Texto aleatorio

Ágata siempre había sido partidaria de los hombres mayores, pero más por mayores que por hombres. Profesó desde siempre la superstición de que en la edad no sólo existía un misterio, sino también una fuente innata de disfrute y sabiduría. Durante los años del colegio había sucumbido al universal platónico de estar enamorada de sus profesores favoritos, con la particularidad de que, sin ser una extraordinaria estudiante, le gustaban todas las asignaturas, y todos los profesores fueron el objeto de su favoritismo. Descubrió que podía estar enamorada simultánea y sucesivamente: de todos los profesores al mismo tiempo, pero de cada uno en particular a la hora de su clase. El corazón, como aprendió muy pronto, resultaba una casa de acogida, un balneario por el que desfilaban, a su capricho, huéspedes que llegaban desde lugares insólitos. Unos estaban de paso y se marchaban al poco tiempo, pero otros —quién se lo habría dicho— se quedaban para siempre en el lugar que ella les asignaba en su memoria y en su aurícula derecha, que era el salón reservado para los elegidos.

La tarde de su cumpleaños había quedado con Ortuño, el más antiguo de sus amantes, a la intempestiva hora de las siete, cuando él podía abandonar su despacho en la correduría de seguros y acudir a uno de sus hoteles de costumbre, el Valencia Palace, en el Paseo de la Alameda, número 2. El Palace le encantaba y resultaba perfecto, porque era uno de esos hoteles con mucho tráfico de huéspedes, viajeros y visitantes, en los que cualquiera puede entrar por la puerta, dirigirse a los ascensores y subir a una habitación sin que nadie le pregunte adónde va. Aunque ella sospechaba que los empleados del hotel eran clarividentes y podían hacer un arqueo imperceptible de lo que sucedía a su alrededor, nadie le había preguntado jamás si estaba hospedada en el Palace. Allí se imaginaba siempre como en su propia casa y como una intrusa a la vez, y esa sensación la encontraba excitante. La clandestinidad significó durante toda su vida uno de los ingredientes que despertaban su entusiasmo. Desde muy pequeña le había gustado participar en asuntos cuya existencia resultaba conveniente que los demás ignorasen.

Ortuño le enviaba un mensaje a su móvil a lo largo del día, con el nombre del hotel y el número de la habitación reservada, ella respondía con un Ok y, un rato después de la hora convenida —según la ciencia exacta de sus retrasos—, llamaba a la puerta con el repiqueteo de uñas que la anunciaba.

Ágata cumplía veinticuatro años: demasiados en su opinión. A esa edad, algunos de sus artistas favoritos no sólo se habían dado a conocer, sino que estaban de vuelta de casi todas las veleidades del mundo, según creía. Eran millonarios, famosos y podían permitirse todo género de gestos extravagantes, una condición a la que aspiraba no sólo en secreto, sino cada vez que conversaba con amigos y conocidos. Si una artista contemporánea no se ha hecho rica antes de los veinticinco practicando lo que le sale del coño, que coja el caballete y se marche al campo, a pintar del natural, solía decir en las inauguraciones de los antiguos compañeros en la Escuela de Bellas Artes, y en las cenas posteriores a las inauguraciones de los antiguos compañeros, ya bastante borracha. Veinticuatro años, casi la ancianidad. Veinticuatro años: a punto de cargar con la caja de óleos, la paleta, el caballete y el lienzo, y marcharse a inmortalizar amaneceres en la sierra, o escenas urbanas de la Gran Vía. Vaya plan. Qué mierda confitada de destino.

Ortuño, si no se descontaba años en uno de sus frecuentes actos de coquetería, tenía sesenta y tres, aunque nadie lo hubiese dicho. Estás muy bien conservado —le decía Ágata a menudo—; yo no te echaría más de sesenta y dos y medio. Siempre lo había llamado por su apellido, Ortuño, y no por su nombre, Jaime, porque a su manera sentía un gran respeto por algunas tradiciones. Por ejemplo, la de acatar ese apellido de familia, que en su aventura biográfica se remontaba a la prehistoria del parvulario.

Marisa Ortuño había sido su amiga inseparable desde primero de preescolar hasta segundo de bachillerato, y el hecho de haber empezado a tirarse a su padre cuando Ágata tenía diecisiete años no iba a arruinar un ritual que venía de tan lejos. Las dos, cuanto más amigas se hicieron, cuanto más se estrechó su intimidad, más se llamaban por el apellido: Ortuño y Bozanova. Compañeras en la lista de clase. Compañeras de pupitre. Compañeras de habitación en las excursiones al extranjero. Compañeras en las clases de tenis. Compañeras de confidencias. Tan compañeras que a los quince años, en el lavabo del colegio, se sorprendieron ambas besándose en la boca y acariciándose por debajo de la falda.

Por aquel entonces, Ágata ya tenía clara la diferencia entre los conceptos de lo general y lo particular. Sabía que le gustaban los chicos en general y en particular alguna chica. Marisa Ortuño, su compañera por antonomasia, muy en particular. Esas apetencias con respecto a lo variado, desde aquel día fundacional en el lavabo del colegio, las mantuvo de forma esporádica. Por lo común, acostarse con alguna mujer de tarde en tarde la libraba del cansancio de haberse acostado con demasiados hombres en más noches de las debidas.

Cuando empezó a tirarse al padre de Marisa, Ágata se sintió culpable de traición. Por lo menos durante los cinco primeros minutos. Sus remordimientos eran de naturaleza narrativa: nunca le podría contar a quien siempre le contaba todo la aventura más excitante que le había sucedido. Pero sobre esa relación jamás había albergado dudas: era de índole secreta. Una cosa era confesar amoríos con algún profesor y entrar en detalles de sus intercambios de cama, y otra muy distinta decirle a una amiga del alma y del cuerpo que se estaba follando a su padre con frecuencia. Al marido de su madre. Al padre de su hermano pequeño. A papaíto. Papaíto se supone que no folla, ni siquiera con mamá, porque nadie (al menos mientras está en sus cabales) concibe que sus papis hagan eso. Se sobreentiende que uno ha nacido por partenogénesis, y no por esas cochinadas corporales.

Cierta lejana mañana de agosto, en el chalet de los Ortuño, en Portacoeli, mientras Ágata pasaba uno de tantos fines de semana en casa de su amiga, aprovechó que Marisa, su hermano y su madre habían ido a comprar provisiones al supermercado, antes de que ella se levantara de la cama, para pasearse en bragas y sujetador por delante de Jaime Ortuño, que leía el periódico tumbado en una hamaca, junto al agua inmóvil de la piscina. Se desperezó delante de él, le dijo buenos días, le arrebató el ejemplar del ABC, lo dobló en cuatro partes, le quitó las gafas con delicadeza y le dio en la boca un beso largo, un beso experimentado cuyos efectos conocía en los hombres mayores: una mezcla de terror repentino y súbita erección dolorosa. Cuando la sopesó por encima del bañador, se dijo que nunca hubiese imaginado que el padre de Marisa la tuviese así de grande. Papaíto la tenía de mulo, con un tacto de acero cromado. Desde entonces fueron inventando sobre la marcha sus rutinas de amantes.

Antes de aquel hombre adulto habían existido otros. Varios profesores del colegio, un par de monitores de tenis, amigos de conocidos y conocidos de amigos, un camarero irlandés de la residencia londinense en la que estudiaron Marisa y ella durante un verano promiscuo (porque hubo además un chófer de autobús, un guía de la ciudad, un jugador de rugby que entrenaba cada tarde con su equipo en Regent’s Park, y un turista japonés que se detuvo más de la cuenta a sus espaldas mientras ella contemplaba en la National Gallery un Turner tormentoso). Por aquella época —Ágata era una adolescente— bastaba con que los hombres fuesen un poco mayores que ella para que perteneciesen a la categoría de apetecibles hombres mayores. Su primer hombre mayor mucho más mayor que ella fue Ortuño. El día en que decidió incorporarlo a su catálogo de aventuras, ella tenía diecisiete años, y él cincuenta y cinco.

El día de su cumpleaños, Ágata lo pasó en su estudio de intervención plástica, como a ella le gustaba llamarlo, entregada a los detalles de su inmediata performance. Había conseguido que el Ayuntamiento le cediese durante un par de semanas uno de los viejos hangares de la Estación del Norte, una nave inmensa abandonada, sin cubierta, con la herrumbrosa viguería de hierro a la vista, con las ventanas rotas y el suelo sembrado de pedazos de cristal. Esa misma noche, después de su cita con Ortuño en el hotel, inauguraba a las once su nueva obra en marcha, una reflexión acerca de las relaciones del cuerpo propio con los demás y de uno mismo con el propio cuerpo.

Según su parecer, una de las razones que convertía en tan difícil de habitar el mundo contemporáneo era la extraña sacralización que se había hecho de la corporalidad. Nos habíamos creído el infundio de que el cuerpo era un templo, en lugar de una cáscara, un caparazón, una herramienta encaminada a conseguir objetivos concretos. El hecho de atribuirle esa esencia sagrada —de haberle concedido más importancia de la que se merecía, a fin de cuentas— había permitido que surgiesen problemas tan distintos como el de la conciencia del pecado, la prostitución y el psicoanálisis. Si desde el inicio de los tiempos —solía teorizar— hubiésemos practicado el descrédito sistemático del cuerpo, hoy estaríamos libres de la mayor parte de nuestras angustias morales. La historia de la humanidad bien podía observarse bajo el prisma de un tremendo error de carácter matemático: no se había sabido medir la importancia del cuerpo.

En su nuevo espectáculo, Ultrajes, ella permanecía desnuda sobre una peana durante un par de horas, abierta de piernas, en homenaje remoto a un cuadro que siempre le había gustado, El origen del mundo, de Gustave Courbet. Como ocurría en todos sus happenings, solicitaba la participación activa de los espectadores, para romper las barreras que los exquisitos habían establecido entre el arte y la vida. Ágata tenía pensado invitar a los más atrevidos del público a que le introdujesen en la vagina pescados crudos de tamaño medio, untados en lubricante. Esa profanación directa de su intimidad aludía de manera indirecta a todas las profanaciones imprescindibles que necesitaba cometer el hombre para liberarse de sus muy distintas cárceles del cuerpo, que eran también cárceles del alma. Había que predicar con el ejemplo: «El accionismo bien entendido exigía la acción sobre uno mismo». Ese precepto no sólo representaba una convicción artística, sino un axioma para regirse en la vida diaria.

La deportividad con que Ágata procuraba contemplar y compartir su cuerpo provenía, por un lado, de su innata naturaleza filantrópica, y, por otro, de las enseñanzas que le había deparado el amor. En especial el amor de los hombres mayores.

Ágata nunca terminó de entender por qué razón concedíamos tanta importancia a la desnudez, al intercambio de fluidos, a la fidelidad de la carne, a las aventuras de naturaleza sentimental. Desde muy pequeña se observó como una benefactora polígama de los demás y de sí misma (mucho antes, por supuesto, de que supiese en qué consistía el fenómeno de la poligamia). Lo promiscuo —aunque el término le parecía deplorable— resultaba el estado natural del ser humano. Además, costaba tan poco satisfacer por momentos a los demás y satisfacerse una misma por momentos, que no encontraba ninguna razón seria para no llevarlo a cabo. El placer, para ella, representaba una suerte de ingrediente samaritano. El sexo, a su entender, no era ni por asomo aquello en lo que el mundo había convertido el sexo. Nunca dejó de asombrarla lo que la gente era capaz de hacer y de decir, de decirse y hacerse, a cambio de un ritual más o menos breve de contactos físicos. De ahí que Ágata jamás se hubiese hecho la estrecha con nadie que le interesase un poco, ni hubiese tenido ningún reparo en abordar de manera directa a aquellos por los que se había sentido atraída.

Había practicado muchas veces la felación terapéutica a los amigos deprimidos, a los abandonados por sus novias, a los bajos de moral. Se había acostado medicinalmente con amigas faltas de autoestima, con las necesitadas de calor, con las víctimas que se encontraban en el trance de someterse a un prolongado régimen de adelgazamiento. Costaba muy poco prodigar algo de amabilidad corporal. A su manera, con un doméstico convencimiento kantiano, se comportaba conforme a una variedad íntima del imperativo categórico: su trato sexual con el mundo era siempre un fin en sí mismo, y no un medio para obtener beneficios materiales.

Sin embargo, sus conquistas (en particular las de los hombres mayores) sí le habían proporcionado más de una recompensa material, aunque eso no hubiese sido nunca su propósito. Cuando Ágata pensaba en ello, solía referirse a los beneficios como sus lecciones aprendidas.

Los hombres mayores le habían enseñado a valorar la importancia escénica de los prolegómenos en los encuentros sexuales. Por ejemplo, la ceremonia de disfrutar de un buen restaurante antes de terminar encamados.

Durante muchos años el acto de comer no le había supuesto más que un episodio para no morirse de hambre, un trámite engorroso del que no resultaba fácil escabullirse a diario. Hasta que llegó un momento en que, más que despertar a los sentidos, despertó a los encantos de cierto lujo, y, sobre todo, al lujo de improvisar caprichos y ver cómo se cumplían. A pesar de que la mayor parte de las veces sus hombres mayores estaban casados, y las cenas siempre se celebraban en restaurantes casi vacíos, fuera de la ciudad y entre semana, Ágata descubrió el placer de permitir que sus propios deseos se cumplieran. Más aún: descubrió el placer que sentían los hombres mayores al consentir que ella cumpliera su placer. Mostrarse generosos, incluso dilapidadores con Ágata significaba —según ella interpretó desde el principio de sus amores furtivos— una manera de sentirse moralmente mejores, menos culpables. Si pagaban una fortuna por tener una amante mucho más joven que ellos, aprendían a valorarla como era necesario. Ella pasaba a ser, en una transacción tan mercantil como sentimental, el verdadero lujo de sus vidas. Complacer a los demás, sobre todo en lo que respectaba a los recovecos del alma, era un juego de niños. A su modo, Ágata también enseñaba a sus maestros.

Por eso aprendió muy pronto a exigir restaurantes de renombre, y a concederse los mejores vinos, y la frivolidad de encargar platos sobre los que albergaba la sospecha de que no le gustarían, por un simple deber de experimentación, para después rechazarlos y encargar otros mejores. En esas formas del derroche con respecto a las trivialidades creía haber descubierto algo trascendental. No se trataba de que la comida hubiera pasado a significar algo en el ámbito de sus intereses, sino de que había sentido en su propia carne el vértigo evangélico del pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá.

El universo de sus hombres mayores pronto se le reveló como un lugar confortable en el que cometer a tiempo parcial algunas extravagancias que no estaban al alcance de los chicos de su generación. No es que descartara acostarse con gente de su edad, ni que cerrase su corazón a las sorpresas amorosas, sino que se aburría con los jóvenes al poco tiempo.

Sus ancianos, como a veces los llamaba, la habían conducido a valorar la inteligencia de las estupideces; es decir, lo que había de inteligente en aprovecharse de forma ocasional de muchas cosas que Ágata consideraba estúpidas. Una buena tapicería de cuero reluciente, en el último modelo de un gran coche, durante las noches frías del invierno. Un hotel de cinco estrellas, con su solícito baño paternal, para regodearse en la bañera después de haberse regodeado en la cama; con su servicio de habitaciones, que entendía como una variedad hostelera de la oración, un acto introspectivo en el que ella descolgaba el teléfono, marcaba un número breve, se confesaba con una voz del más allá, y al cabo de un rato obtenía respuesta a sus plegarias en forma de bandeja con un desayuno inglés, o con un sándwich vegetal con guarnición de patatas fritas, a medianoche.

Pero, por encima de todo, Ágata había nacido gracias a sus amantes a la epifanía de los regalos. Que por sorpresa le obsequiasen cosas, o que se materializaran después de haberlas pedido con poca o mucha insistencia, representó desde muy pronto un éxtasis de proporciones cósmicas. Puede que hubiera mujeres que no tuviesen el don de conseguir regalos, pero lo cierto es que ella poseía la fórmula no escrita para que cualquier sugerencia que hiciese en voz alta se convirtiese en una orden, para que cualquier observación melindrosa pasara a transformarse en el ánimo de su interlocutor en una idea brillante que se debía satisfacer.

Sabía por experiencia que había hombres partidarios de los regalos y hombres que no lo eran, pero incluso el menos partidario de ellos encontraba una recóndita complacencia en el acto de que Ágata lo convirtiera, aunque fuese de manera ocasional, a ese culto de las cosas. A esa religión suya de lo gratuito. Muchos no se sabían espléndidos, pero terminaban por hallar una nueva faceta de sí mismos y por estar encantados con su desprendimiento.

La verdad es que le encantaban los regalos de cualquier clase: los útiles y los que no hubiera sabido cómo utilizar, los que usaba al instante y los que no se hubiese atrevido a usar nunca, los acertados y los que suponían un error de cálculo y una falta de puntería para con su persona. Ahora bien, pronto se dio cuenta de que resultaba mejor orientar el gusto de los demás para que se adecuase con el gusto propio. Sus ancianos, tan inflexibles con ciertos asuntos —sus fines de semana familiares, pongamos por caso, sus partidos de fútbol, sus trajes de chaqueta azul marino—, se volvían dóciles en lo referente a los regalos que Ágata les insinuaba, a cambio tan sólo de un poco más de dramaturgia, de un poco más de gestualidad de alcoba. Porque otra de sus virtudes filantrópicas consistió siempre en gozar en la cama por encima de sus expectativas, algo que hacía sentirse a sus amantes por encima de sus posibilidades.

Ser fácil de orgasmo —de orgasmos fáciles y múltiples— resultaba una bendición corporal, y una varita mágica para conseguir que los hombres se sintiesen halagados. Le pareció desde el primer momento una simpleza masculina, pero lo cierto es que escucharla gemir y retorcerse una y otra vez significaba para los hombres una suerte de adulación por persona interpuesta. No hubo nadie con el que se acostase que no se sintiera afectado por la fiebre del donjuanismo, aunque sólo fuera mientras estaba desnudo sobre ella. Aunque sólo fuera hasta los instantes previos al acto de hacerse el nudo de la corbata mientras se vestían, todos sus amantes, en vista de los alborotos de cierva herida con que Ágata se manifestaba en sus encuentros, adquirían una tierna conciencia de martillo neumático. A ese sistema para levantar el ánimo de sus parejas, Ágata solía referirse entre amigas como sus obras teresianas de caridad.

La tarde de su cumpleaños se vistió pensando en la performance que ejecutaría más tarde, y no en su cita con Ortuño. Se puso un tanga, unas medias de rejilla y un vestido de tirantes, todo de color negro. Su idea era provocar que los espectadores le cortaran las medias y las bragas con unas tijeras, mientras ella se colocaba en cuclillas al borde de la peana. Como música de fondo sonaría en la nave inmensa, a todo volumen, una grabación industrial hecha en cinta continua, una sinfonía de catástrofes que sumiera al público en un clima de incertidumbre, con voladuras de edificios, con motores de aviones, con accidentes de coche, con llantos de bebés, con ladridos de perros: una pieza de espanto en la que resumía el sabor del siglo XX y de los inicios del siglo XXI. Ágata la había titulado Nana para dormir a los muertos vivientes.

Después del acto simbólico de que desgarraran su ropa interior, Ágata exigiría que la desnudasen, y a partir de entonces permanecería abierta de piernas para que introdujeran los pescados crudos en su vagina. Esa mañana había elegido, en la pescadería del Mercado de Ruzafa, dos docenas de sardinas con el tamaño adecuado: ni muy grandes ni muy pequeñas. Cuando las vio sobre los mostradores de mármol blanquecino, encima de una montaña de hielo picado, le parecieron objetos religiosos, adminículos para su eucaristía. A Nieves, la pescadera, a quien trataba desde hacía muchos años, no le contó los pormenores de su intervención, pero le formuló el siguiente oráculo: «Estos pescados son arte, porque el arte está en todo. Estos pescados son herramientas para el arte, y son sagrados como herramientas y como pescados. No están muertos, porque nada muere, ni siquiera cuando pensamos que ha muerto. Todo vive bajo otra forma distinta de sí mismo: la forma del arte que los resucita para quien quiera gozar de ellos».

Ágata sabía que a su pescadera le causaban una fuerte impresión sus sortilegios matinales, de manera que solía regalárselos, porque a la propia Ágata le gustaba el efecto que producían en la dueña de la parada y en los clientes que hubiese alrededor. El mercado, cualquier mercado, tenía para Ágata la condición de un templo sensitivo, de una basílica laica erigida a los bienes terrenales, y lo que de verdad le hubiese gustado es haber podido hacer su performance allí mismo, un sábado por la mañana, con el templo abarrotado de verdaderos fieles atónitos. Se había imaginado más de una vez sobre el mostrador, ofrecida, por obra de la inteligencia, como un animal inerte, o entregada como si colgase de un gancho de carnicero, a la manera de los costillares que abundaban en la historia de la pintura universal. La habría emocionado hasta las lágrimas el hecho de provocar la conmoción de los compradores en un día festivo, el sublime espanto de descubrirla desnuda, como una pieza más de casquería, como un pedazo más de lomo fileteado. El bife cuerpo, la loncha cuerpo, el chuletón alma. Ágata hostia para darse. El cuerpo de Cristo. Amén.

En un bolso enorme de Louis Vuitton que le habían regalado hacía años —y que ella, para que no se le subiese a la cabeza aquel acto de derroche al responsable del obsequio, había tuneado con gouache—, metió otras bragas, un par de medias y un vestido rojo para vestirse después de la performance. No se pintó, en previsión de las horas de sexo que le esperaban con Ortuño. Antes de colgarse el bolso en bandolera, pasó por el baño de su apartamento e hizo una selección urgente de utensilios de maquillaje: una barra de labios, una polvera con todo tipo de coloretes, un lápiz de ojos, una máscara para las pestañas, unas cuantas brochas, y un pulverizador con su colonia favorita. Al observarse de pasada en el espejo del baño se encontró pálida y delgada, con los pómulos afilados y las caderas escurridas, como le gustaba estar, porque la delgadez propia representaba para Ágata la primera de sus intervenciones corporales.

Llegó a la habitación del Palace con veinte minutos de retraso. Ágata no solía ser impuntual en la vida diaria, salvo en el rito de sus encuentros con amantes, porque consideraba que casi todo lo mejor debía hacerse esperar. Prefería que sus apariciones tuviesen algo de advenimiento, de anunciación del ángel del placer. A algunos aquella impuntualidad les resultaba intolerable; pero el hecho de conseguir que acabasen tolerándola le parecía a Ágata un ingrediente más de la verdadera conquista. Un logro de doma ecuestre: porque a los hombres, sobre todo a los mayores, también había que domarlos, aunque ellos no lo supieran.

Ortuño abrió la puerta en albornoz y con cara de pocos amigos. Las esperas a las que Ágata lo sometía no siempre tenían en él el mismo efecto: unas veces obraban como un afrodisíaco, y otras lo ponían de mal humor y lo enfriaban. Se acababa de duchar, porque llevaba el pelo mojado y dejó en el aire el perfume de los jabones ilícitos del Palace. La habitación estaba en penumbra, pero por las cortinas entreabiertas se veía el viejo cauce del Turia a lo lejos, con el último sol de la tarde que doraba las copas de los pinos. Se oía el murmullo de la ciudad, que marchaba rumbo a sus asuntos, sin imaginar que en aquella habitación, como tantas otras veces, ellos dos se iban a dar un festín de carne clandestina. Esa condición —la clandestinidad, el encubrimiento— era para Ágata más de la mitad de su placer. Era el placer entero, al menos el placer previo y posterior al placer, el placer que perduraba más allá del placer físico, por encima de las rutinas de alcoba, de ciertas citas sin demasiado entusiasmo, de los polvos poco memorables. El embozo de la cama estaba deshecho, y Ortuño debía de haberse tumbado mientras esperaba a que ella llegase. Bajo aquella media luz, las arrugas de las sábanas le sugirieron un breve desierto: las dunas blancas. En la habitación de arriba sonó un eco nervioso de tacones de mujer.

Mientras Ágata dejaba su bolso en el escabel que había delante de un sillón, junto a la cristalera por la que entraba el mundo ordinario, el mundo de allí fuera, Ortuño se quitó el albornoz y se le acercó por detrás. Más que abrazarla, la manoseó ansioso y le mordió la nuca. Ágata escuchó el resuello de su aliento canino, y notó contra su espalda que estaba empalmado con la violencia que solía. En el mástil —así lo llamaba Ágata con frecuencia, para seguirle el humor náutico, tan de su gusto, tan de sus aficiones de regatista— ondeaban todas las banderas de socorro.

Se dio la vuelta y extendió los brazos con las palmas abiertas en dirección a Ortuño, quitándoselo de encima. Alto ahí —le dijo—. Si quieres salir bien corrido de esta habitación, ya puedes vestirte. Es muy feo no esperar a una dama como ella se merece.

Ortuño sonrió, maldijo en voz alta y se acercó corriendo hasta el galán de noche, en donde estaban colgados el traje, la camisa y la corbata. Recogió del suelo sus calzoncillos y sus calcetines y comenzó a vestirse con impaciencia. Tuvo que atarse de nuevo los cordones de los zapatos. Desde hacía mucho tiempo le gustaba acatar las órdenes caprichosas de Ágata, que añadían un condimento al banquete de sus citas de hotel. Ya mandaba lo suficiente en su despacho, en su matrimonio —había confesado en la intimidad—, como para no poder permitirse que alguien mandara en él de vez en cuando. Ágata sabía que lo había iniciado en un culto, en un ritual, tan antiguo como el mismo hombre: el de permitir que alguien haga con nosotros lo que le venga en gana, el de saber que se concede el don de permitir que alguien haga con nosotros lo que le venga en gana.

Aquellas ceremonias de obediencia, en cambio, representaban para Ágata un ritual de sentido contrario: el de albergar la certeza de que hubiese podido hacer cualquier cosa con su amante. Hubo un tiempo en que a menudo ella sentía la desproporción de experiencia que existía entre los dos. Se trataba, claro está, de la diferencia de años, pero también de algo impalpable, invisible, una facultad de naturaleza espiritual que siempre poseía un miembro de la pareja, y que le otorgaba sobre el otro el dominio real de los ritmos con que ambos se desenvolvían juntos en el mundo: la voz de mando que no necesita levantar la voz. Cuando dos bailan —Ágata estaba segura—, uno dirige y otro se deja llevar. Cuando dos viven, uno dirige y otro se deja vivir.

Durante uno de sus primeros encuentros furtivos, cuando Ágata empezaba a aprender los fundamentos de la esgrima que Ortuño y ella trataban de enseñarse de forma recíproca, él la había mandado a la bañera, después de desnudarla, cuando ya estaban acostados. Hueles mucho esta tarde. Lávate y vuelve —le había dicho, con sequedad—. Ella se sintió enrojecer hasta los huesos, pero lo obedeció. Fue al cuarto de baño, se duchó y regresó a la cama.

Desde aquel incidente, Ágata emprendió la conquista de un territorio del temperamento: del propio y del de su amante. Hasta que llegó la ocasión en que pudo decirle, sabiendo que no había nada más que añadir por parte de ninguno: No me he lavado desde hace dos días. A partir de entonces, entre los dos se instauró una rutina diferente, una deriva que traía vientos nuevos, y que los abatió rumbo a otros lugares de sí mismos. Se puede decir que Ágata le enseñó desde aquel momento, a cambio de las muchas cosas que él le enseñaba a ella, ciertos asuntos que Ortuño no se había planteado aprender nunca.

Por ejemplo, la devoción hacia el olor animal que Ágata se dejaba crecer algunas veces, para saberse al mando.

Frente al espejo de la habitación, una luna sin marco que iba desde el techo hasta el suelo, se introdujo el lazo de la corbata, sin deshacer, por la cabeza, se ajustó el nudo y se volvió en dirección a Ágata. Desde que eran amantes, nunca lo había visto deshacer la corbata cuando se desvestía: siempre se la aflojaba tan sólo, como si aquel gesto fuese la corroboración de que sus encuentros representaban una irreal pausa fugaz entre dos duraciones verdaderas.

Ortuño seguía empalmado como un adolescente, con la arquetípica tienda de campaña elevada a un lado de la cremallera de su pantalón. Que ella recordase, era el único de sus hombres, ancianos incluidos, que cargaba hacia la derecha. Aquello tenía algo de saludo militar y de comicidad involuntaria: los hombres empalmados por debajo de sus pantalones siempre la habían hecho reír con una risa misericordiosa —los pobres—, con una risa caritativa que la empujaba a menudo a procurarles un alivio.

Desde que recurría a la limosna de la farmacopea, Ortuño padecía episodios de priapismo permanente en todas sus citas. Años atrás, cuando se sintió languidecer durante uno de sus encuentros, decidió acudir a su urólogo, para que le prescribiese el elixir de la eterna juventud. Se había convertido en un adicto al medicamento llamado Tadalafil, inhibidor de la enzima PDE-5 (fosfodiesterasa tipo 5), encargada de inactivar el vasodilatador óxido nítrico, como Ágata leyó a carcajadas, sin necesidad de entender el significado, la primera vez que investigó en el prospecto de las grageas: Cialis, 20 miligramos. Al principio probó con el Viagra —la cápsula filosofal que todo lo teñía de azul, como bromeaba Ortuño—, pero pronto cambió a Cialis, cuyos efectos duraban varios días. De ese modo podía extraer de la pequeña pastilla de color amarillo un aprovechamiento doméstico. Exprimir la molécula. La química había obrado el milagro de reconciliar los contrarios irreconciliables: el amor oficial del matrimonio, y el oficioso amor extramatrimonial.

Ortuño le había comprado un regalo. A su entender, hasta pasados los treinta, los cumpleaños se debían celebrar con euforia, con apetito de más edad, y después, a medida que se envejecía, convenía festejarlos en voz baja, como si uno no supiese del todo qué se estaba celebrando en lo celebrado. Por eso había traído un detalle espléndido, dijo. A un lado del escritorio de la habitación, sobre un bargueño minimalista lacado en blanco, había una bolsa de la marca Montblanc. Parecía que al paquete le hubiesen hecho la manicura: la paradigmática estrella blanca resplandecía sobre el lomo acharolado de la bolsa, atada con un lazo de seda negra. El envoltorio, desde su quietud mayestática, resultaba una pieza de lencería en sí mismo.

Ágata lo miró con meticuloso desdén, se desnudó, se tendió en la cama y no hizo ningún comentario, como si no se muriese de ganas por abrirlo y ver qué había dentro. Los regalos eran todo un universo sentimental, la promesa de que existía un mundo siempre perfecto que se nos obsequiaba por el solo hecho de pertenecer a ese perfecto mundo. Los regalos eran el regalo de la vida mejor. Todo debería llegarnos dentro de un paquete con papel de celofán y cintas de fantasía. Todo debería atenerse a una elemental ley de reciprocidad: regalar y ser regalado. Todo debería ser un juguete en la mañana del 6 de enero: el juguete trabajo, el juguete amor, el juguete amistad, el juguete juguete. Pero Ágata se quedó callada, ofrecida sobre las sábanas, mirando cómo Ortuño se volvía a desvestir con prisa adolescente, no fuera que llegasen sus padres de misa —imaginó— y los sorprendieran desnudos, dos chiquillos que se frotaban el uno contra el otro. Se abrió de piernas en la inmensa cama del Palace, dando a entender que el código de señales que ondeaba en el mástil había sido descifrado. Tierra a la vista. La bocana del puerto. La isla del tesoro. Echad el ancla.

A ella no le importaba que Ortuño recurriese a los estímulos artificiales para apuntalar su deseo. A diferencia de lo que opinaban otras amigas suyas, aquella práctica del Cialis no sólo no suponía un desdoro hacia ella como objeto deseable, sino que la libraba de algunas incómodas tareas de estimulación. Si el clave llegaba bien temperado, se la eximía del trabajo de afinadora. A fin de cuentas, como argumentaba Ortuño, para que se obrase el milagro industrial de la vasodilatación —con las poleas y las ruedas dentadas alzando el mástil en cubierta— era necesario que existiese el apetito.

Después de haber tenido varios de sus fáciles orgasmos —como de costumbre acompañados por una melodía de sollozos felinos, mientras Ortuño se demoraba sudoroso en sus embestidas—, Ágata no pudo apartar la vista de la bolsa de su regalo. Ojalá no fuese otra pluma de edición limitada, otra pieza más con nombre pomposo y zafiros engastados. Las estilográficas le gustaban, pero no tanto como para convertirse en coleccionista. Los regalos eran instrumentos morales. Los regalos nos decían: Todo se acabará, pero, mientras se acaba, hagamos que ocurra de esta manera amable. Los regalos nos aleccionaban: Todo es cuestión de suerte, lo sabemos, pero mejor que la suerte recaiga en nosotros. Los regalos nos instruían: El tiempo, sí, se está yendo al carajo con nosotros dentro —es fácil darse cuenta—, pero hasta que se vaya del todo cabalguemos la ola, montemos el tigre de todos los regalos. A Ágata los regalos la ponían metafísica. Los regalos la predisponían al orientalismo a su manera.

Aquella tarde de su cumpleaños dejó que Ortuño la sodomizara. Además de que le apetecía, pensó que sería un buen ejercicio de dilatación con vistas a su espectáculo de la noche. Entre las distintas enseñanzas que le había procurado aquel amor a escondidas no era la menor el descubrimiento de esa forma de la intimidad. Aunque no siempre se encontraba con espíritu para dejarse hacer, el sexo anal le resultaba la plasmación directa de muchas de sus ideas sobre la necesidad de desacralizar el cuerpo. Se trataba de una forma extremada de la entrega, un rito en donde teatralizar, según le gustaba creer, el sentido religioso de la humillación: una práctica gracias a la cual quien se humillaba, quien se postraba ante la fuerza bruta, ascendía, mediante el placer, a un ámbito superior del conocimiento. Existía una mística en el hecho de no resistirse, un método de dominación por medio del abandono. Con frecuencia, a Ágata le resultaban de una gran ayuda los argumentos de carácter intelectual en el momento de la penetración, porque la de Ortuño, embalsamada en Cialis, representaba al universo de las pollas lo que un culturista harto de esteroides al mundo de los gimnastas.

A diferencia de sus orgasmos, que desde el punto de vista sonoro seguían cierta pauta musical, los de Ortuño estaban reñidos con la armonía. Eran un derrumbamiento de criatura sacrificada, el estertor de un buey al que le hubiesen disparado un tiro en la sien. Cuando acabó de mugir, apoyó la frente empapada en sudor frío sobre la espalda de Ágata, entre los omóplatos. Ella había estado arañando las sábanas, con la cabeza metida en un cuadrante, ahogando sus gemidos. Cuando se retiró de golpe, sin previo aviso, ella gritó de dolor y lo insultó por su falta de cuidado.

Lo que vino a continuación ocurrió muy deprisa, en una de esas insólitas aceleraciones de los hechos, cuando el tiempo parece comprimirse y albergar en segundos lo que necesitaría horas para suceder. Ortuño se sentó en el borde de la cama, con los pies desnudos sobre la moqueta. Tenía una extraña palidez azulada que Ágata no le había visto nunca antes, ni siquiera después de algún exceso impropio de su edad. Se quejó de un dolor en el pecho que le irradiaba por los brazos hasta las muñecas. Se había hecho de noche, y la única luz de la habitación era la que entraba de la calle, por la franja que dejaban las cortinas a medio correr. Bajo la pátina amarillenta del alumbrado público, le pareció que estaba afantasmado. La habitación olía a dos muy satisfechos.

Ortuño fue hasta el baño vacilando, como si caminase por la cubierta de un buque en alta mar. Ágata lo siguió y vio cómo se refrescaba la cara en el lavabo, con agua fría, muchas veces. Le dio la impresión de que estaba procediendo a un rito maníaco de abluciones rituales. Allí desnudo, de espaldas a la puerta, le pareció la figura de un hombre muy mayor, la silueta de un desconocido. Pensó que los años que nunca había aparentado se le habían venido encima de repente.

Se secó la cara con una de las toallas de manos del hotel. A continuación, volvió al cuarto, y, justo cuando estaba a los pies de la cama, dijo que tenía ganas de mear. Se dio la vuelta, pero ya no pudo regresar al baño. Puso una rodilla sobre la cama y se desplomó de golpe en el suelo, con los ojos en blanco y un rictus doloroso. Ágata nunca había visto morir a nadie, pero no le cupo duda de que Ortuño estaba muerto.

Se arrodilló a su lado y trató de despertarlo con un zarandeo de hombros, mientras le hablaba y le suplicaba que no le diera esa clase de sustos. Como había visto en las películas, intentó practicarle la respiración boca a boca primero, y luego un masaje cardíaco. Pero Ortuño no despertó.

Durante media hora no pudo volver a tocar el cadáver. Se quedó sentada en un sillón, tratando de frenar el flujo de sus pensamientos desordenados. Se dijo que si no intervenía, que si no trataba de reanimarlo ni le hablaba, las mismas fuerzas de la vida lo arreglarían todo a través de sus conductos secretos, con sus métodos insondables. Pero Ortuño no se movió.

El aturdimiento de los primeros instantes dejó paso a una calma enfermiza que Ágata no reconocía en su naturaleza. Se vistió rápido y se maquilló con las pinturas que había traído de casa.

Al fin y al cabo, era como si ella nunca hubiese estado allí, porque jamás se había registrado en el hotel ni la habían abordado los recepcionistas. Al fin y al cabo, a todos nos llega la hora de morir, y aquélla no era una mala manera de hacerlo. El cuerpo es una cáscara, un envoltorio, como el de los regalos.

De modo que metió el paquete de Montblanc en el bolso —más tarde lo abriría, más tarde lo destaparía con su irreprimible voluntad de sorpresa—, y cogió de la cartera de Ortuño veinte euros. El taxi no costaría tanto. Faltaba casi una hora hasta el arranque de su performance. En diez minutos estaría en el viejo hangar de la Estación del Norte: le sobraba tiempo para ponerse en situación, para meterse en la piel de su personaje. No terminaba de creer que todo aquello le estuviese sucediendo a ella. Qué mierda confitada, la mala suerte.

Cuando cerró la puerta de la habitación, después de comprobar que no había nadie en el pasillo, se le apareció la figura llorosa de Marisa Ortuño en el entierro de su padre. Ágata no la había visto desde hacía años, y todo lo que sabía de ella se limitaba a las noticias que su amante le daba de vez en cuando.

Bajó por la escalera sin tropezar con ningún huésped. El vestíbulo del hotel estaba abarrotado por lo que parecía una convención o un congreso. Esperaba que no fuese una pluma. Tal vez un reloj, o una pulsera. No es fácil acertar con los regalos. Un colgante. De todos modos, sería un regalo especial, un regalo de despedida. Los regalos nos atan al mundo, nos hospedan en él. Los regalos son receptáculos del tiempo ajeno, de la energía mental de los demás, del amor de los otros.

Durante todo el camino, Ágata no pudo sacudirse un molesto estribillo de la conciencia: pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá.


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