Yo creo que las muchachas bonitas deben divertirse.
Katherine Mansfield
Se les llama emparedados: lo aclara Estrella al tirar la corteza a la basura. Esta mañana ha comprado pan de molde, huevos para la mayonesa; también ha exprimido un limón, añadido aceite y una pizca de sal, y ha batido la mezcla que se extiende —una punta de cuchillo, sólo, para que el resultado no empache y supere, jugoso, el paso de las horas— por una de las caras. Luego ha abierto y escurrido varias latas de atún, se ha librado del aceite, desagüe abajo; ha extendido la conserva sobre una rebanada con una cucharilla de café, y lo ha cerrado con otra. El mismo cuchillo de la mayonesa lo utiliza para dividir el emparedado en dos triángulos: se arrepiente de no haberlo enjuagado —un toque de gula y saliva, nada más—, y se consuela pensando en las grietas de las yemas de sus dedos tras frotar la vajilla, su fuerza y el estropajo, adiós a los virus que custodian a la niña. Igual que la receta, el toque final lo heredó de su madre, y de su abuela, y de las otras mujeres llamadas Estrella o Julia que les antecedieron: coloca un trapo húmedo sobre el que deposita los emparedados uno a uno, con mimo, y tapa la miga con otra camiseta vieja, limpia y rota; una de fútbol de Manuel, todavía las últimas letras de su nombre pese a los lavados. Y guarda la fuente en la nevera hasta la tarde, cuando Julita y ella crucen la avenida para obsequiar a los niños de la piscina con el sabor de las Montero.
Julita y ella, tras corregirla mientras impedía que rebañase el vaso de la batidora, cruzan la avenida: se les llama emparedados y no sándwiches, porque un sándwich lleva jamón y lleva queso, luego su contenido lo bautiza de manera distinta. Julita se pinta las uñas de rosa y ya guarda la ropa sucia en el cesto sin que nadie deba recordárselo, así que lo justo es que llame a las cosas por su nombre. Abandonan el bloque de pisos sin patio interior y se zambullen en el edificio de enfrente, en el jardincito al que se accede nada más olvidar el vestíbulo, en la piscinita con madres y sin socorrista. Las familias del barrio se dividen en niños morenos todo el año y niños que no saben nadar; en el término medio bracea Julita, que es niña de asfalto con amigos de jardín, y aprovecha que Jonathan se sienta junto a ella en clase, y cada tarde cruza la avenida para cambiar de mundo.
—Pero qué tonta, mujer —agradece la madre de Jonathan—. No hacía falta, he encargado en la pastelería que me lo apañasen todo, la tarta y los bocatas… Yo es que la cocina ni la he estrenado, año y medio aquí y un poquito de microondas como mucho.
Hoy Jonathan cumple años, y hoy Estrella de una mano agarra a Julita —su regalo en la bolsa— y de la otra ofrece un paño mojado y una pila de bimbo y mayonesa y atún. Estrella improvisa meriendas infantiles y cenas para adultos —una ensalada de col lombarda con naranja, un pastel de cuatro tortillas diferentes—, hornea ella misma el panettone navideño, y rebaja el tono o la sequedad de una barra de labios que le regalaron y no le convence. Por eso ha pensado en la madre de Jonathan, por eso untó durante toda la mañana emparedados para unos niños a los que no conoce, y por eso cruza también ella la avenida —bikini bajo el vestido de tirantes— fuente y Julita de la mano.
La madre de Jonathan zaranda las manos al hablar; mientras, Estrella piensa en las tres sortijas que reposan en la jabonera de su cuarto de baño, allá lejos, en la acera de las pieles blanquísimas, para evitar que el sol le produzca burbujitas en la piel o los extravíe al sumergirse en la piscina. Anillos, no lo piensa Estrella, iguales que las páginas del diccionario: una significa doce meses de noviazgo, otra su matrimonio, la más nueva el nacimiento de Julita. Silvia luce uno en cada dedo, se ha pintado de naranja las uñas cortísimas, Estrella se pregunta cómo la oscuridad de sus brazos y su cara. Piensa en horas al sol y añade zanahorias en el desayuno, antepasados en un lejano sistema galáctico. Desde la hamaca de plástico blanco Silvia grita a su hijo cada vez que se asoma un nuevo invitado: no lo recibe, sino que tintinea la plata en sus muñecas, de su cuello pende una cinta estampada de leopardo, de ella cuelga un teléfono móvil, las manos de Silvia y sus anillos y pulseras contra él. Calcula Estrella que a ambas las separan no menos de diez años, en edad y manejo del horno y la vitrocerámica.
—Madrugar, atenderles, qué tortura. Dibujar las invitaciones para hoy, bueno, comprar la cartulina. Buscarle los regalos…
—No lo sé, a mí me gusta. Quisiera tener alguno más pronto, para que Julita no sea muy mayor cuando nazca.
—¿Cuántos tiene la tuya?
—Siete, como el tuyo. Van a la misma clase.
—No les hago mucho caso. Vienen y se bañan y yo la mitad de los días no bajo o me quedo aquí dormida. Ya son mayorcitos, ¿no?
Silvia ha organizado una fiesta de cumpleaños sin globos ni juegos: una tarta con descuido al sol, una bandeja en la que apenas resisten un par de chapatas. Los niños beben a morro de una botella de agua, y Estrella no distingue platos de plástico ni tenedorcitos para la merienda. Bajo la hamaca libre guarece la fuente de emparedados; para que las franjas de plástico no le dejen marca en las piernas extiende la toalla azul, a sus pies dobla la toalla rosa de su hija. Se quita el vestido, y se tumba junto a Silvia.
Y Silvia fuma. Estrella observa el humo de sus dedos y el ruido de sus manos, la facilidad con la que enciende un cigarro y lo olvida en la boca y lo rescata cuando la ceniza ya se tuerce y derrama sobre el vientre, y le ensucia de las costillas a la braga, y lo apura hasta encender otro, y olvidársele de nuevo, y moverlo a la vez que le pregunta algo o consulta la hora en el teléfono, y devolverlo a sus labios, a un lado, en un descuido, y no saber que está ahí, y sentirlo al mancharse el vientre y derramársele de las costillas a la braga. Silvia fuma y zaranda las manos, le ofrece una calada, Estrella responde que no porque ni en su adolescencia probó el tabaco, y además los niños tan cerca, en la piscina, y además los emparedados bajo ella, unas veces a la altura del cigarro, otras a salvo de la mano de Silvia. Estrella la observa de reojo, luego recostada en la hamaca y fijándose en el vello moreno que se adivina en torno al ombligo, descendiendo, fijándose en el pecho generoso y caído, y la imagina caminando por casa descalza, sin sujetador, anillos y pulseras y el mechero en una mano y en la otra el paquete de tabaco. Estrella repara también en sus labios finos, en sus dientes caros, en sus cejas pobladas y los tres o cuatro pelos entre una y otra, que Silvia no se molesta en depilar. La mujer abre los ojos, gira la cabeza.
La escena la ocupan una piscina, los niños que chapotean en ella y los niños que se lanzan a ella; la completan una tarta en su caja ahora a la sombra, y la bandeja de los bocadillos, y tres botellas de agua vacías, y dos mujeres en dos hamacas de plástico blanco. Estrella se arrepiente de no haber preparado una granizada de limón, menos laboriosa que los emparedados: habrían bastado varios limones, mucho azúcar y agua mineral, un gesto de licuadora y otro rato de congelador, listo. Al no utilizar cuchillos ni latas con las que cortarse, Julita le habría ayudado. También lo aprendió de su madre, la granizada, el rato juntas, la añoranza cuando la niña está en el colegio y no en el sofá. No le costaría nada, piensa Estrella, acercarse al supermercado e improvisarla mientras Silvia propone un juego para entretener a los niños; sin embargo ahí descansa, en una tumbona junto a la de la otra madre, cabeza a la sombra y pies al sol.
En el planeta de Silvia las mujeres no temen a la suma de joyas y sol y daños cutáneos; tampoco perjudica a los niños el humo del tabaco, y ni siquiera buscan en internet recetas para disfrazar una berenjena. La alienígena explica que los maridos —en su planeta— pagan cada mes una asistenta, y abren cuentas en el bar de abajo para que sus esposas, de piel nunca verde, con dos ojos igual que Estrella y las otras madres del colegio, almuercen allí cuando deseen. Silvia, le cuenta, no tira de supermercado: hojea la carta, permite que el niño devore hamburguesas día sí y día también. En el planeta de Silvia las mujeres se broncean más que las terrícolas, y dormitan entre niños con la voz ronca y tranquila, porque no existen el colesterol ni los resbalones.
—Yo luego. Voy a darles emparedados a los niños.
—¿Emparedados? ¿Han hecho algo malo?
Los ojos de Estrella se cierran y los párpados señalan brechas, codos fuera de sitio; peleas en el agua que comienzan salpicándose y terminan con la nuca de Julita incrustada en un peldaño, todo lo que no permite que Estrella se relaje. Le fascinan muchas cosas de Silvia: por qué tantos anillos, cómo la paz infinita que aísla sus ronquidos entre charla y charla. Estrella observa: el bronceador acumulado en las rodillas, en su cara un paréntesis que se abre, y en su cara la boca, y en su cara un paréntesis cerrándose. Espacio para qué: conocerá Silvia el riesgo de la salmonelosis, cómo actuar en una pelea infantil.
Estrella sonríe, mientras, y explica la receta de los emparedados, los siglos de los siglos en que la madre enfriaba con mayonesa el pan y lo abrigaba entre paños mojados. Se incorpora, rescata la bandeja y pregunta si alguno tiene hambre: varios niños se le acercan, mordisquean los emparedados, sin sacudirse las migas se lanzan al agua. Silvia observa, se ajusta la parte de arriba del bikini; repite que no le gusta cocinar, que le falta entusiasmo. Su suegra, confiesa, le regaló una thermomix por la boda.
—Vamos a bañarnos, ¿no?
Silvia propone, Estrella duda. Jonathan y dos niños juegan con un balón cerca de las hamacas, Julita y una niña ocupan el espacio junto a la escalera, otros dos niños se tiran y nadan, se lanzan y bucean. Uno de ellos, el del bañador largo, hace el pino y emerge siempre rogando aire, con la boca muy abierta, agua en sus pulmones a cada nueva resurrección. Cloro y pipí: Estrella quiere alertarle, pero calla. Se acerca a la piscina y, apoyada en la baranda, moja los dedos de un pie. Satisfecha con la temperatura, desciende poco a poco; tres movimientos y se planta en el extremo. La presencia de la mujer incomoda a los niños, que retroceden hasta una de las esquinas para originar olas de su tamaño. Julita y la otra niña aprovechan la ausencia de Estrella y se sientan en la hamaca, entre ellas la bandeja de emparedados, en su regazo una constelación de migas. Jonathan y el resto se acercan al pastel de cumpleaños, en su caja y en el suelo.
—Se está muy bien aquí.
Lo confiesa Estrella mientras la madre de Jonathan baja en dos saltos, se hunde en el agua y regresa con el pelo mojado. Silvia nada; de un lado a otro, hacia Estrella, alejándose. Estrella recoge sus piernas y flota, salta agarrada al bordillo, recuerda los ejercicios acuáticos de un consultorio sobre nutrición y salud. En la habitación de la plancha acumula fichas de las revistas viejas: caduca la programación de la tele, revisa qué le interesa conservar y ordena las recetas de cocina, los consejos de belleza, con separados de plástico. Subraya las palabras clave con lápices de colores: suelen coincidir «ligero» y «dietético», «efecto adelgazante» y «luminosidad». A Estrella le preocupan el rollito de grasa en el estómago y las ojeras, los llantos con los que Julita —siete años ya, clases de ballet los martes y jueves por la tarde— la desvela cada noche.
En uno de los largos de Silvia, los dos cuerpos chocan: contra Estrella quieta, ejercitando glúteos, se topa Silvia. El primer roce no incomoda a Estrella, rápido y seco, aunque sí el siguiente, la punta de los dedos de Silvia chocando con su ingle. Estrella se acerca a la pared para evitar el contacto, pero Silvia la roza de nuevo, ahora los pies contra la nalga. Nota el tirón de los anillos en la braga, las pulseras arañando el muslo, cuando sale a la superficie a Estrella le llama la atención el sujetador sin aros ni relleno. Silvia agota su camino, cuerda y tela, y Estrella se le acerca.
—Oye, ¿te molesto?
—¿Cómo?
—Que si te molesto. Si estás nadando igual te viene mejor que me salga. Luego ya me meto yo, y así vigilo a los niños.
—Todavía eres joven y muy guapa, Estrella. Déjate de recetas de cocina. Las chicas como tú tenéis que pasarlo bien.
Un golpe perverso cae sobre el botón de la risa de Silvia, y se oye el jaleo de muchas manos. A Estrella le asustan sus ojos enrojecidos por la química, y la costumbre de Silvia de nadar en torno a ella, y el empeño en el tropiezo. Se anima a taparse la nariz para mojarse la cabeza; no arena ni sombrillas, sino la hora de soplar las velas y marcharse con Julita. Se agarra a la escalera; Silvia toca su hombro, Estrella se derrumba y se sumerge y renace y comenta algo sobre el tiempo, qué calor, la hora, tendrán hambre. Los dos nadadores abandonaron la piscina antes de que Silvia se zambullera, y ahora pasean al sol para secarse, envueltos en sus toallas. Charlan con Jonathan y los otros dos niños, la pelota abandonada junto a las hamacas, las niñas estirando la pierna para tocarla con sus sandalias.
El consejo le suena a Estrella de espaldas: un camino de gotas entre la piscina y la hamaca. Silvia le imita, y a su paso Julita y la otra niña se incorporan al grupo de impacientes. Ahora inmóvil, horizontal sobre la hamaca, Estrella se fija en el cielo; los edificios marcan rayitas de sol y de sombra en el sucio, los niños que buscaron la sombra ahora tragan el sol dulce junto a la piscina.
Para esta noche el calendario anunciaba luna nueva. Estrella supone ruido de grillos, bocas de riego varias manzanas allá: abre la puerta de casa y se dirige al cuarto de baño, y se despoja del vestido y el bikini, y se cubre con el albornoz. Llena el bidé de agua, y arroja un puñadito de detergente; hunde primero las bragas en la espuma, después el sujetador, por último el bañador de la niña. Frota. Ha olvidado la fuente en la piscina, no sabe si con algún emparedado que amanecerá seco, directo a la basura; ha olvidado la merienda deslavazada, la madre desarmando la tarta y entregando las porciones a los niños, sus uñas mojadas de chocolate, la invitación a tirarse a la piscina para limpiarse la nata de los labios. Estrella frota mientras escucha no manos ni humo, sino a Julita trastear con la caja de galletas; mañana, si la niña regresa para bañarse con Jonathan y jugar con los demás niños, deberá pedir a Silvia que se la devuelva. Ha olvidado la conversación y ha olvidado, incluso, la forma en que Silvia analizaba su rutina para fortalecer las rodillas o la manera en que el pezón se adivinaba bajo la parte de arriba del traje de baño. Estrella se repite que debe apuntar la tarea de Julita para que no se le olvide. Frota. Todo está en calma.

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