Wilum Hopfrog Pugmire, al igual que Nyarlathotep (de quien quizá sea avatar), lleva diversas máscaras. Una de sus identidades pasadas fue la de misionero mormón en Irlanda, pero abandonó ese ministerio con mucho estilo. Los misioneros mormones van de casa en casa, en grupos de dos, para compartir los secretos de un tomo herético que permaneció largo tiempo escondido: The Book of Mormon. Mientras el compañero de Wilum explicaba que los duendes irlandeses eran, en realidad, las Tribus Perdidas de Israel (o algo parecido), Wilum, a sus espaldas, le mostraba unos falsos colmillos de vampiro al dueño de la casa que, por supuesto, cerraba la puerta al instante. Me pregunto cuánto tiempo tardó el frustrado compañero de Wilum en descubrirlo.
Gran conocedor de las novelas de ficción (y en particular, de HPL), Wilum se fue internando, lentamente, en el mundo punk homosexual de Seattle, donde se forjó una reputación como autor y crítico de rock y adoptó un estilo similar al de Boy George… ¡Aunque se parece más al Boy que el propio George! Desde hace varios años, edita y publica una importante revista llamada Punk Lust. A mitad de los ochenta, Wilum editó una revista de publicaciones crípticas llamada Tales of Lovecraftian Horror, que hacía hincapié en el ambiente y el estilo de Lovecraft, aunque prohibía de forma estricta cualquier alusión a los Mitos de Cthulhu.
Sus reía tos han aparecido en diversas antologías, entre las que se incluye Cutting Edge y Year’s Best Horror. Hace diez años leí, manuscrita, la historia que aparece a continuación, y fue entonces cuando se me ocurrió la idea de recopilar la colección de relatos que estáis leyendo en estos momentos. Pugmire también ha escrito una serie de historias relacionadas con La cabaña del árbol, titulada Tales from Sesqua Valley.
1
John Whateley se arrodilló en la semioscura habitación del ático que antaño había sido el despacho de su padre. Sintió un escalofrío de ilícito entusiasmo mientras dirigía la luz de la lámpara sobre la gran caja de cartón que tenía delante. En aquella caja descansaban los diarios que su padre, Ebenezer Whateley, había escrito durante la década de los 20… Los diarios en los que había registrado las anécdotas de su juventud. Su padre tenía la intención de destruirlos, pero le había resultado imposible. Aunque no deseaba que aquellos informes de su vida continuaran existiendo después de su muerte, consideraba que destruirlos era una especie de invitación a abandonar este mundo; que equivalía a presentarse ante la muerte y decirle: «He destruido los registros de mis días en la tierra; ya puedes venir a asfixiar mi existencia con tu inquebrantable abrazo».
La muerte había cogido al anciano por sorpresa. Ahora no era más que un recuerdo y un cadáver descompuesto que se pudría bajo el polvo del cementerio. John Whateley se estremeció. Habían cortado la corriente en casa de su padre, privándole del calor y de la luz eléctrica, pero no le importaba: delante de los ojos tenía lo que estaba buscando. Revolvió los libros de la caja hasta que encontró el diario que había escrito durante el año 1928. Aquel año había intrigado a John Whateley durante toda su vida. De pequeño, tenía la extraña costumbre de subir hasta la cima de Sentinel Hill ciertas noches; una vez allí, se tumbaba sobre el gran altar de piedra y soñaba cosas extrañas… En sus sueños veía sombras con formas insólitas y oía cánticos enmudecidos en los que se pronunciaban extrañas palabras que no era capaz de recordar. Y cuando lo encontraban y hablaba de aquellas visiones con sus amigos y parientes, podía ver que sus rostros se retorcían en expresiones horribles y oía susurrar la fecha «mil novecientos veintiocho».
Siempre que intentaba descubrir qué había sucedido en Dunwich en aquella fecha se desesperaba, porque sus familiares palidecían y le mandaban callar. En una ocasión, intentó hablar de aquel tema con una anciana que pertenecía a la denominada rama decadente de los Whateley, pero la mujer se limitó a sonreír y a sacudir la cabeza. Gracias a ella supo de ciertos libros antiguos que hablaban sobre leyendas fabulosas. Puso todo su empeño en leerlos y memorizar todas las frases y pasajes, escritos en lenguas extrañas, que pudo. En una ocasión viajó hasta Arkham, la ciudad universitaria, para consultar los libros antiguos más detestables. Aunque le sorprendió poder acceder a ellos, el bibliotecario le estuvo observando en todo momento. Empezó a pasar las páginas de aquellos volúmenes de forma aleatoria y ceremoniosa y, a pesar de que algunas de las palabras que aparecían en ellos le resultaron familiares, fue incapaz de recordar dónde las había visto. Como para él el latín era un espacio en blanco, decidió viajar al exterior de la región para buscar algún sacerdote católico que pudiera enseñarle aquella lengua. Pero poco después de empezar las clases, cometió la torpeza de explicar el motivo de su interés… y el sacerdote lo expulsó en el acto.
Se sentía como un hombre que sabe que en el terreno que pisa hay un tesoro escondido y carece del mapa que indica el lugar en el que está enterrado. Sabía que estaba cerca, muy cerca, pero era incapaz de llegar a él. Así que, a pesar de todos sus esfuerzos, jamás logró saber demasiado sobre el pasado de sus ancestros y los incidentes de 1928.
Pero ahora lo descubriría todo.
Como la caligrafía del viejo Ebenezer era bastante clara, pudo examinar el diario con rapidez. Muchas de las entradas de enero y febrero hablaban sobre la ciudad portuaria de Innsmouth, un lugar por el que su padre sentía profunda aversión. Además de comentar diversos rumores referentes a ciertos habitantes de la ciudad, una entrada que había sido introducida en febrero explicaba que los agentes del gobierno federal habían realizado un asombroso número de arrestos y que habían desaparecido familias enteras de las que nunca más se había vuelto a saber nada.
Otro tema de especial interés era el primo de su padre, Wilbur Whateley. A John le sorprendió cómo hablaba su padre sobre su misterioso primo: las cautelosas anotaciones y las escasas palabras que había en ellas parecían indicar que era peligroso decir o insinuar demasiado. Sin embargo, encontró una anotación que era bastante más larga que las demás:
¡Acabo de enterarme de que Nathan Vreeland se ha estado viendo con Wilbur! ¡Y por segunda vez desde la desaparición de Lavinia! ¡Serán estúpidos! Estuve hablando con Nathan sobre este tema y pareció sorprenderse al saber que todo el mundo estaba al corriente de sus encuentros. No me ha contado demasiado porque, según él, tampoco sabe demasiado. Dice que Wilbur le buscó por su fama de buen profesor. Supongo que habrá estado leyendo fragmentos de aquellos libros tan peligrosos con él. ¡Dios mío, qué estúpido! Su obsesión por los estudios esotéricos le impide ver otras cosas… Cosas que incluso un imbécil como yo puede sentir. Sin embargo, no puedo hacer nada: cuando Nathan habla sobre los libros que ha visto en la biblioteca de Wilbur, especialmente sobre la versión inglesa del maldito N____, sus ojos arden de deseo. No atenderá a razones. Se burla de los rumores que corren sobre Wilbur y Sentinel Hill.
Me siento confuso y no sé qué hacer. La gente empieza a mostrarse desagradable con todo aquello que está relacionado con Wilbur. Creo que a más de uno le encantaría verlo muerto. No sé cuánto de todo eso debo creer, aunque, por supuesto, he visto las hogueras de Sentinel Hill, he sentido los temblores y he oído los rugidos. Nathan no atenderá a razones. La última vez que nos vimos tuvimos una discusión bastante amarga y acalorada. Me siento impotente.
¡Por fin, aquí está!, pensó John. Aquí hay nombres que investigar y pistas que seguir. ¡Oh! ¡Cómo se había estremecido su alma al saber que otro Whateley había sentido la misma atracción que él por Sentinel Hill! Además, sabía a qué aludía la letra N. Como si rezara (y puede que lo estuviese haciendo), susurró aquel nombre con dulzura: «Necronomicon». El sonido de aquella palabra tenía un encanto especial. Estaba seguro de que esta vez se encontraba en el camino correcto. ¡La versión inglesa de esa obra tenía que estar en algún sitio! Con estos pensamientos en la mente, continuó leyendo. La historia que se desarrollaba ante sus ojos le llenó de una misteriosa admiración, similar a la que debe de sentir un amnésico cuando empieza a recuperar la memoria, su identidad perdida.
Lentamente, el enigmático Vreeland se fue convirtiendo en algo más que un nombre. John descubrió que se había trasladado a Dunwich algunos años antes para hacerse cargo de la destartalada escuela, que solo tenía un aula. Como el número de estudiantes había ido decreciendo paulatinamente, Vreeland se vio obligado a complementar su sueldo mediante la enseñanza privada y nunca se negó a recorrer las accidentadas carreteras de la región, por largo que fuera el trayecto, para reunirse con unos alumnos angustiosamente retrasados. Había sido contratado para que instruyera a Wilbur, un extraño muchacho sobre el que circulaban diversos rumores. A pesar de que Wilbur aventajaba en diversos aspectos a los muchachos de su edad, también ignoraba los conocimientos más básicos. John encontró en el diario ciertas referencias indirectas que le hicieron sospechar que las visitas de Vreeland a la propiedad de los Whateley no se interrumpieron cuando Wilbur y su abuelo decidieron dedicar la mayor parte de su tiempo a otros asuntos. ¿Acaso Vreeland también había dado clases a Lavinia, la solitaria madre de Wilbur? ¿O había sucedido algo más entre ellos? Lavinia despareció poco tiempo después. Según los rumores, Wilbur era el responsable de aquella desaparición, aunque el padre de John sospechaba que el viejo Whateley había descubierto que había algo entre Lavinia y Vreeland y la había echado de casa.
A pesar de todo, ni siquiera aquella circunstancia puso punto final a la relación que tenía Vreeland con los hombres de la familia Whateley porque, al parecer, el joven Wilbur había traspasado algún tipo de umbral y estaba listo para ampliar su cultura. Vreeland sabía perfectamente que la mayor parte de los conocimientos del joven procedían de las peculiares enseñanzas de su abuelo pero, como el anciano no podía enseñarle más de lo que sabía, tuvieron que recurrir de nuevo a los esfuerzos correctivos de Vreeland. Al final, el propio Vreeland se vio obligado a seguir el extraño programa de estudios del abuelo Whateley, pues tenía que estar al mismo nivel que Wilbur para poder ayudarle en las técnicas básicas necesarias. Este hecho marcó el inicio de la obsesión de Vreeland por los conocimientos arcanos, y se enfrascó en su estudio como un explorador en un país nuevo y extraño.
Cuando leyó en el diario la noticia de la violenta muerte de Wilbur, John sintió una puñalada de dolor en el interior de su alma. Había establecido un vínculo inconsciente con Wilbur. ¡Maldita sea! ¿Por qué su padre se mostraba tan reticente? ¿Cómo había muerto Wilbur? ¿Por qué? ¿Las autoridades le habían culpado de la muerte de su madre?
De pronto encontró, doblada entre dos páginas del diario, una carta que iba dirigida a su padre. Como la luz de la lámpara empezaba a apagarse, sostuvo la carta cerca de los ojos y la leyó atentamente.
Querido Eb,
Sé que nunca podrá perdonarme, después del papel que he desempeñado en los terribles acontecimientos que han tenido lugar. No voy a excusarme por mi estúpido comportamiento. Aunque estoy avergonzado, sé que si se dieran de nuevo las mismas circunstancias, volvería a hacer lo mismo. Pero no pretendo defenderme, sino explicarle ciertas cosas.
Durante nuestra última y amarga discusión, usted me dijo que cuando empezó mi obsesión por los libros arcanos me olvidé de todo lo demás. Eso es bastante cierto. Eb, he descubierto cosas… Y estos conocimientos dan sed de nuevos conocimientos. Aparte de estudiar esos libros antiguos, también hago otras cosas, pero no deseo escribir sobre ello, especialmente ahora, que hay tal conmoción en el pueblo.
Si hubiera sabido quién, o mejor dicho, qué era su primo, jamás le hubiese ayudado, pero… ¿cómo podía saberlo? ¿Quién, en su sano juicio, podría haberlo sospechado? A pesar de nuestra vanidad, usted y yo no sabemos demasiado sobre este asunto. Las autoridades, que no saben nada en absoluto y parecen deseosas de continuar en la ignorancia, desprecian a todo aquel que muestra interés por Wilbur Whateley. Yo mismo tengo más razones que nadie para no desear llamar la atención. Usted me habló sobre ciertos visitantes de la Universidad de Miskatonic que le habían preguntado sobre unos libros que pertenecían a su primo. Usted sospechaba que los libros en cuestión se habían perdido y no habían sido encontrados, pero estaba equivocado (le estoy contando esto con la esperanza de que destruya esta carta en cuanto la lea). Cuando conocí la estremecedora noticia de la muerte de Wilbur, pues me llamaron diversos amigos de Arkham para comunicármelo, decidí actuar con rapidez. En los toscos estantes sin barnizar del viejo cobertizo en el que me reunía con Wilbur para instruirle en la lectura básica, había tres libros de vital interés. Su abuelo me había contado lo suficiente para que yo pudiera reconocer su valor, aunque jamás me había permitido leerlos. Aquella era mi oportunidad.
Deseaba tan ardientemente que aquellos libros no fueran destruidos o, lo que es lo mismo, que no fueran guardados bajo llave en la Universidad de Miskatonic que, al caer la noche, me acerqué a la granja y entré en el cobertizo para confiscar los preciosos volúmenes. Uno de ellos era una traducción imperfecta de Dee. Actué a ciegas, con poco sentido. Puede que piense que estoy un poco loco, pero ¿quién no lo estaría después de haber hablado con Wilbur Whateley sobre blasfemias arcanas? Le había dado clases durante tantos meses y estaba tan enfrascado en mi trabajo, que había aprendido a ignorar el hedor que se filtraba desde arriba, el sonido de los pasos y los golpes y gemidos que salían de una habitación secreta. Sin embargo, la terrible noche en que invadí el solitario cobertizo en busca de los libros, tuve la impresión de que aquellos sonidos sin procedencia y aquella mefítica fetidez se habían multiplicado por cien, como si aquello que los había mantenido controlados hubiera desaparecido (Segunda a los Tesalonicenses, capítulo 2, versículos 2-9). Estoy convencido de que lo que se escondía allí dentro era la criatura que poco después asoló la zona rural. ¡Qué poco consciente era entonces de la magnitud del riesgo que asumí aquella noche! No es necesario que le diga que no me quedé en aquel lugar más de lo absolutamente necesario.
Tampoco voy a quedarme más tiempo en este pueblo. Me voy de Dunwich. Puede que alguno de sus conocidos le haya hablado del Valle Sesqua, en el oeste, puesto que están haciendo los preparativos para viajar hasta allá. He decidido acompañarles. Venga con nosotros, Ebenezer.
Dunwich es un pueblo muerto. Supongo que es consciente de que está marcado por su nombre. Creo que no es necesario que le recuerde qué ha sucedido este mismo año en Innsmouth, donde ciertas familias han desaparecido por apellidarse Marsh… Por estar marcadas por un nombre. Creo que en Dunwich sucederá algo similar con los Whateley. Yo mismo, al igual que muchos otros, he recibido algunas visitas del gobierno; las furtivas preguntas que plantean en relación con su familia me hacen temer por usted y los suyos. Aún somos jóvenes, Eb. Tenemos toda la vida por delante, y puede que sea una buena y larga vida. Por favor, piense en lo que le he dicho, y le suplico que destruya esta carta inmediatamente.
Su amigo, siempre fiel,
Nathan
John Whateley dobló la carta, reflexionando. Ya había encontrado lo que buscaba. No volvería a ser víctima del recelo ni del desdén que la gente mostraba hacia su familia. Abandonaría Dunwich e iría al Valle Sesqua. Estaba convencido de que allí, con la ayuda del «amigo fiel» de su padre, encontraría las respuestas a todas sus preguntas.
2
Nathan Vreeland frunció el ceño al ver al hombre que tenía delante. La delgada nariz y los oscuros ojos de John Whateley guardaban cierto parecido con los de un viejo amigo; sin embargo, en aquellos ojos oscuros y melancólicos pudo ver algo más: el mismo deseo e inquietud que había visto con frecuencia años atrás, en su propio espejo. Ahora, aquellos ojos le estaban mirando, fijamente, con entusiasmada anticipación.
—Lamenté mucho la muerte de su padre, John. Fuimos buenos amigos en nuestra juventud. Perdimos el contacto cuando abandoné Dunwich. Debo confesarle que me ha consternado saber que no destruyó ciertas cartas que le escribí; de todos modos, por lo que me ha explicado, supongo que tenía intenciones de hacerlo antes de morir. Cuando me marché, parecía un hombre atormentado.
—¿Por qué me está haciendo perder el tiempo? —La voz irritada de Whateley sonó con fuerza en la pequeña sala—. Ya sabe, por la carta que le envié, qué es lo que me ha traído hasta aquí.
Vreeland, molesto, estrechó los ojos.
—Sí, lo sé perfectamente —respondió con voz sofocada, debido a sus emociones opuestas. Le molestaba la insolencia del joven, aunque era consciente de lo mucho que se parecía a sí mismo en su juventud. Resultaba irónico que ahora fuera Vreeland quien tuviese que representar el papel de Ebenezer Whateley, que había intentado, en vano, advertir a su amigo que se alejara de aquellos mismos peligros espirituales—. Su carta me… inquietó. En ella hablaba de ciertos sentimientos que me resultan familiares. ¡Demasiado familiares! A pesar de todos sus conocimientos, parece que ha aprendido bastante poco. Creo que sus intereses son demasiado egoístas como para que puedan hacernos ningún bien a cualquiera de los dos.
—Debido a la hostilidad de mi familia, he tenido que ir descubriendo todo eso por mí mismo. Mis parientes siempre me lo han intentado ocultar, pero yo siento un gran apetito en mi interior, y eso me conduce a…
—¡Esa es precisamente la razón por la que le han estado ocultando esas cosas! La familia Whateley ha soportado una tragedia tras otra por culpa de esa sed de secretos prohibidos que circula, como una enfermedad congénita, por la sangre de todos sus miembros. ¡Oh, sí! En algunos permanece en letargo… como en su padre, aunque estoy seguro de que tuvo que luchar contra sus propios instintos para poder oponerse a mis investigaciones con tanta vehemencia. Sin embargo, tenía razón. Usted está tratando con unas fuerzas que no comprende. Está siendo manipulado por unas cosas que jamás entenderá. Ahora, cuando he llegado a los últimos años de mi vida, estoy empezando a descubrir su trascendencia. Nos engañamos a nosotros mismos pensando que solo buscamos conocimientos, cuando la verdad es que no somos más que marionetas en las garras de unas criaturas frías a las que no les importamos en absoluto. Aunque el año 1928 acabó hace mucho tiempo, los acontecimientos que en él se desarrollaron continúan acechándome; pero ni siquiera aquello bastó para convencerme. Desde entonces he cometido errores, errores terribles. Mi sed de conocimientos sigue cegándome, aunque no soy la única víctima: la atracción que usted siente por Sentinel Hill, sus visitas a esa montaña… ¡Dios mío! Esas fuerzas están aletargadas, pero incluso en su sopor son capaces de gobernarnos… Siempre esperando, siempre poderosas. Buscamos su sabiduría, pero jamás satisfacen nuestras necesidades. Las descripciones que usted mismo hace de los sueños que ha tenido son tan difusas…
—¡Porque no los recuerdo con claridad, maldita sea! ¡Por eso estoy aquí! Con su ayuda, con la ayuda de aquella copia de Dee que le robó a mi familia, conseguiré la sabiduría que tanto anhelo. Usted le ofreció su ayuda a un Whateley en el pasado. ¿Por qué tiene dudas ahora?
—¿De verdad es necesario que me lo pregunte? ¡Por los errores del pasado! ¿Qué cree que ocurrió en el año 1928? ¡Sucedió algo horrible, pero no fue nada comparado con lo que podría haber sucedido! ¡Por el amor de Dios! ¿Qué me está pidiendo que haga? ¿Que vaya a Sentinel Hill y pronuncie su terrible Nombre? —Los ojos del anciano se salían de sus órbitas; su rostro estaba enrojeciendo y su respiración era entrecortada. Cuando empezaron a temblarle las manos, intentó tranquilizarse, consciente de que aquel nerviosismo no era nada bueno para su corazón. Instantes después habló con voz calmada—. ¿Realmente sabe algo sobre este asunto, jovencito? ¿O acaso es usted un muchacho impaciente? Tengo la impresión de que usted es como aquel niño estúpido que juega con la pistola de su padre pensando que es un divertido juguete.
—¡Ya basta! —gritó John Whateley, con voz colérica y herida—. ¡Usted es igual que los demás, viejo chiflado! ¡Sabe cosas que tengo derecho a conocer! ¡Es mi legado! ¡Usted robó esos conocimientos y ahora desea quedárselos! ¡Por eso se inventa tantas excusas…!
Vreeland señaló con un dedo nudoso a su inoportuno visitante.
—¡Estoy siendo precavido!
—¡Entonces, al menos dígame dónde está! Si aún está viva, claro. ¡No puede negarme eso!
Una nueva oleada de dolor arrugó el rostro del anciano. Parecía atormentado y, aunque rió con desgana, una lágrima escapó de sus ojos.
—Sí, está viva. Pero no está bien de la cabeza… Está más loca que una cabra. Antes no era así. La gente decía que estaba loca porque sabía cosas sobre las que otros solo habían oído hablar, pero ahora su mente se ha trastornado por completo. Y… sí, creo que le diré la razón. Usted acaba de decirme que el volumen de Dee debería regresar a manos de los Whateley, ¿verdad? Pues bien, ya lo está. Lo único que intento es evitar que a usted le suceda lo mismo que le ocurrió a ella.
Los descoloridos ojos de John Whateley se abrieron de par en par.
—¿Me está diciendo que lo tiene ella? ¿Por qué diablos no me lo había dicho?
—¡Acabo de hacerlo, idiota! ¡Vaya con ella si así lo desea! ¡Lo que le ocurra no será culpa mía! ¡Tendrá que asumir las consecuencias! ¡Váyase al infierno!
Vreeland suspiró aliviado, aunque solo fue un pequeño suspiro, puesto que el intruso, un recuerdo viviente de su propio pasado que había venido a acosarle, se marchó a toda velocidad, repitiendo en voz baja la dirección que le había dado el anciano. Vreeland cogió el bote de píldoras de color ámbar. Para él, hacía tiempo que la vida se había convertido en un trabajo duro… Casi más duro que la enfermedad coronaria que amenazaba con arrebatársela.
Se recostó en su raída butaca sin advertir que un rostro le observaba desde el otro lado de la sucia ventana. Un rostro que había presenciado la acalorada discusión… Un rostro que había adoptado una mueca de determinación y astucia.
3
La tarde estaba llegando a su fin. El sol estaba bajo, inundando el valle con una luz mortecina. John Whateley miró a su alrededor, admirando la belleza del Valle Sesqua. Parecía un lugar encantado. El refrescante viento olía a perfumes del bosque, y la tranquilidad del paraje le proporcionaba paz interior, una sensación que hacía muchos años que no sentía. Cerró los ojos un instante y respiró profundamente. Cuando volvió a mirar a su alrededor, vio que se estaba formando una pálida niebla sobre la doble cima de una montaña, que parecía un diablo acuclillado con unas alas angulosas dobladas sobre su espalda. La piedra blanca de la montaña brillaba bajo la suave luz. John Whateley observó aquella cima durante largo rato y empezó a sentir una agitación en el alma que le resultaba muy familiar, pues era una sensación similar a la que experimentaba cuando se aproximaba a Sentinel Hill, en Dunwich. Era como si Sentinel Hill le hubiese seguido hasta la costa del Pacífico. Por supuesto, John sabía que aquello era absurdo, pero no pudo evitar sentir que la montaña le estaba llamando, no pudo evitar emocionarse ante la perspectiva de estar aproximándose a unas maravillas sobrenaturales.
Siguió caminando, despreocupado, hasta que por fin divisó la pequeña aldea. Era, en casi todos los aspectos, bastante similar a las otras muchas que había visto en su largo viaje, durante el cual había cruzado el país haciendo autostop. Sin embargo, una de las casas de aquel lugar le llamó la atención. Era una inmensa y antigua mansión, similar a las que pueden verse en Nueva Inglaterra, que se alzaba sobre un montículo repleto de vegetación. Sus ventanas tapiadas revelaban que estaba abandonada, aunque era evidente que antaño había sido el hogar de una familia acaudalada. ¿Por qué habían permitido que se deteriorara tanto? A uno de los lados de la propiedad crecía un pequeño bosque de árboles encorvados. Uno de ellos (un roble, aunque no estaba del todo seguro), había crecido tanto que su tronco había destrozado parte de la antigua residencia.
Mientras se acercaba al montículo supo que había llegado a su destino. Aquella tenía que ser la casa que Vreeland le había indicado. ¿Acaso le había engañado? Era obvio que nadie había vivido en aquel lugar desde hacía mucho tiempo aunque, de alguna forma, sentía que era la correcta. El aire que envolvía la zona tenía algo diferente, era como la atmósfera enrarecida de la cima de una montaña muy alta. John Whateley sintió un mareo repentino y, por un segundo, su mente se quedó en blanco. Todo eso era bastante extraño. ¿Aquello que estaba sintiendo no era similar a lo que sentía cuando se tumbaba sobre el gran altar de piedra de Sentinel Hill? Intentó recordarlo con todas sus fuerzas, pero su mente se negó a ayudarle.
Al aproximarse al montículo pudo ver que había una cabaña sobre las robustas ramas del árbol más próximo. Cerca de este, sobre el césped, descansaba una escalera de mano. Por impulso, John Whateley la levantó y la apoyó contra la rugosa y enferma corteza del tronco. La estructura parecía bastante firme. Subió rápidamente los asimétricos peldaños y puso, con cuidado, un pie sobre el suelo de la enorme habitación. A continuación, adelantó el otro pie para acceder al interior.
Aquel lugar estaba cubierto de sombras, aunque la luz del crepúsculo debería haberle proporcionado más claridad. Cuando sus ojos se acostumbraron a la penumbra pudo distinguir los detalles. Mirando a su alrededor, sonrió al ver los humildes objetos que indicaban que aquella cabaña había sido habitada: había una mesa baja y una caja de leche que hacía las funciones de silla. Apilados en una esquina había diversos tarros de vidrio rellenos de polvos diferentes. Del techo, colgado de una cuerda larga y fuerte, se balanceaba el esqueleto de lo que parecía una rana, aunque al examinarlo más de cerca, el cráneo del animal le pareció extraño y deforme.
Se acercó a un deteriorado estante de madera repleto de tomos dispares. Creyó reconocer una serie de cuentos populares muy manoseados, entre los que se incluían diversas novelas de amor de Robert W. Chambers. Varios de aquellos libros carecían de título y presentaban una encuadernación tosca, por lo que imaginó que habían sido impresos de forma privada; sin embargo, otros tenían títulos que reconoció al instante, aunque nunca los había visto ni leído, pues estaban escritos en lenguas que desconocía. Entre estos se incluía la obra latina Malleus Maleficarum y Daemonolatry, de Remigius. También había otras obras que eran completamente nuevas para él, como Mnemabic Fragmenta, The Song of Yste, Cronicle of Nath, de Yergler, Dark Visions, de Marquis LeMode y Black Sutra, de U Pao. Entonces vio un tomo, mucho más voluminoso que el resto, que parecía tener una gran antigüedad. Su encuadernación había sido reforzada diversas veces con cinta adhesiva y carecía de contraportada. Había sido colocado, en horizontal, sobre una hilera de libros porque, debido a su gran tamaño, no cabía en posición vertical.
John Whateley se detuvo; su mente daba vueltas sin parar: ¿qué estaban haciendo todos aquellos libros en una cabaña que, en teoría, había sido el cuarto de juegos de algún niño? La respuesta adoptó la pequeña y delgada forma de un muchacho que había trepado sigilosamente por la escalera y estaba observándole con ojos inquisidores y astutos.
—¿Quién eres? —preguntó el muchacho.
—Un extraño —respondió John Whateley, sorprendido de lo rara que había sido su respuesta. El niño acabó de subir las escaleras y entró en la cabaña. Entonces, John descubrió que, además de delgado, era muy alto. Iba vestido de negro y, como estaba tan flaco, la ropa le quedaba tan holgada como a un espantapájaros. Tenía el cabello negro y tan alborotado que parecía que nunca se lo había peinado.
—No vienen demasiados extraños por aquí —dijo el muchacho, que parecía utilizar las palabras con alguna intención oculta—. No nos gusta que vengan extraños a importunarnos.
John Whateley no dijo nada, pues no deseaba revelar la actitud defensiva que había adoptado.
—¿Estás mirando los libros?
—Sí, sí. La verdad es que tienes unos gustos muy extraños para tu edad.
—Yo… —El muchacho vaciló, pero después continuó hablando con un extraño tono que indicaba que se sentía ofendido y divertido a la vez—. Soy lo bastante mayor para estudiarlos, y creo que los entiendo bastante bien. El señor Vreeland lleva algún tiempo ayudándome.
Al oír el nombre de Vreeland, el corazón de John Whateley empezó a latir con fuerza. Así que aquel traidor, aquel viejo bastardo, seguía enseñando sus secretos, a pesar de que se había negado a revelárselos. Tenía que regresar junto a Vreeland y enfrentarse a él. Esta vez no podría negarse. Olvidándose de todo lo demás, dio media vuelta para marcharse.
—No te vayas —dijo con suavidad el joven alto vestido de negro. A John Whateley no le gustó nada aquel tono, ni tampoco los ojos que le estaban observando—. No te vayas. Lo siento; no he sido justo contigo. Sé por qué estás aquí. Puede que sea capaz de responder a alguna de tus preguntas. Y sí, estás en el lugar correcto.
En los labios del muchacho se dibujó una sonrisa maliciosa. Aunque se sentía sumamente receloso, John no podía rechazar aquella oferta de información, ya que todos los demás canales parecían estar cerrados.
—¿Cómo te llamas? —preguntó suspicaz.
—Puede que te suene mi apellido: Whateley. Me llamo Didymus Whateley.
Al oír aquel nombre, John se quedó tan sorprendido que tuvo que apoyarse contra la áspera pared de aquella estructura de tablones para no caerse. A pesar de la confusión que sentía, descubrió un detalle prácticamente irrelevante: advirtió que había algo en la forma de la cabeza del muchacho, de amplia frente y orejas pequeñas, que le desconcertaba. Tras observar de nuevo el deforme cráneo de la rana, sus ojos volvieron a posarse en el misterioso Didymus, y se dio cuenta de que entre ambos había cierta similitud.
—Sabes, vivo aquí, con… ella. —Al decir esto, señaló hacia las sombras del interior de la espaciosa cabaña. A regañadientes, John miró hacia la dirección indicada.
Allí estaba sentado, o tumbado, el informe bulto blanco de la mujer que una vez creyó ser la Reina Madre. Ninguna tela cubría los obesos pliegues de su carne translúcida. Quizá, en algún momento de su vida, había vestido los harapos de gasa podrida sobre los que ahora descansaba, tumbada entre su propia mugre. Cada pocos segundos, su corpulenta mole se estremecía al ritmo de algún espasmo o calambre. Solo quedaban vestigios de su agotado cabello, que se adherían a su moteado y costroso cuero cabelludo. A pesar de su evidente decrepitud, los ojos rosas de Lavinia Whateley brillaban con febril alerta. Con ellos, observaba con dureza a su recién llegado pariente.
—¿Has venido a responder la Llamada, joven Johnny? —Su voz reverberaba de forma extraña, como si procediera de una distancia mucho mayor.
—¿Por qué? ¿Por qué?… ¡Sí, Madre Whateley! ¡Por supuesto! El anciano Vreeland quería entrometerse en mi camino, aunque creo que sabe que es demasiado tarde.
A pesar de sentirse intimidado, la voz de John fue cobrando fuerza y claridad al descubrir que en aquel lugar, por vez primera, otra persona había reconocido su verdadero sino, la grandeza a la que estaba destinado. Sin embargo, se arriesgó demasiado.
—Madre Whateley, todos los demás la creían muerta. Pensaban que había sido asesinada por el primo Wilbur. Pero yo nunca lo creí. Cuando leí la carta que escribió Vreeland a mi padre, no me resultó difícil leer entre líneas… Saber que usted y él… Bueno, que él estaba a su lado cuando los demás pensaban que usted ya no servía para nada más. Él… —señaló al muchacho vestido de negro—, ¿Didymus es su hijo? Es decir, ¿el hijo que tuvo con Vreeland? Sospechaba que había sucedido algo así para que usted desapareciera de forma tan repentina y que Vreeland hubiese seguido sus pasos más adelante.
La voz de Didymus le interrumpió.
—Es inteligente, pero está muy equivocado. —A continuación, volviéndose hacia su primo John, continuó—: Sabes mucho, pero como tú mismo sospechas, hay muchísimas cosas que ignoras por completo. Esa es la razón por la que has venido a buscar el Necronomicon. Pero dinos, ¿qué esperas ganar con dicho conocimiento?
—Creo que lo sabes —respondió John, desafiante—. O al menos, la Madre Lavinia parece saberlo. ¡Soy el siguiente en la línea de sangre! ¡El heredero legítimo que debe continuar con la tarea del Primo Wilbur!
Lejos de estar impresionado, Didymus Whateley empezó a reírse a carcajadas.
—¿Ves? Ya te he dicho que el pobre John ignora los conocimientos más importantes.
—¡Pues cuéntamelos! ¡No juegues conmigo!
—De acuerdo, pero, ¿acaso no te lo imaginas? Es a mí a quien pertenece ese rango, ese destino. El manto de Umr-at-Tawil me pertenece. ¡Yo soy él, el Mahdi de Yog-Sothoth, el que Abrirá la Puerta!
De repente, John se sintió como un niño estúpido, como si estuviera discutiendo como un amiguito para ver quién haría de bueno y quién de malo en el patio del colegio. No sabía qué más decir. Llevado por la curiosidad, lo primero que se le ocurrió fue una inconexa pregunta.
—Uh… ¿Por qué una cabaña en el árbol? Entre todos los lugares posibles, ¿por qué esconderla aquí? Ella se merece algo mejor que esto…
—Esta cabaña está construida en el punto exacto en el que se encuentra una de las Puertas, una muy pequeña que se abre justo por encima del nivel del suelo. Vivir en este lugar es lo que mantiene viva, físicamente, a la Madre Lavinia, y esa es la razón por la que tenemos que estar encima del suelo.
—Pero entonces… —John Whateley se dirigió a la puerta y miró hacia abajo—. ¿Por qué no construisteis una estructura de dos plantas? ¡Por el amor de Dios! ¿Por qué diablos construisteis una indefensa cabaña sobre un árbol?
—Primo Johnny, has sido tú el que le ha dado ese nombre. Yo no la llamaría así, porque no está construida, exactamente, sobre un árbol…
—No me importa cómo lo llames. Ella no se merece esto, ni tampoco tú, si realmente estuvieras capacitado para ser lo que reivindicas. ¿Por qué no construiste otra planta sobre la mansión? ¡No sirve de nada tenerla allí, completamente vacía!
—¡Oh! Puedo asegurarte que no está en absoluto vacía. Dime, listillo, ¿sabías que hay machos cabríos con mil retoños?
—¡Estoy harto de tus acertijos! ¿Por qué te burlas de mí? ¡Muéstrame el debido respeto!
Didymus solo pudo reírse de nuevo, pero en esta ocasión lo hizo acompañado de la masa blanca que quedaba oculta entre las sombras. John Whateley empezó a temblar.
—Entonces… ¿por qué la Llamada? ¿Para qué me llamaste, si no era para darme lo que legítimamente me pertenece? —Su voz vaciaba con la falta de entusiasmo de una persona que sabe que tiene que enfrentarse a una mala noticia.
—Porque sabíamos que serías un problema. Vreeland conocía a tu padre… y sabía qué podía esperar de su hijo —respondió Didymus, sin ambigüedades.
—Y… —añadió aquel susurro que reverberaba de forma tan extraña, sofocándose cada pocas sílabas por una risita flemática que brotaba en forma de tos—. ¡Y yo sé qué puedo esperar de mi hijo! ¿Sabes? Didymus es mucho mayor de lo que parece. Supongo que no lo sabías… Pero ni siquiera lo sabía Papá. Aquella noche de hace tanto tiempo, di a luz trillizos. Didymus es el único que me queda. ¿No es así, muchacho?
Ante aquella revelación, John Whateley, que acababa de caer de bruces sobre la simple mortalidad, empezó a dirigirse hacia la puerta. Mientras tanto, el amado hijo se dejó caer sobre sus rodillas y se internó en las sombras, con los brazos extendidos, para fundirse en un repugnante abrazo con aquello que yacía supurando en un charco de oscuridad.
Pero cuando John buscó a tientas el primer peldaño de madera en la oscuridad de la tarde, algo consiguió encontrarle antes a él. A una velocidad sobrecogedora, sintió que sus pies, sus piernas y, a continuación, el resto de su cuerpo, quedaban envueltos firmemente por unos zarcillos entrelazados, unas extremidades carentes de hueso y acabadas en ventosa que no eran las ramas del árbol, como había creído en un principio. La cabaña que descansaba sobre aquel tronco-Atlas tembló ligeramente y el suelo, un poco más fuerte, mientras el cuerpo de John se precipitaba, como una muñeca de trapo, por la boca abierta del tronco nudoso y vivo del shoggoth. Al menos, así era como John Whateley creía que se llamaba. Al fin y al cabo, sus conocimientos sobre ese tema eran bastante imprecisos.

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