Texto aleatorio

Arthur Machen (1863-1947) fue quizá, al igual que se ha dicho sobre Lovecraft, «su creación más fantástica», pues personificaba muchos de los rasgos que se esperan encontrar en un extraño protagonista de ficción. Fue un místico que se inició en la Orden de la Golden Dawn y un adherente a la teoría de la Leyenda del Grial como precursora de una cristiandad independiente y pre-Católica Celta. Casi parece que Poe y M. R. James se unieron para crear a Machen en papel y, entonces, como el Gólem, cobró vida. Su ficción permanece incandescente con el resplandor de la hoguera de los númenes y participa de la sustancia de la revelación genuina. Siempre es motivo de alegría ver publicada su ficción, aunque pocos de sus relatos hayan sido editados.

Lovecraft siempre estuvo dispuesto a reconocer la dependencia de El horror de Dunwich respecto a un prototipo de Machen. Mientras el decepcionado Wilbur Whateley se aleja de la biblioteca de la universidad, Henry Armitage le ve marchar y se maravilla de que alguien pueda mirar a ese gigante con aspecto de cabra y no descubrir la verdad: «“¿Endogamia?”, murmuró Armitage. “¡Dios mío, qué bobalicones! ¡Muéstrales El Gran Dios Pan de Arthur Machen y pensarán que no es más que un escándalo típico de Dunwich!”». Y de hecho, no podemos evitar pensar en Wilbur, hijo de Yog-Sothoth y Lavinia, como homólogo varón de la Helen Vaughan de Machen, hija de Pan y la joven Mary, la protegida del doctor Raymond. Mary quedó impregnada del Gran Dios durante un momento visionario posterior a una operación cerebral que le permitiría perforar el velo mundano de la percepción y contemplar a Pan. El mago Whateley utilizó métodos más tradicionales de invocación mágica para el galanteo de Yog-Sothoth.

El espectacular final de Wilbur se parece al de Helen de una forma tan asombrosa como su principio. En ambos se describe una muerte agónica terrible, en la que sus fisonomías y anatomías se revelan como «teratológicamente fabulosas» (para usar la expresión adjetivadamente fabulosa de Lovecraft). En ambos casos se pone de manifiesto la anatomía de sus diversas etapas evolutivas (Helen lo hace por fases, Wilbur de forma simultánea) hasta que al final, ambos se desintegran en una especie de légamo.

Entre el principio y el final hay, como mínimo, otro préstamo directo. En el relato de Machen, un niño de siete años llamado Trevor está jugando en el bosque cuando empieza a gritar, pues, tal y como explica más tarde a su padre, ha visto a Helen «jugando entre la hierba con un “extraño hombre desnudo” al que le resulta imposible describir con más detalle». En El horror de Dunwich, Lovecraft dividió esta escena en dos momentos, siendo el primero de ellos el informe de Silas Bishop, quien juraba haber visto, una noche de la víspera de Todos los Santos, «dos figuras que desaparecieron rápida y silenciosamente entre la maleza. El asombrado espectador tuvo la impresión de que iban completamente desnudas, aunque más tarde no pudo estar seguro respecto al chico, que podría haber llevado una especie de cinturón con flecos y un taparrabos o pantalón oscuro». La descripción del joven Wilbur basta para sugerir a un sátiro, algo que, más tarde, se revela que también es el compañero de Helen. El personaje de Trevor se ha transformado en dos muchachos, Luther Brown y Chauncey Sawyer, pues ambos informan jadeando de espectáculos asombrosos.

Las visiones de las consecuencias de lo que parece una nube invisible de destrucción podrían haber sido sugeridas por un pasaje menor de El terror de Machen, del que también parece haberse extraído el nombre del pueblo de la historia de Lovecraft: «Algunos dicen que han visto el gas. Oí decir a un hombre que vivía en Dunwich que una noche vio una especie de nube negra con chispas de fuego flotando sobre las copas de los árboles por Dunwich Common». Este pasaje nos hace pensar en la frase fortuita que se ha citado con anterioridad: «Un escándalo típico de Dunwich» (Dunwich es el nombre de un pueblo costero inglés, antigua capital de la Bretaña Oriental). El personaje de Machen estaba describiendo lo que podría haber llamado, teniendo en cuenta el título del libro, El terror de Dunwich. Yo diría que se parece demasiado. ¿Y tú, Lavinny?

1. El experimento

—Me alegro de que haya venido, Clarke. De hecho, me alegro muchísimo. No estaba seguro de que pudiera dedicarme su tiempo.

—He podido dejarlo todo arreglado durante unos días. En estos momentos, las cosas no están demasiado animadas. ¿No tiene ninguna duda, Raymond? ¿Está completamente seguro?

Ambos caballeros paseaban lentamente por el bancal que había enfrente de la casa del doctor Raymond. El sol, que aún se dejaba ver sobre la línea occidental de la montaña, brillaba con aquel desafilado fulgor rojizo que no proyecta ninguna sombra. El aire estaba en calma. Del gran bosque de la ladera que se alzaba sobre ellos les llegaba una dulce brisa; con ella, a intervalos, podían oír el suave murmullo de las palomas salvajes. A sus pies, en el largo y precioso valle, el río se abría paso entre las solitarias colinas. A medida que el sol descendía y desaparecía sobre el oeste, una suave bruma, inmaculadamente blanca, empezó a levantarse desde la orilla. El doctor Raymond se volvió hacia su amigo.

—¿Que si estoy seguro? Por supuesto que sí. De hecho, se trata de una operación sumamente sencilla; cualquier cirujano podría practicarla. Además, no hay ningún peligro, le doy mi palabra. Clarke, usted siempre ha sido una persona asustadiza, pero ya conoce mi historia. Durante los últimos veinte años me he dedicado a la medicina trascendental. Han sido muchos los que me han llamado medicucho, charlatán e impostor, pero siempre he sabido que me hallaba en el camino correcto. Hace cinco años alcancé mi objetivo y, desde entonces, cada día ha sido un preparativo para lo que vamos a hacer esta noche.

—Me gustaría creerlo. —Clarke frunció el ceño y observó vacilante al doctor—. Raymond, ¿está usted completamente seguro de que su teoría no es una fantasmagoría…, una visión espléndida pero, al fin y al cabo, una simple visión?

El doctor Raymond se detuvo y se giró con brusquedad. Era un hombre de mediana edad, delgado y huesudo. Aunque su tez era amarillenta, cuando respondió a Clarke, mirándole a los ojos, había un rubor en sus mejillas.

—Mire a su alrededor, Clarke. Puede ver la montaña y una colina detrás de otra, como las olas del mar; puede ver los bosques y las huertas, los campos de maíz maduro y las praderas que se extienden hasta los cañizales que crecen junto al río. Puede verme a mí, a su lado, y oír mi voz. Sin embargo, puedo asegurarle que todas estas cosas…, sí, desde aquella estrella que empieza a brillar en el cielo hasta el sólido suelo que hay bajo nuestros pies…, no son más que sueños y sombras que ocultan, a nuestros ojos, el mundo real. Existe un mundo real, pero se encuentra más allá de este hechizo y esta visión, más allá de estos «sueños precipitados»… y todo ello queda oculto detrás de un velo. No sé si algún ser humano habrá sido capaz de levantar ese velo; sin embargo, estoy seguro de que, esta misma noche, usted y yo lo veremos alzarse ante nuestros ojos. Puede que piense que todo esto no es más que un extraño absurdo pero, por extraño que sea, es totalmente cierto. Los hombres de la antigüedad sabían qué significaba levantar ese velo; decían que era ver al Dios Pan.

Clarke tiritaba, pues la blanca bruma que se alzaba sobre el río era muy fría.

—De hecho, es maravilloso —respondió—. Si lo que usted dice es cierto, nos encontramos en la frontera de un mundo extraño. ¿Debo asumir que el bisturí es absolutamente necesario?

—Solo tengo que practicar una ligera incisión en la materia gris; eso provocará una leve redisposición de ciertas células, pero no será más que una alteración microscópica que escapará a la atención del noventa y nueve por ciento de los especialistas del cerebro. No quiero molestarle con los «detalles», Clarke; podría darle una enorme cantidad de datos técnicos que le parecerían imponentes y continuaría estando igual de informado que ahora. Sin embargo, supongo que habrá leído en las esquinas más recónditas del periódico que últimamente se han hecho grandes progresos en la fisiología del cerebro. El otro día leí un artículo sobre la teoría de Digby y los descubrimientos de Browne Faber. ¡Teorías y descubrimientos! Yo estaba hace quince años en el mismo punto en el que ambos se encuentran ahora, y no es necesario que le diga que no me he quedado de brazos cruzados durante todo este tiempo. Hace cinco años realicé el hallazgo al que aludía cuando le dije que alcancé mi objetivo. Tras años de trabajo, tras años de buscar con dificultad y andar a tientas en la oscuridad, tras días y noches de decepción y, en ocasiones, desespero, en los que me estremecía y sentía frío al pensar que, quizá, había otras personas buscando lo mismo que yo…, después de tanto tiempo, una punzada imprevista de alegría estremeció mi alma y supe que el largo viaje estaba llegando a su fin. Mediante la sugerencia que me brindó un pensamiento vago y momentáneo (que entonces, y aún ahora, me pareció una casualidad), pude avanzar por líneas y senderos familiares que había rastreado cientos de veces, pero fue entonces cuando la gran verdad estalló delante de mis ojos y pude ver, acotado en líneas de luz, un mundo completo, una esfera desconocida…, continentes, islas y grandes océanos por los que no había navegado ningún barco (en mi opinión), desde que el Hombre alzó por vez primera los ojos y contempló el sol, las estrellas del cielo y la silenciosa tierra de debajo. Puede que piense que todo esto no son más que palabras, Clarke, pero resulta difícil ser literal y no sé si lo que estoy sugiriendo podría describirse con términos simples y familiares. Hoy en día, nuestro mundo está envuelto por hilos y cables telegráficos que, a una velocidad ligeramente menor a la del pensamiento, envían señales desde el amanecer hasta el ocaso, del norte al sur, a través de desiertos y lugares anegados de agua. Imagine que un electricista descubriera, de pronto, que sus amigos y él no han hecho más que jugar con guijarros, confundiéndolos con los cimientos del mundo; imagine que dicha persona viera abrirse un espacio primordial delante del actual, en el que las palabras de los hombres se transmitieran hasta el sol y más allá, hacia los sistemas, mientras que las voces de los hombres que utilizaron las palabras resonaran en el estéril vado que circunscribe nuestro pensamiento. Dentro de lo que cabe esperar de las analogías, esta consigue ilustrar bastante bien lo que yo he conseguido; ahora podrá comprender un poco mejor lo que sentí aquella tarde: era un anochecer de verano y el valle presentaba un aspecto similar al que tiene ahora. Yo estaba aquí, de pie, cuando vi que se abría a mis pies un abismo inefable e inconcebible que bostezaba en las profundidades entre dos mundos, el material y el espiritual. Vi que el enorme y profundo vacío se expandía y se oscurecía delante de mis ojos y, en aquel instante, un puente de luz saltó desde la tierra hada la orilla desconocida y el abismo continuó avanzando como un gusano. Si decide consultar el libro de Browne Fabe descubrirá que, hasta el día de hoy, los hombres de ciencia han sido incapaces de explicar o especificar la presencia y las funciones de un grupo concreto de células nerviosas del cerebro. Ese grupo es un terreno baldío, un simple erial para las teorías creativas. Yo no me encuentro en la misma posición que Browne Faber y los especialistas, porque dispongo de amplios conocimientos en lo que se refiere a las posibles funciones que desempeñan esos centros nerviosos en el esquema de las cosas. Con un simple toque puedo ponerlos en marcha. De verdad se lo digo: con solo un roce puedo liberar la corriente, completar la comunicación entre este mundo de sentidos y… Ya completaré esta frase más adelante. Sí, el bisturí es necesario, pero piense en las consecuencias: nos ayudará a levantar por completo el sólido muro de los sentidos y puede que, por primera vez desde la creación del hombre, un alma sea capaz de contemplar el mundo espiritual. Clarke, ¡Mary podrá ver al Dios Pan!

—¿Pero recuerda lo que me escribió? Pensé que sería necesario que ella…

Susurró unas palabras al oído del doctor.

—En absoluto, en absoluto. Puedo asegurarle que eso es absurdo. De hecho, es mejor así; estoy bastante seguro de eso.

—Piénselo bien, Raymond. Está asumiendo una gran responsabilidad. Si algo saliera mal, será un hombre desdichado durante el resto de sus días.

—No, no lo creo; ni siquiera si ocurriera lo peor. Como ya sabe, cuando Mary no era más que una niña y la rescaté del arroyo, estaba a punto de morir de inanición. Creo que su vida me pertenece y que puedo usarla como mejor me parezca. Venga, se está haciendo tarde; será mejor que entremos.

El doctor Raymond lo condujo hacia el interior de la casa. Cruzaron el vestíbulo y recorrieron un largo y sombrío pasillo. Cuando se detuvieron, Raymond sacó una llave de su bolsillo y, después de abrir una pesada puerta, invitó a Clarke a entrar en su laboratorio. La habitación, que antiguamente había sido una sala de billar, estaba iluminada por una triste luz grisácea que entraba por la cúpula de cristal que se abría en el centro del techo y caía justo sobre la figura del doctor. Raymond encendió una pesada lámpara con pantalla y la colocó sobre una mesa que se alzaba en el centro de la habitación.

Clarke miró a su alrededor. Las paredes estaban completamente cubiertas de estanterías que, a su vez, estaban repletas de botellas y frascos de todas las formas y colores imaginables. Raymond señaló el pequeño armario Chippendale del rincón, en el que guardaba sus libros.

—¿Ve aquel pergamino de Oswald Crollius? Fue uno de los primeros en mostrarme el camino, aunque creo que él mismo nunca fue capaz de encontrarlo. Solía decir un extraño refrán: «En cada grano de trigo se oculta el alma de una estrella».

En el laboratorio no había demasiados muebles: la mesa del centro, un bloque de piedra con desagüe en una esquina y las dos butacas en las que Raymond y Clarke estaban sentados; eso era todo, aparte de la extraña silla que había en el extremo más alejado de la sala. Clarke la observó levantando las cejas.

—Sí, esa es la silla —dijo Raymond—. Tenemos que colocarla en la posición correcta.

Se levantó para arrastrarla hacia la luz; a continuación, empezó a levantarla y bajarla, moviendo el asiento, poniendo el respaldo en diversos ángulos y ajustando el reposapiés. Parecía bastante cómoda. Mientras el doctor manipulaba las palancas, Clarke acarició el suave terciopelo verde del respaldo.

—Ya está, Clarke, póngase cómodo. Aún tengo un par de horas de trabajo por delante; me he visto obligado a dejar ciertos asuntos para el final.

Raymond se acercó al bloque de piedra y, a continuación, Clarke observó con tristeza cómo se inclinaba sobre una hilera de frascos y encendía una llama debajo del crisol. El doctor había colocado una pequeña lámpara de mano, también con pantalla, en la repisa que había sobre la máquina, y Clarke, que estaba sentado en la penumbra, recorrió con la mirada aquella sala enorme, fría y sombría, maravillado ante el contraste y los extraños efectos de la brillante luz y la indefinida oscuridad. Pronto fue consciente del olor, que al principio no había sido más que una simple insinuación. A medida que se fue intensificando, le pareció extraño que no fuera similar al de una farmacia o al de los quirófanos. Clarke intentó analizar aquella sensación y, en un estado semiconsciente, recordó aquel día de hacía quince años en que estuvo vagando por los bosques y los prados que había en los alrededores de su antiguo hogar. Era un día de principios de agosto tan caluroso que los contornos de todas las cosas y distancias se difuminaban bajo una mortecina niebla; aquellos que comprobaron la temperatura en un termómetro hablaron de un registro anormal, de una temperatura prácticamente tropical. Resultaba extraño que aquel maravilloso y ardiente día de los años cincuenta resurgiera en la imaginación de Clarke, que tuvo la impresión de que aquel sol brillante que todo lo impregnaba había logrado apagar las sombras y las luces del laboratorio. Mientras contemplaba el tenue brillo de la hierba y oía los miles de susurros del verano, sintió que unas cálidas ráfagas de aire le golpeaban en la cara.

—Espero que no le moleste este olor, Clarke. Aunque no resulta nocivo, le hará sentirse ligeramente adormecido.

Clarke oyó las palabras con bastante claridad y supo que Raymond estaba hablando con él, aunque le resultó imposible despertarse de su letargo. Solo era capaz de pensar en aquel solitario paseo que había dado hacía quince años. Aquella fue la última vez que contempló los campos y bosques por los que había caminado durante su infancia… pero ahora, como en una fotografía, estos volvían a mostrarse ante él bajo una luz brillante. Sentía el olor del verano en sus fosas nasales, entremezclado con el perfume de las flores y el aroma de los bosques y de los lugares frescos y sombríos de sus profundidades, que eran atraídos por el calor del sol; y también percibía el olor a tierra húmeda, como si estuviera tumbado en el suelo con los brazos extendidos y los labios sonrientes, totalmente triunfales. La imaginación le hizo recorrer de nuevo, tal y como había hecho hacía tanto tiempo, el pequeño sendero rodeado de hayas que atravesaba los campos y se internaba en el bosque. En su ensueño, el chorro del agua que caía por la roca de piedra caliza sonaba como una melodía clara. Sus pensamientos empezaron a desviarse y a entremezclarse con otros recuerdos: el paisaje de hayas se transformó en un sendero cubierto de árboles; por todas partes, las plantas enredaderas trepaban de una rama a otra, lanzando hacia las copas zarcillos ondeantes y curvándose bajo el peso de sus bayas púrpuras; las escasas hojas grises de un olivo silvestre se alzaban contra las oscuras sombras de los árboles. Clarke, en su profundo estado de sopor, advirtió que el sendero que había recorrido desde la casa de su padre le había conducido hasta un país desconocido. Se sentía maravillado ante la extrañeza de todo cuanto le rodeaba. De repente, en vez de los zumbidos y murmullos del verano, un infinito silencio recayó sobre todas las cosas. El bosque se serenó y, durante un instante, se encontró frente a frente con una presencia que no era ni hombre ni bestia, ni ser vivo ni muerto, sino todo ello entremezclado, que adoptaba la forma de todas las cosas pero carecía de toda forma. Y en aquel momento, el sacramento del cuerpo y el alma se disolvió, y una voz pareció gritar «déjennos ir», y entonces, todo se sumió en la oscuridad, la que hay más allá de las estrellas… La oscuridad de lo eterno.

Cuando Clarke se despertó sobresaltado, vio que Raymond estaba vertiendo las gotas de un fluido aceitoso en un frasco verde que tapó con firmeza.

—Ha estado dormitando —le dijo—. El viaje le ha debido de dejar agotado. Ahora ya está todo preparado. Voy a buscar a Mary; estaré de vuelta en diez minutos.

Clarke se apoyó en la silla, sorprendido. Sentía como si hubiera estado pasando de un sueño a otro, y casi había esperado ver cómo se derretían y desaparecían las paredes del laboratorio, para despertarse en Londres, temblando por sus propias fantasías inconscientes. Por fin se abrió la puerta y regresó el doctor. Le seguía una muchacha de unos diecisiete años, totalmente vestida de blanco y tan bella como le había dicho el doctor en sus cartas. El rostro, el cuello y los brazos de la muchacha empezaron a sonrojarse, aunque Raymond permaneció impasible.

—Mary —dijo—, aunque haya llegado el momento, sigues siendo libre para decidir. ¿Deseas confiar en mí por completo?

—Sí, querido.

—¿Ha oído eso, Clarke? Usted es mi testigo. Aquí está la silla, Mary. Es bastante sencillo; solo tienes que sentarte y apoyarte en el respaldo. ¿Estás preparada?

—Sí, querido, pero dame un beso antes de empezar.

El doctor la besó en la boca con bastante cariño.

—Ahora cierra los ojos —le dijo.

Mientras Raymond acercaba un frasco verde a sus fosas nasales, la muchacha cerró los párpados, como si estuviera cansada, y se preparó para dormir. Su rostro palideció, adoptando un tono más blanco que el de su vestido. Forcejeó un poco y, a continuación, cruzó los brazos alrededor del pecho como si fuera una niña pequeña a punto de decir sus oraciones. La brillante luz de la lámpara caía con fuerza sobre ella; Clarke pudo observar todos los cambios que se sucedían con rapidez en su rostro, como los que tienen lugar en las colinas cuando las nubes estivales pasan delante del sol. Cuando se quedó totalmente pálida e inmóvil, el doctor le levantó uno de los párpados. Estaba inconsciente. Raymond apretó con fuerza una de las palancas para que la silla se echara hacia atrás. Después de acercar un poco más la lámpara, le afeitó parte del cabello a modo de coronilla. A continuación, cogió un instrumento brillante de un pequeño maletín y Clarke tuvo que darse media vuelta, temblando. Cuando volvió a contemplar la escena, el doctor ya estaba vendando la herida.

—Se despertará en cinco minutos. —Raymond seguía tranquilo—. Ahora ya está hecho; solo tenemos que esperar.

Los minutos pasaron lentamente. Podían oír el tictac lento y pesado del viejo reloj del pasillo. Clarke se sentía indispuesto y agotado; le temblaban las rodillas y apenas podía mantenerse en pie.

De repente, oyeron un largo y macilento suspiro. El color que se había desvanecido regresó a las mejillas de la muchacha que, de pronto, abrió los ojos. Clarke se desanimó al contemplarlos: emitían una luz terrible y miraban al infinito. Entonces, la muchacha extendió los brazos como si quisiera tocar algo invisible, y en su rostro se dibujó una expresión de asombro que, instantes después, se disipó para convertirse en el más espeluznante de los terrores. Los músculos de su rostro se convulsionaron con fuerza y todo su cuerpo se sacudió de la cabeza a los pies. Parecía que su alma estaba forcejeando y temblando dentro de su coraza de carne. Era un espectáculo horrible… Clarke se alejó a toda prisa cuando la muchacha cayó al suelo dando gritos.

Tres días después, Raymond llevó a Clarke junto al lecho de Mary. Aunque estaba despierta, giraba la cabeza de un lado a otro sin cesar y tenía la mirada perdida.

—Sí —dijo el doctor, que continuaba impasible—. Es una verdadera lástima. Ha quedado idiota para siempre; sin embargo, no podemos hacer nada por ella porque, al fin y al cabo, ha visto al Gran Dios Pan.

2. Las memorias de Clarke

El señor Clarke, el caballero al que había elegido el doctor Raymond para que presenciara el extraño experimento del Dios Pan, era una persona en cuyo carácter se entremezclaban, de forma extraña, la precaución y la curiosidad. En sus momentos sobrios pensaba en lo inusual y lo excéntrico con un odio no disimulado, aunque en lo más profundo de su corazón sentía una gran curiosidad por todos los elementos recónditos y esotéricos de la naturaleza del hombre. Fue esta última tendencia la que había imperado cuando aceptó la invitación del doctor Raymond, pues aunque su sentido común siempre había rechazado sus teorías, considerándolas el más descabellado de los absurdos, abrigaba cierta fe secreta por la fantasía y le hubiera encantado que se confirmara esa creencia. En cierta medida, los horrores que presenció en el frío y sombrío laboratorio fueron beneficiosos: era consciente de que se había implicado en un asunto que no era del todo honrado y, durante los años posteriores, se aferró con fuerza a la lógica y rechazó todas las propuestas de investigación sobrenatural. Siguiendo algún principio homeopático, decidió asistir durante cierto tiempo a las sesiones de espiritismo de médiums prestigiosos, con la esperanza de que las torpes trampas de esos caballeros le hicieran sentirse hastiado de todo tipo de misticismos; sin embargo, este cáustico remedio no fue eficaz. Clarke sabía que continuaba sintiendo una gran atracción por lo desconocido y, a medida que el tembloroso rostro de Mary, convulsionado ante un horror inescrutable, se iba desvaneciendo gradualmente de sus recuerdos, su vieja pasión empezó a reafirmarse. Como se pasaba el día entero ocupado en asuntos serios y lucrativos, le resultaba demasiado tentadora la idea de relajarse por las tardes, sobre todo en los meses de invierno, cuando el fuego emitía un cálido resplandor en su cómodo apartamento de soltero y una buena botella de vino clarete esperaba sobre su mesa. Tras ingerir la cena, fingía leer unos instantes el periódico vespertino, pero el repertorio de noticias pronto le aburría y, entonces, descubría que sus ojos estaban lanzando miradas de cálido deseo a su escritorio japonés, situado a una agradable distancia de la chimenea. Como un niño delante del armario de la mermelada, vacilaba durante unos minutos, pero el deseo siempre acababa imponiéndose y Clarke se levantaba de la silla, encendía una vela y se sentaba delante del escritorio. Sus casilleros y cajones estaban repletos de documentos que trababan sobre los temas más mórbidos; sobre su superficie descansaba un gran volumen manuscrito, en el que había introducido dolorosamente las gemas de su colección. Clarke sentía un sutil desprecio por la literatura editada; incluso la más fantasmagórica de las historias le dejaba de interesar en el instante preciso en que era publicada. Su único placer consistía en leer, recopilar y reconfigurar lo que él denominaba sus «Memorias para demostrar la existencia del Mal», y centrado en esta búsqueda, la tarde se le pasaba volando y la noche llegaba demasiado rápido.

Un anochecer concreto, una desapacible noche de diciembre, cubierta de hielo y más oscura de lo habitual debido a la niebla, Clarke cenó a toda prisa y ni siquiera se molestó en cumplir con su acostumbrado ritual de coger el periódico y volver a dejarlo sobre la mesa. Paseó dos o tres veces por la sala, hasta que abrió el escritorio y, tras vacilar unos instantes, se sentó. Se recostó en la silla, absorto en uno de aquellos sueños en los que él era el protagonista, y extendiendo el brazo, cogió el libro y lo abrió por la última entrada. Eran tres o cuatro páginas escritas con su redondeada caligrafía. Encima de todo, a modo de título, Clarke había escrito en un tipo de letra un poco más grande:

Historia singular relatada por mi amigo el doctor Phillips, que asegura que todos los hechos que aquí se detallan son estricta y absolutamente Ciertos, aunque se niega a dar a conocer los Nombres de las Personas implicadas, ni el del Lugar en el que tuvieron lugar estos Extraordinarios Acontecimientos.

El señor Clarke releyó lo escrito por enésima vez, mirando de vez en cuando las notas a lápiz que había tomado mientras su amigo le relataba la historia. Se enorgullecía de poseer cierto talento literario; antes de ponerse a escribir, reflexionaba bien sobre el estilo y se esforzaba en ordenar los hechos siguiendo un orden cronológico. La historia que leyó fue la siguiente:

Las personas implicadas en este relato son Helen V. que, si en estos momentos sigue con vida, es una mujer de treinta y tres años; Rachel M., fallecida en el momento de los hechos y un año más joven que la anterior; y Trevor W., un muchacho estúpido que ahora tiene dieciocho años. Durante el período en el que se desarrolló la presente historia, estas personas vivían en un pueblo situado en la frontera de Gales, un lugar que tuvo cierta importancia en la época de la ocupación romana, aunque ahora no es más que una aldea dispersa en la que apenas conviven quinientas almas. El pueblo se encuentra en un terreno elevado, a unos diez kilómetros del mar, y está resguardado por un gran bosque pintoresco.

Hace unos once años, Helen V. llegó al pueblo en unas circunstancias bastante extrañas. Se sabe que, siendo una niña huérfana, fue adoptada en su infancia por un pariente lejano que la crió en su casa hasta que cumplió los doce años. Pensando que sería mejor que la niña tuviera amigos de su edad, su tutor publicó un anuncio en diversos periódicos solicitando un buen hogar, en una acogedora granja, para una niña de doce años. Este anuncio fue respondido por el señor R., un acaudalado granjero del pueblo mencionado con anterioridad. Como sus referencias le parecieron satisfactorias, el caballero envió a su hija adoptiva al hogar del señor R., con una carta en la que estipulaba que la muchacha debía disponer de una habitación propia e indicaba que los nuevos tutores no tendrían ningún problema en lo referente a su educación, pues la muchacha ya había adquirido los conocimientos necesarios para la posición que iba a ocupar en la vida. De hecho, aquella carta parecía decirle al señor R. que debía permitir que la muchacha buscara sus propias ocupaciones y dispusiera de su tiempo libre como quisiera. El señor R. fue a recogerla a la estación más cercana, situada en un pueblo que se encontraba a unos once kilómetros de su casa, y no pareció advertir nada extraordinario en la muchacha, excepto que se mostraba reticente a hablar de su antigua vida y de su padre adoptivo. Además, su constitución era muy diferente a la del resto de los habitantes del pueblo: tenía unos rasgos muy marcados, un carácter ligeramente extraño y la tez pálida, de color aceituna claro. Al parecer, se adaptó con relativa facilidad a la vida de la granja y se convirtió en la favorita de los niños, que en ocasiones la acompañaban a pasear por el bosque, pues esta era su distracción preferida. El señor R. afirma que cuando se enteró de que la muchacha iba sola al bosque después de desayunar y no regresaba hasta el anochecer, le preocupó que pasara tantas horas sola entre la vegetación, así que se puso en contacto con su padre adoptivo, quien le contestó, en una breve nota, que Helen podía hacer lo que quisiera. En invierno, cuando los senderos del bosque eran intransitables, la muchacha pasaba la mayor parte del día en su habitación que, tal y como había ordenado su pariente, no compartía con nadie. Fue durante una de aquellas expediciones al bosque cuando tuvo lugar el primero de los extraños incidentes con los que se relaciona a esta muchacha. Sucedió aproximadamente un año después de su llegada al pueblo. El invierno anterior había sido extremadamente severo: la nieve que había caído alcanzó una altura muy elevada y las heladas se sucedieron durante un período sin precedentes; en cambio, el verano destacó por su extremo calor. Durante uno de los días más calurosos de aquel verano, Helen V. abandonó la granja para dar uno de sus largos paseos por el bosque, llevando consigo, como siempre, algo de pan y carne para comer. Algunos de los hombres que trabajaban en los campos la vieron dirigirse hacia el viejo Camino Romano, una calzada repleta de maleza que atraviesa la parte más alta del bosque, y se quedaron asombrados al ver que la muchacha se había quitado el sombrero, a pesar de que el calor del sol era casi tropical. Según cuentan, un jornalero llamado Joseph W. estaba trabajando en el bosque, cerca del Camino Romano. A las doce del mediodía, su hijo pequeño, Trevor, le llevó pan y queso para almorzar. Después de comer, el niño, que en aquella época tenía unos siete años, dejó que su padre siguiera trabajando y, tal y como explicó, fue a buscar flores por el bosque; como el hombre podía oírle gritar alborozado ante sus descubrimientos, no se preocupó. Sin embargo, instantes después, sintió que se le helaba la sangre al oír el más espeluznante de los gritos, obviamente, consecuencia de un gran terror, que procedía de la misma dirección por la que se había alejado su hijo. Tiró al suelo sus herramientas y, sin perder ni un instante, fue a ver qué le había sucedido al pequeño. Guiándose por el sonido de los gritos, lo encontró corriendo a toda prisa y terriblemente asustado. Tras interrogarle diversas veces, su padre consiguió saber que, después de reunir un ramillete de flores, el niño estaba tan cansado, que se tumbó sobre la hierba y se quedó dormido. Según explicó, se despertó al oír un extraño sonido, una especie de canturreo; entonces miró entre las ramas y vio que Helen V. estaba jugando entre las hierbas con un «extraño hombre desnudo», a quien pareció incapaz de describir con más detalle. Dijo que se sintió terriblemente asustado, y sin parar de llorar, fue corriendo a buscar a su padre. Joseph W. se acercó al lugar que le había indicado su hijo y encontró a Helen V. sentada en la hierba en medio de un claro o un espacio despejado que habían dejado los quemadores de carbón. Airado, la culpó de haber asustado a su pequeño, pero ella negó con vehemencia sus acusaciones y se rió de la historia del niño sobre un «extraño hombre», a la que él tampoco había dado demasiada credibilidad. Joseph W. llegó a la conclusión de que el pequeño se había despertado asustado, algo habitual en los niños; sin embargo, Trevor insistió tanto en que su historia era cierta y seguía tan asustado que su padre decidió llevarlo a casa, con la esperanza de que su madre fuera capaz de tranquilizarlo. Sin embargo, durante diversas semanas, los padres estuvieron muy preocupados porque el niño se hizo asustadizo y cambió de forma de ser: se negaba a salir de casa y alarmaba constantemente a su familia, pues se despertaba todas las noches gritando: «¡El hombre del bosque! ¡Papá! ¡Papá!».

Con el paso del tiempo, pareció olvidarse de aquel asunto y, unos tres meses más tarde, acompañó a su padre a la casa de un caballero del vecindario, para quien Joseph W. realizaba trabajos ocasionales. Ambos hombres pasaron al despacho mientras el pequeño esperaba a su padre en el vestíbulo. Minutos más tarde, mientras el caballero estaba dando instrucciones a W., se oyó un grito perforador y el sonido de una caída y, cuando los dos hombres salieron corriendo y aterrados del despacho, encontraron al niño desvanecido en el suelo, con el rostro desfigurado de terror. Llamaron inmediatamente al doctor quien, después de reconocerle, anunció que el pequeño había sufrido alguna especie de ataque, al parecer, debido a un enorme susto. El niño fue llevado a una de las habitaciones y recuperó la conciencia al cabo de un rato, pero solo para pasar a un estado que el médico describió como de histeria violenta. El doctor le administró un fuerte sedante y, dos horas más tarde, dijo que ya estaba en condiciones de poder regresar a casa, pero cuando cruzaron el vestíbulo, el ataque de miedo regresó con una violencia adicional. El padre se dio cuenta de que el niño señalaba un objeto y volvió a oír aquel viejo grito: «¡El hombre del bosque!». Al mirar en la dirección que le indicaba su hijo, vio un busto de piedra de aspecto grotesco que se alzaba en la pared sobre una de las puertas. Al parecer, el propietario de la casa había hecho algunas reformas y, al excavar los cimientos, los trabajadores habían encontrado aquel curioso busto, probablemente de la época romana, y lo habían colocado en el vestíbulo de la forma descrita. Según los arqueólogos más experimentados del distrito, aquella cabeza representaba a un fauno o un sátiro (el doctor Phillips me dijo que había visto la cabeza en cuestión, y me aseguró que nunca había percibido una presencia tan vívida e intensa del mal).

Por alguna razón, este segundo ataque resultó ser demasiado severo para el pequeño Trevor, que en la actualidad padece debilidad de intelecto sin demasiadas esperanzas de recuperación. Este asunto causó gran sensación en la época y Helen fue interrogada por el señor R., pero la muchacha continuó negando con vehemencia haber asustado o molestado a Trevor de forma alguna.

El segundo acontecimiento con el que se asocia el nombre de esta muchacha tuvo lugar hace aproximadamente seis años, y fue aún más extraordinario.

A principios del verano de 1882, Helen entabló una amistad peculiarmente íntima con Rachel M., la hija de un próspero granjero de los alrededores. Muchos consideraban que esta muchacha, un año menor que Helen, era la más guapa de las dos, aunque los rasgos de Helen se habían suavizado mucho con el paso de los años. Ambas jóvenes, que estaban juntas siempre que podían, presentaban un extraño contraste, pues una tenía la piel clara y aceitunada, y un aspecto casi italiano, y la otra tenía la tez blanca y sonrojada característica de nuestros distritos rurales. Se debe indicar que los pagos que recibía el señor R. para la manutención de Helen eran famosos en el pueblo por su excesiva generosidad, y existía la idea generalizada de que, algún día, la muchacha heredaría una gran suma de dinero de su pariente. Por este motivo, los padres de Rachel no tenían nada en contra de la amistad que había nacido entre ambas, e incluso animaban a su hija a pasar más tiempo con ella, circunstancia que ahora lamentan amargamente. Helen conservaba su extraordinario amor por el bosque y Rachel la acompañaba con frecuencia. Ambas amigas se ponían en marcha temprano y permanecían en el bosque hasta el anochecer. En un par de ocasiones, después de dichas excursiones, el señor M. tuvo la impresión de que su hija se comportaba de forma extraña: parecía lánguida y distraída, y según dijo, «diferente de como solía ser»; de todas formas, aquellos cambios eran demasiado insignificantes como para prestarles una mayor atención. Una tarde, después de que Rachel hubiera llegado a casa, su madre oyó un sonido en su habitación que parecía un sollozo reprimido; cuando abrió la puerta, la encontró tumbada sobre la cama, medio desvestida y sumamente afligida. En cuanto vio a su madre, la muchacha gritó: «¡Oh, mamá, mamá! ¿Por qué me permites ir al bosque con Helen?». La señora M. se quedó atónita al oír aquella extraña pregunta y empezó a indagar. Entonces, Rachel le contó una extravagante historia. Le explicó que…

Clarke cerró el libro de golpe y giró la silla hacia el fuego. La tarde en que su amigo se sentó en aquella misma silla para explicarle la historia, Clarke, aterrado, había interrumpido su relato en un punto ligeramente posterior a este.

—¡Dios mío! —había exclamado—. ¡Piense, piense en lo que está diciendo! Es demasiado increíble, demasiado monstruoso. Esas cosas no pueden suceder en este apacible mundo, donde los hombres y las mujeres viven y mueren, luchan y ganan, o quizá fracasan, y se vienen abajo con pesar, y se lamentan y sufren extrañas fortunas durante largo tiempo. Pero no, Phillips, no puede suceder ese tipo de cosas. Tiene que haber alguna explicación, alguna forma de alejarse del terror. Porque si no, señor, si fuera posible que ocurriera algo así, nuestra tierra sería una pesadilla.

Phillips le explicó la historia hasta el final, concluyéndola con las siguientes palabras:

—Hoy en día, su huida continúa siendo un misterio. Se desvaneció bajo la luz del sol. La vieron caminando por un prado y, segundos después, ya no estaba.

Sentado junto al fuego, Clarke intentó concebir de nuevo todo aquello, y su mente volvió a estremecerse y a cerrarse, horrorizada ante la visión de aquellos terribles y abominables elementos que coronaban, triunfantes, la carne humana. Ante él se extendió el paisaje de la frondosa calzada del bosque que le había descrito su amigo: las hojas se mecían y había trémulas sombras sobre la hierba; vio la luz del sol y las flores, y a lo lejos, a gran distancia, pudo ver dos figuras que avanzaban hacia él. Una era Rachel, ¿pero quién era la otra?

Aunque Clarke había intentado con todas sus fuerzas no creerse aquella historia, había añadido la siguiente inscripción al final del relato:

ET DIABOLUS INCARNATUS EST.

ET HOMO FACTUS EST.1

3. Ciudad de resurrecciones

—¡Herbert! ¡Dios mío! ¿Es eso posible?

—Sí, me llamo Herbert. Creo que me suena su cara, pero no recuerdo su nombre. No tengo buena memoria.

—¿Acaso no se acuerda de Villiers de Wadham?

—Eso es, eso es. Le ruego que me disculpe, Villiers; no sabía que le estuviese mendigando a un antiguo compañero de universidad. Buenas noches.

—Mi querido amigo, no es necesario que se vaya. Mi casa está cerca de aquí, pero no me apetece regresar todavía. ¿Le gustaría dar un paseo por la Avenida Shaftesbury? ¡Por el amor de Dios, Herbert! ¿Cómo ha llegado a esta situación?

—Es una larga historia, Villiers… Y muy extraña. Pero puedo contársela, si realmente le interesa.

—Adelante entonces. Apóyese en mi brazo. No parece tener demasiadas fuerzas.

La extraña pareja avanzó lentamente por Rupert Street, uno vestido con sucios harapos y el otro ataviado con el uniforme reglamentario de un hombre de ciudad acicalado, lustroso y acomodado. Villiers había salido del restaurante tras una excelente cena de diversos platos que había regado con una aduladora botella de Chianti. Debido a aquel estado de ánimo que parecía casi crónico en él, se había detenido junto a la puerta para observar la calle, débilmente iluminada, en busca de aquellas personas e incidentes misteriosos que pululan a todas horas y por todos los barrios de Londres. Villiers se enorgullecía de ser un experimentado explorador de los laberintos y desvíos de la vida londinense y, en esta búsqueda infructuosa, demostraba una diligencia digna de un trabajo más serio. Se había detenido junto al poste de una farola para observar a los transeúntes con ostensible curiosidad. Con aquella seriedad que solo conocen los comensales sistemáticos, estaba enunciando mentalmente la frase: «Londres ha sido llamada la ciudad de los encuentros; pero es algo más que eso, es la ciudad de las resurrecciones», cuando sus reflexiones se vieron interrumpidas por un lastimero gemido y una deplorable súplica de caridad. Volvió la cabeza con cierta irritación y, de pronto, se encontró con la prueba viviente de sus fantasías. Junto a él, con el rostro alterado y desfigurado por la pobreza y la desgracia, y el cuerpo cubierto por mugrientos harapos, se encontraba su viejo amigo Charles Herbert, el hombre que se había matriculado en la universidad el mismo día que él, el compañero con el que había compartido conocimientos y diversión durante doce trimestres. Sus diferentes ocupaciones e intereses habían interrumpido aquella amistad, y habían transcurrido seis años desde la última vez que se habían visto. Ahora, mientras observaba a su viejo amigo con pena y consternación (y cierta curiosidad entremezclada), se preguntó qué triste cadena de acontecimientos le habrían arrastrado hasta aquella dolorosa situación. Sin embargo, además de compasión, Villiers sintió el placer de cualquier aficionado a los misterios, y se felicitó a sí mismo por haberse detenido a especular en el exterior del restaurante.

Pasearon en silencio durante un rato. Cuando Villiers se dio cuenta de que varios transeúntes observaban con curiosidad el insólito espectáculo que ofrecía aquel hombre elegante que paseaba cogido del brazo de un mendigo, se dirigió a una oscura calle del Soho. Allí, repitió su pregunta.

—¿Cómo diablos ha llegado a esta situación, Herbert? Siempre creí que acabaría ocupando un cargo excelente en Dorsethire. ¿Acaso su padre lo ha desheredado? ¿Seguro que no?

—No, Villiers; heredé toda la propiedad cuando murió, un año después de que abandonara Oxford. Fue un buen padre y lamenté mucho su muerte. Pero ya sabe cómo son los jóvenes… Unos meses después, vine a la ciudad y me introduje bastante en la sociedad. Como tenía unas referencias excelentes, conseguí pasármelo muy bien de una forma inofensiva. La verdad es que jugué un poco, pero nunca con cantidades demasiado elevadas, y las pocas veces que aposté en las carreras conseguí ganar dinero… Solo algunas libras, ¿sabe?, pero lo suficiente para poder comprarme puros y otros pequeños placeres. Las cosas empezaron a cambiar al año siguiente. Supongo que habrá oído hablar de mi boda.

—No, nunca oí hablar de ella.

—Pues sí, Villiers, me casé. Conocí a una muchacha, una muchacha de maravillosa y extraña belleza, en casa de unos amigos. No puedo decirle su edad, pues nunca la supe, aunque imagino que tenía unos diecinueve años cuando la conocí. Mis amigos la habían conocido en Florencia, donde les había explicado que era huérfana, hija de padre inglés y madre italiana…, y les cautivó, igual que a mí. La primera vez que vi a Helen fue en una fiesta. Entre el zumbido y el murmullo de las conversaciones alcancé a oír una voz que hizo que mi corazón se estremeciera. Estaba cantando una canción italiana. Aquella misma noche me la presentaron y, tres meses después, me casé con ella. Villiers, aquella mujer, si es que puedo llamarla «mujer», corrompió mi alma. Me pasé la noche de bodas en la habitación del hotel, escuchándola hablar. Estaba sentada en la cama, y yo no podía hacer más que escuchar aquella hermosa voz, que me hablaba de cosas que ni siquiera ahora me atrevería a susurrar en la noche más oscura, aunque estuviera en medio del bosque. Villiers, puede que usted crea conocer la vida, y Londres, y todo lo que sucede noche y día en esta terrible ciudad; lo único que puedo decirle es que, aunque haya oído hablar a las personas más perversas, estoy seguro de que no es capaz de imaginar todas las cosas que sé, ni siquiera en sus sueños más fantásticos y horribles podría imaginar algo que se pareciera, remotamente, a las cosas que yo he oído… y visto. Sí, las he visto. He visto cosas increíbles, horrores tan grandes que en ocasiones tengo que detenerme en medio de la calle y preguntarme a mí mismo si es posible que un hombre que haya soportado tales cosas puede seguir viviendo. Villiers, en menos de un año era un hombre arruinado en cuerpo y alma… En cuerpo y alma.

—¿Qué pasó con sus propiedades, Herbert? Tenía tierras en Dorset.

—Lo vendí todo; los campos y los bosques, mi querida y vieja casa… Todo.

—¿Y el dinero?

—Ella me lo quitó todo.

—¿Y después le abandonó?

—Sí. Desapareció una noche. No sé adónde fue, pero estoy seguro de que mi corazón no soportaría volver a verla. El resto de mi historia no tiene ningún interés; no es más que una sórdida miseria. Villiers, puede que piense que he exagerado para causar un mayor efecto; sin embargo, quiero que sepa que no le he contado ni la mitad. Podría explicarle ciertas cosas que le convencerían, pero nunca más volvería a ser feliz. Durante el resto de su vida sería un hombre obsesionado, un hombre que ha visto el Infierno… Como me sucedió a mí.

Villiers llevó al mísero hombre a su casa y le invitó a cenar. Herbert no pudo comer demasiado y apenas tocó el vaso de vino que tenía delante. Se sentó taciturno y en silencio junto al fuego, y pareció aliviado cuando Villiers se despidió de él, tendiéndole una pequeña cantidad de dinero.

—Por cierto, Herbert —dijo Villiers cuando se separaron en la puerta—. ¿Cómo ha dicho que se llamaba su mujer? ¿Helen, verdad? ¿Helen qué?

—El nombre que tenía cuando la conocí era Helen Vaughan, pero no sabría decirle si ese era su verdadero nombre. La verdad es que no creo que tuviera ninguno. No, no me refiero a eso. Solo los seres humanos tenemos nombres, Villiers; no puedo decirle nada más. Adiós. Sí, no me olvidaré de llamar si descubro alguna forma en que pueda ayudarme. Buenas noches.

El hombre se sumergió en la amarga noche y Villiers regresó junto al fuego. Había algo en Herbert que le consternaba enormemente; no eran sus harapos ni las marcas que la pobreza había grabado en su rostro, sino, más bien, un terror indefinido que se cernía sobre él como la niebla. Había reconocido que no estaba falto de culpa y había admitido que la mujer le había corrompido el alma y la mente. Villiers sentía que aquel hombre se había convertido en el protagonista de un espectáculo maligno que estaba más allá del poder de las palabras. No necesitaba ratificar su historia: él mismo era una prueba viviente de ella. Villiers reflexionó con curiosidad sobre el relato que acababa de escuchar y se preguntó si le había explicado tanto el principio como su final. No, pensó, seguro que no conozco el final; lo más probable es que solo me haya contado el principio. Este caso debe de ser como las cajas chinas: vas abriendo una detrás de otra y encuentras una curiosa artesanía, cada vez más extraordinaria, en su interior. Probablemente, el pobre Herbert no es más que una de las cajas exteriores; dentro de esta hay otras más extrañas.

Villiers no podía apartar de su mente a Herbert ni su historia, que pareció ir ganando peso a medida que avanzaba la noche. El fuego empezó a arder con menor intensidad y el gélido aire de la madrugada avanzó a rastras por la habitación; Villiers se levantó y, mirando sobre sus hombros, se fue a la cama temblando.

Algunos días después, se encontró en el club con un caballero llamado Austin, un profundo conocedor de la vida londinense, tanto en sus fases más luminosas como en las más tenebrosas. Villiers, que aún no había podido dejar de pensar en el encuentro del Soho y sus consecuencias, pensaba que Austin podría arrojar un rayo de luz sobre la historia de Herbert; por esta razón, tras conversar un rato con él le planteó la siguiente pregunta:

—¿Por casualidad sabe algo de un hombre llamado Herbert… Charles Herbert?

Austin se giró al instante y miró a Villiers a los ojos, con cierto asombro.

—¿Charles Herbert? ¿Acaso no vivía usted en esta ciudad hace tres años? ¿No? ¿Entonces nunca ha oído hablar del caso de Paul Street? Causó gran sensación.

—¿De qué caso se trata?

—Bueno, encontraron el cadáver de un caballero, un hombre de excelente posición, en los terrenos de cierta casa de Paul Street, cerca de Tottenham Court Road. Por supuesto, no fue la policía quien encontró su cadáver. Si usted se queda despierto toda la noche y hay luz en su ventana, es probable que el alguacil llame a su puerta, pero si usted muere en la propiedad de alguien, se quedará allí solo. En este caso, al igual que en muchos otros, fue un vagabundo quien dio la alarma. No, no me estoy refiriendo a un mendigo común ni a ningún borracho, sino a un caballero cuyos negocios o placeres (o ambas cosas) le convirtieron en un espectador de las calles de Londres a las cinco de la mañana. Según contó dicho individuo, estaba «yendo a casa», aunque no concretó de dónde venía ni adonde iba, y pasó por Paul Street entre las cuatro y las cinco de la madrugada. Aunque resulte bastante absurdo, explicó que se había quedado contemplando la casa porque tenía la fisonomía más desagradable que había visto en su vida; a continuación, al echar un vistazo a la propiedad, se quedó asombrado al ver un hombre entre las piedras, con todas las extremidades retorcidas y el rostro mirando hacia el cielo. Nuestro caballero tuvo la impresión de que estaba demasiado pálido, así que decidió ir en busca del policía más cercano. Al principio, el alguacil se vio inclinado a tratar aquel asunto a la ligera, sospechando que el caballero estaba borracho; de todas formas, se acercó hasta el lugar y, tras observar el rostro de aquel hombre, cambió de actitud. Envió al madrugador, al que Dios había ayudado, en busca de un médico. Mientras tanto, el agente timbró y llamó a la puerta hasta que la abrió una desgreñada muchacha del servicio, que parecía estar bastante más que medio dormida. El alguacil le indicó el cuerpo que yacía en la propiedad y la muchacha gritó con tanta fuerza que despertó a toda la calle. Sin embargo, afirmó no saber nada de aquel hombre ni haberlo visto nunca en la casa. Instantes después regresó el caballero que había descubierto el cadáver, acompañado de un médico. Como para poder examinar a aquel hombre tenían que entrar en la propiedad, la muchacha les abrió el portal y el cuarteto al completo se dirigió hacia el bulto. El doctor, que apenas necesitó un segundo de reconocimiento, afirmó que aquel pobre hombre llevaba varias horas muerto. En aquel instante, el caso empezó a ponerse interesante. Al fallecido no le habían robado nada y en uno de sus bolsillos había unos papeles que le identificaban como… Bueno, como a un hombre de buena familia, un privilegiado de la sociedad que no tenía ningún enemigo conocido. No le digo su nombre, Villiers, porque no tiene nada que ver con la historia y porque no está bien desenterrar estos asuntos sobre los muertos cuando no hay parientes vivos. El siguiente punto curioso es que los médicos no pudieron ponerse de acuerdo en lo referente a la causa de la muerte. Presentaba unas ligeras contusiones en los hombros, pero eran tan leves que parecía que había sido empujado por la puerta de la cocina, no que hubiese sido arrojado sobre las vallas de la calle y llevado a rastras hasta el lugar en el que yacía. No había ninguna otra marca de violencia en él, al menos, ninguna que pudiera haberle provocado la muerte. La autopsia reveló que no había restos de ningún tipo de veneno. Por supuesto, la policía quiso investigar a las personas que vivían en el número 20 y, de nuevo, según he sabido por fuentes privadas, aparecieron un par de puntos muy curiosos. Parece ser que los ocupantes de la casa eran el señor Charles Herbert y señora. Según se decía, él era terrateniente, hecho que sorprendió a la mayor parte de la gente, pues Paul Street no es exactamente el lugar en el que buscarías a la aristocracia rural. En cuanto a la señora Herbert, nadie parecía saber quién o qué era y, entre usted y yo, creo que los investigadores que se ocuparon de indagar en su historia se encontraron buceando en aguas muy extrañas. Ambos negaron saber nada sobre el difunto y, a falta de pruebas contra ellos, quedaron en libertad. De todas formas, se descubrieron cosas muy extrañas sobre ellos. Aunque cuando levantaron el cadáver eran las cinco o las seis de la mañana, varios vecinos se habían congregado alrededor de la casa para saber qué había sucedido. Todos ellos hicieron comentarios de todo tipo, y de estos se desprendió que el número 20 de Paul Street no gozaba de demasiada popularidad. Los detectives intentaron rastrear aquellos rumores para encontrar pruebas sólidas sobre los hechos, pero fueron incapaces de descubrir nada. Los vecinos sacudían la cabeza, arqueaban las cejas y decían que los Herbert eran bastante «excéntricos», «que apenas se les veía entrar en casa» y otros comentarios similares, pero no les proporcionaron ninguna información sustancial. Las autoridades estaban seguras de que aquel hombre había encontrado la muerte, de una u otra forma, en el interior de la casa y, posteriormente, había sido lanzado por la puerta de la cocina; sin embargo, fueron incapaces de demostrarlo y la ausencia de señales de violencia o de veneno les dejó con las manos atadas. Un caso extraño, ¿verdad? Pero aún hay algo más que todavía no le he explicado y que resulta bastante curioso. Por casualidad, conozco a uno de los doctores que reconoció el cadáver. Poco tiempo después de que sucediera todo esto, me encontré con él y le pregunté sobre el tema.

—«¿Realmente está intentando decirme que se siente desconcertado ante este caso, que realmente no sabe cómo murió aquel hombre?»

—«Discúlpeme —respondió él—. Sé perfectamente qué fue lo que le causó la muerte. B… murió de miedo, del terror más absoluto y espantoso. En toda mi vida profesional jamás había visto unos rasgos tan espeluznantemente deformados, y puedo asegurarle que he visto el rostro de todo tipo de muertos».

Sabiendo que el doctor era un hombre bastante tranquilo, la vehemencia de su gesto me sorprendió; sin embargo, fui incapaz de extraerle más información. Supongo que a la policía le resultó imposible inculpar a los Herbert por haber asustado a aquel caballero hasta causarle la muerte; en cualquier caso, no se hizo nada y el caso cayó en el olvido. ¿Por casualidad ha sabido algo de Herbert?

—Bueno —respondió Villiers—. Es un viejo amigo de la universidad.

—¿En serio? ¿Conoció a su mujer?

—No. Perdí su pista hace muchos años.

—Resulta extraño, ¿verdad? Despedirse de un hombre en la puerta de la universidad o Paddington, no saber nada de él en varios años y finalmente enterarse de que ha sido el protagonista de algo tan insólito. Me hubiera gustado conocer a la señora Herbert. Todos los que la vieron contaron cosas extraordinarias sobre ella.

—¿Qué tipo de cosas?

—La verdad es que apenas sé qué decirle. Todos los que la vieron en comisaría dijeron que era la mujer más bella y, al mismo tiempo, la más repulsiva que habían visto en su vida. Hablé con un hombre que la había visto y puedo jurarle que se estremeció mientras intentaba describírmela, aunque no supo explicarme la razón. Parece ser que era una especie de enigma. Estoy seguro de que si el fallecido hubiese podido contarnos alguna historia, esta habría sido muy extraña. Y ahí va otro misterio: ¿qué habría ido a hacer un respetable caballero rural como el señor Blanco (le llamaremos así, si no le importa) a una casa tan extraña como la número 20? Se trata de un caso muy misterioso, ¿verdad?

—Lo es, Austin; un caso extraordinario. Cuando le pregunté por mi viejo amigo, ni por un momento imaginé que iba a encontrarme con algo así. Bueno, debo irme. Buenos días.

Villiers se alejó, pensando en las cajas chinas. De hecho, era cierto que cada una encerraba en su interior otra mucho más elaborada.

4. El descubrimiento en Paul Street

Unos meses después de la reunión que tuvo Villiers con Herbert, el señor Clarke se sentó, después de cenar, enfrente de la chimenea, reprimiendo con firmeza sus deseos de acercarse al escritorio. Durante más de una semana había conseguido mantenerse alejado de las «Memorias», y abrigaba la esperanza de haberse reformado por completo. Sin embargo, a pesar de todos sus esfuerzos, no era capaz de apaciguar el asombro y la extraña curiosidad que había despertado en su ser el último caso que había anotado en el libro. Había expuesto aquel caso (o más bien, un bosquejo de este) a un amigo científico, que se había limitado a sacudir la cabeza, pensando que Clarke se estaba volviendo un poco excéntrico. Esta era la razón por la que, aquella noche, Clarke intentaba con todas sus fuerzas racionalizar la historia. Un repentino golpe en la puerta le obligó a dejar a un lado sus reflexiones.

—El señor Villiers ha venido a verle, señor.

—¡Dios mío! Villiers, es muy amable por su parte que haya venido a visitarme. Hacía meses que no nos veíamos; creo que casi ha pasado un año. Pase, pase. ¿Qué tal está, Villiers? ¿Quiere que le dé algún consejo sobre inversiones?

—No, gracias. Creo que todas las que he hecho son bastante seguras. No, Clarke, realmente he venido a pedirle consejo sobre un asunto bastante curioso que he descubierto hace poco. Me temo que cuando le cuente el relato, le parecerá absurdo. En ocasiones, yo mismo lo creo, y esa es la razón por la que he decidido venir a verle, pues sé que usted es un hombre práctico.

Por supuesto, el señor Villiers desconocía la existencia de las «Memorias para demostrar la existencia del Mal».

—De acuerdo, Villiers. Me complacerá ofrecerle mi consejo e intentaré que sea bueno. ¿Cuál es la naturaleza del caso?

—En su conjunto es algo extraordinario. Ya sabe cómo soy: siempre mantengo los ojos bien abiertos en la calle, y en ocasiones tropiezo con personas y con casos extraños. Sin embargo, creo que este supera a todos los demás. Una desapacible tarde de invierno, hará ahora unos tres meses, salí de un restaurante después de haberme dado un atracón mayúsculo, acompañado de una buena botella de Chianti. Me detuve unos instantes en la acera, pensando en el misterio que hay en las calles de Londres y en las personas que pasean por ellas. Ya sabe, Clarke, que una botella de vino tinto fomenta este tipo de fantasías, y me atrevo a decir que no me habría entretenido demasiado en estas reflexiones si no me hubiese interrumpido un mendigo que se acercó a mí por la espalda para pedirme dinero. Cuando di media vuelta para mirarle, resultó que aquel mendigo era lo que quedaba de un viejo amigo, un hombre llamado Herbert. Le pregunté cómo había llegado a aquella situación y él me lo explicó. Mientras me contaba su historia, paseamos por una de esas largas y oscuras calles del Soho. Me explicó que se había casado con una bella muchacha, unos años más joven que él, que le había corrompido en cuerpo y alma, según dijo. No quiso entrar en detalles; dijo que no se atrevía a hacerlo porque lo que había visto y oído le acosaba noche y día. Cuando observé su rostro, supe que estaba hablando en serio. Había algo en aquel hombre que me hizo estremecer. No sé la razón, pero le prometo que fue así. Le di algo de dinero y me despedí de él, y puedo asegurarle que cuando se fue, me quedé sin aliento. Su presencia me heló la sangre.

—¿No considera que esta historia es un poco fantasiosa, Villiers? Supongo que el pobre hombre se casó sin pensarlo demasiado y que las cosas fueron a peor, por decirlo de alguna manera.

—Podría ser, pero escuche esto.

Villiers le explicó a Clarke la historia que le había contado Austin.

—Como puede ver —concluyó—, no cabe duda de que el señor Blanco, fuera quien fuera, murió de puro terror. Vio algo tan horrible, tan terrible, que acabó con su vida. Y estoy convencido de que lo que vio se encontraba en el interior de aquella casa que, por alguna razón, no gozaba de buena reputación en el vecindario. Sentía curiosidad por ir a ver aquel lugar con mis propios ojos. Se trata de una calle desoladora: las casas son lo bastante antiguas como para ser frías y sombrías, pero no tanto como para ser originales. Por lo que pude observar, la mayoría están en alquiler, amuebladas o desamuebladas, y casi todas las puertas tienen tres timbres. Algunos pisos del nivel del suelo se han convertido en tiendas de lo más corriente. En todos los sentidos, se trata de una calle deprimente. Descubrí que el número 20 estaba en alquiler, así que me acerqué hasta la agencia para recoger la llave. Aunque estaba seguro de que no oiría nada sobre los Herbert en aquel barrio, le pregunté a un señor cuánto tiempo hacía que se habían ido y si la casa había sido habitada por otros inquilinos en el intervalo. Me miró de una forma muy extraña durante un minuto y, acto seguido, me explicó que los Herbert la habían abandonado inmediatamente después de aquel suceso tan desagradable (estas fueron sus palabras), y que desde entonces, la casa había estado vacía.

El señor Villiers hizo una pausa.

—Siempre me ha gustado visitar casas vacías; las desoladas habitaciones me producen cierta fascinación, con sus clavos en las paredes y la capa de polvo en las ventanas. Sin embargo, no disfruté de mi visita a la número 20 de Paul Street. Apenas había puesto un pie en su interior cuando su atmósfera me provocó una fuerte y sobrecogedora sensación. Sé que todas las casas abandonadas están mal ventiladas y todo eso, pero en esta había algo diferente; no puedo describírselo, pero parecía cortar el aliento. Recorrí la casa entera, desde el salón principal hasta la habitación posterior y las cocinas del piso inferior. Todo estaba bastante sucio y cubierto de polvo, como cabría esperar, pero había algo extraño en aquellas habitaciones. Soy incapaz de definirlo, solo sé que me sentía extraño. De todas formas, la que me produjo la sensación más terrible fue una de las habitaciones del primer piso. Era una sala bastante grande, pero la pintura, el papel y todo lo demás que había en ella resultaba doloroso. La habitación estaba repleta de horror. En cuanto puse la mano en la puerta, los dientes me empezaron a rechinar y, nada más poner un pie en su interior, sentí que iba a desplomarme. Recobré la compostura y avancé hasta la pared del fondo, preguntándome qué diablos había en aquella sala que me hacía estremecer de aquella forma y hacía que mi corazón latiera como si me hubiera llegado la hora de la muerte. En una esquina, esparcidos por el suelo, había un montón de periódicos. Cuando me acerqué a mirarlos, descubrí que eran de hacía tres o cuatro años. Algunos estaban medio rotos y otros, arrugados, como si los hubieran utilizado para empaquetar. Di la vuelta al montón y, entre ellos, encontré un dibujo curioso, que le enseñaré dentro de unos momentos. En cuanto salí de la casa, me alegré de volver a estar al aire libre, sano y salvo. Las personas que vieron cómo me alejaba por la larga calle me miraron extrañadas, y un hombre dijo que debía de estar borracho. Avancé tambaleándome por la acera y solo tuve fuerzas para acercarme a la agencia a devolver la llave y regresar a casa. Estuve una semana en la cama, padeciendo lo que el doctor denominó «conmoción nerviosa y extenuación». Uno de aquellos días, mientras leía el periódico vespertino, descubrí un artículo titulado: «Muerto de hambre». Era lo típico: una casa de huéspedes normal y corriente de Marylebone, una puerta cerrada durante diversos días y un hombre muerto cuando tiraron la puerta abajo. «El difunto», rezaba el artículo, «llamado Charles Herbert, fue un próspero caballero rural. Su nombre se hizo muy conocido hace tres años, cuando se le relacionó con una misteriosa muerte en Paul Street, Tottenham Court Road, pues era el propietario de la casa número 20, en cuyos terrenos se encontró el cadáver de un caballero de buena posición, en circunstancias no carentes de sospecha». Un final trágico, ¿no? Pero al fin y al cabo, si lo que me contó era cierto, y estoy seguro de que lo era, el conjunto de la vida de este hombre fue una tragedia. Una tragedia más extraña que las que se representan en los teatros.

—Y ahí acaba la historia, ¿verdad? —preguntó Clarke, con aire reflexivo.

—Sí, así es.

—Bueno, Villiers. La verdad es que no sé qué decirle. Sin duda alguna, en este caso aparecen circunstancias insólitas, como por ejemplo, el hallazgo de un cadáver en los terrenos de la casa de los Herbert o la insólita opinión del médico respecto a la causa de su muerte; sin embargo, es posible que estos hechos tengan una explicación lógica. En lo que respecta a las sensaciones que tuvo cuando fue a ver la casa, puedo sugerirle que, quizá, fueron debidas a una imaginación muy viva; seguramente, estuvo meditando de forma inconsciente sobre todo lo que había oído. No sé exactamente qué mas puedo decir o hacer respecto a este tema. Es evidente que usted cree que existe algún tipo de misterio, pero Herbert está muerto: ¿dónde pretende buscar?

—Propongo buscar a la mujer. A la mujer con la que se casó. Ella es el misterio.

Ambos hombres se sentaron en silencio junto a la chimenea. Clarke se felicitaba en secreto por haber logrado mantener la compostura; Villiers seguía absorto en sus sombrías fantasías.

—Creo que me fumaré un cigarrillo —dijo por fin, llevándose una mano al bolsillo para buscar la caja. A continuación añadió con sorpresa—: ¡Oh! Había olvidado que tenía algo que enseñarle. ¿Recuerda que le dije que encontré un dibujo bastante curioso entre el montón de periódicos de la casa de Paul Street? Es este.

Villiers sacó un pequeño paquete del bolsillo. Estaba cubierto por papel marrón y asegurado con una cuerda repleta de engorrosos nudos. Muy a su pesar, Clarke se sentía intrigado. Se inclinó hacia delante mientras Villiers desataba con dificultad la cuerda y desenvolvía la cubierta externa. En el interior había una segunda capa de tela. Villiers la quitó y le tendió el pequeño fragmento de papel a su amigo sin decir ni una palabra.

Durante más de cinco minutos hubo un silencio sepulcral en la sala. Los dos hombres estaban tan callados que podían oír el tictac del antiguo reloj de pared que había en el vestíbulo. En la mente de uno de ellos, la lenta monotonía de aquel sonido despertó un recuerdo lejano, muy lejano. Estaba observando con atención un pequeño bosquejo, trazado con pluma y tinta, que representaba la cabeza de una mujer. Era obvio que había sido dibujado con sumo cuidado y por un verdadero artista, pues el alma de la mujer asomaba por sus ojos y sus labios estaban separados por una extraña sonrisa. Clarke observó en silencio aquel rostro, que le hizo recordar una noche de verano de hacía mucho tiempo. Volvió a ver el hermoso valle, el río que serpenteaba entre las colinas, los prados y los maizales, el rojizo sol del atardecer y la fría niebla blanca que se alzaba desde el agua. Oyó la voz que había hablado con él hacía tantos años, diciéndole: «Clarke, ¡Mary verá al Dios Pan!». Instantes después se encontraba en aquella sombría habitación, junto al doctor, escuchando el fuerte tictac del reloj, mientras esperaba y observaba…, observaba a la figura sentada en la silla verde, debajo de la luz de la lámpara. Pero cuando Mary se levantó, él la miró a los ojos y sintió que se le helaba el corazón.

—¿Quién es esta mujer? —preguntó por fin, con voz seca y ronca.

—Es la mujer que se casó con Herbert.

Clarke observó de nuevo el retrato. Estaba seguro de que no podía ser Mary. Sin duda alguna, aquel era su rostro, pero también había algo más, algo que no había visto en sus rasgos cuando la muchacha vestida de blanco entró en el laboratorio detrás del doctor, ni tampoco después de su terrible despertar, ni mientras yacía sonriente en la cama. La mirada que desprendían aquellos ojos, la sonrisa de sus labios carnosos o la expresión del conjunto de su rostro…, había algo en aquel rostro que hizo que Clarke se estremeciera en lo más profundo de su alma y que pensara, de forma inconsciente, en las palabras del doctor Phillips: «Nunca había percibido una presencia tan vivida e intensa del mal». Giró el papel, como un autómata, para ver lo que había en el dorso.

—¡Dios mío, Clarke! ¿Qué le sucede? Está tan pálido como los muertos.

Villiers saltó rápidamente de su asiento mientras Clarke se desvanecía con un suspiro y dejaba caer el papel.

—No me encuentro demasiado bien, Villiers. Suelo tener este tipo de ataques con frecuencia. Sírvame un poco de vino. Gracias, esto me ayudará. Me sentiré mejor dentro de unos minutos.

Villiers recogió el papel del suelo y lo giró, del mismo modo que había hecho Clarke.

—¿Ha visto esto? —preguntó—. Cuando lo vi me di cuenta de que tenía que tratarse de un retrato de la mujer de Herbert… ¿O quizá debería decir su viuda? ¿Qué tal se encuentra?

—Mejor, gracias. No ha sido más que una ligera indisposición. Creo que no acabo de entenderle. ¿Qué es lo que dice que le permitió darse cuenta de que el retrato era de ella?

—Esta palabra… «Helen»… Está escrita en el dorso. ¿No le había dicho que la mujer de Herbert se llamaba Helen? Sí, Helen Vaughan.

Clarke suspiró. Ya no le quedaba ninguna duda.

—¿Está de acuerdo conmigo en que existen puntos muy extraños en la historia que le he contado esta noche y el papel que desempeña esta mujer en ella? —preguntó Villiers.

—Sí, Villiers —murmuró Clarke—. De hecho, se trata de una historia muy extraña, sumamente extraña. Tiene que darme algo de tiempo para que pueda reflexionar sobre ella. Quizá pueda ayudarle, o quizá no. ¿Que se le ha hecho tarde? De acuerdo. Buenas noches, Villiers, buenas noches. Venga a verme la semana que viene.

5. La recomendación

—Como usted sabe, Austin —dijo Villiers, una apacible mañana del mes de mayo, mientras paseaba con su amigo por Piccadilly—, estoy convencido de que lo que me contó sobre Paul Street y los Herbert no es más que un simple episodio de una historia extraordinaria. También debo confesarle que cuando le pregunté por Herbert hace unos meses, hacía pocos días que había tropezado con él.

—¿Lo había visto? ¿Dónde?

—Un anochecer se acercó a mí pidiendo limosna. Aunque se encontraba en una condición lastimosa, lo reconocí y conseguí que me contara su historia, o al menos un bosquejo de esta. Para resumírsela, lo que me vino a decir fue que… su mujer le había arruinado.

—¿Cómo?

—No quiso decírmelo. Solo me explicó que le había destrozado en cuerpo y alma. Pero ahora está muerto.

—¿Y qué es de su mujer?

—¡Ah! Eso es lo que me gustaría saber y tengo la intención de descubrirlo. Conozco a un hombre llamado Clarke… Es un tipo seco, un hombre de negocios bastante perspicaz. Ya sabe a qué me refiero: no es perspicaz en el sentido puramente profesional de la palabra, sino que es un hombre que de verdad sabe algo sobre las personas y la vida. Bien, le expuse el caso y quedó impresionado. Me dijo que necesitaba reflexionar y me pidió que volviera a reunirme con él a la semana siguiente. Días después, recibí esta extraordinaria carta.

Austin cogió el sobre, extrajo la carta y la leyó con curiosidad. Decía lo siguiente:

Mi querido Villiers,

He estado pensando en el asunto sobre el que me consultó la pasada noche y mi consejo es el siguiente: tire el retrato al fuego y quítese toda esa historia de la cabeza. No vuelva a pensar en ella nunca más, Villiers, o se arrepentirá. Sin duda alguna, pensará que poseo cierta información secreta; en cierto modo, así es, aunque no sé demasiado; soy como un viajero que ha contemplado un abismo y ha retrocedido aterrorizado. Lo poco que sé resulta demasiado extraño y terrible, pero también soy consciente de que más allá de mis conocimientos existen profundidades y horrores aún más espantosos, más increíbles que cualquiera de los relatos que se cuentan en las noches de invierno alrededor de la hoguera. He decidido no continuar indagando, y puedo asegurarle que nada me hará cambiar de opinión. Si usted valora su felicidad, tendría que tomar esta misma determinación. De todas formas, venga a verme, pero hablaremos de temas más agradables que este.

Austin dobló la carta con cuidado y se la devolvió a Villiers.

—Realmente es una carta extraordinaria —dijo—. ¿A qué se refiere con eso del «retrato»?

—¡Ah! Olvidé decírselo. Estuve en Paul Street y encontré algo.

Villiers le explicó la historia, tal y como se la había contado a Clarke. Austin le escuchaba en silencio; parecía desconcertado.

—¡Resulta curioso que tuviera una sensación tan desagradable en aquella habitación! —dijo—. Me cuesta creer que fuera debida a algo más que a la imaginación; es decir, que fuera algo más que un simple sentimiento de repulsión.

—Aquella sensación fue más física que mental. Era como si, cada vez que respiraba, estuviera inhalando algún humo letal que penetraba por todos los músculos, huesos y tendones de mi cuerpo. Me sentía atormentado de la cabeza a los pies y los ojos se me nublaron. Era como si estuviera entrando en la muerte.

—Sí, la verdad es que parece muy extraño. Verá, su amigo ha confesado que existe alguna historia muy oscura relacionada con esa mujer. ¿Mientras le relataba la historia advirtió alguna emoción concreta en él?

—Sí, estuvo a punto de desvanecerse, pero me aseguró que no era más que un ataque que sufría con frecuencia.

—¿Y le creyó?

—En su momento sí, pero ahora no lo sé. Estuvo escuchando el relato con bastante indiferencia; sin embargo, en cuanto le mostré el retrato sufrió el ataque del que le he hablado. Le aseguro que tenía un aspecto terrible.

—Entonces, estoy seguro de que había visto antes a aquella mujer; sin embargo, puede que haya otra explicación. Quizá fue el nombre, y no el rostro, lo que le resultaba familiar. ¿Usted qué opina?

—No lo sé. Cuanto le dio la vuelta al dibujo estuvo a punto de caerse de la silla. El nombre, como le he dicho, estaba escrito en el dorso.

—Podría ser. Al fin y al cabo, es imposible llegar a alguna conclusión en un caso como este. Odio los melodramas y le aseguro que me impresionan mucho más las cosas comunes y tediosas que las típicas historias de fantasmas que se oyen con tanta frecuencia. Sin embargo, Villiers, parece que hay algo muy extraño en el fondo de todo este asunto.

Sin darse cuenta, ambos hombres se habían adentrado en Ashley Street, alejándose de Piccadilly hacia el norte. Se encontraban en una calle larga y bastante tétrica, pero sus oscuras casas, que estaban adornadas con flores, alegres cortinas y brillante pintura en las puertas, conseguían iluminarla y proporcionarle un aspecto más alegre. Advirtiendo que Austin había dejado de hablar, Villiers levantó la mirada y vio que estaba observando una de aquellas casas, que tenía geranios rojos y blancos colgando de todas sus repisas y las ventanas decoradas con cortinas de colores.

—Le dan un aspecto muy alegre, ¿verdad? —dijo.

—Sí, y el interior aún lo es más. He oído decir que es una de las casas más agradables de la temporada. No he entrado nunca, pero conozco a muchos hombres que lo han hecho y me han explicado que por dentro es inusualmente alegre.

—¿A quién pertenece esta casa?

—A la señora Beaumont.

—¿Quién es? —No sabría decírselo. He oído decir que es sudamericana pero, de todas formas, eso no tiene demasiada trascendencia. Se trata de una mujer muy rica que ha trabado amistad con algunas de las personas más influyentes de la zona. He oído decir que tiene un clarete maravilloso, un vino realmente espléndido que debe de haberle costado una fortuna. Fue lord Argentine quien me contó todo esto: estuvo en su casa el pasado domingo por la noche y me aseguró que nunca había probado un vino tan bueno…, y ya sabe que Argentine es un experto. Por cierto, eso me recuerda que la señora Beaumont debe de ser una mujer bastante extraña. Argentine le preguntó sobre la solera del vino y, ¿sabe qué le respondió?: «Unos cien años, creo». Lord Argentine pensó que estaba bromeando, pero cuando empezó a reírse, la mujer le dijo que estaba hablando en serio y se ofreció a enseñarle la tinaja. Por supuesto, después de eso no pudo decir nada, aunque a mí me parece demasiada solera para un vino, ¿no cree? ¡Oh!, hemos llegado a mi casa. ¿Quiere pasar?

—Gracias, creo que sí. Hace tiempo que no veo la tienda de curiosidades.

La tienda de curiosidades era una sala que había sido amueblada con opulencia, aunque de una forma extraña. En ella, cada silla, cada estantería y cada mesa, además de todas las alfombras, jarrones y adornos, parecían algo aparte, parecían conservar su individualidad.

—¿Alguna novedad? —preguntó Villiers instantes después.

—No, creo que no. Ya había visto estos cántaros, ¿verdad? Creía que sí. Durante las últimas semanas no he adquirido nada nuevo.

Austin echó un vistazo a la sala, de aparador en aparador, de estantería en estantería, buscando algún objeto nuevo. Finalmente, sus ojos se posaron sobre un viejo arcón, tallado de forma agradable y curiosa, que se alzaba en un oscuro rincón de la sala.

—¡Ah! —dijo—. Me olvidaba. Tengo algo que enseñarle. Austin abrió el cofre, sacó un grueso volumen del tamaño de una cuartilla, lo dejó sobre la mesa y volvió a coger el puro que se estaba fumando.

—Villiers, ¿usted conoció al pintor Arthur Meyrick?

—Poco. Lo vi en tres o cuatro ocasiones en casa de un amigo mío. ¿Qué ha sido de él? No he oído mencionar su nombre desde hace algún tiempo.

—Está muerto.

—¡No puede ser! Era joven, ¿verdad?

—Sí; solo tenía treinta años cuando falleció.

—¿De qué murió?

—No lo sé. Era un íntimo amigo mío y muy buena persona. Venía a visitarme con frecuencia y hablábamos durante horas, y puedo asegurarle que era uno de los mejores oradores que he conocido. Incluso era capaz de hablar sobre pintura, algo que no pueden hacer la mayoría de los pintores. Hace unos dieciocho meses empezó a sentirse fatigado. A partir de una sugerencia que le hice, emprendió una especie de expedición itinerante, sin un final ni un objetivo definidos. Creo que Nueva York iba a ser su primer destino, pero no tuve noticias de él. Hace tres meses recibí este libro, junto a una carta muy amable de un doctor inglés que trabaja en Buenos Aires. En ella explicaba que había atendido al difunto señor Meyrick durante su enfermedad y que este había expresado el ardiente deseo de que el paquete adjunto me fuera enviado después de su muerte. Eso era todo.

—¿Y no escribió al doctor para pedirle más detalles?

—Lo he estado pensando. ¿Cree que debo hacerlo?

—Sin duda alguna. ¿Y qué me dice del libro?

—Cuando lo recibí estaba sellado, así que no creo que el doctor lo haya leído.

—¿Se trata de algún ejemplar extraño? ¿Meyrick era coleccionista?

—No, no lo creo. Y bien, ¿qué le parecen estos jarrones Ainu?

—Son peculiares, pero me gustan. ¿Acaso no va a enseñarme el legado del pobre Meyrick?

—Sí, sí, por supuesto. Se trata de algo insólito; no se lo he enseñado a nadie. En su lugar, yo no comentaría nada sobre él. Aquí está.

Villiers cogió el libro y lo abrió por una página al azar.

—¿No es un volumen impreso? —preguntó.

—No. Es una recopilación de dibujos en blanco y negro, realizados por mi pobre amigo Meyrick.

Villiers lo abrió por la primera página, que estaba en blanco. En la segunda aparecía una inscripción, que rezaba:

Silet per diem universus, nec sine horrore secretus est; lucet nocturnis ignibus, chorus Ægipanum undique personatur: audiuntur et cantus tibiarim, et tinnitus cymbalorum per oram maritimam.2

En la tercera página había un dibujo que sorprendió a Villiers. Cuando levantó la cabeza para mirar a Austin, vio que estaba mirando distraído por la ventana. Villiers pasó una página tras otra, absorto, muy a su pesar, en la temible noche de Walpurgis, un extraño y monstruoso mal que el artista fallecido había retratado en blanco y negro. Las figuras de faunos y sátiros danzaban ante sus ojos. La oscuridad de la espesura, la danza en la cima de la montaña, las escenas junto a orillas solitarias, en verdes viñedos, junto a rocas y lugares desérticos, pasaron ante él. Era un mundo ante el cual el alma humana parecía contraerse y estremecerse. Villiers hojeó con rapidez las páginas que quedaban, pues creía haber visto suficiente. Sin embargo, cuando ya estaba cerrando el libro, la imagen que aparecía en la última página logró captar su atención.

—¡Austin!

—¿Qué sucede?

—¿Sabe quién es?

Solitario, en la blanca página, aparecía el rostro de una mujer.

—¿Que si sé quién es? Por supuesto que no.

—Yo sí.

—¿Quién es?

—La señora Herbert.

—¿Está seguro?

—Por completo. ¡Pobre Meyrick! Es un capítulo más de su historia.

—¿Pero qué opina de los dibujos?

—Son espeluznantes. Vuelva a sellar el libro, Austin. En su lugar, yo lo quemaría. Aun estando dentro del arcón, tiene que ser un compañero terrible.

—Sí, son unos dibujos inquietantes. Me pregunto qué relación existía entre Meyrick y la señora Herbert, o qué relación hay entre ella y estos dibujos.

—¿Quién puede saberlo? Es posible que todo este asunto acabe aquí y que nunca descubramos nada. Pero en mi opinión, Helen Vaughan, o la señora Herbert, no es más que el principio. Estoy seguro de que regresará a Londres, Austin. Regresará y volveremos a oír hablar de ella…, y estoy seguro de que las noticias no serán agradables.

6. Los suicidas

Lord Argentine era uno de los grandes favoritos de la Sociedad Londinense. A los veinte años era un hombre pobre que, aunque su nombre estuviera embellecido por el apellido de una familia ilustre, se vio obligado a ganarse la vida como pudo. En aquella época, ni el más osado de los prestamistas le hubiera confiado cincuenta libras, ni siquiera ante la posibilidad de que pudiera cambiar su nombre por un título y su pobreza por una gran fortuna. Su padre había estado lo bastante cerca de la fuente de la riqueza como para asegurar el sustento de su familia; sin embargo, su hijo nunca podría amasar una cantidad similar, ni siquiera haciéndose sacerdote…, y no sentía vocación por el estado eclesiástico. Tuvo que enfrentarse al mundo llevando, como única armadura, la túnica de licenciado y la astucia del nieto del hijo más pequeño; a pesar de que solo contaba con ese equipo, se las ingenió para pelear en una batalla bastante llevadera. A los veinticinco años, Charles Aubernoun seguía considerando que era un hombre que luchaba y tenía una contienda con el mundo, aunque en aquellos momentos, ya solo quedaban tres de las siete personas que se interponían entre él y las posiciones elevadas de su familia. Aunque las vidas que llevaban estas tres personas eran «muy apacibles», demostraron no tener ninguna resistencia a los asedios zulúes ni a las fiebres tifoideas, así que, una mañana, Aubernoun se despertó para descubrir que era lord Argentine, un hombre de treinta años que se había enfrentado a las dificultades de la vida y había salido victorioso. Aquella situación le divirtió enormemente y decidió que la riqueza sería tan agradable para él como lo había sido la pobreza. Después de algunas consideraciones, Argentine llegó a la conclusión de que la cena, considerada un arte elegante, era quizá la ocupación más entretenida que podía disfrutar la humanidad en su conjunto, y esta fue la razón por la que sus cenas se hicieron tan famosas en Londres, que una invitación a su mesa fuera algo codiciosamente deseado. Tras diez años cenando y viviendo en la aristocracia, lord Argentine continuaba negándose a sentirse hastiado, seguía insistiendo en disfrutar de la vida. Todo el mundo había empezado a identificarle como una gran fuente de alegría, es decir, como la mejor compañía que se podía desear. Su súbita y trágica muerte causó una grande y profunda sensación. Nadie podía creerlo, aunque tuvieran el periódico delante de los ojos y pudieran oír por toda la calle aquella voz que gritaba: «Misteriosa muerte de un noble». Pero allí estaba el breve artículo: «Esta mañana, el mayordomo de lord Argentine ha hallado el cadáver de su señor, fallecido en circunstancias inquietantes. Se ha confirmado que se trata de un suicidio, aunque no se ha podido señalar ninguna razón que le impulsara a cometer este acto. El noble fallecido era muy conocido en la sociedad y muy apreciado por su cordialidad y su suntuosa hospitalidad. Será sucedido por», etcétera.

Poco a poco, todos los detalles fueron saliendo a la luz, pero el caso continuó siendo un misterio. El testigo principal de la investigación era el mayordomo del noble fallecido, que afirmó que la noche anterior, el difunto lord Argentine había salido a cenar con una dama de buena posición, cuyo nombre había sido suprimido en los informes que enviaron al periódico. Alrededor de las once de la noche, lord Argentine había regresado y le había dicho que no requeriría sus servicios hasta la mañana siguiente. Un poco más tarde, cuando el mayordomo estaba cruzando el vestíbulo, se quedó sorprendido al ver que su señor estaba saliendo, con sumo sigilo, por la puerta principal. Se había cambiado el traje que llevaba por la tarde y se había puesto un abrigo de Norfolk, unos bombachos y un pequeño sombrero marrón. El mayordomo no tenía ninguna razón para suponer que lord Argentine le había visto y, aunque le pareció extraño que su señor saliera tan tarde, no pensó que estuviera sucediendo nada raro hasta la mañana siguiente, cuando llamó a la puerta de su habitación a las nueve menos cuarto, tal y como hacía de forma habitual. Después de llamar dos o tres veces, sin recibir respuesta alguna, entró en la habitación y vio el cuerpo de lord Argentine inclinado en ángulo a los pies de la cama. Descubrió que su señor había atado una cuerda a uno de los pilares de la cama y, tras hacerle un nudo corredizo y ponérsela alrededor del cuello, el infeliz había saltado hacia delante, para morir lentamente, estrangulado. Aún llevaba el traje con el que le había visto salir. Cuando el doctor examinó el cadáver, afirmó que llevaba más de cuatro horas muerto. Todos sus papeles, correspondencia y demás parecían estar en orden, y no se descubrió nada que señalara ningún tipo de escándalo, ni grande ni pequeño. Al no encontrar ninguna prueba, los agentes fueron incapaces de proseguir con la investigación. Diversas personas habían sido invitadas a la cena a la que había asistido lord Argentine, y todas ellas afirmaron que estaba igual de animado que siempre. De hecho, el mayordomo indicó que le había parecido algo exaltado cuando regresó a casa, pero confesó que aquella alteración había sido mínima, apenas perceptible. Como parecía imposible descubrir nada más, la sugerencia de que lord Argentine había sufrido una repentina y aguda locura suicida fue generalmente aceptada.

Sin embargo, durante las tres semanas siguientes, tres caballeros más, uno de ellos noble y los otros dos de buena posición y amplios medios, fallecieron también de una forma bastante similar. El cadáver de lord Swanleigh fue hallado por la mañana en su vestidor, colgado de un gancho de la pared, mientras que el señor Collier-Stuart y el señor Herries decidieron morir como lord Argentine. Ninguno de estos casos tenía explicación: algunos datos banales y un hombre que por la noche estaba vivo y a la mañana siguiente no era más que un cadáver con el rostro inflado y oscurecido. La policía, que se sentía impotente, tanto para detener a alguien como para explicar los sórdidos crímenes de Whitechapel, se quedó desconcertada ante los horribles suicidios de Piccadilly y Mayfair, pues ni siquiera la ferocidad que sirvió para explicar los crímenes del East End servía para explicar los suicidios del West End. Todos aquellos hombres que habían decidido poner punto final a su existencia con una muerte tormentosa y vergonzosa eran ricos y prósperos. Además, estaban enamorados de la vida en todos los sentidos. Por mucho que investigó, la policía fue incapaz de encontrar ningún motivo que les hubiera impulsado a suicidarse. En Londres, el ambiente estaba impregnado de terror; cada vez que dos hombres se encontraban por la calle se miraban a la cara, preguntándose si el otro sería la víctima de la quinta tragedia anónima. Los periodistas buscaban en vano, en sus notas, algún elemento que pudiera aclarar esas muertes; en la mayor parte de las casas, los periódicos de la mañana se abrían con cierto pavor, pues nadie sabía cuándo ni dónde se produciría el siguiente impacto.

Poco después de que tuviera lugar el último de estos terribles acontecimientos, Austin fue a visitar al señor Villiers. Quería saber si había descubierto alguna pista reciente sobre la señora Herbert, ya fuera a través de Clarke o de cualquier otra fuente. Sentía tanta curiosidad que le hizo la pregunta instantes después de tomar asiento.

—No —respondió Villiers—, escribí a Clarke, pero sigue mostrándose reacio a hablar del tema. También lo he intentado por otros canales, pero sin ningún resultado. No sé qué fue de Helen Vaughan después de que abandonara Paul Street, aunque tengo la impresión de que se marchó al extranjero. Sin embargo, Austin, para serle sincero, debo decirle que no he prestado demasiada atención a este asunto durante las últimas semanas. Herries y yo éramos íntimos amigos, y su terrible muerte me ha causado una gran conmoción… Una gran conmoción.

—Le creo —respondió Austin con gravedad—; ya sabe que Argentine era amigo mío. Creo recordar que estuvimos hablando de él el día que vino a mi casa.

—Sí. Mencionó su nombre mientras paseábamos por Ashley Street, al pasar por delante de la casa de la señora Beaumont. Usted comentó que Argentine había cenado allí.

—Sí, lo recuerdo. Supongo que sabrá que también fue allí donde cenó Argentine la noche anterior… a su muerte.

—No, no lo sabía.

—Oh, sí. El nombre de la señora Beaumont no apareció en los periódicos para ahorrarle el mal trago. Sentía un gran aprecio por lord Argentine y, según se dice, al enterarse de su muerte, estuvo durante un tiempo en unas condiciones terribles.

Una mirada curiosa apareció en el rostro de Villiers. Parecía que no acababa de decidir si debía hablar o no. Austin continuó.

—Nunca en mi vida había experimentado una sensación de horror tan grande como cuando leí el artículo sobre la muerte de Argentine. En aquel momento no lo entendí, ni tampoco lo entiendo ahora. Le conocía bien y no logro entender la razón por la que él (o cualquiera de los otros tres caballeros) decidiera, a sangre fría, morir de una forma tan espantosa. Ya sabe que los londinenses tenemos cierta tendencia a hablar sobre las personas que conocemos, así que puede estar seguro de que, en un caso como este, cualquier escándalo enterrado o esqueleto escondido habría salido a la luz… Sin embargo, no ha sucedido nada de eso. En cuanto a la teoría del ataque de locura, puede que al departamento de homicidios le resulte plausible; sin embargo, todos sabemos que es completamente absurda. La locura suicida no se contagia como la viruela.

Austin guardó un tétrico silencio. Villiers seguía sentado sin decir nada, observando a su amigo. En su rostro aún se reflejaba aquella expresión de indecisión. Parecía que estaba colocando sus pensamientos sobre una balanza y que las conclusiones a las que llegaba le obligaban a guardar silencio. Austin, intentando borrar de su mente el recuerdo de aquellas tragedias tan irremediables y desconcertantes como el laberinto de Dédalo, empezó a hablar sobre otros incidentes y aventuras más agradables de la temporada.

—La señora Beaumont, sobre la que ya hemos hablado, ha tenido un gran éxito —comentó—. Ha arrasado Londres como una tormenta. La conocí la pasada noche en casa de los Fulham y puedo asegurarle que es una mujer extraordinaria.

—¿Conoce a la señora Beaumont?

—Sí, podría decirse que tiene una corte a su alrededor. Es muy hermosa, supongo, aunque hay algo en su rostro que no acaba de gustarme. Sus rasgos son exquisitos, pero tiene una expresión extraña. Me pasé la velada observándola y, mientras regresaba a casa, tuve la curiosa impresión de que aquella expresión me resultaba familiar.

—Seguramente la había visto en algún otro lugar.

—No, estoy seguro de que mis ojos no habían visto nunca a aquella mujer, y eso es lo que me resulta más desconcertante. También tengo la extraña convicción de que nunca he visto a nadie que se parezca a ella. Lo que sentí fue una especie de recuerdo lejano, vago pero persistente. Solo puedo compararlo con aquella sensación que a veces se tiene en sueños, cuando ciudades fantásticas, paisajes maravillosos y personajes fantasmagóricos nos resultan familiares y conocidos.

Villiers asintió y miró a su alrededor, puede que buscando algo que le permitiera desviar el tema de la conversación. Sus ojos se detuvieron sobre un viejo arcón similar a aquel en el que se escondía el estremecedor legado del artista, bajo un escudo de armas gótico.

—¿Ha escrito al doctor en relación con Meyrick? —preguntó.

—Sí. Le escribí pidiéndole detalles completos sobre su enfermedad y su muerte. No creo que reciba la respuesta hasta dentro de tres o cuatro semanas. Pensé que también podía preguntarle si Meyrick conocía a una mujer inglesa llamada Herbert y, si así era, si sabía dónde la conoció… En Nueva York, México o San Francisco. No tengo ninguna idea sobre el recorrido ni la distancia de sus viajes.

—Sin embargo, es muy posible que esa mujer tenga más de un nombre.

—Eso es lo que pensé. Ahora desearía haberle pedido prestado el retrato que tiene en su poder. Podría haberlo adjuntado en la carta que le envié al doctor Matthews.

—Es cierto; ni siquiera se me pasó por la cabeza. Podríamos enviárselo ahora. ¡Escuche! ¿Qué están gritando esos muchachos?

Mientras hablaban, una confusión de gritos había ido cobrando fuerza de forma gradual. El sonido procedía del este de Piccadilly y, a medida que se acercaba, se estaba convirtiendo en un verdadero torrente. Los gritos que resonaban en aquellas calles, normalmente tranquilas, hirieron que todas las ventanas se convirtieran en el marco de un rostro, sorprendido o exaltado. Ahora resonaban en la silenciosa calle en la que vivía Villiers y, a cada segundo que pasaba, podían oírse con mayor claridad. En el mismo instante en que Villiers hacía esa pregunta, pudieron oír la respuesta desde la acera:

—LOS HORRORES DEL WEST END: OTRO TERRIBLE SUICIDIO; ¡DETALLES COMPLETOS!

Austin bajó corriendo las escaleras, compró el periódico y leyó el artículo en voz alta mientras el tumulto de la calle empezaba a desvanecerse. La ventana estaba abierta y el aire parecía estar cargado de ruido y terror.

Otro caballero ha sido víctima de la terrible epidemia de suicidios que ha imperado en el West End durante este último mes. El señor Sidney Crawshaw, de Stoke House, Fulham y King’s Pomeroy, Devon, ha sido hallado, tras una búsqueda exhaustiva, colgado de la rama de un árbol de su jardín a las trece horas del día de hoy. El caballero fallecido, que la pasada noche cenó en el Carlton Club, parecía gozar de buena salud y humor, como era habitual en él. Abandonó el Club a las diez de la noche y poco más tarde se le vio paseando tranquilamente por St. James Street. No se ha podido averiguar qué hizo después. En cuanto se descubrió el cadáver, se solicitó atención médica, pero pronto se hizo evidente que llevaba varias horas sin vida. Según se sabe, el señor Crawshaw no tenía problemas ni preocupaciones de ningún tipo. Se debe recordar que este doloroso suicidio es el quinto que ha tenido lugar durante este último mes. Las autoridades de Scotland Yard son incapaces de sugerir explicación alguna sobre estos terribles acontecimientos.

Austin cerró el periódico con mudo terror.

—Mañana mismo abandonaré Londres —dijo—. Es una ciudad de pesadilla. ¡Todo esto es sumamente terrible, Villiers!

Villiers estaba sentado junto a la ventana, mirando hacia la calle. Había escuchado con atención las palabras del periódico y en su rostro ya no se dibujaba el menor asomo de indecisión.

—Espere un momento, Austin —respondió—. Tengo que mencionarle algo que sucedió la pasada noche. Creo que han confirmado que la última vez que Crawshaw fue visto con vida estaba paseando por St. James Street, poco después de las diez, ¿verdad?

—Sí, creo que sí. Volveré a leerlo. Sí, tiene razón.

—Bueno, creo que me encuentro en posición de contradecir esa afirmación. Crawshaw fue visto más tarde; de hecho, mucho más tarde.

—¿Cómo lo sabe?

—Porque yo mismo lo vi alrededor de las dos de la madrugada de hoy.

—¿Vio a Crawshaw, Villiers?

—Sí, con bastante claridad. De hecho, solo nos separaban unos metros.

—¡Por el amor de Dios! ¿Dónde lo vio?

—No muy lejos de aquí, en Ashley Street. Estaba saliendo de una casa.

—¿Sabe de qué casa se trataba?

—Sí. Era la de la señora Beaumont.

—¡Villiers! Piense en lo que está diciendo; tiene que haber algún error. ¿Cómo iba a estar Crawshaw en casa de la señora Beaumont a las dos de la mañana? Seguro, seguro que lo soñó, Villiers. Usted siempre ha tenido mucha imaginación.

—No; era bien consciente de lo que veía. Además, si tal y como usted dice, hubiese estado fantaseando, lo que vi me hubiera hecho regresar a la realidad.

—¿Qué vio? ¿Qué fue lo que vio? ¿Había algo extraño en Crawshaw? No puedo creerlo; es imposible.

—Si lo desea, le contaré lo que vi… o lo que me pareció ver, si así lo prefiere. Así podrá juzgar por usted mismo.

—De acuerdo, Villiers.

El ruido y el alboroto de la calle se habían desvanecido por completo, aunque de vez en cuando, se oían gritos en la distancia. El débil y pesado silencio que les envolvía era como la calma que llega después de una tempestad o un terremoto. Villiers dio la espalda a la ventana y empezó a hablar.

—Ayer por la noche estuve en una casa próxima a Regent’s Park. Cuando la abandoné, preferí regresar a casa paseando en vez de coger un cabriolé, pues era una noche clara y bastante agradable. Tras caminar algunos minutos, tuve la calle prácticamente para mí solo. Resulta curioso pasear, por la noche, por las desiertas calles de Londres, pues las lámparas de gas expanden su perspectiva y todo está en el más absoluto silencio, que solo es interrumpido por el ocasional traqueteo de un cabriolé sobre las piedras y las chispas que surgen de los cascos de los caballos. Caminaba bastante rápido porque me sentía un poco cansado y tenía ganas de llegar a casa. Cuando los relojes estaban tocando las dos, me encontraba en Ashley Street que, como ya sabe, está de camino a mi apartamento. Aquella calle estaba más silenciosa y oscura que nunca; resultaba tan tétrica y sombría como un bosque en invierno. Había recorrido aproximadamente la mitad cuando oí que se cerraba una puerta y, por supuesto, miré hacia el lugar de donde procedía el sonido para ver quién estaba en la calle, como yo, a aquellas horas. Por casualidad, había una farola encendida cerca de la casa en cuestión, así que pude ver a un hombre en los escalones. Como acababa de cerrar de la puerta y miraba en mi dirección, pude ver perfectamente que se trataba de Crawshaw. Aunque no nos conocemos, hemos coincido en varias ocasiones, así que estoy seguro de que no me equivoco de persona. Lo miré a la cara unos instantes y entonces… Si le soy sincero… Me puse a correr y no paré hasta llegar a casa.

—¿Por qué?

—Porque cuando vi el rostro de aquel hombre se me heló la sangre. Nunca hubiera imaginado que una mezcla de pasiones tan infernales pudiera brillar en unos ojos humanos. Al verlo, estuve a punto de desfallecer. Austin, sabía que acababa de ver los ojos de un alma perdida. Aunque conservaba la forma exterior del hombre, su interior era el mismo infierno. Aquellos ojos reflejaban un deseo furioso, un odio que centelleaba como el fuego, la pérdida de toda esperanza y un horror que parecía gritar a la noche, aunque sus dientes estaban cerrados. Pude ver en aquellos ojos la amarga oscuridad de la desesperación. Estoy seguro de que él no me vio, porque era incapaz de ver nada de lo que podemos ver usted o yo; sin embargo, veía algo que deseo que nuestros ojos no vean jamás. No sé cuando murió, imagino que un par de horas más tarde, pero puedo asegurarle que cuando pasé por Ashley Street y oí cerrarse aquella puerta, Crawshaw ya no pertenecía a este mundo… Pues lo que vi fue el rostro del diablo.

Cuando Villiers terminó su relato, la habitación quedó en silencio. El día estaba llegando a su fin y el alboroto de la calle se había desvanecido por completo. Austin agachó la cabeza cuando su amigo acabó de hablar y se tapó los ojos con una mano.

—¿Qué puede significar eso? —preguntó por fin.

—¿Quién sabe, Austin? ¿Quién sabe? Es un asunto turbio, aunque creo que será mejor que no se lo contemos a nadie… al menos, de momento. Intentaré descubrir algo sobre esa casa a través de canales privados. En cuanto sepa algo, se lo haré saber.

7. El encuentro en el Soho

Tres semanas después, Austin recibió una nota de Villiers pidiéndole que le fuera a visitar aquella tarde o la siguiente. Prefirió hacerlo aquel mismo día, y cuando llegó, encontró a Villiers sentado, como era habitual, junto a la ventana, quizá meditando sobre el aletargado tráfico de la calle. Junto a él había una fantástica mesa de bambú con adornos dorados y extrañas escenas pintadas, sobre la que descansaba una pila de papeles ordenados y rotulados con tanta pulcritud como todo lo que había en el despacho del señor Clarke.

—Bien, Villiers, ¿ha descubierto algo en estas últimas tres semanas?

—Creo que sí. Aquí tengo algunas notas que considero extraordinarias, y una declaración que me gustaría que escuchara con atención.

—¿Todos esos documentos están relacionados con la señora Beaumont? ¿Realmente era Crawshaw la persona que vio aquella noche en los escalones de la casa de Ashley Street?

—No he cambiado de parecer en lo que a eso respecta; sin embargo, ni mis pesquisas ni los resultados guardan relación alguna con Crawshaw. De todas formas, mis investigaciones me han permitido averiguar algo muy extraño. ¡He descubierto quién es la señora Beaumont!

—¿Cómo que quién es? ¿A qué se refiere?

—Me refiero a que usted y yo la conocemos por otro nombre.

—¿Y qué nombre es ese?

—Herbert.

—¡Herbert! —Austin repitió el nombre, sobrecogido y estupefacto.

—Sí, es la señora Herbert de Paul Street y la Helen Vaughan de otras aventuras anteriores que desconozco. Tenía razón cuando dijo que la expresión de su rostro le resultaba familiar. Cuando regrese a casa, observe el retrato del libro de los horrores de Meyrick y descubrirá el origen de sus recuerdos.

—¿Y tiene alguna prueba de ello?

—Sí. La mejor de todas: he visto a la señora Beaumont… ¿O acaso debería decir la señora Herbert?

—¿Dónde la ha visto?

—En un lugar en el que nunca imaginaría encontrar a una dama que vive en Ashley Street, Piccadilly. La vi entrar en una casa de una de las calles más miserables y de peor reputación del Soho. Yo tenía una cita allí, aunque no con ella y, por casualidad, acudió al mismo lugar justo a la misma hora que yo.

—Todo esto resulta fascinante, aunque no puedo decir que me parezca increíble. Debe recordar, Villiers, que yo mismo he visto a esta mujer hablando, riendo y bebiendo su café en un salón corriente con personas corrientes. Pero supongo que usted sabrá a qué se refiere.

—Por supuesto. No me dejé llevar por mis sospechas ni por fantasías. Jamás había imaginado que encontraría a Helen Vaughan cuando buscara a la señora Beaumont por las oscuras aguas de la vida londinense, pero eso fue lo que sucedió.

—Supongo que ha estado en lugares muy extraños, Villiers.

—Sí, he estado en lugares extraños. Ya sabe que hubiera sido inútil ir a Ashley Street a pedirle a la señora Beaumont que me hiciera una breve reseña de su vida. Después de asumir que su testimonio no sería sincero imaginé que, en algún momento previo de su vida, tuvo que moverse por unos círculos no tan selectos como aquellos en los que se mueve en la actualidad. Siempre que vea lodo en la superficie de un río, tenga por seguro que antes se encontraba en el fondo; por esta razón decidí dirigirme hacia el fondo: siempre me ha gustado sumergirme en Calle Extraña y considero que es muy útil conocer esa zona y sus habitantes. Como mis amigos nunca habían oído el nombre de Beaumont y yo no la había visto nunca, me resultaba imposible describirla, así que tuve que empezar a trabajar de forma indirecta. Las personas que viven allí me conocen y, como he ayudado a algunas en ciertas ocasiones, no pusieron ningún impedimento para darme la información que les pedía. Además, saben que yo no tengo ningún tipo de relación, directa ni indirecta, con Scotland Yard. De todas formas, tuve que seguir diversas pistas antes de conseguir lo que quería y, cuando di con el pez, en ningún momento imaginé que era el que estaba buscando: unos conocidos me explicaron una historia muy curiosa y, aunque escuché su relato, pensaba que no tenía nada que ver con lo que yo andaba buscando. La historia era la siguiente: hace cinco o seis años, una mujer llamada Raymond apareció, de pronto, en el vecindario al que me estoy refiriendo. Según me dijeron, era muy atractiva, bastante joven (de unos diecisiete o dieciocho años) y tenía un aspecto rural. Me equivocaría si dijera que el hecho de ir a este barrio concreto o relacionarse con estas personas correspondía a alguien de su nivel social pues, según lo que me contaron, me veo obligado a pensar que incluso el peor antro de Londres sería demasiado bueno para ella. La persona que me dio esta información (que como podrá imaginar, no era demasiado puritana), se estremeció y se sintió cada vez más indispuesta a medida que me relataba las indescriptibles infamias con las que está relacionada esta mujer.

La señora Raymond vivió en el barrio un año, o quizá un poco más, para luego desaparecer con la misma rapidez con la que había llegado. Sus vecinos no volvieron a saber nada de ella hasta la época en la que tuvieron lugar los acontecimientos de Paul Street. Al principio, empezó a regresar ocasionalmente a los lugares que frecuentaba con anterioridad, después empezó a ir más a menudo y, al final, fijó allí su residencia, donde permaneció durante seis u ocho meses. No tiene ningún sentido que le explique los detalles de la vida que llevaba; si desea conocerlos, puede echar una ojeada al legado de Meyrick…, pues puedo asegurarle que esos dibujos no salieron de su imaginación. Más adelante, la señora Raymond desapareció de nuevo y sus vecinos no volvieron a verla hasta hace unos meses. Mi informante me explicó que había alquilado unas habitaciones en una casa que me indicó y que tenía la costumbre de visitarlas dos o tres veces por semana, siempre a las diez de la mañana. Al comentarme que, seguramente, una de aquellas visitas tendría lugar un día concreto de la semana pasada, decidí acercarme al lugar, a las diez menos cuarto, y esperarla en compañía de mi guía. Ladama llegó muy puntual y, aunque mi amigo y yo estábamos bajo una arcada, un poco más allá de su casa, nos vio y nos dedicó una mirada que tardaré tiempo en olvidar. Esa mirada me bastó para saber que la señorita Raymond era la señora Herbert. En lo que respecta a la señora Beaumont, puedo decirle que había desaparecido de mi cabeza. La mujer entró en la casa y me quedé esperando a que saliera, algo que no sucedió hasta las cuatro de la tarde. Entonces, la seguí. Fue una larga persecución, pues intentaba quedarme lo más rezagado posible, sin perderla de vista ni un segundo. Me llevó por el Strand, luego por Westminster y después por St. James Street y Piccadilly. Me extrañó verla adentrarse en Ashley Street, y fue entonces cuando se me ocurrió la idea de que la señora Herbert podía ser la señora Beaumont, aunque resultaba demasiado increíble para ser cierta. Esperé en la esquina, sin apartar los ojos de ella, y presté especial atención al número ante el cual se detenía. Era la casa de las alegres cortinas, la casa de las flores, la casa de la que había salido Crawshaw la noche que se colgó en su jardín. Estaba a punto de alejarme con mis descubrimientos, cuando vi aparecer un carruaje vacío que se detuvo delante de aquella casa. Supuse que la señora Herbert iba a dar un paseo, y no me equivoqué. Detuve un cabriolé y seguí al carruaje hasta el Parque. Allí me encontré con un conocido y nos paramos a hablar a cierta distancia del carruaje, que estaba a mis espaldas. No llevábamos allí ni diez minutos cuando mi amigo se quitó el sombrero; al girarme, vi que estaba saludando a la mujer a la que había seguido durante todo el día. «¿Quién es?», le pregunté; él me respondió: «La señora Beaumont. Vive en Ashley Street». Después de aquello no me quedaba ninguna duda. No sé si ella me vio, aunque no creo que lo hiciera. Regresé a casa de inmediato y, tras meditarlo, pensé que tenía un caso lo bastante bueno como para volver a reunirme con Clarke.

—¿Por qué con Clarke?

—Porque estoy seguro de que Clarke posee información sobre esta mujer… Información que yo desconozco por completo.

—Bien, ¿qué sucedió entonces?

El señor Villiers se recostó en la silla y observó con aire reflexivo a Austin antes de responder.

—Mi idea era que Clarke y yo debíamos hacerle una visita a la señora Beaumont.

—¿Se atrevería a entrar en una casa como esa? No, no, Villiers, no puede hacerlo. Además, piense; ¿qué puede…?

—Pronto responderé a su pregunta; sin embargo, antes deseo añadir que mi información no acaba aquí, sino que he podido completarla de una forma extraordinaria. Fíjese en este pequeño volumen manuscrito. Como puede observar, está paginado; además, me he permitido la coquetería de envolverlo con una cinta roja, como las que usa la burocracia. Prácticamente tiene un aire legal, ¿verdad? Échele un vistazo, Austin. En él se describen las actividades en las que se entretiene la señora Beaumont gracias a la ayuda que le brindan sus selectos huéspedes. El hombre que lo escribió logró escapar con vida, pero no creo que pueda conservarla durante mucho tiempo. Los médicos le han dicho que ha sufrido una conmoción nerviosa muy severa.

Austin cogió el manuscrito pero no lo leyó. Cuando abrió sus pulcras páginas al azar, sus ojos quedaron atrapados en una palabra y en la frase que la precedía. Sobrecogido, con los labios pálidos y un sudor frío que caía como el agua por sus sienes, volvió a dejar los papeles sobre la mesa.

—Lléveselo, Villiers, y no vuelva a hablarme de esto nunca más. ¿Acaso es usted de piedra? El temor y el horror de la propia muerte, la sola idea del hombre que está atado sobre la negra tarima, bajo el gélido aire de la mañana y con la campana repicando en sus oídos, mientras aguarda el brutal sonido del cerrojo, no es nada comparado con esto. No lo leeré. Si lo hiciera, nunca más podría volver a dormir.

—De acuerdo. Puedo entender lo que dice. Sí. Estoy de acuerdo con usted; es sumamente horrible, pero no es más que una vieja historia, un antiguo misterio que se ha vuelto a repetir en nuestros días, aunque esta vez haya sido en las oscuras calles londinenses y no en jardines de vides y olivos. Sabemos qué les sucedió a aquellos que tuvieron la oportunidad de ver al Gran Dios Pan. Las personas sabias saben perfectamente que todos los símbolos simbolizan algo. De hecho, se trataba de un símbolo exquisito bajo el cual los hombres, hace mucho tiempo, ocultaban sus conocimientos a las fuerzas más terribles y secretas que descansaban en el centro de todas las cosas. Unas fuerzas ante las cuales el alma de los hombres se marchitaba, moría y ennegrecía, y sus cuerpos se oscurecían bajo la corriente eléctrica. Dichas fuerzas no pueden ser nombradas, no se puede hablar de ellas, ni siquiera pueden imaginarse, excepto bajo un velo y un símbolo, un símbolo que la mayoría de nosotros consideramos un extraño capricho de la imaginación de alguna historia ridícula. Pero usted y yo hemos conocido una parte del horror que puede morar en el lugar secreto de la vida, manifestándose bajo la carne humana; hemos visto adoptar una forma a aquello que carece de forma.

¡Oh, Austin! ¿Cómo puede ser? ¿Cómo puede ser que la luz del sol no se oscurezca ante una cosa semejante? ¿Que la dura tierra no se funda y hierva bajo el peso dicha carga?

Villiers paseaba por la sala; las gotas de sudor iluminaban su frente. Austin guardó silencio durante unos instantes, aunque Villiers pudo ver que haría una señal sobre su pecho.

—Le vuelvo a repetir, Villiers, que no debe entrar nunca en esa casa. No lograría salir de ella con vida.

—Sí, Austin, saldré con vida… y Clarke me acompañará.

—¿Qué quiere decir? No puede… No debe…

—Espere un momento. Hoy, la mañana era fresca y apacible; soplaba una ligera brisa, incluso en esta aburrida calle, así que decidí ir a dar un paseo. Mientras el sol brillaba sobre los carruajes y las trémulas hojas del parque, Piccadilly extendió ante mí un paisaje claro y brillante. Hacía una mañana deliciosa: el viento soplaba con alegría sobre la hierba y el aromático tojo mientras los hombres y las mujeres, camino del trabajo o paseando ociosos por las calles, miraban hacia el cielo y sonreían. Por alguna razón, me alejé del bullicio y la alegría, y descubrí que estaba caminando lentamente por una calle tranquila y sombría, donde no parecía llegar la luz del sol ni el aire, una calle por la que los escasos transeúntes paseaban con indecisión por las esquinas y las arcadas. Seguí adelante, sin saber adónde iba ni qué haría en aquel lugar, aunque sintiéndome impulsado a seguir explorando, movido por la absurda idea de que me dirigía haría algún objetivo desconocido. Analicé toda la calle, advirtiendo el escaso tráfico de la lechería y sorprendiéndome ante la mezcla de pipas, tabaco negro, caramelos, periódicos y canciones cómicas que compartían el pequeño escenario del marco de una ventana. Creo que cuando sentí un escalofrío supe que acababa de encontrar lo que estaba buscando. Levanté la mirada de la acera y me detuve delante de una polvorienta tienda, cuyo rótulo estaba descolorido y cuyas ventanas habían reunido la niebla y la suciedad de innumerables inviernos. Allí vi lo que necesitaba, pero creo que sucedió cinco minutos antes de que lograra tranquilizarme y pudiera entrar en la tienda a comprarlo, con la voz tranquila y el rostro sereno. Creo que incluso entonces mis palabras temblaron, pues el anciano que salió de la trastienda y avanzó a tientas entre la mercancía me miró extrañado mientras ataba el paquete. Le pagué lo que me pedía y me apoyé en el mostrador pues, por extraño que parezca, mi cuerpo se negaba a recoger lo que había comprado y abandonar aquel lugar. Pregunté al anciano qué tal le iba el negocio, y supe que las cosas no iban demasiado bien y que los beneficios cada vez eran menores. Me explicó que aquella calle ya no era la misma que antes de que desviaran el tráfico, aunque eso había sucedido hacía cuarenta años, «justo antes de que muriera mi padre», añadió. Por fin logré salir de la tienda y me alejé con rapidez. Era una calle tan deprimente que me alegré de regresar al bullicio y al ruido. ¿Quiere ver lo que compré?

Austin no dijo nada, pero movió la cabeza ligeramente. Aún estaba pálido y mareado. Villiers abrió un cajón de la mesa de bambú y le mostró un largo carrete de cuerda, fuerte y nueva. En uno de sus extremos había un nudo corredizo.

—Es la mejor cuerda de cáñamo que existe —dijo Villiers—. Según me dijo el anciano, está hecha tal y como se hacía antaño. No hay ni un milímetro de yute de un extremo al otro.

Austin cerró los dientes con fuerza y miró fijamente a Villiers. Cada vez estaba más pálido.

—¡No lo hará! No puede mancharse las manos de sangre. ¡Dios mío! —exclamó, con súbita vehemencia—. No puede estar diciéndome eso, Villiers. ¿Acaso pretende colgarse?

—No. Brindaré esa oportunidad a Helen Vaughan. La dejaré sola con esta cuerda en una habitación cerrada durante quince minutos. Si cuando vuelva a abrir la puerta no lo ha hecho, llamaré a la policía. Eso es todo.

—Tengo que irme. No puedo quedarme aquí ni un minuto más. No puedo oír eso. Buenas noches.

—Buenas noches, Austin.

La puerta se cerró, pero instantes después volvió a abrirse. Austin estaba en el umbral, pálido y cadavérico.

—Lo olvidaba —dijo—. También yo tengo algo que contarle. He recibido una carta del doctor Harding de Buenos Aires. En ella me explica que atendió a Meyrick durante las tres semanas anteriores a su muerte.

—¿Y le explica el motivo por el que abandonó este mundo en la flor de su vida? ¿Fueron las fiebres?

—No, no fueron las fiebres. Según el doctor, sufrió un colapso absoluto de su sistema, probablemente a causa de una conmoción severa. También dice que el paciente no le contó nada y que, por lo tanto, le resultó difícil poder tratar su caso.

—¿Hay algo más?

—Sí. El doctor Harding finaliza la carta diciendo: «Creo que esta es toda la información que puedo darle sobre su desafortunado amigo. No estuvo mucho tiempo en Buenos Aires, y apenas conocía a nadie, solo a una persona que no tenía un carácter demasiado cordial y que abandonó este lugar poco después de su muerte… Una tal señora Vaughan».

8. Los fragmentos

Entre los papeles del doctor Robert Matheson de Ashley Street, Piccadilly, el famoso médico que murió repentinamente, a causa de un derrame cerebral, a principios del año 1892, se encontró una hoja manuscrita repleta de anotaciones a lápiz. Estas notas estaban escritas en un latín muy abreviado y era evidente que se habían tomado con gran premura. El manuscrito se descifró con gran dificultad y, en el momento presente, aún hay palabras que siguen rebelándose a los esfuerzos de los especialistas. La fecha, «XXV Jul. 1888», aparece en la esquina derecha. El texto que se presenta a continuación es la traducción del manuscrito del doctor Matheson:

Si estas notas fueran publicadas, aunque lo dudo, ignoro si la ciencia podría beneficiarse de ellas. Nunca asumiré la responsabilidad de publicar o divulgar ni una sola palabra de lo que está escrito aquí, y no solo por la promesa que hice libremente a las dos personas que estuvieron presentes, sino también porque los detalles son demasiado abominables. Es probable que algún día, después de nuevas consideraciones, después de sopesar lo bueno y lo malo, destruya este manuscrito o que se lo entregue, sellado, a mi amigo el doctor…, confiando en su discreción para que lo utilice o lo queme, según considere más adecuado.

Hice todo lo que mis conocimientos me sugirieron para asegurarme de que no era víctima de ninguna falsa ilusión. Al principio estaba tan desconcertado que apenas podía pensar, pero en menos de un minuto estuve seguro de que mi pulso era firme y regular, y de que disfrutaba de todos mis sentidos, reales y verdaderos. Entonces, fijé lentamente los ojos en lo que tenía ante mí.

Aunque en mi interior se agitó el horror y unas náuseas terribles, y un aroma a corrupción me dejó sin aliento, conseguí mantenerme firme. Y fue entonces cuando tuve el privilegio o la maldición, no me atrevo a asegurar cuál de ambas cosas fue, de ver transformarse ante mis ojos aquello que yacía sobre la cama, tan negro como la tinta. Su piel, la carne, los músculos, los huesos y la estructura del cuerpo humano, que yo consideraba inalterable, firme y permanente, empezaron a fundirse y disolverse.

A pesar de que sabía que los elementos del cuerpo humano pueden ser separados mediante agentes externos, tuve que negarme a creer lo que estaba viendo, pues lo que allí estaba provocando la disolución y el cambio era alguna fuerza interna que yo desconocía por completo.

También vi repetirse ante mis ojos el trabajo para el cual ha sido creado el hombre: vi que la forma fluctuaba de un sexo a otro, dividiéndose a sí misma para volver a reunirse de nuevo. Después, el cuerpo descendió junto a las bestias de las que ascendía y todo lo que estaba en las alturas descendió a las profundidades, incluso al abismo de todos los seres. El principio de la vida, lo que crea el organismo, permaneció en todo momento, mientras su forma externa cambiaba sin cesar.

La iluminación de la sala se había transformado en oscuridad; sin embargo, no en la oscuridad de la noche, que permite ver débilmente los objetos, puesto que mis ojos veían con claridad y sin dificultad alguna. Aquella oscuridad era la negación de la luz: los objetos estaban presentes ante mí, si es que puedo decirlo así, pero lo hacían sin ningún medio, de tal manera que, si hubiera habido un prisma en la habitación, no hubiera visto los colores representados en él.

Continué observando, hasta que al final no pude ver más que una sustancia gelatinosa. Entonces, la escalera volvió a ascender… [aquí, el manuscrito es ilegible]… y por un instante vi que una Forma que no describiré con más detalle se moldeaba en la penumbra ante mí. De todos modos, diré que el símbolo de aquella forma puede verse en esculturas antiguas y en pinturas que han sobrevivido bajo la lava y que son demasiado infectas para ser mencionadas…, y cuando aquella forma horrible e indescriptible, ni de hombre ni de bestia, empezó a adoptar la forma humana, llegó por fin la muerte.

Yo, que vi todo esto, no sin gran horror y repugnancia en el alma, escribo aquí mi nombre, declarando que todo lo que he anotado en este papel es cierto.

—Robert Matheson, doctor en Medicina

… Raymond, esta es la historia de lo que sé y he visto. La carga me resulta demasiado pesada para poder llevarla solo y usted es la única persona a la que puedo contársela. Villiers, que me acompañó hasta el final, no sabe nada sobre aquel terrible secreto del bosque, sobre aquello que vimos morir, tendido sobre la suave y dulce hierba, rodeado de flores estivales, entre el sol y la sombra y sujetando la mano de Rachel, mientras llamaba e invocaba a sus compañeros y adoptaba una forma sólida sobre la tierra que pisábamos… aquel horror que solo podemos insinuar, que solo podemos nombrar bajo un símbolo. No podía contarle nada de eso a Villiers, ni tampoco podía hablarle de su parecido, pues cuando vi el retrato, sentí una puñalada en el corazón. Aquel retrato acabó de llenar la copa del horror. No puedo imaginar qué significado tiene todo esto. Sé que aquel ser al que vi perecer no era Mary y, sin embargo, en una última agonía, los ojos de Mary se reunieron con los míos. No sé si habrá otra persona que pueda descubrir el último eslabón de esta cadena de terrible misterio, pero si alguien puede hacerlo, Raymond, ese es usted. Y si conoce el secreto, depende de usted contarlo o no, según considere más conveniente.

Le escribo esta carta inmediatamente después de mi regreso a casa. Durante los últimos días he estado en el campo… Puede que sea capaz de adivinar dónde. Mientras el horror y el asombro de Londres estaba es su máximo apogeo (pues la «señora Beaumont», tal y como ya le he explicado, era bien conocida en la sociedad), escribí a mi amigo el doctor Phillips para describirle a grandes rasgos, o mejor dicho, para darle una pista sobre lo que había sucedido. También le pedí que me dijera el nombre del pueblo en el que habían tenido lugar los acontecimientos que me había relatado. Además de darme el nombre me explicó que, sin duda alguna, los padres de Rachel habían muerto a causa de la gran pena y pesar que les causó la terrible muerte de su hija y por todo lo que había sucedido después de que muriera. La tarde del día que recibí la carta de Phillips me encontraba en Caermaen, bajo los restos de las murallas romanas, blanqueadas por los inviernos de mil setecientos años. Miré el prado donde antaño se alzaba el antiguo templo del «Dios de las Profundidades» y vi una casa que brillaba bajo la luz del sol. Era la casa en la que había vivido Helen. Permanecí diversos días en Caermaen y, por mucho que indagué, tuve la impresión de que sus habitantes sabían poco y suponían menos de aquel asunto. Las personas con las que hablé parecieron sorprenderse al saber que a un historiador (pues eso dije que era) le inquietara la tragedia de su pueblo, sobre la que daban una versión muy normal… Pero como podrá imaginar, no les expliqué nada de lo que sabía. Pasé la mayor parte del tiempo en el gran bosque que se alza sobre el pueblo y asciende por la colina para descender de nuevo hasta el río que discurre por el valle. Es un valle inmenso, Raymond, como aquel que mirábamos una noche de verano mientras paseábamos por delante de su casa. Durante más de una hora vagué por el laberinto del bosque, girando a veces a la izquierda y, a veces, a la derecha, caminando lentamente por largos pasajes de maleza, tenebrosos y fríos incluso bajo el sol del mediodía, y deteniéndome bajo grandes robles. Paseé sobre la hierba de un claro, donde el viento me traía el suave y dulce aroma de las rosas silvestres, mezclado con el fuerte perfume del antiguo, cuyo olor es idéntico al que se respira en la sala de los muertos: como un vapor de incienso y corrupción. Me detuve en los límites del bosque, observando la fastuosidad de las dedaleras que se alzan entre helechos y brillan en rojo bajo el sol; más allá, entre unos densos matorrales próximos al monte bajo, vi los manantiales que nacen en las rocas y alimentan a las húmedas y malvadas raíces. Sin embargo, a pesar de lo mucho que caminé por el bosque, intenté evitar una parte… hasta ayer, que decidí subir a la cima de la colina y alzarme sobre el antiguo camino romano que discurre por el cerro más alto del bosque. Helen y Rachel habían paseado por aquella silenciosa calzada, sobre un pavimento de maleza verde, encerrado a ambos lados por elevados bancos de tierra roja y altos setos relucientes. Seguí sus pasos, mirando de vez en cuando entre las ramas para observar el bosque que se extendía hasta el infinito, sumergiéndose poco a poco hasta llegar a un mar amarillo y a la tierra que había sobre el mar. Al otro lado podía ver el valle y el río, y decenas de colinas que se alzaban una detrás de otra, como las olas. Y vi bosques y praderas, y campos de maíz, y casas blancas relucientes, y el gran muro de una montaña, y los lejanos picos azules del norte. Por fin llegué al lugar. El camino ascendía por una suave pendiente y se ensanchaba para convertirse en un espacio abierto rodeado de espesos matorrales; a continuación, se estrechaba de nuevo para perderse en la distancia y entre la suave niebla azulada del calor estival. Y en este lugar, bajo el apacible calor estival, Rachel dejó de ser una niña, y abandonó… ¿quién sabe qué? No me quedé demasiado tiempo en ese lugar.

En un pequeño pueblo cercano a Caermaen hay un museo que, en su mayor parte, contiene restos romanos que se han encontrado por los alrededores en diversas épocas. El día posterior a mi llegada a Caermaen me acerqué al pueblo en cuestión y tuve la oportunidad de visitar el museo. Después de ver la mayor parte de las piedras esculpidas, cajas mortuorias, anillos, monedas y fragmentos de mosaico que se exhiben en aquel lugar, me mostraron un pilar cuadrado de piedra blanca que había sido descubierto recientemente en el bosque del cual le he estado hablando y, según descubrí después de preguntar, en aquel espacio abierto en el que se ensancha la calzada romana. A un lado del pilar había una inscripción que anoté. Algunas de las letras estaban erosionadas, pero no creo que haya ninguna duda respecto a su significado. La inscripción rezaba lo siguiente:

DEVOMNODENTi

FLAvIVSSENILISPOSSVit

PROPTERNVPtias

Quas VIDITSVBVMBra

«Al gran dios Nodens (el dios de la gran Profundidad o Abismo) Flavius Senilis ha erigido este pilar en virtud del matrimonio que presenció bajo la sombra».

El guardia del museo me explicó que los expertos de la zona estaban desconcertados, pero no por la inscripción ni porque tuvieran dificultades para traducirla, sino por la circunstancia o el rito al que se aludía en ella.

… Y ahora, mi querido Clarke, respecto a lo que me ha contado sobre Helen Vaughan, a quien dice que vio morir bajo el más extremo e increíble horror, debo decirle que me interesó su relato, aunque ya conocía una buena parte de él. Puedo comprender el extraño parecido que advirtió en el retrato y en el rostro real. Usted conocía a la madre de Helen. ¿Se acuerda de Mary? Fue la madre de Helen Vaughan, que nació nueve meses después de aquella noche.

Mary jamás recuperó la razón. Pasaba los días sin levantarse de la cama, igual que cuando usted la vio, y murió pocos días después de que naciera el bebé. Creo que justo al final supo quién era yo. Me encontraba junto a su lecho y, durante un segundo, pude ver que su antigua mirada asomaba en su rostro. A continuación se estremeció, gimió e, instantes después, murió. Lo que hice la noche que usted estuvo presente fue un mal trabajo: rompí la puerta de la casa de la vida sin saber ni preocuparme qué podía salir o entrar por ella. Recuerdo que entonces me dijo, con bastante aspereza y, en cierto sentido, exactitud, que había arruinado la razón de un ser humano para hacer un experimento estúpido basado en una teoría absurda. Hizo bien en culparme, pero mi teoría no era de todo absurda. Mary vio lo que le dije que vería, pero olvidé que ningún ojo humano podría contemplar semejante visión sin quedar impune. Y también olvidé, tal y como acabo de decir, que cuando la casa de la vida queda abierta, puede entrar en ella aquello para lo que no tenemos nombre; la carne humana puede convertirse en el velo de un horror que nadie se atreve a expresar. Jugué con una energía que no comprendía y usted ha sido testigo de las consecuencias. Helen Vaughan hizo bien en atarse la cuerda alrededor del cuello y morir, aunque su muerte fuera horrible. Su rostro ensombrecido, aquella horrible forma sobre la cama, cambiando y disolviéndose ante sus ojos, pasando de mujer a hombre, de hombre a bestia y de bestia a algo peor que las bestias… Pero todo ese horror que presenció no me sorprende demasiado. Lo que me explica sobre el doctor al que llamó para que la atendiera y que no pudo más que estremecerse lo vi con mis ojos hace mucho tiempo. Supe lo que había hecho en el mismo instante en que nació el bebé. Cuando apenas tenía cinco años la sorprendí, no una vez ni dos, sino en diversas ocasiones, con un compañero de juegos…, supongo que puede imaginar de qué tipo. Para mí era un horror constante, personificado. Después de algunos años sentí que no podía soportarlo por más tiempo, así que envié a Helen Vaughan a otro lugar. Ahora sabe qué fue lo que asustó al niño en el bosque. Con el tiempo, he conseguido conocer los detalles de esta extraña historia, añadiendo lo que su amigo descubrió y usted me ha contado, casi hasta el último capítulo. Y ahora, Helen está con sus compañeros…

NOTA: Helen Vaughan nació el 5 de agosto de 1865 en Red House, Breconshire, y murió el 25 de julio de 1888, en su casa, situada en una calle de Piccadilly llamada Ashley Street en esta historia.

  1. La encarnación del demonio, se hizo hombre. (N. del Editor Digital) ↩︎
  2. Está en silencio todo el día y no guarda secretos sin horror; brilla con fuegos nocturnos, el coro de los egipcios se disfraza por todas partes: el canto de las flautas y el tintineo de los címbalos se oyen a lo largo de la costa del mar.. (N. del Editor Digital) ↩︎

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