Texto aleatorio

No eran hermanos, ni siquiera parientes, de modo que sorprendía, con razón, el inmenso parecido entre ambos. En el pueblo, a Fernando y a Fernando José los llamaban «los jimaguas», y eso que pocos estaban al corriente de lo más asombroso: que habían nacido el mismo día del mismo año. De haber conocido semejante circunstancia, los del pueblo, ¿qué no hubieran sido capaces de murmurar? Por supuesto, también ignoraban que a veces, en las tardes, dormían abrazados, sudaban juntos y compartían los mismos sueños y hasta las mismas dudas. No, no eran gemelos, no estaban emparentados, sus familias apenas se conocían, y esa ausencia de filiación permitía acaso que aquellos dos muchachos se quisieran más.

Por otro lado, y por razones del santoral (habían nacido el 30 de mayo), los dos tenían el mismo nombre. Eran altos, delgados, bastante fuertes: catorce años cumplidos con alegría y disposición. Tenían rasgos parecidos, casi exóticos, como si no fueran del pueblo y hubieran llegado de lejos, de una oculta lejanía. Ojos de rasgadura más tártara que china; bocas grandes, de dientes recios, vulnerables a la sonrisa; pelo lacio, ingobernable y mal cortado, de un color oro que no se sabía si tenía que ver con la sangre o con tanto sol al que se hallaban expuestos. Cierto, Fernando conservaba la piel blanca, como si el sol no pudiera o no quisiera dorarla; Fernando José, en cambio, tendía a la oscuridad, como una moneda de cobre.

Pasaban juntos el día y parte de la noche. Solían correr, andar por los campos. Recogían mangos, guayabas y aguacates que luego, en una canasta del padre de Fernando, vendían por las esquinas del pueblo. Construían jaulas para pájaros que maravillaban a todos. Cuando terminaban las clases en la escuelita de Valdés Rosa, el tiempo no les alcanzaba para huir a lo largo de la línea del tren que bordeaba el cementerio, hacia potreros, corrales y arboledas. Decían que en los campos se aprendía más que en el aula. Junto a la laguna, aquel charco al que (nunca se supo por qué) todos llamaban el Mar Muerto, rodeado de güines duros y flexibles, se habían construido un varaentierra con pencas de palma. Allí, en aquel silencio, Fernando, más hábil con el güin, construía las jaulas que Fernando José imaginaba.

Sucedió que los días previos al catorce cumpleaños de uno y otro, Fernando pidió a Fernando José que lo dejara solo. No dijo para qué. Tampoco hizo falta. Durante esos días, en la soledad del varaentierra, construyó su regalo de cumpleaños: una hermosa jaula, la más trabajada y grande que había hecho hasta entonces, redonda y alta como un minarete, en la que encerró un tomeguín del pinar que había comprado por dos pesos, a Asunción, el chino viejo y pajarero de Capellanías. El pájaro, un ejemplar soberbio, robusto e inquieto, con máscara negra y cuello amarillo radiante, se movía como un príncipe, cómodo, majestuoso en la jaula con aspecto de torre medieval.

De modo que poco después de que amaneciera aquel 30 de mayo en que cumplían catorce años, el más blanco de los amigos tomó la jaula-castillo con el tomeguín-príncipe, y decidió dirigirse por primera vez a la casa de maderas encaladas del otro, en lo más retirado del pueblo, más allá del tanque de agua, pasando la zanja y la línea del tren, a un lado de la pesa de caña, en una calle de tierra que lindaba con los campos, si no es que pertenecía a ellos. Escondió la jaula en el jardincito, tras un rosal y un cactus enorme, y, antes de tocar a la puerta, desató la camisa que llevaba atada en la cabeza como un pañuelo, la vistió correctamente y hasta la abotonó.

La madre de Fernando José asomó la cara con una sonrisa tranquila, sin sorpresa, como si estuviera segura de que sólo podía ser el amigo del hijo quien tocara a esa hora.

—Buenos días.

Parada allí, en la puerta, con el sol que la obligaba a entrecerrar los ojos, dio la impresión de que estuviera estudiando al chico que tanto se asemejaba a su hijo. En la sonrisa había algo de seguridad y de avenencia. Levantó la mano, un gesto ágil y quizá inexplicable. Tenía sobre los hombros una coqueta bata de satén. La voz hermosa, grave y próxima, respondió a una pregunta que él no había hecho.

—Espéralo, está al llegar.

Fernando entró a la sala como a una cueva; había una gran diferencia entre los espejismos del callejón y los del camino, y la casa anochecida, húmeda, de maderas impregnadas con un olor que, al parecer, persistía de tantas noches de sueño, de las transpiraciones y los consuelos del descanso. El sol se filtraba a través de las hendijas de las tablas viejas y alabeadas, y hacía más empañada la oscuridad.

—Tú sabes de mi hijo más que yo misma —rió ella, y echó la cabeza hacia atrás; el gesto mostró un cuello hermoso y blanco (de piel más blanca que la del hijo).

—Vine a traerle este regalo —y señaló hacia el jardín como si la jaula pudiera verse a través de las maderas.

Sin perder la sonrisa, la madre asintió, y recalcó levantando el dedo de uñas rojas, como si advirtiera de un peligro:

—Viene pronto. No me dijo que lo esperaras. Pero sé que lo hubiera dicho.

Desapareció tras la cortina de caballitos de mar que ocultaba la puerta que daba al pasillo, que él creyó largo y mucho más sombrío. Quiso deshacerse del deslumbramiento de la calle, acostumbrarse a lo oscuro. De las paredes surgieron las caras sonrientes de las fotografías. En los rincones, se hicieron evidentes los muebles, las butacas de rejilla rota, las comadritas, un aparador antiguo, de madera tallada, donde no cabía una mota más de polvo, y una mesa en cuyo centro había un búcaro con flores de papel.

La mujer regresó con el pelo negro, largo, suelto, que caía sobre los hombros. Vestía falda oscura, de dobladillo bordado, y blusa de encaje. Los ojos continuaban dando la impresión de que había descubierto algo simple, que le provocaba una alegría inocente.

—¿Quieres un poco de café?

Él pensó que no quería café. Se descubrió diciendo que sí.

—Ven conmigo, no te quedes solo.

Siguió a la mujer por el pasillo, no tan oscuro como había imaginado y sí mucho más largo. Cada tres o cuatro metros se abrían huecos sin puertas, con cortinas de caballitos de mar. Allí el vaho del sueño escapaba con mucha mayor persistencia.

—Qué calor.

Se volvió, unió las manos, lanzó un suspiro.

—No me hables, no me hables, un infierno y estamos en mayo. ¿Qué será de nosotros en agosto?

Abierta al patio donde picoteaban las gallinas de Guinea, la cocina apareció al final. Tenía una mesa grande y rústica sobre la que había granos y mazorcas de maíz, un fogón viejo, y las cazuelas de hierro negro colgadas de las paredes. Si la sala se veía sucia, la cocina, en cambio, estaba limpia y recogida.

Él la vio trajinar.

—Un poquito de café nada más —dijo—, desayuné hace poco.

La madre vertió el contenido de una vasija de barro en un jarro de peltre que puso entre los carbones encendidos. Unos segundos, y sirvió el café en sendas tazas. Siguiendo un gesto de ella, él se sentó a la mesa. Cuando trajo los jarros, ella se sentó también. Se había esparcido el aroma del café. Y también un largo silencio que ella aprovechó para componer, sobre sus senos, la blusa de encaje.

Él observó cómo la madre del amigo bebía del jarro de lata, lenta, alargando los labios, enseñando la punta de la lengua. Pensó que, para ella, un jarro de café era uno de los mayores gozos posibles. Apuró el suyo, dulce y claro. Como ignoró qué hacer, se limpió las uñas manchadas con la esencia de los güines y los alambres de las jaulas. Se supo turbado; ignoró por qué.

—¡Cómo tienes esas uñas, muchacho!

—Es el güin.

—Son iguales, tú y el otro, son iguales, por algo son amigos. Qué digo amigos…, ¡si es que parecen…!

No completó la frase, como si la avergonzara la palabra que estaba a punto de pronunciar. Se echó hacia atrás, lo miró largo, entrecerrados otra vez los ojos sorprendidos y risueños. Se arregló el pelo. Fernando descubrió que la sonrisa de la madre tenía un enorme parecido con la de Fernando José cuando se le ocurría una travesura.

—Hijo, ésta es tu casa —ofreció rápida, sin dejar de observarlo.

Él no supo cómo agradecerle y volvió a reparar en sus uñas ennegrecidas por el güin. Ella se levantó con excesiva lentitud, casi con pereza, recogió los jarros y los llevó a la palangana que servía de fregadero.

—¿Le dijo cuándo volvía?

—No me trates de usted.

Sólo entonces Fernando se dio cuenta de que ella iba descalza. Sus pies eran pequeños y bien formados, como los de Fernando José. La única diferencia eran las uñas, pintadas de rojo, con lunas blancas.

Se acercó, tocó la cabeza del muchacho.

—Cómo se parecen… Tú y mi hijo.

Él afirmó con la cabeza.

—En el pueblo dicen que somos hermanos.

Se extendió tanto el silencio que pareció que ninguno de los dos tenía intención de volver a hablar.

—Te quiere mucho —reconoció ella al cabo.

Una gallina subió a la mesa, picoteó las mazorcas de maíz. La madre ni siquiera se molestó en ahuyentarla.

—Sí, tienen razón. Es verdad, se parecen mucho… —la voz fue aún más grave, más cálida.

Pellizcó su barbilla, lo obligó a levantar la cara y le acarició la mejilla. Él sintió un lejano y agradable olor a jabón y también a flores.

—Es terco como un mulo. ¿Tú también lo eres?

Él negó con la cabeza. Ella soltó una carcajada.

—No sé para qué pregunto. Responderás tercamente que no, que no, como un mulo. Es igual. Son iguales. Ven conmigo, ven.

Lo tomó por un brazo, como si fuera un niño, o como si fuera su hijo. Lo obligó a levantarse, a seguirla de nuevo por el pasillo hasta una de las puertas de los cuartos. En el cuarto había oscuridad: parecía de noche. Creyó ver la cama sin tender y la ropa tirada sobre una butaca. La mujer abrió la puerta de un baño y lo precisó:

—A ver esas uñas.

Él extendió las dos manos abiertas. Ella tomó un cepillo, lo pasó sobre el jabón humedecido y comenzó a limpiarle las uñas, con suavidad y energía. La espuma se coloreaba de un carmelita verdoso. Enjuagó las uñas, las cepilló otra vez, sin enjabonarlo, varias veces.

—Para que no queden rastros de esa hierba dura de las jaulas —dijo. Y luego, con un suspiro—: Qué manos tan lindas, parecen de muchacha. Ustedes son tan semejantes… —Tomó una toalla limpia y secó las manos con fuerza; después con menos fuerza, casi una caricia—. Tanto a él como a ti, me gustaría pintarles las uñas, de rosa, como si fueran muchachas. —Se sentó en la cama—. Siéntate aquí —pidió, dando un golpecito en la cama—, hace menos calor que en el resto de la casa, este cuarto es el más fresco, no abro la ventana porque a esta hora el sol es… —y no terminó la frase.

Se sentó donde indicaba la mujer. Miró un reloj sin números que había sobre la mesa de noche.

—¿Qué hora es?

Ella se encogió de hombros.

—Ese reloj no sirve, niño, en esta casa hay cinco relojes y ninguno sirve. Nunca sabemos la hora. —Cerró los ojos e hizo una larga pausa—. Me gusta imaginarme el tiempo. —Pasó una mano por su frente, volvió a arreglarse el pelo, abrió los ojos—. Así es mejor, no te creas. Vivir sin tiempo. Saber que llegó el día o la noche porque amanece y oscurece, nada más.

Se inclinó para alcanzar una penca tirada en el suelo, se abanicó unos segundos el cuello, los brazos, la nunca. Puso los ojos en blanco, acaso para hacer patente el placer que le provocaba abanicarse. A continuación se volvió y lo abanicó, pasó una mano por la frente del muchacho, quiso levantar inútilmente el mechón de su pelo.

—El mismo pelo. Dios mío… Cuando niño, el trabajo que daba peinarlo… Si se lo dejaran crecer, yo misma les haría unas hermosas trenzas. Ahora ya no tiene importancia. El peinado de ustedes es estar despeinados, sucios y despeinados… —Tocó la frente, el cuello del muchacho—. Sudas. Eso me gusta. Me gustan los hombres que sudan. Los más viriles son los que más sudan. Mi hijo suda tanto que a veces debo cambiarle las sábanas cada día.

En efecto, él sentía el sudor, las gotas que se deslizaban por las sienes y por la espalda, a veces pasaba la lengua por el labio superior y percibía el sabor salado. Hacía un calor desesperante en el cuarto cerrado a cal y canto que, según ella, era el más fresco de la casa.

—Quítate la camisa.

Y sin darle tiempo para negar, para decir que le daba vergüenza, ella misma comenzó a desabotonarla. La lentitud con que lo hizo era una inquietante destreza. La camisa desapareció sin que él se percatara. El pecho, por supuesto, brillaba de sudor. Ella pasó por allí la mano sosegada, casi maternal. Él miró el techo de guano, de donde colgaban (ahora inmóviles) esas banderitas de colores de todas las casas del pueblo, gracias a las cuales se tenía la ilusión de distinguir la brisa.

—Claro, cómo no van a sudar… Están llenos de vida —y le pellizcó, con extraordinaria suavidad, una tetilla.

Aunque continuaba con los ojos clavados en el techo, supo que la madre dejaba de sonreír, que desplazaba la mano de una tetilla a otra. Supo que las tetillas, ligeramente abombadas, y alrededor de las cuales hacía poco habían comenzado a brotar vellos rubios y enmarañados, comenzaban a despertar, y que avisaban al resto de su cuerpo. Sintió que ella acariciaba suave las tetillas húmedas como si deseara que los vellos perdieran su aspereza.

—Aquel otro es igual, si lo sé yo, que soy su madre. ¡Dios, suda tanto! Exceso de enjundia, digo yo. El vigor sobrante se suda. Bueno, quiero decir, no hay cuerpo que resista el forcejeo de esa entraña dentro. Tanta vida acumulada. Cuando uno tiene la edad que ustedes cumplen hoy, tiene la vida dentro, ¿entiendes?

La vio levantarse, desabotonar la blusa, ir al escaparate, abrir una de las puertas y sacar una antigua caja de bombones forrada con papel dorado, atada con cintas verdes y rojas. Creyó que una expresión de melancolía borraba por un instante la picardía de los ojos.

—Aquí está mi juventud. Los mejores años de mi vida, la felicidad y la energía.

Desató las cintas, abrió la caja. Observó el interior con expresión maravillada, como si el contenido la asombrara. Avanzó hacia la cama, con la blusa abierta, sin dejar de inspeccionar el interior de la caja, volvió a sentarse. Secó, teatral, una lágrima imaginaria.

Él observó los senos redondos y grandes. Adivinó los pezones oscuros entre el encaje de la blusa.

—Hijo, ¿no te sientes inmortal? Cuando jovencita, yo era inmortal.

Riendo, sacó de la caja una foto amarillenta y la tendió. Él vio una joven hermosa, con el mismo pelo largo, abundante y suelto, y un vestido de flores. Parecía observar el mundo a través de una nube.

—Bonita, ¿verdad? —la voz tenía ahora también algo de satisfecha.

Él afirmó sin levantar la vista.

—Trece años.

Irguiéndose, la miró con fijeza y por un momento se sintió tentado a decir algo. Bajó la mirada sin articular palabra. No lanzó la pregunta que se convirtió en una respiración dificultosa, o un susto, o una excitación.

—¿Qué ibas a preguntar?

—Linda muchacha. Pero usted sigue siendo una hermosa mujer —y era verdad. Y se percató de que ella sabía que era verdad.

Entonces hizo algo insólito: tocó uno de aquellos hermosos y grandes pechos, como si le tomara el peso.

Ella, concentrada en la cajita, no pareció enterarse. Le alcanzó otra foto. En ésta se la veía de cuerpo entero, vestida de blanco, traje largo, acaso de tules y cintas de raso, recostada a una columna salomónica, como una actriz.

—Tratando de imitar a Lili Damita, el día que cumplí catorce años. La misma edad que tú y mi hijo cumplen hoy. —Miró el reloj sin números. Dejó la caja sobre la mesa de noche, se inclinó hacia el muchacho—. No, no dejes de tocar. Me gusta. —Y de inmediato—: Yo también estuve enamorada de Errol Flynn.

Ahora estaba seria, en silencio, como si esperara una observación que él desconocía. Acarició otra vez el torso del muchacho. Atrajo al muchacho hacia sí de tal modo que la frente de él quedó contra su vientre. Él se dejó atraer, dócil, sin preguntarse nada, con algo de susto (un susto alegre), y la rara sensación de que todo aquello resultaba tan magnífico como inevitable. Le gustaba aquel olor a jabón, a hierba, a flores. Le pareció que escuchaba la respiración de la mujer.

Su presencia, no obstante, se deshizo rápida y sintió que Fernando José ocupaba el lugar de la madre. «No es ella», pensó, «eres tú». Y sin casi darse cuenta, comenzó a acariciar las piernas de la madre.

Con el dorso de la mano, ella secó la espalda empapada de Fernando.

—Catorce años, como mi hijo. Hoy empiezas a ser un hombre, aunque me gustaría pintarte las uñas.

Él se desprendió de las manos, se irguió, titubeó, trató de atrapar la camisa.

Echada hacia atrás, ella volvió a observarlo fijamente, a la boca, al pecho, con su mirada de radiante asombro. Él se dejó caer dócil sobre las sábanas sucias. Ella retiró el pantalón de caqui, también con suave pericia. Él se supo desnudo y le gustó saberse desnudo, no sintió vergüenza. Recordó la primera vez que había visto desnudo a Fernando José (fue asimismo la primera vez en que Fernando José vio desnudo a Fernando), aquella tarde de agosto, casi anocheciendo, en que se habían despojado de la ropa en La Madama, unas ruinas del tiempo de la colonia, más allá de la finca Potrerillo, un poco por divertirse y otro poco porque hacía un calor de lumbre, y mucho más porque, según se contaba, los antiguos miembros de la casa, masacrados durante la última guerra de independencia, aparecían durante las noches, completamente desnudos y cubiertos por una luz azul. Y así, desnudos, se acostaron el uno junto al otro, sobre la hierba, sobre los helechos de la antigua cocina del caserón, a esperar a los muertos. No podía olvidar la respiración agitada de Fernando José (al ritmo de la suya), el perfil completo que él sabía tan semejante al suyo, las manos que buscaban las otras, sin saber exactamente qué manos buscaban y cuáles se dejaban encontrar. Él mentía, decía que tenía miedo. El otro lo abrazaba y respondía, tembloroso, que no había por qué. ¿O había sido al revés? La noche traspasaba, con idéntico fuego, las antiguas vigas del techo. Enlazados, sudorosos, simulando que acechaban a los muertos y que tenían miedo. Hermosa noche, la de los muertos de La Madama. Los muertos nunca aparecieron, pero ellos, abrazados, se fingieron muertos.

Ahora percibió el aliento de la madre. Las manos de la mujer acariciaron las axilas que parecían acabadas de oscurecerse de vellos. Sus labios, pegados a la frente sudorosa del muchacho, murmuraban. La boca se abrió después para recorrer la frente, bajar por la nariz, morder las mejillas. La boca de ella envolvió la de él, transmitió su calor, su humedad, una saliva dulce, con lejano sabor a café. Los dientes mordieron los labios.

No fue en La Madama la primera vez que Fernando José acercó sus labios a los de Fernando, sino mucho después, el primer día que subieron a la loma de La Campana. La loma escarpada era difícil de ascender. En su cima se alzaba una torrecita de madera con una campana. Según los cuentos del pueblo, mucho más de un siglo atrás, la campana servía para avisar la llegada de bucaneros y piratas. Desde allí se divisaba el pueblo, y había árboles y madrigueras y rincones. Incluso una gran cerca de piedra. Se decía también que en aquella loma se refugiaban, a esconder sus amores, las parejas adúlteras y anónimas. Fernando llegó a lo alto, agitado por el esfuerzo. Fernando José opinó que necesitaba aliento. Lo obligó a recostarse a una de las cruces. Juntó su boca a la de él. El aliento del uno mezclado con el del otro.

Perder la fatiga provocada por la ascensión, a favor de otra fatiga y de otra ascensión.

Fernando, eso sí, nunca olvidaría el sabor delicado, extremadamente dulce y discreto de la lengua de Fernando José, tan semejante al sabor de los labios de la madre.

La boca de la mujer abandonó la boca de Fernando, bajó por el pecho, lo recorrió con sabia paciencia. La lengua se agitó ligera en las tetillas: ligera, ágil: también ecuánime. Siguió bajando demasiado lenta, es decir sabia, hasta el ombligo. Sin duda dominaba el arte de administrar el tiempo, conocía la armonía del quehacer y los descansos. A veces se contenía. Se erguía, lo miraba, miraba el cuerpo del muchacho con la misma melancólica admiración con que había observado sus propias fotografías. La pausa provocaba un mejor regreso. Porque cuando la lengua se reencontraba con la piel, nada parecía importante en el mundo. Tocaba la pinga viva, endurecida, la acariciaba con pericia, se inclinaba para besarla con fervor, casi con recogimiento, pasaba la lengua por los pendejos. Él sentía cómo su pinga se endurecía sin que, en apariencia, nada tuviera que ver la voluntad. Y se endurecía más aún cuando ella la introducía completa en su boca. Y continuaba bajando dispuesta a devorarla. Y luego llegaba a los cojones, que también recorría con los labios, con aquella lengua conocedora y portentosa, mientras susurraba palabras inaudibles que lo enardecían tanto como la propia lengua.

Sucedió en el cementerio. ¿A qué habían ido? A buscar güines. Al final, donde la fosa común, crecían güines altos, güines enérgicos, que cuando se secaban permitían las jaulas más espléndidas. Era un mediodía de fuego. El sepulturero debía de estar almorzando. Los dolientes, también. No había nadie en el campo de cruces blancas y mausoleos con tejados a dos aguas, de flamboyanes y almendros, de refulgentes panteones de granito. Les gustaba el silencio, el olor meloso de las flores mustias y las aguas estancadas. Por algún extraño motivo, los sonidos del pueblo llegaban muy apagados, como si tuvieran que recorrer una enorme distancia. El amigo se echó junto a la puerta de hierro del panteón de una antigua familia opulenta. Tenía el pantalón roto. Fernando vio los pendejos oscuros. Se sentó junto al amigo y le mostró, sonriente, la abertura del pantalón. Fernando José se encogió de hombros, sacó un cigarro medio deshecho y unos cuantos fósforos del bolsillo de su camisa. Lo prendió y fumó con esa satisfacción con que solía hacerlo. Luego tomó la mano de Fernando y la llevó a la abertura del pantalón. Él tuvo una sensación que no conocía: un sobresalto, una audacia ansiosa y aprensiva. Tocó, palpó. Sus manos eran libres. Después fue la otra mano, la de Fernando José, en su cabeza, obligándola a que descendiera. Fue largo y bueno. Mucho tiempo de inquietud, de fruición. Sintió que deseaba (y quería) al amigo, como el amigo lo deseaba (y quería). El cigarro se consumía inútil entre los dedos de Fernando José. Mucho después, no se supo cuándo, algo indefinido, algo que avanzaba hacia fuera. El cuerpo del otro se había tensado. El lamer parecía haberse convertido en algo desesperante para él. Entonces, ya con latidos, sintió que su boca se llenaba con todo el impulso de Fernando José.

Al propio tiempo, la boca de la madre se llenaba con la vitalidad que él desconocía de sí mismo.

Quedaron inmóviles. Prolongado tiempo que sirvió para que cada uno escuchara los latidos del corazón del otro. Fernando José pasó un dedo por los labios de Fernando, se llevó el dedo a su boca, lo chupó sonriente.

Él sólo atinó a dejar que bajara por su garganta aquel jugo que sólo segundos antes se hallaba oculto en las profundidades del amigo.

Ella, en cambio, se irguió, avanzó por la habitación, como si regresara de un lugar lejano, y terminó frente al espejo, con mirada vanidosa.

Con lentitud, sin deseos, él vistió el pantalón, la camisa. Le hubiera gustado quedarse allí, desnudo sobre la cama. En silencio, salió del cuarto, avanzó por el pasillo, atravesó la sala.

—Vuelve al atardecer —pidió la madre. Ruego delicado en su voz grave—. Voy a hacer un cake de coco, dulce de leche y mucho merengue. Cantaremos felicidades. Por los dos. Es el cumpleaños de mis dos niños.

Se inclinó para besarlo en la mejilla. Él devolvió el beso al aire y pasó un dedo por el brazo de ella.

—No tardes —dijo ella.

Y se dejaron deslumbrar por el brillo de la tierra apisonada del callejón. Él colocó su mano en la frente a modo de visera, alcanzó el jardín de un paso largo y sacó la jaula del escondite. Detenido un instante frente a la puerta, observó la larga y luminosa franja. El callizo parecía perderse hacia los potreros.

Siguió la línea del tren, saltó de traviesa en traviesa, hizo equilibrios sobre los rieles. El sol, como de costumbre, confundía el paisaje. Siempre, a esa hora, el paisaje tenía algo indefinido, de reflejo en la superficie verdosa de una laguna quieta. A lo lejos, las lomas se borraban tras la bruma de un fuerte resplandor azul. La mañana se convertía en mediodía. El silencio se iba mezclando con el calor y con la luz. Cada hoja inmóvil de cada árbol inmóvil mostraba idéntico brillo y olor a incendio. Pasó junto al cementerio cuyos muros casi no se distinguían. Dejó atrás los potreros. Llegó a la laguna. Llamó al amigo y el grito, como era de esperar, quedó suspendido sobre los falsos nenúfares. Se sentó a esperar junto a la orilla cubierta de juncos. Sus pies se hundieron en el agua. Le gustó el frescor y el breve sonido del agua. Se quitó la camisa, volvió a atarla a su cabeza. Ahora la jaula le pareció pequeña y frágil. Abrió la portilla y sacó al tomeguín asustado. El pájaro, sin embargo, no voló, quedó quieto él también en la palma abierta de su mano.


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