Texto aleatorio

Gran parte de la siguiente historia se plantea en forma de un diario que no resulta demasiado sencillo de leer. Es el diario de una niña mucho más elocuente de lo que cabría esperaren, la vida real, aunque escribe de forma infantil. El resultado es un dispositivo de distanciamiento único que tiene un efecto sobrecogedor. Sus palabras resultan sumamente convincentes debido a que carecen de artificios y con ellas no se intenta convencer. Es la boca de una niña la que habla. Machen recurre a una brillante variación en el dispositivo del «narrador poco fiable», un ingenioso truco que ha sido diseñado para crear una distancia irónica entre el autor y el narrador ficticio, y entre el narrador y el lector. Un narrador poco fiable comprende menos la acción que el lector (como en The Haunter of the Dark), aunque la niña que escribe sus memorias en esta historia de Machen sabe, al mismo tiempo, mucho menos y mucho más.

En estas memorias nos resulta sencillo distinguir el prototipo del críptico diario de Wilbur Whateley, con sus referencias a «la señal de Voor» y «el Aklo Sahaoth». El fragmento del diario que reproduce Machen es bastante más largo que el de Lovecraft, y en él podemos leer sobre «el reino de Voor» y un «malvada cúpula de voor en Dendo Profundo», además de «las letras de Aklo». Cuando el doctor Armitage, en su discurso final, amonesta a la atemorizada población de Dunwich diciendo: «No tiene ningún sentido invocar a esas cosas del exterior, y solo lo intentan ciertas personas y cultos sumamente malvados», recordamos la disertación que hace Ambrose sobre el «pecado real» y los «grandes pecadores» en El pueblo blanco: «la esencia del pecado es cuando la tormenta se adueña del cielo… es todo intento de penetrar en otra esfera más elevada de una forma prohibida». El Brujo Whateley fue uno de los grandes pecadores de Machen. Solo queda señalar que, si os interesa este tema, podéis encontrar otra muestra de una imagen clave de El pueblo blanco en The Ceremony, un relato corto de Machen publicado en la colección Ornaments in Jade (también en la colección en rústica de Penguin Holy Terrors). Si el título de la historia os hace pensar en la novela The Ceremonies, de T. E. D. Klein, no es por casualidad, pues en esta obra hay una fuerte influencia de Machen.

Prólogo

—Brujería y santidad —dijo Ambrose—, estas son las únicas realidades. Cada una de ellas es un éxtasis, un retiro de la vida ordinaria.

Cotgrave escuchaba interesado. Había acompañado a su amigo hasta aquella destartalada casa situada en un suburbio del norte. Habían cruzado el viejo jardín hasta llegar a la sala en la que Ambrose, el recluso, dormitaba y soñaba con sus libros.

—Sí —continuó—, la magia se justifica en sus hijos. Son muchos los que comen costras secas y beben agua y, sin embargo, se sienten infinitamente más felices que otros que tienen la experiencia del epicúreo «empírico».

—¿Se refiere a los santos?

—Sí, y también a los pecadores. Creo que está cayendo en el típico error de limitar el mundo espiritual al bien supremo. Por necesidad, el mal supremo también posee una parcela en el mundo. Del mismo modo que un hombre carnal y sensual puede ser un gran santo, también puede ser un gran pecador. La mayor parte de los humanos somos criaturas indiferentes, confusas.

Vagamos por el mundo sin darnos cuenta del propósito y el sentido interno de las cosas y, en consecuencia, nuestra maldad y nuestra bondad se encuentran en un segundo nivel, no son importantes.

—¿Entonces cree que el gran pecador, al igual que el gran santo, es un asceta?

—Las grandes personas de cualquier tipo dan la espalda a las copias imperfectas para dirigirse a los originales perfectos. No me cabe la menor duda de que muchos de los mayores santos jamás han realizado una «buena acción» (utilizando estas palabras en su sentido ordinario), y que muchas de las personas que han sondeado las profundidades del pecado jamás han hecho nada malo.

Salió un momento de la habitación y Cotgrave, alborozado, se volvió hacia su amigo para darle las gradas por haberle presentado a aquel hombre.

—Es magnífico —dijo—. Es la primera vez que tropiezo con una persona tan lunática.

Ambrose regresó con más whisky, que sirvió a sus visitantes con generosidad. Él pertenecía a la secta de abstemios, así que se sirvió un vaso de agua carbónica. Estaba a punto de proseguir con su monólogo cuando Cotgrave le interrumpió.

—No puedo soportarlo, ¿sabe? —dijo—. Sus paradojas me resultan demasiado monstruosas. ¿Cómo es posible que un hombre sea un gran pecador, si no ha hecho en su vida nada pecaminoso? ¡Eso es imposible!

—Se equivoca —respondió Ambrose—. Nunca hago paradojas, aunque me encantaría. Lo único que he dicho es que un hombre puede tener un gusto exquisito por Romanee Conti, pero eso se parece más a un tópico que a una paradoja, ¿verdad? La sorpresa que le ha producido esta observación se debe a que usted no ha comprendido qué es el pecado. Por supuesto, existe algún tipo de conexión entre el Pecado con mayúscula y las acciones que suelen considerarse pecaminosas: el asesinato, el robo, el adulterio, etc. Se trata de la misma relación que existe entre el abecedario y la buena literatura. Sin embargo, creo que esta interpretación errónea… y universal… se debe, en gran medida, a que los hombres observamos la materia a través de los espectáculos sociales. Creemos que un hombre que hace algún daño a sus vecinos y a nosotros tiene que ser muy malo… Y así es, desde un punto de vista social. ¿Pero acaso no somos capaces de comprender que, en esencia, el Mal es algo aislado, la pasión de un alma solitaria e individual? En verdad, el asesino medio, el qua asesino, no es un pecador en el verdadero sentido de la palabra. Simplemente es una bestia salvaje de la que tenemos que deshacernos para que su cuchillo no se clave en nuestra garganta. Yo no lo pondría con los pecadores, sino en la misma categoría que los tigres.

—Parece un poco extraño.

—Yo creo que no. Un asesino no mata por sus características positivas, sino por las negativas, pues carece de algo que poseen los que no son asesinos. El Mal es totalmente positivo… Solo que se encuentra en el lado equivocado. Puede creerme cuando le digo que el pecado, en el sentido correcto, es algo excepcional; es probable que haya habido muchos menos pecadores que santos. Sí, su punto de vista es el adecuado para propósitos sociales y prácticos. Todos nosotros, por naturaleza, nos sentimos inclinados a pensar que una persona que nos resulta muy desagradable es una gran pecadora. Como no nos gusta que nos roben la cartera, hemos decidido que un ladrón es un gran pecador, cuando en verdad, no es más que un hombre que no se ha desarrollado. Es evidente que no puede ser un santo; sin embargo, puede que sea una criatura infinitamente mejor que miles de otras que nunca han incumplido ni una sola orden, y esto es algo que sucede con frecuencia. Son una gran molestia para nosotros, lo admito, y por eso las encerraremos si logramos atraparlas, pero entre su molesta acción antisocial y el mal… se podría decir que hay un abismo.

Se estaba haciendo muy tarde. Probablemente, el compañero de Cotgrave había oído todo eso con anterioridad, pues escuchaba sus palabras con una sonrisa suave y juiciosa; sin embargo, Cotgrave empezó a pensar que aquel «lunático» se estaba convirtiendo en un sabio.

—¿Sabe que todo lo que ha dicho me parece sumamente interesante? —dijo—. Entonces, ¿usted considera que no comprendemos la verdadera naturaleza del mal?

—Así es. No creo que la comprendamos, sino que la sobrevaloramos o la infravaloramos. Aceptamos las diversas infracciones de nuestras «leyes» sociales (las regulaciones, tan necesarias y convenientes, que mantienen unidos a los hombres) y nos asustamos ante la influencia del «pecado» y el «mal», pero eso es totalmente absurdo. Pongamos por caso el robo. ¿Acaso le produce algún horror pensar en Robin Hood, en los cateranos de los Highlands del siglo XVII, en los moss-troopers1 o en los promotores de empresa de nuestros días? Las personas tendemos a infravalorar el mal. Concedemos tanta importancia al «pecado» de entrometerse en nuestros bolsillos (y en nuestras mujeres) que a menudo olvidamos la atrocidad del verdadero pecado.

—¿Y qué es el pecado? —preguntó Cotgrave.

—Creo que debo responderle con otra pregunta. Dígame, en serio, ¿cuáles serían sus sentimientos si su gato o su perro empezaran a hablar con usted y a conversar en una lengua humana? Estoy seguro de que quedaría sobrecogido de terror. ¿Y si las rosas de su jardín se pusieran a cantar canciones extrañas? Apuesto que se volvería loco. Imagine que las piedras del camino empezaran a hincharse y a crecer delante de sus ojos, o que un guijarro que vio por la noche estuviera repleto de capullos de piedra a la mañana siguiente. Pues bien, estos ejemplos pueden darle alguna noción sobre qué es en realidad el pecado.

—Escúchenme un momento —dijo el tercer hombre, que hasta entonces había guardado silencio—. Parece que ustedes dos tienen cuerda para rato, pero yo tengo que irme a casa. He perdido el último tranvía, así que tendré que ir caminando.

Cuando el tercer hombre desapareció entre la niebla matutina y la pálida luz de las farolas, Ambrose y Cotgrave decidieron profundizar en el tema.

—Ha logrado sorprenderme —dijo Cotgrave—. Nunca había pensado en ello. Si realmente es así, tenemos que darle la vuelta a todas las cosas. Según usted, la verdadera esencia del pecado es…

—En mi opinión, es cuando la tormenta se adueña del cielo —dijo Ambrose—. Para mí, es todo intento de penetrar en otra esfera más elevada de una forma prohibida. Supongo que puede comprender por qué se trata de algo tan excepcional: son pocas las personas que desean acceder a otras esferas, superiores o inferiores, ya sea de una forma permitida o prohibida. En general, los hombres se sienten satisfechos de la vida que llevan y, por lo tanto, hay pocos santos y aún menos pecadores (en el sentido apropiado de la palabra), al igual que también son excepcionales los hombres de genio que participan, de vez en cuando, en cada personalidad. En conjunto, puede que resulte más complicado ser un gran pecador que un gran santo.

—¿Hay algo profundamente antinatural en el pecado? ¿Es eso lo que quiere decir?

—Exacto. La santidad requiere un esfuerzo igual de grande, o casi, pero opera en líneas que antaño fueron naturales… Se trata de un esfuerzo por recuperar el éxtasis que había antes de la Caída. Al contrario, el pecado es un esfuerzo por ganar el éxtasis y el conocimiento que solo corresponde a los ángeles, y cuando realiza este esfuerzo, un hombre se convierte en un demonio. Puedo asegurarle que un simple asesino no es, por ello, un pecador, aunque en ocasiones, un pecador sea también un asesino. Gilles de Rais es un ejemplo de ello. Puede ver que, así como el bien y el mal son antinaturales para el hombre actual (para el ser social y civilizado), el mal es algo antinatural en un sentido mucho más profundo que el bien. El santo se esfuerza en recuperar un regalo que ha perdido; en cambio, el pecador intenta obtener algo que nunca le perteneció. En resumen, repite la Caída.

—¿Usted es católico? —preguntó Cotgrave.

—Sí, soy miembro de la perseguida Iglesia Anglicana.

—Entonces, ¿qué me dice de esos textos que parecen considerar pecado todo aquello que usted calificaría como una simple y trivial negligencia?

—Bueno, la palabra «hechicero» aparece en algún lugar de la misma frase, ¿verdad? A mi parecer, es la que da la nota clave. Piense en esto: ¿consideraría, siquiera por un momento, que es pecado una afirmación falsa que pueda salvar la vida de un hombre? No. De acuerdo; por lo tanto, el simple mentiroso no es el que queda excluido por estas palabras. Estas aluden a los «hechiceros» que utilizan la vida material, los fallos circunstanciales de la vida material, como instrumentos para conseguir sus fines infinitamente malvados. Permítame que le diga lo siguiente: estamos tan empapados de materialismo, tenemos los sentidos más elevados tan entorpecidos, que es posible que seamos incapaces de reconocer la verdadera maldad si tropezamos con ella.

—¿Pero acaso no deberíamos experimentar cierto horror…, un terror como el que indicó que experimentaríamos si una rosa cantara…, ante la presencia de un hombre malvado?

—Si fuéramos naturales lo experimentaríamos: los niños y las mujeres pueden sentir ese horror del que usted está hablando, y también los animales. Sin embargo, los convencionalismos, la civilización y la educación han oscurecido, cegado y ensordecido a la razón natural de la mayoría de los hombres. En ocasiones podemos reconocer el mal por el odio que este siente hacia el bien (no hace falta profundizar demasiado para adivinar la influencia que dictó, de forma bastante inconsciente, la crítica sobre la obra de Keats que publicó la revista Blackwood), aunque eso fue puramente accidental. Además, sospecho que los Jerarcas de Tophet pasaron bastante inadvertidos e, incluso en ciertos casos, como hombres buenos pero equivocados.

—Acaba de utilizar la palabra «inconsciente» para referirse a los críticos de Keats. ¿Acaso la maldad puede ser inconsciente?

—Siempre, pues así tiene que ser. Tanto en este como en otros puntos, el pecado es como la santidad y la genialidad: es un verdadero arrebato o éxtasis del alma, un esfuerzo trascendente por sobrepasar las barreras ordinarias. Una vez se consiguen rebasar, se deja atrás la comprensión, la facultad que toma nota de todo aquello que hay delante de ella. Un hombre puede ser infinita y terriblemente malvado y no sospecharlo jamás, aunque le repito que el mal, en su sentido verdadero, es excepcional, y creo que a medida que pasa el tiempo, aún lo es más.

—Estoy intentando comprender todo esto —dijo Cotgrave—. Según sus palabras, ¿debo pensar que el verdadero mal difiere genéricamente de aquello que nosotros denominamos mal?

—Algo así. Sin duda alguna, existe cierta analogía entre ambos, un parecido tan grande como el que nos permite utilizar, de forma bastante legítima, expresiones como al «pie de la montaña» y la «pata de la mesa». En ocasiones, parece que ambos hablan en el mismo idioma. Un rudo minero, un fundidor, un «hombre-tigre» inexperto y subdesarrollado que esté un poco más acalorado de lo habitual, puede regresar a casa y golpear a su irritante y poco prudente esposa hasta matarla. Eso lo convierte en un asesino, y Gilles de Rais lo era. Sin embargo, ¿puede ver el abismo que los separa? La «palabra» utilizada es, de forma accidental, la misma que se utiliza en ambos casos, pero su «significado» es totalmente distinto. Es evidente que «Hobson» y «Jobson» son términos que pueden confundirse; o mejor aún, es como si uno supusiera que Juggernaut, la fuerza destructora, y los Argonautas tuvieran alguna relación etimológica entre sí. Sin duda alguna, este mismo parecido, o analogía, se pone de manifiesto entre todos los pecados «sociales» y los verdaderos pecados espirituales. Puede que en algunos casos, el pecado «menor» sea el «profesor» que conduzca hasta uno superior… desde las sombras hasta la realidad. Si sabe algo de teología, será consciente de la importancia que tiene todo esto.

—Lamento decirle que he consagrado una minúscula parte de mi tiempo a la teología —señaló Cotgrave—. De hecho, me he preguntado en repetidas ocasiones en qué se basaron los teólogos para reclamar el título de Ciencia de las Ciencias a su estudio preferido, pues los libros «teológicos» que he hojeado siempre me han parecido tratar sobre devociones débiles y obvias, o sobre los reyes de Israel y Judah… Y la verdad es que no me importa en absoluto qué hicieron esos reyes.

Ambrose sonrió.

—Entonces, creo que deberíamos evitar los debates teológicos. Intuyo que usted puede ser un amargo oponente. Pero quizá, la «información sobre esos reyes» tenga tanto que ver con la teología como las tachuelas del minero asesino con el mal.

—Entonces, volviendo al tema principal, ¿usted cree que el pecado es algo esotérico, algo oculto?

—Sí. El milagro es infernal del mismo modo que la santidad es celestial. En ocasiones, alcanza un tono tan elevado que somos incapaces de sospechar su existencia: es como la nota de los grandes tubos de lengüeta del órgano, cuyo sonido es tan grave que somos incapaces de percibirlo. En otros casos, puede conducir al manicomio o a cosas mucho más extrañas, pero no debe confundirlo jamás con una simple mala conducta social. Recuerde que cuando el Apóstol habla sobre el «otro lado», establece una diferencia entre la caridad y los actos «caritativos». Del mismo modo que alguien puede donar todos sus bienes a los pobres careciendo de caridad, recuerde que alguien puede evitar todos los crímenes y, sin embargo, ser un pecador.

—Su psicología me resulta muy extraña —dijo Cotgrave—, pero debo confesar que me gusta. Imagino que lo que debo deducir de sus premisas es que, probablemente, un observador considerará que un pecador real no es más que una persona bastante inofensiva.

—Cierto, porque el verdadero mal no tiene nada que ver con la vida ni con las leyes sociales y, si lo tuviera, sería de forma incidental o accidental. Es una pasión solitaria del alma… o una pasión del alma solitaria, si le gusta más así. Si llegamos a comprenderlo y entendemos su significado completo, nos llenará de horror y temor. Sin embargo, esta emoción se diferencia por completo del miedo y el desagrado con el que observamos al criminal común, pues este último se basa, parcial o totalmente, en el aprecio que sentimos por nuestra propia piel o por nuestras carteras. Odiamos a un asesino porque sabemos que odiaríamos ser asesinados o querer que asesinaran a alguien. Por otra parte, «en el otro extremo», veneramos a los santos, pero no nos «gustan» del mismo modo que nos gustan nuestros amigos. ¿Sería capaz de convencerse a sí mismo de que «disfrutaría» de la compañía de San Pablo? ¿Cree que usted y yo nos hubiéramos podido llevar bien con sir Galahad? Sucede lo mismo con los pecadores que con los santos. Si tropieza con una persona mala y esta reconoce su maldad, estoy seguro de que le hará sentir un gran horror y terror, pero no hay ninguna razón por la que, obligatoriamente, deba «desagradarle» esa persona. Es más, sería bastante probable que, si lograra olvidarse de su pecado, descubriese que el pecador es una gran compañía y, con el tiempo, no tendría ninguna razón por la que sentirse horrorizado. Y sin embargo, ¡qué horrible sería que las rosas y los lirios empezaran a cantar por la mañana o que los muebles se movieran en procesión, como en el relato de Maupassant!

—Me alegro de que haya vuelto a sacar ese tema —dijo Cotgrave—, porque quería preguntarle qué es lo que corresponde en la humanidad a los hechos imaginarios de las cosas inanimadas. En una palabra… ¿Qué es pecado? Sé que ya me ha dado una definición abstracta, pero me gustaría conocer un ejemplo concreto.

—Ya le he dicho antes que se trata de algo muy excepcional —respondió Ambrose, que parecía deseoso de evitar una respuesta directa—. Aunque el materialismo de la época ha contribuido en gran medida a suprimir la santidad, quizá ha hecho una mayor contribución en suprimir el mal. La tierra nos resulta tan cómoda que no sentimos inclinación alguna por las subidas ni por las bajadas. Puede que un erudito que haya decidido «especializarse» en Tophet se vea limitado a investigar objetos antiguos, y ningún paleontólogo podrá ver en su vida un pterodáctilo vivo.

—Y sin embargo, tengo la impresión de que usted se ha «especializado» y que sus investigaciones han descendido hasta nuestros tiempos.

—Veo que este tema le interesa de verdad. Debo confesarle que he estudiado un poco. Si usted lo desea, puedo mostrarle una cosa que tiene algo que ver con el curioso tema sobre el que estamos hablando.

Ambrose cogió el candelabro y se dirigió a un lejano y oscuro rincón de la sala en el que se alzaba un venerable escritorio. Después de sacar un paquete de algún escondrijo secreto, regresó a la ventana junto a la que habían estado sentados.

El anciano apartó la envoltura de papel y le mostró un libro verde.

—¿Cuidará de él? —preguntó—. No lo deje por ahí, pues es una de las piezas más delicadas de mi colección y lamentaría mucho que se perdiera.

Acarició el descolorido volumen.

—Conozco a la muchacha que escribió esto. Cuando lo lea, verá que el texto ilustra la conversación que hemos mantenido esta noche. Existe una segunda parte, pero no deseo hablar de ella. Hace unos meses se publicó un extraño artículo en alguna revista —añadió, con el aire de un hombre que desea cambiar de tema—. Lo había escrito un doctor…, creo que se llamaba doctor Coryn. El artículo explicaba que, un día, una señora estaba observando a su hija pequeña, que jugaba junto a la ventana de guillotina del salón. De repente, la ventana cedió y cayó sobre los dedos de la niña. Creo que la mujer se desvaneció pero, de algún modo, alguien avisó al doctor. En cuanto vendó los mutilados dedos de la pequeña, la madre le pidió, gimiendo de dolor, que la atendiera. Entonces, al examinarla, el doctor descubrió que tenía tres dedos de la mano hinchados e inflamados… ¡Los mismos que se había lastimado su hija! Más tarde, según explicó el doctor, en los dedos de la madre apareció una escara purulenta.

Ambrose seguía sujetando con delicadeza el volumen verde. Parecía que le costaba separarse de su tesoro.

—Bien, aquí está. Me lo devolverá en cuanto lo haya leído —dijo mientras avanzaban por el vestíbulo, dirigiéndose al antiguo jardín, del que llegaba un débil aroma a lirios blancos.

Cuando Cotgrave dio media vuelta para marcharse, asomaba por el este una amplia línea rojiza. Desde el terreno elevado en el que se encontraba, pudo ver el estremecedor espectáculo de la ciudad de Londres dormida.

El libro verde

La cubierta marroquí del libro estaba ajada y descolorida, aunque no había manchas, golpes ni marcas causadas por el uso. Era como si aquel libro hubiera sido adquirido durante «una visita a Londres», hacía setenta u ochenta años, y hubiese quedado olvidado en algún rincón. Emitía un aroma antiguo, delicado, persistente; un olor como el que en ocasiones persigue a un mueble antiguo durante un siglo o más. Las primeras páginas habían sido decoradas de forma peculiar, en dorado descolorido y con formas de colores. Parecía pequeño, pero el papel era fino, había muchas páginas y todas ellas estaban repletas de caracteres diminutos, dolorosamente formados.

Encontré este libro (empezaba diciendo el manuscrito) en un cajón de la vieja cómoda que hay en el descansillo. Era un día muy lluvioso y no podía salir, así que por la tarde cogí un candelabro y rebusqué en la cómoda. Casi todos los cajones estaban llenos de vestidos viejos, pero uno de los más pequeños parecía estar vacío y, cuando lo abrí, encontré este libro escondido en el fondo. Quería un libro como este, así que lo cogí para escribir en él. Está lleno de secretos. He escrito muchos otros libros de secretos, pero todos están escondidos en un lugar seguro. En este voy a escribir muchos de los viejos secretos y otros nuevos, aunque hay algunos secretos que no contaré en ninguno de ellos. No debo escribir los verdaderos nombres de los días y meses que descubrí el año pasado, ni la forma de hacer las letras de Aklo, ni hablar de la lengua Chian, ni de los grandes y bellos Círculos, ni de los Juegos Mao, ni de las principales canciones. Puede que escriba algo sobre todas estas cosas pero, por motivos concretos, no hablaré sobre la forma de hacerlas. Tampoco diré quiénes son las Ninfas, ni los Dôls, ni Jeelo, ni qué significa voolas. Estos son los secretos más secretos, y me siento alegre cuando recuerdo qué son y cuántas lenguas maravillosas conozco, pero existen ciertas cosas que yo denomino «los secretos de los secretos de los secretos», sobre las que no me atrevo a pensar a no ser que esté sola; entonces cierro los ojos, pongo las manos sobre ellos y susurro la palabra, y entonces viene el Alala. Solo lo hago por la noche, en mi habitación o en ciertos bosques que conozco, pero no voy a describirlos porque son bosques secretos. También están las Ceremonias; todas ellas son importantes, aunque algunas son más bonitas que otras… Están las Ceremonias Blancas, las Ceremonias Verdes y las Ceremonias Escarlatas. Las Ceremonias Escarlatas son las mejores, pero solo hay un lugar en el que puedan celebrarse de la forma apropiada, aunque existe una imitación muy bella que he realizado en otros lugares. Aparte de estas, conozco las Danzas y la Comedia; en alguna ocasión he hecho la Comedia cuando había otras personas mirando, aunque no entendieron nada. Era muy pequeña la primera vez que conocí todas esas cosas.

Cuando era chiquitina y mamá estaba viva, sé que me acordaba de otras cosas anteriores a estas, aunque ahora están muy confusas. Recuerdo que un día, cuando tenía cinco o seis años, les oí hablando sobre mí cuando creían que no estaba escuchando. Hablaban de lo rara que era yo hacía uno o dos años, y de que la niñera había llamado a mi madre para que viniera a mi cuarto y me oyera hablar conmigo misma, pronunciando palabras que nadie podía entender. Aunque sé que estaba hablando en la lengua Xu, ahora no recuerdo más que unas cuantas palabras, pues era la lengua que hablaban las pequeñas caras blancas que me miraban cuando estaba en la cuna. Aprendí su lengua porque hablaban conmigo y me explicaban que vivían en cierto lugar grande y blanco en el que los árboles y la hierba eran totalmente blancos, y donde había níveas colinas tan altas como la luna y donde el viento era muy, muy frío. He soñado varias veces con ese lugar, pero las caras blancas desaparecieron cuando yo era muy pequeña. Cuando tenía cinco años sucedió algo maravilloso. Un día que mi niñera me llevaba a caballito cruzamos un campo de trigo amarillo. Hacía mucho calor. Al cabo de un rato llegamos a un camino que atravesaba el bosque y vi que nos seguía un hombre alto, que nos acompañó hasta que llegamos a un lugar en el que había un profundo estanque, y todo estaba muy oscuro y era muy tétrico. La niñera, después de dejarme sobre el suave musgo, debajo de un árbol, le dijo al hombre: «ella no puede ir al estanque». Entonces me quedé sola. Me senté en silencio e, instantes después, vi salir del agua y del bosque a dos maravillosas personas blancas, que empezaron a jugar, a danzar y a cantar. El tono de su piel era blanco cremoso, como la vieja figurilla de marfil del salón. Una de las personas blancas era una hermosa mujer de amables ojos oscuros, rostro serio y largo cabello moreno, que esbozó una sonrisa muy extraña y muy triste a su compañero, y este empezó a reír y se acercó a ella. Jugaron juntos y danzaron alrededor del estanque, y cantaron una canción hasta que me quedé dormida. La niñera me despertó en cuanto regresó; como su mirada se parecía a la de aquella mujer, decidí hablarle de ella y le pregunté por qué miraba así. Al principio sollozó, pero después pareció muy asustada y palideció. Me dejó sobre la hierba y me miró fijamente; entonces, me di cuenta de que estaba temblando de los pies a la cabeza. Me dijo que debía de haberlo soñado, aunque yo sabía que no era cierto, y me obligó a prometerle que no diría ni una sola palabra de eso a nadie, y que si lo hacía, me lanzarían al foso negro. Yo no estaba asustada, aunque la niñera sí lo estaba. Y jamás olvidé aquel día, porque cuando estoy sola, si cierro los ojos y todo está en silencio, puedo verlos de nuevo, a gran distancia y muy borrosos… pero espléndidos, y puedo oír en mi cabeza pequeños fragmentos de aquella canción que me cantaron, aunque soy incapaz de cantarla.

Tenía trece años, casi catorce, cuando viví una aventura singular, una aventura tan extraña que cuando hablo del día en que sucedió me refiero a él como el Día Blanco. Mi madre había muerto hacía algo más de un año. Yo tenía clases por la mañana pero por la tarde me dejaban salir a pasear. Aquella tarde tomé un camino nuevo y encontré un pequeño riachuelo que me condujo hasta un nuevo campo, pero me rompí la camisa porque tuve que pasar entre varios arbustos, bajo las ramas de los árboles, entre los espinosos matorrales de las colinas y por sombríos bosques repletos de extraños pinchos. Era un camino largo, muy largo. Tenía la impresión de que continuaría caminando eternamente. Avancé a rastras por un lugar parecido a un túnel, donde supongo que antes había un riachuelo al que se le había secado el agua; el suelo era rocoso y, como los arbustos habían crecido hasta encontrarse en lo alto, todo estaba muy oscuro. Y seguí adelante, internándome en aquel sombrío lugar, y era un camino largo, muy largo. Entonces llegué a una colina que no había visto nunca. Se encontraba en un sombrío bosque repleto de ramas negras y retorcidas que me lastimaban al pasar junto a ellas, y grité bien fuerte porque me escocía todo el cuerpo, y entonces descubrí que estaba subiendo, y seguí hacia arriba, recorriendo un camino muy largo, hasta que, por fin, el bosque se detuvo y salí llorando de él, justo debajo de la parte superior de un gran espacio vacío, donde no había más que piedras grises que descansaban sobre la hierba y unos pequeños árboles nudosos que habían caído al suelo y sobresalían, aquí y allá, bajo las piedras, como si fueran serpientes. Y seguí ascendiendo hacia la cima, y era un camino muy largo. Nunca había visto unas piedras tan grandes y feas: algunas salían de la tierra y las demás era como si las hubieran llevado rodando hasta el lugar en el que descansaban, extendiéndose hasta más allá de lo que alcanzaban a ver mis ojos, un camino largo, muy largo. Miré por encima de ellas y pude ver un campo muy extraño. Allí era invierno y en las colinas que lo rodeaban colgaban tétricas arboledas oscuras; era como una gran sala envuelta en cortinas negras. Los árboles que crecían en aquel lugar tenían formas completamente distintas a cualquiera que hubiera visto en mi vida. Estaba asustada. Más allá de los árboles había unas colinas, que no había visto nunca, formando un gran círculo. Todo estaba oscuro y cubierto por un voor. Era un lugar tranquilo y silencioso; el cielo era pesado, gris y triste, como si estuviera envuelto por una malvada cúpula de voor en Dendo Profundo. Seguí adelante, hacia las terribles rocas. Había cientos y cientos de ellas. Algunas eran como hombres que esbozaban una sonrisa horrible; podía ver sus rostros y sentía que querían abalanzarse sobre mí desde la piedra y agarrarme, para llevarme con ellos a rastras hasta la roca, para que viviera en ella eternamente. Otras rocas parecían animales, bestias horribles que se arrastraban con la lengua fuera; otras eran como palabras que no puedo decir; y otras eran como personas muertas que yacían sobre la hierba. Seguí adelante, caminando entre ellas aunque tenía mucho miedo. Aquellas piedras llenaron mi corazón de canciones malvadas, y yo quería hacer muecas y retorcerme del mismo modo que ellas, y seguí adelante, recorriendo un largo camino, hasta que las rocas empezaron a gustarme y dejaron de darme miedo. Canté las canciones que recordaba… Canciones repletas de palabras que no deben ser pronunciadas ni escritas. También hice muecas como las que hacían los rostros de las rocas, me retorcí como las retorcidas, me tumbé en el suelo como las muertas y me encaramé a una que sonreía, puse los brazos a su alrededor y la abracé. Y seguí avanzando entre las rocas hasta que llegué a un montículo redondo que se alzaba en medio de ellas. Era más alto que un montículo, casi tan alto como nuestra casa, y parecía un gran cuenco vuelto del revés, liso, redondo y verde. En lo alto, como un poste, se alzaba una piedra. Intenté trepar por los lados, pero la pendiente era tan pronunciada que tuve que detenerme, porque podría haberme caído rodando hasta el suelo, haberme golpeado contra las piedras del fondo y puede que incluso me hubiera matado. Como quería llegar a la cima de aquel gran montículo redondo, me tumbé con la cabeza hacia el suelo y, después de agarrarme a las hierbas con las manos, empecé a subir, poco a poco, hasta que logré llegar a lo alto. Entonces me senté sobre la roca que se alzaba en medio y miré a mi alrededor. Me sentía como si hubiera recorrido un camino largo, muy largo… Como si estuviera a cientos de kilómetros de casa, en otro país o en uno de los extraños lugares sobre los que había leído en Cuentos del genio y Las mil y una noches, o como si hubiera estado cruzando el mar durante años y hubiese encontrado un mundo nuevo que nadie había visto ni del que nadie había oído hablar nunca, o como si de algún modo, hubiera volado por el cielo y me hubiese caído sobre una de aquellas estrellas que dicen los libros que todo lo que hay en ellas está muerto, frío, gris, y que no hay aire ni sopla el viento. Me senté en la piedra y miré una y otra vez a mi alrededor. Era como si estuviera sentada sobre una torre en medio de una gran ciudad vacía, porque no podía ver nada más que las grises rocas del suelo. Desde donde estaba no podía distinguir sus formas, aunque las veía extenderse en la distancia, y al mirar hacia ellas me pareció que habían sido dispuestas en modelos, formas y figuras. Sabía que no podían haberlo hecho ellas, porque antes había advertido que algunas surgían directamente de la tierra y estaban unidas a las profundas rocas del subsuelo, así que miré de nuevo, pero seguía sin ver nada más que círculos, y pequeños círculos dentro de los grandes, y pirámides y cúpulas y espirales, y todas ellas parecían dar vueltas y vueltas alrededor del montículo sobre el que yo estaba sentada, y cuanto más miraba, más grandes eran los círculos, que crecían y crecían sin parar, y los miré durante tanto tiempo que me pareció que giraban, como una gran rueda, y sentí que también yo estaba dando vueltas en el centro. Me sentía mareada y extraña, y todo empezó a estar borroso, y vi pequeñas chispas de luz azul, y parecía que las rocas estuvieran brincando y danzando y girando sin parar de dar vueltas. Volví a sentir miedo y grité, y salté de la roca sobre la que estaba sentada y me caí. Cuando me levanté me alegré tanto de que todas las rocas estuvieran quietas que me senté en el suelo para deslizarme por la ladera del montículo, y volví a ponerme en marcha. Caminé bailando del mismo modo que habían danzado las piedras cuando me sentí mareada, y me alegré al descubrir que lo hacía bastante bien, y dancé y dancé, y canté canciones extraordinarias que venían a mi mente. Por fin llegué al borde de aquella gran colina lisa, pero allí no había más rocas y el camino descendía por un oscuro bosque. Era igual de malo que el sendero por el que había tenido que subir, pero esta vez no me importó porque estaba muy contenta de haber visto aquellos bailes tan excepcionales y haber podido imitarlos, así que descendí, arrastrándome entre los arbustos. Una enorme ortiga me picó en la pierna y me escocía mucho, pero no me importaba, y aunque las ramas y las espinas me arañaban, solo podía reír y cantar. Más adelante salí de la espesura para aparecer en un pequeño valle, un lugar secreto similar a un pasillo oscuro del que nadie había oído hablar nunca, porque era muy estrecho y profundo y el bosque que lo rodeaba era muy espeso. A su alrededor había una pronunciada pendiente repleta de árboles y, aunque en invierno los helechos de las colinas están muertos y marrones, los que crecían en ese lugar conservaban su verdor y desprendían un dulce y rico aroma, como el que emana de los abetos. Por el valle discurría un pequeño riachuelo, tan pequeño que pude cruzarlo de un salto. Cogí agua entre las manos para beber y sabía como el brillante mosto amarillo, y centelleaba y burbujeaba al deslizarse sobre las hermosas piedras rojas y amarillas, como si estuviera vivo y fuera de todos los colores a la vez. Bebí el agua y seguí bebiendo, cogiéndola entre las manos, pero como no tenía suficiente, me tumbé e incliné la cabeza sobre la corriente para absorberla con mis labios. Así sabía mucho mejor, y una ondulación se acercó a mi boca y me dio un beso, y reí y volví a beber, imaginando que era una ninfa, como la del viejo cuadro de casa, que vivía en el agua y me estaba dando besos. Volví a inclinarme sobre el agua y acerqué mis labios suavemente, y le susurré a la ninfa que regresaría a aquel lugar. De lo alegre que me sentía cuando me levanté y me puse en marcha de nuevo, supe que el agua que había bebido era excepcional, y dancé de nuevo mientras seguía subiendo por el valle y bajo las colinas que lo rodeaban. Cuando llegué a lo alto, el terreno se elevó ante mis ojos; era tan alto y escarpado como un muro, y no podía ver más que aquel muro verde y el cielo. Entonces recordé el «por los siglos de los siglos, un mundo infinito, amén»; y pensé que en realidad había encontrado el fin del mundo, porque aquello parecía el fin de todo. Parecía que no podía haber nada más allá, excepto el reino de Voor, donde se enciende la luz cuando se apaga y donde llega el agua cuando el sol se la lleva. Empecé a pensar en el largo camino que había recorrido, en cómo había encontrado un riachuelo y lo había seguido, y había continuado adelante, y pasado entre arbustos y espinosos matorrales, y entre oscuros bosques repletos de pinchos. Después había avanzado a rastras por un túnel bajo los árboles y ascendido por un monte bajo, y había visto las rocas grises, y me había sentado en medio de estas mientras giraban, y después había seguido caminando entre las rocas grises y descendido por la colina entre los matorrales que me arañaban, y había subido por el oscuro valle, recorriendo un camino largo, muy largo. Me pregunté si sería capaz de regresar a casa, si es que lograba encontrar el camino de regreso, y si mi hogar seguiría estando allí o si habría cambiado y todos los que en él vivían se habían convertido en piedras grises, como en Las mil y una noches. Así que me senté sobre la hierba mientras pensaba qué debía hacer a continuación. Estaba cansada y los pies me ardían debido a lo mucho que había caminado. Cuando miré a mi alrededor, vi un maravilloso manantial bajo el elevado y escarpado muro de hierba. El suelo que lo rodeaba estaba totalmente cubierto por un musgo brillante, verde y húmedo. Había de todas las clases: como helechos diminutos, como palmas y como abetos, y aquel musgo era tan verde como las joyas y de él colgaban gotas de agua como diamantes. En medio de todo aquel musgo descansaba el gran manantial, profundo, brillante y hermoso, tan cristalino que parecía que podía tocar la arena rojiza del fondo, aunque estaba a muchos metros de profundidad. Me detuve junto a la orilla y observé el fondo, como si estuviera mirando a través de un cristal. En el centro pude ver que los rojizos granos de arena se movían y daban vueltas sin cesar, y el agua burbujeaba, aunque su superficie estaba totalmente lisa, llena y rebosante. Era un manantial enorme, tan grande como una piscina, y el brillante y centelleante musgo verde que lo rodeaba hacía que pareciera una inmensa joya blanca rodeada de otras, más pequeñas, de color verde. Tenía los pies tan cansados y doloridos que me quité las botas y los calcetines para refrescarlos con aquella agua, dulce y fría; y cuando los saqué y me levanté ya no estaba cansada, así que podía seguir caminando y ver qué había al otro lado del muro. Trepé por él muy despacio, avanzando de lado en todo momento, y cuando llegué a la cima, miré a mi alrededor y descubrí que estaba en el país más extraño que había visto en mi vida, más aún que la colina de las rocas grises. Parecía que los niños de aquel lugar habían estado jugando con sus espadas, pues allí no había más que colinas y depresiones, castillos y muros de arena cubiertos de hierba. Había dos montículos que eran como enormes colmenas, redondas, grandes y solemnes; más allá se abrían profundas depresiones, y aún más lejos se alzaba un pronunciado muro ascendente, similar al que había visto una vez junto al mar, donde estaban los soldados y la artillería pesada. Estuve a punto de caerme en una de las depresiones redondas cuando esta se abrió de repente bajo mis pies, pero pude correr por el lateral y en cuanto llegué al fondo levanté la mirada. Resultaba extraño y solemne mirar hacia arriba. No podía ver nada más que el cielo, gris y plomizo, y los lados de la depresión… Todo lo demás se había desvanecido. La depresión era el mundo entero, y pensé que por la noche, cuando la luna brillaba en el fondo y el viento gemía por encima, aquel agujero se llenaba de cosas pálidas, fantasmas y sombras que se movían. Era un lugar sumamente extraño, solemne y aislado, como uno de los profundos templos en los que descansan los dioses paganos que han muerto. Aquel lugar me hizo pensar en un cuento que me contó la niñera cuando era muy pequeña, la misma niñera que me llevó al bosque en el que vi a las hermosas personas blancas. Recuerdo que me contó aquella historia una noche de invierno que los árboles azotaban las paredes de la casa y el viento sollozaba y gemía por la chimenea de la habitación de juegos. La niñera me contó que existía un lugar en el que se abría una depresión idéntica a esta en la que yo me encontraba, y que todo el mundo tenía miedo de caerse en ella o acercarse demasiado, pues era un lugar maligno. Un día una muchacha dijo que iba a bajar a la depresión. Aunque todos intentaron detenerla, nadie consiguió hacerle cambiar de idea, así que la muchacha descendió y cuando salió, explicó riendo que allí dentro no había nada, excepto hierba verde, piedras rojas, piedras blancas y flores amarillas. Un día, poco después de aquello, la gente vio que la muchacha lucía unos hermosos pendientes de esmeraldas, y le preguntaron de dónde los había sacado, pues ella y su madre eran bastante pobres. La muchacha, riendo, les explicó que aquellos pendientes no eran de esmeraldas, sino de hierba verde. Días después llevaba en el pecho el rubí más rojo que todos habían visto en su vida: era tan grande como un huevo de gallina y brillaba y relucía como un trozo de carbón al rojo vivo. Todos le preguntaron cómo lo había conseguido, pues ella y su madre eran bastante pobres. La muchacha, riendo, les dijo que no era ningún rubí, sino que era una piedra de color rojo. Otro día llevaba alrededor del cuello el más hermoso de los collares que todos habían visto en su vida, mucho más delicado que el más delicado de los que poseía la reina: en él había cientos de diamantes enormes que brillaban como las estrellas en las noches de junio. Todos le preguntaron cómo lo había conseguido, pues ella y su madre eran bastante pobres, pero la muchacha, riendo, les dijo que no eran diamantes, sino piedras blancas. Un día fue a palacio luciendo sobre la cabeza una corona de puro oro de ángel, según dijo la niñera, que brillaba como el sol y era mucho más espléndida que la corona que llevaba el mismísimo rey. Además, las esmeraldas brillaban en sus orejas, el gran rubí era el broche con el que adornaba su pecho y el collar de diamantes relucía en su cuello. Al verla, el rey y la reina pensaron que era una gran princesa de algún país lejano, así que se levantaron de sus tronos y se acercaron a saludarla. Alguien explicó a los soberanos quién era la muchacha y lo pobre que era. Cuando el rey le preguntó por qué llevaba una corona de oro y cómo la había conseguido, puesto que ella y su madre eran tan pobres, la muchacha, riendo, le explicó que no era ninguna corona de oro, sino unas flores amarillas que se había puesto para decorar su cabeza. El rey, a quien todo aquello le resultaba muy extraño, le dijo a la muchacha que debía quedarse en palacio y que ya verían qué pasaría a continuación. La muchacha era tan bella que todos decían que sus ojos eran más verdes que las esmeraldas, sus labios más rojos que el rubí, su piel más blanca que los diamantes y su cabello más brillante que la corona de oro. De lo hermosa que era, el hijo del rey dijo que deseaba casarse con ella y el rey le dio su consentimiento. Poco después les casó el obispo y celebraron un gran banquete. Al finalizar el banquete, el hijo del rey fue a ver a su esposa a sus aposentos. En el mismo instante en el que apoyó la mano en el pomo, vio que había un hombre negro, alto y con un rostro terrible junto a la puerta. Entonces, una voz dijo…

«No pongas tu vida en peligro,

Esta es la esposa que se ha casado conmigo».

El hijo del rey se desplomó del susto. Todos fueron hasta allí e intentaron entrar en la habitación; al no conseguirlo, intentaron romper la puerta con hachas, pero la madera era tan dura como el hierro. Entonces en la habitación se oyó un grito y una risa, un chillido y un sollozo, y todos escaparon corriendo, muy asustados. Al día siguiente consiguieron entrar y descubrieron que allí dentro no había nada más que un oscuro y denso humo, porque el hombre negro había entrado y se la había llevado. Sobre la cama había dos nudos de hierba macilenta, una piedra roja, algunas piedras blancas y algunas flores amarillas marchitas. En el fondo de aquella profunda depresión recordé el cuento de la niñera; aquel solitario lugar era muy extraño, y yo estaba muy asustada. No podía ver flores ni piedras, pero temía llevármelas conmigo sin darme cuenta. Para mantener alejado al hombre negro pensé en hacer un hechizo que recordé: me quedé justo en el centro del hoyo y, después de asegurarme de que no tenía ninguna de aquellas cosas encima, empecé a dar vueltas, tocándome los ojos, los labios y el cabello de cierta forma y susurrando unas palabras extrañas que me enseñó la niñera y servían para mantener alejadas las cosas malas. Cuando sentí que estaba a salvo, escalé por el muro para salir del agujero y seguí avanzando entre aquellos montículos, depresiones y muros hasta que llegué al final, y estaba mucho más alta que nunca, y desde allí pude ver que las distintas formas de la tierra estaban dispuestas siguiendo un modelo, como las rocas grises, aunque este era diferente. Se estaba haciendo tarde y todo estaba borroso, pero desde el lugar en el que estaba pude ver dos grandes formas de persona que yacían sobre la hierba. Seguí caminando hasta que encontré cierto bosque, que es demasiado secreto para describirlo y nadie sabe por dónde se entra en él. Yo lo descubrí de una forma muy curiosa: vi que un pequeño animal entraba en él por allí, así que decidí seguirlo y avancé por un estrecho y oscuro camino, bajo espinas y arbustos, y casi era de noche cuando aparecí en una especie de claro que se abría en el centro. Allí vi el espectáculo más maravilloso que he presenciado en mi vida, pero solo durante unos instantes, porque huí a toda prisa y avancé a rastras por el bosque hasta que por fin salí por el mismo lugar por el que había entrado, y corrí y corrí lo más rápido que pude, porque estaba asustada de lo hermoso, extraño y bello que era aquello que había visto. Quería llegar a casa y pensar en ello, y no sabía qué podía sucederme si permanecía en el bosque. Sudando y sin parar de temblar, seguí corriendo; el corazón me latía con fuerza y de mi boca salían unos gritos extraños que era incapaz de silenciar. Me alegré al ver que una gran luna blanca se alzaba sobre una colina redondeada para mostrarme el camino, y pude emprender el regreso por los montículos y las depresiones, y descendí por el valle, y subí por el monte bajo hasta el lugar en el que estaban las rocas grises, y seguí adelante hasta que estuve de vuelta en casa. Mi padre seguía trabajando en su despacho y los criados todavía no le habían dicho que aún no había regresado, y estaban muy inquietos y se preguntaban qué debían hacer. Les expliqué que me había perdido, pero no les hablé sobre el camino que había recorrido aquella tarde. Me fui a la cama y me quedé despierta toda la noche, pensando en lo que había visto. Aquello que había podido contemplar al salir del camino y que resplandecía con tanta intensidad, a pesar de que todo estaba oscuro a su alrededor, me parecía completamente real, y durante todo el camino de regreso había estado segura de que lo había visto. Quería estar a solas en mi cuarto para cerrar los ojos e imaginar que aquello estaba allí y que yo hacía todas las cosas que me hubiese gustado hacer de no haber estado tan asustada, pero en cuanto los cerré, la visión no apareció, así que volví a pensar en mi aventura y recordé lo oscuro y extraño que había sido todo al final, y temí que todo hubiera sido un error, porque parecía imposible que hubiera sucedido. Aquella excursión me recordaba a uno de los cuentos de la niñera, uno que no me había creído a pesar de lo asustada que estaba en el fondo de aquel agujero. Las historias que me contaba de pequeña regresaron a mi cabeza y, entonces, me pregunté si realmente había visto en aquel lugar lo que creía haber visto y si alguno de los cuentos de la niñera podría haber ocurrido hacía mucho tiempo. ¡Todo era tan extraño! Permanecí despierta en mi habitación, que está situada en la parte posterior de la casa; como la luna brillaba al otro lado, sobre el río, su brillante luz no podía iluminar mi pared. En casa todo estaba bastante tranquilo. Instantes después de que mi padre subiera las escaleras, el reloj dio las doce y la casa se quedó silenciosa y vacía, como si no hubiera nadie vivo en ella. Y aunque en mi habitación todo estaba oscuro y borroso, una trémula luz muy pálida entraba por la persiana blanca. Cuando me levanté para mirar hacia fuera, vi que la enorme sombra negra de la casa cubría el jardín, y que parecía una prisión de esas en las que cuelgan a los presos; sin embargo, más allá de la sombra todo era blanco y el bosque emitía una nívea luz con abismos negros entre los árboles. Todo estaba blanco y en absoluto silencio, y no había nubes en el cielo. Quería pensar en todo lo que había visto, pero como no podía, intenté recordar los cuentos que me contaba la niñera hace tanto tiempo y, aunque creía haberlos olvidado, todos ellos regresaron a mi cabeza y se mezclaron con los matorrales, las rocas grises, las depresiones de la tierra y el bosque secreto, hasta que apenas pude distinguir lo nuevo de lo viejo y entonces empecé a pensar que, a lo mejor, todo aquello no había sido más que un sueño. Después recordé aquella calurosa tarde de verano, cuando la niñera me dejó sentada a la sombra y las personas blancas salieron del agua y del bosque y jugaron, danzaron y cantaron. Y tuve la impresión de que la niñera me había hablado sobre algo parecido antes de que las hubiera visto, pero no podía recordar qué me había contado exactamente. Me pregunté si sería ella la mujer blanca, porque recordaba que era igual de blanca y hermosa, y que tenía sus mismos ojos negros y su mismo cabello moreno. Además, en ocasiones, cuando me contaba alguna de aquellas historias que empezaban diciendo: «Había una vez…» o «En el tiempo de las hadas…», me sonreía y se parecía mucho a la mujer que había visto, pero no podía ser ella, porque cuando me dejó sola en el bosque se alejó por otra dirección; además, no creo que el hombre que nos siguió fuera la otra persona blanca, pues si lo hubiese sido, yo no habría podido ver aquel maravilloso secreto del bosque secreto. Pensé en la luna y recordé que no fue hasta después de encontrarme en medio de aquel extraño lugar, en el que la tierra había sido moldeada en forma de grandes figuras y donde todo eran muros, depresiones misteriosas y suaves montículos redondos, cuando pude ver que la gran luna blanca asomaba sobre una colina redondeada. Me estuve preguntando por todas aquellas cosas hasta que al final me asusté y tuve miedo de que me hubiera sucedido algo malo, y recordé el cuento que me había explicado la niñera sobre la pobre muchacha que bajó a la depresión y acabó siendo secuestrada por el hombre negro. También yo me había metido en un agujero… Quizá era el mismo. ¡Había hecho algo terrible! Decidí repetir el hechizo, tocándome los ojos, los labios y el cabello de aquella forma concreta, y volví a pronunciar las viejas palabras del lenguaje de las hadas para asegurarme de que nadie me raptaría. Intenté de nuevo encontrar el bosque secreto, avanzar a rastras por aquel pasadizo y contemplar lo que allí había visto, pero no fui capaz de hacerlo, así que seguí pensando en las historias de la niñera. Entonces recordé una que hablaba sobre un joven que se fue de caza y, durante todo el día, él y sus sabuesos buscaron presas por todas partes: cruzaron todos los ríos, recorrieron todos los bosques y bordearon todos los pantanos, pero no pudieron encontrar nada de nada, y siguieron buscando durante todo el día, hasta que el sol empezó a descender y se ocultó detrás de una montaña. El joven estaba muy enfadado porque no había encontrado nada. En el mismo instante en que el último rayo del sol se escondía detrás de la montaña, estaba a punto de dar media vuelta cuando apareció, delante de sus ojos, un precioso ciervo blanco. Llamó a sus perros, pero estos gimieron y se negaron a seguir al animal; espoleó a su caballo, pero este se estremeció y permaneció inmóvil, así que al joven no le quedó más remedio que saltar del caballo, dejar a los perros y seguir solo al ciervo. Pronto se hizo de noche. El cielo estaba negro y no brillaba ni una sola estrella. El ciervo desapareció en la oscuridad. Aunque el hombre llevaba pistola, no disparó al ciervo, porque quería atraparlo con sus manos. A pesar de que el cielo estaba tan negro y el aire era tan sombrío, no lo perdió de vista en ningún momento. El ciervo siguió adelante hasta que el joven no tuvo ni la menor idea de dónde se encontraba. Cruzaron bosques inmensos en donde el aire estaba cargado de susurros, y de los troncos podridos que yacían en el suelo surgía una mortecina luz; cada vez que el hombre creía haber perdido al ciervo, este volvía a aparecer, blanco y brillante, ante él, y entonces corría muy deprisa para atraparlo, pero el animal era más rápido y nunca lograba alcanzarlo. Recorrieron bosques enormes, cruzaron ríos a nado y vadearon negros pantanos, donde el suelo burbujeaba y el aire estaba repleto de fuegos fatuos. El ciervo atravesó estrechos valles rocosos, donde el aire olía como las criptas, y el hombre seguía corriendo tras él. Subieron altas montañas, donde el joven pudo oír que el viento descendía desde el cielo, y el ciervo seguía adelante y el hombre corría tras él. Cuando salió el sol, el hombre descubrió que se encontraba en un país que no había visto nunca: era un precioso valle por el que serpenteaba un brillante riachuelo, en cuyo centro se alzaba una gran colina redondeada. El ciervo descendió por el valle, dirigiéndose hacia la colina, y el hombre pensó que por fin lograría atraparlo, porque el animal parecía cansado y cada vez iba más lento. En cuanto llegaron a la base de la colina, el hombre extendió el brazo para atrapar al ciervo, pero este se desvaneció en la tierra. El joven empezó a sollozar, de la rabia que sentía por haberlo perdido después de aquella larga persecución. Mientras sollozaba, descubrió que había una puerta en la colina, justo delante de él, y decidió entrar por ella. Aunque todo estaba muy oscuro, quiso seguir adelante, pensando que encontraría al ciervo blanco. De repente todo se iluminó y vio que había cielo, y que el sol brillaba, y que los pájaros cantaban en los árboles y que había una hermosa fuente. Junto a la fuente descansaba una bella mujer, que era la reina de las hadas, y que le dijo que había adoptado la forma de ciervo para llevarle hasta aquel lugar porque lo amaba. Entonces, sacó del palacio de las hadas una gran copa de oro cubierta de joyas y se la ofreció para que bebiera el vino que había en su interior. Él bebió y cuanto más bebía, más ganas tenía de beber, porque el vino estaba encantado. Entonces, besó a la hermosa dama, que se convirtió en su esposa, y permaneció durante todo el día y toda la noche en la colina, pero al despertar, descubrió que estaba tendido en el suelo cerca del lugar en el que había visto al ciervo por vez primera. Tanto su caballo como los perros de caza estaban allí, y cuando levantó la cabeza descubrió que el sol se estaba ocultando detrás de la montaña. Se fue a casa y vivió largo tiempo, pero nunca pudo besar a ninguna otra mujer, porque había bebido el vino encantado. En ocasiones, la niñera me contaba cuentos que le había contado su bisabuela, que era muy anciana y vivía sola en una cabaña en la montaña. La mayoría de los cuentos que le contaba hablaban sobre una colina en la que, hace mucho tiempo, la gente se reunía por las noches para jugar a unos juegos muy raros y hacer unas cosas muy extrañas que me explicó la niñera pero yo no pude entender. También me contó que todos, excepto su bisabuela, se habían olvidado de aquello y que nadie sabía dónde estaba la colina, ni siquiera su bisabuela. También me contó una historia muy extraña sobre aquella colina, y cuando la recordé, me estremecí. Me dijo que la gente solía ir allí en verano, cuando hacía mucho calor, y que tenían que bailar mucho. Al principio todo estaba oscuro y, como en aquel lugar crecían muchos árboles, aún estaba mucho más oscuro. La gente iba llegando de una en una por un camino secreto que no conocía nadie más. Dos personas vigilaban la puerta y todo el mundo, a medida que llegaba, tenía que hacer un signo muy curioso que la niñera me enseñó lo mejor que pudo, aunque me dijo que no podía enseñármelo bien. Acudían todo tipo de personas: aristócratas, aldeanos, ancianos, jóvenes y niños pequeños, que se sentaban y observaban. Mientras llegaba la gente, todo estaba oscuro, excepto un rincón donde alguien quemaba algo que olía fuerte y dulce y les hacía reír; al mirar hacia allí se podía ver el resplandor del carbón y un humo rojizo que ascendía hacia el cielo. En cuanto llegaba la última persona, la puerta desaparecía para que nadie más pudiese entrar, aunque supiera que había algo más allá. Una vez, un caballero extranjero que había realizado un largo viaje a caballo se perdió en la noche y el animal le llevó hasta el centro de aquel extraño país, donde todo estaba al revés y había horribles pantanos, grandes piedras por todas partes y agujeros en el suelo. Los árboles de aquel lugar parecían horcas porque extendían sus grandes ramas negras sobre el camino. El caballero estaba muy asustado, al igual que su caballo, que temblaba de los pies a la cabeza y, al final, se detuvo y se negó a seguir avanzando. El caballero desmontó e intentó tirar del animal, pero este no se quería mover y estaba empapado en sudor, como la muerte. El caballero prosiguió a pie su camino y fue adentrándose en aquel extraño país, hasta que llegó a un lugar oscuro en el que oyó gritos, canciones y sollozos que no se parecían a nada que hubiera oído en su vida. Aquellos sonidos parecían proceder de algún lugar cercano, pero como no podía acceder a él, empezó a llamar para que le oyeran y, mientras lo hacía, algo se acercó a él por la espalda. Instantes después, descubrió que le habían amordazado la boca y le habían atado los brazos y las piernas. Se desvaneció y, cuando recuperó la conciencia, estaba tumbado a un lado de la carretera, en el mismo lugar en el que se había perdido, bajo un marchito roble de tronco negro al que estaba sujeto su caballo. Cabalgó hasta el pueblo y explicó a sus habitantes lo que había sucedido; algunos se quedaron asombrados, pero otros ya lo sabían. Bueno, como iba diciendo, en cuanto todo el mundo había llegado a aquel lugar, la puerta desaparecía y nadie más podía entrar. Una vez dentro, todos formaban un círculo y se cogían de las manos; entonces, alguien empezaba a cantar en la oscuridad y otra persona hacía un sonido parecido al de un trueno con un objeto que llevaba para ese propósito. En las noches de calma se podía oír aquel trueno a mucha distancia, más allá de aquella tierra extraña, y las personas que creían saber qué era aquello hacían una señal sobre su pecho cuando despertaban en su cama oyendo aquel terrible y profundo sonido, como el de los truenos en la montaña. Los ruidos y las canciones continuaban durante largo tiempo y las personas que estaban en el corro se balanceaban de un lado a otro, al ritmo de una canción que cantaban en una lengua muy antigua y que nadie conoce ahora, y que tenía una melodía muy extraña. La niñera me contó que cuando era muy pequeña, su bisabuela conocía a alguien que recordaba algo de aquello. Después me cantó la canción, pero su melodía era tan extraña que me quedé helada y mi carne se estremeció como si hubiera puesto la mano sobre algo muerto. En ocasiones era un hombre quien cantaba y, en otras, una mujer. Había veces en que la persona que cantaba lo hacía tan bien que dos o tres de los presentes caían al suelo temblando y sollozando. La canción proseguía y las personas del corro continuaban balanceándose durante largo tiempo. Al final, la luna se asomaba por un lugar llamado Tole Deol y se alzaba sobre ellos girando y meciéndose de un lado a otro, envuelta en el humo dulce y espeso que salía de los trozos de carbón y flotaba en círculos a su alrededor. Entonces llegaba la hora de la cena, que era servida por un chico y una chica. El muchacho llevaba una gran copa de vino y la muchacha, un pastel de pan. Ambos pasaban alrededor del corro ofreciendo estos alimentos, que tenían un sabor bastante distinto al del pan y el vino comunes y hacían cambiar a todo aquel que los probaba. Después de cenar, todos se levantaban y sacaban cosas secretas de algún lugar escondido, y jugaban a juegos extraordinarios y danzaban dando vueltas bajo la luz de la luna. A veces, alguna persona desaparecía de repente y nunca más se volvía a saber de ella, sin que nadie supiera qué le había sucedido. Bebían más de aquel extraño vino, hacían imágenes y las adoraban. La niñera me enseñó a hacer aquellas figurillas un día que fuimos a pasear y pasamos junto a un lugar en el que había un montón de arcilla húmeda. Me preguntó si quería saber cómo eran aquellas cosas que hacían en la colina y yo le dije que sí. Entonces me dijo que debía prometerle que nunca le diría a nadie ni una palabra sobre ello, y que si lo hacía, me lanzarían al oscuro hoyo con los muertos, y yo le dije que no se lo contaría a nadie, y ella me repitió lo mismo una y otra vez, y yo se lo volví a prometer. Entonces cogió mi espada de madera y cortó un gran trozo de arcilla, que metió en mi pequeño cubo, diciéndome que si alguien me preguntaba algo, tenía que contestar que quería hacer pasteles de barro cuando regresara a casa. A continuación avanzamos por un pequeño sendero hasta que llegamos a un pequeño claro que se abría en el camino; la niñera se detuvo y después de mirar a un lado y al otro, echó un vistazo al campo que había al otro lado de los arbustos y me dijo: «¡Deprisa!», y ambas nos deslizamos sigilosamente entre los arbustos hasta que estuvimos bien lejos del camino. Después nos sentamos bajo unos arbustos; yo tenía muchas ganas de saber qué iba a hacer la niñera con la arcilla, pero antes de empezar me hizo prometerle de nuevo que no diría a nadie ni una palabra sobre aquello, y volvió a mirar entre los arbustos, aunque para llegar hasta el lugar en el que nos encontrábamos se tenía que recorrer un camino tan estrecho que casi nadie pasaba por allí. Así que nos sentamos y la niñera sacó la arcilla del cubo y empezó a amasarla con las manos, dándole vueltas y haciendo cosas extrañas con ella. Después la escondió bajo una gran hoja de acedera durante un par de minutos y la sacó de nuevo; se levantó, se volvió a sentar y dio una vuelta alrededor de la arcilla, mientras entonaba una especie de rima y su rostro se sonrojaba. Cuando se volvió a sentar, cogió la arcilla con las manos y empezó a darle la forma de un muñeco, pero no como los que tengo en casa, sino que hizo el muñeco más extraño que he visto en mi vida, y lo hizo con la arcilla húmeda y lo escondió debajo de un arbusto para que se secara y se endureciera, sin dejar de canturrear aquellas rimas en ningún momento, y con la cara cada vez más colorada. Cuando nos fuimos, dejamos el muñeco escondido entre los arbustos para que nadie pudiera encontrarlo. Días después, volvimos a recorrer el mismo camino y, cuando llegamos al estrecho y sombrío pasaje que baja hasta la orilla, la niñera me hizo prometerle todas aquellas cosas de nuevo, y volvió a mirar a su alrededor, tal y como había hecho la otra vez, y nos deslizamos de nuevo entre los arbustos hasta que llegamos al verde claro en el que estaba escondido nuestro hombrecillo de arcilla. Aunque solo tenía ocho años, recuerdo esto con toda claridad, y aunque hace ocho que sucedió lo que estoy contando, recuerdo perfectamente que el cielo era de un color violáceo profundo, y que en medio del claro en el que estábamos sentadas crecía un gran árbol centenario repleto de capullos, y que al otro lado había un grupo de plantas. Siempre que pienso en aquel día, el aroma de las plantas silvestres y los capullos parece inundar mi habitación y si cierro los ojos puedo ver el cielo brillante, con las pequeñas nubes blancas que flotaban en él, y recuerdo que la niñera, que se fue hace mucho tiempo, estaba sentada enfrente de mí y se parecía a la hermosa mujer blanca del bosque. Nos sentamos y la niñera sacó el muñeco de arcilla del lugar secreto en el que lo había escondido; entonces me dijo que teníamos que «rendirle nuestros respetos», y me enseñó lo que tenía que hacer, recordándome que prestara atención en todo momento. Hizo todo tipo de cosas extrañas con el hombrecillo de arcilla y me di cuenta de que estaba totalmente envuelta en sudor, aunque habíamos caminado muy despacio. Cuando acabó me dijo que había llegado el momento de «presentarle mis respetos», así que hice todo lo que me acababa de enseñar, porque me parecía que era un juego muy divertido y muy extraño. La niñera me explicó que si amabas mucho y hacías ciertas cosas con el hombrecillo de arcilla, este era muy bueno, y que si odiabas mucho, era igual de bueno, pero tenías que hacer cosas diferentes. Jugamos con el hombrecillo largo rato, fingiendo todo tipo de cosas. La niñera me contó que su bisabuela le había hablado sobre estas figurillas y que lo que estábamos haciendo no era peligroso, que era un simple juego, pero también me contó una historia sobre estos muñecos que me dio mucho miedo, y que fue la que recordé la noche que pasé despierta en mi habitación, envuelta en la pálida y vacía oscuridad, mientras pensaba en lo que había visto en el bosque secreto. Era la historia de una dama de la alta aristocracia que vivía en un gran castillo. Era muy hermosa, y todos los caballeros querían casarse con ella porque era la mujer más adorable que habían visto en su vida; además, era muy buena y amable. Aunque nunca había sido descortés con ninguno de los caballeros que deseaban casarse con ella, los había rechazado a todos, diciendo que todavía no había decidido si deseaba casarse o no. Su padre, que era un señor muy importante, estaba muy enfadado, pero también muy orgulloso de su hija. Decidió preguntarle por qué se negaba a escoger un marido entre todos los atractivos candidatos que acudían al castillo. Ella contestó que no amaba a ninguno de ellos y prefería esperar, y añadió que, si la atosigaban, ingresaría en un convento de monjas. Al saberlo, todos los caballeros le dijeron que se irían y esperarían un año y un día; en cuanto finalizara ese plazo, regresarían y le pedirían que dijera con quién de ellos había decidido contraer matrimonio. Fijaron la fecha y, en cuanto la dama prometió que en un año y un día celebraría su boda con uno de ellos, todos abandonaron el palacio. Aquella dama era, en realidad, la reina de las personas que danzaban en la colina las noches de verano; ciertas noches concretas, cerraba con llave la puerta de su habitación y salía del castillo, acompañada de su doncella, por un pasadizo secreto que solo ellas conocían, y subían por la colina hasta llegar a aquel extraño lugar. Sabía más cosas secretas que las que nadie supo antes o después, porque jamás le explicó a nadie los secretos más secretos. Sabía hacer todo tipo de cosas terribles: destruir a los hombres jóvenes, imponer maldiciones sobre las personas y muchas otras cosas que no entendí. Su verdadero nombre era lady Avelin, pero la gente que danzaba la llamaba Cassap, que en aquella lengua antigua significa «persona muy sabia». Era mucho más blanca y más alta que los demás, y sus ojos brillaban en la oscuridad como rubíes incandescentes. Cantaba canciones que nadie conocía y, cuando empezaba a entonarlas, todo el mundo se arrodillaba y la adoraba. También sabía hacer lo que llamaban shib-show, que es un hechizo maravilloso. En ocasiones, le pedía permiso a su padre para ir al bosque a coger flores; entonces, iba con su doncella a lugares que nadie visitaba jamás y, mientras la doncella vigilaba, ella se tumbaba entre los árboles y entonaba una extraña canción; después extendía los brazos y aparecían grandes serpientes que, siseando, se deslizaban entre los árboles y mostraban sus lenguas bífidas al reptar hacia ella. Y cuando la alcanzaban, empezaban a dar vueltas a su alrededor, serpenteando por su cuerpo, sus brazos y su cuello, hasta que quedaba totalmente cubierta de serpientes que se retorcían y solo se le veía la cabeza. Y les susurraba y cantaba, y las serpientes seguían reptando, cada vez más rápido, hasta que la dama les pedía que se fueran. Entonces, las serpientes se retiraban para regresar a sus guaridas, y sobre el pecho de la mujer quedaba una piedra muy extraña y hermosa, con una forma similar a la de un huevo, que era de color azul oscuro, amarillo, rojo y verde, y llevaba marcas parecidas a las escamas de serpiente. Aquella piedra se llamaba glame y con ella se podían hacer todo tipo de cosas maravillosas. La niñera me dijo que su bisabuela había visto una piedra glame con sus propios ojos, y que era tan brillante y escamosa como una serpiente. Aunque aquella dama podía hacer un montón de cosas, había una en concreto que no deseaba hacer, y era casarse. A pesar de que varios caballeros deseaban desposarse con ella, los principales candidatos eran cinco o seis: sir Simon, sir John, sir Oliver, sir Richard y sir Rowland. Casi todos ellos creían que la dama había dicho la verdad y escogería a uno de ellos como marido en cuanto transcurriera un año y un día, pero sir Simon, que era un joven muy astuto que tenía el rostro suave y liso como una muchacha, estaba seguro de que les había mentido, así que decidió espiarla y descubrir sus verdaderas intenciones. Explicó que no regresaría al castillo hasta que transcurriera un año y un día, porque había decidido navegar para conocer otros lugares; sin embargo, la verdad es que no se alejó demasiado, pues regresó disfrazado de criada para trabajar lavando platos en el palacio. Mantuvo los ojos bien abiertos y escuchó sin decir nada. Se escondía en lugares oscuros y por las noches se levantaba y observaba; de este modo pudo ver y oír cosas que le parecieron muy extrañas. Era tan astuto que le explicó a la doncella que servía a la dama que, en realidad, él era un hombre que había decidido disfrazarse de mujer porque la amaba tanto que deseaba estar en la misma casa que ella. La muchacha se sintió tan complacida que le explicó muchas cosas, y entonces supo con certeza que lady Avelin les había engañado. Era tan listo y le contó tantas mentiras a la doncella que una noche logró entrar en la habitación de la dama y se escondió detrás de las cortinas, sin hacer movimiento alguno, mientras esperaba a que esta llegara. Nada más entrar en su cuarto, lady Avelin se inclinó bajo la cama y levantó una piedra que cubría un agujero. De él sacó una figurilla de cera, similar a la que habíamos hecho la niñera y yo con arcilla. Sus ojos brillaban como rubíes. Entonces, cogió entre sus brazos al pequeño muñeco de cera y lo abrazó contra su pecho; susurró y murmuró unas palabras mientras lo levantaba y lo bajaba de nuevo; por último, lo sostuvo en alto unos instantes, después más abajo y finalmente lo tumbó. Entonces dijo: «Bendito sea aquel que engendró al obispo, que ordenó al empleado, que se casó con el hombre, que tuvo a la esposa, que moldeó la colmena, que dio cobijo a la abeja, que reunió la cera con la que fue hecho mi verdadero amor». Dicho esto, sacó de un armario un gran cuenco de oro y, de una alacena, una gran jarra de vino; vertió parte del vino en el cuenco y depositó en su interior al muñeco con sumo cuidado, para lavarlo en el vino. A continuación, se acercó a un armario y sacó un pequeño pastel redondo que dejó sobre la boca del muñeco; después, lo sujetó con suavidad y lo cubrió, sir Simon observaba sin perder detalle, terriblemente asustado. Vio que la dama se inclinaba y extendía los brazos, susurrando y cantando. Entonces, apareció junto a ella un atractivo joven que la besó en los labios, y ambos bebieron vino del cuenco de oro y comieron pastel. Cuando salió el sol, el hombre volvió a convertirse en un muñeco de cera, y la dama lo escondió en el hueco que había debajo de su cama. Sir Simon ya había averiguado qué era aquella dama, pero prefirió seguir esperando y observando hasta que finalizara el plazo fijado, porque solo faltaba una semana y un día. Una noche, mientras la observaba escondido tras las cortinas de su cuarto, vio que estaba haciendo más muñecos de cera. Hizo cinco y los escondió. Después cogió uno, llenó el cuenco dorado agua y, cogiendo al muñeco por el pescuezo, lo sostuvo un buen rato bajo del agua. Entonces dijo…

«Sir Dickon, sir Dickon, su hora ha llegado,

En lúgubres aguas morirá ahogado».

Al día siguiente, llegó al castillo la noticia de que sir Richard había muerto ahogado. Por la noche, la dama cogió otro muñeco, le ató una cuerda violeta alrededor del cuello y la colgó de un clavo. Entonces dijo…

«Sir Rowland, su vida ha llegado al final,

De lo alto de un árbol le veo colgar».

Al día siguiente, llegó al castillo la noticia de que unos bandoleros habían colgado a sir Rowland en un árbol del bosque. Por la noche, la dama cogió otro muñeco y le clavó su pasador justo en el corazón. Entonces dijo…

«Sir Noll, sir Noll así acaba su vida,

Con el corazón perforado por una cuchilla».

Al día siguiente, llegó al castillo la noticia de que sir Oliver había participado en una pelea en una taberna y que un desconocido le había clavado un puñal en el corazón. Por la noche, la dama cogió otro muñeco y lo sostuvo sobre el fuego hasta que se derritió. Entonces dijo…

«Sir John, vuelva a convertirse en arcilla,

Ardiendo de fiebre acabará su vida».

Al día siguiente, llegó al castillo la noticia de que sir John había muerto abrasado por las fiebres. Entonces, sir Simon salió del castillo y, cabalgando en su caballo, fue a ver al obispo para contárselo todo. El obispo envió a sus hombres para que apresaran a lady Avelin. Como todo el mundo sabía qué había hecho aquella dama, un día después de que finalizara el plazo de un año y un día, fecha en la que tendría que haberse casado, la llevaron por el pueblo vestida con su guardapolvo y la ataron a un gran palo en la plaza del mercado, donde la quemaron viva delante del obispo con la figurilla de cera colgada del cuello, y todos los presentes dijeron que el hombre de cera empezó a gritar al verse envuelto en llamas. Tumbada sobre la cama, no lograba conciliar el sueño y era incapaz de sacarme esta historia de la cabeza. Creía poder ver a lady Avelin en la plaza del mercado mientras las llamas amarillas devoraban su bello cuerpo blanco. Y pensé tanto en aquello que sentí que yo misma formaba parte de la historia, e imaginé que yo era la dama, y que venían para llevarme a la hoguera y que toda la gente del pueblo venía a verme morir. Y me pregunté si ella se arrepintió de todas las cosas horribles que había hecho, y si dolía mucho morir quemada en la hoguera. Intenté una y otra vez olvidar las historias de la niñera y recordar el secreto que había visto aquella tarde y que estaba en el bosque secreto, pero solo conseguía ver la oscuridad y un pequeño destello. De pronto, este desapareció y solo pude verme a mí misma corriendo, y entonces, una gran luna blanca asomó sobre una colina redondeada y oscura. Las viejas historias regresaron a mi cabeza, acompañadas de las extrañas rimas que me cantaba la niñera. Había una que empezaba diciendo «halsy cumsy Helen musty», que entonaba con mucha dulzura cuando quería que me durmiera, y la canturreé para mí misma, en silencio, hasta que conseguí quedarme dormida.

A la mañana siguiente, estaba tan cansada y tenía tanto sueño que apenas pude prestar atención a las clases, y me alegré mucho cuando acabaron y comí, pues quería salir y estar sola. Era un día cálido. Decidí pasear por una agradable colina muy verde que se alzaba junto al río, y me senté sobre el viejo chal de mi madre que había llevado conmigo para no ensuciarme de hierba. El cielo estaba gris, como el día anterior, aunque emitía una especie de brillo blanco. Desde el lugar en el que me encontraba podía mirar hacia abajo y ver el pueblo, y todo estaba tranquilo, silencioso y blanco, como en un cuadro. Recordaba que aquella colina era donde la niñera me había enseñado a jugar a un viejo juego llamado «Ciudad de Troya», que consistía en bailar y dar vueltas sobre la hierba; cuando habías bailado y dado las vueltas suficientes, otra persona te hacía preguntas y no podías evitar responderlas, quisieras o no… Además, sentías que tenías que hacer todo lo que te pedían que hicieras. La niñera me dijo que antiguamente había montones de juegos como ese y que algunas personas sabían jugar a ellos, y que había uno con el que podías conseguir que la gente se convirtiera en lo que quisieras, y que un anciano al que conocía su bisabuela conocía a una muchacha que se había convertido en una enorme serpiente. Y había otro juego muy antiguo que consistía en bailar, en dar vueltas y en girar; con él podías sacar a una persona de su cuerpo y esconderla durante todo el tiempo que quisieras, y su cuerpo vagaba por el mundo, vacío y carente de todos los sentidos. Pero yo había ido a aquella colina porque quería pensar en lo que había sucedido el día anterior y en el secreto del bosque. Desde el lugar en el que estaba sentada podía ver hasta más allá del pueblo, hasta el claro que había encontrado, por el que serpenteaba el pequeño riachuelo que me había conducido a un país desconocido. Y fingí que seguía la corriente, y recorrí todo el camino en mi cabeza, hasta que por fin encontré el bosque y avancé a rastras entre los arbustos. Después, en la oscuridad, vi algo que me hizo sentir como si estuviera llena de fuego, como si quisiera danzar y cantar y volar por el aire, porque había cambiado y era maravilloso. Sin embargo, lo que vi no había cambiado, ni había envejecido; me pregunté una y otra vez cómo podían suceder esas cosas y si las historias de la niñera eran ciertas o no, porque a la luz del día, al aire libre, todas las cosas tenían un aspecto diferente al que adoptaban por la noche, cuando tenía miedo y pensaba que me iban a quemar viva. Una vez le expliqué a mi padre uno de los cuentos de la niñera que hablaba sobre un fantasma, y le pregunté si era cierto, y él me dijo que no lo era en absoluto y que solo las personas ignorantes se creían esa basura. Se enfadó mucho con la niñera por haberme contado aquella historia y la regañó; después de eso tuve que prometerle que nunca más volvería a contarle a nadie nada de lo que ella me explicaba, y que si lo hacía, una gran serpiente negra que vivía en la laguna del bosque me mordería. Y allí, sola en la colina, me pregunté qué era cierto. Había visto algo asombroso y muy bello, y conocía una historia, y si realmente lo había visto y no me lo había imaginado debido a la oscuridad, las tétricas ramas y el brillante resplandor que ascendía hasta el cielo desde la gran colina redondeada, sino que lo había visto de verdad, entonces era cierto que existían todo tipo de cosas maravillosas, preciosas y terribles en las que pensar. Deseaba tanto que fueran reales que me estremecí, y sentí calor y frío a la vez. Y miré hacia el pueblo, tan tranquilo y silencioso como un pequeño cuadro blanco, y pensé una y otra vez si aquello podía ser cierto. Me costó mucho tiempo poner en orden mis pensamientos, pues había una confusión tan grande en mi corazón que este parecía susurrarme que nunca lograría tomar una decisión, porque todo me parecía bastante imposible y sabía que mi padre y todos los demás me dirían que aquello no era más que una estupidez. En ningún momento se me ocurrió contarle a papá ni a ninguna otra persona nada sobre aquello, porque sabía que no serviría de nada y solo conseguiría que se rieran o se burlaran de mí, así que guardé silencio durante mucho tiempo, mientras continuaba reflexionando y preguntándome sobre aquello. Por las noches soñaba cosas asombrosas y, a veces, despertaba de madrugada y me abrazaba a la almohada, llorando. Estaba muy asustada porque, si aquella historia era cierta, me enfrentaba a muchos peligros y, si no tenía cuidado, podían sucederme cosas terribles. No podía dejar de pensar ni por un instante en los viejos cuentos que me contaba la niñera; los recordaba día y noche, me los contaba a mí misma una y otra vez, paseaba por los lugares que me había enseñado y por las tardes, cuando me sentaba en el cuarto infantil junto a la chimenea, imaginaba que ella estaba conmigo, contándome alguna historia maravillosa en voz muy baja, para que nadie más pudiera oírla. A la niñera le gustaba mucho más explicarme sus historias cuando estábamos en el campo, lejos de casa, porque decía que lo que me contaba eran secretos muy grandes y que las paredes tenían oídos. Y cuando quería contarme uno de los secretos más secretos, teníamos que escondernos en el bosque, y a mí me parecía muy divertido avanzar a rastras entre los matorrales y moverme con sigilo, y escondernos entre los arbustos y correr hacia el bosque a toda prisa, cuando estábamos seguras de que nadie nos veía. De este modo sabíamos que nuestros secretos estaban a salvo y que nadie más los conocía. En cuanto nos habíamos escondido, solía enseñarme todo tipo de cosas extrañas. Recuerdo que un día fuimos al campo de avellanos que se alza sobre el riachuelo; nos sentíamos muy cómodas y no hacía nada de frío, como si estuviéramos en el mes de abril. El sol brillaba con bastante intensidad y las hojas empezaban a brotar. La niñera me dijo que iba a enseñarme algo divertido que me haría reír; entonces me explicó, según dijo, cómo podía conseguir que una casa entera se pusiera patas arriba sin que nadie supiera que había sido yo, y que podía hacer que los botes y las sartenes saltasen, que la porcelana se rompiese y que las sillas se cayeran solas al suelo. Un día lo intenté en la cocina y descubrí que me salía bastante bien: toda una hilera de platos del aparador se abalanzó contra el suelo y la pequeña mesa de trabajo de la cocinera se inclinó y cayó patas arriba «delante de sus ojos», tal y como dijo. Pero la pobre mujer se quedó tan asustada y tan pálida que decidí no volver a hacerlo, porque me caía bien. Aquel día, en el campo de avellanos, después de haberme explicado qué tenía que hacer para que se cayeran las cosas, la niñera me enseñó a hacer ruidos secos y también aprendí con rapidez. Entonces, me enseñó ciertas rimas que debían pronunciarse en ocasiones concretas y ciertas señales que tenían que hacerse en otras ocasiones, y muchas otras cosas que su bisabuela le había enseñado cuando era pequeña. Y aquellas eran las cosas en las que estuve pensando después de aquel extraño paseo, cuando creí haber visto un gran secreto. Deseaba con todas mis fuerzas que la niñera estuviera conmigo, para hacerle todas las preguntas que tenía en la cabeza, pero hacía más de dos años que se había ido y nadie parecía saber dónde estaba ni qué había sido de ella. Estoy segura de que, si llego a vieja, siempre recordaré aquella época, porque me sentía muy extraña y no paraba de hacerme preguntas y dudar, aunque también me sentía bastante segura e intentaba poner en orden mis ideas, pero cuando empezaba a tener claro que aquellas cosas no podían suceder, volvía a empezar de nuevo. De todas formas, siempre procuré no hacer ciertas cosas que podían ser muy peligrosas. Durante largo tiempo, seguí esperando y haciéndome preguntas; aunque no estaba segura de nada, tampoco me atrevía a intentar descubrir la verdad. Un día empecé a tener claro que todo lo que me había contado la niñera era bastante cierto, y estaba sola cuando lo descubrí. Me estremecí de alegría y terror, y corrí lo más rápido que pude hasta uno de los viejos claros a los que solíamos ir (el que estaba junto al pasaje, donde la niñera había moldeado el hombrecillo de arcilla), y corrí hasta él y avancé a rastras; y cuando llegué al lugar en el que se encontraba el antiguo, me cubrí el rostro con las manos y me tumbé sobre la hierba, y permanecí allí dos horas sin moverme, susurrándome a mí misma cosas deliciosas y terribles, y repitiendo ciertas palabras una y otra vez. Todo era cierto y maravilloso y espléndido, y cuando recordé la historia, supe que realmente lo había visto, y sentí calor y frío a la vez, y el aire parecía estar cargado de aromas, flores y canciones. Al principio quise hacer un hombrecillo de arcilla, como el que había hecho la niñera hacía tantos años, pero antes tenía que urdir ciertos planes y estratagemas, y hacerlo con sumo cuidado, y pensar en las cosas de antemano, porque nadie podía saber qué estaba haciendo ni qué intenciones tenía, porque ya era demasiado mayor para llevar arcilla en un cubo. Y cuando tuve el plan preparado, llevé la arcilla húmeda al claro e hice todo aquello que me había enseñado la niñera, con la única diferencia de que mi figurilla era mucho más delicada que la que ella había hecho. Y cuando estuvo terminada, hice todo lo que pude recordar y mucho más de lo que ella hizo, porque era la copia de algo mucho mejor. Y unos días más tarde, terminé temprano mis lecciones y recorrí por segunda vez el camino que bordeaba el riachuelo y conducía hasta aquel extraño lugar. Y seguí el riachuelo, y pasé entre los arbustos, y bajo las ramas bajas de los árboles, y subí por el espinoso monte bajo hacia la colina, y crucé los oscuros bosques repletos de pinchos, y recorrí un camino largo, muy largo. Después avancé a rastras por el oscuro pasadizo de suelo pedregoso por donde antaño pasaba un riachuelo, hasta que por fin llegué a la espesura que ascendía por la colina, y aunque las hojas estaban cayendo de los árboles, todo estaba tan oscuro como la primera vez que estuve en aquel lugar. Y la espesura seguía igual, y continué avanzando lentamente hasta que aparecí ante la gran colina vacía y caminé entre las maravillosas rocas. Volví a ver aquel terrible voor sobre todas las cosas porque, aunque el cielo estaba más brillante, el círculo de colinas que las rodeaban seguía siendo oscuro, y los árboles de la ladera eran sombríos y espeluznantes, y aquellas extrañas rocas eran tan grises como siempre. Y subí al montículo, y me senté sobre la gran piedra para observar las rocas, y volví a ver aquellos asombrosos círculos y redondeles superpuestos, y me quedé quieta observándolos cuando empezaron a girar a mi alrededor, y todas las rocas danzaban y parecían dar vueltas y más vueltas en una gran rueda, y era como si estuviera en medio de todas las estrellas y las oyera precipitarse desde el aire. Decidí bajar y situarme entre las rocas para danzar con ellas y cantar canciones extraordinarias; después, descendí por la otra espesura y bebí de la brillante corriente del valle cerrado y secreto, acercando mis labios a las burbujas del agua; y seguí caminando hasta que llegué al profundo y desbordante manantial que descansaba entre el centelleante musgo, y a mi alrededor estaban los bosques colgantes de las colinas que convertían aquel valle en un lugar tan secreto. Como sabía que allí no había nadie más y que nadie podía verme, me quité las botas y los calcetines y deslicé mis pies en el agua, pronunciando unas palabras que conocía. Y el agua no estaba nada fría, tal y como esperaba, sino que era cálida y muy agradable. Y en cuanto mis pies estuvieron dentro, me pareció que alguien los había envuelto en seda o que una ninfa los estaba besando. Entonces pronuncié otras palabras e hice los signos, y me sequé los pies con una toalla que llevaba y volví a ponerme los calcetines y las botas. A continuación, escalé por el empinado muro y fui hasta el lugar en el que se encontraban las depresiones, los dos bellos montículos, los redondeados cerros y todas aquellas formas extrañas. En esta ocasión no me metí en el agujero, sino que di media vuelta en el borde y pude ver las dos figuras con bastante facilidad, pues todo estaba más claro y ahora recordaba la historia que la otra vez había olvidado casi por completo. En la historia, las dos figuras se llamaban Adán y Eva, pero solo aquellos que conocen la historia comprenden qué significa. Seguí caminado hasta llegar al bosque secreto que no debe ser descrito y, para acceder a él, tuve que avanzar a rastras por el camino que había encontrado. Y en cuanto hube recorrido aproximadamente la mitad del trayecto, me detuve y di media vuelta; entonces me preparé, y me até con fuerza un pañuelo alrededor de los ojos y me aseguré de que no podía ver nada, ni siquiera una ramita, ni el extremo de una hoja, ni la luz del cielo. Me cubrí los ojos con un viejo pañuelo de seda rojo con grandes lunares amarillos, que me daba dos vueltas a la cabeza, así que no podía ver nada. Entonces, volví a ponerme en marcha, paso a paso, muy despacio. El corazón cada vez me latía con más fuerza y algo empezó a subir por mi garganta, estrangulándome y haciéndome sentir ganas de gritar, pero cerré con fuerza los labios y seguí adelante. A medida que avanzaba, las ramas se enredaban en mi cabello y se me clavaban en la piel grandes espinas, pero seguí adelante hasta que llegué al final del camino. Entonces me detuve, extendí los brazos y me incliné. Di una vuelta a mi alrededor, palpando con las manos, pero no encontré nada. Di una segunda vuelta a mi alrededor, palpando con las manos, pero tampoco encontré nada. Di una tercera vuelta a mi alrededor, palpando con las manos, y entonces supe que toda la historia era cierta, y deseé que el tiempo se detuviera, y me arrepentí por haber dejado pasar tanto tiempo antes de ser feliz para siempre.

La niñera había sido un profeta, como los que aparecen en la Biblia. Todo lo que me había explicado empezó a hacerse realidad y, desde entonces, han sucedido muchas otras cosas de las que me habló. Así fue como supe que sus historias eran ciertas y que mi cabeza no se había inventado aquel secreto. Pero ese día también sucedió otra cosa. Regresé por segunda vez al lugar secreto y me acerqué al profundo y rebosante manantial. A continuación, me arrodillé sobre el musgo y me incliné para mirar en su interior. Entonces supe quién era la mujer blanca que había visto salir del agua en el bosque hacía tanto tiempo, cuando yo era muy pequeña. Y me estremecí, porque también descubrí otras cosas, y recordé que poco tiempo después de haber visto a las personas blancas en el bosque, la niñera me hizo más preguntas sobre estas, y yo se lo expliqué todo una y otra vez. Durante largo tiempo no había dicho nada, hasta que un día anunció: «La volverás a ver». Ahora supe qué había pasado y qué iba a suceder a continuación. Y comprendí lo de las ninfas: podía reunirme con ellas en todo tipo de lugares y sabía que ellas siempre me ayudarían, y que si las buscaba, las encontraría adoptando todo tipo de formas y aspectos extraños. Y supe que sin la ayuda de las ninfas, jamás hubiera descubierto el secreto, y que sin ellas, jamás hubiera sucedido ninguna de las otras cosas. La niñera me había explicado todo sobre ellas hacía mucho tiempo, pero como las llamaba por otro nombre, yo no sabía a qué se refería ni de qué trataban sus historias… Solo sabía que eran muy extrañas. Y había dos tipos de ninfas: las brillantes y las oscuras, y ambas eran adorables y maravillosas. Algunas personas solo veían a las de un tipo, y otras, a las del otro, aunque ciertas personas podían verlas a las dos. Normalmente, las oscuras aparecían primero y las brillantes venían después, y había historias extraordinarias sobre ellas. Un par de días después de haber estado en el lugar secreto, pude conocer realmente a las ninfas. La niñera me había enseñado a llamarlas y yo lo había intentado, pero como no sabía a qué se refería, pensaba que no eran más que tonterías. Sin embargo, decidí intentarlo de nuevo, así que regresé al bosque y me dirigí hasta el manantial en el que había visto, cuando era pequeña, a las personas blancas, para volver a intentarlo. Entonces apareció Alanna, la ninfa negra, que convirtió el manantial de agua en un manantial de fuego…

Epílogo

—Se trata de una historia muy curiosa —dijo Cotgrave, devolviendo el libro verde a Ambrose, el recluso—. He entendido bastante bien el sentido, pero hay muchas cosas que no he logrado comprender. Por ejemplo, en la última página, ¿a qué se refiere cuando dice «ninfas»?

—Bien, creo que por todo el manuscrito se hacen referencias a ciertos «procesos» que han sido transmitidos de una generación a otra a través de la tradición. Algunos de estos procesos están empezando a ser estudiados por la ciencia, que ha conseguido llegar hasta ellos (o mejor dicho, hasta los pasos que conducen a ellos), por caminos muy diferentes. Considero que cuando la niña habla de las «ninfas», está haciendo referencia a uno de esos procesos.

—¿Y usted cree que existen tales cosas?

—¡Oh! ¡Por supuesto que sí! Además, creo que puedo mostrarle pruebas convincentes. Me temo que usted ha descuidado el estudio de la alquimia, y es una lástima, pues el simbolismo es muy bello. Además, si estuviera familiarizado con ciertos libros sobre el tema, podría evocar en su mente ciertas frases que le ayudarían a entender gran parte del manuscrito que ha leído.

—Pero lo que quiero saber es si usted cree realmente que haya algún fundamento de hecho bajo estas fantasías. ¿Acaso no se trata de un artículo poético, de un sueño curioso que se ha permitido un hombre?

—Solo puedo decirle que, sin duda alguna, a la gran mayoría de la humanidad le resultaría mucho más sencillo pensar que tan solo se trata de un sueño. Sin embargo, si me pregunta qué es lo que yo creo…, mi respuesta es totalmente distinta, y para responderla no puedo utilizar el verbo «creer», sino que debo emplear el verbo «saber». Puedo decirle que he conocido casos en los que los hombres han tropezado casi por accidente con algunos de estos «procesos» y han quedado asombrados ante unos resultados totalmente inesperados. Es absolutamente imposible que en todos aquellos casos hubiese habido algún tipo de «sugestión» o acción subconsciente, aunque, estudiando las declinaciones, un estudiante pueda «sugestionar» en su cabeza la existencia de Esquilo. De todas formas, usted ha advertido la oscuridad —continuó Ambrose—, y en este caso concreto, no me cabe duda de que fue dictada por instinto, puesto que la escritora nunca pensó que sus manuscritos caerían en otras manos. Pero la práctica es universal, y lo es por las razones más excelentes: el más fuerte y beneficioso de los medicamentos también es, por necesidad, un veneno virulento, y esa es la razón por la que debemos guardarlo bajo llave. Si, por casualidad, un niño encuentra la llave, puede que ingiera la medicina y muera; sin embargo, en la mayoría de los casos, esta búsqueda resulta educativa y el frasco solo contiene un elixir precioso para aquella persona que, con paciencia, ha ido preparando la llave.

—¿Le importaría entrar en detalles?

—La verdad es que prefiero no hacerlo. No, es mejor que usted siga siendo un escéptico. De todas formas, ¿se ha fijado en lo bien que ilustra este manuscrito la conversación que tuvimos la semana pasada?

—¿La muchacha aún está viva?

—No, yo fui uno de los que encontró su cadáver. Conocía bien a su padre: era abogado y nunca se preocupó demasiado por ella. No pensaba en nada más que en sus escrituras y contratos; para él, la noticia fue una terrible sorpresa. Un día, por la mañana, los criados descubrieron que no estaba en casa. Imagino que eso sucedió aproximadamente un año después de que escribiera el manuscrito que usted ha leído. Su padre llamó a los criados y estos le explicaron lo que sabían, dándole la única interpretación natural que podían tener… Una completamente errónea. Descubrieron el libro verde en algún lugar de su habitación y yo encontré su cuerpo, que yacía en el suelo ante la imagen, en el mismo lugar que ella había descrito con tanto temor.

—¿Era una imagen?

—Sí. Estaba escondida entre las espinas y los espesos arbustos que la rodeaban. Era un paraje silvestre, solitario… Pero usted ya sabe cómo era porque ha leído la descripción que ella hizo del lugar. Aunque imagino que ya habrá supuesto que los colores fueron intensificados. La imaginación de un niño siempre consigue que las alturas sean más elevadas y las profundidades sean más profundas de lo que son en realidad y, desgraciadamente para ella, esa muchacha tenía algo más que imaginación. Podría decirse que la imagen que tenía en su mente y que describió con tanto éxito era el escenario que hubiera representado un artista imaginativo. De todos modos, se trataba de un paraje extraño y desolado.

—¿Y estaba muerta?

—Sí. Se había envenenado… en el momento preciso. No, no se puede decir nada en su contra. Supongo que recuerda la historia que le expliqué la otra noche sobre una mujer que vio que una ventana aplastaba los dedos de su hija.

—¿Y qué representaba aquella estatua?

—Bueno, era una escultura romana de piedra que no se ha oscurecido con el paso de los siglos, sino que se ha hecho más blanca y luminosa. La vegetación había crecido a su alrededor hasta ocultarla y, en la Edad Media, los seguidores de una tradición muy antigua aprendieron a utilizarla para sus propios propósitos. De hecho, fue incorporada a la monstruosa mitología del Sabbath. Habrá advertido que aquellos a quienes el azar, o un supuesto azar, les permitió ver aquel reluciente blancor, tuvieron que vendarse los ojos en su segunda visita. Este hecho es muy significativo.

—¿Y aún está allí?

—Pedí que llevaran herramientas y estuvimos dándole martillazos hasta que conseguimos reducirla a polvo. —En este punto, Ambrose hizo una pausa—. Sin embargo, la persistencia de la tradición jamás logrará sorprenderme. Podría decirle el nombre de diversas parroquias inglesas en las que siguen existiendo, de forma clandestina aunque en el más absoluto vigor, algunas tradiciones similares a las que conoció esta niña en su infancia. En mi opinión, lo más extraño y terrible es la «historia», no su «continuación», pues siempre he creído que la sorpresa radica en el alma.

  1. Banda de forajidos que operaba en las zonas pantanosas de la frontera entre Inglaterra y Escocia durante el siglo XVII. (N. de la T). ↩︎

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