Los protagonistas de esta secuela de El horror de Dunwich derivan del siguiente pasaje del texto de Lovecraft: «Algunos de los Whateley y los Bishop siguen enviando a sus hijos mayores a las Universidades de Harvard y Miskatonic, pero sus retoños rara vez regresan a los empinados y deteriorados tejados bajo los que nacieron tanto ellos como sus ancestros». Derleth, como siempre, buscando en las novelas de Lovecraft detalles olvidados y desconcertantes, imagina qué sucedería si regresara a casa un nuevo retoño de Dunwich, algo que descubriremos en La habitación cerrada. Considero que este pasaje de El horror de Dunwich fue el que estableció la única base lovecraftiana de La habitación cerrada y que el autor no recurrió a ninguna entrada de Commonplace Book, tal y como sucede con sus «colaboraciones póstumas». David E. Schultz, estudiante destacado del Commonplace Book, considera que la única entrada que podría haberle sugerido a Derleth el presente relato sería la siguiente: «El colmo del horror – abuelo regresa de un extraño viaje – misterio en la casa – viento y oscuridad – abuelo y madre desaparecidos – preguntas prohibidas – sopor – investigación – catástrofe – gritos arriba»… aunque, en mi opinión, no se aproxima demasiado. La historia de La habitación cerrada no finaliza aquí. En el año 1966 se realizó una adaptación cinematográfica protagonizada por Gig Young, Oliver Reed y Carol Lynley1. La película, en la que se eliminó todo lo sobrenatural, fue ambientada en Dunwich Island y logró describir a la perfección la repugnante decadencia del paraje solitario que Lovecraft y Derleth, con sus horrores de Dunwich, convirtieron en un mito. Posteriormente, Julia Withers realizó la adaptación a novela de la película, que se tituló The Shuttered Room (Dell Books, 1971).
1
Al anochecer, el agreste y solitario paraje que vigila a todo aquel que se aproxima al pueblo de Dunwich, situado en el centro septentrional de Massachusetts, parece más desolado y prohibido que durante el día. La penumbra confiere a los áridos campos y a las redondeadas colinas una peculiaridad que los separa del paisaje que puede contemplarse en la zona. Todo parece estar envuelto en una hostilidad sensible y latente: árboles centenarios; muros de piedra recubiertos de zarzas que se alzan junto al polvoriento camino; humildes pantanos con miles de luciérnagas y chotacabras que chillan sin cesar, compitiendo con el murmullo de las ranas y las estridentes canciones de los sapos; sinuosos caminos que serpentean por los límites superiores del río Miskatonic, que fluye entre las oscuras colinas en su camino hacia el mar… Todo ello parece cernirse sobre el viajero, como si intentara caer sobre él y sujetarlo con fuerza, sin dejarle ninguna posibilidad de escapar.
De camino a Dunwich, Abner Whateley volvió a sentir todo eso con la misma intensidad que cuando era un niño y corría aterrorizado, implorándole a su madre que lo alejara de Dunwich y del abuelo Luther Whateley.
¡Hacía tantos años de aquello que había perdido la cuenta! Le pareció curioso que aquel paisaje le afectara tanto, que lograra abrirse camino entre todos los recuerdos que había ido acumulando durante los años que habían transcurrido desde entonces… Los años que pasó en la Sorbona, en el Cairo, en Londres… Que lograra abrirse camino entre todos los conocimientos que había ido asimilando desde sus primeras visitas a la casa de su ceñudo y viejo abuelo Whateley, aquella casa que estaba unida a un molino que se alimentaba de la corriente del Miskatonic. Ahora, el paisaje de su infancia empezó a despejarse de la neblina del tiempo, hasta que tuvo la impresión de que había sido ayer la última vez que visitó a sus parientes.
Sin embargo, todos se habían ido: mamá, el abuelo Whateley, la tía Sarey (a quien no había visto nunca, aunque sabía que vivía en algún lugar de la vieja casa), su abominable primo Wilbur y su terrible hermano gemelo, al que pocos habían conocido antes de su espeluznante muerte en la cima de Sentinel Hill. Mientras cruzaba con el coche el cavernoso puente cubierto, pudo ver que Dunwich no había cambiado. La calle principal se extendía bajo el montículo de Round Mountain, los tejados empinados estaban tan podridos como siempre, las casas seguían abandonadas y la única tienda del pueblo seguía cobijándose bajo la iglesia del campanario derruido. Sobre el conjunto del pueblo brillaba el inconfundible aura de la decadencia.
Salió de la calle principal y siguió un accidentado camino río arriba, hasta que sus ojos pudieron ver el gran caserón y la rueda del molino que se alzaban junto a la corriente. Ahora le pertenecían. Esa había sido la última voluntad del abuelo Whateley, que había estipulado que su nieto debía establecerse en la propiedad y «dar todos los pasos necesarios para encargarse de la disolución que yo mismo fui incapaz de llevar a cabo». Abner pensó que aquella era una condición muy curiosa. De todos modos, todo lo que rodeaba al abuelo Whateley había sido siempre muy extraño, como si se hubiera contagiado para siempre de la decadencia de Dunwich.
Pero aún más extraño era que Abner Whateley hubiese dejado atrás su vida cosmopolita para cumplir con la última voluntad de su abuelo, en una propiedad que apenas merecía el tiempo y los problemas que le acarrearía deshacerse de ella. Pensó con tristeza que los parientes que vivían en Dunwich y en sus alrededores se sentirían molestos cuando supieran que había regresado a la vida rural que había mantenido a la mayor parte de su familia en las proximidades, sobre todo después de los sobrecogedores acontecimientos que habían conmocionado a la rama rural de los Whateley de Sentinel Hill.
La casa estaba como siempre. El lado que se alzaba junto al río había cedido sobre el molino, que llevaba varios años sin funcionar puesto que los campos de Dunwich habían quedado desérticos. Con la única excepción de una habitación situada sobre la rueda del molino (la habitación de la tía Sarey), todo el lateral de la estructura que bordeaba el Miskatonic ya había sido abandonado en su infancia. La última vez que Abner Whateley fue a visitar a su abuelo, este vivía solo en la casa; la tía Sarey, a quien nunca había visto, estaba encerrada en la habitación tapiada y nunca rondaba por la casa, por expresa prohibición de su padre. La tía Sarey solo consiguió liberarse de aquella dominación el día en que murió el abuelo Whateley.
El porche, que se había derrumbado sobre una esquina de la casa, rodeaba la parte de la estructura que antaño se utilizaba como morada. Del enrejado que había debajo de los aleros colgaban grandes telarañas que, durante años, solo habían sido molestadas por el viento. Cuando Abner logró encontrar la llave correcta, entre el montón que le había enviado el abogado, descubrió que, tanto en el interior como en el exterior de la casa, todo estaba cubierto por una gruesa capa de polvo. Encontró una lámpara de aceite y la encendió, pues sabía que el abuelo Whateley siempre había despreciado la electricidad. Bajo el amarillento resplandor de la luz pudo contemplar la vieja cocina, con su mobiliario del siglo XIX. Aquella visión le resultó tan familiar que se quedó sin aliento. La austeridad de la sala, con su mesa y sus sillas talladas a mano, el reloj de un siglo de antigüedad que descansaba sobre la repisa de la chimenea, la vieja escoba… Todos esos objetos eran recuerdos tangibles de las visitas que realizó durante su infancia a aquella casa formidable y a su aún más formidable propietario, el anciano padre de su madre… Y todos ellos le hicieron recordar el miedo que sentía en su niñez.
La luz de la lámpara le mostró algo más: sobre la mesa de la cocina descansaba un sobre que llevaba escrito su nombre, con una caligrafía tan temblorosa que solo podía pertenecer a un hombre muy anciano o muy débil… A su abuelo. Sin molestarse en sacar el resto de sus pertenencias del coche, Abner sopló el polvo de la silla y el suficiente de la mesa como para poder apoyar los codos; a continuación, se sentó y abrió el sobre.
Las intrincadas palabras se abalanzaron sobre sus ojos, formando frases tan severas como lo había sido su abuelo. Aquella carta era una forma brusca de darle la bienvenida, sin utilizar términos afectuosos ni saludos formales.
Nieto:
Cuando leas esto, llevaré meses enterrado. Quizá más, a no ser que ellos te encuentren antes de lo que creo. Te he dejado una suma de dinero (todo el que poseo), que ahora se encuentra en el banco de Arkham a tu nombre. No solo hago esto porque eres mi único nieto, sino porque entre todos los Whateley (somos un clan maldito, hijo mío), has conseguido salir adelante en el mundo y has adquirido los conocimientos necesarios para poder observar todo lo que te rodea sin que te acose una mente inquisidora y sin dejarte llevar por la superstición de la ignorancia o la superstición de la ciencia. Ya entenderás lo que quiero decir.
Deseo que, como mínimo, la sección del molino de esta casa sea derruida. Haz que la destruyan, pieza a pieza. Si hay algo vivo en su interior, te ordeno solemnemente que lo mates. No importa lo pequeño que sea. No importa la forma que tenga, pues si consideras que es humano, te engañará y pondrá en peligro tu vida… Y solo Dios sabe la de cuántos otros.
Préstame atención en esto.
Aunque te parezca que mis palabras suenan como las de un demente, te imploro que no olvides nunca que entre los Whateley se ha incubado algo mucho peor que la locura. Yo me he mantenido libre de eso, pero no ha sido así en todo lo que es mío. Existe una locura más radical en aquellos que no desean creer en lo que no saben y niegan que eso exista, que en aquellos de nuestra sangre que son culpables de prácticas terribles, de blasfemias contra Dios y de cosas peores.
Tu abuelo, Luther S. Whateley
¡Qué típico del Abuelo!, pensó Abner. Instigado por aquella comunicación honesta y enigmática, recordó cierta ocasión en la que su madre, después de mencionar el nombre de su hermana Sarah, se llevó la mano a la boca con consternación. Él había corrido hasta su abuelo para preguntarle: «Abuelito, ¿dónde está la tía Sarey?», pero el anciano, después de mirarle fijamente con ojos de basilisco, se había limitado a responder:
—Muchacho, aquí no se habla de Sarah.
La tía Sarey debía de haber ofendido a su anciano padre de alguna forma terrible (al menos, para un partidario de la disciplina tan severo como él), porque desde que Abner Whateley tuvo uso de la razón, su tía solo había sido el nombre de una mujer, la hermana mayor de su madre, que vivía encerrada en la gran habitación que había encima del molino y permaneció por siempre entre aquellas paredes, invisible tras las persianas aseguradas con clavos de sus ventanas. Aunque Abner y su madre tenían prohibido acercarse a la puerta de la habitación sellada, un día Abner se acercó con sigilo y, cuando pegó la oreja a la puerta, oyó una respiración y unos sollozos en su interior, que parecían salir de una persona muy grande. Fue entonces cuando decidió que la tía Sarey debía de ser tan grande como la mujer obesa del circo porque, a juzgar por las enormes bandejas de comida que le llevaba a la habitación su abuelo Luther Whateley (principalmente de carne cruda, aunque suponía que se la preparaba ella misma en su cuarto), debía de comer muchísimo. Su abuelo era el encargado de llevarle la comida porque en aquella casa no había criados ni los había habido desde la época en la que la madre de Abner se casó, después de que la tía Sarey regresara de Innsmouth, extraña y confundida, tras haber visitado a un pariente lejano.
Dobló la carta y la guardó en el sobre. Ya reflexionaría sobre su contenido en otro momento, pues ahora tenía que buscar un lugar donde dormir. Salió al patio para recoger las dos bolsas que quedaban del coche y las dejó en la cocina. A continuación, cogió la lámpara y se dirigió hacia el interior de la casa. Ignorando el anticuado salón, que siempre se había mantenido cerrado, a no ser que llegaran visitas (y nadie, excepto otros Whateley, visitaba a los Whateley de Dunwich), se dirigió hacia la habitación de su abuelo. Ahora que él, y no Luther Whateley, era el dueño de la propiedad, lo más apropiado era que fuera su nieto quien ocupara el lecho del anciano.
La gran cama de matrimonio estaba cubierta por descoloridas páginas del Arkham Advertiser, colocadas con sumo cuidado para proteger la delicada tela de la colcha, que había sido bordada con un extraño diseño que, sin duda alguna, debía de ser un legado legítimo de los Whateley. Dejó la lámpara en el suelo y retiró los papeles de periódico. Cuando dobló la colcha, vio que la cama estaba limpia y recién hecha, lista para ser utilizada, e imaginó que, después de los funerales, algún primo de su abuelo había previsto su llegada.
A continuación, volvió a la cocina a por sus bolsas y regresó con ellas a la habitación, situada en la esquina de la casa más apartada del pueblo. Sus ventanas miraban al río, aunque también podía ver el molino que se alzaba junto a la orilla. Tras abrir la única que estaba cubierta por una mosquitera, se sentó en el borde de la cama para reflexionar sobre las circunstancias que le habían hecho regresar a Dunwich después de tantos años.
Estaba cansado. El denso tráfico de Boston le había dejado agotado y el contraste entre la región de Boston y el desolado paraje de Dunwich le deprimía y le inquietaba. Además, era consciente de que sentía cierto desasosiego. Si no hubiera necesitado el dinero de aquella herencia para continuar investigando sobre las antiguas civilizaciones del Pacífico Sur, nunca habría regresado a este lugar. Sin embargo, era consciente de que los vínculos familiares seguirían existiendo por mucho que renegara de ellos. Aunque el viejo Luther Whateley hubiera sido una persona sombría y hostil, era el padre de su madre, y por ello le debía la lealtad de la sangre que compartían.
Round Mountain se alzaba en las proximidades de aquella habitación. Sentía su presencia con la misma intensidad que cuando era pequeño y dormía en el cuarto superior. Los árboles, desatendidos desde hacía tanto tiempo, se cernían sobre la casa; de uno de ellos, en la más absoluta oscuridad, surgían las notas de un búho, similares a las de una campana, que se perdían en el calmado aire estival. Se tumbó unos instantes, sosegado por la agradable canción del búho. Miles de pensamientos inundaban su cabeza… Miles de recuerdos. Volvió a verse a sí mismo en la infancia, recordando lo mucho que le asustaban aquellos parajes, lo alegre que se sentía al llegar y lo feliz que era el día que se iba.
No podía quedarse allí tumbado, por muy relajante que fuera. Tenía muchas cosas que hacer antes de poder pensar en marcharse. No podía empezar con mal pie su extraña obligación dedicándose a holgazanear. Se balanceó para levantarse la cama, cogió de nuevo la lámpara y se dispuso a dar una vuelta por la casa.
Primero fue al comedor (una sala con un mobiliario ceremonioso e incómodo, pero hecho a mano), situado entre la habitación de su abuelo y la cocina; de allí al salón, cuya puerta conducía a unos muebles y objetos decorativos mucho más cercanos al siglo XVIII que al XIX, y sumamente alejados del XX. La ausencia de polvo reflejaba lo herméticamente que se cerraban las puertas que separaban aquella sala del resto de la casa. Subió las escaleras para acceder al piso superior y recorrió todas las habitaciones, que estaban cubiertas de polvo y tenían las cortinas descoloridas…, revelando que, desde antes de la muerte de Luther Whateley, nadie las había ocupado.
A continuación se dirigió al pasillo que conducía a la habitación cerrada… El escondite de la tía Sarey… O su prisión, puesto que nunca había sabido qué era exactamente. Por impulso, se detuvo junto a la puerta prohibida y acercó la oreja. En esta ocasión, ninguna respiración ni sollozo le dieron la bienvenida… Nada de nada. Se quedó allí de pie, atrapado en el embrujo de la prohibición de su abuelo.
Pero ya no había ningún motivo que le obligara a seguir cumpliendo con aquella orden solemne. Sacó el llavero y, con paciencia, fue probando todas las llaves en la cerradura hasta que encontró la correcta. Giró la llave y empujó la puerta, que protestó mientras se abría. Entonces, sostuvo la lámpara en alto.
Esperaba encontrar un tocador de señora; sin embargo, lo que vio en aquella habitación cerrada era sorprendente: había ropa de cama por todas partes, almohadas en el suelo y restos de comida secos en una inmensa bandeja escondida detrás del escritorio. Un extraño y punzante hedor impregnaba el cuarto, precipitándose hacia él con tan rancia fuerza que apenas pudo evitar resoplar de asco. Aquella habitación era un campo de batalla. Además, parecía que aquel desorden llevaba allí toda la vida.
Abner dejó la lámpara sobre un escritorio que separó ligeramente de la pared, para poder acercarse a la ventana que daba a la rueda del molino. Después de abrirla, forcejeó con los postigos hasta que recordó que habían sido clavados; entonces, se alejó un poco de la ventana, levantó un pie y pegó una patada a las persianas, intentando que entrara una ráfaga de aire limpio y fresco en la habitación.
A continuación se dirigió a la pared exterior adyacente y también rompió las persianas de la única ventana que había en ella. Cuando retrocedió para observar su obra advirtió que, con la patada, había roto una esquina del cristal de la ventana que daba a la rueda del molino. Sin embargo, el pesar no le duró demasiado, pues recordó que su abuelo había insistido en que el molino y la habitación superior fueran destruidos. ¡Qué importaba que hubiera roto un cristal!
Regresó para recoger la lámpara y, mientras lo hacía, empujó el escritorio para volver a apoyarlo contra la pared. En aquel instante oyó un débil susurro en el zócalo y, al bajar la mirada, pudo ver una rana o sapo (no supo decir qué era exactamente) de largas patas que se escondió bajo el escritorio. Aunque tuvo tentaciones de acabar con la criatura, decidió que su presencia no tenía ninguna importancia… Además, si había conseguido sobrevivir en aquella habitación cerrada durante tanto tiempo, alimentándose de cucarachas y otros insectos que había podido encontrar, merecía que lo dejara en paz.
Salió de la habitación, volvió a cerrar la puerta y regresó al cuarto principal del piso inferior. Sentía que, de alguna forma, ya había dado un primer paso, aunque este hubiera sido trivial. Había explorado el terreno, por decirlo de alguna manera. Después de aquel breve reconocimiento se sentía el doble de cansado que antes, así que, aunque aún era temprano, decidió irse a la cama y madrugar por la mañana. Todavía tenía que inspeccionar el viejo molino: quizá podría vender parte de la maquinaria (si es que quedaba algo)… E imaginaba que, después de tantos años de existencia, la rueda del molino debía de haberse convertido en una curiosidad.
Se quedó unos minutos en el porche, escuchando sorprendido el estridente sonido de los grillos y las cigarras, y el sobrecogedor coro de chotacabras y ranas que surgía de todas partes con tal ensordecedora insistencia que todos los demás sonidos quedaban atenuados, incluso aquellos que podrían haber llegado desde Dunwich. Se quedó allí hasta que fue incapaz de seguir tolerando las voces de la noche; entonces se retiró y, tras cerrar la puerta, regresó a la habitación de su abuelo.
Se desvistió y se metió en la cama, pero no logró conciliar el sueño durante casi una hora. Se sentía acosado por el coro de sonidos naturales que le llegaba desde el exterior de la casa y desde su propio interior; además, no podía dejar de pensar qué había querido decir su abuelo con aquello de la «disolución» que él mismo había sido incapaz de llevar a cabo. Por fin se quedó dormido, pero sus sueños fueron tormentosos.
2
Se despertó al amanecer, sin haber descansado. Durante toda la noche había soñado con lugares y seres extraños que le llenaban de belleza, asombro y terror… Había nadado por el Miskatonic y las profundidades del océano entre peces, anfibios y unos hombres extraños que le recordaban a los batracios… Había soñado con entidades monstruosas que dormitaban en una fantasmal ciudad de piedra construida en el fondo del mar. En sus sueños había oído una música muy extraña, como de flautas, que iba acompañada de insólitos aullidos que salían de unas gargantas que no tenían nada de humanas. Había soñado que el abuelo Luther Whateley se alzaba acusador sobre él, gritándole con furia por haber entrado en la habitación cerrada de la tía Sarey.
Se sentía inquieto y, para intentar tranquilizarse, decidió acercarse a Dunwich para comprar las provisiones que, con las prisas, había olvidado traer. La mañana era brillante y soleada; los tordos cantaban y, a lo largo del sinuoso camino que conducía a la calle principal del pueblo, las perlas de rocío que cubrían las hojas y la hierba reflejaban la luz del sol en mil joyas. Durante el paseo empezó a sentirse más animado y acabó silbando alegremente. Decidió acabar cuanto antes con su cometido, para poder escapar de aquel aislado y olvidado lugar.
Bajo la luz del sol, la calle principal de Dunwich no resultaba mucho más reconfortante de lo que había sido entre la oscuridad de la noche anterior. El pueblo se acurrucaba entre el Miskatonic y la ladera casi vertical de Round Mountain. Era una oscura y ensimismada localidad que, de algún modo, parecía no haber entrado nunca en el siglo XX. Era como si el tiempo se hubiera detenido antes del cambio de siglo. Sus silbidos cesaron. Apartó la mirada de los edificios que se estaban desmoronando y evitó los inexpresivos rostros de los transeúntes, mientras se dirigía hacia la vieja iglesia en la que se encontraba la tienda del pueblo… Que sabía que estaría sucia y en malas condiciones, para no destacar con el resto del pueblo.
Abner avanzó a grandes pasos por el pasillo, advirtiendo que el dependiente, de rostro descarnado, le observaba atentamente, buscando en su cara algún rasgo que le resultara familiar.
Al llegar junto a él, le pidió panceta, café, huevos y leche.
El dependiente le observó, pero no hizo ningún movimiento.
—Tú debes de ser un Whateley —dijo por fin—. No creo que me conozcas. Soy su primo Tobias. ¿Quién de todos eres tú?
—Soy Abner…, el nieto de Luther —respondió con desgana.
El rostro de Tobias Whateley se endureció.
—El hijo de Libby… Libby, la que se casó con el primo Jeremiah. ¿No habréis decidido regresar…, regresar a casa de Luther? ¿No iréis a empezar de nuevo todo?
—He venido solo —respondió Abner—. ¿De qué me estás hablando?
—Si no lo sabes, no seré yo quien te lo cuente.
Tobias Whateley no dijo nada más. Le dio a Abner lo que le había pedido, cogió el dinero malhumorado y observó, con una hostilidad mal disimulada, cómo abandonaba la tienda.
Abner se sentía muy afectado. En su interior, la claridad de la mañana había desaparecido, aunque el sol seguía brillando sobre el mismo cielo despejado. Se alejó de la tienda con rapidez y volvió a recorrer el sendero que conducía a la casa y que había abandonado hacía escasos minutos.
Se sintió aún más inquieto cuando vio, delante del hogar de su abuelo, un caballo de carga que tiraba de una antigua calesa. Junto a ella aguardaba un muchacho, mientras que en su interior descansaba un anciano de barba blanca que, al ver que Abner se aproximaba, le hizo una señal a su acompañante y, apoyándose en él, descendió con esfuerzo hasta el suelo.
Cuando Abner llegó junto a ellos, el muchacho empezó a hablar sin dedicarle ninguna sonrisa.
—El bisabuelo quiere hablar contigo.
—Abner —dijo el anciano con voz temblorosa. Fue entonces cuando Abner se dio cuenta de lo anciano que era.
—Es el bisabuelo Zebulon Whateley —dijo el muchacho.
Era el hermano del abuelo Luther Whateley…, el único de su generación que seguía con vida.
—Entremos en la casa, señor —dijo Abner, ofreciéndole el brazo.
Zebulon Whateley se apoyó en él.
Los tres avanzaron lentamente hacia el porche, pero el anciano se detuvo al pie de los escalones. Entonces, mirando a Abner con sus oscuros ojos, situados bajo unas cejas canosas y muy pobladas, sacudió la cabeza con amabilidad.
—Si me acercas una silla, me sentaré aquí.
—Trae una silla de la cocina, muchacho —dijo Abner.
El joven subió corriendo los escalones y entró en la casa. Volvió a salir con la misma rapidez, llevando una silla para el anciano. Acto seguido, ayudó a sentarse a su bisabuelo y se quedó junto a él mientras este recuperaba el aliento.
Abner se dio cuenta de que el chico le estaba observando, prestando atención a todos los detalles de su ropa que, a diferencia de la suya, no había sido confeccionada a mano.
—¿Por qué has venido, Abner? —preguntó el anciano, ahora con voz firme.
Abner se lo explicó, lo más simple y claramente que pudo.
Zebulon Whateley sacudió la cabeza.
—No sabes más que los demás; incluso sabes menos que algunos —respondió—. Solo Dios sabe qué intenciones tenía Luther… Pero ahora que se ha ido, eres su sucesor. Abner, puedo jurarte por Dios que no sé por qué Luther aceptó aquello y se encerró con Sarey después de que esta pasara un tiempo en Innsmouth… Sin embargo, puedo decirte que fue algo terrible, terrible… Y que las cosas que sucedieron fueron espeluznantes. No estoy diciendo que fuera culpa de Luther ni de la pobre Sarey… Pero ten cuidado, Abner, ten mucho cuidado.
—He venido para cumplir con los deseos de mi abuelo —dijo Abner.
El anciano asintió, aunque parecía preocupado y era obvio que no tenía ninguna fe en él.
—¿Cómo has sabido que estaba aquí, tío Zebulon? —preguntó Abner.
—Me lo han dicho. Era preciso que viniera a hablar contigo. Sobre los Whateley pesa una terrible maldición. Algunos, que ya están enterrados, hicieron pactos con el diablo; otros silbaban cosas terribles al aire; otros tuvieron tratos con criaturas que no eran humanas ni peces, aunque vivían en el agua y salían del mar; y otros se desviaron de su camino y se convirtieron en personas excéntricas… Y eso fue lo que sucedió en Sentinel Hill en aquella ocasión… El Wilbur de Lavinny… y aquel otro en la Piedra de Sentinel… ¡Dios mío! Cada vez que lo recuerdo me pongo a temblar.
—Bisabuelo…, no se altere —le regañó el muchacho.
—No pensaba hacerlo —respondió el anciano con voz temblorosa—. Ahora todo ha acabado. Todo el mundo lo ha olvidado… Todos excepto yo y aquellos que destruyeron las señales… Las señales que apuntaban hacia Dunwich, indicando que era un lugar demasiado terrible de conocer…
Volvió a sacudir la cabeza y guardó silencio.
—Tío Zebulon —dijo Abner—. Nunca conocí a la tía Sarah.
—No, no, muchacho… Estuvo encerrada allá arriba. Creo que desde antes de que tú nacieras.
—¿Por qué?
—Solo Luther lo sabía… ¡Dios mío! Ahora Luther se ha ido y no parece que Dios sepa que Dunwich sigue estando aquí.
—¿Qué estuvo haciendo la tía Sarah en Innsmouth?
—Fue a visitar a un familiar.
—¿Vive allí algún Whateley?
—No, solo los Marsh. Allí vivía el anciano Obed Marsh, que era primo de papá. Él y la mujer que encontró mientras viajaba… por Ponapé, si es que sabes por dónde está eso.
—Sí.
—¿Lo sabes? Yo nunca lo supe. Dicen que Sarey fue a visitar a unos familiares de los Marsh… Al hijo o al nieto de Obed… Nunca supe a quién. Nunca me lo dijeron, pero no importa. Permaneció con ellos una larga temporada y, según dicen, cuando regresó había cambiado mucho. Era caprichosa e impertinente con su padre. Y entonces, poco después, él la encerró en aquella habitación hasta que murió.
—¿Cuándo la encerró?
—Tres o cuatro meses después de su regreso. Luther nunca explicó la razón. Después de eso, nadie volvió a verla hasta el día que yació en su ataúd. Hace dos años de eso, quizá tres. Aproximadamente un año después de su regreso, tuvo lugar aquella noche en la que sucedieron todas aquellas cosas en esta casa… peleas, gritos y chillidos… Casi todos los habitantes de Dunwich los oyeron, pero nadie se acercó para saber qué ocurría. Al día siguiente, Luther dijo que Sarey había tenido un ataque. Puede que fuera eso. Pero también puede que fuera algo más…
—¿Qué más, tío Zebulon?
—Obra del diablo —respondió al instante el anciano—. Pero lo olvidaba… Tú eres el instruido. No hay demasiados Whateley que hayan recibido educación. Solo Lavinny, que leía unos libros terribles que no le hacían ningún bien… Y Sarey, que leyó algunos. Sin embargo, es mucho mejor no saber nada que no saber demasiado… Aquellas personas que tienen pocos conocimientos están igual de preparadas para moverse por la vida que las que no tienen ninguno.
Abner sonrió.
—¡No te rías, muchacho!
—No me estoy riendo, tío Zebulon. Estoy de acuerdo con usted.
—Entonces, si te encuentras frente a frente con eso, sabrás qué tienes que hacer. No te detendrás a pensar… Simplemente, lo harás.
—¿Si me encuentro con qué?
—Ojalá lo supiera, Abner, pero no lo sé. Solo Dios lo sabe. Luther lo sabía, pero ahora está muerto. Creo que Sarey también lo sabía, pero también ella está muerta. Ahora nadie sabe qué terrible cosa era aquella. Si fuera creyente, rezaría para que no lo descubrieras nunca… Pero si lo haces, no te detengas a combatirlo con conocimientos; haz de inmediato lo que tengas que hacer. Tu abuelo escribía un diario… Búscalo. Así sabrás qué tipo de personas eran los Marsh… No eran como nosotros… Algo terrible les sucedió…, y se extendió y se aferró a Sarey…
Algo se alzó entre el anciano y Abner Whateley… Algo no expresado y quizá, desconocido. Sin embargo, fue algo que hizo que un escalofrío recorriera el cuerpo de Abner, a pesar de que este intentaba con todas sus fuerzas restar importancia a lo que sentía.
—Intentaré enterarme de todo lo que pueda, tío Zebulon —prometió.
El anciano asintió e hizo unas señas al muchacho, dándole a entender que deseaba levantarse y regresar al coche. El muchacho se acercó corriendo.
—Si me necesitas, Abner, házselo saber a Tobias —dijo Zebulon Whateley—. Vendré… si puedo.
—Gracias.
Abner y el muchacho ayudaron al anciano a montarse en la calesa. Zebulon Whateley levantó el antebrazo en un gesto de despedida mientras su bisnieto daba un latigazo al caballo para que se pusiera en marcha.
Abner se quedó unos instantes observando cómo se alejaba el vehículo. Se sentía inquieto y a la vez molesto… Inquieto porque sentía que algo terrible acechaba bajo las palabras de advertencia de Zebulon Whateley… Molesto porque su abuelo, a pesar de sus órdenes solemnes, le hubiese explicado tan poco. De todas formas, su abuelo debía de estar seguro de que su nieto no tendría que enfrentarse a ningún peligro. No podía haber otra explicación.
Pero Abner no estaba convencido. ¿Acaso aquel asunto era tan horripilante que no debía saber nada de él a no ser que fuera absolutamente necesario? ¿O podía ser que Luther Whateley hubiese dejado, en algún lugar de la casa, una clave que resolviera el enigma? Lo dudaba. Con lo brusco y directo que era el abuelo, era poco probable que le estuviera obligando a emprender una búsqueda tortuosa.
Entró en la casa con la comida, la colocó en su sitio y se sentó para preparar un plan de acción. Lo primero que tenía que hacer era un análisis de la estructura del molino, para determinar si se podía salvar parte de la maquinaria. A continuación tendría que buscar a alguien que se encargara de demoler el molino y la habitación superior. Finalmente tendría que deshacerse de la casa y de la propiedad adyacente, aunque tenía la sensación de que todos sus esfuerzos serían inútiles, pues no encontraría a nadie que quisiera establecerse en una esquina tan desolada de Massachusetts como Dunwich.
Decidió ponerse manos a la obra.
Al examinar el molino descubrió que toda la maquinaria (excepto las piezas que eran necesarias para el movimiento de la rueda) ya había sido eliminada y probablemente vendida. Quizá, el valor de aquella venta formaba parte del legado que Luther Whateley había depositado en el banco de Arkham para su nieto. Abner se alegró, pues no tendría que perder el tiempo extrayendo la maquinaria antes de iniciar la demolición. El polvo acumulado en el interior del viejo molino estuvo a punto de ahogarle; todo estaba cubierto por una capa de más de dos centímetros de espesor que amortiguaba sus pasos y se alzaba en grandes ráfagas a su alrededor mientras avanzaba por aquellas habitaciones vacías y repletas de telarañas. Abner abandonó el molino para echar un vistazo a la rueda, feliz de poder abandonar aquel sombrío lugar.
Avanzó con indecisión sobre la cornisa de madera para llegar hasta el armazón de la rueda. Temía que la madera cediera y su cuerpo se precipitara hacia la corriente que pasaba por debajo. De todas formas, la construcción era sólida, la madera no cedió, y pronto estuvo junto a la rueda. Era un magnífico ejemplar de las obras que se realizaban a mitad del siglo XIX. Abner consideraba que sería una lástima destruirla. Quizá, podrían extraerla y buscarle sitio en algún museo o en uno de aquellos edificios que solían reconstruir las personas ricas interesadas en preservar el legado americano.
Estaba a punto de alejarse de la rueda cuando sus ojos se sintieron atraídos por una serie de huellas húmedas y diminutas que se dibujaban en las palas. Se inclinó un poco para examinarlas. Aquellas marcas, medio secas, pertenecían a un animal pequeño, posiblemente una rana o sapo, que debía de haberse encaramado a la rueda de madrugada, antes de que saliera el sol. Siguió el rastro con la mirada y descubrió que llegaba hasta las persianas rotas de la habitación superior.
Se quedó observándolas durante unos instantes, pensativo. Recordó al bicho que había visto por el zócalo de la habitación cerrada. ¿Se habría escapado por el cristal roto? No, era más probable que otro de su especie, tras haber advertido su presencia, hubiese subido a por él. Sintió un ligero desasosiego, pero intentó ignorarlo. Le irritaba que a un hombre de su inteligencia pudiera inquietarle el necio y supersticioso misterio que se aferraba al recuerdo de su abuelo.
Decidió dar media vuelta y subir las escaleras que conducían a la habitación cerrada. Mientras abría la puerta, esperaba encontrar algún cambio significativo en ella, pero aparte de la inusual luz del día que se filtraba por la ventana, no había habido ningún otro cambio desde la noche anterior.
Se acercó a la ventana.
Había unas huellas en la repisa. Dos grupos. Uno parecía dirigirse hacia el exterior; el otro entraba. No eran del mismo tamaño. Las huellas que se dirigían hacia el exterior eran pequeñas, de menos de un centímetro de ancho; las que entraban medían el doble. Abner se acercó un poco más y las observó, fascinado.
No era zoólogo, pero no por ello ignoraba la zoología. Las huellas que había en la repisa eran diferentes a todas las que había visto en su vida, incluso en sueños. Excepto porque eran o parecían ser palmeadas, eran unas huellas perfectas, aunque en miniatura, de los pies y las manos humanas.
Buscó a la criatura, pero no encontró ni rastro de ella. Ligeramente inquieto, salió de la habitación y cerró la puerta tras él, lamentándose por haber permitido que un impulso le hubiese hecho entrar en aquel lugar y abrir, de una patada, los postigos que durante tanto tiempo lo habían aislado del mundo exterior.
3
No se sorprendió demasiado al saber que en Dunwich no encontraría a nadie que se encargara de la demolición del molino. Incluso aquellos carpinteros que llevaban largo tiempo sin trabajar se mostraron reacios a encargarse de la obra y alegaron diversas excusas que Abner pronto reconoció como una tapadera que encubría el miedo supersticioso que sentían por aquel lugar. Tuvo que coger el coche y viajar hasta Aylesbury pero, aunque no tuvo dificultades para contratar a un trío de fornidos jóvenes que habían formado una sociedad y aceptaron el encargo, se vio obligado a esperar a que cumplieran con otros compromisos previos, aunque regresó a Dunwich con la promesa de que estarían allí «en una semana o diez días».
A continuación, examinó todos los efectos personales de Luther Whateley que quedaban en la casa. Había montones de periódicos (sobre todo ejemplares del Arkham Advertiser y del Aylesbury Transcript) que habían adoptado un color amarillento y se estaban convirtiendo en polvo debido al paso del tiempo. Los separó para quemarlos más tarde. Encontró diversos libros, que decidió examinar de forma individual para no destruir nada valioso, y diversas cartas que habría quemado al instante si no hubiese echado un vistazo a una y hubiese visto el nombre «Marsh» escrito en ella. Aquella carta decía lo siguiente:
Luther, lo que le sucedió al primo Obed es algo insólito. No sé cómo explicárselo. No sé cómo hacer que resulte creíble, ni tampoco estoy seguro de conocer todos los hechos relacionados con este asunto. Lo único que puedo creer es que todo esto no es más que un galimatías que han inventado, de forma deliberada, para ocultar algo de una naturaleza escandalosa, pues todo el mundo sabe que los Marsh siempre han sido dados a la exageración y poseen un pronunciado talento para el engaño. Sus métodos están desviados. Siempre lo han estado.
La historia, tal y como me la explicó Alizah, es la siguiente: cuando era joven, Obed y otros hombres de Innsmouth navegaron con sus barcos mercantiles por las islas de la Polinesia, donde conocieron a los habitantes de un extraño pueblo que se hacían llamar «Los Profundos». Este pueblo tenía la habilidad de vivir tanto en el agua como en la tierra, así que debía de ser anfibio. ¿Le parece creíble? A mí no. Lo más sorprendente es que Obed y otros muchos se casaron con mujeres de aquel pueblo y regresaron con ellas a Innsmouth.
Eso es lo que cuenta la leyenda; los hechos son estos: desde aquella época, los Marsh han prosperado mucho en el comercio. La señora Marsh nunca pone un pie fuera de su casa, excepto para asistir a ciertas cosas privadas de la Orden de Dagon Hall. Según se dice, «Dagon» es un dios del mar, aunque yo no sé nada de religiones paganas, ni deseo saber nada de ellas. Los niños de los Marsh tienen un aspecto muy extraño. No exagero, Luther, cuando le digo que tienen la boca tan grande, la cara tan sin mentón, los ojos tan enormes y la mirada tan fija que, en ocasiones, podría decirse que guardan un mayor parecido con las ranas que con los seres humanos. Sin embargo, según lo que he podido observar, no tienen branquias. Se dice que los «Profundos» están dotados de branquias y veneran a Dagon o a cualquier otra deidad del mar cuyo nombre soy incapaz de pronunciar, y mucho menos de escribir. No importa. Se trata de un galimatías tan grande que los Marsh podrían habérselo inventado para beneficiarse… Pero Dios mío, Luther, los barcos que posee el capitán Marsh en las Indias Orientales (el bergantín Columbia, la nave Sumatra Queen, el bergantín Hetty y otros) se mantienen a flote sin mostrar ninguna de las marcas de deterioro que suelen causar las condiciones atmosféricas y la erosión del tiempo… ¡Es como si hubiera hecho algún tipo de pacto con el propio Neptuno!
Por otra parte están las actividades que se desarrollan en la costa en la que viven los Marsh. Natación nocturna. Nadan por el Arrecife del Diablo que, como ya sabe, se encuentra a algo más de milla y media del puerto de Innsmouth. Todo el mundo se mantiene alejado de los Marsh (excepto los Martin y otros que participaron en el negocio de las Indias Orientales). Ahora que Obed se ha ido (y supongo que también lo ha hecho la señora Marsh, pues hace tiempo que no se la ve por ninguna parte), los hijos y los nietos del viejo capitán Obed siguen con sus extrañas costumbres.
La carta seguía hablando de precios… Unas cifras ridículamente bajas, comparadas con las de medio siglo más tarde. Abner supuso que Luther Whateley debía de ser un joven soltero cuando Ariah, un primo sobre el que Abner no había oído hablar en su vida, le había enviado aquella carta. No revelaba nada sobre los Marsh… O quizá todo, si hubiese tenido la clave de aquel enigma del que, con creciente irritación, solo creía conocer algunos fragmentos sueltos.
Si Luther Whateley se hubiera creído aquel galimatías, ¿habría permitido que su hija visitara a los primos Marsh varios años después? Abner lo dudaba.
Examinó el resto de las cartas: facturas, recibos, relatos triviales sobre viajes a Boston, Newsburyport, Kingsport y postales. Finalmente encontró otra carta del primo Ariah, que había sido escrita, si la fecha era prueba suficiente, poco después de la que acababa de leer. Había sido enviada diez días después de la primera, de modo que Luther había tenido tiempo de contestar a la anterior.
Abner la abrió con impaciencia.
La primera página era una relación de asuntos familiares intrascendentes, relativos al matrimonio de otra prima que, en teoría, era la hermana de Ariah. En la segunda, Ariah especulaba sobre el futuro del comercio en las Indias Orientales y añadía un párrafo sobre un nuevo libro escrito por Whitman… Evidentemente, Walt. Sin embargo, en la tercera aparecía lo que obviamente era la respuesta a algo que el abuelo Whateley le había preguntado en relación con la rama Marsh de la familia.
Luther, puede que esté en lo cierto cuando afirma que los prejuicios raciales son los únicos responsables del rechazo que muestra la gente hacia los Marsh. Sé qué opinan mis vecinos sobre las personas de otras razas. Por desafortunado que sea, el hecho de tener una carencia de educación tan grande deja espacio de sobra para tales prejuicios. Sin embargo, no estoy convencido de que todo eso se deba simplemente al prejuicio racial. No sé qué tipo de raza ha sido la que ha conferido un aspecto tan extraño a los Marsh que descienden de Obed. Los habitantes de las Indias Orientales (tal y como los recuerdo de mis primeros días en el comercio), poseen unos rasgos muy similares a los nuestros; solo varía el color de su piel… Que presenta un tono que yo denominaría cobrizo. En una ocasión vi a un nativo que tenía un aspecto similar al de los Marsh, pero era obvio que sus rasgos no eran habituales, debido a que todos los trabajadores del puerto le evitaban. He olvidado dónde lo vi, aunque creo que fue en Ponapé.
La verdad es que los Marsh no se relacionan prácticamente con nadie, excepto con otras familias de la zona que viven bajo la misma nube. Podría decirse que son los que mandan en el pueblo. Quizá sea significativo (aunque puede que solo fuera un lamentable accidente) el hecho de que encontraran en el mar el cadáver de un concejal, poco después de que este hubiera hablado en contra de la familia. Soy el primero en admitir que, con frecuencia, ocurren coincidencias más sorprendentes que esta; de todas formas, puede estar seguro de que aquellas personas a las que no les gustan los Marsh intentan sacar el máximo partido a tales coincidencias.
Sé que su mente analítica se mostrará reacia a creer tales afirmaciones, así que no le contaré más detalles.
Abner examinó fajos y fajos de cartas, pero no encontró nada más. Lo que Ariah contaba en sus escritos posteriores se ceñía estrictamente a asuntos familiares de la más absoluta trivialidad. Supuso que Luther Whateley le había expresado su desagrado por las habladurías. Ya en su juventud, Luther debía de ser una persona muy estricta. Abner solo encontró una nueva referencia a otro misterio de Innsmouth, que aparecía en un recorte de periódico. El artículo sugería, en términos muy vagos, que el periodista que había sido enviado a esa localidad para cubrir la noticia no tenía ni idea de lo que había sucedido, excepto que en el año 1928 hubo cierta actividad federal en Innsmouth y sus alrededores: la policía destruyó el Arrecife del Diablo, explosionó grandes secciones de la dársena y arrestó en masa a los Marsh, los Martin y otros. De todas formas, esos acontecimientos se produjeron décadas antes de las primeras cartas de Ariah.
Abner guardó en su bolsillo las cartas que harían referencia a los Marsh y quemó el resto. A continuación, llevó hasta la orilla del río todo el material que había desechado y le prendió fuego. Se quedó junto a la hoguera, porque la hierba estaba demasiado seca para la estación en la que se encontraban y temía que el viento provocara algún incendio. Recibió con alegría el olor del humo, pues en la orilla se respiraba un hedor desagradable, que posiblemente emanaba de los restos de los peces con los que se había alimentado algún animal… Una nutria, seguramente.
Mientras aguardaba junto a la hoguera, sus ojos examinaron la vieja construcción de los Whateley. Muy a su pesar, advirtió que el molino llevaba tiempo desmoronándose y que diversos cristales de la ventana rota de la habitación de la tía Sarey, además de una parte del marco, se habían precipitado hasta el suelo. Ahora, los fragmentos se esparcían entre las palas de la rueda del molino.
Cuando el fuego estuvo lo bastante bajo como para no requerir más vigilancia, ya había anochecido. Tomó una cena ligera y, como ya había cubierto su cupo de lectura diaria, no intentó buscar el «diario» del que le había hablado el tío Zebulon Whateley, sino que prefirió salir al porche para observar la oscuridad de la noche. Allí oyó de nuevo el coro de ranas y chotacabras.
Se acostó pronto, sintiéndose muy cansado.
Sin embargo, no logró conciliar el sueño. Aquella noche veraniega hacía mucho calor, pues apenas soplaba una brizna de aire; además, por encima del croar de las ranas y la demoníaca insistencia de los chotacabras, unos sonidos procedentes del interior de la casa habían conseguido invadir su conciencia: los crujidos y gemidos de las miles de maderas de la estructura que se asentaban durante la noche. También podía oír un extraño sonido, similar al de unos pies que avanzaban medio a rastras, medio a saltos. Abner imaginó que debían de pertenecer a alguna rata, porque aquellos sonidos amortiguados parecían originarse a cierta distancia y estaba seguro de que la sección del molino estaba plagada de roedores. Cuando oyó un chasquido en la madera y el tintineo de un cristal, posiblemente de la ventana de la habitación que daba a la rueda del molino, tuvo la impresión de que la casa se estaba desmoronando sobre él. Se sentía como el agente catalizador que iba a provocar la disolución de aquella vieja estructura.
Esa idea le divirtió: quisiera o no, estaba cumpliendo con la última voluntad de su abuelo. Por fin se quedó dormido.
Por la mañana, temprano, le despertó el sonido del teléfono, que había tenido la prudencia de conectar durante su visita a Dunwich. Ya había cogido el auricular del antiguo aparato que colgaba de la pared cuando se dio cuenta de que aquella llamada no iba dirigida a él, pues era de la línea colectiva. De todos modos, la voz de mujer que llegó a sus oídos tenía tal estridente insistencia que se quedó helado, escuchándola.
—Se lo aseguro, señora Corey, esta noche he oído cosas… El suelo estaba hablando de nuevo, y alrededor de la medianoche oí aquel grito… Jamás hubiera imaginado que una vaca pudiera gritar de ese modo… Como un conejo, solo que más grave. Era la vaca de Luther Sawyer… Cuando la encontraron esta mañana… algún animal se había comido más de la mitad…
—Señora Bishop, ¿no creerá… que ha regresado?
—No lo sé. Espero que Dios no lo permita. Pero es lo mismo que la última vez.
—¿Y solo se ha llevado una vaca?
—Solo una, que yo sepa. Pero así es como empezó todo la última vez, señora Corey.
En silencio, Abner colgó el receptor. Sonrió al descubrir lo supersticiosos que eran los vecinos de Dunwich. Aunque él nunca había conocido las profundidades de la ignorancia y la superstición en la que vivían los habitantes de regiones tan aisladas como Dunwich, estaba convencido de que aquella conversación no era más que una prueba de ello.
Pero no podía perder el tiempo pensando en eso. Tenía que ir al pueblo a por leche fresca, así que se puso en marcha bajo el sol y las nubes matinales, sintiendo cierta sensación de alivio por poder escapar de la casa durante un rato.
Tobías Whateley se mostró sumamente hosco y silencioso cuando entró en la tienda, y Abner descubrió que su primo no solo sentía algún tipo de resentimiento hacia él, sino también cierto miedo. Estaba asombrado. Tobias respondió a todos los comentarios de Abner con débiles monosílabos. Finalmente, en un intento de entablar conversación, le explicó lo que acababa de escuchar en la línea colectiva.
—Lo sé —respondió Tobias con brevedad, mirando por primera vez a Abner a la cara, con evidente terror.
Aturdido, Abner guardó silencio. El terror asomaba con resquemor en los ojos de Tobias. Antes de que su primo volviera a bajar la mirada y cogiera el dinero, fue consciente del poco aprecio que sentía por él.
—¿Has visto a Zebulon? —preguntó en voz baja Tobias.
—Vino a verme a casa —respondió.
—¿Hablaste con él?
—Sí.
Tuvo la impresión de que Tobias había esperado que sucedieran ciertas cosas entre ellos, aunque su actitud sugería que los acontecimientos posteriores le habían sorprendido, de modo que, o bien Zebulon no le había dicho lo que suponía que le diría, o bien Abner había ignorado los consejos de su tío. Abner se sentía totalmente desconcertado: primero las extrañas insinuaciones del tío Zebulon; después la supersticiosa conversación telefónica que había escuchado, y ahora, la extraña actitud del primo Tobias… Al igual que Zebulon, su primo tampoco parecía sentirse inclinado a hablarle con franqueza ni a expresar con palabras aquello que se escondía tras sus sombríos rasgos. Al parecer, ambos creían que Abner debía de saberlo.
Perplejo, abandonó la tienda y regresó a casa de los Whateley. Decidió acabar con su labor lo más rápido posible, para poder alejarse cuanto antes de aquella aldea perdida y olvidarse de sus extraños y supersticiosos habitantes, por muchos parientes que tuviera en él.
Se puso manos a la obra en cuanto acabó de desayunar. No fue capaz de comer demasiado, debido a que su desagradable visita a la tienda le había quitado todo el apetito que sentía cuando salió de casa por la mañana.
Hasta bien entrada la tarde no encontró el diario que buscaba, que resultó ser un antiguo libro mayor en el que el malhumorado puño de Luther había escrito ciertas anotaciones.
4
Tras una cena frugal, Abner se sentó a la mesa de la cocina, bajo la luz de una lámpara, y abrió el libro mayor de Luther Whateley. Las primeras páginas habían sido arrancadas pero, después de examinar los fragmentos que seguían unidos a los hilos de la encuadernación, Abner llegó a la conclusión de que en ellas solo se habían anotado números. Imaginó que su abuelo había cogido un viejo libro de cuentas y había eliminado las páginas escritas con anterioridad para conceder al resto del libro un estilo más prosaico.
Las anotaciones eran crípticas desde el principio y la única fecha que aparecía en todas ellas era el día de la semana.
Este sábado Ariah respondió a mi pregunta. Se ha visto a S. en div. ocasiones con Ralsa Marsh. El bisnieto de Obed. Nadando juntos por la noche.
Así rezaba la primera entrada, que obviamente estaba relacionada con la visita de la tía Sarey a Innsmouth y con las explícitas preguntas que le había formulado el abuelo a Ariah. Algo había obligado a Luther a ponerse en contacto con él. Por lo que sabía del carácter de su abuelo, llegó a la conclusión de que aquellas preguntas habían sido planteadas después de que Sarey regresara a Dunwich.
¿Por qué?
La siguiente anotación, que había sido pegada en la hoja, formaba parte de una carta mecanografiada que había recibido Luther Whateley.
Sin duda alguna, Ralsa Marsh es el más antipático de toda la familia. Su aspecto es casi el de un degenerado. Sé que una vez me dijo que, de sus dos hijas, Libby era la más bella. A pesar de ello, nos resulta imposible imaginar qué fue lo que hizo que Sarah se fijase en alguien tan repulsivo como Ralsa, en cuya persona parecen haber dado su fruto completo todas aquellas características recesivas que han podido observarse en la familia Marsh desde que Obed contrajo matrimonio con aquella extraña mujer de la Polinesia… (Los Marsh niegan que la mujer de Obed sea polinesia, pero él estuvo comerciando allí en aquella época y no me creo sus historias sobre una isla desconocida en la que se supone que estuvo flirteando).
Lo único que puedo decirle con seguridad (ya que han pasado más de dos meses, casi cuatro, creo, desde que regresó a Dunwich) es que siempre estaban juntos. Me sorprende que Ariah no le informara de ello. Ninguno de nosotros estaba autorizado para impedir que Sarah se viera con Ralsa. Al fin y al cabo, son primos y ella estaba de visita en casa de los Marsh… No en la nuestra.
Abner pensó que aquella carta había sido escrita por una mujer, también prima de su abuelo, que estaba un poco resentida con Luther por no haber enviado a Sarah con su rama de la familia. Era evidente que Luther le había hecho algunas preguntas sobre Ralsa.
La tercera anotación, que estaba escrita con la letra de Luther, resumía la carta de Ariah.
«Sábado. Ariah mantiene que los Profundos son una secta o un grupo semi-religioso. Subhumano. Dice que viven en el mar y que veneran a Dagon. Otro Dios para designar a Cthulhu. Dotados de branquias. Son más parecidos a las ranas o los sapos que a los peces, pero tienen ojos ictíneos. Afirma que la última mujer de Obed era uno de ellos. Mantiene que todos los hijos de Obed poseen sus rasgos. ¿Los Marsh tienen branquias? ¿De qué otro modo podrían nadar una milla y media hasta el Arrecife del Diablo y regresar? Los Marsh comen poco, pueden pasar largo tiempo sin ingerir alimentos ni beber, y disminuyen y aumentan de tamaño con rapidez». (Ante aquella afirmación, Luther había añadido cuatro exclamaciones a modo de burla).
Zadok Allen jura haber visto a Sarah nadando por el Arrecife del Diablo. Los Marsh la llevaban consigo. Completamente desnudos. Jura que vio que los Marsh tenían la piel dura y cubierta de verrugas. ¡Y que algunos tenían escamas, como los peces! ¡Jura haberlos visto buscar y comer peces! Desgarrándolos, como los animales.
La siguiente anotación era, de nuevo, un fragmento de carta que respondía a una escrita con anterioridad por el abuelo Whateley.
Me pregunta quién es el responsable de esas ridículas historias sobre los Marsh. Pues bien, Luther, resulta imposible señalar a una persona o a una docena, pues han sido muchas durante diversas generaciones. Estoy de acuerdo en que el anciano Zadok Allen habla y bebe demasiado y que, probablemente, exagera, pero él solo es una de muchas. Esta leyenda (o galimatías, como lo llama usted) ha ido pasando de una generación a la siguiente. A través de tres generaciones. Solo es necesario observar a algunos de los descendientes del capitán Obed para comprender qué la originó. Se dice que ha habido algunos Marsh que eran demasiado horribles para poder mirarlos. ¿Historias de viejas? Podría ser, aunque en una ocasión en la que el doctor Rowley Marsh se sentía demasiado indispuesto para atender el parto de una de las mujeres Marsh, avisaron al doctor Gilman y este siempre afirmó que aquel ser al que había ayudado a nacer no tenía nada de humano. Aunque nadie pudo ver jamás a ese Marsh en concreto, hubo muchas personas que dijeron haber visto cosas que no eran humanas caminando sobre dos piernas.
A continuación no había más que una breve pero reveladora anotación que solo contenía dos palabras: «Sarah castigada».
Por lo tanto, aquella breve nota debía marcar la fecha en la que Sarah Whateley había sido confinada a la habitación que había sobre el molino. Durante algún tiempo, Luther no había vuelto a mencionar a su hija. Sus anotaciones carecían de fecha y, a juzgar por la diferencia del color de la tinta, habían sido realizadas en momentos diferentes, aunque seguían un orden cronológico.
Muchas ranas. Parecen cobijarse en el molino. Parece que haya más que en los pantanos del Miskatonic. Resulta difícil conciliar el sueño. ¿El número de chotacabras también se está incrementando o son imaginaciones mías?… Anoche pude contar treinta y siete ranas en los escalones del porche.
Había más notas similares. Aunque Abner las leyó todas, no encontró en ellas ninguna pista que le indicara qué había descubierto el anciano. Más adelante, Luther Whateley llevaba la cuenta de las ranas, los sapos, la niebla, los peces y sus movimientos por el Miskatonic: cada vez que saltaban por encima del agua, etc. Aquellos datos no parecían guardar ninguna relación entre sí, ni tenían nada que ver con el problema de Sarah.
Tras aquel grupo de notas se hacía otro paréntesis y, a continuación, aparecía una única anotación subrayada.
¡Ariah tenía razón!
¿En qué?, se preguntó Abner. ¿Y cómo sabía Luther Whateley que Ariah tenía razón? No había señales de que hubieran continuado manteniendo correspondencia, ni de que Ariah deseara escribir al irritable Luther sin antes recibir una carta de este en la que le hiciera alguna pregunta.
Lo siguiente que había en el diario era una sección en la que se habían enganchado diversos recortes de periódico. Era obvio que no guardaban ninguna relación entre sí, aunque gracias a ellos, Abner pudo saber que había transcurrido algo más de un año hasta la siguiente anotación de Luther… Una de las más desconcertantes que leyó. De hecho, el lapso de tiempo parecía ser de aproximadamente dos años.
R. se ha ido de nuevo.
Si Luther y Sarah eran los únicos habitantes de la casa, ¿quién era «R.»? ¿Acaso Ralsa Marsh les había hecho una visita? Abner lo dudaba, pues nada indicaba que Ralsa Marsh albergara algún tipo de afecto por su prima lejana, pues, de lo contrario, la hubiera ido a visitar mucho antes.
La siguiente inscripción parecía inconexa.
Dos tortugas, un perro, restos de marmota. Se han encontrado dos vacas de los Bishop en la pradera, junto al Miskatonic.
Un poco más adelante, Luther había añadido más datos similares.
En un mes, un total de 17 cabezas de ganado y 6 ovejas. Cambios terribles; tamaño proporcionado con cantidad de comida. Z. me agobia. Está ansioso por hablar de lo que está sucediendo.
¿Z. correspondía a Zebulon? Abner pensaba que así era. Entonces, era evidente que la visita de Zebulon había sido en vano, pues a Abner solo le había proporcionado pistas vagas e imprecisas sobre la situación de la casa cuando la tía Sarey vivía recluida en la habitación cerrada. Recordando la conversación que había mantenido con el tío Zebulon, era evidente que este sabía mucho menos de lo que sabía Abner después de haber leído el diario de su abuelo. Pero conocía la existencia del diario… Así que Luther debía de haberle contado que había dejado anotados ciertos hechos.
Aquellas entradas del diario parecían ser notas que había tomado su abuelo para redactar algo más adelante, pues eran demasiado crípticas, excepto para alguien que estuviera al corriente de los conocimientos básicos de Luther Whateley.
En las últimas anotaciones del anciano se ponía de manifiesto una urgencia creciente.
Ada Wilkerson se ha ido. Indicios de pelea. Fuertes sentimientos en Dunwich. John Sawyer me ha amenazado con el puño… desde el otro lado de la calle, donde no pudiese tocarlo.
Lunes. Esta vez ha sido Howard Willie. Encontraron un zapato… ¡con un pie en su interior!
El diario estaba llegando a su fin. Desgraciadamente, diversas páginas habían sido arrancadas… Algunas con violencia. No encontró ninguna pista que le indicara la razón por la que su abuelo había sufrido aquel brusco arrebato, pues estaba seguro de que nadie más podía haber arrancado aquellas páginas. Abner pensó que, quizá, Luther sintió que ya había contado demasiado e intentó destruir todo aquello que pudiese poner, a cualquier lector posterior, tras la pista de los verdaderos hechos que obligaron a la tía Sarey a vivir confinada durante el resto de su vida. Y realmente lo había conseguido.
La siguiente entrada volvía a hacer referencia al escurridizo «R.».
Por fin ha regresado R.
Después: «Clavar los postigos de las ventanas de la habitación de Sarah».
Y finalmente: «En cuanto haya perdido peso, deberá seguir una dieta estricta y mantener un tamaño controlable».
Aquella era la más enigmática de todas las anotaciones. ¿Acaso se estaba refiriendo a «R.»? Si así era, ¿por qué debía seguir una dieta estricta y a qué se refería Luther Whateley con aquello de controlar su tamaño? No había ninguna respuesta a aquellas preguntas ni en el diario (o el incompleto relato que quedaba de él), ni en las cartas que había examinado con anterioridad.
Apartó el libro mayor, resistiéndose al impulso de quemarlo. Se sentía indignado, sobre todo porque se había dado cuenta de que necesitaba conocer el secreto embalsamado en aquel viejo edificio.
Ya era tarde. Hacía rato que había oscurecido y el clamor de las ranas y los chotacabras había empezado de nuevo, rodeando la casa. Abner, que seguía pensando en aquellas anotaciones aparentemente inconexas que acababa de leer, recordó las supersticiones de su familia, idénticas a las que prevalecían en las zonas rurales, que asociaban las ranas y los gritos de los chotacabras y los búhos con la muerte. De esas reflexiones avanzó, con rapidez, hasta el vínculo anfibio que acababa de conocer. La presencia de las ranas evocó en su mente una grotesca caricatura de un miembro de la familia Marsh del clan de Innsmouth, tal y como lo describían las cartas que Luther Whateley había guardado durante tantos años.
Aunque había sido fortuito, aquel pensamiento le dejó desconcertado. La insistencia de las ranas y los sapos que croaban en las proximidades era notable, pero en Dunwich siempre había habido muchos batracios y le resultaba imposible saber cuánto tiempo llevaban croando alrededor de la casa de los Whateley. Descartó la posibilidad de que su llegada estuviera relacionada con sus cantos. Lo más probable era que el motivo de que hubiese tantas ranas se debiera a la proximidad del Miskatonic y una zona pantanosa que se extendía al otro lado del río, a las afueras de Dunwich.
Su irritación y su preocupación por los batracios se desvanecieron. Se sentía cansado, así que se levantó y guardó el diario de Luther Whateley en una de sus bolsas, con la intención de llevárselo y reflexionar sobre aquellas palabras hasta que fuera capaz de desentrañar algún tipo de significado. La clave tenía que estar en algún lugar. Si realmente había sucedido algún acontecimiento terrible en las proximidades, este tendría que haber quedado registrado en algún lugar, no solo en las escasas anotaciones de Luther Whateley. Sabía que no serviría de nada preguntar a los habitantes de Dunwich, porque estos mantendrían la boca cerrada y un absoluto silencio ante un «extraño» como él, a pesar de que estuviera emparentado con muchos de ellos.
Entonces recordó los recortes de los periódicos, que seguían aguardando en un rincón para ser quemados. A pesar de su fatiga, decidió examinar los ejemplares del Aylesbury Transcript que, de vez en cuando, publicaban una sección sobre Dunwich.
Tras una hora de apresurada búsqueda encontró tres artículos confusos que, aunque no habían sido publicados en la columna de Dunwich, corroboraban las anotaciones del libro mayor de Luther Whateley. El primero aparecía bajo el titular: «ANIMAL SALVAJE MATA GANADO CERCA DE DUNWICH»…
Diversas vacas y ovejas han sido asesinadas en las granjas de las afueras de Dunwich, al parecer por algún tipo de animal salvaje. Las huellas encontradas en la escena de la masacre sugieren que se trata de una bestia de tamaño considerable. El profesor Bethnall, del departamento de antropología de la Universidad de Miskatonic, ha señalado que podría haber manadas de lobos merodeando por las agrestes colinas que rodean al pueblo de Dunwich. Por otra parte, en la costa este nunca se ha visto una bestia del tamaño que sugieren las huellas. La policía del condado está investigando el caso.
Por mucho que buscó, Abner no encontró ningún otro artículo que continuara explicando aquella historia, aunque descubrió una noticia relacionada con Ada Wilkerson.
Ada Wilkerson, una mujer viuda de 57 años que vive junto al río Miskatonic, a las afueras de Dunwich, podría haber sido la víctima de un crimen hace tres noches. Al no presentarse en casa de un amigo con el que había quedado, este se acercó a su hogar. No había ni rastro de ella. La puerta de la casa había sido forzada y todos los muebles estaban fuera de su sitio, como si en su interior hubiera tenido lugar una violenta pelea. Según se dice, un fuerte olor a almizcle ha invadido toda la zona. En el momento de la edición de este artículo se seguía sin saber nada de la señora Wilkerson.
Los dos párrafos siguientes explicaban, con brevedad, que las autoridades no habían encontrado ninguna pista sobre la desaparición de la señora Wilkerson. Se volvía a mencionar la teoría del «animal grande», al igual que la opinión del profesor Bethnall sobre la posible existencia de una manada de lobos. Sin embargo, no había nada más, excepto que la investigación había revelado que la mujer desaparecida no tenía dinero ni enemigos, y que no se sabía de nadie que tuviera algún motivo para matarla.
El último artículo hablaba sobre la muerte de Howard Willie y llevaba el siguiente titular: «ESTREMECEDOR CRIMEN EN DUNWICH».
En algún momento de la noche del día veintiuno, Howard Willie, de 37 años y oriundo de Dunwich, fue brutalmente asesinado cuando regresaba a casa después de haber pasado unos días pescando en la parte alta del Miskatonic. El señor Willie fue atacado a menos de un kilómetro de la propiedad de Luther Whateley, cuando avanzaba por un sendero arbolado. Es evidente que se desató una violenta pelea, pues el suelo estaba levantado por todas partes. El pobre hombre fue vencido y mutilado salvajemente: el único resto físico de la víctima ha sido su pie derecho, que continuaba dentro del zapato. Es evidente que algo se lo arrebató de la pierna con una gran fuerza.
Nuestro corresponsal en Dunwich nos ha notificado que los habitantes se muestran malhumorados y tienen fuertes arrebatos de cólera y miedo. Sospechan de muchos de sus vecinos, aunque niegan que ninguno de ellos haya asesinado a Willie ni a la señora Wilkerson, que desapareció hace quince días y de quien no se ha sabido nada desde entonces.
El relato concluía con algunos datos sobre los lazos familiares de Willie. Las siguientes ediciones del Transcript se caracterizaban por su falta de información sobre los acontecimientos que se habían desarrollado en Dunwich, donde tanto las autoridades como los periodistas se daban de bruces contra un muro, pues sus habitantes se negaban a hablar o incluso a especular sobre lo sucedido. Sin embargo, había una observación que se repetía con insistencia en todas las informaciones que la policía había revelado a la prensa: el rastro o las huellas de aquel animal desaparecían en las aguas del Miskatonic. Aquel dato sugería que, si un animal había sido el responsable de la orgía de asesinatos de Dunwich, este había salido del río y había regresado a él.
Aunque casi era medianoche, Abner agrupó los periódicos que había descartado y los llevó a la orilla del río para prenderles fuego. Solo salvó las páginas que hablaban sobre los acontecimientos que se habían desarrollado en Dunwich. Como no soplaba aire y ya había quemado una zona considerable, no se sintió obligado a vigilar el fuego, pues era poco probable que el césped se incendiara. Mientras regresaba hacia la casa, oyó el clamor de los chotacabras y las ranas, que cada vez sonaba con más fuerza, y el sonido de madera resquebrajándose y quebrándose. Pensó al instante en la ventana de la habitación cerrada, así que fue a echarle una ojeada.
Bajo la tenue luz que iluminaba la casa y que procedía de los periódicos en llamas, Abner tuvo la impresión de que el agujero de la ventana era bastante más grande que antes. ¿Acaso toda la estructura de la casa que daba al molino se estaba viniendo abajo? Alcanzó a ver, por el rabillo del ojo, que una sombra informe se movía un poco más allá de la rueda del molino. Instantes después, oyó un chapoteo en el agua y las ranas empezaron a croar con tanta fuerza que fue incapaz de percibir cualquier otro sonido.
Aunque pensaba que aquella sombra no había sido más que una ilusión provocada por las llamas que danzaban sobre el fuego, y que el chapoteo había sido consecuencia del salto de algún pez, supuso que no le haría ningún daño echar otro vistazo a la habitación de la tía Sarey.
Regresó a la cocina, cogió la lámpara y subió las escaleras. A continuación, buscó la llave de la habitación cerrada, empujó la puerta y… estuvo a punto de desmayarse al percibir el fuerte olor a almizcle que invadía el cuarto. Era el aroma del Miskatonic y los pantanos, el hedor del limo que quedaba sobre las rocas y otros objetos sumergidos cuando descendía el nivel de agua del río, la empalagosa acritud de las guaridas de algunos animales… Eran todos esos olores combinados.
Abner permaneció unos instantes en el umbral, tambaleándose. Aquel hedor podía haber entrado por la ventana abierta. Cuando levantó la lámpara para iluminar la pared que se alzaba sobre la rueda del molino, pudo ver que no solo había desaparecido toda la ventana, sino también el marco. Incluso desde la distancia a la que se encontraba era evidente que algo había roto el marco… ¡Desde el interior!
Salió a toda prisa de aquella habitación, cerrando la puerta de un portazo y echando la llave. Mientras corría escaleras abajo fue consciente de que la coraza de sus racionalizaciones estaba empezando a resquebrajarse.
5
En cuanto llegó a la planta baja intentó tranquilizarse. Lo que había visto no era más que un detalle más que se añadía al cúmulo de datos, al parecer inconexos, con que había tropezado desde su llegada al hogar de su abuelo. Estaba convencido de que, por muy poco probable que le hubiese parecido en un principio, todos aquellos datos estaban relacionados de alguna forma. Tenía que descubrir qué circunstancia o elemento clave los unía.
Estaba muy nervioso. Tenía la extraña convicción de que ya conocía todos los detalles necesarios para resolver el enigma, aunque su formación científica le impedía establecer la premisa principal, la que le permitiría constatar los hechos que se estaban desarrollando delante de sus narices. Sus sentidos le decían que algo se escondía en aquella habitación. Una criatura cruel. Era una estupidez pensar que el olor que había advertido en la habitación de la tía Sarey procedía del exterior, pues si así fuera, también hubiese invadido la cocina y su cuarto, que tenían las ventanas abiertas.
La costumbre de recurrir al pensamiento racional estaba muy arraigada en su ser. Volvió a coger la carta que le había dejado su abuelo y la releyó. A eso se refería cuando escribió: «Has conseguido salir adelante en el mundo y has adquirido los conocimientos necesarios para poder observar todo lo que te rodea sin que te acose una mente inquisidora y sin dejarte llevar por la superstición de la ignorancia o la superstición de la ciencia». ¿Acaso aquel enigma, con todas sus terribles connotaciones, iba más allá de toda racionalización?
El fuerte timbre del teléfono interrumpió sus confusos pensamientos. Guardó de nuevo la carta en el bolsillo y avanzó rápidamente hacia la pared para coger el auricular.
Una voz masculina gritaba al otro lado del hilo, entre la confusión de voces inquisidoras de todos aquellos que habían contestado a la llamada y que parecían saber, al igual que el propio Abner, que iban a ser testigos de una nueva tragedia. Una de las voces (incorpóreas y anónimas para Abner) identificó a la persona que llamaba.
—¡Es Luke Lang!
—Formad un grupo armado y venid deprisa —gritaba Luke con voz ronca a través del teléfono—. Está aquí, al otro lado de la puerta, respirando con fuerza. Está intentando abrirla y mirando por las ventanas.
—Luke, ¿qué es? —preguntó una voz de mujer.
—¡Oh, Dios! Es algo sobrenatural. Se mueve dando saltos, como si fuera demasiado grande para caminar bien… Es como de gelatina. ¡Oh, deprisa, deprisa, antes de que sea demasiado tarde! Mi perro…
—Cuelga el teléfono para que podamos pedir ayuda —interrumpió otro.
Pero Luke estaba tan asustado que no les oía.
—Está empujando la puerta… Está arqueando la puerta…
—¡Luke! ¡Luke! ¡Cuelga el teléfono!
—Ahora intenta forzar la ventana. —La voz de Luke Lang se alzó en un chillido de terror—. ¡Ha roto el cristal! ¡Dios mío! ¡Dios mío! ¿No vais a venir? ¡Oh, qué mano! ¡Qué horrible brazo! ¡Dios! ¡Su cara…!
Tras un espeluznante chillido, la voz de Luke se desvaneció. Todos oyeron el sonido de cristales que se rompían y madera que reventaba… A continuación, todo quedó en silencio en la casa de Luke Lang y, por unos instantes, las personas que habían oído lo sucedido también guardaron silencio. De repente, todas las voces rompieron a hablar en una furia de exaltación y terror.
—¡Buscad ayuda!
—Nos reuniremos en casa de los Bishop. Alguien añadió:
—¡Ha sido Abner Whateley!
Al darse cuenta de lo que estaba sucediendo, Abner se quedó paralizado y mareado por el sobresalto. Forcejeó con el auricular para separarlo de su oreja… Para alejarse del alboroto de aquellos perturbados que hablaban por la línea colectiva. Lo consiguió con esfuerzo. Confundido, molesto y asustado, tuvo que apoyar la cabeza en la pared durante unos instantes. Sus pensamientos no paraban de dar vueltas a un punto central: los campesinos de Dunwich le consideraban responsable de lo que estaba sucediendo. La intuición le decía que aquella convicción se basaba en algo más que en la desconfianza que suelen sentir los habitantes de los pueblos por los extraños.
No quería pensar en lo que le había sucedido a Luke Lang… ni a los otros. La voz aterrorizada y agónica de Luke seguía resonando en sus oídos. Cuando logró separarse de la pared, estuvo a punto de caer sobre una de las sillas de la cocina. Se detuvo unos instantes junto a la mesa sin saber qué hacer, pero a medida que su mente se iba despejando, solo era capaz de pensar en escapar de ese lugar. Se sentía atrapado entre el deseo de huir y la obligación que le había impuesto Luther Whateley y que aún no había cumplido.
Sin embargo, no tenía ninguna necesidad de quedarse: había venido, había examinado las pertenencias del anciano (todo, excepto los libros), había realizado las disposiciones necesarias para que derribaran la sección del molino y podría gestionar la venta de la propiedad a través de alguna agencia. Dejándose llevar por un impulso, se precipitó hacia su habitación, metió en su equipaje todas las cosas que había sacado, además del libro mayor de Luther Whateley, y corrió hacia su coche.
En cuanto llegó junto al automóvil recapacitó. ¿Por qué tendría que huir? Él no había hecho nada malo. No era culpable de nada. Volvió a entrar en la casa, donde todo estaba en silencio, excepto por los eternos coros de ranas y chotacabras. Se quedó unos instantes de pie, vacilante; a continuación, se sentó a la mesa y sacó la última carta del abuelo Whateley para leerla una vez más.
La leyó con sumo detenimiento. ¿A qué se refería el anciano cuando, al hablar sobre la locura que se había extendido por los Whateley, había afirmado que él había conseguido mantenerse libre de ella «pero no ha sido así en todo lo que es mío»? La abuela Whateley había muerto mucho antes de que naciera Abner, su tía Julia había muerto cuando no era más que una muchacha y su madre había llevado una vida intachable. Solo quedaba la tía Sarey. ¿Cuál había sido su locura? Luther Whateley no podía referirse a nadie más, puesto que la única que quedaba era Sarey. ¿Qué habría hecho para que la encerrara en aquella habitación hasta el día de su muerte? ¿Y qué intentaba insinuar cuando le ordenaba que matara a cualquier cosa de la sección del molino que estuviera viva? No importa lo pequeño que sea. No importa la forma que tenga… ¿Se estaba refiriendo a algo tan pequeño e inofensivo como un sapo? ¿Una araña? ¿Una mosca? Luther Whateley escribía acertijos que, en sí mismos, eran un insulto para un hombre inteligente. ¿El abuelo pensaba que Abner era víctima de la superstición de la ciencia? Hormigas, arañas, moscas, diversos tipos de chinches, ciempiés, mosquitos… Todos aquellos bichos vivían en el molino, y estaba seguro de que también había ratones. ¿Acaso Luther Whateley esperaba que su nieto los exterminara a todos?
De repente, a sus espaldas, algo golpeó la ventana. Diversos fragmentos de cristal cayeron al suelo acompañados de un objeto pesado. Cuando Abner se levantó y corrió hacia ella, pudo oír unos pasos que se alejaban corriendo.
Entre los fragmentos de cristal que habían caído al suelo descansaba una roca a la que habían atado un trozo de «papel de máquina registradora» con una cuerda normal y corriente. Abner la recogió, rompió la cuerda y desenvolvió el papel.
Sus crudas palabras le sorprendieron: «¡Vete antes de que te maten!». Un pedazo de papel de máquina registradora y cuerda. Aquella frase tenía lo mismo de amenaza que de consejo bien intencionado… Y era evidente que el mensajero era Tobías Whateley. Abner dejó caer la piedra sobre la mesa con desprecio.
Aunque sus pensamientos seguían siendo confusos, decidió que no era necesario huir de forma precipitada. Se quedaría, no solo para saber si sus sospechas sobre Luke Lang eran ciertas o no (como si la llamada telefónica hubiera dejado lugar a dudas), sino también para intentar sondear, por última vez, el enigma que Luther Whateley había dejado tras él.
Apagó la luz y fue a oscuras hasta su habitación, donde se dejó caer sobre la cama, completamente vestido.
Pero no logró conciliar el sueño. Permaneció acostado, explorando el laberinto de sus pensamientos, intentando encontrar algún sentido a la masa de datos que había acumulado, buscando el punto básico que tenía que ser la clave de todo lo demás. Estaba seguro de que aquella clave existía; peor aún, estaba convencido de que la tenía delante de los ojos… y de que no había logrado interpretarla ni reconocerla.
Apenas llevaba media hora tumbado cuando oyó, sobre el coro de las ranas y chotacabras, un chapoteo que procedía del Miskatonic, un sonido que se aproximaba hacia él, como si una gran ola estuviera barriendo las orillas en su camino hacia el mar. Se sentó en la cama para poder oír mejor aquel sonido y, al hacerlo, este se detuvo y fue reemplazado por otro: uno que su mente se negaba a identificar y que, sin embargo, podría haber definido como el que causaría alguien al trepar por la rueda del molino.
Se levantó y salió de su cuarto.
En la habitación cerrada se oyó un sonido amortiguado, como si algo hubiera caído con fuerza al suelo. A continuación, pudo oír un extraño y sofocado gimoteo, como si un niño llamara a gritos en la distancia. Después, todo quedó en silencio, y tuvo la impresión de que incluso el cantar y el clamor de las ranas iba disminuyendo hasta desvanecerse.
Regresó a la cocina y encendió la lámpara.
Envuelto en el amarillento resplandor de su luz, Abner subió lentamente las escaleras que conducían a la habitación cerrada. Caminaba con sigilo, intentando no hacer ruido.
Al llegar junto a la puerta se detuvo a escuchar. Al principio no oyó nada… Después, un susurro golpeó sus oídos.
Había algo en aquella habitación que… ¡respiraba!
Intentando dominar su miedo, metió la llave en la cerradura y la giró. Al instante, abrió de golpe la puerta y sostuvo la lámpara en alto.
Entonces, se quedó paralizado de horror y temor.
Allí, acuclillada entre las sábanas y colchas que habían caído al suelo desde aquella cama que llevaba tanto tiempo abandonada, descansaba una criatura horrible, de piel correosa, que no era ni anfibia ni humana. Estaba comiendo algo y la sangre aún se deslizaba por su mandíbula de rana y sus dedos palmeados. Era una entidad monstruosa, provista de unos brazos largos y fuertes, idénticos a los de las ranas, que brotaban de su cuerpo animal, y unas manos similares a las humanas, excepto por las membranas que había entre sus dedos…
La imagen solo duró unos instantes.
Emitiendo un terrible aullido, la criatura se alzó imponente y se abalanzó sobre Abner.
—¡Eh-ya-ya-ya-yaa-haah-ugh’aaa-h’yuh, h’yuh!
Gracias a un terrible y espeluznante conocimiento, pudo reaccionar al instante, lanzando con todas sus fuerzas la lámpara de queroseno contra aquel ser que corría hacia él.
El fuego envolvió a la criatura que, frenética, empezó a golpear su cuerpo incendiado, ignorando las llamas que se alzaban a sus espaldas y se extendían por el suelo de la habitación. En aquel mismo instante, el tono de su voz cambió, pasando de un aullido profundo a un lamento estridente:
—¡Mama-mama-ma-aa-ma-aa-ma-ahh!
Abner cerró la puerta y escapó a toda prisa.
Con el corazón latiendo a mil por hora, bajó las escaleras y cruzó las diversas habitaciones de la casa, corriendo y tropezando con los muebles. Cuando consiguió llegar al coche, casi privado de sus sentidos y medio ciego por la transpiración de su miedo, giró la llave de contacto sin perder ni un segundo y se alejó gimiendo de aquel lugar maldito y humeante, mientras las llamas que devoraban el edificio emitían un fulgor rojizo en el cielo.
Cruzó Dunwich y el puente cubierto a toda velocidad. Sus ojos seguían medio cerrados, como si quisieran eliminar para siempre la visión que habían presenciado. Al pasar junto a las oscuras colinas que se alzaban junto al camino, tuvo la impresión de que estas intentaban tocarle, y de que los chotacabras y las ranas, con sus gritos, se estaban burlando de él.
Nada sería capaz de borrar aquel conocimiento final y catastrófico que le abrasaba la mente. La clave que había estado delante de sus ojos durante todo aquel tiempo… El conocimiento implícito que había en sus recuerdos y en las notas que le había dejado Luther Whateley… Los trozos de carne cruda que, inocentemente, había supuesto que serían cocinados en la habitación de la tía Sarey… La referencia a «R.», que «por fin había regresado», después de escapar, al único hogar que conocía… Las inconexas referencias que habían sido escritas por el puño de su abuelo, sobre vacas y ovejas desaparecidas y restos de otros animales… La espeluznante sugerencia que ahora se definía con claridad en las notas que escribió Luther Whateley sobre R.: «Tamaño proporcionado con cantidad de comida» y «Debe seguir una dieta estricta y mantener un tamaño controlable»… igual que los habitantes de Innsmouth. R. no había sido alimentado tras la muerte de Sarah, puesto que Luther tenía la esperanza de que, si la encerraba sin comida, la criatura se resecaría y finalmente moriría. Sin embargo, la duda le había obligado a ordenar a su nieto que matara a «cualquier cosa viva que hubiera en el interior de aquella habitación»… La misma cosa que Abner, involuntariamente, había liberado al romper el cristal de la ventana y abrir de una patada las persianas. La criatura que había quedado libre para buscar su propia comida y volver a crecer de forma diabólica, y que primero se había alimentado de peces del Miskatonic, después de pequeños animales, a continuación de ganado, y por fin, de seres humanos… Aquel ser que era mitad batracio y mitad humano, aunque lo bastante humano como para regresar al único hogar que había conocido en su vida y llamar, aterrorizado, a su Madre ante su fatal holocausto… La criatura que había nacido de la impía unión de Sarah Whateley y Ralsa Marsh, que descendía de sangre impura y corrupta… Aquel monstruo que moraría eternamente en el recuerdo de Abner Whateley… Su primo Ralsa, a quien la voluntad de hierro de su abuelo había condenado a vivir encerrado, en vez de haber sido liberado en el mar para unirse con los Profundos… ¡Con los acólitos de Dagon y el Gran Cthulhu!
- The Shuttered Room. Titulada en castellano como ¿Por qué lloras, Susan? ↩︎

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