Para R. S., al otro lado de la sierra
Era el año de los milagros, eso al menos decían todos, y mientras subía la cuesta imaginó que al otro lado de la sierra, en la costa en la que siempre soñaba, los barcos que salían a faenar sacaban de sus redes objetos extrañísimos, parecidos a escafandras muy antiguas y verdes de herrín, de los que nadie sabía su uso. Era el año de los milagros, y tierra adentro se hablaba de agüeros, de señales, aunque él sólo veía que, mes a mes, la sequía agostaba los campos, cubría el pueblo con un polvo gris de regusto acerbo. También en su casa decían que todo, poco a poco, iba a mejor. «Este año la huerta está dando más tomates», decían, «este año tu hermano ha pegado un estirón», «este año, tu padre», repetía su madre, machacona, «parece que respira más hondo, airea más», aunque los tomates eran muy chicos, su hermano crecía pero se le veía escuchimizado, y su padre exhalaba un hálito inaudible, cada vez más lento.
Pero aquella tarde de julio, de regreso del taller, era su cumpleaños y no quería pensar en esas cosas. Ni en los problemas con el casero. Tampoco en la sierra, tan alta que parecía a punto de desplomarse sobre él. Para quitarse de encima esa tristeza que pesaba quintales, en vez de sentarse a estudiar, le dijo a su hermano que se iban al río, y los ojos negrísimos del niño se iluminaron. Cruzaron el pueblo casi desierto, pasaron el naranjal, la quebrada, y llegaron al río, donde botaron los barcos pirata. Mientras el hermano se entretenía dirigiendo hasta un recodo, con varas, aquellos barquitos que él le construía con listas de madera birladas de otras leñeras, le contó, como tantas otras tardes, que un día él capitanearía un barco como ésos —el hermano se pidió ser el pirata del parche y el loro—, y juntos recorrerían mares lejanos, abordarían bergantines, rescatarían a una princesa bellísima, de ojos verdes, envuelta en muchos velos, y de regreso, mientras recordaban las aventuras, contemplarían embobados el botín: montañas de perlas, sables y pistoletas, cofres a rebosar de oro. Entre los tesoros él añadía catalejos, astrolabios, para que su hermano preguntara qué eran; entonces él se lo explicaba con detalle, y lo que no sabía, se lo inventaba. Pero esa tarde su hermano no preguntaba, y él se fue quedando callado. Tiempo atrás, también le contaba que ahora, como ya no quedaban veleros de ésos, y mucho menos piratas, si uno quería capitanear su propio barco, uno moderno, o aprender a construirlos, tenía que hacer alguna carrera, ingeniería o algo así, y que para eso había que estudiar mucho, que todo era cuestión de codos, que si uno se empeñaba lo conseguía. Pero ahora callaba, no le salían las palabras. No veía cómo decirle que, a veces, por mucho que uno se empeñe, no consigue lo que quiere. No, eso no podía decírselo; eso, uno lo masca, a palo seco, y se lo traga.
Lo sacó de sus cavilaciones un barquito que a su hermano se le escapaba corriente abajo, y al fijarse en el cauce tan menguado comprendió que, aquel año que la gente decía que sería tan bueno, incluso el río, ese mar estrecho y sin mareas, se secaría. Aquí todo se encogía, se mustiaba. Todo menos Irene, su princesa de ojos verdes. Pensar en ella era lo único que le alegraba.
A la vuelta, el pueblo había despertado. Solían evitar la farmacia, en la que debían ya un monto considerable, pero esa tarde no se veía con ánimos de dar un rodeo. Para colmo, el farmacéutico charlaba en el umbral de la farmacia con un vecino, pero cuando el hombre alzó la cabeza, él lo saludó muy serio, el mentón alto, casi altivo. Esa pequeña osadía le animó; algo en él había cambiado, o quizá sólo había estado dormido.
Al enfilar la cuesta vio bajar en su dirección a un grupillo de antiguos compañeros. Desde que trabajaba y sólo se examinaba de cuando en cuando por libre, apenas le dirigían la palabra. Deseó que, en vez de ellos, fuera Irene la que se acercara. Si se la encontraba de sopetón, al doblar una esquina, o si la veía venir de lejos, las sienes empezaban a palpitarle. Sin embargo, cuando llegaba a su altura, él, incapaz de sostenerle la mirada, la desviaba hasta su cuello, hasta un trozo de su brazo, hacia su tobillo; y con la vista fija en el cuello, en el fragmento de piel del brazo, alelado, musitaba un «hola» y la veía alejarse, o mejor dicho, veía alejarse su nuca, su hombro, su tobillo. Eso, sólo verla, casi le bastaba.
Lo que ahora veía, sin embargo, era a sus antiguos compañeros, que bajaban bromeando, y de pronto, cuando ya los había dejado atrás, oyó que se burlaban de su camisa recosida. No se lo pensó. Se volvió, los llamó y les soltó que a ver si se atrevían a decírselo a la cara. Tampoco se lo pensó cuando uno de ellos soltó una risita y él, sin esperar más, se le echó encima. Ni cuando, ya enzarzados, le daba con todas sus fuerzas hasta propinarle el derechazo que lo derrumbó. Pero cuando vio al otro en el suelo, rodeado de sus amigos, sangrando del pómulo y jurándole que ya se las vería con quien ya sabía, comprendió que se había metido en un lío. Entonces cogió a su hermano y se fueron a casa.
Corría el mes de agosto y en el pueblo todo estaba remansado. Pero no dentro de él. «Este chico», decían en casa, «está y no está. A saber qué le tiene tan sorbidos los sesos». Y por las tardes, sentado a la mesa, olvidado de los libros, ocioso, contemplaba por la ventana el horizonte de campos ocres y cielo despejado. Allí, si fijaba la vista, comenzaba entonces como un aleteo, unas motas blancas que poco a poco ascendían, se compactaban y se arremolinaban hasta convertirse en nubarrones cargados, ocultando el sol por completo. Y estallaba la tormenta: el recuerdo de la pelea, el pasmo por la rapidez con que lo habían hecho a un lado, la añoranza de lo que habían compartido. Y por su mente desfilaban, como una manada de reses desatadas, la algarabía de los recreos, los nervios antes de los finales, los cigarros en lo más alejado del patio, y, después, lo que con toda naturalidad había seguido a eso: la jarana que organizaban en el cine del pueblo de al lado; el quitarse el frío a base de porrazos; la emoción de aquel hurto sin sentido; las noches al raso cuando, como ellos decían, «se tiraban al monte»; las competiciones por ver quién se emborrachaba más, por quién, idiotamente, la hacía más gorda; los ritos inconfesables que al final siempre acababan confesándose; los besuqueos, los avances con chicas oscuras en lugares aún más oscuros, llevados todos por una ansia torpe pero firme, para nada oscura, al contrario, muy clara, que guiaba sus manos por el menor resquicio para recorrer grupas, corvas, llanos, para sobar pechos y lo que allí encontraran, para amasar muslos, insistir, entreabrirlos, hurgar en los límites, traspasarlos, y tantear, apretar, explorar, al fin, volúmenes, canales, al fin, culos, rajas, con los que después, a solas, alimentaban aquel apetito jamás saciado.
Y él, el muy iluso, que había creído que todas esas cosas unen para siempre… Los odiaba. Los odiaba por eso, y por el miedo que le habían metido en el alma.
Y noche tras noche, desde el día de su cumpleaños, esperando que de un momento a otro la amenaza se cumpliera, le había dado vueltas. Hasta que supo qué hacer, y dijo adiós a su mar de piratas y tesoros, de barcos modernos y de ingenierías. Y un día, cuando caían las sombras, miró encorajinado la sierra, que se erguía como desafiándole por detrás del campanario, y se dijo que no habría otra noche en vela, otra noche mano a mano con la incertidumbre.
Mientras se dirigía a donde el casero, del miedo ya no quedaba ni rastro. Pensaba a ratos en Irene, esa chica hosca, rarita, decían algunos, de andares pausados, tez muy blanca y ojos verdes como la aceituna. Pensaba con rabia en la timidez, o no sabía qué, que de pronto, desde hacía bien poco, en realidad desde que dejaron de ser unos críos, le impedía no ya tocarla, sino tan sólo acercarse a ella, hablarle, abordarla. Ya estaba ante el portalón. Llamó a golpes, dispuesto a enfrentarse con lo que debió haber arreglado hacía tiempo. Mientras esperaba a que le abrieran, tuvo la impresión de que, si miraba por encima de su hombro, vería a su familia agolpada detrás de él, su hermano delante de todos, alentándolo y, al mismo tiempo, asustados, recelosos, igual que en la fotografía cuarteada que colgaba encima del aparador. No se amilanó. Cuando entró y con aquel malcarado cerró el trato que de una vez por todas desvanecía las cuitas de su madre y las amenazas, pero que posponía sus planes al menos por unos años, que lo obligaba a trabajar más horas, sintió sólo cierto alivio, y en la boca, una acritud seca, como si le hubiera entrado ese polvo que se depositaba encima de todo ese verano.
En la noche cerrada, regresaba a zancadas hacia casa, desasosegado, como si, para quedarse en paz, necesitara aún repartir unos cuantos golpes, hacer alguna locura. Para tranquilizarse, se dijo que el mundo no se acababa ahí, que había otras cosas, por fuerza tenía que haberlas, y lo primero que se le ocurrió fue la nuca de Irene, con su pelusilla en el centro cuando se apartaba el pelo. Si se la encontraba, fantaseó, si ahora, por una de ésas, se cruzaba con ella… Todavía podía desviarse un poco, pasar cerca de su casa.
Para allá se iba cuando, tras atravesar la plaza y torcer por un callejón, la vio. Tanto le latieron las sienes que a duras penas logró refrenar el paso. El aire se adensó mientras pensaba que quizá, quizá, sí iba a ser el año de los milagros. Y esta vez no podía fallar, esta vez le diría algo. La esperó, no desvió la mirada. Nervioso, se dio cuenta de que iba directa hacia él. Irene, en efecto, se paró y le dijo, la cabeza gacha: «Me dijeron que te peleaste con uno de tu clase, bueno, de tu…». Él iba a replicar algo cuando ella alzó la cara y le miró, y él empezó a ver en sus ojos verdes cosas que nunca, en ningún sitio, había visto. Esos ojos, en un lenguaje que no había tenido que esforzarse por aprender, esos ojos le sonreían, le decían que sí, que ella también, sí. Y no pareció sorprendida cuando, en un arranque, él la cogió de la mano y le dijo «vamos». Y de la mano la llevó, pasadas las últimas casas, por el camino del río. Sentía un mareo que lo volvía ligero, que agrandaba las piedras que pisaba y el cricrí de los grillos. La miraba con el rabillo del ojo, y cada vez que el tirante del vestido se le caía y descubría el hombro, se hubiera parado para morderlo.
Al llegar al naranjal, la sangre le bullía, un latigazo le espoleaba cada vez más abajo, más adentro. La atrajo hacia él. La abrazó con fuerza, apretando sus caderas a las de ella. Le buscó la boca con desespero, abriéndole los labios con la lengua, y, buscando, sus manos se embalaron hombros abajo por encima del vestido, se detuvieron en la cintura, dudaron, y empezó a besarle el cuello, a mordisquearlo, a rodear con sus piernas uno de sus muslos, a subir con las manos por sus costillas para palparle los pechos a través de la ropa, buscando, buscando no sabía qué, por dónde empezar, tantas trabas y velos, y, aturdido, se refugió en la nuca, esa nuca con su pelusilla que tan bien conocía. En ese momento notó que ella, lentamente, le acariciaba el pelo.
Oyó que susurraba. Se inclinó para acercar el oído a su boca y el aliento de ella le cosquilleó en la oreja. Irene hablaba del río. «El río, ¿lo oyes?», decía ella mientras le besaba un labio, lo rozaba, se apartaba, volvía a besarlo, al tiempo que le daba vueltas a un botón de su camisa, se lo desabrochaba y con una mano le acariciaba el costado. Sintió por primera vez el tacto cálido de su mano, mientras recordaba las tardes de calor, la poza. El río, no lo oía. «Cuando nos bañábamos, ¿te acuerdas?», decía ella, y le besaba el otro labio, y volvía a apartarse, enervándolo, para besarle después la boca entera. No le veía los ojos, sólo la boca, carnosa como una fruta abierta, que le hablaba y le besaba. Y de repente, como un fogonazo, volvieron los trajes de baño, el olor a limo, las madres de los críos más pequeños en la orilla, todo el mundo alborotando, chillando, los cuerpos al sol, centelleantes, chapoteando en el agua. «Sí, claro que me acuerdo», dijo él, y la voz le salió ronca. Ellos dos nadando alejados, cada uno en una punta, atisbándose por encima del bullicio. «No podía dejar de mirarte», murmuró él, y notó que se soltaba, que le volvían las palabras, y, con las palabras, la imagen de ellos dos desoyendo las llamadas de los demás, esquivándolos, siguiendo las evoluciones del otro, las distancias cada vez más cortas, «el agua te resbalaba por la espalda, el pelo se te pegaba a los hombros». Ella se apartó, se cogió el vestido por los bajos, se lo subió por la cintura hasta quitárselo, y se echó sobre la ropa, todavía con las bragas, tapándose los pechos, de pronto pudorosa. «Luego te acercabas y decías muy bajito, asustada, para que no te oyeran, “ven”, y jugabas a escurrirte», dijo mientras se arrodillaba y, conteniendo la impaciencia, le apartaba los brazos, descubría sus pechos blanquísimos. Los rozó con suavidad, erizándolos, y después descendió, rodeó el ombligo y le fue bajando, centímetro a centímetro, las bragas. Recorrió el pubis, lo acarició con una calma que le dolía. «Yo te seguía», dijo, y contempló a Irene, a esa Irene recuperada y nueva, que le devolvía al menos un pedazo de sí mismo, reconciliándolo con algo intuido vagamente, «y me lanzaba detrás de ti»: y era el perseguirse, el nadar muy juntos, el deslizarse el uno debajo del otro, el contemplarse distorsionados bajo el agua, el rozarse como por descuido, el deseo a flor de piel, disuelto en los miles de gotas de agua, que los envolvía, los atraía sin remedio. «Te deseaba tanto», le dijo casi sin aliento; «soñaba que te alcanzaba, que por fin te atrapaba». Se inclinó para besarle los pechos, dulces, jugosos, que temblaban y se hinchaban. La sujetó luego por las caderas y aspiró su olor, allí tan intenso. Las manos de Irene le apremiaban contra ella. Se irguió; la abrazó, la estrechó, y cuando penetró, tuvo la impresión de que, pegados por fin, fundidos, se sumergían en unas aguas densas, submarinas. Y comenzó entonces el entrelazarse de los cuerpos, el descubrirse, asombrados, el acompasarse, el no saber quién sentía, quién gemía, quién gozaba, el deseo que los arrastraba, en medio de la noche, cada vez más lejos de la orilla. Hasta que le palpitaron muy fuerte las sienes y, aferrado a ella, con los ojos muy abiertos, pero ciego, se desbordó. Al despertar, una claridad se insinuaba en el cielo. Sintió una emoción dulce, apacible. Hacía fresco, y se apretó más contra ella.
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