Todo acabó enseguida: me salpicó la blusa y me empapó la mano derecha, que mantuve apretándole la polla, como si escurriera un trapo o una toalla de baño retorcida. Pequeña, una toallita de bidé. Se incorporó para intentar besarme de nuevo, pero aparté la cara. Afirmó que me quería. No contesté y lo repitió con una voz distinta.
—Te quiero —ahora sonaba indefenso, parecía que hablara por debajo del agua.
—No digas tonterías. Aquí no ha pasado nada, Javi. Esto sólo ha sido tu regalo de cumpleaños.
Era lo que le había dicho, ¿no? Acompáñame, tengo un regalo para ti, está en mi chaqueta.
Llevaba una chupa de cuero negro, vaqueros, botas negras y una blusa de seda de color violeta. Para esos chavales, yo debía de ser toda una leyenda: me había ido de casa a los dieciséis, había vivido en Londres y había tocado la batería con los Tender Scum, no sé qué se imaginarían, me admiraban, claro, pero también debían de sentirse intimidados. Yo tenía veintiséis años; ellos, sólo dieciséis. Seguro que habían oído demasiadas cosas de mí: que había sido yonqui, que había vivido con Jim Charnon, el cantante; que me acostaba sin parar con todos los tíos que me daba la gana, qué sé yo, la vida loca de las bandas de rock, ¿no?
Era todo verdad, o lo había sido, porque ya había dejado el caballo, Jimmy estaba muerto y yo llevaba más de un año sin follar con nadie.
Acababa de volver a Madrid, a casa de mi madre, en Eloy Gonzalo, después de diez años en Inglaterra. Ahora me daba miedo vivir sola. Me marché con la misma edad que acaba de cumplir Javier, dieciséis, y no había olvidado lo que le prometí cuando él era un niño, en otra fiesta de cumpleaños. Él tenía seis y le prometí que yo nunca le mentiría.
Parece que fue hace siglos o en otra vida protagonizada por otra mujer, alguien que aún podía hacer promesas, sin saber que después vendría yo a ocupar su lugar y que no pensaba cumplirlas.
Mi hermano Pablo cumplía siete años en septiembre de 2000 y fuimos a celebrarlo al parque de Santander. Al lado del chiringuito había unas mesas de merendero y llevamos tortillas, tartas, patatas, ganchitos de queso y Fantas de litro con vasos de plástico y servilletas de papel. Por debajo de aquella hierba estaban los depósitos de agua del Canal de Isabel II. Hacía sol, una mañana espléndida, y a las once empezaron a llegar los primeros invitados. Los padres felicitaban a Pablo, saludaban a mi madre, dejaban el regalo y luego se marchaban. A las dos tenían que venir a recoger a los niños.
Yo entonces tenía quince y ya fumaba algún cigarrillo a escondidas, era mayor. Había ido para ayudar y mamá me había prometido mil pesetas. Ni siquiera había euros en aquellos tiempos, antes de que nos cambiaran la moneda.
Vinieron los mejores amigos de Pablo y también algunas chicas de su clase. Recuerdo a Ana, una niña de ojos grandes con gafas azules. Su padre era el hombre del tiempo en un canal de televisión. También a Paloma, que llevaba un aparato en los dientes, se veían alambres cuando sonreía. El padre de Paloma estaba hablando con mi madre. Después vinieron los padres de Carlos, que también traían a Javier y una mochila con su ropa, porque se había quedado esa noche con ellos.
Lo oí todo.
—Murió al amanecer, pero el chico no sabe nada. Que se divierta con el cumpleaños —le dijeron a mi madre.
—Claro, pobrecito.
—Que no se entere de nada.
Me sublevó que todos estuvieran tan de acuerdo.
La madre de Javier Cadenaba tenía cáncer desde hacía unos meses, estaba desahuciada y la habían mandado ya a su casa. Los Cadenaba eran vecinos nuestros, vivían en Fernández de los Ríos. Yo sólo la había visto un par de veces, antes del cáncer, pero la recordaba bien: se llamaba Teresa, era una mujer morena, con tetas enormes y muy sonriente, y siempre te miraba a los ojos como si quisiera dar a entender algo más o algo diferente de lo que decía.
Mamá se dio cuenta de que yo lo había oído todo y me advirtió de que tratara a Javier con normalidad, sin prestarle una atención excesiva, para que no notara nada extraño. Me recordó que no podía saber una palabra hasta que se lo dijera su padre.
—Mientras tanto, por lo menos que disfrute de la fiesta —dijo.
El último en llegar fue Agustín, un niño simpático que siempre hacía alguna trastada. Había que tenerle vigilado, era un elemento. Yo los conocía a casi todos porque solían venir mucho a casa a jugar con Pablo.
La madre de Agustín le contó a la mía que había hablado con el padre de Javier y que se lo pensaba decir después de la fiesta, al llegar a casa.
Qué vida, ¿no? Al final de esa mañana, cuando todo hubiera acabado, a mí me iban a dar mil pesetas y a Javier le iban a dar la noticia de la muerte de su madre. ¿Por qué no se lo habían dicho todavía? ¿Por qué se lo habían llevado a casa de los padres de Carlos cuando su madre se estaba muriendo? ¿Por qué tenía el niño que disfrutar ese día de un maldito cumpleaños? Me sentí muy incómoda, casi enfadada, pero yo no podía hacer nada: era lo que habían decidido los mayores, todos de acuerdo, todos a una, todos convencidos de que eso era lo mejor.
No me atreví a hacerle a mi madre esas preguntas, igual que tampoco me había atrevido nunca a preguntarle qué estaba haciendo yo cuando murió mi padre. Entonces yo tenía diez años y mi madre me lo dijo varios días más tarde, pero sólo al ver la situación de Javier me di cuenta de que, en realidad, a mí también me habían hecho lo mismo. Y me dio mucha rabia.
Mi hermano abrió los regalos y yo metí los papeles y embalajes en una bolsa y la llevé al cubo de basura. Luego les serví Fanta a los niños y los puse a jugar en los balancines y los columpios. Algunas chicas se sentaron en la hierba con las muñecas. Javier estaba serio, pero no parecía triste. Él y Agustín se acercaron al grupo de las chicas. A mí me costaba mucho dejar de mirarlo. Era entonces un niño reconcentrado, gordito y con los mismos ojos asombrados de su madre, aunque ya llevaba unas gafas de culo de vaso, y la misma mirada que parecía querer decir algo distinto de lo que decían sus palabras.
Conté quince niños y corté un trozo de tarta para cada uno y lo serví en un plato de plástico. Mientras lo preparaba todo oí que Jesús, el padre de Paloma, le decía a mi madre que la cremación era a las doce. Luego se fueron los dos al chiringuito a tomar una cerveza.
Los niños se comieron la tortilla y los ganchitos y después la tarta de chocolate. La mayoría se puso a jugar a «tú la llevas», excepto algunas chicas, que siguieron con las muñecas.
Javier se había quedado solo, sentado en el suelo, y mamá me dijo que fuera a verle.
Le pregunté qué hacía.
—Mi mamá se ha muerto.
Lo dijo sin dramatismo, como en los libros de Guillermo Brown: se limitaba a constatar un hecho.
Me alegré mucho de que lo supiera, la verdad, me sentí vengada, porque yo no logré darme cuenta de que mi padre había muerto.
—Ya lo sé —le dije.
—No se lo digas a nadie: es secreto. Fue por la noche, yo estaba en casa de Carlos. Papá piensa que no lo sé. Nadie me ha dicho nada.
—Te lo prometo.
—Hay que quemarla, para que suba al cielo —me explicó—. Con nubes de humo.
—Claro, desde el cielo tu madre siempre te cuidará.
—¿Tienes un mechero?
—¿Para qué quieres tú un mechero?
El niño quería quemar una de las Barbies de las chicas para que su madre pudiera subir al cielo con nubes de humo.
—No se puede, Javier. Los niños no pueden jugar con fuego, eso ya lo sabes tú. Además, el plástico este, quema muy mal y huele mucho.
Se quedó triste, con los ojos encharcados tras los cristales, y me miró a los ojos, igual que hacía su madre, Teresa, como si quisiera decir algo para lo que no encontraba las palabras.
Quizá no las haya, ¿no?
Cogí una hoja de la libreta que llevaba en el bolsillo y se la di con un bolígrafo.
—Dibuja a tu madre —le dije.
—Vale, pues perfecto —dijo sonriendo, como un hombrecito hecho y derecho.
Era un niño valiente y solitario, decidido a no dejarse convencer por nadie.
Me pidió la libreta para apoyar y se puso a dibujar con mucha concentración, con la cara pegada al papel cuadriculado y sacando la punta de la lengua.
Hizo un dibujo bonito. Una mujer con melena y los ojos grandes, con pestañas muy largas. Los brazos le quedaron un poco cortos y tenía la boca abierta y redonda.
—Se parece mucho, es clavada —le dije.
—Sí que se parece. Estaría mejor a colores, pero es ella. Mamá siempre se ríe, se ríe de cualquier cosa —me explicó, señalando la boca abierta.
—Está muy bien dibujado. Ésta sí que es tu madre de verdad y no esa muñeca cursi. Ven conmigo, anda.
Nos apartamos un poco hacia el arenero de los más pequeños, detrás de la fuente, para que nadie nos viera, y nos sentamos en una esquina, de espaldas al cumpleaños. Pusimos el dibujo en el suelo y le prendí fuego con el mechero. Hizo un poco de humo negro y el papel se apelotonó enseguida. Luego tapamos las cenizas con arena. Eran las doce.
—Mamá ya está en el cielo. Gracias —ahora estaba tan contento que me dio un beso.
Yo también estaba contenta.
—¿Me ayudas a preparar la piñata? —le pregunté.
Le hizo ilusión. Le dije que avisara a mi hermano, porque le había prometido a Pablo que él también me ayudaría.
Fue bastante sencillo, era un cartón que se abría y formaba una caja. Tenía cordeles para colgarla. Dejé que Pablo y Javier la llenaran de chuches y me subí a una silla para colgarla de la rama de un árbol.
Jesús y mi madre se acercaron para ver cómo rompían la piñata. El que saltó más y logró alcanzarla fue Agustín, por supuesto, ese chaval era un verdadero trasto. Cayó una lluvia de caramelos sobre los niños, que se tiraron al suelo para intentar coger todos los que pudieran. Javier fue el único que no se esforzó demasiado, sólo cogió un par de piruletas que le cayeron a los pies.
Enseguida empezaron a llegar los padres a recoger a sus hijos. Todos les pedían quedarse un poquito más. Jesús se llevó a Paloma y también se llevaron a Agustín y a tres más. El hombre del tiempo dejó que Ana se quedara otro rato, mientras él se tomaba una cerveza con mi madre en el chiringuito.
Oí algo de la conversación. El hombre del tiempo estaba muy serio y protestaba:
—Ese chico ahora tenía que estar llorando y no ahí, sin saber nada. No hay derecho…
Había cambiado de opinión, al parecer, como cambia el tiempo, sin que nadie pueda predecirlo.
—Hay que protegerles —respondió mi madre.
—Eso es jugar con fuego —afirmó el hombre del tiempo—. Y además nadie sabe si lo hacemos para protegerles a ellos o sólo a nosotros.
Mi madre se dio cuenta de que yo estaba escuchando y cambió de tema.
Volví con los niños y pensé entonces que, el día que murió papá, yo era mayor que Javier. Cuando mamá me lo dijo, papá ya no estaba en casa, pero yo había estado tres días durmiendo en casa de Carlota. Los padres de Carlota me llevaban al colegio y me recogían. Estuve saliendo al recreo, merendando, jugando con muñecas, haciendo vida normal, sin saber que mi padre se había muerto, sin saber qué estaba haciendo yo cuando murió papá. Yo no supe adivinarlo.
Llegó el padre de Javier y los otros padres le saludaron con gesto solemne. Mi madre le aseguró que el chico no se había enterado de nada, que había estado muy normal, pintando y jugando con los amigos. El padre de Javier recogió la mochila de su hijo.
Javier se despidió de mí con un beso y me dijo al oído:
—Gracias. Y también de parte de mamá.
—Yo nunca te mentiré.
—¿Prometido?
Tuve que prometérselo, ¿no? Entonces pensaba cumplirlo siempre.
Los vi a los dos de espaldas, cogidos de la mano, padre e hijo, andando deprisa por la hierba, sobre el agua escondida, el padre con la mochila del hijo en el hombro izquierdo y un poco escorado para darle al niño la mano derecha. Volvían a casa, donde su madre ya no estaba, donde nadie les esperaba.
Al terminar el cumpleaños, mi madre me dio un billete de mil pesetas.
Creo que fue ese día cuando decidí marcharme de casa. Lo hice después de navidades y ya no regresé hasta diez años más tarde, cuando Jimmy murió.
Al volver, me instalé con mi madre, porque ahora necesito ayuda, y fue mi hermano el que me invitó al cumpleaños de Javier: dijo que Javi siempre le preguntaba por mí. Así que fui, no tenía nada mejor que hacer, ya no tengo amigos ni ganas.
Javier estaba igual, aunque hubiera cambiado mucho: seguía siendo el mismo niño gordito, solitario y decidido a no decirlo todo con palabras, llevaba otras gafas, pero con los mismos cristales de un dedo de gordos. También reconocí enseguida a Ana, la hija del hombre del tiempo, que ya no tenía gafas y se había puesto ese uniforme nocturno tan madrileño: la minifalda con medias negras, qué más se puede pedir en Madrid un sábado por la noche.
Ni se me ocurrió llevar nada, pero todos iban con paquetes (cedés, deuvedés con varias temporadas de no sé qué series, zapatos Camper, cosas de mucho valor).
Entonces le dije que me acompañara a por su regalo, sin saber todavía qué iba a darle. No tenía nada para él.
Fuimos a su habitación, que se había convertido en ese «cuarto de los abrigos» que hay en todas las fiestas. No encendimos la luz, la ventana daba a un patio y había suficiente claridad para distinguir un póster de mi grupo, Tender Scum, una estantería llena de libros y la cama cubierta de chaquetas, bufandas y abrigos. Ese chico me tenía clavada con chinchetas en su habitación, sólo de pensarlo me entraban ganas de llorar. En la penumbra, casi no se distinguía mi rostro en la fotografía, con las baquetas en alto y detrás de Jimmy, que cantaba desnudo de cintura para arriba.
Encontré mi cazadora y me la puse. Metí la mano izquierda en el bolsillo, como si fuera a sacar un paquete.
—Cierra los ojos, acércate —le dije.
—Qué ilusión.
—Te he traído una mano —anuncié y se la puse sobre la bragueta.
Javi abrió los ojos; yo, su cremallera.
—Siéntate.
—Cristina…
—No digas nada.
Intentó besarme, pero se lo impedí:
—Sólo te he traído una mano, nada más, una sola mano —le dije—. Túmbate. Cierra los ojos.
Con los pies en el suelo, se acostó sobre aquel montón de abrigos que se movía como las dunas del desierto. Me senté a su lado y comencé a rozarle el glande con la yema de los dedos. Estaba muy empalmado y, cada vez que la tocaba, su polla daba un salto. Javier me acarició los muslos a través de la tela del vaquero. Crucé las piernas, pero le dejé tocarme las tetas por encima de la blusa. Luego le apreté la polla en el puño y le hice una paja, primero muy despacio y después cada vez más deprisa. Javier levantaba la cabeza, aturdido, creo que lo que más le gustaba era ver mi mano tocándole, ver mi puño con los nudillos muy marcados apretando su polla. Miraba como si sintiera vértigo, pero no pudiera apartar la vista.
Y fue visto y no visto, se corrió con los ojos cerrados tras las gafas y me puso perdida. Entonces fue cuando le dije que aquí no había pasado nada, que sólo era su regalo de cumpleaños.
Creí que iba a ponerse a hacer pucheros, pero no: seguía siendo el mismo chico valiente y apacible, desvalido pero orgulloso. Se abrochó el vaquero. Él también se había manchado y pensé que, cuando aquello se secara, le tiraría de los pelos.
—Dime la verdad: ¿sólo lo has hecho por eso? ¿Sólo es eso, un regalo? —me miraba como si estuviera intentando decirme algo más o algo muy distinto.
—Sí, sólo es tu regalo, no hay nada más —mentí.
Yo ya no era la misma, cómo iba a cumplir esa promesa que había hecho en mi nombre otra mujer, en otra fiesta de cumpleaños, en otra vida.
Nada es igual: ahora ya ni siquiera pagamos las deudas con la misma moneda, nos entregaron dinero en pesetas y tenemos que devolverlo en euros, ¿no?
—Vale, pues perfecto —intentaba comportarse otra vez como un hombrecito hecho y derecho.
Cogí una bufanda y me limpié con ella la mano y la restregué sobre la mancha de la blusa.
—Eso es de Paloma —me advirtió Javi.
—¿Ah, sí? Pues entonces igual se queda embarazada. Vete tú a saber dónde se pone ésa las bufandas.
Se rió y, sólo por esa risa, decidí que ahora sí se merecía un beso. Se lo di en los labios.
—Vuelvo a la fiesta. Tú espera un poco y luego sales. Nadie notará nada.
—Como quieras —se quedó sentado en la cama, como si viera pasar el agua al borde de un río: supe que se había dado cuenta de que le había mentido, pero pensé que ni siquiera le importaba demasiado.
En el salón, me serví una ginebra sola con dos hielos. Sonaba música tecno a todo volumen. Esos chicos no me quitaban ojo, me admiraban, aunque se sintieran asustados por mi edad y mi leyenda. Mi hermano Pablo y Paloma se besaban de pie, al lado del equipo de música, y yo recordé el aparato dental, porque Pablo tiritaba como si la boca de Paloma diera calambre. Se acariciaban tanto por encima de la ropa como si quisieran acumular electricidad estática. Sus cuerpos debían de retumbar como los altavoces, ¡bum, bum, bum, bum! Ana, la hija del hombre del tiempo, coqueteaba con un chaval altísimo que sonreía de medio lado y al que reconocí de pronto: era Agustín, el trasto, que ahora tenía pinta de golfo simpático o de ligón de barrio. Menudo elemento: movía las manos alrededor de su falda y se veía que de un momento a otro iba a tocarle el culo, como sin querer, sólo por ver si cuela.
Yo los miraba como si todos ellos estuvieran al otro lado de un cristal, dentro de una pecera. O quizá era yo la que daba vueltas en la pecera. La felicidad de esos chicos resultaba demasiado visible, aunque para ellos permaneciera oculta: debían de considerarse muy desdichados, como cualquiera a su edad, qué vida, ¿no?
Javi volvió al salón y luego pusieron una canción lenta y algunas parejas empezaron a bailar. Vi a Javier bailando con una rubia de melena hasta la cintura y aproveché para salir sin que se diera cuenta, sin que nadie lo notara, sin despedirme: parecía que estuviera huyendo.
Me subí las solapas de la chupa de cuero que había pertenecido a Jimmy. La calle estaba vacía y los tacones de mis botas resonaban. El viento entre las hojas de los árboles era una corriente de agua. Me dieron ganas de meter una mano, las dos manos en el río, aunque se me quedaran las muñecas heladas, sin pulso, con el tiempo detenido, congelado en mis brazos. En la oscuridad se levantaba del suelo una humareda tenue que debía de venir del agua bajo tierra, inmóvil, encerrada en los depósitos del Canal. El humo se quedaba suspendido en el aire, como si fuera ceniza y polvo, como si arrastrara por el aire dibujos de las personas a las que aún queremos.
Claro que le había mentido a Javier. ¿Qué iba a decirle? ¿Que sí tenía muchas ganas de acostarme con él, pero que sería una mala idea? ¿O la verdad: que era seropositiva? ¿Qué tomaba más de diez pastillas al día, que tenía diarrea y que perdía peso sin parar? ¿Qué había pasado un herpes zóster y una neumonía? ¿Qué cuando murió Jimmy me hicieron la prueba y al final decidí volver a casa, con mi madre?
Desde la calle, vi la luz encendida en el salón de los Cadenaba, en Fernández de los Ríos. Eché a andar hacia Álvarez de Castro y recordé la sonrisa de la madre de Javier, Teresa, que se había ido con nubes de humo, dibujada a mano en una hoja arrancada de mi libreta. ¿No era mejor que Javi, mientras tanto, al menos disfrutara de su regalo de cumpleaños? Que no se enterara de nada. Mejor una mentira piadosa, ¿no?
Sin embargo, al llegar a casa de mi madre, recordé aquellas dudas que tenía el padre de Ana, el hombre del tiempo: ¿a quién protegía la piedad? ¿A Javier o a mí misma?

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