Seguro que todos ustedes tienen una opinión ya hecha sobre el asunto Marlene Moureau. Seguro que muchos piensan que se ha inventado todo eso del secuestro para ir a las televisiones y recuperar un poco de la fama que una vez tuvo. Muchas cosas sin explicar, sin duda: si fue víctima de un secuestro express, ¿cómo es que nadie pidió rescate?, si la secuestraron unos fans sólo para estar un rato con ella, ¿para qué iban a noquearla y dejarla abandonada en un parking? Muy raro todo, estoy de acuerdo. Pero aquí tienen, no otra versión de los hechos, sino la real. Me la quiero sacar de encima porque no sé qué va a ser de mí después de esta noche.
Resulta que vimos a una nena maravillosa que se ganaba la vida presentando uno de esos programas de noticias que tergiversionan la realidad y montan sonidos falsos sobre imágenes verdaderas para reírse un poco de todo. La nena fulguraba en un club de baile, y Sandy me dijo: ¿sabes quién es? Y yo asentí. Y él: ¿te apetece follártela? Qué dices, le dije. Yo sé dónde podemos, me dijo. Y por qué no, al fin y al cabo era mi cumpleaños y nadie me había hecho ningún regalo, y pensé, siempre hay una primera vez para todo, un primer cumpleaños en el que no recibes ningún regalo si no te lo haces tú mismo, una primera visita al burdel. Así que vamos. Un pequeño chalet estacionado en una colonia racionalista de los años treinta, en el que treinta muñecas hiperreales aguardaban que eligieras alguna de ellas para llevarte a uno de esos lugares en los que, por arte de magia, el alma se te sale del cuerpo convirtiéndose en una especie de escudo del cuerpo, protegiéndote la piel. Todas eran dobles perfectas de hembras famosas y actuales —las hembras legendarias del cine no tenían demasiada clientela: la necrofilia sigue siendo un placer minoritario, y nadie quería hundirse entre los muslos de Marilyn Monroe ni de la Raquel Welch de los buenos tiempos, hace un millón de años. Presentadoras de televisión, actrices, cantantes, atletas, modelos. No importa que su destino cantado fuera el minucioso olvido y que en diez o quince años nadie las recordara: en el presente formaban la cohorte regia de las más deseadas, y todas vendían su alma por un plato de lentejas. Pero las muñecas también envejecían: ése debía de ser el lema secreto del burdel para retirar a alguna de sus chicas del mercado cuando la mujer a la que copiaba era expulsada de las páginas de actualidad. Era caro pasar un rato con cualquiera de ellas, pero merecía la pena: cuatrocientos euros la sesión, sí, pero salías de allí como si la imposición de una mano de gurú en tu pecho hubiera conseguido despertar el ave milagrosa de kundalini en tu interior. ¿Por quién me decantaría? Si una cantante, me apetecía hincarle el diente a la rubia Britney Spears, si deportista, a la explosiva tenista negra Venus Williams, una de las pocas que no sería olvidada con el paso del tiempo. Todas ellas eran asombrosamente humanas, y estaban hechas de silicona, látex y vinilo, con un esqueleto de metal, y sensores estratégicamente enterrados en sus cuerpos para que reaccionaran a los estímulos del usuario. Pero describirlas como criaturas de látex, vinilo y silicona, con un esqueleto de metal extraordinariamente preciso que permitía que se mantuvieran en pie o adoptasen y mantuviesen cualquier postura, resulta tan pobre como afirmar que el amor de nuestra vida es un conjunto asombrosamente diseñado de piel, glóbulos rojos, huesos, oxígeno, un viejo idioma agonizante en el que ya se ha dicho todo lo que importaba, un gusto exquisito por los zapatos, un currículum —cuánto nos duele— de amantes que no eran más que los atletas de un triunfal equipo de relevos que se sucedieron —unos más raudos que otros— para que la amada llegase a nuestras manos. Eran algo más que eso. Y estaban dotadas de unos sensores reglados por un ingenio situado en algún punto de su interior que las capacitaban para, activando los circuitos adecuados —sus terminaciones nerviosas—, responder a los estímulos de sus usuarios, adivinar sus necesidades, mover las caderas con la velocidad precisa, apretar los glúteos o, colmo de la eficacia, emitir distintos tipos de gemidos cuando intuyesen, por la temperatura de quien las utilizaba y la agitación de su respiración, que se acercaban a la cima.
Vayamos pues, ahora que la noche se tiende sobre el cielo como un paciente anestesiado en la cama de su verdadero amor.
La sala donde nos atendió una mujer de unos cincuenta años de exquisitos modales que no pareció reconocer a Sandy porque nos preguntó quién nos había hablado de aquella casa, era aséptica como la de la consulta de un dentista. Hilo musicalmo, paredes blancas sólo interrumpidas por los parques de abstracciones de unos garabatos enmarcados con mucho paspartout. Para echar un vistazo al catálogo había que pagar cincuenta euros, y Sandy sacó un billete —me dedicó un guiño y dijo: es tu cumpleaños, no me he olvidado, yo pago el vistazo— y lo entregó, y la mujer, después de preguntarnos si nos apetecía tomar alguna bebida, a sabiendas de que la boca se nos haría agua en cuanto pasásemos las páginas de la oferta, nos dejó a solas con el catálogo, del tamaño de una revista dominical, encima de la mesa de cristal, junto a una campanilla que debíamos tocar cuando hubiésemos alcanzado la cumbre de una decisión. ¿Quieres echar un vistazo o vas directo por la presentadora del bar?, me preguntó Sandy, para luego advertirme: yo también la voy a escoger a ella. Un homenaje a trois, ¿eso es lo que tienes en la cabeza?, déjame ver el índice onomástico por lo menos, respondí yo, nada tenso, haciéndome efecto la bolita de mascarar que me había dado Sandy para ponerme a tono con la experiencia mística a la que me arrimaba, después de que pasáramos por un cajero. Y pregunté: ¿tú lo tienes claro, de verdad? Sin duda, me dijo, me apetece la Pocahontas de la tele, a ti te da lo mismo, la primera vez lo flipas igual con una que con otra, pero si quieres un consejo, mira esto, y como si el lomo del ejemplar del catálogo estuviera vencido de tanto abrirse por la misma página, Sandy encontró lo que buscaba. Valquieresón. La dama que ocupaba la página, con sus trenzas, sus gafitas de azafata de teleconcurso para toda la familia, sus tetitas al aire, cada una, una cúpula coronada por su pezón, sweet home, y esa sonrisa y luego el vestidito… Detén la descripción traicionera. Sería mejor que vieran la foto, pero no puede ser, no tenemos los derechos. La muñeca que ocupaba aquella página era la vedette a saber, Marlene Moureau:
—Esto es una foto de ella, la de verdad —titubeé yo, y enseguida cogí el catálogo y empecé a revisar las fotos de las demás. Me parecía un truco muy poco digno imprimir fotos de las personas clonadas en látex y silicona, todas en vivas posturas lascivas, pero Sandy me dijo: no seas necio, son fotos de las muñecas, así son. Y abrió la página donde se ofrecía a Pocahontas, y también parecía una foto de revista de desnudos.
Al final del catálogo había una serie de imágenes de vestuarios que el cliente podía elegir, podías escoger por ejemplo a Britney Spears vestida de criada, a Miss Mundo en plan sadomaso, o a cualquiera de las muñecas ofertadas disfrazada de cualquiera de las posibilidades que te ofrecían. Sí, bueno, dije desconfiado, ya me convenceré cuando llegue la hora et labora de la verdad: pero elijo a Marlene, claro que sí, ¿se le dará bien el francés?, y la quiero con este bikini carioca y me la tiro porque me toca. Sandy hizo sonar la campanilla para enterar a la señora de nuestra elección magistral. Muy buen gusto, ambos, opinó la dueña. Y se me olvidó pedir el bikini, pero daba igual.
En unos minutos estarán listas las chicas, dijo y me gustó que se refiriera a ellas como si fueran reales (entiéndanme, reales eran, claro, quiero decir, de carne y hueso). ¿Quieren algo de beber? Dijimos que no al unísono. Ella recitó un precio y Sandy y yo echamos mano de nuestras carteras —en sitios así mejor no utilices la Visa, te aviso— y entregamos los billetes necesarios a la dueña, que se marchó con un: en unos minutos estarán listas vuestras chicas. Le pregunté a Sandy por qué Pocahontas, a lo que me respondió con un simple: hoy no tengo ganas de echar a trabajar la imaginación. ¿Cómo así? La imagen aún reciente de la muchacha bella en el bar le facilitaba el trabajo a la fantasía de Sandy, sólo tenía que pegar dos fotogramas con una elipsis: una noche en el bar coincide con una muchacha, y en el plano siguiente ya están en la habitación de un hotel. No la toques ya más, que así es la cosa.
La habitación en la que entré precedido por mi sombra, más impaciente que yo, no era amplia, y estaba iluminada lo suficiente como para que apenas se apreciara el ser —o la nada— que me aguardaba sentado y sonriente y tal y como lo había visto en la foto del catálogo, el cuerpo del deleite, salvo por el detalle del rotulador, que no estaba allí conectando sus dientes y sus dedos. En la habitación el hilo de la música era menos tenue que en la sala de espera: la luz me supo a helado de vainilla. Había una ventana que daba al jardín trasero del chalet por donde entraba el hemofílico lengüetazo de una farola. Hola, dijo la muñeca cuando corrí las cortinas. Alguien debía controlar mis reacciones con un mando a distancia (seguro que han tenido esa sensación, quedas congelado porque un dedo ignoto aprieta el botón de pausa) porque me quedé allí, quizá boquiabierto, todo ojos (i am eye, ay), mirando a Marlene que me sonreía y me miraba como si dentro de ella hubiera alguien. ¿Había alguien? Pensé que era de carne y hueso, quiero decir, que el truco estaba en hacer creer a los clientes que las muñecas eran de látex y silicona y lo que quiera que se empleara en su fabricación, pero en realidad te las tenías con una hembra de verdad, todo lo parecida que se pudiera a la estrella mediática que fuera. Pero una sola palabra suya no bastaba para sonarme, era muy poco para confirmar esta hipótesis. El dedo ignoto se apiadó de mí y volvió a darle al botón de play, así que me acerqué a Marlene, que seguía con aquella postura relajada, tetitas deliciosas al aire, gafitas redondas, piernas abiertas de mar en mar. De repente movió uno de los lánguidos brazos tan deliciosamente torneados y llevó dos dedos a uno de sus pezones donde posó las yemas de los dedos mientras su sonrisa se hacía más pícara. Y sus ojos no dejaban de clavarme aquella mirada. Y giró un poco la cabeza cuando yo di la vuelta observándola, aun tan pudiinmundo, aunque ya con cierta flama flamenca calentándome el pecho. Del otro lado de la pared me llegaron unos gemidos: no de un cliente, sino de una de las muñecas, tal vez de Pocahontas, ya cabalgada por su John Smith camino del coitocircuito. Me intrigaba demasiado cómo podía funcionar aquella máquina como para no preguntármelo sin dejarme absorber aún por su espléndida belleza, así que le toqué un muslo con mano de masajista que aprieta el punto donde su paciente le ha señalado una molestia. Luego el masajista empezó a propasarse y el tacto de aquella piel era suave fénix, hizo brotar de las cenizas de mi perplejiedad el ya indomable deseo: la mano transmitió órdenes a la boca que quiso morder la carne ofrecida, aunque no fuera carne, y acerqué la cara al muslo para mordiolisquearla, y ella, con un gemidito, me obligó a seguir un poco hacia arriba, las manos ya buscando bajo su espalda para encontrar las musculosales nalgas. Olía a fragancia de rosas, y mi cara bajó a su coño sin que las manos dejaran de dejar huellas digitales en sus glúteos, y su coño olía a coño delicioso y juvenil, y hasta se humedeció un poco, jalea harta es, y allí mi boca dijo ego te absorbo, y sus gemidos se multiexplicaron, entre uno y otro gemido intercalaba sí, sí, emperactriz, y, no sé si por probar su resistencia, mordí la vulva, cosa que no recomiendan las páginas de sexo de las revistas dominicales en reportajes titulados Cómo satisfacer a tu pareja o Cómo practicar el cunnilingus, gran idioma. Y la muñeca se quejó, soltó un ay tan humano que me asusté y dije, hasta aquí hemos llagado, y pedí perdón y la obedecí cuando, girada su cabeza hacia la mía entre sus muslos, dictó: sigue. Así que sí, seguí practicando la lengua mientras me desabroché los pantalones, y vi que ella giraba de nuevo su cabeza hacia el techo, los brazos extendidos hacia atrás ahora como si fueran alas, hasta que —tal vez estaba programada para percibir en la temperatura del rostro enterrado entre sus piernas que había llegado el momento de cambiar de postura— dijo: llévame a la cama. La voz, con acento francés, era lo menos humano de la muñeca. La llevé a la cama, su peso no era humano, y eso, que fuera tan ligera, por alguna razón, me lastimó. Un pequeño peso para el hombre, pero un gran peso para la humanidad. Ya no había marcha atrás ni coitus incorruptus, sobre todo porque cuando me dispuse a penetrarla, su voz me ordenó: ponte condón. ¿Temía quedar embarazada o era una cuestión de higiene? Había condones en la mesita de noche, y para darle más realismo a todo un ejemplar de una novela de Ken Follet, buen apellido para lo que se acercaba. Condontiero fui, pues, la besé en la boca, busqué su lengua, estrujé sus pechos. Y le di la vuelta, cuatro patas pueden más que dos. En su espalda traté de arañar su piel ilusoria, y quedaron marcadas unas rayas, y otra vez me sobrevino la conficción de que era una hembra de verdad haciéndose pasar por muñeca. Era Dolly cuando firmaba su entrada en el burdel. Era doliente después cuando despertaba por la mañana tratando de olvidarse de lo que había tenido que hacer de noche.
Me zambullí en ella como si en efecto dentro de ese cuerpo de muñeca que con movimientos exactos se acompasaba a los míos, hubiera alguien ahogándose, alguien que sacaba el brazo por encima de la piel erizada del mar, y gritara Hell o quizá sólo Helio. Cerré los ojos para verla mejor. Y nadé, nadé, hacia esa voz que se desahogaba, nadé a sabiendas de que cuando alcanzara el brazo, yo también me estaría ahogando ya sin poder volver a la orilla, a sabiendas de que el brazo que se agitaba allí entre las olas del mar lento de Marlene, era mi propio brazo en señal de socorro, me corro.
¿Y luego? Cómo se abandona un cuarto —de hora— compartido con un perfecto dibujo animado. Un beso en la frente para buscar el premio de afectos especiales, sería exagerado. Un volveremos a vernos, incurrir en mera astrología. No mirar atrás, imposible el ademán. Sujeté sus mejillas y la miré a los ojos: mi rostro se reflejaba deformado en sus pupilas gustativas. ¿Quién eres?, le pregunté en un susurro, cediendo al petrarquiado que triunfaba en las estanterías de poesía, con un no sé qué estrangulándome el alma, que había pasado de residir en la base de mi pubis a la sala de rehabilitación ubicada en mi nuca digas nunca jamás. ¿Te ha gastado lo que te he hecho?, preguntó, o eso entendí, en su mecanizado español afrancesado. Vuelve a verme, me sugirió. Y cerró los ojos: cerrojos. Como si durmiera y yo hubiese vuelto, después de mi breve temporada de príncipe, a ser un sapolíneo hombre vulgar.
Ni siquiera me quedé a esperar a Sandy, trastornado como estaba. Aquella primera vez salí del burdel de muñecas con un agujero en el alma y el cuerpo satisfecho como si acabara de aprender las primeras lecciones para dominar el arte de flotar. Me sentía raro, pero supe reconocer que esa extrañeza procedía de la plenitud que me embargaba y no de la vergüenza de pedirme a mí mismo explicaciones para que justificaran lo que acababa de hacer. Tal vez ello me empujó a reconocer en el pasado unas cuantas viñetas que demostraban que, desde antiguo, había padecido siempre cierta propensión a quedar fascinado por los maniquíes y las muñecas.
¿Cómo guardarme de aquellas tardes gastadas en el cuarto de mi hermana, observándola mientras mantenía conversaciones con sus muñecas? ¿Y no me recordaba nítidamente a mí mismo, adolescentauro con las manos en los bolsillos, mirando hechizado a los maniquíes de las tiendas de ropas de la Calle Serrano, sobre todo cuando se acercaba el verano y empezaban a lucir coloridos bañadores y bikinis que publicaban sus vertiginosas curvas? ¿Y aquella vez en el cine que sentí un vértigo nuevo cuando, viendo Marnie la Ladrona, Sean Connery despoja a Tippi Hedren de su blusa y ésta, absolutamente aterrada, se petrifica, con los ojos muy abiertos, convertida en estatua, en muñeca, en autómata, mientras el hombre se sacia en ella?
Pisando charcos de luz de farola, imaginaba a Marlene en el cuarto, esperando al siguiente, y la imaginaba dándose una ducha libre o mejor grecorromana: humana. Mal rollo. Se me pasaban los efectos de la bolita mascada, y ahora bajaba el cerro de la plenitud para tener luego que subir el de la rutina: el mismo cerro con distinto collar.
Sandy me llamó al día siguiente. ¿Qué fue, mano, te huiste? Callé mis sensaciones, no quería que se burlara de mí y me dijera algo del tipo: te tiras a una muñeca y encuentras el om sweet om. Pero no había podido pegar ojo, había navegado toda la noche en páginas donde aparecía la Marlene real (el adjetivo es incorrecto, la dolly también era real) y me había reprochado a mí mismo las prisas, no haber disfrutado más, haberme quedado mucho más rato, haber ido lento, y cerraba los ojos y me veía tortugateando por todo su cuerpo.
Se me puso el cuerpo malo, efectos de la droga y el ron, y vomitarareé la negra copla de los excesos. Y me reconcomía, porque cuatrocientos euros son muchos euros por un rato, justo la tercera parte de mi soldada como profesor de literatura que explica desde el Cantar del Simio Cid a los lamentos de la bronteosauria galardonada con el último premio nacional de literhartura. Y había investigado en la página de real doll —echen un vistazo, «www.realdoll.com»— y me había enterado de que encargar una muñeca a la medida de tus ansias salía, sin sumarle el envío desde Amsterdam, por unos 15 000 euros. ¿Y si robaba a la Marlene del chaletito de la colonia racionalista? Sólo parecía estar la dueña, y salí de la habitación después de gozar a mi Marlene, sin que nadie me reclamara: alto ahí, y estuve unos minutos esperando en la sala de los garabatos sólo para decirle a la dueña que le dijera a mi amigo que no me había podido quedar a esperarle. Podía haber salido con la muñeca bajo el brazo —o quizá es que estaban preparadas para esas viciositudes y tenían un dispositivo que las hacía alarmar la de dios es cristo si las sacaban de la habitación— y entrarla en el coche. Un flipe, respondí a Sandy, verdaderamente, y le conté mi sospecha de que fueran mujeres de verdad, dobles de las famosas, a las que se contrataba para que se hicieran pasar por muñecas, lo que sin duda, a la luz del día, sonaba demasiado inverosímil. Tuve que colgar porque llegaba tarde a clase y quedé en ir a casa de Sandy, pero llegada la hora no me apeteció. Y me encerré en casa, amustiado, y terminé, después de otras tres o cuatro horas internetándome en la vida y milagros de Marlene, tomándome un par de ansiolíticos que me depositaron en la inconsciencia, no sin antes demorarme-desmoronarme-demondorarme masturbándome pensando en ella (más vale paja en mano que ciento violando). ¿Ella la muñeca? ¿Ella la verdadera de la que ya tanto sabía, la cadena de novios que había tenido y presentado en las revistas, su escueta filmografía, sus lucimientos en programas de sábado noche, su participación en un reality show? Lo mejor de todo, no sé por qué eso me parecía una buena noticia, es que casi todas las noticias eran demasiado antiguas. Había perdido actualidad, que es la sangre de la que viven los que se dedican a lo que se dedicaba ella. Ya no salía en las revistas. ¿Estaría tramando algo? Esa gente es capaz de cualquier cosa por encontrar un hueco en un programa de cosquilleos: se saben casos de intentos de suicidios, abortos, embarazos, secuestros que sólo buscaban un lugar en uno de esos programas. O se había retirado de la circulación, porque ya había ganado lo suficiente como para seguir ejerciendo en la pinupcoteca del famoser o no ser. Y si era así, eso significaba que a lo mejor el burdel la sacaría pronto del catálogo, y puede que en esos casos subastaran a las muñecas, y puede que yo fuera el único apostante. Tendría que preguntarle eso a la dueña del burdel, o quizá a Sandy, aunque no quería que él viese cómo me había perturbamultado la experiencia.
Maldormí y al día siguiente no trabajaba, mi día liebre que casi siempre resultaba gato ingrato: plan para hoy y hambre para mañana. Me quedé en casa haciendo números —me quedaban doscientos veinte euros en la cuenta y faltaban seis días para el cobro—. Implora et labora un adelanto, un préstamo, me decía el demonio que me habitaba —y ya me había habituado a él—. Nunca antes había padecido semejante obsexión. Siempre nos quedarán los libros: no para distraer la atención y fugarse a otros mudos que están en éste, sino para venderlos. Páginas Amarillas, sección compra-venta de libros, un montón de posibilidades. Debía de tener unos ochocientos ejemplares, pero nunca he sido coleccionista así que nada de piezas valiosas —en todo caso alguna de ellas multiplicaría su valor cuando pasasen muchos años: primeras ediciones de autores de ahora que a lo mejor conseguían ser alguien en el ancho futuro donde nadie será nada—. Salvemos los libros que nos llevaríamos a una isla desierta, me dije, después de telefonear a cinco o seis libreros —sólo uno mostró interés suficiente, los demás no tenían prisa y proponían pasar a verlos demasiado tarde para mis urgencias. Esta segunda edición de Rayuela, del año 65, la salvamos, dijo el curandero que hay en mí. Tres tristes tigres, también, le respondió el barbero. ¿Y esas cincuenta novelitas de Aira?, preguntó el barbero. Quedémonos con Cómo me hice monja, dijo el cura, y dejemos que sobre las demás sople el viento de los libreros. El Libro del Desasosiego se queda donde está, de la estantería de poesía sólo conservaremos Partes de Guerra y Buzón Vacío, porque están dedicados. Oh qué difícil, véndelo todo, no salves nada, o quédate sólo con uno, o di un número y atente a las consecuencias. Digamos 25 libros. No, son demasiados. Digamos 10. Ya van 6. Risa en la Oscuridad, Sartor Resartus, Gargantúa y Pantagruel (menos mal que van en un solo tomo) y Don Quijote, en el que salimos nosotros, dijeron al unísono barbero y cura. ¿Vas a vender Moby Dick en la edición de Aguilar?, preguntó uno de ellos. Vale, nada de Aira entonces, respondió el otro. ¿Vas a vender Me acuerdo de Perec?, preguntó uno. Es verdad, que sean once los salvados, nuestro equipo de fútbol, respondió el otro.
Cuando el librero, un tipo que parecía que venía a hacer un exorcismo en vez de a comprar una biblioteca, recitó su precio me dije: ¿esta biblioteca sólo da para un polvo con Marlene? 500 euros ofrecía. Argumenté: hay 800 libros, ¿no puede pagar 1 euro por cada uno de ellos?, y me taladró el ladrón con una risa. Conseguí que soltara 600 —y si le sumaba lo que me quedaba en el banco tendría para dos sesiones con mi dolly aunque luego tuviera que mendigar para llegar a fin de mes.
Podía haber salido de casa con el condón puesto, así iba de caliente.
No quiero ver el catálogo, vengo con la decisión traída: Marlene. Y la dueña, que me había recibido como si no me recordara, enarcó las cejas —dos líneas trazadas con rotring— y dijo sobreinterpretando la meretriz su papel de mera actriz secundaria de mi mal fario: lo lamento señor, en este momento Marlene está ocupada, pero hemos ampliado el catálogo, señor, puede consultarlo sin recargo. Menos mal que no llevaba el condón puesto.
Prefiero esperar, dije. ¿Quién osaba usarla? ¿Otro enamorado? ¿Un ejecutivo de paso por la ciudad? Pero qué diablos estás haciendo, me dije, escarbas tu propia tumba con esta obsesión, toca la campanilla, pide el catálogo, elige a otra, un esclavo saca otro esclavo, sálvate ahogándote.
Y bien, la ocasión la pintan calva, no es eso, pues ¿quién es esta muñeca tan apetitosa con aspecto de Miss Skinhead?
Oh, es una modelo internacional muy reputada, señor, Gabriela Svenson, nada menos, recomendada cien por cien, y si le gusta el peligro nada mejor que ella, pues entró en el Libro Guinnes de los récords por ser la mujer por la que más hombres se han suicidado. ¿Una record woman (o sea, una mujer de recuerdo: memories ara records, los recuerdos son las mejores marcas)? Pues sea, saquémonos del tarro a Marlene y suicidemoniémonos con esta sana devoradora de ahorros, que al haber sido cazada en el sector internacional del catálogo costaba 100 euros más.
Los gemidos en el pasillo que llevaban a la habitación de Gabriela no me afectaron, lo más mínimo, ni siquiera que Gabriela Svenson no se dignara decir hola cuando ingresé en su habitación. Estaba de pie, desnuda, ante el espejo, clavada en sus propios ojos su fría mirada violetal y extraordinaria, las manos entrelazadas en la nuca para que se marcaran bien las líneas de sus brazos, las piernas un poco abiertas, tensos los gemelos por la altura de los tacones. ¿Si la apeaba de allí se le destensarían los gemelos? Sería una buena prueba para tasar la perfección de la dolí. Sus sensores no se activaban hasta que no te acercabas a medio metro. Fue entonces, ya al alcance de mi mano, cuando giró su cabeza y bajó la mirada hacia mi bulto, y oí su voz de locutora radiofónica de madrugada que se dirige a una pandilla de vampirados por lo esotétrico: ¿vas a follarme o no? Y dicho esto, soltando las manos enlazadas, se convirtió en un ángulo recto, el torso paralelo al suelo, los brazos apoyados en el espejo, la mirada buscando de nuevo los ojos del azogue, y aquellas dos cúpulas que se movieron como si fueran tetas de verdad.
Me quité zapatos y pantalones y me posicioné no sin antes oír su mandato: ponte el condón. Sus órdenes eran deseos para mí. Había unos condones en la mesita de noche junto a un libro de Maulo Coelho en portugués (el lector siempre es un invitado). E hice lo que tenía que hacer después, y ella me zahería moviéndose violenta-lentosamente, y en su boca todos los gastos eran dardos, eso es lo que sabes hacer, vamos, más adentro, ni me estoy enterando… Y yo obedeciendo. Nací necio. Pero me rebelé, y dije: te vas a enterar. Y ahí estaba el truco, en no seguir sus consignas. La agarré —no del pelo, ciertamente— y la tiré en la cama donde me la tiré: el tiro me salió por su culote (su voz cambió de repente, ya no era dómine, oh sí, así sí, emperador, dámelo todo). Soy hombre, duro poco, y es externa la noche. Ni me despedí de ella, insatisfecho con su actuación y más con la mía. Otra vez pasillo rumbo a la sala de estar, y seguían los gemidos tras las puertas. Una alarma de destrucción masiva estalló en el centro de mi pecho: vamos, entra en la habitación de Marlene, ráptala, es el momento, y como si no hubiera cámaras de vigilancia o yo fuera, en efecto, otro, lo hice, giré el pomo y allí la pomada, mi amada montando a un godo gordo que se había puesto en la cabeza una de las medias de mi franchute y gemía mientras ella, manos arriba, movía sus caderas sobre la panza del cliente. Qué es esto, qué es esto, decía el caco, quién es usted, y yo le quité de encima a Marlene, le di una patada en los huevos, y puse rumbo a la calle. Nunca es uno el primero en nada. Ya antes habían ocurrido sucesos semejantes. Y volverían a pasar. Pero allí estaba la dueña a la que le habían crecido en la espalda dos cabezas de cancerberos que si no alcanzaban los dos metros del suelo sería por milímetros. ¿Dónde cree que va, amigo?, preguntó ella sin elevar la voz, para no asustar a los demás clientes. Tranquilícese, señor, deje a la muñeca en el suelo y no pasará nada, dijo la ronca voz de una de las cabezas que avanzó un poco tras la dueña, la adelantó y ya no fue sólo una cabeza sino todo un armario. Llevaba una corbata bonita, eso es verdad. Si da un paso más le rompo el cuello a Marlene, dije, y Marlene gimió y empezó a decir, qué me haces, sí, sí, hazme gosar. El otro cancerbero interrumpió una risita que le brotó de las entrañas, y para disculparse adelantó también a la dueña, se puso junto a su compañero. Tras mí se abrió una puerta, un cliente se asomó a ver qué estaba pasando, y pocos segundos después salió de su habitación el gordo godo, sin la media de Marlene ya en la cabeza, en su cara rastros de haber tomado demasiado el sol en Napalm Beach. La dueña, desde detrás de sus guardianes, avisó: no quiero llamar a la policía, señor, entregue a la muñeca y le dejaremos marchar como si no hubiese pasado nada. Erostrato hecho, debí decir, o trasto hecho. Pero antes de dar al traste con el rapto de amor, un último beso con lengua en la boca de Marlene, y eso bastó para que los gorilones se lanzaran sobre mí por delante y el gordo godo por detrás, y qué pena que la realidad no sea de cartón piedra y uno pueda hacerse el invisible de repente o dar un salto fantástico para que chocaran esas dos masas.
Me encerraron en una habitación donde me dieron a elegir: te partimos la cara y luego llamamos a la policía y les decimos que te pusiste tonto y no quedó más remedio y si quieres luego nos vemos en el juzgado para que todo el mundo sepa en qué clase de vicios te gastas la paga o no te partimos la cara, sueltas quinientos euros y te vas por dónde has venido y por donde no has de volver. ¿Admiten tarjeta de crédito?, pregunté.
Ya sé, ya sé que hay una canción de Serrat sobre un menda que se enamora de una maniquí, y rompe el escaparate donde está encerrada y se fuga con ella. Ya sé, sí, he visto la película de Lubitsch sobre la muñeca humana, he visto Metrópolis de Fritz Lang, he leído el cuento de Hoffmann, he adjuntado toda la bibliografía posible a mi pasión para darle alas, sentirme mejor otorgándole prestigio a mis temblores. Pero en algún momento —la profesión va por dentro— también quise poner a prueba si esa pasión no era más que expresión de una impotencia: la que me llevaba a conformarme con la muñeca cuando lo que de veras deseaba era el cuerpo de la vedette. ¿La muñeca perfeccionaba a la vedette deseada? ¿Cómo saberlo sin haber accedido a ésta? ¿Y cómo se accede? No hacía falta investigar mucho para saber que muchas de esas hembras de portada de revista, una vez que se les ha pasado el hervor de la actualidad, se ven obligadas, por mantener el alto tren de vida que llevan, a prostituirse. Precios astronómicos sólo al alcance de ejecutivos de banco que acaban de cobrar sus stocks options, o futbolistas que quieren gastarse pronto la prima por la última victoria fuera de casa. Pero ¿pertenecía mi dulce Marlene a ese equipo de damas medias que ponen alto precio imposible a un encuentro ocasional? ¿Cómo se puede averiguar una cosa así? Dándole vueltas al asunto se me ocurrió una opción distinta. Hacerme pasar por productor de un programa de televisión interesado en entrevistar a Marlene. Estaba seguro de que picaría si acertaba a decir una cifra generosa. ¿Tendría que contactar con una agencia que le llevaba el negocio de la venta del alma, o podría acceder directamente a ella? Debería haber sido fuerte y haber ejecutado mi plan solo, debería haber gastado todo el tiempo que hiciera falta en hacer las averiguaciones pertinentes sin ayuda de nadie. Pero no supe: la impaciencia es ciencia exacta. Le conté a Sandy mis desvelos, y en vez de carcajearse de ellos para reducirlos a cenizas y a continuación ofrecerme el número de teléfono de algún amigo psiquiatra, sentenció: maravilloso, déjalo de mi mano, y de madrugada, después de que viéramos juntos un partido intrascendente de la liga inglesa y nos soplásemos un par de botellas de vino y nos dijésemos adiós como si hubiésemos puesto en marcha una empresa que nos pasaportaría al cielo de las subvenciones estatales para cuales, grabó un mensaje en mi contestador: ya tengo el número de la vedetterea mourrocotuda, mañana la llamo.
El plan era el siguiente: concertar una cita con Marlene, poner a su disposición un coche para trasladarla al plató donde tendría que acontecer la entrevista ficticia —se nos había ocurrido que podía ser en una suite de hotel, no teníamos mucho dinero pero tampoco había por qué escatimar—, decirle que le pagaríamos 6000 euros por la entrevista —yo dije primero que 15 000, total, era dinero inventado, qué más daba, y Sandy me dijo que por muy inventado que fuera había que ser verosímiles, y que Marlene no estaba en la cresta de la ola y se iba a pensar que había gasto encerrado si nos pasábamos de generosados con la plata—, hacerla beber un refresco o dos envenenado con unos cuantos miligramos de sosiego químico que difundiera por sus venas una placidez encantadora que la dejase a nuestra disposición, y cuando quedase a nuestra merced, improvisar antes de abandonar el hotel aquel. Sandy perfeccionó la cosa, muy atento a los detalles, como si no fuera la primera vez que hacía algo así. No dejaba de sorprenderme. Hizo el presupuesto, porque gastos había, a qué engañarse, había que alquilar un coche grande, en cuanto a la habitación de hotel, ¿a nombre de quién la reservaríamos?, ¿qué haríamos si Marlene decidía acudir acompañada? Había que inventarse un plató, alquilar una cámara, cosas así. Todo esto la tarde en que Sandy había hablado con Marlene y había concertado la cita. La vedette parecía encantada de que se acordaran de ella. Sandy inventó que era el productor de un nuevo programa titulado: Cuerpos Gloriosos. Cada semana entrevistaríamos a alguien que hubiese alcanzado la fama gracias a las pajas que había inspirado en la población. Estoy seguro, dijo Sandy, que hubiera aceptado venir sin pasta de por medio, hace mucho que no la llaman para que luzca palmito, y está deseando hacerlo: seguro que piensa soltar alguna bomba en la entrevista para asegurarse que la van a llamar de otros programas.
Había quedado en que iríamos a recogerla el viernes al mediodía. Tendría que ponerme malo para presentar un justificante en el instituto donde daba clases. Pero ¿cuál era el plan? No lo tenía muy claro. Aún no era más que una tomadura de pelo a alguien que fue famosa y seguía siendo muy deseable, pero ¿puede considerarse eso un secuestro? Si le dábamos el bebedizo que la hipnotizaba, estaríamos cometiendo seguramente otra infracción, ahora ya más grave, pero ¿cuál era la pena si nos cogían? Si se nos ocurría ponerle una mano encima al cuerpo de la bella durmiénteme, dime que me quieres, entonces sí que iríamos a parar a la cárcel, en el caso, improbable, de que nos echaran el guante. Por supuesto nos drogamos a conciencia antes de poner en marcha el plan. Sandy me sorprendió presentándome una producción de la obra —pues era eso, una obra artística lo que íbamos a cometer— sobresaliente. Había conseguido que un amigo suyo, librero de viejo, le prestase las llaves de un almacén —le había dicho que estaba grabando un corto y necesitaba hacer unos cuantos planos de aquellas hileras de estanterías, y aquella luz amarilla que entraba por las altas ventanas. En cuanto al coche, había alquilado uno con su nombre: nadie tenía por qué saber para qué lo iba a emplear, y era menos que probable que Marlene fuese a fijarse en la matrícula del auto en el que se subía. En el maletero del coche llevaba una nevera con bebidas, un trípode, una cámara y unos micrófonos. ¿Has hecho esto antes?, le pregunté mientras me subía el primer galope de éxtasis al cerebro. Pregúntamelo cuando secuestremos a la Pocahontas de la discoteca de la otra noche, nuestra siguiente obra.
Espectacular Marlene, con traje ceñido que se le interrumpía a medio muslo y dibujaba sus curvas excelentes, el pelo engominado, los ojos para comerle el coño, la boca una fruta tropical que daba sed a la vista. Y tan simpática desde el principio, y sola, aguardando a la puerta de la cafetería en la que nos había citado. Que sea rápido, dijo Sandy al volante, que no te vean hablar con ella, podrías haberte maquillado. Quizá un pasamontañas habría sido excesivo. Pobre Marlene, después dirían los nacionalistas recalcitrantes de las tertulias de televisión que se había inventado lo del secuestro porque ya nadie la contrata y necesitaba de un número fuerte para volver a la actualidad. Al menos nos alegra saber que ingresó unos cuantos millones porque dos o tres programas la contrataron para que diera su versión de lo ocurrido. Recordaba poco, unos chicos simpáticos, un coche grande y azul metálico, una carretera que se alejaba de la ciudad, unas naves, un sopor, un desmayo, y un despertar lento, fangoso, en el parking de un centro comercial céntrico. Había tratado de buscar el camino que llevaba a esas naves, pero no había sido capaz: hay decenas de zonas así alrededor de la ciudad, hay miles de naves parecidas, Sandy sabía lo que se hacía, condujo hacia el lugar de destino por el camino más largo, nadie se fija en el camino que se sigue si no sospecha que pasa algo raro. Y la conversación dentro del coche era tan alegre, qué bien que hayas dicho que sí, hemos pensado en hacer una entrevista muy personal, distinta, a partir de lo que vayas contando irán entrando imágenes de tu carrera que ya hemos comprado a otras televisiones, ¿quieres beber algo? Tenemos de casi todo. Pidió un poco de agua, perfecto para nuestros intereses. Su botella estaba lista y marcada. Antes de llegar a la nave, ya estaba en coma. No iba a hacer falta grabarla, aunque Sandy insistió en que mejor sí, tendríamos un recuerdo.
La experiencia no fue satisfactoria. Resultaba muy difícil maniobrar con un cuerpo tan hermoso y grande. Y luego estaban las putas prisas, el miedo a que Marlene despertara. Sandy me dejó solo dentro de la nave. Acaricié aquí y allá, subí el ceñido vestido, atreví un par de dedos bajo su tanga, pellizqué sus nalgas y me defraudó un poco su tacto blando. No, no era lo mismo que con la muñeca. La muñeca resultaba mucho más humana: supongo que la conciencia juega su papel en este caso, y por mecánica que sea la conciencia, siempre es más satisfactoria que la ausencia total de la misma. La necrofilia no es lo mío. A pesar de que todo el rato me repetía, vamos, es Marlene, mírala, cuántas veces te pajeaste pensando en ese cuerpo, no conseguí una erección. A los veinte minutos me salí a buscar a Sandy: un fracaso, nene, le dije, creo que nos pasamos con la dosis. Pues no he traído pala para enterrarla, me dijo. No seas idiota, tenemos que irnos antes de que despierte. ¿Pero te la has tirado o no?, quiso saber. No he podido, reconocí, no hago más que pensar en la dolly. Los coleccionistas pobres, como bien saben, consideran que no hay nada peor que un facsímil de una obra que ambicionan. Pero a veces no queda más remedio que conformarse con él. Es o el facsímil o la nada. No tenía demasiado claro si la Marlene real era el facsímil de la Marlene muñeca, o al revés: no creo que se den muchos casos de facsímiles que mejoren la obra que facsimilan. Por otra parte, siempre me quedará la duda de si no desperdicié la ocasión de aquella cita engañosa con la vedette para tratar de cortejarla. Quién sabe, a lo mejor hubiera tenido posibilidades. Cuando todo pasó, cuando dejamos a Marlene en el parking de un centro comercial, nos fuimos a mi casa a seguir pisando nubes. Sandy desapareció en algún momento, y yo estuve en la estratosfera todo el fin de semana. El despertar fue terrorífico. Y lo peor era saber que iba a tener que ahorrar para poder alcanzar de vez en cuando a la Marlene de Real Dolly, si conseguía disfrazarme con suficiente eficacia como para que no me reconocieran en el chaletito de la colonia racionalista al que en cuanto acabe esto me acercaré, con mi pelo largo y mis barbas nuevas, los cuatrocientos euros necesarios para marlenear un rato, y la decisión innegociable de que esta vez salgo de allí con ella, o ella ya no sale viva, si se puede utilizar ese adjetivo.
Sé, porque me lo ha dicho Sandy, que, después de lo del secuestro express y las apariciones en televisión de la Marlene real, se le ha multiplicado la clientela a la dolly Marlene, por eso he tomado precauciones y he telefoneado a Real Dolly para pedir cita con mi muñeca.

Deja un comentario