Ben Indick, un ferviente entusiasta de las novelas fantásticas, compró una copia de El Intruso de Lovecraft recién salida de la imprenta. La llevó consigo por todas las vicisitudes de la Segunda Guerra Mundial e incluso la prestó. A pesar de ello y aunque parezca un milagro, aquel libro aún sobrevive y su cubierta está intacta. Ben es el historiador no oficial de Esoteric Order of Dagon Amateur Press Association, un grupo de entusiastas de Lovecraft que se han unido para compartir su interés por este autor y su obra, recurriendo a uno de los medios favoritos de Lovecraft: el periodismo amateur. Entre sus miembros se incluyen los estudiosos más importantes de Lovecraft: Don Burleson, Peter Cannon, S. T. Joshi y Dick W. Mosig, además de muchos otros seguidores que se han convertido en autores de ficción exitosos, como Burleson, Chet Williamson y David Drake. El camino a Dunwich fue publicado en el primer ejemplar de E. O. D.; más tarde fue reeditado en la pequeña revista de prensa Etchings & Odysseys. Ben ha escrito la secuela de uno de sus relatos favoritos de Lovecraft negándose a imitar el estilo del autor. Somos muchas las personas que deseamos que Indick, íntimo amigo del difunto Frank Belknap Long, escriba un tratado crítico sobre las obras de Long. Entre sus libros se incluyen Ray Bradbury: Dramatist y George Alec Ellington: From Entropy to Budayeen (Borgo Press). Sus ensayos sobre Stephen King han aparecido en Fear Itself, Kingdom of Fear y Reign of Fear (Underwood-Miller).
Es necesario que lo escriba… pero no para que lo lea cualquiera, sino para mí mismo. Para poder quitármelo de la cabeza y quizá, de vez en cuando, poder leerlo y recordar. No deseo que nadie más lo lea. Existen ciertas cosas que no deberíamos ver nunca. Ni siquiera deberíamos hablar de ellas. A las personas que me rodean no les gustaría demasiado, y muchas otras me tomarían por loco.
Pero ella no estaba emparentada con ninguna de esas personas. No formaba parte de sus familias; no era su hijo, su hija. La verdad es que yo sentía que aquella muchacha era hija mía, aunque fuera la esposa de mi hijo. Antes de que la trajera, no imaginaba que pudiera cogerle tanto cariño, pues estaba demasiado acostumbrado a vivir solo con mi hijo, aunque supongo que esta fue la razón por la que siempre lograba sorprenderme. No era como las muchachas de los alrededores: tenía un brillo especial en su interior… Y siempre encontraba algo nuevo y hacía que fuera interesante. Era una mujer entusiasta, brillante.
Procedía del norte del estado y, según se decía, estaba emparentada, de lejos, con los Whateley, aunque eso no tenía la menor importancia. Los Whateley fueron un extraño clan que vivía en Dunwich, camino arriba. Ahora todo el mundo los ha olvidado, y eso también está bien. Al parecer, hace muchísimo tiempo les sucedieron cosas terribles, si de verdad podemos creernos aquellas historias.
—Puede que sí —decía yo. Entonces, me sentía obligado a reírme de mí mismo, sin esbozar ninguna sonrisa. Puedo creerme aquellas historias, aunque la mayoría de la gente no se las crea, ni siquiera aquellos que poseen una gran memoria. Mi primo vivía en una granja contigua a la de aquella cosa (fuera lo que fuera) que arrasó ciertos lugares antes de desaparecer.
Algunos aseguran que sus ojos fueron testigos de un gran horror, de algo excepcional, aunque solo pudieron verlo a través de unos prismáticos. Los únicos que estuvieron cerca de aquello, según cuenta la leyenda, fueron unas personas de la universidad que nunca más volvieron a hablar sobre ello. Bueno, yo puedo creerme cualquier cosa. Tengo que hacerlo. De otra forma, ¿de qué habría servido todo eso?
Hace tiempo le dije a mi hijo que fuera inteligente, que se marchara de aquí y buscara una muchacha agradable en cualquier otra ciudad, en Iowa o Kansas, por ejemplo. Le dije que la buscara en cualquier otro lugar que no fuera este, donde las personas no hablaran tanto y los campos no estuvieran repletos de rocas. Donde no hubiera ninguna tumba de los míos. En la actualidad, las personas se mueven tanto que ¿por qué no podía hacerlo también mi hijo? Fue una pérdida de tiempo, aunque yo ya lo sabía, pues para nosotros no existe ningún otro lugar. Aunque nos dejemos la piel trabajando en nuestras pequeñas granjas, se trata de nuestra tierra, de nuestras colinas, de nuestro aire. ¿Quién podría abandonarla? Pero ahora, mi hijo lo ha hecho y… ¿quién sabe dónde está?
Busca una muchacha en cualquier otra ciudad, le dije. Las mujeres de este lugar llevan viviendo aquí demasiado tiempo. Puede que con el tiempo hubiese acabado haciéndome caso, aunque puede que no hubiese sido así; de todas formas, en cuanto conoció a Alice vio en ella todo lo que buscaba. Alice había venido a Dunwich a visitar a una tía, a la señora Whelan, una mujer bastante agradable que me compraba grano con frecuencia. Me dijo que la muchacha había nacido en el pueblo, pero que su familia no había deseado quedarse. Puede que llevase nuestras rocas en la sangre, pues estaba estudiando geología y había dejado la universidad para pasar el verano en este lugar. En la parte del estado en la que ella vivía no hay colinas como las nuestras. Nuestras formaciones rocosas bastan para satisfacer las necesidades de cualquier geólogo. Y fue entonces cuando Evan la conoció.
Me sorprendió ver lo bien que se entendían, siendo ella tan animada y él tan tranquilo. Puede que cada uno de ellos complementase alguna necesidad del otro. A ella le interesaba todo y él sabía comprenderla y ayudarla. Podéis decir lo que queráis, pero yo estoy orgulloso de mi hijo. Ambos llenaban una cesta de bocadillos y una mochila de herramientas y se alejaban, cogidos de la mano, por el polvoriento camino, hacia las colinas que hay más allá de Dunwich. Recuerdo que mi esposa solía burlarse de mí porque nunca la cogía de la mano. Bien, puedo decir que no era Evan quien la tomaba de la mano, sino que era Alice quien cogía la de él. Ahora me pregunto por qué no cogía yo a mi esposa de la mano. No era muy dado a las caricias. Cuando enfermó y murió, con aquella terrible tos, ya era demasiado tarde. Su mano era tan cálida entonces… Alice y Evan iban a buscar rocas cogidos de la mano. Una tontería, aunque hay cosas peores.
Después de casarse todo siguió igual. A ambos les seguían gustando las mismas cosas. Ella se vino a vivir con nosotros y continuó estudiando las colinas. Pero los problemas empezaron cuando encontró aquella extraña piedra. «Se trata de un objeto que ha sido construido por el hombre», nos explicó con orgullo, como científica que era. La dejó sobre la repisa de la chimenea y la estudió. Nos dijo que era más vieja que Colón, y quizá, incluso más que los indios. Entonces le pregunté quién la había fabricado, porque que yo supiera, nadie había vivido en este lugar antes que los indios, y ella me explicó que aquella piedra no tenía ninguna relación con el arte indio ni con los rituales tribales.
Ahora está rota y enterrada, pero la recuerdo perfectamente. Aunque estaba muy deteriorada, se podía distinguir un dibujo en ella. Era una especie de sol alrededor del cual se habían trazado unos rayos que parecían brazos o piernas. La verdad es que, por muy antigua que fuera, no me gustaba nada aquella piedra. Cada vez que la miraba recordaba las historias de lo que, según dicen, sucedió antaño en este lugar. Alice se reía y me preguntaba si me daba miedo.
—¿Crees que es uno de aquellos monstruos, verdad? —me preguntaba—. Uno de los que vinieron a este lugar para asustar a todo el mundo.
Y empezaba a reírse, consiguiendo que yo me riera con ella. Después, se ponía muy seria.
—Sí. Probablemente es uno de ellos. Hace milenios, algún artista o sacerdote la pintó para representar una forma terrible y sobrenatural de poder.
—¿Y qué representa para ti?
—Para mí es antropología, papá —me respondía—. Creo que todo lo que hacen las personas es interesante.
Entonces, la pulía con cuidado y volvía a dejarla sobre la repisa.
—Seguro que algún museo querrá tenerla.
Aunque barrió las colinas en busca de más objetos, no encontró ninguno más, aparte de algunos fragmentos cuestionables.
—Quizá, cuando los antepasados destruyeron al monstruo, destruyeron también todas las imágenes —decía con una cómica seriedad. A mí seguía sin gustarme aquel objeto. Deseaba que se lo vendiera a algún museo y solía repetírselo una y otra vez. Me quejé mucho, pero estaba en mi derecho… porque la casa era mía. Finalmente, lo guardó y se centró en el estudio de piedras normales. O, al menos, eso era lo que yo creía.
Los años pasaron al estilo de Massachusetts: los inviernos aquí son tan fríos que simplemente los aceptamos e intentamos olvidarlos. Pero la primavera, los veranos y el otoño… Oh, el otoño dorado… Nos encantan. Los saboreamos como la rica miel, bebiéndolos a sorbos. ¡Oh, mis hijos perdidos! Mi Susan, a la que nunca tomé de la mano. Bebemos sorbitos. Y nos sentamos a observar el viejo camino, que se aleja serpenteando para perderse en la nada, en algún lugar de aquellas colinas verdes y grises. Este camino es igual que las estaciones: a veces cálido y moteado por la luz del sol; en tiempos peores, frío y extraño, con su extremo lejano oculto entre mantos de niebla, serpenteando hasta más allá de lo que alcanza nuestra vista, y puede que incluso hasta el infierno. Al final, Evan lo recorrió solo. ¿Dónde estará ahora?
Odio ese camino. Odio sus barrancos y sus hoyos. Lo odio cuando el sol brilla sobre él y finge ser amable y atractivo. Lo odio cuando es feo y conduce hacia la muerte en aquellas colinas rocosas. Sí, conduce al infierno: lleva hasta allí a todo aquel que lo recorre.
Bueno. Los años pasaron y puede que Alice se hartara de este lugar. Ella y Evan no tuvieron hijos. Tendrían que haberlos tenido, porque ella no era de esas mujeres a las que les gusta pasar la vida en soledad, pero no los tuvieron. Aunque nunca se quejó, supongo que intentó consolarse con la geología y acabó yendo a Arkham, a la Universidad, de forma regular. Llevaba consigo sus rocas y bocetos y hablaba sobre ellos con los profesores… Y un buen día, decidió llevar su piedra antigua.
—Papá —me dijo—, cuando vean esto darán saltos mortales. Puede que después de este descubrimiento le pongan mi nombre a algún edificio.
Aunque se rió, cuando regresó a casa por la noche parecía molesta. Solía contarme todo lo que hacía siempre que sucedía algo especial, pero en aquella ocasión estaba pálida e inquieta. Evan no solía incordiar a su mujer, porque sabía que siempre que le rondaba algo por la cabeza, se lo explicaba en su debido momento. La mayoría de los que vivimos en este lugar somos así. Puede que nos consideréis lacónicos. De todas formas, a mí me importaba tanto Alice que decidí preguntarle qué había sucedido. Ella se limitó a sacudir la cabeza.
—¿A ninguno de los profesores le ha gustado tu monstruo? —pregunté. Ella se encerró un poco más en sí misma, así que no le hice más preguntas. Le sonreí, pero no me devolvió la sonrisa. Era como si no pudiera verme.
Más adelante, empezó a asistir a la Universidad diariamente. Se llevaba folios en blanco y regresaba con apuntes para estudiar. Aquel artefacto estaba siempre con ella. Se pasaba el día entero reflexionando sobre él. También lo calcaba, como se hace con las lápidas antiguas… Lo dibujaba una y otra vez, y añadía aquellos dibujos a sus extremos rotos. Lo que rodeaba al dibujo de la piedra parecían ser fragmentos de signos alfabéticos y, de alguna forma, lo que ella añadía parecía correcto.
—¿Estás extrayendo un alfabeto de esos arañazos de gallina? —le pregunté.
Cuando ella me miró, me sorprendió ver arrugas alrededor de sus ojos.
—Sí —respondió con suavidad—. Aquí hay una especie de lenguaje; en la biblioteca hay libros que aluden a él. Podría tratarse de una especie de Piedra Roseta.
Sin añadir nada más, prosiguió con sus dibujos y su lupa.
Me quedé junto a ella.
—Alice, creo que pasas demasiado tiempo en ese lugar. Ni siquiera puedo verte los ojos debido a esas bolsas que hay a su alrededor. ¿Por qué no vas con Evan a buscar más rocas por aquí y te olvidas de este estudio especial durante un rato?
No respondió. La verdad es que tenía la impresión de que Evan y ella ya no hablaban tanto como antes. Antes hablaban sin necesidad de palabras, porque Evan no estaba acostumbrado a utilizarlas, y podían recurrir a las diversas formas de comunicación que conocen los jóvenes. Seguí insistiendo, hasta que al final ella dejó escapar un suspiro.
—Papá…
Entonces supe que no debía seguir insistiendo.
Así que hablé con mi hijo. Evan era el único hijo que tenía. Tuve una hija, pero no vivió demasiado. Ella… Bueno… Evan lo era todo para mí. Trabajábamos juntos en la granja y conocía sus problemas y también su belleza. Puede que diera por sentado que él estuviera siempre a mi lado, y al releer este inútil papel que estoy escribiendo me doy cuenta de que no le he mencionado demasiado. No es necesario que lo haga. Mi hijo es un buen hombre; es tal y como siempre deseé que fuera. Un padre siempre quiere a sus hijos, y como éramos tan parecidos, a mí me resultaba sumamente sencillo quererle. Ahora que se ha ido solo me queda su imagen en la mente, con su rostro sereno, calmado, meditabundo y los ojos tristes, porque así fue como lo vi por última vez. El cabello le caía sobre la frente y sus ojos ya no eran los mismos. Eran muy fríos.
Evan. Durante los primeros años de casado solía atosigarle, preguntándole por qué no quería tener hijos. Nunca hizo ningún comentario. Más adelante, cuando fui más insistente, se limitó a fruncir el ceño. Después de que se hubiera ido, encontré las facturas del médico y descubrí que habían buscado ayuda médica. Él nunca me lo dijo, y los años pasaron estériles. Cada vez que sacaba el tema en la cena, Alice se limitaba a hablar de otra cosa hasta que por fin dejé de preguntar. Permití que las cosas siguieran su curso.
Pero ahora estaba muy ocupada con sus jeroglíficos o lo que fuera aquello. Siempre que utilizaba esa palabra, ella se reía y me decía: «Comparados con esto, los egipcios eran muy jóvenes». Empezó a pasar algunas noches en Arkham, enfrascada en sus estudios. Cuando estaba en casa, observaba el camino que conduce a las colinas y paseaba por él con frecuencia. Una vez, Evan se ofreció a acompañarla, pero ella le respondió que prefería ir sola. «Solo esta vez», se disculpó. Sin embargo, volvió a ir sola muchas más veces, para poder «sentir» el lugar. «Sentirlo», pues esa era la palabra que utilizaba. Él nunca volvió a repetirle su oferta.
Debería haberme dado cuenta entonces de que, fuera cual fuera el vínculo que nos había mantenido unidos a los tres, este se estaba rompiendo y que, tristemente, Alice se estaba alejando de nosotros. Cuando pierdes a una persona que quieres, ¿cómo puedes hacer que regrese? No puedes exigírselo; tampoco puedes comprarla, ni siquiera con amor. Mi hijo la miraba fijamente, en algunas ocasiones con frialdad y en otras con nostalgia, pero ella no le respondía. Quizá un bebé les habría salvado… Al menos, durante un tiempo.
Alice seguía preparando la comida y haciendo las tareas domésticas que le correspondían, aunque cualquier ama de llaves habría hecho lo mismo. Sus libros y papeles eran mucho más importantes para ella… Se habían convertido en una especie de obsesión. Hizo una copia en arcilla de la piedra, aunque más grande, para añadir en ella las palabras que había estado completando. Aunque no nos la enseñó, tampoco la escondió. Aquella cosa que parecía un sol inflado no era un sol, sino una enorme forma esférica de la que salían todo tipo de piernas y brazos. Era una especie de animal, aunque completamente distinto a todos los que había visto en mi vida. Recordé las historias sobre monstruos que solían contarse en Dunwich, aquellas historias a las que nunca había prestado atención. En este lugar existió algún horror, aunque probablemente solo lo hizo en las retorcidas mentes de una familia enferma. Los dibujos de Alice no me importaban en absoluto, pero me preocupaba enormemente que nuestra familia fuera a la deriva. Le dije a Evan que tenía que hacer algo, decirle algo. Quizá, deshacerse de aquella piedra o proponerle que se alejaran juntos de Dunwich durante algún tiempo. Él sacudió la cabeza. Su forma de amar le impedía forzar a su esposa. Y aunque lo hubiese intentado, no habría servido de nada.
Fue una noche, creo que a principios de verano. Estaba sentado en esta mesa, igual que ahora. Incluso tengo la impresión de que todavía puedo oír aquella súbita voz procedente del exterior, donde solo había grillos y pájaros. Me asomé a la ventana y vi que Alice estaba leyendo algo en voz alta, algo parecido a un cántico. Estaba de pie, en la penumbra, sujetando aquel objeto de arcilla e intentado pronunciar correctamente unas palabras extrañas. Lo intentó una y otra vez, pero al parecer, no consiguió lo que se proponía. Se detuvo y observó atentamente la forma de arcilla. Entonces, descubrí que también Evan la estaba mirando a través de la contrapuerta, respirando con fuerza. Cuando se dio por vencida y se dejó caer sobre las caderas, Evan subió al piso superior. La noche siguiente, Alice lo intentó de nuevo, pronunciando aquellas palabras con mucha más fuerza, como si estuviera histérica. Entonces, dando un portazo, Evan salió corriendo de casa. Los oí gritar.
En cierto sentido me alegré. Por fin estaba haciendo algo. Observé la escena. Él tenía la piedra o el modelo de arcilla en las manos y la sujetaba como si quisiera lanzarla contra el suelo. Ella forcejeaba para arrebatársela, arañándole y gritando sin parar. Él le pegó un empujón y ambos se miraron fijamente durante un largo minuto; entonces, ella le dijo algo que no pude oír. En el rostro de Evan se dibujó una expresión terrible, cargada de angustia, miedo e incluso odio; sin embargo, pareció calmarse y le devolvió aquel objeto. Como ella no hizo ningún ademán de querer cogerlo, Evan lo depositó en el suelo. A continuación se alejó lentamente, con la camisa destrozada y los brazos llenos de sangre. Entró en casa y pasó delante de mí sin decir ni una palabra. Lo observé mientras subía por las escaleras y cuando desapareció, me giré para mirar a Alice. Podía ver su rostro, completamente perturbado. Sus ojos no paraban de moverse entre la piedra y la casa, y me pareció ver que las lágrimas se deslizaban por sus mejillas. De repente, cogió una enorme roca y la sostuvo sobre la piedra… Pero entonces, estremeciéndose, la lanzó en otra dirección. Seguí observándola y pude oírla sollozar. Por fin, más calmada, entró en casa con la piedra. No me dijo nada. Tras dejarla en la caja en la que la guardaba, subió las escaleras.
Ahora, mientras estoy escribiendo todo esto, me pregunto por qué no la rompí yo mismo. ¿Tendría que haberlo hecho? No era más que una piedra y significaba mucho para ella. ¿Acaso yo tenía algún derecho a decirle qué era lo mejor para todos? Además, por mucho que hubiera intentado deshacerme de ella, Alice podría haber hecho otra, porque se sabía de memoria todos sus detalles.
Después de aquel día, Alice empezó a pasar algunas noches en Arkham. Llamaba por teléfono para decirnos que le era imposible regresar; entonces, esperaba un minuto y se despedía. Intenté que Evan fuera a buscarla una vez que llamó para decirnos que estaría fuera una semana porque tenía que ir a la Biblioteca de Harvard. ¡Como si la de Miskatonic no fuera lo bastante grande! Él no respondió.
Supongo que Evan es más yanqui que yo; de todas formas, él nunca ha sido padre, así que no sabe cómo duele el corazón cuando ves sufrir a un hijo. Aunque he reflexionado mucho sobre este tema, no deseo hablar en voz alta sobre él. Si tuviera que decir algo, lo escribiría y, a continuación, quemaría el papel. Puede que también queme este. O puede que lo guarde, porque sé que no puedo volver a escribirlo y es el único recuerdo que me queda de mi hijo, que ya se ha ido… Y de mi Alice… Y de aquellos tiempos en que los dos paseaban cogidos de la mano. ¡Oh, Alice! ¡Toda aquella sangre!… Pero eso sucedió más tarde…
Durante algunos meses, todo siguió igual, hasta que una noche llamó. Fue la última de aquellas llamadas y la hizo después de medianoche, llorando y suplicando y diciendo cosas incoherentes. Parecía aterrada. Aunque yo creía que nos estaba pidiendo ayuda, resultaba difícil entender lo que intentaba decirnos.
Evan estaba en el piso de abajo. Había cogido el otro teléfono y la escuchaba sin decir nada. Por fin le preguntó si quería que fuera a buscarla… ¡Pero lo hiciste con demasiada frialdad, Evan! Ella pareció calmarse y por fin pudimos comprender lo que nos estaba diciendo, aunque su voz también era fría. Alice le dijo que no, que regresaría a casa al día siguiente. Después colgó, pero al día siguiente estuvo de vuelta. Era un día sombrío y llovía a cántaros. Entró sin decir ni una palabra, dejando que la lluvia empapara sus libretas, como si ya no le importaran. Observó a Evan durante unos instantes y pude ver que él deseaba decir algo… Pero Alice subió corriendo las escaleras para quitarse la ropa mojada.
Preparé la cena y, aunque ella se sentó a la mesa, no comió nada. Seguía lloviendo con fuerza y los rayos iluminaban los bosques y el camino. Después de un rato, Evan le pidió amablemente que comiera algo, pero ella ni siquiera lo miró. Mi hijo, dolido, se levantó y se fue a su cuarto. Instantes después, Alice se levantó muy despacio, sin ponerse el abrigo ni decir nada, y salió a toda prisa de la casa. La puerta se quedó entreabierta y la lluvia se precipitaba hacia el interior. Corrí hasta el armario para coger su abrigo y el mío. Me puse el mío y salí corriendo detrás de ella, gritando su nombre, porque estaba tan oscuro que no podía ver nada.
Entonces cayó un gran rayo y pude verla correr bajo la lluvia, con los brazos extendidos, entonando aquel cántico. El suave sonido de su voz se perdía entre la lluvia y vi que tropezaba contra un viejo tronco y caía cerca del camino. Yo también me caí. Cuando conseguí levantarme, alcancé a verla a la luz de los rayos, desgarrándose la ropa y el cabello y retorciéndose agónica en el suelo, sin parar de gritar. Evan pasó corriendo junto a mí, gritando su nombre. Al llegar junto a ella, la cogió en brazos y regresó a casa. Había dejado de gritar, pero tenía los ojos cerrados y continuaba moviendo los labios. Aunque estaba empapada, Evan la acostó en la cama y estuvo acariciándole la cabeza y abrazándola hasta que, por fin, se tranquilizó y se quedó dormida. Entonces, le quitó la ropa mojada, la secó y permaneció a su lado toda la noche, mirándola.
Durante las dos semanas siguientes, Alice no se movió de la cama. En algunas ocasiones despertaba sin saber dónde estaba y, en otras, cantaba en aquel extraño idioma. Intenté entender y escribir algunos de aquellos sonidos que aún están en mi cabeza, pero no lo conseguí. Solo Dios sabe qué significaban. Eran unos sonidos guturales, en los que predominaban las «g» fuertes y las «r» y «1» vibrantes. Aquel cántico parecía algún tipo de oración primitiva. Lo odiaba, del mismo modo que ahora odio todas las oraciones. Sé que hace un momento he dicho «solo Dios sabe», y puede que si vivo lo suficiente, sea capaz de perdonarle por todo lo que ha creado… Pero, sinceramente, lo dudo.
El día que me reconoció supe que empezaba a recuperarse. Sus manos temblaban e intenté cogerlas, pero las apartó y se observó los dedos con miedo, incluso con asco. Evan entró y, al darse cuenta de que le reconocía, corrió hacia ella. Le tomó de las manos y no se las soltó hasta que, por fin, Alice se relajó y sujetó con fuerza las de él.
No quiso que la viera ningún doctor y, como se estaba recuperando bien, dejamos que hiciera lo que quisiera. Su rostro recuperó el color y empezó a ganar peso. Pronto volvió a levantarse de la cama y a sonreír. ¡Volvía a ser la Alice de siempre! Me extrañó ver que su vientre se había redondeado pero, tras intercambiar una mirada, Evan y yo sonreímos. Lo mejor de todo fue que parecía haber perdido todo interés por su piedra y sus notas. Por supuesto, ninguno de los dos volvimos a mencionar aquella noche en la que corrió bajo la lluvia.
La historia está a punto de finalizar. Antaño me gustaba la primavera, disfrutaba viendo cómo crecían las cosas, cómo nacían nuevos insectos y pájaros. En este lugar hay muchos chotacabras, siempre los ha habido. Durante toda mi vida he oído sus gorjeos. La primavera es el principio de la Vida… Aunque en esta ocasión supuso el fin. En ocasiones pienso que la Vida es un proceso que consiste en ir perdiendo todo lo que quieres hasta que no te queda nada. Alice se había recuperado tan bien que me dolió muchísimo ver que se estaba apagando de nuevo. Y aún me dolió más cuando la vi coger aquella caja y sacar de su interior la maldita piedra. Cuando entré en la sala, la sorprendí observando la piedra, aunque descubrí que en sus ojos había miedo… Incluso aprensión. Entonces, Alice salió de la casa con su tesoro y se reunió con Evan, que estaba trabajando en el campo.
Él sonrió al ver a su esposa, aunque en cuanto descubrió que llevaba la piedra, frunció el ceño. Vi que Alice gesticulaba, señalándole la piedra y después a sí misma. En el rostro de mi hijo se dibujó una expresión de sorpresa, que instantes después se convirtió en ira. Dio media vuelta pero volvió a girarse de nuevo, sacudiendo con fuerza la cabeza. No sabía de qué estaban hablando, pero discutieron durante un buen rato, ella sujetando la piedra y él sacudiendo la cabeza sin cesar. Entonces, Evan cogió aire con fuerza y le sonrió como a un niño, pero ella continuó señalándole la piedra y a sí misma con obstinación. Al final, enfadado, mi hijo dejó caer el azadón y se alejó a grandes zancadas de ella. Cuando Alice intentó acercarse a él, Evan movió la cabeza y las manos, como si estuviera rechazando algo.
Alice entró en casa y se sentó delante de mí. Estaba pálida y temblorosa.
—Alice —le dije, acercándome a ella. Me obligó a retroceder.
—Papá, déjame hablar —dijo.
Asentí. Realmente era preciosa.
—Sabes que te quiero —anunció—, y también sabes que me quieres. No me resulta sencillo decir lo que tengo que decirte, y tampoco se trata de algo bueno. Es culpa mía. Pensaba que solo quería saber, conocer una parte de la prehistoria que nadie más conocía, pero me equivocaba.
De pronto empezó a llorar. Su voz salía tan entrecortada por los sollozos que se me rompió el corazón.
—No estaba aprendiendo nada… ¡Me estaban manipulando! ¡Ahora estoy embarazada! Sé que lo sabes… No, no digas nada, por favor, debes escucharme… No… No es de Evan, ¡oh, Dios! ¡Ojalá lo fuera! ¡Teníamos tantas ganas! Pero no es de él… —su voz se convirtió en un susurro—. Es de ellos, lo sé tan bien como que estoy sentada aquí. ¡Es de ellos!
Ahora lloraba desconsolada. La cogí entre mis brazos y la mecí, diciéndole que las mujeres embarazadas solían estar muy alteradas y que era normal que ella también lo estuviese, sobre todo después de haber estado tan enferma. Y le hablé de lo felices que éramos Evan y yo a su lado. Sin embargo, Alice intentó liberarse de mis brazos y siguió diciendo más o menos lo mismo, solo que peor.
—Papá, tienes que creerme. —Señaló su redondeado vientre—. Esto no es humano. No es un hombre… Ahí fuera hay otros seres dotados de un poder terrible. Están aguardando… y me han utilizado. ¡Me han utilizado! Tengo miedo de la criatura que llevo en mis entrañas, pero soy incapaz de deshacerme de ella.
Se levantó y apartó la mirada.
—Lo he intentado, pero no pude. Y ningún doctor lo ha conseguido. —Volvió a mirarme—. ¡No lo permitirán! Pero un ser así no debe vivir en este mundo. Solo hay una forma de evitarlo. Tienes que… matarme.
Se sentó y escondió su rostro entre las manos, aunque ya no lloraba. Miró hacia la puerta para observar a Evan, que sachaba la tierra con tristeza. Entonces, se levantó y subió las escaleras.
La histeria típica del embarazo. Había oído hablar de eso. Alice había vivido demasiado tiempo en este lugar y conocía las terribles leyendas que, supuestamente, habían ocurrido en Dunwich… Como la de Lavinia Whateley, una pariente lejana de Alice que, según se decía, había engendrado seres increíbles. La pobre Alice había oído todas aquellas historias y, como se sentía tan cansada y tan débil, le aterrorizaba su embarazo. ¿Cómo podía yo, un anciano, quitarle de la cabeza aquel miedo? Susan también tuvo sus miedos, pero los suyos eran normales. Solo el tiempo podría ayudarla… quizá.
Sin embargo, no lo hizo. Los meses pasaron y la situación empeoró. Alice nos pedía continuamente que la matáramos. En ocasiones, burlándose de nosotros, iba hasta el armario en el que Evan guardaba su rifle y lo sacaba. Entonces, nos lo daba a uno de los dos, a veces llorando y, otras, riendo. Por mucho que Evan escondiera el rifle, Alice siempre lo encontraba. Y a medida que crecía su vientre, era más frecuente que nos lo pidiera sonriendo más que suplicando. Una vez decoró la pistola con lazos y los ató de forma que colgaran a modo de brazos y piernas deformes; mientras lo hacía, sus ojos brillaban como los de una demente, como los de Lavinia cuando vagaba por los campos, según cuenta la leyenda. Intentamos que la viera algún doctor, y también conseguimos que viniera uno de los profesores de la universidad, pero todo fue inútil. Se encerró en su cuarto y se negó a verlos. Yo estaba muy preocupado. Pronto daría a luz, y sabía que teníamos que protegerla. Pero cuando llegó la hora, yo no estaba preparado.
Un día de verano, uno muy brillante en el que los pájaros cantaban sin cesar, bajó las escaleras con el rostro resplandeciente, el cabello despeinado… y llevando la piedra cerca de su pecho.
Entonando aquellos cánticos, cogió el rifle como una cucaña y salió al patio. Tenía el rostro bañado en sudor. Salí corriendo detrás de ella. Pude oírla gritar el nombre de Evan y, acercándose a él, le tendió el rifle. Evan se enfadó, o puede que tuviese miedo de sus intenciones; de cualquier forma, se abalanzó sobre su mujer para quitarle el arma. También intentó arrebatarle la piedra, pero ella consiguió escapar.
Pero instantes después, se acuclilló dolorida.
—¡Ha llegado la hora! —gritó, mientras avanzaba, tambaleándose, hada la carretera. Sostuvo en alto la piedra y empezó a cantar de nuevo. Su cántico era cada vez más fuerte. De su boca salían terribles sonidos y su cuerpo temblaba espasmódicamente. Repetía sin cesar un nombre, que sigue abrasándome la mente como un cáncer:
»¡Yog-Sothoth! ¡Yog-Sothoth! ¡El padre está viniendo! No deberíais escuchar… —Continuó sosteniendo la piedra en alto—. ¡Yog-Sothoth! ¡Cógelo! ¡Es tuyo!
Evan gritó y corrió hada ella, intentando abrazarla, pero Alice le miró alienada y rompió la piedra contra su brazo. Bajo la luz del sol y los ensordecedores chillidos de los chotacabras, oí que el arma se disparaba y, después, no pude oír nada más, excepto que sus cánticos se habían detenido de golpe, en una especie de gorjeo. Al levantar la mirada, vi que estaba de pie en el mismo lugar, sujetándose el vientre con las manos, mientras la sangre escapaba entre sus dedos y se escurría por sus brazos, por sus piernas.
Se desplomó allí mismo. Evan intentó levantarla y fui corriendo a ayudarle, pero ya no había nada que hacer. Era como si todo su estómago hubiera reventado, y creo que me volví loco, porque allí, entre la sangre y la carne, pude ver algo que no tendría que haber estado nunca en ese lugar… Algo oscuro que se retorcía suavemente… Algo que era igual que el dibujo de la piedra.
Evan le puso la chaqueta sobre el cuerpo y se arrodilló junto a ella, acariciándole la mano.
—Oh, Evan —susurró Alice—. Era la única forma… Tenía que ser así… Oh, Evan…
Instantes después, su cuerpo dejó de moverse. Mientras mi hijo le cubría el rostro con la chaqueta, el sol se oscureció e incluso los pájaros guardaron silencio.
Puedo verlo como si fuera una fotografía: Evan arrodillado sobre su cuerpo inerte, sin hacer ningún movimiento. Permaneció arrodillado bajo aquel sol, en absoluto silencio.
La enterramos en el campo, cerca de la tumba de mi hija, cerca de la de mi mujer. Evan no dijo nada, pero más tarde, cuando me senté junto a él, me abrazó. Le cogí las manos y se las sujeté hasta que él, con suavidad, intentó liberarse. A continuación, cogió su rifle y se alejó por el camino. No sé dónde fue ni he vuelto a saber nada más de él. Era mi único hijo… Pero ahora, se ha ido.
Desde entonces he estado solo, pensando en todo esto… Recordando la sangre y aquello que me pareció ver… Reflexionando sobre las extrañas historias que cuenta la gente sobre los Whateley. Desearía que Evan se hubiera casado con una muchacha de la zona, por muy tonta que hubiese sido. Una muchacha que no sintiera tanta curiosidad y que se hubiera contentado con menos… Una muchacha que no le exigiera más de lo que él podía darle. Y eso hubiera sido suficiente.
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