Billington. Estaba convencido de que Billington y su ayudante indio tenían la intención de abrir las puertas dimensionales a unos seres a quienes los escribas de la antigüedad denominaban los Antiguos o los Grandes Antiguos. De forma individual, estos seres llevaban los nombres de Tsathoggua, Yogge-Sothothe, Lloigor y otros. Aunque no me había molestado en comprobar a qué realidades correspondían estos extraños nombres, la constancia de las recientes muertes relacionadas con Billington me había convencido de que aquella mágica empresa era muy peligrosa y debía ser detenida de inmediato. ¿Qué plazo tenía para llevar a cabo mis planes? Todos los libros antiguos coincidían en que la víspera del Primero de Mayo era la fecha más indicada para celebrar actos tan blasfemos. Y apenas faltaban quince días.
Abrigaba la esperanza de que, en cuanto finalizaran las obras que devolverían al Misquamacus a su antiguo curso, la naturaleza se encargaría del resto. Había decido que los hombres trabajaran río arriba, a una distancia prudencial del islote; de este modo, Billington y sus aliados no se enterarían de lo que estaba sucediendo hasta que fuera demasiado tarde… Al menos, eso esperaba. El mismo manto impenetrable de árboles centenarios que ocultaba sus impíos actos a los ojos de los extraños impediría que Billington advirtiera los trabajos se estaban realizando en el exterior. Imaginaba su sorpresa cuando, durante los próximos días, la corriente regresara a su antiguo lecho y aislara el islote y la torre de los terrenos circundantes. Estaba seguro de que, si las aguas conservaban su antigua eficacia, Billington se quedaría sin la fuente de su poder… Y entonces, no resultaría más difícil ocuparse de él que de cualquier demente que creyera ser la reencarnación de un lejano ancestro.
Durante los días siguientes, lo único que podía hacer era esperar y conservar mis energías para cualquier enfrentamiento que pudiera surgir. Por la noche, el sonido de lo que ahora reconocía como la voz torturada de Stephen Bates perturbaba mis sueños. En algunos momentos, sus gritos parecían originarse a escasos centímetros de distancia, pero instantes después surgían, muy débiles, de algún punto situado a miles de kilómetros. Sollozando, su voz entonaba cánticos con un acento apenas compatible con el paladar humano. «¡Iä! ¡Iä! ¡Hastur! ¡Hastur cf’ ayak ‘vulgtm, gultlagin, vulgtmm!»
Una de aquellas noches desperté, agradecido, ante la súbita explosión de ladridos procedentes del piso inferior. Los pastores alemanes, gruñendo con fiereza y mostrando los dientes, habían arrinconado a un joven y desgarbado intruso que, según revelaron las investigaciones posteriores, se llamaba Lem Whateley. Al ver que su mano agarraba con fuerza un cuchillo de carnicero, pude hacerme una idea de quién debería haber sido la víctima de aquel joven corrupto. Entonces, mis ojos intentaron conocer los detalles de una segunda figura que se alzaba fuera del alcance de la luz de la farola que se filtraba por la ventana de vidrio coloreado de la biblioteca. Estaba seguro de que podía ver los pómulos prominentes y la nariz aguileña de un indio, pero cuando el vigilante nocturno apareció a toda prisa en el umbral y encendió las luces, la cegadora iluminación reveló que, aparte del joven Whateley, que fue detenido en el acto, en aquel lugar no había nadie más. O el anciano indio había huido con sorprendente rapidez o todavía no me había despojado de los últimos vestigios del sueño… O puede que existieran otras posibilidades que escaparan de cualquier explicación racional. En todo caso, nadie volvió a cuestionar la conveniencia de que una patrulla canina custodiara la biblioteca.
El 29 de abril supe que pronto tendría lugar el desenlace de los acontecimientos. La tarde anterior, el equipo de presidiarios había finalizado las obras y yo tenía la intención de viajar hasta Billington’s Wood, acompañado por un despliegue de policías de Arkham y Aylesbury, para ser testigo de cualquier acontecimiento que pudiera desarrollarse. La renuencia que sentía por abandonar el santuario de mi despacho se disipó de forma dramática una hora antes del amanecer. Tras unos inquietantes sueños que, gracias a Dios, soy incapaz de recordar, afloró en mi ser una especie de sexto sentido. Mientras me acercaba al perchero para recoger el abrigo, el silencio de la noche fue interrumpido por el estrépito que causó un pesado objeto al atravesar mi claraboya. El ímpetu con el que cayó fue tan fuerte que rompió el suelo… y eso me hizo pensar que no había caído, sino que había sido lanzado desde arriba. Tras examinarlo durante unos instantes, no me quedó ninguna duda de que el objeto que yacía, retorcido, en el suelo de mi despacho, era el cuerpo desgarrado y extrañamente deteriorado de Stephen Bates. No intenté explicarle la situación al desconcertado vigilante nocturno, cuyo trabajo había incrementado en exceso durante la última semana. Además, ¿qué podría haberle explicado? Lo único que sabía era que el pobre Bates había estado en el Exterior.
Durante la mayor parte del día, informé al capitán de la policía de lo que podría ocurrir en Billington después de la puesta de sol. Por supuesto, escogí mis palabras con suma precaución, para ocultar los verdaderos horrores que yo mismo solo era capaz de describir con vaguedad. No podía esperar que la policía enviara a un grupo de hombres a Dunwich simplemente porque un lunático se lo pidiese… Ni siquiera un lunático de la Universidad de Miskatonic. Y eso es lo que habrían pensado de mí si les hubiese contado algo más que el hecho de que una secta potencialmente peligrosa tenía planeado reunirse en aquel lugar para cometer actos delictivos.
A media tarde, diversos furgones de agentes salieron de los cuarteles de la policía de Arkham para reunirse con un grupo, de tamaño similar, procedente de Aylesbury. También advertí la presencia de un grupo perteneciente a las fuerzas del Condado de Essex. Formamos una caravana impresionante mientras recorríamos (sin sirenas, por supuesto) el tosco tramo de carretera que había sido construido el año anterior y conducía hasta la propiedad de Ambrose Dewart. Nuestro convoy se detuvo a unos cientos de metros de los terrenos de Billington, donde continuamos el trayecto a pie, con el objetivo de no ser detectados. Al ver la enorme cantidad de automóviles destartalados que había en la zona, se confirmaron mis sospechas de que un gran contingente de habitantes de Dunwich se acercaría a la propiedad para dar la bienvenida a su Amo y a Aquellos a quienes servía.
La espesa vegetación nos proporcionaba un amplio escondite y el coro de ranas y chotacabras, que Billington no se había molestado en exterminar, sofocaba el sonido de todos nuestros pies al avanzar. Durante todo el día, el cielo había estado cubierto; amenazaba con llover y podíamos oír el rugido de los truenos en la distancia. El cielo se oscureció a una hora muy temprana, debido a la proximidad de las nubes de tormenta. Lentamente, empezamos a ocultarnos entre la maleza, a una distancia que consideramos prudencial.
Desde nuestra situación aventajada pudimos ver una concentración en la que participaban unos ochenta o noventa habitantes de Dunwich de aspecto desaliñado que, en su mayor parte, estaban esperando a que sucediera algo, como nosotros. Algunos se entretenían preparando enormes hogueras. La corriente había empezado a fluir por su antiguo curso, pero era imposible saber si aquello cambiaría las cosas o si alguna de las personas congregadas se daría cuenta de ello. Los visitantes de Dunwich se encontraban al mismo lado del riachuelo que nosotros y en el islote se podían distinguir dos extrañas figuras que aguardaban ante uno de los arcos de la columnata de la torre cilíndrica.
Durante un rato no sucedió nada, excepto que las hogueras se encendieron y los seguidores de aquel culto facilitaron, sin saberlo, nuestra observación. Durante aquel intervalo, los nubarrones se fueron aproximando hasta situarse encima de nuestras cabezas. Su música atronadora se intensificó y los rayos iluminaron el cielo de la noche; sin embargo, no llovía. Billington desapareció en el interior de la torre cuando la otra figura, un hombre encorvado y vestido con el peculiar atuendo de los indios Narragansett, pronunció algunas palabras para la multitud que se había congregado enfrente de él. Entonces, todos los presentes entonaron una especie de cántico que sonaba de forma similar a: «¡Ngai, n’ gah’ ghaa, y’hah-Yog Sothoth! ¡Iä! ¡Iä! ¡Nyarlathotep! ¡Ph’ nglui mglw’ nafh Tsathoggua N’kai wgah’nagl fthagn!»
Tras unos minutos, durante los cuales aumentó el nerviosismo de los policías escondidos, al igual que el alboroto provocado por los fieles, Billington salió de la torre, envuelto en una túnica negra bordada en oro. Me pareció ver que sus atuendos mostraban los símbolos astrológicos tradicionales del hechicero, pero la distancia y la inestable calidad de la luz me impedían estar seguro de ello. Entonces, pronunció unas palabras en lo que supuse que era inglés arcaico, aunque solo pude entender la siguiente frase: «los un millón de veces favorecidos». A continuación dio media vuelta para mirar de frente la torre y empezó a hacer lo que parecían gestos aleatorios. Por extraño que parezca, en aquel momento empezaron a picarme los ojos y advertí que, cuando los cerraba, veía imágenes curiosas: podía ver que de las manos extendidas de Billington salían unas flechas con llamas o rayos; sin embargo, en cuanto los abría, solo podía ver unas manos que ondeaban de forma extraña, unas manos que dolía mirar. Sin querer, desvié la mirada, aunque continué escuchando con atención sus palabras hasta que pude reconocer aquellas sílabas que estaba pronunciando en un latín envilecido: «Tibi, Magnum Innominandum, signa stellarum nigrarum et bufaniformis Sadoquae sigillum»…
El cántico continuó, al igual que los truenos que retumbaban sobre nuestras cabezas, hasta que al final, todos tuvimos la impresión de que eran respondidos por un gran crepitar que procedía de las entrañas de la tierra, como si un gigante aletargado estuviera despertándose. Diversos policías sacaron sus pistolas e hicieron ademán de levantarse y salir de su escondrijo, pero le pedí al capitán que les ordenara mantenerse en sus posiciones un poco más. Sabía que los acontecimientos más asombrosos aún estaban por llegar… Y no tuvimos que esperar demasiado.
Instantes después, los cánticos y los murmullos de los habitantes de Dunwich se silenciaron e, involuntariamente, también nosotros contuvimos el aliento al ver que de la torre salía una extraña columna de luz, de color azul verdoso, que se dirigía hacia el cielo de la noche e iluminaba de forma espectral el banco de nubes que oscurecía los cielos. Asombrado, me pregunté cómo había logrado Billington crear un efecto tan maravilloso y cuál sería su propósito. ¿Acaso el de servir como baliza a Algo cuya venida esperaban él y su pueblo?
Mientras observábamos, petrificados e hipnotizados, nos pareció ver que un fragmento de la nube de tormenta descendía un poco más, separándose del resto. En medio de aquella nube pudimos apreciar un vago movimiento, como si sobre ella hubiera una túnica o un zarcillo ondeando con fuerza. La nube continuó descendiendo, hasta que se reunió con la cúspide de aquella estructura carente de tejado y se asentó sobre la boca del cilindro. La columna de luz hizo que el interior de aquella masa palpitante reluciera momentáneamente; a continuación, el haz de luz se detuvo y, al parecer, la amorfa masa fue absorbida por el hueco de la torre, condensándose durante su descenso.
A la escasa luz de las hogueras que se habían encendido junto a la corriente pudimos ver que la silueta de Ambrose Dewart (o Richard Billington) avanzaba de espaldas, muy despacio, hacia uno de los arcos de la torre. En el interior de la vieja estructura descansaba una masa sólida de contorno difuso, que parecía tener unas patas traseras enormes, similares a las de las ranas. La masa saltaba de forma obscena, aunque no lograba avanzar demasiado con sus movimientos. Instantes después, Billington y su ayudante indio se refugiaron, sin parar de gesticular, bajo dos de los menhires que formaban el círculo. Entonces, la gran Cosa se alejó de la torre y quedó a la vista. Cuando me atreví a mirarla, vi que no tenía cabeza ni patas delanteras, sino tentáculos con ventosas en los extremos y una masa de antenas que se retorcían sin parar. La criatura extendió unas enormes alas membranosas que resplandecieron, grasientas, bajo la luz del fuego.
La simiesca multitud de Dunwich se había postrado en una primitiva genuflexión mientras gritaba cosas ininteligibles. Al mirar a mi alrededor, pude ver los rostros petrificados y los ojos desconcertados de los asombrados policías. El repentino sonido de unos golpes sordos, procedente de diversos puntos de la maleza, me informó de que algunos de nuestros impasibles veteranos se habían desvanecido. No podía culparlos, pues la única razón que había impedido que también yo me desplomara habían sido las visiones de entidades similares que había tenido en sueños. Ahora, nadie hacía ningún movimiento. De pronto, la noche había adoptado un colorido completamente distinto.
Entonces, los brazos ondeantes de Billington parecieron indicar al horrible visitante que se alejara y volara de nuevo hacia el cielo, sin duda alguna para realizar alguna misión diabólica similar a la que había consumido al pobre Bates. Advertí con gélido terror que Billington estaba señalando hacia el lugar en el que estábamos agazapados. Escondernos había sido inútil. ¡Nos había visto!
De repente, Billington perdió la compostura y empezó a delirar, debido a que su familiar se negaba a condescender a sus súplicas. Se volvió hacia el indio y este, sin decir nada, se limitó a señalar la corriente del río. No parecía sorprendido ni tampoco deseoso de poner en peligro su vida deshaciendo el conjuro que había forjado, haría tanto tiempo, Misquamacus, el viejo hacedor de milagros. Mientras Billington volvía a dirigirse haría su poco cooperador pariente, su compañero indio se zambulló en el riachuelo y avanzó a ciegas por él, dirigiéndose al lado opuesto, donde se habían congregado los fieles. Después desapareció en las negras profundidades de los bosques de Billington.
¡Mis suposiciones eran ciertas! La corriente aún conservaba la fuerza mística de su tocayo: el círculo de agua encantada había aprisionado a la Cosa del Exterior, igual que había hecho el viejo Alijah hacía más de un siglo. Al parecer, la presuntuosa hibris de Amo le había conducido a pasar por alto aquel hecho, aunque su siervo indio lo conocía o lo sospechaba. De todas formas, lo que sucediera a partir de ahora estaba fuera de toda predicción. Los libros antiguos indicaban que, una vez invocado, el Hijo de Sadoquae no podía regresar a su reino sin, antes, ser apaciguado por un sacrificio. Si la Cosa no podía escapar de los confines del islote, ¿el miedo a quedar allí confinado le impulsaría a realizar algún sacrificio?
En un abrir y cerrar de ojos, las manos extendidas del Amo Billington interrumpieron sus signos cabalísticos al ser apresadas por uno de los flagelantes tentáculos de la criatura Medusa que tenía delante. Otra extremidad prensil lo abrazó de forma pegajosa… Luego otra, y otra más, hasta que apenas fue posible distinguir su contorno.
El efecto de aquel espectáculo, tan diferente a las fervientes expectativas que albergaban los fieles de Dunwich, les hizo entrar en pánico, del mismo modo que las gallinas aletean por el corral ante el repentino ataque de un zorro. Mientras la aterrorizada multitud retrocedía, algunos corriendo a velocidad salvaje y otros arrastrando los pies hacia sus automóviles, los agentes de policía se despojaron de su parálisis momentánea y salieron de sus escondites para detener a aquellos miserables que huían, intentando acorralarles con una serie de disparos al aire.
Esperando a que el alboroto general, acentuado por gritos brutales, humildes sollozos y algunos chillidos (cuando había sido necesario más de un disparo de aviso), se disipara un poco, avancé en dirección contraria, hacia el islote rodeado de piedras.
Todo había cambiado en un instante. La espeluznante criatura que, hacía escasos segundos, había envuelto a Billington en un capullo de zarcillos gelatinosos, no estaba en ningún lugar visible, aunque vi que la forma inerte de Billington yacía entre la torre y una de las piedras. Por un momento, imaginé que su cadáver estaría mutilado, como el de Stephen Bates. Sin embargo, estaba intacto, pues no había sido arrojado hacia el suelo desde una altura considerable… ¡Y tenía vida! Me detuve y mecí el cuerpo inconsciente de Billington o, mejor dicho, de Ambrose Dewart porque, tras haberse liberado de la maléfica influencia de la sombra de Richard Billington, volvía a ser él. La anciana señora Bishop había afirmado que aquella entidad del Exterior no consumía la carne de sus víctimas, sino su energía vital. En esta ocasión se había dado un banquete con la esencia del propio Amo, hasta que el cascarón físico quedó completamente vacío para que volviera a morar en él su verdadero ocupante, Ambrose Dewart.
Escribí estas páginas algunas semanas después de que tuvieran lugar todos esos incidentes, cuando las cosas habían vuelto, más o menos, a la normalidad. Ambrose Dewart, cuya memoria ha borrado, piadosamente, la mayor parte de los acontecimientos que tuvieron lugar desde su llegada a la vieja propiedad de los Billington, está recuperándose, en el momento presente, en el Mercy Hospital de Arkham. Ha tomado la sabia decisión de abandonar nuestras costas y regresar a su Inglaterra natal en cuanto se haya restablecido por completo. La torre de su propiedad ha sido dinamitada con su consentimiento, aunque ignora la razón y parece deseoso de seguir ignorándola. Los degenerados habitantes de Dunwich fueron detenidos en el acto y llevados al campo gubernamental de encarcelamiento del Sur, donde están siendo examinados por un desconcertado equipo de doctores y antropólogos. Pocos de sus parientes de Dunwich han presentado alguna queja; es más, en su mayoría parecen sentirse aliviados por haberse librado de su decadente parentela. La anciana Huldah Bishop permanece en el cautiverio que ella misma escogió y, al parecer, sus vecinos no tienen ninguna intención de molestarla. No se han tenido noticias del viejo indio elusivo, aunque en mi opinión, lo mejor es dejarle totalmente tranquilo.
Creo que debo esperar un poco antes de informar al señor Dewart de la trágica muerte de su primo. He decidido explicarle que tuvo un accidente practicando montañismo. Y no sé si debería informarle sobre otro tema: al parecer, los obreros que dinamitaron la torre redonda descubrieron que no era más que una estructura menor que se alzaba sobre el suelo… Que aquel torreón posee, en verdad, una estructura subterránea inmensa, cuya profundidad han sido incapaces de sondear.

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