Texto aleatorio

A Dick Lupoff, intelectual y experto en ciencia-ficción y literatura fantástica, se le atribuyen diversos esfuerzos lovecraftianos, entre los que se incluyen Discovery of the Ghooric Zone, Facts in the Case of Elizabeth Akeley, The Whisperers, ¡Lights! ¡Camera! ¡Shub-Niggurath! Y la presente obra. La primera vez que Lupoff leyó El horror de Dunwich no era más que un chiquillo de nueve años. Tardó treinta y tres años más en decidirse a escribir su propia secuela, titulada El Salto del Diablo. El estímulo directo lo recibió al escuchar la excelente grabación de David McCallum de El horror de Dunwich, en Caedmon Records. Este relato fue publicado por primera vez en Roy Torgeson, ed., Chrysalis, volumen 2, Zebra Books, 1978. Tal y como Donald Burleson y otros han observado, los verdaderos protagonistas de las historias de Lovecraft son, con frecuencia, los escenarios en los que se ambientan. Son ellos (o sus prototipos en la vida real) los que inspiran esa insólita sensación de terror que sus historias intentan transmitir, mientras que los acontecimientos y demás personajes son simples apoyos. En El Salto del Diablo, la estrella del espectáculo es la acosada región de Dunwich, con todos sus inexplicables acontecimientos. Estamos encantados de poder regresar a Dunwich y visitar de nuevo todos aquellos lugares repletos de nostálgicos recuerdos. No nos importa demasiado lo que Lupoff desee proclamar, aunque sabemos que su endemoniada imaginación ha estado trabajando duro. A diferencia de la mayor parte de los relatos de esta colección (y de este género), en esta historia no aparece ningún protagonista erudito. Veamos qué aspecto tienen los horrores de Dunwich vistos desde Dunwich.

En el otoño del año 1928 se produjeron aquellos terribles acontecimientos que más tarde fueron conocidos como el Horror de Dunwich. Los taciturnos y rurales habitantes del Valle Miskatonic superior de Massachusetts, que nunca habían destacado por su hospitalidad ni por su cordialidad con los extraños, empezaron a mostrarse hostiles, a raíz de aquel horror, con los escasos viajeros que pasaban por su montañosa y árida región.

En concreto, los habitantes de la región de Dunwich, una raza dispersa y endogámica con escasos logros intelectuales o materiales, fueron testigos del descenso gradual de su población. Una de las costumbres de aquella región era casarse a una edad avanzada y tener pocos hijos; los que nacían, ayudados por los escasos médicos y comadronas que trabajaban en la zona, solían presentar alguna deformidad sutil e indefinible. Aunque resultaba imposible señalar con el dedo la naturaleza exacta del defecto, era evidente que había algo espeluznantemente extraño en todos los niños y niñas que habían nacido en el Valle Miskatonic.

A medida que pasaron los años, los pálidos y descoloridos habitantes de Dunwich continuaron cultivando sus pequeños campos, criando a sus escuálidos ganados y sacando de la pobre y extenuada tierra de sus granjas los alimentos que les permitían continuar con su dura existencia.

Los acontecimientos de interés eran pocos e insignificantes: para entretenerse, examinaban las columnas del Aylesbury Transcript, el Arkham Advertiser e incluso las del imponente Boston Globe. En Dunwich no se publicaba ningún periódico de forma regular… Ni siquiera la pequeña hoja dominical que aún sobrevive en diversas comunidades semi-rurales.

Esta fue una de las razones por las que se desataron tantos rumores cuando Earl Sawyer abandonó a Mamie Bishop, su esposa desde hacía veinte años, y se fue con Zenia Whateley. Los traficantes de escándalos de la región estaban encantados. Sawyer era un tosco campesino mugriento de unos cincuenta años. Tenía las mejillas cubiertas por una eterna barba incipiente, como si no se hubiese afeitado en una semana, y su nariz y sus orejas estaban surcadas por líneas coloradas de capilares rotos. Además, tenía los hombros encorvados y andaba arrastrando los pies, como cualquier ciudadano típico del entorno montañoso de Dunwich.

Zenia Whateley era una criatura delgada y pálida, hija del viejo Zebulon Whateley y de su esposa, que había sido tan reservada durante su vida y tan minuciosamente olvidada tras su muerte que nadie recordaba los detalles de su rostro, ni tampoco su nombre. Este había sido pintado de cualquier forma en el trozo de madera rectangular que indicaba el lugar en el que estaba enterrada, pero las frías lluvias y la húmeda luz del sol de las estaciones de Dunwich habían borrado aquella prueba de la identidad de esa mujer.

Zenia parecía seguir el ejemplo de su madre, pues tenía un aspecto poco atractivo, una personalidad retraída y una conversación tan poco frecuente y esquiva que eran pocas las personas que recordaban haber oído su voz.

Los holgazanes y chismosos clientes del Almacén General Osborn, de Dunwich, no comprendían los motivos que habían impulsado a Earl Sawyer a dejar a Mamie Bishop por Zenia Whateley. Mamie no destacaba por su gran belleza ni por su fascinante personalidad; es más, tenía fama de ser entrometida y cotilla, y su afilada lengua había aguijoneado a diversos vecinos que habrían dado lo que fuera porque su mala conducta hubiese pasado inadvertida. Pero Mamie tenía en su interior aquella chispa de vitalidad que tan raras veces se encuentra en los habitantes del Miskatonic superior, aquel rasgo de personalidad que en el argot rural se conoce como sentido común. Por eso, resultó tan desconcertante verla sentada junto a Earl en el asiento delantero de su traqueteante Ford T (acompañada de sus escasas pertenencias, que viajaban en el asiento posterior), mientras Sawyer se alejaba por la polvorienta carretera para llevarla a Aylesbury, donde se alojaría en la desvencijada pensión de la ciudad.

Corría el año 1938 cuando Earl Sawyer y Mamie Bishop se separaron. Había transcurrido una década desde la muerte de aquel gigante deforme llamado Wilbur Whateley y de la disolución (pues esta palabra define mejor que «muerte» el final de aquel monstruo) de su hermano gemelo, aún más gigantesco y espeluznante. Pero ahora mayo estaba llegando a su fin, y el deshielo primaveral había llegado de forma tardía y a regañadientes a las oprimidas granjas del Valle Miskatonic.

Cuando Earl Sawyer estuvo de vuelta en Dunwich, se detuvo en el centro del pueblo y aparcó su Ford T delante del Osborn. Después de cruzar la mugrienta calle principal, subió los escalones del porche de la casa del viejo Zebulon Whateley y llamó a su puerta gris y descascarillada, mientras los clientes del Osborn le observaban sin perder detalle y hacían comentarios a sus espaldas.

La puerta se abrió y, durante unos instantes, Earl Sawyer desapareció en el interior de la casa. Los ociosos clientes del Osborn, que estaban ansiosos por descubrir qué se traían entre manos Earl y Zebulon Whateley, vieron recompensada su curiosidad poco después, cuando Sawyer reapareció cogido de la flácida mano de Zenia Whateley. La muchacha llevaba un fino vestido de algodón cuya raída tela revelaba, incluso a través de la ventana del almacén Osborn, que estaba embarazada.

Earl Sawyer condujo el coche hasta su polvorienta granja, llevándose a Zenia consigo para que ocupara el lugar de Mamie Bishop. No hubo ningún otro cambio en la granja de Sawyer, aparte del de su ocupante femenina. Cada mañana, Earl y Zenia se levantaban a la misma hora. Ella preparaba y servía un magro desayuno y se lo comían en sombrío silencio. Después de desayunar, Earl abandonaba la casa y cerraba la puerta tras él, dejando a Zenia en su interior para que realizara todas las tareas domésticas, mientras él pasaba el día entero trabajando al aire libre.

La granja de los Sawyer poseía la cantidad de terrenos cultivables necesarios para alimentar a un pequeño rebaño de ganado mediocre, típico de la región del Miskatonic. Su propiedad incluía una desapacible ladera conocida como el Salto del Diablo, donde no había crecido ningún árbol, arbusto ni brizna de hierba durante tanto tiempo como registraban los archivos más antiguos de Dunwich. A pesar de los reiterados intentos de Earl Sawyer por cultivar sus desagradables pendientes, el Salto del Diablo se resistía y continuaba siendo un terreno baldío. En cambio, abundaban los informes sobre retumbes y crujidos procedentes del subsuelo y sobre extraños olores que surgían de aquel lugar y podían percibirse en las granjas cercanas cuando soplaba cierto viento.

El primer domingo de junio del año 1938, Earl Sawyer y Zenia Whateley abandonaron la granja montados en el Ford T de Sawyer. Fueron juntos hasta Dunwich y, tras aparcar el automóvil delante de la deslustrada casa de Zebulon Whateley, pasearon por el cementerio de la iglesia, deteniéndose a leer las inscripciones de aquellas lápidas que aún eran legibles. Acto seguido, entraron en la Iglesia Congregacionalista de Dunwich, que había sido fundada por el reverendo Abijah Hoadley en el año 1747. El púlpito de la iglesia había estado vacante desde la inexplicable desaparición del reverendo Isaiah Ashton, ocurrida en verano de 1912, pero un ministro congregacionalista de la ciudad de Arkham viajaba hasta el pueblo, de vez en cuando, para oficiar la misa.

Al ser la primera vez que Earl Sawyer asistía a los servicios de la iglesia, hubo diversos movimientos de cabeza y cuchicheos entre los fieles mientras la pareja entraba y buscaba asiento en un banco del fondo. Cuando la celebración llegó a su fin, permanecieron en el interior del edificio para hablar con el ministro. Aunque nadie estuvo presente durante aquella conversación, el ministro comentó, posteriormente y de forma voluntaria, la propuesta que le había hecho Sawyer y las respuestas que le había dado.

Según informó este, Sawyer le había pedido que celebrara una boda. La pareja que deseaba unirse en matrimonio eran él (Sawyer) y Zenia Whateley. En un principio, el ministro había accedido, debido al evidente estado de gestación de Zenia y la conveniencia de proporcionar un nacimiento legítimo al niño que esperaban. Sin embargo, Sawyer se había negado a que el ministro oficiara la ceremonia de boda de la Iglesia Congregacionalista, y había insistido en que debía pronunciar ciertos términos extranjeros que él mismo le proporcionaría y que aparecían en ciertos documentos antiguos pertenecientes al legado de la familia de la novia.

Sawyer también se había negado a facilitarle los documentos originales; en vez de ello, le había tendido unas transcripciones escritas con torpeza en unos trozos de papel mugriento. Desgraciadamente, el ministro tampoco pudo conservar aquellos papeles, puesto que Sawyer se los había llevado, y solo recordaba, de forma vaga, algunas palabras casi impronunciables de aquellos extraños ensalmos que le había pedido que leyera en voz alta: N’gai, n’gha’ghaa, bugg-shoggog, además de una referencia a cierta ciudad perdida «entre la Yr y la Nhhngr».

El ministro se negó a oficiar aquella blasfema ceremonia, alegando que eclesiásticamente resultaba inadecuado y que, con toda probabilidad, celebrarla supondría una herejía. De todas formas, les ofreció la posibilidad de celebrar una boda ortodoxa congregacionalista que incluyera parte del material adicional que le proporcionara la pareja, siempre y cuando le mostraran la traducción del texto, para estar seguro de que la ceremonia resultaba apropiada.

Earl Sawyer se negó en redondo, advirtiéndole al ministro que era preferible que continuara ignorando el significado de aquellas palabras, puesto que conocerlo supondría un grave peligro para su vida. Acto seguido, colérico y tirando del brazo de la pasiva Zenia Whateley, salió de la iglesia y regresó a su granja.

Algunas noches más tarde, la pareja recibió la visita del padre de Zenia, el viejo Zebulon Whateley, que llegó acompañado del terrateniente Sawyer Whateley, perteneciente a la rama semidecadente de la familia. Sawyer Whateley era un hombre que poseía la peculiar característica de ser primo de Earl y de Zenia a la vez. A medianoche, las cuatro figuras (Earl, Zenia, el viejo Zebulon y el terrateniente Whateley) subieron lentamente hasta la cima del Salto del Diablo. Nadie sabe con exactitud qué hicieron allí arriba, aunque Luther Brown, que ya era un hombre adulto y estaba comprometido con Olivia, hija de George Corey, explicó más adelante que estaba buscando un novillo extraviado cerca del límite que separaba la granja de los Corey y la de los Sawyer, y pudo ver sus cuatro siluetas perfiladas contra las constelaciones de la noche, en lo alto de la colina.

Según Luther Brown, las cuatro figuras iban sin ropa. Estaba bastante seguro de conocer la identidad de los tres hombres, y no tenía ninguna duda de que la mujer era Zenia, debido a su embarazo. Los cuatro, completamente desnudos, encendieron una hoguera sobre un altar de madera, que debían de haber preparado de antemano, en la cima del Salto del Diablo. Luther se negó a revelar los ritos de los que había sido testigo antes de escapar aterrado y asqueado; más tarde, aquella misma noche, se oyeron unos fuertes crujidos procedentes de algún lugar próximo a la granja de los Sawyer. Además, el Valle Miskatonic al completo fue sacudido por un terremoto que quedó registrado en el instrumental sísmico de la Universidad de Harvard y provocó un fuerte oleaje en el puerto de Innsmouth.

Al día siguiente, el terrateniente Sawyer Whateley inscribió una boda en los registros oficiales del pueblo de Dunwich, afirmando que su cargo de presidente del Comité de Reclutamiento local le permitía oficiar una ceremonia civil. Todos los vecinos dudaron de la veracidad de aquella afirmación, pero como los Whateley no gozaban de demasiada popularidad en el pueblo, sus detractores creyeron conveniente dejar sus críticas para acontecimientos privados, así que el matrimonio entre Earl Sawyer y Zenia Whateley fue reconocido de forma oficial.

Mientras tanto, Mamie Bishop se había establecido en su nuevo hogar de Aylesbury y había empezado a difundir informes perniciosos sobre su exmarido, Earl Sawyer, y su nueva mujer. Según afirmaba, Earl siempre había mantenido relaciones con los Whateley y el hecho de haber sido reemplazada por Zenia solo era un paso más en los planes que tenían, Earl Sawyer y el clan de los Whateley, para resucitar las malignas actividades que culminaron en los acontecimientos del año 1928. Si nadie se lo impedía, Earl y Zenia, con la ayuda del terrateniente Sawyer Whateley y el viejo Zebulon Whateley, llevarían a la ruina al conjunto del Valle Miskatonic, e incluso a una zona mucho más extensa.

Nadie prestó atención a las palabras de Mamie, ni siquiera sus parientes. Los Bishop, que formaban un clan casi tan numeroso y extenso como el de los Whateley, pensaban que las advertencias de Mamie no eran más que rumores inventados por una mujer despechada. De todos modos, todos ellos recordaron sus terribles palabras en el mes de agosto de 1938, cuando Earl Sawyer llamó al doctor Houghton por la línea colectiva y le pidió que acudiera a la granja de los Sawyer.

Zenia estaba de parto y Earl, llevado por la inquietud, había decidido solicitar asistencia médica.

El parto de Zenia fue difícil. Más adelante, el doctor Houghton comentó que, aunque los partos primerizos suelen ser más largos que los posteriores, el de Zenia había sido excepcional, pues estuvo pariendo durante 72 horas consecutivas y a duras penas sobrevivió al nacimiento del niño. Durante el transcurso del alumbramiento se advirtieron ligeros temblores de tierra en el Salto del Diablo y Zenia, mediante una serie de berridos incoherentes y movimientos de mano frenéticos, indicó que deseaba que se descorrieran las cortinas de su ventana para poder ver la cima de la colina desde su cama.

Durante la tercera noche del parto, mientras Zenia jadeaba y se debatía entre la vida y la muerte, se desató una terrible tormenta: las nubes barrieron el valle desde el Atlántico, fuertes vientos rugieron sobre las casas y entre los árboles de Dunwich y los rayos centellearon desde la nube de tormenta que se había detenido en la cima de la colina.

El doctor Houghton, desesperado por salvar la vida de Zenia o del bebé que aún no había nacido, inició los preparativos de la cesárea. Earl Sawyer revoloteaba a su alrededor, murmurando ensalmos semi-incoherentes, similares a los que consiguieron que el ministro congregacionalista se negara a casarles en la iglesia.

Colocó algunos instrumentos afilados y esterilizados sobre la estufa de leña que los Sawyer utilizaban para cocinar y calentar su hogar y, a continuación, practicó una incisión en el abdomen de Zenia. Mientras extraía el feto de su vientre, retumbó un trueno terrible al tiempo que un rayo caía sobre la cima del Salto del Diablo. La bandada de chotacabras que había anidado en el bosquecillo de arces retorcidos y deformes que se alzaba detrás del hogar de los Sawyer emprendió el vuelo, creando una cacofonía de sonidos audibles a pesar de la fuerza con la que descargaba la tormenta.

Todos los esfuerzos del doctor Houghton por preservar la exigua y limitada vida de Zenia Whateley Sawyer fueron inútiles, aunque su hijo logró sobrevivir a la dura experiencia del nacimiento. Al día siguiente, el viejo Zebulon Whateley y el terrateniente Sawyer Whateley acudieron a su casa para ayudarle. Earl descendió los escalones de madera que conducían al oscuro sótano de su hogar y regresó cargando con un sencillo ataúd de madera que había construido en secreto hacía algún tiempo. En cuanto los tres hombres colocaron el agotado y consumido cuerpo de Zenia en su interior, Earl clavó la tapa.

A continuación, llevaron aquella caja de madera hasta la cima del Salto del Diablo. Entonando espeluznantes ensalmos y haciendo unos signos totalmente distintos a los que se habían visto desde hacía una década en el Valle Miskatonic, quemaron los restos de Zenia.

Cuando regresaron a la granja, el niño seguía dormido en una ruda cuna de madera. El terrateniente Whateley cuidó de él mientras su padre llamaba a la centralita, por la línea colectiva, para solicitar que le pusieran en contacto con Mamie Bishop en la pensión de Aylesbury.

Tras una breve conversación con su exesposa, Earl Sawyer hizo un gesto afirmativo a su suegro y al terrateniente, que se quedaron cuidando del bebé, mientras Earl ponía en marcha su Ford T y partía hacia Aylesbury para recoger a su Mamie.

Earl Sawyer y Zenia Whateley Sawyer tuvieron una hija. Después de consultarlo con su suegro y con su primo lejano, el terrateniente Whateley, el padre decidió darle el nombre de Hester Sawyer. Al nacer, Hester había sido tan diminuta que todos temían que no sobreviviera.

Earl se puso en contacto con el ministro congregacionalista de Arkham para solicitarle que bautizara a la niña según unos ritos que especificó. Volvieron a discutir sobre la conveniencia del uso de aquellas extrañas escrituras (si es que podían definirse de ese modo), y de nuevo, el ministro se negó a prestar su legitimidad eclesiástica a dicha ceremonia. Por esta razón, Earl, Zebulon y Sawyer Whateley llevaron a la pequeña, envuelta en mantillas, hasta la cima del Salto del Diablo y, justo sobre la reciente tumba de su madre, llevaron a cabo una ceremonia de consagración que será mejor no describir.

Al acabar, llevaron a la pequeña al hogar de los Sawyer y la dejaron al cuidado de Mamie Bishop.

En Dunwich, e incluso en Aylesbury, empezaron a correr rumores sobre la asombrosa buena voluntad de Mamie por haber accedido a regresar al hogar de los Sawyer como niñera y tutora de la pequeña Hester. Al ser interrogada, Mamie se limitó a responder que tenía sus propios motivos y se negó a seguir hablando del tema. Con los cuidados de Mamie, la pequeña Hester sobrevivió a las crisis que sufrió durante sus primeros días de vida y se convirtió en una niña de sorprendente fuerza y precocidad.

Ya de pequeña, Hester era una niña de sorprendente belleza y (si es que puede decirse algo así) de madurez prematura. Su tez era casi albina, pero así como Lavinia Whateley, una pariente lejana desaparecida hacía mucho tiempo, había tenido el cabello blanco y estropajoso y los ojos de un color rosa rojizo, Hester lució una reluciente cabellera de un tono rubio plateado, conocido como platino, desde el día de su nacimiento. Por mucho que Mamie Bishop se esforzaba en hacerle pequeños rizos o tirabuzones, pensando que era lo más apropiado para una niña, el cabello de Hester bajaba recto y con gracia hasta los hombros, negándose a caer de cualquier otra forma.

Los ojos de la pequeña estaban moteados del color azul pálido y el suave rosa de los verdaderos albinos, por lo que parecían ser de un pálido tono lavanda, excepto cuando los mirabas muy de cerca, porque entonces se hacía visible la alternancia entre azules y rosas. Su piel, del color de la leche fresca, no presentaba ni una sola mancha.

A los cinco meses dio sus primeros pasos y, para entonces, ya le habían salido todos los dientes de leche. A principios de la primavera de 1939, a los ocho meses, empezó a hablar, pero no con los infantiles balbuceos de un niño de desarrollo normal: desde el momento en que pronunció su primera palabra, Hester habló con precisión, propiedad y una espeluznante solemnidad.

Earl Sawyer no obligó a Mamie Bishop a permanecer encerrada en la casa, tal y como había hecho con la difunta Zenia Whateley, sino que le enseñó a conducir su Ford T y le animó (no, mejor dicho, le forzó) a viajar hasta el pueblo de Dunwich, Dean’s Corner o Aylesbury con frecuencia.

Siempre que Mamie iba a ausentarse de su hogar, anunciaba que iba a comprar algo para ella, Earl o la pequeña Hester que no les suministraba la granja. En una ocasión, Earl ordenó a Mamie que condujera el Ford T hasta Arkham y permaneciera allí tres días para buscar ciertos artículos que necesitaba para la educación de Hester. Así que Mamie se vio obligada a pasar dos noches en uno de los hoteles que aún quedaban en Arkham y que ahora solo eran deslucidos vestigios de los días más prósperos de la ciudad.

Durante aquellas expediciones mercantiles, Mamie tenía oportunidad de dar rienda suelta a su afilada lengua, y con frecuencia hizo ásperos comentarios sobre Earl, Zebulon y el terrateniente Whateley. Aunque nunca habló de la difunta Zenia, solía hacer observaciones crípticas y estremecedoras sobre la pequeña Hester Sawyer, a quien solía llamar «la mocosa blanca de Zenia».

Tal y como se ha mencionado con anterioridad, en el pueblo de Dunwich no se publicaba ningún periódico de forma regular, aunque las ediciones de otras comunidades del Valle Miskatonic destinaban un espacio a los acontecimientos que tenían lugar en dicha localidad. En concreto, el Aylesbury Transcript dedicaba una columna de las páginas del dominical a Dunwich. Estas noticias eran suministradas por Joe Osborn, propietario del Almacén General Osborn, a cambio de publicidad sobre la mercancía de su establecimiento.

Si repasamos la columna de Dunwich de los ejemplares del Aylesbury Transcript que fueron publicados durante el período transcurrido entre agosto de 1938 y finales de abril de 1943, observamos que aparecen una serie de informes sobre rugidos, crujidos y olores desagradables procedentes del área en la que se encuentra la granja de los Sawyer y, en concreto, del Salto del Diablo. Dos características de estos informes merecen una atención especial.

En primer lugar, aunque aquellos sonidos y olores se percibían de forma irregular, se examinaron los registros de ventas de los establecimientos de Dunwich, Aylesbury, Dean’s Corners y Arkham en los que había comprado Mamie Bishop, y estos revelaron que los acontecimientos del Salto del Diablo coincidían con las fechas en que la mujer se ausentaba de la granja de los Sawyer. En segundo lugar, a pesar de que estos acontecimientos se sucedían a intervalos irregulares, alternándose entre dos veces por semana o una vez cada ocho meses, su dureza iba en aumento. Los primeros casos apenas fueron mencionados en la columna de Dunwich del Transcript, a finales de 1941, pasaron a ocupar una posición principal en los artículos de Osborn; y a principios de 1943, dejaron de quedar relegados a la columna de Dunwich y empezaron a aparecer en las páginas de información general, hecho que revelaba que podían percibirse incluso en Aylesbury… ¡Situado a más de veinticinco kilómetros de Dunwich!

Los clientes del Osborn también habían advertido que, siempre que Mamie Bishop se ausentaba de la granja de los Sawyer, su marido recibía la visita de sus dos parientes políticos favoritos y compinches, Zebulon Whateley y el terrateniente Sawyer Whateley. No hubo más informes sobre sucesos extraños del tipo que presenció Luther Brown en 1938. Puede que la desgraciada muerte de Luther, consecuencia de un trágico accidente sufrido en el tejado del silo de George Corey mientras colocaba tablones nuevos, no estuviera relacionada con el hecho de que hubiera presenciado aquellos ritos en la cima del Salto del Diablo. De todas formas, después de su muerte y tras una nueva serie de rugidos y hedores, nadie más se había acercado a la granja de los Sawyer desde el año 1939.

En septiembre de 1942 tuvo lugar un triste accidente. Hester Sawyer, que entonces tenía cuatro años, había sido educada hasta entonces por su padre, con la ayuda de los dos Whateley y Mamie Bishop. Nunca había salido de la granja ni había visto a ningún niño.

La prima segunda de Mamie Bishop, Elsie, la hermana soltera de Silas Bishop (de la rama no decadente de la familia), estuvo hablando con Mamie durante una de aquellas ocasiones que se ausentaba de la granja de los Sawyer para ir de compras. Elsie, que era la profesora de una guardería amparada por la Iglesia Congregacionalista de Dunwich, logró convencer a Mamie de que era necesario que Hester estuviera en contacto con otros niños de su edad. Mamie habló con sumo desprecio de la «mocosa blanca de Zenia», aunque debido a la insistencia de Elsie, acabó accediendo a discutir aquel tema con Earl Sawyer.

El primer día del trimestre de otoño, Mamie condujo el Ford T hasta el pueblo de Dunwich, con la pequeña Hester sentada en el asiento contiguo. Esa fue la primera vez que Hester vio Dunwich… y la primera vez que Dunwich vio a Hester.

Aunque Mamie había vestido a la niña con prendas holgadas que la tapaban desde el cuello hasta los tobillos, era obvio que había algo extraño en ella. Hester era demasiado pequeña para tener cuatro años. No era más alta que un bebé. Era como si hubiera mantenido la misma estatura durante aquellos cuatro años de vida… Era como si no hubiese crecido ni un solo centímetro desde que nació.

Pero eso solo era una parte de lo insólito del aspecto de Hester: aunque su tamaño era el mismo que el de un bebé recién nacido, su nivel de desarrollo era el de una mujer completamente madura y de arrebatadora belleza. El sol brillaba en su larga melena rubio platino que colgaba alrededor de los bordes del sombrero que Mamie le había puesto. Sus extraños ojos de color lavanda parecían ocultar los secretos de una mujer experimentada y voluptuosa. Su rostro era maduro; sus labios, carnosos y sensuales. Cuando una repentina ráfaga de viento ondeó su holgado vestido contra su torso, este reveló la figura de un ídolo griego.

Los clientes del Osborn, apiñados junto a la ventana y estirando el cuello para ver a la misteriosa «mocosa blanca», sintieron repulsión por aquel espectáculo anormal y fascinación por la imagen de aquella chiquilla que parecía un maniquí viviente. La niña que iba sentada con afectación junto a Mamie Bishop era una mujer de cuerpo voluptuoso y sorprendente belleza, que tenía el tamaño de un bebé recién nacido.

Elsie Bishop recibió a su prima Mamie y a Hester Sawyer en la guardería de la Iglesia Congregacionalista. Elsie, que prefirió no hacer ningún comentario sobre el inusual aspecto de Hester, procedió a presentársela a los niños que ya habían llegado. Entre estos se encontraba su sobrino, Nahum Bishop, el hijo de cinco años de Silas. Nahum era un niño completamente normal, sociable e inquieto… Uno de los escasos niños normales que había en el infestado Valle Miskatonic.

Después de dedicar una mirada a Hester Sawyer, el pequeño se enamoró locamente de ella, con aquella fascinación absoluta y extasiada que solo un niño puede sentir cuando descubre la magia del sexo femenino. Perdió todo interés por el resto de sus compañeros de colegio y por sus juegos. Solo deseaba estar con Hester, mirarla, coger su mano de mujer en miniatura entre sus regordetes dedos de niño. Cualquier palabra que pronunciaba Hester era música para sus oídos; cualquier favor que ella le pidiera, cualquier cometido que pudiera encomendarle, era motivo de infinita alegría y debía satisfacerlo sin demora.

Poco después, todos los niños de la guardería jugaban alegremente; algunos, corriendo a toda velocidad por la nave central, entre las dos hileras de bancos de la iglesia. Las dos primas, Mamie y Elsie, decidieron retirarse a la cocina del presbiterio para tomar un té y, aunque no veían a los niños desde allí, podían oírles jugar alegremente en la nave de aquella iglesia semiabandonada.

De pronto se oyó un tremendo golpe en el tejado de la iglesia, que fue precedido por un sonido similar en el suelo del cementerio y una serie de gritos aterrados de los niños, presas del pánico. Al instante, Mamie y Elsie salieron del presbiterio y, aunque comprobaron que no había sucedido nada en el interior de la iglesia, vieron que todos los niños estaban apiñados frente a una ventana abierta, mirando hacia el cementerio, sin parar de señalar y gritar angustiados.

Las dos mujeres se abrieron paso entre los aterrados niños hasta que pudieron llegar a la ventana. Al mirar, descubrieron que el cuerpo del sobrino de Elsie, Nahum Bishop, yacía de forma grotesca en la vieja lápida sobre la que había caído al precipitarse desde el tejado de la iglesia. No había ninguna duda de que el niño estaba muerto; sin embargo, sus ojos ciegos continuaban mirando hacia arriba, hacia el campanario.

Antes de que pudieran alejarse de la ventana, ambas mujeres oyeron unas débiles pisadas, tan ligeras que, si no hubiera sido por el silencio total en el que se había sumido la iglesia a medida que los gritos de los niños fueron remitiendo, hubiera sido inaudible. Aquellos pasos estaban descendiendo tranquilamente por las escaleras de madera que conducían al campanario. Instantes después, Hester Sawyer apareció en el hueco de la escalera, con cierta expresión de burla y diversión en su bello rostro.

Cuando llegó la policía estatal, Hester explicó con completa impasibilidad que ella y Nahum habían subido la estrecha escalera de madera que conducía hasta el campanario. Nahum le había asegurado que haría cualquier cosa para demostrarle su amor, y ella le había pedido que volara desde el campanario. Al intentarlo, se había caído al tejado; allí rebotó y, a continuación, se precipitó contra la vieja lápida del cementerio.

El informe de la policía consideró que la muerte de Nahum había sido accidental y Hester pudo regresar a la granja de los Sawyer bajo la tutela de Mamie Bishop. No es necesario decir que la pequeña no regresó jamás a la guardería de la Iglesia Congregacionalista de Dunwich; de hecho, no se la volvió a ver en Dunwich ni en ningún otro lugar, puesto que no volvió a abandonar las tierras de su padre.

El capítulo final de la tragedia del Salto del Diablo (si «tragedia» es una palabra adecuada para describir aquel drama) tuvo lugar en la primavera de 1943. Al igual que en los años anteriores, la temperatura del equinoccio no había dado mucho de sí en el Valle Miskatonic superior: el invierno seguía aferrándose con fuerza a los áridos picos y las estériles tierras de la región, y las gélidas y oscuras aguas del río Miskatonic solo conseguían regar algunos campos en su camino hacia el sudeste, hacia Arkham, Innsmouth y el frío Atlántico.

En Dunwich, el desolado Silas Bishop y su hermana soltera, Elsie, se habían recuperado lo mejor que habían podido de la muerte del pequeño Nahum. Elsie continuaba trabajando en la guardería de la Iglesia Congregacionalista, donde el cierre de la escalera que conducía al campanario era el único testimonio del accidente que había tenido lugar durante el septiembre anterior.

La tarde del 30 de abril, el teléfono sonó en la casa de los Bishop de Dunwich. Al descolgar el aparato, Elsie oyó un furtivo susurro en la línea. Aquella voz que apenas pudo reconocer, de lo distorsionada que estaba por el terror, pertenecía a su prima segunda, a Mamie.

—Me acaban de encerrar en la casa —susurró Mamie—. Earl siempre me ha obligado a marchar, pero en esta ocasión me han encerrado. Estoy muy asustada. ¡Ayúdame, Elsie! ¡No sé qué han ido a hacer allá arriba, en el Salto del Diablo, pero tengo mucho miedo!

Elsie hizo un gesto a su hermano Silas para que escuchara la conversación.

—¿Quién te ha encerrado, Mamie? —preguntó Elsie a su prima.

—¡Earl, Zeb y Sawyer Whateley! Se han llevado a la mocosa de Zenia y han subido al Salto del Diablo. ¡Puedo verlos desde aquí! ¡Están completamente desnudos! Han preparado una hoguera y un altar. El viejo Zeb está leyendo algo de un terrible libro que siempre ha estado guardado bajo llave mientras los demás tiran unos polvos en el fuego. Ahora puedo ver a la pequeña Hester, la mocosa blanca de Zenia. Se ha encaramado al altar y les está diciendo algo a Zeb, a Earl y al terrateniente Whateley. Los tres se han arrodillado, como si estuvieran adorando a Hester, y ella está haciendo unos signos con las manos. ¡Oh, Elsie, no puedo describirte esos signos! ¡Son tan terribles! ¡Es tan terrible lo que está haciendo! ¡Elsie! ¡Busca ayuda y venid a por mí! ¡Por favor, ve a buscar ayuda!

Elsie le dijo a Mamie que intentara tranquilizarse y que no mirara lo que estaban haciendo aquellas cuatro personas en la cima del Salto del Diablo. A continuación colgó el teléfono y se volvió hacia su hermano Silas.

—Llamaremos a la policía estatal de Aylesbury —dijo—. Ellos pondrán fin a lo que esté sucediendo en casa de los Sawyer. ¡Vamos a llamarlos ahora mismo, Silas!

—¿Crees que te harán caso, Elsie?

Elsie sacudió la cabeza, negándolo.

—Entonces, será mejor que vayamos nosotros mismos hasta Aylesbury —propuso Silas—. Será más probable que nos crean si vamos hasta allí.

Engancharon el caballo y se montaron en el carro para dirigirse hacia Aylesbury. Afortunadamente, el agente de la policía estatal que había investigado la muerte del pequeño Nahum Bishop estaba presente y, como sabía que Elsie y Silas eran ciudadanos responsables, no se burló de ellos mientras le informaban de la aterradora llamada de Mamie. El agente se montó en un automóvil del departamento de policía y, acompañado por los dos Bishop, se encaminó hacia Dunwich y, desde allí, hasta la granja de los Sawyer, que quedaba un poco más allá del centro del pueblo.

Cuando el vehículo oficial empezó a aproximarse al hogar de los Sawyer, sus tres ocupantes fueron asaltados por un terrible e indescriptible hedor que les revolvió el estómago e hizo que les lloraran los ojos. Aquello les hizo sentir un inexplicable y espeluznante torrente de emociones, siendo la principal de ellas una combinación de miedo y asco. Los truenos invadían el aire y la tierra temblaba sin cesar, amenazando con lanzar despedido al automóvil de la carretera.

El agente de policía salió del sucio camino que pasaba por delante de la propiedad de los Sawyer y condujo el vehículo por el estrecho y accidentado sendero que se originaba en su decrépita granja para dirigirse a la base del Salto del Diablo. En cuanto el automóvil se detuvo, el agente bajó de un salto de su asiento y corrió hacia la colina con el revólver en la mano; a pesar de su edad, Silas y Elsie Bishop consiguieron seguirle a buen ritmo.

Ante ellos podían ver el altar y las cuatro figuras que Mamie Bishop había descrito a su prima. El cielo de la noche estaba despejado y la luna nueva no podía rivalizar con los millones de estrellas que brillaban. La pequeña Hester Sawyer, con su diminuto cuerpo de medio metro de mujer completamente formada, danzaba y gesticulaba sobre el altar de madera, permitiendo que la luz de las estrellas y de la hoguera cercana juguetearan con lascivia sobre su reluciente melena de color rubio platino y su piel del color de la leche. La luz del fuego quedaba atrapada en sus ojos lavanda, que relucían como los de un animal salvaje que acecha en el bosque por la noche.

Earl, Zebulon y Sawyer Whateley habían formado un triángulo equilátero en torno al altar; a su alrededor, había brotado de la tierra un círculo perfecto de tallos viscosos provistos de tentáculos. Aquellos brotes, más animales que vegetales, eran las únicas cosas que habían crecido durante toda la vida en el suelo del Salto del Diablo. Mientras los recién llegados observaban, demasiado impresionados y asqueados para actuar, aquellos terribles brotes con tentáculos empezaron a crecer y a balancearse al ritmo del espeluznante cántico que entonaban los tres hombres desnudos y de las lascivas poses de la diminuta niña de cuatro años.

Entonces, en algún punto del aire estalló un estridente y aflautado chillido al tiempo que unas extrañas alas batían sobre la escena.

La voz de Hester Sawyer entonaba: «Ygnaiih… hgnaiih… hflthkh’ ngha… Yog-Sothoth… Y’bthnk… h’ ehye-n’ grkdl’lh!».

En aquel instante cayó un rayo cegador (algo sorprendente, pues el cielo de la noche estaba completamente despejado de nubes) y la forma de Hester Sawyer quedó bañada en un resplandor amarillo verdoso casi sobrenatural y eléctrico. Las chispas danzaban sobre su piel perfecta mientras las miles de bolas de fuego de San Elmo que surgían de sus manos y sus labios rodaban sobre el altar, para después caer al suelo y alejarse, sin parar de girar, por las laderas del Salto del Diablo.

Los ojos de los espectadores quedaron tan asombrados ante aquel espectáculo que nunca supieron si realmente habían visto lo que habían creído ver. Sin embargo, todos coincidieron en que el rayo no había descendido desde el cielo para golpear a Hester, sino que se había originado en ella y había salido proyectado hacia arriba, serpenteando entre la oscuridad ventosa de Dunwich y subiendo más y más, como si quisiera alcanzar las estrellas.

Antes de que el rayo se desvaneciera, la figura de Hester pareció alzarse y seguirlo, sin dejar de hacer poses y terribles signos sobrecogedores. Los atónitos espectadores pudieron ver que su cuerpo se iba haciendo más pequeño, hasta que por fin desapareció sobre el Salto del Diablo. Entonces, el rayo se apagó y Hester Sawyer desapareció para siempre.

Cuando finalizó aquel despliegue eléctrico, la parálisis de los sobrecogidos espectadores remitió. El agente de policía avanzó hacia el círculo en el que se encontraban los tres hombres desnudos, rodeados por los brotes de tentáculos, y les ordenó que le acompañaran al vehículo policial, pero estos se abalanzaron sobre él y le atacaron con crueldad. Cuando el oficial retrocedió, los tres hombres volvieron a correr hacia él gruñendo, arañándole y mordiéndole las piernas y el torso. El policía se vio obligado a disparar una vez, luego otra y una tercera, hasta que los hombres desnudos cayeron al suelo gesticulando.

Los llevaron de inmediato al hospital general de Arkham, donde un equipo médico dirigido por los doctores Houghton y Hartwell trabajó sin éxito durante toda la noche para salvarlos. Cuando llegó la mañana de día 1 de mayo, los tres habían fallecido sin haber pronunciado ni una sola palabra.

Mientras tanto, Silas y Elsie Bishop había regresado al Salto del Diablo para guiar a otros investigadores hasta el altar sobre el que Hester Sawyer había sido vista por última vez. El libro que habían utilizado para llevar a cabo su extraña ceremonia había sido fulminado por el rayo de la noche del 30 de abril y resultaba imposible identificarlo. Los agrónomos de la Universidad de Miskatonic de Arkham intentaron identificar los tallos con tentáculos que habían brotado en el suelo que rodeaba el altar, pero estos se habían marchitado pocas horas después de brotar y solo quedaban sus vainas resecas. Los expertos fueron incapaces de identificarlos y no ocultaron su desconcierto ante el parecido que guardaban con los tentáculos del calamar marino gigante que habita en el Pacífico, cerca de la isla de Ponapé.

De regreso a la granja de los Sawyer, encontraron a Mamie Bishop agazapada en un rincón. Se había tapado los ojos y se negaba a mirar ni a reconocer la presencia de los agentes que intentaban hablar con ella. Su cabello se había vuelto completamente blanco, aunque no del blanco platino de la pequeña Hester Sawyer, sino del blanco albino que había lucido Lavinia Whateley hacía tantos años.

Mamie murmuraba para sí misma y sacudía la cabeza sin cesar, aunque era incapaz de pronunciar ni una sola palabra inteligible. Tampoco lo consiguió después, cuando fue llevada al hospital general de Arkham. Tras comprobar que físicamente estaba sana, la enviaron a la unidad de psiquiatría, donde permanece en la actualidad. Ahora, su cuerpo no es más que un caparazón inofensivo que no consigue dejar de temblar y sus ojos miran hacia el interior, pues han quedado cerrados para siempre a la visión sobrecogedora que presenció aquella noche, cuando miró por la ventana de la granja de los Sawyer y fue testigo de la terrible ceremonia que se estaba celebrando en el Salto del Diablo.


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