Imaginad que no solo ha continuado el legado de Wilbur Whateley, tal y como sucede en las historias anteriores, sino que también ha regresado el propio Wilbur. Imaginad que el destino le ha concedido una segunda oportunidad. E imaginad que su reaparición no tiene lugar en el mundo de Lovecraft de los años 20 y 30, sino en una época mucho más cercana a la nuestra. ¿Qué pensaría del mundo y sus cambios? Un detalle secundario: la descripción actualizada de Arkham que aparece en este relato se ha ido desarrollando en las páginas de diversas historias de los Mitos, desde la época de Lovecraft hasta del momento presente. Si lo deseáis, podéis intentar hacer corresponder los detalles con los escritores correctos. Una característica del personaje de Wilbur Whateley (que ha sido señalada por Peter Cannon y otros, aunque con frecuencia cae en el olvido) es que Wilbur es el análogo autobiográfico de Lovecraft en diversos aspectos: a Wilbur le cría su abuelo y no su padre; es instruido en casa, con los libros de la biblioteca de su abuelo; su madre está perturbada; carga con el estigma de la fealdad (falso en el caso de Lovecraft, aunque se trata de una imagen de sí mismo impuesta por su madre); y siente que es un extraño… Todos estos elementos aluden al propio Lovecraft. También pueden observarse características similares en los personajes de Charles Dexter Ward, Jervas Dudley en The Tomb (cf. Jervase Cradock, de Machen, un análogo de Wilbur), Eduard Derby en El que Acecha en el Umbral, Randolph Carter en La Llave de Plata y Ward Phillips en Through the Gates of the Silver Key. Todos estos personajes son Lovecraft en cierta medida y, por lo tanto, todos ellos son, en cierto modo, el mismo.
—Bugg-shuggog…
La plegaria de Wilbur Whateley había sido escuchada. El último conjuro había funcionado.
No había entonado aquel cántico para liberar a la Cosa invisible de su confinamiento. No era necesario, porque el propio tiempo se encargaría de hacerlo. Debido a la ausencia de su hermano, su cuidador, aquello de la granja estaba pasando mucha hambre, pero algún día el instinto le obligaría a estallar y la enorme granja centenaria de los Whateley reventaría, como una gigantesca tortuga marina deseosa de desembarazarse de su caparazón. Entonces sería libre para comer y alimentarse.
Wilbur Whateley no podía perder el tiempo pensando en cuál sería su destino. El único que le preocupaba en aquellos momentos era el suyo. Le inquietaba no poder pronunciar correctamente aquellas extrañas sílabas, ser incapaz de articularlas con la tonalidad adecuada… Una tonalidad que ni siquiera podía oír bien, porque la parte humana que había en su interior era demasiado grande.
¡Pero lo había conseguido! Los ávidos chotacabras habían interrumpido de golpe sus regodeos para huir aterrorizados. En cuanto su vida empezó a decrecer a toda velocidad en un plano, logró que fluyera hacia otro. Posiblemente, cuando su inmensa y mutilada masa empezó a desmaterializarse, quedó una especie de residuo viscoso en el suelo de la biblioteca de la Universidad de Miskatonic; sin embargo, también eso desaparecería pronto. Había logrado escapar a otra dimensión, aquella en la que esperan los ciegos y tenebrosos Antiguos, aquella a la que Wilbur Whateley, siervo de Sus siervos, había intentado enviar a la tierra recientemente. Resultaba irónico que ahora estuviera dirigiéndose a ese lugar. Al igual que los Antiguos, tendría que esperar, quizá durante largos eones, a que alguien hiciera la Llamada… Pero en esta época decadente, no habría nadie que supiese hacerla.
Transcurrieron generaciones y generaciones, pero no allí donde Wilbur esperaba, soñando, enviando sueños. En el plano mortal había pocas mentes receptivas, debido a que, en su mayoría, estaban ofuscadas por aquello que se denomina cordura. En ocasiones, su sugestión transdimensional lograba conectarse, registrarse, pero nadie tenía los conocimientos adecuados para hacer lo necesario. Algunas de esas personas se convirtieron en asesinas o maníacas cuando intentaron traducir, lo mejor que pudieron, los impulsos de Wilbur Whateley en acciones, pero sus actos solo conseguían disipar la energía… Y eso no le hacía ningún bien a Wilbur. El tiempo seguía pasando. Wilbur Whateley esperaba, y soñaba.
En Chorazin, Nueva York, un viejo chiflado sudaba… y habría blasfemado si no hubiese sido tan consciente de que no se podía añadir ni una sílaba incorrecta en el campo energético que había creado y que ahora cargaba el aire de la polvorienta biblioteca en la que trabajaba. Sudaba por el esfuerzo que requería aquella elaborada ceremonia, que estaba repitiendo por vigésima primera vez, seguro de que tampoco conseguiría nada en aquella ocasión. Posiblemente, no cambiaría nada si blasfemara… Ni siquiera si entonara el himno nacional, pues solo su desgastada fe le decía que había un campo energético psíquico ante él. Puede que hubiese cometido algún error durante los preparativos, o quizá, su familia tenía razón y era cierto que había perdido algún tornillo. Bueno, lo único que podía hacer era dibujar de nuevo la estrella de cinco puntas; quizá, en esta ocasión, de un color diferente. Si eso no funcionaba, no tenía ni idea de qué iba a hacer con Aquello del sótano. Solo intentaba invocar a alguien que lo supiera.
Días después y sin haber pegado ojo, lo intentó por cuadragésima tercera vez y logró que funcionara. Primero, la trémula gelatina blanca en medio de la estrella de tiza. Después, el hedor y el frío interestelar, acompañado del sonido de un viento muy fuerte, aunque el aire no se movía. A continuación, la gelatina se empezó a inflar. Y el color y la forma entraron en ella.
La descripción del bibliotecario resultó ser muy precisa. De la cintura, que se alzaba sobre unas patas similares a las de los reptiles, empezaron a brotar tentáculos que le dieron a aquella Cosa el aspecto de una hidra. Estaba cubierta por un pelaje denso, negro y alborotado, como el de un oso pardo; y su rostro parecía ser, solo accidentalmente, humano. Había llegado.
La masa vaciló, como si intentara sincronizarse con el ritmo del tiempo terrestre; después empezó a respirar. En aquel instante, unas extrañas redes de venas y arterias temblaron, y su piel de reptil empezó a cambiar de color con los pulsos del icor que circulaba por su cuerpo… y por fuera de este. El anciano tuvo que actuar con rapidez para cerrar las heridas de aquel gigante que había invocado al cielo. La tarea resultó bastante sencilla, puesto que las lesiones del tejido parecían insignificantes. La razón por la que aquellas heridas podían ser tan peligrosas para semejante titán era un misterio que hubiese podido resolver si tuviera más conocimientos sobre el funcionamiento de su fabulosa fisiología extraterrestre. De todas formas, si podía confiar en lo que decían los libros antiguos, el anciano creía saber cómo cerrar aquellas heridas… Y la simple presencia de la criatura le indicaba que podía confiar ciegamente en ellos.
Wilbur Whateley se estremeció. Había vuelto al plano mortal desde un estado de conciencia tan diferente al nuestro que regresar a él era algo similar a despertar de un sueño. La parte humana que había en su interior era demasiado grande y le impedía conservar la capacidad de visualizar la esfera Exterior tras su regreso a la Tierra.
Al parecer, uno de los pequeños humanos se había arrodillado ante él y, por alguna razón, tenía las manos unidas a modo de súplica. El anciano habló con voz temblorosa, debido al profundo respeto o al temor que sentía… O posiblemente, a ambas cosas.
—Le doy la bienvenida. ¡Oh Palabra del Eón! ¡Oh Gran Bestia! ¿Debo…, debo continuar? Soy su siervo, Ezekiel Prinn, y le he traído para que finalice la obra que había empezado. Esa es también mi misión… y la de mi familia, la de Abigail Prinn y Ludvig Prinn con anterioridad. Por ser humanos, todos ellos fracasaron, y me temo que yo carezco de sus conocimientos… pues solo poseo unos libros.
Temiendo haber dicho demasiado, Ezekiel Prinn dio por finalizado su discurso de bienvenida con un ligero movimiento de manos que señalaba hacia su pequeña colección de manuscritos raídos y libros toscamente encuadernados. Durante todo ese tiempo, el gigante le había escuchado, si realmente lo había hecho, en silencio. Por fin, su rostro de cabra se alzó y sus extraños ojos se reunieron con los del anciano.
—Lo has hecho muy bien. ¿Qué libros?
—No eran míos —dijo Prinn, disculpándose y dirigiéndose a toda velocidad hacia un lado de la sala—. Los encontré aquí y muchas de sus páginas eran prácticamente ilegibles.
Wilbur Whateley recorrió con el dedo los volúmenes y cogió uno. La contracubierta cayó al suelo, levantando una nube de polvo. Nervioso, Prinn continuó hablando.
—He tenido la suerte de encontrar mi legado. Mi familia ha intentado esconderlo durante generaciones, pero supongo que lo llevaba en la sangre, porque cada vez sentía más curiosidad. Entonces, descubrí quién era y cuál era mi misión. —¿Dónde estamos?
—En la mansión del viejo Van der Heyl, en el norte del estado de Nueva York. Leí un artículo publicado por la Sociedad de Investigación Psíquica. No sé si usted sabe qué es… Bueno, hablaba sobre un hombre que vino a este lugar y contactó con el Exterior. El artículo decía que aquí había libros y yo supe que los necesitaba. Sin embargo, los únicos que quedaban eran los que usted… Los que mi Señor está viendo ahora. No es mucho. Pero también tengo estas…
—Mis cartas. —Cuando cogió una de aquellas páginas amarillentas, la confusión se dibujó en sus extraños ojos. Se trataba de una carta que iba dirigida al abuelo de Wilbur Whateley, el viejo brujo.
«Frater Magnum Innominandum, haz lo que tengas que hacer para convertirte en el conjunto de la ley…». La carta proseguía describiendo el acto de magia cósmica sexual que, con la colaboración de Lavinia, había traído al mundo a Wilbur, por primera vez, hacía tantos años. El final de la carta era tan extraño como su principio: «El amor es la ley, el amor sometido a la voluntad. Tu hermano en Almonsin-Metraton, Frater Perdurabo».
Ezekiel Prinn aguardó, deseoso de que el titán no se sintiera demasiado molesto.
—La encontré en las ruinas de su hogar. También lo visité. No quedaba mucho en pie, pues había sido destruido por la Cosa. —Aunque Prinn solo era capaz de imaginar la naturaleza de la Cosa invisible, sospechaba cuál había sido su propósito. Había aceptado de forma tácita su destrucción. De haber permanecido en el mundo, todo lo demás hubiera desaparecido. De alguna forma, los humanos habían conseguido derrotarla—. Los entrometidos de la Universidad inspeccionaron su casa y se llevaron la mayoría de las cosas.
—¿También el Libro? —musitó Wilbur Whateley. Había sido incapaz de robar el Libro a los humanos y, en cambio, ellos le habían robado su copia—. Lo necesito, más que todo lo demás.
Ezekiel Prinn le miraba como un alumno solícito.
—He viajado mucho, mi Señor. Tengo ese Otro del que ha hablado. Verá, había Otro Más.
Sorpresa. Era obvio que en aquellos rasgos semihumanos se había dibujado una expresión de sorpresa.
—Si hiciera el favor de seguirme… —Prinn condujo a su gigantesco huésped por diversas habitaciones cubiertas de telarañas, apartando trozos sueltos del papel de las paredes y dando patadas a ciertos restos imposibles de identificar, hasta llegar a las escaleras del sótano. Era un lugar enorme y húmedo que parecía absorber el resplandor de la linterna eléctrica que llevaba el anciano en las manos.
—Busqué en muchos lugares hasta que por fin, hace algunos años, lo encontré en un museo de Londres. Todo el mundo pensaba que no era más que una escultura surrealista insólita, pero yo sabía que había estado viva y que volvería a estarlo si se pronunciaban las Palabras adecuadas.
La luz iluminaba, tenuemente, un objeto inmenso con una forma extraña: un cuerpo globular, que se apoyaba sobre seis patas similares a las de los cangrejos, descansaba (puesto que su anatomía impedía decir que estaba sentado) sobre un trono de estalagmitas. La esfera, cubierta de cilios arrugados, estaba coronada por un hocico elefantino y una serie de ojos asimétricos. Prinn consideraba que aquella figura guardaba cierto parecido con Wilbur Whateley, aunque no compartían ningún rasgo concreto.
—Es Rhan-Tegoth… O al menos, eso decía la placa. Los Antiguos pueden regresar a través de él.
Wilbur Whateley asintió. Parecía satisfecho.
—¡Las Palabras! ¿Las conoces?
—No, mi Señor, no las conozco. Están en el Libro, pero no lo poseo.
—¿Harvard? ¿Miskatonic?
—Lo intenté en ambas bibliotecas, y también en otras. Todas… hum… han aprendido la lección. Aunque poseen el Libro, niegan que exista. Dicen que no es más que una leyenda o una ficción. Sin embargo, hace poco oí algo que me permitió recuperar la esperanza. Al parecer, existe un lugar en el sur, que hasta ahora no ha sido visitado por las autoridades, que posee el Libro…
—Iré. Dame ropa.
Ezekiel Prinn hizo con rapidez lo que le pedía. Aunque deseaba realizar aquella misión, no tenía ninguna intención de discutir. Era evidente que su Amo sentía la necesidad de completar la obra que había empezado. En esta ocasión, estaba decidido a regresar con el Necronomicón.
Wilbur Whateley, encorvado en el asiento debido a lo bajo que estaba el techo (para él), se sentía desconcertado ante el paisaje que podía contemplar desde el vagón del tren. En el horizonte descansaba la legendaria Kadath… O al menos, eso parecía. ¿Cómo habrían logrado levantar, los diminutos humanos, aquellas enormes torres que había visto surgir ante él? A pesar de todos sus conocimientos sobre universos perdidos y antiguos, la parte humana que había en su interior no era más que un habitante de una zona rural aislada que jamás había visitado la ciudad de Nueva York. Estaba fascinado.
En cuanto el tren se detuvo, los pasajeros empezaron a apearse, desapareciendo por las miles de direcciones distintas de la inmensa caverna de la estación. Wilbur Whateley leyó la dirección que había anotado con sumo cuidado y la buscó en los grandes mapas que colgaban de las paredes, que estaban repletos de intrincadas y confusas líneas de colores que le hicieron pensar en los escritos cifrados de mundos remotos. Al igual que la mayoría de las personas que estaban consultando aquellos planos, tampoco él podía demorarse demasiado en intentar descifrar el mensaje críptico que escondían.
Mientras se dirigía hacia las escaleras, pisando un bulto humano que yacía inconsciente en el suelo, empezó a analizar aquella marea carnosa que se movía a su alrededor. La mayor parte de aquellas personas parecían encontrarse en algún nivel intermedio entre la cordura y la decadencia, aunque había una gran diversidad de rostros y voces que jamás había visto en la Nueva Inglaterra rural. Del mismo modo que Darwin se sintió asombrado ante la variedad de pinzones de las Islas Galápagos, Wilbur Whateley se sorprendió al descubrir que los seres humanos podían adoptar una variedad tan amplia de matices y formas.
Algunas de las lenguas que oyó no parecían haber sido creadas para el aparato de fonación humano. Vio pandillas de jóvenes ociosos; excéntricos vestidos de forma estrafalaria que llevaban el rostro pintado y agujereado y crestas en la cabeza; humanos que llevaban cajas de ruido; personas que vendían flores o distribuían panfletos… Aquellas hordas mestizas con rostros de rata le repugnaban, porque infestaban como sabandijas aquel planeta que por derecho pertenecía a Aquellos a quienes servía. Si conseguía su propósito, pronto regresarían… y la metrópolis que le rodeaba no sería más que una ciudad muerta. Sin embargo, mezclado en aquel flujo de detestable humanidad, Wilbur Whateley se sentía agradecido porque nadie parecía prestar atención a su rostro de cabra, a su cuerpo de más de dos metros ni a la ropa con la que había envuelto su cuerpo, como si fuera una tienda de campaña. Cuando no hay normalidad tampoco existe la anormalidad. Por primera vez en su vida terrenal, Wilbur no tenía que esconderse.
Durante horas paseó por las calles de la ciudad, pensando que si todo salía bien, todas aquellas cosas serían barridas del mapa y el mundo estaría preparado para acoger a Aquellos a quienes servía. Logró encontrar el distrito que el viejo Ezekiel le había indicado lo mejor que había podido. Aquella zona estaba repleta de librerías grandes y pequeñas que, a su vez, estaban repletas de clientes. Aquello le sorprendió, puesto que la lectura había sido un arte perdido o desconocido en su pueblo rural de Dunwich. Wilbur y su abuelo habían despertado el recelo de sus vecinos por poseer y leer libros… Y por los misteriosos experimentos que realizaban.
El establecimiento que estaba buscando resultó ser uno de los más pequeños y mugrientos de la zona, que se encontraba, medio escondido, en una calle lateral.
Del escaparate colgaba un esqueleto humano, además de algunas figurillas de yeso que representaban gárgolas y dioses fálicos. Sobre la puerta, una señal escrita a mano advertía, de forma profana, que los curiosos y los intolerantes no eran bienvenidos. Una señal más grande que colgaba de la ventana revelaba el nombre de la tienda: «Los Chiquillos Mágicos», nombre que, al fin y al cabo, describía adecuadamente a Wilbur.
Se detuvo y entró. Debido a su inmenso tamaño, tuvo ciertas dificultades para moverse entre los dos estrechos pasillos. Cada centímetro del espacio disponible estaba abarrotado de parafernalia esotérica, velas y frascos de especias y hierbas, en cuyas etiquetas se describían las supuestas propiedades curativas o afrodisíacas. También había una caja repleta de toscas joyas de diseños extraños, algunas de las cuales representaban ojos de animales. A Wilbur Whateley le maravilló que un lugar como ese pudiera estar abierto al público. ¿Cómo había logrado escapar de los ojos de las autoridades en una ciudad tan atestada? ¿Era posible que los tiempos hubiesen cambiado tanto durante los sesenta años que había estado ausente de la tierra?
Aquella debía de ser la razón porque, al examinar los estantes, ignorando innumerables panfletos baratos sobre astrología, sexualidad y demás, sus extraños ojos se posaron sobre lo imposible:
¡Había un montón de copias del Libro!
¡Y como si de cualquier otro se tratara, estaban a la venta! En vez de alivio o regocijo, su reacción fue de profunda inquietud. Aunque ahora pudiera poseer aquel preciado volumen… También estaba al alcance de cualquier estúpido o aficionado. ¿Cómo era posible que el mundo continuara existiendo, si tantas personas podían acceder al libro de Alhazred? ¿Por qué no lo estaban gobernando ya los Antiguos?
Su desconcierto no había hecho más que empezar pues, en aquel momento, descubrió que había dos ediciones completamente diferentes a la venta. Una llevaba por título: El Necronomicón, el Libro de los Nombres Difuntos, y pretendía ser una traducción del libro de Dee, o más bien, un fragmento cifrado y codificado de este. El otro era más grande y llevaba por título una sola palabra: Necronomicón, en letras plateadas que habían sido grabadas en relieve sobre falso cuero negro (si hubiese estado más familiarizado con el tema, habría advertido que su encuadernación parecía la de un anuario de instituto). Aunque esta última versión era más larga que la primera, no tenía el mismo tamaño que el voluminoso tomo de mil páginas que había consultado hacía sesenta años. Era la interpretación de la obra que había realizado un tal Simon, un experto en conocimientos ocultos.
Sintiendo una extraña mezcla de esperanza e incomodidad, Wilbur Whateley extrajo un fajo de billetes arrugados de su bolsillo y los dejó caer sobre el mostrador, sin apenas oír las amables palabras del dueño de la tienda.
—¡Oh! El Necronomicón… Es uno de nuestros artículos más populares. ¿Sabe? Todos los domingos por la noche, después de la misa gnóstica, hacemos clases sobre él.
Wilbur abandonó la tienda, con ambos libros bajo el brazo.
Después de recorrer algunas manzanas bajo un cielo cada vez más cubierto, decidió detenerse en un lugar llamado Union Square Park. En él había diversas hileras de bancos, muchos de los cuales estaban ocupados por drogadictos y alcohólicos inconscientes. Tras sentarse en uno vacío, situado debajo de una farola, abrió ambos volúmenes.
Intentó cotejar, en vano, los dos textos dispares. Tras una o dos horas de laborioso trabajo por su ardua prosa, llegó a la conclusión de que aquellos dos libros no tenían nada en común, excepto su título. En un principio había pensado que, como era evidente que ninguno de los dos volúmenes comprendía el texto íntegro, cada uno de ellos debía de contener dos fragmentos independientes. La copia que había poseído, la que le habían arrebatado las autoridades hacía tanto tiempo, era la traducción de Dee, aunque estaba incompleta. Como el fragmento de Dee que aparecía en uno de los volúmenes que acaba de adquirir le resultaba desconocido, creía haber encontrado el pasaje que tanto anhelaba. Sin embargo, aquella breve invocación de Yog-Sothoth carecía totalmente de sentido: según el libro, la gente invocaba a Yog-Sothoth para conseguir, únicamente, riquezas terrenales.
En su mente surgió una sospecha que fue madurando a medida que examinaba con mayor atención el otro libro que, pura y simplemente, parecía haber sido titulado de forma errónea. Aquel volumen no era el Al Azif de Abdul Alhazred, sino una recopilación de cantos litúrgicos sumerios. Llegando a la conclusión de que había sido víctima de una extraña broma, Wilbur Whateley dejó aquellos tomos inútiles en el banco y se fue en busca de un teléfono.
Sabiendo que no podría entrar en las diminutas cabinas debido a su tamaño, pronto encontró un teléfono que colgaba de un poste y, al llegar junto a él, extrajo el papel en el que estaba apuntado el número del aparato que Ezekial Prinn había instalado recientemente en la mansión del anciano Van der Heyl. Le alivió ver que solo tenía que pulsar unas teclas, pues le hubiera costado un gran trabajo introducir sus inmensos dedos en los diminutos agujeros del dial. Aun así, tuvo dificultades para marcar las teclas de una en una.
Prinn no contestó, ni siquiera a la quincuagésima señal. Aquello auguraba complicaciones, problemas. Wilbur intentaría acercarse a él, pero ahora prefería estar lejos y continuar con sus planes, que ahora habían cambiado.
Los planes sobre los que había querido informar al anciano.
Por suerte, no había comprado un billete de ida y vuelta, pues acababa de decidir que no iba a regresar a su punto de partida. En vez de ello, tenía pensado coger el tren para dirigirse al Valle Miskatonic superior. Su próxima parada sería Arkham, Massachusetts.
Pudo ir directamente de Nueva York a Boston, pero allí tuvo que esperar al tren regional, Boston-Arkham, que siempre llegaba con retraso. Comparada con la estación de Nueva York, la de Boston era diminuta. Aunque allí había muchas menos personas, todas ellas se movían con la misma rapidez, impacientes por estar en otro lugar. Eran como hormigas en un hormiguero, muy ocupadas realizando unas tareas que Wilbur Whateley deseaba hacer desaparecer con la máxima prontitud, aunque sus presentimientos, cada vez más intensos, le hacían dudar de su éxito. Si no conseguía limpiar el mundo, ¿sería capaz de vivir en él, tal y como era ahora?
Por fin llegó el tren y pudo continuar su camino. Aunque el viaje no era demasiado largo, le llevó bastante tiempo llegar a su destino, ya que las vías no seguían la ruta más corta, ni siquiera allí donde era posible, sino que discurrían paralelas al sinuoso curso del Miskatonic. Posiblemente, el extraño trazado del ferrocarril se debía a que había sido construido para conectar los diversos pueblecitos que se alzaban a la orilla del río y habían sido fundados cuando el comercio exigía transporte fluvial.
Al entrar en la antigua y pintoresca ciudad, el tren aminoró la marcha. Wilbur Whateley conocía los nombres de aquellas calles. Allí estaba Derby Hyde… y West Streets… y por fin, la estación B & M, que se alzaba en la esquina entre High Lane y Garrison Street. Se apeó y cruzó la vieja plataforma de ladrillos, que necesitaba una reparación urgente (como la mayor parte de la ciudad), para dirigirse al teléfono más cercano. Intentó llamar a Ezekiel Prinn y, como tampoco obtuvo respuesta, Wilbur supo que había sucedido algo malo.
Después de colgar, dio media vuelta y examinó su entorno inmediato. Hacía sesenta años que no pisaba ese lugar. Oculto como estaba en otra realidad, no había sentido el paso del tiempo. En sus recuerdos tenía la impresión de haberlo visitado hacía tan solo unas semanas; sin embargo, aquellos sesenta años habían provocado demasiados cambios. Algunos de aquellos edificios, que ya se estaban desmoronando en aquel entonces, habían sido reconstruidos, en algún momento posterior, siguiendo el estilo gótico Victoriano, algo que incluso a Wilbur Whateley le resultó extraño. Decidió ir a la Universidad de Miskatonic (pues aquel era el motivo de su visita), dando un rodeo, para poder ver más cosas de la ciudad.
En cuanto salió de la estación giró a la derecha y avanzó a grandes pasos por High Lane; a continuación, dobló a la izquierda en West Street y atravesó el puente que cruzaba el río, dejando atrás un islote que era famoso por el antiguo menhir que se alzaba en él, sobre el que existían historias dudosas y fabulosas. Wilbur conocía la verdad que se ocultaba tras aquella leyenda. De hecho, podría explicar muchísimas cosas a los profesores del departamento de Antropología de la Miskatonic… si tuviera ganas de hacerlo, claro.
Paseando por River Street pudo ver que su vieja hilera de tiendas seguía en pie y que muchas de ellas continuaban abiertas, aunque un rótulo indicaba que uno de los locales se había convertido en el refugio de un artista. Paseó por West Street hasta llegar a Main Street, donde accedió a Church Street, que antiguamente había sido el principal distrito comercial de Arkham, aunque ahora, la mayoría de las tiendas se habían trasladado a Main Street o a los grandes centros comerciales que se habían construido en las vías de acceso a la ciudad. La Universidad, que antaño se alzaba a un lado de Church Street, había ido adquiriendo los terrenos adyacentes. Debido a las protestas de varios vecinos, la mayor parte de las tiendas que habían quebrado y habían sido abandonadas fueron derribadas y reemplazadas por nuevos edificios que se construyeron siguiendo el viejo estilo (algo que, en cierto modo, logró apaciguar a los airados historiadores) y que ahora eran la sede de diversas fraternidades de estudiantes. Al pasar por delante, Wilbur advirtió que de algunas de aquellas casas de tejado inclinado colgaban rótulos en los que ponía Lam Kha Alif, Kaf Dhai Waw y cosas similares. No sabía de qué fraternidades se trataba, pues su educación se limitaba a la que había recibido en casa. En cuanto giró a la derecha en Garrison Street, el primer edificio que apareció ante sus ojos fue el Balneario Universitario, aunque su mirada se desvió al instante hacia el inmenso edificio Administrativo, de reciente construcción, que se alzaba al otro lado de la calle. Después de aquel bloque se encontraba la Biblioteca, un lugar que, debido a sus anteriores visitas, le resultaba familiar… Demasiado familiar. En teoría, en su interior se encontraba el objetivo de su búsqueda. Sin embargo, en aquel instante pensó que, posiblemente, el Libro ya no se encontraba en aquel lugar pues, según lo que le había explicado el viejo Prinn, los bibliotecarios negaban que existiera.
De todas formas, decidió intentarlo, así que subió por las grandes escaleras de piedra que conducían al edificio. Se detuvo ante el mostrador de préstamos y aguardó, consciente de que al bibliotecario no le resultaría difícil advertir la presencia de una persona de su tamaño y aspecto. Instantes después, una remilgada e intimidada mujer se acercó para preguntarle si necesitaba su ayuda.
—Se lo agradecería, señorita. Necesito consultar un libro que me han dicho que se encuentra en esta biblioteca. Se llama Necronomicón.
—Ese libro no existe, caballero. No es más que una ficción, ¿sabe? Usted debe de ser la décima persona que ha venido preguntando por él desde que trabajo aquí. Lo único que puedo decirle es que, fuera quien fuera quien se inventó esa historia, tuvo que ser sumamente convincente; sin embargo, el libro no existe, aunque algunos gamberros se hayan dedicado a pegar tarjetas falsas con su título en el catálogo…
Wilbur estaba seguro de que aquella mujer realmente creía que no existía y, como era una subordinada, podía ser cierto. Puede que nadie le hubiese contado la verdad.
—Tengo que hacer ciertas investigaciones sobre él. ¿Podría usted decirme si hay alguna persona que pueda contarme algo más sobre ese libro?
—Bueno, quizá alguno de los profesores del departamento de Literatura… o podría intentarlo en la fundación. Sí, puede que allí sepan algo. Al salir, gire a la derecha y cuando llegue al fondo, a la izquierda. No tiene pérdida. Está justo después del Laboratorio Nuclear Pickman.
Y realmente le resultó sencillo encontrarla. La placa del vestíbulo indicaba que el nuevo y resplandeciente edificio albergaba una fundación que llevaba el nombre de un profesor de cultura popular, ya retirado y difunto. La labor de la fundación se describía en términos vagos, sugiriendo que allí se realizaban trabajos experimentales de parapsicología. Wilbur sospechó que aquella ambigüedad era intencionada… y que denotaba que durante los años que había estado ausente, los humanos habían aprendido bastante sobre Aquellos a quienes servía, pero no deseaban que todo el mundo estuviese al tanto de unos hechos que podían resultar inquietantes.
No había nadie a la vista, así que decidió explorar el lugar antes de que le detectaran… Aunque era posible que, al formar parte de la Universidad, aquel lugar estuviese abierto al público. Las voces que podía oír desde el vestíbulo le indicaron que en aquel edificio se impartían clases. Se detuvo junto a una puerta a escuchar.
—Mis queridos amigos… Estas piedras, que en un principio fueron el producto de una antigua ciencia que precede incluso a los Druidas, se han convertido en nuestro principal logro tecnológico. Hemos sido capaces de reproducirlas en nuestros hornos y, al igual que sus prototipos, actúan como si fueran, simultáneamente, una especie de aparato detector y campo de protección. Si hubiera uno de los CCD o sus acólitos a ciertos kilómetros de distancia, ya fuera en un radio lateral o inferior, lo sabríamos y quedaríamos protegidos por un campo de fuerza psíquica que mantendría al enemigo a una distancia prudente…
Wilbur sonrió, pues aquellas piedras no habían conseguido detectarle. Mientras reflexionaba sobre lo que acababa de oír, sintió que una mano le cogía del codo.
—Señor, me temo que se encuentra en un área restringida. El acceso al conjunto del edificio está restringido. Tiene que abandonarlo. —El hombre iba armado; era un guardia de seguridad que protegía su cabeza con un casco. Al ver que aparecían más por el fondo del vestíbulo, Wilbur pidió disculpas y se alejó pacíficamente.
Aquel tenía que ser el lugar. Si el Libro se encontraba en alguna parte del campus, sin duda alguna estaba allí. En vez de sentirse esperanzado, sus presentimientos le hicieron sentir resignación. ¿Qué podía hacer ahora? Aquel edificio era inmenso, y no tenía ni idea de dónde estaba escondido el Libro. Puede que lo hubiesen destruido, del mismo modo que habían hecho las autoridades en épocas pasadas. Además, si los afilados colmillos de los dóberman habían estado a punto de conseguir que se reuniera con su destino, ¿cómo iba a poder enfrentarse a unos guardias armados? El Libro estaba fuera de su alcance.
En Union Square Park, una figura furtiva, tapada con un abrigo roñoso que olía a orina, se detuvo con curiosidad a examinar un libro (que al final fueron dos) que descansaba sobre un banco a la luz de una farola. Aunque nunca había ido al instituto, le pareció que el grande, situado encima del otro, era un anuario. Al abrirlo, vio hileras e hileras de frases extrañas y, después de analizarlas durante unos instantes, empezó a sospechar su significado. Llevado por un impulso, cogió el libro y miró a su alrededor, hasta que su mirada se detuvo en un borracho que dormía sobre el banco que había unos metros más allá. Entonces, empezó a pronunciar algunas de aquellas frases en voz alta, señalando al borracho. Se sentía estúpido… Pero era divertido.
De pronto, tuvo que cerrar los ojos ante el terrible chispazo que le chamuscó la cara. Cubriéndoselos con una mano, y sujetando el libro, ahora cerrado, con la otra, pudo ver (y oír) que el vagabundo estaba ardiendo en llamas. Ni siquiera gritó, sino que permaneció tumbado en el banco mientras el alcohol que había ingerido hacía que su pira funeraria brillara con más fuerza.
Antes de abandonar Arkham, Wilbur Whateley intentó telefonear a Ezekiel Prinn una vez más. Tampoco obtuvo respuesta. La razón era sencilla: Prinn yacía, vacío de sangre, entre las telarañas de la mansión Van der Heyl y, como es natural, era incapaz de oír el teléfono. Un día antes, ansioso por seguir adelante con sus planes, había intentado dar vida a la Cosa llamada Rhan-Tegoth. Al releer los manuscritos, descubrió que contenían las Palabras necesarias, aunque en un principio había confundido la referencia. Poco después, el aprendiz de mago se había convertido en la primera comida que ingirió la Cosa tras su despertar… Y fue entonces cuando Prinn supo para qué propósito habían sido concebidos aquella larga trompa y los miles de cilios acabados en ventosa que cubrían a aquel ser. También había interpretado mal ese punto. Wilbur Whateley sospechaba que había sucedido algo similar, pero nunca regresó a Chorazin, Nueva York, para comprobarlo. Rhan-Tegoth se vio obligado a esperar, en su trono de estalagmitas, la llegada de un sacerdote que le ofreciera nuevos sacrificios… Pero este nunca llegó.
No había autobuses a Dunwich, ni siquiera señales que le indicaran a Wilbur, que avanzaba a pie por el Monte Aylesbury, el camino. Lo único que se le había ocurrido hacer era dirigirse a su único hogar terrestre… O lo que quedara de él. Llegó a Dean’s Corner por la tarde, cuando el sol empezaba a descender; allí encontró la bifurcación en la que se originaba el camino a Dunwich. Todas las señales habían desaparecido en el año 1928, pero supo que se encontraba en el camino correcto, debido al estado de abandono y decrepitud de este. Cada vez más cansado, siguió caminando mientras la luna empezaba a asomar por el cielo, para mostrarle aquellos muros de piedra que tan familiares le resultaban y que se alzaban tan próximos a la carretera que esta parecía ser el corredor interior de un inmenso palacio. Aunque no había arcén, Wilbur estaba seguro de que no le atropellaría ningún automóvil. Hacía décadas que nadie había viajado por aquella carretera. Sobre la calzada habían caído diversos fragmentos, o secciones enteras, de los muros que se alzaban sobre ella. Nadie los había apartado ni los había reparado. Además, en medio de la calzada crecían espesas matas de hierba e incluso algún arbolito. La mayor parte de las casas que veía estaban completamente en ruinas: sus grises tablones de madera se estaban convirtiendo en polvo y algunas de las vigas que aún permanecían en pie solo sujetaban plantas enredaderas.
Las extrañas colinas redondeadas, con los círculos de piedra (ahora derrumbados) que las coronaban, cobraron vida en los recuerdos de infancia de Wilbur. Al llegar al puente cubierto descubrió, con gran consternación, que su base se había desmoronado. En el barranco le pareció ver los oxidados restos de un automóvil. No podía hacer más que bajar hasta la orilla y cruzar nadando el río. Podía hacerlo.
Chorreando, Wilbur Whateley llegó al pueblo de Dunwich unas horas más tarde, casi al amanecer. A pesar del frío y de estar mojado, se sentía cómodo. Sus sentidos inhumanos le impedían sentir incomodidad, al menos por ese tipo de cosas. Los cruces se estaban desmoronando, al igual que el resto del pueblo, pero como los habitantes de Dunwich nunca habían tenido lo que podría denominarse orgullo cívico, resultaba difícil saber con certeza si aquel lugar seguía estando habitado. Además, a aquellas horas de la mañana sería extraño encontrar a alguien paseando por la calle.
Cruzó el pueblo en unos minutos. La calle principal acababa, bruscamente, en un campo abierto. El tronco astillado y cubierto de musgo del roble centenario del que, hacía muchos años, había colgado el cadáver del bisabuelo de Wilbur, marcaba el final del camino. Oliver Whateley había sido linchado por sus vecinos. Wilbur pasó junto al árbol sin dedicarle ni una sola mirada, como si no quisiera ver aquel recuerdo silencioso de otro fracaso de su familia. Se adentró más en el campo, dirigiéndose al antiguo hogar de los Whateley… sabiendo que no quedaría mucho en pie.
Los primeros rayos del amanecer le mostraron la antigua ladera de granito frente a la que antaño se alzaba la granja. De esta, solo quedaban algunos ladrillos de la chimenea. La gran estructura de madera que había cobijado a la criatura invisible había desaparecido por completo; sus tablones y vigas se habían ido pudriendo hasta pulverizarse.
Se alegró al comprobar que algunos de los cobertizos estaban en un mediocre estado de reparación. Aquella había sido su última residencia, después de que hubiera tenido que ceder el conjunto de la casa a su carga inhumana. Durante algunos años, aquellos destartalados cobertizos habían sido conservados, toscamente, por algunos de los Whateley más pobres, que reclamaron la propiedad de Wilbur tras su presunta muerte. Como, según la ley, no eran sus herederos legales, decidieron ocuparla de forma ilegal y vivieron allí durante años, sin que nadie lo supiera, mientras se solucionaba el tema de la herencia. Aunque finalmente les obligaron a abandonar la propiedad, nadie más había deseado mudarse a la granja. Y ese era el motivo por el que aquel lugar estaba tan varío y desolado.
Se quedaría allí hasta que decidiera qué iba a hacer a continuación.
Las semanas pasaron y Wilbur Whateley seguía esperando y reflexionando. Todos los libros de su abuelo habían desaparecido. Sin duda alguna, habían sido incautados por la Universidad o la fundación… Por humanos, en cualquier caso. Había aceptado la derrota, pues sin las fórmulas apropiadas, incluso él carecía de poder. Se sentía doblemente extraño: su peculiar aspecto le aislaba del resto de la humanidad y, por si eso no era suficiente, su propia razón de ser le alejaba de su entorno. Ni siquiera era el fruto de la evolución de este planeta, pues se había criado en otras esferas externas con el único propósito de abrir las compuertas del mundo a la marea que lo destruiría. Si esas puertas quedaban cerradas para siempre, él quedaría atrapado en su interior.
Durante la mayor parte de aquellos días, permaneció en la cima de Sentinel Hill, sentado sobre el desolado montón de piedras que antiguamente habían sido el altar y el menhir prohibidos, observando las colinas redondeadas, los profundos valles y la espesa vegetación que iba reclamando un terreno cada vez mayor a la despoblada región. Su extraordinaria mente estaba repleta de recuerdos y sueños sobrenaturales. Por primera vez en su vida preternatural, supo qué era la melancolía.
Una tarde que Wilbur Whateley regresó al pueblo de Dunwich dando un paseo, descubrió que aún vivían en él algunos campesinos robustos. A partir de ese momento, empezó a acercarse a Dunwich de vez en cuando, para visitar el Almacén General de Osborn y saciar sus necesidades físicas.
Nadie le mostró el menor recelo. La mayor parte de los habitantes que quedaban en Dunwich habían nacido después del horror de 1928 y, al parecer, ninguno de ellos había oído hablar de él… Excepto el anciano Luther Brown, que en aquella época era un niño y que jamás mencionó aquel suceso, posiblemente porque había aprendido la lección tras haber sido, durante varios años, el blanco de las escépticas burlas de sus vecinos más jóvenes. Además, a aquellas alturas de la vida, Luther ya no estaba seguro de que todo aquel asunto no hubiera sido más que una pesadilla que tuvo en la infancia.
A medida que pasaba el tiempo, Wilbur empezó a salir más de su casa y a acercarse al pueblo con más frecuencia de la realmente necesaria. De hecho, no tardó demasiado en convertirse en uno de los clientes habituales del almacén de Osborn. Ni su gran tamaño ni sus anómalas proporciones despertaban el recelo de nadie: después de llevar tantos años aislados del mundo exterior, muchos de los habitantes de Dunwich habían sido el fruto de la endogamia y se habían degradado tanto mentalmente que, en su mayor parte, no veían en Wilbur ningún tipo de anormalidad, comparada con la que presentaban algunos de sus parientes… mientras que los demás eran incapaces de ver algo insólito en él.
Los años pasaron y Wilbur Whateley seguía esperando, aunque no sabía a qué. Empezó a pasear por las grandes extensiones de terreno, recordando, cada vez con más fuerza, su juventud… Los días en los que su propósito, su misión mesiánica, habían absorbido todos y cada uno de sus pensamientos y esfuerzos. Se preguntaba una y otra vez qué tendría que haber hecho para que las cosas hubiesen salido de otra manera, qué hubiera tenido que hacer en vez de lo que hizo. Si le brindaran una segunda oportunidad, en esta ocasión no fracasaría.
Un mortecino atardecer, mientras el sol poniente emitía una peculiar luz dorada sobre el paisaje que se abría ante sus ojos, obligándole a recordar la brillante dimensión a la que había deseado enviar a una tierra transfigurada, Wilbur descubrió que se encontraba más lejos de lo habitual de Dunwich y su hogar. En cuanto consiguió regresar de su ensueño, advirtió que estaba subiendo por una colina poblada de olmos; una colina desde la que pudo divisar una cabaña derrumbada. Avanzando a través de los árboles, encontró una serie de megalitos que, aunque estaban cubiertos de musgo y tenían líquenes incrustados, eran idénticos a los círculos de piedra que coronaban la colina que visitaba con tanta frecuencia en su infancia. Sin embargo, así como las piedras de Dunwich habían sido dispuestas de forma artificial, estas parecían naturales…
Como si las de Dunwich fueran una simple imitación, como si estas personificaran, de algún modo, ciertos secretos crípticos inherentes del universo que habían sido escondidos celosamente a la humanidad, aunque habían permanecido en ella, cifrados, para burlarse de todo indagador mortal. Wilbur se detuvo para examinarlas y, en un nivel de conciencia superior, más profundo o diferente al de la parte humana que había en su interior, creyó entender parte de su mensaje.
Se puso en marcha de nuevo, dejándose llevar por un sentimiento de misteriosa expectación y, tras cruzar el lecho de un río seco, se encontró ante la boca de una inmensa caverna. Al entrar, deslizó sus enormes manos contra las ásperas paredes para guiarse, debido a que sus ojos tardaban más que los mortales en adaptarse a la penumbra. El techo de la gruta se deslizaba rápidamente hacia abajo y, ni siquiera agachándose cada vez más, evitaba golpearse la cabeza.
Al final tuvo que avanzar a rastras, puesto que la gruta había ido reduciendo su altura y su anchura hasta equipararla a la de un tronco. A pesar de su gigantesco tamaño, pudo avanzar por aquel pequeño túnel con relativa facilidad, gracias a la insólita elasticidad que le proporcionaba su extraña anatomía que, prácticamente, carecía de huesos. Siguió avanzando con rapidez, animado por algún instinto secreto que le decía que había algo esperándole más allá de la oscuridad, del limo y los cangrejos.
Pocos metros después, la estrecha grieta empezó a crecer de nuevo. Pronto, Wilbur descubrió que se encontraba en una cámara abovedada, imponente e inmensa. Por todas partes surgían indicios de artesanía, aunque si ese lugar había recibido alguna vez la visita de un cincel de artesano, la erosión del agua y los infinitos siglos o milenios de goteantes nitratos habían conseguido que la caverna regresara a su estado primordial. Mientras examinaba la roca en busca de algo que ignoraba, Wilbur creyó ver un débil destello, un reflejo originado por una fuente desconocida… Quizá, por los hongos luminiscentes que cubrían, por partes, las paredes.
Al acercarse un poco más, perturbando con el chapoteo de sus pies el apacible mundo-charco de los translúcidos peces ciegos, pudo ver una anilla de metal que sobresalía de la oscura y porosa pared. Tras examinarla con mayor atención, descubrió que era el mango circular de una llave gigantesca, en cuya manchada superficie se habían tallado minuciosamente unos símbolos crípticos; muchos le resultaron familiares, debido a los estudios de su infancia. En ese momento, el capítulo del Libro que hasta entonces había sido un enigma adoptó un nuevo sentido.
Sin vacilar, extendió la mano y cogió la llave con dos de sus fabulosos dedos (pues no cabían más por el agujero). A pesar del frío húmedo de aquel espantoso lugar, el calor interno de la llave hizo que esta enrojeciera y vibrara ligeramente. Wilbur no intentó girarla. Ninguna grieta invisible se movió para revelar una puerta escondida.
Era Halloween y pronto se encenderían las hogueras. Sería una noche alegre y emocionante para todos los niños, pero mucho más para Wilbur Whateley que, a diferencia de la mayoría de los jóvenes, sabía por qué había nacido y qué grandes hazañas realizaría cuando creciera. Estaba dotado de un misterioso don que le permitía presentir las cosas. Su abuelo y su madre estaban muy orgullosos de él y sabían que nada podría impedir que realizara las hazañas a las que estaba destinado. Pero ahora tenían que preparar la ceremonia. Aunque el niño y su madre eran conscientes del gélido aire de la noche, pronto les calentarían las furiosas llamas de las hogueras. Un destello, quizá de una linterna, les indicó que, al pie de la colina, alguien les había visto.
HOWARD PHILLIPS LOVECRAFT (Providence-Rhode Island 1890 – 1937) fue un escritor estadounidense, creador de los «mitos de Cthulhu».
Fue un niño enfermizo y solitario que pasaba horas en la biblioteca de su abuelo, leyendo libros de astronomía, historia de Grecia y Roma, cuentos de hadas, Las mil y una noches, y novela gótica y policíaca. A los 12 años escribió su primer poema, dedicado al dios Pan, y tres años más tarde su primer cuento, La bestia en la cueva. Sin embargo, su primera obra impresa fue el cuento El alquimista (The alchemist), publicado en 1908 en The United Amateur, aunque hasta 1923 no publicaría ninguno de los relatos que le darían cierto renombre como autor de cuentos de terror: Dagon, publicado en Weird Tales.
Pasó duros momentos económicos, sobre todo tras la muerte de su madre en 1921, lo que le llevó a trabajar como crítico y revisor de estilo. En esas fechas conoció a Sonia Greene, con quien contrajo matrimonio en 1924, trasladándose a Nueva York; convivieron durante poco tiempo, y en 1926 acordaron un divorcio que no llegaría a materializarse.
Lovecraft regresó a Providence, donde vivió con sus tías. Empezó a publicar con mayor asiduidad en revistas pulp y dio comienzo la que se considera la época de su mayor brillantez literaria. El número de su admiradores aumenta, y sus relatos son reconocidos por algunos críticos del género. Así, O’Brien otorgó tres estrellas en su famosa sección anual de los mejores relatos a El color surgido del espacio (The colour out of space) y El horror de Dunwich (The Dunwich Horror); Christine Campbell Thomson reeditó su obra en Inglaterra; Dashiell Hammett hizo una antología en Estados Unidos; y el editor William Crawford publicó en 1936 La sombra sobre Innsmouth (The shadow over Innsmouth). La narrativa de Lovecraft se encontraba en Weird Tales, Amazing Stories, Tales of Magic and Mistery y Astounding Stories. Pese a ello, siguió siendo un autor desconocido para el público en general.
En la casa de sus tías pasó Lovecraft sus últimos años, escribiendo el resto de su obra y manteniendo una abundante correspondencia con admiradores y escritores miembros de su círculo literario, entre ellos Clark Ashton Smith, Robert Bloch y August Derleth.
Murió el 15 de marzo de 1937 de cáncer intestinal y nefritis crónica.
Robert McNair Price (Jackson, Misisipi, Estados Unidos, 7 de julio de 1954)
Es un teólogo y escritor estadounidense, conocido por poner en duda la existencia de un Jesús histórico (la teoría del mito de Jesús). Enseñó filosofía y religión en el Seminario Teológico Johnnie Colemon. Es profesor de Crítica Bíblica en el Center for Inquiry Institute (instituto del Centro de Investigación) y autor de varios libros sobre teología e historicidad de Jesús.
Exministro bautista, fue editor de la revista Journal of Higher Criticism (‘Revista de Crítica Avanzada’) desde 1994 hasta el fin de la publicación en 2003. También ha escrito extensamente sobre los mitos de Cthulhu, un “universo compartido” creado por el escritor H. P. Lovecraft. También coescribió un libro con su esposa, Carol Selby Price: Mystic rhythms: the philosophical vision de Rush (1999), acerca de la banda de rock Rush.
Price es miembro del Seminario Jesús, un grupo de ciento cincuenta escritores y académicos que estudian la historicidad de Jesús. Ha organizado una comunidad web para aquellos interesados en la historia del cristianismo, y pertenece al consejo consultivo de la Secular Student Alliance (Alianza Secular Estudiantil). Es un escéptico religioso, especialmente de las creencias cristianas ortodoxas, ocasionalmente describiéndose a sí mismo como un ateo cristiano.
ARTHUR LLEWELLYN JONES (Caerleon, Gales, Reino Unido., 3 de marzo de 1863 – Londres (Reino Unido) , 15 de diciembre de 1947).
Mas conocido como ARTHUR MACHEN. Su padre, un pastor anglicano, adoptó como propio el apellido de su esposa, siendo así Jones-Machen. No pudo cursar estudios universitarios debido a la delicada situación económica de su familia, trasladándose a Londres en donde vivió en la pobreza al tiempo que empezaba a publicar sus primeros escritos. Trabajó después como catalogador, redactor y traductor de francés antiguo. Tras la muerte de su padre pudo dedicar más tiempo a la escritura debido a su herencia, empezando a publicar asiduamente relatos de corte fantástico que entroncan con el goticismo (aunque él siempre tachó a la novela de gótica de simplista y comercial). Tras el escándalo de Oscar Wilde tuvo muchas dificultades, como el resto de los autores que cultivaban la temática, para dar salida a sus obras. Tras la muerte de su primera esposa pasó a ser actor itinerante. Tras un nuevo matrimonio volvió a la literatura, publicando muchas de sus obras anteriormente censuradas al tiempo que investigaba sobre las raíces celtas de Gran Bretaña y, en especial, de su adorada Gales. Durante la Primera Guerra Mundial se hizo conocido como periodista del London Evening News y, sobre todo, por una serie de relatos, de corte propagandístico, acerca de Los Ángeles de Mons. En los años 20 su obra tuvo un gran éxito, sobre todo por su publicación en Estados Unidos, pero pronto decayeron las ventas y el autor vivió el resto de sus días de forma poco desahogada.
AUGUST WILLIAM DERLETH (Sauk City, Wisconsin, 24 de febrero de 1909 – Sauk City, Wisconsin, 4 de julio de 1971).
Escritor perteneciente al llamado Círculo de Lovecraft conformado por escritores que mantuvieron amistad por correspondencia con el famoso escritor Howard Phillips Lovecraft y que le darían forma al llamado ciclo literario de los mitos de Cthulhu.
August Derleth haría su aporte a los mitos, introduciendo a los llamados por él Dioses arquetípicos en contraposición de los Dioses Primigenios catalogados por él mismo y que fueran inventados en su mayoría por H. P. Lovecraft.
Según la mayoría de los críticos literarios que se han interesado por estudiar este tema, hay un factor fundamental que diferencia la literatura de horror de Derleth como continuación de la de Lovecraft: la incorporación de «dioses malos» y «dioses buenos», cosa que nunca fue contemplada por Lovecraft, creador del terror cósmico materialista.
Los «dioses» de Lovecraft eran terribles como (usando un símil) puede serlo para una hormiga una manada de elefantes pasando sobre su hormiguero, es decir, como seres alienígenas que podían masacrar a quien tuviera la mala suerte de cruzarse en su camino.
En los escritos de Derleth, sin embargo, los mismos dioses fueron recreados (pasa a llamarlos «dioses primigenios») en contraposición a nuevos dioses (dioses arquetípicos), incorporando así un factor moral ausente en la obra original de Lovecraft: los dioses se transforman en «buenos» o «malos» de acuerdo a criterios claramente mortales o diferentes a la oculta moralidad extraterrestre que caracterizaba a los monstruos de Lovecraft. Precisamente por esta diferencia, en Lovecraft quizás sea más acertado hablar de «monstruos extraterrestres extradimensionales» por su carácter amoral (con una moral no humana), y en Derleth de «dioses» (por compartir, pese a su poder, la moralidad de la humanidad).
August Derleth sería bautizado dentro de la mitología de Lovecraft como el Conde d’Erlette.
RICHARD A. LUPOFF (Brooklyn, Nueva York, Estados Unidos. 21 de febrero de 1935 – Berkeley, California, Estados Unidos, 22 de octubre de 2020).
Es uno de los autores actuales más versátiles y populares, y ha escrito más de veinte libros, así como innumerables relatos, obras de teatro, guiones televisivos y artículos para revistas. Tiene además la poco frecuente suerte de tener relatos recogidos en antologías de tres campos diferentes: ciencia ficción, misterio y terror. Entre sus novelas destacan La espada del demonio, Space War Blues, Circumpolar!, Sun’s End, One Murder at a Time, y Quintet: The Cases of Chase and Delacroix.
Tiene también una amplia bibliografía en cuanto a trabajos de no ficción se refiere, y uno de sus relatos, 12:01 p.m., fue adaptado a un cortometraje nominado a los Oscar en 1990.
BENJAMIN PHILIP INDICK (Elizabeth, New Jersey, USA, 11 Agosto 1923 – Teaneck, New Jersey, 28 Septiembre 2009).
Conocido como Ben P. Indick. Fan estadounidense, involucrado como fan de la ciencia ficción estadounidense antes de la Segunda Guerra Mundial y miembro de First Fandom. Comenzó a publicar ficción de interés de género con “The Road to Dunwich” para Ibid en 1973, y permaneció moderadamente activo como escritor de ficción breve durante tres décadas. También es de interés en ciencia ficción por su no ficción, que incluye The Drama of Ray Bradbury (1977; rev vt Ray Bradbury: Dramatist 1989) y George Alec Effinger: From Entropy to Budayeen (1992); también fue un crítico competente y lúcido.
Wilum Hopfrog Pugmire (Seattle, Washington, 3 de mayo de 1951 – Ibidem., 26 de marzo de 2019)
Fue un escritor de terror que vivió en Seattle, Washington. Habitualmente publicaba su obra como W. H. Pugmire (su segundo nombre, “Hopfrog”, deriva del relato homónimo de Edgar Allan Poe y su obra a menudo rinde homenaje a H. P. Lovecraft). S. T. Joshi, un estudioso y biógrafo de Lovecraft describió a Pugmire como «el poeta en prosa del horror y la fantasía; puede ser el mejor que tenemos» y «quizás el principal autor lovecraftiano que escribe actualmente».
Originalmente Pugmire publicaba en pequeñas revistas, pero desde 1997 escribió en colecciones y antologías. Sus historias también han sido publicadas en revistas y antologías como The Year’s Best Horror Stories, Weird Tales, The Children of Cthulhu, The Book of Cthulhu, y otras muchas. The Tangled Muse, una retrospectiva sobre su obra, fue publicada en 2010.
C. J. Henderson (26 Diciembre 1951 – 4 Julio 2014)
C. J. Henderson creció en la región del Atlántico medio de los Estados Unidos. Su familia se mudó durante los primeros años de su vida hasta que finalmente se estableció en Bridgeville, en el oeste de Pensilvania. Después de asistir a la Universidad de California en Pensilvania, se mudó a la ciudad de Nueva York. Comenzó a contar historias cuando era joven. Enumeró a sus autores favoritos como Robert E. Howard, H. P. Lovecraft, Poul Anderson, Frank Miller, Stan Lee, Alan Moore, Clifford D. Simak, John Brunner, Philip K. Dick, James Clavell, Lester Dent, Jonathan Swift, Edgar Rice Burroughs, C. J. Cherryh, Sax Rohmer, Rex Stout, Jack Vance, Brett Halliday, Jack London, C. L. Moore y Percy Bysshe Shelley. Su poema favorito era “Ozymandias” de Shelley.

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