A mi amigo Suso
Perfumado, dulce, chispeante. Así le gustaba al hermano Tobías.
El hermano Tobías cantaba coplas por los pasillos del colegio, y Fede me preguntó, cuando se lo conté, si nadie le decía nada por ir, en tiempos de Franco, hecho una Lola Flores entre clase y clase, o camino del recreo, o del comedor, o incluso de la capilla, porque para el hermano Tobías un pasillo, llevase a donde llevase, era un tablao y no perdía ocasión para dar rienda suelta, aunque fuera por lo bajini, a su arte y su temperamento. Yo le contesté a Fede que sí, que hasta el hermano Anselmo, el director del colegio, decía que el hermano Tobías era una castañuela.
—«Ay, pena, penita, pena, pena de mi corazón, que me corre por las venas con la fuerza de un ciclón» —eso cantaba el hermano Tobías, es verdad que nunca a grito pelado, como lo cantaba Lola Flores, sino en voz bajita, pero con mucho salero, y sin desmelenarse, entre otras cosas porque el hermano Tobías era bastante calvo, pero sí que lo canturreaba siempre con un pellizco retrechero por todo el cuerpo, y un contenido revoloteo de manos, y hasta con su poquito de meneo de sotana que le dejaba al descubierto los calcetines y unas canillas pálidas como Greta Garbo cuando hizo de tísica, y yo, siempre que le veía aquellas canillas al hermano Tobías, le comentaba a Rendón y a Medinilla que a lo mejor no llevaba pantalones debajo del hábito. Al final, aquel día de su cumpleaños, descubrimos que sí que los llevaba, pero cortísimos y con los bajos deshilachados, como si les hubiera dado un tijeretazo por las buenas, para poder zapatear un poco y con mayor facilidad.
Fede, ya digo, no daba crédito cuando se lo conté, pero a partir de entonces, a la hora de ponernos a celebrar todos mis cumpleaños y todos los suyos, mientras me llama mi vida y mi golfo y mi cielo y mi guarro y mi amor y mi pena, penita, pena, pena de mi corazón, siempre acaba diciendo, levantando la mano como si alzara una copa rebosante de Moët Chandon: «¡Por el hermano Tobías!».
—Ya sé lo que le vamos a regalar al hermano Tobías por su cumpleaños —nos dijo Rendón a Medinilla y a mí, en el recreo, una semana antes de que cumpliese cuarenta años, que a nosotros nos parecía una barbaridad, aquel hermano de la enseñanza cristiana tan flamenco y que nos daba clase de dibujo, de religión y de formación del espíritu nacional.
—Un perfume —dijo Medinilla, que nunca decía colonia, sino perfume, porque por lo visto su madre aseguraba que eso era lo fino y lo cosmopolita.
—Bueno, oler sí que huele —dijo Rendón y, como si ya estuviéramos los tres en el secreto, nos guiñó un ojo con aquella guasa tan graciosa y tan golfa que él gastaba.
Estábamos en quinto de bachillerato, aunque Rendón tenía un año más que Medinilla y que yo, porque se había encasquillado en la reválida de cuarto y tuvo que dedicarle un curso entero a repasar las matemáticas, hasta que consiguió aprobar la reválida, por los pelos, en tercera convocatoria.
—La clase le va a regalar una especie de cartel para que lo ponga en su celda —advertí yo—. Lo sé porque el encargado de prepararlo es Sandoval, a mí me ha pedido un verso para ponerlo en el centro, y alrededor de mi verso, según él, irán recortables, collages y otras manualidades.
Yo era el mejor de la clase, con diferencia, en redacción, y Sandoval, el mejor en manualidades y en adornos. Rendón decía que Sandoval —que desde que se había aprendido la palabra collage no paraba de soltarla— iba para decorador o para mariquita, o para las dos cosas a la vez. Rendón, que todo lo que tenía de zoquete lo tenía de guapo y de fortachón, sólo era bueno en gimnasia y, sobre todo, en kárate y en judo.
—¿Y tú le has dicho que sí? —me preguntó Rendón, con aquella cara que él ponía para advertirme de que cuidado con traicionarle o con llevarle la contraria.
—Claro que no —mentí.
—Tú dile que se deje de versos —me ordenó Rendón—, dile que a ti no te sale la inspiración cuando piensas en el hermano Tobías, que ponga en el cartel eso de ay, pena, penita, pena, pena de mi corazón. Seguro que el hermano Tobías se pone contentísimo.
Eso era algo que a mí me llamaba mucho la atención, que el hermano Tobías canturrease ay, pena, penita, pena, pena de mi corazón, que me corre por las venas con la fuerza de un ciclón, y que siempre lo hiciera con una sonrisa de oreja a oreja y con una cara de felicidad y de gusto que no pegaba nada con aquella letra tan desgarradora. A Fede, en cambio, eso no tuve que explicárselo, lo entendió desde el principio la mar de bien.
—Voy a mear —dijo de pronto Rendón, mirando hacia la escalera que subía al primer piso, donde estaban las aulas de cuarto, quinto y sexto de bachillerato. Al pie de la escalera, el hermano Tobías, que vigilaba el recreo, no nos perdía de vista a Rendón, a Medinilla y a mí.
—Voy contigo —dije yo, y entonces me di cuenta de que también tenía ganas de orinar.
Los urinarios estaban junto a la escalera, y cuando pasamos por delante del hermano Tobías yo bajé la vista como una novicia pura y recatada. El urinario no era más que una pared alicatada hasta el techo, sin separaciones, con un canalillo en el suelo, y más valía no ponerse demasiado cerca del que meaba a tu lado porque podía salpicarte. Mear junto a Rendón era un peligro, porque lo hacía siempre con la fuerza de un caballo, como él mismo se encargaba de proclamar en cuanto se le presentaba la ocasión, y el chorro se estrellaba como un géiser horizontal contra el alicatado y, si Rendón quería, podía dejar como una sopa hasta al que se pusiera en la otra punta del urinario. Yo me puse pegado a la pared, lo bastante cerca de Rendón como para verle bien, y lo bastante lejos como para que no me dejara como una sopa si él tenía un poco de cuidado. Rendón se sacó aquel obús del cien, como él decía, que le colgaba entre las piernas y se lo estuvo toqueteando hasta dejárselo morcillón, y a mí me extrañó que, si tantas ganas tenía de mear, pudiera aguantarse tanto. Yo no pude aguantarme, aunque me moría de ganas de mear al mismo tiempo que él, mientras le miraba y él me miraba a mí, y eso que mi obús no era ni del cincuenta, pero Rendón decía que era muy simpático y muy apañado. El obús de Rendón era grueso, grande y oscuro, y lo controlaba como un domador de fieras.
Se oyó la puerta de los urinarios y Rendón, sin apartar la vista del alicatado, susurró:
—Ahí está.
Yo volví la cabeza y vi al hermano Tobías, que sólo tenía ojos para Rendón. Se puso a su lado. Se levantó la sotana hasta la cintura. Se sacó un obús del diez, como mucho. Intentó animarlo, dándole golpecitos con la uña, para mear un poquito, aunque sólo fuera para disimular. Estaba nervioso. Miró de reojo el obús de Rendón. Suspiró. Volvió a mirarle el obús a Rendón, ya sin ningún disimulo. Volvió a suspirar. Y entonces, sí. Entonces Rendón se puso a mear como un caballo, contra el alicatado, pero dirigiendo el chorro de modo que salpicara al hermano Tobías, y el hermano Tobías empezó a jadear, a temblar, a gemir, a ponerse como una sopa, a morderse los labios de gusto, a abrir la boca como si se asfixiara, a canturrear ay pena, penita, pena de mi corazón, con una sonrisa de oreja a oreja, con la voz medio gripada, con los ojos en blanco, con el obús tieso y duro como una gamba rancia y revenida, con las rodillas cada vez más dobladas y la cara cada vez más roja, como si fuera a desmayarse, con la mano derecha extendida como si quisiera agarrarse a algo, pero Rendón no le dejó que le agarrara el obús, Rendón se puso a mearle directamente en la mano, y entonces el hermano Tobías empezó sin ningún control a desvariar, a hiperventilar, a doblarse por la cintura, a descuajaringarse, a salmodiar entre jadeos ay pena, penita, pena, y a soltar por la gamba mejunje de coco, como decía Rendón.
Allí lo dejamos. En cuanto llegamos al patio, Rendón me dijo que estaba a punto de reventar del gusto, que a ver si el hermano Tobías se daba prisa en salir de los urinarios para que nosotros pudiéramos volver, tranquilitos, y hacernos allí una paja de las de maniobras de la Legión, que era una cosa que él decía siempre cuando quería exagerar, y yo le dije que sí, y él entonces me susurró al oído, enigmático, que aquello no había sido más que el aperitivo.
Fede, cuando se lo conté, hace sólo cinco años, tampoco se podía creer que el hermano Tobías aceptara ir, tan campante, el día de su cumpleaños, a la antigua panadería del padre de Rendón.
—Hermano, allí tenemos un regalo para usted —le dijo Rendón, muy zalamero.
—Tendrá que ser después de las seis —dijo el hermano Tobías, poniendo ojitos traviesos, como le decía él a Rendón cuando estaba convencido de haberle pillado a punto de hacer alguna trastada.
A las seis terminaban las clases y también a mí me dejó de piedra que el hermano Tobías no pusiera ninguna pega a reunirse con nosotros en aquel semisótano medio cochambroso, como decía mi madre, que llevaba cerrado por lo menos tres años, desde que el padre de Rendón abrió La Bandeja de Plata, una confitería de mucho postín. La cafetería estaba muy bien puesta y muy bien surtida, y hasta había veladores para que las señoras pudiesen merendar, aunque mi madre se negaba no sólo a merendar allí, sino a comprar los dulces y la bollería de la casa, que según todo el mundo era exquisita, pero es que a mi madre no se le iba de la cabeza lo cochino que parecía el semisótano donde, aunque costara entenderlo, el padre de Rendón había hecho tanto dinerito.
—A las siete —le dijo Rendón.
—A las seis y media —casi suplicó el hermano Tobías—. A las siete tenemos la comunidad la lectura espiritual.
A las seis y diez estábamos en el semisótano Rendón y yo, porque al final se nos rajó Medinilla, que era un cobardica, y eso que Rendón ni siquiera a nosotros había querido contarnos el regalo que le tenía preparado al hermano Tobías, pero Medinilla dijo que no se fiaba, y Rendón le obligó a prometer por la salud de su madre que no se chivaría, pasara lo que pasara. A mí Rendón no tenía que obligarme a jurar nada, él sabía que conmigo podía contar incondicionalmente.
El semisótano estaba en la misma casa en la que vivían los Rendón, y había que entrar por la casapuerta. El portón sólo lo cerraban de noche y, junto a la cancela que daba al patio y que sí estaba siempre cerrada, había otra puerta muy endeble y que abría hacia afuera, porque daba directamente a tres escalones criminales y, a poco que te descuidases al bajarlos, lo mínimo que podías hacerte era una luxación de tobillo. Dentro todo estaba lleno de polvo y no había más luz que la de una bombilla que colgaba del techo, porque Rendón me dijo que las contraventanas del ventanuco que quedaba a ras de acera estaban atrancadas y que, además, nadie debía vernos ni oírnos.
—Parte del regalo del hermano Tobías está ahí —me dijo Rendón, y me señaló la alacena donde su padre guardaba las cestas y los escobones y la fregona, cuando aquello era la panadería—. La otra parte, vendrá luego.
—Estoy nervioso y me estoy meando —me quejé yo.
—Pues aquí no hay váter —me dijo él—, así que vas a tener que aguantarte.
Entonces me di cuenta de que de veras tenía unas ganas tremendas de orinar, y eso que lo había dicho, más que nada, por si Rendón se sacaba el obús del cien y me decía pues hala, vamos a mear aquí mismo, aunque tampoco él tuviese ganas. La verdad es que el bolsillo izquierdo del pantalón lo tenía Rendón muy abultado.
—Enséñamelo —le pedí.
—¿El qué?
—El regalo del hermano Tobías.
—Ni hablar. Hasta que él no llegue, naranjas de la china. Creí que querías que te enseñase el obús.
—También —dije yo, con aquella risita pánfila que me salía cuando me pillaban a punto de hacer alguna travesura.
Rendón me dio un golpe de kárate en el hombro y casi me lo disloca, y luego, de un salto, se sentó en el mostrador de madera, sin quitarle antes el polvo ni nada. Me hizo una señal para que yo hiciera lo mismo, y a mí me costó encaramarme y me puse perdido el jersey y el pantalón.
—Lo siento, picha —me dijo, y no supe si se disculpaba por no enseñarme el obús, o por el golpe de kárate, o por lo sucio que estaba todo—. Ahora lo que nos toca es esperar.
Poco rato. Rendón se había puesto a silbar el himno de la Legión y no le dio tiempo a terminarlo. Sonaron unos golpecitos en la puerta y era el hermano Tobías, con su sonrisa de oreja a oreja, canturreando ay, pena, penita, pena, pena de mi corazón, con su revoloteo de manos y de sotana, un poco más suelto y más exagerado que cuando cantaba por los pasillos del colegio, y bajó los escalones con el garbo de una artista de varietés.
—He podido escaparme un poco antes —dijo—, pero a las siete menos diez tengo que volver. Qué luz más triste, por Dios. ¿Dónde está ese regalo?
Se veía a la legua que estaba impaciente. Rendón echó el pestillo de la puerta y luego señaló la alacena.
—Ahí —dijo.
—¿Champán? —preguntó, cascabelero, el hermano Tobías.
—Caliente, caliente —dijo Rendón—. Pero tiene que cerrar los ojos.
El hermano Tobías cerró enseguida los ojos, pero no del todo, así que Rendón le dijo que no valía hacer trampas, y me ordenó a mí:
—Tápale los ojos con las manos, y cuando yo abra la alacena y diga ¡ya!, deja que los abra.
—¿Y por qué no me tapas los ojos tú? —el hermano Tobías ya estaba desatado.
—Vale —dijo Rendón, y me miró como él sabía hacerlo para advertirme de que no era buena idea que le llevase la contraria—. Tú abre la alacena, y yo me ocupo también de decir ¡ya!
Rendón se puso a la espalda del hermano Tobías, le tapó los ojos con las manos, y vi cómo le restregaba el mendrugo por el culete, porque los dos eran igual de altos. A mí me entraron ganas de llorar de celos.
Para disimular, y porque no podía hacer otra cosa, me acerqué a la alacena. Esperé a que Rendón me diera permiso para abrirla. La abrí. Me quedé mudo. Y Rendón gritó ¡ya!, y le quitó al hermano Tobías las manos de los ojos, y lo que vio el hermano Tobías también le dejó sin habla.
En la alacena había un traje de flamenca.
—Es bonito, ¿eh? —dijo Rendón, y me di cuenta de que tenía al hermano Tobías agarrado por los brazos, por si le entraba la tentación de salir corriendo.
—Precioso —dijo el hermano Tobías, sonriendo de una manera rara.
Era un traje de flamenca rojo y con lunares celestes, y con tiras bordadas en los volantes.
—Esto sí que es un regalo, ¿eh?, y no esa cursilada de cartel que le ha regalado la clase —Rendón parecía un legionario en orden de combate—. Es de mi hermana. Lo he cogido del armario donde mi madre lo guarda hasta que llegue la feria, nadie se ha dado cuenta. Hermano Tobías, seguro que le queda como un guante. Póngaselo.
—Huy, huy, huy… —dijo el hermano Tobías, nerviosito perdido.
—¡Póngaselo! —gritó Rendón, sacando aquella voz y aquel tono de cabo de la Legión.
—Huy, huy, huy… —repitió el hermano Tobías, y a mí me quedó la duda de si no se lo quería poner, o si estaba deseando ponérselo.
Por si acaso, Rendón le asestó al hermano Tobías un golpe de kárate en la base del cuello y lo dejó medio doblado.
—Quítese la sotana y póngaselo.
—Vale, vale… Ay, pena, penita, pena, pena de mi corazón…
—Ayúdale a quitarse la sotana y a ponerse el traje de flamenca —me ordenó Rendón, y yo hice lo que pude. El hermano Tobías temblaba como un perro mojado.
—Me está chico —dijo el pobre.
—Quítese también los pantalones —Rendón daba paseítos cortos por el semisótano, con las manos a la espalda, como los sargentos crueles en las películas de cuarteles y de guerra.
El hermano Tobías se quitó los pantalones y daba risa verle con aquellos calzoncillos hasta las rodillas y que parecían de esparto, y aquellas canillas de tísico. El traje de flamenca le quedaba tan raquítico que, además de risa, daba lástima.
—¡Cante! —le ordenó Rendón.
El hermano Tobías tragó saliva.
—¡Le he dicho que cante!
—Ay, pena, penita, pena, pena de mi corazón, que me corre por las venas con la fuerza de un ciclón… —cantó, con la lengua medio trastabillada, el hermano Tobías.
Rendón se lanzó sobre él como un legionario, le hizo una llave de yudo, lo inmovilizó, sacó una cuerda que llevaba en el bolsillo izquierdo del pantalón, me pidió que le ayudase, lo maniatamos, y luego, de un empujón, lo tiró contra la pared, y el hermano Tobías fue resbalando hasta quedarse sentado y engurruñido en el suelo.
—Qué ganas me han entrado de mear —dijo Rendón.
Me miró. Yo no iba a llevarle la contraria. Me preguntó:
—¿Tú no estabas meándote?
Rendón se sacó el obús del cien. Yo me saqué el obús del cincuenta; bueno, del cuarenta. El hermano Tobías abrió los ojos como si estuviera viendo a la Virgen de Lourdes. Rendón le apuntó a la cara. Yo le apunté a las piernas. Y empezó el diluvio. Dorado, perfumado, dulce, chispeante. Y el hermano Tobías se puso a jadear, a gemir, se mordía los labios de gusto, abría la boca como si se fuera a asfixiar, y volvió a canturrear, pero ya con mucha emoción, ay, pena, penita, pena, pena de mi corazón, que me corre por las venas con la fuerza de un ciclón, y de pronto empezó a temblar como si le estuvieran dando latigazos en la barriga, temblaba con aquella sonrisa de oreja a oreja, con aquella cara de felicidad que a mí me parecía que no pegaba nada con aquella letra tan desgarradora.
—¡Me corro! —dijo Rendón, estirando todo el cuerpo, cuando terminó de mear.
—¡Me corro! —dije yo, tambaleándome.
—¡Me corro! —dijo, jadeando, el hermano Tobías.
Allí lo dejamos, hecho una sopa. Una sopa con mejunje de coco, como dijo Rendón.
—Eso se llama urofilia —me dijo Fede, con la mano en mi muslo y con una risita como la de Rendón cuando estaba seguro de que yo no iba a llevarle la contraria—. Míralo en Google.
Era el día de mi cumpleaños, a la hora de la siesta. Estábamos en el sofá del salón, prestándole ya atención a medias al culebrón mexicano que daban por la tele. Yo acababa de contarle lo del hermano Tobías.
—Está buenísimo Luis Alfonso —dije, un poco nervioso, porque Fede había sonreído como un golfo al decirme que aquello se llamaba urofilia, y porque en aquel momento el protagonista del culebrón se había quitado la camisa por tercera vez en el capítulo del día, para enseñar la musculatura.
—Déjate de Luis Alfonso —me regañó Fede, con esa guasa tan graciosa que tanto me recuerda a la de Rendón— y júrame que lo que me has contado pasó de verdad.
—Te lo juro.
Fede y yo llevamos juntos doce años, pero en todas las parejas hay secretos. Le había contado aquello sin ningún motivo especial, o a lo mejor sí que había motivo, porque yo siempre he tenido mucha intuición, bastaba fijarse en cómo él me estaba sonriendo.
—Lo que no acabo de comprender es que no pasara nada, que no os echasen del colegio o que al hermano Tobías no lo expulsasen de la congregación —me susurró al oído, muy despacito, mientras empezaba a desabrocharme la camisa.
La verdad es que yo me había temido lo peor, pero nunca supimos cuándo y cómo consiguió escaparse el hermano Tobías del semisótano, ni cómo volvió al colegio, ni qué habría contado, ni si llegó a chivarse de quiénes le habían hecho aquello. Creo que no, porque a Rendón y a mí, que nos conjuramos para no contarle nada a Medinilla, aunque él rabiaba por saberlo, nadie nos dijo nada ni nos castigó.
Como si ahora me estuviera contando en voz muy baja algo estrictamente confidencial, como si aguantase la respiración mientras me acariciaba el pecho, Fede me dijo:
—Me gusta mucho que estés mojadito en sudor.
No hacía mucho calor, porque yo cumplo años en marzo, pero una vez me di cuenta de que siempre me entra un poco de fiebre en cuanto empiezan a acariciarme el pecho. Fede me lo acaricia muy bien, como si siguiera desnudándome después de haberme desnudado.
—Es un capricho —su voz sonaba como si saliera de debajo de los cojines del sofá—. Un capricho de sibaritas.
—¿Qué es un capricho de sibaritas? —ahora el que parecía que estaba empezando a ahogarse era yo.
—Se llama también lluvia dorada —me lo dijo en un murmullo, con los labios pegados a mi oreja.
—Lo miraré en Google —boqueé.
Siguió desabrochándome la camisa, cambió de postura, quedó sentado de lado y pasó una pierna por encima de mis piernas. Con su obús, que es casi del cien, me rozaba la cadera, y con su muslo rozaba mi obús.
—Hay otros caprichos buenísimos para regalos de cumpleaños, mi amor —yo ya sentía que me estaba hablando como si su voz se arrastrase sigilosamente dentro de mi oído, caldeándome el tímpano con aquellas palabras que, antes de decírmelas, parecía que las hubiera tenido un buen rato calentándolas al sol.
—¿Qué caprichos?
La voz se me había quedado enredada en la lengua y yo comprendo que así no es fácil que le entiendan a uno.
—¿Cómo dices, mi amor?
Hice un esfuerzo merecedor de un beso de tornillo:
—Digo que qué otros caprichos.
Fede se rió con una risa bajita y pastosa, en mi oído, y así siguió riéndose luego en mi barbilla, en mi cuello, en mi nuez de Adán, en los huecos de las clavículas, en el pecho, en las tetillas, en el vientre, en el ombligo, y me desabrochaba el cinturón, y me bajaba la cremallera de la bragueta, y entre risita y risita amortiguada y pastosa me iba susurrando:
—Coprofilia, alveofilia, electrofilia, meritofilia, narratofilia, punzofilia, somnofilia… Parafilias. Míralo en Google.
Como para mirar algo en Google estaba yo en aquel momento. Empezaba ya a jadear, a temblar, a gemir, a morderme los labios de gusto, a abrir la boca como si me asfixiara, como el hermano Tobías mientras se subía la sotana y Rendón le salpicaba en los urinarios, y me temblaban las rodillas, que menos mal que estaba tumbado en el sofá, mientras Luis Alfonso enseñaba la musculatura de nuevo en el culebrón y Fede, ya medio incorporado y ya sin muchos miramientos, me quitaba del todo lo camisa con la mano izquierda, y con la mano derecha me bajaba a tirones y al mismo tiempo los calzoncillos y los pantalones, y yo, para ayudarle, tenía que hacer contorsiones y seguía jadeando, temblando, gimiendo, mordiéndome los labios, abriendo la boca hasta que me dolía cuando me quedaba sin respiración, y extendí las dos manos como si estuviera hundiéndome y tuviese que agarrarme a algo, pero Fede no me dejó que le agarrara el obús, Fede me ordenó, como un cabo de la Legión:
—¡Quietecito! Y quítate los zapatos. Y los calcetines.
Como eran mocasines, me quité los zapatos sin tener que agacharme, con cada pie me quité el zapato del otro pie, pero así no podía quitarme los calcetines, y entonces Fede me agarró del cuello y me obligó a inclinarme y se puso a reír otra vez, con aquella risita bajita y pastosa, en mi cuello, y luego en mis hombros, y en mi espalda, y en los michelines, y donde empieza la rajita del serón de los bombones, como decía Medinilla cuando quería hacerse el gracioso, y en ese momento a mí me entró un escalofrío de gusto y me saqué los calcetines y los pantalones todo a la vez, como si ardieran, y Fede volvió a ordenarme:
—¡Quieto!
Fede se levantó. Fede tiene quince años menos que yo y mide casi dos metros y está cachas y hace pesas todos los días y puede levantarme en brazos como si levantara a un bebé o a una modelo anoréxica.
Me cogió en brazos. Y yo ya empecé a desvariar un poco y a preguntarle, como si fuera tonto, que qué estaba haciendo, que adónde me llevaba, y él me dijo:
—Estoy meándome. Espero que me dé tiempo a meterte en la bañera.
Le dio tiempo, pero de chiripa. Me dejó caer dentro de la bañera sin demasiada delicadeza, las cosas como son, y luego me ordenó que le mirase, que no me moviese, que me iba a poner como una sopa, y se sacó el obús, y yo cerré los ojos porque me apuntó primero a la cara, como le hizo Rendón al hermano Tobías en el semisótano, y empezó a diluviar.
—Ufff… —dijo Fede.
Y yo, jadeando, temblando, gimiendo, mordiéndome los labios, abriendo la boca como si me fuera a asfixiar, como el hermano Tobías, mientras diluviaba aquel diluvio dorado, perfumado, dulce, chispeante, me puse a cantar:
—Ay, pena, penita, pena, pena de mi corazón, que me corre por las venas con la fuerza de un ciclón…
Y Fede, mientras me ponía como una sopa, me decía:
—Mi vida, mi golfo, mi cielo, mi guarro, mi amor, mi pena, penita, pena…
Y cuando terminó de empaparme, respiró hondo, se dobló un poco por la cintura, y dijo:
—¡Me corro! —como dijo Rendón.
Y yo dije:
—¡Me corro! —como dijo el hermano Tobías.
Y luego Fede, jadeando, temblando, levantó la mano derecha, como si alzara una copa, y brindó:
—¡Por el hermano Tobías!
Siempre acabamos brindando por él. Todos los cumpleaños. Cuando estoy ya hecho una sopa con mejunje de coco. Porque Fede, en mi cumpleaños, siempre me regala ese capricho dorado, perfumado, dulce, chispeante. El capricho que al hermano Tobías tanto le gustaba.

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